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Eugenia de Franval por Marques de Sade - muestra HTML

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EUGENIA DE FRANVAL

Historia trágica

D. A. F. Marqués de Sade

(Colaboraron en la revisión de este texto: Marta Sancho, Raquel Sandoz, Loreto

Paredes y Héctor Montecino)

(c) Proyecto Espartaco 2000 – 2001

(http://www.espartaco.cjb.net)

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El único motivo que nos mueve a escribir esta historia es la instrucción de la humanidad y el mejoramiento de su modo de vida. Es de desear que todos los lectores descubran el enorme peligro que siempre corren aquellos que hacen lo que quieren para satisfacer sus deseos. Que puedan convencerse que la buena crianza, las riquezas, el talento y las dotes naturales sólo sirven para desviar al individuo cuando la limitación, la buena conducta, la sabiduría y la modestia no están allí para sostenerlos o utilizarlos de la mejor manera: éstas son las verdades que vamos a llevar a la acción. Que no sean perdonados los detalles poco naturales del horrible delito que nos veremos obligados a relatar; ¿acaso es posible que estas desviaciones sean detestables si uno tiene la valentía de presentarlas abiertamente?

Es raro que en un mismo ser todo armonice para conducirlo a la prosperidad; si ha sido favorecido por la naturaleza, la fortuna le niega sus dones; si la fortuna es liberal con sus favores, la naturaleza lo trata mal; pareciera que la mano del Cielo deseara mostrarnos que en cada individuo, como en sus acciones más sublimes, las leyes del equilibrio son las primeras del Universo, las que simultáneamente regulan todo lo que pasa, todo lo que vegeta y respira.

Franval, que vivía en París, donde había nacido, poseía, además de una renta de 400.000 libras, la más hermosa figura, el rostro más agradable y los más variados talentos; pero por debajo de este exterior atractivo yacían ocultos todos los vicios, y lamentablemente aquellos cuya adopción e indulgencia habitual conducen tan rápidamente al delito. La imaginación más libre que nadie pudiera detallar era el primer defecto de Franval; hombres de su calidad no se enmiendan, la declinación del poder los empeora; cuanto menos puedan hacer, tanto más emprenden; cuanto menos logran, tanto más inventan; cada edad acarrea nuevas ideas, y la saciedad, lejos de enfriar su ardor, sólo prepara el camino para refinamientos más fatales.

Como decíamos, Franval poseía en cantidad todas las amenidades de la juventud, todos los talentos que la realzan, pero puesto que mostraba el mayor desdén por las obligaciones morales y religiosas, fue imposible que sus tutores le hicieran adoptar ninguno de ellos.

En un siglo en que los libros más peligrosos están en manos de los niños como en las de sus padres y maestros, cuando la temeridad de la contumacia se considera filosofía, la falta de creencia, fortaleza y la licencia, imaginación, el ingenio del joven Franval era recibido con risa, poco después se lo reprendía por el mismo, y finalmente se lo elogiaba. El padre de Franval, gran partidario del ergotismo de moda, era el primero en impulsar a su hijo para que pensara seriamente en estos asuntos; él mismo le facilitaba todos los trabajos que pudieran corromperlo más rápidamente; ¿qué maestro 3

hubiera osado, después de esto, inculcarle principios diferentes a los de la casa donde estaba obligarlo a agradar?

Pero Franval perdió a sus padres cuando todavía era muy joven, y a la edad de diecinueve años un viejo tío, quien murió poco después, le asignó al arreglar su casamiento, todas las posesiones que algún día iban a pertenecerle.

Monsieur de Franval, con semejante fortuna, pronto encontraría una esposa; un número infinito de candidatas se presentó personalmente, pero puesto que él solicitó al tío de entregarle solamente un niña más joven que él, y con la menor cantidad posible de gente que la rodeara, el anciano pariente, para satisfacer a su sobrino, hizo recaer su elección sobre cierta mademoiselle de Farneille, hija de un financista, quien sólo tenía su madre, todavía joven, pero con 60.000 libras de renta; la niña tenía quince años y poseía la más deliciosa fisonomía de París en aquel tiempo... uno de esos rostros virginales, en los que la inocencia y el encanto se funden en los trazos delicados del amor y las gracias... delgado cabello rubio flotaba hasta más abajo de su cintura, enormes ojos azules que expresaban ternura y modestia, una figura estilizada, flexible y grácil, con una piel color de lila y la frescura de la. rosas, talentosa, de vívida imaginación, pero con cierto aire de tristeza, algo de esa suave melancolía que lleva al amor por los libros y la soledad; atributos éstos que la naturaleza sólo parece otorgar a los individuos a quienes su mano conduce a la desdicha, como para hacerla menos amarga, a través de la sobria y emocionante voluptuosidad que ellos experimentan al sentirla, y que los hace preferir las lágrimas al goce frívolo de la felicidad, mucho menos efectivo y penetrante.

Madame de Farneille, quien contaba con treinta y dos años cuando su hija casó, también era espiritual y atractiva, pero quizá demasiado reservada y severa; puesto que ansiaba la felicidad de su única hija, consultó a París entero acerca de esta unión; y dado que ya no tenía parientes y sus únicos consejeros eran algunos de los viejos amigos para quienes todo era indiferente, la gente la convenció de que el joven que se ofrecía a su hija, era, sin lugar a dudas el mejor que podría encontrar en París, y que cometería una locura imperdonable si no consentía la unión; por lo tanto ésta se celebró, y los jóvenes, que eran lo suficientemente ricos para tener su propia casa, se instalaron en ella de inmediato.

En el corazón del joven Franval no había cabida para los vicios de la frivolidad, es decir, el desasosiego y la estupidez que impiden que un hombre se desarrolle plenamente antes de los treinta años. Se conocía a sí mismo perfectamente, gustaba del orden y era perfectamente capaz de llevar adelante una casa. Franval poseía todas las cualidades necesarias para este aspecto del placer de la vida. Sus vicios, de una especie totalmente diferente eran antes bien los errores de la madurez que la incoherencia de la juventud...

astucia, intriga..., malicia, bajeza, egoísmo, mucha diplomacia y ardid, mientras que todo estaba oculto no sólo por las gracias y talentos ya mencionados sino también por la 4

elocuencia, el ingenio infinito y por el aspecto exterior más seductor. Este es el hombre que vamos a estudiar.

Mademoiselle de Farneille, quien, de acuerdo con la usanza, sólo había conocido a su marido a lo sumo un mes antes de atarse a él, engañada por su falso brillo, había quedado prendada con él; los días no eran lo suficientemente largos para el placer de contemplarlo, lo idolatraba, y las cosas habían llegado a alcanzar el punto en que la gente hubiera temido por esta joven persona si algún obstáculo se hubiera interpuesto entre ella y el casamiento, en el que ella decía encontrar la única felicidad de la vida.

En cuanto a Franval, tenía ideas filosóficas acerca de las mujeres, como acerca de todas las cosas de la vida, y consideró a esta exquisita persona con absoluta frialdad.

“La mujer que nos pertenece – solía decir –, es una especie de individuo a quien la costumbre ha subordinado a nosotros; debe ser gentil y sumisa... muy recatada, no es que me lleguen los prejuicios de la deshonra que una mujer puede traernos cuando imita nuestra licencia, pero a uno no le agrada la idea de ver que alguien contemple la remoción de nuestros derechos; todo el resto es inmaterial y no agrega nada a la felicidad.”

Cuando un marido piensa de esta suerte, es fácil profetizar que no son precisamente rosas las que se reservan a la desdichada niña que se une a él.

Madame de Franval, honorable, sensible y bien educada, se anticipaba por amor a los deseos del único hombre en el mundo que la ocupara; llevó las cadenas durante los primeros años sin sospechar su esclavitud, no le resultaba difícil ver que sólo estaba sembrando en el campo del matrimonio, pero era muy feliz con lo que le daban, y sus únicos cuidados y mejores atenciones tenían por finalidad que durante los breves momentos concedidos a su afecto, Franval pudiera por lo menos encontrar todo lo que ella consideraba necesario para la felicidad de su amado esposo.

La mejor prueba de todas, sin embargo, que Franval no excluyó de sus obligaciones, fue que durante el primer año de matrimonio su mujer, que entonces tenía dieciséis años, dio a luz una niña más hermosa aún que su madre, y a quien su padre llamó, de inmediato... Eugenia, simultáneamente horror y milagro de la naturaleza, Monsieur de Franval, quien, tan pronto como la niña nació, trazó sin duda sobre ella los más detestables designios, la separó inmediatamente de su madre. Hasta la edad de siete años, Eugenia fue confiada a los cuidados de mujeres de quienes Franval estaba seguro, que limitaron su dedicación a formar una buena complexión y enseñarle a leer, tuvieron buen cuidado de no darle conocimientos de religión o principios morales, acerca de los cuales, una niña de su edad debe ser instruida.

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Madame de Farneille y su hija, muy sorprendidas por esta conducta, se la reprocharon a Monsieur de Franval; él respondió flemáticamente que puesto que sus planes eran hacer feliz a su hija, no quería forzarla con fantasías que sólo logran atemorizar a la gente sin serles útiles; que una cuya única necesidad era aprender a agradar, podía prescindir de esas tonterías, cuya existencia imaginaria, al perturbar la calma de su vida, no le daría ninguna verdad moral adicional ni gracia física. Tales observaciones provocaron enorme desagrado en madame de Farneille, quien, al mismo tiempo que se alejaba de los placeres de este mundo, pensaba cada vez más en el paraíso. La devoción es una debilidad que depende de la edad y la salud. Cuando las pasiones se hallan en su cumbre, el futuro que uno cree muy distante generalmente no preocupa, pero cuando su lengua es menos viva, cuando nos acercamos al final... cuando todos nos abandona, volvemos a refugiarnos en el seno de Dios que oímos mencionar en la niñez, y, si de acuerdo con los filósofos estas últimas ilusiones son tan fantásticas como las otras, por lo menos, no son tan peligrosas.

Como la suegra de Franval ya no tenía parientes, poca reputación, y a lo sumo, como ya dijimos, unos pocos amigos casuales... quienes evitaban asumir responsabilidades si se los ponía a prueba, al tener que luchar en contra de un yerno joven y bien ubicado, imaginó sensatamente que era más simple mantener las apariencias que tomar medidas estrictas con un hombre que arruinaría a la madre y encerraría a la hija si se atrevían a enfrentarlo; madame de Franval sólo aventuró unas pocas observaciones y guardó silencio cuando vio que con esto no lograba nada.

Franval, seguro de su superioridad, al ver que era temido, pronto renunció a todos los escrúpulos en lo concerniente a todo, y a la vez que se contentaba con algunas reticencias, simplemente a causa del público, se encaminó directamente a su horrible objetivo.

Tan pronto como Eugenia tuvo siete años, Franval la llevó a su mujer, y esta madre amante, que no había visto a la niña desde que la había puesto en el mundo, al no poder llenarla de caricias, la retuvo dos horas apretada contra su pecho, cubriéndola de besos y bañándola con sus lágrimas. Quería saber qué talentos poseía, pero Eugenia no tenía ninguno salvo leer de corrido, una salud robusta y ser angelicalmente hermosa.

Madame de Franval volvió a sumirse en la desesperación al darse cuenta que era verdad que su hija no tenía la menor idea de los primeros principios religiosos.

“¿Qué es esto, señor? – le dijo a su marido –, acaso la estáis formando sólo para este mundo? ¿No os dignaréis reflexionar que sólo vivirá en él por un momento, como nosotros, y luego se sumergirá en la eternidad, que será sin duda fatal si la priváis de aquello que pueda hacerle gozar allí de un destino feliz a los pies del Ser que le dio la vida?”

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“Si Eugenia nada sabe, madame – contestó Franval –, si estas máximas se le ocultan cuidadosamente, no podría ser infeliz; puesto que si son verdaderas, el Ser Supremo es demasiado justo como para castigarla por su ignorancia, y si son falsas,

¿para qué mencionárselas? En cuanto a las otras necesidades de su educación, tened confianza en mí, os lo ruego; a partir de hoy seré su maestro y, os aseguro que dentro de pocos años, vuestra hija habrá dejado atrás a los niños de su edad.” Madame de Franval trató de insistir invocando la elocuencia del corazón para que apoyara a la de la razón, mientras derramaba algunas lágrimas; pero Franval, que no se dejaba conmover, ni tan siquiera pareció notarlas; hizo que retiraran a Eugenia y dijo a su esposa que si de alguna manera consideraba contraproducente la educación que él esperaba dar a su hija, o si le sugería principios diferentes a aquellos que él se había propuesto inculcarle, la privaría del poder de ver a la niña, y enviaría a ésta a uno de sus castillos del que nunca volvería a salir. Madame de Franval que se había acostumbrado a la sumisión, guardó silencio, imploró a su marido que no la separara de tan preciado tesoro, y prometió, mientras lloraba, no inmiscuirse en forma alguna en la educación que se le estaba preparando.

A partir de ese momento, mademoiselle de Franval fue ubicada en una hermosa dependencia contigua a la de su padre, con una gobernanta muy inteligente, una subgobernanta, una camarera y dos niñas de su edad, quienes estaban allí sólo para solaz. Se le pusieron maestros de escritura, dibujo, poesía, historia natural, declamación, geografía, astronomía, anatomía, griego, inglés, alemán, italiano, junto con instructores para el manejo de armas, baile, equitación y música Eugenia se levantaba todos los días a la siete de la mañana; cualquiera fuera la estación corría por el jardín mientras comía un enorme trozo de pan de centeno, que formaba su desayuno; entraba a las ocho, pasaba un momento en la dependencia de su padre. mientras éste jugaba con ella o le enseñaba algunos juegos de sociedad; hasta las nueve se preparaba para el trabajo; a esa hora llegaba el primer maestro y recibía a otros cinco antes de las dos de la tarde. Comía por separado con sus dos amigas y la principal gobernanta. La comida consistía de verduras, pescado, pasteles y frutas, nunca carne, sopa, vino, licores o café Desde las tres hasta las cuatro, Eugenia volvía a salir al jardín para jugar una hora con sus amiguitas, jugaban juntas al tenis, juegos de pelota, de bolos, de raqueta y volante, o a las carreras; usaban ropa cómoda según la estación; nada apretaba sus cinturas, nunca se ceñían con esos ridículos corsés, que son tan perjudiciales para el estómago como para el pecho, y que al obstaculizar la respiración de una persona joven terminan por dañar los pulmones. De cuatro a seis mademoiselle de Franval recibía más maestros; y como no todos podían hacer su aparición en veinticuatro horas, los restantes venían en el día siguiente. Tres veces por semana, Eugenia iba al teatro con su padre; se sentaba en una caja emparrillada que le alquilaban por todo el año. A las nueve regresaba a la casa y cenaba sólo frutas y verduras. De diez a once, cuatro veces por semana, Eugenia jugaba con las mujeres, leía algunas novelas y luego se acostaba. Los otros tres días, cuando Franval no cenaba afuera, Eugenia iba a su dependencia y empleaba el tiempo en lo que Franval denominaba sus “lecturas”. Durante este tiempo, él le inculcaba a la niña sus máximas 7

sobre moral y religión; por un lado le mostraba lo que algunas personas pensaban sobre estos asuntos y por otro le exponía lo que él aceptaba personalmente.

Como tenía mucho ingenio, una inteligencia vivaz y pasiones despiertas, es fácil juzgar el progreso que tales ideas tuvieron en la mente de Eugenia; pero como el objeto del indigno Franval no era solamente fortalecer la mente, sus lecturas rara vez terminaban sin despertar las emociones; y este hombre horrible había descubierto con tanta habilidad los medios de complacer a su hija, la seducía con tanto arte, tan imprescindible se hacía en su instrucción y recreo, con tanto ardor se anticipaba a todo lo que pudiera complacerla, que Eugenia, en medio de los más brillantes círculos, no encontraba a nadie tan atractivo como su padre, y aún antes que este último se explicara, la inocente y débil criatura había acumulado en su joven corazón todos los sentimientos de amor, gratitud y afecto, que necesariamente deben conducir al más ardiente deseo; para ella, Franval era el único hombre en el mundo, sólo distinguía a él, se rebelaba ante la idea de que algo pudiera separarla de él, le hubiera dado no sólo su honor, sus encantos – puesto que estos sacrificios hubieran parecido demasiado leves para el conmovedor objeto de su idolatría – sino también su sangre, hasta su vida, si este tierno compañero de su alma lo hubiera pedido.

No era éste el caso en cuanto concernía a los sentimientos de mademoiselle de Franval para con su digna y desdichada madre. Astutamente su padre le dijo que madame de Franval, al ser su esposa, le exigía mucha atención, lo cual hacía a veces imposible que él pudiera hacer por su querida Eugenia todo lo que sus sentimientos le dictaban; había descubierto el secreto de inculcar en el corazón de la joven mucho más odio y celo que los respetables y afectuosos sentimientos que podía despertar madre semejante.

“Amigo mío, hermano mío – solía decir Eugenia a su padre, quien no quería que su hija empleara otras expresiones para con él –, ...esa mujer a quien llamáis vuestra esposa, esa criatura, quien, según vos, me trajo al mundo, debe ser muy exigente, puesto que al quereros siempre a su lado, me priva de la felicidad de pasar mi vida con vos... Lo veo claramente, la preferís a vuestra Eugenia. Por lo que a mí respecta, nunca amaré nada que aparte de mi vuestro corazón.”

“Mi querida amiga – contestaba Franval –, no, nadie en el mundo logrará adquirir derechos tan poderosos como los vuestros; los lazos que existen entre esa mujer y vuestro mejor amigo son la consecuencia de la costumbre y las convenciones sociales; los observo a la luz filosófica, y nunca lograrán afectar a los que nos unen... siempre seréis la preferida, Eugenia; seréis el ángel y la luz de mis días, el núcleo de mi alma y el propósito de mi existencia.”

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"¡Oh, cuán dulces son esas palabras! – contestaba Eugenia –, repetidlas a, menudo, amigo mío... Si supierais cuán placenteras son para mí vuestras manifestaciones de ternura.”

Tomaba la mano de Franval y la apretaba contra su corazón.

“Sí, sí, las siento todas aquí” – proseguía.

“Vuestras tiernas caricias me lo confirman” – agregaba Franval, mientras la tomaba entre sus brazos... Y de esta forma, sin el menor remordimiento, el traidor completaba la seducción de la desgraciada niña.

Sin embargo, Eugenia llegaba ya a su decimocuarto año, el momento en que Franval deseaba consumar su crimen. Y así lo hizo. ¡Estremezcámonos!

En el mismo día en que llegó a esta edad o mejor dicho, cuando completó su

décimo cuarto año, ambos estaban en el campo, sin parientes presentes ni nadie q«e los

molestara. Aquel día, el Conde, habiendo hecho vestir a su hija como las vírgenes que

en el pasado se consagraban en el templo de Venus, la condujo, a las once de la mañana

a un salón voluptuosamente decorado, donde la luz del día entraba tamizada por

cortinas de gasa y los muebles estaban sembrados de flores, En el centro se erigía un

trono de rosas; Franval condujo a su hija hacia él.

“Eugenia”, le dijo mientras la sentaba en él, sed hoy reina de mi corazón y

dejadme que os adore sobre mis rodillas”.

“Adoradme, hermano mío, cuando todo os lo debo, cuando me criasteis y

educasteis! Dejadme antes bien que caiga a vuestros pies, es el lugar que me

corresponde, y frente a vos, el único a que aspiro.”

“¡Oh, tierna Eugenia! ; dijo el Conde mientras se sentaba a su lado sobre los

almohadones sembrados de flores que iban a servir a su trabajo, “si es verdad que me

debéis algo, si realmente los sentimiento que guardáis para conmigo son tan sinceros

como decís, ¿conocéis la forma de convencerme de los mismos?'’

¿Cómo, hermano mío? Decídmela de inmediato que comprenderé.”

“Todos esos encantos, Eugenia, con que la naturaleza os ha dotado tan

generosamente, todas las atenciones con que os ha embellecido, deben serme

sacrificados de inmediato.”

“¿Pero qué me pedís? ¿No sois acaso el amo de todo? ¿No os pertenece vuestra

creación, puede alguien que no seas vos disfrutar de muestra obra?”

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“Tened en cuenta los prejuicios de los hombres. .”

“De ninguna manera me los habéis ocultado.”

“Por lo tanto, no quiero ir en contra de ellos sin vuestro consentimiento.”

"¿No los despreciáis tanto como yo?”

“Ciertamente, mas no quiero tiranizaros, y mucho menos seduciros; quiero

recibir los favores que persigo, por amor. Sabéis como es el mundo, no os he ocultado

ninguno de sus atractivos. Esconder los hombres a vuestra vista, no dejaros ver a nadie

excepto a mí, hubiera significado una decepción indigna de mí; si existe en el universo

un ser a quien preferís a mí, nombradlo de inmediato, iré hasta el fin del mundo para

encontrarlo y conducirlo a vuestros brazos sin tardía. En realidad es vuestra felicidad

la que persigo, ángel mío, vuestra felicidad mucho más que la propia. Los dulces

placeres que podéis otorgarme nada significarían si no fueran el precio de vuestro

amor. Por lo tanto, decidid vos, Eugenia. Ha llegado el momento en que habéis de ser

sacrificada, debéis serlo. Pero vos misma debéis nombrar al hombre que llevará a cabo

el sacrificio, rechazo los placeres que ese titulo me asegura si no los recibo de vuestro

corazón, y si no soy yo a quien, preferís, siempre seré digno de vuestros sentimientos si

os traigo a aquel a quien podáis amar. Si no he podido cautivar vuestro corazón, por lo

menos habré merecido vuestro afecto; y seré el amigo de Eugenia al no haber podido

ser su amante.”

“Seréis todo, hermano, seréis todo”, dijo Eugenia, ardiente de amor y deseo. '”¿A

quién queréis que me sacrifique, si no es al único hombre que adoro? ¿Qué otro ser en

el universo puede ser más digno que vos de estos pobres encantos que deseáis. . y que

vuestras manos ardientes ya acarician con vehemencia? ¿No veís en el fuego que me

consume que estoy tan ansiosa como vos de experimentar el placer de que me habláis.

Ah, tomadme, tomadme, hermano amante, mi mejor amigo, haced de Eugenia vuestra

víctima; sacrificada por vuestras caras manos, siempre será victoriosa.”

El ardiente Franval, quien, de acuerdo con su carácter, se había armado de tanta

delicadeza para seducirla con más fineza, pronto aprovechó la credulidad de su hija, y

con todos los obstáculos puestos de lado, tanto por los principios con los que había

nutrido a esa alma abierta a todo tipo de impresiones, como por el arte con el que la

había cautivado en el último momento, completó su pérfida conquista, e impunemente

destruyó la virginidad que por naturaleza y derecho, era su responsabilidad defender.

Varios días pasaron en mutua embriaguez. Eugenia, quien tenía la edad suficiente

como para conocer los placeres del amor, era alentada por sus métodos y se

abandonaba a él con entusiasmo. Franval la inició en todos los misterios del amor y

proyectó todas sus rutas; cuanto más aumentaba su adoración, tanto más esclavizaba su

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conquista Ella hubiera deseado recibirlo en mil templos al mismo tiempo, mientras lo

acusaba de no permitir que su imaginación se extraviara lo suficiente; creía que él le

ocultaba algo. Se lamentó de su corta edad e ingenuidad que quizá no la hicieran lo

suficientemente seductora; y si pedía más instrucción era para que ningún medio de

excitar a su amante fuera desconocido por ella.

Regresaron a París, pero los placeres criminales que habían embriagado a este hombre perverso, habían dado demasiados goces deliciosos a sus facultades físicas y morales como para que la inconstancia que generalmente destruía todas sus otras intrigas, rompiese los lazos de ésta. Se enamoró desesperadamente, y esta pasión peligrosa condujo inevitablemente al más cruel abandono de su esposa... ¡Ay, pobre víctima! Madame de Franval, que a la sazón tenía treinta y un años, estaba en la cumbre

de su belleza; un aire de tristeza que era inevitable si se consideran las penas que la consumían, la hacía aún más intrigante; bañada en lágrimas, aplastada por la melancolía, con el cabello suelto flotando descuidadamente sobre su pecho de alabastro, con los finos labios apretados amorosamente sobre el retrato del infiel tirano, parecía esas hermosas vírgenes que Miguel Ángel pintaba sumidas en la pena: sin embargo todavía ignoraba lo que iba a completar su tormento. La forma en que Eugenia era educada, las cosas esenciales que le hacían ignorar, o que solo le eran mencionadas para que las odiara; su certeza de que estas obligaciones, despreciadas por Franval, nunca serían permitidas a su hija; el corto tiempo que le permitían ver a su hija, el temor que esta educación poco común que le estaban brindando la conduciría tarde o temprano al delito, la extravagancia de Franval, su dureza de todos los días para con ella... ella que sólo se ocupaba de anticiparse a sus deseos, que no conocía otros encantos excepto aquellos que pudieran interesarle o complacerlo; hasta ese momento habían sido las únicas causas de su aflicción. ¡Qué pena iría a hender esta alma sensible y amante cuando se enterara de todo!

Sin embargo, la educación de Eugenia continuaba: deseaba continuar con sus maestros hasta que tuviera dieciséis años, y sus talentos, su conocimiento extensivo, las gracias que se desarrollaban en ella día a día todo esclavizaba a Franval más y más; era fácil de ver que nunca había amado a nadie como amaba a Eugenia.

En la vida interna de mademoiselle de Franval nada había cambiado excepto los horarios de lectura; las discusiones íntimas con su padre se hicieron más frecuentes y se prolongaban hasta entrada la noche. Sólo la gobernanta de Eugenia estaba informada de esta intriga y ellos confiaban en ella lo suficiente como para no temer indiscreciones de su parte. También hubo algunos cambios en las comidas de Eugenia: ahora las tomaba con sus padres.

En una casa como la de Franval, esto hizo que Eugenia se encontrara con otras personas, y que fuera deseada como esposa. Varias personas solicitaron su mano.

Franval, que estaba seguro del corazón de su hija, no había pensado que fuera necesario 11

temer estos acercamientos, pero no contó con que la lluvia de propuestas hiciera que todo fuera revelado.

Durante una conversación con su hija, favor tan deseado por madame de Franval, la afectuosa madre informó a Eugenia que monsieur de Colunce quería casarse con ella.

“Conocéis a ese hombre, hija mía – dijo madame de Franval – ; os ama, es joven y atractivo; será rico, espera vuestro consentimiento... solo vuestro consentimiento, hija mía... ¿qué debo responder?”

Eugenia, algo sorprendida, se ruborizó y respondió que por el momento no tenía la menor prisa por casarse, pero que su padre podía ser consultado; los deseos de ella no se opondrían a los suyos.

Madame de Franval consideró que esta respuesta era honesta, esperó pacientemente algunos días, y cuando encontró la ocasión de mencionársela a su marido, le comunicó las intenciones de la familia del joven Colunce y las que él mismo había expresado, a lo que agregó la respuesta de la hija.

Es fácil de imaginar que Franval sabía todo, pero logró ocultarlo sin mostrar demasiado autocontrol.

“Madame – le dijo secamente a su mujer –, os pido seriamente que no involucréis a Eugenia en todo esto; el cuidado con que me habéis visto retirarla de vuestro lado, os habrá facilitado la tarea de reconocer cuánto he querido que todo lo que le concierna, nada tenga que ver con vos. Os renuevo mis órdenes a este respecto... ¿no las olvidaréis, imagino?”

“¿Pero cuál deberá ser mi respuesta, señor, puesto que es a mí a quien se han dirigido?”

“Diréis que aprecio el honor que me ofrecen, y que mi hija tiene defectos que datan de su nacimiento y dificultan el matrimonio.”

“Pero señor, esos defectos no son reales; ¿por qué. queréis que me preocupe por ellos y por qué privar a vuestra única hija de la felicidad que puede hallar en el matrimonio?”

“¿Acaso esos lazos os han 'hecho feliz, madame?”

“No todas las mujeres cometen los errores que yo sin duda he cometido, al no lograr cautivaros (y con un suspiro) o de lo contrario, no todos los esposos se asemejan a vos.”

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“Esposas... falsas, celosas, dominantes, coquetas o pías... Esposos, pérfidos, infieles, crueles o déspotas, en una cáscara de nuez están todos los individuos del mundo, madame; no esperéis encontrar un fénix.”

“Y sin embargo, todos se casan.”

“Sí, los tontos o los holgazanes; nadie se casa nunca, dijo un filósofo, excepto cuando no sabe lo que hace, o cuando no sabe lo que hacer.”

“¿Entonces hay que dejar que el mundo llegue a su fin?”

“Se podría hacer eso; nunca es demasiado tarde para exterminar una planta que sólo produce veneno.”

“Eugenia no os estará agradecida por esta severidad excesiva para con ella.”

“¿Acaso este casamiento parece complacerla?”

“Ha dicho que vuestros deseos son órdenes.”

“Pues bien, madame, mis deseos son que abandonéis este matrimonio.” Y monsieur de Franval se retiró, no sin antes prohibir a su esposa en los más severos términos, que volviera a hablar de ello.

Madame de Franval no pudo evitar repetir a su madre la conversación que acababa de mantener con su esposo, y madame de Farneille, más sutil y más acostumbrada a los efectos de las pasiones que su atractiva hija, sospechó de inmediato que algo anormal estaba sucediendo.

Eugenia veía rara vez a su madre; a lo sumo un par de horas durante los acontecimientos sociales, y siempre en presencia de Franval. Por lo tanto, madame de Farneille que deseaba ver más claro, solicitó a su yerno que le enviara a la nieta un día y la dejara con ella toda una tarde para curarla, según dijo, de una jaqueca que la aquejaba; Franval respondió duramente que nada temía Eugenia tanto como los vapores, que la llevaría adonde era solicitada pero que no se quedaría mucho tiempo en ese lugar, puesto que estaba obligada a ir de allí a una clase de física, curso que seguía con toda asiduidad.

Fueron a casa de Madame de Farneille, quien no pudo ocultar a su yerno su sorpresa por el rechazo de la mano ofrecida.

“Creo – dijo – que no tendréis ningún temor en permitir a vuestra hija que me convenza ella misma del defecto que según vos, debe eximirla del matrimonio.” 13

“Ese defecto puede sea real o no, Madame – dijo Franval algo sorprendido por la determinación de su suegra –, pero el hecho es que me costaría mucho casar a mi hija y soy todavía demasiado joven para semejante sacrificio; cuando ella tenga veinticinco años, hará lo que desee; pero hasta entonces, no puede contar conmigo de ninguna manera.”

“¿Y vuestros sentimientos, Eugenia, siguen siendo los mismos?” – preguntó Madame de Farneille.

“Sólo difieren en un aspecto, Madame – dijo Mademoiselle de Franval con mucha firmeza – mi padre me permitirá casarme cuando tenga veinticinco años, y yo os aseguro, madame, a vos y a mi padre, que nunca aprovecharé un permiso... que, según mi punto de vista, sólo contribuiría a mi infelicidad.”

“A vuestra edad, Miss, nadie piensa correctamente – dijo Madame de Farneille – y hay algo fuera de lo común en todo esto que ciertamente debo descubrir.”

“Os insto a que lo hagáis, Madame – agregó Franval mientras se llevaba a su hija

–, acaso sea bueno que empleéis a vuestro clérigo para que penetre hasta el corazón del problema, y cuando todos vuestros poderes se hayan ejercido al máximo y finalmente sepáis la respuesta, me haréis el favor de confirmarme si hago bien o mal al oponerme al casamiento de Eugenia.”

El sarcasmo que reve1ò Franval por el consejero eclesiástico de Madame de Farneille estaba dirigido a una loable persona que no cabe presentar, puesto que el progreso de los acontecimientos pronto lo hará entrar en la acción.

Este era el director espiritual de Madame de Farneille y su hija, uno de los hombres más virtuosos de Francia: honrado, benevolente, recto y sabio. Monsieur de Clervil, lejos de tener todos los vicios de su investidura, poseía sólo amables y útiles cualidades. Un apoyo digno de confianza de los pobres, amigo sincero de los opulentos, consolador de los desdichados, esta valiosa figura tenía todos los dones para que una persona sea querida y todas las virtudes que hacen al hombre sensible.

Cuando lo consultaron, Clervil contestó como hombre de buen sentido que antes de tomar posición en el asunto, era necesario conocer las razones de Monsieur de Franval para oponerse al casamiento de su hija; y aunque Madame de Farneille hizo algunas ob-servaciones que podían suscitar sospechas sobre la intriga que lamentablemente existía, el prudente clérigo rechazó esas ideas y al mismo tiempo que las catalogaba de insultantes para con Madame de Franval y su esposo, agregò indignado que no estaba de acuerdo con ellas.

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“El delito es una cosa tan penosa, Madame – decía a veces este honrado individuo

– ; Parece cosa tan probable que una persona bien conducida pueda exceder voluntariamente los límites de la modestia y las restricciones de la virtud, que sólo con extrema repug-nancia me decido a atribuir esas faltas; rara vez debemos sospechar el vicio; Tales sentimientos son a menudo el resultado de nuestro amor propio, casi siempre la salida de una comparación oculta de las profundidades de nuestra mente; nos apresuramos a admitir el mal para poder descubrir que somos mejores. Si pensáis seriamente acerca de ello, no sería mejor, madame, que los errores secretos nunca fueran develados, antes que inventar errores ilusorios con prisa imperdonable y de esta suerte arruinar sin motivo, a cierta gente que sólo ha cometido los errores que nuestro orgullo les atribuyen Además, (no es cierto acaso que todo se beneficia con este principio No es infinitamente menos importante castigar el delito que evitar que se expanda Si se lo deja en la oscuridad que procura, no es tan bueno como si fuera abolido El escándalo logrará expandirlo, no hay duda de ello, la descripción del mismo encenderá las pasiones de aquellos que son proclives al mismo tipo de errores; la ceguera inevitable del delito aumenta las esperanzas del culpable de ser más feliz que el que ha sido reconocido como tal; no le han dado una lección sino un consejo, y se abandona a excesos que quizá nunca hubiera osado permitirse sin el escándalo imprudente que erróneamente sé considere justicia... y que no es más que una severidad mal entendida o vanidad

disfrazada.”

La única decisión que se tomó, por lo tanto, en el primer encuentro fue la de verificar precisamente el porqué de la negativa de Franval ante el matrimonio de su hija, y porque Eugenia compara la misma forma de pensar: se decidió no hacer nada antes de dilucidar estos motivos.

‘Pues bien, Eugenia – dijo Franval a su hija aquella tarde –, ya veis que quieren separarnos; ¿ Acaso lo lograrán, mi niña? ¿Serán capaces de cortar los vínculos más caros de mi vida?”

“Jamás..., jamás; ) No temáis, querido amigo( Esos lazos me son tan caros como a vos; De ninguna manera me habéis decepcionado; mientras los anudabais siempre me explicasteis que eran contrarios a la costumbre; No temo infringir prácticas que, al cambiar de un lugar a otro, no pueden ser de ninguna manera sagrada; Yo deseaba esos lazos y los tejí sin remordimiento, no temáis entonces que los rompa.”

“Ay, quién sabe Colunce es más joven que yo Posee todo lo necesario para atraeros; no consideráis, Eugenia, el residuo de error que sin duda os enceguece; La madurez y la luz de la razón disiparán el prestigio y pronto llevarían a las lamentaciones, me culparéis por ellas, y yo nunca me perdonaré haber sido el causante.”

“No – sigui6 Eugenia con firmeza –, no, estoy decidida a quereros a vos solamente; me consideraría la más infeliz de las mujeres si tuviera que aceptar un 15

esposo... yo – prosiguió amorosamente –. ¿ Podría yo unirme a un extraño quien, al no tener dobles razones para amarme, limitaría sus sentimientos y deseos?... Si por ventura fuera abandonada y despreciada por él, ¿qué sería de mí después? ¿Sería una remilgada beata o una ramera?

Oh, no, no, prefiero ser vuestra amante, amigo mío. Sí, os amo demasiado como para verme constreñida a representar ese infame papel en sociedad... Pero, ¿Cuál es la razón de tanta confusión? – prosiguió Eugenia amargamente –. ¿Sabéis cuál es, amigo mío? ¿Quién es? ¡Vuestra esposa! Sólo ella... Sus celos insaciables... No lo dudéis, ésas son las únicas causas de la desdicha que nos amenaza... ¡Ay! No la culpéis: todo es simple... todo es comprensible... todo es posible cuando se trata de reteneros. ¿Qué no emprendería yo si estuviera en su lugar y alguien quisiera robarme vuestro corazón? ” Franval, extrañamente conmovido, abraz6 a su hija repetidas veces, y ésta, aún más animada por esas caricias criminales, a la vez que desarrollaba los más atroces pensamientos enérgicamente, se atrevió a decir a su padre, con desvergüenza imperdonable, que la única forma de ser menos observados era conseguir a la madre un amante. Este plan agradó a Franval; pero, puesto que era mucho más maligno que su hija y quería preparar imperceptiblemente su joven corazón para los peores sentimientos de odio hacia su madre que en él quería sembrar, le contestó que consideraba demasiado leve esa venganza, y que había mil otros modos de contrariar a una mujer que molesta al esposo.

Algunas semanas pasaron, durante las cuales Franval y su hija decidieron finalmente el primer plan concebido para provocar la desesperación de la virtuosa mujer de ese monstruo, en la creencia, ciertamente atinada, que antes de adoptar procedimientos más indignos, debían tratar por lo menos de brindarle un amante; esto no sólo permitiría material para todos los otros métodos sino que, si resultaba, obligaría a madame de Franval a no inmiscuirse en las faltas de los demás, puesto que la suya propia también sería revelada. Para llevar a cabo este proyecto, Franval estudió a todos los hombres jóvenes de su conocimiento, y después de meditar largamente, descubrió que sólo Valmont podría serle útil.

Valmont tenía treinta años, era elegante, ingenioso, imaginativo, sin principios de ninguna especia, y como resultado de ello, especialmente capacitado para el papel que iban a ofrecerle. Franval lo invitó a cenar una noche y cuando se levantaron de la mesa, le habló a solas.

“Amigo mío – le dijo –, siempre os he considerado digno de mí; ha llegado el momento de probarme que no estoy equivocado: os pido una prueba de vuestros sentimientos... pero se trata de una prueba nada

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“¿De qué se trata? ¡Explicas, hombre, y nunca dudéis de mi ansiedad para serviros!”

"¿Qué pensáis de mi mujer?'’

“Es deliciosa; y si no fuerais su esposo, largo tiempo hubiera sido su amante."

‘Vuestra observación es muy considerada, Valmont. Pero no me conmueve.”

“¿Por qué no?”

“Temo que voy a sorprenderos... precisamente por-que me estimáis, precisamente porque soy el esposo de Madame de Franval, os pido que seáis su amante.”

¡Habéis enloquecido!”

“No, pero soy caprichoso... me habéis conocido así desde hace mucho tiempo...

quiero apesadumbrar la virtud y desearía que fuerais vos quien le tendiera la trampa.”

“¡Qué idea atroz!”

“No agreguéis una sola palabra; ésta es una obra maestra del razonamiento.”

“¿Pero, realmente queréis que...?”

“Sí, lo quiero, lo pido, y dejaré de consideraros amigo mío si me negáis este favor... os cuidaré... tratar de satisfacer vuestras necesidades... Será ventajoso para vos; y, cuando esté seguro de mi destino, si es necesario me arrojaré a vuestros pies por vuestro servicio.

“Franval, no podéis engañarme; hay algo muy raro en todo esto... nada haré a menos que lo digáis todo.”

“Sí... yo creo que tenéis ciertos escrúpulos, creo que todavía no sois lo suficientemente inteligente como para poder comprender todo lo que está involucrado...

apuesto que tenéis prejuicios, que todavía sois un caballero. Os estremeceréis como un niño cuando os lo diga todo, y nada aceptaréis hacer.”

¨! Yo, estremecerme! Me sorprende vuestra manera de juzgarme; debéis saber, amigo mío, que no hay aberraci6n en el mundo... ni una sola, por más irregular que sea, que pueda turbarme un solo instante.”

“Valmont, ¿habéis observado a Eugenia?”

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“!Vuestra hija!”

“O mi amante, si preferís”

“Ah, villano, os comprendo.”

“Es la primera vez en mi vida que os descubro inteligente.”

“¿Pero cómo es esto? Decidme francamente, estáis enamorado de vuestra hija?”

“¡Sí, amigo mío, como Lot! ¡Siempre sentí tanto respeto por las sagradas escrituras, siempre estuve tan convencido que uno puede ganar el paraíso sí emula a sus héroes! ¡Ah, amigo mío! La locura de Pigmalión ya no me sorprende... ¿acaso el universo todo no está lleno de estas debilidades? ¿No fue necesario comenzar de esta manera para poblar el mundo? ¿Y si no era malo entonces, por qué debería serlo ahora?¡Qué absurdo! ¿No puede atraerme una mujer bonita por-que cometí el error de traerla al mundo ¿Es que lo que debe unirme a ella y más estrechamente puede convertirse en motivo para separarla de mí ¿Debo mirarla fríamente porque se me asemeja, porque es mi carne y mi sangre, porque en ella se han unido todas las razones para el más ardiente de los amores?... ] Ah, qué ergotismo... cuán ridículo! Dejemos para los tontos estas restricciones absurdas, no han sido hechas para almas como las nuestras, el dominio de la belleza y los derechos sagrados del amor nada saben de los fútiles convencionalismos humanos; su influjo los aniquila como los rayos del sol purifican la tierra de las nieblas que de noche la rodean. Enterremos con el pie estos atroces prejuicios que siempre han sido hostiles a la felicidad, si en alguna oportunidad prevalecieron sobre la razón, fue, a expensas de los placeres más seductores...

desprendiéndolos para siempre.”

“Me habéis convencido – contestó Valmont – y estoy absolutamente de acuerdo con vos que Eugenia debe ser una amante deliciosa, es aún más hermosa que su madre, y aunque no posee, como vuestra esposa, la languidez que hace presa del corazón tan voluptuosamente, tiene una picardía que abruma, que parece dar por tierra con toda posibilidad de resistencia; si la madre parece ceder, la hija exige; lo que la primera permite, la segunda ofrece; y yo encuentro que esto es más atractivo.

“Sin embargo, yo os ofrezco a la madre, no a Eugenia.

“¿Qué razones os llevan a hacerlo?”

“Mi esposa es celosa, se interpone en mi camino, me critica, quiere arreglar un casamiento para Eugenia, debo lograr que ella tenga faltas para poder ocultar las mías propias; por lo tanto, debéis tenerla... divertías con ella cierto tiempo... y traicionadla después... debo sorprenderla en vuestros brazos, castigarla, a través de este 18

descubrimiento debo conseguir la paz para ambas partes y vuestros errores mutuos...

pero nada de amor, Valmont, manteneos frío, esclavizadla, y no os dejéis dominar; si los sentimientos entran en el asunto mis planes se verán arruinados.”

“No temáis, sería la primera vez en que una mujer me conmueve.” Nuestros dos villanos llegaron por lo tanto a un arreglo, y sé resolvió que en pocos días Valmont tendría a Madame de Franval en sus manos, con permiso para hacer lo que deseara con tal de obtener el éxito... incluso el reconocimiento del amor de Franval, como medio más poderoso para hacer que esta honesta mujer se decidiera por la venganza.

Eugenia, a quien se confió este plan, lo encontró muy divertido; la infame criatura llegó a decir que si Valmont tenía éxito sería necesario, para que su felicidad fuera lo más completa posible, para sentirse segura de la caída de su madre, que viera que la virtuosa heroína cedía a las placenteras delicias que tan severamente condenaba.

Finalmente llegó el día en que la más formal y desgraciada de las mujeres no sólo iba a recibir el más doloroso golpe, sino que iba a ser ultrajada por su temible esposo, abandonada... entregada por él al hombre por quien consentía en ser deshonrado... ¡Qué locura! ¡Cuánto desprecio por todos los principios! ¡Con qué fin puede crear la naturaleza corazones tan depravados como éstos! Algunas conversaciones preliminares habían decidido el procedimiento; pero Valmont era muy amistoso con Franval por la esposa de éste como para poder imaginar que corría algún peligro si se quedaba solo con él. Los tres estaban en la sala cuando Franval se puso de pie.

“Debo irme – dijo –, negocios importantes me llaman... es como dejaros con vuestra gobernanta, Madame – añadió con una sonrisa –, si quedáis con Valmont se comporta tan bien... pero si se extralimita, debéis decírmelo, no me gusta lo suficiente como para cederle mis derechos...”

Y el desvergonzado se retiró.

Después de hacer algunas observaciones triviales acerca de la broma de Franval,

Valmont dijo haber notado un cambio en su amigo durante los últimos seis meses.

“No he osado preguntarle la razón – prosiguió –, pero parece desdichado.”

“Lo que es cierto – contestó Madame de Franval-es la terrible infelicidad que causa a quienes lo rodean.”

“¿Qué me decís? ¿Acaso mi amigo os ha tratado malamente?"

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“! Sí sólo fuera eso mi preocupación!”

“Por favor, contadme, conocéis mi ardor y mi fidelidad imperecedera.”

“Una serie de conflictos Horribles... corrupción moral, errores de toda clase...

¡podríais creerlo! Nos han ofrecido el matrimonio más ventajoso para nuestra hija... no lo quiere...”

Y en ese momento, el artificioso Valmont desvió la mirada, con el aspecto del hombre que comprende... suspira... y no osa explicarse.

“¿Cómo es esto, señora – dijo Madame de Franval –, ¿no os sorprende lo que acabo de decir? Vuestro silencio es muy extraño.

“Ah, madame, ¿no es mejor guardar silencio que decir algo que pueda desesperar a la persona que uno ama?”

“¿Cuál es el enigma? Explicaos, os lo ruego.”

“Cómo no estremecerme si debo abriros los ojos", dijo Valmont, mientras tomaba impetuosamente la mano de la encantadora mujer.

“Oh, señor – prosiguió Madame de Franval con animación – ; no agreguéis una palabra más, o de lo contrario, explicaos, insisto... me estáis poniendo en una situación terrible.”

“Menos terrible que el estado al que me habéis reducido” – dijo Valmont, mientras miraba a la mujer que trataba de seducir con los ojos llenos de amor.

“¿Pero qué significa todo esto, señor? Primero me alarmáis y me hacéis desear una explicación, después osáis decirme cosas que ni debo ni puedo tolerar, alejáis de mí los medios de enterarme por vos de lo que tan cruelmente me atormenta. Hablad, señor, o me dejaréis sumida en la desesperación.”

“Entonces seré más claro, puesto que lo pedís, madame, y aunque me cueste romperos el corazón... os diré las razones de la negativa de vuestro esposo a aceptar a monsieur de Colunce... Eugenia...”

“¿Pues bien?”

“Bien, Madame, Franval la adora; actualmente es más su amante que su padre, y preferiría morir antes que abandonar a Eugenia.”

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Madame de Franval oyó esta explicación fatal y tuvo un vahído que le hizo perder los sentidos; Valmont se apresuró a socorrerla.

"Ya veís, madame – prosiguió –, el precio del consentimiento que pedís... Por nada del mundo podría yo...”

“Dejadme, señor, dejadme – dijo Madame de Franval en un estado difícil de describir – ;después de un golpe tan violento necesito estar sola un momento.”

“¿Y queréis que os deje sola en ese estado? Siento vuestra pena demasiado como para no solicitar vuestro permiso para compartirla. Os he infligido una herida dejadme que la cure.”

“¡Franval enamorado de su hija, Dios mío! ¿La criatura que tuve de él, es ella quien ocupa su corazón en esta forma tan atroz! ¿ Terrible crimen, ah, señor! ¿Acaso es posible? ¿Estáis absolutamente seguro?”

“Si todavía tuviera alguna duda acerca de ello, madame, hubiera guardado silencio, hubiera preferido cien veces no deciros nada que contrariaras en vano; por vuestro esposo recibí las pruebas de esta infamia, me lo confió todo; pero sea lo que sea, no perdáis la calma, os lo ruego; estudiemos la forma de quebrar esta intriga, los medios dependen de vos...”

“Decídmelos de inmediato... este delito me horroriza.”

“Un esposo con el carácter de Franval, madame, no vuelve a ganarse con la virtud; vuestro esposo tiene poca fe en el sabio comportamiento de las mujeres. él sostiene que por orgullo y temperamento, las cosas que hacen para reservarse a nosotros tienen por fin satisfacerse antes que complacernos o esclavizarnos... Perdonadme, madame, pero no puedo ocultaros que yo creo lo que él; nunca vi que las virtudes hicieran que una mujer destruyera los vicios del esposo; conductas más o menos similares a la de Franval lograrían impresionarlo más y os lo devolverían más satisfactoriamente; los celos darían buenos resultados, sin duda, y cuántos corazones han cambiado por este método constantemente infalible; vuestro esposo, al ver que esa virtud, a la que está acostumbrado, y que tiene el descaro de menospreciar, se debe más a la reflexión que al descuido, aprenderá a apreciarla en vos, cuando descubra que sois capaz de ceder... ;él imagina y .se atreve a decir que si nunca tuvisteis un amante es porque nunca fuisteis atacada; probable que sólo depende de vos para que esto pase... ; vengaos por sus errores y desprecio; quizá causéis plaño, si se consideran vuestros austeros principios, pero

¡cuántos males habréis evitado! ¡Qué esposo habréis convertido! Y por un pequeño ultraje a la diosa que respetáis, ¡qué adorador habréis devuelto a su templo! Ah, madame, apelo a vuestro corazón. Con el comportamiento que me atrevo a aconsejaros, 21

ganaréis a Franval para siempre, lo cautivaréis; sí, madame, me atrevo a decíroslo, elegid entre quedaros sin marido, o no vaciléis más.”

Madame de Franval, muy sorprendida por estas palabras, guardó silencio cierto tiempo; luego habló, recordando las miradas de Valmont y sus primeras observaciones.

“Señor – le dijo con agudeza –, si yo aceptara el consejo que me dais, ¿en quién creéis que debería ficharme para contrariar más a mi marido?”

“¡Ah! – gritó Valmont sin descubrir la celada que le tendían –, querida y divina amiga... en el hombre que más os ama en este mundo, en quien os ha adorado desde que os conoció, y que os jura que moriría por VOS...”

“¿Partid, señor, partid! – dijo entonces Madame de Franval imperativamente – y nunca más aparezcáis ante mí; habéis descubierto la trampa; sólo acusáis a mi esposo de culpas... que es incapaz de haber cometido sólo para aseguraros que vuestra traicionera seducción sea más exitosa; comprended que aunque fuera culpable, los métodos que me sugerís son tan repugnantes que no los emplearía jamás; los errores de un marido nunca pueden justificar los de una esposa; para ella esos errores deben ser motivo de una mejor conducta, para que Dios justo y eterno pueda encontrarla en las ciudades atormentadas que están a punto de sufrir los efectos de su ira, y si puede, apartar de ellas las llamas que van a devorarlas.”

Con estas palabras, Madame de Franval se retiró v después de llamar a los sirvientes de Valmont, lo obligó a irse, muy avergonzado por los primeros pasos que había dado.

A pesar de que la atractiva mujer había descubierto los propósitos ocultos del amigo de Franval, las cosas que éste había dicho coincidían tan bien con sus propios temores y los de su madre, que decidió ponerse manos a la obra para convencerse de la hiriente verdad. Fue a ver a Madame de Farneille, le contó lo que había sucedido y regresó, decidida a proceder como sigue a continuación.

Siempre se ha dicho, y es verdad, que no tenemos peores enemigos que nuestros propios sirvientes; siempre son celosos y envidiosos y aparentemente tratan de alivianar sus cargas atribuyéndonos faltas que nos colocan por debajo de ellos y permiten que su vanidad, por lo menos por cierto tiempo, nos domine de la manera en que el destino les ha negado.

Madame de Franval logró sobornar a una de las mujeres de Eugenia; la garantía del pago, un futuro placentero y la apariencia de una buena acción, todo influyó sobre esta esbirra y ésta decidió, a partir de la noche siguiente, poner a Madame de Franval en un puesto desde donde no podría seguir poniendo en duda su mala fortuna.

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Llegó el momento. La desdichada madre fue conducida a una pequeña habitación contigua a la dependencia donde todas las noches su infiel esposo violaba al mismo tiempo los vínculos de su casamiento y el Paraíso. Eugenia estaba con su padre; todavía ardían algunas velas en un rincón para iluminar el delito... el altar estaba preparado, y la victima se ubicó, el alto sacerdote la siguió... Madame de Franval no tenía otro apoyo que su propia desesperación, su amor herido, su valentía... Abrió la puerta e irrumpió, se acercó al incestuoso y se postró frente a él.

“Oh – gritó dirigiéndose a Franval –, me rompéis el corazón, no merecía de vos este trato, vos a quien todavía adoro sin importarme los intuitos que de vos recibo, ved mis lágrimas, y no me rechacéis; os pido que salvéis a esta niña desdichada quien, engañada por su debilidad y seducida por vos, cree encontrar la felicidad en medio de la culpa y el delito... Eugenia, Eugenia, ¿queréis clavar una espada en el seno que os dio la vida? ¡No sigáis siendo cómplice de un delito cuyo horror os han ocultado! Venid, apuraos, mis brazos están dispuestos a recibiros. Mirad a vuestra desgraciada madre, de rodillas frente a vos, que os ruega no ultrajar el honor y la naturaleza. Pero si ambos me rechazáis – prosiguió la acongojada madre, mientras se apoyaba un puñal sobre el corazón –, por este medio me apartaré de la herida que estáis tratando de infligirme; os salpicaré con mi sangre y sólo sobre mi cuerpo lastimado podréis consumar vuestros delitos,”

Que el alma endurecida de Franval pudiera resistir este espectáculo, los que están empezando a conocer a este villano podrán creerlo, pero que Eugenia no haya cedido de ninguna manera es inconcebible.

“Madame – dijo la corrompida niña, con la mayor indiferencia –, confieso que no considero razonable de vuestra parte, que hagáis una escena absurda frente a vuestro esposo; ¿acaso no puede él hacer lo que quiera? Y si él aprueba lo que yo hago, ¿qué derecho tenéis de criticar? ¿Acaso nosotros criticamos vuestras indiscreciones con Monsieur de Valmont? ¿Molestamos vuestros placeres? Respetad los nuestros, de lo contra-rio no os sorprenda que yo sea la primera en intuir sobre vuestro marido para que tome las medidas que os fuercen a hacerlo.”