Geoffrey Chew: Apogeo y Decadencia de la Democracia Nuclear por J. C. Ruiz Franco - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

index-1_1.jpg

index-1_2.jpg

Geoffrey Chew:

Apogeo y decadencia de la

democracia nuclear

Juan Carlos Ruiz Franco

(Web: www.jcruizfranco.es

email: jcrfranco@gmail.com)

Estudio sobre historia de la física en el siglo XX, el desarrollo de la

teoría atómica y la propuesta de la democracia nuclear por parte del

físico estadounidense Geoffrey Chew

El presente trabajo puede copiar, reproducirse y difundirse libremente, siempre que se cite la

fuente, el autor y su página web

1

index-2_1.png

index-2_2.png

index-2_3.png

index-2_4.png

index-2_5.jpg

Geoffrey Chew

Geoffrey Chew y Rudolf Peiers

Geoffrey Chew

Geoffrey Chew y Steven Weinberg

2

Índice

1. Introducción

Página 5

2. Contexto histórico, breve semblanza biográfica y juventud

Página 14

3. Los comienzos de la carrera de Chew

Página 23

3.1. La posguerra

3.2. El loyalty oath de la Universidad de California

3.3. Chew abandona Berkeley

4. El exilio

Página 40

5. El regreso a Berkeley – Madurez

Página 42

5.1. Labor pedagógica

5.2. La democracia nuclear

5.3. Antecedentes históricos de la S-matrix

5.3.1. La S-matrix de Heisenberg

5.3.2. La renormalización

5.3.3. Surgimiento de la teoría S-matrix moderna

5.4. Chew, la S-matrix y el bootstrap

5.4.1. La teoría S-matrix de Geoffrey Chew

5.4.2. La utilización de los diagramas de Feynman

5.4.3. La difusión del programa S-matrix

3

5.4.4. La aceptación de la teoría S-matrix en otras universidades

5.4.4.1. Aceptación en Princeton

5.5. Relación entre las ideas y el lenguaje de Chew y el macartismo

5.6. Reflexiones filosóficas sobre la S-matrix

5.6.1. El éxito de la S-matrix

5.6.2. El atractivo filosófico de la S-matrix

5.7. Chew y la política

5.8. Reflexiones de Geoffrey Chew

6. El programa de la democracia nuclear en decadencia

Página 83

7. Los epígonos de Chew

Página 91

7.1. Más allá de la ciencia

7.2. Fritjof Capra

8. Referencias bibliográficas

Página 103

4

1. Introducción

La Física del siglo XX supuso, sin duda, un gran cambio en comparación con los

desarrollos teóricos anteriores. Se trata de un tema ampliamente expuesto en numerosas

publicaciones, pero debemos hacer referencia a él porque nos servirá de introducción para

enmarcar este trabajo. En este siglo, esta ciencia pasó de parecer una disciplina conclusa y

perfecta sobre la que quedaba poco por decir a abrírsele todo un nuevo mundo ante sus

ojos. Hasta finales del siglo XIX, en ella dominaba un paradigma mecanicista y

determinista, procedente de la síntesis entre la física newtoniana y el mecanicismo

cartesiano de la res extensa. El espacio y el tiempo absolutos, la creencia en la validez del

principio de causalidad y la absoluta seguridad de que, si alguien conociera todas las

fuerzas y las posiciones de los seres naturales y pudiera analizar todos los datos derivados

de ellos, conocería todo el pasado, el presente y el futuro del universo (el determinismo

clásico, tal como lo formuló Laplace) eran sus pilares principales. Es cierto que había

discusiones sobre si la naturaleza de la luz era corpuscular (tesis defendida por Newton) u

ondulatoria (la tesis de Huygens, Young, Maxwell y Hertz), y que esta última había

triunfado desde mediados del siglo XIX, pero que los rayos de luz no consistieran en los

haces de partículas que en su día defendió Newton no se consideraba un problema

importante para el sistema en su globalidad. Además, Maxwell había enunciado sus

ecuaciones del electromagnetismo —que parecían unificar todos los fenómenos de este

ámbito—, había respaldado la hipótesis del éter como medio para explicar la propagación

de las ondas de luz, y el ambiente de optimismo y confianza en el cientifismo positivista

hacía que se considerara a la Física como una ciencia prácticamente completa.

5

Sin embargo, el éter seguía siendo sólo una hipótesis, y había investigadores que

deseaban otorgarle un carácter más sólido y material. Después del intento de demostración

de la existencia del éter por parte de Fizeau en 1851, en 1887 Albert Michelson y Edward

Morley realizaron el primero de una larga serie de experimentos para medir la velocidad de

la Tierra respecto al éter, y con ello demostrar la existencia de éste. Contra todo pronóstico,

el resultado fue que no parecía que hubiese tal “viento de éter”. Como era lógico, el

experimento se repitió, pero el resultado fue el mismo. Como también era lógico esperar,

enseguida surgieron las hipótesis ad hoc para salvar las apariencias, pero fue evidente su

artificialidad y falta de coherencia. Por tanto, en contra de lo que se esperaba, lo que se

consiguió fue que se pusiera en duda la misma existencia del éter y que Lorentz y

FitzGerald enunciaran sus ecuaciones de transformación, que a su vez fueron la base de la

teoría de la relatividad especial, obra de Einstein. Todo este embrollo comenzó a poner en

duda la validez del paradigma mecanicista en lo que podríamos llamar “ámbito de de lo

grande”, en el que Einstein pondría fin al espacio y el tiempo absolutos de la mecánica

clásica.

En el “ámbito de lo pequeño”, a finales del XIX y comienzos del XX fue creciendo el

cúmulo de conocimientos sobre los rayos X, la radioactividad y la estructura del átomo, que

se encarnó en los modelos de Thomson y de Rutherford, entre otros avances. Tuvo que ser

Planck, un físico con clara tendencia de la vieja escuela, quien, en su investigación sobre el

cuerpo negro de Kirchhoff, descubriera que la radiación se emitía o absorbía no de forma

continua —como se pensaba hasta entonces—, sino en cantidades discretas, los cuantos de

energía que él expresó en su fórmula E = hv, donde la energía equivale a la frecuencia (v),

multiplicada por h, que simboliza la famosa “constante de Planck”. La energía no se

transmitía, por tanto, de manera continua. Había nacido la que después se conocería como

6

“antigua teoría cuántica”. Después de que Einstein se diera cuenta —en su artículo de 1905

sobre el efecto fotoeléctrico— de la importancia de lo que Planck había descubierto —no

sólo involuntariamente, sino casi contra su voluntad—, y después de que Niels Bohr

mejorara en 1913 el modelo atómico de Rutherford, y en 1925 Schrödinger y Heisenberg

desarrollaran sus mecánicas ondulatoria y matricial, nació la mecánica cuántica, que supuso

un varapalo al paradigma mecanicista en el “ámbito de lo pequeño”, ya que con su dualidad

onda-partícula y su principio de incertidumbre/indeterminación permitió poner en duda el

principio de causalidad y el determinismo laplaciano que habían estado vigentes en Física

durante mucho tiempo.

Además de estas transformaciones “internas” —que a su vez pueden tener causas

externas—, otro cambio importante fue la posición de la Física en la sociedad, en especial

la de la física teórica. Ésta, hasta finales del siglo XIX, no era un campo bien considerado

socialmente, y en cambio sí lo eran la química y la física experimental. Por ejemplo, se dice

que cuando, Planck aceptó la cátedra de física teórica de la Universidad de Berlín, en 1889,

muchos físicos pensaban que este campo en realidad era más bien superfluo; en cambio, la

física experimental gozaba de gran prestigio. Esto precisamente tenía relación con lo que

antes hemos comentado sobre la aparente imposibilidad de perfeccionar o completar lo ya

enunciado por esta disciplina. Así aconsejaba von Jolly al joven Planck en 1874: “La física

teórica es una materia muy elegante, pero es poco probable que usted pueda llegar a

añadirle nada nuevo de importancia fundamental” (Max Planck Society).

En el período de entreguerras esta situación comenzó a variar, y con la Segunda Guerra

Mundial llegó la gran explosión (un término bastante adecuado) de la física teórica. Si la

Primera Guerra Mundial fue la guerra de los químicos —como bien dicen Sánchez Ron y

Kevles—, la Segunda fue la de los físicos. La entrada en escena de la energía nuclear

7

supuso un cambio radical en la posición de la física teórica en la sociedad, lo cual implicó,

inevitablemente, su politización. El caso de Los Álamos —con la colosal reunión de

científicos, militares y políticos, en medio de un desierto norteamericano, con el objetivo de

construir la bomba atómica, y todas las consecuencias posteriores, surgidas durante la

posguerra y la Guerra Fría— es un excelente ejemplo.

Geoffrey Chew, el protagonista de este trabajo —como veremos más adelante—,

comenzó su carrera precisamente en Los Álamos, en el equipo de Robert Oppenheimer,

sufrió en cierta medida la represión que a finales de los cuarenta y comienzos de los

cincuenta ejercieron el Comité de Actividades Anti-Americanas y el equipo del senador

McCarthy, y en medio de este ambiente opresivo adoptó una posición liberal en política,

progresista en pedagogía y rupturista en Física, posiblemente influido por el ambiente de su

época.

Explicaremos todo esto en el transcurso del trabajo. De momento, en la presente

introducción nos sugiere —y consideramos pertinente decir aquí algo sobre el tema— la

cuestión de la relación entre ciencia y sociedad. Como dice el profesor Solís en Razones e

intereses, la historia de la ciencia, a grandes rasgos, se puede abordar desde una perspectiva

objetivista —la considerada tradicional—, según la cual todo se explica mediante causas

internas a la propia ciencia, y “en la que tienen poca cabida las circunstancias sociales o el

contexto metafísico de las teorías científicas”; Otto Neugebauer sería un buen ejemplo de

esta posición. Frente a este enfoque se sitúa el de la concepción sociologista de la ciencia,

representado por Barry Barnes y la Escuela de Edimburgo:

Barry Barnes critica la concepción objetivista de la ciencia del tipo de

la de Neugebauer, según la cual el conocimiento genuino es una

representación justificada de la realidad, al margen de los intereses

8

individuales y sociales de los científicos (…) Frente a dicha concepción,

Barnes señala que el conocimiento está producido por grupos que

interactúan socialmente (…) Un caso aún más extremo es el de S.

Woolgar, quien afirma que los objetos del mundo natural se constituyen

en virtud de la representación, en vez de ser algo preexistente a nuestros

esfuerzos por descubrirlos (…) Ni lógica, ni hechos, ni mundo; sólo

invención social (Solís, 1994: 11-12).

Y nos sigue explicando:

Llamo aquí concepción racionalista a aquella que estima que la ciencia

es el mejor ejemplo de actividad racional, en la que las decisiones se

toman en virtud de reglas y argumentos válidos universalmente (…) Por

otro lado, llamo concepción sociologista a la que se propone ser neutral

respecto a la racionalidad e irracionalidad, respecto a la verdad y falsedad

o, en general, respecto a cualesquiera valoraciones, a fin de concentrarse

exclusivamente en el estudio de la ciencia como si fuese un proceso

natural en el que las decisiones se toman no por razones, sino por causas

sociales.

Dentro de los sociologistas hay dos tendencias: en primer lugar, los etnometodólogos,

que son relativistas tanto en lo epistemológico (no hay conocimiento objetivo) como en lo

ontológico (no hay una realidad independiente de las construcciones sociales. En segundo

lugar, siguiendo a Solís, los partidarios del llamado “Programa Fuerte para la sociología de

la ciencia” continúan teniendo viejos prejuicios como el de creer que existe un mundo

9

exterior que de alguna manera constriñe nuestras creencias. Esta tendencia, aunque sea

relativista, acepta que la ciencia tiene algún sentido. No obstante, frente a los racionalistas,

explican las decisiones científicas en términos de intereses, no de razones, de modo que los

conocimientos generados sobre la naturaleza no son objetivos, sino objetos socialmente

construidos a partir de esos intereses (Cfr. Solís, 1994).

Por su parte, León Olivé afirma, en la introducción a La Explicación Social del

Conocimiento, que “el conocimiento es un hecho social. Seguramente pocos filósofos y casi

ningún sociólogo disputarían hoy en día la verdad de esta afirmación”. Verdad evidente en

sí misma —casi podríamos decir—, pero no es menos obvio que el problema consiste en

explicar qué quiere decir esto exactamente y qué implicaciones tiene. Dependiendo de la

perspectiva que se tome, significará una cosa u otra:

Así, desde la perspectiva tradicional no hay lugar para una verdadera

sociología del conocimiento. El auténtico conocimiento, creencia

verdadera y justificada, se debe explicar sobre fundamentos puramente

epistemológicos (…) Cabe aclarar que el enfoque tradicional no prohíbe

toda explicación causal de las creencias. Lo que sostiene es, si se nos

permite la insistencia, que es incorrecto tratar de explicar creencias

verdaderas por referencia a factores sociales causales (Olivé, 1985: 13).

Olivé pasa después revista a la perspectiva contraria, la de la sociología de la ciencia,

que incluye varias tendencias, pero todas comparten la misma tesis:

La ciencia es una actividad de seres humanos que actúan e interactúan,

y por tanto una actividad social. Su conocimiento, sus afirmaciones, sus

10

técnicas han sido creados por seres humanos y desarrollados, alimentados

y compartidos entre grupos de seres humanos. Por tanto, el conocimiento

científico es esencialmente conocimiento social. Como una actividad

social, la ciencia es claramente un producto de una historia y de un

proceso que ocurre en el tiempo y en el espacio, y que involucra actores

humanos. Estos actores tienen vidas no sólo dentro de la ciencia, sino en

sociedades más amplias de las cuales son miembros (Mendelsohn, 1977:

3. En Olivé, 1985: 22).

Una vez hecho este rápido repaso a las principales teorías sobre el tema, centrándonos en

la labor que nos ocupa y partiendo de que el entorno social debe tener al menos alguna

influencia —aunque no sea determinante— sobre el desarrollo científico, en el presente

trabajo intentaremos mostrar la influencia de los factores sociopolíticos sobre ciertas teorías

físicas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, a través del estudio de la figura del

científico norteamericano Geoffrey Chew. Creemos que a lo largo de la exposición se hará

evidente que el ambiente en que vivieron y trabajaron los físicos de la época de la

posguerra influyó de forma decisiva en su labor. Nos parecería demasiado difícil de

justificar una explicación excesivamente determinista acerca de los factores socioculturales,

al estilo de la ya clásica tesis de Paul Forman sobre la fuerte influencia de la situación

política y cultural de la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial en los físicos

alemanes, que habrían estado predispuestos a aceptar una mecánica cuántica que negara el

principio de causalidad (Cfr. Forman, 1971). En cambio, defender cierta interacción entre

lo sociocultural y lo científico, con influencias en ambos sentidos, nos parece más

apropiado, sobre todo para un proyecto de investigación como éste. Cuando al que esto

11

suscribe le llegue la hora de defender su tesis, tendrá que definirse completamente en lo

relativo a este complejo tema.

Un último aspecto que nos gustaría comentar en esta introducción es el nivel de

comprensión de las teorías físico-matemáticas necesario para poder hacer historia de la

ciencia. No voy a entrar a fondo en esta compleja cuestión teórica, que va más allá del

objetivo de este trabajo, que es exponer la vida y la obra de Geoffrey Chew en relación con

su contexto social y político, pero sí me gustaría comentar algo al respecto. Es lógico que,

para conocer a fondo una teoría física, sea fundamental discernir el aparato matemático que

utiliza. Como bien dice Harry Collins, “es obvio, para todos los que trabajan en el campo

de la Física, que conocer las matemáticas utilizadas es imprescindible para entender las

teorías. En esto consiste realmente comprender las teorías físicas, dado que las matemáticas

son la forma en que ellas se expresan” (Collins, 2007: 667). No obstante, se puede lograr un

nivel suficiente de interpretación de un artículo o teoría, sin tener por qué dominar al detalle

todo el aparato, para hacer historia de la ciencia. El mismo Collins establece varios niveles

de conocimiento en relación con las matemáticas, y asegura que, para conocer los

desarrollos de la Física y poder hablar sobre ellos, no es obligatorio tener un alto grado de

conocimiento en este campo. La física actual es matemática, sin duda, y quienes poseen

grandes conocimientos de este disciplina tienen un lugar entre los físicos más prestigiosos,

pero los físicos no siempre utilizan un alto nivel matemático en sus escritos, e incluso ha

habido físicos brillantes que no han sido muy buenos matemáticos, por ejemplo Niels Bohr,

como atestiguaron su hermano Harald y su colega Heisenberg (Collins, 2007: 669-670); por

ello, quienes pertenecen a otros campos del saber no necesitan ser expertos para entender

las teorías físicas. Lo que requieren es una buena comprensión de los desarrollos

conceptuales y conocer sus implicaciones (Cfr. Collins, 2007). En el caso de un estudioso

12

con formación filosófica, lo que debe poder hacer es seguir la explicación expuesta en el

artículo o libro —aunque no sea capaz de desentrañar todo su planteamiento—, conocer la

teoría y entender sus consecuencias. El investigador de la filosofía y de la historia de la

ciencia puede hablar legítimamente sobre algo tan técnico como las teorías de la Física, a

otro nivel y en un plano distinto al que podría adoptar un científico, que no tiene por qué

ser mejor ni peor, sino simplemente distinto. Y normalmente —podríamos añadir—, su

visión va a ser más amplia y general que la que pueda ofrecer el especialista en ese campo.

Por nuestra parte, esperamos cumplir este objetivo en el presente trabajo y en la tesis

doctoral que emprendamos.

Me gustaría aprovechar esta presentación para decir que la bibliografía utilizada es casi

exclusivamente en inglés, que hemos traducido las citas al castellano en todos los casos

para ganar en claridad y que la traducción de los textos es nuestra, excepto cuando exista

versión española y la hayamos utilizado.

13

2. Introducción histórica, breve semblanza biográfica y juventud

Geoffrey Foucar Chew nació el cinco de junio de 1924 en Washington D.C., lugar donde

también vivió durante su niñez y su primera juventud. Además de estudiar, desde muy

joven se dedicó al deporte, en concreto al béisbol, afición que no se convirtió en carrera

profesional por culpa de unos problemas de espalda. Martin Goldberger, otro físico, llegó a

decir que fue toda una suerte que Chew sufriera esos problemas de espalda porque lo que

perdió el béisbol lo ganó la Física (Goldberger, 1985: 245).

Chew pertenece a la generación de físicos inmediatamente posterior a la de Feynman y

Schwinger, y comenzó a destacar en su campo a mediados de la década de los cincuenta del

siglo XX. No ha sido un científico de geniales descubrimientos como Newton, Einstein,

Bohr o Heisenberg. Tampoco una brillante figura como Oppenheimer, y tal vez ni siquiera

un físico de primera fila como Fermi, Pauli, Feynman o Weinberg. No obstante, su labor ha

sido muy productiva y su trabajo de difusión ha sido excelente gracias al énfasis que

siempre puso en la formación de sus alumnos. Además, fue una persona comprometida en

proyectos políticos relacionados con la defensa de las libertades individuales, durante la

época más oscura de la historia estadounidense del siglo XX. Y, lo que es más importante

para el presente trabajo, protagonizó uno de los episodios más interesantes de la Física del

pasado siglo, con importantes repercusiones a nivel científico y filosófico, como ya

veremos. Por otra parte —aunque esto sea más bien ajeno a nuestra condición de

investigadores—, Chew ha sido también un hombre de gran encanto personal; además de

sus buenas dotes físicas e intelectuales, todos los testimonios apuntan a que es una

excelente persona con gran poder de persuasión. Su éxito en este aspecto también incluyó

14

el éxito con las mujeres; no en vano solían llamarle “el hombre más atractivo de la Física

de Altas Energías”, hasta el punto de que más de una secretaria de departamento

universitario tenía una fotografía suya sobre la mesa. No obstante, ese poder de seducción

no era sólo para el sexo femenino, y por eso John Polkinghorne comentaba que Chew es un

hombre al que uno estaría contento de comprarle un coche usado; tanto es así que su mayor

influencia sobre el mundo de la ciencia la realizó al modo de un vendedor (de ideas)

(Polkinghorne, 1985: 23).

Chew estudió en la George Washington University. En 1944, ya graduado por esa

universidad, George Gamow —que había sido uno de sus profesores y a quien nuestro

protagonista debe su interés por la física de partículas (Gordon, 1998: 15)— le reclutó para

el equipo de científicos de Los Álamos, donde Robert Oppenheimer dirigía el Proyecto

Manhattan, que hizo posible la construcción de las primeras bombas atómicas; en concreto,

se unió al grupo de Edward Teller y Emil Konopinski. Aunque la historia sea bien conocida

y pueda leerse en cualquier manual de historia de la ciencia, vamos a resumirla para que

sirva de introducción a la época que vamos a tratar y a la figura de Geoffrey Chew.

En la búsqueda de los elementos que en la tabla periódica están situados más allá del

uranio —los llamados “transuránicos”—, el italiano Enrico Fermi vio en 1934 que, cuando

bombardeaba con neutrones un átomo, éste solía convertirse en el siguiente elemento en

cuanto a su número atómico. Probó a bombardear el uranio y obtuvo algo que pensó que

sería el elemento siguiente, el 93, transuránico y no existente en la naturaleza. Pero en

1938, los físicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassman se dieron cuenta de que lo que en

realidad había sucedido es que el átomo de uranio se había dividido en dos, es decir, se

había conseguido la fisión radioactiva. Los núcleos resultantes se separan a gran velocidad,

y de ellos se liberan neutrones que pueden, a su vez, descomponer nuevos núcleos. Sabían

15

que, si se lograra una reacción en cadena, en la cual unos neutrones iniciales descomponen

átomos de uranio —con la consiguiente producción de más neutrones que repiten el mismo

proceso—, se generaría una potencia explosiva desconocida hasta entonces. Su

colaboradora Lise Meitner, que por su origen judío había tenido que exiliarse en

Copenhague, escribió junto con su sobrino —Otto Frisch— un artículo para explicar el

proceso. Se lo entregaron a Niels Bohr, ya toda una institución en Dinamarca. En enero de

1939, cuando se publicó el artículo, Bohr viajó a Estados Unidos para informar a sus

colegas norteamericanos. Éstos decidieron estudiar el asunto y confirmaron en poco tiempo

que era posible la fisión del uranio.

El 2 de agosto de 1939, Albert Einstein —que residía en Estados Unidos tras su huida de

la Alemania nazi por su condición de judío—, preocupado por la inminente guerra mundial

y el potencial militar alemán, dirige una carta al presidente de Estados Unidos, Franklin

Delano Roosevelt, comentándole las investigaciones realizadas recientemente por los

científicos Enrico Fermi y Leo Szilard a partir del descubrimiento de Hahn y Strassman,

gracias a las cuales el uranio podría convertirse, en un futuro cercano, en una nueva e importante fuente de armas militares. Einstein recomendaba el inicio de un programa de

investigación sobre el uso militar de la energía atómica, con el objetivo de frenar la amenaza nazi. En octubre de ese año, con la guerra ya en curso —aunque con los Estados

Unidos aún fuera de ella—, Roosevelt autoriza la fabricación de una bomba atómica.

Durante los dos primeros años el proyecto atómico no pasa de ser precisamente eso, un

proyecto, y la inversión en él es pequeña. Sin embargo, a finales de 1941, cuando Estados

Unidos entra en guerra con Japón, la situación cambia: el programa nuclear adquiere la

máxima prioridad, y Gran Bretaña y Canadá se suman a él, que ahora pasa a llamarse

“Proyecto Manhattan”. Miles de científicos, algunos de los más importantes de la época, 16

colaboran y trabajan bajo la dirección científica de Robert Oppenheimer y la supervisión militar del general Leslie Groves, para fabricar dos tipos de bomba atómica: una basada en

el uranio y otra en el plutonio.

El 12 de abril de 1945 muere F. D. Roosevelt, y le sucede en el cargo el hasta entonces vicepresidente Harry Truman. El nuevo presidente, que en principio desconocía la existencia del Proyecto Manhattan, es informado de todos sus pormenores: en tres meses

Estados Unidos podría disponer de una bomba capaz, por sí sola, de destruir toda una

ciudad. Él será quien deba tomar la última decisión al respecto.

El 7 de mayo de 1945 Alemania se rinde, pero aún prosigue la guerra contra Japón, un enemigo casi totalmente derrotado. Los Estados Unidos sabían que Japón estaba

sobradamente vencido, que reconocía su derrota y que deseaba rendirse, pero lo harían con

la condición de que se conservara la figura del emperador, es decir, una rendición

negociada. A pesar de ello, el presidente Truman exige la rendición incondicional a Japón,

que no responde a la exigencia. El 4 de julio Churchill comunica a Truman la aprobación de Gran Bretaña para el uso de la bomba. El 16 de julio, Oppenheimer acciona el mecanismo que permite detonar la primera bomba atómica. La prueba, bautizada con el

nombre de Trinity, explosiona una de las tres bombas nucleares (una de uranio y dos de

plutonio) que se habían obtenido hasta ese momento. Fue en una zona desértica, a ochenta

kilómetros de Alamogordo. El proyecto Manhattan culmina con éxito, y Oppenheimer, al ver ascender el hongo nuclear a los cielos, pronuncia su famosa frase: “Me he convertido la

muerte, la destructora de mundos”, citando el texto sagrado hindú Bhagavad-Guita

(Oppenheimer sabía leer sánscrito). El 17 de julio de 1945, Truman, presente en la

Conferencia de Potsdam, recibe la noticia de los resultados de Trinity. El 26 de julio se redacta la Declaración de Potsdam, en la que se exige a Japón la rendición incondicional.

17

Se trataba de un ultimátum que afirmaba que, sin una rendición de ese tipo, los aliados

atacarían Japón y arrasarían el país; no obstante, no se mencionaba la utilización del arma

nuclear. El gobierno japonés no hace caso a la declaración de los aliados y Truman, desde

Potsdam, da la orden de lanzar la primera bomba atómica. El comandante Paul Tibbets es el

encargado de arrojar Little boy desde el avión Enola Gay; la hora fatídica, las 8:15; la

fecha: seis de agosto de 1945. Tres días después, el bombardero B-29 apodado Bock’s Car

deja caer sobre el centro de Nagasaki la segunda bomba atómica, Fat Man. El 15 de agosto,

el pueblo de Japón oye por primera vez la voz de su emperador, y el motivo es anunciar la

capitulación. El 2 de septiembre, en la bahía de Tokio, en la cubierta del acorazado

Missouri, se formaliza la rendición.

Esto ha sido un breve resumen de lo que se hizo en Los Álamos y sus consecuencias

bélicas. El proyecto se llevó a cabo en secreto y se tuvo mucho cuidado con que el personal

fuera de la máxima confianza. Sin embargo, en el equipo había personas de ideas

izquierdistas, y entre ellas algunas que tenían —o habían tenido— relación con el partido

comunista, y de las que se temía pudieran pasar información a la Unión Soviética de Stalin.

Éste, a través de la Tercera Internacional y los partidos comunistas nacionales, intentaba

influir en la política interna de diversos países. Resulta curioso que se hubiera elegido como

director de un proyecto tan vital para la guerra a Robert Oppenheimer, una persona de ideas

izquierdistas, e incluso con cierta relación con el partido comunista. Las autoridades del

Proyecto Manhattan conocían su pasado, y sin embargo siguieron considerándole el hombre

más adecuado para dirigir el trabajo, sin duda debido a sus cualidades como científico y

organizador. Es de suponer que en aquel momento lo importante era ganar la guerra y

demostrar el poder militar estadounidense; después vendría la Guerra Fría y las cuestiones

políticas.

18

Volvamos al protagonista de nuestra historia. ¿Qué papel jugó Chew durante la Segunda

Guerra Mundial? Era aún muy joven, pero comenzó su carrera cuando, en 1943, a Jean

Craighead, periodista del Washington Post, le encargaron escribir un artículo sobre el

National War Labor Board, agencia estatal encargada de coordinar la industria en tiempo de

guerra. La reportera decidió que el artículo explicaría cómo contribuía a la guerra el trabajo

de un físico encargado de un ciclotrón (acelerador de partículas), y que de paso serviría

para reivindicar mejores condiciones laborales para una persona que estaba contribuyendo a

los esfuerzos bélicos. Pidió ayuda a su amiga Ruth Chew, hermana de Geoffrey, quien en

esos momentos estudiaba en la universidad. El 31 de octubre de 1943, tras consultar al

protagonista del presente trabajo, apareció el artículo, que mencionaba la posibilidad de

fabricar una bomba a base de uranio. En aquel momento se estaban realizando en secreto

las investigaciones del equipo de Los Álamos, y nadie ajeno a ellas las conocía. Las

autoridades, alarmadas por lo que tenía todo el aspecto de un chivatazo, investigaron de

dónde había surgido esa información y se llegó hasta Chew. Como parecía que sabía

demasiado —pero no había hecho nada malo— se le incorporó al personal de Los Álamos

cuatro meses después de haberse publicado el artículo, a comienzos de 1944, con apenas

veinte años de edad. Así entró en el panorama científico nuestro amigo. Ofrecemos un

extracto del artículo citado.

“Just an Atom-smasher”

Por Jean Craighead, Washington Post, 31 de octubre de 1943.

«A un joven que ha estado estudiando el asunto de la destrucción de

países enteros por medio de los átomos le gustaría obtener un aumento de

sueldo (…) Ocupado en descubrir la fórmula que permita destruir Berlín

19

con una cucharadita de polvo antes de que los chicos de Berlín lleguen a

dominar esta técnica, se ha dado cuenta de que necesita un nuevo par de

zapatos y un abrigo para el invierno.

En el laboratorio donde vive este joven son raros los pensamientos

sobre la tienda de la esquina y la política gubernamental de congelación

de sueldos (…)

El hilo de la conversación suele derivar hacia los isótopos utilizados

para bombardear, o gira en torno al efecto de una partícula alfa sobre las

fuerzas eléctricas de un átomo de uranio, o sobre la destrucción de Berlín

por medio de explosivos. Para él debe haber sido toda una molestia verse

perdiendo el tiempo en un asunto como éste. Sin embargo, el recuerdo de

que necesitaba un aumento de sueldo para comprar cigarrillos fue más

fuerte que la ciencia de los isótopos, por lo que se tomó algo de tiempo

para escribir a su departamento ministerial con el fin de preguntar qué

debería hacer en este caso.

¿Por qué no otro trabajo? Al recibir la carta comenzaron a pensar qué

podrían hacer para mejorar el sueldo de un investigador atómico. Una de

las soluciones propuestas era que consiguiera un aumento mediante otro

trabajo. Pero un investigador de esta clase, después de haber estudiado

siete años para ser un experto en su campo, difícilmente aceptaría cambiar

de trabajo. Este joven no es un personaje ficticio, sino que está muy vivo.

Sin embargo, debido al carácter secreto de su trabajo, no podemos

publicar su nombre.»

20

Al acabar la guerra, Chew asistió a la Universidad de Chicago, donde fue alumno de

Fermi y de Teller, y compañero de Marvin Goldberger, quien siempre ha mantenido una

sincera admiración por su colega. Terminó el doctorado en 1948, en menos de dos años y

medio, bajo la dirección de Enrico Fermi. El título de su tesis fue “The Elastic Scattering of

High-Energy Nucleons by Deuterons” . Ese mismo año, junto con su compañero

Goldberger, asistió como alumno post-doctorado al Radiation Laboratory de Berkeley, para

colaborar con Robert Serber, quien había participado en el Proyecto Manhattan e ideado los

nombres de las dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón. Serber, después de lanzarse las

bombas, acudió a Hiroshima y Nagasaki para comprobar in situ el poder destructor de las

mismas. A pesar de su labor en la guerra —lo mismo que sucedió con otros científicos

notables—, en 1948 tuvo que defenderse de la acusación de deslealtad, que se originó

porque varios familiares de su mujer eran judíos de tendencia socialista. También

influyeron sus discusiones con Edward Teller, el más belicista y adepto al uso militar de la

energía nuclear entre los científicos de la época.

Volviendo a Chew, haciendo un breve resumen de lo que vamos a exponer a lo largo de

este trabajo, casi toda su labor tuvo lugar en la Universidad de Berkeley, California,

excepto unos años en que impartió clase en Illinois. El punto cumbre de su carrera tuvo

lugar desde mediados de los años cincuenta hasta mediados de los sesenta. A pesar de todos

sus esfuerzos —como veremos—, a finales de esta década sus teorías ya habían perdido

gran parte de su atractivo. Después de mediados de los setenta se ha vuelto a reivindicar su

trabajo, pero no ha sido tanto desde el ámbito de la ciencia, sino desde sectores menos

serios, semi-científicos e incluso pseudo-científicos, después de que Fritjof Capra, uno de

los ideólogos de las tendencias más próximas a la ciencia rigurosa del movimiento New

Age —aunque también cae en ciertas simplificaciones y excesos— , le reivindicara en su

21

best-seller El Tao de la Física como fundador de una nueva forma de pensar la Física y la

Filosofía.

En el ámbito académico, Chew fue alumno de Enrico Fermi y Edward Teller, y profesor

de David Gross y John Schwarz, por nombrar sólo a algunos científicos muy conocidos. Es

profesor emérito de la Universidad de California desde 1991, y forma parte de la National

Academy of Sciences y de la American Academy of Arts and Science. Recibió el Hughes

Prize de la American Physics Society en 1962 y el Lawrence Prize en 1969. Se ha casado

dos veces; perdió a su primera mujer en 1971, tras una trágica enfermedad. Con ella había

tenido dos hijos mellizos, Beverly y Berkeley. Con Denyse, su segunda mujer, ha tenido

tres hijos: Pierre-Yves, Jean-Francois y Pauline.

22

3. Los comienzos de la carrera de Chew

3.1. La posguerra

El nombre de Chew ha estado casi siempre ligado a la Universidad de California, y ya

con veinticinco años era allí profesor asistente. Sin embargo, muy pronto surgieron ciertos

problemas que describiremos a continuación. Siempre fue poco amigo de seguir normas

irracionales por mera obediencia a quienes las dictan, de la misma forma que no aceptó la

tradición imperante en Física, la teoría cuántica de campos, como también explicaremos

posteriormente. Por eso, a comienzos de la década de los cincuenta se comprometió en

actividades políticas relacionadas con el mundo académico, coincidiendo con uno de los

períodos más oscuros de la vida social y cultural estadounidense.

La Segunda Guerra Mundial, con la lucha contra el nazismo, había supuesto un relativo

parón en la sempiterna actitud anticomunista de los Estados Unidos, el país del

individualismo y del pionero emprendedor. Sin embargo, poco después de terminar la

guerra se retomó esta característica del pueblo norteamericano, ahora con más intensidad

porque la Unión Soviética se erigía como único opositor a la dominación estadounidense

sobre el mundo. A ello se unía que el monopolio nuclear de Estados Unidos estaba en

peligro e iba a durar poco. Es precisamente en este ambiente de gran relevancia de la

energía atómica donde entra en juego la importancia concedida a la física teórica, así como

el miedo al espionaje científico y a una posible venta de información nuclear al enemigo.

Los científicos —en especial los físicos— se van a encontrar con que los políticos, los

periodistas y la opinión pública desean controlar su actividad. Pero ellos, conscientes de su

papel y de las amenazas que planean sobre el mundo debido a los riesgos inherentes a la

energía nuclear, saben que tienen mucho que decir. Ya el 11 de junio de 1945, dos meses

23

antes de lanzarse las bombas atómicas sobre Japón, James Franck había elaborado un

reportaje sobre los peligros del empleo de armas nucleares y de su posible proliferación tras

la guerra, conocido como “Informe Franck”. Dice Sánchez Ron que “no es preciso

elucubrar mucho sobre lo que esta pequeña historia significa. Los científicos habían hecho

posible y puesto en marcha un instrumento que poseía obvias implicaciones sociopolíticas.

Algunos intentaron controlar esas implicaciones, pero los políticos no se lo permitieron. Un

nuevo ejemplo, particularmente transparente, de las relaciones entre el poder y la ciencia”

(Sánchez Ron, 2007: 743).

Muy al contrario, las autoridades no sólo no iban a permitir que los científicos tomaran

las decisiones relativas a la energía atómica, sino que desconfiaron por completo de

aquellos cuyo trabajo fuera vital para la seguridad del país y que —por motivos

ideológicos— pudieran pasar al enemigo información considerada como secreto de estado.

La polémica estaba servida:

Cuando la guerra terminó, los científicos fueron catapultados a un papel

destacado, debido a su trabajo en la producción de penicilina, el radar y,

sobre todo, la bomba atómica (…) Personas cuyos flirteos con el

socialismo o el comunismo durante la década de los treinta no había sido

nada de lo que avergonzarse se encontraron, a finales de los cuarenta, con

que eran objeto de temor y odio (…) Los americanos veían a los

ocupantes del Kremlin como unos conspiradores diabólicamente

brillantes, implicados en una conjura para conquistar el mundo y

esclavizar a la humanidad (…) ¿Por qué los científicos estaban entre los

grupos cuya lealtad más preocupaba? La respuesta es fácil (…) Desde la

guerra eran considerados vitales para la seguridad nacional. Ellos sabían

24

secretos, en concreto los relacionados con las armas nucleares. Además,

en los años cincuenta el público norteamericano se dio cuenta de que los

científicos solían tener ideas políticas liberales o izquierdistas (Cfr.

Badash, 2000).

Suele identificarse este período con el ultraconservador senador Joseph McCarthy y

denominarse con el nombre de “macartismo”, pero lo cierto es que, antes de que éste

disparase la histeria colectiva con su siempre cambiante lista de comunistas infiltrados en el

gobierno, el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC = House Un-American

Activities Committee), dependiente de la Cámara de Representantes, ya cazaba sus propias

brujas unos años antes. El futuro presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, fue una

de las figuras más destacadas de este organismo a finales de los cuarenta y comienzos de

los cincuenta, y de hecho forjó los inicios de su carrera al lograr brillar con luz propia en la

heroica tarea de búsqueda y captura de rojos. También antes de que McCarthy entrara en

escena, el FBI de John Edgar Hoover ya acosaba y detenía a cualquier sospechoso de

disidencia, e incitaba a la delación y a la denuncia, que bien podían ser anónimas. Nixon,

Hoover y McCarthy: el triunvirato del ultraconservadurismo y visceral anticomunismo

estadounidenses.

Por citar un nombre conocido, Alger Hiss, empleado público, doctor en leyes por la

Escuela de Leyes de Harvard y miembro de la delegación norteamericana que acompañó a

Roosevelt a la Conferencia de Yalta en febrero de 1945, fue acusado de haber pertenecido a

una célula secreta del Partido Comunista en los años 30. Nixon, al mando del HUAC, dio

un buen impulso a su carrera intentando demostrar que era un espía soviético, y después de

un largo proceso fue condenado a tres años y medio de cárcel por perjurio. Poco después, el

25

senador McCarthy comenzó a enseñar su tristemente famosa lista de comunistas infiltrados.

En realidad, nunca encontró elementos subversivos, y la mayoría de los implicados eran

totalmente leales; no obstante, fueron seleccionados y defenestrados por haber sido

anteriormente simpatizantes de izquierdas.

Centrándonos en el ámbito estrictamente científico, varios físicos que habían jugado un

papel importante en la investigación nuclear efectuada durante la guerra sufrieron acoso por

ser sospechosos de deslealtad y fueron acusados de pasar información a la Unión Soviética.

No era necesario que pertenecieran al partido comunista ni a ningún otro partido de

izquierdas; bastaba con ser simpatizante de algún partido o grupo progresista, tener algún

familiar no muy de fiar o, en algunos casos, ser de ascendencia judía. Con las penas

impuestas —que en su mayoría fueron leves, excepto algunas condenas de prisión y la

ejecución de los Rosenberg— se pretendía administrar castigos ejemplarizantes, crear

miedo entre los posibles opositores. No era menos importante descargar la responsabilidad

de todos los problemas sociales sobre estos perfectos chivos expiatorios (el del chivo

expiatorio es un fenómeno histórico casi omnipresente y muy interesante, pero no nos

podemos detener a tratarlo).

Julius y Ethel Rosenberg fueron juzgados y ejecutados en junio de 1953 tras haber sido

declarados culpables de pasar a la Unión Soviética información nuclear, la cual les era

supuestamente suministrada por David Greenglass, hermano de Ethel, un científico que

había trabajado en Los Álamos en la fabricación de la bomba atómica. Hay numerosos

libros que tratan sobre tema, entre ellos el de Gregg Herken, Brotherhood of the Bomb; el

de Schweber, In the shadow of the bomb; y el de Richard Polenberg, In the Matter of J.

Robert Oppenheimer, que son los que seguimos en la presente exposición. Sin duda, el caso

más conocido e ignominioso fue el acoso y derribo que sufrió Robert Oppenheimer, quien

26

de héroe nacional pasó a ser un pelele apaleado. Al padre de la bomba atómica ya le habían

investigado el FBI y el departamento de seguridad interna del Proyecto Manhattan por sus

tendencias y amistades izquierdistas durante la década de los treinta. A pesar de ello, el

general Leslie Groves, consciente de su importancia para la buena consecución del

proyecto nuclear, decidió no retirarlo. Tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre

Japón, Oppenheimer dejó de sentirse orgulloso de su trabajo y pasó a sufrir sentimientos de

culpabilidad. En un momento en que la física nuclear era considerada asunto de

importancia nacional —en el año 1946— dimitió de su cargo de director de Los Álamos y

pasó a convertirse en presidente del Comité Asesor General de la Comisión de Energía

Atómica de los Estados Unidos. Desde ese puesto intentó —proponiendo la creación de un

control internacional— que no se disparase la carrera armamentística a raíz de la rivalidad

con la Unión Soviética. Cuando se habló de la creación de una bomba de fusión nuclear —

la bomba de hidrógeno—, Oppenheimer se opuso en principio, aunque después manifestó

su acuerdo. El principal impulsor de esa nueva arma era Edward Teller, antiguo miembro

del Proyecto Manhattan, quien de esta forma se unió a la lista de enemigos de

Oppenheimer, ya bastante nutrida. Cuando el macartismo llegó a su punto álgido, se

propuso revocar a Oppenheimer la credencial de seguridad aludiendo a la afiliación

comunista de David Bohm, Joseph Weinberg y Bernard Peters —antiguos alumnos

suyos—, y de su hermano Frank. En 1953, el presidente Eisenhower le pidió que renunciara

a su cargo y a la credencial, pero Robert solicitó una auditoría para demostrar su lealtad.

Tras sufrir el suplicio de los interrogatorios, después de varias contradicciones en sus

declaraciones y el testimonio negativo de Edward Teller, su credencial de seguridad fue

revocada. Tuvieron que pasar diez años para que el presidente Johnson le rehabilitara de

manera simbólica en 1963 otorgándole el Premio Enrico Fermi.

27

El caso de David Bohm es aún más lamentable. Oppenheimer le pidió que se incorporara

al Proyecto Manhattan, pero el general Leslie Groves, informado sobre sus ideas

comunistas, lo impidió. Tras la guerra fue profesor asistente en la Universidad de Princeton.

En mayo de 1949, el HUAC le citó para testificar sobre su pasado político. Bohm apeló a la

Quinta Enmienda para evitar declarar contra sus colegas, y en 1950 fue arrestado por

negarse a contestar al Comité del Congreso. El año siguiente fue absuelto, pero la

Universidad de Princeton ya le había cesado y no volvió a contratarle. Ninguna universidad

de los Estados Unidos se mostró dispuesta a contar con él, por lo que tuvo que exiliarse a

Brasil para ejercer la docencia. Posteriormente residió en Israel, y después en Londres,

donde se instaló definitivamente, fue profesor en el Birbeck College y vivió hasta su

muerte, acaecida en 1992. Su principal aportación a la Física fue muy interesante, aunque

desechada por la mayoría de la comunidad: a partir de un desarrollo de Louis de Broglie,

elaboró una interpretación causal de la mecánica cuántica, frente a la indeterminista y

probabilista de la Escuela de Copenhague, de Bohr y Heisenberg. (Cfr. Peat, 1997).

Dice Jessica Wang que, durante la década de posguerra, el anticomunismo marcó las

dimensiones políticas de la vida pública y el sistema de acreditaciones de seguridad para

poder trabajar en el campo de la energía nuclear se hizo oficial. El establecimiento, en

1947, del programa federal de lealtad, que requería un juramento por parte de todos los

empleados federales, aumentó el poder del FBI. En la primera década tras la guerra, el

anticomunismo afectó a prácticamente todas las áreas de la vida americana, y que

cualquiera que intentaba retar al orden político se arriesgaba a enfrentarse a la acusación de

deslealtad, a la pérdida de su empleo y a ser vigilado constantemente. La represión de la

Guerra Fría restringió las actividades políticas de los científicos por dos medios:

28

investigaciones individuales relacionadas con la lealtad y la seguridad, y vigilancia oficial a

ciertas organizaciones (Cfr. Wang, 2002).

En otro de sus escritos, Wang afirma que las ansiedades del mundo de la posguerra

hicieron surgir cuestiones importantes para los científicos norteamericanos. Éstos

comenzaron a meditar sobre su identidad política, a intentar lograr cambios fundamentales

en la relación ciencia-gobierno y a replantearse la naturaleza básica de la relación entre la

ciencia y la sociedad. Sin embargo, la Guerra Fría, el anticomunismo y el miedo a las armas