Epistolario para una Princesa por Leandro Martínez de Armas - muestra HTML

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SSS

Había una vez, como en todos los cuentos de fantasía, una hermosa princesa que vivía en un castillo de arena. Su piel era blanca como la nieve, sus cabellos negros azabaches y sus labios cual rojo carmín como una gota de sangre. Había también, como en todos los cuentos de fantasía, un humilde mendigo, que en silencio, alejaba las olas del castillo con su alma, por amor a su princesa.

Así, o algo parecido, comienza la historia de este libro de ideas descabelladas y pensamientos indefinidos, pero tiene que ser así, porque ese que llega tierno y delirante; que lo da todo y pide tan poco; que crece con la lluvia junto al fuego; ese es uno solo, y responde al nombre de, Amor.

Hoy ya nadie dedica tiempo a escribir una carta, y menos para expresar en ella todas las cosas lindas que siente en su interior por otra persona. Que lástima, esa debería ser una costumbre inolvidable en la humanidad. Al parecer, con el adelanto tecnológico, el hombre está más interesado en crear una inteligencia artificial que en usar la suya para conquistar a una mujer. Cada día los románticos son una especie en peligro de extinción y nadie hace nada para impedirlo. Quizás estas cartas, escritas con la motivación de gritarle al tiempo que estoy enamorado, encuentren en sus manos un uso y finalidad que le permita demostrarle a alguien, que no es solo fortuna y promesas de éxitos, que también es sentimiento y detalles tontos, que no se trata de hablar de una vida juntos, sino de dedicar toda una vida para estar a tu lado.

Este libro va dedicado a aquella persona por la que fui capaz de subir en la azotea de un edificio, para poner en lo alto un cartel que decía Te…; a esa que cuando está junto a mí, no siento correr el tiempo y solo me preocupa que mis palabras la hagan sonreír; a esa que cuando desea, para mí está ordenando; que cuando no está, mi mirada la busca desesperadamente, que cada palabra que pronuncia es una caricia para mi oído, que me ha convertido en un ladrón con el afán de robarle todos sus besos; en fin, a la mujer que estoy seguro, y no temo decirlo, amo.

Quiera Dios que en otras manos estas diecisiete cartas sean de ayuda para alguien que sienta la necesidad de entregarse por completo, y que, al contrario de mi caso, la otra persona corresponda con aceptación ante una obra tan sencilla, pero tan sincera, como lo son estas palabras surgidas desde lo más profundo de un corazón enamorado, que late y existe solo con un propósito, amarte.