Ergamú por Luis Ernesto Romera - muestra HTML

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ERGAMÚ

Luis Ernesto Romera

Núm Registro: 1308125565954

Ergamú había logrado lo que durante días llevaba intentado en vano, y

no cabía en sí de felicidad por lo que consideraba su gran hazaña. Poder

demostrar ante sí mismo y ante los demás de la tribu, sus dotes de buen

pescador. Aquel gran piraruco, así llamaban en la aldea a aquel terrible e

inmenso pez, medía casi un metro, el más grande que desde hacía tiempo

nadie había capturado. Yenduki, su mentor y amigo se alegró tanto, que chocó

su pecho contra el de Ergamú, era la costumbre común entre los chaimalokas

para felicitar efusivamente a alguien a quien se aprecia. Lo mismo hizo

Medukí, quien conducía la canoa y al que le costó un mucho poder cargar con

semejante carga. En ese momento todos cesaron de pescar, pues con la pieza

capturada por Ergamú tenían más que suficiente para comer toda la aldea.

Para Ergamú, llegar a la aldea con semejante pieza iba a significar, ser

aceptado como un igual, compartir círculo de comida en la tribu y tener voz y

voto en las tertulias, privilegio del que hasta ese momento había sido privado.

Lucía feliz y orgulloso pues ahora por fin iba a ser considerado parte del

grupo, su pálida piel clara había dejado de ser un problema, ya no se sentía

diferente. Aunque aún no podía articular muchas palabras en aquel extraño

lenguaje y no podía explicar su origen, pues no lograba recordar quién era, ni

de dónde venía, pero ahora se sentía un chaimaloka más.

El recuerdo más lejano que su mente guardaba, era el rostro de la bella

joven Akuyena, tocando su piel con gran curiosidad, mientras otras mujeres,

todas con el torso desnudo curaban sus heridas con sabia del árbol Tabebui, y

las cubrían con hojas de chusalonga, abundantes en la zona. Ella le hablaba

constantemente en aquel extraño lenguaje en un tono cadente y dulce, y con

sus ojos de suave rasgado y color aceituna, no dejaba de mirarle de arriba a

abajo, como si de alguien bajado del cielo se tratara, su larga cabellera de un

negro y liso pelo dejaba entrever sus pechos desnudos, sin ningún atisbo de

inmoral actitud. El paso del tiempo y la paciencia de Akuyena y de su

hermano Yenduki, habían ayudado a Ergamú a poder entenderles hasta el

grado de poder comunicarse, de forma limitada, más suficiente para su feliz

convivencia en la pequeña y aislada aldea amazónica.

Meses atrás un grupo de mujeres que habían ido al lugar en busca de

follaje para las chozas, entre ellas la joven Akuyena, hija de uno de los líderes

de la aldea, quien escuchó un gran estruendo y alertó de aquella extraña

presencia. Cuando se acercaron, allí estaba aquel hombre de piel clara

malherido, cerca de de un extraño artefacto, cuyos restos muy maltrechos,

habían quedado suspendidos sobre la gruesas ramas de un frondoso árbol

samán. Una de las mujeres reconoció ese misterioso objeto como las canoas

voladoras de las que hablaban muchos cazadores, quienes las habían visto en

alguna ocasión surcar los cielos a gran velocidad. Un fuerte golpe en la cabeza

había provocado que el joven no recordara nada, ni quién era, ni de dónde

venía. Al ver aquel hombre en ese estado decidieron por unanimidad llevarlo

hasta la aldea. Peor suerte tuvieron los demás tripulantes, que habían quedado

atrapados entre los amasijos del artefacto volador y algunos murieron en el

acto quemados en sus entrañas.

Pese a las reticencias de Nacuaru el viejo chamán, y visto que no

parecía representar peligro, el amnésico joven fue conservado con vida. Nadie

jamás había visto a un hombre con ese aspecto, blanquecino, pelo claro, de

cuyo rostro según iban pasando los días, salía pelo del mismo color que su

cabeza, por eso le llamaron Ergamú, que en su lengua significaba "venido del

sol".

Algunos de los aldeanos entre ellos Akuyena la propia hija del chamán

albergaban la esperanza de que se tratase del hijo del sol, del quien muchas

lunas atrás el sabio Wanakí había profetizado que vendría. Según aquel sabio,

este hijo del sol traería la paz ansiada, librándoles de sus enemigos, los

yekuonos, quienes les impedían cazar más allá de la montaña negra.

-Mas allá de la montaña negra -relata Ayujene, jefe de la tribu, mientras

come del pez capturado por Ergamú- hay tierras donde abundan los deliciosos

monos saimuri, pero desde la llegada de los yekuonos, no podemos pasar a

ella.

-¿Quiénes son estos? -pregunta con curiosidad Ergamú

-Una tribu de aguerridos guerreros que antes vivían dos lunas más allá

de la montaña negra. -le responde Ayujene-

-Y ¿Por qué están aquí ahora? -insiste de nuevo con gran curiosidad el

joven de piel clara-

-Dicen que huyen de los gigantes devoradores de árboles que han

arrasado su territorio convirtiéndolo en yelmo desolado. -le contesta Yenduki,

adelantándose al jefe del clan-

-Los yekuonos, siempre han sido nuestros enemigos, pero mientras no

pasáramos dos lunas mas allá de la montaña no pasaba nada, pero ahora los

tenemos más cerca. -explica Ayujene, ante la atenta mirada del joven de claro

rostro-

-Esos devoradores de árboles van desolando todo a su paso, y muchas

tribus deben huir, por eso están aquí los yekuonos, los devoradores de árboles

son los verdaderos culpables Ayujene, -responde indignado Yedunki-

-Si ¡Deberíamos luchar contra esos gigantes! -proclama torpe pero

enérgicamente Ergamú, quien deseaba defender la que ahora era su tribu,

mientras todos le miran extrañados ante tal invitación-

Nadie de los allí presentes en realidad había visto a esos que llamaban

"devoradores de árboles", tan solo lo poco que habían escuchado de algunos

cazadores que se los habían encontrado en alguna ocasión cuando se habían

adentrado mas allá de la montaña y por las historias contadas en las aldeas

yekuonas, que de alguna manera habían llegado a oídos de los chaimalocas

capturados y escapados de sus tiranos enemigos.

-Son muy fuertes, -interrumpe el viejo Nacuaru-

-¿Tu los has visto padre? -pregunta Akuyena, sabedora que no, pero

como inquiriendo para que de nuevo contara lo que cierto hombre le había

hablado sobre esos temibles devoradores de árboles-

-No, hija, según me contó Yarawí el viejo cazador, poco antes de morir,

-el sí pudo verlos con sus propios ojos-, tienen monstruos gigantes, amarillos

como el pecho de un guacamayo ararauna, y cuyos grandes brazos arrancan

árboles cual ramas. Van montados en chozas que se mueven, las flechas no

pueden con ellos, y si los atacas, ellos responden con cerbatanas a las que no

soplan, pero que ellas solas pueden lanzar dardos ruidosos que queman y

matan a quien alcanzan, a más distancia, que ni el más fuerte y hábil cazador

puede lograr siquiera acercarse.

Al oír relatar esos detalles, el rostro de Ergamú cambia, su ánimo se

torna en preocupación. Mientras Nacuaru continuaba dando más detalles de

aquellos cortadores de árboles, un ligero recuerdo, como una visión repentina

de su pasado le deja ensimismado. El chaman seguía explicando detalles de

aquellos crueles y fuertes invasores, con esos monstruos de fuertes brazos. De

repente, impactantes imágenes de enormes maquinas amarillas haciendo caer

gigantescos árboles, transportados en no menos grandes vehículos, invaden su

mente.

Akuyena, observando el repentino cambio en el rostro de Ergamú,

intentó sin éxito inquirir en la razón de su preocupada expresión,

-¿Te ocurre algo Ergamú? -le pregunta en voz baja, para no interrumpir

a su padre-

-No, nada -responde aturdido y confundido el joven, mientras toca su

barba y ve sus brazos pálidos y observa con preocupación a los demás-

Desde el primer momento Akuyena había fijado su atención en aquel

hombre de pelo como el sol y lo quería para ella, aun conociendo la oposición

de su padre. Hasta solía acompañarle junto a su hermano cuando estos iban a

pescar al río, cosa poco usual en las mujeres del clan. Ella hacía todo lo

posible para siempre estar cerca de este y con su mirada seguir la estela de sus

verdes ojos. Siempre atenta a lo que este decía o hacía, nunca se despegaba de

él, y a decir verdad eso a Ergamú le gustaba, el sentimiento de atracción era

mutuo y el cruce de miradas a menudo delataba los sentimientos que ambos

procuraban disimular ante los demás.

Pero por un momento a Ergamú, parecían sobrevenirle recuerdos del

pasado que le atormentaban. Quería borrarlos de su mente, pues su corazón y

sus deseos estaban ahora ligados a los de la joven de rasgados ojos

aceitunados y sentía que su vida era aquella aldea.

Mientras, el confundido Ergamú escucha las historias contadas por

Nacuaru, bajo la paz y cobijo de la maloca, y de fondo la sinfonía de cacatúas,

monos y otras criaturas a los que los árboles dan hospedaje, al otro lado de la

gran montaña negra, resuena el eco atronador de los motores y maquinas

utilizadas por los leñadores mal pagados de una próspera empresa maderera.

Con su impresionante maquinaria, van devorando selva, metro a metro, sin

prisas, pero sin pausas.

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A unos kilómetros de allí, en el centro de control de la empresa, en una

improvisada cabaña, Serginho Gamendi uno de los capataces descansa,

mientras la radio anuncia que la infructuosa búsqueda de los restos del avión

de reconocimiento accidentado meses atrás, queda suspendida, y todos sus

tripulantes, dados por muertos.

Entre los desaparecidos tripulantes del siniestrado avión, se encontraba

Néstor Witterman, jefe de operaciones y segundo en la empresa, apodado por

sus obreros como "el rubio". Era el ambicioso heredero de la gran

multinacional, Sol Corp, el verdadero cerebro de la compañía, cuyo propósito

era llevar a la empresa explotadora al número uno mundial. Para ello no le

importaba arrasar cuanta selva se pusiera delante, a base de triquiñuelas y

pactos bien negociados con los diferentes gobiernos y autoridades de la región

y del país. Sin embargo ahora el proyecto se tambaleaba, pues este mismo

Néstor guardaba celosamente muchos secretos en cuanto a los intermediarios a

los que tocar y era el quien mejor conocía los hilos que había que mover para

hacer prosperar el cometido. Meses atrás había salido con su avioneta

particular para inspeccionar la zona al otro lado de la montaña, buscaba en

aquel lugar, terrenos a los que explotar y que además podían ser ricos en

petróleo.

La misma exuberante selva, que su empresa maderera pretendía

esquilmar, se había encargado de ocultar todo rastro del accidentado avión, la

lluvia caída inmediatamente después del siniestro apagó rápidamente el fuego

provocado por el accidente. Por ello, pese a que días después de su

desaparición los helicópteros sobrevolaron la zona repetidas veces, durante

varios meses, nada pudieron encontrar, esta vez la selva había devorado a los

devoradores de árboles.

Magaly, la desconsolada novia del "Rubio", hija de un importante

magnate de la minería, había perdido toda esperanza de encontrar a su

prometido, al principio ella misma se presentó en el país para presionar a las

autoridades a fin de poner a su disposición todos los helicópteros, aviones de

las fuerzas de seguridad y destacamentos de los diferentes cuerpos encargados

de rescate. Pero conforme pasaban los meses sin encontrarse pistas sobre el

paradero, fue haciendo amistad cada vez más estrecha con Peter Dolski, su

abogado personal, quien le asesoró sobre su situación como pareja de hecho

de Néstor y en quien se apoyó en los momentos más difíciles, tanto que pronto

este ocupó en su corazón el lugar que ocupaba Néstor.

Más difícil fue olvidar el vacío dejado para Germán Witterman, el padre

de Néstor, quien además de la dolorosa perdida de su hijo y mano derecha,

también vio truncados sus planes de ligar su empresa maderera con la de

Scottenson & Sons, dedicada a la extracción de cobre, estaño y manganeso,

cuando este contrajese matrimonio con la hija del magnate Walter Scottenson.

Una más que maniobrada estrategia a la que Néstor se prestó, casarse con

aquella joven a la que realmente no quería. En su vida no faltaban las mujeres

y en las diferentes sedes de la empresa tanto en Brasil, Perú, como California,

tenía “amantes”, a las que había asegurado eran la mujer de su vida”, tal como

se lo había prometido a Magaly, con la salvedad de que esta era la oficial.

Mas la vida seguía, y otros continuarían el trabajo dejado por el

desaparecido Néstor. La empresa pretendía proseguir el proyecto del "rubio",

considerado a partir de entonces como mártir por la causa. Por algo habían

invertido millones en las grandes y pesadas maquinas taladoras que en

cuestión de segundos cortaban y pelaban los gigantescos árboles, dejando

inmensos descampados en lo que antes era una selva llena de vida, haciendo

que tanto animales como nativos, entre ellos los temibles y fieros yekuonos,

huyeran despavoridos de su devastación, dejando atrás su único patrimonio.

Edmond, el hermano mayor, encargado jefe de las operaciones en el

Amazonas, siempre había envidiado la brillantez de ideas de su hermano, el

era bueno para dirigir y mandar, pero se sentía inferior sabiendo que todo lo

que hacía era lo que su hermano proyectaba, ahora buscaba el puesto

ostentado por el desaparecido Néstor. Edmond no tenía el carisma de su

hermano, pero si la ambición de subir peldaños y llegar a la cúspide en la

empresa, hasta ese momento le había tocado la tarea más dura, vigilar los

proyectos a pie de obra, tratar con los capataces, los obreros y todos los

problemas que eso conllevaba, en mas de alguna ocasión cuando por algún

accidente perdían a algún trabajador a el le tocaba el trabajo sucio de tapar

bocas, pagando a la familia del difunto por su silencio, con tal de que no

trascendiera y las autoridades no se alertaran. Edmond ahora se debía encargar

de hacer que se cumplieran los plazos y alcanzar cuanto antes la anhelada

zona rica en minerales para de alguna manera negociar con el magnate sobre

su extracción. El siempre arengaba a sus trabajadores a fin de que avanzaran

más deprisa, sin importar cuantas horas extras echaran, todo lo arreglaba con

sobornos a los inspectores laborales, pequeñas pagas extras a los trabajadores

como incentivo, cuando no amenazas y presiones con tal de que estos

avanzaran en los plazos exigidos.

La época de lluvias había cesado y ahora tocaba cortar más y más

árboles y abrirse camino en la espesura de aquella selva. Tenían previsto que

el mes siguiente se iniciaría la tala al otro lado de la conocida como montaña

negra, un macizo de no demasiada altura pero que les cortaba el paso por su

extensión, aquella zona estaba cubierta de una maleza tan espesa que hacía

imposible el paso incluso de una persona, y las maquinas, dado lo escarpado

del terreno no podían abrir el paso. Así que su propósito era bordearla, pero el

río hacía de frontera natural y tampoco podían pasar toda la pesada maquinaria

a través de este. Ya antes habían intentado crear caminos, pero en cuestión de

días, la maleza y la vegetación habían florecido de nuevo y cubría los

caminos. Su meta era llegar hasta la zona colindante al río lo más deprisa

posible y abrir senderos más anchos, con el fin de que pasara la maquinaria y

diera tiempo a regresar; Edmond sabía que cerca de allí podían encontrar el

camino que Néstor había marcado y que les llevaría al otro lado y de allí la

zona que buscaban. Nadie se había adentrado antes por esa zona, de hecho

muchos de los obreros, tenían ciertos reparos en sobrepasar la montaña negra,

habían oído acerca de aborígenes perdidos, de grupos de salvajes cazadores de

hombres, como los “yekuonas” o los “mapari”, de los que decían gustaban

comer carne humana.

-Amigos, no se crean todos esos cuentos sobre caníbales, coleccionistas

de cabezas, ni tribus perdidas, -arengaba Serginho, traduciendo a los obreros

brasileños las palabras que su jefe, Edmond, había escrito palabra por palabra

y que había dado orden expresa de que se leyera- al otro lado solo encontrareis

el futuro para vuestras familias, el pan de vuestros hijos, de no proseguir por

allí ese futuro será incierto. Cuando no haya árboles que talar, tendréis trabajo

en las minas y así tendréis el futuro asegurado.

Al tiempo que Serginho Gamendi, el títere de Edmond, seguía con su

arenga, otros capataces pasaban entre los obreros repartiendo un sobre con una

paga extra, 25 reales, lo que suponía un gran incentivo para los mal pagados

obreros, pues era una cuarta parte del jornal que ganaban al mes. Edmond,

quien administraba los bienes de la empresa siempre a favor de esta, había

dado instrucciones de incentivar a los obreros con 50 reales, una cantidad

excepcional para lo que los tenía acostumbrados, mas los capataces, entre

ellos Serginho, pensaban que la mitad era mas que suficiente para motivar a

aquellos “ignorantes”, mientras ellos se repartían el resto para añadir a sus

propios incentivos.

Entre los obreros cundió la confusión, por un lado temían perder sus

empleos, siendo eso lo único que sabían hacer. Los más animados se miraban

unos a otros y llenos de alegría y agradecimiento decían a los demás: -venga,

vamos a hacerlo, no va a pasar nada, nos haremos ricos-. Entre aquel grupo de

obreros provenientes de casi todos los países del entorno, se encontraba Lucio,

quien se sentía dividido, por un lado su familia compuesta por cinco hijos y su

esposa, a la que había prometido volver para comprarle una casa en la ciudad

y montar una tienda de comestibles, con la que ella siempre soñaba, había

aceptado el oficio de camionero transportista para Sol corps y sabía la

cantidad de madera que se desperdiciaba una vez que se clasificaba. El

también tenía malos presentimientos, no por temer a las tribus salvajes, sino

más bien por todo lo contrario, su conciencia le hacía pensar en el daño que

hacían a los aborígenes indefensos y pacíficos que el sabía que habitaban

aquella región. No por algo había vivido ya escenas en las que encontraban

aplastadas por los árboles cabañas pertenecientes a estos, había visto correr a

aquellos pequeños e inocentes hombres, muertos de pánico por las terribles

maquinas cortadoras que ellos manipulaban, incluso en cierta ocasión vio

como un grupo de inhumanos obreros borrachos, violaban repetidamente a un

grupo de mujeres de una aldea que encontraron en medio de su camino, bajo

la atenta e inocente mirada de sus hijos. Bajo su conciencia y en las noches de

soledad todavía le atormentaban aquellas imágenes y sufría por ello. El sabía

muy bien que poco daño les podían hacer aquellos que tenían la batalla

perdida de antemano.

Mientras tanto, en el despacho del gobernador de la federación, se

encuentra Edmond, es recibido casi con honores de jefe de estado, negocia con

este las ultimas condiciones para la cesión por treinta años de la explotación

maderera de la zona en exclusividad, con tal de que los obreros que contrate

sean en un 80% de la zona y compense con la financiación de parques,

carreteras y otras obras en los pueblos colindantes, eso significaba echar a la

mitad de los obreros que ahora trabajaban para el y sustituirlos por nacionales.

Junto a la firma del documento, Roberto, el ayudante y traductor de Edmond

le obsequia con el maletín que porta, repleto con cien mil dólares, el precio de

la firma del gobernador. En realidad Néstor lo había conseguido por la mitad,

pero era algo desconocido por Edmond y por los directores de Sol Corp, y

bien aprovechado por el rechoncho y bigotudo gobernador, hombre ambicioso

y de pocos escrúpulos, que tan solo días antes había firmado otro acuerdo con

una asociación de defensores de las tribus colindantes en el que les prometía

tierras fértiles, mas al sur, con tal que dejaran trabajar a los hombres de Sol

Corp. Le enseñaba fotos manipuladas de otras tribus establecidas allí que se

habían convertido en cultivadores y ahora vivían de la siembra de caña de

azúcar y soja. Lo que no les decía es que estos debían abandonar los terrenos

tras dos o tres cosechas, pues el suelo, debido a su acidez, daba lugar a un

hongo, totalmente inofensivo para la flora natural de la jungla, pero se

convertía en letal para otro tipo de producción agrícola, así que los

campesinos que eran establecidos en un lugar, pronto debían buscar otro y se

convertían en nómadas forzados, que dependían totalmente del dinero

obtenido en sus cosechas y subvenciones, y que terminaban mendigando

ayudas para comer, pues sus tradicionales formas de vida como la caza y la

pesca les eran ahora imposibles de realizar. Para los dirigentes de Sol Corp.,

aquellos daños colaterales ya los habían compensado suficientemente con el

dinero invertido en sobornos y ayudas, y para el gobernador este era un mal

menor, con tal de hacer de la zona y de las ciudades las que más progreso

económico y tecnológico ofrecían al país.

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Diez días después, en la sede de la Sol Corp en el Michigan Boulevard,

Chicago, desde la planta 25 del rascacielos, Edmond respiraba tranquilo y se

frotaba las manos por el éxito que ahora le acompañaba, por fin podía dejar la

selva, con su molesta humedad y desde su nuevo despacho controlar todo el

entramado. Mientras esperaba a los demás compromisarios y directores de la

empresa, simplemente meditaba mientras veía por la gran ventana de la sala

de juntas, sabiendo que aquella reunión podía significar su espaldarazo

definitivo que lo catapultaría a lo más alto. Desde aquel ventanal se podía

observar el curso del río Chicago y a lo lejos la confluencia con el North

Branch, aquella selva de hormigón cubierta de rascacielos le recordaba

irónicamente el transcurrir de los ríos afluentes del Amazonas, rodeados de

exuberante vegetación y que ahora pretendían esquilmar y convertir en zona

pelada, inútil para ser reforestada, pues además pretendían alquilarla para la

explotación minera, con lo que conllevaba para la contaminación de las aguas

y los terrenos. En una conversación con el hijo de Scottenson, este le había

explicado de forma muy minuciosa en lo que consistía el proceso de la

extracción del cobre, como tras ser molido, debía ser lixiviado lo cual

consistía en aplicar ácido sulfúrico, con el fin de solubilizar el cobre y

separarlo de otros minerales, entonces estas sustancias y elementos metálicos

ajenos junto con este ácido, eran expulsados hacia las aguas de algún río, la

ventaja de los caudalosos afluentes del amazonas consistía precisamente en

eso, pues necesitaban grandes cantidades de agua durante el proceso de

extracción y a la vez ríos abundantes en los que podían deshacerse de aquellos

residuos de manera más eficaz que por ejemplo en Chile, donde no podían

echarlo a los ríos por ser poco caudalosos y tenían muchas dificultades para

deshacerse de los residuos, por ello buscaban la ventaja de este lugar.

En el fondo Edmond, quien de joven se había afiliado a Greenpeace,

había puesto al principio ciertos reparos a facilitar la labor a Scottenson, pero

tuvo que luchar contra su conciencia y vencerla, ahora los intereses

económicos habían nublado su visión de la vida, el se justificaba y convencía

con el hecho de que su explotación tan solo equivalía a un 0.5% de todo el

bosque tropical y que daban de comer a mas de 500 familias. Lejos quedaban

aquellos días en los que deseaba encadenarse a barcos petroleros y pintar

grandes carteles contra la pesca de ballenas. Ahora tras convencerse a si

mismo, no le iba a ser difícil convencer a los directores de que aquella

empresa iba a ser una gran obra para el progreso de la zona y que estaba

haciendo mucho por sacar de la pobreza a muchas familias necesitadas del

Brasil y de otros países sudamericanos.

Pero no iba a ser solo eso lo que se debatiría en aquella reunión, en

cinco minutos la gran mesa de juntas se llenará de los principales accionistas

de la empresa y se tendría que tomar decisiones cruciales con respecto al

reparto de la parte que correspondería al desaparecido Néstor, parte de las

acciones que ahora estaban sin dueño, su puesto vacante y su opción de voto.

Tras los últimos informes que daban por muerto al infortunado director de

proyectos estos debían ser repartidos, al no estar casado, ni tener

descendientes conocidos, se tendría que repartir entre los socios y principales

accionistas, o dejarlas como fondos especiales para uso de la empresa.

German, el ya retirado director, aunque principal accionista, se negaba

a dar por muerto a Néstor, pero ahora debía dar su brazo a torcer frente a los

feroces y ambiciosos socios, sabía que pese a todo su empeño, la empresa

necesitaba dinero que circulara y estando en manos de los bancos poco se

podía hacer, los proyectos que afrontaban en la selva eran faraónicos y

necesitaban de gran liquidez de fondos.

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De nuevo en la selva, tras la suculenta comida, Ayujene hace la señal

que indica que la reunión se disuelve. Algunos aprovechaban para preparar sus

aparejos de pesca, otros afilaban lanzas, limpias las cerbatanas y preparaban

flechas para la caza del día siguiente. Algunas mujeres se acicalan unas a las

otras, se hacen peinados y preparan pinturas para sus rostros y cuerpo, y otros

simplemente duermen la siesta placidamente.

Akuyena seguía inquieta por la extraña actitud de Ergamú, lo observaba

desde lejos, bajo un robusto árbol al que llamaban Tabebuia, allí se encontraba

absorto en sus pensamientos, confuso por ciertos recuerdos que brotaban en su

cabeza y que le atormentaban. Ella notaba algo en él que le preocupaba y

decidió acercarse, vigilando que su padre no se percatara de tal acercamiento.

Con el pretexto de ofrecerle algo se acercó.

-¿Quieres probar un poco de esto? Es zumo de Acai

-No gracias, acabo de tomar un poco.

-Sabes Ergmaú, con la sangre de este árbol, curamos tus heridas -le dijo

Akuyena, señalando al inmenso árbol de unos 30 metros de altura en el que

Ergamú se apoyaba-

-Dime Akuyena, cuando me encontraste ¿Recuerdas haber visto algún

objeto que yo llevara entre de mis prendas?

-¿Que clase de objeto Ergamú?

-No se, algo que no se expresar que es, pero estoy seguro llevaba y que

me identificaba

-Llevabas muchas prendas, de un color pálido y echas de algo muy

distinto que nunca habíamos visto antes, también tenías algo puesto en la

cabeza, duro como la madera del samuama.

-Ya, pero me refiero a si viste algo como lo que llevan los cazadores

para guardar los dardos.

-No, no recuerdo que llevaras ninguna cerbatana, ni dardos.

-No me refiero a eso, sino a un receptáculo o algo con cosas dentro.

-Si, encontramos un pequeño receptáculo como de piel de caribú, dentro

había lianas muy delicadas llenas de símbolos extraños, también pequeñas

piezas de colores con esos mismos símbolos y..

-¡Llévame allí, Akuyena! Necesito ir, algo me dice que allí descubriré

cosas que necesito saber.

-No, el jefe Ayujene no quiere que nadie ninguna mujer vaya a aquel

lugar

-¿cómo entonces estabas tu allí aquel día? ¿No fuiste tu quien me

encontró?

-Si, Ergamú, pero desde entonces no quieren que volvamos, y mi padre

aún menos. ¿Que te ocurre Ergamú?¿ Te hemos hecho algo malo para que te

quieras ir?

-No es eso Akuyena, solo que siento que he dejado algo allí que ahora

necesito

-No se Ergamú, y si después no quieres volver con nosotros

-No te preocupes mujer, tú sabes que ahora yo pertenezco a este lugar y

en este lugar tengo mi alma.

-¿Solo eso?

-Bueno, tengo a mi mejor amigo, Yenduki

-¿Nada más?

-También tengo aquí algo más valioso que todo lo que he dicho antes,

algo más valioso para mí que toda el agua del río y más valioso que cualquier

cosa que encuentre allí.

-Dime ¿que eso tan valioso que tienes?

-Te lo diré si me llevas allí

-No, dímelo y entonces te llevaré

-Es un secreto, no creo que sea prudente que lo sepan los demás, incluso

no se si será el momento que tu lo sepas.

-Yo no se lo diré a nadie, -le dijo mientras desviaba su mirada hacia el

suelo, en un sugerente gesto de timidez-

-mírame Akuyena, -le dijo al tiempo que tomaba su barbilla y levantaba

su rostro hacia el- desde que te conocí algo dentro de mi cuerpo te pide,

cuando te veo mi interior se estremece. ¿Dime que tu sientes lo mismo?

-¡Oh, el gran Dios ha escuchado mi suplica! no podía pedir a mi padre

que hiciera algo, pero el gran Dios si me ha oído.

-¿Qué quieres decir Akuyena?

-Antes de tu venir con nosotros, yo pedía al gran Dios que me diera un

hombre bueno, fuerte, valiente, pero no quería a ninguno de mi tribu. Y

entonces te encontré a ti, desde ese día sabía que Dios te había enviado a mi,

temía que no fuera, pero ahora si lo sé.

-No se si tu Dios me ha enviado, lo que si se es que quiero estar contigo

toda mi vida, eres hermosa Akuyena, no se si en mi otra vida he conocido

otras mujeres, pero seguro que ninguna como tú.

-¡Te daré muchos hijos! ¡Te haré buenas comidas! y ...

-Bueno, bueno eso llegará, pero por el momento, solo necesito que me

lleves allí.. ¿Que dices?

-Pero es que mi padre me tiene prohibido adentrarme allí, sabes que es

territorio de los yekuonos.

-No te preocupes, yo te protegeré de esos, no es la primera vez que los

he espantado.

Néstor sabía que los yekuonos eran muy supersticiosos y en más de

alguna ocasión en que se los había encontrado había huido despavorido, como

si hubiesen visto al mismo demonio, ellos temen que se trate de uno de los

devoradores de árboles y saben lo imposible que es enfrentarse a estos. Así

que por fín logra convencer a Akuyena y esta a su hermano para que les

acompañe al lugar que hasta ese momento nunca había querido buscar

Ergamú. Ahora algunos pensamientos y recuerdos le confundían, empezaba a

recordar palabras y nombres en su anterior idioma que hacían plantearse

asuntos que antes sencillamente no eran importantes para el. El camino era

largo, debían tomar rumbo al día siguiente después de la comida, para no

levantar sospechas, pero debían hacerlo en el menor tiempo posible sino

querían que al volver les sorprendiera la noche, además debían cruzar el río,

por la única zona en la que se estrechaba o más bien se dividía formando una

especie de isla interior que partía el caudal en dos. Un viejo árbol caído hacía

de puente, más este no era muy seguro, en la parte final se estrechaba

peligrosamente, y una caída al río podía significar ser victima del temible

caimán negro de más de cinco metro de largo, cuyas mandíbulas destrozan y

desmiembran a un hombre en cuestión de segundos. A veces atrapan las varas

que utilizan de apoyo los que cruzan por el árbol, haciéndoles perder el

equilibrio y siendo derribados y después capturados por las terribles y fuertes

fauces del animal.

Pero para Ergamú valía la pena correr ese riesgo, temía porque por su

culpa le ocurriera algo a su amigo Yenduki, aunque confiaba en la experiencia

y destreza de este ante los peligros, pero no se perdonaría nunca perder a

Akuyena, ya no solo por lo que podía significar ante su padre, sino para el

mismo, pero era imprescindible que ella viniera, era la única de los tres que

conocía el lugar exacto, y no había alternativa.

-------------------------------------------

Tras la detallada exposición del proyecto que Edmond presentó de

forma magistral, todos los directores de la corporación y representantes de los

socios y compromisarios que asistieron a la reunión concluyeron con un

sonoro y animado aplauso, seguido de algunos comentaros halagadores sobre

el trabajo tan bien concluido de Edmond. La mayor parte del trabajo lo había

diseñado Néstor, pero sobre esa base con unos pocos cambios, Edmond había

creado un magistral y ambicioso proyecto que llevaría a la empresa a poder

exportar madera con valor de 5 millones dólares diarios.

-Podremos enviar madera de Caoba a varios países europeos, con un

margen de beneficio 20% mayor que el hasta ahora podíamos aspirar,

vendiéndola 10% por debajo de la competencia. -presumía con gran

elocuencia, Edmond-

-Pero, dígame, señor Edmond, como piensa obtener esa cantidad de ese

tipo de madera, no se si todos los presentes saben, la madera de Caoba de hoja

ancha, está protegida y su exportación minuciosamente controlada. -pregunta

Joachim Sanders, quien conoce muy bien los problemas legales de aquel

proyecto, por algo trabajó con Néstor en los inicios-

-Digamos que las autoridades de la región lo firmarán como si fuera

cedro, ya está todo arreglado.

-¿Y cómo pretende engañar a las autoridades portuarias, y las de entrada

a Europa? El dinero para sobornar se comerá los beneficios.

-no se preocupe por eso señor Sanders, usted ocúpese de que no se

malgaste el dinero de la empresa, nosotros en dar el beneficio.

-¿De donde pretende sacar tanto caoba? -pregunta esta vez, Milton

Horner, otro de los que ambicionaba el puesto de Néstor, tras su desaparición

y desconfiaba de los planes de Edmond- según tengo entendido, esa no es una

madera que abunde en la zona de ejecución proyectada.

-De la ribera del río, al lado de la montaña Negra, en el camino a

nuestro destino, tenemos hectáreas llenas como para un año de trabajo

-¡Pero los ecologistas se nos echarán encima! es una zona protegida

-No se preocupe, tengo contactos en Greenpeace y otras asociaciones

locales, conocemos los horarios de las tomas satelitales de la DETER, además

por esa zona no haremos talas indiscriminadas, nadie lo notará.

-Le felicito por el proyecto señor Edmond, pero dígame una cosa, al

hilo de la inquietud del señor Sanders, y del señor Horner, sabe usted que los

socios necesitamos seguridad y queremos saber como diablos piensa

introducir madera de caoba en grandes cantidades sin levantar sospechas.

-Vuelvo a insistir, está todo controlado, no quería explicar todos los

detalles por si a alguno de los presentes se les escapa, pero me obligará usted a

explicarlo.

-No hace falta que diga detalles, pero comprende que existe cierta

desconfianza, hemos perdido cientos de miles de dólares en el pasado por

culpa de las aduanas y las autoridades portuarias de algunos países.

-Como sabía que ustedes preguntarían al respecto, me he preparado para

esto. Adelante, Charlie, ponlo.

En ese momento la sala se oscurece y se enciende un proyector marca Barco

de alta gama y desciende la pantalla de 130”. Entonces aparecen imágenes de

camiones de gran tonelaje como los que ellos usan para transportar los

troncos.

-Observen cuidadosamente esta foto en el proyector, viendo los

camiones con los cargamentos, ¿alguno de ustedes ve entre los troncos alguno

de Caoba? -pregunta con una elegante seguridad, Edmond.

-Para los que no son capaces de distinguir una madera de otra, notarán

que todo parece de la misma especie, cedro amazónico, madera barata y

abundante. Bien, y si les digo que justamente debajo y en medio de todos estos

troncos, bajo la capa de cedros viajan decenas de troncos de Caoba.

-Ya sé, dirán, eso es un trabajo muy difícil y ralentizará la tarea, si eso

era hasta ahora. Pero no será así con el invento de nuestros ingenieros, vean

este otro video.

-Les presento la maquina Tander, ha sido diseñada por industrias DEF,

pero con la cooperación de nuestros ingenieros, huelga decir que estoy

plenamente satisfecho de ver mi idea hecha realidad.

En ese momento todos quedan estupefactos con una extraña maquina

robotizada de grandes dimensiones que se ve trabajando a gran velocidad,

preparando, cortando y pelando los troncos, clasificados previamente en un

lado de una clase común y en otro troncos de caoba. En el centro una

plataforma en forma de “U” donde son colocados los troncos, unos preparados

en grosores regulares de la madera común alrededor de la u, y otros más

cortos los de Caoba, dentro de ella; una vez llenados los huecos con los

troncos más cortos, la maquina corta varios troncos en trozos muy cortos, de

la misma clase que rodea la U y los coloca delante de los troncos de Caoba de

modo que estos los cubren por delante, inmediatamente coloca otros tantos

troncos de estos por encima y de esa manera los troncos de caoba quedan

perfectamente escondidos, después como si de palillos de cerilla se trata, toma

los montones y los ata en grandes fajos que son colocados en los camiones,

listos para ser transportados, y todo eso en cuestión de minutos.

-¿Que les parece señores?, ¿creen ahora que la clasificación y

ocultación ralentizará el trabajo? ¿Alguna objeción o pregunta?

Ni que decir tiene que ninguno de los presentes quiso formular pregunta

alguna, estaba claro que Edmond, había ganado la batalla, todo basándose en

los proyectos y diseños que Néstor había guardado celosamente y que

Edmond, sustrajo del despacho de su hermano, así durante estos seis últimos

meses había aprovechado el tiempo siguiendo los pasos que su hermano tenía

previstos en su agenda, haciéndolos suyos y dándose ínfulas que realmente no

le pertenecían. Ahora tenía el camino despejado para ascender en la empresa y

tomar la posición de su hermano, quitándose de en medio a otros que

aspiraban a ese puesto. La Votación posterior vino a confirmar su segura

posición de nuevo lider de la compañía.

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Contemplar los restos de aquella avioneta, no ayudó mucho a Ergamú a

encontrar respuestas a su atormentada mente, que poco a poco iba recordando

detalles desordenados, por supuesto de antes del accidente, imágenes que

revoloteaban en su cerebro, en sus sueños veía personas con prendas como las

que cubrían los restos óseos de los que se supone eran compañeros de viaje en

aquel siniestro. La búsqueda de objetos no fue sencilla, la maleza había casi

cubierto por completo los restos que habían quedado esparcidos alrededor del

árbol donde quedó colgado.

Yenduki encontró un objeto muy llamativo, una especie de pulsera que

se unía a una esfera de gran tamaño con líneas y símbolos a su alrededor, y

una pequeña flecha que iba girando y señalando en diferentes direcciones sin

parar, sobre otras mas pequeñas que parecían inmóviles. Ergamú no pudo

explicar a su desconcertado amigo para que servía dicho objeto, pero si

recordó el nombre, la palabra “reloj” salió de su boca nada más verlo.

Después Akuyena encontró una de las piezas duras con símbolos que el

portaba cuando lo encontró, aquella además tenía un pequeño cuadro dorado

en un lado y una banda más oscura en la parte posterior. La principal figura

que adornaba aquella pieza también parecía familiar a Ergamú, un sol con sus

rayos y dentro de el lo que parecía un árbol, pero de nuevo su memoria no le

ofrecía suficientes datos para explicar lo que aquello significaba, ni siquiera

podía entender los símbolos que aparecían debajo, similares a los que

rodeaban la esfera que encontró Yenduki.

Pero lo que más sorprendió a Ergamú, fue cuando al lado de esta pieza,

Akuyena también pudo encontrar otra que en una parte tenía su imagen.

-¡Eres tú, Ergamú! -exclamó excitada y asustada- ¡Tu rostro está

pintado aquí!

-No, ese no soy yo, en esa cara no hay pelo -contestó el-

-Si, recuerdo que a las pocas lunas de estar con nosotros, te salió en

abundancia, pero al principio eras así. Las esferas de tus ojos son las mismas.

-Es cierto, Ergamú, ese dibujo es de tu cara ¿Cómo lo han podido hacer

tan pequeño?

-No sé, pero esto si lo debo tomar, sigamos buscando, tiene que haber

algo más.

Los tres continuaron su búsqueda, así es como fueron encontrando

diferentes objetos, mas de las finas tablillas con diferentes colores y alguna

con su imagen. Encontraron las extrañas sandalias de cuero duro y cerrado que

cubrían sus pies, también algunos restos de lienzos llenos de pequeños

símbolos, derruidos y semiborrados por la humedad; unas oxidadas piezas

metálicas en forma alargada cortadas como figurando unas montañas y con

algunos pequeños agujeros en sus lados y todas atadas a una argolla y de

nuevo el símbolo del sol y el árbol. Esa fue la razón por la que algunos

pensaron que debía ser el hijo del sol que venía sobre el árbol, de hecho el

chaman se había quedado con otra pieza similar que desde entonces guardaba

entre sus objetos de fetiche.

Se hacía tarde, entre la espesa vegetación Yendukí observó la dirección

de los pocos rayos de luz y eso le decía que debían volver antes que

anocheciera. Para Ergamú en cambio el tiempo no importaba, estaba extasiado

contemplando aquellas cosas, algunas familiares y otras a las que no podía dar

una explicación en su mente. El sabía que había venido de otro mundo, pero

no sabía de cual y ni siquiera si debía o podría regresar.

Una vez vuelto a la aldea, las cosas transcurrieron pacíficamente,

Ergamú se propuso olvidar todo su pasado y centrarse en lo que ahora era un

verdadero y profundo sentimiento hacia Akuyena. Pasaban las semanas y la

relación con ella iba se iba fortaleciendo y haciéndose más intima. La madre

de Akuyena notó aquello y alertó al padre, quien pese a no estar del todo de

acuerdo dio el visto bueno a los gustos de su hija, pues veía como la

integración de Ergamú en el grupo era total. No obstante puso una condición a

Akuyena, debía esperar hasta la próxima fiesta del Yamaka, o fiesta de la

fertilidad, que se celebraba cada tres ciclos lunares.

Resulta que en aquellas fiestas era propio de las mujeres chaimalokas en

edad casadera que efectuaran bailes sensuales donde debían insinuarse a los

hombres de la aldea. Aquellos bailes que duraban horas se hacían al ritmo de

los bongós de caparazón de tortuga, siguiendo las melodías tocadas con flautas

de Mabe, y acompañadas con maracas hechas con calabazas secas. En medio

de las danzas con movimientos insinuantes cada una de ellas elegía a quien

deseaban que fuera su hombre. Pero por lo general debían elegir a dos

hombres, para que después ambos se conviertan en contendientes en una lucha

en la que el verdadero amor de la muchacha demuestre ser un hombre de

verdad venciendo al contrincante en una competencia de caza, pesca y lucha

directa cuerpo a cuerpo. Lo normal era elegir al que querían junto a otro más

débil y torpe para asegurar el mejor partido, eso era lo lógico, cuando había

cierta complicidad entre el chico y la chica. En el caso de Akuyena la

situación era complicada pues incluso el más débil de los chaumalokas estaba

mejor preparado que Ergamú para la caza y la pesca, y no digamos para la

lucha que debían realizar para conseguir a la mujer.

Ella le explicó todo el proceso a Ergamú, por lo que este puso todo su

empeño en entrenarse en los oficios y con la ayuda de Yenduki parecía dar

buenos progresos, el problema es que desde aquel gigantesco Piraruco no

había tenido un éxito como ese. Mas pronto de lo que parecía, llegó el

Yamaka, esto se hacía cuando la luna desaparecía por completo, aquellos

bailes y cantes, eran para llamarla a fin de que apareciera de nuevo y pudieran

contar así sus días, además era un buen momento para iniciar parejas, pues se

consideraba de mala suerte empezar en menguantes o crecientes y el periodo

de luna llena al considerarse sagrado, la abstinencia sexual era obligatoria.

Ese día se preparaba una buena cena, se asaba un gran Báquiro, o Pecari

tajacu, una especie de cerdo salvaje, común en aquella zona. Luego se servían

unos brebajes de frutas fermentadas, mezcladas con ciertas sustancias

alucinógenas, que amenizaban la ceremonia.

Akuyena habría querido como contrincante de Ergamú a Yemoco, era el

más bajito y en la lucha cuerpo a cuerpo al menos estaría más igualado en

fuerza, pero a su padre no pareció gustarle mucho la idea y como el segundo

en la elección recaía en los padres de la mujer, estos eligieron a Erjumí, que en

oposición a Ergamú, significa hijo de la luna, mostrando una vez más su

desacuerdo con su hija al escoger a un pecasi, (hombre pálido, enfermo),

como pretendiente. Erjumí, era grande y robusto, hombre de pocas palabras,

pero de buena caza, casi siempre el primero en traer una buena pieza, a veces

un caribú el solo, su fuerza era descomunal. Así que el reto que Ergamú tenía

en frente para conseguir a su amada Akuyena no iba a ser fácil.

No era la primera vez que Ergamú veía ese baile, pero si la primera en

la que él era uno de los elegidos y la primera en la que veía bailar Akuyena.

Verla danzar de aquella manera le produjo un deseo ardiente de poder

conseguirla y saciar su amor y ardiente deseo de estar con ella el resto de su

vida. Akuyena realizó aquel baile con mucho esmero y con una sensual

dulzura que llamó la atención de todos los hombres solteros que la llamaban

para que los escogiera, pero ella segura de sus deseos, se acercó a Ergamú y se

inclinó hacia el mientras movía caderas y pechos para llamar su atención. El

hombre con el que casi tocara con sus atributos de mujer era el elegido, y

sobre eso no hubo dudas; la elección del contrincante venía después, debía

hacer como mínimo las mismas muestras de afecto hacia este a fin de celar a

su oponente. Las risas y comentarios jocosos entre los demás de la tribu,

muchos de ellos embriagados por las bebidas fermentadas que las mujeres

habían preparado en abundancia esos días, hacían la velada muy divertida y

emotiva.

Después ambos pretendientes se levantaban y hacían una especie de

representación de destreza, sea por medio de romper ramas gruesas o saltar o

realizar otro tipo de piruetas, al tiempo que giraban alrededor de la novia

quien continuaba como si no fuera con ella la cosa, con su sensual danza.

Los ancianos de la comunidad después reunían a los diferentes contrincantes,

para darles instrucciones de lo que se esperaba que hicieran, tenían siete lunas

para prepararse y entonces debían iniciar las tres pruebas, una cada día nuevo.

Ergamú, escuchó atentamente las instrucciones que le daba el gran

chaman y no hacía mas que pensar en como se podría preparar para ese reto,

sin embargo el amor de su querida Akuyena y las tiernas y dulces miradas que

desde la distancia le dirigía esta, le infundían el ánimo para afrontarlo.

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Día uno de Junio, año 2003, Edmond se había desplazado a Brasil

personalmente para inspeccionar que todo estuviese controlado y preparado

para ese primer día de junio, era el señalado para empezar a adentrarse en la

ribera del río y llegar hasta el otro lado de la montaña negra. El tiempo era

propicio, empezaba la relativa época seca, hasta Octubre, cuando las lluvias

eran más breves y menos intensas. En estos días atrás habían habilitado ya los

caminos necesarios para que los camiones pudieran pasar y se había creado,

una gran explanada donde trabajaría la maquina Tender, allí establecieron el

campamento y la nueva base de operaciones. Los operarios estaban

preparados y la maquinaria a punto, solo necesitaban la orden para dar inicio a

una de las operaciones madereras más ambiciosas de los últimos años. Nada

sabían sobre lo que iban a encontrar en esa zona de la selva, tan solo lo que las

inspecciones aéreas y unas pocas excursiones por la ladera del río habían dado

a conocer, que era poco. Pero nunca se había ido más allá, este iba ser el

momento de descubrir y a la vez destruir un lugar nunca antes explorado.

-Muchachos, ¡En marcha! Nos esperan unas largas pero fructíferas

jornadas -arengaba Serginho como siempre utilizando palabras de su jefe,

Edmond-

-¡Vamos! ¡Adelante! -gritaban todos los capataces, mientras uno a uno

los camiones que transportaban las maquinas taladoras, iban arrancando

motores y empezaba el movimiento-

Uno tras otro, hasta diez grandes camiones fueron saliendo de la base en orden

de veinte minutos de diferencia, era básicamente el tiempo que tardaba cada

una de las maquinas taladoras en llenar los mismos camiones con unos veinte

troncos sin perfilar. El ritmo del trabajo iba a ser de 10 horas seguidas, lo que

daba de si la luz diurna, no se podía parar, desde el otro lado llegaban también

los camiones que transportaban los troncos de cedro y estos iban siendo

clasificados en la gran explanada base.

En poco tiempo la impresionante Tender, estaba clasificando y

agrupando los paquetes perfectamente camuflados, con una facilidad fuera de

lo común, como si de palillos de cerilla se tratase.

Edmond estaba satisfecho del perfecto funcionamiento de la

maquinaria, algunos capataces le fueron enseñando las instalaciones y también

le explicaron el sistema de comunicaciones y claves que utilizaban por si

llegaba alguna patrulla de protección o una brigada de los guardabosques o

alguna inspección ecologista. Se dieron instrucciones precisas para que

siempre pareciera que los camiones vinieran del este, de las zonas del cedro,

Samán, Lupuna y Tahuarí, y no del oeste, la zona del río de donde cortaban

tabebuias, cajús, siringas, castaños y otras especies valiosas, aparte del tan

apreciado Caoba de hoja ancha. Para ello contaban con una intrincada red de

vigilantes al tanto de cualquier intrusión ajena, no reparaban en gastos a la

hora de instalar torretas de vigilancia y repetidores para mantener siempre

abiertas las líneas de comunicación.

Fue precisamente al sexto día de trabajo, cuando surgieron los primeros

problemas, se encontraron con un pequeño campamento de yekuonos que con

sus flechas y dardos, intentaron repeler a las maquinas taladoras, en pocos

minutos se había desplazado al lugar un grupo de seguridad con el símbolo de

la Sol corps, que con escopetas en mano lograron repeler a los indefensos pero

valientes guerreros, quienes no tuvieron más remedio que huir montaña arriba

en busca de un lugar más seguro. Era el último paso antes de encontrarse con

los chaimalokas, quienes ignorantes de todo, concluían su pacifica fiesta

Yamaka.

Precisamente esa mañana, era cuando a Ergamú le había tocado

enfrentarse a su oponente, en la caza del mono saimuri; a decir verdad no

quedó muy mal parado, la suerte no había estado de parte de el experto Erjumí

y este había vencido con tan solo un animal de diferencia, la siguiente prueba

la de pesca, era más favorable a Ergamú, pues no por algo Yenduki le había

preparado muy bien, le había indicado los lugares del río donde había

especimenes más grandes y abundantes. Así fue como al día siguiente pudo

ganar esta segunda prueba y tan solo le aguardaba la prueba final, la lucha

directa mano a mano, sin protección, tan solo se señalaba un circulo de donde

no debían salir, lógicamente su oponente intentaría por todos lo medios de

sacarle de ese circulo, así como el también debería hacerlo.

Esa mañana Ergamú se despertó inquieto, ya no solo por lo que le

esperaba, sino porque presentía que no iba a ser un buen día, había tenido otra

noche donde esos sueños perturbadores le habían hecho despertarse en varios

momentos, sobresaltado. En dichos sueños siempre observaba personas

vestidas con prendas como las de aquellos esqueletos que vio en los restos del

siniestro, le hablaban cosas que en los sueños entendía perfectamente, pero al

querer recordarlas le era imposible descifrar, también veía aquellas maquinas

amarillas que destruían su selva, en ocasiones el se enfrentaba a estas y en otra

era el quien las conducía.

Todo eso le tenía atormentado, temía volver a recobrar su memoria,

pensando que quizás en esa otra vida haya sido un implacable devorador de

árboles, como los que tanto temían los suyos. Sin embargo su idea ahora era

defender su vida, su hábitat y sobre todo defender a Akuyena de cualquier

peligro que se interpusiera entre ellos, ella era su obsesión. Así esa mañana

fue de los primeros en estar en pie, deseaba que todo pasara rápidamente y que

un golpe de suerte, de la suerte que hasta ese momento le había acompañado

le diese la oportunidad que tanto estaba deseando.

De repente, mientras vagaba solo alejado a unos metros de la aldea,

escuchó un fuerte sonido, eran los toques y soplidos de las flautas de hueso de

báquiro. Eso alarmó en gran manera al pensativo Ergamú, quien de repente

pensaba que algo no andaba bien, corriendo llegó al centro de la aldea y vio

allí a un grupo ya numeroso de miembros, todos los hombres hablando y

levantando la voz, como discutiendo por algo.

En realidad, para tranquilidad del atribulado nacido del sol, la llamada

con los curiosos instrumentos aerófonos, sencillamente era para avisar que se

daba inicio a las luchas y llamaba la atención de los contrincantes para que se

acercaran y se echaran las suertes, a fin de determinar el orden de las peleas.

La única ventaja con la que Ergamú contaba era que su lucha no iba a ser de

las primeras, sino casi de las últimas, eso le daba tiempo para observar los

detalles de la pelea y los trucos utilizados por los ganadores para vencer a sus

oponentes, además algunos de los candidatos debían librar mas de una lucha,

como el atractivo Yenoko, quien había sido elegido por más de una mujer. Lo

mismo había sucedido con Erjumí, enfrentado también a Benzubi; si salía

victorioso en ambos enfrentamientos, este tenía el derecho de elegir a la mujer

que quisiera entre las dos. Así que si bien una victoria de Erjumí, no le

aseguraba que consiguiera a Akuyena, pero le daba una minima oportunidad

extra si aun perdiendo, este le cediera a su amada, por otro lado contaba con

que el cansancio hiciera mella en su oponente.

Mientras Akuyena, acompañada por las demás vírgenes casaderas, se

alejaban del lugar, a ellas no les estaba permitido ver la lucha, eso era cosa de

hombres, aunque entre ellas especulaban acerca de que clase de suerte

tendrían, si el hombre de sus sueños lograría vencer o por el contrario tendrían

que aguantar a un pelmazo para toda la vida. Algunas, como Yenika o Lala lo

tenían claro, pues sus elegidos había logrado vencer en las dos primeras

pruebas y la tercera solo serviría para el honor del derrotado candidato. Otras,

como Amineya afirmaban que les gustaban los dos que luchaban por ella,

Erjumí y Benzubi y por tanto cualquiera sería una buena opción para ella.

Akuyena sin embargo no las tenia todas consigo, pues sabía que Erjumí era

buen hombre, era el aceptado y preferido por sus padres, pero no se podía

hacer a la idea de no hacer vida con Ergamú, el amor de su vida. La tensión y

los nervios de la espera hacían que el tiempo pasara muy lentamente para la

impaciente joven, quien no paraba de pensar en que sería de ella si perdía

Ergamú, sus amigas intentaban consolarla y animarla, haciéndole ver que en

definitiva todos los hombres son iguales, al fin y al cabo mientras las pudieran

hacer madres eso era todo lo que una mujer buscaba de un hombre. Pero para

nada le consolaba esa filosofía que de repente se tornaba derrotista para ella,

no podía entender como aquellas mujeres asumían así de fácil, la idea de que

un baboso, de repulsivo aliento y de rudas maneras, las convirtiera en madres

y con eso las hiciera felices, -¿Entonces, para que el Yamaka?-, se preguntaba:

¿Para qué tanto baile y la elección del hombre aquella noche? Si la mujer no

elegía para su felicidad o para que escogiera un hombre que llenara su vida, le

acompañara, le hablara y la protegiera, sino tan solo por darle hijos, eso no

podía venir de un buen Dios, -razonaba- eso sería injusto.

Mientras Akuyena se abrumaba en sus pensamientos y razonamientos,

le llegó el turno a Ergamú, las cosas se habían complicado, Erjumí había sido

derrotado por Benzubi en un encuentro duro, pero rápido, un mínimo descuido

en la concentración fue bien aprovechada por el astuto luchador para lograr

sacar del circulo a un enfurecido Erjumí, quien en realidad, le hubiera gustado

elegir a la bella Amineya. Ahora no tenía alternativa, pues sería un gran

deshonor caer derrotado por dos contrincantes y tener que esperar hasta una

próxima Yamaka, así que su furia le daba fuerzas para recuperarse y luchar sin

miedo a Ergamú y le animaba a buscar la victoria, para desgracia del joven

rubio.

Apenas se llevaban unos segundos de la lucha, Ergamú pudo resistir el

primer envite de Erjumí, el segundo, un fuerte empujón que apenas pudo

repeler para no caer, le hizo preocuparse, sintiendo que de seguir así pronto

caería.

-¡Están aquí! ¡Están aquí!

De repente, aquellos gritos agudos de unos niños que venían corriendo

despavoridos alarmó a todos y sirvió para detener la pelea. El jefe dio orden

de parar al tiempo que los niños se acercaban.

-¡Están aquí! ¡Los devoradores de árboles se acercan!

-¿Donde los han visto? -pregunta Ayujene, preocupado-

-Están cerca del árbol grande de Miyaca

-¿Que hacían allí?

-Seguimos a un grupo de Pecaris pálidos, de repente se empezaron a

caer los árboles y vimos salir de entre la maleza a uno de esos monstruos del

color de un araruna

-¡Trocean troncos enormes como si fueran palitos y los pelaban como se

pela una rama de Andiroba!

-¡Ponen los montones de palos en un gran cosa que se mueve y se los

lleva!