Barbara Leigh Culpable por Amor Meagan Reilly era inocente. Sin
embargo, había sido condenada a una vida de servidumbre por un crimen
que no cometió. Y aunque para muchos era un castigo leve, no podían
imaginar qué intensa era la tortura de estar junto a un hombre cuyas
caricias prohibidas le podrían costar la vida.Josh Daniels no hallaba
la paz. Aunque la ley había declarado a Meagan Reilly culpable del
asesinato de su esposa, no podía creer que se hubiera hecho justicia.
Porque aquella joven bondadosa y valiente no parecía capaz de
arrebatarle la vida a nadie. ¿Cómo era posible, si había salvado la
suya con su mera presencia?  UNO —Declaramos a la acusada, Meagan Anne
Reilly, culpable de asesinato.El presidente del jurado bajó la vista
al suelo mientras hablaba y se sobresaltó visiblemente cuando el juez
golpeó con su mazo la enorme mesa de roble. No se oyó ningún otro
ruido en la escuela que hacía las veces de tribunal, salvo el zumbido
nervioso de las moscas y la leve exclamación de la joven que estaba de
pie ante el juez.El juez Harvey Osborne se pasó la mano por el rostro.
Detestaba aquella situación. Ya era terrible sentenciar a muerte a un
hombre, pero colgar a una joven iba en contra de todas sus creencias.
Aun así, prácticamente no tenía elección. Sacó su reloj de bolsillo y
lo abrió como si quisiera ver la hora, cuando en realidad lo que
buscaba era confirmación. En silencio leyó la inscripción: «Que se
haga justicia aunque los cielos caigan sobre nuestras cabezas».Como
siempre, aquellas palabras le infundieron el valor necesario para
cumplir con su deber. Inmóvil, el juez Osborne carraspeó dos veces
antes de hablar.—Meagan Anne Reilly, no tengo más elección que la de
sentenciarla a morir en la horca y...No pudo decir una palabra más,
porque Meagan Anne Reilly cayó desplomada en el suelo y ya no oía sus
palabras.Se armó un gran revuelo y sentaron a Meagan en una silla,
sujetándola entre varios mientras una de las mujeres del pueblo
agitaba una pluma chamuscada debajo de su nariz. Cuando los murmullos
se aplacaron, el presidente del jurado levantó la mano, moviéndola
tentativamente hasta que captó la atención del juez.—Se... Señoría —
tartamudeó—. El jurado pide clemencia para la acusada. No creemos que
la señorita Reilly matara a Lily Daniels a propósito. No tenía motivos
para hacerlo. Pensamos que fue una especie de accidente.El fiscal se
puso en pie de inmediato.—Señoría, protesto. Esta mujer ha cometido
asesinato. Llevada por un ataque de ira injustificado, la señorita
Reilly golpeó a Lily Daniels y la arrojó por las escaleras, dejando a
un marido sin su esposa y a una niña sin su madre. Se ha negado a
admitir su culpa pese a que-hay pruebas irrefutables que lo
demuestran, y la asesina no da muestras de arrepentimiento alguno.
¡Debe ser castigada! —el hombre se entusiasmó con su argumento—.
Piense en el pobre viudo desconsolado que tendrá que cocinar, limpiar,
ordeñar y arar mientras intenta criar a su única hija sin la ayuda ni