Hacia un Entendimiento más Humano y Estructural de la Ciudadanía Globalizada por Miguel Ángel Guerrero Ramos - muestra HTML

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Hacia un entendimiento más humano y estructural de la ciudadanía globalizada

 

 

 

 

Miguel Ángel Guerrero Ramos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título: Hacia un entendimiento más humano

 y estructural de la ciudadanía globalizada

© del texto: Miguel Ángel Guerrero Ramos

Mail del autor: migue-guerrero_@hotmail.com

Diseño de portada: La Lluvia de una Noche

1ª Edición: noviembre de 2013.

2ª Edición: enero de 2015.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

 

Prólogo

 

Introducción

 

Los Derechos de Ciudadanía Universal y de libre movilización, como humanización simétrica de los códigos identitarios. Hacia un mundo con derechos mucho más justos de ciudadanía y migración

 

 

El Índice de Desarrollo Humano y la dimensión de lo laboral. El IDH desde una perspectiva de grupos diferenciados y ante la segmentación social

 

El conocimiento y su relación con el ejercicio de la ciudadanía

 

Sobre el autor del presente libro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

 

En un mundo de identidades y actores fragmentados, que solo encuentran en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) su pivote de articulación (Mora y Anaya: 2013), el concepto de ciudadanía bien podría presentarse como un elemento articulador. Un elemento que puede ir más allá de las características más superficiales de los individuos y que puede llegar incluso a garantizar la igualdad entre las personas. No obstante, hoy en día la ciudadanía es vista meramente como un conjunto o un corpus normativo determinado, más que como una práctica humana y siempre se requiere de ciertos requisitos y ciertos documentos para que alguien pueda comprobar plenamente su condición de ciudadano.

 

Todas las personas, se dice, somos ciudadanos del mundo, y, partiendo de allí, una meta a nivel global debería ser la de eliminar, por ejemplo, la pobreza y la desigualdad, y conseguir (o siquiera el intentar conseguir), el bienestar para todos los seres humanos que compartimos este mundo y vivimos en las distintas sociedades que en él subsisten. No obstante, el ancho mundo social de hoy tiene, entre muchos otros, tres problemas en los cuales se centra el análisis reflexivo e indagador del presente libro. Uno de ellos es la discriminación y las nuevas formas de racización que cada nuevo día surgen, y que tienden a excluir a ciertos grupos humanos. Otro problema a mencionar, son los enfoques con los cuales se intenta erradicar la pobreza y obtener el mayor bienestar para todas las personas. Entre dichos enfoques, cabe decir, destaca el que posee el Índice de Desarrollo Humano (IDH), el cual es hoy por hoy, a mi modo de ver, un tanto limitado. Finalmente, un problema más que se presentará en las siguientes líneas, es el de que en los actuales tiempos en día, y muy probablemente desde siempre, los distintos discursos simbólicos se han empleado principalmente para mantener ciertas instancias de poder y de dominio. Es decir, parece que el conocimiento y la creación simbólica en general, se encuentran inmersos en un paradigma social y abarcador que los presentan más como instrumentos de poder que como formas de expresión humana.

 

Finalmente, hay que poner en relieve, o siquiera mencionar por ahora, que hay un fenómeno que parece entrelazar perfectamente los tres problemas anteriores. Dicho fenómeno tiene que ver con el hecho de que en los tiempos actuales los atributos naturales de las personas son determinantes a la hora de excluirlas, de darles oportunidades o no, de darles un empleo y de que puedan mejorar así, y mediante otros factores, su bienestar, y de que puedan o no acceder a ciertas instancias de creación simbólica y a la plena participación y construcción de lo político, lo cultural y lo social. De esta forma, atributos como la edad, el género (cualquiera de los dos tipos de género, para el marco de ideas que menciono), la raza, y hasta otros elementos que también osan presentarse como algo esencialmente natural, más que como una construcción discursiva, como, por ejemplo, la nacionalidad, son los que hoy por hoy son tenidos en cuenta a la hora de discriminar o a la hora de quitarles oportunidades a las personas.

 

La pregunta que se quiere reflejar en este corto y breve libro, partiendo de las cuestiones anteriores, es la de si un adecuado concepto de ciudadanía, que sea ampliado y mucho más abarcador que el que subsiste en estas fechas, pueda de alguna forma dejar atrás las diferencias sobre las cuales se les quitan oportunidades a ciertas personas en el mundo social.

 

Una de las ideas que estarán a lo largo y ancho de este texto, es la de que para entender cómo debería ser una ciudadanía mucho más abarcadora y global, se debe entender a las sociedades como un conjunto, o como un todo. De ahí que lo que se busque sea un entendimiento siquiera un poco más estructural, no de la ciudadanía en sí, sino de los problemas que deberían instar a ampliar o a revisar el entendimiento que se tiene sobre dicho concepto. Acerca del estructuralismo, por cierto, hay que decir que este es una perspectiva metodológica que nace en las primeras décadas del siglo XX como una corriente cultural caracterizada por concebir cualquier objeto de estudio como un todo, por considerar que los miembros se relacionan entre sí y con el todo de manera tal que la modificación de uno de ellos modifica también los restantes y por tratar de descubrir el sistema relacional latente en todo conjunto social (Rico Ortega, 1996). Desde dicha perspectiva, por tanto, se analizará reflexivamente una de las cuestiones de mayor trascendentalidad al momento de hablar de la estructura normativa de las actuales sociedades, y dicha cuestión no es otra más que la que ya se ha mencionado varias veces en líneas anteriores, es decir, la cuestión de la ciudadanía.

 

Cabe añadir, para finalizar este prólogo y darle paso a las reflexiones que siguen, producto de una previa investigación académica, que algunas cuestiones como la diferencia, el reconocimiento de derechos, las políticas públicas, el entendimiento del desarrollo humano, e incluso muchas veces hasta las mismas emociones, se construyen en torno a la forma en la cual se entiende el concepto aun sumamente complejo y sin consenso, de la ciudadanía. Debido a ello el problema de la ciudadanía es clave en cuanto a lo que se refiere a la construcción de un mundo mejor y más equitativo. Más aún si vamos a hablar de una ciudadanía globalizada, es decir, de una ciudadanía que abarque el mayor número de redes y fenómenos interdependientes, en lo que vendría a hacer un mundo informatizado que va más allá de las viejas limitaciones del espacio físico. Una ciudadanía que nos permita acercarnos a su vez a un desarrollo humano global. No olvidemos, al respecto, que Desarrollo Humano, al menos desde la visión hegemónica de hoy en día, significa crear un entorno en el cual las personas puedan hacer plenamente realidad sus posibilidades y vivir en forma plena, productiva y creadora de acuerdo con sus necesidades e intereses (PNUD: 2002).

 

 

Referencias bibliográficas

 

- Mora Heredia, Juan y Anaya Montoya, Lilia. (2013). De la ciudadanía social al individuo fragmentado. Política y Cultura, primavera 2013, núm. 39, pp. 201-227.

- Rico Ortega, Agustin. (1996). Boletín académico, Escola Técnico Superior de Arquitectura de Coruña: 20, 17-19.

- PNUD. (2002). Informe sobre Desarrollo Humano 2000. Editores Mundi-Prensa. México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

 

El problema de la ciudadanía es hoy en día un problema crucial y neurálgico no solo a la hora de velar por los derechos de las personas, y para que dichos derechos sean plenamente reconocidos, sino a la hora de buscar lineamientos estructurales que nos permitan erradicar los focos de pobreza que imperan en el mundo y a la hora de tratar de entender a las actuales sociedades en su forma más globalizada. Ello es así no solo por la importancia que tiene hoy por hoy el ámbito urbano sobre el ámbito rural, sino debido a la forma en la que la vida humana depende actualmente de las distintas instituciones que nos pueden brindar o no salud, educación, empleo, seguridades ontológicas ante las distintas incertidumbres del mundo, e incluso, debido a la importancia que tiene en sí misma una adecuada incorporación en la sociedad actual. Una sociedad humana dependiente y estrechamente ligada a los efectos de la globalización.

 

No obstante, el problema de la ciudadanía es cada vez más complejo, no solo a causa de la dificultad que aún persiste para conceptualizarla de una forma univoca y precisa, sino a los distintos enfoques desde los cuales es entendida y tratada. Uno de los problemas de dichos enfoques, por ejemplo, se presenta, o más bien se hace patente, cuando se escucha hablar de que la ciudadanía no se está aplicando a la vivencia ciudadana sino a los nacidos en un determinado territorio nacional (Suárez-Navaz: 2007). Partiendo de allí, lamentablemente, la ciudadanía hoy en día no es un elemento propio del actuar humano sino un elemento o una dimensión que debe ser reconocida por ciertas instituciones como lo es el Estado. De esa forma, los distintos Estados tienen, dentro del ejercicio de su soberanía, la potestad de regular el ingreso y salida de personas de su territorio. Aun cuando para algunos teóricos y analistas de lo social, dicha práctica va en contra del Art. 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el cual reconoce que "Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado" (Salgado: 2003: p. 4).

 

Se ha llegado a decir además, que uno de los problemas de los enfoques actuales en la conceptualización de la ciudadanía, es que se la piensa únicamente como un conjunto de normas que regulan la pertenencia y la titularidad de derechos en una determinada sociedad (Suárez-Navaz: 2007). De forma que a los distintos Estados les preocupa que las personas nacidas en sus territorios tengan en regla todos sus documentos ciudadanos, para poder de alguna forma incorporarlos al sistema educativo o de salud, entre otros. De modo que un primer problema acerca de la cuestión de la ciudadanía, parece estar en el conjunto de normas que se requiere para ser ciudadano. Pero muchos autores ya nos han indicado que la ciudadanía es un actuar intrínseca e indisolublemente humano. Un asunto que aclara bastante el panorama porque amplia el concepto de ciudadanía y lo lleva a contornos más universales, pero que por otra parte lo vuelve mucho más complejo e incluso un tanto ambiguo. De ahí la necesidad de reflexionar sobre dicho concepto, y la necesidad de pensar lo que implica, en múltiples aspectos de la vida individual y social, que efectivamente se llegue a reconocer dicha dimensión como un actuar humano.

 

En el presento libro, más que llegar a una conceptualización en sí de la ciudadanía, busco una aproximación hacia un terreno mucho más estructural sobre dicha cuestión. Una aproximación que nos permita entender la ciudadanía en un marco más relacional, y no solo desde el marco normativo desde el que hoy es vista. No obstante, hay que aceptar que el demostrar una pertenencia a un determinado grupo, siempre ha sido la mejor forma de gozar de los posibles beneficios que ello puede o no acarrear o generar. Por lo tanto, hay que pensar la ciudadanía desde un enfoque mucho más relacional, como un actuar propiamente humano, y, sin embargo, seguirla considerando en cuanto a sus elementos más normativos de titularidad de derechos. Es decir, hay que ampliar el horizonte mismo de lo que significa ser ciudadano, para que de esa forma se puedan ampliar las ventajas institucionales y reguladoras que derivan de dicha condición. Hay que universalizar la ciudadanía y hacerla más abarcadora, para universalizar y hacer más abarcadores con ello, los distintos derechos.

 

Es cierto que la ciudadanía no es solo un conjunto normativo dirigido hacia ciertos fines organizativos en los distintos Estados, pero una adecuada comprensión de ella, y una adecuada orientación, bien podrían hacer de la ciudadanía el mejor de los patrones para normativizar la vida social. No obstante, hay que aclarar que hoy en día la ciudadanía, a pesar de que así es considerada, es decir, como un patrón ideo para garantizar y regular los derechos de las personas, no podría ser, de la forma tan burocrática en la que hoy es entendida, dicho patrón tan requerido y anhelado.

 

Al respecto, en el camino hacia un entendimiento mucho más estructural de la ciudadanía, en el presente texto se presentarán tres artículos que poseen mi estilo académico distintivito de problematizar ciertos aspectos de la realidad desde un enfoque esencialmente reflexivo. El primero de ellos habla acerca de una nueva forma de considerar a la ciudadanía e incluso a las mismas migraciones humanas, ya que las normativas ciudadanas no son concebidas de igual forma en todas partes, y los distintos tránsitos o migraciones que se presentan en el mundo de hoy dan cuenta de ello. También se habla en dicho artículo, siempre desde un punto de vista reflexivo y problematizador, acerca de la importancia de que los preceptos y las juridicidades de los distintos Estados, se pongan al servicio de la ciudadanía, y no esta al servicio de unas normativas locales o de unos intereses de innegable índole particularista y electoral. Unas normativas y unos intereses que muchas veces tienden a socavar la dignidad humana y todos los derechos que se derivan de dicha condición. El título de este primer artículo mencionado y puesto en cuestión, es el de Los Derechos de Ciudadanía Universal y de libre movilización, como humanización simétrica de los códigos identitarios. Hacia un mundo con derechos mucho más justos de ciudadanía y migración.

 

 

En un segundo artículo hablo sobre la forma en la que Naciones Unidas ha venido implementando el indicador llamado Índice de Desarrollo Humano, para desde una crítica a dicho empleo acercarme a algunos lineamientos estructurales que bien podrían ayudar a combatir la pobreza y la desigualdad en el mundo. El título de dicho artículo es el de El Índice de Desarrollo Humano y la dimensión de lo laboral. El IDH desde una perspectiva de grupos diferenciados y ante la segmentación social.

 

Finamente en el último artículo, titulado El conocimiento y su relación con el ejercicio de la ciudadanía, se hablará sobre el más persistente y vigente de los paradigmas de occidente, es decir, el poder, en relación con el conocimiento, y en relación a cómo ello afecta el entendimiento que existe o puede llegar a existir ante el ejercicio de la ciudadanía, y la capacidad que dicho concepto podría tener al momento de hablar de igualdad.

                                                          

 

 

Referencias bibliográficas:

 

 

- Salgado, Judhit (2003): “Discriminación, racismo y xenofobia”. En: Revista Aportes Andinos, Nº 7. Globalización, migración y derechos humanos. Octubre.

- Suárez-Navaz, Liliana; Macià Pareja, Raquel y Moreno García, Ángela (eds) (2007): La lucha de los sin papeles y la extensión de la ciudadanía. Madrid: Traficantes de sueños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los Derechos de Ciudadanía Universal y de libre movilización, como humanización simétrica de los códigos identitarios. Hacia un mundo con derechos mucho más justos de ciudadanía y migración

 

 

 

 

 

Resumen: la globalización es una tendencia homogeneizadora a gran escala que posee un impulso totalizador realmente enorme, no obstante, el concepto de ciudadanía es aplicado de forma localista y, peor aún, utilizado con intereses políticos y electorales, es decir, intereses de innegable índole particularista. Debido a ello, en este texto se presenta la idea de una ciudadanía globalizada como aquella que anteponga la condición humana a cualquier otro tipo de identidad. Una ciudadanía que rompa no solo con el concepto de frontera y permita la libre movilidad de los migrantes, sino que se adscriba como el elemento más esencial o siquiera de los más esenciales de los distintos códigos sociales y culturales. Es decir, el concepto de ciudadanía requiere toda una transformación filosófica y epistemológica, por la cual no sea entendida como un elemento de la juridicidad, sino como un elemento propiamente humano capaz de construir juridicidad. El presente artículo, en suma, presenta la idea de que este mundo necesita lo que yo llamo una “ética cultural del reconocimiento humano y ciudadano”, y, con ello, toda una trasformación estructural que facilite dicha ética sobre la base de la igualdad económica y social, más que por sobre la desigual y desregularizada estructura laboral que tiene hoy el mundo. Una idea que por ahora solo busca abrir un nuevo debate y acercarse de forma reflexiva a nuevos problemas y a nuevos matices de viejos y continuados problemas de nunca acabar en lo que al entendimiento de lo humano se refiere.

 

 

 

 

Introducción

 

 

Los enfoques normativos y reguladores con los que se maneja la aplicabilidad del concepto de ciudadanía, por parte de los Estados y las distintas juridicidades, en la actualidad, acarrean serias contradicciones y problemas éticos que llevan a la deshumanización de las personas. Son muchos los problemas que se pueden encontrar en torno al uso histórico que se ha hecho de un concepto tan abstracto y tan inmerso en una gran cantidad de paradigmas y miradas diversas como lo es el de “ciudadanía”. Entre dichos problemas y contradicciones, podemos enumerar, por ahora, los siguientes: es un hecho que en un mundo globalizado, en el plano de lo local, la condición de ciudadano o ciudadana ha sufrido una instrumentalización económica y electoralista por parte de una gran cantidad de actores e instituciones de variada conformación. Unos actores y unas instituciones que se resguardan en discursos universalistas en pro de sus propios intereses. Un ejemplo de esto, es que los discursos que defienden una ciudadanía plena y promotora de derechos, hacen que el concepto de ciudadanía sea politizado. La ciudadanía, de hecho, es politizada por los discursos de derecha y por los de izquierda. Unos discursos que instrumentalizan su concepto sin llevarlo propiamente hablando a una práctica universal, es decir, el concepto de ciudadanía es objeto de intereses de innegables matices particularistas y de fines locales muy detallados y precisos.

 

 

Otro problema realmente palpable, es el hecho de que muchas políticas públicas fallan por el poco interés que en ellas ponen los mismos “ciudadanos” (Blaug, 2012) aun cuando en los últimos años ha habido un giro participativo que ha politizado a muchas de las sociedades actuales (Valderrama, 2013). En torno a ello se podría decir que los ciudadanos están mucho más politizados que conscientes de su propia condición ciudadana, y cuando la gran mayoría de personas piensa en dicha condición, lo hacen desde una perspectiva política y no como una cualidad eminentemente humana. De ahí que sin disminuir el compromiso con lo político, se deba ampliar el compromiso con lo humano y de ahí que, a manera de propuesta reflexiva, se sugiera en este texto el que se pueda llegar a requerir de una “ética cultural del reconocimiento humano y ciudadano”. Un concepto que será esbozado con más detalle algunas líneas más adelante.

 

Finalmente, en lo que respecta a esta introducción, hay que decir que existen muchísimos problemas más que afectan a lo que podría ser el más idóneo de los conceptos sociales, en cuanto a su capacidad de contener dentro de sí lo humano y los derechos y deberes que ello representa. Sí, hay muchísimos problemas más que el concepto de ciudadanía enfrenta hoy por hoy, y, por si fuera poco, dicho concepto también se halla inmerso dentro de varias contradicciones estructurales de preocupante naturaleza. Una de ellas tiene que ver muy intrínseca y estrechamente con los tránsitos y los desplazamientos. Para la gran mayoría de los analistas sociales, es el extranjero quien define la era de la globalización, no obstante, en la práctica, lo que se encuentra es que los Estados defienden y abogan por el pleno reconocimiento de la cualidad ciudadana hacia sus miembros, es decir, hacia el interior, mientras que hacia el exterior, desconoce muchas veces la condición de ciudadanos de quienes llegan si cumplir con unos determinados requisitos (Bello, 2012). Una contradicción sumamente grave que desliza la condición de ciudadano al ejercicio de las prácticas jurídicas locales, y que puede generar fenómenos de matices realmente negativos, como, por ejemplo, el resentimiento social de los extranjeros que son tratados como diferentes. Por lo tanto, en las próximas líneas se hablará del hecho de que el concepto de ciudadanía, o siquiera su comprensión, debe ir más a allá de aquellos problemas y contradicciones, y hacerse mucho más global, y, a su vez, mucho más humano.

 

 

 

La idea de ciudadanía como pertenencia a una comunidad y como pertenencia a una sociedad globalizada

 

 

El término ciudadano se refiere principalmente a la definición de la identidad que tienen las personas en el espacio público (Thiebaut, 1998, citado por Anchustegui 2012), o al menos así se entiende en los marcos epistémicos y conceptuales más usuales. Partiendo de allí, Marshall sostiene que la ciudadanía es aquel estatus que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad (citado por Anchustegui, 2012). En este sentido, nos dice un autor como Esteban Anchustegui, la ciudadanía resulta ser un estatus esencialmente formal. Un estatus que otorga directamente una comunidad o una sociedad a todos aquellos que cumplen con la virtud o requisito indispensable de pertenecer a ella. Un estatus que, siendo político, nos dice el autor mencionado, tiene condicionantes o requisitos extrapolíticos como el nacimiento, o la residencia, entre muchos otros. “Así, el ciudadano se define por oposición al extranjero, al que es ajeno a la ciudad, y también frente al meteco: aquel que, aun residiendo en la ciudad, no es considerado un miembro pleno de la misma” (Anchustegui, 2012, p. 63).

 

De modo que el concepto de ciudadanía, tal y como se ha podido apreciar, se encuentra íntima y estrechamente ligado al entorno espacial, ya sea para referirnos a los límites que se circunscriben dentro de un determinado Estado, o dentro de todo aquello que de una u otra forma configura el espacio de lo público. Al respecto, la idea presentada en este artículo, es la de que hoy en día las fronteras se han diluido en algunos ámbitos de la vida humana a causa de la globalización y, más exactamente, a causa de las tecnologías de la información (TIC), que posibilitan la comunicación en tiempo real y el intercambio de conocimiento más allá de barreras idiomáticas o espaciales. De forma que las sociedades de hoy viven en un nuevo tipo de comunidad mucho más amplia y abarcadora que lo que cualquier persona hubiera pensado siglos atrás que pudiera ser posible. Se trata de la denominada Aldea Global, en el sentido en que la entiende el sociólogo canadiense Marshall McLuhan (1968).

 

De esta forma, tenemos que hoy en día existe un nuevo tipo de pertenencia, por lo que el concepto mismo de ciudadanía también debería adquirir nuevos tipos de definición, o siquiera un entendimiento más acorde a los tiempos actuales. Porque el espacio de lo público y lo político se ha mezclado incluso con el del hogar, ya que desde casa podemos, si así lo queremos, con un mero clic en un foro de Internet, por ejemplo, dar una crítica u opinión y participar así de la configuración política de las distintas sociedades y ejercer incluso de esa forma el ejercicio de una ciudadanía participativa (Guerrero, 2013). La globalización, además, como se verá más adelante, también afecta a otras esferas, como la económica, e incluso ha llegado a afectar negativamente a una gran cantidad de grupos humanos a causa de una desigual estructura de lo laboral que divide al mundo en países desarrollados y en países en vías de desarrollo. De ahí, que sea necesario adaptar el concepto de ciudadanía a un mundo globalizado y con ello dotarla de una universalidad tal que reconozca ciertos derechos imprescindibles. No solo los derechos que se derivan de pertenecer a la especie humana sino de vivir sobre la faz de este mundo.

 

Ahora bien, Esteban Anchustegui (2012), respecto a lo que hoy en día significa considerarse ciudadano o ciudadana, nos dice que:

 

Con todo, ser ciudadano significa algo más que la mera coincidencia en deberes y derechos con los demás miembros de una sociedad política. Implica ordinariamente la conciencia de estar integrado en (“pertenecer a”, en la acepción más común del término) una comunidad, dotada de una cierta identidad propia, que abarca y engloba a sus integrantes singulares.

 

Si partimos del párrafo anterior, bien nos podemos encontrar con el hecho de que no se debe descartar, al menos no de buenas a primeras, la idea de que el más idóneo tipo de pertenencia bien podría ser el de “pertenencia global”. El estatus que resulte de allí bien podría ayudar a reconocer la dignidad y los derechos de las personas por sobre las distintas jurisdicciones locales y los intereses particularistas que encuentran en el sentido limitado actual del termino ciudadano, una bandera ideológica o una herramienta discursiva para defender sus propios intereses. Por otra parte, el reconocimiento de una posible ciudadanía global, que por ahora no es más que una idea sujeta a debate y que poco a poco se irá detallando un poco más a lo largo de estas líneas, no necesariamente debe involucrar que se debilite o se menoscabe esta importante entidad histórica que es el Estado. Una entidad que es fruto de muchas conquistas humanas y que aún se encuentra en fase de construcción y en fase de replanteamientos diversos, aun cuando últimamente parezca bastante estancada y monopolizada.

 

La idea es que algún día podamos llegar a un concepto de ciudadanía menos localista, menos dogmático en cuanto a su instrumentalización política, mucho más humano y mucho más circunscrito al ámbito global. Un concepto que, a manera de ejemplo, y con todas las revisiones y debates que se requiere, bien podría estar orientado por la siguiente definición que propongo para ciudadanía global: “el estatus que se le da a todos los miembros de la Aldea Global, y a todo el ancho espectro de sus ideas y creaciones simbólicas, en virtud de pertenecer al complejo conjunto de la especie humana con todas las responsabilidades éticas y los derechos inalienables e imprescriptibles que ello involucra”[1]. Hasta ahora, cabe decir, una de las mayores y más novedosas contribuciones a la ampliación del término “ciudadanía”, es la realizada por el autor José Vives Rego (2013), quien habla del “ciudadano ecológico”. Un concepto que hace alusión a un ciudadano más consciente de los problemas del medio ambiente y, con ello, de todas y cada una de sus propias decisiones ante la sociedad y ante el mundo. Pues bien, cabe decir que el reconocimiento de una ciudadanía global, bien podría producir en el ámbito practico a un “ciudadano ecológico”, o siquiera dirigirse, en el ámbito de lo ideal, hacia él.

 

 

 

Globalización, migrantes y ciudadanía

 

 

Para una gran cantidad de autores y analistas de los fenómenos sociales, la globalización comenzó por lo menos cinco siglos atrás (Romero, 2012), cuando comenzaron los viajes interoceánicos. Es decir, la globalización comenzó con el descubrimiento de América y las grandes conquistas de tierras y culturas, e incluso con el colonialismo que todo ello implicó. La globalización, además, bien puede ser vista como una fase histórica y puede, en su aspecto más filosófico, ayudar a repensarnos como sociedad o incluso como personas en su sentido más individual y ontológico. Acerca del concepto de globalización, bien podemos, para los fines del presente texto, quedarnos con la siguiente idea:

 

La globalización no es la simple suma de economías, culturas, regiones, países, sino un entramado complejo de relaciones e interacciones, las cuales tienden a conformar un todo homogéneo, dentro del cual, sin embargo, operan fuerzas integradoras y desintegradoras. Es la unidad dialéctica de fuerzas centrífugas y centrípetas que en su accionar profundizan los nexos de interdependencia entre las economías y los países, sin que desaparezcan las desigualdades, así como los rasgos característicos de cada nación (Romero, 2012, p. 250).

 

Si partimos del concepto anterior, encontramos que a pesar de poseer un gran impulso homogeneizador y abarcador, la globalización posee fuerzas que no son sino intereses locales. Unos intereses que hacen parte de las distintas políticas de ciertos Estados y de ciertos organismos supranacionales como El Banco Mundial o el FMI (Fondo Monetario Internacional), los cuales no buscan otra cosa más que ampliar ciertas diferencias sociales y los más desiguales nexos de interdependencia entre las naciones. De ahí que un autor como Alberto Romero (2012), afirme que el soporte material de la globalización es la profundización de la división internacional del trabajo. Una división en la cual el predominio económico, científico, político y militar corresponde a un reducido grupo de países altamente desarrollados. De esta forma, tendríamos que a pesar de los impulsos homogeneizadores de la globalización, en el más fáctico de los sentidos, no vendría a ser lo mismo ser un ciudadano de un país desarrollado a uno en vías de desarrollo. Obviamente, una de las múltiples barreras para el desarrollo e implementación de una ciudadanía global.

 

Ahora bien, cabe decir que esa división internacional del trabajo que se ha mencionado, bien podría considerarse la causa principal y estructural por la cual muchas veces las personas deciden emigrar de sus países o de sus territorios con grandes carencias en el sector de oportunidades, hacia la aventura siempre azarosa de buscarse un destino mejor. Es decir, las migraciones no son un hecho de simple voluntariedad, sino que la migración surge o siquiera responde a cambios importantes a nivel global en las relaciones políticas, económicas y sociales. Además, es un hecho muy conocido que los migrantes viajan es al noroeste del planeta (la UE. y los EE. UU.). De cualquier forma, sea cual sea la causa por la que las personas migran, lo que, cabe decir, nunca dejará de ser sumamente complejo (Castles, 2010), lo cierto es que hoy en día los migrantes son las principales personas que son despojadas de su estatus de ciudadano cuando llegan de forma ilegal a una sociedad de acogida o receptora.

 

Perder el estatus de ciudadanía es realmente preocupante. Considerar que una persona en su condición más humana es ilegal en una determinada sociedad, lo puede ser aún más. El hecho, es que si se es ilegal, no se puede acceder en los distintos Estados receptores a unos derechos básicos. Los derechos que se derivan de la condición más normativa de lo que significa por estos tiempos ser ciudadano.

 

De acuerdo con Javier de Lucas (citado por Lube, 2013), la ciudadanía debe incluir en los Estados Democráticos tres clases de derechos:

 

1)      Las libertades negativas, comprendidas como la seguridad jurídica del ciudadano;

 

2)      Los derechos sociales, expresamente manifiestos en el acceso a las instituciones de lo que se considera el “Estado de Bienestar social”;

 

3)      Los derechos políticos, comprendidos como la posibilidad de manifestación política de la opinión, demanda y diversidad (particular de cada individuo o de los grupos de individuos) (Lube, 2012, p. 66).

 

Ahora bien, la pérdida del estatus de ciudadano o ciudadana, es equivalente a la pérdida de los anteriores derechos. Una pérdida ocasionada por la situación de encontrarse una persona en situación de irregular dentro de una frontera. Y una situación a la que se llegó luego de movilizarse desde un lugar de origen. Esto, desde luego, dentro de una situación estructural muy precisa. Una situación estructural que, como ya se ha dicho, divide al mundo en zonas desarrolladas y zonas en vías de desarrollo. La situación internacional del trabajo, por cierto, tampoco deja de ser desventajosa para la llamada periferia en su aspecto trasnacional. No deja de ser desventajosa y propiciadora de una desigual interdependencia, ya que, de acuerdo con autores como Alberto Romero (2012), son las empresas transnacionales las que comandan el proceso de globalización, resultado de su actividad a gran escala.

 

Las grandes empresas trasnacionales, por ejemplo, suelen trasladar sus producciones a los países donde los salarios son muy inferiores a los que se pagan en los lugares de origen de estas empresas, y donde obtienen grandes beneficios de los gobiernos locales y de sus intereses particularistas (Romero, 2012).

 

La actividad de las empresas trasnacionales en un mundo globalizado, por tanto, determina la configuración del mapa geopolítico de la actividad económica a la que buscan incorporarse muchos migrantes. Una actividad económica que no necesariamente es aquella que es altamente cualificada sino la que se deriva de una sociedad que aglutina los más importantes centros de poder y los más importantes puestos cualificados. No olvidemos, en torno a este asunto, que las dinámicas del capitalismo desregularizado crea un mapa geopolítico alterno de economías precarias (Sassen, 2003), también muy solicitadas por los migrantes, pero muy dadas a menoscabar los derechos humanos, debido a su informalidad y desregulación. De modo que las grandes trasnacionales son las que configuran el sector de lo laboral y, hoy por hoy, no hay ningún tipo de regulación que les permita implementar sus estrategias, sus gestiones y operaciones de la forma en la que crean más adecuada y conveniente, aun cuando dichas formas lleven a que dichas empresas acumulen un poder corporativo gigantesco a comparación del poder real de los ciudadanos. Al respecto, Manuel Escudero (2012) se pregunta: ¿ante quién son responsables las empresas globales y su nuevo poder mundial?[2]

 

La propuesta del presente texto ante todo el ancho espectro de la situación mencionada, es la de que el tratamiento de la ciudadanía se coloque por encima de los intereses económicos y de la distribución desigual de las distintas divisiones desiguales y excluyentes que tienen lugar hoy por hoy en el campo de lo laboral. Ello se podría lograr con un reconocimiento global, mucho más humano y abarcador de la ciudadanía. Un reconocimiento por el cual se afirme que un ciudadano no puede ser excluido del campo laboral, que debe haber un estándar de sueldos base mucho más acorde con la condición igualitaria de las personas, sin que por ello se esté hablando de abandonar el capitalismo, sino de transformarlo para quitarle la forma salvaje con la que hoy opera, y que las empresas y las grandes corporaciones deben estar al servicio, al igual que el derecho, de la ciudadanía global y de los derechos comunes.

 

Esto, en principio, no es más que una propuesta que se desprende del hecho de que el concepto de ciudadanía sea ampliado, para que de esa forma, en primer lugar, mediante una transformación estructural, las personas no tengan razones económicas para migrar y tratar de mejorar su condición de vida a riesgo de lo que puedan o no encontrar en otros lugares alejados de su geografía natal. En segundo lugar, con esta propuesta de una ciudadanía global, se podría garantizar, desde un marco hipotético e ideal, el estatus permanente de ciudadano. Un reconocimiento que se coloque por encima de las normativas locales que pueden, y con toda seguridad aun con un reconocimiento mucho más humano y universal de la ciudadanía, seguirán tratando a ciertas personas como irregulares o ilegales, despojándolos así de una condición que no tiene sus raíces propiamente dichas en el espacio normativo sino en el accionar humano.

 

 

La juridicidad al servicio de un único tipo de identidad para pasar de las democracias liberales a unas democracias universales

 

 

Es cierto que para que un concepto de ciudadanía mucho más universal, abarcador e imprescriptible, que vaya más acorde a los procesos de la globalización, peros obre todo más acorde a la unión de la humanidad, pueda ser implementada a nivel global, se requiere de la plena participación de lo local. De hecho, habría que reestructurar la ética política y jurídica de los Estados. Claro, la ética jurídica de los distintos Estados, en dicho sentido, debería ser no la de defender los derechos de sus ciudadanos nacionales, como lo es hoy, sino la de defender los derechos de todos las personas del mundo, y su condición de ciudadanos globales, sin que por ello se esté diciendo que los Estados no tengan derecho a defender su soberanía u otros aspectos relacionados. Lo que se está diciendo es debe haber una ética más humana que ponga precisamente a lo humano por sobre lo jurídico, aun cuando sea el espacio constitucional y normativo uno de los más propicios y adecuados para defender la condición humana. Esto, por el poder simbólico que posee el espacio jurídico, ya que el ser humano no es solo un ser de orden natural, sino un ser predominantemente simbólico.

 

No obstante, una ciudadanía global no puede ir en contra del llamado derecho de autodeterminación de los pueblos. No se puede imponer dogmáticamente o ir en contra de las políticas o normativas locales. Sin embargo, hay que tener en cuenta que de lo que se trata, es que el reconocimiento de una ciudadanía realmente compleja contrarreste los efectos negativos de un fenómeno que ya ha homogeneizado y ya se ha expandido de una forma bastante asimétrica y desigual en todo el mundo, aun a pesar de las diferencias locales, y dicho fenómeno es el de la globalización.

 

Por otra parte, puede que la mayor contradicción de dicho fenómenos, es decir, de la globalización, sea el hecho de que ciertos Estados por un lado, “adoptan la ética liberal que subyace a los derechos humanos universales pero, por el otro, se identifican con la ética realista comunitarista que defiende los intereses de sus ciudadanos y legitima el no reconocimiento de la ciudadanía de los emigrantes ilegalizados (Bello, 2012, p. 3). De acuerdo con Gabriel Bello (2012), desde hace ya un buen tiempo existe en el mundo un conflicto frontal entre un imaginario ético universalista y la realidad particularista de los estados-nación que, al autodefinirse como “de derecho”, se autoidentifican con los valores y principios universalistas, pero en el plano de la práctica, y en el plano más fáctico de lo social, le quitan muchos de los derechos más básicos a las personas que se encuentran de forma irregular en sus territorios. Esta contradicción lógica y política es susceptible, de acuerdo con el autor mencionado, de interpretaciones diversas (Bello, 2012)[3].

 

Ahora bien, en el plano de lo jurídico, una ciudadanía más humana y global, no debe ser considerada como un derecho, sino como una condición propia e inalienable del ser humano. En dicho marco de ámbitos, es decir, en el ámbito jurídico, constitucional y normativo, se debe reconocer que todas las personas son potenciales entidades políticas en el sentido constructivo y socialmente configurativo que dicha condición implica. Se debe reconocer que todas las personas poseen capacidades innatas de crítica y juicio, tal y como ya lo han dicho algunos autores de la sociología pragmática como Luc Boltanski y Thévenot (1991), y por tanto todas las personas pueden tener una opinión propia ante cualquier asunto. De esa forma se podrá reconocer que todas las personas son potenciales creadores, y que se deben defender sus creaciones sin limitar el libre acceso a la información y sin limitar las creaciones de los demás.

 

Pero el reconocimiento de una ciudadanía tal podría no tener ningún efecto y ninguna relevancia si no es llevada a los distintos códigos culturales, para que surja de ese modo lo que me permito llamar una “ética cultural del reconocimiento humano y ciudadano”. Es decir, una ética que sitúe o eleve el concepto de ciudadanía a una condición netamente humana, con todo lo que de allí se desprende en torno a valores no solo cívicos sino universales. Una ética que desplace el concepto de ciudadano ilegal o irregular, por el de ciudadano abanderado de las prácticas interculturales. Una ética que lleve a cabo el pleno reconocimiento de todos los tipos de conocimiento y de creaciones simbólicas. Una ética plenamente basada en la responsabilidad que debe existir hacia el otro y hacia la diferencia. Al respecto, cabe recordar que la ética de la alteridad de Levinas, se basa en la responsabilidad que debe existir ante “el otro”, o “lo otro” (Bello, 2012). Una responsabilidad que es social, ya que no se debe privar a un extranjero de los derechos más básicos y debe haber cierta responsabilidad hacia él[4].

 

 

Hacia una ética cultural del reconocimiento humano y ciudadano

 

 

Lo más importante de todo, en cuanto a los problemas que aquí se han tocado se refiere, es que una “ética cultural del reconocimiento humano y ciudadano”, entendida esta como la práctica cultural que conlleva el reconocimiento ético de una ciudadanía global y del reconocimiento universal de los derechos institucionales y sociales, debe ser llevada a cabo por todas las personas sin distinción. De esa forma, la ciudadanía sería una plena autoconsciencia, en su sentido más hegeliano, propiciando con ello que no deba ser utilizada indiscriminadamente por los distintos discursos políticos que la instrumentalizan con fines ideológicos o electorales. De esa forma, la juridicidad estaría a favor de la condición ciudadana, y no la condición ciudadana supeditada al ámbito jurídico y normativo. Asimismo, se conseguiría con ello un gran paso hacia el fin de la exclusión.

 

En lo que atañe a esto, podemos decir que, por una parte, con el pleno reconocimiento de una ciudadanía global o globalizada, los criterios actuales que de una u otra forma se consideran necesarios para adquirir la plena condición de ciudadano o ciudadana, como los papeles, y otra serie de prerrequisitos que se emplean muchas veces como la residencia (Lube, 2013), medios de comunicación donde ser ubicados, o la cercanía con instituciones estatales, no serían más que requisitos para identificarse con los dominios y las políticas locales de un determinado Estado. Identificarse con un Estado, de esa forma, podría, en el orden de ideas expuesto, no significar más que identificarse con un organismo social de organización local quizás con una religión y unas prácticas determinadas, sin que necesariamente dichas prácticas sean decisivas a la hora de considerarla verdadera identidad global. Claro, una identidad global debería estar supeditada a la condición innegable y contundente de pertenecer a la especie humana.

 

Ello, cabe decir, también sería un gran paso para darle fin a la discriminación y a la exclusión por asuntos de identidad. No olvidemos que en términos generales, se puede afirmar que la discriminación condiciona la no-ciudadanía y la no integración en el Estado de Derecho actual (Lube: 2012)[5].

 

Por otra parte, el reconocimiento y plena aplicación de una ciudadanía global, con la ética cultural que ello implica, sería una forma de volver a pensar a los individuos como entidades ontológicas, y a su vez, como entidades políticas y sociales. Sería una forma de combinar el republicanismo u organización societal basada en el Estado, con las cualidades ontológicas intrínsecas de las personas, es decir, pasar de las actuales democracias liberales a las democracias universales y participativas. Hoy en día, sin embargo, el republicanismo se concibe mera y únicamente como doctrina de organización societal que de una u otra forma, no obstante, tiene varias ventajas, como la del hecho de no supeditar el Estado a los fundamentalismos. Al respecto, Esteban Anchustegui nos dice que:

 

 

El republicanismo concibe la ciudadanía principalmente como práctica política, como forma de participación activa en la cosa pública. No se asienta sobre la primacía ontológica del individuo, ni sobre la defensa de sus derechos particulares, sino sobre un modo de vida compartido. De hecho, desde el republicanismo no cabe hablar de “derechos naturales” (la naturaleza sólo produce fuerza y rivalidad; sólo mediante la ley se pasa del desequilibrio y el enfrentamiento de hecho a la igualdad en derechos que nos pongan a salvo de la arbitrariedad), sino que habría de hablarse de derechos ciudadanos, es decir, derivados de acuerdos y normas, resultados de un proceso político, y no su presupuesto. La igualdad y los derechos están, por tanto, basados en el autogobierno, que requiere de la participación activa de la comunidad política. La virtud cívica, pues, sería la debida al marco universal de la constitución (Anchustegui: 2012, p. 68).

 

En suma, lo que en verdad se debería perseguir con una ética cultural del reconocimiento humano y ciudadano, no es sino la humanización simétrica de las distintas identidades, en torno a una identidad común que es la humana. Se sabe que no hay nada más humano que tener identidad y sentirse parte de algo, pero la identidad de la especie no debe ser la de tal religión o la de tal práctica local. Para terminar el presente apartado, hay que decir que de lo que en verdad se trata una ciudadanía global, es de que en los distintos espacios en donde se excluye a las personas o no, por x o y motivo, o donde hay integración o no, el patrón con el que se mida la diferencia sean los derechos. Pero esto solo es posible si las mismas personas creen en una sana convivencia y si la creen necesaria en sus respectivas sociedades. No olvidemos que son las acciones ciudadanas las que modelan y configuran el espacio urbano, el espacio político y el espacio simbólico, aun entre un pequeño grupo de vecinos que se comparten opiniones entre sí sobre un tema determinado.

 

 

Conclusión:

Una ciudadanía globalizada debe ser, según mi propuesta, una ciudadanía humana y dialógica que se sitúe más allá de los intereses particularistas de los Estados y las instituciones supranacionales. Una ciudadanía orientada no por la ética realista y comunitarista de la identidad común, que tanto separa a la gente (Bello, 2012), sino por una ética cultural del reconocimiento humano y ciudadano.

 

Recordemos que hoy en día hay dos tipos básicos de ciudadanía, que son la ilegal y la legal. La ciudadanía, en torno a dicha división, debe ser por entero legal. La juridicidad debe ponerse al servicio de ella, de una ciudadanía más humana y global, y no como actualmente sucede que la ciudadanía está al servicio de la juridicidad y de toda clase de intereses políticos y electorales. Al respecto, la idea no es la de sobredimensionar o sobrevalorar el concepto mismo de ciudadanía, sino, más bien, la de despojarlo de los componentes ideológicos locales que posibilitan que dicho concepto sea usado con unos intereses locales y particularistas.

 

De cualquier forma, la ilegalización o legalización de las personas hace parte de un complejo discurso social político. De ahí que se diga que “la ilegalización tiene como destinatarios a individuos que no han cometido actos ilegales, se trata de una práctica política que performa o construye lo que ella misma nombra: la situación fuera de la ley que impone a quienes afecta. (Bello, 2012, p. 86).

 

Por otra parte, el Estado nación de índole particularista de la actualidad, es realmente insuficiente, necesario pero insuficiente, y la ciudadanía tal y como funciona hoy en día deshumaniza. De ahí la necesidad de aprovechar la globalización y esos efectos homogeneizadores, como un verdadero camino hacia la universalización de lo humano. De ahí la necesidad de combatir la interiorización y la exclusión social y todo lo que se derive de una equivocada gestión, en sentidos éticos, de la diferencia humana y cultural.

 

La idea, cabe decir, es la de eliminar la necesidad de migrar por motivos de bienestar, mediante la reconfiguración estructural del mapa económico mundial, una reconfiguración realizada a través de la incorporación y reconocimiento de una igualdad laboral mucho más justa y ciudadana. De esa forma no habrá Estados que vayan adquiriendo focos de población migrante excluida. Esto puede ser posible, si se reconoce a su vez, la educación especializada como uno de los derechos básicos de la ciudadanía, así nadie se dirigiría a estudiar a otras partes porque solo en tal sitio puede estudiar, sino para enriquecer su propia mirada ante el mundo. El reconocimiento de una educación tal, sería el reconocimiento de que todos los seres humanos somos seres cognoscitivos y dotados de todo tipo de saberes y conocimiento.

 

La idea, por último, es la de construir un concepto o una idea de ciudadanía no en relación a una ciudad determinada, o a un Estado determinado, sino a una Aldea Global, una aldea que todas las personas compartimos, y en la cual ninguna persona es por ningún motivo natural u ontológico ilegal.

 

 

 

 

 

Referencias bibliográficas:

 

 

-         Anchustegui Igartua, Esteban. (2012). Republicanismo político y ciudadanía social. Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 62-77.

 

-         Bello Reguera, Gabriel (2012). Emigración e ilegalización: una mirada ética. ILEMATA año 4 (2012), nº 8, 83-97.

 

-         Benavente Chorres, Hesbert (2012). Liberalismo, comunitarismo e inmigración. Desacatos, núm. 39, mayo-agosto 2012, pp. 105-122.

 

-         Blaug, Ricardo. (2012). Localizando el compromiso público. Revista Comunicación y Ciudadanía 5. ENERO-JUNIO 2012 12-25. Traducción de Sylvia Montaña.

 

-         Boltanski, L, y Thévenot L. (1991). De la justification, Paris: Gallimard.

 

-         Castles Stephen. (2010). Comprendiendo la migración global: una perspectiva desde la transformación social. En Revista Relaciones Internacionales No. 14, junio 2010, Madrid: GERI-Universidad Autónoma.

 

-         Guerrero Ramos, Miguel Ángel (2013). Los entornos digitales de comunicación y la construcción argumentativa de valores, ideologías y políticas. Características del debate y la opinión en Internet. En Sociología y tecnociencia/Sociology & Technoscience/Sociologia e tecnociência. Revista Digital de Sociología del Sistema Tecnocientífico. Vol 2, No 3 (2013).

 

-         Lube Guizardi, Menara. (2012). Inmigración, vivienda e integración social en España. En Ecléctica, Revista de estudios culturales | 2013 |núm. 2 | ISSN 2254-0113 | 63- 77|.

 

-         Marshall, Th. H. & Bottomore, Th. B. (1992): Citizenship and social class. London, Pluto Press.

 

-         McLuhan, Marshall. (1968). Guerra y paz en la Aldea Global.

 

-         Romero, Alberto. (2007). La globalización y su impacto en el desarrollo humano. Entelequia. Revista Interdisciplinar, nº 5, otoño 2007. P 247-271.