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FREUD Y LA ESCENA DE LA ESCRITURA

Jacques Derrida

Traducción de Patricio Peñalver en La escritura y la diferencia, Anthropos, Barcelona,

1989, pp. 271-317. Edición digital de Derrida en castellano.

Este texto es un fragmento de una conferencia pronunciada en el Institut de

psychanalyse (Seminario del Dr. Green). Se trataba entonces de abrir un debate en

torno a ciertas proposiciones expuestas en ensayos anteriores, especialmente en De la

grammatologie (Critique, 223 y 224).

¿Tenían su lugar dentro del campo de una interrogación psicoanalítica tales

proposiciones, que seguirán estando presentes aquí, en segundo plano? ¿Dónde se

situaban aquéllas, en cuanto a sus conceptos y a su sintaxis, en relación con dicho

campo?

La primera parte de la conferencia concernía a la más amplia generalidad de esta

cuestión. Los conceptos centrales eran los de presencia y de archihuella. Indicamos

secamente en sus títulos las etapas principales de esa primera parte.

1. A pesar de las apariencias, la descontrucción del logocentrismo no es un

psicoanálisis de la filosofía.

Estas apariencias: análisis de un rechazo y de una represión histórica de la escritura

desde Platón. Este rechazo constituye el origen de la filosofía como episteme, de la

verdad como unidad del logos y de la phoné.

Represión y no olvido; represión y no exclusión. La represión, dice bien Freud, no

repele, ni rehuye, ni excluye una fuerza externa, sino que contiene una representación

interna, diseña dentro de sí un espacio de represión. Aquí, lo que representa una

fuerza, en la forma de la escritura -interna y esencial a la palabra-, ha sido contenido

fuera de la palabra.

Represión no lograda: en vías de desconstitución histórica. Es esta desconstitución lo

que nos interesa, es este no-estar-logrado lo que confiere a su devenir una cierta

legibilidad y lo que limita su opacidad histórica. «La represión fallida tendrá más interés

para nosotros que la que alcanza algún logro y que normalmente se sustrae a nuestro

estudio», dice Freud (G. W., X, p. 256).

La forma sintomática del retorno de lo reprimido: la metáfora de la escritura que

obsesiona el discurso europeo, y las contradicciones sistemáticas en la exclusión onto-

teológica de la huella. La represión de la escritura como lo que amenaza la presencia y

el dominio de la ausencia.

El enigma de la presencia «pura y simple» como duplicación, repetición originaria, auto-

afección, diferancia. Distinción entre el dominio de la ausencia como palabra y como

escritura. La escritura en la palabra. Alucinación como palabra y alucinación como

escritura.

La relación entre phoné y consciencia. El concepto freudiano de representación verbal

como preconsciencia. El logofonocentrismo no es un error filosófico o histórico en el

que se habría precipitado accidentalmente, patológicamente la historia de la filosofía, o

incluso del mundo, sino un movimiento y una estructura necesarias y necesariamente

finitas: historia de la posibilidad simbólica en general (antes de la distinción entre el

hombre y el animal, e incluso entre viviente y no-viviente); historia de la diferancia,

historia como diferancia; que encuentra en la filosofía como episteme, en la forma

europea del proyecto metafísico u onto-teológico, la manifestación privilegiada,

dominadora mundial de la disimulación, de la censura en general, del texto en general.

2. Ensayo de justificación de una reticencia teórica a utilizar los conceptos freudianos a

no ser entre comillas: como que pertenecen todos ellos, sin excepción, a la historia de

la metafísica, es decir, al sistema de represión logocéntrica que se ha organizado para

excluir o rebajar, poner fuera y abajo, como metáfora didáctica y técnica, como materia

servil o excremento, el cuerpo de la huella escrita.

Por ejemplo, la represión logocéntrica no es inteligible a partir del concepto freudiano

de represión: por el contrario, permite comprender cómo una represión individual y

original se hace posible en el horizonte de una cultura y un ámbito de dependencia

histórica.

Por qué no se trata ni de seguir a Jung ni de seguir el concepto freudiano de huella

mnémica hereditaria. Indudablemente el discurso freudiano -su sintaxis, o si se quiere,

su trabajo- no se confunde con esos conceptos necesariamente metafísicos y

tradicionales. Indudablemente, no se agota en esa relación de dependencia. Es lo que

atestiguan ya las precauciones y el «nominalismo» con los que Freud maneja lo que

llama las convenciones y las hipótesis conceptuales. Y un pensamiento de la diferencia

se atiene menos a los conceptos que al discurso. Pero Freud no ha reflexionado jamás

en el sentido histórico y teórico de estas precauciones.

Necesidad de un inmenso trabajo de desconstrucción de estos conceptos y de las

frases metafísicas que se condensan y se sedimentan en ellos. Complicidades

metafísicas del psicoanálisis y de las ciencias llamadas ciencias humanas (los

conceptos de presencia, de percepción, de realidad, etc.). El fonologismo lingüístico.

Necesidad de una cuestión explícita sobre el sentido de la presencia en general:

comparación entre la trayectoria de Heidegger y la de Freud. La época de la presencia,

en el sentido heideggeriano, y su nervadura central, desde Descartes a Hegel: la

presencia como consciencia, la presencia a sí pensada en la oposición consciente/

inconsciente. Los conceptos de archi-huella y de diferancia: por qué no son ni

freudianos ni heideggerianos.

La diferancia, pre-abertura de la diferencia óntico-ontológica (cf. De la grammatologie,

p. 129) y de todas las diferencias que surcan la conceptualidad freudiana, tales como

las que pueden, es sólo un ejemplo, organizarse alrededor de la diferencia entre el

«placer» y la «realidad», o derivarse de ella. La diferencia entre el principio de placer y

el principio de realidad, por ejemplo, no es sólo, ni en primer lugar, una distinción, una

exterioridad, sino la posibilidad originaria, en la vida, del rodeo, de la diferancia

(Aufschub) y de la economía de la muerte (cf. Jenseits. G. W., XIII, p. 6).

Diferancia e identidad. La diferancia en la economía de lo mismo. Necesidad de

sustraer el concepto de huella y de diferancia a todas las oposiciones conceptuales

clásicas. Necesidad del concepto de archi-huella y de la tachadura de la arquía. Como

mantiene la legibilidad de la arquía, esta tachadura significa la relación de pertenencia

pensada a la historia de la metafísica (De la grammatologie, II, p. 32).

¿En qué aspecto seguirían estando amenazados por la metafísica y el positivismo los

conceptos freudianos de escritura y de huella? Sobra la complicidad de estas dos

amenazas en el discurso de Freud.

*** Worin die Bahnung sonst besteht, bleibt dahingestellt.

Por otra parte, queda abierta la cuestión de en qué consiste el abrirse-paso (frayage).

Bosquejo de una psicología científica, 1895

Tenemos una ambición muy limitada: reconocer en el texto de Freud ciertos puntos de

referencia y aislar, en el umbral de una reflexión organizada, aquello que en el

psicoanálisis no se deja comprender bien dentro de la clausura logocéntrica, en tanto

que ésta delimita no sólo la historia de la filosofía sino el movimiento de las «ciencias

humanas», especialmente de una cierta lingüística. Si la irrupción freudiana tiene una

originalidad, ésta no le viene de la coexistencia pacífica o de la complicidad teórica con

esa lingüística, al menos en su fonologismo congénito.

Pero no es un azar que Freud, en los momentos decisivos de su itinerario, recurra a

modelos metafóricos que no están tomados de la lengua hablada, de las formas

verbales, ni siquiera de la escritura fonética, sino de una grafía que no está nunca

sometida, como exterior y posterior, a la palabra. Freud apela con ella a signos que no

vienen a transcribir una palabra viva y plena, presente a sí y dueña de sí. A decir

verdad, y este va a ser nuestro problema, en esos casos Freud no se sirve

simplemente de la metáfora de la escritura no fonética; no considera conveniente

manejar metáforas escriturales con fines didácticos. Si esa metafórica es

indispensable, es porque aclara, quizás, de rechazo, el sentido de la huella en general,

y en consecuencia, articulándose con éste, el sentido de la escritura en el sentido

corriente. Indudablemente Freud no maneja metáforas si manejar metáforas es hacer

alusión con lo conocido a lo desconocido. Mediante la insistencia de su inversión

metafórica, vuelve enigmático, por el contrario, aquello que se cree conocer bajo el

nombre de escritura. Se produce aquí, quizás, un movimiento desconocido para la

filosofía clásica, en alguna parte entre lo implícito y lo explícito. Desde Platón y

Aristóteles no se ha dejado de ilustrar mediante imágenes gráficas las relaciones de la

razón y la experiencia, de la percepción y la memoria. Pero jamás se ha dejado de

reafirmar ahí una confianza en el sentido del término conocido y familiar, a saber, la

escritura. El gesto que esboza Freud interrumpe esa seguridad, y abre un tipo nuevo de

cuestión acerca de la metaforicidad, la escritura y el espaciamiento en general.

Nos dejamos guiar en nuestra lectura por esa inversión metafórica. Acabará invadiendo

la totalidad de lo psíquico. El contenido de lo psíquico será representado por un texto

de esencia irreductiblemente gráfica. La estructura del aparato psíquico será

representada por una máquina de escribir. ¿Qué cuestiones nos impondrán estas

representaciones? No habrá que preguntarse si un aparato de escritura, por ejemplo el

que describe la Nota sobre el bloc mágico, es una buena metáfora para representar el

funcionamiento del psiquismo; sino qué aparato hay que crear para representar la

escritura psíquica, y qué significa, en cuanto al aparato y en cuanto al psiquismo,

proyectar y liberar la imitación, en una máquina, de una cosa tal como la escritura

psíquica. No si el psiquismo es realmente una especie de texto, sino: ¿qué es un texto

y qué tiene que ser lo psíquico para ser representado por un texto? Pues si no hay ni

máquina ni texto sin origen psíquico, no hay, tampoco, nada psíquico sin texto. ¿Cómo

tiene que ser, finalmente, la relación entre lo psíquico, la escritura y el espaciamiento,

para que sea posible ese paso metafórico, no sólo ni primeramente dentro de un

discurso teórico, sino en la historia del psiquismo, del texto y de la técnica?

El abrirse-paso y la diferencia

Desde el Proyecto (1895) a la Nota sobre el bloc mágico (1925), tiene lugar un extraño

avance: se va elaborando una problemática del abrirse-paso hasta conformarse cada

vez más en una metafórica de la huella escrita. A partir de un sistema de huellas,

funcionando según un modelo que Freud habría pretendido considerar natural, y del

que la escritura está completamente ausente, se nos orienta hacia una configuración

de huellas que no se puede representar ya más que por la estructura y el

funcionamiento de una escritura. Al mismo tiempo, el modelo estructural de la escritura

al que Freud apela inmediatamente después del Proyecto no cesa de diversificarse y

de aguzar su originalidad. Se ensayarán y se abandonarán todos los modelos

mecánicos hasta el descubrimiento del Wunderblock, máquina de escritura de una

complejidad maravillosa, en la que se proyectará el conjunto del aparato psíquico. En él

se representará la solución de todas las dificultades anteriores, y la Nota, signo de una

tenacidad admirable, responderá muy exactamente a las cuestiones del Proyecto. En

algunas de sus piezas, el Wunderblock realizará el aparato que Freud en el Proyecto

juzgaba «de momento inimaginable» («De momento no podemos imaginar un aparato

que cumpliese una operación tan complicada»), y que había suplido entonces por una

fábula neurológica cuyo esquema y cuya intención en cierto modo no abandonará

jamás.

En 1895 se trataba de explicar la memoria al estilo de las ciencias naturales, de

«proponer una psicología como ciencia natural, es decir, de representar los hechos

psíquicos como estados cuantitativamente determinados de partículas materiales

distintas». Ahora bien, «una de las propiedades principales del tejido nervioso es la

memoria, es decir, de una manera muy general, la capacidad de ser alterado de

manera duradera por hechos que sólo se producen una vez». Y «toda teoría

psicológica digna de atención tiene que proponer una explicación de la “memoria”». La

cruz de esa explicación, lo que hace el aparato casi inimaginable, está en que le es

necesario dar cuenta a la vez, como hará la Nota, treinta años más tarde, de la

permanencia de la huella y de la virginidad de la sustancia que la acoge, del grabado

de los surcos y de la desnudez siempre intacta de la superficie receptiva o perceptiva:

aquí, de las neuronas. «Las neuronas tienen, pues, que ser impresionadas, pero

quedar también inalteradas, no prevenidas (unvoreingenommen).» Al rechazar la

distinción, corriente en su época, entre «células de percepción» y «células de

recuerdos», Freud construye entonces la hipótesis de las «rejas de contacto» y del

«abrirse-paso» (Bahnung), de la penetración del camino (Bahn). Sea lo que sea lo que

se piense de la fidelidad o de las rupturas futuras, esta es una hipótesis notable, desde

el momento en que se la considere como un modelo metafórico y no como una

descripción neurológica. El abrirse-paso, el camino trazado abre una vía conductora. Lo

cual supone una cierta violencia y una cierta resistencia ante la fractura. La vía es rota,

quebrada, fracta, abierta. Pero habría dos tipos de neuronas: las neuronas permeables

(f), que no ofrecen ninguna resistencia y que en consecuencia no retienen ninguna

huella de las impresiones, serían las neuronas de la percepción; otras neuronas (c)

opondrían rejas de contacto a la cantidad de excitación y conservarían así su huella

impresa; éstas «ofrecen, pues, una posibilidad de representarse (darzustellen) la

memoria». Primera representación, primera puesta en escena de la memoria. (La

Darstellung es la representación, en el sentido vago de la palabra, pero también a

menudo en el sentido de la figuración visual, y a veces de la representación teatral.

Nuestra traducción variará según la inflexión del contexto.) Freud sólo atribuye cualidad

psíquica a estas últimas neuronas. Éstas son las «portadoras de la memoria, y en

consecuencia, probablemente, de los hechos psíquicos en general». La memoria no es,

pues, una propiedad del psiquismo entre otras, es la esencia misma de lo psíquico.

Resistencia y por eso mismo abertura a la huella que rompe.

Pero suponiendo que Freud no pretenda aquí hablar más que en el lenguaje de la

cantidad plena y presente, suponiendo que, y eso al menos es lo que parece, pretenda

instalarse en la oposición simple de la cantidad y la cualidad (quedando reservada ésta

a la transparencia pura de una percepción sin memoria), el concepto de abrirse-paso

se muestra ahí en su intolerancia. La igualdad de las resistencias al abrirse-paso o la

equivalencia de las fuerzas del abrirse-paso reduciría toda preferencia en la elección de

los itinerarios. La memoria quedaría paralizada. La diferencia entre los varios pasos-

abiertos (frayages), tal es el verdadero origen de la memoria y, en consecuencia, del

psiquismo. Sólo esta diferencia libera la «preferencia de la vía» (Wegbevorzugung):

«La memoria está representada (dargestellt) por las diferencias de los actos de abrirse-

paso entre las neuronas c». No hay que decir, pues, que el abrirse-paso sin la

diferencia no basta para la memoria; hay que precisar que no hay abrirse-paso puro sin

diferencia. La huella como memoria no es un abrirse-paso puro que siempre podría

recuperarse como presencia simple, es la diferencia incapturable e invisible entre los

actos de abrirse-paso. Se sabe ya, pues, que la vida psíquica no es ni la transparencia

del sentido ni la opacidad de la fuerza, sino la diferencia en el trabajo de las fuerzas.

Nietzsche lo decía bien.

Que la cantidad se convierta en psyché y mnéme más por las diferencias que por las

plenitudes es algo que no deja de confirmarse en adelante, en el Proyecto mismo. La

repetición no añade ninguna cantidad de fuerza presente, ninguna intensidad, reedita la

misma impresión: tiene, sin embargo, poder de abrirse-paso. «La memoria, es decir, la

fuerza (Macht), siempre en acción, de una experiencia, depende de un factor que se

llama la cantidad de la impresión, y de la frecuencia de repetición de la misma

impresión.» El número de repeticiones se añade, pues, a la cantidad (Qh) de la

excitación y estas dos cantidades son de dos órdenes absolutamente heterogéneos.

Repeticiones sólo las hay discretas y no actúan como tales más que por el diastema

que las mantiene separadas. Finalmente, si el abrirse-paso puede suplir la cantidad

actualmente en acción o añadirse a ella, es porque ciertamente es análoga a ésta, pero

también diferente: la cantidad «puede ser reemplazada por la cantidad más el abrirse-

paso que de ahí resulte». No nos apresuremos a determinar como cualidad otra cosa

que la cantidad pura: se transformaría la fuerza mnémica en consciencia presente y

percepción translúcida de las cualidades presentes. Así, ni la diferencia entre las

cantidades plenas, ni el intersticio entre las repeticiones de lo idéntico, ni el abrirse-

paso mismo se dejan pensar en la oposición de la cantidad y de la cualidad.[i] De ella

no puede derivarse la memoria, éstas escapa a las posiciones tanto de un

«naturalismo» como de una «fenomenología».

Todas estas diferencias en la producción de la huella pueden reinterpretarse como

momentos de la diferancia. Según un motivo que no dejará de regir el pensamiento de

Freud, se describe este movimiento como esfuerzo de la vida que se protege a sí

misma difiriendo la inversión peligrosa, es decir, constituyendo una reserva (Vorrat). El

gasto o la presencia amenazadores son diferidos con la ayuda del abrirse-paso o de la

repetición. ¿No es ya esto el rodeo (Aufschub) que instaura la relación del placer con la

realidad (Jenseits, ya citado)? ¿No es ya esto la muerte en el principio de una vida que

no puede defenderse contra la muerte más que por la economía de la muerte, la

diferancia, la repetición, la reserva? Pues la repetición no sobreviene a la impresión

primera, su posibilidad está ya ahí, en la resistencia que ofrecen las neuronas

psíquicas la primera vez. La resistencia misma no es posible más que si la oposición de

fuerzas perdura o se repite originariamente. Lo que se vuelve enigmático es la idea

misma de primera vez. Esto que anticipamos aquí no nos parece contradictorio con lo

que Freud dirá más adelante: «... el abrirse-paso es probablemente el resultado del

pasar único (einmaliger) de una gran cantidad». Aun suponiendo que esta afirmación

no remita poco a poco al problema de la filogénesis y de los pasos-abiertos

hereditarios, se puede seguir sosteniendo que en la primera vez del contacto entre dos

fuerzas, la repetición ha comenzado. La vida está ya amenazada por el origen de la

memoria que la constituye y por el abrirse-paso al que aquélla resiste, por la rotura que

no puede contener más que repitiéndola. Es por la fractura que produce el abrirse-paso

por lo que, en el Proyecto, Freud le reconocía un privilegio al dolor. De una cierta

manera, no hay ningún abrirse-paso sin un comienzo de dolor y «el dolor deja tras de sí

particularmente ricos pasos-abiertos». Pero más allá de una cierta cantidad, el dolor,

origen amenazador del psiquismo, debe ser diferido, como la muerte, pues puede

«hacer fracasar» «la organización» psíquica. A pesar del enigma de la «primera vez» y

de la repetición originaria (antes, claro está, de toda distinción entre la repetición

llamada normal y la repetición llamada patológica), es importante que Freud atribuya

todo este trabajo a la función primaria y excluya de ella toda derivación. Atendamos a

esa no-derivación, incluso si ésta no hace sino más densa la dificultad del concepto de

«primariedad» y de intemporalidad del proceso primario, e incluso si esa dificultad no

deja en ningún momento de agravarse en adelante. «Como a pesar suyo, piensa uno

aquí en el esfuerzo originario del sistema de neuronas, esfuerzo que persevera a través

de todas las modificaciones para ahorrarse la sobrecarga de cantidad (Qh) o para

reducirla en lo posible. Presionado por la urgencia de la vida, el sistema neuronal se ha

visto forzado a conservar una reserva de cantidad (Qh). Para este fin he tenido que

multiplicar sus neuronas y éstas tenían que ser impermeables. Aquél se evita así el ser

ocupado, investido por la cantidad (Qh), al menos en cierta medida, en cuanto que

instituye los pasos-abiertos . Se ve, pues, que los pasos-abiertos sirven a la función

primaria.»

Indudablemente la vida se protege a sí misma mediante la repetición, la huella, la

diferancia. Pero hay que tener cuidado con esa formulación: no hay vida primero

presente, que a continuación llegase a protegerse, a aplazarse, a reservarse en la

diferancia. Ésta constituye la esencia de la vida. Más bien, como la diferancia no es una

esencia, como no es nada, no es tampoco la vida, si el ser se determina como ousia,

presencia, esencia/existencia, sustancia o sujeto. Hay que pensar la vida como huella

antes de determinar el ser como presencia. Esa es la única condición para poder decir

que la vida es la muerte, que la repetición y el más allá del principio del placer son

originarios, y congénitos de aquello que precisamente transgreden. Cuando Freud

escribe en el Proyecto que «los pasos-abiertos sirven a la función primaria», nos impide

ya dejarnos sorprender por Más allá del principio del placer. Freud hace justicia a una

doble necesidad: reconocer la diferancia en el origen, y al mismo tiempo tachar el

concepto de primariedad: ya no habrá que sorprenderse por la Traumdeutung que lo

define como una «ficción teórica» en un parágrafo sobre el «retardo» (Verspätung) del

proceso secundario. Así pues, es el retardo lo que es originario.[ii] Sin eso, la diferancia

sería la demora que se le concede a una consciencia, a una presencia a sí del

presente. Diferir no puede significar, pues, retardar un presente posible, suspender un

acto, aplazar una percepción posible ya y ahora. Ese posible no es posible sino por la

diferancia que hay que concebir, pues, de otro modo que como un cálculo o una

mecánica de la decisión. Decir de ella que es originaria es al mismo tiempo borrar el

mito de un origen presente. Por eso hay que entender «originario» bajo tachadura, si

no fuera así se derivaría la diferancia de un origen pleno. Es el no-origen lo que es

originario.

Más bien que renunciar a él, quizás hay que volver a pensar, pues, el concepto del

«diferir». Eso es lo que quisiéramos hacer; y eso sólo es posible si se determina la

diferancia fuera de todo horizonte teleológico o escatológico. No es fácil. Anotémoslo

de paso: los conceptos de Nachträglichkeit y de Verspätung, conceptos rectores de

todo el pensamiento freudiano, conceptos determinantes de todos los demás

conceptos, están ya presentes, e invocados por su nombre, en el Proyecto. La

irreductibilidad del «retardamiento»: éste es, sin duda, el descubrimiento de Freud. Este

descubrimiento, Freud lo pone en práctica hasta en sus últimas consecuencias y más

allá del psicoanálisis del individuo. Según él, la historia de la cultura tiene que

confirmarlo. En Moisés y el monoteísmo (1937), la eficacia del retardamiento y del «a

destiempo» (l’aprés-coup) cubre amplios intervalos históricos (G. W., XVI, pp. 238 y

239). El problema de la latencia, por otra parte, se comunica ahí de manera muy

significativa con el de la tradición oral y la tradición escrita (pp. 170 y ss.).

Aunque en ningún momento, en el Proyecto, se le llame al abrirse-paso escritura, las

exigencias contradictorias a las que va a responder el Bloc mágico están ya formuladas

en términos literalmente idénticos: «retener aun permaneciendo capaz de recibir».

Las diferencias en el trabajo del abrirse-paso no conciernen sólo a las fuerzas sino

también a los lugares. Y Freud pretende ya pensar al mismo tiempo la fuerza y el lugar.

Es el primero en no creer en el carácter descriptivo de esta representación hipotética

del abrirse-paso. La distinción entre las categorías de neuronas «no tiene ninguna base

reconocida, al menos en cuanto a la morfología, es decir, a la histología». Es el índex

de una descripción tópica que el espacio exterior, familiar y constituido, la exterioridad

de las ciencias naturales, no podría abarcar. Por eso, bajo el título de «punto de vista

biológico», la «diferencia de esencia» (Wesensverschiedenheit) entre las neuronas es

«reemplazada por una diferencia de ámbito de destino» (Schicksals-

Milieuverschiedenheit): diferencias puras, diferencias de situación, de conexión, de

localización, de relaciones estructurales, más importantes que los términos de soporte,

y para los que la relatividad del afuera y del adentro es siempre arbitral. El pensamiento

de la diferancia no puede ni prescindir de una tópica ni aceptar las representaciones

corrientes del espaciamiento.

Esta dificultad se agudiza todavía más cuando hay que explicar las diferencias puras

por excelencia: las de la cualidad, es decir, para Freud, las de la consciencia. Hay que

explicar «lo que conocemos, de manera enigmática (rätselhaft), gracias a nuestra

“consciencia”». Y «puesto que esta consciencia no conoce nada de lo que hemos

tomado en consideración hasta aquí, [la teoría] tiene que explicarnos precisamente esa

ignorancia». Ahora bien, las cualidades son, ciertamente, diferencias puras: «La

consciencia nos da lo que se llaman cualidades, una gran diversidad de sensaciones,

que son de otro modo (anders) y cuyo ser de otro modo (Anders) se diferencia

(unterschieden wird) según las referencias al mundo exterior. En este de otro modo hay

series, semejanzas, etc., pero no hay propiamente ninguna cantidad. Cabe preguntarse

cómo nacen estas cualidades y dónde nacen estas cualidades».

Ni fuera ni dentro. No puede ser en el mundo exterior donde el físico sólo conoce

cantidades, «masas en movimiento y ninguna otra cosa». Ni en la interioridad de lo

psíquico, es decir, de la memoria, pues la «reproducción y el recuerdo» están

«desprovistos de cualidad» (qualitätslos). Como no es cosa de renunciar a la

representación tópica, «hay que llegar a tener el valor de suponer que hay un tercer

sistema de neuronas, neuronas perceptivas en cierto modo; este sistema, excitado con

los otros durante la percepción, no lo sería ya durante la reproducción y sus estados de

excitación proporcionarían las diferentes cualidades, es decir, serían las sensaciones

conscientes». Anunciando cierta hoja intercalada del bloc mágico, Freud, molesto por

su «jerga», dice a Fliess (carta 39, 1-1-96) que intercala, que «hace

deslizar» (schieben) las neuronas de percepción (v) entre las neuronas f y c.

De esta última audacia nace una «dificultad aparentemente inaudita»: acabamos de

encontrar una permeabilidad y un abrirse-paso que no proceden de ninguna cantidad.

¿De qué, pues? Del tiempo puro, de la temporalización pura en lo que la une al

espaciamiento: de la periodicidad. Sólo el recurso a la temporalidad y a una

temporalidad discontinua o periódica permite resolver la dificultad, y habría que meditar

pacientemente sus implicaciones. «No veo más que una salida... hasta aquí, no había

considerado el flujo de la cantidad más que como la transferencia de una cantidad (Qh)

de una neurona a otra. Pero ha de tener otra característica, una naturaleza temporal.»

Si la hipótesis discontinuista «va más lejos», lo subraya Freud, que la «explicación

fisicalista», mediante el período, es porque aquí las diferencias, los intervalos, la

discontinuidad son registrados, «apropiados» sin su soporte cuantitativo. Las neuronas

perceptivas, «incapaces de recibir cantidades, se apropian del período de la

excitación». Diferencia pura, de nuevo, y diferencia entre los diastemas. El concepto de

período en general precede y condiciona la oposición de la cantidad y la cualidad, con

todo lo que esa oposición rige. Pues «las neuronas tienen también su período, pero

éste carece de cualidad, o mejor dicho, es monótono». Lo veremos, de este

discontinuismo se hará cargo fielmente la Nota sobre el bloc mágico: como en el

Proyecto, última punta de la audacia desatando una última aporía.

La continuación del Proyecto dependerá por completo de esta apelación incesante y

cada vez más radical al principio de la diferencia. Constantemente se reencuentra ahí,

bajo una neurología indicativa, que juega el papel representativo de un montaje

artificial, el obstinado proyecto de dar cuenta del psiquismo por el espaciamiento, por

una topografía de las huellas, por un mapa de los actos de abrirse-paso; proyecto de

situar la consciencia o la cualidad en un espacio, cuya estructura y cuya posibilidad

hay, pues, que volver a pensar; y proyecto de describir «el funcionamiento del aparato»

por diferencias y situaciones puras, de explicar cómo «la cantidad de excitación se

expresa en c por la complicación, y la cualidad por la tópica». Es a causa de la

naturaleza original de ese sistema de diferencias y de esta topografía, y de que no

debe dejar nada fuera de sí, por lo que Freud multiplica durante el montaje del aparato

los «actos de valentía», las «hipótesis extrañas pero indispensables» (a propósito de

las neuronas «secretoras» o neuronas «clave»). Y cuando renuncie a la neurología y a

las localizaciones anatómicas, no será para abandonar sino para transformar sus

preocupaciones topográficas. Entonces, la escritura entrará en escena. La huella se

hará grama; y el medio del abrirse-paso, un espaciamiento cifrado.

La lámina y el suplemento de origen

Unas semanas después del envío del Proyecto a Fliess, en el curso de una «noche de

trabajo», todos los elementos del sistema se ordenan en una «máquina». No es todavía

una máquina de escribir: «Todo parecía encajar en el lugar correspondiente; los

engranajes ajustaban a la perfección y el conjunto semejaba realmente una máquina

que pronto podría echar a andar sola».[iii] Pronto: a los treinta años. Sola: casi.

Poco más de un año después, la huella empieza a convertirse en escritura. En la carta

52 (6-12-96), todo el sistema del Proyecto se reconstituye dentro de una

conceptualidad gráfica todavía inédita en Freud. No es sorprendente que eso coincida

con el paso de lo neurológico a lo psíquico. En medio de esta carta, las palabras

«signo» (Zeichen), inscripción (Niederschrift), transcripción (Umschrift). No sólo se

define en ella explícitamente la comunicación de la huella y del retardo (es decir, de un

presente no constituyente, originariamente reconstituido a partir de los «signos» de la

memoria), sino que el sitio de lo verbal se le asigna ahí a la interioridad de un sistema

de escritura estratificado que está muy lejos de dominar: «Como sabes, estoy

trabajando sobre la hipótesis de que nuestro aparato psíquico se ha constituido por una

superposición de estratos (Aufeinanderschichtung), es decir, que de tanto en tanto el

material existente en forma de huellas mnémicas (Erinnerungsspuren) se somete a una

reestructuración (Umordnung), según nuevas relaciones, a una transcripción

(Umschrift). Lo esencialmente nuevo en mi teoría es la afirmación de que la memoria

no está presente una sola y única vez sino que se repite, se consigna (niederlegt) en

diferentes clases de signos... No sabría decir cuál es el número de estas inscripciones

(Niederschriften). Por lo menos son tres, probablemente más... las inscripciones

individuales están separadas (no necesariamente de manera tópica) en cuanto a las

neuronas que son sus portadoras... Percepción. Son las neuronas en las que aparecen

las percepciones, a las que se vincula la consciencia, pero que no retienen en sí

mismas ninguna huella de lo que sucede. Pues la consciencia y la memoria se

excluyen mutuamente. Signo de percepción. Es la primera inscripción de las

percepciones, totalmente incapaz de acceder a la consciencia, y constituida mediante

asociación simultánea... Inconsciente. Es la segunda inscripción... Preconsciente. Es la

tercera inscripción, ligada a las representaciones verbales y correspondiente a nuestro

yo oficial... esta consciencia pensante secundaria, que sobreviene con retraso en el

tiempo, está probablemente ligada a la activación alucinatoria de representaciones

verbales».

Es el primer indicio en dirección a la Nota sobre el bloc maravilloso. De ahora en

adelante, a partir de la Traumdeutung (1900), la metáfora de la escritura se va a

apoderar a la vez del problema del aparato psíquico en su estructura y del problema del

texto psíquico en su tejido. La solidaridad de los dos problemas hará que estemos más

atentos: las dos series de metáforas -texto y máquina- no entran en escena al mismo

tiempo.

«Los sueños siguen en general antiguos pasos-abiertos», decía el Proyecto. Habrá que

interpretar, pues, en adelante, la regresión tópica, temporal y formal, del sueño como

camino de retorno dentro de un paisaje de escritura. No ya escritura simplemente

transcriptiva, eco pedregoso de una verbalidad ensordecida, sino litografía anterior a

las palabras: metafonética, no lingüística, a-lógica. (La lógica obedece a la consciencia,

o a la preconsciencia, lugar de las representaciones verbales; al principio de identidad,

expresión fundadora de la filosofía de la presencia. «No era más que una contradicción

lógica, lo cual no quiere decir gran cosa», se lee en El hombre de los lobos.) Como el

sueño se desplaza por un bosque de escritura, la Traumdeutung, la interpretación de

los sueños será, sin duda, en primera instancia, una lectura y un desciframiento. Antes

del análisis del sueño de Irma, Freud entra en consideraciones de método. En un gesto

familiar en él, opone la vieja tradición popular a la psicología llamada científica. Lo

hace, como siempre, para justificar la intención profunda que anima a la primera.

Ciertamente, ésta se extravía, cuando, siguiendo un procedimiento «simbólico», trata el

contenido del sueño como una totalidad indescomponible e inarticulada que bastará

con sustituir por otra totalidad inteligible y eventualmente premonitoria. Pero falta poco

para que Freud acepte el «otro método popular»: «Se la podría llamar el “método del

desciframiento” (Chiffriermethode), puesto que trata el sueño como una especie de

escritura secreta (Geheimschrift) en la que cada signo es traducido, mediante una clave

(Schlüssel) fija, a otro signo, cuya significación es conocida» (G.W. II y III, p. 102).

Retengamos aquí la alusión al código permanente; es la debilidad de un método al que

Freud reconoce al menos el mérito de ser analítico y de deletrear uno por uno los

elementos de la significación.

Curioso ejemplo el que usa Freud para ilustrar ese procedimiento tradicional: un texto

de escritura fonética es investido y funciona como un elemento discreto, particular,

traducible y sin privilegio en la escritura general del sueño. Escritura fonética como

escritura en la escritura. Supongamos, por ejemplo, que yo haya soñado en una carta

(Brief/epistola), y después en un entierro. Abramos un Traumbuch, un libro donde están

consignadas las claves de los sueños, una enciclopedia de los signos oníricos, ese

diccionario del sueño que Freud va a rechazar enseguida. Ese diccionario nos enseña

que hay que traducir (übersetzen) carta por despecho y entierro por noviazgo. Así, una

carta (epistola) escrita con letras (litterae), un documento de signos fonéticos, la

transcripción de un discurso verbal, puede ser traducida por un significante no verbal

que, en tanto que afecto determinado, pertenece a la sintaxis general de la escritura

onírica. Lo verbal queda investido, y su transcripción fonética encadenada, lejos del

centro, en una red de escritura muda.

Freud toma entonces de Artemidoro de Daldis (siglo 11), autor de un tratado de

interpretación de los sueños, otro ejemplo. Usémoslo como pretexto para recordar que

en el siglo XVIII, un teólogo inglés, desconocido por Freud,[iv] se había referido ya a

Artemidoro con una intención que merece sin duda que se la compare. Warburton

describe el sistema de los jeroglíficos y discierne en ellos, con razón o sin ella, poco

importa en este momento, diferentes estructuras (jeroglíficos propios o simbólicos,

pudiendo ser cada especie curiológica o trópica, y las relaciones, de analogía o de la

parte con el todo) que habría que confrontar sistemáticamente con las formas de

trabajo del sueño (condensación, desplazamiento, sobredeterminación). Ahora bien,

Warburton, preocupado, por razones apologéticas, con dar así, en particular contra el

padre Kircher, «la prueba de la gran antigüedad de esta Nación», escoge el ejemplo de

una ciencia egipcia que encuentra su fuente en la escritura jeroglífica. Esta ciencia es

la Traumdeutung, que se llama también onirocritia. Después de todo, ésta no era más

que una ciencia de la escritura en manos de los padres. Dios, creían los egipcios, había

donado la escritura de la misma manera que inspiraba los sueños. Así, los intérpretes

no tenían más que recurrir, como el sueño mismo, al tesoro trópico o curiológico. Ahí

encontraban, ya completamente preparada, la clave de los sueños, que después

aparentaban adivinar. El código jeroglífico tenía por sí mismo valor de Traumbuch.

Presunto don de Dios, constituido en verdad por la historia, se había convertido en el

fondo común al que recurría el discurso onírico: el decorado y el texto de su puesta en

escena. Al estar construido el sueño como una escritura, los tipos de transposición

onírica correspondían a condensaciones y a desplazamientos ya practicados y

registrados en el sistema de los jeroglíficos. El sueño no haría sino manipular

elementos (stoicheia, dice Warburton, elementos o letras) encerrados en el tesoro

jeroglífico, un poco como una palabra escrita recurriría a una lengua escrita: «...Hay

que examinar qué fundamento puede haber tenido, originariamente, la interpretación

que daba el Onirocrítico, cuando le decía a una persona que le consultaba sobre

alguno de los sueños siguientes, que un dragón significaba la realeza, que una

serpiente indicaba enfermedad...; que unas ranas representaban a impostores... ».

¿Qué hacían entonces los hermeneutas de la época? Consultaban la escritura como

tal: «Ahora bien, los primeros Intérpretes de los sueños no eran en absoluto ni bribones

ni impostores. Lo único que les pasaba era, igual que a los primeros astrólogos

judiciales, el ser más supersticiosos que los demás hombres de su tiempo, y el ser los

primeros en caer en la ilusión. Pero, aun cuando supusiéramos que hayan sido tan

bribones como sus sucesores, al menos han hecho falta primero unos materiales

propios para ser puestos en práctica; y esos materiales no han podido ser nunca de tal

naturaleza como para conmover, de una manera tan extraña, la imaginación de cada

particular. Aquellos que les consultaban habrán querido encontrar una analogía

conocida, que sirviese de fundamento a su desciframiento; y ellos mismos habrán

recurrido igualmente a una autoridad reconocida para sostener su ciencia. Pero ¿qué

otra analogía y qué otra autoridad podía haber ahí sino los jeroglíficos simbólicos, que

se habían convertido entonces en una cosa sagrada y misteriosa? He aquí la solución

natural de la dificultad. La ciencia simbólica... servía de fundamento a sus

interpretaciones».

Es aquí donde se introduce la ruptura freudiana. Indudablemente Freud piensa que el

sueño se desplaza como una escritura original, que pone en escena las palabras sin

someterse a ellas; indudablemente, piensa aquí en un modelo de escritura irreductible

al habla y que comporta, como los jeroglíficos, elementos pictográficos, ideogramáticos

y fonéticos. Pero convierte la escritura psíquica en una producción tan originaria que la

escritura tal como se la cree poder entender en su sentido propio, escritura codificada y

visible «en el mundo», no sería más que una metáfora de aquélla. La escritura

psíquica, por ejemplo la del sueño que «sigue antiguos pasos-abiertos», simple

momento en la regresión hacia la escritura «primaria», no se deja leer a partir de

ningún código. Sin duda, aquélla trabaja con una masa de elementos codificados en el

curso de una historia individual o colectiva. Pero en sus operaciones, su léxico y su

sintaxis se mantiene irreductible un residuo puramente idiomático, que tiene que llevar

todo el peso de la interpretación, en la comunicación entre los inconscientes. El

soñador inventa su propia gramática. No hay material significante o texto previo que se

contentaría con utilizar, aunque en cualquier caso nunca se priva de ellos. Tal es, a

pesar de su interés, el límite del Chiffiriermethode y del Traumbuch. Tanto como a la

generalidad y a la rigidez del código, este límite afecta al hecho de que en ellos hay

una preocupación excesiva por los contenidos, e insuficiente por las relaciones,

situaciones, funcionamiento y diferencias: «Mi procedimiento no es tan cómodo como el

del método popular de desciframiento que traduce el contenido dado de un sueño

según un código establecido; por mi parte estoy más bien inclinado a pensar que el

mismo contenido del sueño puede albergar también otro sentido en personas diferentes

y en un contexto diferente» (p. 109). Por otra parte, para sostener esta afirmación,

Freud cree poder invocar la escritura china: «Éstos [los símbolos del sueño] tienen

frecuentemente significaciones múltiples, de tal modo que, como en la escritura china,

sólo el contexto hace posible en cada caso la comprensión correcta» (p. 358).

La ausencia de todo código exhaustivo y absolutamente infalible: lo que esto quiere

decir es que en la escritura psíquica, que de esa manera anuncia el sentido de toda

escritura en general, la diferencia entre significante y significado no es nunca radical.

La experiencia inconsciente, antes del sueño que sigue antiguos pasos-abiertos, no

adopta, sino que produce sus propios significantes, ciertamente no los crea en sus

cuerpos pero sí produce su significancia. Desde ese momento no son ya, propiamente

hablando, significantes. Y la posibilidad de la traducción, si bien está lejos de quedar

anulada -pues luego la experiencia no deja de tender distancias entre los puntos de

identidad o de adherencia del significante al significado- resulta, por principio y

definitivamente, limitada. Es eso lo que Freud pretende, quizás, desde otro punto de

vista, en el artículo sobre La represión: «La represión actúa de manera completamente

individual» (G.W., X, p. 252). (La individualidad no es aquí, ni en primera instancia, la

de un individuo, sino la de cada «ramificación de lo reprimido, que puede tener su

destino propio».) No hay traducción, sistema de traducción, más que si un código

permanente permite sustituir o transformar los significantes, conservando el mismo

significado, presente siempre a pesar de la ausencia de tal o cual significante

determinado. La posibilidad radical de la sustitución estaría, pues, implicada por el par

de conceptos significado/significante, en consecuencia, por el concepto mismo de

signo. No cambia nada el hecho de que, de acuerdo con Saussure, no se distinga el

significado del significante más que como las dos caras de una misma hoja. La

escritura originaria, si es que hay una, tiene que producir el espacio y el cuerpo de la

hoja misma.

Se dirá: y sin embargo Freud está traduciendo continuamente. Cree en la generalidad y

en la fijeza de un cierto código de la escritura onírica: «Cuando se está familiarizado

con la sobreabundante explotación de la simbólica para la puesta en escena del

material sexual en el sueño, tiene que preguntarse uno si buen número de estos

símbolos no hacen su entrada como las “siglas” de la estenografía con una

significación bien establecida de una vez por todas, y se encuentra uno ante la

tentación de proyectar un nuevo Traumbuch según el método-del-desciframiento» (II/III,

p. 356). Y de hecho, Freud no ha dejado de proponer códigos, reglas de una

generalidad muy amplia. Y la sustitución de los significantes parece que es la actividad

esencial de la interpretación psicoanalítica. Eso es cierto. No por ello deja de asignar

Freud un límite esencial a esta operación. Más bien un doble límite.

Al considerar, primero, la expresión verbal, tal como ésta queda circunscrita en el

sueño, se hace notar que su sonoridad, el cuerpo de la expresión, no se borra nunca

ante el significado o al menos no se deja atravesar y transgredir como sí lo hace en el

discurso consciente. Actúa como tal, según la eficacia que Artaud le destinaba en la

escena de la crueldad. Ahora bien, un cuerpo verbal no se deja traducir o transportar a

otra lengua. Es eso justamente lo que la traducción deja caer. Dejar caer el cuerpo: esa

es, incluso, la energía esencial de la traducción. Cuando reinstituye un cuerpo, es

poesía. En este sentido, como el cuerpo del significante constituye el idioma para toda

escena de sueño, el sueño es intraducible: «El sueño depende tan íntimamente de la

expresión verbal que, Ferenczi ha podido hacerlo notar con razón, cada lengua tiene su

propia lengua de sueño. Como regla general, un sueño es intraducible a otras lenguas,

y un libro como éste no lo es más, eso pensaba yo al menos». Lo que vale aquí de una

lengua nacional determinada vale a fortiori para una gramática individual.

Por otra parte, esta imposibilidad en cierto modo horizontal de una traducción sin

pérdida, tiene su principio en una imposibilidad vertical. Nos referimos aquí al hacerse-

conscientes pensamientos inconscientes. Si no se puede traducir el sueño en otra

lengua, es también porque dentro del aparato psíquico no hay nunca relación de simple

traducción. Se habla equivocadamente, nos dice Freud, de traducción o de

transcripción para describir el paso de los pensamientos inconscientes a través de la

preconsciencia hasta la consciencia. De nuevo aquí, el concepto metafórico de

traducción (Übersetzung) o de transcripción (Umschrift) no es peligroso porque haga

referencia a la escritura, sino en tanto que, supone un texto ya ahí, inmóvil, presencia

impasible de una estatua, de una piedra escrita o de un archivo cuyo contenido

significado se transportaría sin daño al elemento de otro lenguaje, el de la

preconsciencia o la consciencia. No basta, pues, con hablar de escritura para ser fieles

a Freud, se le puede traicionar de esa manera más que nunca.

Es eso lo que se nos explica en el último capítulo de la Traumdeutung. Se trata

entonces de completar una metáfora puramente y convencionalmente tópica del

aparato psíquico mediante la apelación a la fuerza y a dos especies de procesos o

tipos de recorrido de la excitación: «Intentaremos ahora rectificar algunas imágenes

[ilustraciones intuitivas: Anschaungen] que pudieron ser equivocadamente interpretadas

mientras tuvimos ante la vista los dos sistemas como dos localidades dentro del

aparato psíquico, imágenes que han dejado su huella en las expresiones “reprimir” y

“penetrar”. Cuando decimos que un pensamiento inconsciente aspira a una traducción

(Übersetzung) a lo pre-consciente, para penetrar después en la consciencia, no

queremos decir que ha debido formarse un segundo pensamiento, situado en un nuevo

lugar, una especie de transcripción (Umschrift) al lado de la cual se mantendría el texto

original; asimismo queremos también separar cuidadosamente toda idea de cambio de

lugar del acto de penetrar en la consciencia».[v]

Interrumpamos por un momento nuestra cita. Así, pues, el texto consciente no es una

transcripción, porque no ha habido que transponer, no ha habido que transportar un

texto presente en otra parte bajo la forma de la inconsciencia. Pues el valor de

presencia puede afectar también peligrosamente al concepto de inconsciente. Así,

pues, no hay una verdad inconsciente que haya que volver a encontrar porque esté

escrita en otra parte. No hay texto escrito y presente en otra parte, que daría lugar, sin

que se modificara por ello, a un trabajo y a una temporalización (la cual pertenece, si

nos atenemos a la literalidad freudiana, a la consciencia) que se mantendrían externos

a él y que flotarían en su superficie. No hay, en general, texto presente, y ni siquiera

texto presente-pasado, texto pasado como habiendo sido presente. El texto no se

puede pensar en la forma, originaria o modificada, de la presencia. El texto

inconsciente está ya tejido con huellas puras, con diferencias en las que se juntan el

sentido y la fuerza, texto en ninguna parte presente, constituido por archivos que son

ya desde siempre transcripciones. Láminas originarias. Todo empieza con la

reproducción. Ya desde siempre, es decir, depósitos de un sentido que no ha estado

nunca presente, cuyo presente significado es siempre reconstituido con retardo,

nachträglich, a destiempo, suplementariamente: nachträglich quiere decir también

suplementario. La apelación al suplemento es aquí originaria y socava lo que se

reconstituye con retardo como el presente. El suplemento, lo que parece añadirse

como lo lleno a lo lleno, es también lo que suple. «Suplir: 1. añadir lo que falta,

proporcionar lo que hace falta de excedente», dice Littré, respetando como un

sonámbulo la extraña lógica de esta palabra. Es en esa lógica como hay que pensar la

posibilidad del a-destiempo, y también, sin duda, la relación de lo primario con lo

secundario en todos sus niveles. Anotémoslo: Nachtrag tiene también un sentido

preciso en el ámbito de las letras; es el apéndice, el codicilo, el post-scriptum. El texto

que se llama presente sólo se descifra a pie de página, en la nota o el post-scriptum.

Antes de esta recurrencia, el presente no es más que una indicación de nota. Esto de

que el presente en general no sea originario sino reconstituido, que no sea la forma

absoluta, plenamente viviente y constituyente de la experiencia, que no haya la pureza

del presente viviente: este es el tema, formidable para la historia de la metafísica, que

Freud nos invita a pensar a través de una conceptualidad desigual con la cosa misma.

Es este pensamiento, sin duda, el único que no se agota en la metafísica o en la

ciencia.

Puesto que el paso a la consciencia no es una escritura derivada y repetitiva, una

transcripción que doble la escritura inconsciente, dicho paso se produce de forma

original y, en su misma secundariedad, es originario e irreductible. Como la consciencia

es para Freud una superficie expuesta al mundo exterior, aquí, en lugar de recorrer la

metáfora en el sentido banal, hay que comprender, por el contrario, la posibilidad de la

escritura a la que se denomina consciente y actuante en el mundo (exterior visible de la

grafía, de la literalidad, del hacerse literaria la literalidad, etc.) a partir de ese trabajo de

escritura que circula como una energía psíquica entre lo inconsciente y lo consciente.

La consideración «objetivista» o «mundana» de la escritura no nos enseña nada si no

se la refiere a un espacio de escritura psíquica (se diría de escritura trascendental en el

caso de que, de acuerdo con Husserl, se viera la psique como una región del mundo.

Pero como ese es también el caso de Freud, que quiere respetar a la vez el ser-en-el-

mundo de lo psíquico, su ser-local, y la originalidad de su topología, irreductible a toda

intramundanidad ordinaria, hay que pensar quizás que lo que describimos aquí como

trabajo de la escritura borra la diferencia trascendental entre origen del mundo y ser en-

el-mundo. La borra al producirla: ámbito del diálogo y del malentendido entre los

conceptos husserliano y heideggeriano de ser-en-el-mundo).

En cuanto a esta escritura no-transcriptiva, Freud añade, efectivamente, una precisión

esencial. Ésta debe poner en evidencia: 1. el peligro que se produciría si se

inmovilizase o se aplacase la energía en una metafórica ingenua del lugar; 2. la

necesidad, no de abandonar sino de repensar el espacio o la topología de esta

escritura; 3. que Freud, que insiste siempre en representar el aparato psíquico

mediante un montaje artificial, no ha descubierto todavía un modelo mecánico

adecuado a la conceptualidad grafemática que utiliza ya para describir el texto

psíquico.

«Cuando decimos que un pensamiento preconsciente queda reprimido y acogido

después por lo inconsciente, estas imágenes, tomadas del ámbito metafórico

(Vorstellungskreis) del combate para la ocupación de un terreno, podrían incitarnos a

creer que realmente queda disuelta en una de las dos localidades psíquicas una

ordenación (Anordnung) y sustituida por otra nueva en la otra localidad. En lugar de

estas analogías, diremos ahora, en forma que corresponde mejor al verdadero estado

de cosas, que una carga de energía (Energiebesetzung) es transferida o retirada de

una ordenación determinada, de manera que el producto psíquico queda situado bajo

el dominio de una instancia o sustraído al mismo. Sustituimos aquí, nuevamente, una

representación tópica por una representación dinámica; lo que nos aparece dotado de

movimiento (das Bewegliche) no es el producto psíquico sino su inervación...» (ibíd.).

Interrumpimos de nuevo nuestra cita. La metáfora de la traducción como transcripción

de un texto original separaría la fuerza y la extensión, al mantener la exterioridad

simple de lo traducido y de lo que lo traduce. Esta misma exterioridad, el estatismo y el

topologismo de esta metáfora, asegurarían la transparencia de una traducción neutra,

de un proceso foronómico y no metabólico. Freud lo subraya: la escritura psíquica no

se presta a una traducción porque es un único sistema energético, por diferenciado que

sea, y porque cubre todo el aparato psíquico. A pesar de la diferencia de las instancias,

la escritura psíquica en general no es el desplazamiento de las significaciones en la

limpidez de un espacio inmóvil, dado previamente, ni la blanca neutralidad de un

discurso. De un discurso que podría ser cifrado sin dejar de ser diáfano. Aquí no se

deja reducir la energía, y ésta no limita sino que produce el sentido. La distinción entre

la fuerza y el sentido es derivada en relación a la archi-huella, depende de la metafísica

de la consciencia y de la presencia, o más bien de la presencia en el verbo, en la

alucinación de un lenguaje determinado a partir de la palabra, de la representación

verbal. Metafísica de la preconsciencia, diría quizás Freud, puesto que el preconsciente

es el lugar que le asigna a la verbalidad. Al margen de eso, ¿qué nos habría enseñado

Freud realmente nuevo?

La fuerza produce el sentido (y el espacio) mediante el mero poder de «repetición» que

habita en ella originariamente como su muerte. Este poder, es decir, este impoder que

abre y limita el trabajo de la fuerza inaugura la traducibilidad, hace posible lo que se

llama «el lenguaje», transforma el idioma absoluto en límite desde siempre ya

transgredido: un idioma puro no es un lenguaje, sólo llega a serlo repitiéndose: la

repetición desdobla ya desde siempre la punta de la primera vez. A pesar de las

apariencias, esto no contradice lo que decíamos más arriba sobre lo intraducible. Se

trataba entonces de invocar el origen del movimiento de transgresión, el origen de la

repetición y del convertirse en lenguaje el idioma. Si nos instalamos en lo dado o el

efecto de la repetición, en la traducción, en la evidencia de la distinción entre la fuerza y

el sentido, no sólo se pierde la intuición original de Freud, sino que se borra lo virulento

de la relación con la muerte.

Habría que examinar, pues, de cerca -cosa que no podemos hacer aquí, naturalmente-

todo aquello que Freud nos da que pensar sobre la fuerza de la escritura como

«abrirse-paso» en la repetición psíquica de esta noción hasta ahora neurológica:

abertura de su propio espacio, rotura, penetración de un camino contra resistencias,

ruptura e irrupción que marca la ruta (rupta, via rupta), inscripción violenta de una

forma, trazado de una diferencia en una naturaleza o una materia que no son

pensables como tales más que en su oposición a la escritura. Se abre la ruta en una

naturaleza o una materia, una selva o un bosque (hylé) y proporciona así una

reversibilidad de tiempo y de espacio. Habría que estudiar juntas la historia de la ruta y

la historia de la escritura, genéticamente y estructuralmente. Pensamos aquí en los

textos de Freud acerca del trabajo de la huella mnémica (Erinnerungsspur) que, si bien

no es ya la huella neurológica, no es todavía la «memoria consciente» (El inconsciente,

G.W., X, p. 288) en el trabajo itinerante de la huella, que produce y no que recorre su

ruta, de la huella que traza, de la huella que se abre ella misma su camino. La metáfora

del camino por el que se abre uno paso, tan frecuente en las descripciones de Freud,

se comunica siempre con el tema del retardo suplementario y de la reconstitución del

sentido a destiempo, tras el trabajo de zapa de un topo, tras la labor subterránea de

una impresión. Ésta ha dejado una huella productora que no ha sido percibida jamás, ni

vivida en su sentido en presente, es decir, en consciencia. El post-scriptum que

constituye el presente pasado como tal no se contenta, como quizás han pensado

Platón, Hegel y Proust, con despertarlo o revelarlo en su verdad: lo produce. En cuanto

al retardo sexual: ¿consiste aquí en el mejor ejemplo o en la esencia de este

movimiento? Falsa cuestión, sin duda: el tema -presuntamente conocido- de la

cuestión, a saber, la sexualidad, no está determinado, limitado o ilimitado más que de

rechazo y mediante la respuesta misma. La de Freud, en todo caso, es tajante. Fijaos

en el hombre de los lobos. Es sólo con retardo como llega a ser vivida en su

significación la percepción de la escena primitiva -realidad o fantasma, poco importa-, y

la maduración sexual no es la forma accidental de ese retardo. «Con un año y medio,

recibió impresiones cuya comprensión diferida le fue posible en la época del sueño

gracias a su desarrollo, su exaltación, y su investigación sexual.» Ya en el Proyecto, a

propósito de la represión en la histeria: «Se descubre en todos los casos en que se

reprime un recuerdo, que éste sólo se transforma en trauma retardadamente (nur

nachträglich). La causa de esto es el retardo (Verspätung) de la pubertad en relación

con el desarrollo del individuo en su conjunto». Esto tendría que llevar si no a la

solución, sí al menos a un nuevo planteamiento del temible problema de la

temporalización y de la llamada «intemporalidad» del inconsciente. Aquí, más que en

otros lugares, se advierte la separación entre la intuición y el concepto freudianos. La

intemporalidad del inconsciente está sin duda determinada sólo por oposición a un

concepto corriente del tiempo, concepto tradicional, concepto de la metafísica, tiempo

de la metafísica o tiempo de la consciencia. Habría que leer quizás a Freud como

Heidegger ha leído a Kant: igual que el yo pienso, sin duda el inconsciente es

intemporal sólo con respecto a un cierto concepto vulgar del tiempo.

La dióptrica y los jeroglíficos

No nos apresuremos a concluir que, al apelar a la energética contra la tópica de la

traducción, Freud estaba renunciando a localizar. Si, como vamos a ver, se obstina en

dar una representación proyectiva y espacial, incluso puramente mecánica, de los

procesos energéticos, eso no se debe sólo al valor didáctico de la exposición: se

mantiene irreductible una cierta espacialidad, de la que no podría separarse la idea de