Escondido en nuestra sombra por Jorge Sánchez - muestra HTML

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La niebla que cubría como una sábana de seda las calles parecía introducirse en mis fosas nasales y nublar mi mente y mi vista como hacía la cocaína tres veces por semana.

Las oscuras calles de piedra gris y charcos negros, el frío que me besaba en los dedos y la humedad que se introducía por mis poros como un fantasma de otra época hacían que intentase caminar deprisa –a pesar de los temblores- antes de que se agotara la luz de las farolas, o la vigilancia de mi ángel de la guarda, o el respeto que emitía mi mirada fría, sin amor, sin sentimientos, o el tesoro de un pirata de asfalto, y así no viniese y me quitase lo poco que me queda.

Llegué al hostal, abrí con el resto de mis fuerzas la puerta fría de cristal y aluminio y crucé el recibidor evitando la mirada de Eva, que fruncía el ceño esperando encontrar algún día alguna información sobre mí.

Entré en la habitación 114. Encendí la luz, por suerte hoy funcionaba. Aún no habían pintado las humedades del techo y las paredes, quizá nunca lo harían, tampoco me importaba demasiado. Observé con media sonrisa la tinta gris que se extendía desde las esquinas del baño y las ventanas y que ganaba territorio a la pintura verde desquebrajada que un día llenó de luz el hostal de la calle San Judas Tadeo.

Me quité el abrigo negro que me regaló mi hermana mayor por mi veinte cumpleaños, a veces me gustaba mentirme pensando que aún olía a ella. Desabroché despacio la blusa de tela fina que no abrigaba mi piel pálida y aún húmeda que temblaba en busca de calor. Tiré al suelo la falda y me quité con cuidado la ropa interior, nunca me gustó dormir atada. Me puse el pijama y me metí en la cama, aún con la luz encendida.

Cerré los ojos y rocé mi piel, creo que pude sentirte antes de tenerte.

El hielo golpeó el ancho vaso con cuidado, como si conociese el valor de la pieza de artesanía. Yo escuchaba el caer de las gotas que bajaban a alta velocidad desde el origen de la tormenta. Una gran casa en las afueras que no provocaba ninguna satisfacción en mi interior me acompañaba, solitaria y oscura. Tampoco yo encendía las luces, quizá me gustase la sensación de soledad y miedo. Tuve miedo a la soledad de pequeño y nunca logré superarlo del todo. Me atrae a la vez que me atemoriza, no puedo apartar la mirada de sus ojos si se cruzan, pero huyo de ella cuando sé que no anda cerca, ella, la oscuridad, taconea de noche desnuda por mi casa llamándome, susurrando mi nombre y provocando el regreso de sensaciones y recuerdo que desearía olvidar.

El güisqui rellena la mitad del vaso sumergiendo en el fluido la mayor parte de uno de los hielos que flota asomando tan sólo una pequeña esquina consciente. Cuando el líquido se acabe tan sólo enseñaré la inconsciente.

Un trago me devuelve el valor para mirar sus ojos.

Espero que esté bien.

En el frío de la mañana me buscaba Alfredo, el cartero, que traía, como cada semana, un sobre con billetes. No quería cogerlo, nunca quise, pero me gustaba guardarlo, pensaba que algún día reuniría el valor para devolverle cada billete y demostrarle que no necesitaba nada de él, bueno, nada, excepto a él.

Me acerqué caminando aún bajo la fina lluvia que caía con paciencia y esmero hasta la guardería en la que trabajé durante diecinueve años. Lo sé, una cocainómana no debería cuidar a vuestros hijos, tampoco una persona triste, o tan triste como parezco al menos.

Sin embargo, de alguna manera, con ellos no estaba triste, ni necesitaba nublar mi mente ni mi vista. Con ellos mantenía mis cinco sentidos centrados en disfrutar de su comportamiento, fuera cuál fuera. Daba igual que gritasen, que llorasen, que cantasen o que se enfadasen, daba igual que la responsabilidad fuera alta o que las decisiones fueran difíciles. Siempre he pensado que si educas a las persona con la mejor de las intenciones nada puede salir mal... ojalá siempre todo fuera tan fácil como tener buenas intenciones... ojalá nada de lo que hagamos en la vida sea tan difícil como tener buenas intenciones a la hora de hacerlo. Así que cuando estaba con ellos, fueran cuales fueran mis intenciones, reflejaba la mejor luz de mi interior.

Sonreí a Juan, que había vuelto a pintar un corazón en un folio y a dejarlo sobre la silla de María, que se hacía la enfadada pero no le quitaba el ojo de encima.

-Muy mal Juan –María se dio la vuelta y guiñé un ojo a mi Romeo favorito-.

Con el sueldo de la guardería podía permitirme una pensión mejor, o alquilar una habitación, pero de alguna manera sentía no merecerlo. Vivir en aquel edificio, en aquel barrio, era como vivir en los rincones más profundos de mí misma.

Laura, la secretaria de mi jefe, me había invitado a cenar. Una mujer sofisticada, de exquisito gusto para la moda y al parecer también para la cocina: me había citado en el restaurante más caro de la ciudad. Me dio la impresión de que confiaba tanto en su físico que sabía que pagaría yo en un intento por acostarme con ella.

Salí de un porche 911 negro y bajo el diluvio crucé la calle mojando mis calcetines finos y manchando mis zapatos italianos. ¿A quién le importaba ahora? Llevaba esa ropa porque era la única forma de mantener mi trabajo, los inversores no se fiarían de mí si llevase un traje mil billetes más barato.

En cuanto a Laura, más que desagradarle, pareció excitarle verme mojado, no me quitó ojo mientras me deshacía de la americana, igual que no lo haría después mientras arrojaba al suelo el resto de mi ropa.

Mordí su labio inferior hasta hacerle una pequeña herida, ella puso los ojos en blanco, creo que fingía placer para excitarme a mí. Daba resultado. Me acostaba con Laura sí, pero pensaba en ella. Mirando los ojos verdes de la secretaría veía los negros y felices de mi esposa, ¿cómo pude dejar de quererla? Penetré con fuerza a Laura, que me clavaba las uñas en la espalda, ¿llegué algún día a dejar de quererla? Laura dormía desnuda sobre mí, empapada el sudor a pesar del frío que caía con la tormenta. Miré el pasillo oscuro y cayeron sobre mí los fantasmas de la culpa y el recuerdo.

Llovía, llovía porque hacía frío, o porque tocaba que lloviera, no sé. Tampoco hace falta saber la razón de todo lo que nos intriga. Pero, aún así... ¿Por qué se fue?, no puedo parar de preguntármelo.

Miré el cielo, negro, negro de nubes, aunque fueran las cinco de la tarde el cielo estaba negro y lloraba sobre nosotros.

Yo temblaba de frío, el pelo se me pegaba a la cara y caía sobre mis ojos pero no lo apartaba por no sacar las manos de los bolsillos. No llevaba maquillaje, ni siquiera la raya de los ojos, no lo necesitaba, no con los niños. Llevaba en el bolso unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca llenos de pintura, a parte de mi cartera, móvil, llaves y una cajetilla metálica con cigarros, un mechero, y un doble fondo en el que escondía la cocaína. Saqué la caja, miré triste mi nombre y el suyo grabados, él también era adicto.

Saqué un cigarro de ella y el mechero, resguardándolos en mi puño para que no se mojaran mientras una gota de agua fría se colaba entre el abrigo negro y mi cuello y rozaba mi hombro transformándose en un escalofrío. Di la vuelta a la caja.

18,12,2010.

Empujé con el pulgar una pieza suelta y abrí el doble fondo, me metí en un portal, preparé una raya vigilando que nadie me viera, cerré los ojos y me preparé para el picor en el ojo izquierdo, seguido de la sensación de volver a estar con él.

Terminé el pitillo y entré. Eva sacó los tulipanes de debajo del mostrador.

-Las ha traído él, personalmente.

Leí la tarjeta, que por supuesto ya había abierto Eva. Decía que necesitaba verme, que había reservado mesa en el restaurante en el que me regaló la caja con el colgante del que nunca me deshice y que guardo entre la ropa interior en el hostal de la calle San Judas. Venía fechada: 17,12,2017. Como si pudiera olvidarlo.

Intento dormirme pero no puedo, envuelto en las mantas de una cama de matrimonio en la que duermo solo y las fiebres de los recuerdos y los demonios a los que me enfrento cuando las luces se apagan.

La lluvia sigue cayendo. La tormenta me grita al oído desde hace una semana y no puedo parar de pensar en ella.

A pesar del sudor y las mantas me recorren escalofríos por toda la espalda y tirito, se oye desde la otra punta de la ciudad el pulso de mi sien y la frente me arde y me duele.

Me levanto, abro la puerta del baño y expulso la carne en salsa de la cena, apenas digerida. Ahora, además, me pica la garganta, me mareo y me siento débil, no puedo dormir en toda la noche.

A medida que se acercaba la hora estaba más nervioso. Cerré el paraguas cuando ya me había resguardado y pagué el anillo que había encargado exactamente igual a aquél con el que se lo pedí la primera vez.

Me senté en la mesa, en la misma mesa que nos sentamos la última vez y esperé, esperé lo que me parecieron tres días allí sentado o quizá más, ¿cuánto más podía tardar? O, mejor dicho, ¿vendría?, quizá no viniera, después de todo, me lo merezco...

Estaba convencido de que no vendría, ¿por qué iba a venir? Aguanté ahí sentado porque, bueno, porque no tenía nada mejor que hacer.

Apareció, sí, claro que apareció. Quitándose su abrigo negro empapado, desvelando un vestido rojo hasta deslumbrarme y abriendo mi boca hasta desencajar mi mandíbula.

Había planeado aparecer con cara seria, o quizá triste, pero no pude. Cuando vi la cara de tonto que se le había quedado, no pude no reír.

La tormenta cesó, salió el Sol y me llevó a su casa, a nuestra casa, donde revivimos las viejas historias que ninguno pudo olvidar.

No volví a preguntármelo, ¿sabes?, en toda mi vida, no me hizo falta, porque la pasé junto a él. Es cierto que no hace falta encontrar la razón de todo lo que nos intriga, pero cuando lo necesitamos nos persigue, a todas partes, colgado de nuestros tobillos y escondido en nuestra sombra.

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