Geoffrey Chew: Apogeo y Decadencia de la Democracia Nuclear por J. C. Ruiz Franco - muestra HTML

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nucleares aparecieron de forma que los científicos fueron las primeras víctimas del miedo

rojo tras la Segunda Guerra Mundial. El anticomunismo hizo más que interferir con las

vidas de los científicos como personas; afectó a toda la labor científica. Los de tendencia

liberal e izquierdista propusieron alternativas a la proliferación nuclear y a la

predominancia de la investigación militar, y durante un breve intervalo de tiempo parecía

que sus ideas podían triunfar. Pero la represión política que acompañó al resurgimiento del

anticomunismo en la posguerra pronto puso a la defensiva a la política científica liberal

(Cfr. Wang, 1999).

Sin embargo, el acoso a los físicos teóricos, que parecía tan de sentido común para los

políticos y parte de la prensa y la opinión pública, se basaba en un error de principio, una

falla conceptual que pone de relieve magistralmente David Kaiser. Los políticos, los

periodistas a su servicio y la opinión pública general creían que fabricar armas nucleares

sólo dependía de conocer unas cuantas fórmulas, las cuales eran creación de los físicos.

Pensaban que el paso de unas fórmulas al bando contrario podía ayudar a éste a fabricar

armas nucleares, cuando la realidad es que esa información era conocida por todos los

físicos —de uno y otro lado—, y que la fabricación de una bomba atómica es fruto del

trabajo de muchas personas, donde el conocimiento tácito del how to, que no se puede

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transmitir mediante textos, juega un papel importante. El mismo presidente Truman insistía

en que el conocimiento teórico esencial en que está basado el descubrimiento de la bomba

atómica estaba ampliamente difundido. A pesar de ello, en la posguerra y la Guerra Fría

existió una continua especulación —e incluso paranoia— sobre la existencia de secretos

nucleares que podían transmitirse por escrito, un claro ejemplo de fetichismo por la palabra

escrita que llegó incluso a ser el tema de novelas y películas de la época (Cfr. Kaiser,

2005).

3.2. El loyalty oath de la Universidad de California

Todos los sectores de la sociedad se vieron implicados en esta persecución de elementos

sospechosos de izquierdismo, incluyendo la universidad. La obra de Ellen Schrecker realiza

una magnífica descripción de los problemas que sufrió la universidad en esta época. El

presidente Truman, tras una gran presión por parte de los republicanos, aprobó el 22 de

marzo de 1947 la Orden Ejecutiva 9835, la cual establecía un nuevo programa de

juramentos para los empleados federales. Como las medidas tomadas previamente ya

habían eliminado a los comunistas y a otros disidentes de sus puestos, se trató sólo de un

gesto político. Su objetivo real era proteger a la administración demócrata de las exigencias

ultraconservadoras del partido republicano, pero fracasó en su objetivo. Lo que realmente

sucedió fue que el anticomunismo se estableció como ideología oficial del país y que se

sentaron las bases del macartismo, que poco después radicalizó la situación y sembró la

histeria colectiva.

Ninguna otra decisión iba a agudizar la guerra fría interna tanto como lo hizo el

programa de juramentos. Los comunistas y los sospechosos de serlo podían ser despedidos

de sus trabajos, y las acusaciones infundadas florecieron. Como el FBI insistió en que iría

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en detrimento de la eficacia revelar la identidad de sus informadores, las acusaciones

anónimas eran totalmente válidas y podían llegar a costar el puesto de trabajo. Lo cierto es

que era ridículo pensar que a aquellas alturas el partido comunista de Estados Unidos

tuviera mucha influencia; sin embargo, casi todo el mundo pensaba que el peligro era

inmenso, y se demandaba constantemente que no hubiera rojos en el gobierno (Schrecker,

1986). Cuando el ínclito senador de Wisconsin entró en escena y se unió a la lista de

inquisidores, el macartismo —el término que suele usarse para resumir toda esta época—

supuso la violación de las libertades civiles para miles de ciudadanos, a través de listas

negras y despidos sin motivo. Pero lo que a nosotros más nos importa en este momento es

que este anticomunismo invadió todos los departamentos de física de las universidades.

Hubo numerosas protestas por parte de los estudiantes y los profesores, pero con el

comienzo de la guerra de Corea los ultraconservadores ganaron fuerza, y se comenzó a

denegar pasaportes para salir al extranjero, y a su vez a impedir que los científicos

extranjeros entraran en el país.

Volvamos de nuevo al protagonista de nuestro trabajo, Geoffrey Chew, y a su

universidad, Berkeley. Además del ambiente tan hostil para la libertad de pensamiento que

supuso el inmenso poder que en aquella época de Guerra Fría tuvieron el HUAC, el FBI y

McCarthy y sus secuaces, el personal de la Universidad de California tuvo que vérselas con

un problema añadido: un juramento de lealtad adicional —el loyalty oath—, aparte del que

debían cumplir como trabajadores estatales. La universidad estaba dirigida por un cuadro

de regentes compuesto por veinticuatro miembros, dieciséis de los cuales eran designados

por el gobernador del estado. Estos regentes, una especie de dirección a las órdenes de los

organismos políticos —y por tanto ajeno a la propia universidad— fueron quienes

decidieron imponer este juramento de lealtad especial. Según parece, fue la presión política

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lo que llevó a los regentes a querer asegurarse la lealtad de los empleados de la universidad

(Cfr. Gardner, 1967).

Afirma David Kaiser que pocos departamentos de física experimentaron con más dureza

los dolores de la transición hacia la escena política de posguerra que el de Berkeley. A

comienzos de 1949, la sección californiana del HUAC inauguró un programa legislativo

encaminado a aislar a cualquier persona que supusiera una seria amenaza para la libertad y

la seguridad. El HUAC investigó al Radiation Laboratory —donde Ernst Lawrence tenía su

famoso ciclotrón, el precedente de los aceleradores de partículas actuales— porque pensaba

que parte del personal que había contribuido a la fabricación de la bomba atómica era

comunista. Se hablaba de un “científico X” que había trabajado en el laboratorio durante la

guerra, y que supuestamente habría pasado secretos nucleares a la Unión Soviética. Cinco

físicos que habían colaborado allí fueron interrogados intensivamente. Aunque no hubo

evidencia alguna de espionaje, todos fueron acusados de desacato al Congreso y perdieron

inmediatamente su trabajo. En septiembre de 1949, sólo uno de estos físicos permanecía en

Berkeley; se trataba de David Fox, profesor asistente. Fox fue interrogado, pero rechazó dar

nombres apelando a la Quinta Enmienda veinticinco veces. Tres meses después, el cuadro

de regentes de la Universidad de California le despidió sin haber formulado cargos contra él

(Kaiser, 2002: 242).

Como ya hemos mencionado, la controversia del loyalthy oath giró en torno a la

imposición de un juramento especial para la Universidad de Berkeley, además del

tradicional incluido en la Constitución del Estado de California. El juramento requería que

todos los empleados de la universidad declararan no pertenecer al partido comunista, y cada

firma tenía que ser comprobada por un notario público. La renovación de los contratos y el

pago de los sueldos estaban condicionados a la aceptación del juramento. Para complicar

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más la situación, los regentes no informaron a la universidad del nuevo requisito hasta

mediados de junio de 1949, dos meses después de haberlo aprobado oficialmente, y justo

cuando muchos partían rumbo a sus vacaciones de verano. A continuación ofrecemos los

distintos juramentos a que debían someterse los empleados. El juramento constitucional,

obligatorio para todos los empleados del estado, era el siguiente:

“Juro (o prometo) solemnemente que acataré la Constitución de los

Estados Unidos y la Constitución de Estado de California, y que emplearé

todas mis capacidades para cumplir las obligaciones del departamento al

que pertenezco.”

El texto adicional, redactado por los regentes de la Universidad de California, en su

primera versión (25 de marzo de 1949) decía así:

“No creo en, ni soy miembro de, ni apoyo, a ningún partido u

organización que crea en, defienda o proponga el derrocamiento del

gobierno de los Estados Unidos por la fuerza o la violencia.”

Una posterior revisión (24 de junio de 1949) incluyó la alusión al partido comunista:

“No soy miembro del partido comunista, ni tengo ningún compromiso

o acuerdo que esté en conflicto con las obligaciones aceptadas al aceptar

el presente juramento” (Cfr. Stewart, 1950).

Pronto surgió una dura lucha entre los regentes y la facultad: la mayor parte de los

miembros de ésta afirmaba que aquéllos violaban su derecho a elegir a sus propios

miembros. Muchos de ellos, incluyendo varios profesores exiliados, llegados en los años

treinta, procedentes de dictaduras europeas (Alemania e Italia), rechazaron inmediatamente

el juramento por considerarlo una injerencia en la libertad académica. Pronto se les unió un

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amplio sector de profesores, así como de alumnos. Todos se enfrentaron al dilema de

“firma o vete de aquí”, lo cual implicaba, por supuesto, también la pérdida del sueldo. Por

otra parte, las protestas de la facultad no tenían que ver tanto con la persecución de

comunistas, como con la oposición al hecho de que los empleados de la universidad

tuvieran que firmar un juramento especial, distinto al requerido a otros funcionarios del

estado. Cientos de miembros de la facultad se negaron a firmar el juramento a modo de

protesta.

Veamos una de las cartas dirigidas a Sproul, presidente de la universidad:

Mi negativa a firmar se basa en estos puntos: El juramento es una

afrenta contra mi dignidad e integridad como persona y docente.

Considero intolerable la presunción de que pertenezco al partido

comunista. El juramento es una limitación para la libertad académica. No

aceptaré firmar nada a lo que se me obligue. Lo que más duele de la

actitud de los regentes de la universidad es su ejercicio de poder para que

nos sometamos a él (Stewart, 1950: 150).

La mayoría de los alumnos reaccionó también en contra del juramento especial. Una

declaración de la asociación de alumnos se preguntaba si realmente los empleados y los

docentes de la facultad debían jurar que no pertenecían al partido comunista. Estaban de

acuerdo en que era necesaria la política de alejar a los comunistas de los puestos

influyentes; sin embargo, el problema residía en el método utilizado para conseguir ese fin.

Propusieron, en lugar del juramento de lealtad impuesto por los regentes, que en los

contratos se añadiera una mención a que el firmante no era miembro del partido comunista,

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ni de ninguna otra organización que defendiera un cambio de sistema político por la fuerza

(Cfr. California Alumni Association, 1950).

De los profesores que rechazaron firmar, ninguno lo hizo porque pertenecieran al partido

comunista. Irónicamente, David Fox, acusado de espionaje —supuestamente realizado

mientras trabajaba en el Radiation Laboratory y despedido por los regentes— sí había

firmado el juramento. Frente a la oposición de la mayoría de profesores y alumnos de la

universidad, la respuesta de los regentes fue endurecer su postura en febrero de 1950:

cualquier empleado que no hubiese firmado el juramento a finales de abril sería despedido.

Los alumnos y el presidente de la universidad, Robert Sproul, consiguieron que los regentes

aceptaran que cada caso se tratara de forma independiente. Sin embargo, cuando, a finales

de junio de 1950, Corea del Norte invadió Corea del Sur y los Estados Unidos entraron en

el conflicto, la mayoría de los que se habían opuesto al juramento lo firmó y los regentes

despidieron a los treinta y cinco no firmantes el 25 de agosto de 1950, aunque ninguno de

ellos había sido acusado de ser miembro o simpatizante del partido comunista.

David Gardner, que posteriormente llegó a ser presidente de la universidad, escribió un

libro sobre los hechos, aunque no fue testigo directo porque era aún muy joven y no tenía

contacto con la universidad en aquella época. Relata que posteriormente, en octubre de

1952, la corte suprema del estado de California ordenó a los regentes que comunicaran a los

opositores que firmaran un juramento de lealtad estatal, no el especial. La controversia del

juramento de lealtad convulsionó durante tres años a la mayor universidad del país y uno de

los centros de letras y ciencias más importantes del mundo. Fue un asunto que anticipó casi

todos los temas que iban a surgir y afectar a las universidades americanas durante aquella

problemática época. No obstante, según Gardner, éste no fue un conflicto ideológico, no

una cuestión de principios ni de ideas políticas. Fue una lucha de poder que consistió en

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enfrentamientos personales entre hombres orgullosos e influyentes. Gardner caracterizó la

polémica como “un extraordinario debate sobre la futilidad”, en el cual “todos perdieron y

nadie ganó”. A pesar del barniz político que parecía impregnarlo todo —según el citado

autor—, el nuevo juramento tenía más que ver con cuestiones relativas al autogobierno que

con el miedo a la infiltración comunista en esta universidad, la mayor del país, con 3.200

docentes y 6.250 empleados no docentes (Cfr. Gardner, 1967). Independientemente de lo

que afirme Gardner sobre el carácter de esta controversia en un libro que publicó bastantes

años después (1967) —posiblemente para quitar importancia al asunto—, lo cierto es que el

problema se vivió y se recuerda aún como un asunto político y relacionado con las

libertades individuales.

Pero sigamos describiendo este interesante tema, en el que ahora entra en juego Chew. A

consecuencia de la polémica, el departamento de Física perdió seis miembros en un año.

Dos profesores, Harold Lewis y Gian Carlo Wick, permitieron que se les despidiera en

agosto de 1950, cuando los regentes expulsaron finalmente a todos los no-firmantes, y dos

meses antes, en junio de 1950, cuatro profesores (Robert Serber, Wolfgang Panofsky,

Howard Wilcox y Geoffrey Chew) ya habían dimitido en señal de protesta. El primero en

hacerlo fue Geoffrey Chew, el protagonista de nuestra historia.

Chew rechazó firmar lo que denominó, en carta dirigida a Oppenheimer, “la parte

objetable del nuevo contrato”, la cual amenazaba, en su opinión, “el derecho a la privacidad

en creencias políticas”. Se sintió decepcionado por los débiles intentos —según él— de la

facultad para luchar contra la imposición del juramento. Como explicó a Birge en julio de

1950, había decidido “escapar de una situación intimidante y precaria” (Kaiser, 2002: 248).

Chew publicó un artículo sobre esta polémica en el que se preguntaba que, “en tiempos de

guerra, ¿qué seguridad puede tener un inconformista?”. Con el comienzo de la Guerra de

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Corea, los escasos no firmantes se habían convertido en leprosos que debían apartarse de la

vista. Además, Chew afirmaba que el Radiation Laboratory era el principal estímulo de su

trabajo científico, y ahora estaba claro que los no firmantes no eran bien recibidos.

“Aunque siguiera aquí, la atmósfera en contra no sería agradable. Esto sería una forma más

sutil de intimidación”. Chew aseguraba que la facultad había recibido un trato

discriminatorio y que había sido sometida a un juramento más específico que el requerido a

los otros empleados del estado. Esa controversia había sido estimulada en parte por los

“fundamentalistas”, refiriéndose con esta expresión a los regentes y a quienes les imponían

las órdenes. Lo que se hallaba en juego era la libertad de cátedra contra la voluntad de los

regentes de imponer sus normas. Según comenta, el problema comenzó cuando el

presidente de la universidad recibió un mensaje relativo a que se debía asegurar de alguna

forma la “pureza” del personal, relacionado con presiones procedentes del HUAC. Todos

los miembros de la universidad, junto con los demás empleados estatales, juraban cada año

la constitución, pero los regentes pensaron que un juramento especial para los empleados de

la universidad, el cual contuviera específicamente la afirmación de no pertenecer al partido

comunista, serviría para tranquilizar a las autoridades (Chew, 1950).

Chew no es el único profesor que dejó testimonio de aquel momento crítico. Emilio

Segre —Premio Nobel en 1959 por el descubrimiento del antiprotón— dice en su

autobiografía que los regentes tuvieron la idea de exigir un juramento de lealtad que

incluyera la declaración de no pertenecer al partido comunista. Según Segre, el tono del

juramento no era demasiado agresivo, pero sí resultaba humillante obligar a los miembros

de la universidad a jurar lo que no debían hacer los demás empleados estatales: “El texto

del juramento era relativamente inofensivo, pero no era inofensivo exigirlo a los profesores

y no a todos los demás empleados del estado” (Segre, 1993: 234). Según Segre, entre los

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regentes prevaleció la facción más radical y conservadora, y quienes no acataron el

juramento fueron despedidos. En el departamento de Física, esto dio como resultado serias

pérdidas, como por ejemplo las de Geoffrey Chew, Wolfgang Panofsky, Marvin

Goldberger, Gian Carlo Wick y Robert Serber. Afortunadamente, estos hombres

encontraron excelentes puestos y no debieron realizar severos sacrificios personales,

excepto tener que mudarse. Ninguno era comunista, pero rechazaron por principio acatar un

juramento discriminatorio. La universidad perdió a hombres distinguidos, muchos de los

cuales nunca volvieron a la institución (Cfr. Segre, 1993).

Relataba Robert Sproul:

El profesor Birge afirma que el Departamento de Física, al comienzo

del presente año académico, contaba con cinco físicos teóricos, cuatro de

los cuales (Wick, Chew, Lewis and Panofsky) han aceptado plazas en

otras universidades (Sproul, 1951).

Frente a estos “disidentes”, el legendario Ernest Lawrence —Premio Nobel en 1939 por

su labor con el ciclotrón— apoyó la decisión de los regentes y se opuso a los no firmantes.

Luis Alvarez —Premio Nobel en 1968 por su trabajo sobre la resonancia magnética

nuclear— y otros, aunque se mantuvieron apartados de la controversia, crearon en el

Radiation Laboratory un ambiente que convenció a todos de que los no firmantes y quienes

les apoyaran no serían bien recibidos. Para los jóvenes físicos del laboratorio quedaban

pocas dudas, y los postdocs que no habían firmado el juramento encontraron en sus mesas,

el día 30 de junio, sus correspondientes notas informándoles de que debían dejarlo todo y

salir de allí al terminar el día.

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La lucha entre los no firmantes y los regentes duró siete años y tuvo importantes

consecuencias para el Departamento de Física de Berkeley. Fuera una caza de brujas

anticomunista, una lucha en torno a la libertad académica o un juego de poder de la facultad

contra la administración, las repercusiones de esta polémica fueron muy relevantes para la

historia social y cultural de los Estados Unidos, ya que puede considerarse un precedente

del Free Speech Movement y la Nueva Izquierda, que tanto auge tuvieron en Berkeley en la

siguiente década.

3.3. Chew abandona Berkeley

Para lo que nos ocupa, la principal consecuencia de todo esto fue que Chew abandonó

Berkeley y se marchó a la Universidad de Illinois, donde trabajó con Francis Low, un

talentoso físico que ya había trabajado en el Instituto de Estudios Avanzados con

Oppenheimer y de quien recibió una favorable influencia. Como bien dice Kaiser, sus

razones para dejar Berkeley sólo se pueden entender en el contexto de la Guerra Fría y el

macartismo considerando la situación política en que se encontraban los físicos tras la

Segunda Guerra Mundial y cómo se enfrentaron a la guerra fría (Cfr. Kaiser, 2002). Según

Denyse Chew —la segunda mujer de Geoffrey—, nuestro protagonista sólo deseaba

trabajar con tranquilidad, afirmación que sugiere que no tenía muchas motivaciones

políticas (Cfr. Denyse Chew, 1985). Sin embargo, la actividad que mostró Chew en los

años siguientes indica precisamente todo lo contrario.

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4. El exilio

Como hemos dicho, Chew se marchó de Berkeley en julio de 1950, en protesta por la

obligatoriedad de firmar un juramento de lealtad que incluía la declaración de no ser

comunista. Fue contratado por la Universidad de Illinois en Urbana, donde trabajó durante

seis años. Allí, en un año fue ascendido de profesor asistente a profesor titular, y en 1955

fue nombrado catedrático.

En Illinois, Chew comenzó un nuevo modo de hacer física que siempre envidiaron

muchos de sus compañeros. Por ejemplo, Marvin Goldberger comentaría mucho después:

“Siempre tenía un programa, nunca se mostraba indeciso sobre qué hacer en el futuro

inmediato”. (Goldberger, 1985: 243). Los años de Illinois fueron muy buenos para Chew,

ya que disfrutó de una excelente relación con Francis Low, un experto en teoría de campos.

Además, se interesó enormemente por el trabajo de Tullio Regge y Steven Frautschi, que le

serían muy útiles para sus propios desarrollos posteriores, especialmente el del primero.

Ya al principio de su estancia —seguramente como consecuencia de la injusticia y

humillación que supuso el juramento de lealtad de la Universidad de California—, Chew se

fue comprometiendo en las asociaciones sindicales del movimiento de los científicos

atómicos. Al poco de llegar allí, fundó la rama local de la Federación de Científicos

Americanos (FAS), que en aquel momento de represión política se dedicaba a acumular

información sobre los abusos de McCarthy, el HUAC y el FBI (Kaiser, 2002: 249). La FAS

se había convertido en una organización burocrática que recogía información sobre los

peores abusos del macartismo. En la época en que Chew se integró, debido a las presiones

del HUAC y del FBI, la FAS realizaba menos demostraciones públicas y seguía la política

de la “diplomacia tranquila” (Cfr. Wang, 1999). Chew participó directamente en esta vía

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diplomática y convenció a muchos de sus colegas para que se unieran. Bajo su dirección se

organizaban en el campus reuniones y charlas sobre la Quinta Enmienda, a fin de asesorar a

quienes tuvieran que defenderse ante los tribunales, acusados de espionaje o de ser

comunistas. Animó a sus colegas a unirse a la federación y organizaba encuentros

mensuales para intercambiar impresiones. Chew fue ampliando sus actividades, y en

noviembre de 1955 testificó ante un subcomité del senado como presidente del Comité de

Pasaportes de la FAS. El sindicato de científicos protestaba por la denegación de pasaportes

por motivos políticos. Entre las autoridades, debido a la paranoia relacionada con los

secretos nucleares que hemos comentados antes, había miedo de que los científicos salieran

del país para pasar información secreta a los soviéticos (Kaiser, 2002: 250).

Mientras tanto, en California, después de haberse llevado a los tribunales el caso de los

despidos originados por el juramento de lealtad de la universidad, en octubre de 1952 la

corte suprema falló a favor de los despedidos y ordenó a los regentes que los volvieran a

contratar. La decisión no hablaba del dinero que se les debía, cuestión que también fue

resuelta a favor de los afectados en la primavera de 1956.

Tan sólo un año después de su salida de Berkeley, algunos profesores veteranos

comenzaron a pensar en contratar de nuevo a Chew. Birge, presidente del departamento de

física, lo intentó, pero Chew decidió quedarse en Illinois de momento, donde se encontraba

muy a gusto. Sin embargo, en 1957, ya sí estimulado por la idea de volver a Berkeley, pasó

allí unos meses como “profesor visitante”, aprovechando la concesión de un año sabático

en la Universidad de Illinois. La primera mitad de ese año la había pasado en Princeton, en

el Instituto de Estudios Avanzados, y la segunda mitad la pasó en California. Carl

Helmholz, jefe del departamento en ese momento, le ofreció un puesto de catedrático, y

Chew aceptó. Su segunda —y definitiva— etapa en Berkeley comenzó en el curso 1957/58.

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5. El regreso a Berkeley – Madurez como físico teórico

Al regresar a Berkeley, Chew se convirtió en el líder de los físicos teóricos. Las

tensiones políticas se habían calmado, pero la mayoría de los veteranos se habían marchado

y no había vuelto, por lo que nuestro protagonista quedaba como claro líder.

Con varios proyectos en mente, asistió a una conferencia de Stanley Mandelstam en

Washington D.C. Se interesó inmediatamente por sus ideas, que consideró muy valiosas en

vistas a los planes que tenía para Berkeley, y consiguió que le concedieran un fellowship

post-doctoral en su universidad. La colaboración entre los dos fue muy importante para

todo lo que estaba por venir.

5.1. La labor pedagógica de Chew

Chew comenzó a asesorar a un grupo cada vez mayor de estudiantes graduados, un

número poco habitual. Al decidir ayudar a sus alumnos de esta forma, siguió un patrón

similar al de Oppenheimer en Berkeley en los años treinta. Pero, mientras que

Oppenheimer intimidaba a los estudiantes —y a sus propios colegas— con su famosa

“lengua afilada”, Chew era un asesor positivo y estimulante, y trataba a los alumnos como

iguales, hasta el punto de que en ciertas ocasiones se unía al grupo de estudiantes en

comidas informales celebradas en la cafetería del Radiation Laboratory (Kaiser, 2002: 252).

Chew formó parte del grupo de físicos que rompió los moldes en el ámbito pedagógico.

Convirtió sus reuniones en no-exclusivas, destinadas más bien a los novatos que a los

miembros de una élite escogida. Kaiser afirma que llevó el modelo pedagógico de

Oppenheimer un paso más allá al organizar los denominados “seminarios secretos”: se

reunían semanalmente para darse charlas, incluso en su propia casa. Los llamaban

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“secretos” porque sólo podían acudir los estudiantes, no miembros de la facultad. El

objetivo era que los alumnos no se asustaran de participar en los debates con sus

compañeros y con los profesores.

5.2. El origen de la “democracia nuclear”

A la vez que llevaba a cabo su proyecto pedagógico —y mostrando un claro paralelismo

entre su forma de enseñar y sus ideas en Física, por un lado, y su oposición a la represión

política e ideológica, por otro—, Chew comenzó a desarrollar la teoría de la “democracia

nuclear”, con la que enseñó a sus estudiantes a tratar a todas las partículas atómicas por

igual, de la misma forma que él trataba a los estudiantes en igualdad de condiciones. Antes

de la II Guerra Mundial existía un puñado de partículas elementales: electrón, protón,

neutrón y neutrino. Con la guerra surgió la Gran Ciencia, y con ella los grandes adelantos

tecnológicos —el ciclotrón entre ellos, el primer acelerador de partículas—, que

conllevaron la aparición de muchas nuevas partículas (el pion, el muon, el kaón y el gluon,

todos pertenecientes a la categoría de los hadrones, que por definición son las partículas

sensibles a la interacción fuerte). Con ello, la antigua creencia en el estatus de elemental de

algunas de ellas fue decayendo. Sin duda, esto influyó en el concepto de “democracia

nuclear” que defendió Chew. Ninguna de ellas parecía más importante que las otras;

ninguna parecía más fundamental que las demás, lo que parecía poner en cuestión la

diferencia entre partículas elementales y compuestas, y en esto consistió la idea central de

la democracia nuclear.

Pero aún había otro sentido para la expresión. Se trataba de una democracia entre

practicantes: los físicos que nunca habían estudiado teorías de campos podían entrar en el

juego, y los experimentalistas también podían contribuir con ideas importantes, del mismo

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modo que los teóricos. La democracia nuclear supuso una revolución en la concepción que

se tenía de la estructura del átomo, y en cierto modo fue una consecuencia lógica de los

últimos descubrimientos en este ámbito, como enseguida veremos. En Chew estuvo unida a

la teoría de la matriz de dispersión (S-matrix), ya enunciada por otros físicos anteriores a él,

por lo que estamos obligados a volver la vista atrás para explicar el origen y sentido de esta

teoría.

5.3. La historia de la teoría S-matrix

Una matriz de dispersión (en inglés scattering matrix, o S-matrix, como se la suele

llamar) es un formalismo utilizado para calcular el resultado de un problema de dispersión

entre partículas cuánticas que interactúan; por ejemplo, cuando se bombardea un átomo con

partículas α. No vamos a entrar en detalles matemáticos, que serían excesivamente técnicos

y que nos apartarían de lo esencial de esta exposición. Lo importante en nuestro caso es que

muchos problemas de dispersión de partículas subatómicas no pueden resolverse de forma

precisa, y el procedimiento de la S-matrix permite realizar los cálculos cuando no es

posible un tratamiento exacto de la cuestión. Este método es parecido a una caja negra: se

conoce lo que entra y lo que sale, se conoce cómo quedan las partículas después de la

interacción, pero no puede observarse lo que sucede entre el estado inicial y el final. La S-

matrix representa el proceso intermedio, pero no se necesita entender el mecanismo del

proceso de dispersión en sí mismo, y al final obtenemos un resumen eficaz de la interacción

de las partículas. La S-matrix es, por tanto, una colección de probabilidades de todas las

reacciones posibles relacionadas con las partículas.

El programa S-matrix fue un proyecto principalmente americano, aunque en ciertos

lugares de Europa surgieran algunos desarrollos; por ejemplo, en Cambridge (Cfr. Cushing,

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1990). Como veremos, la mayor actividad del programa se centró en torno a Geoffrey

Chew y a sus colaboradores de Berkeley. Él fue el mayor exponente del bootstrap —una

forma de la teoría S-matrix que también explicaremos—, pero no fue el creador de esta

última.

5.3.1. La antigua S-matrix de Heisenberg

John Wheeler, en el contexto de una descripción teórica de la dispersión de núcleos de

luz, fue quien introdujo el concepto de la matriz de dispersión (Cfr. Wheeler, 1937). Su

motivación parecía ser la física nuclear, y esa matriz era una herramienta para ese objetivo.

Wheeler trabajó posteriormente en el Proyecto Manhattan y en el desarrollo de la bomba de

hidrógeno.

Aparentemente sin conocer el trabajo de Wheeler, Heisenberg introdujo, por medio de

varios artículos publicados entre 1943 y 1946, el concepto de matriz de dispersión como

procedimiento para tratar la interacción electromagnética (Cfr. Heisenberg, 1943, 1946). La

idea era que la S-matrix podía representar los resultados de todo lo que tomaba parte en la

interacción, ofreciendo un resumen eficaz de la interacción de partículas sin importar el

proceso intermedio. Su intento por establecer una teoría sobre cantidades observables era la

vuelta a una idea que había resultado útil en su primera formulación de la mecánica

matricial. Si había funcionado una vez, no había nada que impidiera probar de nuevo.

En esos artículos publicados entre los años 43 y 46, lo que Heisenberg propuso era una

alternativa a la teoría cuántica de campos (QFT = “Quantum Field Theory”), un programa

cuya entidad central era una matriz a la que puso el prefijo “S” de “scattering”

(“dispersión”). Hemos dicho que Wheeler ya había introducido el concepto de matriz de

dispersión unos años antes, si bien parece que el desarrollo de Heisenberg fue

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independiente del de Wheeler, y que no llegó a conocer este último. No obstante,

Heisenberg indica —en una nota a pie de página— que el físico italiano Gian Carlo Wick le

había hablado de un artículo de Gregory Breit sobre el uso de la matriz de dispersión. Se

trataba, casi con toda seguridad, de una referencia a un trabajo que apareció el 15 de

diciembre de 1940, en The Physical Review, basado a su vez en el trabajo de Wheeler que

hemos citado. Heisenberg agradeció a Wick la información, pero siempre ha asegurado que

no leyó el trabajo de Breit ( The Physical Review no llegaba a Alemania durante la guerra),

por lo que es probable que no conociera las ideas de Wheeler sobre la matriz de dispersión.

En cambio, Cushing afirma que Heisenberg debió —como mínimo— ver el artículo de

Wheeler, aunque no hubiera prestado atención al contenido. En cualquier caso, dejando a

un lado estas discusiones eruditas y un tanto bizantinas, Heisenberg fue quien sacó a la luz

el concepto de S-matrix a todos los efectos, lo cual constituye una aportación más a las

muchas que hizo a la física moderna (Cushing, 1990: 36-37).

Sin embargo, Heisenberg se olvidó por completo de este programa, dejó de prestarle

atención y volvió a la teoría cuántica de campos (QFT) a finales de los 40, seguramente

porque el proceso de “renormalización” que explicaremos a continuación le parecía ofrecer

buenas soluciones, y en cambio las matrices se le mostraban excesivamente complejas. Por

tanto, abandonó la teoría S-matrix debido a las dificultades que encontró, pero la consideró

un camino posible para el futuro, especialmente para solucionar los problemas que ya

planteaba la teoría cuántica de campos. La consecuencia fue que el programa S-matrix se

hizo popular gracias a otros, no a Heisenberg. En cualquier caso, ni su programa S-matrix

dejado a medias, ni otros desarrollos que emprendió posteriormente, fueron bien recibidos

por la mayoría de físicos teóricos. Sus intentos de fundar nuevas teorías no atrajeron ya el

interés que el alemán tuvo para el mundo de la ciencia en las décadas de los veinte y los

46

treinta, debido a su participación en el intento de fabricación de la bomba atómica y por

haber permanecido fiel a su país durante la guerra, lo cual sería otro buen ejemplo de la

influencia de la política sobre los proyectos científicos.

En consecuencia, las primeras investigaciones de Chew sobre el tema no tuvieron

ninguna conexión con la S-matrix de Heisenberg, aunque la había conocido —mientras

estudiaba con Fermi— gracias a unas conferencias de Gregor Wentzel dadas en la

Universidad de Chicago (Cushing, 1990: 28). También Goldberger y Murray Gell-Mann

han manifestado que el viejo programa de Heisenberg no tuvo influencia directa en su

interés por la teoría S-matrix (Cushing, 1990: 28). Fue algún tiempo después cuando se

fijaron en la relevancia de lo desarrollado por Heisenberg, pero ya era tarde para que les

influyera. John Polkinghorne defiende la misma tesis al respecto:

Heisenberg trabajó en la teoría S-matrix en los años cuarenta (…) Sin

embargo, la teoría comenzó a desarrollarse realmente a finales de los

cincuenta, principalmente como resultado de la frustración por la falta de

idoneidad al aplicar la teoría del campo cuántico a las interacciones

fuertes (…) Aparte del primer artículo sobre el tema de Heisenberg, gran

parte del impulso a esta labor ha procedido de Chew” (Cfr. Polkinghorne,

1966).

La importancia del antiguo programa S-matrix de Wheeler y Heisenberg para desarrollos

posteriores consistió en poner de manifiesto una serie de cuestiones, entre ellas los

problemas que presentaba la cuántica en algunos ámbitos. El trabajo de otros autores en

esos problemas generó una serie de artículos que en último término llevaron a la teoría S-

47

matrix de Chew y sus colaboradores, como enseguida veremos. Por tanto, la influencia de

Heisenberg fue solamente indirecta.

5.3.2. La renormalización y el surgimiento de la QED

En cuanto surgió la mecánica cuántica con los trabajos de Dirac, Pauli, Born y, sobre

todo, Schrödinger y Heisenberg, bajo la tutela del gran iniciador de la nueva tendencia,

Niels Bohr, los principales representantes de esta nueva forma de hacer ciencia fueron

conscientes de que había que unirla con la relatividad de Einstein, tener en cuenta sus

principios, dentro de la búsqueda más general de lo que hasta nuestros días se ha llamado

“la gran unificación”, para que la nueva física integre en una sola teoría todos los

fenómenos del universos, desde los más grandes hasta los más pequeños. Esa unión entre

cuántica y relatividad fue el objetivo de la teoría cuántica de campos, en la que trabajaron

desde finales de los años 20 Pascual Jordan, Wolfgang Pauli y Paul Dirac, principalmente.

Éstos, junto con Eugene Wigner, muy pronto consiguieron resultados, pero también desde

casi el principio se dieron cuenta de que aparecían graves problemas teóricos, entre ellos

numerosos cálculos con resultado infinito, que no tenían sentido. En una teoría que

combina la cuántica y la relatividad no es posible especificar con precisión la posición de

las partículas, y si se intenta hacerlo —como sucede en la teoría cuántica de campos—

surgen inconsistencias matemáticas.

Estos problemas se abordaron seriamente durante la década de los cuarenta por Freeman

Dyson, Julian Schwinger, Sinichiro Tomonaga y Richard Feynman, entre otros, en el

llamado proceso de “renormalización”, que llegó a su fin con la creación de la

electrodinámica cuántica (QED = “Quantum Electrodinamycs”). Los tres últimos

recibieron el Premio Nobel de Física mucho después —año 1965—, y de ellos el más

48

popular ha sido, sin duda, Feynman, no sólo por su atractiva personalidad, sino por la

creación de los famosos “diagramas de Feynman”, cuyo prestigio rebasó el de limitarse a

aplicarlos a la teoría de campos, ya que se convirtieron en una herramienta muy útil para

otras aplicaciones. Esta renormalización fue ampliamente aceptada por los teóricos, y la

posible solución ofrecida por la S-matrix de Heisenberg pasó totalmente desapercibida ante

el éxito de los autores citados en la solución de los infinitos que aparecían en los cálculos

de la teoría cuántica de campos.

5.3.3. El nacimiento de la teoría S-matrix moderna

A pesar de que la comunidad de físicos aceptó el proceso de renormalización que hemos

descrito, durante la década de los cincuenta se hizo evidente que esta solución no era

totalmente satisfactoria. La renormalización había salvado las apariencias temporalmente,

pero los cálculos se hacían muy largos y artificiosos. Había que simplificar. Algunos se

animaron a aplicar la navaja de Occam y rechazar la teoría cuántica de campos, y en su

lugar limitarse a un proyecto más modesto, consistente en calcular sólo lo que se podía

observar en el experimento de dispersión, la información contenida en las correlaciones

entre los estados inicial y final de las partículas. También daba la impresión de que la

renormalización era un simple parche precisamente para salvar las apariencias. Era

necesario algo más que una hipótesis ad hoc para salvar realmente los fenómenos

electromagnéticos.

Además, como ya hemos explicado, los últimos descubrimientos parecían indicar que

todas las partículas parecían tener el mismo estatus (democracia nuclear), y en cambio las

teorías de campos siempre han diferenciado entre partículas elementales y partículas

49

compuestas. Había sido relativamente fácil aceptar un puñado de partículas como

fundamentales, pero no fue fácil mantener esa posición cuando la lista creció:

La respuesta de los teóricos manifestó una especie de esquizofrenia

social. Un grupo aceptó el programa de la S-matrix y el bootstrap, que

afirmaba que no hay partículas realmente elementales. Otro grupo afirmó

que había partículas elementales, pero que no eran las partículas

observadas en los experimentos: eran los quarks, de los cuales están

construidos todos los hadrones. Estas posiciones rivales eran llamadas

“democracia nuclear” y “aristocracia nuclear”, respectivamente; en la

primera todas las partículas eran iguales, y en la última los quarks tenían

una posición ontológica privilegiada. Sólo en la década de los setenta, con

el surgimiento de la nueva física, el programa del quark eclipsó al del

bootstrap. (Pickering, 1984: 33).

Por otro lado, la teoría cuántica de campos no podía explicar de ninguna manera las

interacciones fuertes, ni siquiera con la ayuda de la renormalización. Esto trajo una

sensación de crisis a la física de altas energías en los años 50. Por ello, algunos teóricos

comenzaron a buscar métodos alternativos de entender la interacción fuerte. Todos estos

factores llevaron a un descenso en el interés por las teorías de campos (QFT y QED =

“Quantum Field Theory” y “Quantum Electrodynamic”) en los años 50. Donde no fallaban

de forma absoluta (sus problemas para explicar las interacciones fuertes), parecía repleta de

trucos matemáticos (poco estética y llena de arbitrariedades). Esto condujo a una falta de fe

en que las teorías de campos aportaran respuesta a las cuestiones que necesitaban solución

inmediata, y los defensores del programa S-matrix se aprovecharon de estos problemas.

50

Con unos teóricos tan preocupados por la experimentación y por dar respuestas, estos

problemas llevaron a buscar cualquier otra teoría que pudiera aportar una descripción de los

hechos. Y la S-matrix ofrecía tal descripción. Podía superar los problemas especificando los

momentos de las partículas y siendo lo suficientemente vaga en cuanto al lugar en que

ocurre la reacción.

Ya hemos dicho que la teoría ideada en su origen por Heisenberg se había abandonado

casi desde sus mismos inicios, pero la matriz de dispersión era un procedimiento de cálculo

bien conocido dentro de la QED, así que en cierto modo era una herramienta que

permanecía disponible.

El sentido de crisis en la QFT se hizo más profundo en los cincuenta

(…) Landau y sus colaboradores afirmaron a mediados de los cincuenta

que las teoría locales parecían ofrecer solución sólo para las partículas

que no interactúan (…) Landau tomó estas dificultades conceptuales

como una prueba de la falta de idoneidad de la QFT como marco de

investigación (…) Una nueva tendencia (…) fue orquestada por Geoffrey

Chew y sus colaboradores en forma de esquema muy abstracto, la teoría

de la S-matrix, la cual, en los cincuenta y los sesenta, llegó a ser un

programa importante de investigación en el campo de las interacciones

fuertes (Yu Cao, 1998: 220).

Murray Gell-Mann, en 1956, llegó a la conclusión de que la teoría cuántica de campos no

podía explicar los fenómenos de alta energía, delineó un programa y aludió al programa S-

matrix de Heisenberg con el fin de recuperarlo. Diseñó lo que podría ser un futuro

51

programa S-matrix, que para él no era una teoría opuesta a la QFT, sino sólo un enfoque

alternativo.

Una vez más, desde mediados a finales de los cincuenta, la teoría

cuántica de campos encontró serias dificultades con las interacciones

fuertes. Fue entonces cuando los teóricos se pasaron a una derivación del

programa S-matrix de Heisenberg, a la teoría de la dispersión (…) Desde

comienzos a mediados de los sesenta, había surgido un nuevo programa

S-matrix como candidato para una teoría fundamental de las partículas de

interacción fuerte (…) Esta teoría del bootstrap, que condujo a una

perspectiva filosófica potencialmente importante, surgió directamente de

unas matemáticas muy complejas, no de los datos experimentales ni de

una filosofía elevada. (Cushing, 1990: 185).

La teoría S-matrix nació en un período en el que los físicos de partículas estaban

reformulando intensamente todos sus principios y concepto. Había un sentimiento colectivo

de que la teoría de campos no podía utilizarse para describir todas las interacciones fuertes,

o bien que debía ser formulada en un marco distinto, más abstracto, para ser aplicable (Cfr.

White, 2007). De este modo, la teoría S-matrix que el mundo de la física vio surgir a

comienzos de los sesenta nació de las entrañas mismas de la teoría cuántica de campos, a

partir de sus problemas conceptuales.

5.3.3.1 El enfoque bootstrap

Dentro del marco de la S-matrix, Chew desarrolló el denominado “enfoque bootstrap”.

El término “bootstrap” hace referencia a las lengüetas que tiene una bota y a la paradójica

52

acción de poder levantarse uno mismo tirando de ellas hacia arriba. Por extensión, un

proceso bootstrap es un proceso autosostenido o autoconsistente, que se alimenta a sí

mismo sin ayuda externa. La teoría S-matrix podía describir la estructura de las partículas y

las fuerzas por las que se influyen mutuamente, de una manera dinámica en la que cada

partícula forma parte de una red inseparable de reacciones. En cuanto al enfoque bootstrap,

consiste en enfatizar que las partículas subatómicas mantienen su cohesión, su estructura y

su misma existencia gracias a las fuerzas que surgen de la acción entre ellas mismas. El

concepto clave del bootstrap es la consistencia, la idea de que las leyes de la naturaleza son

controladas por la consistencia y que no son arbitrarias. Intenta eliminar las arbitrariedades

en lo posible. Chew reconoce que, debido a las limitaciones humanas, siempre tenemos que

aceptar un conjunto de ideas. Pero, aparte de estas ideas, que son aceptadas

provisionalmente como verdaderas, no se debe aceptar nada arbitrario en la teoría y todo

debe derivarse a partir de la autoconsistencia.

Además, al añadir al sistema general la idea de democracia nuclear y rechazar la

diferencia entre partículas elementales y partículas compuestas, Chew afirmará que cada

partícula es el resultado de la acción de ella misma en relación con todas las demás, es

decir, se trataba de llevar al límite el concepto de autoconsistencia. Todos los ingredientes

para el establecimiento de una nueva teoría S-matrix existían ya en los cuarenta, y a finales

de los cincuenta se aceptaban estas proposiciones sobre los hadrones (las partículas

sensibles a la interacción fuerte):

1. Hay una democracia de hadrones: todos tienen un estatus equivalente.

2. Los hadrones están formados por otros hadrones, a su vez sostenidos por

fuerzas obtenidas en el intercambio de hadrones.

53

3. Los hadrones son autogenerados por un mecanismo de bootstrap S-matrix

que determina todas sus propiedades (Cfr. Chew, 1985).

En un escrito bastante posterior (Cfr. Chew, 1985) explicaba Chew que la idea de la

democracia de hadrones (que todos los hadrones son compuestos y ninguno es

fundamental) no es lo mismo que la idea de que todas las partículas físicamente observables

corresponden a singularidades de una matriz de dispersión analítica. Es decir, la democracia

nuclear no es sinónimo de la teoría S-matrix. Sin embargo, en el programa de Chew fueron

unidas. De hecho, él mismo reconoce que las historias de estas dos ideas están entrelazadas.

En un momento en que parecía que ninguna partícula era más fundamental que las

demás, el enfoque bootstrap defendía que las interacciones tienen que explicarse a partir de

su autoconsistencia. No hay un ensamblaje de entidades en las que las fundamentales son la

base de las compuestas, sino que el todo está considerado como una especie de red

dinámica de sucesos interrelacionados. Dentro de esta red, ninguna parte ni ninguna

propiedad es más fundamental que otra. Todas se influyen mutuamente, se definen en

función de las relaciones entre ellas, y es la consistencia de sus interrelaciones lo que

determina la estructura de todo el entramado. Por tanto, el bootstrap niega la existencia de

constituyentes fundamentales de la materia y no acepta ningún tipo de entidades

fundamentales, ni siquiera leyes o principios. A veces, la representación de las partículas

propia del bootstrap se resume con la provocativa frase “toda partícula se compone de todas

las demás partículas”, lo cual nos recuerda a la filosofía de Anaxágoras, y de hecho ha

habido algunos autores que han desarrollado este parecido del bootstrap con las tesis del

filósofo griego de la época de Pericles (Cfr. Harrison, 2006, Cfr. Muradian, 2008)

Esta afirmación no se refiere a que cada una contenga a las demás en un sentido estático,

sino que cada partícula ayuda a generar a otras partículas, que a su vez la generan a ella.

54

Todo el conjunto se genera a sí mismo mediante su autoconsistencia (Capra, 1992: 336). En

resumen, frente a las inconsistencias de las teorías de campos, surgió una nueva propuesta

en la que la autoconsistencia era la clave.

Así nació la teoría bootstrap, que aportaba un programa independiente respecto a la

teoría del campo cuántico, por lo menos a nivel de cálculo. Algunos de los que adoptaron

este nuevo enfoque consideraron al programa bootstrap como una teoría anti-campos; otros

lo consideraron un enfoque complementario que ofrecía un procedimiento distinto de

cálculo, pero no una teoría independiente. Para éstos, la S-matrix era una herramienta, por

lo que en realidad no abandonaron las teorías de campos. En cambio, para Chew y sus

colaboradores, constituyó una teoría no sólo independiente, sino opuesta a la QFT: “La S-

matrix fue fundada dentro de la teoría del campo cuántico, pero se independizó de ella y se

consideraba, en la formulación del bootstrap, como un enfoque explícitamente contrario a

la teoría del campo” (Pickering, 1984: 46).

El líder de ese paso de la teoría cuántica de campos al enfoque S-matrix/bootstrap fue

Chew, quien, además su labor puramente científica, aportó algunos argumentos filosóficos

para este cambio de rumbo: rechazo de la arbitrariedad de considerar elementales algunas

partículas y otras no, autoconsistencia del sistema tomado como un todo y democracia

nuclear.

Discutió apasionadamente contra el paradigma atomista de la QFT y

rechazó la idea de partículas elementales designadas arbitrariamente (…)

La posición teórica anti-campo de Chew estaba basada principalmente en

dos hipótesis: democracia nuclear y bootstrap, y máxima analiticidad (…)

Chew convirtió los principios de autoconsistencia y unicidad en la base

filosófica de la S-matrix. Chew influyó mucho en la física de hadrones en

55

la primera mitad de los sesenta. Su posición filosófica, aunque

considerada dogmática y religiosa incluso por algunos de sus

colaboradores cercanos (por ejemplo Gell-Mann y Low), fue respaldada

por algunos resultados físicos bien confirmados que él y sus

colaboradores habían obtenido en el marco de la S-matrix. (Yu Cao,

1998: 225).

Dice el mismo Chew sobre la filosofía contenida en el enfoque bootstrap:

El carácter revolucionario de la democracia de partículas se aprecia mejor

al compararla con la estructura aristocrática de la física atómica, tal como

afirma la electrodinámica cuántica (…) El concepto de bootstrap está muy

unido a la noción de una democracia gobernada por la dinámica (…)

Cada partícula ayuda a generar otras, que a su vez dan lugar a la primera

(Cfr. Chew, 1964).

4.3.3.2. El acta de nacimiento de la teoría S-matrix moderna

En cuanto a los pasos concretos dados por Chew en la creación de su nuevo programa,

en 1958 ofreció una conferencia en el CERN, y por aquel entonces ya estaba en el aire una

teoría analítica de la S-matrix. Cuando volvió al CERN en 1959, ya existía un programa S-

matrix en germen en Berkeley. En la conferencia de Kiev de 1959, Lev Landau elogió a

Chew el importante descubrimiento que él y Low habían hecho (el modelo Chew-Low, aún

dentro de las teorías de campo). Landau condenó las teorías de campos en esa conferencia,

y dio la bienvenida a un enfoque independiente basado en la teoría de la dispersión. Gell-

Mann no vio con buenos ojos el dogmatismo que mostraba Landau. En cambio, para los

56

defensores de la S-matrix (Chew y Polkinghorne, que también estuvo presente), la charla de

Landau en Kiev fue excitante.

Como hemos mencionado, a finales de los cincuenta ya estaba en el aire una teoría de

estas características, pero todo empezó de forma explícita en la famosa Conferencia de La

Jolla sobre interacciones fuertes y débiles, que se celebró en junio de 1961. A principios de

los años 60, Chew ya había descartado el enfoque predominante en la física de partículas, la

teoría cuántica de campos, afirmando que ese marco teórico no ofrecía ayuda para entender

las interacciones nucleares fuertes. Chew estaba frustrado con la teoría del campo porque

parecía implicar que los teóricos pasaran por alto problemas interesantes que realmente

merecían la pena. Afirma que, antes de empezar conscientemente con la S-matrix, ya la

practicaba, pero al principio incluso él pensaba que entraba dentro del marco de la teoría

del campo cuántico. Se sentía muy incómodo con esto, pero no sabía qué hacer, y recuerda

que tomó la decisión de llamar S-matrix a la teoría y romper con la QFT cuando tuvo que

decidir el título para un libro que le habían pedido que escribiera, según cuenta en una

entrevista (Cfr. Gordon, 1997).

En la Conferencia de La Jolla, Chew aseguró que la teoría cuántica de campos era estéril