George C. de Lantenac por Albert Sans - muestra HTML

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2

Albert Sans.

George C. de Lantenac.

3

© Joaquín César Plana Alcaraz. Textos e imagen.

® Albert Sans.

4

El conejo ante los faros, inmóvil; el automóvil

siempre más cerca. Atropellados, usamos sólo

las extremidades delanteras, arrastramos las

otras dos, ya para siempre inútiles. Y somos

nuestro propio lastre.

Podemos observar la herida, y no saber de

ella. Cómo. Entonces, el hábito a – de – la

herida; la socializamos, la urbanizamos, la

civilizamos. La herida que se categoriza y

adquiere presencia de brazo, o hígado, o ceja.

Imagen de la herida. No es acumulable.

Descree de distancias; dice de igualdad, de

empatía – acaso de solidaridad –; alinea

circunstancias diferenciadas – no existen los

modos –, fuerza porque cree: fe en designios

cuya continuidad acepta – a cuya continuidad

se vincula – y no comprende. No afección, no

pandemia; cualidad o característica que

señala pertenencia. Así, disminuirse para

disminuir.

George C. de Lantenac, Las flores del fuego.

5

6

ÍNDICE.

Texto. Página.

Contenidos. 8

Propiedad de lo desfingido.

9

Reseña biográfica. 12

Vida de la necesidad. 14

Prólogo a Poética de la Narración. 18

Defensa de las flores del fuego. 23

La verdad es concreta. 28

7

Contenidos.

Albert Sans.

Propiedad de lo desfingido.

Reseña biográfica.

George C. de Lantenac.

Vida de la necesidad.

Prólogo a Poética de la Narración.

Defensa de las flores del fuego.

La verdad es concreta.

8

Propiedad de lo desfingido.

9

Alétheia.

Protesta del lacerado – porque – anónimo que se venga desde el

silencio de la no satisfacción de un reconocimiento debido. Vulgar

manifestarlo. Acaso porque vinculable a una petición, cuando no a un

ruego. Insoportable tal creencia, porque ajena. Porque incontrolada.

Rechazando el talento, se niega a los otros desde una emoción de

universalidad: la diferenciación, divinizada. Mártir, use o no la

palabra. Creída, no obstante.

Escrito hace diez años; en el tiempo de las traducciones. Me decía del

prestigio de aquella soledad entre paredes de madera agujereada en el

sótano que habría sido refugio de otro hombre muerto. La palabra

protesta. Divagaría, ahora; querría crear vínculos, fingir inclinaciones,

presentarlas, negarlas. Pero lo escribí.

Encontrar los textos y saber que no podía olvidarlos pero que no

había vuelto a recordarlos.

Razón de las venas de la decencia.

Dos viajes, dos países: Francia y Estados Unidos. Comenzados en un

azar; la elección que realicé … qué obligación inexistida. Dos tardes,

las manos en los bolsillos; la lluvia en una de ellas, el libro que

llevaba bajo el brazo, húmedo, las páginas combadas. Aún. No quise

estar en la habitación del hotel; no quise estar en el apartamento que

alquilaba. Una biblioteca que no encontré de nuevo; una librería de

libros viejos que tantas veces visitaría. Hemeroteca: Vida de la

necesidad, el cual copié; una edición de A. Taylor Editors que recogía

fragmentos de poéticas y, por cada uno de sus autores, otros textos,

muestras de crédito o descrédito de aquellas. El libro no lo comencé a

leer inmediatamente; fue en otro avión de regreso donde supe que

George C. de Lantenac era uno de los autores seleccionados; recorrí el

índice y su referencia no se hallaba registrada.

En aquellas tardes, una decisión podría haberme inclinado a no desear

abandonar cualquiera de los dos ámbitos cerrados. Fuera, las calles

que encontré, los edificios que evité, pudieron ser otros; a la altura de

la biblioteca o de la librería, mis ojos podrían haberse suspendido en

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la monotonía del asfalto … y desconocerlas … y no habría importado.

El azar es honesto.

Fechas de composición: ninguna referencia hallada a los textos

contenidos en la recopilación de A. Taylor Editors; Vida de la

necesidad fue escrito en 1943.

Cruzada del limo.

La voluntad que precisa de la promoción de una empatía, fija la tara

en la figura de la solicitud. Su impulso mismo la denuncia, su

dinámica nunca satisfecha. Pero el intento está prestigiado, porque se

identifica con un íntimo desconcierto, desde la inclinación a

satisfacerlo, a calmarlo. Entonces, la empatía, como un

agradecimiento.

Salus.

Publicar para mostrarme rencor. Para resolver que no puedo olvidar,

aunque no sepa recordar. Que soy, que no hay pasado, que me

desfinjo.

George C. de Lantenac. Hubo o fue – presencia; realidad conclusa –.

Ilustre lo recordado; autoelogio que decide meritorio el esfuerzo en la

consecución. Contingencia necesaria de la memoria – diríase

voluntaria –, volubles sus tempos. Acusada, señalada porque revelado

su ser arbitrario, su razón establecida desde una utilidad cualquiera,

siendo en sus usuarios, creados y creadores de memoria fingida, ….,

porque selectiva.

Propio, desfingirla.

Albert Sans.

11

Reseña biográfica.

12

Nació en 1916, en la ciudad de Konigsberg, Alemania, de padre

escocés y madre canadiense; emigró a la edad de cuatro años a la

costa este de Estados Unidos. Las obligaciones militares de su padre

David le desplazaron por todo el país, lo que terminaría dificultando la

asistencia regular del niño y adolescente George a centros educativos.

Fue el aliento de su madre Louise, así como su íntima resolución, los

impulsores que le determinaron tempranamente a querer corregir, en

una continua dedicación, las carencias de una deficiente formación

académica. Así, en 1934 ingresó en la Universidad de Artstown donde

se licenciaría en Periodismo cinco años después.

George destacó pronto de entre sus compañeros; asiste a sus

profesores en la preparación de clases y es bajo su tutela que comienza

a escribir ensayos y relatos cortos, terminando sus años universitarios

con una tesis sobre el desarrollo social en Europa desde el siglo XVIII

hasta sus días. Meses después de licenciarse, murió su padre en un

accidente de aviación. George se mostró entonces reacio a continuar

ascendiendo en la escala universitaria y buscará empleo en el mundo

de la prensa. Sin experiencia laboral, aceptó una corresponsalía en

Europa para cubrir los acontecimientos que preparaban la Segunda

Guerra Mundial. Comenzó, entonces, un viaje de cuarenta y tres años.

V. Besançon escribió que “su única residencia fija fue su máquina de

escribir y una estación de tren cualquiera”. Visitó decenas de países y

publicó en sus periódicos locales y nacionales bajo pseudónimos tales

como L. Ruy o Mike Poole.

George C. de Lantenac murió en la ciudad natal de su padre,

Edimburgo, en 1982; sus restos fueron depositados en el cementerio

de St. John, donde comparte discreción y retiro con el también escritor

Thomas de Quincey.

Escribiría cuentos, novelas, ensayos, obras de varia reflexión, …, en

los idiomas Inglés, Francés y Español. Títulos: Vida de la necesidad,

La verdad es concreta, Ensayo sobre la Muerte de Jesús de Nazareth

- ensayos -, Las flores del fuego - novela -, o una Poética de la

Narración.

13

Vida de la necesidad.

14

La motivación que da lugar a estas líneas es la de una pretensión:

discernir la presencia del impulso vital humano trazado bajo la palabra

n e c e s i d a d y la razón de una moralidad implicada.

La ética y la necesidad.

Necesidad contiene, en las implicaciones lingüísticas delineadas en

los siglos de su trato, estos aspectos: una vida bioquímica de práctica

inevitabilidad y la querencia justificable de una acción vital de

obligatorio cumplimiento – al menos sentido así según la consecución

de una finalidad –. Ambos serían, como se indica al comienzo,

‘impulsos vitales’, vida que se afirma en cada uno de sus momentos;

pero además, se implican. Efectivamente, si, v.g., el impulso sexual

puede identificarse con un deseo más o menos consciente, una

creencia moral, aunque no parezca tener que implicar obligaciones

estrictamente físico-químicas, sucede al contrario que, de haberse

comportado evolutivamente de un modo ralentizado, puede

determinar, a lo largo de generaciones, la necesidad físico-química del

cuerpo humano. Se implican en una unidad físico-químico-emocio-

racional en cualquier aspecto argumentable. Así, aquellos dos

impulsos son, en realidad, uno solo. Por lo que, estrictamente, usos

verbales como implicarse dan una imagen engañosa de partición y

división.

¿ Que no parece haber ‘reflejo’ de la creencia sobre nuestra química ?

Pensemos que de hecho se han seleccionado, elegido mutuamente en

una conveniencia de convivencia con su entorno todo; que si no

reconocemos violentas reacciones por parte de uno o de otro es

porque, primero, estamos acostumbrados – escribía Bergson – a sólo

notar los estallidos que denotan cambio y no el cambio continuo de

nuestras vidas y, segundo, porque seguimos pensando en términos de

‘el uno y el otro’ o ‘este lado y el otro’, de modo que al seguir

mirando el universo en ‘sectores’ separados pero relacionables no

percibimos el ‘tránsito’ – que en realidad es falso plantearlo, de ahí el

entrecomillado – entre ‘uno’ y ‘otro’.

Podemos plantearnos el porqué de una decisión, qué hace de esta el

impulso hacia una finalidad cuyo proyecto contiene a aquella como

precisa. Hablar de la decisión, de la finalidad, debería presuponer una

15

premisa para aquel que quiera aclarar la naturaleza misma de la

pregunta: la premisa de su necesidad. La justificación de la necesidad

es cuestión de primera línea una vez aparecida la pregunta por su ser

mismo. Sólo hacerse cuestión de los impulsos encadena la sucesión.

Sin embargo, si aceptamos, sensible, emocionalmente, tal necesidad,

la cadena no se provoca: la palabra que llama a la acción y al

sentimiento que la provoca y/o la desencadena siquiera se da. La

realidad vital e incompartible de cada uno es una necesidad cuya sola

denominación – necesidad – parece aislar intelectualmente su

realidad. Es un dinamismo indivisible que sólo la palabra nos finge

poder atrapar en su búsqueda de estructura o explicación.

Pensar la necesidad es, por un lado, implicar el pensamiento de una

moral. Ella permea cada consecuencia – término que señala una

direccionalidad, una falsa direccionalidad –. Decisión, finalidad son

semantizables en una ‘posterior’ aparición: son pensados ‘espacio-

temporalmente’. Además, la reflexión íntima, personal de estos

‘ocurridos’ en nosotros está parcelada en términos de ahora, anterior,

posterior, consecuencia ... La experiencia es, en realidad, una, fluida;

¿ una metáfora ?: el agua. ¿ La palabra ? Una botella de cristal.

Pero una moral permea toda una experiencia.

Ahora, reflexionar en aquellos términos supone hablar ‘hacia

delante’, sobre aquello que continúa a una necesidad. En cambio,

hablar de ella ‘hacia atrás’ conduce, primero, a plantear la pregunta de

por qué preguntarnos por la necesidad. Es entonces cuando-donde

coincide ‘en vacío’ el preguntar y la ausencia de preguntar, es decir, la

vida individual que ‘siente’ y no plantea y aquella que interroga ‘¿ por

qué preguntar ?’.

El vacío de esta última es condicionado; aquel, en cambio, es puro o

pleno.

Repensando la necesidad.

La nueva reescritura abole el ‘albedrío’ o su concepto en lo que

abarque de azar o voluntad arbitraria y le comprende en el ámbito de

su inevitabilidad. Esto es, cualquier movimiento en el campo de su

16

acción o una pasividad decidida es, dada la continuidad dinámica del

universo, según su encadenamiento, consecuente, necesario.

Debemos precavernos ante la palabra necesidad. Su misma existencia

trata dialógicamente, semánticamente, con lo ‘no necesario’. La

desaparición de ambos sintagmas nos deja sólo con lo que ‘es’, lo que

‘ocurre’. Una decisión u otra, llevada a cabo conscientemente, resulta

así lo que se da; el ‘tener’ o ‘no tener que ser’ es moral. La implica. Es

previa y/o consecuencia.

¿ Necesidad es ‘lo que ocurre’ ? Ambiguo, por ello la precaución. Lo

‘necesario’, siguiendo la línea de esta última identificación, es todo,

cualquiera sea su carácter, calidad o categoría – esto último, labor de

ser humano –. Ninguna ética puede controlar lo necesario, pues ella

misma es ‘necesidad’, es ‘lo que ocurre’: sin embargo apuesta por

regular la experiencia y educa estructuralmente una estratificación de

los acontecidos del universo. Hecho esto, la percepción y aceptación

de la experiencia remite su movimiento a una disposición psicológica

establecida. Una ingeniería del conocimiento. El sintagma ‘la

necesidad de una ética’ plantea, entonces, un falso problema. Una

ética ‘se da’ como todo lo que ocurre: ha sido un desarrollo, una

parcela de desenvolvimiento. Ahora: ¿ el ser humano ‘necesita’ una

ética ? La respuesta es sí, si la crea, puesto que se crea en él y para él.

Pero, ¿ qué ética ? La respuesta es: cualquiera, dado que ‘aquello que

sea’, será ‘lo necesario’. La elección de una/s concreta/s viene

propiciada por una intencionalidad o interpretación de ‘lo necesario’.

17

Prólogo a Poética de la Narración.

18

I.

Es bajo una consideración que uso de algunas palabras para presentar

este texto. La consideración no temo clasificarla dependiente del

término excusa. Quiero decir, es un a modo de disculpa.

Establezco, desde ahora, una precariedad. La sutileza, la discreción,

deben guiar, digamos que personales, las aproximaciones de un

intento impregnado de una intención que reconoce en él una existencia

previa, vívida, ajustada a mi vanidad con precisión: una narración.

Es así que mi intento es la reconstrucción de su fluir, términos

afirmaríase contradictorios.

Debo reconocerme una incapacidad: la posterioridad. Escribo a lo

largo de un tiempo que fácilmente podría concretar, pero que me

niego a hacer. Una emoción – latido de una carente educación

sentimental y temporal – me establece, en el instante de la creación,

que ésta es fragmentaria; una lectura de conjunto, posterior, señala

una obra de inevitada continuidad. Mi rostro dibuja entonces una

sonrisa como un alivio, pues el efecto de una fragmentación no tiene

una causa narrativa.

Yo, escritor y lector de mi obra, motivo una fragilidad que engendra

su misma solidez. Mi implicación podría haberse afirmado como

vinculante. Puede, de hecho, hacerse. No obstante, el uso que pretendo

quiere venir asociado a una subjetividad que hubiera podido establecer

un reconocimiento – decía – no fragmentario de una vitalidad

narrativa. Una regularidad, usando de otro sintagma.

La vinculación concretada en el párrafo anterior me conduce a una

impresión primera de inestabilidad en cuanto a mi Poética como

autor. Como lector, mi íntimo y no transferible devenir vital – cada

gesto, cada voz, cada consecuencia aceptada desde un incontrolado

motivo, … – direcciona mi interpretación; ahora sé que no sólo de la

lectura obra de ajena mano, sino también de la mía, no ajena por la

mano. Es ajeno, entonces, sólo, el control que establezco sobre la

influencia que mi devenir vital determina sobre mi aprehensión

cognoscitiva.

19

Siguiendo la linealidad de la reflexión, encuentro que, cuando decido

un progreso en el relato, la Poética está repensada porque lo escrito ha

sido releído; relaciones, novedades, primicias, alternativas

evoluciones, …, muestran una existencia no sospechada por mí. Y me

siento invitado a la alteración, palabra que dialoga con un modelo y

que lo reconstruye, en la pretensión, acaso, de no destruirlo.

Un personaje principal, pues, varía su conducta y su hermetismo

– digamos – ramifica su causa en el pasado, haciendo una presente

diferenciación que tiende a la percepción de una personalidad no

prevista; la iluminación de las habitaciones ha resultado ser similar en

todas y las reacciones de los personajes, así como las manifestaciones

verbales, se han mimetizado a ella: y esto da pie a un cambio, no

previsto, que quiere alejarse de esta empatía, perceptible o no por un

lector; el asesinato en la oscurecida calle del capítulo cuatro no ha

provocado una reacción inmediata de los transeúntes, creyendo el

cuerpo el de un vagabundo dormido bajo un montón de cartón del cual

sobresalían las piernas y la cabeza girada: uno de los transeúntes, sin

embargo, es un testigo del crimen, o el propio criminal, tampoco

previstos.

Aquella impresión primera de inestabilidad une su presencia a la de

un modelo que presume invariabilidad. Ahora, la variabilidad es

singularidad de la Poética, fija característica cuya misma semántica

dicta movilidad. Ignoro si obvio. Acepto, claro, su razón. La idea de

modelo es, entonces, dinámica, negándose, diría, la íntima textura de

la significación de la idea.

Pero no digo. Los términos anteriores establecen una relación que el

determinante “ la ” del sustantivo “ idea ” ayudaría a configurar como

negadora; ficticia, sin embargo, pues parece apuntar a que sólo existe

una idea de modelo de Poética.

II.

Reflexiono estos días sobre el equívoco que puede presentar observar

una Poética como una guía. Equívoco similar al que encuentro en una

escuela de escritores. Intuyo una infravaloración. Del lector, del autor,

del proceso. La vida de las imágenes representadas en la impronta que

20

deja la lectura implica las imágenes previas del lector; un autor cuyas

intenciones delegadas en un narrador se ignoran como

unidireccionales; un vocabulario que dicta una exposición, en

definitiva, cuya coordinación significadora no es indiscutible. No creo

que pueda hablarse, siquiera, de previsión, pues su referencia también

entraña un esquema.

Concibo, así, una Poética narrativa como una invitación a pensar la

narración de nuevo, su concepto, desvinculando la pauta que lleva a la

producción mecánica, pues complica la creación y lo creado en la

impresión de la fábrica, cuya calidad facturada de acuerdo a un

proceso necesario porque preestablecido, parece responder a una

exigencia externa que tanto se relaciona con la oferta y la demanda de

mercado. Así, un autor determinará, en sus relatos, distancias o

aceptaciones o ambigüedades que le definen en su contacto, en su

diálogo, con un entorno. Define su ajenidad: necesidades narrativas

propias aceptadas o impropias asumidas. Un entorno como una

Poética, sea todo lo que se ha llamado clásica que fuere.

Una Poética que propone adecuaciones, acerca una estética a una

moral. Se requiere a sí misma en el orden de la doctrina. Luego de la

fe. Y en la abstracción, Belleza aún puede querer igualarse a Bondad,

o a su contrario o se postularán paralelismos conceptuales, … Hacer

de una de estas contingencias una creencia conlleva implicar un abuso

sobre lo arbitrario – sin peyoración –, es decir, la reordenación de una

pensada eventualidad en ley universalizada. En necesidad. ¿ Su

emoción querría imponerla ? Mi opinión se inclina a la afirmación. De

este modo, se precisa una exigencia que vincula, desde su origen, lo

justo a la creación, pero cuyo mismo origen es injusto, pues pretende

que una adaptación provenga desde fuera hacia dentro, sin discusión,

pues las tablas de piedra donde se recogen normas son, claro,

imperturbables. Usando de una imagen que acaso clarifique mis

palabras, encuentro la situación similar a la del fabricante de jaulas

para aves, el cual sólo imagina y crea un modelo, pretendiendo que los

animales que las habiten se adapten a ellas, cualesquiera sean sus

características; sin embargo, encontrará aves que no podrán moverse

con comodidad, otras no podrán moverse en absoluto, …, provocando

una indiscutida carencia de condiciones en el medio donde se ha

decidido que vivan.

21

III.

Concluyo este prólogo a mi Poética de la Narración.

Las páginas que suceden a estas creen tomar en consideración la obra

literaria como una entidad de reconocimiento vital del ser humano, la

cual, en realidad, no permite el acercamiento desde un lector a un

autor – y/o viceversa –, sino el de cada una de esas presencias a sí

misma. La obra, así, asiste a la concreción, en lector y autor, de

aquello distintivo – indefinido porque variable –, en cada uno, cada

vez.

22

Defensa de las flores del fuego.

23

Presencia.

El 11 de febrero de … leía una crítica a la obra del escritor Justino

Kerner, y mi conducta se halló en un inicio, sólo ahora continuado. El

autor – permita mi inconstante pudor no precisar su nombre – trataba

la perspectiva intelectual – estética, claro – que la creación del poeta

delataba: el orden llamado civilización, su fragor, solicitud o

velocidad, causarán término a la poesía.

Creo que cerré el libro. Poesía, ritmo, música.

La lectura de la escritura poética, dice de quien lee o escucha, pues ha

dispuesto su voluntad al encuentro deseado, en soledad1 o no.

Podemos ser invitados, aceptamos o no, pero no sentimos la presencia

de la fuerza – la del deber conduce a las distintas éticas, porque

distintos los seres –. Y se resuelve una identificación.

En ella, quien ha leído o escuchado ha buscado, quizá, un cambio, un

avance, una elevación, una aspiración a lo sublime – úsense las

palabras que la pretensión considere más adecuadas –,

sin embargo, …

Sin embargo, la identificación puede ser manejada, dirigida,

motivada, articulada. Encontrados en sociedad inclinados al trato,

somos solicitados, pues es reconocible lo precario de nuestra

estabilidad, enraizada en afinidades para ser. En mímesis. Así,

diseñado un proyecto, el hombre o la mujer son considerados factores

de él, recursos a la disposición de un objetivo que no es vital para

ellos, forzándose la identificación, para que un impropia intención sea

sentida en ellos mismos.

Situación.

Quien, ahora, redacta estas palabras cree haber presumido, en alguna

ocasión, de identificaciones. Esa ocasión – asumo que también su

plural – y sus coordenadas han sido traídas a una reflexión que se ha

inclinado en conducirse en los trazos de mi sentida y no negable

1 Solitude en el original, no loneliness ( nota del traductor ).

24

vivencia íntima. Usaríase la palabra practicidad, diré que en otros

textos. No en este.

Identificarse manifiesta la pretenciosidad de lo pensado como igual.

O ese casi igual cuya dulce y resignada aceptación de lo que no quiere

discutirse bastardea la imagen de la referencia legítima.

Sobre ello, desde ello; en ello, digamos que con posterioridad,

edifícase un orgullo, ya ajeno desde su génesis y aceptación – ni

siquiera tolerancia – pues es proyectado. La imagen resultante es

frágil, donde lo creído como íntimo es lo ajeno, donde lo afirmable

como propio es la adecuación – decidida o no – de determinantes

prioridades en prioridades individuales, concretadoras de

intransferibilidad. El paso a la complacencia constituye una

retroalimentación: puesto que me impongo necesidades ajenas que he

hecho mías, en lo mío que es lo ajeno reconozco lo exterior a mí como

propio porque es lo mío ajeno asimilado en lo particular. Placer de lo

familiar: mundo y yo, uno.

Acaso podamos extraer conveniencia del reconocimiento de la

retroalimentación. Sabida la búsqueda de identidad, la mímesis,

optaremos, ahora, a alejar el daño; elegida la distancia – o su intento –,

su resolución sólo acepta entrega.

Hemos de implicar voluntad, si dedicados a asentar lejanías en

nuestra intransferible continuidad vital: reconocido un estado, sus

coordenadas, su posición o dirección, podemos establecer una primera

aproximación atendiendo a una jactancia, asumo – afirmo – que

sentidamente presente a la exigencia propia – no escribo que justa;

tampoco que controlada –: la inclinación a cumplir la posibilidad. Así,

se considera dato – praxis, física –, vinculante y vinculador de mi

decisión. Propio de ella; por ello, previo. Por ello, jactancia, según lo

ilusorio, hecho seguro haber. Solicitud y exigencia establecidas en

sinonimia, donde sólo es posible la cortesía cuando hemos ofrecido

aceptación – no necesitada la comprensión –; cuando negada – no hay

cabida para un ‘apenas’, pues una negación parcial es, por ella

misma, negación total: la negación no admite gradaciones …, ¿ cómo

no negar un todo, pretendiendo no aceptar sólo una parte ? –, o no

entregada, se asiste al reflejo de una afrenta, pues se siente – acaso se

observe – vulnerado lo creído como legítimo, la pauta y el modelo

25

mismos que conducen – que son – una significación íntima de vida. Y

se defiende o ataca – ya he escrito que sinonimia –, percibido un

contacto con el cimiento, calando un miedo o su eco, anticipando la

emoción de la inseguridad o lo asumible como equivalente

– obligando que una forma de circunstancia no presente, s e a

presente –.

Camino de extinción.

La ilación ha de situarnos ahora. La aprehensión de lo proyectado

como imagen de un estado inscribe su sensibilización – su pudor, su

pulcritud –: el acto.

Acto que ha de vindicar su escrúpulo, sin duda de formalización

dialéctica cualquiera sea su realización, pues él es – porque dicta –

razón de coherencia. En ello, aceptaremos una herida o la ajena

tentativa será suspendida, porque la hemos formulado. Y podemos

actuar observada esa suspensión.

Situados en la pertenencia social – porque comunicativa –, si

precisados emocionalmente de distanciar la vida lisiada ofrecida,

desnudos los factores, porque visible la fórmula o estrategia;

suspendidas ellas, suspensos nosotros en la medición, … Si

precisados, no negables ante nuestro pudor, ante nuestra decidida

razón de coherencia, el acto es, él mismo, una interferencia entre lo

pretendido ajeno y lo querido propio – trabados en indesestimable

dialéctica –. Y una interferencia es un cruce. La maquinaria que

trepida, accionada por mano humana, comprende sus pausas. Otros

movimientos se han producido – se producen – cuya percepción

parece quedar anulada por el estremecido golpear metálico. Distraídos

antes, atentos ahora, otros sonidos delatan actividad, … En la

regularidad mecánica ha atravesado un latido de opción elegida,

diríase vibrante, …, porque humano. Interferimos en la dinámica

ondulación que entona, en su ritmo, canción de adhesión. Y he ahí que

su silencio muestra nuestra música como un pulso, como una lluvia en

el conformado rumor de una mañana urbanita. Puede ser obviada, pero

e s , está, y dice de existencias que nos ocultamos o a las que

otorgamos características de decorado.

26

Igualmente, nuestro pulso dice de la opción de la identificación, de su

elección de finalidad no dolorosa, de que hay ritmos rechazables – que

podemos obviar como en tantas ocasiones obviamos una causa de

felicidad –, de que hay músicas que no serán nuestras, pero decidimos

sentirlas nuestras.

Rescoldos2.

Aquella poesía de Justino Kerner, tu pulso, la lluvia: no hay ruido que

extinga sus rescoldos – fuego latente, llama embrionaria –, prestos a

volver a ser elegidos, soplados – respirados –, identificados desde la

voluntad no rendida más que a prohibirnos la aflicción o la

resignación o lo enajenado.

Dignos.

2 En el libro, la palabra original aparece borrosa debido a una impresión poco

afortunada. Me he guiado por el texto que la sucede y que constituye la conclusión del

ensayo ( nota del traductor ).

27

La verdad es concreta.

28

Esperábamos en la estación, fuera del edificio, en los andenes; yo era

un niño. La mañana me resultaba fría. Mi padre me daba la mano, la

gorra identificativa bajo el brazo; mi madre me sonreía desde la

taquilla del despacho de billetes.

Observaba el poderoso perfil de mi padre; la nariz frágil, aquilina, los

destacados pómulos, la ausencia de labios. La expresión siempre

afectuosa, siempre la cálida mirada que tanto añoro desde que murió.

Viajeros y familiares pasaban a nuestro lado; alguno se paró para

preguntar a mi padre una hora o un destino o un andén. Nuestro tren

no llegaba; mi madre se reunió con nosotros e intercambió en voz baja

unas palabras con mi padre. Mi madre sobrevaloraba su capacidad de

disimulo, de hacerse inaudible creyendo usar el volumen de su voz a

capricho. La escuché bien: últimos billetes, último vagón, última

clase. Mi padre la besó en la mejilla y su rostro afable, comprensivo,

devolvió un color de alegría al rostro de mi madre. Y por extensión al

mío.

Mi madre se agachó a la altura de mi cabeza para cerrar bien mi

abrigo. Nuestro tren llegó y mi padre así nos lo indicó. De pronto,

sentí cómo me apretaba moderadamente la mano. Le miré. Varias

personas bajaron del vagón al cual subiríamos nosotros y en una de

ellas fijaba mi padre su mirada. Seguía sus movimientos y susurró un

nombre y un apellido, en alemán: Bertolt Brecht.

Bertolt Brecht. No los he olvidado, porque eran el nombre y el

apellido escritos en libros de mi padre. Apareció la duda en su

expresión. Quien fue llamado Bertolt Brecht se detuvo, dejando un

pesado equipaje a su lado; miró un reloj.

No pude oír las palabras que mi padre le dijo a mi madre; soltó mi

mano, me dejó con ella y se alejó en dirección de quien había sido

llamado Bertolt Brecht. Pasos precipitados hasta que estuvo a pocos

metros; todos los movimientos de mi padre hasta ese momento

delataban expectación; desde ese momento, la transparente bondad de

sus gestos decía un agradecimiento. Mi padre se inclinó hacia Bertolt

Brecht, que no había reparado en él hasta entonces; debió saludar y en

la entonación se descubriría su azoramiento, su disculpa. Miró a mi

padre y sus labios dibujaron una respuesta, probablemente en alemán;

29

la mirada tímida, al principio; Bertolt Brecht miró alternadamente los

ojos de mi padre. Y un contento como un pudor apareció en sus

labios.

Pocos minutos. Yo sólo podía ver a uno de ellos hablar, pero

conservo aún la impresión de que reflejaba la expresión del otro. Una

límpida empatía.

Mi madre llamó desde donde estábamos a mi padre, por su nombre

– lo que no hacía en público, salvo urgencia –, y entonces le vi

estrechar amistosamente la mano de Bertolt Brecht. Caminaba hacia

nosotros, observado por quien acababa de dejar, el rostro grato.

Nos instalamos incómodamente en el vagón. Estuvimos estacionados

un tiempo. Partimos. Mi padre no había hablado desde que regresara y

aún permanecía silencioso, observando el exterior a través de las

rayadas ventanas. Mi madre conocía bien esos momentos y no

interrumpía nunca esa soledad acompañada en la cual solía abismarse

mi padre. Yo no evitaba no apartar los ojos de él. No podría asegurar

que lo supiera; de ser así, mi padre estaría molesto consigo, por no

poder evitarlo, por no poder evitarse.

Doy continuidad a este recuerdo en el día en que comunicaron el

accidente.

Aquella tarde. Yo había llegado dos días antes desde la universidad

para visitar a mis padres. Un coche desconocido paró frente a aquella

última casa que el ejército nos había proporcionado cerca de las

instalaciones militares. Mi madre abrió la puerta a un oficial de

aviación. Permanecieron en el vestíbulo, en pie; yo oía el rumor de la

voz masculina, discreto, monocorde, estremecido por cuanto la

imaginación añadía a lo inusual. Quiero decir que mi sensibilización

me dictaba palabras desde que viera la luz de los faros del coche a

través de la ventana.

Y entonces percibí un gemido como una confirmación. Una puerta

que se cierra. Salí al encuentro de mi madre y no la encontré

inmediatamente. Penetré en la cocina y observé – admiré – su figura

en la contraluz de la alta ventana, inclinada, la cabeza alta. Me

esperaba, la mirada fija en la puerta, los ojos secos, serena.

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- Nos recogerá por la mañana. Plancharé tu traje.

La tamizada iluminación de la cocina me afirmaba que era cierto.

Noticia, informada. Mi madre se movía en el piso superior. Yo me

dirigí al fondo de la sala y me senté frente al escritorio del último

despacho improvisado que mi padre dispuso – que siempre disponía –,

en el rincón menos luminoso de la casa de la época. Observé los

lomos de sus libros, las viejas revistas, los periódicos del presente mes

amontonados. Ignoro por qué recordé el encuentro de mi padre con

Bertolt Brecht. Sus rostros, sus sonrisas, sus reconocimientos. Sé que

me encontré buscando sus libros sobre el material confusamente

ordenado de mi padre, revisando las revistas, los periódicos. Hasta que

hallé su cuaderno de notas. Pasaba las páginas, buscando el nombre y

apellidos alemanes, entre los cientos de citas tomadas de cientos de

lecturas. Y finalmente apareció Bertolt Brecht:

Die Wahrheit ist Konkret.

( La verdad es concreta ).

Sólo. Ávido, repasé de nuevo las páginas, desde el comienzo. Me

recuerdo, entonces, impaciente, incrédulo, incomprensivo, pues

instalado en la necesidad de equilibrar el ciego pulso de una emoción.

El atardecer estaba oscureciendo la habitación. No había oído bajar a

mi madre, que había vuelto a la cocina. Me levanté y caminé sin ver.

En el umbral de la puerta, mi madre, silenciosa, disponía la mesa. Me

miró. Me acerqué y la ayudé. La cena, la presencia de comida ante

nosotros, me resultaba excesiva. No sabía entonces – apenas hoy – de

los vacíos a llenar o a esconder en una dedicada ocupación cuya

dinámica finge progreso o página pasada, o identidad; no sabía

– apenas hoy – que hay silencios como preguntas. Cada plato

mostraba su habitual impecable presentación. Me sentí encogido

– acaso avergonzado; era muy joven, sin embargo – cuando observé

– desde fuera, atento a las evoluciones de rostros y cuerpos familiares

en un entorno conocido – que nos servíamos. Porque mi padre se

ocupaba, siempre, de hacerlo … y de insistir cuando acabábamos o

estábamos cerca de hacerlo, siempre innegable porque siempre dulce.

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Terminamos. No le ofrecí a mi madre recoger la mesa con ella; la

miré mientras dudaba y, en sus ojos, una llamita como una sombra

anunciaba una espera como una costumbre. Pero mi padre yacía lejos.

No recuerdo el tránsito. Me recuerdo ya en la penumbra,

acercándome nuevamente hacia el escritorio de mi padre. Tanteé y

encontré la lámpara, que prendí. Había dejado su cuaderno de notas

abierto. No me acerqué inmediatamente; observaba, ilegibles en mi

distancia, las líneas que escribían las cuatro palabras. La verdad es

concreta. Impresión – emoción – de inutilidad, de cercanía, de límite,

de intrusión, de derecho a la intrusión. Sé ahora que me sentía inhábil,

abrumado; los trazos latían un orden, y yo desconocía la posibilidad

de su aprehensión.

Devolví la oscuridad al rincón y permanecí esperando a ver dibujarse

los contornos de los libros, del cuaderno; alargué una mano y lo cerré.

- George, he dejado tu traje sobre la cama.

A mi espalda, mi madre comenzó a subir la escalera que conducía al

primer piso. Esa noche no la oía ascender desde arriba, el crujido de la

madera bajo sus pies, sino desde donde mi padre acababa sus

jornadas, leyendo y escribiendo en silencio; esa noche no iría a dormir

tras escuchar el movimiento sobre el suelo de la silla en la cual yo me

hallaba sentado. Esa noche, mis pasos en la escalera serían los últimos

en resonar.

En la mañana siguiente, en el mismo coche que aparcara frente a

nuestra vivienda, nos dirigimos a la base. Mi madre en el asiento de

atrás. Sobria y pálida, diría que la mirada sobre sus manos sobre sus

rodillas; un esfuerzo por evitarse ausente la mirada. Imagen clara y

quieta en mi recuerdo de su reflejo en el retrovisor. La percibía

inasequible – así aún mi evocación, negado al intento de la precisión;

entregado al niño –, bella porque detenida. Ya para siempre inhumana.

Una pausa más, aún. El chófer bajaría del vehículo antes de que yo lo

hiciera; abrió la puerta de atrás junto a la cual mi madre había

permanecido sentada. No vi a los oficiales hasta que uno de ellos

inició un movimiento hacia nosotros; habían esperado ordenados ante

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al edificio. Sé que quise rechazar esa dignidad disciplinada. El cielo se

velaba de nubes. Mi madre caminó del brazo de quien se adelantara a

recibirnos hasta aquella puerta principal; detrás, yo precedía al resto

del cuerpo militar. Dentro, una recepción, injustificables – por ello

inconsiderados – saludos marciales, banderas sin desplegar,

susurradas condolencias. Un olor metálico saturaba la habitación,

moderado, correlato – confirmación – de una mecánica de oficina.

Sólo tres salimos de allí para penetrar y atravesar el pasillo que

llevaba a la capilla.

Dos figuras formaban a los lados del ataúd, elevado sobre el suelo.

Mi padre en él. En su rostro, fija en mi memoria, la expresión

bondadosa que aún adoro. Sólida. La quietud de los dos soldados y la

quietud del cuerpo; una me resultaría impúdica. Sólo ahora puedo usar

un adjetivo. Porque sólo ahora sé de él. Palabra de límite, de moral.

Mi madre ante mí, resuelta en imagen de soledad. Ante mí, una

consecuencia, precisa, no verosímil, siquiera conceptual – reino de lo

accesorio –. Concreta.

He conocido que Bertolt Brecht escribiría aquellas palabras en una

pared de su refugio en Dinamarca, en la década de los años treinta del

siglo XX. ‘La verdad es concreta’. Salía de Alemania. Hitler. Cuando

mi padre le encontró en aquella estación, Bertolt Brecht acaso habría

ya dejado de escribir en la Volkswille; cuando mi padre le encontró,

acaso iría a tomar el tren a Berlín. Como sea, no podía saber. Pero

sabría, diré que lejos de lo creíble, absorto en la certeza de lo palpable

y referible, pues considerado en sí mismo. Como un cuerpo muerto en

una capilla de un edificio militar. Sensible estado y coordenadas de

aceptación a situar o rechazar. Entonces – adverbio temporal que no

establece continuidad – advertimos palabras como articulaciones

lingüísticas en inclinación de asíntota, incapacitables, pues reflejo o

imagen o metáfora o física de la pretensión: frío, hambre, sangre,

muerto, …

O injusticia, usado el término y errada una imaginación que

desvincula o difumina o miente referencia pues no conocido el latido

que se sabe propio: `Yo prefiero la injusticia al desorden`, establecería

Goethe. Excremento. Notable muestra de la afectación, de la escritura

de premisa articulada – identificada – en reflejos cuyos espejos,

invariadamente, tienen fría su superficie. Arbitrario, porque arte.

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Latido. Su certidumbre inequívoca, pues aquí, propio; concreto, pues

mío, no mentido, nítido ritmo, disciplina de la sangre desde el frío o el

hambre o lo muerto. Una verdad como un cadáver o un asesino o una

fuga o un exilio. Un pulso desde su desconcierto o su llanto.

Excremento creer que se puede negar o interpretar.

Unas palabras en una pared en un refugio en Dinamarca. Die

Wahrheit ist Konkret.

Riesgo en su olvido.

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