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Meg Cabot

SERIE QUEEN OF BABBLE, 1

¡HE

HE VUELTO A

HA

HACERLO!

LO!

ÍNDICE

PRIMERA PARTE....................................................4

Capítulo 1..........................................................6

Capítulo 2........................................................11

Capítulo 3........................................................27

Capítulo 4........................................................36

Capítulo 5........................................................43

Capítulo 6........................................................51

Capítulo 7........................................................60

Capítulo 8........................................................69

SEGUNDA PARTE.................................................76

Capítulo 9........................................................78

Capítulo 10......................................................89

Capítulo 11......................................................98

Capítulo 12....................................................105

Capítulo 13....................................................113

Capítulo 14....................................................122

Capítulo 15....................................................130

Capítulo 16....................................................140

Capítulo 17....................................................148

Capítulo 18....................................................157

Capítulo 19....................................................167

Capítulo 20....................................................174

TERCERA PARTE................................................180

Capítulo 21....................................................182

Capítulo 22....................................................188

Capítulo 23....................................................195

Capítulo 24....................................................205

Capítulo 25....................................................212

Capítulo 26....................................................218

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA....................................227

- 2 -

Muchas gracias a toda la gente, sumamente

generosa, que ha contribuido a escribir este

libro, incluidos Beth Ader, Jennifer Brown,

Megan Farr, Carrie Feron, Michele Jaffe, Laura

Langlie, Laura McKay, Sophia Travis y

especialmente Benjamin Egnatz.

- 3 -

PRIMERA PARTE

- 4 -

Ropa. ¿Por qué la llevamos? Mucha gente cree que la llevamos por

recato. Sin embargo, en las civilizaciones primitivas la ropa no fue

desarrollada para ocultar de la vista nuestras partes pudendas, se inventó

simplemente para mantener el cuerpo caliente. En otras culturas la ropa

estaba diseñada para proteger a sus portadores de la magia, mientras

que, en otras, la ropa sólo tenía fines ornamentales o de exhibición.

En esta tesis espero explorar la historia de la indumentaria —o de la

moda— desde el hombre primitivo, que llevaba pieles animales por su

calidez, hasta el hombre moderno, o la mujer (algunas de las cuales llevan

pequeñas piezas de tela entre las nalgas [véase tanga] por motivos que

nadie ha sabido explicar adecuadamente a esta autora).

Historia de la moda

TESIS DE FINAL DE CARRERA DE ELIZABETH NICHOLS

- 5 -

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Capítulo 1

Nuestra indiscreción nos hace un buen servicio

cuando nuestras conspiraciones internas nos aburren.

WILLIAM SHAKESPEARE (1564-1616)

Poeta y dramaturgo británico

No me lo puedo creer. ¡No me puedo creer que no me acuerde de

cómo es! ¿Cómo puede ser que no recuerde cómo es? A ver: su lengua ha

estado en mi boca. ¿Cómo puedo haber olvidado cómo es alguien cuya

lengua ha estado en mi boca? No es precisamente que haya tantos tíos

cuyas lenguas hayan estado en mi boca. De hecho, sólo alrededor de…

tres.

Y uno de ellos era del instituto. Y el otro resultó ser gay.

Diosss, esto es deprimente. De acuerdo, no voy a pensar en eso

ahora mismo.

De hecho, no es que haga TANTO desde la última vez que le vi. ¡Fue

hace tan sólo tres meses! Sería lógico pensar que puedo recordar qué

aspecto tiene alguien con el que he estado saliendo TRES MESES.

Aunque la mayor parte de esos tres meses hayamos estado en países

diferentes.

Es más, tengo su foto. Bueno, de acuerdo, en ella no se le ve la cara.

De hecho, es imposible ver su cara, porque la foto es —Dios— de su culo

desnudo.

¿Por qué alguien manda algo así a otra persona? No le pedí una foto

de su culo desnudo. ¿Pretendía ser excitante? Porque no lo fue.

A lo mejor soy yo. Shari tiene razón. Debería dejar de ser tan inhibida.

No sé, es que fue tan impactante encontrar una foto enorme del culo

desnudo de mi novio en mi correo…

Y está bien, ya sé que él y sus amigos sólo estaban haciendo el idiota.

Y ya sé que Shari dice que es una cuestión cultural y que los ingleses son

menos sensibles a la desnudez que la mayoría de los norteamericanos y

que como cultura deberíamos esforzarnos para ser más abiertos y

despreocupados, como ellos.

También es probable que él pensara, como la mayoría de los

hombres, que su culo es uno de sus puntos fuertes.

Pero aun así.

Bueno, no voy a pensar en eso ahora. Voy a dejar de pensar en el

culo de mi novio. De hecho, lo que voy a hacer es ir a buscarle. Debe de

estar en algún sitio, me juró que vendría a recogerme…

Dios, no será ése, ¿no? No, por supuesto que no. ¿Por qué llevaría una

chaqueta como ésa? ¿Por qué iba a llevar ALGUIEN una chaqueta como

ésa? A menos que sea de broma. O que sea Michael Jackson, claro. Es el

- 6 -

único hombre que se me ocurre que puede llevar una chaqueta roja de

cuero con hombreras. Y que además no es bailarín profesional de

breakdance.

NO PUEDE ser él. Dios, no permitas que sea él…

Oh, no, está mirando hacia aquí. Mira abajo, mira abajo, no

establezcas contacto visual con el tío de la chaqueta roja de cuero con

hombreras. Seguro que es un buen tío y es una pena que tenga que

comprarse abrigos de los ochenta en el Ejército de Salvación.

Pero no quiero que sepa que le estaba mirando, puede pensar que

me gusta o algo así.

Y no es que tenga prejuicios respecto a los indigentes. No los tengo.

Es más: soy totalmente consciente de que muchos de nosotros estamos al

borde de la indigencia. De hecho, algunos tenemos una renta anual

ligeramente inferior a la de los indigentes. De hecho, algunos de nosotros

estamos tan arruinados que aún vivimos con nuestros padres.

Pero no voy a pensar en eso ahora mismo.

El tema es que no quiero que Andrew llegue y me encuentre

hablando con un indigente con una chaqueta roja de cuero de

breakdance. No quiero darle esa primera impresión. No es que ésa fuera a

ser su PRIMERA impresión de mí, porque ya llevamos tres meses saliendo

y tal. Pero ésa sería la primera impresión que tendría de mi Nueva Yo, la

que todavía no ha conocido…

De acuerdo. De acuerdo, todo va bien, ya no mira.

Dios, esto es horrible, no puedo creer que sea así como dan la

bienvenida a la gente que llega a su país. Arreándonos como a un rebaño

por este pasillo mientras toda esa gente nos mira… Tengo la sensación de

estar decepcionando a todo el mundo por no ser la persona a la que

esperan. Esto es muy grosero para con las personas que han estado

sentadas en un avión durante seis horas (ocho en mi caso, si se tiene en

cuenta el vuelo de Ann Arbor a Nueva York, y diez si se cuentan las dos

horas de espera en el aeropuerto JFK).

Espera. ¿Me estaba repasando el tío de la chaqueta roja de

breakdance?

¡Oh, Dios! Sí que estaba repasándome. El tío de la chaqueta roja de

cuero con hombreras me ha escaneado de arriba abajo.

Qué vergüenza. Es mi ropa interior, LO SABÍA. ¿Cómo lo habrá

adivinado? Quiero decir, ¿cómo sabe que no llevo ropa interior? Es cierto

que no se me marca ninguna costura, pero podría llevar un tanga.

DEBERÍA llevar un tanga. Shari tenía razón.

Pero es tan incómodo cuando se te mete entre…

SABÍA que no tendría que haber escogido un vestido así de ajustado

para bajar del avión, incluso aunque le haya subido el dobladillo por

encima de la rodilla para no tropezar.

Además, para empezar, me estoy helando; ¿cómo puede hacer este

frío en AGOSTO?

Para seguir, esta seda se ciñe demasiado, de ahí todo el asunto de las

costuras.

Aun así, en la tienda todo el mundo decía que me sentaba genial…,

aunque no había pensado que un vestido de china mandarina (incluso uno

- 7 -

vintagé) me sentaría bien, teniendo en cuenta que soy caucasiana y todo

eso.

Pero quiero tener buen aspecto. Hace tanto que no me ve… Además,

he perdido catorce kilos, y no se daría cuenta de que he adelgazado tanto

si bajo del avión en chándal. ¿No es eso lo que siempre llevan las famosas

cuando aparecen en la sección «¿En qué estaban pensando?» del Us

Weekly? Sí, eso cuando bajan de un avión en chándal con las botas de

esquimal del año anterior y con el pelo revuelto. Si quieres ser una

celebridad, debes PARECERLO, incluso cuando bajas de un avión.

No es que yo sea una celebridad, pero quiero tener buen aspecto. He

pasado por el infierno de no probar ni una miga de pan durante tres

meses y…

Un momento. ¿Y si no me reconoce? En serio. A ver, he perdido

catorce kilos y llevo un nuevo corte de pelo…

Dios, ¿podría estar aquí y no reconocerme? ¿Habré pasado ya de

largo? ¿Debería darme la vuelta y deshacer el camino por el pasillo ese y

buscarle? Pero quedaría como una idiota. ¿Qué hago? Diosss, ¡esto es tan

injusto! Sólo quería estar atractiva para él, no abandonada en un país

extranjero porque he cambiado tanto que ni mi novio me reconoce. ¿Y si

piensa que no he venido y se va a casa? No tengo dinero, bueno, sí, mil

doscientos dólares, pero tienen que durar hasta la vuelta a finales de mes.

¡¡¡EL TÍO DE LA CHAQUETA ROJA DE CUERO TODAVÍA MIRA HACIA

AQUÍ!!! Dios, ¿qué querrá de mí?

¿Y si forma parte de alguna red de trata de blancas del aeropuerto?

¿Y si merodea por aquí en busca de jóvenes e inocentes turistas de Ann

Arbor, Michigan, para secuestrarlas y enviarlas a Arabia Saudí para formar

parte del harén de un jeque? Leí un libro en el que pasaba eso… Aunque

debo decir que la chica parecía disfrutar de verdad. Pero sólo porque al

final el jeque se divorciaba de todas sus esposas y se quedaba sólo con

ella porque era pura y buena en la cama.

¿Y si sólo secuestra a chicas al azar por el rescate, en lugar de

venderlas? Pero ¡yo no soy rica! Ya sé que el vestido parece caro, pero lo

conseguí en Vintage to Vavoom por doce dólares (con mi descuento de

empleada).

Y mi padre no tiene dinero. Hablando claro, trabaja en un acelerador

de partículas.

No me secuestres, no me secuestres, no me secuestres…

A ver, un momento: ¿qué es esa caseta? «Encuentra a tu

acompañante.» ¡Genial! ¡Servicio de atención al cliente! Eso es lo que voy

a hacer, pediré que llamen a Andrew por megafonía. De este modo, si está

aquí podrá encontrarme. Y estaré a salvo del tío de la chaqueta roja de

cuero de breakdance. No se atreverá a raptarme y enviarme a Arabia

Saudí delante del tío de megafonía…

—Hola, guapa, pareces perdida. ¿Qué puedo hacer por ti?

¡Oh, qué amable es el chico de la cabina! ¡Y qué acento tan mono!

Aunque esa corbata ha sido una elección desafortunada.

—Hola, soy Lizzie Nichols —digo—. Se supone que mi novio, Andrew

Marshall, tendría que haber venido a buscarme. Pero no está por aquí, y…

—¿Quieres que le llame?

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—Sí, por favor, ¿no te importa? Porque hay un tipo siguiéndome. ¿Le

ves allí? Creo que puede ser un indigente, o un secuestrador, o el

intermediario de una red de trata de blancas…

—¿Qué tipo?

No quiero señalarle, pero siento que tengo la obligación de denunciar

ante las autoridades al tío de la chaqueta roja de cuero de breakdance, o

al menos ante el empleado de la caseta de «Encuentra a tu

acompañante». Tiene una pinta tan rara con esa chaqueta y CONTINUA

mirándome, de una forma totalmente grosera, o por lo menos insinuante,

como si aún quisiera secuestrarme.

—Por allí —digo, señalando con la cabeza hacia el tío de la chaqueta

roja de cuero de breakdance—. El de la abominable chaqueta con

hombreras. ¿Le ves? El que nos está mirando.

—Ah, sí —asiente el encargado de «Encuentra a tu acompañante»—.

Cierto, es realmente amenazador. Espera un momento, dentro de un

segundo tendremos a tu novio dándole su merecido a ese tipejo. ANDREW

MARSHALL. ANDREW MARSHALL, LA SEÑORITA NICHOLS LE ESTÁ

ESPERANDO EN LA CABINA DE «ENCUENTRA A TU ACOMPAÑANTE».

ANDREW MARSHALL, HAGA EL FAVOR DE RECOGER A LA SEÑORITA

NICHOLS EN LA CABINA DE «ENCUENTRA A TU ACOMPAÑANTE». ¿Así?

¿Qué tal ha estado eso?

—Oh, fantástico —le digo para animarle, porque siento un poco de

pena por él. Quiero decir, debe de ser duro estar sentado todo el día en

una cabina llamando a la gente por un altavoz—. Ha estado

verdaderamente…

—¿Liz?

¡Andrew! ¡Al fin!

Sólo que cuando me doy la vuelta veo al tío de la chaqueta roja de

cuero de breakdance.

Porque ERA Andrew, desde el principio.

No le he reconocido porque estaba distraída por la chaqueta, la

chaqueta más espantosa que he visto en mi vida. Además, parece que se

ha cortado el pelo. No muy favorecedoramente, por cierto.

De hecho, es algo amenazador.

—Ah —digo. Me resulta tremendamente difícil disimular mi confusión.

Y mi consternación—. Andrew. Hola.

Detrás del cristal de la cabina de «Encuentra a tu acompañante», el

encargado estalla en carcajadas.

Siento una punzada y me doy cuenta: he vuelto a hacerlo.

Otra vez.

- 9 -

El primer tejido fue hecho con fibras vegetales como corteza, algodón

y cáñamo. Hasta el Neolítico no se utilizaron fibras animales. Este

descubrimiento se debe a culturas que, a diferencia de sus antecesores

nómadas, fueron capaces de fundar comunidades estables alrededor de

las cuales las ovejas podían pastar y en las que se podían construir

telares.

Sin embargo, tos antiguos egipcios se negaron a llevar lana hasta

después de la conquista de Alejandro. Obviamente, hay que tener en

cuenta el picor que produce en climas templados.

Historia de la moda

TESIS DE FINAL DE CARRERA DE ELIZABETH NICHOLS

- 10 -

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Capítulo 2

Cotillear no es escandaloso ni meramente malicioso.

Es simplemente una charla sobre la raza humana entre los amantes

de la misma.

PHYLLIS MCGINLEY (1905-1978)

Poeta y escritora norteamericana

Dos días antes, allá en Ann Arbor (o a lo mejor tres días

antes; un momento: ¿qué hora es en Estados Unidos?)

—Estás comprometiendo tus principios feministas. —Eso es

exactamente lo que Shari sigue diciendo.

—Para ya —digo.

—En serio. Esto no es normal en ti. Desde el momento en que

conociste a ese chico…

—Shari, le quiero. ¿Por qué está mal que desee estar con la persona a

la que quiero?

—No está mal que quieras estar con él —dice Shari—. Está mal que

pongas tu carrera en peligro mientras esperas a que él termine sus

estudios.

—¿De qué carrera estás hablando, Shar?

No puedo creer que esté teniendo esta conversación. Otra vez.

Tampoco puedo creer que ella se haya apostado al lado de las

patatas y esté picando de esta manera cuando sabe perfectamente que

aún estoy intentando perder dos kilos más.

Bueno. Por lo menos lleva la falda mexicana blanca y negra con vuelo

de los cincuenta que le elegí en la tienda, a pesar de que ella protestaba

porque le hace el culo demasiado grande. Aunque sólo en el buen sentido.

—Ya lo sabes —dice Shari—. La carrera que podrías tener si te

mudaras conmigo a Nueva York cuando vuelvas de Inglaterra en lugar

de…

—Ya te lo he dicho, hoy no voy a discutir contigo sobre esto —replico

—. Es mi fiesta de graduación, Shar. ¿No puedes dejarme disfrutarla?

—No —dice Shari—. Porque te estás comportando como una idiota, y

lo sabes.

Chaz, el novio de Shari, se acerca a nosotras y moja una patata sabor

barbacoa en la salsa de cebolla.

Hum. Patatas sabor barbacoa. ¿Y si pruebo sólo una?

—¿En qué se está comportando Lizzi como una idiota ahora? —

pregunta Chaz masticando.

Pero nunca se puede comer sólo una patata sabor barbacoa. Nunca.

Chaz es alto y desgarbado. Apostaría cualquier cosa a que jamás en

- 11 -

la vida ha tenido que perder dos kilos. Si hasta ha de llevar cinturón para

sujetarse los Levi's. Es un cinturón trenzado de piel vuelta. Él se puede

permitir ponerse piel vuelta. Le queda bien.

Lo que no le queda tan bien, evidentemente, es la gorra de béisbol de

la Universidad de Michigan. Pero no he conseguido convencerle de que las

gorras de béisbol, como accesorio, son inapropiadas para todo el mundo.

Excepto para los niños y los jugadores de béisbol de verdad.

—Todavía piensa en quedarse aquí cuando vuelva de Inglaterra —le

explica Shari mientras moja una patata en la salsa—, en lugar de mudarse

con nosotros a Nueva York para empezar su vida real.

Shari tampoco debe vigilar lo que come. Siempre ha tenido un

metabolismo rápido por naturaleza. Cuando éramos pequeñas sus

comidas consistían en tres sándwiches de mantequilla de cacahuete con

jalea y un paquete de galletas Oreo, y nunca engordó ni un gramo. ¿Mis

comidas? Un huevo hervido, una naranja y una pata de pollo. Y yo era la

gorda. Claro.

—Shari —digo—, tengo una vida real aquí. Y tengo un sitio en el que

vivir…

— ¡Con tus padres!

—Y un trabajo que me encanta.

—Como dependienta en una tienda de ropa vintage. ¡Eso no es una

carrera!

—Te lo he dicho —digo, y van por lo menos unas novecientas veces—:

viviré aquí y ahorraré dinero. Andrew y yo nos mudaremos a Nueva York

en cuanto tenga su título. Es sólo un semestre más.

—¿Quién era Andrew? —pregunta Chaz.

Shari le da un golpe en el hombro.

—Ay —exclama Chaz.

—Claro que te acuerdas —dice Shari—, era el responsable de

residentes de McCracken Hall, la residencia. El estudiante de graduado. El

tío del que Lizzie no ha parado de hablar durante todo el verano.

—Ah, vale, Andy. El tío inglés, aquél. El que manejaba la timba ilegal

de póquer de la séptima planta.

No puedo evitar reír a carcajadas.

—¡Ése no es Andrew!

Él no apuesta. Está estudiando para convertirse en educador juvenil y

colaborar en la conservación de nuestro más preciado recurso… la

próxima generación.

—¿El tío que te envió la foto de su culo? —insiste Chaz.

No puedo evitar quedarme boquiabierta.

—Shari, ¿se lo has contado?

—Quería el punto de vista de otro tío —dice Shari encogiéndose de

hombros—. Ya sabes, para comprobar si tenía alguna información sobre

qué tipo de individuo haría algo así.

Viniendo de Shari, que ha estudiado Psicología, es una explicación

bastante razonable. Miro a Chaz, inquisitiva. Tiene muchísima información

sobre un montón de cosas, como cuántas vueltas alrededor de Palmer

Field suman un kilómetro (cuatro: algo que necesitaba saber cuando

estuve haciendo ese recorrido a diario para perder peso); qué significa el

- 12 -

número treinta y tres en el interior de la botella de cerveza Rolling Rock,

por qué tantos tíos piensan que les sientan bien las bermudas tres

cuartos…

Pero Chaz también se encoge de hombros.

—Fui incapaz de echar una mano —dice—, porque yo nunca me he

sacado una foto de mi trasero desnudo.

—Andrew no se hizo una foto de su culo —digo yo—. Fueron sus

amigos.

—Qué homoerótico —comenta Chaz—. ¿Por qué le llamas Andrew, si

todo el mundo le llama Andy?

—Porque Andy es un nombre de atleta1 —digo—, y Andrew no es un

atleta. Está haciendo un master en Educación. Algún día enseñará a los

niños a leer. ¿Puede haber un trabajo más importante en el mundo que

ése? Y no es gay. Esta vez lo he comprobado.

Chaz enarca las cejas.

—¿Lo has comprobado? Un momento… No quiero saberlo.

—Simplemente le gusta pensar que es el príncipe Andrew —dice Shari

—. Hum, ¿dónde estaba?

—En que Lizzie se está comportando como una idiota —apostilla Chaz

—, pero espera: ¿cuánto hace que no ves a ese tío? ¿Tres meses?

—Más o menos —digo yo.

—Uf —dice Chaz, meneando la cabeza.

—Mañana alguien se va a llevar una sorpresa importante cuando

bajes de ese avión.

—Andrew no es de ésos —digo con cariño—. Es un romántico.

Probablemente querrá que me aclimate y me recupere de mi jet lag en su

cama extragrande con sábanas de puro algodón egipcio. Me traerá el

desayuno a la cama, uno de esos desayunos ingleses tan monos con… con

cositas inglesas de ésas.

—¿Como tomates estofados? —pregunta Chaz haciéndose el

inocente.

—Buen intento —digo—, pero Andrew sabe que no me gusta el

tomate. En su último e-mail me preguntó si había alguna comida que no

me gustara y yo le puse al día con el tema del tomate.

—Esperemos que no sólo te lleve el desayuno a la cama —dice Shari

misteriosamente—, porque si no dime tú qué sentido tiene recorrer medio

mundo para ir a verle.

Éste es el problema con Shari. ¡Es tan poco romántica! Realmente me

sorprende que Chaz y ella lleven saliendo tanto tiempo. Vamos, que dos

años es verdaderamente un récord para Shari.

Sin embargo, como me repite siempre Shari, su atracción es

puramente física. Chaz acaba de sacarse un master en Filosofía, lo que, en

opinión de Shari, le convierte en alguien prácticamente en paro y sin

posibilidades de encontrar trabajo.

—Así pues, ¿qué sentido tendría esperar un futuro con él? —me

pregunta Shari a menudo—. A ver, antes o después comenzará a sentirse

un incompetente (aunque, claro, también tiene su fideicomiso), y entonces

1 Andy es un nombre muy frecuente en inglés. Entre los que se llaman así abundan

los deportistas y los cómicos, por lo que tiene varias interpretaciones. ( N. de la T.)

- 13 -

empezará a padecer ansiedad y se resentirá su rendimiento en la cama.

Así que de momento y mientras pueda cumplir, le mantendré como

hombre objeto.

En este sentido Shari es muy práctica.

—Es que yo todavía no entiendo por qué te vas hasta Inglaterra a

verle —dice Chaz—. A ver: es un tío con el que no te has acostado todavía,

que claramente no te conoce demasiado bien si no está al tanto de tu

aversión a los tomates y piensa que estarás encantada de ver la foto de

un culo desnudo.

—Sabes perfectamente por qué —dice Shari—. Es por su acento.

—¡Shari! —protesto yo.

—Ah, es verdad —dice Shari poniendo los ojos en blanco—. Le salvó la

vida.

—¿Quién salvó la vida a quién? —pregunta Angelo, mi cuñado, que

deambula por aquí ahora que ha descubierto la salsa.

—El nuevo novio de Lizzie —dice Shari.

—¿Lizzie tiene un nuevo novio?

Juraría que Angelo está intentando dejar los hidratos de carbono, de

hecho sólo moja palitos de apio en la salsa. Quizá está en el programa de

South Beach para rebajar su barriga, aunque no se nota precisamente con

la camisa blanca de poliéster que lleva. ¿Por qué no me hace caso y se

pasa a las fibras naturales?

—¿Cómo puede ser que no esté al tanto de esto? La RL debe de estar

estropeada.

—¿La RL? —repite Chaz, levantando sus oscuras cejas.

—Radiomacuto Lizzie —le explica Shari—. ¿Tú dónde vives, eh?

—Ah, sí —dice Chaz acunando su cerveza.

—Se lo conté todo a Rose —digo mirándolos con rabia a los tres.

Algún día me vengaré de Rose por la historia esa de Radiomacuto

Lizzie. Era divertido cuando éramos pequeñas, pero ¡ya tengo veintidós

años!

—¿No te lo contó, Ange? —digo.

Angelo parece confuso.

—¿Contarme qué?

Suspiro.

—Lo de aquella novata del segundo piso que dejó una olla hirviendo

en un fogón eléctrico ilegal. La residencia se llenó de humo y tuvieron que

evacuarnos —explico.

Siempre estoy encantada de contar la historia de cómo nos

conocimos Andrew y yo. Porque es súper romántica. Algún día, cuando

Andrew y yo estemos casados y vivamos en una desvencijada casa

victoriana libre de tomates en Westport, Connecticut, con nuestro golden

retriever Rolly y nuestros cuatro niños, Andrew Júnior, Henry, Stella y

Beatrice, y yo sea una famosa (hum, bueno lo que sea que vaya a ser) y

Andrew sea el director de estudios en una escuela para chicos de los

alrededores, donde enseñará a los niños a leer, el Vogue me entrevistará y

yo les podré contar esta historia (vestida de pies a cabeza de Chanel

vintage, con un estilo fabuloso y a la moda), mientras sirvo risueña una

taza perfecta de café torrefacto francés al periodista en el porche trasero,

- 14 -

que estará decorado con muebles de mimbre blancos con telas de algodón

estampadas con mucho gusto.

—Pues bien, yo me estaba duchando —continúo—, así que no noté el

humo ni oí la alarma ni me enteré de nada de lo que estaba sucediendo,

hasta que Andrew entró en el baño de chicas y gritó «¡Fuego!», y…

—¿Es cierto que los baños de chicas en la residencia McCracken

tienen duchas colectivas? —pregunta Angelo con interés.

—Es cierto —le informa Chaz con naturalidad—. Se duchan todas

juntas. A veces se enjabonan la espalda las unas a las otras mientras

cotillean alegremente sobre cosas de chicas de la noche anterior.

Angelo mira a Chaz con unos ojos como platos.

—¿Me estás vacilando?

—No le hagas caso, Angelo —dice Shari mientras ataca otra vez las

patatas—. Se lo está inventando.

—Ese es el tipo de cosas que pasan constantemente en la serie

«Beverly Hills Bordello» —afirma Angelo.

—No nos duchamos juntas —digo—. Bueno, Shari y yo lo hacemos

alguna vez…

—Por favor, cuéntanos más sobre eso —suplica Chaz mientras abre

otra cerveza con el abridor que mi madre ha colocado cerca de la nevera

portátil.

—No lo hagas —dice Shari—. Sólo conseguirás darle alas.

—¿Qué parte del cuerpo te estabas lavando cuando él entró en el

baño? —se interesa Chaz—. ¿Y había alguna otra chica contigo? ¿Qué

parte se estaba lavando ella? ¿O te estaba ayudando a ti a enjabonarte?

—No —digo—, estaba yo sola. Y como es lógico, cuando vi a un tío en

las duchas de chicas me puse a chillar.

—Ah, lógicamente —dice Chaz.

—Así que cogí una toalla y el tío, realmente no pude verle bien entre

el vapor y el humo, va y me dice (con el acento británico más mono que

he oído en mi vida): «Señorita, el edificio está en llamas. Me temo que

tendrá que evacuar.»

—Espera —dice Angelo—. ¿El colega ése te vio en pelotas?

—En braguitas —confirma Chaz.

—A esas alturas los pasillos estaban llenos de humo y no veía nada,

así que él me cogió de la mano, me guió en dirección a la escalera y me

llevó hasta la salida, donde me puso a salvo. Comenzamos a hablar, yo

sólo con la toalla y tal. Y en ese mismo momento me di cuenta de que era

el amor de mi vida.

—Basándote en una conversación —dice Chaz haciendo notar su

escepticismo.

Claro que como tiene un master en Filosofía es escéptico con

respecto a todo. Los entrenan para ser así.

—Bueno —digo—, también nos estuvimos liando el resto de la noche.

Por eso sé que no es gay. Vamos, que la tenía completamente dura.

Chaz se atragantó un poco con la cerveza.

—En cualquier caso —digo, tratando de reconducir la conversación—,

nos liamos toda la noche, pero él se iba al día siguiente a Inglaterra

porque se había terminado el semestre.

- 15 -

—… y como Lizzie ya ha terminado la facultad, ahora vuela a Londres

para pasar el resto del verano con él —concluye Shari por mí—. Y después

volverá aquí para pudrirse, porque ella…

—Venga ya, Shar —la interrumpo rápidamente—. Lo prometiste.

Sólo hace una mueca.

—Escucha, Liz —dice Chaz mientras se sirve otra cerveza—, ya sé que

ese tío es el amor de tu vida y todo eso, pero tienes todo el próximo

semestre para estar con él. ¿Estás segura de que no quieres venir a

Francia con nosotros el resto del verano?

—No te molestes, Chaz —dice Shari—. Ya se lo he preguntado mil

millones de veces.

—¿Le mencionaste que nos alojaremos en un cháteau francés del

siglo XVIII con sus propios viñedos, que está situado en lo alto de una

colina con vistas a un exuberante valle verde por el que serpentea un

largo y sereno río? —pregunta Chaz.

—Shari me lo ha contado —le digo—, y sois muy amables al

proponérmelo. Aunque no estéis realmente autorizados a invitar a gente,

porque ¿verdad que el cháteau no es tuyo sino de uno de tus amigos del

colegio?

—Eso es un detalle sin importancia —dice Chaz—. A Luke le

encantaría tenerte allí.

—¡Ja! —dice Shari—. Y que lo digas. Más mano de obra en negro para

su franquicia de bodas de aficionado.

—¿De qué hablan? —me pregunta Angelo, algo perdido.

—El amigo de infancia de Chaz, Luke —le explico—, tiene una casa

familiar en Francia que su padre alquila a veces durante el verano para

celebrar bodas. Shari y Chaz se van mañana a pasar un mes gratis en el

cháteau a cambio de echar una mano con las bodas.

—Para celebrar bodas —repite Angelo—. ¿Quieres decir algo parecido

a Las Vegas?

—Exacto —responde Shari—. Sólo que con estilo. Y cuesta más de un

dólar con noventa y nueve llegar allí. Y no hay buffet libre de desayuno.

Angelo parece impresionado.

—Entonces, ¿qué sentido tiene?

Alguien tira de mi vestido y miro hacia abajo. Es la primogénita de mi

hermana Rose, Maggie, que está sujetando un collar hecho de

macarrones.

—Tía Lizzie —dice—, para ti. Lo he hecho yo. Por tu graduación.

—Gracias, Maggie, no tenías por qué —le digo mientras me agacho

para que pueda pasarme el collar por la cabeza.

—La pintura no está seca —dice Maggie, señalando los pegotes de

pintura rojos y azules que ya han pasado de los macarrones al escote de

mi vestido de fiesta de seda rosa de Suzy Perette (que no fue barato en

absoluto, ni siquiera con mi descuento de empleada).

—No pasa nada, Mags —digo.

Al fin y al cabo, Maggie sólo tiene cuatro años.

—Es precioso.

—¡Aquí estás! —dice la abuela Nichols, que viene tambaleándose

hacia nosotros—. Te he estado buscando por todas partes, Anne-Marie. Es

- 16 -

la hora de «La doctora Quinn».

—Abuela —digo levantándome para sujetarla por su brazo, fino como

una bobina de hilo, antes de que se derrumbe. Está claro que se las ha

arreglado para derramarse alguna sustancia por encima de la túnica verde

de crepón de China de 1960 que le conseguí en la tienda.

Afortunadamente los pegotes de pintura del collar de macarrones que

Maggie ha hecho para ella disimulan en cierto modo la mancha—. Soy

Lizzie. No Anne-Marie. Mamá está cerca de la mesa de los postres. ¿Qué

has estado bebiendo?

Me incauto de la Heineken de la mano de la abuela y huelo su

contenido. Debería, previo acuerdo con el resto de mi familia, haberse

rellenado con cerveza sin alcohol y vuelta a cerrar, a causa de la

incapacidad de la abuela Nichols para mantenerse a raya con el alcohol,

que suele resultar en lo que a mi madre le gusta denominar «incidentes».

Mi madre esperaba impedir cualquier tipo de «incidente» en mi fiesta de

graduación con esta artimaña de que la abuela sólo tomara cerveza sin

alcohol sin saberlo, por supuesto. Porque de lo contrario podría haber

montado una escena, echándonos en cara que estábamos intentando

arruinar la diversión de una señora mayor y todo ese rollo.

Pero no estoy segura de si la cerveza de la botella tiene o no alcohol.

Pusimos las Heineken de pega en una sección aparte para la abuela en la

nevera portátil. Pero se las puede haber ingeniado para encontrar en

cualquier otro sitio las auténticas. La abuela cuenta con este tipo de

habilidades.

O quizá simplemente puede haber PENSADO que se ha tomado las

auténticas y en consecuencia cree que está borracha.

—¿Lizzie? —La abuela me mira con sospecha—. ¿Qué haces aquí? ¿No

deberías estar en la facultad?

—Abuela, me gradué en mayo —digo. Bueno, más o menos. Eso si no

tenemos en cuenta los dos meses que he pasado en la escuela de verano

sacándome de en medio los créditos de lengua—. Ésta es mi fiesta de

graduación. Bueno, mi fiesta de graduación-despedida —añado.

—¿Despedida? —Las sospechas de la abuela se convierten en

indignación—. ¿Y adonde te crees que vas?

—A Inglaterra, pasado mañana, abuela —digo—. A visitar a mi novio.

¿Te acuerdas? Hemos hablado de esto.

—¿Novio? —La abuela mira a Chaz con hostilidad—. Pero ¿no es ése

de ahí?

—No, abuela —digo—. Este es Chaz, el novio de Shari. ¿Verdad que

recuerdas a Shari Dennis, abuela? Creció en el barrio.

—Ah, sí, la chica de los Dennis —dice la abuela, entornando los ojos

en dirección a Shari—. Ahora me acuerdo de ti. Creo que he visto a tus

padres cerca de la barbacoa. ¿Lizzie y tú cantaréis esa canción que cantáis

siempre que estáis juntas?

Shari y yo intercambiamos una mirada de terror. Angelo aúlla.

—¡Oh, sí, sí! —grita—. Rose me ha hablado de esto. ¿Cuál era la

canción esa que siempre interpretabais vosotras dos? ¿No era algo del

estilo de los concursos de talentos del colegio y mierdas de ésas?

Le echo una mirada de advertencia a Angelo, porque Maggie todavía

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está merodeando por aquí, y digo:

—Enanitos.

Por su expresión está claro que no tiene ni idea de qué estoy

hablando. Suspiro y empiezo a tirar de la abuela hacia la casa.

—Mejor nos vamos yendo, abuela —digo—, o te perderás todo el

capítulo.

—¿Y qué pasa con la canción? —quiere saber la abuela.

—La interpretaremos más tarde, señora Nichols —le asegura Shari.

—Me encargaré de que así sea —dice Chaz guiñando un ojo. Shari

mueve los labios pronunciando en silencio «en tus sueños». Chaz le sopla

un beso por encima de su cerveza.

Son tan monos. No puedo esperar a llegar a Londres para que Andrew

y yo seamos igual de monos juntos.

—Vamos, abuela —digo—. «La doctora Quinn» debe de estar

empezando ahora mismo.

—Ah, vale —dice la abuela. Y le confiesa a Shari—. Me importa un

pimiento la doctora Quinn. A mí el que me gusta es el cachas con el que

sale. ¡No me canso de verlo!

—Está bien, abuela —digo rápidamente al tiempo que Shari escupe el

trago de Amstel light que justo acababa de tomar—. Vayamos adentro

antes de que te pierdas tu serie…

Sin embargo, no hemos ni avanzado un par de metros desde la

terraza antes de que nos intercepten el doctor Rajghatta, el jefe de mi

padre en el acelerador de partículas, y su hermosa mujer, Nishi, que

resplandece a su lado con su sari rosa.

—Muchísimas felicidades por tu graduación —dice el doctor

Rajghatta.

—Eso mismo —corrobora su mujer—. Además, deberíamos añadir que

estás delgada y preciosa.

—Oh, muchas gracias —digo—. ¡Se lo agradezco de veras!

—¿Y qué harás ahora que tienes tu carrera superior de…?, ¿qué era?