Hacia un Entendimiento más Humano y Estructural de la Ciudadanía Globalizada por Miguel Ángel Guerrero Ramos - muestra HTML

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-         Sassen, Saskia. (2003). Contrageografías de la Globalización. Género y ciudadanía en los circuitos transfronterizos. Madrid: Traficantes de sueños. Capítulo 2: “Contrageografías de la globalización: la feminización de la supervivencia”.

 

-         Thiebaut, C. (1998): Vindicación del ciudadano. Barcelona, Paidós.

 

-         Valderrama, L. B. (2013). Jóvenes, Ciudadanía y Tecnologías de Información y Comunicación. El movimiento estudiantil chileno. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, 11(1), pp. 123-135.

 

-         Vives Rego, J. (2013). El ciudadano ecológico: reflexiones sobre algunos contextos sociales y elementos cosmovisionales, Sociología y tecnociencia/Sociology and Technoscience, 3(1): 83-104.

 

 

 

 

Referencias bibliográficas extraídas de Internet:

 

-         Escudero, Manuel (2012). Ciudadanía corporativa y contrato social. http://www.politicaexterior.com/articulo?id=4787

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Índice de Desarrollo Humano y la dimensión de lo laboral. El IDH desde una perspectiva de grupos diferenciados y ante la segmentación social

 

 

Resumen: el Índice de Desarrollo Humano es el principal indicador utilizado por Naciones Unidas para tratar de comprender la evolución de la calidad de vida de las distintas personas. Un indicador que se mide por Estados y del que hacen parte tres dimensiones esenciales. En el presente artículo se afirma, respecto a ello, que existe la necesidad de incorporar la dimensión laboral y ocupacional a las mediciones del IDH, no solo en cuanto que unos altos ingresos permiten mejorar la calidad de vida, sino en cuanto que es en dicha dimensión en donde hoy en día gira gran parte de la exclusión y el sometimiento social. Una idea que se desarrollará partiendo de la afirmación de que nuestras sociedades se hallan enormemente segmentadas y que aun con unos niveles adecuados de estudio se puede ser víctima de exclusión y con ello perder oportunidades laborales por pertenecer, por ejemplo, a un barrio con cierto grado de segregación a causa de la estratificación social.

 

Palabras clave: IDH, dimensión laboral, perspectiva de grupos diferenciados, segmentación social.

 

 

 

 

 

 

Introducción:

 

Desde la década de los noventa Naciones Unidas ha venido utilizando un indicador de desarrollo basado en los trabajos del Premio Nobel de Economía, Amartya Sen. Se trata del Índice de desarrollo Humano (IDH), un indicador que busca medir el bienestar de las personas teniendo en cuenta factores como la educación, el acceso a los recursos y la expectativa de vida. Es decir, un indicador que no solo se concentra en el ingreso mensual de las personas o en su capacidad adquisitiva, sino en el modo de vida que en realidad las personas llevan en la práctica. Quiere decir esto que dicho indicador se aleja de un enfoque economicista del desarrollo y pone su mirada en el pleno ejercicio de las libertades y, en general, en todo aquello que bien podríamos entender como “la calidad de vida”.

 

Ahora bien, entender el desarrollo desde su perspectiva más humana, y no solo desde una perspectiva economicista, es sin duda uno de los mayores avances teóricos de la historia. Puede que el avance de mayor significatividad para el bienestar de todas las personas en el mundo. No obstante, la manera en la que Naciones Unidas ha venido empleando dicho indicador en la comprensión de la realidad social, bien podría suscitar un gran cúmulo de críticas y revisiones conceptuales. Entre dichas críticas se puede mencionar, a manera de ejemplo, el acento que se le pone al bienestar individual como componente de un todo social aparentemente homogéneo. Es decir, el IDH, tal y como lo ha venido manejando Naciones Unidas, es un indicador en la que la preocupación se centra o bien en las personas o bien en la sociedad en su conjunto, dejando por fuera el hecho de que la sociedad actual no es homogénea y que, por ende, también se puede hablar del bienestar de grupos sociales humanos diferenciados. Al respecto, cabe decir que casi que la única diferenciación social sobre la cual se trabaja en el IDH, o al menos la más predominante, es la que tiene que ver con la medición de dicho indicador en los distintos países. Una forma de medición que oculta la verdadera heterogeneidad de las actuales sociedades. Además de ello, también se puede criticar el poco alcance de las tres dimensiones que se valoran en el Índice de Desarrollo Humano.

 

Estas dos críticas, o más bien estas dos ideas, es decir, la del poco alcance de las dimensiones que se valoran en el IDH y la de considerar erróneamente la sociedad como algo homogéneo en el aspecto conceptual, se desarrollarán un poco más a fondo en las siguientes líneas. Esto, cabe decir, con el fin de destacar la importancia de la dimensión laboral y ocupacional en el pleno desarrollo del bienestar humano y en el pleno ejercicio de las libertades. Una dimensión ampliamente ignorada en el IDH y en donde se hace en gran parte evidente la heterogeneidad de las actuales sociedades.

 

El desarrollo humano y la dimensión laboral y ocupacional humana

 

Lo que persigue Naciones Unidas a través del indicador llamado IDH, o del indicador llamado Índice de Pobreza Multidimensional, es mejorar la calidad de vida de las personas. De esta manera, se entiende que un buen lugar de vivienda, por ejemplo, es aquella en la que no se viva con hacinamiento, que sea digna y posea unos servicios básicos funcionando de forma adecuada. Ello, sumado a una buena alimentación y a unas amplias oportunidades de educación que le permitan adquirir a las personas ciertas “capacidades” para desenvolverse laboralmente, vendría a constituir lo que es un óptimo nivel o calidad de vida. Al menos, por supuesto, en la forma de comprender la realidad social que posee desde hace unas dos décadas Naciones Unidas.

 

Hay que aclarar, antes de seguir adelante, que no es mi intención en este artículo decir que Naciones Unidas ha descuidado lo social, o que el índice de Desarrollo Humano no lo contemple en lo absoluto. Lo que más exactamente se pretende decir en el presente texto, es que al IDH aún le falta bastante análisis que hacer en el terreno de lo social y más aún en el relacional entre grupos humanos. Aun así, hay que reconocer ciertos logros. Hay que reconocer que desde el informe de 2009, Naciones Unidas ha venido privilegiando una mirada no economicista del desarrollo, no desde un abstracto concepto de bienestar o libertad, sino desde las prácticas sociales mismas. De ese modo tenemos, por ejemplo, que:

 

El Informe 2009 se centra en el análisis de las prácticas sociales, las que son definidas como modos de actuar y de relacionarse en espacios concretos de acción, articulando las orientaciones y normas de la sociedad, instituciones y organizaciones con las motivaciones y aspiraciones particulares de los individuos (PNUD: 2009). En el modo en que se despliegan las prácticas sociales inciden, por tanto, las fuerzas que pueden complementarse o colisionar entre sí: las instituciones (conjunto de normas formales que definen lo que se debe o no hacer en un espacio de prácticas), la subjetividad (conjunto de aspiraciones, expectativas, motivaciones con las que cada actor encara una práctica específica) y el conocimiento práctico (mapas que guían los cursos de acción individuales) (González, S: 2010, p. 33).

 

No obstante, hay que decir que una visión desde las prácticas sociales sigue siendo poco relacional y aun cuando salva el escollo de que el IDH no centre su atención en las formas simbólicas de los distintos grupos humanos, un terreno en el que aún falta bastante por hacer, el verdadero problema de lo relacional es aún más intrincado. El verdadero problema, más allá de un enfoque que contemple las prácticas culturales, es que, además de un enfoque social lo más adecuado posible, el IDH todavía requiere, a mi modo de ver, siquiera de una dimensión más.

 

Acerca de las tres dimensiones de dicho indicador, tenemos que de acuerdo con el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), El desarrollo humano es un proceso en el cual se amplían las oportunidades del ser humano, de las cuales las tres más importantes son las de disfrutar de una vida prolongada y saludable, la de adquirir conocimientos y la de tener acceso a 1os recursos necesarios para lograr un nivel de vida decente (Romero: 2009). Esas son las tres dimensiones u oportunidades esenciales, las cuales no dejan de estar respaldadas por otros enfoques complementarios como el de derechos humanos. Sin embargo, considero que la igualdad de condiciones para los distintos tipos de oficios y profesiones y un buen entorno de oportunidades laborales adecuadas para quienes recién están ingresando en el ámbito laboral, es una dimensión de vital importancia, o por lo menos tan esencial como las anteriormente mencionadas. Es decir, el no ser rechazado por estratificación social o por carecer de experiencia en un campo determinado, e incluso por carecer de un título de especialización o doctorado, al momento de ingresar o desenvolverse en el campo laboral, ayuda significativamente al bienestar en general y a desaparecer la pobreza. Dicha dimensión podría entenderse como la dimensión empleo.

 

El empleo, en este marco de ideas, es una dimensión de gran importancia para entender el desarrollo humano en un sistema asalariado, porque de él depende que se tenga una amplia expectativa de vida, los recursos necesarios para una vida feliz e incluso las oportunidades necesarias para manifestar la ciudadanía y ejercer una democracia participativa. Es, además, una dimensión en donde se encuentra hoy por hoy a su máxima expresión el tema de la desigualdad, la inclusión y la exclusión social, debido a los focos de economía sumergida que existen a lo largo y ancho del mundo entero hoy en día.

 

Sobre el tema de la inclusión social, Naciones Unidas, cabe decir, la restringe a algunos cuantos aspectos. Se habla de inclusión, por ejemplo, en el plano de la educación pero no en el laboral. Dicha institución supranacional también habla de inclusión de género, de ahí que haya adoptado un indicador llamado Índice de Desarrollo Humano Relativo al Género. No obstante, a pesar de que es un gran avance el preocuparse por la inclusión, por ejemplo, de personas de extraedad o de sectores deprimidos de la sociedad en el ámbito educativo, o de las personas en contextos con exclusión de género o de las personas discapacitadas, también en el mismo ámbito, es decir, en el educativo, aun es necesario que la misma preocupación se lleve al campo laboral.

 

El desarrollo humano y la segmentación social

 

Amartya Sen, uno de los grandes teóricos del desarrollo más allá de las perspectivas economicistas, entiende el concepto de desarrollo humano no solo en cuanto a los factores que se necesitan para adquirir un mayor grado de bienestar, tales como el ingreso, la salud o los recursos, sino en el grado de libertad que se requiere para lograr los objetivos que una persona se fija en su vida. Hasta aquí, dicha idea concuerda con lo que se plantea de fondo en el presente artículo. El problema es que aun con una excelente salud, con una buena educación y una vivienda digna, muchas veces no se puede adquirir un buen empleo, no por falta de vacantes sino por un rechazo, algunas veces más directo y explícito que otras, en un sistema con un alto grado de desigualdad. El asunto, visto de esta forma, es realmente preocupante. Es preocupante, ya que en una sociedad monetaria como la nuestra, el carecer de un empleo o de ingresos fijos, no les permite a las personas poder conseguir, como bien cabe suponer, los distintos objetivos que ellas se han fijado en sus respectivos proyectos de vida. De ahí que dicho asunto, es decir, el asunto del empleo, no deje de estar íntimamente ligado al tema de la pobreza y el bienestar social.

 

Ahora bien, para ciertas personas inmersas de lleno en las actuales desventajas de la doctrina neoliberal que rige por estos tiempos el capitalismo, el poder hacerse con un empleo digno es un verdadero milagro. Ello es así, en gran parte, debido a que nuestras sociedades se hallan enormemente segmentadas y que aun con unos niveles adecuados de estudio se puede ser víctima de exclusión y con ello perder oportunidades laborales por pertenecer, por ejemplo, a un barrio o a una zona residencial con cierto grado de segregación a causa de la estratificación social. Es decir, a pesar de que una persona cuente con las tan mencionadas “oportunidades” de las tres dimensiones del IDH, a la hora de la verdad es muy probable que no se contrate a dicha persona si llega a ser parte de ciertos estereotipos. Y sin empleo, por más que no se le quiera dar una visión economicista al desarrollo humano, hay que aceptar que disminuye significativa y potencialmente la calidad de vida.

 

Pero las sociedades actuales, hay que decir, no solo se hayan segmentadas por estratos socioeconómicos, sino por una gran cantidad de factores que muchas veces llevan a la exclusión, a la segregación y a nuevas formas de racismo. Es decir, muchas veces, a manera de ejemplo, no se examina siquiera la hoja de vida de ciertos postulantes a una vacante laboral. No se hace por el mero hecho de ser personas de color e incluso por no simpatizar abiertamente con una determinada idea. Y aun cuando se habla y hay una gran preocupación por la incorporación laboral de las personas discapacitadas, hay que ver qué clase de empleos son los que se les están dando realmente a ellas.

Considerado así el asunto, se podría decir que el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Pobreza Multidimensional del PNUD, e incluso la propuesta de Desarrollo a Escala Humana formulada por el Centro de Alternativa para el Desarrollo (CEPAUR), sirven no solo para obtener ciertos resultados comparativos, sino para esconder factores sociales trasversales al problema de la pobreza. Dichos indicadores esconden, más que nada, en su entendimiento del desarrollo humano, y entre otros factores, el importantísimo campo de lo laboral. De esa forma, cabe decir, se entiende el mundo actual de una forma bastante dicotómica. Se entiende que hay que sacar a las personas de la pobreza, y, al mismo tiempo, que los grandes empleos son para las personas con grandes influencias. Resultado de ello, que se creen, como nos dice Saskia Sassen (2003), contrageografías de la globalización o sectores de trabajo precario y deprimido en donde se facilita la explotación de las personas sin dichas influencias.

Basándome en lo anterior, bien podría atreverme a afirmar que uno de los objetivos del milenio debería ser el de lograr la plena incorporación laboral de las personas. Una incorporación que se lleve a cabo de una forma lo más igualitaria posible, y según las capacidades adquiridas y los talentos de cada quien, más que por sobre el patrón de las influencias o los estereotipos sociales. No obstante, podría decirse que la preocupación de la elite cualificada que maneja los altos cargos e incluso el terreno de la creación simbólica en nuestras actuales sociedades, es que eso traería luego una situación un tanto indeseada. La situación de que luego haya trabajos que nadie quiera realizar por ningún motivo, razón por la cual, por horrible que suene, al sistema parece convenirle mantener focos de desigualdad, exclusión y segregación.

 

 

 

El desarrollo humano desde una perspectiva más social e incluyente

 

Es un hecho que hoy en día los distintos autores y analistas de lo social que hablan del desarrollo humano, y las distintas instituciones que se encargan de dicho concepto, se encuentran totalmente conscientes de la complejidad que encierra su comprensión y medición. De esa forma se entiende que:

 

El desarrollo humano es un proceso multidimensional, que tiene como fin y medio el desarrollo de la libertad del ser humano para atender sus capacidades. Los acercamientos realizados en torno al concepto sobre desarrollo humano comulgan con la búsqueda de construcciones teóricas y metodológicas que rebasan la visión estrecha del desarrollo como crecimiento económico (Pérez Magaña y otros: 2010, p. 87).  

 

 

Pero asimismo también es cierto que la naturaleza local del desarrollo humano requiere examinar dicho tipo de desarrollo en una circunscripción espacial concreta y con atribuciones de representatividad política (Pérez Magaña y otros: 2010). La propuesta del presente texto, en torno al desarrollo humano, por tanto, es, en primer lugar, la de tratar de incorporar la dimensión empleo a su comprensión y medición, la cual estaría constituida por cierto número de variables. Un número de variables clave cuya búsqueda, es preciso aclarar, escapa a los fines de estas breves y reflexivas líneas a un problema de tal envergadura y tal relevancia como el desarrollo humano.

 

 

Por otra parte, recordemos que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), define hoy al desarrollo humano en base a un concepto muy específico. Dicho concepto, a saber, es el que lo distingue como un "proceso de expansión de las capacidades de las personas que amplían sus opciones y oportunidades" (Wikipedia). De ahí que la segunda propuesta del presente texto, esté directamente dirigida a la ampliación de dicho concepto. Lo que quiero decir, es que asimismo sería importante entender en el desarrollo humano “el proceso de expansión del entorno social (es decir, no solo el de las personas) o de los distintos grupos humanos que amplían sus opciones y oportunidades”. Es decir, desde mi punto de vista, el PNUD le confiere un enfoque individual al desarrollo humano, por lo cual también podría el pensarse el añadirle lo que bien se podría llamar una “perspectiva de grupos diferenciados”. Esa no sería sino una perspectiva que se ocupe de las oportunidades que tienen los distintos grupos humanos para poder llevar a cabo el libre ejercicio de las capacidades adquiridas. Esto, bajo la premisa de que no todos los grupos humanos tienen las mismas oportunidades en una determinada sociedad, ya que en cada una, al menos hoy en día, existe un alto grado de segmentación social.

 

Se trataría de una perspectiva que reconozca no solo el bienestar individual sino el bienestar social de un grupo humano determinado en una sociedad específica. Una perspectiva que reconozca, por ejemplo, el bienestar de las personas de un barrio deprimido de una ciudad, a pesar o más allá de que sean profesionales y posean una vivienda con servicios básicos, pues por el mero hecho de vivir en aquel barrio pueden ser excluidos de oportunidades laborales e incluso de otros ámbitos de la vida social. El IDH, gran indicador del desarrollo humano, por tanto, no solo debe preocuparse por el bienestar subjetivo de las personas sino por el bienestar psicosocial y la forma en la que nos relacionamos los unos con los otros.

 

Ya para finalizar, cabe decir, en cuanto a algunos aspectos un tanto más técnicos, que este artículo no tuvo su énfasis en cómo se han de interpretar las variables o los indicadores, por ejemplo, a través del tiempo (el problema de no construir indicadores constantemente o el de cómo entender el desarrollo anual de un territorio en el que se emplean varios indicadores distintos y de forma azarosa). El énfasis estuvo puesto en el indicador de desarrollo humano como realidad conceptual. Es decir, hoy en día se entiende el desarrollo humano como libertad para lograr ciertos objetivos básicos y vitales, pero todavía hay que ponderar cómo se debe entender realmente el concepto de libertad, hasta dónde debe llegar y cuánto abarca. Lo que quiero decir, es que entender el IDH desde una perspectiva de grupos sociales, y no solo desde el bienestar individual, amplia el marco conceptual del término y, con ello, la forma en la cual se entiende el desarrollo. Quizás la perspectiva expuesta en las presentes líneas no sea la más adecuada o la más correcta que pueda existir, pero lo cierto, es que si el entramado conceptual que existe tras un indicador a nivel global, nos va a llevar a entender el desarrollo y el bienestar tácitamente o no de cierta forma, lo ideal sería que dicho indicador estuviera lo más completo posible. Y sino, lo ideal sería que dicho indicador estuviera acompañado por otros indicadores que mediante una visión más amplia de lo humano lo hagan lo más completo y abarcador posible.

 

Todo lo que atañe a lo humano y a su excesiva complejidad debe escapar a los reduccionismos. De la misma forma, todo fenómeno social debe ser pensado desde un mil perspectivas distintas.

 

 

 

Conclusión

 

Dos fueron las propuestas fundamentales del presente artículo, una fue la de Incluir la dimensión empleo en los análisis del IDH, y la otra la de observar no solo la perspectiva individual sino la social que subyace tras el desarrollo humano. Es claro que no se le pueden agregar una gran cantidad de variables engorrosas a un indicador, o sobresaturarlo de ellas, y más aún a uno como el IDH, pero sí se podría diseñar uno o varios índices de desarrollo humano complementarios, una suerte de índices A, B y C, que vistos en conjunto le agreguen al IDH actual la dimensión laboral humana para tratar de acabar o siquiera de menguar un poco las exclusiones que se presentan en dicho campo. Se podría hablar incluso de un Desarrollo Humano y Emocional, que contemple la forma en la cual se sienten los distintos grupos humanos, por ejemplo, los hinchas de un determinado equipo de futbol. Una tarea que debe realizarse de forma práctica, claro está, y sin demasiadas variables que puedan ser vistas como poco relevantes. Con esto podríamos acercarnos a una adecuada perspectiva de grupos diferenciados. Es decir, una perspectiva que reconozca no solo el bienestar individual sino el bienestar social de un grupo humano determinado en una sociedad específica.

 

Ahora bien, para finalizar, hay que aceptar que es un error el creer que un indicador o un gran número de indicadores puedan sintetizar el desarrollo referente a algo tan complejo y dinámico como lo es lo humano. No obstante, es de gran ayuda considerar el mayor número de variables de lo que comprende la vida cotidiana y, puede que más importante aún, considerar no un único indicador para entender siquiera un poco el bienestar de la especie humana, sino varios indicadores que se complementes unos a otros en lugar de excluirse o usarse estrictamente por separado. Sí, varios indicadores que ojalá se pudieran complementar entre sí, para de alguna forma lograr de este un mundo mejor para todas las personas que en él viven.

 

Referencias bibliográficas:

 

1.      González, S., Campos, M., Cea, P. y Parada, C. (2010). Desarrollo humano, oportunidades y expansión de las subjetividades: Reflexiones a partir del informe de desarrollo humano (2009) en Chile. Psicoperspectivas, 9 (1), 29-58.

 

2.      Pérez Magaña, Andrés, Macías López Antonio y Jiménez, Juan Morales. (2010). ANÁLISIS TEÓRICO Y METODOLÓGICO DEL DESARROLLO HUMANO: SU APLICACIÓN A LA ENTIDAD POBLANA Y LOS SISTEMAS DE RIEGO. Ra Ximhai, enero-abril, año/Vol. 6, Número. Universidad Autónoma Indígena de México. Mochicahui, El Fuerte, Sinaloa. pp. 87-103.

 

 

  1. Romero, Alberto y Vera Colina, Mary. (2009). El proceso de globalización y los retos del desarrollo humano, Revista de Ciencias Sociales (RCS) Vol. XV, No. 3, Julio - Septiembre 2009, pp. 432 – 445. FACES - LUZ _ ISSN 1315-9518.

 

  1. Sassen, Saskia. (2003). Contrageografías de la Globalización. Género y ciudadanía en los circuitos transfronterizos. Madrid: Traficantes de sueños. Capítulo 2: “Contrageografías de la globalización: la feminización de la supervivencia”.

 

 

 

Referencias extraídas de Internet:



http://es.wikipedia.org/wiki/Desarrollo_humano, recuperado 10 de octubre de 2013.


Chamarro, Carlos F. (2013). Entrevista con Amartya Sen, Premio Nobel de Economía: - See more at:
http://www.confidencial.com.ni/articulo/13974/quot-desarrollo-con-democracia-quot#sthash.xxurSPyQ.dpuf, recuperado el 28 de octubre de 2013.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El conocimiento y su relación con el ejercicio de la ciudadanía

 

 

Introducción

 

En este artículo, escrito a manera de ensayo breve, encontramos una reflexión sobre la relación que existe entre el hecho de que el conocimiento sea entendido como un instrumento de poder, y la enorme desigualdad que existe en las sociedades que lo sitúan como uno de los principales elementos de la organización social. Ahora, si consideramos que vivimos en una época informatizada en la cual hay un gran número de tecnologías de poder, comprendidas estas en el sentido propuesto por Foucault (1990), y que el conocimiento y la creación simbólica parecen estar enormemente monopolizados por ciertos grupos e instituciones, nos encontramos con un hecho muy preocupante y particular. Nos encontramos con el hecho de que hay cualquier cantidad de personas y de grupos humanos desligados, no de la creación simbólica en sí, sino del reconocimiento que sus creaciones y conocimiento en general requieren. El reconocimiento que requieren para poder estar en las condiciones más igualitarias posibles con otros tipos de conocimiento y de formas artísticas, literarias o productivas.

 

El problema de las patentes es un buen ejemplo de cómo ciertos grupos e instituciones con un amplio dominio social, o con unas amplias influencias sociales, se apropian de ciertas prácticas o utilizaciones de ciertos medios. Una apropiación en virtud de la cual luego se le impide a una gran cantidad de grupos desfavorecidos, en el orden social de innegable índole excluyente de la actualidad (un orden mucho más excluyente que dominador), poder hacer un libre uso, en su diario trasegar o en su diario accionar, de ciertas prácticas o de ciertos medios. Al respecto, es muy conocido, y muy lamentable, el caso de campesinos que no pueden hacer libre uso de las semillas que da la tierra, porque muchas de estas ya han sido patentadas en las naciones de mayor poderío económico. El derecho, como siempre, y tal y como se puede apreciar, es instrumentalizado por quienes poseen mayores recursos e influencias, e incluso, por el mismo sistema neoliberal (Barbero: 2010) (Wolkmer: 2006).

 

Ahora bien, la propuesta que se presentará en las siguientes líneas, es la de que una adecuada conceptualización de la ciudadanía y de la práctica ciudadana, podría favorecer el reconocimiento de los distintos tipos de conocimientos y creaciones simbólicas. Podría incluso favorecer a las personas más excluidas de la sociedad, pues si en este siglo debe haber una meta visible en torno a lo que se refiere a lo humano, dicha meta debería ser la de eliminar la exclusión, entendiéndose que hoy en día no solo hay exclusión por medio de la segregación grupal, sino que esta se mueve y siempre se ha movido más que todo en el terreno de lo simbólico. De modo que lo que se debe perseguir es que se borren los distintos tipos de exclusión (porque no se debe hablar de exclusión sino de exclusiones, y todas ellas respecto a los distintos centros de poder social). Lo que se debe, por tanto, es reconocer una ciudadanía mucho más amplia en su condición, que se reconozca que cualquier persona es ciudadana y puede participar en la configuración de lo político y que su conocimiento es tan válido como el de cualquiera. Que se reconozca que todos los seres humanos poseemos capacidades innatas de crítica y juicio (Boltanski y Thévenot: 1991) y que ninguno de los elementos que construyen y conforman nuestra identidad deben ser excluidos en pro de la desmejora de nuestras condiciones o emociones.

 

Conocimiento, derechos y ciudadanía


Es muy conocido el hecho, no solo por los analistas de lo social, sino incluso por la gente del común, que los distintos discursos simbólicos han sido empleados principalmente a lo largo y ancho de la historia de las civilizaciones humanas, para mantener ciertas instancias de poder y de dominio. Es decir, parece que el conocimiento y la creación simbólica en general, se encuentran inmersos desde tiempos remotísimos en un paradigma social y abarcador que los presentan más como instrumentos de poder que como formas de expresión humana. Algo muy similar a lo que sucede con el concepto mismo de ciudadanía, ya que dicha cualidad humana es entendida hoy en día, en gran parte, como un conjunto de normas reguladoras más que como una condición inherente e inseparable del actuar humano (Suárez-Navaz: 2007). La ciudanía se utiliza y se restringe entonces, al menos una gran mayoría de veces, a lo que tiene que ver con regulación o las políticas estatales, o a lo que tiene que ver con la protección de ciertos derechos inalienables de las personas. Unos derechos que en su comprensión por parte de los más importantes organismos jurídicos y sociales del planeta, o son demasiado abstractos y generales, o, más bien, solo se aplican y se defienden en ciertos ámbitos y en ciertas condiciones supuestamente “universales”.

 

En torno a esto podemos decir que importantes organismos supranacionales como el FMI (Fondo Monetario Internacional), no ven dentro de su accionar que el asunto de los derechos sea materia principal de su competencia. Por otra parte, si los derechos son defendidos solo en esos escenarios en los que se pueda reconocer plenamente que se está vulnerando su universalidad, y solo por cierta gama de instituciones representativas, tal y como hoy sucede, la situación de exclusión y violación de derechos sería en realidad demasiado grande. Sería grande ya que la violación de pequeños derechos en la vida cotidiana sería realmente numerosa. Y ya que es permitido la exclusión o el rechazo porque no se puede obligar a las personas o a las instituciones a aceptar dentro de sus espacios a quienes no quieren, una empresa, por ejemplo, puede decir no aceptar a alguien dentro de su nómina porque no tiene el título o la experiencia que esperaban, cuando en realidad lo hacen por los atributos naturales de la persona en cuestión, tales como el género (cualquiera de los dos tipos de género), la edad o la raza.

 

Esto no conllevaría gran problema a no ser porque dicho rechazo social se está volviendo cada vez más común, porque ello produce luego el deterioro de la calidad de vida de ciertas personas, y porque todo esto es en realidad un asunto estructural, un asunto que se deriva de la doctrina neoliberal que rige el capitalismo, de la flexibilización de las dinámicas laborales, y de la misma forma en la que opera la institucionalidad y el reconocimiento de los derechos. Es decir, la misma forma en la cual se reconoce la ciudadanía y en la cual el derecho y la juridicidad son instrumentalizados por ciertos grupos (los grupos que tienen cierto grado del monopolio del conocimiento y la creación simbólica). Porque hoy en día el derecho y la juridicidad son vistos como medios para defender la propiedad privada, cerrar acuerdos, cerrar disputas y querellas entre instituciones y gobernantes, o llevar justicia a aquellos casos particulares en los que se han vulnerado los derechos de una determinada persona. Es decir, el derecho es percibido como algo muy particularista y preciso, y por eso no es visto como esa entidad simbólica que se halla a disposición de proteger la dignidad humana en su conjunto.

 

Conocimiento, información y ciudadanía

 

Se dice que el conocimiento es una plena capacidad cognoscitiva, mientras que la información son solo datos (Mora y Anaya: 2013). Por lo tanto, el estatus de “conocimiento”, debe ser entendido como un estatus indudablemente humano. Ahora bien, si se llegara a dar el caso de que se reconociera una ciudadanía global que estuviera afincada no en un conjunto de normas y requisitos, sino en el mismo actuar humano, el conocimiento en su sentido más general, debería, en consecuencia, ser parte del concepto mismo de ciudadanía. Es decir, las creaciones simbólicas también deben gozar de ciertos privilegios y también se deben defender sus derechos. Más aún en un mundo en el que no solo viajan personas, sino todo tipo de saberes, ideologías, emociones y creaciones artísticas. Pero volviendo al asunto de la diferencia entre conocimiento e información, en torno a lo que se refiere a la relación que existe entre dichos dos conceptos y el poder, se puede decir que un autor como Mario Bunge, al respecto, dice lo siguiente:

 

La información en sí misma no vale nada, hay que descifrarla. Hay que transformar las señales y los mensajes auditivos, visuales o como fueren, en ideas y procesos cerebrales, lo que supone entenderlos y evaluarlos. No basta poseer un cúmulo de información. Es preciso saber si las fuentes de información son puras o contaminadas, si la información como tal es fidedigna, nueva y original, pertinente o impertinente a nuestros intereses, si es verdadera o falsa, si suscita nuevas investigaciones o es tediosa y no sirve para nada, si es puramente conceptual o artística, si nos permite diseñar actos y ejecutarlos o si nos lo impide. Mientras no se sepa todo eso, la información no es conocimiento. Y lo que importa es el conocimiento. No tiene interés insistir en la información. Hay que insistir más bien en la relación que ésta tiene con el conocimiento y el poder económico y político. Hay que averiguar quiénes son los dueños de las fuentes de información y de los medios de difusión. Si la información está distribuida equitativamente, puede beneficiar a todo el mundo. Si, en cambio, está concentrada en pocas manos, va a beneficiar primordialmente, sino exclusivamente, a los dueños de esas fábricas de información (“Entrevista con Mario Bunge”, Etcétera, núm. 37, noviembre: 2003, p. 3, citado por Mora y Anaya: 2013).

 

Acerca del funcionamiento institucional del conocimiento, es necesario recordar que ya un autor como Foucault (1990), nos ha advertido que el conocimiento hegemónico no posee tal condición por sus cualidades intrínsecas para comprender o manejar la realidad, sino debido a toda esa gama de instituciones que se encuentran detrás de él y lo validan. Además, nos dice dicho autor, el saber es una forma de poder, ya que los intelectuales lo que en verdad hacen es validar ciertas posiciones dominantes y, con ello, el puesto para interpretar la realidad. Un fenómeno este, el de la relación entre el saber y el poder por parte de uno o varios grupos, que tiene una existencia muy antigua en la historia humana. Pierre Bourdieu (1971), en torno a ello, nos dice que ya en las sociedades antiguas el cuerpo de sacerdotes o chamanes tenían apropiado un conocimiento (no una información, sino un conocimiento) basado en los elementos considerados que eran sagrados por una comunidad, así como en las explicaciones que pudieron o no existir ante los sucesos capaces de despertar mayor incertidumbre. De modo que desde hace mucho, en la historia humana, el conocimiento ha sido esencial no solo para definir la realidad, sino la estructura misma de las distintas sociedades y sus respectivas diferenciaciones sociales.

 

Comunicación, escritura y monopolio de la creación simbólica

 

Un autor como Fernando Diéguez (2012), entre muchos otros autores y analistas de lo social, afirma que “desde que las sociedades humanas entran en el proceso logocentrista difundido por las prácticas de la escritura y la lectura, la construcción de la experiencia social y su memoria cambia” (Diéguez. 2012, p 6). La construcción de la experiencia social cambia de manera drástica. Y ello es así porque la capacidad de representación y de construcción simbólica es un salto extraordinariamente gigantesco y demasiado curioso para una especie que logra llegar a él. El paso hacia la representación gráfica de signos, es, sin duda un salto de tamaño imponderable (Diéquez: 2012), no obstante, es controlada en cuanto a su capacidad de definir la realidad, por unos cuantos grupos apenas en las distintas sociedades humanas, y más aún en una sociedad no tradicional en la que la persona no es vista como un individuo ontológico sino como un individuo societal. No quiere decir esto que no hallan toda clase de complejas redes de información y conocimiento hoy en día, más aún con la existencia de las TIC, que le permiten a cualquier persona aportarle algo de saber y sus opiniones al mundo. Lo que quiero decir es que la realidad es definida apenas por unos cuantos grupos, entre los que se encuentran los grandes medios de comunicación en asocio, hoy en día con las grandes corporaciones y las grandes agencias de publicidad (que una gran empresa coloque en televisión un comercial diciendo que la gente que no usa un determinado producto, es gente arcaica, o pasada de moda, ya es definir la realidad).

 

No obstante, hay que aceptar que gracias a los medios de información de hoy en día muchas personas han podido acceder al conocimiento y al campo de la creación simbólica, e incluso cualquier persona que pueda tener a su disipación un equipo con acceso a internet, bien puede arreglárselas para crear, por ejemplo, una obra de arte y difundirla a millones de personas. Cabe recordar que en el presente artículo no se presenta un análisis sobre lo mediático o sobre cómo funciona la comunicación o los procesos comunicativos, o el conocimiento en sí, sino que se busca una reflexión sobre la estrecha relación que tiene la apropiación del conocimiento, o de la validez del conocimiento, y la ciudadanía. Y en efecto, cabe decir, que si los medios actuales propician que cualquier persona pueda criticar una política o crear y difundir una obra de arte, bien cabe decir que los actuales medios de comunicación han democratizado la experiencia ciudadana, vista esta como el producto del actuar humano.

 

Vivimos en una era en la que se podría conectar conceptualmente, si quisiéramos, y sin mayor problema, el complejo proceso de individualización que se desarrolla desde hace más de dos milenios en la cultura occidental, con la noción de “usuario‟ que desde hace unos años ha comenzado a utilizarse en los estudios y discursos sobre las nuevas tecnologías de la información (Diéguez: 2012). No obstante, aún habría que analizar qué tan democratizador es en realidad el concepto de usuario. Es un hecho que los actuales medios de comunicación no buscan como principal preocupación el facilitar el trabajo de los creadores, o legitimar la igualdad de los distintos tipos de conocimiento, aun cuando en gran parte ya lo han hecho, y de una forma bastante contundente, sino que lo que en verdad buscan, es público o audiencia. Es claro, en este orden de ideas, que vivimos en una sociedad en la que podemos estar excluidos de mil formas diversas y respecto a mil grupos o instituciones distintas, pero nunca estaremos excluidos en cuanto a nuestra potencial capacidad de ser parte de un público o una audiencia determinada.

 

Sobre la configuración histórica de públicos o audiencias podemos decir lo siguiente:

 

Desde que las sociedades utilizaron grafismos, las escrituras insisten en su existencia sobre soportes de “comunicación” materiales y autónomos respecto al cuerpo del sujeto (de las tablas de arcilla a las actuales pantallas digitales de alta definición), y tales soportes se encuentran dirigidos a la configuración de públicos (ya sean lectores medievales o internautas contemporáneos) (Diéguez: 2012, p. 3),

 

Ahora bien, es cierto que el panorama no es tan apocalíptico y tan oscuro como se podría pensar (aunque en gran parte lo es). Es cierto que hoy en día “todos somos lectores: pero también escritores. Todos somos compradores pero también vendedores. La organización de la estructura tradicional de la elaboración y distribución de la información desaparece con las nuevas tecnologías, democratizando la emisión de mensajes y el nacimiento de nuevos mensajeros digitales. (Murelaga: 2005, p. 7). Algo muy cierto, sin embargo, también es palpable que cada día surgen nuevas formas de exclusión y rechazo, y cuando un ente que desea excluir a alguien se topa con que de alguna u otra forma la juridicidad y los derechos no permiten que se excluyan las ideas de una persona, se excluye entonces a ese alguien por alguno de sus atributos naturales, y cuando la juridicidad tampoco permite que ello sea así, se excluye por ese mismo motivo a esa persona pero apelando a otras razones. El campo que más afecta negativamente al afectado de una determinada exclusión, o al receptor de una potencial exclusión, y en el que más exclusiones sociales se presentan, y el que menos regulado se encuentra, quizás de forma histórica, es el campo de lo laboral. Allí pesan más las dinámicas neoliberales de hoy en día que las cualidades intrínsecas de ser persona o ser ciudadano.

 

Por otra parte, hay que tener en cuenta que vivimos en la era de la información y el conocimiento, y que la división del trabajo depende de la validez que tengan ciertos discursos y no en cuanto a la producción o la creación en sí. Para ilustrar un poco este punto, podemos decir que es un hecho que muchos países en vías de desarrollo poseen ya para estas fechas del presente siglo, mayores tecnologías e indicadores sociales que los que tenían las superpotencias hace cincuenta años, no obstante, la productividad de las superpotencias de hace cincuenta años, era mayor que la de los países en vías de desarrollo de hoy día. Es claro que los países en vías de desarrollo tienen altos niveles de corrupción, y que muchas veces sus políticas, guiadas por ideologías de izquierda o de derecha, más que por un propio interés social, no son las más adecuadas o efectivas, cosa que podría explicar su baja productividad. Sin embargo, hay que decir que estas economías no alcanzan elevadas tazas de productividad porque en la división internacional del trabajo actual, gran parte del conocimiento en cuanto a producción (incluso a producción del mismo conocimiento), ha sido apropiado por grupos humanos muy específicos.

 

Pero al mundo de hoy (o por lo menos a los grupos hegemónicos y dominantes), no le preocupa la mejora del entorno laboral en base a cambios estructurales significativos. Le preocupa la creación de públicos y audiencias. No le preocupa el reconocimiento social de una ciudadanía global e incluyente, sino la individualización y la particularización del concepto mismo de ciudadanía. De esa forma “el largo proceso de individualización se conjuga en los medios con la conformación de los sujetos sociales como parte de públicos, capaces de transformarse de lectores en espectadores, contempladores, oyentes, cinéfilos, audiencias televisivas, consumidores, usuarios e internautas (Diéguez: 2012, p. 6). Por lo que las comunidades, con las ayudas de las redes sociales, estarán cada vez más basadas en la personas que gustan de tal libro o tal película, es decir, en los gustos comunes, más que en la plena consciencia de ser ciudadanos de una entidad política aún inexistente por fuera del campo económico que es la global, y más allá de las connotaciones políticas que aún tiene el término de ciudadanía[6].

 

Acerca de la relación entre productividad, conocimiento, exclusión y poder, bien podríamos remitirnos, para finalizar la siguiente parte de un modo problematizador que nos cuestione nos interpele y abra nuevos debates, a la siguiente acotación de Juan Mora y Lilia Anaya:

 

La disputa social del siglo XXI se concentra en la apropiación y producción de información, con lo cual la centralidad del antagonismo se desliza de las esferas de la producción material a los terrenos de la creación simbólica. Bosquejándose una nueva condición social que ya no se asienta exclusivamente en el vínculo explotación-dominación, sino que ahora empiezan a tener relevancia para el alcance de oportunidades los atributos naturales de cada individuo. Es decir, el género, la raza, la edad, o la nacionalidad se han convertido en factores concluyentes de acceso al desarrollo social (Mora y Anaya: 2012, p. 204).

 

A modo de conclusión:

 

Ante todo lo dicho, y ante la relación que puede o no existir entre cl concepto de ciudadanía y el conocimiento en su aspecto más amplio y general, o en su forma más particular y localista, podemos decir que el reconocimiento de una ciudadanía más allá de las fronteras de los Estados, no sería sino el reconocimiento de que cada persona no solo es portadora de derechos y deberes sino de un determinado conocimiento y de unas determinadas capacidades de creación artística y simbólica.

 

Ahora bien debemos tener en cuenta que el concepto de ciudadanía es el principal estatus político y jurídico de una persona, tanto así, que lo ideal sería que un estatus tal, fuera cada vez más humano y rebasara el ámbito mismo de lo político y lo jurídico. Antes, el concepto de ciudadano se remitía al habitante de una ciudad, luego, con la aparición del fenómeno republicano (que aún está en construcción y se puede replantear bastante para su mejora), la ciudadanía pasó a ser la condición de los habitantes de un Estado. Una condición que ya no puede continuar así con la fase actual de la globalización. Porque, si la globalización tiene un efecto homogeneizador sobre las sociedades y sus culturas asimismo debería haber un concepto que atenúe los efectos negativos de dicho fenómeno abarcador y homogeneizador. Un concepto que vaya a la par de lo global y en mejora de la igualdad social, ya no solo dentro de los Estados, sino de aquellas instancias que son producto de las más hondas circunstancias estructurales internacionales.

 

Debemos abogar por una ciudanía que se reconozca como capacidad del accionar humano, como potencialidad cognitiva de manifestación crítica o simbólica, más que como una imposición de reglas y requisitos. Una ciudadanía que vaya más allá de los atributos supuestamente naturales, y que no se restringa a ciertos modos del actuar humano o social, o a ciertos espacios o lugares de la vida, como los políticos, sino a toda aquella construcción que pueda resultar de cualquiera de los miembros de la única especie que por ahora sabemos que tiene la facultad intrínseca de representar, cuestionarse y construir.

 

 

Referencias bibliográficas:

 

-         Barbero González, Iker. (2010). Hacia modelos alternativos de ciudadanía: Una análisis socio-jurídico del movimiento Sinpapales. Tesis Doctoral Europea 2010, Universidad del País Vasco.

 

-         Bourdieu, Pierre (1971) "Génesis y Estructura del campo religioso", en Revue Francaise de sociologie, Vol. XII, traducción inédita de Ana Teresa Martínez.

 

-         Boltanski, L, y Thévenot L. (1991). De la justification, Paris: Gallimard.

 

-         Diéguez, Fernando (2012). La traición de lo nuevo: el ritmo a destiempo del cambio mediatico en la cultura contemporánea. Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 33 (2012.1) © EMUI Euro-Mediterranean University Institute | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730 Publicación asociada a la Revista Nomads. Mediterranean Perspectives | ISSN 1889-7231.

 

-         Foucault, Michel (1988/1990). Tecnologías del yo. Barcelona: Paidós.

 

-         Los pilares de la educación del futuro”. Debates de educación, Barcelona, Fundación Jaume Bofill, Universitat Oberta de Catalunya: 2003 [http://bit.ly/XIIAb0], fecha de consulta: 12 de marzo de 2012.

 

-         Mora Heredia, Juan y Anaya Montoya, Lilia. (2013). De la ciudadanía social al individuo fragmentado. Política y Cultura, primavera 2013, núm. 39, pp. 201-227.

 

-         Murelaga, J. (2005). Breve reflexión de la sociedad tecnologizada actual. Tecnología digital, individuo, globalización e Internet. Revista Latina de Comunicación Social, Nº 59, pp.1-10.

 

-         Vives Rego, J. (2013). El ciudadano ecológico: reflexiones sobre algunos contextos sociales y elementos cosmovisionales, Sociología y tecnociencia/Sociology and Technoscience, 3(1): 83-104.

 

-         Wolkmer, A.C. (2006), Pluralismo jurídico: Fundamentos de una nueva cultura del Derecho. Colección Universitaria. Textos jurídicos. Sevilla: Mad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre el autor del presente libro

 

 

Miguel Ángel Guerrero Ramos: Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Ha trabajado como estudiante pasante en el Comité Departamental Para la Lucha Contra la Trata de Personas de la Gobernación de Cundinamarca y como docente preuniversitario. Como escritor, ha sido ganador de los Premios Limaclara de Ensayo 2013 y finalista en múltiples certámenes literarios internacionales en los géneros de cuento, poesía y palíndromos.

 

Entre sus publicaciones adscritas al ámbito de la ficción literaria se encuentran las novelas Cuando el demonio ama, Al fondo de las pupilas del tiempo infinito, La secreta geometría de una hoja que cae y La mística fragancia de los sueños de amor, así como los poemarios Una mirada encalada en el pétalo de una flor y Algunos esbozos de cielo en el fondo de una copa.

 

En el ámbito académico ha publicado el libro de ensayos La inmediatez de las emociones al estar desnudas. Breves ensayos sobre género, historia, política y posmodernidad, el libro El mundo de hoy y los entornos virtuales, y algunos artículos de investigación académica en torno a fenómenos sociales contemporáneos en revistas especializadas.

 

 

Algunos artículos y textos académicos de interés del autor del presente libro son los siguientes:

 

1)      Los entornos digitales de comunicación y la construcción argumentativa de valores, ideologías y políticas. Características del debate y la opinión en Internet. Sociología y tecnociencia/Sociology & Technoscience/Sociologia e tecnociência. Revista Digital de Sociología del Sistema Tecnocientífico. Vol 2, No 3 (2013). http://sociologia.palencia.uva.es/revista/index.php/sociologiaytecnociencia/article/view/11

 

2)      El consumidor reflexivo como garante de una ética ambiental y de un posible cambio social en el sistema productivo industrial, Revista Pre-til 26. http://www.unipiloto.edu.co/?scc=2506&cn=23113

 

 

3)      “La sociología pragmática y el estudio sociológico de la moral. ¿Hasta dónde somos capaces de inventarnos a nosotros mismos?” Revista Colombiana de Sociología (Vol 35, N 2 de 2011). http://www.revistas.unal.edu.co/index.php/recs/article/view/27818