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Corazones en deuda

El millonario César Montárez deseó a Rosalind nada más verla; aquella

atracción no se parecía a nada que hubiera sentido jamás. Pero césar no

respetaba demasiado a las mujeres sedientas de dinero como ella, como mucho

podría convertirla en su amante. Eso era algo que Rosalind jamás aceptaría.

Entonces, César descubrió que ella tenía ciertas deudas y pensó que ahora

podría comprarl. Rosalind no podía hacer otra cosa que aceptar el precio.

Aquel seductor le había puesto precio...

Capítulo 1

PARECÍA una fulana!

Rosalind, apoyada en la cómoda de la revuelta habitación, se quedó mirando la

imagen escandalosa que le devolvía el espejo. Llevaba kilos de maquillaje y la melena oscura caía tipo leona alrededor de su cara. Sus ojos eran como dos manchurrones

azules, llevaba las pestañas cargadas de rímel y los labios pintados de un provocativo rojo cereza. Como accesorios, unos pendientes largos y varias cadenas colgando de

su exageradísimo escote.

Rosalind sintió un escalofrío al ver el vestido de lame plateado, con una raja

hasta medio muslo y un escote que dejaba prácticamente sus pechos al aire. .

Aquello era lo último que ella habría elegido, pero no fue elección suya.

-Toma, ponte esto -le dijo Sable-. Tú tienes más pecho que yo, así que te

quedará bien. Estarás muy sexy y eso es lo que Yuri quiere, ya sabes. Le encanta

tener tías guapas alrededor. A todos los ricos les gusta. ¡Y tú estarías divina si te arreglases un poco más! Aunque, por otro lado, me alegra que no seas competencia.

Rosalind le había asegurado que no tenía ni el más mínimo interés por Yuri

Rostrov. Era el último hombre en el mundo que podría interesarle. De hecho, si por ella fuera ni se acercaría a aquel tipo tan desagradable, pero no podía negarse. Sable le había hecho un gran favor y lo que le pedía que hiciera esa noche no era para

tanto. . aunque fuese a hacerlo con la mayor desgana.

-Sólo tienes que quedarte al lado de Yuri y evitar que otras lagartas se le

acerquen. Esas asquerosas harían lo que fuera para quitármelo. . -suspiró su amiga, llevándose una mano al estomago-. Te lo juro, no vuelvo a comer langosta. Llevo todo el día vomitando.

Rosalind se miró al espejo y también sintió náuseas. De verdad no quería hacer

eso. No le gustaba el estilo de vida amoral de Sable y, además, tendría que salir del café antes de la hora y perder las propinas con las que daba un empujoncito a su

salario. Pero su trabajo, aunque mal pagado, incluía una habitación y eso era

importante porque los apartamentos en la costa española eran cada día más caros y

ella tenía que contar cada euro.

Dinero. La necesidad de conseguirlo dominaba su existencia, haciéndola

trabajar diez horas diarias, sin tiempo para nada más. Desde luego, no tenía tiempo para arreglarse y salir de juerga.

Sable, por supuesto, pensaba que era tonta.

-Con lo guapa que eres, deberías vivir como una princesa. En serio, si salieras

conmigo tus preocupaciones desaparecerían. Hay tíos como Yuri por todas partes,

forrados de dinero y deseando pasarlo bien. Si te animaras un poco..

«Animarse un poco» quería decir acostarse con hombres ricos, como hacía

Sable.

Pero eso no era para ella. Nunca podría serlo. La idea le daba repugnancia. Pero

su amiga no tenía problemas para vivir de su cuerpo.

Rosalind se sintió avergonzada. Le debía muchos favores a Sable, que la había

rescatado cuando estaba totalmente desesperada. No tenía derecho a condenarla.

Ni tenía derecho a no hacerle aquel favor, pensó mientras tomaba el bolso. Por

muy poca gracia que le hiciera.

César Montárez arrugó el ceño al ver el grupo que rodeaba la mesa de black

jack.

-Yuri Rostrov -murmuró el hombre que estaba a su lado-. Drogas, extorsión,

tráfico de armas. . ¿quieres que siga?

Su jefe negó con la cabeza.

-Vamos a sacarlo de aquí. Dame tiempo y luego hazte visible. . pero no

demasiado, ya sabes.

El jefe de seguridad de César Montárez asintió con la cabeza. Era una rutina

que usaban a menudo para deshacerse de clientes indeseables.

-No le hará gracia. Está ganando.

César se encogió de hombros.

-Peor para él.

Le gustaría tratar con aquel gánster como se merecía, con los puños. Basura

como Rostrov no era bienvenida en El Paraíso, por mucho dinero que dejasen en las

mesas de juego. Pero esos métodos eran inapropiados para un casino de lujo. Mejor

librarse de canallas como Rostrov sin destrozar el decorado. .

César se acercó a la mesa de black jack, deteniéndose antes para saludar a

algunos clientes y diciendo los consabidos piropos a las elegantes damas que se

jugaban millones cada noche.

Mientras saludaba a un ex jugador de golf profesional que insistía en hacer

negocios con él, miró por encima de su hombro al hombre que era su objetivo.

Rostrov y su grupo dominaban una de las mesas de black jack. El gánster estaba

gritando de alegría al ganar otra mano y su grupo lo jaleaba. Iban, como siempre,

rodeados de chicas guapas y, como siempre, demasiado pintadas.

Otra razón para echar a Rostrov de allí. Las chicas como ésas tampoco eran

bienvenidas en el casino. Las mujeres guapas eran buenas para el negocio porque los ricos querían verse rodeados de jóvenes bellezas, pero César no tenía intención de dejar que el casino se llenara de chicas que vendían su cuerpo para vivir.

Por guapas que fueran.

Como aquélla. .

César miró a una de las que iba con el grupo de Rostrov. Era mucho más guapa

que las demás. De hecho, era una de las mujeres más guapas que había visto nunca.

Una pena.

Su belleza natural quedaba arruinada por la cantidad de maquillaje que llevaba

encima y por el horrible vestido de Jamé plateado. Uno de los amigos de Rostrov le había pasado un brazo por los hombros y, al hacerlo, el escote del vestido se abrió, dejando al descubierto medio pecho. La chica no se había dado cuenta. . aunque si se hubiera dado cuenta, le daría igual. Si le importaran esas cosas no iría con gánsters como Yuri Rostrov.

Hora de librarse de ella. Hora de librarse de toda aquella basura.

Despidiéndose del golfista, César se acercó al indeseado grupo.

Rosalind intentaba dejar de temblar, pero el tal Gyorg estaba pegado a ella

como una lapa. La gruesa mano del hombre estaba sobre su hombro, manoseándola. .

y haciéndola sentir náuseas. Cuando Yuri Rostrov ganó otra mano, Gyorg exclamó

algo en su idioma, apretándola más fuerte.

«Por favor, tengo que salir de aquí», pensó Rosalind.

Cuando le presentaron al grupo de rusos en el vestíbulo del hotel supo que iba a

pasar un mal rato.

Pero no podía decirle que no a Sable.

Y ésa era la razón por la que estaba allí, dejándose manosear. Por eso

intentaba sonreír cuando sonreían los demás, mientras contaba los minutos hasta

que acabase aquella tortura.

En silencio, se repitió a sí misma el consejo de Sable: «Sólo tienes que sonreír

y ser amable con todos».

Y eso era lo que pensaba seguir haciendo. Sonreír y ser agradable. Sonreír y

ser agradable.

Hasta que aquella noche infernal terminase de una vez por todas.

Ni siquiera podía hacer lo que Sable le había pedido: mantener a las otras

chicas alejadas de Yuri. Las dos se habían lanzado sobre él como fieras y a él no

parecía importarle en absoluto.

Mientras intentaba no respirar el olor de la asquerosa colonia de Gyorg, vio que

el crupier estaba mirando a alguien que se acercaba a la mesa.

Y se quedó de piedra.

Era español, de eso no había duda. Moreno, de ojos oscuros y largas pestañas,

tenía un rostro auténticamente masculino. Era alto, más de metro ochenta, con esa

gracia felina que poseían tantos de sus compatriotas. Pero, ¿tendrían todos esa piel morena que recordaba a los árabes, esa nariz aquilina, esos pómulos altos? ¿Esa boca esculpida, tan sensual?

Rosalind sintió un cosquilleo en el estómago. Había visto muchos hombres

guapos desde que llegó a España, pero nunca se había quedado mirando a uno

boquiabierta.

Y no era sólo su belleza masculina lo que la atraía. Tenía un aspecto duro,

peligroso incluso, una expresión que parecía decir: «Conmigo no se puede jugar». Era uno de esos hombres a los que todo el mundo saludaba con respeto y deferencia. Y

con los que las mujeres querían irse a la cama. .

¿En qué demonios estaba pensando? No se puede mirar a un hombre y, cinco

segundos después, pensar en acostarse con él, se dijo Rosalind.

Pero con él sí.

No. Sólo era un hombre muy guapo, nada más. Además, no estaba para pensar

en hombres. Lo único que tenía que hacer era sobrevivir a aquella noche sin salir

corriendo.

El español le dijo algo a Yuri en voz baja, con expresión seria.

-.. no está en mis manos -le oyó decir, mirándolos a todos.

Rosalind vio que Yuri Rostrov se ponía tenso y que otro hombre, con aspecto de

guardaespaldas, se acercaba a ellos.

El español sacó un papel del bolsillo de la chaqueta, habló brevemente en

español con el crupier y luego anotó una cantidad.

-Regalo de la casa -le dijo a Yuri-. Puede cobrarlo en caja.

César sabía que Rostrov lo aceptaría. Le costaba dinero sacarlo del casino,

pero merecía la pena. Era un precio pequeño por echarlo de allí. . y lo consiguió

diciéndole que la policía española tenía detectives de paisano en el casino porque sospechaban de un negocio de lavado de dinero negro.

Rostrov asintió, como él había esperado, y le hizo un gesto a sus acompañantes.

César miró entonces a la chica del vestido plateado. Ojalá no lo hubiera hecho.

De cerca era aún más guapa. Tenía el rostro ovalado, la nariz delicada, los labios perfectos y los ojos de color verde esmeralda.

Y en cuanto a su cuerpo..

Para ser mujer, era alta, pero no de esas que parecen un saco de huesos. Tenía

curvas, demasiadas quizá para aquel vestido tan descarado. Aunque así había tenido el placer de ver sus pechos.

El cuerpo de César reaccionó ante aquel pensamiento, pero intentó controlarse.

El no tenía interés en chicas como ésa. Ella y las demás pasarían de unas manos a

otras durante toda la noche.

Rosalind se puso colorada aunque, bajo el pesado maquillaje, seguramente ni se

notaría. El español la estaba mirando y sabía exactamente lo que vería: una chica

fácil.

Lo que más le molestaba era que no podía culparlo por ello. ¿Qué otra cosa

podía pensar viéndola con aquellas otras chicas cuyos nombres ni conocía pero que, evidentemente, solían ir al casino con hombres ricos para ver lo que sacaban?

Rosalind apartó la mirada, nerviosa.

Yuri se levantó entonces y, con él, el resto del grupo. Una de las chicas lo tomó

del brazo, preguntando qué pasaba, pero él no contestó. Fueron a la caja y esperaron mientras Yuri recibía un montón de billetes.

Tanto dinero. . Rosalind no podía apartar la mirada.

Mientras salían del casino, se dio cuenta de que el español no dejaba de

mirarlos.

Debía ser el detective o el jefe de seguridad, pensó. Quizá le había advertido

a Yuri que alguien lo estaba buscando. Fuera lo que fuera, el «novio» de su amiga no parecía querer quedarse allí.

Cuando salieron del casino hacía fresco. Aún no había llegado la primavera y

Rosalind sintió un escalofrío.

-Yo te daré calor -sonrió Gyorg, mostrándole un diente de oro mientras le

pasaba un brazo por los hombros.

Tenía un fuerte acento que hacía casi ininteligibles sus palabras, pero el brillo

de sus ojos dejaba bien claro lo que quería. Rosalind no contestó. Intentó sonreír, pero la sonrisa se le quedó congelada.

Entonces vio al español en la puerta del casino, mirándolos. Y su expresión no

era muy amistosa.

Una limusina negra apareció entonces como por ensalmo.

-¿Dónde vamos?

-Al hotel -contestó Gyorg-. A la suite del señor Rostrov. Hay una fiesta allí. .

una fiesta privada.

Rosalind se apartó. Aquel hombre parecía pensar que le pertenecía.

-Nos meteremos en el jacuzzi -dio Gyorg entonces-. Y yo te frotaré la espalda.

Ella se quedó helada, sin saber qué hacer.

César le dio las gracias al aparcacoches y subió al deportivo, suspirando. La

noche le había dejado un mal sabor de boca. Había conseguido que los gánsters se

fueran del casino, pero no le gustaba la idea de que fuesen por allí.

Miró entonces la puerta del casino. . ¿Cuántos años le había costado

levantarlo? Sin embargo, y gracias a todos sus sacrificios, en menos de doce años se había convertido en uno de los mejores de la costa. Doce años trabajando para dejar de ser un estudiante sin blanca y convertirse en un hombre de negocios.

Aunque tuvo suerte; la costa mediterránea española se había convertido en un

boom para turistas de mochila y para los que frecuentaban su casino, los que iban

con mucho dinero y se lo gastaban en lujosas fiestas, en yates o en la mesa de black jack.

César pasó por delante del hotel, que también era de su propiedad. Al lado, las

mansiones donde los millonarios tenían atracados sus yates y donde jugaban al golf.

El hotel El Paraíso daba mucho dinero, como el de Mallorca y el de Andalucía.

César quería ampliar aún más el negocio, en Menorca quizá o en las islas Canarias. 0

quizá en la Costa de la Luz, en el Atlántico, incluso en el norte, donde la aristocracia inglesa se había jugado su dinero a principios del siglo XX.

España seguía siendo una meta para los turistas del norte de Europa, deseosos

de sol. El turismo había llevado prosperidad y la vieja España, la que se separó de Europa por culpa de un dictador que permaneció en el cargo durante cuarenta años,

había desaparecido para siempre, aunque mantenía muchas de sus tradiciones.

La historia era algo que siempre lo había fascinado. . incluso durante un tiempo

pensó ser profesor. Pero enseguida se dio cuenta de que le gustaba ganar dinero. Y

tuvo más éxito del que hubiera podido imaginar. Ahora el dinero lo perseguía a él.

Y las mujeres. Especialmente las del norte de Europa, que se volvían locas

cuando llegaban a España. Pero al menos antes, cuando era camarero, sabía que él

era la atracción, no su dinero.

Desde que se hizo rico las cosas cambiaron por completo.

César apretó el acelerador, con gesto cínico. Recordaba su sorpresa al

descubrir que un hombre con dinero podía tener todas las mujeres que quisiera. La

costa estaba llena de chicas guapas en busca de hombres ricos. Cualquier hombre

rico. Gordo, viejo, daba igual.

Descubrir que, para ellas, su cartera era más importante que él mismo le abrió

los ojos.

Pero había aprendido rápidamente y ahora era lo suficientemente cínico como

para elegir entre ellas a las más guapa. Y siempre había dónde elegir.

¿Siempre sería así?, se preguntó entonces. ¿Un desfile de mujeres guapas en

su vida? César sonrió. No podía quejarse. La mayoría de los hombres envidiaría esa suerte.

Además, algún día sentaría la cabeza. Aunque no sabía cuándo. En cierto modo,

su mundo era un mundo vacío. Pocos matrimonios duraban porque los ricos solían

cambiar de esposa a menudo. Entonces pensó en sus padres, muertos los dos, que

habían trabajado toda su vida como funcionarios. Cuando les dijo que no quería ser profesor les dio un disgusto, pero un verano trabajando en una inmobiliaria les abrió los ojos.

Sus padres habían vivido lo suficiente como para ver que su hijo se convertía

en un próspero hombre de negocios, pero su padre estaba eternamente preocupado

por los riesgos y su madre lamentaba que no se hubiera casado. Habían muerto los

dos en un accidente de coche cinco años antes, dejándolo solo en el mundo. Y César dedicó todas sus energías desde entonces a construir El Paraíso.

Su único respiro, un palacete del siglo XVIII en las montañas, alejado de la

costa, donde viviría cuando, por fin, decidiera sentar la cabeza.

Aunque tenía otra diversión: las mujeres. En aquel momento no salía con nadie;

la última había sido una nórdica divorciada, increíblemente original entre las

sábanas. Ella le había dejado claro que no le importaría convertirlo en su segundo marido, pero César no estaba dispuesto. Ilsa Tronberg estaba enamorada de su

dinero, no de él.

Intentaba esconderlo, claro, pero lo supo desde el principio. Aunque no fuera

como aquellas chicas que colgaban del brazo de Rostrov, su objetivo era el mismo.

Entonces recordó a la chica del vestido plateado. . Una pena. Había algo

peculiar en ella, algo que le habría gustado explorar. . si no fuera una de esas

mercenarias. Además, en aquel momento estaría revolcándose con alguno de esos

gánsteres... o con todos.

César pisó el freno al llegar a una intersección. Aunque era más de medianoche,

había tráfico en ambas direcciones. El Paraíso estaba a ocho kilómetros del pueblo, pero en medio había muchas urbanizaciones y hoteles. Para llegar al palacete tendría que hacer lo que iba a hacer en unos minutos, tomar dirección norte.

Pero entonces algo llamó su atención. 0, más bien, alguien.

Automáticamente, levantó el pie del freno, sorprendido.

Rosalind hizo un gesto de dolor. Se había quitado los zapatos y caminar

descalza era muy desagradable. Aunque era peor caminar sobre aquellos tacones de

doce centímetros. La raja de la falda le resultaba conveniente en ese momento, pero le quedaban muchos kilómetros por delante.

Estaba furiosa. No con Yuri Rostrov y su pandilla, sino consigo misma. Por

muchos favores que le debiera a Sable, acostarse con aquel tal Gyorg no estaba en

el programa.

Cada vez que lo pensaba le daban náuseas.

Por supuesto, se había negado a entrar en la limusina. A Yuri no le hizo gracia,

claro, pero Rosalind insistió en que quería volver a casa. Y, afortunadamente,

Rostrov la dejó en paz.

No había llevado dinero para un taxi y era demasiado tarde para tomar el

autobús. . y si alguien paraba para llevarla, no sería por razones altruistas.

En ese momento, un coche se detuvo a su lado, pero Rosalind ni siquiera lo miró.

«No te pares», se decía a sí misma. «Si te habla, ni lo mires».

De todas formas, sujetó uno de los zapatos por la punta. Si era necesario,

usaría los tacones como arma. Rosalind se puso tensa al ver por el rabillo del ojo que un hombre salía del coche. Era un hombre alto, de esmoquin. Y el coche era un

deportivo.

Los coches de lujo no eran raros en la costa, pero aquel modelo parecía el más

lujoso de todos. Bajo, brillante, era casi como un coche de carreras.

«No te pares, sigue andando. .»

-¿Señorita?

Aquella voz le resultaba familiar.

Era el español del casino, el que le había dado dinero a Yuri. Y allí estaba, en

medio de ninguna parte a la una de la mañana.

-¿Quiere que la lleve a algún sitio?

Había cierto tono de ironía en su voz y eso la molestó. Después de todo, era

evidente que una mujer caminando a esas horas con un vestido de noche no lo haría

por dar un paseo.

-No, gracias.

-No sea tonta -dijo él entonces, tomándola del brazo.

-¡Suélteme o le doy un taconazo! -exclamó Rosalind.

El la soltó de inmediato.

-No se ponga así. Si va al pueblo, puedo llevarla.

-¿Por qué?

Cuando lo miró de cerca se le encogió el estómago. Era guapísimo. Había

muchos hombres guapos por allí, pero aquél... aquél la atraía como no la había atraído ningún otro. Normalmente le gustaban los españoles, pero algo en aquel hombre le

hacía tener pensamientos muy poco sensatos.

-Digamos que al casino no le haría un favor que le pasara algo. Tendríamos que

contestar muchas preguntas de la policía. .

-¿Cómo sabe quee he estado en el casino? -preguntó ella.

-¿De dónde podría venir? No hay otro sitio por aquí que atrajese a una mujer

como usted. Además, la he visto antes. Dígame una cosa, ¿por qué no se ha ido con

sus amigos? ¿La limusina no era suficientemente grande?

-Sí, pero no me apetecía ir -contestó ella.

-¿No eran de su gusto, señorita? -sonrió entonces el español, irónico.

-Mire, detective o lo que sea, déjeme en paz. Estoy cansada y sólo quiero irme

a dormir.

Rosalind iba a darse la vuelta, pero al hacerlo se clavó una piedra en el pie.

-Se va a hacer daño -le advirtió él-. Si tuviera un poco de sentido común

aceptaría mi oferta. Créame, conmigo no corre peligro. Pero no todos los que paran al ver a una chica guapa lo hacen con buenas intenciones. Además, no creo que

encuentre un coche más rápido que el mío.

Rosalind miró el deportivo.

-Muy bien, se lo ha prestado su jefe y quiere lucirlo, ¿no? Me alegro por usted.

Pero entonces se le ocurrió pensar que si era el jefe de seguridad del casino

podría confiar en él. No iba a comprometer su trabajo asaltando a una turista, ¿no?

Y estaba tan cansada, le dolían tanto los pies. .

Cojeando, se acercó al coche.

-Café Carmen en la calle de las Américas, en el puerto viejo. Y vaya deprisa, si

no le importa.

Capítulo 2

EL ESPAÑOL abrió la puerta del coche, esperó a que estuviera sentada y se

colocó tras el volante. Estaba muy serio, como si no le hubiera gustado nada su tono.

«Pues peor para él», pensó Rosalind.

Ella no le había pedido que parase. Además, había pasado la peor noche de su

vida. Y si hubiera subido a esa limusina. . Rosalind sintió un escalofrío.

-¿Qué pasa?

-Nada -contestó ella, sin mirarlo. Pero, por el rabillo del ojo podía ver su mano

sobre el volante. Tenía los dedos largos y las uñas bien cortadas. La manga blanca de la camisa hacía contraste con lo bronceado de su piel. Le hubiese gustado mirarlo

bien, pero sólo era un hombre que la llevaba a casa, alguien del equipo del casino que no quería ningún escándalo.

-Un consejo, señorita. .

-¿Sí?

-Los hombres como Rostrov son peligrosos. Y le advierto que su vida no le

importa nada. Si, por casualidad, oyera usted algo sobre algunos de sus «negocios», no dudaría en quitársela de en medio. .

-¿Qué?

-Ya me ha oído -contestó el español-. Los gánsters como Rostrov son así.

-¿Gánsters?

-¿No le gusta la palabra?

-¡Yuri Rostrov no es un gánster! -protestó Rosalind-. Es un hombre de negocios

que se ha hecho rico desde que cayó el sistema comunista.

-Sí, claro, con tráfico de drogas, de armas. .

Ella lo miró como si estuviera loco.

-¿De verdad es usted tan ingenua?

-¡Yo no sabía que fueran gánsteres!

¿Sería sincera?, se preguntó César. Si era así, se alegraba de haber parado.

Ninguna mujer vestida así debería ir sola a esas horas por la carretera. Pero, ¿había parado sólo por caballerosidad?

De cerca, aquella chica era guapísima... a pesar del maquillaje y el vestido. Pero incluso así le gustaba.

-¿De qué conoce a esos delincuentes? -preguntó Rosalind entonces.

-Conozco a todos los que van al casino.

-Ah, claro. Es su trabajo. Detective o jefe de seguridad, ¿no?

César apartó una mano del volante y abrió la guantera, de la que sacó una

tarjeta.

César Montárez. Inmobiliaria El Pacuso, leyó Rosalind.

-Conozco absolutamente a todos los que entran en mi casino, señorita. Tenemos

una base de datos, algo necesario en este negocio. Algunos, como nuestro amigo Yuri Rostrov, se gastan un dinero de origen desconocido y que llama la atención de la

policía. Tales jugadores no son bienvenidos en mi casino.

-¿El casino es suyo?

-Soy propietario del casino, el hotel y los chalés de El Paraíso.

-Pensé que era un detective o algo así -murmuró ella, sorprendida-. Y que le

habían prestado el coche.

-No, es mío. ¿le gusta?

-No está mal.

El hombre soltó una carcajada. No sabía por qué, pero había algo en su

aparente falta de interés por un deportivo que costaba doscientos mil euros que le hacía gracia.

Además, una chica como ésa, que prácticamente llevaba un precio grabado en la

frente. .

Entonces, ¿por qué no parecía interesada? ¿Y por qué no se había quedado con

Rostrov y sus acompañantes?

-¿Por qué no se fue con Rostrov?

-Porque no soy tan tonta. Puede que no supiera que es un gánster, pero no soy

tan mema como para meterme en un coche con él y sus amigotes.

-Pensé que era para eso para lo que salía con ellos.

Rosalind apretó los labios. Muy bien, pensaba que era una fresca. Era normal, al

verla con aquel vestido.

-Pues no. Estaba con ellos porque. . porque le estaba haciendo un favor a la

novia de Yuri Rostrov. Está mala y no quería que alguna lagarta le quitase el novio, así que yo estaba ahí para evitarlo. Cuando él y sus amiguitos quisieron seguir la fiesta en privado yo dije que me iba a mi casa. No les hizo gracia y acabé caminando.

-Debería haberle pedido un taxi al portero.

-Los taxis cuestan dinero, señor Montárez.

-Ah, claro, y a usted sólo le gusta gastarse el dinero de los demás -sonrió él.

-No tiene ningún derecho a decir eso. No me conoce de nada -replicó Rosalind.

-La costa está llena de chicas buscando hombres que se gasten dinero en ellas

-dijo, encogiéndose de hombros.

-Pero yo no soy una de ellas.

-Si no quiere que la gente piense eso, le sugiero que no vista de esa forma. Y

que no salga con gente como Yuri Rostrov.

-Ya le he dicho que estaba haciéndole un favor a mi amiga.

-Ya.

-Mire, señor Montárez, soy una ingenua, de acuerdo. Pero no soy ese tipo de

chica. . aunque usted lo crea.

-Pues entonces no vuelva a hacerle favores a esa amiga suya.

-No lo haré, desde luego. Pero que lo haya hecho no me convierte en una chica

fácil, así que deje de mirarme con esa cara. Yo no le he pedido que me lleve a casa y no le he pedido que me dé una charla. Créame, no pienso volver a ver a Rostrov y no pienso volver a entrar en su precioso casino. Si iba a decirme que no volviera por allí, puede ahorrárselo.

El hombre la miró, sorprendido.

-Es una pena que no quiera volver por.el casino -dijo entonces.

Sus protestas eran tan vehementes que tenía que creerla. Y si no se acostaba

con Rostrov y su pandilla. . se alegraba mucho más porque entonces sí le interesaba.

Rosalind lo miró, sorprendida. ¿Quería que volviera al casino?

¿Por qué?

Habían llegado al pueblo y se dirigían al puerto, a través de las calles

estrechas. Mientras doblaba una esquina, él le sonrió y a Rosalind le dio un vuelco el corazón. Tenía una sonrisa. . hacía que le temblasen las piernas.

No había nada cínico o irónico en esa sonrisa, además.

Sólo era. . sexy.

-Me gustaría que volviera a mi casino, pero esta vez como invitada mía,

señorita. .

-Rosalind Foster.

-Señorita Foster -murmuró él, con un fuerte y sensual acento español.

Aquélla había sido la peor noche de su vida, le dolían los pies de caminar

descalza y, sin embargo, estaba pasando algo. . era como si un chorro de champán

recorriera sus venas.

Y todo por el hombre que iba sentado a su lado, el hombre más guapo que había

visto en su vida.

Que acababa de decir que le gustaría volver a verla.

Desgraciadamente, sólo podía darle una respuesta.

-Me temo que no será posible.

César la miró, perplejo. Las mujeres no lo rechazaban. . a menos que estuvieran

haciéndose las duras, como parte del ritual de algunas mujeres para sentir que no

acababan en la cama al primer intento.

Pero siempre acababan en la cama. En su cama.

Y aquélla también lo haría.

Aunque se mostrase indignada, había visto que lo miraba por el rabillo del ojo.

Y aunque su dinero ahora hacía que las mujeres estuvieran más interesadas por él,

también sabía que aquella tensión no tenía nada que ver con su cuenta bancaria.

El vestido, obsceno pero aceptable en aquel momento, dejaba al descubierto un

escote estupendo. Sí, le gustaría volver a verla. Desde luego que sí.

Muchos hombres no necesitaban conocer en absoluto a una mujer para irse a la

cama con ella. Ni muchas mujeres. Algunos se conformaban con un par de copas

antes de disfrutar de las caricias más íntimas. Pero él prefería un poco más de

sutileza. Le gustaba disfrutar del proceso de seducción, sabiendo cuál sería el

resultado.

Pero con aquella chica..

No le importaría nada que la jornada fuese más corta.

Se sentía tentado, más tentado que nunca. Hacía tiempo que no veía a una

mujer tan guapa y descubrir que no se acostaba con aquel gánster la hacía aún más

atractiva.

Y cuanto antes le quitase aquella atrocidad de vestido, mejor.

Poco después llegaron a la calle de las Américas. No podía entrar con el

deportivo porque era una calle muy estrecha. Podía ver el letrero del café Carmen, un típico bar para turistas, pero no le apetecía dejar allí el coche. Aunque

seguramente podría, porque la calle estaba llena de ellos, algunos aparcados en la acera. Por supuesto, podría decirle que recogiera su cepillo de dientes para ir a su casa. .

¿Iría? Seguro que podría convencerla, pensó. A los treinta y cuatro años, había

aprendido a saber cuándo una mujer estaba interesada en él.

Y Rosalind Foster lo estaba.

Le había molestado que la confundiera con una chica fácil. . y eso también

podría ser muy erótico. Rosalind Foster lo miraba con deseo, estaba seguro.

Pero, ¿debía disfrutar del placer esa misma noche o de la anticipación de ese

placer? Ambas posibilidades lo atraían.

-Puede dejarme aquí -dijo ella entonces.

César sonrió. Las chicas inglesas eran especialistas en usar ese frío tono

británico. Era una forma de decir «no me toques», aunque luego, cuando las tocabas, ellas estaban deseandolo. Si aquella rosa británica no quería que la tocase se

comería el proverbial sombrero.

No, era algo mutuo, seguro. Y no había razón para no disfrutar de aquella

atracción.

Cuando se volvió tuvo que contener el aliento. El aire del mar había alisado su

pelo, que caía en ondas sobre su espalda. Y, a pesar del maquillaje, era

increíblemente guapa.

-¿De verdad quieres irte? -preguntó él entonces, tuteándola.

Rosalind se puso tensa. Algo pasaba entre ellos, estaba pasando desde que él la

invitó a volver por el casino. .

Era como si hubiese caído una barrera, la barrera de que él la creyera

promiscua. Y eso hizo que, de nuevo, Rosalind sintiera como si chorros de champán

corrieran por sus venas. El desprecio que vio en sus ojos cuando estaba con Yuri

había desaparecido. Ahora, lo único que veía en sus ojos era. .

Deseo.

Nada más.

Rosalind no era una experta, pero tendría que ser una tonta para no saber ver

el deseo en los ojos de un hombre.

Y qué hombre. .

El corazón le dio un vuelco, pero no tenía tiempo para eso. Que un hombre

guapísimo la mirase con deseo era halagador, pero no había espacio para eso en su

vida. Su vida estaba centrada en una sola cosa: ganar dinero. Hasta que pudiera

librarse de la carga que llevaba sobre sus espaldas.

No tenía tiempo para un romance.

Ni siquiera con un hombre como César Montárez, que hacía que su corazón se

acelerase.

Pero, ¿qué pasaría si se quedara?

Rosalind apretó los labios, intentando apartar la mirada. Y fracasando

completamente.

Sabía lo que pasaría si se quedaba en el coche, que acabaría en su cama.

¡No! Eso era imposible, se dijo.

Sin embargo, sentía los ojos oscuros del hombre clavados en ella. Se le

dilataron las pupilas y observó, fascinada, que a él le pasaba lo mismo. Podía respirar el aroma de su colonia, mezclado con el olor de los asientos de piel. Y el olor de su cuerpo, leve pero potente.

El tiempo parecía haberse detenido.

-No puedo -dijo entonces-. No puedo.

-Inténtalo -murmuró César, metiendo la mano por debajo de su pelo-.

Inténtalo.

El beso fue un regalo. Rosalind cerró los ojos, como para olvidar lo que estaba

haciendo y para saborearlo mejor. Sin saberlo, dejó escapar un suave gemido cuando él abrió su boca para introducir la lengua.

El tiempo se detuvo. Se detuvo hasta que él se apartó.

-Ese ha sido un buen intento -sonrió César, inclinándose de nuevo-. Pero la

próxima vez puedes hacerlo mejor.

Rosalind se puso tensa.

-¡No!

El rechazo fue claro. Absoluto.

César se quedó inmóvil. ¿Qué significaba eso? Sonaba sincero, demasiado

sincero.

-Muchas gracias, pero tengo que irme -dijo ella entonces, a toda velocidad,

buscando sus zapatos.

Pero cuando iba a abrir la puerta, César la tomó por la muñeca.

-No quiero que te vayas.

Era cierto, no quería. Había algo en aquella mujer que lo hacía desear no

perderla.

La voz ronca del hombre era tan persuasiva, pero Rosalind tardó unos segundos

en encontrar la suya:

-Eso es evidente. Pero si quería cobrarse el favor, debería habérmelo dicho

desde el principio.

César Montárez se puso muy serio, pero a Rosalind le daba igual. Lo único que

quería era salir de allí. Lo antes posible.

-Antes no parecías tener tanta prisa.

-Mire, ha sido un beso de buenas noches, de acuerdo. Gracias por traerme.

Espero que esos gánsters no vuelvan por su casino. Yo tampoco lo haré, no se

preocupe.

-¿Por qué?

-¿Por qué qué? -pregunto Rosalind, sorprendida.

-¿Por qué no piensas volver al casino?

Seguía sujetando su muñeca y ella no tenía fuerzas para soltarse. Todavía no.

-¿Por qué? Es evidente. No es el tipo de sitio al que yo suelo ir. No tengo

dinero para jugar y ya le he dicho que no suelo salir con hombres como Yuri Rostrov.

-Me alegro. Porque el único hombre con el que quiero verla es conmigo, señorita

Foster.

Le estaba tomando el pelo. Y eso la enfadó. . y la excitó al mismo tiempo.

-Da igual lo que usted quiera, señor Montárez, porque no va a conseguirlo -dijo

Rosalind entonces, soltándose de un tirón-. No soy esa clase de chica. Sé que hay

muchas inglesas que se comportan de esa forma, pero yo llevo tres años aquí y no me acuesto con cualquiera. Así que, gracias y buenas noches.

Salió del coche, indignada y, a la vez, sintiendo una absurda pena porque sabía

que César Montárez nunca, jamás, volvería a cruzarse en su camino.

Mientras caminaba, sentía los faros del coche clavados en su espalda, como dos

ojos vigilantes. Pero cuando entró en el portal y oyó que el deportivo arrancaba

sintió. . algo que no podría definir en aquel momento.

Que no quería definir.

Rosalind subió las escaleras intentando no recordar lo que había sentido al

besar a aquel hombre.

-César Montárez. César Montárez -repetía Rosalind, disfrutando del sonido

exótico de ese nombre.

Tan exótico como él mismo.

Mientras se quitaba el maquillaje, la imagen de César Montárez daba vueltas y

vueltas en su cabeza.

Pero era absurdo. ¿Para qué pensar en aquel español que la había besado como

nadie, qué había inflamado sus sentidos como ningún otro hombre?

Los hombres como César Montárez, que coleccionaban mujeres, no eran para

ella.

Además, en su vida no había tiempo para romances. Sólo para ganar dinero.

Siempre ganar dinero. .

Para poco a poco, semana a semana, poder pagar su deuda.

¿Cómo se había metido en aquel terrible lío? ¿Cómo era posible que debiese

miles y miles de euros?

Rosalind levantó la barbilla. Volvería a hacerlo todo otra vez, sin duda. No lo

lamentaba en absoluto.

Mientras se quitaba la sombra de ojos, sintió que las lágrimas corrían por su

rostro. Lágrimas familiares ya. Lágrimas que borraban todos sus tristes

pensamientos, su angustia. Que borraban incluso el recuerdo de César Montárez.

-¡Ros! ¿A qué demonios estás jugando? ¡Te pedí que cuidases de Yuri, no que se

lo pusieras a Lena en bandeja de plata! ¿Cómo has podido traicionarme así?

Era Sable, claro. Rosalind sabía que se enfadaría cuando supiera que no

terminó la noche con Yuri y su pandilla. Y, por supuesto, su amiga estaba frente a la barra del café, furiosa.

-Sí, bueno, me dijiste que Yuri se pasaba la noche en el casino y que luego me

llevarían a casa, pero no fue así. De repente, salimos del casino y. .

-¡Deberías haberte quedado con él!

-Iban a su hotel, Sable. Eso no era parte del trato y tú lo sabes.

Sable apretó los dientes.

-Muchas gracias, Rosalind. Yuri pasó la noche con Lena y ahora ella me lo está

restregando por la cara. . Y yo no pienso perder a Yuri porque es mío.

Rosalind no dijo nada. Si no hubiera sido por Sable, no sabía qué habría sido de

ella. Seis meses atrás, el banco la había amenazado con cargar un interés enorme

sobre su deuda, un interés que le sería imposible pagar por mucho que trabajase.

Estaba desesperada.

Y ella la había ayudado.

-Yo te prestaré el dinero sin intereses, ¿de acuerdo? Así podrás pagar al

banco y devolverme el dinero cuando puedas.

Rosalind aceptó la oferta llena de gratitud, pero incluso pagándole mes a mes,

iba a tardar años en condonar su deuda. Sable, por supuesto, pensaba que estaba

loca por no aceptar el camino más fácil: dejar que algún tipo rico le diera dinero.

«No puedo creer que prefieras trabajar como una esclava cuando podrías

solucionar el problema en unos días», le había dicho cien veces.

-¿No viste anoche lo que te estás perdiendo, Ros? -suspiró su amiga-. El

Paraíso es un sitio fantástico. Una vez fui con otro tío, pero espero que Yuri me lleve esta noche.. cuando me haya librado de Lena, claro.

Rosalind no quiso decirle que seguramente Yuri Rostrov no podría volver a pisar

El Paraíso. ¿Sabría su amiga que Rostrov era un gánster?

Seguramente sí. Y seguramente no le importaba. Sable era así.

Lamentaba haberla decepcionado, pero ella no estaba dispuesta a hacer ciertas

cosas.

El café se había llenado de clientes y Rosalind se concentró en su trabajo. Poco

después, Sable le dijo que se iba al salón de belleza para ponerse divina antes de que Lena clavase sus garras en Yuri.

Aliviada, ella siguió trabajando. Pero mientras servía cafés, recordó de nuevo a

César Montárez, el hombre más fabuloso que había conocido nunca, inclinándose

hacia ella para besarla. .

Se le escapó un vaso de las manos y cayó al suelo con un estruendo de cristales

rotos.

Junto con aquel recuerdo.

César Montárez no era para ella.

Pero siguió apareciendo en sus sueños, dormida y despierta. Seguía

pareciéndole fantástico que un hombre tan poderoso como César Montárez hubiese

querido tener algo con ella, que la hubiera invitado a su casino.

«¿Y por qué quiere volver a verte?», se preguntó entonces. «Para acostarse

contigo, nada más. Da igual que bese mejor que nadie, sólo quiere echar un polvo».

A Rosalind se le encogió el corazón. Pero era absurdo seguir pensando en él.

Sin embargo, a pesar de todo, seguía soñando con él y la tentación de volver a

verlo era casi insoportable.

«Podrías tomarte una noche libre para ir al casino, ¿no? Sólo para verlo una vez

más. Sólo eso».

Pero el sentido común le dijo que era una tontería.

Sí, seguro, eso es todo lo que quieres. Mentirosa. Lo que quieres es mucho más

que mirarlo y él también, así que no seas idiota».

Rosalind siguió barriendo el suelo del café antes de abrir. El señor Guarde

pasaría por allí aquel día. Era el propietario de varios cafés en el pueblo y, aunque no tenía nada personal contra él, le daba rabia que, a cambio de la habitación en el piso de arriba, le pagase tan poco. Ella era una buena trabajadora, responsable y seria.

Pero debía serlo porque tenía sobre sus espaldas un montón de deudas.

Rosalind sonrió al recordar el deportivo de César Montárez. A saber el dineral

que valdría, pero para él era sólo un juguete. ¿Cómo podía haber pensado que era un simple detective? El esmoquin de diseño debería haberle dado una pista. . además de su aspecto imponente.

Otra vez estaba pensando en él. .

«¿Es que no puedo quitármelo de la cabeza?», se preguntó.

«No. Y no quiero. Quiero seguir pensando en él, soñando con él, aunque es

completamente absurdo. Aunque sé que si volviera a El Paraíso sería exclusivamente para acostarme con él».

«Pero lo pasaría bien», le dijo una traidora vocecita.

¿Y qué había de malo en pasarlo bien?

Que ella no podía permitírselo, se dijo Rosal ind a sí misma. La razón por la que

seguía pensando en César Montárez era que así olvidaba sus problemas. Pero la única forma de solucionarlos era pagarle a Sable lo que le debía. No podía perder el

tiempo pensando en un millonario español de ojos oscuros y largas pestañas. .

Con un decidido golpe de fregona, Rosalind siguió limpiando el suelo.

Después de comer, cuando muchos españoles se estaban echando la siesta,

Sable volvió al café. Rosalind estaba haciendo caja. Una pareja británica tomaba un refresco en la terraza, pero el interior del café estaba vacío.

Sable llevaba una faldita rosa cortísima, un top blanco y unas gafas de sol

rodeadas de brillantitos sobre el pelo rubio teñido. Entró en el bar moviendo

provocativamente las caderas. Lo hacía siempre, aunque no hubiese público.

-Hola. ¿Qué tal va todo?

-Bien. . bueno, no del todo -suspiró su amiga, mirándola de una forma que no le

gustó nada.

-¿Qué pasa? -preguntó Rosalind-. ¿No has podido librarte de Lena?

Sable sonrió, mirándose las uñas que, por un momento, parecían garras.

-Claro que sí.

Rosalind no se atrevió a preguntarle cómo.

-La cosa es que, aunque me he librado de Lena, sigo teniendo un problemilla.

-¿Cuál?

-Yuri está enfadado por lo de la otra noche. No le hizo gracia que pasaras de

él. La gente no hace eso, especialmente las chicas.

-Le dije que sólo había aceptado ir con . ellos al casino, nada más.

-Sí, ya, pero no le hizo gracia. A Yuri le gusta salirse siempre con la suya y

tiene la impresión. . -Sable soltó una risita-. Bueno, ya sabes cómo son los hombres.

Tiene la impresión de que le hiciste quedar mal delante de los demás.

-Iban al hotel, Sable, al jacuzzi. Y por cómo me manoseaba el tal Gyorg, estaba

claro cuál era su propósito. Ya sabes que yo no hago esas cosas..

-No te acuestas con nadie, desde luego -la interrumpió Sable-. Pero Yuri está

enfadado y lo está pagando conmigo. Mira, me hace falta ropa nueva porque ya no

tengo nada que ponerme y ahora ha cerrado el puño.

Rosalind apretó los labios.

-¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

-Claro que tiene que ver. No quiero meter la pata con Yuri, Ros. Es un tío que

sabe gastarse el dinero, por eso te envié con él el otro día. Lo que no sabía es que ibas a estropearlo todo.

-Sí, bueno, yo tampoco sabía que querrían meterse conmigo en un jacuzzi

-replicó Rosalind-. Sé que te debo mucho, Sable, pero yo no puedo vivir como tú. Yo no soy así, lo siento.

-Lo sé, lo sé. Admito que a mí el sexo me gusta mucho, siempre me ha gustado.

Pero lo único que necesitas es un tío rico. Eso es todo. El te sacaría de este lío. . y podrías pasarlo bien.

Habían hablado mil veces de aquello y la discusión siempre terminaba de la