Esquema de Psicoanálisis Adulto y de Niños por Juan Carlos Basconcelo - muestra HTML

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En el psicoanálisis de niños debemos   trascender  una concepción de la transferencia que se centra en su aspecto afectivo, como  reactualización  de   sentimientos positivos o negativos  respecto del analista. Como sostiene Lacan en “Intervenciones sobre la transferencia”, la lógica de la   transferencia adquiere su sentido  en el momento dialéctico en que se produce. La identificación a las imágenes  parentales que cautivan al niño nos indicará su posición respecto del Otro, así como los significantes a través de las cuales fue  articulando su demanda. La transferencia de estos significantes elementales del inconsciente y su exteriorización en la cura, es identifica al progreso del  análisis, pues  vehiculan  la demanda intransitiva del sujeto alienado en un deseo inmortal.

La estrategia del  analista debe consistir en “dejar hablar” al inconsciente (del niño, de la madre, etc.) a través de entrevistas individuales y    conjuntas con la     familia       a fin de   descifrar  la transferencia como “inconsciente puesto en acto”.                                .

Para ello, la meta del analista consistirá en frustrar  la demanda para provocar la emergencia regresiva de los significantes que nos llevaría a la posición del sujeto del inconsciente y al proceso de elaboración y subjetivación  o el clásico  dejar de ser  el falo para tenerlo, en el caso de las niñas, la ecuación  “pene=niño”  como  culminación del Edipo.

Todo esto es solidario de la deposición por el niño de las imágenes   narcisistas en que el deseo del Otro lo  fijó y que el síntoma transmite desde su bifacialidad: como metáfora y como  metonimia de un deseo enquistado en la demanda.

 

 

 

 

 

¿Cuál es el lugar de la palabra en la dirección de la cura?

                 

 

 

 

De entrada, debemos tomar el discurso  consciente como separado del discurso del Otro del sujeto o inconsciente. La palabra como  instancia        de  mediatización que  aliena  al YO que cree decir su verdad a través del saber. Los padres podrían contar el “acontecimiento”, la sucesión de “hechos” donde nuestro héroe, el niño, descuella, pero poco importa esta realidad histórica. El Discurso familiar opera en el ámbito de lo imaginario. A través del imaginario familiar los padres “re – presentan” sus deseos, sus ideales, prejuicios, etc. El discurso que importa  al analista se ubica en el ámbito de la enunciación, a nivel del significante, que debe ser  leída     como un “rebús” o un jeroglífico.

La cuestión  radica en localizar los  cortes del discurso, los silencios y  vacilaciones, los lapsos y fallados, etc., que remiten  a la verdad inconsciente en ejercicio. Son las   rupturas del discurso, las formaciones del inconsciente que remiten a  un nuevo contenido: las motivaciones inconscientes. Esta centración en el  discurso familiar marcha solidaria con la atención flotante.

 

 

 

 

¿Qué lugar para el analista?

 

 

 

 

 

¿De qué se ocupa un  analista?  Hablamos de una clínica analítica y fundada en la lógica del inconsciente. Según esto, el analista es quien escucha, interpreta e interviene al calor de la transferencia. Sobre todo, como ya lo dijimos más abajo, es quién debe escuchar.

El analista es alguien que autorizado (hace “deseo   advertido” y con “autoautorización”, por aquello de que se debe autorizar a sí mismo, lo que  ninguna institución podría lograr cabalmente según Lacan) como traductor o  intérprete de una lengua cuyo elemento  no es el signo (no estamos hablando de la comunicación, sino ésta misma comunicación retraducida desde la referencia Lacaniana).

No debe ser modelo identificatorio para el  niño ni para los padres.

¿Cuál es su posición entonces? Primeramente, el analista constituye el Otro garante de la verdad para los padres y para el niño. Es quien sabe (SsS) y quien se invoca como testigo de la verdad  reprimida, denegada o forcluida en el ámbito familiar.

En segundo lugar, el analista representa lo simbólico, la cultura que le permite interpretar lo inconsciente como estructura  segunda, producto           de la  incidencia del lenguaje y la cultura.

En tercer lugar, el analista representa al semejante, al “a” pequeño, al objeto plus de goce, a los cuales se dirige el sujeto en búsqueda del reconocimiento de su deseo. El analista hace de “semblante” del objeto “a” se negativiza, calla, y esta neutralidad le permite ubicarse en el cuarto lugar o posición inherente  a su función: la del “muerto”, lo que se traduce como la frustración sistemática de toda demanda.

Este le permite intervenir a nivel simbólico sobre la transferencia y no  caer presa de la  transferencia como resistencia (intervención imaginaria, cuando no real).

La frustración de la demanda en clínica de niños adquiere otro rostro: no implica el olvido del juego, los modelados de  Doltó o el dibujo. Consiste en la asunción de este  cuarto  lugar, cuya característica  radical        consiste en la neutralidad y la no-intervención en sentido de lo imaginario. Sin embargo, esta actitud requiere un retoque en lo que hace a intervención en técnica con niños. El jugar, los modelados o los dibujos requieren de un cierto  activismo, lo cual debe manejarse desde una disociación instrumental flexible. El objetivo de esto radica en provocar la regresión, la desidentificación alienante vía intervención y posibilitar la emergencia de los deseos ocultos que historizan la arqueología de la subjetividad.

 

 

 

 

Intervenciones sobre la transferencia

 

 

 

 

 

La intervención en psicoanálisis de niños no difiere de las intervenciones con adultos porque  se trata del  sujeto. No estamos con la visión evolucionista, que considera un individuo que evoluciona a través de “estadios” o “etapas” del desarrollo. Consideramos un sujeto estructurado de  manera singular. Estamos en una clínica de la singularidad. Lo que nos interesa no son tanto los hechos reales como los lugares simbólicos, las posiciones con relación al discurso del Otro. Mejor dicho, nos interesa la constitución o no-constitución del sujeto, lo que podemos observar desde una “prefobia” hasta su resolución y la asunción de un destino dentro en un linaje familiar. En esto nos inspiramos en el famoso caso de Freud, Juanito, donde su intervención permite el pasaje desde la prefobia a la metáfora fóbica que posibilita  la fundación del sujeto del Inconsciente de Juanito.

En el caso de un adolescente, la “metamorfosis” puede  sufrir  desfasajes o   enquistarse  en un síntoma, lo cual requerirá una muleta simbólica que la  familia buscará en el analista.

Para localizar las problemáticas, se debe realizar una  “feliz  escansión”  del discurso familiar: identificar los elementos capitales, lapsus, cortes de los discursos o en suma, las formaciones del Inconsciente, a través de juegos, los detalles de un dibujo, sueños repetitivos, etc.

La familia ignora el sentido de los símbolos en que se encuentran  alienadas el deseo de falo de una madre o de un padre que no encuentra lugar en el universo materno. En esta coyuntura, la intervención tomará forma a partir del “mito familiar” y del “mito individual” del neurótico en proceso. Es decir, la  inscripción del deseo de los padres va solidaria de un lugar en la estructura y el problema puede consistir en la naturaleza de los deseos en juego  (deseo vivo o muerto, posibilidad o imposibilidad de separación, es decir, castración simbólica).

Leyendo el “Jeroglífico” familiar, se desembocará en la trama inconsciente. La traducción, desanuda los nudos secretos, la verbalización de los lugares asumidos u negados, implicar, explicitar las mentiras astutas, etc., constituyen intervención imprescindible para reposicionar al niño en la dirección de la asunción de su deseo y de un destino donde el Otro se encuentre relativizado y regulado desde la prohibición del Incesto.

La intervención posible al paso de lo imaginario no simboliza a lo imaginario simbolizado. Permite el paso del ser el falo al dejar de serlo para tenerlo o el deseo de un niño como equivalencia simbólica en las niñas.

 

 

 

 

¿Fin de análisis?

 

 

 

 

El Edipo como proceso estructural de lo subjetivo y la “metamorfosis” como reestructuración  esencial,  ¿nos habilitan para hablar de fin de análisis en niños? Una vez superado la crisis del Edipo y el niño puede continuar desarrollando sus funciones psíquicas (pensamientos, inteligencia, etc.) como sujeto. En el caso de un niño psicótico, creemos que el análisis debe prolongarse hasta que la familia adquiera una “dirección”  adecuada para que la estabilización del niño adquiera un status de  “sinthome”. Esto depende de qué tipo de psicosis, el tipo de familia, un pronóstico promisorio, etc.

En los casos  graves, tanto para la familia toda, como el niño sujeto de tratamiento, debemos prescribir la concurrencia  a fin de evaluar los progresos creativos o sublimatorios  del niño. Se debe combinar la terapia del niño y de los padres a fin de  reposicionar el universo forcluido en aras de la estabilización del niño-cuando no de los padres-. Deben considerar la existencia de patologías “límites”, de psicosis no desencadenadas por  falta de una coyuntura que la eclosione, y trabajar hacia la instauración de un “Ego” del niño en el sentido preventivo del término. Según lo anterior, no podemos asumir un fin de análisis en niños, porque esto depende de sí hay problemáticas predípicas, edipicas, reviviscencia adolescente del mismo (“Metamórfosis...”), procesos psicóticos, etc.

Como en el  relato de Borges “las ruinas circulares”, el niño debe lograr descubrir que todos somos soñados por un Otro, como forma de emancipación del deseo materno  y asunción de una identificación humana estructurante. Gracias a la transferencia y las intervenciones, el niño debe realizar el tránsito desde él “El Yo soy” (alineación en el deseo del Otro) al “Yo no soy el que soy” (castración simbólica, desalienación), como camino  ideal hacia el fin de análisis.

 

 

 

 

Técnica analítica y estilo clínico

 

 

 

 

 

 

No vamos a olvidar a un  tecnicismo en el sentido teocrático de la clínica. El psicoanálisis y su aprendizaje  no consisten en  un  aprendizaje más.                  

Los procedimientos tecnicistas sólo existen si  forcluímos  el ser y el sujeto del inconsciente.

La clínica se vincula en la verdad y el saber técnico sólo tiene validez sí vincula con la dimensión de la palabra, el campo del inconsciente, ajeno a la realidad y las matemáticas.

Como decía Lacan: “La verdad tiene estructura de ficción “, que se diferencia del saber que pretende  totalizar el mundo.           .

La clínica trata de una verdad que “habla” a través de las formaciones del inconsciente. Por esto, las prescripciones técnicas son resistidas por la lógica del deseo inconsciente que no se deja atrapar por molde alguno. Tratamos del $ entre saber y verdad. El formalismo técnico constituye otra versión de la resistencia a la verdad, como un “no quiero saber nada de eso” que impide una escucha verdadera.

¿No existe una “técnica” analítica entonces? Sabemos que para  lacan  no existe una “técnica – analítica”. Al menos no en el sentido cientificista que forcluye al sujeto del inconsciente.

 

Esto conduce a que la técnica cede puesto al estilo.

 

El estilo sintetiza la relación del analista con su “ciencia”, su  práctica         y el Otro. El estilo se vincula con un deseo advertido, con la posición del sujeto ante su Otro.

En otras palabras, el estilo se vincula con el plus de goce, con el objeto a causa del deseo, que nos posiciona en forma singular ante el semejante, en el sentido de “a”.        

Lo podemos decir desde la lógica del deseo, como la búsqueda particular de lo perdido.

El motor de la terapia, la fuerza oculta que dirige la clínica es el deseo. Lo que empuja a Freud a interrogar a sus  histéricas  y el abandono de la  sugestión. Lo que llevó a Lacan a las sesiones  breves y su dinámica particular según cada sujeto.

El estilo de abordaje del Otro se vincula con la forma singular de estructura subjetiva en el spaltung  simbólico del   nacimiento  del sujeto del inconsciente.

No creo que el estilo  deba surgir de la identificación al maestro o al Amo          de la  “horda” (Freud o Lacan, etc.). Aunque, como  todo analista, estemos atrapados en el deseo de Freud, que nos dio destino y del cual debemos despertar para advertir nuestro deseo y la dirección de toda cura.

Más bien hablemos de identificación simbólica  (no imaginaria) que funda    al sujeto del inconsciente en su dimensión significante, como rasgo   unario, que ordena la posición  del sujeto ante el Otro y el otro. Esto lleva al analista a una verdadera “compulsión a la repetición” del amor a la verdad, que está más allá del amor al conocimiento. Pero el estilo, es incluso, inconsciente para el propio analista: está del lado de la verdad reprimida, y por ello mismo, eficaz para motivar la  práctica.

La formación, el propio análisis, la  experiencia y el plus de estilo resultante, conforman  el estilo característico de cada analista. El estilo conlleva las marcas del deseo antes que de una técnica cualesquiera. Mejor dicho, la técnica particular de cada analista lleva las marcas de su deseo (advertido).

 

 

 

 

La dirección de la cura en la neurósis del niño

 

 

 

 

 

 

Intentamos ejemplificar a través de la fobia como proceso estructurante de la subjetividad. Podemos realizar una pregunta  crucial: ¿ Siendo la fobia un proceso de estructura de la subjetividad, tal como lo estudiamos en  Juanito, porqué hablar de dirección de la cura o de intervención clínica sobre el proceso fóbico por consecuencia?. Antes de continuar con la dirección de la cura, intentaremos un estudio comparativo entre “neurosis infantil” como proceso estructurante y “neurosis del niño” como pasaje sintomático por la estructuración edípica, para poder vislumbrar la lógica de la intervención del analista.

Intentaremos especificar  ambas categorías de acuerdo a las propuestas teóricas de S. Freud , De  Ajuriaguerra , J. Lang Louis , Ana Freud, Melanie Klein ,  G. Diatkine y  S. Lebovici  para despejar lo específico de la neurosis infantil y la neurosis del niño desde nuestro enfoque estructural de la neurosis infantil como momento estructural y estructurante de la subjetividad.

 

 

 

 

 

 

Una cuestión fundamental

 

 

 

 

El cuestionamiento de la autonomía de la Neurosis en la infancia. No se habla de neurosis constituidas ni estados neuróticos. Trataremos de caracterizar lo “infantil”  en función  de las dos categorías (neurosis del niño y neurosis infantil  evitando caer en el adultomorfismo). En el caso del niño - sobre todo- se habla de reacciones, compromisos pasajeros, o crisis estructurantes (de Ajuriaguerra). Por lo tanto, la neurosis infantil es entendida como  desprendimiento  de posiciones arcaicas, de puntos de fijación. Pero también como punto de partida de una evolución potencialmente patológica (neurosis futura). Preguntémonos lo siguiente, ¿ cómo se verifica éste proceso de pasaje de  una  pre-estructura neurótica a otra  estructura neurótica?. No bastan los síntomas  y defensas para determinar la naturaleza neurótica de las manifestaciones. Por ello, se habla de Organización o Estructura neurótica si encontramos en un síndrome y organizados coherentemente:

 

      Síntomas característicos.

      defensas peculiares

      mecanismos adaptativos específicos

      procesos dinámicos, genéticos y económicos

      naturaleza neurótica del conflicto: angustia de castración, triángulos, castración simbólica, compromiso yo-ello, investimientos objetales estables, predominio del proceso secundario, etc.

 

 

 

 

 

 

Las estructuras neuróticas en el niño

 

 

 

 

Habíamos dicho previamente que para Ajuriaguerra, la neurósis infantil  constituye un  episodio regular del desarrollo. Un compromiso pasajero y como producto del conflicto directo entre el yo y el  ello. Esto conformaría la base de la  neurósis adulta.

Para M. Klein la neurósis infantil constituye un pasaje normal. Constituye una forma de elaborar angustias psicóticas precoces ligadas a la posición esquizoparanoides (escisión del yo, objeto bueno y malo, defensas, angustia persecutoria) y depresiva (objeto total ambivalente, inhibición, conflicto, angustia depresiva o temor a la pérdida). Es  una conflictiva neurótica si la intensidad es excesiva (el niño sufre y hace sufrir). M. Klein lo vincula con la reparación de la madre  atacada vía identificación proyectiva.

Para Ana  Freud la verdadera neurósis infantil con la característica de “conflicto patógeno”, quiebra defensiva, etc. , solo se da en la latencia. El sinequanon: tópicas o instancias constituidas. Para ella, la neurosis infantil constituye una organización de la sexualidad infantil (estructuración), un arreglo neurótico de la psiquis. En cuanto a lo etiológico, nos habla de  las series complementarias, entre lo hereditario y lo adquirido.

Tanto para De  Ajuriaguerra, M. Klein, y Ana Freud, el valor del síntoma depende de  toda la “historia” historizada, del tipo de personalidad, la labilidad o rigidez caracterológica y la capacidad yoica para superarlo.

Freud insiste sobre el   “aprés coup” de recuerdos infantiles sexuales reprimidos (escena primaria)  que toman sentido en un segundo momento (eclosión pulsional  puberal). La neurosis infantil se centra en el conflicto edípico, la castración, y constituye una estructura básica de la organización psíquica posterior.

Posteriormente daremos  una conclusión final comparando las ideas de los distintos autores.

Lebovici distingue por su parte, una Neurósis infantil de la Neurósis del niño. El primero marcaría un momento organizativo de la sexualidad infantil, modelo fundante del sujeto (reproducido posteriormente en la neurósis transferencial). Se puede manifestar en síntomas o no. El segundo, emerge por la no-integración de  síntomas  de la Neurósis infantil y la insuficiencia  defensiva, persistiendo peligros para el yo. Otras características cruciales: no es estable ni persistente, conlleva una “apariencia neurótica”, labilidad yoica, pasajero y modificable a pesar de la connotación “neurósis patológica”. Sobre todo debemos considerar:

      edad del niño.

      la labilidad o rigidez

      cómo interfiere el síntoma en la vida del niño y su entorno.

 

 

 

La histeria en el Niño:

 

 

Para De Ajuriaguerra se da entre los 5 y 10 años. No aparece antes de los 4 años. ( prepuberal o  puberal).Una verdadera neurósis no comienza antes de la latencia. Lo que A. Freud decía respecto de las instancias constituidas. Aunque puedan darse  convulsiones y parálisis  hacia los 18 meses. Ana Freud diferencia, además, los “Temores precoces o tempranos” (temor a oscuridad, soledad, extraños, etc.) a las fobias. La historia habla el lenguaje del Inconsciente, el síntoma como expresión de deseos y defensas, un compromiso entre  el yo y el ello. En la histeria de conversión la defensa típica en la conversión somática y en las fobias el desplazamiento.

 

 

Los síntomas  típicos son : 1- trastornos motores: parálisis, temblores y contracturas.

 

 

2-    Sensitivos y sensoriales: dolores, sordera y ceguera temporal, afonía, tos, hipo, vómitos, crisis, gesticulaciones, gritos, llantos, autoagresión, etc. Importa determinar el significado  inconsciente del síntoma, las fantasías, identificaciones, el desarrollo psicosexual caracterizado por el renunciamiento, la configuración yoica invertida (pasivo femenino en el hombre y activo masculina en la mujer).

 

 

 

Fobias en el Niño:

 

Se lo define como el  temor injustificado  ante animales, seres o situaciones.  Aparece la inhibición de la acción y a menudo  la representación.

Para Freud son síndromes que toman parte en diversas  neurósis (y no tiene autonomía como sostuvimos al comienzo del presente estudio). Es, sobre todo, la neurosis normal de la infancia.

El síntoma fóbico es un mecanismo de defensa que provoca el  desplazamiento de la angustia. El objeto fóbico tiene un valor sustitutivo (disfraz simbólico).

Existe una diversidad de objetos y situaciones fobígenas (miedo a oscuridad, truenos, animales, ataques, movimientos, etc.) importa tener en cuenta la organización yoica (ver infra, característica de la Neurosis infantil. Ajuriaguerra) y sus defensas(es decir, sí las quejas pueden ser superadas o no).

El niño evita o elabora formulas conjuratorias para protegerse o elaborar la angustia, gracias al  juego simbólico, donde vuelve activo una situación  vivida pasivamente.

Intentaremos ahora, caracterizar el mecanismo de la organización fóbica.

 

 

 

 

 

Freud y el caso Juanito.

 

 

 

 

 

Juanito es un chico presenta fobia a los caballos, con miedo a salir a la calle y temor de que el caballo entre a su pieza. El temor real era a ser mordido por el caballo. La fobia, en éste caso, se debía a la represión libidinal debido a  prohibiciones de los padres, lo cual  provoca angustia que se fija sobre  el objeto fobígeno (caballo). Este desplazamiento tiene dos ventajas: ahorra conflicto  porque el padre es amado y temido y es reemplazado por un animal que al ser evitado lo libera de la angustia.

Sin embargo, el giro de los años veinte obliga a reconsiderar la temática: “Los contenidos  de la angustia-ser mordido por el caballo (…)- son desfiguraciones del miedo a ser castrado  por el padre. Es éste contenido de la angustia el que ha sufrido la represión. Pero la angustia de la fobia no deriva  de la represión, sino de los factores represivos mismos: el temor ansioso en la zoofobia es el temor a la castración. Es una angustia real, peligro inmanejable y verdaderamente amenazador o juzgado como tal. Aquí, es la angustia la que produce la represión y no al revés. La angustia nunca nace de la libido reprimida” (Freud, Caso Juanito). Freud demuestra sí, como sostienen De Ajuriaguerra, Lebovici, A. Freud, y Lang, que la Neurósis Infantil  es la primera inscripción de lo que luego constituirá las “neurósis de transferencia del adulto. La neurosis infantil remite  a los fantasmas inconscientes del adulto y su  historia  tal como es reconstruida permanentemente. (reinscripciones retrospectivas a posteriores permanentes).

 Una puntualización importante es que, las fobias  pueden  preceder a la aparición de una Neurósis obsesiva o ser el primer signo de una psicósis infantil. Más adelante caracterizaremos la Neurósis obsesiva en el niño  y su relación con la Neurosis infantil.

 

 

Las obsesiones:

 

 

Lo que sostuvimos para  la histeria infantil es también válida para la neurosis obsesiva en el niño. Recién  en la etapa de latencia es posible vislumbrar verdaderos síntomas al consolidarse las defensas y en la adolescencia. La edad de comienzo es de 7 años más o menos. Se habla de manifestaciones obsesivas  durante el desarrollo normal, que posibilita una estructuración del yo: le otorga límites, diferenciación, por oposición al objeto  indiferenciado  o anaclíticos.

Las obsesiones nos hablan de un sujeto  asediado (por ideas obsesivas) y con apremios compulsivos. Los síntomas característicos son:

      ideas obsesivas como  temores  respecto de seres queridos.

      rituales al acostarse, verificar juguetes, cosas (repetitivas).

      dudas sobre el amor de los padres, eticidad, escrúpulos.

      perfeccionismo, intelectualización, racionalización

      conciencia de enfermedad

      actos compulsivos como: manía de lavado, orden, necesidad de control, aislamiento

      es típico la inhibición, los impedimentos, temores a cometer actos y lucha ansiosa por evitarlo.

      rasgos de carácter.

Para Ana Freud  los ritos y ceremoniales  no tienen carácter de síntomas obsesivos si no se acompaña de regresión (pregenital por angustia de castración).También como ya dijimos respecto de la histeria, la Neurósis obsesiva  supone instancias constituidas. Además, en la latencia, normalmente, aparecen rasgos obsesivos y es cuando se consolida el síndrome (obsesión patológica). Otro momento de aparición puede ser la adolescencia.

El rasgo distintivo de la neurósis obsesiva es que el sentido de realidad no se deteriora ante la irrupción de fantasías, pánico o ansiedad.

Para Lebovici y Diatkine las obsesiones edípicas reflejan solo las primeras estructuraciones yoicas (ritos y ceremoniales) tal como afirma Ana Freud.

Otra cuestión importante es que pueden existir pasajes de manifestaciones fóbicas a obsesivas (ver infra, Fobias como primera manifestación previa a la neurósis obsesiva).

Para S. Freud  la neurósis obsesiva es resultado de la regresión libidinal  a puntos de fijación sádico-anal, tras experiencias amenazante a nivel fálico. Emergen así, impulsos, fantasías sexuales agresivas, angustia, culpa y defensas  como la formación reactiva (que mantiene la represión en la neurósis obsesiva) aislamiento, anulación, intelectualización y racionalización. El síntoma y su formación, implica la frustración o privación, la regresión a puntos  de fijación, el retorno de lo reprimido, fracaso defensivo y síntomas sustitutivos. En esto existen coincidencias con los autores precedentes.

Para Melanie Klein la N.O. del niño tiene por finalidad curar el estado psicótico (esquizoparanoide normal y depresiva) y su gravedad es correlativa  de la ansiedad esquizoparanoide de base y  su intensidad.

Otra cuestión radica en que, ciertos rasgos obsesivos (preocupaciones metafísicas, moralidad, culpas, etc.,) son manifestaciones normales y transitorias de la adolescencia normal. Aunque pueden cronificarse y evolucionar hacia la N.O adulta. Es decir, los síntomas obsesivos como defensas ante la angustia despertada por la metamorfosis adolescente.

 Por lo tanto y habiendo realizado el raconto de las diversas posturas respecto de la Neurósis del niño y la Neurósis infantil, vamos a intentar despejar  la especificidad de la Neurósis infantil. Para ello, nos apoyaremos sobre todo en los aportes Freudianos y Lacanianos,  es decir, dando prevalencia  al proceso de  estructuración subjetiva.

Habíamos visto que, para Freud, los síntomas de la N.O  estaban ligados a un momento del desarrollo, al pasaje por el Edipo y el complejo de castración. Sobre todo, Freud  solicita síntomas específicos y la causalidad ligada a lo sexual. De ahí las series complementarias como fórmula etiológicas: un factor interno, endógeno, como constitución sexual y predisposición por fijación.

 

Otro factor, externo, exógeno, traumas, privación o frustración. Más el conflicto psíquico.

El camino de la formación de síntomas va de la frustración, privación, introversión libidinal, cargas de fantasías, conflicto actual, regresión, represión, y retorno de lo reprimido como síntomas sustitutivos.

La regresión potencia vivencias infantiles. Pero, y esto es lo especifico:

tal regresión no ocurre en el caso del niño. Debemos recordar que  tanto para Ana Freud, Lebovici, Diatkine, De Ajuriaguerra, ésta regresión implica la “Neurósis en la infancia” (y es la neurósis patológica).

Entonces, como no hay regresión, las vivencias pulsionales son directas y los síntomas son consecuencia directa de las vivencias traumáticas.

En cambio, en la  neurósis patológica posedipiana  hay regresión, conjugándose el punto de fijación y el factor accidental, activando recuerdos infantiles. Tales vicisitudes de la sexualidad infantil la hacen esencialmente traumática, aunque no estamos hablando de acontecimiento desgraciado, doloroso o impresionante, sino del exceso estructural frente  al cual el sujeto no tiene prevención posible (energía libre y flotante) que la  neurosis buscará tramitar.

Entonces, para ir concluyendo, la neurósis infantil como actual, no refiere a la falta de elaboración psíquica de la energía sexual (neurósis actual) sino a una  neurósis en curso, como transito fundante del sujeto. No hay rememoración de lo ocurrido, transcurriendo en la actualidad transferencial como construcción.

Hay un despliegue de la significación fálica que no  implica el pasado como causa.

La histeria de angustia constituye así  la neurósis  de la infancia. Lo traumático de la sexualidad aparece como peligro de castración, articulando así, represión, sexualidad y Edipo. Tal articulación permitirá al sujeto anticipar la situación traumática (exigencia pulsional) como  angustia de castración. Posibilitando la defensa y su fracaso (síntomas).

Según lo anterior, la fobia permite nombrar la angustia como miedo metaforizado y extendiendo una red  significativa mítica. Así, la Neurósis infantil es una operación sobre el deseo que implica el paso de ser falo de la madre a la asunción de la castración. Dejar de serlo para tenerlo. La operación edípica metaforiza el deseo materno e inscribe la castración en el campo del inconsciente dando una significación fundada como ficción. Gracias a ésta inscripción, el sujeto se representa  y asume simbolicamente su sexo.

 La neurósis infantil se revela así  como apoyatura de la función paterna fallida por estructura (recordemos el padre de Juanito).

Pero en ésto surge un interrogante fundamental: de si los modelos evolutivos  pueden dar testimonio de ésta operación o estamos  hablando de un momento lógico de constitución subjetiva.

 Habíamos visto que Lebovici distinguía la neurósis del niño como conflicto patológico temporal, momentáneo. También Ana Freud nos habla de éste pasaje y sosteniendo que para que exista neurósis patológica debe existir regresión, lo que supone ésta  inscripción previa de la neurosis infantil gracias a la castración que la hace funcionar retroactivamente como represión primaria previa amnesia. También  De Ajuriaguerra distingue el pasaje estructurante y las neurósis sintomática de la latencia. Entonces y como conclusión final, creemos haber diferenciado los diversos aportes respecto de la neurósis infantil y la neurósis del niño. Creemos que la más consecuente respecto de “lo infantil”  en psicoanálisis es la propuesta  Freudiana y Lacaniana.

Entonces, en Freud, la neurosis infantil alude a la causa de las neurosis.

Por esto debemos diferenciar entre neurosis  infantil y neurosis en la infancia. Principalmente, a neurosis en la infancia alude al aspecto  clínico, a la emergencia de síntomas fóbicas por ejemplo.

A todo lo interior, a saber que la neurosis en la   infancia como una metáfora sintomática congelada, la dirección de la cura se justifica desde una intervención que permite el “descongelamiento”   de la posición del niño en la estructura.

Las intervenciones sobre la transferencia  deben buscar el  reposicionamiento  del niño en el discurso familiar a través de la metáfora paterna  y la   castración simbólica. La escucha debe apuntar a captar el decir del niño en su proceso de  mitificación  fundante, que nosotros leemos   como separación,  desalienación del deseo del Otro  primordial  y la asunción de las insignias paternas. Apuntamos a la ubicación del niño en un linaje simbólico y la asunción de la  castración  como destino inevitable en el pasaje de ser el falo  al dejar  de  serlo para tenerlo.

Con todo, la neurosis fóbica consiste en una pregunta por el ser y por el deseo del Otro. Proceso que  concluye  en la constitución  del sujeto del inconsciente, el deseo, la identidad, etc. Implica un pasaje por la ley del padre como    representante de la cultura  y lo simbólico para desembocar en un “más allá del padre” según la teoría del significante.

 

 

 

 

Conclusión

 

 

 

 

El psicoanálisis de niños plantea la necesidad de ubicar el lugar del niño en el deseo del Otro, entrever la  dirección de la cura en su verdadero sentido. Todo debe  apuntar a la constitución de un sujeto cuestionado en su  estatuto   de “parletre”, es decir, hacia un sujeto en constitución.

La hipótesis básica: que los síntomas emergen como producto del obstáculo para la constitución y estabilización subjetiva del niño.

Las intervenciones deben  cuestionar la relación madre – niño, porque como decía Freud, entre las  faltas esenciales de la mujer está incluido el falo, lo que lleva a un vínculo demasiado adecuado a nivel de lo imaginario. La madre encuentra en le niño un punto de calma en su vacío subjetivo, en algo que sutura su necesidad de  falo y esto  lleva a comprometer el devenir simbólico del niño. De ahí la angustia y los síntomas resultantes.

El niño ocupa y puede ocupar diferentes lugares en la estructura: como síntoma de la neurosis familiar, lo cual extiende el campo de intervención del analista, o, como objeto del fantasma del deseo materno.

Existen problemas de aprendizaje, de conducta, etc., donde el foco del psicoanalista debe ser la  dificultad  para la constitución subjetiva del niño. Los ámbitos de la demanda pueden ser la escuela, el jardín o la familia, pero lo crucial es que el niño busca  solucionar la angustia, la falta de  falta, como intento de salida de la órbita materna. Es decir el síntoma en el niño constituye un llamado al nombre del padre, en el sentido de un llamado a la inscripción de la función paterna inscripta en el inconsciente o en vías de su constitución

Si el problema consiste en una  enuresis o una encoprésis, los síntomas adquieren sentido como producto de la posición del niño en el discurso del Otro.

La dificultad en la constitución subjetiva, la constitución de un “si mismo” unificante, requiere de la operación simbólica del Nombre del Padre que obligue a la madre a reprimir su deseo de   falo y al niño sus deseos incestuosos.

Esto indica que el objetivo del análisis radica en posibilitar o facilitar la castración  simbólica, la constitución de un Yo y un sujeto del Inconsciente, lo cual  es solidario de la  relativización  del Otro materno y de la función paterna fallida.            

Recordamos  a un Juanito amenazado  ante la  ruptura de su  “premisa  lógica universal del pene” y su angustia  ante la falta de un padre que le otorgue un lugar en el conjunto de los “no todos”.

En otras palabras, un deseo materno no  limitado por el toque de la ley paterna, lleva a la búsqueda de un objeto de sutura, lo que ubica al niño en la fórmula de la angustia y los intentos de salida a través de síntomas como la fobia, enuresis, etc.

La dificultad  para la separación del Otro, lleva a perturbar a nivel del imaginario, lo que explica las dificultades de adaptación, funcionales o en el establecimiento del lazo social. Precisamente debemos   barrar  el desarrollo evolutivo y las   fijaciones, puesto que lo que se desarrolla y torna  disfuncional o sintomática son las funciones del YO (el pensamiento, la inteligencia, la función corporal, etc.), pero el sujeto no se desarrolla. Con esto, marcamos una línea divisoria entre el evolucionismo psicológico y el enfoque estructural, que desarrollaremos en forma más detallada.

Para dar un ejemplo de la importancia de la cadena simbólica y la posición subjetiva en la estructura, observamos el desmantelamiento sensorial que ocurre en niños autistas cuando falla la metáfora paterna o la función fundante del Otro primordial. Con esto, sentamos la importancia simbólica del Otro y no puramente imaginaria, como ocurre en los animales.

Otro eje a considerar es lo que Lacan diferenció como la no-instauración  de la distancia entre la identificación con el ideal del Yo y la parte tomada del deseo materno, lo cual está asegurada con la función paterna. Esto angustia al niño como objeto de goce del Otro.

Desde el “Grafo del Deseo”, el   “infans”  se encontró con un A (Otro), lo simbólico y quedó capturado en el deseo del Otro. Pero, la asunción de la subjetividad depende de si trasciende el primer  piso del Grafo, lo que se  supedita a la pregunta por el deseo del Otro y su  relativización (A barrado). Es este paso crucial lo que debemos considerar  en la dirección de la cura en psicoanálisis de niños.

También debemos, considerar la dialéctica  del deseo y la demanda. En los casos de  alteraciones psicopatológicas del niño, todo intento deseante del niño es intervenido por la madre, la madre impide la demanda, lo cual congela la  metonimia del deseo en una metáfora sintomática congelada. El niño deviene  en “objeto a” de puro  goce y  hasta el  registro  imaginario si compromete. Su cuerpo, sus funciones  intelectuales sufren alteraciones.

 ¿Cuál es el lugar del   analista?

 

Su lugar no debe ser el eje a – a" ni tampoco del “Otro que sabe” porque esto llevaría a evidenciar el temor de los padres: es decir, de parte de los padres, ser replanteado en sus funciones como  fallidas, lo cual puede comprometer la dirección de la cura.

El lugar del analista debe ser el  de “semblante del objeto (a)”. Esto no quita su estatuto de semejante(a)  o del Otro que sabe (SsS) para los padres. Más adelante analizamos en detalle esta cuestión.

De acuerdo con lo dicho, las intervenciones deben apuntar a la vacilación del deseo materno, consistente en  reducir al niño a objeto  de un deseo insaciable. Se debe considerar el eje imaginario y esto sin desconsiderar lo simbólico. Es decir, si ponemos el cuerpo del niño del lado de lo imaginario y si constituye un apéndice del cuerpo materno o si el niño posee un cuerpo propio, unificado y consiste.  Esto constituye la estabilización imaginaria vía  Nombre del. Padre y castración simbólica. Porque, el intercambio simbólico sitúa al Yo en función del otro chico(a), es decir, el surgimiento de la identidad gracias a la identificación. Para esto, volvemos a hablar del Ideal del Yo  como  unificante  de las identificaciones.

¿Cómo sale el niño de su lugar de objeto del deseo materno?

Para que el niño asuma su subjetividad, debe poder hacer de semblante de objeto, o mejor, poder captar que está en el lugar de otra cosa, es decir, en el lugar del  falo imaginario.

Para pasar al estatuto de   falo simbólico, dependerá de que la madre quede borrada, es decir, que pueda salir del lugar de narcisismo y la omnipotencia.

 

 

 

Bibliografía

 

      Freud, Sigmund. Obras Completas.

      Jacques Lacan, Dos notas sobre el niño. En “intervenciones y textos 1 y 2, Editorial Manantial, 1989.

      Jacques Lacan, Seminario 4: Las relaciones de objeto. Editorial Granica 1995.

      Jacques Lacan, Escritos I y II, Siglo XXI, 1988.

      Laurent y Otros, ¿Cómo se analiza hoy?. El psicoanálisis con niños. Manantial 1984.

      Silvestre, Michel, Mañana el psicoanálisis. Manantial, 1991.

      Maud Mannoní, La primera entrevista con el psicoanalista, Granica, 1988.

      Rabinovich, Diana, Modos lógicos del amor de transferencia.

      Diccionario de psicoanálisis, Laplanche-Pontalis, Labor. 1987.

      Serge Cottet, Freud y el deseo del psicoanalista, En “Hacia el tercer encuentro del campo freudiano”. 1984.

      Nasio, David, Enseñanza de cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Edit. Gedisa, 1990

      Idem, Cómo trabaja un psicoanalista, edit. Gedisa. 2000.

      Lang, J.L: Segunda parte. Estudios clínicos y teóricos Capitulo 3: Estructuras pre-neuróticas y neuróticas.

      Ajuriaguerra  de, J. Capitulo XVIII: Las organizaciones neuróticas en el niño (Página 607), Capitulo XXIII: El niño y la escuela (pág. 821).

      Burszteng, Claude y Danios-Grilliast, Anne (1995): Neurósis y trastornos neuróticos en el niño.

      DSM IV: Trastornos de inicio en la infancia, la niñez y adolescencia(pág. 116-128)

      Lebovici, S: La obra de Ana Freud

      Lebovici, S: Las histerias en el niño y el adolescente. Tomo III: Capitulo VI( separata)

      Diatkine, R: Las fobias infantiles y algunas otras formas de ansiedad infantil Capitulo VII.

      Diatkine G: Obsesiones y neurósis obsesivas en el niño. Tomo III . Cap: VIII.

 

 

 

 

 

 

Índice:

 

Esquema del psicoanálisis adulto y del niño………………1

Introducción………………………………………………2

La regla fundamental………………………………….…..5

Neutralidad analítica……………………….…………..….6

Transferencia…………………………….…………….….9

Contratransferencia…………………………………...….11

Dirección de la cura…………………..………………..…12

La resistencia……………………………………….…….13

La interpretación…………………...………………..……15

Construcciones………………………..……………..……16

La dirección de la cura y los principios de su poder……….17

Del psicoanálisis adulto al psicoanálisis del niño……….....19

El psicoanálisis posfreudiano…………………….………..22

Construcciones en análisis……………………………..….24

La dirección de la cura……………………………….……26

El lugar del analista…………………………….………….29

El diagnóstico en cuestión………………….…………..…31

El encuentro con el niño…………………….………..…..34

El sentido del síntoma……………………………..…..….36

La cuestión de la transferencia………………..…….…….40

¿Cuál es el lugar de la familia en psicoanálisis del niño?......41

¿Qué lugar para el analista?....................................................42

Intervenciones sobre la transferencia…………..…..……..44

¿Fin de análisis?......................................................................46

Técnico y estilo……………………………………………48

La dirección de la cura…………………………………….50

Una cuestión fundamental…………………….……….….51

Las estructuras neuróticas en el niño…………………..….52

Freud y Juanito…………………………………….…..….56

Conclusiones…………………………………………..….64

Bibliografía……………………………………………..…68

Índice………………………………………………….….70

 

 

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