Espinas de Rosa Negra por Alvaro García - muestra HTML

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Se conocían desde hacía más de diez años.

Habían crecido juntos.

Pasaron la pubertad uno al lado del otro.

Y de repente, por cuestiones familiares, dejaron de verse.

Parecerá raro, pero a mediados de los '80 no existían los móviles y había gente que no tenía teléfono en su casa.

De repente él se encontró sin forma alguna de contactar con ella.

Sabía dónde vivía, sí, pero no podía ir a su casa por que no era bien recibido por la familia.

Normal.

Dejó los estudios, llevaba el pelo largo, tocaba en un grupo de rock, trabajaba donde podía y además era de lengua rápida y aguda. No iba a misa y no creía en Dios ni en la iglesia... Y mucho menos en los curas.

En aquella familia de derecha tradicional con un padre militar, un hijo policía, otro de ellos cura, una hija profesando y otra a punto, la presencia de un melenudo con chupa de cuero, guitarra al hombro y capaz de llamar por su nombre al cabeza de familia, era totalmente intolerable.

Cómo iban a ponerse en contacto ?

Estaba desesperado.

No se atrevía a presentarse en sú casa por miedo a represalias desagradables.

El tiempo pasaba y al cabo de casi seis meses le llegó noticia por un conocido común de que al día siguiente estaría en un sitio en concreto a una hora determinada.

Nervioso.

Ansioso.

Desesperado.

Contaba las horas y los minutos que quedaban para el reencuentro.

Por fin iban a reunirse de nuevo.

Al día siguiente y con los nervios a flor de piel fué al lugar de encuentro.

Allí estaba.

Bajo sus gafas oscuras se adivinaba la sonrisa que sus labios trataban de ocultar.

Se abrazaron.

Las lágrimas afloraban en las mejillas de ambos.

El beso.

Su primer beso.

Su primer beso de amantes.

Un beso lleno de ansia, de deséo, de amor.

Un beso desesperado y esperanzador.

El beso.

No se dijeron nada.

Fueron paseando, abrazados, juntos, otra vez.

El sol que iluminó su reencuentro, ya moría cuando llegaron al hotel.

Un hotel pequeño.

Modesto.

Apartado.

Intimo.

Un hotel que podía contar historias.

Un hotel callado y silencioso.

Un hotel que clamaba a voces su condición de lugar de encuentro de amores clandestinos. Prohibidos.

La habitación era sencilla.

Una botella de cava reposaba en una cubitera.

Un pequeño bouquet de rosas en el centro de la cama.

Y miedo.

Verguenza...

Y miedo.

Ansia...

Y miedo.

Fiebre...

Y miedo

Deséo...

Deséo...!!!

Se desnudaron uno al otro con la desesperación que dá el hambre.

Hambre de saborear lo que nunca antes habían probado.

Nunca antes se habían mirado así.

Con deséo.

Con amor.

Con amor.

Amor.

La inexperiencia en ambos era evidente.

Se exploraron.

Uno al otro.

Sus caricias tenían la suavidad de una brisa y la calidez del sol de otoño.

Sus besos eran febriles.

Ansiosos.

Sobrecargados.

No sabían por donde empezar.

No querían terminar.

Por fín llegaron al momento álgido de su encuentro.

La naturaleza les guió a través de sus cuerpos.

Sus bocas exploraban sus pensamientos.

Sus dedos cada rincón de sus cuerpos.

Al final se acoplaron en un largo,

doloroso,

ansiado,

sublime acto amoroso.

El amanecer los encontró abrazados.

Culpables.

Desnudos.

Inocentes.

Vestidos con el áura del amor.

Del deséo cumplido.

Culpabilidad.

Inocencia rota.

Lagrimas.

Besos.

Amor.

Ella se vistió.

Él la contemplaba.

Una Venus renacida.

Una mujer completa.

Un rostro lleno de satisfacción.

Quiso abrazarla de nuevo.

-"NO...!!!"

-"Esto no ha ocurrido. "

-"Me caso mañana."

-"Me obligan."

-"Olvídame."

-"Nunca he existido."

Se fué.

Él se quedó solo en la cama.

En una habitación ahora sombría.

En un hotel barato.

Silencioso.

Callado.

Llorando.

Confuso.

Desesperado.

Agonizando.

Muerto.

Roto.

Despedazado.

Hundido.

Ella se casó al día siguiente.

Un viejo conocido de la família.

Dinero.

Prestigio.

Posición social.

Rancia aristocracia cristiana.

Obediencia.

Represalias.

Odio.

Rencor.

Venganza.

Una rosa negra.

Marchita.

Muerta.

En la mesa presidencial.

Él hacía extras de camarero.

Él era el encargado de servir la mesa de los novios.

Él clavó el último clavo en el féretro nupcial.

Inconsciente.

Desesperado.

Vengatívo.

Insultante.

Desnudó su espalda ante ella para mostrar el mapa de sus uñas.

Salió con la cabeza agachada.

El corazón en pedazos.

El alma rota.

Y un grito en sus oidos.

-"Porqué me haces ésto...??? Yo te amo a tí...!!!"

Pero él ya no estaba.

Él había muerto.

Se había transformado.

Mutado.

Un ser despreciable.

Rencoroso.

Odioso.

Negro de ira.

Él se tomaría su venganza.

Fría.

En todas las mujeres.

Una tras otras.

Muerto en vida.

Muerto de corazón.

Muerto en el alma.

Muerto.

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