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excesivas lluvias que habían convertido el suelo en un lodazal, lo cual

a la larga desgastó las fuerzas de Whitelocke. El primer ataque inglés

tuvo éxito: el día 2 de julio las tropas cruzaron el Riachuelo por el

Paso de Burgos (actual Puente Alsina). Liniers los esperaba más

abajo, en el Puente de Barracas, y cuando llegó con sus tropas a los

corrales de Miserere (actual Plaza Once) ya era tarde, los ingleses lo

estaban esperando y en menos de media hora se apoderaron de su

artillería. Una parte de los derrotados se refugió en la ciudad, la otra

siguió a Liniers hacia la Chacarita de los Colegiales. La noche del 2 al

3 de julio, la población permaneció en completa zozobra; si el general

inglés hubiese decidido avanzar, la conquistaba, pero él ignoraba en

qué estado estaba la plaza. Buenos Aires, por las dudas, no durmió.

En la emergencia porteña, el hombre de la Defensa fue Martín

de Álzaga, quien convirtió a la Plaza Mayor en el núcleo de la

resistencia. Los ingleses enviaron dos intimaciones de rendición que

fueron rechazadas. El 4 de julio, Whitelocke se dio cuenta de que no

podría evitar una ocupación cruenta y se decidió finalmente a actuar.

Lancelot Holland, uno de los oficiales de las fuerzas de

Craufurd, dejó un testimonio personal del fallido asalto a Buenos

Aires. El 5 de julio escribió en su diario: “Se propuso hacer, con la

Artillería y el 6° de Guardia de Dragones, un simulacro de ataque por

las tres calles que atraviesan el centro de la ciudad y que terminan

directamente sobre el Fuerte. Entretanto, trece columnas debían

penetrar en la ciudad y ocupar todas las posiciones importantes que

pudiesen cercanas a la ribera. La señal de avance de tales columnas

sería una descarga de la Artillería, cuyas cabeceras habían sido

instaladas durante la noche a la entrada de las calles” .18

Los ingleses empezaron a avanzar desde la Plaza Lorea

(ubicada en el mismo sitio que en la actualidad), pero recibieron

18 Holland, L., Expedición al Río de la Plata, Buenos Aires, Eudeba, 1975, p. 119.

33

inmediatas descargas de fuego desde cada ventana, desde cada

agujero y fueron cayendo prisioneros de los propios vecinos que los

conducían hasta la Plaza Mayor. Durante un par de horas, los

invasores se mantuvieron a tres cuadras de la Plaza. Por el norte se

apoderaron del Monasterio de las Catalinas y por el sur de la Iglesia

de Santo Domingo. Pero hacia la noche se replegaron hacia sus

posiciones iniciales. “El enemigo —escribió Holland— sufrió escasas

bajas; retrocedía o avanzaba nuevamente disparando con frialdad y

precisión.”19 El 7 de julio al mediodía todo había terminado y de

manera muy cruenta. En su informe oficial a Londres, Whitelocke

declaró: “La clase de fuego al cual estuvieron expuestas las tropas,

fue en extremo violento. Metralla en las esquinas de todas las calles,

fuego de fusil. Granadas de mano, ladrillos y piedras de todas las

casas, cada dueño de casa defendiendo con sus esclavos su morada,

cada una de éstas una fortaleza, y tal vez no sería mucho decir que

toda la población masculina de Buenos Aires estaba empleado en su

defensa” .20 En una carta de carácter confidencial el mismo general

mencionaba la participación de las mujeres desde las azoteas, “con

provisión de piedras sacadas del empedrado, granadas de mano y

otros proyectiles arrojadizos, hasta recipientes con fuego” .21 En la

versión que ha dejado Bartolomé Mitre se lee: “hasta las mujeres,

coronaron las azoteas, previniéndose (sic) agua hirviendo, granadas

de mano, piedras y todo género de proyectiles reunidos por las

familias” .22 Nada dicen las fuentes del aceite o del agua hirviendo

supuestamente arrojada por la población desde los balcones y las

azoteas de las casas. Esta versión, cultivada por la historia escolar, no

aparece en los informes oficiales de la época. El general Mitre, en su

Historia de Belgrano y de la Independencia argentina, escribe una

línea en este sentido, arriba citada, pero no se apoya en ningún

19 Ibídem, p. 121.

20 Beverina, J., "Invasiones inglesas"; en Levene, R. (dir.), Historia de la Nación

Argentina, Buenos Aires, El Ateneo, 1940, vol. IV, p. 335.

21 Ídem.

22 Mitre, B., Historia de Belgrano y de la Independencia argentina, Buenos Aires,

Editorial Juventud Argentina, 1945, t. I, p. 161.

34

documento ni testigo para hacerlo. Tal vez le debamos a Mitre el

deseo de explicar a los niños el grado de compromiso asumido por los

vecinos durante la segunda invasión.

Entre los ingleses, las víctimas fueron numerosas, más de mil

quinientos hombres entre muertos y heridos y cerca de mil

prisioneros. Los defensores tampoco salieron indemnes: 302 muertos,

514 heridos y 800 prisioneros.

La rendición no sólo fue dura; los oficiales ingleses no podían

comprender qué clase de tropa los había vencido. Holland apuntó:

“Eran individuos de piel muy morena, cubiertos de harapos, armados

con mosquetes largos y algunos con espadas. No había el menor

asomo de orden ni uniformidad entre ellos” .23 También se asombró

ante la falta de cualquier seña de adhesión a los privilegios en la

conducta de Liniers y en la de sus hombres: “[...] de inmediato el

mismo Liniers fue a conseguirme navaja, camisa, etcétera, y todavía

media hora después andaba buscándome un cepillo de dientes

nuevo. [...] El tiempo que estuve con él, no menos de diez españoles

de bastante mal aspecto, algunos militares, otros civiles, cruzaron la

habitación de Liniers sin ninguna ceremonia y quejándose de los

ingleses a grandes voces. Sus modales son los de gente en pie de

perfecta igualdad” .24 El respeto a las jerarquías de uso común en la

colonia hispanoamericana había desaparecido, tal vez como fruto de

las nuevas condiciones sociales que había impuesto la situación

bélica.

El 7 de julio se acordó la paz. Los ingleses se comprometieron

a dejar Montevideo en los dos meses siguientes y a intercambiar los

prisioneros, llevando de vuelta al hogar aun a aquellos tomados

durante la primera invasión. La restitución de los soldados y oficiales

ingleses que habían sido confinados en las ciudades del norte dio

lugar a algunas escenas singulares. Desde octubre de 1806 se

hallaban en sus respectivos destinos: 200 estaban en Mendoza, otro

tanto en San Juan, 400 en Córdoba, 100 en San Luis, la misma cifra

en Santiago del Estero y 200 en San Miguel de Tucumán. Quedaron

repartidos en casas de familia en los casos en que ningún edificio

23 Holland, L., ob. cit., p. 123.

24 Ibídem, p. 125.

35

pudiese hacer las veces de prisión. En Córdoba, las autoridades del

Cabildo advirtieron con preocupación sobre la manera en que eran

tratados por la población: “Vemos que la libertad que se les ha

franqueado dio margen a la comunicación y satisfacciones que ya

tiene con varias familias de la ciudad y en particular con los pardos

libres y esclavos, [...] se pasean de día y de noche, hasta más de las

12 de ella. [...] Se ríen del estado del armamento y de su escasez. La

plebe del otro sexo demuestra una inclinación muy apasionada y

deshonesta” .25 Para evitar estos riesgos, el Cabildo dividió los

prisioneros, envió 100 a La Rioja y otro tanto a Catamarca. El 7 de

agosto de 1807, de esta última ciudad, se despidieron los oficiales

ingleses con palabras de agradecimiento por el trato recibido. En

otros casos la felicidad por la pronta repatriación se expresó sin

disimulo. Al evocar el hecho en sus memorias, el capitán Gillespie,

que se hallaba en Santa Rosa de Calamuchita, escribió: “Todos

instantáneamente de común acuerdo nos pusimos de pie, y con

melodía en nuestros corazones cantamos God save the King” . 26 La

alegría de la mayoría ante la pronta repatriación no impidió que

hubiese varios casos de deserción. En San Miguel de Tucumán,

algunos optaron por quedarse: “todos son católicos, hombres de bien

y útiles al vecindario” ,27 informó el Cabildo de esa ciudad. El general

Whitelocke contabilizó 170 casos del Regimiento 71, el de la casaca

colorada, que había venido con Beresford. Eran cerca de mil hombres,

de los cuales el 17 por ciento había elegido no regresar. Antes de

partir hacia Londres Whitelocke informó: “cuanto más conocen los

soldados la multitud de cosas que el país ofrece y los fáciles medios

de adquirirlas, es mayor... el mal” .28

25 Grenon, P., "Internación de los prisioneros ingleses"; en Documentos históricos

del Archivo de Gobierno de Córdoba, vol. 15, Archivo del Gobierno de Córdoba,

Córdoba, 1929, p. 52.

26 Gillespie, A., ob. cit., p. 173.

27 Grenon, P., ob. cit., p. 24.

28 Citado por Ferns, H. S., Gran Bretaña y la Argentina en el siglo

XIX, Buenos Aires, Solar/Hachette, 1968, p. 68.

36

Las invasiones inglesas y su derrota provocaron la erosión del

régimen colonial español y transformaron radicalmente la situación

en las orillas del Río de la Plata. La victoria obtenida no era el

producto de la experiencia acunada durante los siglos de dominación

española, era hija de la época, tan inédita como la voluntad de la

población que se había hecho escuchar. Los partidarios de la

emancipación vislumbraron la existencia de crecientes oportunidades

para esta empresa y ya nada los detendría. El 3 de septiembre de

1810, al conocerse en Londres la formación de la Primera Junta,

Alejandro Gillespie consignó: “Observo en comparación con la lista de

los que componen el actual gobierno de aquella ciudad: un caballero

Don Francisco José Castelli, [se refiere a Juan José Castelli] que sigue

en orden a Saavedra, el jefe. [...] Persona muy capaz, ha visitado

Europa y Norte América, habla inglés con facilidad y es muy afecto a

este país [...] y tiene vistas muy comprensivas sobre política y

comercio.29

Los ingleses que conocían estas aspiraciones independentistas

no las habían tomado en serio y eso les impidió advertir que sus

estrategias de dominación no eran el camino por seguir. Además de

los muertos, el único que pagó ese error con su carrera fue el general

Whitelocke; una Corte Marcial lo condenó, fue degradado y su nombre

señalado como ejemplo de mala conducta militar en todos los

regimientos del ejército británico.

29 Gillespie, A., ob. cit., p. 188.

37

II

La fórmula de la revolución:

libertad política y económica

Un nuevo punto de partida

“El decir a vuestra merced cómo queda esta capital del

comercio inglés es asunto largo y escandaloso, públicamente se está

descargando sin entrar en la aduana, todos son quemazones y

baratillos”, escribió Gaspar de Santa Coloma, el 1º de mayo de 1809

a su corresponsal Joseph Santiago Rodríguez, en Santiago de Chile,

mientras aventuraba mayores daños: “Pobres los infelices que se

hallaban con efectos, pues estos nada valen. Hasta veintidós

embarcaciones están en Montevideo, a la carga para regresar con

frutos a nuestros puertos” .30 Otro monopolista español damnificado

describía los buques ingleses que infestaban la costa con su actividad

corsaria: “[...] echan a tierra sus cargamentos a la hora que se les

antoja recibiendo igualmente a su bordo cuanto produce el país con

total ruina de nuestro triste comercio” .31 En rigor, desde la fallida

invasión de 1806 y 1807, la presencia comercial de los ingleses en el

Plata no había cesado de crecer. Abandonaron toda ambición de

dominio sobre la ciudad, pero conquistaron el mercado.

En el plazo de un año, entre 1808 y 1809, ingresaron 31

barcos al puerto de Buenos Aires y 10 al de Montevideo, con

cargamento y bandera de ese origen. El número no debe confundir,

pues en cuanto a volumen comercial, el grueso quedaba en

Montevideo. En el mismo período, el médico inglés James Paroissien,

que hizo la travesía desde aquel puerto a Buenos Aires, contabilizó a

30 Álzaga, E. W., ob. cit., p. 81.

31 Ídem.

38

su arribo 17 veleros que esperaban un permiso para descargar sus

bodegas. Montevideo, considerado por los británicos la llave

comercial del Plata, era el centro de ese tráfico clandestino que

provenía de ultramar, facilitado por las propias autoridades españolas

de aquella ciudad. Este hecho sin duda marcó a fuego la rivalidad

comercial ya existente entre ambos puertos. Efectivamente, a partir

de 1808, Francisco Javier de Elío, el jefe local de Montevideo,

desconoció la autoridad del Virrey interino Santiago de Liniers,

mientras facilitaba a los ingleses la introducción de sus mercaderías.

Esta temeraria decisión fue tomada de acuerdo con el Cabildo local y

los comerciantes españoles allí representados, y en realidad

respondía al desconcierto que había originado la caída de la

monarquía española en manos de Napoleón, el emperador francés.

Liniers tenía el mismo origen, y por lo tanto fue inmediatamente

sospechado de connivencia con el invasor de la península. De Elío

cerró filas con los españoles y criollos de Montevideo y formó una

Junta, siguiendo el modelo de los núcleos de resistencia de España

que se habían organizado en León, Castilla, Asturias, Granada,

Galicia, Sevilla, entre otros. El movimiento juntista español obtuvo del

gobierno británico fondos y armas, lo que devino en una alianza de

hecho. Gran Bretaña sumaba así un aliado más a su guerra contra

Napoleón, a cambio de no lesionar la integridad del alicaído Imperio

español. En este contexto, De Elío le concedió algunos derechos de

tráfico para que sus barcos vaciaran sus bodegas abarrotadas. En la

capital virreinal se acentuó el contrabando y esto explica la

impotencia que rezuman las protestas de los monopolistas españoles

citados. En efecto, mientras ellos se arruinaban, una pequeña pero

pujante comunidad comercial británica progresaba con rapidez,

tolerada además por el propio virrey Liniers. Veamos algunos datos.

En la ciudad residían, hacia 1809, un poco más de 100

ingleses, de los cuales una cifra importante se dedicaba al comercio;

aunque, comparado con la totalidad de la población urbana, que se

estimaba en alrededor de 40.000 habitantes, este grupo era

insignificante; sólo lo era en número, pero no en importancia

económica. El tráfico clandestino, coyunturalmente avalado por las

autoridades de Montevideo, los hacía fuertes. En su gran mayoría se

alojaron en el Bajo, en la zona de las actuales calles Presidente Perón

39

y 25 de Mayo. Mientras los miembros de la elite porteña mantenían

sus residencias al sur de la Plaza Victoria, en San Telmo, los ingleses

preferían el norte y daban origen a lo que actualmente conocemos

como la “city” porteña o centro financiero y comercial. En 1811,

fundaron en la esquina de las calles mencionadas el “British

Comercial Rooms”, o sea, el antecedente de la Cámara de Comercio

Británica. Como veremos, el curso de los acontecimientos que

conmocionaron al Río de la Plata a partir de 1808 los mostrará

totalmente asimilados al medio y a las formas y costumbres locales.

No sin asombro los viajeros ingleses del período los encontraron

viviendo bajo el mismo techo que sus dependientes de comercio,

pues mantenían con ellos “mesa común”, como se decía en la época.

¿Republicanos o monárquicos?

A mediados de 1808, se conocieron en Buenos Aires los

pormenores peninsulares de la farsa de Bayona, nombre de la

localidad en la que el rey Carlos IV le cedió a Napoleón Bonaparte el

derecho al trono en detrimento de su propio hijo, el infante Fernando.

La noticia hizo temblar la estructura institucional del Imperio español.

En Europa y en América, la pregunta era la misma: ¿los franceses se

atreverían a invadir las colonias?, ¿qué convenía hacer? Mientras en

Montevideo se adoptaban las decisiones ya mencionadas, en Buenos

Aires comenzó una gran agitación, comandada por dos grupos

políticos antagónicos, diferentes en sus propósitos. A uno se vinculó

Mariano Moreno, y al otro Manuel Belgrano, en verdad su inspirador, a

quien siguieron otros criollos prominentes como Juan José Castelli.

¿Por qué estaban divididos en 1808 los patriotas que confluirán en

mayo de 1810? Obviamente, aunque la historia resulta comprensible

después de vivida, acontece día a día; por lo tanto, para no caer en

ningún anacronismo, conviene analizar el período que va desde fines

de 1808 a fines de 1809, sin lugar a dudas un lapso corto pero

borrascoso que preparó el gran cambio.

En ese momento, Manuel Belgrano simpatizaba con los

carlotinos, al que adherían además Hipólito Vieytes, Juan José Castelli,

los hermanos Nicolás y Saturnino Rodríguez Peña y Antonio Luis

40

Beruti. El movimiento proyectaba nominar a la esposa del príncipe de

Portugal, la princesa Carlota Joaquina, regente de una monarquía

constitucional en el Plata. En su condición de hermana del príncipe

Fernando, cautivo del francés, Carlota seguía en la sucesión del trono

como legítima heredera del Imperio español en América. Desde 1802,

la princesa residía en el Brasil con su esposo, gobernante de esas

tierras —el infante don Pedro, hijo del rey Juan de Portugal—, y su

familia. Habían partido de su país ante el peligro de la invasión

napoleónica y se establecieron en la ciudad de Río de Janeiro,

transformada por las circunstancias en la capital del Imperio lusitano

en América. Gran Bretaña, aliada de Portugal, había custodiado el

traslado marítimo de la pareja real a través del Atlántico, viaje

amenazado por la flota francesa; y tenía apostado en la Corte de Río

a su representante, Lord Strangford, quien tenía la tarea de vigilar de

cerca los pasos del Regente y de su caprichosa cónyuge. A partir de

la derrota inglesa de 1806 y 1807, su función cobró mayor

importancia. Río de Janeiro era un mirador excepcional para seguir

con detenimiento los sucesos del Río de la Plata.

El 20 de septiembre de 1808, llegó a manos de la princesa

Carlota una Memoria enviada por los adherentes del movimiento. Le

proponían “apartar los viciosos, ignorantes y corrompidos de los

cargos que indignamente ejercen; promover el fomento de la

industria, el repartimiento de la fortuna, la elevación de los oprimidos

beneméritos; y regenerarse el sistema de los que quedaban

deprimidos, más aún desesperanzados por la ineptitud de alternar en

la suerte de los destinos, o en las artes del monopolio” .32 Obviamente,

este programa no podía sino ser recibido con frialdad por la princesa,

pues había muchas ideas que no implicaban ninguna sujeción a la

corona que se le estaba ofreciendo. Por otra parte, contenía una clara

disposición contraria al comercio español, lo que significaba un

implícito aval al librecambio. Como veremos más adelante, no bien

quedó claro para los firmantes que nada de lo que proyectaban

podría venir de la mano de la princesa, se desentendieron de ella y

dieron por muerto al movimiento.

32 Justo, L., Nuestra patria vasalla: historia del coloniaje argentino, Buenos Aires,

Schapire, vol. 1, 1968, p. 95.

41

Mariano Moreno pertenecía al otro grupo, liderado por el

hombre fuerte del Cabildo porteño, Martín de Álzaga, el héroe de la

Defensa de 1807. Desde entonces su estrella estuvo en ascenso.

Recibía, además, el apoyo del gobernador de Montevideo, De Elío,

quien acababa de formar una Junta. Para estos españoles

peninsulares, ligados al gran comercio, ricos propietarios, soberbios y

mandones, no cabía duda de que la única forma de resistir el posible

desmembramiento del poder real español era constituir un gobierno

propio, una Junta, que derivaría en una suerte de república, nunca

definida ni en la forma ni en el contenido, más semejante a una

oligarquía que a una democracia. Por cierto, con esta fórmula se

garantizaba la preponderancia de los intereses monopólicos además

de la autoridad de los peninsulares sobre los criollos.

La posición de Álzaga hacia los ingleses era ambigua, pues hay

fuertes indicios que sugieren que estaba dispuesto a aceptar la

protección de Gran Bretaña, si ello se hacía necesario. Álzaga no era

un ideólogo, era un comerciante pragmático y muy ambicioso que

defendía a rajatabla los intereses corporativos del Cabildo. El inglés

Alex Mackinnon, agente del gobierno británico y después hombre de

consulta de la Primera Junta, lo definió en 1809 en los siguientes

términos: “Álzaga detesta a los criollos casi tanto como a los

ingleses” .33 Confiaba en el criollo Mariano Moreno, pero, podríamos

decir, sólo a título personal, y su desconfianza hacia los americanos

despertaba en éstos un rechazo aún mayor. Ignacio Núñez,

contemporáneo suyo, indica en su memoria que Juan José Castelli “se

separó del acuerdo en que estuvo con don Martín de Álzaga para la

convulsión del 1º de enero contra el virrey Liniers, por la tenacidad

con que aquel español resistió incorporar los regimientos

americanos” .34 Belgrano, en su Autobiografía, resumió el problema en

una frase: “no había español que no se creyese señor de América”.

Ahora bien: la actitud de Álzaga no era una excepción, ¿acaso De Elío

no había admitido el tráfico mercantil inglés en Montevideo? Era, de

todos modos, un momento de gran incertidumbre política al que no

33 Álzaga, E. W., ob. cit., p. 123.

34 Biblioteca de Mayo, Noticias históricas de la República Argentina, de Ignacio

Núñez, ob. cit., p. 409.

42

ayudaban en nada las vacilaciones del virrey Liniers, quien daba que

hablar por sus amoríos dispendiosos con la “Perichona” ,35 mientras

generaba dudas sobre su conducta: ¿sería leal a la Corona española o

al usurpador francés del trono?

Esta inestable situación se combinaba con otro problema: el

activo contrabando. Por una parte, los ricos comerciantes españoles

tenían un pie dentro del tráfico clandestino para no quedar fuera del

todo, pero a la vez no eran ellos quienes ganaban; mientras siguiera

disminuyendo la capacidad de ingresos por rentas en la Aduana,

deberían afrontar el pago de nuevas y más onerosas contribuciones,

ya que era el único sector que podía hacerlo. El comerciante catalán

Domingo Matheu adjudicó a esta situación los sucesos del 1º de enero

de 1809: “[...] todos los días se presentan barcos ingleses cargados

de géneros, piden permiso para descargar pagando los derechos de

círculo, y no lo permiten, pero se dejan estar y van descargando de

contrabando hasta descargarlo todos; y así el rey no ve nada,

nosotros no vendemos y nos cargan de contribuciones que ya no se

pueden aguantar; y por lo mismo el día de año nuevo hubo una

gritería que querían junta y hay muchos presos” .36

El 1º de enero de 1809, los partidarios de Álzaga,

aprovechando la renovación de las autoridades del Cabildo, exigieron

la formación de una junta como las de España, y a la sazón como la

de Montevideo, además de la renuncia del virrey Liniers. Entre los

nombres destinados a ocupar algún cargo figuraban Mariano Moreno

y Juan Larrea, dos de los hombres que integraron más tarde la

Primera Junta de Mayo. Moreno se presentó a la sesión del Cabildo

abierto rebelde y votó para que se formara una junta gubernativa que

contrapesara el poder del Virrey y garantizara la tranquilidad interior.

El Virrey no opuso resistencia a la conjura. “Mientras se debatía en la

fortaleza la separación del virrey Liniers —escribió Ignacio Núñez—,

los señores Peña, Vieytes, Castelli, Belgrano y otros más, andaban de

35 Ana Perichón de O'Gorman se transformó en la amante del Virrey Liniers y fue el

centro de la comidilla de Buenos Aires; le gustaba participar de las intrigas políticas

del momento, aunque no tenía demasiadas dotes para eso. Fue la abuela paterna

de la triste y célebre Camila O'Gorman, que murió fusilada en la época de Rosas por

escapar con su amante, un cura.

36 Álzaga, E. W., ob. cit., p. 98.

43

cuartel en cuartel, viendo al comandante Saavedra, al jefe de

Arribeños, Ocampo; al comandante Rodríguez, de Húsares, y otros

más, para decidirlos a que sostuvieran a Liniers; concibieron que era

preciso dar por ese medio un golpe a la influencia de los españoles,

para así hacer que la de los hijos del país desde entonces, valiese

más que la de aquellos.”37 En efecto, los complotados parecían tener

la partida ganada cuando aparecieron los Patricios con Saavedra a la

cabeza y ocuparon la plaza frente al Fuerte al grito de “¡Viva don

Santiago Liniers!”. Los cabecillas fueron confinados a Carmen de

Patagones y poco después rescatados por un buque de guerra de De

Elío y trasladados a Montevideo. En Buenos Aires, los orgullosos y

aguerridos cuerpos europeos (Vizcaínos, Gallegos, Catalanes)

perdieron el derecho a portar armas. A partir de ese momento, el

poder militar pasó a manos criollas y se acumuló en las del jefe del

Regimiento más numeroso y leal. Saavedra y Moreno se habían visto

la cara, pero estaban en bandos opuestos.

Entre los carlotinos, este fracaso fue interpretado como una

posibilidad propia de triunfo. Decidido a quebrar el cerco de los

españoles monopolistas que seguían complotando en la junta de

Montevideo, Belgrano logró persuadir a Liniers para que declarara la

libertad de comercio con Gran Bretaña, con el convincente argumento

de que el aumento del tráfico mercantil le proporcionaría recursos al

fisco quebrado para pagar a las tropas. A la vez interesó a los jefes

militares criollos, Pueyrredón y Saavedra, en la idea de coronar a la

princesa Carlota y formar en el Plata una monarquía constitucional

independiente de los avatares que sufría la Junta Central de Sevilla.

Mientras las reuniones nocturnas y secretas le daban vida a la

conjura, la Junta de Sevilla envió a Baltasar Hidalgo de Cisneros como

nuevo virrey del Río de la Plata, en reemplazo de Liniers. Sólo

quedaba resistir el nombramiento. Pese a la opinión favorable de

Saavedra y de Pueyrredón, el plan abortó. Pueyrredón fue apresado

por las autoridades españolas y con la ayuda de Belgrano logró

escapar a Río de Janeiro, pero allí se encontró con la cerrada negativa

de la infanta Carlota, que no quería quedar sujeta al plan de los

37 Biblioteca de Mayo, ob. cit, p. 528.

44

criollos y ahora buscaba gobernar el Plata con el apoyo de los mismos

funcionarios españoles.

En rigor, Carlota desairó “a tirios y troyanos”. La hermana

mayor de Fernando VII era una mujer frívola e inconstante que no

estaba a la altura de las circunstancias. Mariano Moreno no se privó

de opinar sobre el proyecto de coronación. “Su voto —dice un

contemporáneo— fue siempre contrario a esta eventualidad, tanto

porque la monarquía no convenía a la organización del país, como por

la calidad de la persona que la quería introducir [se refiere a la

princesa]: y así decía, que no le parecía acertado dar una cabeza mal

sana a un cuerpo enfermo que estaba por ponerse en cura.”38

A mediados de 1809, las ilusiones del carlotismo porteño

habían concluido. Pero no así la lucha política de quienes, como

Moreno y Belgrano, buscaban un camino viable para aplicar las

nuevas ideas liberales que alimentaban las utopías reformistas y

revolucionarias de las sociedades del Viejo y del Nuevo Mundo.

Las ventajas de los comerciantes ingleses

¿Quién hubiera imaginado, el 30 de julio de 1809, que el nuevo

Virrey recién desembarcado, apoyado por la totalidad de los

beneficiarios del comercio monopólico, sería el encargado de terminar

con ese enorme poder? Desde su llegada, Cisneros se enfrentó con el

grave déficit del erario público. Los impuestos y tributos no

alcanzaban a sufragar los gastos del tesoro virreinal; las relaciones

mercantiles con la península estaban casi interrumpidas por la

invasión napoleónica y ya no alimentaban los ingresos de la Aduana;

había comenzado a languidecer el tráfico con el interior del territorio

y además el precedente de las invasiones inglesas y del estado de

guerra que vivía la metrópoli desaconsejaban dejar de pagar los

sueldos y pertrechos de las tropas criollas, que nadie quería

desmovilizar. Cisneros abrió entonces el juego y propuso dictar un

reglamento de libre comercio con los neutrales, es decir, con Gran

38 Levene, R., "Intentos de Independencia en el Virreinato del Plata", en Historia de

la Nación Argentina, Buenos Aires, El Ateneo, 1941, vol. 5, 1º parte, p. 446.

45

Bretaña. Antes de emitirlo, el Virrey decidió consultar a las diversas

corporaciones, incluidos por cierto el Cabildo y el Consulado de

Comercio e Industria. La reacción de estos sectores fue destemplada.

Llamaron a Cisneros traidor pero además se dividieron sobre lo que

convenía hacer.

Los hacendados y labradores rioplatenses se unieron y

buscaron un representante de sus intereses, alguien que abogara por

la actividad productiva. Se trataba de un sector muy heterogéneo;

había pocos grandes ganaderos y por cierto muchos más con menor

capacidad productiva; los agricultores eran aún más débiles. Moreno

se transformó en la voz de cada uno; según su propio cómputo eran

alrededor de unos 20.000 propietarios, pues representaba no sólo a la

campaña bonaerense sino también a la Banda Oriental. Resulta

imposible verificar esta cifra ya que los censos coloniales adolecen de

errores. Sin embargo, las estimaciones estadísticas de la población de

la época arrojan los siguientes datos: Buenos Aires (ciudad y

campaña), 70.000 habitantes; la Banda Oriental (ciudad y campaña),

30.000. El alegato de Moreno importaba a la quinta parte de la

población rioplatense y por lo tanto no podía dejar de tener

repercusiones.

El tribuno presentó una pieza de economía política que hizo

época: la famosa Representación de los hacendados y labradores del

30 de septiembre de 1809. Racional y vehemente a la vez, Moreno

desgranó uno a uno sus argumentos: el monopolio en beneficio de los

comerciantes de Cádiz había atentado contra la libertad y la justicia,

el pueblo debía gozar de los mismos derechos que los otros pueblos

que formaban la monarquía española. ¿Cuál era la riqueza genuina,

real de esta tierra?: cueros, sebos, productos ganaderos hasta ese

momento prohibidos por el monopolio comercial, y además, por

cierto, los frutos de la agricultura. El viajero, alegó Moreno, “se

asombraría cuando buscando al Labrador por su opulencia no

encontrase sino hombres condenados a vivir en la miseria”. Para

defender el librecambio, insistió con que “no puede ser funesto sino a

cuatro mercaderes que ven desaparecer la ganancia que esperaban

de clandestinas negociaciones” .39 También se dirigió a los artesanos,

39 Levene, R., "Significación histórica de la obra económica de Manuel Belgrano y

Mariano Moreno", en ob. cit., p. 505.

46

específicamente al gremio de los zapateros y al de los herreros, que

gozaban de los beneficios del monopolio y se habían unido a los

reclamos del Consulado. Resulta muy interesante transcribir los

argumentos de Moreno para convencer a este sector: “Cuando os

digan que los Ingleses traerán obras de todas clases, respondedles

que hace tiempo se están introduciendo innumerables

clandestinamente y que si esto es un gran mal, ellos solo han sido sus

autores; [...] respondedles que por lo que hace a la concurrencia con

vuestras obras, os es indiferente que vengan de España o de un Reino

extranjero, y después de recordarles la libre y abundante introducción

de obras de mano que proveía la Metrópoli, conducidlos a sus propias

casas y las encontraréis adornadas con muebles que no habéis

trabajado” .40

La presentación de Moreno, celebrada por Belgrano, quien

había defendido estas ideas en la soledad de su cargo en el

Consulado de Comercio, fue traducida al portugués y circuló con

profusión entre los liberales de Río de Janeiro; también se publicó en

castellano, en Londres, el 30 de agosto de 1811, en un diario español

que se editaba en aquella ciudad. Los contemporáneos no dudaron de

su trascendencia, y la interpretaron como una obra revolucionaria

que erosionaba las bases mismas del imperio colonial español en

América del Sur. Nada de esto sorprendió a su autor, que estaba

plenamente consciente de lo que había firmado (algunos

historiadores sostienen que el escrito fue redactado por Belgrano); su

vida tuvo un giro importante: los ricos comerciantes, hasta ese

momento, sus clientes, dejaron de concurrir a su estudio de abogado.

Mientras ganaba nuevos adeptos entre los ex carlotinos, se

distanciaba del “corifeo” de Álzaga, como apodaba Belgrano al

español por su condición de “conductor” de voces. Y si bien el Virrey

decidió no autorizar la publicación de la Representación (que se

postergó hasta 1810), impulsó la declaración de librecambio y no sin

asombro cosechó sus primeros frutos. En menos de seis meses

salieron por el puerto de Buenos Aires 1.500.000 cueros que pagaron

cada uno dos reales por derecho de exportación; los barcos británicos

40 Ídem.

47

descargaron legalmente sus mercaderías y la tesorería se encontró

con un superávit de 200.000 pesos fuertes por mes. En definitiva,

comenzaban a crecer las rentas del erario, a costa, por cierto, de la

ruina del comercio monopólico español y de su actividad clandestina,

el contrabando.

La proclamación de la libertad de comercio decretada por el

virrey Cisneros el 6 de noviembre de 1809 sin duda multiplicó la

prosperidad de los comerciantes ingleses residentes. A fines de ese

mismo año, Tomás Manuel de Anchorena, a la cabeza de una fortuna

familiar que todavía no era de las primeras de la plaza, escribió,

preocupado, varias cartas sobre el tema a su hermano Juan José

Cristóbal residente en Cádiz: “Con motivo del libre comercio y de

haber descargado ya muchos buques ingleses de los que se hallaban

en este río, han abaratado mucho los géneros, han parado todas las

ventas [...].41 Los paños españoles tienen poco aprecio en el día, pues

todos se inclinan a los ingleses por ser más baratos” .42 En definitiva,

los comerciantes ligados al monopolio colonial fueron los grandes

perdedores de ese momento. Los españoles que, como Martín de

Álzaga, habían arriesgado vida y fortuna para expulsar a los ingleses

en 1807, los veían regresar, dos años después, como dueños y

señores de un mercado que para ellos se escurría como agua entre

las manos. Y todo esto sucedía con el aval de algunos ya connotados

criollos como Mariano Moreno y Manuel Belgrano.

Mayo de cerca

La Representación de los hacendados y labradores había

echado las bases económicas que le darían un curso viable a la

Revolución. Con rentas propias, obtenidas con el fruto de una riqueza

genuina, se hacía posible aspirar a la construcción de un poder

público soberano: un Estado. El beneficio alcanzaba por lo tanto a la

mayoría de la población. Es decir, a los criollos y a todos los europeos

41 Álzaga, E. W., ob. cit., p. 71.

42 Ibídem, p. 73.

48

que no participaban del monopolio, y muy especialmente a los

miembros de la comunidad mercantil británica.

La voluntad de Moreno confluía finalmente con la de Belgrano.

La política menuda los había arrojado por senderos opuestos. ¿Qué

hacía el primero al lado de un ferviente partidario del monopolio? ¿Por

qué el segundo había tolerado los devaneos de una princesa sin

rumbo? Fuera del contexto de la época, estas conductas parecen

inexplicables. Los propios interesados, una vez envueltos en el

vértigo de la Revolución, se encargaron de olvidarlas. Algo más:

ambos fueron fervientes lectores y, como muchos otros americanos,

abrevaron en Rousseau y en Montesquieu, los filósofos de las luces,

precursores ideológicos de la Revolución Francesa. Moreno los había

estudiado en Chuquisaca, en la biblioteca del canónigo Terrazas, su

protector. Belgrano había tenido más tiempo para hacerlo. Mientras

se hallaba en España estudiando, en 1790, obtuvo una licencia papal

de Pío VI que le permitió leer y conservar el resto de su vida los libros

de autores condenados por heréticos. En este gran cauce ideológico

lograron finalmente crear un molde político propio y a medida de las

circunstancias.

Al repasar los acontecimientos que cubrieron ese corto

período, resulta posible comprender por qué los criollos y españoles

que lucharon juntos para derrotar a los ingleses durante las

invasiones se distanciaron después. Si nada de todo esto era

imaginable en el fragor de la lucha de 1807, tampoco lo será su

consecuencia. En 1810, la mayoría de los criollos convergió con los

antiguos enemigos británicos en la Plaza de la Victoria, mientras el

grueso de los españoles se oponía de lleno a la Revolución.

“Cada día van las cosas en peor, se dice quieren quitar el

mando al señor Virrey, formar una junta [...]”, escribió alarmado, el

16 de mayo de 1810, un soldado del Regimiento 5 de Patricios. Este

testigo, que reservó su identidad, apuntó: “dicen que se ha recibido

noticias que la España se ha perdido y que los españoles quieren

entregar al francés estos dominios, [...] han venido gacetas inglesas

del 16 de febrero último en que se lee lo ocurrido”. El 17 de mayo

anotó: “Se dice que de resultas de las noticias funestas que se han

49

recibido de España el señor Virrey va a dar al Público una

proclama” .43 Al día siguiente, dio por terminado su diario de vida; lo

había empezado durante la primera invasión inglesa, e incluso

después de la partida de los ingleses en 1807 había continuado

anotando prolijamente los hechos del día. Sin embargo, el 18 de

mayo concluyó su escritura con este acertado pronóstico: “[...] desde

este día adelante, Revolución” .44 Este documento, desgraciadamente

anónimo, muestra hasta qué punto ya estaba en el aire la idea de que

algo inusitado iba a suceder muy pronto.

El 14 de mayo de 1810 entró en el puerto de Buenos Aires la

goleta inglesa Mistletoe con los periódicos que informaban sobre la

caída de la Junta de Sevilla. Otro barco, llegado a Montevideo el día

anterior, traía la misma noticia: José I, el usurpador del trono español

por mandato de su hermano, el emperador Napoleón Bonaparte,

dominaba casi todo el territorio; sólo quedaba libre el puerto de

Cádiz, y no por mucho tiempo más. Después de dos años de intensa

lucha contra el invasor francés, la sublevación española llegaba a su

fin. Las Juntas, que habían sostenido este esfuerzo bélico, habían

caído una tras otra.

Pese a la formación de un Consejo de Regencia en Cádiz, en

toda América cundió la alarma que potenció la insurrección. En este

sentido, el Cabildo abierto del 22 y del 25 de mayo de 1810, en

Buenos Aires, no fue un acontecimiento único ni excepcional, por el

contrario, se inscribe en el movimiento que había comenzado ese

mismo año en Caracas, el 19 de abril, y que continuó en Cartagena, el

14 de junio, y en Bogotá, el 20 de julio, para concluir el 18 de

septiembre con la Junta de Santiago de Chile. En todas partes se juró

fidelidad a Fernando VII, pero no al Consejo, lo que permitió deponer

a las autoridades españolas residentes. Aun así, a ningún jurista de la

época se le escapaba la verdad: el Rey era apenas un soberano

nominal. ¿Cuánto podía durar en cada Junta el delicado equilibrio que

reunía a aquellos patriotas que bregaban por la independencia lisa y

llana con quienes preferían posponer esa audaz y dramática decisión?

43 Diario de un soldado, Comisión Nacional Ejecutiva del Sesquicentenario de la

Revolución de Mayo, Ministerio del Interior, 1960, p. 293.

44 Ibídem, p. 294.

50

La máscara de Fernando VII cobijó los primeros años de una

Revolución que no podía decir su nombre. En Buenos Aires, fray

Cayetano Rodríguez, partidario de Mariano Moreno, lo expresó con su

particular verba: “se fernandeaba”, escribió; esto servía como

salvoconducto para reclamar la alianza del gobierno inglés que no se

avenía a darla de ningún otro modo que no fuera el de una declarada

obediencia de los patriotas hacia la figura del heredero del trono

español. ¿Por qué era tan importante para los hombres de Mayo el

apoyo británico?

Las reticencias de Lord Strangford

El 7 de junio de 1810, en el primer número del periódico

Gazeta de Buenos Aires, que él mismo había creado, Mariano Moreno,

secretario de la Junta de Gobierno, relató su visión de los actos

patrios del 25 de Mayo: “Las almas desfallecían con la novedad de

una impresión dulcísima, a que no estaban acostumbradas”, escribió,

para destacar enseguida “la asistencia de los oficiales de la marina

inglesa y principales individuos de su comercio” en la celebración,

mientras desde el puerto, los buques de guerra de esa bandera

hacían salvas y “celebraban una función que sus jefes estaban

admirando” .45

Al día siguiente de la jura de la Junta, el capitán inglés Fabian,

que comandaba el Mutine y era el oficial naval con mayor jerarquía,

se entrevistó con todos sus miembros. “Castelli —informó el capitán

al gobierno británico— me habló en los siguientes términos: que esta

Junta, los funcionarios, el Ejército y todos los habitantes en general,

estaban dispuestos y deseaban continuar en estricta alianza con Gran

Bretaña y mostrar todo el favor posible y protección a los súbditos

británicos y sus propiedades, y de igual modo aceptar del Gobierno

Británico y los súbditos [...] los mismos sentimientos de alianza y

amistad. Yo contesté: me siento muy agradecido hacia la Junta por su

determinación y por la manifestación de sus sentimientos afectuosos

45 Palomeque, A., "Las primeras cartas de nacionalidad argentina", en Colmo, A.

(dir.), Anales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, tomo XVIII, Buenos

Ares, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, 1918, p. 86.

51

hacia Inglaterra, esto no solamente se halla de acuerdo con nuestra

manera de pensar sino que, además, tengo órdenes de mi gobierno

de prestarles toda la ayuda posible” .46

A partir de ese momento, comenzó a enhebrarse una compleja

relación entre los miembros del gobierno y Gran Bretaña. En estas

circunstancias, el vocero de la Junta no fue Castelli sino directamente

Mariano Moreno. La Gazeta publicó todos los asuntos considerados de

importancia, incluso las actas de gobierno, que podían leerse apenas

unos días después de redactadas. Esta fuente resulta entonces

incuestionable a la hora de evaluar la relación de la Junta de Mayo

con el poder británico y de comprender cuál fue la posición real de

Mariano Moreno, a quien se ha querido ver o como un adversario de

Gran Bretaña o como su agente en el Plata.

Los argumentos de Moreno tenían un destinatario particular.

Había que convencer a Lord Strangford, el inglés que mejor conocía lo

que sucedía en el Río de la Plata, pues en 1802 había participado del

traslado de la Corte de Lisboa a Brasil y desde entonces, como se

dijo, residía allí. Por otra parte, su actividad en Río de Janeiro

confirmaba día a día la prioridad que Inglaterra le daba a su pacto de

amistad con la Corona de Portugal. ¿Qué se esperaba en Buenos Aires

de Lord Strangford? Mucho más de lo que él estaba dispuesto a dar.

Moreno buscaba el reconocimiento de la Junta; pero el gobierno inglés

no pensaba otorgarlo puesto que sostenía el derecho al trono de

Fernando VII, el rey cautivo de Napoleón. Para que no hubiera

ninguna duda al respecto, Lord Strangford transformó la “máscara de

Fernando” en una suerte de regla diplomática. No hay una sola nota

dirigida con su firma en la que no recuerde las obligaciones de los

americanos hacia el Rey preso. Sin embargo, había otro haz de

cuestiones importantes de las que podía ocuparse el representante

inglés. En principio, podía facilitar las tratativas ante el gobierno

británico para conseguir fondos y sobre todo armas, también debía

impedir que la Corte de Río diera el más mínimo apoyo a las

pretensiones de los realistas de Montevideo, ya que el Cabildo de esa

ciudad desconocía a la Junta. En realidad, se trataba ahora de

neutralizar las pretensiones de la princesa Carlota que volvía sobre

46 Justo, L., ob. cit., p. 137.

52

sus fueros, pero de la mano de los españoles residentes en la Banda

Oriental. Moreno también esperaba que Strangford ordenara a los

barcos ingleses en el Río de la Plata que hicieran caso omiso del

bloqueo iniciado por las fuerzas de Montevideo, una medida que

afectaba mucho al comercio de Buenos Aires.

Sin duda, cualquiera de estas cuestiones representaba un

serio peligro para el movimiento de Mayo, que no era autosuficiente y

no podía sostenerse sin un apoyo más o menos explícito. En los

meses que median entre el 25 de mayo y la salida de Moreno del

gobierno —diciembre de 1810—, la correspondencia con Lord

Strangford sirve de hilo conductor para comprender la clase de

problemas que comenzó enfrentando la Revolución.

Apenas asumida, la Junta en pleno le envió al representante

inglés una manifestación de gratitud, en términos que, sacados de

contexto, hoy pueden resultar irritantes. El acta leída en sesión de

Cabildo abierto por Juan Larrea enumeraba los favores que había

hecho Strangford, “que habló a Buenos Aires con respeto y sin lesión

de sus derechos; que representó a su Corte la nobleza y lealtad de

nuestros procedimientos políticos con el lenguaje de la verdad, y el

interés que es como natural al Ministro de una Nación libre cuando

trata de un pueblo que aspira a parecérsele; y que sin anticiparse a

las miras sabias del gabinete de San James (sic), hizo a favor de

Buenos Aires cuanto pudo hacer atento a la naturaleza, estado y

circunstancias de su ministerio”. A continuación, y en señal de

agradecimiento, la Junta lo distinguía con la investidura de ciudadano

y le adjudicaba en propiedad “una legua cuadrada en el territorio de

este suelo” .47 Lord Strangford recibió la donación pero no la aceptó y

por cierto la Junta archivó el asunto sin insistir. Hasta ahí la

documentación existente. Sin embargo, es muy probable que haya

habido algún otro ofrecimiento de ese estilo. Tomás Guido, en sus

memorias de sugestivo título, Revelaciones históricas, aseguraba que

Mariano Moreno le había ofrecido a Lord Strangford hacerlo señor de

la Isla Martín García a cambio de obtener el favor de Gran Bretaña. No

hay ningún acta que ratifique esta afirmación. No obstante, valen dos

observaciones que la tornan verosímil. La primera es subjetiva:

47 Palomeque, A, ob. cit., p. 91.

53

Tomás Guido era amigo de los hermanos Moreno, por decisión de

Mariano viajó a Londres y lo asistió en el barco en que murió. Conocía

bien el pensamiento del fogoso tribuno. La segunda es objetiva:

Moreno postulaba la libre navegación de los ríos, pues

doctrinariamente era un librecambista, pero además,

pragmáticamente, la defensa de este derecho era la única forma de

atacar el bloqueo impuesto por los españoles desde Montevideo. La

posesión británica de un punto estratégico para la circulación naval

como lo es la Isla Martín García debía dar fin al bloqueo.

La negativa de Strangford no amilanó a Moreno, que seguía

empeñado en obtener un compromiso de apoyo explícito. El 1º de

julio de 1810, volvió a desplegar en la Gazeta la batería de

argumentos citados. En ese artículo le recordaba a Strangford que si

América caía subyugada ante las intrigas y promesas de Napoleón, el

comercio inglés perdería sus plazas. “Todo inglés —escribió— que

ame verdaderamente a su nación, habrá observado con ternura, la

generosa resolución con que las Provincias del Río de la Plata

disiparon aquellos peligros, afirmando de un modo indestructible las

relaciones mercantiles más ventajosas para la Gran Bretaña. Una

general proscripción de todas las pretensiones de la Francia, un

franco y libre comercio con la nación inglesa, reglamentos liberales

que aumentasen estas relaciones sobre la firme base de recíprocas

ventajas, una amistad proveniente dispensada a todo individuo inglés

residente en ese suelo, tales han sido las medidas que Inglaterra

debió pretender de nosotros, y que hemos anticipado

generosamente” .48

Moreno había anticipado lo que finalmente ocurrió. En efecto,

la capacidad bloqueadora comenzaba a generar actitudes equívocas

en los barcos ingleses que surcaban el Río de la Plata. El capitán

Elliot, que había remplazado a Fabian al mando de la fuerza naval

británica, había optado por una neutralidad que no hacía sino

fortalecer las pretensiones separatistas de Montevideo. Pero la

posición inglesa tampoco era fácil. ¿Por qué debían inclinarse por uno

u otro puerto, si al fin y al cabo necesitaban comerciar con los dos?

Moreno exigía una definición en términos perentorios y reclamaba

48 Ibídem, p. 120.

54

“una oposición vigorosa a las medidas hostiles que tomaba

Montevideo contra el comercio de los ingleses en las provincias

dependientes de Buenos Aires”, y proseguía: “¿Por qué título, o con

qué autoridad podrá impedir Montevideo el ejercicio de esta

comunicación? ¿Acaso el gobierno de Montevideo reviste un carácter

soberano que sostenga aquella declaratoria? ¿Acaso sostiene con

esta capital una guerra justa de potencia a potencia que autorice su

bloqueo? ¿Acaso reúne algunos otros títulos para que la Gran Bretaña

se sujete a su bloqueo y tolere los perjuicios consiguientes de su

comercio?” .49 Esta nota de protesta, enviada el 10 de agosto de 1810,

y publicada en la Gazeta del 13 de septiembre, fue seguida de otra

escrita en términos mucho más duros. El destinatario era el capitán

Elliot y Moreno lo acusaba ahora de complicidad con el contrabando.

En efecto, el bloqueo era un problema político pero también

económico, pues la imposibilidad de descargar en Buenos Aires había

vuelto a aceitar las rutas del comercio clandestino. Antes que nadie,

Moreno intuyó los riesgos que derivaban de ello y operó rápidamente.

El 11 de septiembre, la Junta acusó al comerciante inglés Mackinlay

de ser un agente secreto, y lo echó del territorio junto con Elliot.

Moreno escribió a Lord Strangford una nota de protesta: “La conducta

del capitán Elliot es indisculpable; y en todo el mundo se oirá con

escándalo, que un oficial de S. M. B. rompa poderosas relaciones que

el comercio de su nación había entablado en el Río de la Plata, sin

otro principio que la internación de un gobierno subalterno,

refractario al orden público, y que no puede alegar título alguno que

lo arme de representación legítima para declarar un bloqueo; pero

sería una temeridad derivar este procedimiento de otro origen que

del sistema personal que se propuso este oficial desde su arribo a

estas regiones. Una adhesión anticipada a Montevideo, y la íntima

unión con un comerciante inglés residente en aquel pueblo y a quien

la Junta acababa de arrojar de su territorio serán quizá el principio de

unas resoluciones que, en la extrema imparcialidad que afectan,

infieren un quebranto irreparable al comercio de su nación” .50

49 Ibídem, p. 104.

50 Ibídem, p. 116.

55

La indignación de Moreno se apoyaba también en la de los

comerciantes ingleses aliados y en algunos otros capitanes británicos,

pues no todos eran como Elliot. En efecto, en el mes de julio, en un

incidente en el río con la fragata inglesa Jame, que conducía

contrabando, se había destacado la actitud del capitán Ramsay de la

goleta Mistletoe, que detuvo el cargamento. Y no sólo eso, el capitán,

avisado por un grupo de comerciantes ingleses, había actuado de

común acuerdo con la Junta.

De alguna manera el desafío de Elliot había colocado el

problema del bloqueo en una esfera de resolución oficial, situación

que Strangford había querido evitar en todo momento. ¿Qué haría? La

posición amistosa pero a la vez insobornable de Moreno logró su

rédito. Un grupo importante de residentes ingleses firmó un voto de

censura contra Elliot y envió a Río a un representante, el comerciante

Alejandro Mackinnon, que fue después uno de los primeros que pidió

y obtuvo la carta de ciudadanía de las Provincias Unidas. Por cierto, el

otro grupo que se inclinó por Elliot también envió su despacho.

Strangford respondió dando un espaldarazo a la Junta. La nota

traída por el capitán Ramsay, amigo de Moreno, fue publicada

inmediatamente en la Gazeta el 15 de octubre de 1810. En ella

aseguraba “que ningún oficial inglés había recibido jamás ni de mí ni

del almirante que comanda en jefe, instrucciones algunas para

cooperar al bloqueo de la capital, que las autoridades locales de

Montevideo han tomado sobre sí hacerlo; ni tampoco para concurrir

en ninguna medida hostil contra aquella capital y, por contrario, yo

declaro a V. E., con la mayor sinceridad, y en este modo público, que

por las órdenes dadas a todos los oficiales británicos en el Río de la

Plata, se les ha prohibido uniformemente toda interferencia en los

negocios políticos.51

Las palabras de Strangford cayeron muy bien en el gobierno y

también entre los residentes ingleses. Por cierto esto no significaba

un reconocimiento diplomático, que como veremos más adelante

demoró años, aunque los revolucionarios nunca dejaron de

reclamarlo, pero sí implicaba un apoyo oficioso que con el correr de

51 Ibídem, p. 123.

56

los meses, y ante el avance de la contrarrevolución en toda América,

se hacía imprescindible.

Buenos vecinos

La mayoría de los británicos cerró filas con la revolución a

través de diversas acciones. El 15 de octubre de 1810, se puede leer

en la Gazeta una larga lista de apellidos de ese origen junto con la

suma de dinero y con los libros donados para la fundación de la

primera biblioteca, creación de Moreno. Son más de 60 personas y

todas pertenecientes al grupo de Alejandro Mackinnon.

En los meses que siguieron algunos miembros de la

comunidad dieron un paso más y adoptaron la carta de ciudadanía. El

29 de noviembre de 1811, Roberto Billinghurst, ayudante mayor de

Artillería, agregado al ejército de la Banda Oriental, la obtuvo por sus

acciones patrióticas; unos días antes, y también por sus servicios, se

le concedió a Diego Paroissien, médico del Ejército Auxiliar del Perú

que años después cruzará los Andes con San Martín. En el acta de

ciudadanía de Diego Winton, publicada en la Gazeta del 21 de febrero

de 1812, se lee que “ha adquirido el atendible derecho a las

dispensaciones que franquea la patria al habitante honrado, y que

dedica sus luces e industria al logro de su mayor prosperidad” .52 Él

mismo se inscribía unos meses después como donante de una suma

de dinero importante para las viudas de los caídos en la batalla de

Salta. Aunque la victoria obtenida por Belgrano el 24 de septiembre

de 1812 había elevado notablemente las alicaídas esperanzas sobre

el futuro de la Revolución, nadie olvidaba a los muertos. Fueron 40 los

ingleses que se anotaron en la lista de suscriptores. Un tercio en

relación con el total de los residentes. La identificación con los criollos

mostraba un incipiente grado de autonomía con respecto a los

dictados del gobierno de Londres, autonomía que, como veremos a

partir del próximo capítulo, se irá acentuando con el correr de los

años.

52 Ibídem, p. 190.

57

Hacia fines de 1810, Moreno había logrado consolidar su

relación con los ingleses y a la vez el poder de la Junta en el terreno

externo. Su relación epistolar con Lord Strangford le permitió

desbaratar el bloqueo que hacía Montevideo y a la vez contener las

aspiraciones portuguesas que se manifestaban con las renovadas

pretensiones de la princesa Carlota. Pero las desavenencias con

Saavedra, fortalecido en el gobierno, lo obligaron a renunciar a su

cargo de Secretario. La Junta le dio una misión que ya estaba en los

papeles y que Hipólito Vieytes, anteriormente convocado, no estaba

en condiciones de realizar. El notable desempeño de Moreno a cargo

de las relaciones exteriores de la Junta lo convertía en el mejor

emisario posible, tenía que lograr la protección de Gran Bretaña o

alguna forma de reconocimiento equivalente, y, además, realizar

negociaciones discretas para obtener armas y fondos para la

Revolución. El fogoso tribuno aceptó pero a cambio pidió viajar con

dos hombres de confianza; la Junta nombró como secretarios de su

delegación a su hermano Manuel Moreno y a Tomás Guido. Los

comerciantes ingleses de Buenos Aires, que lo habían respaldado

frente a Strangford, le proveyeron entusiastas cartas de

recomendación.53 Como sabemos, Moreno murió en alta mar, el 4 de

marzo de 1811 y no es mucho lo que a ciencia cierta puede decirse

sobre este triste episodio.54

Su hermano Manuel intentó proseguir con la misión

encomendada, pero ni él ni Guido tenían la acreditación oficial de la

Junta. No obstante ello, Manuel permaneció en Londres un año más.

En agosto de 1811 informó a Saavedra: “[...] hay que esperar se

mude la conducta de este gabinete con respecto a nosotros, y según

53 Véase Gallo, K., De la invasión al reconocimiento. Gran Bretaña y el Río de la

Plata, 1806-1826, Buenos Aires, AZ Editora, 1994, p. 142.

54 La polémica por la muerte de Mariano Moreno tiene ya algunas décadas. Hasta

1960 y a modo de rumor, sólo circulaba lo que su mismo hermano había escrito

veinticinco años después de la muerte del prócer sobre el emético (4 g de

antimonio tartarizado) que el capitán del barco le había obligado a tomar. Pero para

los historiadores que transformaron esta versión en una teoría, seguía siendo muy

oscuro el móvil. Si Moreno era anglófilo, ¿por qué lo eliminaría un capitán inglés, en

viaje a Inglaterra? El último estudio serio sobre las enfermedades de Moreno es de

Martí, M. L., Enfermedad y muerte de Mariano Moreno, Buenos Aires, Nebal, 1988,

quien asevera que la causa de su muerte se debió a la evolución agravada del mal

reumático que padecía y lo documenta muy bien a la vez que descarta uno a uno y

por insustanciales los rumores que todavía hoy circulan sobre el envenenamiento.

58

su empeño por las cosas de España, todo lo que se podía conseguir

es la perfecta neutralidad que hasta ahora han guardado en nuestros

domésticos disgustos” .55 En febrero de 1812, escribió otra carta a

Saavedra con un tono más esperanzado. Unos meses después, el

ministro de Relaciones Exteriores Castlereagh lo recibía oficialmente.

Cumplida su misión, Manuel Moreno regresó con el siguiente mensaje

británico: Londres no era indiferente a la lucha de las colonias

mientras se preservaran los derechos de Fernando VII, tampoco

permitiría que los portugueses bloquearan el intercambio comercial

normal entre Inglaterra y el Río de la Plata.56 Sobre estas bases se

mantuvieron las relaciones con el gobierno británico al menos hasta