Esquema de Psicoanálisis Adulto y de Niños por Juan Carlos Basconcelo - muestra HTML

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Esquema del Psicoanálisis Adulto y del Niño

 

 

 

 

 

 

Autor: Lic. Basconcelo juan  Carlos

Derechos reservados.

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

 

 

El presente trabajo trata de algunos conceptos cruciales del psicoanálisis adulto en relación al psicoanálisis del niño. Si bien el psicoanálisis no considera un “yo evolutivo” donde el niño se encontraría en una etapa evolutiva determinada sino un “sujeto” y “estructuras”, se intenta precisar a grandes rasgos la especificidad del psicoanálisis adulto en relación al del niño.

Entonces, vamos a repasar en forma esquemática los conceptos principales del psicoanálisis adulto y del niño especificando la índole de éste último en relación a la práctica.

En el psicoanálisis,  se considera que nada está predeterminado, y solo la regla fundamental y la asociación libre operan como constantes desde un comienzo. La regla fundamental opera como marco simbólico que regula el encuentro del analista y el analizando. A esto se suma la atención flotante del analista, como vía regia para una lectura del síntoma, la estructura en juego y el tipo de análisis a practicar.

Del lado del analista, no nos interesa mucho el grado de coherencia o precisión del  discurso yoico del paciente, sino el hecho de que la escucha del analista está dirigida a lo nimio, lo ausente, las reiteraciones, etc., que hacen “cortes” en la dimensión imaginaria del discurso. El analista tiene por misión el desciframiento de los significantes por los que circula el deseo. El analista no escucha significados sino significantes.

En los primeros momentos, no debemos omitir la enunciación de la regla fundamental. Dirección de la cura no es dirección del paciente sino cumplir la regla fundamental de libre asociación y atención flotante. ¿Porqué? Porque la sujeción del sujeto al significante como único medio de satisfacción de su deseo lo deja atrapado en la demanda del Otro como un discurso astuto e Inconsciente que el analista debe captar e interpretar. El deseo del que hablamos no remite a necesidad alguna en el sentido biológico, sino a la demanda que se abre más allá.

El analista al ubicarse como oyente, instituye una situación de demanda. Su oferta abre la demanda. Al hablar decimos algo más y queremos decir otra cosa. La “no-respuesta” del analista obliga a renovar la demanda, la regresión, la posibilidad de la neurosis de transferencia y el toque técnico que llevará desde el sufrimiento neurótico al infortunio cotidiano. ¿Cómo comienzo el proceso?. Todo comienzo de análisis supone la conmoción en la vida cotidiana del sujeto. Es el síntoma Freudiano como lo que no marcha, como imposibilidad del bienestar. Esto es el punto de partida de la clínica.

A esto se le suma la regla de abstinencia: no como privación de una necesidad cualquiera, sino como dijo Freud:

“ ...la cura debe ser dirigida de la tal forma que el paciente encuentre el mínimo posible de satisfacciones sustitutiva de sus síntomas. Para el analista, implica la norma de no satisfacer las demandas del paciente, ni desempeñar los papeles que éste tiende a imponerle. En algunos casos, y en ciertos momentos de la cura, se concreta en consignas relativas a comportamientos repetitivos que entorpecen la labor de rememoración y elaboración”. Es decir, se rechaza toda descarga que no sea verbal (de la libido liberada en transferencia).

El poder de la cura se basa en la existencia de éste sufrimiento por frustración, pero tiende a disminuir a medida que los síntomas ceden puesto a comportamientos substitutivos más satisfactorios. Es decir, resulta necesario mantener ciertas dosis de frustración para evitar la paralización de la cura. Otro concepto clínico importante que más adelante pasaremos a  analizar es la interpretación, porque se interpreta en lugar de  satisfacer la libido. Las necesidades y aspiraciones deben mantenerse como fuerzas impulsoras del cambio y la cura y se debe evitar sean acallada por substitutivos. Dejemos hablar al maestro:

“Por cruel que ello pueda parecer, hemos de procurar que el sufrimiento del paciente no desaparezca prematuramente en forma marcada. Cuando por haberse disipado y perdido su valor los síntomas, se ha atenuado éste sufrimiento, estamos obligados a recrearlos en otro punto en forma de privación penosa.” ¿Cuáles son las medidas del analista para lograr esto?. Se pueden utilizar las interpretaciones como equivalentes a órdenes simbólicos y prohibiciones formales, respectos de las repeticiones y actuaciones que afecten la labor. Respecto de esto último, debemos alejarnos de toda actitud represiva y respetar el lugar de analista (más adelante hablaremos al respecto)

 

 

 

 

 

La regla fundamental

 

 

 

 

Estamos hablando de la asociación libre: se invita al paciente a decir lo que piensa y siente sin seleccionar nada u omitir sus pensamientos y fantasías, aunque le resulten desagradable, ridículo o carentes de sentido.

¿Cuál es la ventaja de ésta regla?. No conduce al libre curso del tratamiento o de las asociaciones, porque sabemos que todo está determinado (determinismo inconsciente), sino que favorece la emergencia de un discurso determinado desde lo Inconsciente, al ponerse en evidencia nuevas asociaciones, lagunas, etc. Es decir, favorece la emergencia de las  producciones del Inconsciente y esto implica que el sujeto se compromete a decirlo todo, y la regla pone en evidencia la forma en que opera nuestro inconsciente. La regla misma lleva a la resistencia, para respetarla, a usar  palabras supuestamente inconexas, a demostrar su imposibilidad, etc. Sin embargo, la estructura de una buena clínica depende de ésta regla ya que estructura la situación en función del analista y una dirección de la cura que nos habla del fin de análisis, neutralidad analítica, etc.

 

 

 

 

Neutralidad analítica

 

 

 

 

La neutralidad es una recomendación importante ya que el analista debe ser  neutral en cuanto a sus valores religiosos, morales y sociales. Es decir, no debe dirigir la cura en función de sus ideales. Por esto mismo, debe abstenerse de todo consejo. Mejor aún, la neutralidad versa respecto de las manifestaciones transferenciales del  paciente: es decir, no debe conceder una atención selectiva a ciertos aspectos de los discursos de su paciente y menos aún la aplicación de prejuicios teóricos o esquemas predeterminados. No debe prescribir órdenes como de que el paciente debe reunir sus recuerdos, pensar en ciertos periodos de su vida, etc.

El establecimiento de una transferencia segura depende de ésta neutralidad y desde una “simpatía comprensiva” como aconsejaba Freud (neutralidad benevolente). El analista no debe formar a su paciente según sus ideales, buscar que éste se identifique con él o ella. Mejor dicho aún, la neutralidad no alude a la persona del analista sino a su  posición: la de quién interpreta y soporta las irrupciones transferenciales.

¿Cuál es el rol de la neutralidad?. Tiene como misión la separación del analista de su imagen, de su fachada como persona, de la máscara. Esto le permite solucionar su implicación en la cura: debe pagar con su persona, para  decirlo en sentido figurado. Esto, según las diversas clínicas, puede variar pero todos concuerdan en que deben guardar una zona neutral sopena de devenir en manipulación perversa de la situación clínica.

Expliquemos mejor el proceso: no se trata de que el analista carezca de pasiones, sino de que los sentimientos son inoperantes en la cura. Es lo que se neutraliza. La persona es sacrificada para evitar toda confrontación  yoica, al neutralizar lo imaginario. Esto es distinto a confrontar al paciente con distintos aspectos de conducta. ¿Cuál es el lugar del analista en todo esto?. Debemos decir que no opera desde su persona, desde lo imaginario sino como sujeto del Inconsciente. Esto debe ser así porque de lo contrario, el descubrimiento Freudiano no sirve. El analista opera como “semblante” de lo real.

¿Cuál es su objetivo?. Primeramente, no debe censurar el discurso de su paciente. Mejor dicho, “...debe tomar como modelo al cirujano, que impone silencio a todos sus afectos en incluso a su compasión humana y concentra todas sus energías (en la cura) y según las reglas técnicas” (Freud)

Las confesiones de sentimientos y conflictos del analista aumentan las resistencias, invirtiendo la situación clínica: es interesante la vida del analista. Este, debe permanecer impenetrable y no mostrar más que aquello que le es mostrado, como en un espejo.

Los sentimientos del analista tienen lugar en un solo juego: la del “muerto” y que si el analista se sale de ésta posición, no se sabe quién conduce a quién. Es un medio para superar la sugestión y la identificación del paciente al analista. El analista debe trascender esto, sopena de quedar en la sugestión y la manipulación.

En resumidas cuentas, el analista debe prohibirse el papel de profeta, salvador o  Dios.

Otro concepto crucial, sobre el cuál volveremos, es el de contratransferencia, como obstáculo producido por el analista y que le sirve como brújula o guía de su accionar. La contratransferencia consiste en una  respuesta equivocada que potencia el registro imaginario y lleva al enfrentamiento imaginario. Los sentimientos que el paciente suscita en el analista deben ser interpretados y comunicados al paciente. Es decir, asociando esto con la neutralidad, evitamos toda manifestación de sentimientos personales, nos despersonalizamos y dejamos que el Otro hable. ¿Y porque ésta maniobra simbólica? Para evitar la irrupción de la agresividad narcisista del paciente. Aunque, como se sabe, “el diálogo no implica la renuncia a la guerra”. Por esto, Freud le añade al diálogo la neutralidad del analista. Es que, nuestra responsabilidad se juega cuando respondemos. Por ello, lo mejor es “cadaverizar” nuestra posición. Por ello, conviene que el analista reconozca su rol  como Otro, como sujeto y como otro del semejante, pero sin olvidar que su lugar es el de ser “semblante de  objeto”, es decir, de quién escucha y permite la asociación  libre.

 

 

 

 

 

La transferencia

 

 

 

 

 

No es sino el proceso por el cual los deseos inconscientes se actualizan sobre ciertos objetos, en éste caso, el analista. Es una repetición de prototipos infantiles, vividas con marcado sentido de  realidad. El analista es insertado en una de las “series” psíquicas que el paciente tiene ya preformado. Son prototipos, imagos del padre, la madre, el hermano (temidas o amadas). Podemos distinguir dos formas básicas: la positiva o sentimientos de ternura y las hostiles. La transferencia estructura el conjunto de la cura según un prototipo infantil y conduce a la Neurosis de transferencia tan útil para resolver la Neurosis. Es un obstáculo básico que se opone a la rememoración de lo reprimido, aunque el medio ideal para resolver los trastornos del paciente. El paciente repite, actúa en vez de rememorar y se desencadena en el mismo momento en que están a punto de develarse contenidos reprimidos importantes. Acá Freud nos trae la metáfora de la cebolla. (Véase Resistencia, más adelante).

En otros términos, la transferencia permite captar in status nascendi los elementos del conflicto infantil. Esto permite confrontar al sujeto con sus deseos y fantasías inconscientes. Es el terreno en el que debe obtenerse la victoria. Pero es una tarea difícil e impone al analista un duro trabajo.

La transferencia se pone al servicio de la Resistencia  (otro de los conceptos fundamentales de la clínica). El sujeto no puede recordar todo lo reprimido, por ello repite lo reprimido, como experiencia vivida actualmente. Según Freud, se debe limitar al máximo ésta neurosis de transferencia, esta reviviscencia del conflicto pulsional infantil. Se debe presionar la mayor cantidad de contenidos hacia el camino del recuerdo para abandonar la repetición.

Según Freud, el ideal de la cura es el recuerdo completo de lo reprimido para no repetir ¿Qué sucede si tal empresa no es posible?. Debemos confiarnos a las Construcciones para llenar las lagunas del pasado infantil. Volveremos sobre éste concepto prínceps del análisis.

Dijimos que el yo resiste a recordar los contenidos reprimidos de su  Ello, lo que se denomina “Resistencia de transferencia” por el cual el yo renueva las represiones que dieron origen a sus dolencias. A esto se suma la compulsión a la repetición que actúa más allá del principio del placer, lo cual complica el panorama del analista. Pero no se tiene que asustar como aprendiz de brujo cuando llama a los fantasmas y éstos aparece.

Por último, debemos decir que lo que se transfiere en la cura no son pautas efectivamente vividas, como si fuera una repetición literal, sino hablamos de la fantasía y la realidad psíquica, por lo tanto, lo que se escenifica se vincula con lo fantaseado antes que con acontecimientos reales. Recordemos que Freud abandonó su teoría de la seducción real por lo traumático de la sexualidad infantil fundada en fantasías.

 

 

 

 

La contratransferencia

 

 

 

 

 

Habíamos hablados al pasar sobre éste concepto. La podemos definir como reacciones inconscientes del analista y especialmente frente a la transferencia del paciente. Es resultado de la influencia del paciente sobre los estados emocionales del analista. Esto trae como  corolario la necesidad del análisis personal para revisar el instrumento persé del análisis que es el analista.

Se puede utilizar las manifestaciones contratransferenciales en la cura siguiendo la indicación de Freud: “...cada uno posee su propio inconsciente como instrumento con el cuál puede interpretar las expresiones inconscientes de los demás.” El analista debe guiarse por sus propias reacciones contratransferenciales para interpretar. Esta actitud se funda en que la resonancia de “inconsciente a inconsciente” constituye la única y verdadera comunicación en la situación clínica.

 

 

 

 

 

 

Dirección de la cura e intervenciones sobre la transferencia

 

 

 

 

La transferencia opera al servicio de la resistencia y lo que importa no es tanto su faceta emocional o afectiva, sino el momento dialéctico en que deviene. ¿ Cómo explicar éste enunciado?. Primeramente, la transferencia es un hecho localizable en la cura. Es algo  positivo o negativo y opera como dificultad. Como resistencia tenemos el ejemplo del amor de transferencia o la transferencia negativa erotomaniaca, etc. El analista es el resto  “diurno” sobre el cuál se proyecta el deseo. Este debe ser neutral y evitar el enfrentamiento de ego a ego. Es el conductor de la cura y el tratamiento depende de su operancia técnica. Pero, debemos trascender las emociones o la faceta emocional de la transferencia y enmarcar la transferencia en el devenir dialéctico de la cura. No es una propiedad extraña de los afectos sino un momento de corte, de detención de la cura, en suma, de repetición. Es el momento en que se identifica al analista con las imágenes alienantes que han cautivado al yo en su historia de impotencia. Ejemplo, nuestra Dora,  niña víctima de un padre aventurero, que, cuando Lacan interviene y le pregunta cuál es su rol en lo que le ocurre, ella pasa de su posición de niña inocente a mujer implicada y con deseos en juego.

Por ello, la transferencia como proceso, marca los momentos de regresión del yo de una fase a otra de su historia, de un significante a otra de la historia de su deseo inmutable, pero debemos marcar que lo crucial de la transferencia es que la evolución de la cura depende de su resolución. La meta de la clínica es frustrar la demanda del paciente, provocar la regresión y la desposesión gradual del su narcisismo, hasta la emergencia del objeto causa del deseo u objeto de la carencia de ser eso que completo a la madre fálica. Entonces el paciente descubre que su yo no fue sino alienación en el deseo de otro cautivante.

Repetimos de nuevo, para lograr el cambio de posición del paciente, el analista debe ubicarse desde la neutralidad, de quién escucha y no como modelo identificatorio. El representa el orden simbólico para el  sujeto y es el interlocutor en quién el paciente busca el reconocimiento de su deseo.

 

 

 

 

 

La resistencia

 

 

 

 

 

La podemos definir como todos actos y palabras del paciente que opone al acceso de este a u inconsciente. Es un obstáculo para el esclarecimiento de los síntomas  y el progreso de  la cura. Se ha comprobado que no basta con comunicar el sentido de los síntomas para que la resistencia desaparezca junto con el síntoma. Es decir, lo característico de la clínica, la interpretación del síntoma para su solución, se dificulta por la resistencia. La resistencia utiliza la transferencia pero no la constituye. Esto es importante. Es los “Estudios sobre la histeria”, dice Freud que los recuerdos se agrupan según su resistencia, en forma de capas concéntricas alrededor de un núcleo patógeno central. La resistencia es proporcional al acercamiento sucesivo de tal núcleo. Desde entonces, la resistencia consiste en una fuerza ejercida por el yo contra representaciones penosas. Con el advenimiento de su segunda tópica, el Inconsciente, o mejor, lo reprimido, no opone ninguna resistencia a los esfuerzos de la cura, solo tienden a lograr satisfacción. La resistencia proviene de lo los estratos superiores de la psiquis, que en su tiempo produjo la represión. Los mecanismos de defensas contra antiguos peligros retornan como resistencias  a la cura, pues la curación es considerada como nuevo peligro para el yo. Así, incluso para su niña bonita, Anna Freud, la clínica de las defensas no se diferencia de la clínica de la resistencia.

Sin embargo, la resistencia del yo no es todo. En el vuelco de “Inhibición, síntoma y angustia” diferencia cinco formas de resistencia: tres son yoicas

      la represión.

      La resistencia transferencial.

      El beneficio secundario, que se basa en la integración del síntoma al yo.

A esto se suma la resistencia del Ello, que hace necesaria el trabajo elaborativo, es decir, el trabajo psíquico para controlar las excitaciones, integrar y establecer lazos asociativos de la energía móvil. Existe cierta analogía con el trabajo psíquico y el trabajo de la cura. Además se suma compulsión a la repetición que opera más allá del principio del placer, y la resistencia superyoica de la donde derivan la culpabilidad inconsciente y la necesidad de castigo. Todo esto complejiza la clínica y el rol del analista.

 

 

 

 

 

La interpretación

 

 

 

 

Es un instrumento característico del psicoanalista y permite la deducción del sentido latente del discurso del sujeto. Saca a luz modalidades  del conflicto defensivo y apunta en último  término al deseo que se formula en toda producción del inconsciente. En la dinámica de la cura, la interpretación consiste en la comunicación hecha al sujeto con miras a hacerle accesible éste sentido latente. Se halla como núcleo del análisis como ya dijimos. Para recalcar, apunta al deseo inconsciente y a la fantasía que lo encarna. Se aplica a sueños, síntomas, actos fallidos, etc., y en gral., a todo discurso y comportamiento que lleva el sello del conflicto defensivo. La comunicación de la interpretación es por excelencia el modo de intervención del analista. No cubre el conjunto de sus intervenciones, como  alentar a hablar, explicar un mecanismo psíquico o de un símbolo, etc., aunque todas ellas  puedan adquirir valor interpretativo.

 

 

 

 

Construcciones en análisis

 

 

 

 

Es una forma en que el analista organiza el material. Se la define como la  elaboración del clínico en forma más extensa del material producido por el paciente que la interpretación y destinada a reconstituir en sus aspectos tanto reales como fantaseados una parte de la historia infantil del sujeto. En su texto “Construcciones...” Freud se plantea la dificultad del objetivo ideal de la cura: la rememoración completa con supresión de la amnesia infantil. Al proponerlas al sujeto (cuando es precisa y comunicada oportunamente), cuando el paciente está preparada para recibirla, hace surgir el recuerdo o fragmento olvidado y reprimido. Esto surge de la premisa básica del análisis de que el Inconsciente debe ser reconstruido en la cura. El conjunto disperso del material fragmentado y patógeno debe ser reconstruido. Sin embargo, debido a la fantasía, no podemos  hablar  solamente de una construcción continua en la cura. Las construcciones deben restituirles al sujeto los fragmentos de la realidad perdida y desprender así la pulsión de sus adherencias imaginarias.

 

Como dice Freud:

 

“la relación psicoanalítica se basa en el amor a la verdad, es decir, el reconocimiento de la realidad, y esto excluye cualquier clase de engaño o impostura”.

 

 

 

 

La dirección de la cura y los “principios de su poder”

 

 

 

 

Ahora nos toca definir nuestra concepción respecto de la cura, lo que no es sino la lógica de la clínica y del papel del analista.

Es claro que lo que se busca en la clínica radica en lo que podemos decir como la aceptación del sujeto respecto de su ser, la asunción de su deseo, de sus fantasías e incluso de su tragedia, porque todos somos Edipo, en cierto sentido. Podemos recordar la clásica definición de Freud de lo que significa salud mental: capacidad de amar y trabajar en forma creativa. ¿Cuándo se logra esto en la clínica?. No es sino cuando el sujeto consiente en aceptar lo inaceptable, lo que desfallece el ser, lo que hace tambalear cualquier desafío: la roca viva de la castración. Es la actitud respecto de la castración lo que todo sujeto necesita revisar para reposicionarse.

Esto no significa construir un nuevo sujeto ni borrar toda peculiaridad de su persona a favor de una normalidad estadística o normativa, ni tampoco esperar que carezca totalmente de conflictos. En “Análisis terminable...” Freud se pregunta si habría un fin natural en la clínica y que el sujeto pueda alcanzar solo. Si esto existe, entonces todos debemos tender hacia ella. Sin embargo nada de esto sucede: lo que opera la clínica es un nuevo sujeto, aunque sin perder la estructura de base.

En otro sentido, la cura es un camino a seguir, un pasaje por las fantasías  traumáticas que marcaron nuestro psiquismo y esto requiere de la operancia del analista. Su misión consiste, si la acepta, en llevar al  paciente de su miseria neurótica a la miseria de la vida cotidiana, lo cual no es poco.

Por otra parte, debe dejar de arrogarse el rol de hechicero y abstenerse de “curar” en el sentido de extirpar o cambiar totalmente la subjetividad. Sin embargo, es lo que todos esperan del clínico: que restituya vida y verdad a la palabra de un sujeto.

El analista, en su camino por el mundo de la ficción, de la verdad subjetiva estructurada como ficción, se encuentra con que existe sujeto que repite su pena y que hay un cierto goce al respecto. ¿Cómo debe ser su reacción ante esto?. Porque el sujeto no es sino en su goce, en su sufrimiento, que paradojalmente lo  satisface en forma inconsciente. Sin embargo, si su lectura del inconsciente Freudiano es lo que Freud dijo, deberá abstenerse de toda redacción, consejo, o parche suplementario a los padeceres de tales sujetos. El sujeto se estructuró así y solo podemos darle oportunidad para rever su posición ante esto. Es todo. El analista debe buscar la curación pero el “sanar” como lo dicta el modelo médico hegemónico. No es un adoctrinador de la desilusión  y el “malestar en la cultura” puede ser un camino inevitable para su trabajo. ¿Cómo sino explicar que el neurótico ame tanto su padecimiento y resista tanto en abandonar sus síntomas o satisfacciones sustitutiva?.

Su rol no consiste en comprender sino en descifrar e interpretar. En esto agota su tarea. Al menos para el psicoanálisis que nos enseñara Freud.

 

 

 

 

Del psicoanálisis adulto al psicoanálisis del niño

 

 

 

 

Intentaremos ahora  caracterizar y especificar el psicoanálisis de niño según el marco conceptual o encuadre del psicoanálisis adulto.

Debemos considerar el psicoanálisis del niño como un psicoanálisis en sentido estricto, es decir, como un método de  abordaje   de la subjetividad  y sus   dolencias, considerando las variaciones necesarias de la cura tipo ya esbozado.

¿Porque diferenciar entre psicoanálisis de niño y psicoanálisis  adulto?

¿La diferencia radica  en la naturaleza del objeto o en el   abordaje   técnico y teórico, por ejemplo, la   egopsicology vs. Teoría del significante?

Para la     egopsicology, el concepto de adaptación del niño a su medio es universal. Esto define incluso, el fin de análisis. La adaptación a la realidad, desde una doble referencia (imaginaria y real, como realidad perceptiva) sintetiza la dirección de la cura como “adaptación al niño a su medio”. Debemos insistir respecto del estatuto de la “realidad” para ésta corriente de pensamiento: no es una realidad delimitada por un orden simbólico, de la cuál derivan un mundo imaginario y real. Cuando van a teorizar sobre el Inconsciente, la transferencia o el lugar del analista, lo hacen desde la doble referencia consistente en considerar lo real material y las fantasías del sujeto, sus defensas que distorsionan o imposibilitan una lectura cabal de la realidad. No valorizan lo Inconsciente como un mundo simbólico, ni la fantasmática como producto de éste Inconsciente, sino como un “deposito”  que influyo sobre el yo, centro de la escena. Insistimos, aluden a una realidad empírica, material, al cual, el yo del niño debe adaptarse. Creemos que las ideas del Inconsciente sostenido por ésta corriente son las de los acontecimientos inscriptos, traumas que elaborar a través de la terapia. Si leemos esto desde Freud, sabemos que él abandonó la teoría traumatista del síntoma, donde cobra valor el valor del fantasma en la conformación del síntoma.

En el   tratamiento de niños, el analista se debe centrar en la “trama    historizada” donde el discurso de los padres intervienen a través de  palabras, expectativas, etc., de la cual; el niño, elabora su “mito  familiar” fundante  de su posición subjetiva a nivel simbólico.

Esta dimensión simbólica de una trama  historizada, se repite a través de  generaciones y los padres no encuentran la relación entre sus deseos y su forzamiento en el hijo. Se centran en la demanda de adaptación, sin  poder codificar la dimensión repetitiva de sus deseos. Como todo mito, es de origen, y el sujeto niño constituye el plus emergente, el resto o resultado del mismo.

Como el sujeto niño se estructura en el edipo, cuando ello no ocurre, por ejemplo en la psicosis  infantil, la dirección de la cura apunta a la construcción de un mito sustitutivo, a fin de que el sujeto pueda asumir su palabra y su identidad desde una genealogía que abarque las tres generaciones. ? En este, debemos  recorrer  el camino que va del síntoma (fracaso escolar, problemas de comportamientos, enuresis, encoprésis, depresión, etc.), deseo de los padres y la posición del niño en el universo discursivo familiar.

 

 

 

 

 

El psicoanálisis posfreudiano y el psicoanálisis de niño.

 

 

 

 

Vamos ahora a presentar los aportes de Melanie Klein  al psicoanálisis de niño y su peso o utilidad en la dirección de la cura.

Para ella, el psicoanálisis de niño se basa en el juego y las asociaciones espontáneas del niño. El juego “habla” los conflictos. Lo utiliza como análogo de la libre asociación en el psicoanálisis adulto. Con esto puede armar un encuadre lúdico.

Nos habla de un niño que atraviesa posiciones esquizoparanoides y depresivas, con las defensas y ansiedades específicas. La cuestión es que el niño se puede integrar, se puede conectar con la realidad (perceptiva) y se puede curar al pasar de la posición psicótica a la de la neurosis infantil. De entrada, nos trae un niño enfermo: todos los niños pasan por una fase psicótica.

También nos habla de un Superyo temprano, anterior al Edipo, lo que tiene peso en la etiología de los diversos trastornos (melancolía, neurosis obsesiva grave). Este superyo temprano no amenaza con castrar sino con devorar. Esto causa angustias y síntomas. Y todo es anterior al Edipo.

La culpa se alivia por  una intervención rápida, que apunta a las fantasías inconscientes. El suceder del análisis es por Integración, no por el recuerdo. No consiste en que el niño pase de un estadio preedipicos a otro edípico y su resolución sino pasar de la posición esquizoide a la depresiva, a la integración del  yo. Según ella, la transferencia es inmediata en niños y se da a través del juego y algunas asociaciones, lo que posibilita el descifrado de las fantasías inconscientes ligadas a la vida pulsional. Para ella, la angustia y las defensas ante ella, es más importante que el Edipo como estructura. Esto es definitorio de un tipo particular de dirección de la cura: la cuestión es integrar  un yo disociado, defensivo, que no se conecta con la realidad. ¿ Qué críticas pueden establecer al enfoque Kleiniano del psicoanálisis de niño?.

La crítica radical puede establecerse al sentar que su enfoque valoriza lo imaginario, y que desde el lugar del analista, se sitúa en el eje imaginario  (ego a ego) con el niño. Con esto, se  “baja” al nivel del Otro gozador de que nos habla Lacan y torna al niño como objeto de su deseo (de psicoanalista) y como semejante especular, lo que lleva a los dinamismos lúdicos de la transferencia. Es decir, el registro prevalente en la teorización Kleiniana es un enfoque del Yo, sus defensas, la necesaria búsqueda de elaboración de los mismos, y la curación como integración.

Otra cuestión que M. Klein no considera es el concepto de identificación en Freud: los conflictos no son pulsionales sino identificatorios y desde éste concepto puede entrever la posición del niño con relación al Otro primordial, el padre, etc.

Lejos de interpretar fantasías, consideramos que la cuestión radica en descentrar al niño de su encierro imaginario en un mundo especular teñido del deseo del Otro, como ejes del análisis.

 

 

 

 

Con Anna Freud:

 

 

 

 

Ella nos trae un niño “normal”, es decir, pasible de un progreso saludable, a través de las líneas de desarrollo. Habría un pasaje desde un nivel de inmadurez a otro de madurez mayor. También existen desvíos respecto de un desarrollo saludable y Anna Freud pone hincapié en la prevención: de ahí su preocupación por una pedagogía respecto de  los padres.

Su óptica de la dirección de la cura abarca un primer periodo pre-analítico, donde busca la alianza terapéutica y la transferencia positiva. La alianza terapéutica ya nos habla del lugar atribuido al analista en la dirección de la cura: es el modelo identificatorio y regulador de los desvíos del infante. El saber se ubica del lado del analista y en relación con la familia, es quién normativiza la función paterna y materna, en una suerte de psicoanálisis pedagógico didáctico. El analista es el amo que sabe respecto de lo que les ocurre al chico y su familia. Si lo vemos desde Lacan, se ubica del lado del Otro, y cuando se “baja” al nivel especular o imaginario, del lado del “a” (otro chico). ¿Por qué decimos esto?. Porque para Anna Freud, el Yo es centro de la terapia. Por eso debemos hacer alianza (nivel especular), solucionar las defensas patológicas e integrar al Yo. Y esto se logra con el segundo periodo de la cura o análisis propiamente dicho.

Incluso, habla de aprendizajes en la terapia, en una suerte de guía o conserjería familiar, donde el niño, por fin, es integrado en el mundo de los adultos. Una versión evolucionista de la terapia y de la ontología subjetiva. Hay desarrollo, desvíos, puntos de fijación, defensas patológicas, y por lo tanto, posibilidad de reorientación e integración.

¿Podemos preguntarnos respecto de quien sostiene el análisis? .Los trabajos de Anna Freud nos puede responder que el analista, el contrato, pues el niño se olvida por sus impulsos. Lo del analista parece lógico, aunque nos preguntamos desde qué lugar. Ya habíamos dicho hace un momento que el analista se ubica como modelo, amo, garante y dueño de la realidad del deseo tanto del niño como de la familia. Lo del contrato, parece acudir al orden o legalidad simbólica, aunque no suena así: es simplemente el encuadre enumerado como prescripción a cumplir junto a una guía experta en el Inconsciente del niño e incluso de los padres. Por lo tanto, creemos que, a la pregunta de quién sostiene el análisis, podemos responder que el capricho de lo imaginario donde no podemos ubicar un sujeto regulado desde el orden simbólico, porque éste orden es excluido en el nombre de un analista imaginario no tocado por el padre simbólico. Es decir, el lugar asumido por el analista, invalida sus intervenciones en el nombre de la sugestión. ? ?Dónde se ubica el analista?. En el lugar del Ideal del Yo, por supuesto. ¿ Y cuál es la finalidad o fin de análisis promovida por la actora?. Pues la adaptabilidad ideal, o mejor, la adaptación del yo a la realidad en el sentido perceptivo de adecuación. En conclusión, podemos ubicar los aportes de Anna Freud en el eje imaginario, con una consecuencia evolucionista del yo, que desvirtúa la dirección de la cura, al dar prevalencia a las facetas imaginarias de la cura.

 

 

 

 

 

“La dirección de la cura, una lectura crítica”

 

 

 

 

En el psicoanálisis de niño no se trata de adaptar al niño a la realidad. ¿ De qué se trata entonces?. De cambiar la posición subjetiva del niño con relación a la mortificación de la pulsión a través del síntoma como “pregunta cerrada”. Se trata de abrir esta pregunta a través del juego, el modelado, la asociación libre (según edad), etc. Volvamos nuevamente a la propuesta de M. Klein, a fin de diferenciar mejor nuestra propuesta.

M. Klein no concibe  el inconsciente en función de la autonomía del significante, ni al falo como  estructurante  de las etapas anteriores, ni   valoriza  al falo como la función que ordena la posición del sujeto con relación al goce bajo la  forma de  castración. En M. Klein, el padre no es lo que  descompleta  al otro materno, porque queda incluida en el   imago  materno en forma  de “superyo temprano”.     .

Sin la  Función simboliza del padre y del  falo, M. Klein desemboca en el desarrollo del sujeto y a una clínica de lo imaginario que trata de conectar con la realidad. El problema del desarrollo, entonces, se simplifica en que si el niño en su pasaje  por la posición  esquizoparanoide  no ha sido  frustrado   en exceso  podrá atravesar  la posición depresiva en  forma integrativa ... de las percepciones. El   pecho  bueno  introyectado le da fortaleza para afrontar la realidad. Como  vemos, M Klein  utiliza dos referencias (lo imaginario y la realidad, en el sentido empírico o perceptivo) lo cual determina el tipo de dirección de la cura. ¿ Porque sucede esto en M. Klein?. Porque su   referencia última  no es el significante siguiente del objeto pedido  (el falo) y la castración.                .

No considera la incompletud   materna vía intervención paterna y busca suturar el deseo del Otro, con lo que lleva a fijar el síntoma  como llamado a saldar la angustia del niño a merced del deseo del Otro.

M. Klein   prioriza las ansiedades tempranas (esquizoparanoides y depresivas) ante la angustia de  castración, privilegiada por Freud como central en toda psicopatología.   . La fundación del sujeto y de la realidad no es resultado de la castración simbólica o separación del Otro,  sino como resultado de la elaboración de la ansiedad depresiva, lo cual depende de la “prueba de realidad” del yo del niño. Indefectiblemente esto lleva a la educación y manipulación del niño.

¿Qué consecuencias tuvo para la dirección de la cura? Todo depende de si el sujeto se desarrolla o esta  inhibida en una etapa del desarrollo.

¿Cuál es el lugar de la interpretación?  Debe apuntar al progreso del niño, a desenquistar las defensas psicóticas y neuróticas para permitir      el pasaje del nivel   pregenital  al  genital o maduro. . El problema son las fijaciones que no permiten integrar el objeto en una buena percepción de la realidad de M.Klein.

El progreso integrativo lleva a elaborar el sadismo temprano, a reparar el  “superyo terrible” y en suma  a la simbolización y separación gratificante. Todo estriba en que el niño pueda, jugando, fantaseando, monologando, etc., introyectar el objeto bueno que le dará poder y confianza.        .

De este modo, la curación depende de sí el niño escindido progrese hacia un yo integrado, genital y maduro.

En  el caso de la niña, culminará en desear tener un niño, como definición de la femineidad.           

El  varón  elaborara  su  paranoia y  culminará integrando a la madre.                     

El analista asume el lugar del S/ yo, que debe integrar el yo del niño, y debe  concebir el desarrollo del niño en   términos  de maduración: integración del  objeto, de las ansiedades en juegos, y posibilidad para la relación sexual desde una armonía preestablecida. Como se ve una inversión de la enseñanza  de Freud y Lacan  en cuanto  a la dirección de la cura.

 

 

 

 

 

El lugar de la familia en el psicoanálisis infantil

 

 

 

 

 

El niño, su rol  en la constelación familiar  consiste en sintomatizar los conflictos paternos. La zona de silencio del encuentro entre los padres, lo no dicho o los secretos dejan marcas en el niño.

Un conflicto edípico normal puede   agravarse o predisponer a graves   conflictos   con  posterioridad. De ahí la obligación de tomar al niño como sujeto en doble sentido; a saber, como sujeto al  discurso familiar y como sujeto del inconsciente, para entrever  posición ante el  discurso familiar.        

Climas familiares muy permisivos  llevan a la omnipotencia e inadaptación del niño, como así, las situaciones violentas.

Entonces el niño aparece como metáfora de las tensiones inconscientes de los padres. Pero también como  la metonimia del deseo de los padres, lo que se ve en el carácter  bifacial del síntoma: el niño como significante del deseo de los padres. Lo sintomático radica  en que ambos padres toman al niño real como foco de sus proyectos inconscientes, de la cual, el síntoma constituye un intento de solución fallida.

Importante localizar la posición subjetiva del niño en la estructura edípica, sí hubo pasaje, su modalidad, el Nombre del Padre y en qué posición se ubica el niño a  posteriori. En el caso de una “metáfora congelada” (como una fobia enquistada) y sin  mediación  adecuada del rol paterno  a sus sustitutos, el rol del analista debe consistir en movilizar y significantizar el goce desmedido del Otro materno para que se pueda              instaurar la separación y cese de la angustia.

Todo esto se relaciona con la evidencia de  que la dinámica preedipica y postedípica, se vinculan al modo en que fueron vividas por los padres desde lo real (angustia), fantasmática (temor a la castración imaginaria) y simbólica (simbolización).

En otras palabras, debemos entrever  si los  deseos  incestuosos  fueron  resueltos en los padres y actualmente en el niño.

Una madre no sometida a la  castración  simbólica, no admitirá la “entrada” del padre en la  diada narcisista, lo que  repercutirá         en la subjetividad  del niño: metáfora congelada como en Juanito, proceso incompleto como en el “Hombre  de los lobos”, exclusión del Otro y del sujeto como en Schreber, etc.

 

 

 

 

 

El diagnóstico en cuestión

 

 

 

 

 

Clásicamente, desde A Freud a  Melanie Klein, se buscaba las características de las etapas de fijación en juego, los objetos y las defensas típicas de cada cuadro (neurosis, psicosis, etc.). La tarea del analista deberá centrarse en proveer “fuerza al Yo”,  gracias  a la ayuda de las “áreas        libre de conflicto” de Hartman  y toda la Egopsicology. Este enfoque se centraba en lo imaginario y especular. Si analizamos esto desde el estadio del espejo, vemos que los teóricos del “Yo redondo” o self no pudieron salir de un enfoque imaginario y sin poder ubicar la posición simbólica del niño.

Con el enfoque estructural o  teoría del significante, la idea es ubicar la subjetividad del niño gracias  al Edipo  ampliado, es decir, con el estudio del lugar que ocupa el niño en el deseo de los padres y de  estos en función de sus padres. En otras palabras, intentando entrever el rasgo unario del sujeto del Inconsciente, el ideal del yo, es decir, los referentes simbólicos fundantes  de la subjetividad del niño a través de la spaltung en la castración simbólica  vía metáfora paterna. Para precisar mejor, debemos entrever las identificaciones   preedípicas y  edípicas fundantes de la identidad del niño, desde las características del ideal del Yo familiar. Como se sabe, el ideal del Yo se erige en unificante de las identificaciones sucesivas de un sujeto  al deseo.

Para enunciarlo  en otros términos, debemos    caracterizar si el niño ha reprimido el falo imaginario en que fue  enquistado  por el deseo materno y al cual se identificó.

Si por ejemplo, estamos ante un caso de Fobia, debemos caracterizar los datos previos al  desencadenamiento, que   dice  la madre y el padre, la                coyuntura del desencadenamiento, la naturaleza de la angustia y la dirección de la cura.

Las dificultades paternas serán captadas como tensión inconsciente, como imágenes resistentes a la simbolización, lo que enfrenta al niño a la  no-aceptación de la castración de parte de los padres. El camino es la inscripción en un linaje, en llevar al niño a   relativizar la constelación  familiar  morbígena,   vía  juegos y    verbalizaciones, donde el analista debe analizar las fantasías   fragmentarias del cuerpo, las identificaciones en juego y la posibilidad de insertar su subjetividad en  ascendientes  sanos, superando las identificaciones  alienadas y  alienantes de los padres. La superación del daño narcisístico se logra    vía fantasía, juego y creación (sublimación). Podemos pensar que la sublimación es buena indicador de los progresos del niño. Un niño que no posee habilidades creativas, gráfica un mundo pobremente catextizado, lo que habla  a su vez de su pobreza libidinal y subjetiva. Hablamos aquí de sublimación en sentido de un mecanismo de defensa exitosa, que permite utilizar la pulsión en fines socialmente valiosos y donde se juega un interés narcisístico. Esto se verifica a través de las producciones escolares y actividades sociales establecidas por el niño según  su edad.

En el caso del juego, sabemos  desde Freud (For-da) que representa una forma de simbolización y subjetivación, y que como sostiene Winnicott, el juego es esencialmente creativo y curativo. Es una función estructurante, aunque desde el psicoanálisis estructural, nosotros lo vamos a considerar como una “formación del Inconsciente más” y vamos a intentar una lectura en términos de significantes, de los avatares de la posición del sujeto en el deseo del Otro primordial y cuál es la función paterna. Si el caso fuese como el padre de Juanito, que desfallece en su función y pide ayuda al analista, nuestra función será de apoyo a la función paterna, pero sin invalidar la función del padre. Se nos dirá entonces, si el análisis es del niño o de los padres o de toda la familia. Responderemos que en el caso de todo niño, y como el aparato psíquico no está constituido cabalmente, el niño requiere de controles externos omnipresentes y de principios de realidad provenientes de los mayores para guiarse en su universo hedonista y regido por el principio del placer. En pocas palabras, el psiquismo infantil no excluye al Otro, debido a la separación incompleta, lo que acaece recién en la “metamorfosis de la pubertad” como nos lo asegura Freud.

En cuanto a los padres, sabemos que quién no puede cumplir su paternidad desfallece de conflictos no resueltos que requieren de análisis para solucionar los problemas inherentes a los complejos infantiles no resueltos.        

 

 

 

 

 

El encuentro con el Niño

 

 

 

 

 

Debemos buscar la particularidad del caso, el motivo de consulta, la naturaleza de la demanda y la posición subjetiva del niño en la estructura familiar. Se debe  diferenciar lo imaginario de lo real: es decir, las fantasías y el juego del niño y los sucesos reales de su  cotidianeidad. La diferenciación en tres registros  (imaginario,  simbólico,  y real) evita intervenciones sobre los hechos, las sugestiones  o manipulaciones y permiten entrever la posición simbólica del sujeto en el Edipo. Debemos buscar que el niño “juegue” su realidad, es decir, la simbolización o fantasmatización a través del juego y la    verbalización.

El analista no debe agregar nada sino   permitir el descubrimiento de la alineación en el discurso  del Otro.

Lo específico de su rol consiste en su escucha, su receptividad. Esto es lo que Freud descubrió: un psicoanalista. Ni siquiera consiste en que deba intervenir, sino en escuchar. Dejar fluir la libre asociación, poner al sujeto a jugar, a asociar y esto permite que los significantes “hablen” la verdad oculta o destino ignorado en que está atrapado el sujeto. Es permitir  al “Asterión” de Borges, el descubrimiento de que está atrapado en una casa sin fin, lo que solucionaría su alienación. Las intervenciones podrían ser dobles: una orientada hacia los padres, y operando como Freud en Dora, es decir, interrogando al sujeto respecto de su implicación, sobre “qué papel juega” en eso que tanto lo agobia, logrando que pase de un padre pasivo o ausente a otro más consecuente con la necesaria para transmitir la masculinidad a su hijo. La otra intervención podría orientarse hacia el niño, para poder diferenciar el S1 y el S2, entre un momento de alienación y otro fundante de una subjetividad, lo que también podemos graficar con Dora: ella viene como una chiquilla sometida a los juegos perversos de un padre seductor, y  Freud la reposiciona al recordarle su protagonismo en el escenario de seducción. Si recordamos a dora es para graficar el proceso de intervención sobre la transferencia. Más adelante vamos a profundizar respecto de éste rol crucial del analista.

Volvamos ahora a las formas de intervención de intervención del analista según los tres registros. Si el analista evita intervenir en lo real, por ejemplo, siguiendo las sugerencias paternas, evitará tomar la demanda de los padres  al pié de la letra, con la  posibilidad de vislumbrar la pregunta que conlleva todo síntoma y demanda. Esto último corresponde   con un nivel simbólico de intervención. Otras formas de intervenir en lo real podrían ser en el caso de un niño con dislexia o digrafía, cuando el analista hace caso de las sugestiones de los docentes derivantes. La escucha del Inconsciente es la única intervención simbólica y garante de una dirección de la cura positiva.

 

 

 

 

 

El sentido del síntoma

 

 

 

 

Desde los primeros momentos, la demanda de los padres es urgente, lo que puede llevar al clínico al lugar del Otro del saber cuándo no a la intervención en lo real (ego – a ego). Sin embargo, hay un sujeto que sabe de las dolencias y es por eso que los padres acuden al analista. Esta suposición del saber adjudicada al analista es central y funda la transferencia. Por ahora, lo que vamos a analizar es el síntoma y su sentido.

El síntoma del niño también habla del síntoma de la pareja paterna. Es el significante de un desorden familiar.  El síntoma oculta y muestra lo fallido de la   función paterna y materna.

Vehiculiza  lo no-dicho, las zonas de silencios, las tensiones, inconscientes, o el proyecto  narcisístico de una madre no tacada por la ley del padre. Nos recuerdan esto las madres de los niños autistas, niños esquizofrénicos, entre otros.

Como dice Mannoni es  crucial  la palabra de los padres y en particular la de la madre, ya que la posición que el padre tenga para el niño, dependerá del lugar que aquel ocupe en el discurso materno. Ante desordene escolares, dificultades   caracteriales, reacciones somáticas o psicosomáticas,  o de indicios de psicosis infantil, etc., y a través del síntoma, entramos de lleno en la fantasía materna. Como dice Mannoní:

 

 

 “La cuestión del niño es la de realizar los sueños que ella no concretó. Su error, a menudo es el de no aceptar ponerse en el lugar que se le designó de entrada”.

 

( “La primera entrevista con el psicoanalista”)

 

 

El Edipo imposible  de la madre hace síntoma en el niño. El caso de dificultad en el  terreno       de las  matemáticas  que Mannoni problematiza en su texto “La primera entrevista con el psicoanalista”, habla de un niño que rechaza la imagen del  tío  materno propuesto como ideal del Yo, a causa de la dimisión paterna. Por consecuencia, la identificación con una imagen masculina estructurante se  trastoca. El chico se transforma en una cuestión materna  exclusiva. En éste caso, lo que la pareja callaba era el lugar imposible del esposo en el deseo materno. Como consecuencia, al niño se le negaba toda posibilidad de una identificación masculina. Como se sabe, la masculinidad que una madre transmite no es tomada en serio por ningún hombre. Lo masculino, sobre todo, es lo que surge cuando el deseo materno permite la entrada de la función paterna y donde el chico capta los rasgos fundamentales o insignias paternas, lo que le permite armar su identidad imaginaria o semblante de masculinidad. Esto no es posible sin la operatoria de la metáfora paterna, vía castración simbólica. Si esto falla, el destino sexual y sexuado del niño corre peligro. Puede que existan casos en que ésta operatoria se produjo, porque el padre simbólico se diferencia del padre real, pero lo que debemos observar es la naturaleza de las identificaciones, para entrever si el niño puede realizar una elección de objeto consecuente con so identidad masculina o si esa identidad masculina permite  solamente, la asunción de una masculinidad deficitaria, como le ocurrió al Joven Rousseau, que solamente podría elegir una mujer para amarla, y no para desearla. Así, en su vida afectiva, las mujeres eran otros semejantes, afuera de hermanas o madres sustitutas, con quienes solo podía intercambiar vínculos de igual a igual. Por eso, nunca pudo realizarse como hombre ante una mujer e incluso necesitó superponer a una mujer, como forma de acceder al enigma de la masculinidad, en una forma inversa a como hacen las histéricas para acceder a la feminidad. Por eso Rousseau se llevaba mejor con los hombres  gracias a que idealizaba a ciertas mujeres. Su elección de objeto era intermedia entre una anaclisis y una elección narcisistas, como dice Colette Soler en sus “Estudios sobre la psicósis” (editorial Manantial, 1993). Indiquemos que, si damos el ejemplo de Rousseau es para graficar la constitución de la identidad masculina y sus vicisitudes, lo que cuenta para el pronóstico y la profilaxis de todo caso, si es que el psicoanalista cuenta para algo en la sociedad.

Volviendo al niño con dificultades en el terreno de la matemática que nos presenta Mannoni, observamos la consecuencia de que al niño se le negaba toda posibilidad de una identificación masculina.

El síntoma localizado en el terreno de la matemática, fue el grito de alarma en esta situación. En este sentido, el síntoma es un   lenguaje a descifrar. Los 3 registros del síntoma, a saber, como demanda explícita o imaginaria, como cortocircuito en lo real de una situación insoportable para el niño, y como pregunta  dirigidas a los padres.

En otros términos y viéndolo desde el punto de vista de la angustia, y considerando la angustia como falta de falta, como la percepción de la imposibilidad de separación, constituye el  motor  del síntoma como  intentos de solución.

Ante el síntoma, se debe  intervenir- como ya lo remarcamos hace un momento- a nivel simbólico, abriendo la pregunta, buscando la posición subjetiva del niño, el deseo materno y el rol del padre.

Ante que búsqueda de   significados  a tal  o cual  trastorno  (adaptativo, etc.) lo que debemos buscar es la posición del niño (somático, adaptativo, caracterial, etc.), lo que debemos buscar es la posición del niño en (su fantasía) en   función  del deseo del Otro  y su posibilidad de ascenso de lo imaginario no simbolizado a la simbolización significante.

 

 

 

 

 

La cuestión de la Transferencia