Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol por Cyrano De Bergerac - muestra HTML

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Historia cómica de los Estados e Imperios

del Sol

Savinien de Cyrano de Bergerac

Al señor de Cyrano de Mauvières

Señor:

Todos los espíritus agudos de esta época estiman tanto las obras del difunto señor de Cyrano de Bergerac, vuestro hermano, y las producciones de su ingenio son en efecto tan considerables, que yo no podría, sin excitar las maledicencias de aquéllos y sin ofender la memoria de este ilustre autor, esconder por más tiempo sus ESTADOS E IMPERIOS

DEL SOL, con algunas cartas y otras obras que dichosamente han caído entre mis manos cuando ya me había quitado la esperanza de poseerlas una infructuosa pesquisa tan larga como inútil. En verdad, señor, lo primero que he pensado es ponerme en estado de restituíroslas; y puesto que este inimitable escritor no sólo os proclamó heredero de los bienes que la fortuna le otorgó, sino también de los frutos de su estudio, no puedo yo sin permiso vuestro disponer de este tesoro, que con tan justo título poseéis, para entregarlo al público. Por eso os lo pido y lo espero con toda la confianza imaginable. Así es, señor; yo confío en que no podréis negarme ese favor; vos sois demasiado agradecido para no otorgar esa gracia; vos sois demasiado liberal para no dar a toda Europa lo que ella os pide con tanta impaciencia, y amáis tanto la gloria de vuestro hermano, que no querréis encerrarla en la estrechez de vuestro gabinete. Como yo sé, señor, que vos no sois como esos ricos avaros que poseen grandes tesoros sin que consientan compartirlos con sus semejantes, y que no estimáis las cosas porque son raras, sino porque son útiles, y como sé, señor, que vos pensáis muy cuerdamente que no hay ninguna diferencia entre las piedras preciosas y las ordinarias si igualmente se las encierra, juzgaría mal si pensase que vos quisierais guardar para vuestro escondido goce lo que a tantas gentes puede serles útil. Si el Sol estuviese siempre oculto por esas espesas nubes que algunas veces nos roban su. luz, no bendeciríamos tan a menudo al Autor de la Naturaleza, que nos enseña todos los días tan hermoso astro, al que podemos llamar viviente imagen de la Divinidad; y si vos ocultaseis al público esa digna obra tan encantadora, cuya posesión con tan dulce esperanza le halaga, os privaríais a vos mismo de los agradecimientos y alabanza que a manos llenas os reserva. Pero, señor, al oírme hablar creeríase que era necesario solicitar vuestra generosidad y aducir argumentos múltiples para inclinaros a conceder al universo el goce de una cosa por la que ya está ardiendo en deseos; a vos, señor, a quien yo he visto resuelto a hacernos el presente de ese libro, que yo ahora os muestro y en cuya primera página quiero escribir vuestro nombre para que sirva de escudo a los ataques de la envidia y la maledicencia que a veces persiguieron a su autor con tanta crueldad.

Ahora, señor, con tan poderoso socorro podrá desafiar valientemente a esos, monstruos y perseguirlos hasta el más oculto rincón en que se escondan; pues hasta los palacios y las cortes serán asilos débiles si él, juzgándolos dignos de su cólera, se dispone a perseguirlos hasta allí.

Si ese grande hombre, cuando era mortal y no contaba con otro apoyo que el de su virtud, redujo a esos monstruos con la buena suerte que todos sabemos, de esperar es, y no puede cabernos duda en ello, que ahora que goza de la inmortalidad que conquistó con sus trabajos, y que está secundado por un hermano en quien el espíritu y el buen sentido se han unido tan estrechamente, ahogue para siempre a esas hidras renacientes con tanta facilidad como presteza y les haga confesar por última vez, al expirar, que no puede atacarse a dos hermanos cuya amistad, a pesar de las imposturas de sus enemigos, triunfa hasta de la muerte sin sufrir los rigores de su venganza ni hacer llevar las penas de su temeridad. No quiero hablar aquí, señor, de los socorros que le prometió Apolo cuando le permitió entrar en sus Estados; pues aunque al teneros a vos ya no necesitaba a nadie más, recibió aún de ese Autor de la luz y de ese Maestro de las Ciencias luces que nada puede obscurecer, conocimientos que nadie puede igualar y una elocuencia victoriosa a la que forzosamente es necesario rendirse. En fin, señor, nosotros podemos decir en honor de Francia y loor de vuestra familia, de la que han nacido tantas personas notables en la toga y en la espada, y en la gloria de Cyrano de Bergerac especialmente, que apareció como un Alejandro resucitado en este siglo merced a un milagro sorprendente. Encontró, como este famoso conquistador, que la Tierra tenía límites demasiado estrechos para sus ambiciones,. y luego que recorrió, a la edad de treinta años, los Estados e Imperios de la Luna y el Sol, fuese a buscar, en el palacio de los Dioses, la satisfacción que no pudo encontrar en la morada de los hombres ni en los mundos de los astros. Pero, señor, advierto que estoy insensiblemente haciendo el panegírico de este incomparable genio, cuando debiera callarme para dejarle hablar a él, porque no tengo ninguna buena prenda, si no son la pasión con que honro su memoria y el deseo que tengo de testimoniaros que soy,

Señor,

Muy humilde y muy devoto criado de vuestra merced.

C. DE SERCY

Historia cómica de los estados e imperios del sol Por fin nuestro barco llegó al abra de Tolón, y luego de dar gracias al viento y a las estrellas por el buen término de nuestro viaje, nos abrazamos todos en el puerto y nos dijimos adiós. En cuanto a mí, como en el mundo de la Luna, del que entonces regresaba, el dinero se substituye con versos y yo casi había perdido el recuerdo de tenerlo, el piloto consideró pagado mi pasaje con el honor de haber llevado en su navío a un hombre caído del Cielo. Nada nos impidió, pues, llegar hasta cerca de Tolosa, donde tenían su casa unos amigos míos. Ardía yo en deseos de verlos porque pensaba que les produciría mucha alegría con la narración de mis aventuras. No os enojaré a vosotros contándoos todo lo que me sucedió en el camino; me cansé, descansé, tuve sed, tuve hambre, bebí y comí.

Aunque en seguida me rodeasen los veinte o treinta perros que componían la jauría de mi amigo, y aunque yo fuese vestido con muy poco aseo y estuviese delgado y tostado por el Sol, mi amigo me reconoció en seguida, y arrebatado por la alegría se tiró a mi cuello, y luego que me besó más de cien veces todo tembloroso de contento, me llevó hacia su castillo, y ya en éste, cuando las lágrimas de su alegría se detuvieron dando lugar a su voz, la soltó a semejantes razones: «Por fin vivimos y viviremos a pesar de todas las desgracias con que la fortuna ha peloteado nuestra vida; ¡Dios mío!, realmente no es cierto el rumor que corrió de que habíais sido quemado en el Canadá, en la hoguera de un fuego artificial que vos inventasteis. Y, sin embargo, dos o tres personas de cabal juicio entre las muchas que me dieron tan tristes noticias me han jurado que habían visto y tocado ese pájaro de madera con el cual volasteis. Me contaron que, por desgracia, habíais entrado dentro en el preciso momento que le prendían fuego, y que la rapidez que adquirieron al quemarse los cohetes que habían atado en torno de la máquina os elevaron a tanta altura que todos los allí presentes os habían perdido de vista. Y según ellos me juraban, os habíais quemado tan completamente, que al caer la máquina al suelo tan sólo se encontró en ella una pequeñísima parte de vuestras cenizas». «Señor, estas cenizas -le contesté yo- no eran sino de la máquina, porque a mí el fuego no me hizo ningún daño. El artificio estaba atado por la parte de fuera y su calor, por consiguiente, no podía hacerme daño a mí.

»Por lo demás, ya sabréis vos que tan pronto como se acabó el salitre y la impetuosa ascensión de los cohetes no conseguía sostener la máquina, cayó ésta en el suelo. Yo la vi caer, y cuando ya pensaba piruetear con ella me quedé asombrado viendo que ascendía hacia la Luna. Preciso es que os explique la causa de tal ascensión que vosotros juzgaréis un milagro.

»El mismo día en que ocurrió este accidente, y como me hubiese producido algunas heridas, me unté todo el cuerpo con médula de buey; pero como estábamos en cuarto menguante y en esta situación la Luna atrae a la médula, sorbió tan golosamente (sobre todo cuando mi caja llegó más allá de la región media, donde ya no había nubes que interponiéndose debilitasen la influencia de la Luna) la que revestía mi cuerpo, que éste no pudo dejar de seguir tal atracción; y os aseguro que continuó sorbiéndome durante tanto tiempo, que finalmente llegué a ese mundo que vos llamáis la Luna».

Seguidamente, le conté muy por lo menudo todas las particularidades de mi viaje, y el señor de Colignac, entusiasmado al oír cosas tan extraordinarias, me invitó a que las afirmase por escrito.

Yo, que soy amante del ocio, me resistí algún tiempo temiendo las visitas que probablemente me proporcionaría esta publicación. Sin embargo, avergonzado por los reproches que me dirigía de no hacer bastante caso de sus ruegos me resolví a complacerlos. Cogí, pues, la pluma entre mis dedos, y tan pronto como acababa un cuaderno, impaciente por mi gloria, que le preocupaba más que la suya, se iba con él a Tolosa para encomiarlo entre las más distinguidas reuniones. Como él tenía fama de ser uno de los más fuertes genios de su siglo, las alabanzas que de mí hacía, pues era mi infatigable eco, me dieron a conocer ante todo el mundo. Ya los grabadores, sin que jamás me hubiesen visto, habían burilado mi retrato, y la ciudad estaba llena de gargantas roncas de mercaderes que por todas partes gritaban hasta desgañitarse: «¡Este es el retrato del autor de los Estados e Imperios de la Luna!» Entre las gentes que leyeron mi libro había muchos ignorantes que sólo lo hojearon. Para imitar a los espíritus de alta inteligencia, estos ignorantes aplaudieron como ellos y hasta batieron palmas a cada palabra, miedosos de mal parecer; y muy contentos gritaban: «¡Qué bien está!», aunque no entendiesen nada. Pero la superstición, disfrazada de remordimientos, cuyos dientes son muy agudos, y bajo el hábito de un necio, les fue mordiendo el corazón con tanta saña que prefirieron renunciara la reputación de filósofos (que decididamente era un hábito que les estaba muy ancho) que tener que dar cuentas el día del juicio.

Y así es como la medalla se volvió al revés y se retractaron de sus alabanzas. La obra, que antes les había merecido tanta atención, ya no la consideran más que como una colección de cuentos ridículos, un amasijo de retazos descosidos, un repertorio de Piel de Asno bueno para adormecer a los chiquillos. Y apenas alguien conocía su sintaxis, ya se atrevía a condenar al autor a que llevase una vela votiva a San Maturino.

Este contraste de opiniones entre las de los hábiles y las de los idiotas todavía aumentó más el crédito de mi obra; poco después las copias manuscritas se vendieron como pan bendito. Todo el mundo, y aun los que están fuera del mundo, es decir, desde el gentilhombre hasta el monje, compraron mis obras. Hasta las mujeres. Todas las familias se dividieron, y tan lejos fue la pasión por estas discusiones, que la ciudad se escindió en dos partidos: el Lunista y el Antilunista.

Ya estaban en las escaramuzas de la batalla, cuando una mañana vi entrar en la habitación de Colignac a nueve ancianos que le hablaron de esta manera: «Señor: vos sabéis muy bien que todos los que en esta compañía estamos somos aliados, parientes o amigos vuestros y que, por consiguiente, no puede sucederos nada vergonzoso sin que vuestro rubor no lo sintamos en nuestras frentes. Nosotros hemos sabido que vos albergáis a un brujo en vuestro castillo...» «¡Un brujo! -exclamó Colignac-. ¡Dios mío, decidme quien sea! Yo inmediatamente le pondré en vuestras manos; pero antes hay que asegurarse de que eso que decís no sea una calumnia». «¡Cómo calumnia, señor! -

interrumpió uno de los venerables-. ¿Acaso hay algún tribunal que sepa más de brujos que el nuestro? En fin, mi querido sobrino, para no teneros más tiempo suspenso debo deciros que el brujo a quien nosotros acusamos no es sino el autor de Estados e Imperios de la Luna; ni él mismo podría negar que es el más gran mágico de Europa después de lo que confiesa; porque ¿es acaso posible subir a la Luna, puede esto ocurrir sin que ande por medio...» «No acertaría yo a nombrar la bestia; pero además decidme: ¿qué iría a hacer en la Luna?» «¡Linda pregunta! -interrumpió otro-; pues asistir al aquelarre que tal vez habría de celebrarse allí ese día; y si no lo creéis así, fijaos en cómo se entrevistó con el Demonio de Sócrates. Y después de todo esto ¿os extraña todavía que el Diablo, como él dice, le haya traído a este mundo? Pero sea de ello lo que sea, pensad que tantas Lunas, tantas caminatas, tantos viajes por el aire, no vienen a decir nada bueno; es más, no pueden ser nada bueno. Y ahora quede esto entre nosotros (y en diciendo esto acercó su boca a los oídos de Colignac): no he conocido nunca ningún brujo que no haya tenido que ver con la Luna». Dichas estas simplezas se callaron, dejando a Colignac tan suspenso ante todas estas extravagancias que no pudo articular palabra. Viendo lo cual un venerable cernícalo que hasta entonces no había hablado, dijo: «Sabed, querido pariente, que estamos en el secreto de lo que os sorprende. El mago es una persona a la que vos estimáis. No temáis, pues, nada; en consideración a vos las cosas se llevarán suavemente: sólo os pedimos que le entreguéis en nuestras manos, y en gracia al cariño que os profesamos os prometemos por nuestro honor que le mandaremos quemar sin meter escándalo ninguno».

Al oír estas palabras Colignac, aunque era siempre muy sereno, no pudo contenerse y soltó una gran carcajada, con la que ofendió mucho a sus señores parientes; de suerte que éstos no obtuvieron de él otra respuesta a ninguno de los términos de su arenga que muchos ah, ah, ah y muchos oh, oh, oh; tanto, que los buenos señores, muy escandalizados, se marcharon llenos de vergüenza, que no diré que fue muy corta, pues les duró hasta Tolosa. Cuando ya ellos hubieron partido, yo me llevé a Colignac a su despacho, y cerrando la puerta tras nosotros, le dije: «Conde, estos embajadores de largas barbas me parecen cometas cabelludos; temo que el ruido que nos han metido no sea el trueno de la pólvora que está ya próxima a estallar, y aunque su acusación sea muy ridícula y probablemente efecto de su estupidez, yo no quedaré menos muerto porque una docena de buenas gentes proclamen, después de verme quemar, que mis jueces eran unos necios. Todos los argumentos con que ellos probarían mi inocencia no me harían resucitar y mis cenizas se quedarían tan frías en una tumba como en un muladar. Por esto, si no se os ocurre a vos nada mejor, a mí me alegraría mucho que cedieseis al propósito que tengo de no dejar a estos señores en esta provincia más que mi retrato; porque me daría doble rabia aún morir por una cosa que no creo, que por otra cualquier causa». Colignac casi no tuvo paciencia para esperar a que yo acabase de hablar, y luego que lo hice me contestó.

Pero antes se burló de mí; ahora bien, cuando vio que yo lo tomaba en serio me dijo: «-

Ay, la muerte!- y puso una cara muy asustada-. Nadie os tocará ni un pelo de la ropa, porque yo, mis amigos, mis vasallos y todos los que me consideran perecerían antes que consentirlo. Mi casa es tan fuerte que nadie podría forzarla si no es con cañones; tiene unos cimientos muy sólidos y unos muros muy consistentes. Pero yo estaría loco si pensara defenderme contra disparos de pergaminos». «Son mucho más temibles -le contesté yo- que los rayos».

De aquí en adelante ya no volvimos hablar más que de cosas que consolasen a su espíritu. Unos días íbamos de caza, otros de paseo, otros nos dedicábamos a recibir visitas y algunas veces a devolverlas. De modo que antes de que pudiesen aburrirnos substituíamos una diversión por otra.

El marqués de Cussan, vecino de Colignac, hombre famoso por sus buenas obras, pasaba mucho tiempo con nosotros y nosotros con él; y para que los sitios de nuestra permanencia se nos hiciesen más agradables con este cambio, íbamos de Colignac a Cussan y de Cussan a Colignac. Con todo esto, siendo muchos los inocentes placeres de que el cuerpo es capaz, sólo constituían la menor parte, pues la mayor era la de los que encontrábamos en el estudio y en la conversación, que nunca nos faltaba. Y nuestras bibliotecas, unidas como nuestros espíritus, recogían en su seno todos los doctos de nuestra sociedad; así, mezclábamos la lectura con la charla, ésta con la buena comida y todo con la pesca o con la caza o con los paseos; en una palabra, gozábamos, por decirlo así, de nosotros mismos y de con cuanto la Naturaleza ha producido para nuestro más dulce regalo, sin que a nuestro deseo pusiésemos otro límite que el que la razón le señalaba. Pero mi fama, que era muy contraria a mi tranquilidad, corría ya por las aldeas vecinas y hasta por las mismas ciudades de la provincia. Hasta el punto de que todo el mundo, por ese rumor atraído, con el pretexto de ver a mi señor iba a su palacio para ver al brujo. Cuando yo salía del castillo, no sólo las mujeres y los niños, sino hasta los hombres, me miraban como a un Diablo, y sobre todos lo hacía así el párroco de Colignac, que tal vez por malicia, tal vez por ignorancia, aunque secretamente, era el mayor de mis enemigos. Este hombre, de apariencia sencilla, tenía un espíritu burdo e ingenuo. Era infinitamente gracioso por sus bromas, pero resultaba sin embargo muy cruel; era vengativo hasta el encarnizamiento, más calumniador que un normando, y tan enredante, que podría decirse que el amor por el enredo era su pasión más grande. Como durante largo tiempo hubiese pleiteado con su señor, al que odiaba tanto más cuanto éste se había mostrado inflexible ante sus ataques, temía siempre que Colignac estuviese resentido con él, y para evitar una represalia había querido permutar su beneficio. Pero sea que hubiese cambiado de opinión o que hubiese preferido vengarse de Colignac sobre mi persona durante el tiempo que permaneciera yo en estas tierras, y aunque se esforzaba por persuadirnos de lo contrario, los muchos viajes que frecuentemente hacia a Tolosa vinieron a infundirnos alguna sospecha. Allí contaba él mil ridículas historias de mis brujerías, y la voz de este hombre malintencionado, unida al rumor de los tontos y de los ignorantes, iba proclamando la execración de mi nombre. Ya no se hablaba de mí sino como de un nuevo Agripa, y supimos que hasta se había informado mal de mí a instancias del cura que había sido preceptor de niños. Nos dieron estas noticias varias personas que se interesaban por el bien de Colignac y del marqués, y aunque el grosero juicio de todo un país nos provocasen a risa y a asombro, en secreto no dejaba a mí de espantarme mucho el considerar cada vez más cercanas las molestas consecuencias que podría acarrearme tal error: Seguramente mi buen genio me inspiraba este espanto, esclarecía mi razón con todas sus luces para hacerme ver el precipicio en el cual iba a caer, y no contento de aconsejarme tácitamente quiso manifestarse más íntegramente en mi favor.

Una noche de las peores que yo haya nunca visto, y después de haber pasado uno de los días más agradables de los que en compañía de Colignac estuve, me levanté al despuntar la aurora y para disipar las inquietudes y las nieblas que ofuscaban mi espíritu entré en el jardín, donde las flores y los frutos, la verdura y todo el artificio de la Naturaleza entrándose por los ojos dejaban el alma encantada. Y estando consagrado a la contemplación de este conjunto observé al mismo tiempo al marqués, que se paseaba solo por una gran avenida que dividía en dos partes iguales el jardín. Andaba lentamente y con la cabeza pensativa. Mucho me extrañó a mí verle, contra su costumbre, tan mañanero; lo cual hizo que con prisa fuese a su encuentro para preguntarle la causa de su madrugada.

Me contestó él que algunos sueños pesados que habían atormentado su espíritu le hicieron bajar al jardín más temprano que de costumbre, para curarse con la luz del día el daño que le hiciera la sombra de la noche. Yo le confesé que una pena parecida me había impedido a mí el dormir, y ya iba a contarle los detalles de mi desvelo; pero apenas había abierto yo los labios observamos que por un rincón de la empalizada que cruzaba nuestra avenida venía Colignac andando a grandes pasos; apenas nos distinguió nos dijo desde lejos: «Aquí tenéis un hombre que acaba de libertarse de las más espantosas visiones que sean capaces de dar al traste con el buen juicio. Tan pronto como he podido ponerme mi jubón he bajado para contároslo; pero no os encontré ni a uno ni a otro en vuestras habitaciones; por eso he acudido corriendo al jardín, sospechando que en él estaríais».

Efectivamente, el pobre gentilhombre estaba casi sin alientos. Tan pronto como los recobró nosotros le exhortamos a que se descargase de una cosa que aunque muchas veces es algo muy ligero no deja nunca de pesarnos mucho. «Ese es mi propósito -nos replicó él-; pero ante todo sentémonos». Un dosel de jazmines nos ofreció al punto la frescura de su aroma y el asiento que necesitábamos. En él nos reunimos, y cuando los tres estábamos ya sentados, Colignac habló de esta manera: «Sabréis que luego de dos o tres sueños que con mucha zozobra me han hecho pasar la noche, cuando ha estado cerca la aurora he tenido otro en el cual me parecía ver que mi querido huésped estaba entre el marqués y yo, que le teníamos estrechamente abrazado; y en esto un gran monstruo negro, todo lleno de cabezas, vino de repente a arrebatárnoslo. Pensaba yo que iría a tirarle en una hoguera que allí cerca habían encendido, porque ya le balanceaban sobre las llamas; pero en aquel momento una doncella parecida a la musa Euterpe se tiró ante las rodillas de una dama, a quien conjuró para que le salvase (esta dama tenía el porte y el aspecto con que los pintores suelen dibujar la imagen de la Naturaleza). Apenas esta dama tuvo tiempo de haber escuchado las plegarias de la doncella, cuando llena de asombro exclamó: «¡Ay, es uno de mis amigos!» En seguida se llevó a la boca una especie de cerbatana, y tan fuertemente sopló dentro de su tubo, bajo los pies de mi querido huésped, que le hizo subir hasta el Cielo, resguardándole de las crueldades del monstruo de cien cabezas. Mucho tiempo estuve yo gritando tras de él, según me parece recordar, y le conjuré para que no se marchase sin llevarme en su compañía; pero en esto, innumerables ángeles pequeños y rollizos, que se decían hijos de la Aurora, me han elevado hacia el mismo país por el cual mi amigo parecía volar, y me han hecho ver muchas cosas que no os cuento porque me parecen muy ridículas». Nosotros le suplicamos que no dejase de decírnoslas. Entonces él continuó: «Imaginé que estaba en el Sol y que el Sol era un mundo. Y no hubiese perdido esta ilusión si el ronquido de mi criado al despertarme no me hubiera hecho ver que estaba en la cama». Cuando el marqués vio que Colignac había terminado, me dijo: «¿Y el vuestro, señor Dyrcona, no lo contáis?» «Al mío -contesté yo-, aunque no es de los más vulgares, no le concedo ninguna importancia. Estoy bilioso y melancólico; por esta razón desde que he regresado a este mundo mis sueños constantemente me han representado cavernas y fuego. En mi niñez, cuando dormía, me parecía que habiéndome vuelto muy ligero subía hasta las nubes para huir de una banda de asesinos que me perseguía; pero al término de un esfuerzo muy vigoroso y muy largo siempre encontraba alguna muralla, luego de haber saltado por encima de muchas más, al pie de la cual, rendido de fatiga, llegaban a cogerme; o bien, si en sueños ascendía rectamente hacia lo alto, aunque con los brazos hubiese volado mucho por el Cielo, siempre me encontraba próximo de la tierra, y sin nada que pudiese explicármelo y sin haberme vuelto pesado ni haberme cansado, mis enemigos con sólo tender la mano podían cogerme por el pie y atraerme hacia ellos. Desde que tengo uso de razón siempre he tenido sueños parecidos a éstos. Sólo que esta noche, después de haber volado, como acostumbro, mucho tiempo y haber escapado varias veces de mis perseguidores, me ha parecido que por fin les perdía de vista y que por un cielo abierto y muy limpio mi cuerpo, libre de su pesadez, proseguía su viaje hasta llegar a un palacio en el cual se fabricaban el calor y la luz. Todavía hubiese visto muchas más cosas; pero mi afán por volar de tal modo me había aproximado al borde de la cama, que me caí por fin al suelo, dando con el vientre sobre los ladrillos y abriendo mucho los ojos. Este es, señores, contado por encima, el sueño que yo he tenido y que según creo es tan sólo el efecto de esas dos cualidades que en mi temperamento predominan; porque aunque este sueño sea en cierto modo un poco distinto del que con frecuencia suelo tener, pues esta vez he llegado hasta el Cielo sin caerme, creo que este cambio es causa de que la sangre se ha esparcido con la alegría de nuestros placeres de invierno, dilatándose más de lo que acostumbra. De modo que disipando mi melancolía ha quitado a mi cuerpo el peso que le hacía caer. Por lo demás, no es ésta una ciencia que tenga mucho que estudiar». «¡A fe mía que sí!» -prosiguió Cussan-. Vos tenéis razón; esto es una mezcla de todas las cosas que hemos pensado en nuestras veladas, una quimera monstruosa, un confuso amasijo de ideas que la fantasía, que durante el sueño no está gobernada por la razón, nos presenta desordenadamente. Y a pesar de esto nosotros, al interpretarlos, creemos descubrir su verdadero sentido y deducir así de los sueños como de los oráculos una ciencia del porvenir; pero sobre mi fe os aseguro que no encuentro entre éstos ninguna semejanza, si no es que tanto los unos como los otros no pueden entenderse; Y si queréis convenceros, juzgad por el mío, que aunque no es muy extraordinario os indicará el valor de todos los demás. Yo he soñado que estaba muy triste; en todas partes encontraba a Drycona y oía cómo nos llamaba. Ahora bien; sin exprimirme mucho el cerebro para hallar la explicación de esos negros enigmas, os podría decir en dos palabras su misterioso sentido. Y es, os lo digo sobre mi fe, que en Colignac se le agrian mucho los sueños y en cambio en Cussan nosotros intentaremos endulzárselos. «Vamos allá -me dijo el conde-, puesto que este aguafiestas tanto lo desea». Luego deliberamos si saldríamos aquel mismo día. Yo les supliqué que se pusiesen en camino antes que yo, porque si, según habían acordado, habíamos de pasar allí un mes, a mí me parecía muy bien el llevar algunos libros. Ellos fueron de esta opinión, y luego de haber comido tomaron las de Villadiego. ¡Dios mío! Sin embargo, hice un fardo de volúmenes que pensé que no estarían en la biblioteca de Cussan, y los cargué en un mulo, y ya eran cerca de las tres cuando me puse en camino, montado sobre rápido corcel. Pero a pesar de serlo tanto, yo iba tan sólo al paso a fin de acompañar a mi biblioteca y para halagar el alma con el goce que el paisaje ofrecía a mi vista. Mas escuchad una aventura que me sucedió.

Ya había andado más de cuatro leguas cuando me encontré en una comarca que yo creía con certeza haber visto alguna otra vez. En efecto; tanto acucié mi memoria para que me dijese dónde había yo visto este paisaje, que esta facultad, haciendo que la presencia de los objetos provocase sus imágenes, me ayudó tanto que llegué a recordar que tal lugar era precisamente el que yo había visto en sueños la noche pasada. Este encuentro extraño hubiese fijado mi atención más tiempo del que la tuvo suspensa si una visión extraña no me hubiera despertado. Y fue que un espectro (al menos a mí me lo pareció) se presentó ante mí, y llegando hasta la mitad de la calzada cogió por la brida a mi caballo. La estatura de este fantasma era enorme, y por lo poco que de sus ojos podía verse se adivinaba que su mirada era ruda y triste. No sabré decir, sin embargo, si su rostro era hermoso o feo, porque un largo manto tejido con hojas de un libro de canto llano le cubría hasta los pies, y el rostro lo traía escondido bajo un mapa, en el que estaban inscritas estas palabras: In principio. Éstas fueron las primeras que dijo el fantasma, lleno de espanto: « Satanus diabolas! : Yo te conjuro en el nombre del gran Dios de los vivos». Al decir estas palabras se quedó absorto, y como repitiese muchas veces

«gran Dios de los vivos» y fuese buscando con la mirada perdida a su Pastor para decirle lo que quería, y como el Pastor no se apareciese por ninguna parte, se puso a temblar con tanto espanto que, al dar con tanta violencia diente con diente, la mitad de éstos se le cayeron al suelo y las dos terceras partes de las pautas musicales con que iba vestido se le dispersaron como mariposas. Entonces se volvió hacia mí, y con una mirada que no era ni dulce ni fiera y que daba muestras de la indecisión de su espíritu para resolver si habría de enfadarse o no, me dijo: «¡Pues bien, Satanus diabolas, por la Verónica!, te conjuro en el nombre de Dios y de Monseñor San Juan que no te opongas a mi voluntad, pues si te mueves o chistas -¡el diablo te lleve!- te destripo». Yo le zamarreé con las bridas de mi caballo; pero las risas que me sofocaban no me dieron fuerza alguna. Añadid a todo esto que unos cincuenta aldeanos, saliendo de detrás de unos setos avanzaron hacia mí andando de rodillas y cantando el Kirie eleison hasta desgañitarse, y cuando ya estuvieron bastante cerca de mí, cuatro de los más robustos, después de enjugarse las manos en el agua bendita que en una pila a propósito les ofreció el servidor del presbiterio, me cogieron por el cuello. Aún no había sido detenido cuando vi aparecer al Monseñor San Juan, el cual me tiró devotamente su estola, con la cual me agarrotó; seguidamente una horda de mujeres y niños a pesar de mi resistencia, me cosieron dentro de un gran lienzo, y con tan gran arte me metieron en él que sólo se me veía la cabeza. De esta guisa me llevaron hasta Tolosa como si me llevasen a presencia del monumento. Ya uno exclamaba que si no me hubieran prendido habría sido año de hambres, porque en el momento en que me encontraron ya iba yo seguramente a hechizar los trigos; otro se quejaba de que la peste había empezado en su rebaño precisamente el domingo, porque al salir de vísperas yo le había golpeado a él en la espalda. Y a pesar de estos desastres míos, vino a consolarme, provocándome la risa, un grito lleno de espanto que una doncella aldeana había dado llamando a su novio; también gritaba el fantasma que antes había cogido a mi caballo por la brida. El novio de la muchacha, que era también un villano, había montado a horcajadas sobre mi caballo, y ya, como si fuese suyo, lo espoleaba con los talones con muy buena traza: «¡Miserable! -gemía su novia-. ¿Es que estás ciego? ¿No ves tú que el caballo del mago es más negro que el carbón y que es un diablo en persona que ha de llevarte al aquelarre?» Nuestro patán, espantado, vino a dar con su cuerpo en el suelo, por encima de la grupa. Con lo cual mi caballo se sintió rey del campo. Luego los aldeanos discutieron si se apoderarían del mulo, y resolvieron que sí; pero al abrir el paquete, y como topasen con el primer volumen, que era la Física de Descartes, cuando vieron todos los círculos con los cuales este filósofo ha distinguido el movimiento de cada planeta, todos unánimemente proclamaron con un alarido que estos círculos no eran otra cosa sino los signos mágicos que yo usaba para llamar a Belcebú. Entonces, el que tenía el libro lo dejó caer lleno de escrúpulos, con tanta desgracia que se abrió precisamente por una página en la que se explican las virtudes del imán; y he dicho por desgracia porque en el sitio de que yo hablo hay una estampa de esta piedra metálica, en la cual estampa los cuerpos que se desprenden de su masa para atraer al hierro son representados como brazos. Tan pronto como uno de esos villanos lo vio lo oí decir hasta desgañitarse que eso no era sino el cangrejo que habían encontrado en la cuadra de su primo Berlina cuando sus caballos se murieron. Al oír estas palabras, los más enardecidos se guardaron las manos en su seno.

Monseñor Juan gritaba a más y mejor, por su parte, que todos llevasen mucho cuidado en tocar nada; que todos esos libros no eran más que enredos de magia y que el mulo era un verdadero Satán. La canalla, llena de espanto por estas razones, dejó que el mulo se fuese en buena hora. Yo todavía vi a Mathurine, la criada del señor cura, que perseguía a éste llevándole hacia el presbiterio, temiendo que fuese hasta el camposanto a profanar la hierba de las sepulturas.

Ya eran las siete de la tarde cuando llegamos a una aldea, donde para refrescarme me metieron en un calabozo. El lector no querrá creerme si yo le digo que me enterraron en un agujero, y, sin embargo, es verdad: tanto que, con meterme en él, con un solo salto pude darme cuenta de toda su extensión. Realmente no habría nadie que viéndome en este sitio no me creyese una vela encendida sobre una ventosa. En seguida que mi carcelero me metió en esta caverna, yo le dije: «Si me dais este vestido de piedra para que me sirva de traje os confieso que me está muy largo; si es una tumba, resulta demasiado estrecha.

Aquí los días no pueden contarse porque son eterna noche; de los cinco sentidos no puedo usar más que dos: el tacto y el olfato. Uno ha de servirme para poder palpar mi encierro, otro para percibir sus olores. Verdaderamente os confieso que, me creería un condenado si no supiese que los inocentes no tienen cabida en el infierno».

Al oírme pronunciar la palabra inocente, mi carcelero se echó a reír: «A fe mía -dijo-que no lo dudo, y ello me asegura que sois un buen pájaro. Porque yo nunca he tenido en mis manos más que inocentes». Después de otras cortesías por el estilo, el buen hombre empezó a registrarme, sin que yo supiese con qué propósito lo hacía; pero por la diligencia que empleó en ello sospecho si sería por mi bien. Como estos registros resultasen inútiles porque durante la batalla de Diabolas yo había dejado resbalar mi dinero desde mis bolsillo hasta las calzas, y como al cabo de una anatomía muy escrupulosa, mi carcelero se encontrase con las manos tan vacías como antes del registro, faltó poco para que yo muriese de temor y él del dolor de su desengaño. «¡Diantre! -

exclamó él con la espuma en la boca: -Ahora acabo de convencerme de que sois un hechicero. Sois más bribón que el mismo Demonio. ¡Andad, andad, amigo mío, ya podéis poneros a pensar en hora buena en vuestra conciencia!» Apenas hubo dicho estas razones cuando oí yo el repiqueteo de un manojo de llaves, entre las cuales buscaba la de mi calabozo. Estaba él vuelto de espaldas, y aprovechando esta circunstancia y con el miedo de que tomase venganza sobre mí de la mala suerte de su registro, saqué diestramente de mi calza tres escudos y le dije: «Señor carcelero, he aquí un escudo; os suplico que me traigáis algo de comer, porque no lo he hecho en once horas». Él recibió el escudo con mucho donaire y me dijo que mi mala suerte le afligía. Como yo viese que su corazón se ablandaba, le repliqué: «He aquí otro escudo como agradecimiento a las molestias que estoy pesaroso de causarle». Él abrió mucho sus oídos, su corazón y sus manos, y yo le repliqué, entregándole el tercer escudo, que le suplicaba pusiese cerca de mí a uno de sus mozos para que me hiciese compañía, porque los desdichados siempre temen la soledad.

Maravillado por mi largueza me prometió todo lo que le pedía, y postrándose ante mis rodillas declamó contra la justicia, diciéndome que ya comprendía él que yo debía tener muchos enemigos, pero que a pesar de todo saldría felizmente de mis penas, que tuviese mucho valor y que por lo demás él procuraría que antes de tres días se olvidasen lo que se consideraban torpezas mías. Yo le agradecí mucho sus cortesías, y luego de mil abrazos, que no parecía sino que iba a estrangularme, este buen amigo cerró y dio vuelta al cerrojo de mi puerta.

Yo me quedé enteramente solo, lleno de melancolía y con el cuerpo ovillado sobre un montón de paja molida; pero no tan menudamente que les impidiese a más de cincuenta ratas desmenuzarla en más pequeñas briznas. La bóveda, las murallas y el suelo de mi calabozo estaban formados por seis bloques de piedra, de tal modo que la Muerte se me aparecía por encima, por debajo y por alrededor de mí como si estuviese en una tumba; así que no podía creer sino que aquello era mi entierro. La baba fría de los caracoles y el seroso veneno de los escorpiones se me resbalaba por la cara; las pulgas tenían sus aguijones más largos que el cuerpo. También la piedra me acongojaba y me hacía tanto daño como si fuese mal de piedra interior; finalmente, creo que para ser Job no me faltaba más que una mujer y una cazuela rota.

Con la atención que prestaba a mis penas fui pasando la dureza de estas tres horas, cuando de pronto el ruido de unas gruesas llaves, unido al que hacían los cerrojos de mi puerta, vino a distraerme de la atención que prestaba a mis males. En seguida que oí este alboroto vi, a la luz de una lámpara, a un enorme villano. Me dejó entre las piernas un lebrillo que llevaba: «Vamos, vamos -me dijo-, no estaréis descontento; he aquí buen potaje de col, que si fuese... Como veis, es buena sopa de señorones; y además, como, a fe mía, que decía el otro, no le han quitado ni una gota de grasa... «En diciendo esto, metió sus cinco dedos hasta el fondo de la escudilla y me invitó a que hiciese lo mismo.

Yo procuré ser buen discípulo para no desengañar a tan esclarecido maestro. Y él, dándome, con una mirada, la licenciatura, de tan difícil arte, exclamó: «¡Voto al chápiro!

¡Sois un acabado maestro y un buen compadre! Dicen que tenéis muchos envidiosos:

¡diantre!, pues son unos bellacos. ¡Que vengan, que vengan y verán quién es el bellaco!

¡Bah!, no está mal, no está mal; siempre hay buenos pícaros, Dios, buenos pícaros chismosos». Esta ingenuidad me hinchó tres o cuatro veces la garganta con muchas ganas de reír; pero tuve la fortuna de poder contenerme. Yo veía que la fortuna parecía ofrecerme una ocasión para libertarme si me aprovechaba de este bribón; por ello tenía mucho interés en lisonjearle y aplaudirle las gracias. Pues si no me salvaba él yo no podría escaparme por ningún sitio, ya que el arquitecto que hizo mi prisión aunque hizo muchas entradas, no se acordó de hacer ninguna salida. Todos estos pensamientos hicieron que para sondearle le hablase de esta manera: «Tú eres pobre, ¿no es verdad, amigo mío?» «¡Ay, señor -me contestó el rústico-, ni que fueseis adivino hubieseis puesto el dedo más encima de la llaga». «Bueno; pues mira -le repliqué-, toma este escudo».

Sentí su mano tan temblorosa cuando se la cogí con la mía, que apenas podía él cerrarla; esto me pareció un mal augurio; sin embargo, pronto pude comprender, por el fervor que en sus agradecimientos mostraba, que tan sólo temblaba de alegría. Este convencimiento hizo que yo prosiguiese de esta manera: «Yo, si tú fueses hombre capaz de querer participar en el cumplimiento de un voto que tengo hecho, además de la devoción de mi alma, te daría veinte escudos que serían tan tuyos como lo es tu sombrero; porque sabrás que no hace una hora, ni casi un minuto, cuando antes de llegar tú se me ha aparecido un ángel y me ha prometido demostrar la justicia de mi causa con tal de yo vaya mañana a hacer decir una misa en la iglesia de Nuestra Señora, de esta aldea, en el altar mayor. Yo he querido disculparme pretextando que estaba encarcelado demasiado estrechamente; pero él me contestó que vendría un hombre de parte de mi carcelero para acompañarme y que a este hombre yo no tenía más sino pedirle de su parte que me llevase a la iglesia y me volviese a la cárcel; que yo le pidiese que me guardase el secreto y me obedeciese sin réplica, pues si se negaba a hacerlo él le castigaría a morir dentro de un año. Y que si con todo esto el enviado del carcelero dudaba, le dijese yo que por sus apariencias era de la Cofradía del Escapulario». Ya sabrá el lector que antes de esto había visto por la abertura de su camisa un escapulario que me sugirió toda la trama y el enredo de esta aparición. «Pues sí, señor, vaya que sí, señor mío; he de hacer todo lo que el Ángel me manda. Pero es preciso que sea a las nueve, porque nuestro amo estará entonces en Tolosa, en las bodas de la hija del verdugo. Diablos, sabed que el verdugo es todo un señorón. Se dice que ella al casarse heredará de su padre más escudos que vale un reinado. Además es bella y rica; pero estas joyas no suelen ser para los mozos pobres.

Diablo, mi buen señor, es necesario que vos sepáis...» Cuando llegó a este punto no pude yo dejar de interrumpirle, porque presentía que con estas discusiones no llegaríamos más que a ensartar muchos despropósitos; así es que cuando ya hubimos convenido nuestra fuga, el rústico me abandonó. Al día siguiente, en el punto y la hora convenidos, vino para libertarme. Yo dejé mis ropas en el calabozo y me vestí con guiñapos, como lo habíamos convenido la víspera, a fin de que nadie pudiese conocerme. En cuanto estuvimos en la calle le di los veinte escudos que le tenía prometidos. Él los miró durante mucho tiempo y con unos ojos muy abiertos. «Son de oro, y oro de quilates», le dije yo, dándole mi palabra. «Vamos, señor -me replicó él-, no es esto lo que yo sueño, sino en que la casa del gran duque Macé está por vender, con su cercado y su viña. Yo la conseguiría por doscientos francos. Ahora bien; todavía se tardará ocho días en sacarla a subasta, y quisiera rogaros, muy señor mío, que si no os causaba gran molestia procuraseis que mientras el gran Macé no tenga bien contados vuestros escudos en la guarda de su alcancía no se conviertan éstos en hojas de encina». La ingenuidad de este granuja me hizo reír. Sin embargo, continuamos nuestro camino hacia la iglesia, adonde por fin llegamos. Algún tiempo después se empezó la misa mayor, y en cuanto vi que mi guardián se levantaba, en el momento de la ofrenda, en tres saltos salí de la nave, y en otros tres me perdí por una de las callejas más solitarias. Entre todos los pensamientos diversos que agitaban mi espíritu en este instante, el que más determinó mi voluntad fue el de seguir el camino de Tolosa, ciudad de la cual esta aldea apenas si distaba una media legua; y me encaminé hacia allá con el propósito de tomar allí posada. Llegué bastante temprano a las afueras de Tolosa; pero tanto me avergoncé al ver que la gente me miraba, que perdí toda firmeza. La causa del asombro de las gentes era mi indumento, porque como en achaques de miseria yo estaba bastante poco diestro, había dispuesto mis harapos con tan disparatado orden, y andaba con unas trazas tan poco adecuadas a mi vestimenta, que parecía más bien una máscara que un pobre. Además andaba de prisa, con la vista baja y sin pedir limosna. Finalmente, pensando que una atención tan divulgada vendría a acarrearme perjuicios, me sobrepuse a mi vergüenza, y tan pronto como alguien me miraba, yo le tendía la mano pidiéndole una caridad. Acabé por pedirla hasta a los que no me miraban. Pero he aquí como queriendo mostrarnos a veces demasiado discretos en la colaboración que por nuestra parte queremos prestar a los destinos de la Fortuna venimos en ofender el orgullo de esta diosa. Hago esta reflexión pensando en la aventura que me sucedió. Y es que habiendo reparado en un hombre vestido como un mediano burgués y que estaba vuelto de espaldas a mí, me acerqué a él y, tirándole de la capa, le dije: «Señor, si la compasión puede enternecer...» Y aun no había pronunciado la palabra que iba a seguir a ésta, cuando el hombre volvió la cabeza.

¡Santo Dios! ¿Qué ocurrió entonces? ¡Dios mío! ¿Qué es lo que pasó por mí? Este hombre era mi carcelero. Los dos nos quedamos suspensos y absortos al vernos en tan extraño lugar. Él no tenía ojos sino para mirarme, y yo tenía todos los míos en él clavados. Así estuvimos hasta que el mutuo interés nos sacó a los dos del éxtasis en que nos habíamos sumido. «¡Ay, qué miserable es mi suerte -exclamó el carcelero-; ahora me van a descubrir!» Esta frase quejosa me inspiró en seguida la estratagema que voy a contaros. «¡Ah! ¡Señores, justicia, justicia, cogedle! -empecé a gritar, dando grandes chillidos-. ¡Ladrones! Este ladrón ha robado las joyas a la condesa de Mousseaux; un año hace que le buscaba. ¡Cien escudos a quien le coja!» Apenas había lanzado estos gritos cuando una numerosa canalla se abalanzó sobre este pobre asombrado. El espanto en que le sumió mi extraordinaria imprudencia, junto a la idea que él tenía de que sin haberme ayudado el mismo Demonio, penetrando las paredes de mi cárcel sin agujerearlas, yo no podía haberme salvado, le afligió de tal modo que durante mucho tiempo estuvo como fuera de sí; por fin, mal que bien se repuso, y las primeras palabras que dijo al populacho, para disuadirle, fue que llevasen cuidado en equivocarse porque él era un hombre de bien.

Indudablemente iba a descubrir con esto todo el engaño; pero una docena de verduleras, de lacayos y de postillones, deseosos de servirme para cobrar el dinero que yo les ofrecía, le cerraron la boca a puñetazos, y como pensaban que la recompensa sería tanto mayor cuanto más ultrajes e insultos infiriesen a la debilidad de este pobre engañado, cada uno procuraba darle ya un puntapié, ya una bofetada. «¡Vaya un hombre de honor! -exclamaba esta canalla-. Tanto honor como dice que tiene, y en cuanto ha visto a este caballero en seguida ha dicho que estaba perdido». Y lo bueno de la comedia era que como el carcelero iba vestido con traje de fiesta, tenía miedo de confesarse mayordomo de la boda del verdugo, y temía que si se descubría esta circunstancia todavía le apalearían más. Yo por mi parte, aprovechando la confusión de la algazara me di a la fuga; dejé a mis piernas en libertad y pronto ellas me pusieron en salvo. Pero, por mi desgracia, el que todo el mundo me volviese a mirar me sumió en mis primeras alarmas; de tal modo que si por ventura el espectáculo de mis mil harapos, que como una danza de pordioseros bailaba a mi alrededor, excitaba en cualquier boquiabierto el deseo de mirarme, en seguida temía que leyese en mi frente que yo era un prisionero fugado. Si un transeúnte sacaba la mano de debajo de su capa, en seguida me figuraba que era un corchete que alargaba el brazo para detenerme. Si veía a otro que me dejaba la acera sin mirarme a los ojos, tenía ya por seguro que fingía no haberme visto para atraparme por la espalda. Si veía a un mercader que entraba en la tienda, me decía: va a descolgar su alabarda. Si veía un lugar de la calle con más gente que de costumbre, pensaba: tanta gente no se ha reunido ahí sin ninguna mala intención. Si, en cambio, en otro sitio, no encontraba a nadie, pensaba: aquí me acechan. Cuando cualquier estorbo se oponía a mi paso, me decía: han hecho barricadas en las calles para cogerme en un cepo. Finalmente, como el miedo llegase a ofuscarme la razón, ya cada hombre me parecía un arquero, cada palabra un «¡deteneos!» y cada ruido el insoportable graznido de cerrojos de mi antigua prisión. Así trabajado por este terror me determiné a seguir pordioseando para cruzar, sin dar origen a sospechas, lo que me quedaba por andar desde la ciudad hasta las puertas de su muralla. Pero de miedo a que me reconociesen por la voz, añadí a la maña de mostrarme mendigo la habilidad de fingirme mudo. Con lo cual me adelantaba hacia quienes yo veía que me miraban, me señalaba con la punta del dedo la barba, luego la boca y abría ésta bostezando y profiriendo un grito no articulado para dar a entender con mi mueca que un mudo pedía limosna. Y ya se me daba por caridad alguna limosna, ya sentía que me deslizaban en la mano un mendrugo, o bien oía cómo las mujeres murmuraban que en Turquía quizá hubiese sido martirizado por la Fe del modo que lo estaba. Finalmente llegué a comprender que la pordiosería es un gran libro que nos enseña las costumbres de los pueblos con más baratura que todos los grandes viajes de Colón y de Magallanes.

Por lo demás, esta estratagema no pudo evitar la tornadiza condición de mi destino ni evitar sus malos antojos para conmigo. ¿Pero a qué otra maña pudiera yo haber recurrido?

Porque al atravesar una grande ciudad como Tolosa, donde mi retrato era conocido hasta por los vendedores de arenques, y abigarradamente vestido con tan incoherentes guiñapos que casi parecía un arlequín, ¿no era lo más fácil que fuese observado por todos y reconocido luego, y la única defensa contra este peligro no era el fingirme un pordiosero, papel que se hace con tan gran variedad de gestos? Además, aunque esta astucia no la hubiésemos dispuesto con todas las circunstancias que eran necesarias al caso, creo que entre tan funestas conjeturas se necesitaba tener el juicio muy recio para no volverse loco.

Iba yo pensando en esto y haciendo mi camino, cuando de pronto me vi obligado a retroceder en él porque mi venerable carcelero y alguna docena de arqueros conocidos suyos, que le habían libertado de las manos de la gentuza, se habían amotinado, y patrullando por toda la ciudad para encontrarme, por mi desgracia vinieron todos ellos a reunirse sobre mis pasos. En cuanto me vieron con sus ojos de lince, echar ellos a correr con todas sus fuerzas y yo a volar con todas las mías, fue todo una misma cosa. Con tanta ligereza andaban mis perseguidores que algunas veces mi libertad sentía sobre mi cuello el aliento de los tiranos que querían oprimirla; pero parecía que el aire que éstos empujaban al correr tras de mí todavía me ayudaba a aventajarlos. Por fin el Cielo, o mi temor, me dieron cuatro o cinco callejuelas de ventaja. Aquí fue el perder mis perseguidores sus alientos y sus mañas, y yo la vista y el estrépito de esta importuna canalla. Es indudable que el que nunca se vio por semejante mal afligido ni pasó tales agonías no puede apreciar la alegría que me embargó cuando ya me vi libre. Con todo, como mi libertad exigía todo mi cuidado, resolví avaramente no perder ningún minuto de los que tenía el tiempo que ellos empleaban para alcanzarme. Me embadurné la cara, me ensucié de polvo el pelo, me despojé de mi jubón, me dejé caer las calzas, y tiré mi chapeo en un sumidero; con esto y con tender mi pañuelo en el suelo, sujetándolo con cuatro piedras que puse en sus cuatro puntas como lo hacen los enfermos de peste, me tendí de bruces en el suelo, y con voz tristísima me puse a gemir muy blandamente.

Apenas hube hecho esto, cuando, mucho antes de oír el ruido de sus pies, oí los gritos de aquella ronca turbamulta de arqueros; pero yo tuve todavía bastante juicio para quedarme quieto en la misma postura, con la esperanza de que no me reconocieran, como así sucedió; porque como todos me tomasen por un apestado pasaron rápidamente, taponándose las narices; y aun casi todos ellos me tiraban un maravedí en el pañuelo.

Cuando merced a esta traza la tormenta hubo pasado, me interné por una alameda, y volviéndome a vestir con mis ropas me abandoné otra vez a la fortuna; pero tanto había yo corrido que ella se fatigó de seguirme. Es necesario pensarlo así, porque con el mucho andar por calles y callejas y atravesar y cruzar plazas, esta diosa gloriosa, que no está acostumbrada a andar tan de prisa, para perderme más en mi camino me dejó caer ciegamente en manos de los arqueros que me perseguían. Al encontrarme, lanzaron un grito tan furioso y aterrador que me quedé sordo. Ellos, creyendo no tener bastantes brazos para detenerme, se valían de los dientes y aun con esto parecían no estar seguros de retenerme; así, unos me cogían por los pelos, otros por el cuello, y los que estaban menos enardecidos me registraban. El fruto de este registro fue más feliz que el de mi prisión, pues en él se toparon con el resto de mi oro.

Mientras estos piadosos médicos se afanaban curando la hidropesía de mi bolsa, se oyó un grande barullo, y en toda la plaza resonaban estas palabras: «¡Matadlos, matadlos!», y al mismo tiempo vi brillar espadas. Los señores que me tenían preso exclamaron que estas gentes que llegaban no eran sino los arqueros del gran preboste, que querían arrebatarles su caza. «Pero llevad cuidado -me dijeron ellos, que todavía me apretaban más de lo que acostumbraban-, llevad cuidado de caer entre sus manos, pues os condenarían en veinticuatro horas y ni el mismo rey os podría salvar». A pesar de esto, y habiéndose asustado de la batalla que ya consideraban próxima, me abandonaron tan totalmente que me quedé solo en medio de la calle, mientras los nuevos agresores iban haciendo una carnicería de cuanto a su paso encontraban. A vosotros dejo el pensar cómo no tomaría yo la carrera de mi fuga, puesto que tenía que temer tanto a los de un bando como a los del otro. En poco tiempo me alejé del tumulto, y cuando ya iba a preguntar por el camino de la puerta, un torrente de gentes que huían de la refriega desembocó en mi calle. No pudiendo oponerme a la corriente de la muchedumbre determiné seguirla; y ya fatigado por andar durante tanto tiempo, topé al final con una puertecilla muy obscura, en la que me interné en revuelta confusión con otros de los que huían. Una vez dentro atrancamos las puertas, y luego que todo el mundo recobró el aliento, uno de ellos dijo:

«Camaradas, si vos me creéis, cerremos los dos postigos y hagámonos fuertes en el patio». Estas espantosas palabras hirieron mis oídos con tan agudo dolor que creí caer muerto en la plaza. ¡Ay de mí! Luego me di cuenta de que en vez de salvarme en un asilo, como yo creía, me había metido sin darme cuenta en una prisión, pues era imposible escapar de la vigilancia de sus vigilantes. En seguida, contemplando más atentamente al hombre que me había hablado, le reconocí y vi que era uno de los arqueros que durante tan largo camino me habían perseguido. Entonces un sudor frío me brotó de la frente, me puse muy pálido y casi estuve a punto de desvanecerme. Al verme tan pálido, todos, estremecidos de compasión, fueron a pedir agua y se acercaron luego para socorrerme; por desdicha mía, el maldito arquero fue de los más prestos, y así que hubo puesto en mí sus ojos me reconoció. Hizo una seña a sus compañeros, y en seguida me saludaron todos con estas palabras: «Os hacemos prisionero en nombre del rey». Dichas las cuales, y sin ninguna otra ceremonia, quedé encarcelado.

Permanecí en un calabozo subterráneo hasta la tarde, en que todos los carceleros, uno tras otro, vinieron a verme para que, haciendo una escrupulosa disección de todas las partes de mi rostro, se les quedase éste grabado en el lienzo de su memoria.

Ya a las siete sonadas, el ruido de un gran llavero dio la señal de retreta; se me preguntó si quería que me condujesen a un calabozo de pago que costaba un escudo; yo contesté que sí inclinando la cabeza. «¡Pues venga el dinero!», me replicó el carcelero.

Comprendí yo entonces que estaba en un sitio donde tendría que soltar muchos más escudos, y por ello le rogué que si su cortesía no le permitía resolverse a abrirme un crédito hasta el día siguiente, le dijese de mi parte al calabocero que me devolviesen los escudos que me habían cogido. «A fe mía -me contestó este tunante-, nuestro calabocero tiene demasiado corazón para devolver nada a nadie. ¿O es que por vuestras hermosas narices...? ¡Bah!, vamos, vamos a los calabozos subterráneos». En diciendo estas palabras me indicó el camino con un golpe sonoro de su llavero, cuya pesadez me hizo caer y resbalarme de arriba abajo desde una altura obscura hasta el pie de una puerta que vino a detenerme; y no hubiese advertido que este obstáculo de mi caída era en efecto una puerta, sin el estropicio de mi tropezón, pues al toparla con la cabeza advertí lo que no pude ver con los ojos, que se me habían quedado en lo más alto de la escalera prendidos de una antorcha que sostenía, ochenta escalones más arriba, el verdugo de mi carcelero.

En efecto, este tigre de hombre fue bajando pian piano y después abrió treinta enormes cerraduras, destrancó otras tantas barras, y dejando la celda apenas entreabierta, con un rodillazo me empujó hasta aquella fosa, cuyo espantoso aspecto apenas tuve tiempo de contemplar, pues en seguida que yo entré cerró tras sí la puerta. Aquí quedé hundido en el cieno hasta las rodillas, y si alguna vez quería separarme un poco me hundía hasta la cintura. El cloqueo terrible de los sapos que chapoteaban en este cieno venía a hacer que no lamentase mi sordera; sentía que los lagartos se me subían por las piernas; que las culebras se me enroscaban al cuello, y a la luz de sus pupilas centelleantes pude entrever que una de éstas sacaba de negra garganta venenosa una lengua de tres puntas, dardeante, y cuyo brusco movimiento la hacía parecerse a un rayo encendido por el fuego de sus ojos.

Contaros muchas más cosas ya no puedo: están por encima de toda imaginación y ni siquiera yo pretendo acordarme, porque temo que si las rememoro la certeza de estar ya libre de mi prisión, que según creo puedo tener, se torne un sueño del que vaya a despertar. Ya la aguja del cuadrante de la gran torre marcaba las diez y aún no había venido nadie a llamar a la puerta de mi tumba; pero poco después, y cuando ya el dolor de mi amarga tristeza comenzaba a estrecharme el corazón y a desordenar ese armonioso equilibrio que da la vida, oí una voz que me invitaba a cogerme de una pértiga que se me enseñaba. Luego que durante bastante tiempo y en la obscuridad fui tentando el aire, topé por fin con un extremo de esa pértiga y me abracé a ella con toda la emoción de mi alma.

Entonces mi calabocero, cobrándola por el otro extremo, me pescó de en medio de este pantano. Yo sospeché que mis asuntos habían tomado otra fase, pues me hizo profundas cortesías, me habló con la cabeza descubierta y me dijo que cinco o seis personas de alta condición me esperaban en el patio para verme. Y hasta la bestia salvaje que me había encerrado en la cueva que os he descrito se atrevió a abordarme, e hincando una rodilla en tierra y besándome las manos, con una de sus patas fue quitándome los caracoles que se habían enredado en mis cabellos y con la otra hizo caer un montón de sanguijuelas que estaban incrustadas en mi rostro.

Después de esta admirable cortesía me dijo: «Al menos, mi buen señor, os acordaréis de los cuidados con que os ha asistido este simple Nicolasón. Pardiez, ¡voto al chápiro!

¡Ni que hubieseis sido el rey!, ¿eh? No es que quiera quitaros méritos, ¡vaya!, pero

¡pardiez!..., si me lo agradecieseis...»

Encolerizado por la desvergüenza de este bribón le indiqué con un gesto que no dejaría de acordarme. Y dando mil rodeos espantosos llegué por fin a la luz y luego al patio, en el cual, tan pronto como entré, dos hombres me cogieron; no pude yo conocerlos porque se abrazaron a mí rápidamente, y uno y otro tenían su cara pegada a la mía. Mucho tiempo estuve así sin conocerlos; pero como ellos diesen una corta tregua a los arrebatos de su amistad, pude ver que eran mi querido amigo Colignac y el generoso marqués. Colignac tenía el brazo en cabestrillo, y Cussan fue el primero que salió de su éxtasis. «¡Ay! -dijo-, nunca hubiésemos sospechado tan gran desastre si vuestro corcel y vuestro mulo no hubieran llegado esta noche a las puertas de mi castillo; su ante pechera, sus cinchas y sus gruperas estaban completamente rotas, y esto nos hizo sospechar que alguna desgracia os habría sobrevenido; en seguida hemos montado a caballo, y aun no habíamos andado tres o cuatro leguas hacia Colignac, cuando los aldeanos, emocionados por este accidente, nos han dado detalles de sus circunstancias. Al galope tendido nos hemos llegado hasta la aldea en donde vos estabais prisionero; pero como allí nos enterásemos de vuestra evasión, guiados por el rumor muy divulgado de que os habíais ido camino de Tolosa, con las gentes que se nos han allegado hemos venido hasta aquí a galope tendido. El primero a quien hemos pedido noticias vuestras nos dijo que de nuevo habíais sido detenido. En seguida hemos arreado hacia aquí nuestros caballos; pero otras gentes nos aseguraron que os habíais escapado de las manos de los corchetes; como íbamos adelantando camino, los aldeanos se decían unos a otros que os habíais vuelto invisible; por fin, y a fuerza de preguntar, hemos logrado saber que después de haberos prendido y vos escapado, y haberos vuelto a prender no sé cuántas veces, os habían conducido a la prisión de la Gran Torre. Con esto fuimos a salir al encuentro de los arqueros, y con una dicha más aparente que verdadera los hemos encontrado por fin, combatiendo primero y luego puestos en fuga. Pero nada hemos podido averiguar con las noticias que de vos nos han dado los heridos, ni hemos sabido qué es lo que os había sucedido, hasta que esta mañana nos han dicho que vos mismo, ciegamente, habíais venido a poneros en salvo en esta prisión. Colignac ha sido herido en algunas partes, pero muy ligeramente. Hablando ya de otra cosa, nosotros acabamos de dar orden de que seáis alojado en la mejor celda de aquí. Como vos amáis mucho el aire libre, hemos mandado que os amueblen, para vos solo, una habitación situada en lo más alto de la torre, para que así la terraza os sirva de balcón; de modo que, aunque tengáis el cuerpo prisionero, tendréis los ojos en libertad».

«¡Ay, mi querido Dyrcona -exclamó entonces el conde tomando la palabra-, cuántas desdichas por no haberte llevado con nosotros cuando salimos de Colignac!» El corazón, con no sé qué ciega tristeza, cuya causa yo ignoraba, me predecía algo espantoso; pero no importa, yo tengo buenos amigos, tú eres inocente, y en todo caso yo sé muy bien cómo se muere gloriosamente. Tan sólo una cosa me desespera, y es que el bribón al cual yo quería dar los primeros golpes de mi venganza (ya sospecharás que me refiero a mi cura) no puede ya recibirlos: el miserable acaba de entregar su alma a Dios. He aquí detalles de su muerte. Iba corriendo con su servidor para encerrar a tu corcel en su cuadra, cuando este caballo, que posee una fidelidad acaso aumentada por las secretas luces de su instinto, lleno de fogosidad se puso a galopar, y con tanta furia y éxito lo hizo que con tres coces que dieron al traste con la cabeza de ese bufón dejó vacante su prebenda. Tú no comprenderás acaso las causas del odio que me tenía este insensato, mas yo te las voy a descubrir. Sepas, ante todo, para empezar la historia por sus comienzos, que este santo varón, normando de nacimiento y enredador de oficio, que desbeneficiaba con el dinero de los peregrinos una capilla abandonada, puso sus miras sobre el curato de Colignac, y a pesar de mis esfuerzos para mantener al que lo gozaba en el derecho que le asistía, el muy pícaro se mostró tan meloso con sus jueces que por fin y muy a nuestro pesar fue nuestro pastor.

Al cabo de un año tuvo conmigo un pleito para hacer que yo pagase el diezmo. Por más que se le demostró que desde tiempo inmemorial mi tierra estaba libre de ese tributo, quiso seguir su proceso y lo perdió al fin; pero en el curso del pleito promovió tantos incidentes, que, a fuerza de intrigas, más de veinte pleitos han salido de esos incidentes; pleitos que ahora quedarán abandonados gracias a que la herradura del caballo ha sido más dura que el cerebro de monseñor Juan. He aquí lo que según mis conjeturas es causa del vértigo de odio que sentía nuestro pastor. Mas ahora admiraos del celo que ponía en la ejecución de su rabia. Me acaban de asegurar que como se metiese en la cabeza la manía de encarcelaros, había pedido la permuta de su curato con otro curato de su país, al cual esperaba retirarse tan pronto como vos quedaseis preso. Su mismo servidor ha dicho que al ver a tu caballo cerca de la cuadra había oído decir a su amo que ese caballo le serviría muy bien para marcharse a algún lugar en el cual no podríamos encontrarle».

Luego de todas estas razones, Colignac me advirtió que desconfiase de los ofrecimientos y las visitas que tal vez me hiciese un señor muy poderoso cuyo nombre me declaró; que este señor era el que había puesto toda la influencia necesaria para que monseñor Juan obtuviese el beneficiado que pretendía y que ahora había tomado mi asunto por su cuenta para pagar con su interés los servicios que el buen párroco, desde que se había hecho pedante, había prestado en el colegio a un su hijo. «Por lo demás -

continuó Colignac-, como no es posible pleitear sin encono y sin que quede en el alma una enemistad que ya nunca se borra, aunque nos hayan repatriado, él siempre ha buscado secretamente las ocasiones de mortificarme. Pero no importa; yo tengo más parientes togados que él y tengo muchos amigos que si vienen las cosas mal nos ayudarán para implorar el favor de la autoridad real».

Después que Colignac hubo dicho estas palabras, uno y otro trataron de consolarme; pero lo hicieron con muestras de un dolor tan tierno, que el mío aun se aumentó más.

Mientras tanto, mi calabocero vino a advertirnos que mi habitación estaba ya preparada. «Vamos a verla», dijo Cussan, y echó a andar; nosotros le seguimos. Yo la encontré muy bien. «No le falta nada -les dije-; tan sólo el tener libros». Colignac me prometió que al día siguiente me enviaría tantos como yo le pidiese en una lista. Cuando atentamente observamos y reconocimos que por la altura de mi torre, por las fosas hondísimas que la rodeaban y por la disposición total de mi habitación el salvarme era una empresa fuera del poder humano, mis dos amigos, mirándose uno al otro, se pusieron a llorar; pero como si de pronto nuestro dolor hubiese afligido al Cielo, una súbita alegría atrajo la esperanza, y la esperanza a su vez encendió en nosotros secretas luces con las cuales mi razón hasta tal punto quedó maravillada que con un arranque involuntario que hasta a mí mismo me parecía ridículo, les dije: «Id, id y esperadme en Colignac; yo estaré allí dentro de tres días; mientras tanto, enviadme todos los instrumentos de matemáticas con los cuales Yo trabajo de costumbre; también encontraréis en una gran caja muchos cristales con diversas formas tallados: no los olvidéis. Quizá fuera mejor que hubiese especificado en una Memoria todas las cosas que me hacen falta».

Ellos se hicieron cargo de mis demandas sin que pudiesen averiguar mi intención.

Después de lo cual yo los despedí.

Luego de su partida yo no hice otra cosa que rumiar la ejecución de lo que había premeditado, y todavía estaba rumiándolo al día siguiente cuando, en el nombre de mis amigos, me trajeron todas las cosas que yo había indicado en mi demanda. Un ayuda de cámara de Colignac me dijo que desde el día anterior no habían visto a su dueño y que ignoraban su paradero. Este accidente no me afligió nada porque en seguida me vino al pensamiento que probablemente habría ido a la corte para solicitar mi rescate. Por lo cual, sin asombrarme, puse manos a la obra. Durante ocho días carpinteé, acepillé, encolé, en fin, construí la máquina que voy a describiros.

Consistía en una gran caja muy ligera que se cerraba con precisa exactitud; tenía aproximadamente seis pies de altura y tres o cuatro de ancho. Esta caja estaba agujereada por bajo y por encima de la tapa, que también estaba agujereada; yo puse sobre ésta una vasija de cristal, también agujereada, que tenía la forma de un globo, pero muy amplia y cuyo gollete venía a parar y se encajaba en el agujero que yo había hecho en su montera.

La vasija estaba hecha de propósito con muchos ángulos y en forma de icosaedro para que merced a la disposición en facetas, a la vez cóncavas y convexas, mi bola produjese el efecto de un espejo ardiente.

Ni mi calabocero ni mis carceleros subían una sola vez a mi habitación que no me hallasen ocupado en este trabajo; pero no se asombraban de ello a causa de las maravillas de mecánica que veían en mi cuarto y de las cuales yo me consideraba el inventor. Entre otras muchas de esas maravillas había un reloj de viento, un ojo artificial, con el que se podía ver de noche, y una esfera en la cual los astros seguían el mismo movimiento que tienen en el cielo. Todo esto bastaba a convencerles que la máquina en la que yo trabajaba era una curiosidad semejante; además de esto, el dinero con que Colignac les untaba, les hacía ir dulcemente por muy difíciles pasos. Así ordenadas todas las cosas, a las nueve de la mañana, cuando mi calabocero había bajado y el cielo estaba obscurecido, puse yo mi máquina en lo más alto de mi torre, es decir, en el lugar más descubierto de la terraza. Se cerraba la máquina tan herméticamente que ni un soplo de aire podía introducirse en ella si no es por las dos aberturas; dentro de la máquina había yo puesto una ligera tabla que me servía de asiento.

Una vez que todo estuvo dispuesto de esta guisa, me encerré yo dentro, y así estuve cerca de una hora esperando lo que la fortuna quisiera hacer de mí.

Cuando el Sol, libre ya de las nubes que le empañaban, comenzó a alumbrar mi máquina, el icosaedro transparente de ésta, que recibía a través de sus facetas los tesoros del Sol, esparcía por su boca la luz en mi celda, y como este esplendor se iba debilitando porque los rayos no podían replegarse hasta mí sin romperse muchas veces, su vigorosa claridad ya disminuida convertía mi encierro en un pequeño cielo de púrpura esmaltado de oro.

Estaba yo extasiado contemplando la belleza de tan matizado color, cuando de pronto noté que mis entrañas me temblaban del mismo modo que las sentirían palpitar los que de pronto se notasen aupados por una polea.

Ya iba yo a intentar abrir mi encierro para averiguar la causa de esta emoción, pero al adelantar la mano advertí, por el agujero del piso de mi caja, que mi torre estaba ya muy por debajo de mí y que mi pequeño castillo, andando por el aire, en un santiamén me hizo ver a la ciudad de Tolosa hundiéndose en la Tierra. Este prodigio me dejó asombrado, y no tanto a causa de un esfuerzo tan súbito como por el espantoso arranque de la razón humana con el éxito de un propósito que con sólo imaginarlo me había asustado. Lo demás no me sorprendió nada, porque yo había previsto ya que el vacío que se produciría en el icosaedro, a causa de la convergencia de los rayos del Sol provocada por los cristales cóncavos, atraerían, para llenarlo, una impetuosa abundancia de aire, con la cual mi caja se elevaría de tal modo que así que iría elevándome el horrible viento que se adentraría por el agujero no podría elevarse hasta la techumbre sin que penetrando en esta máquina con furia, la impulsase hacia lo alto. Aunque mi propósito estuviese meditado con muchas precauciones, vino sin embargo a equivocarme una circunstancia por no haber confiado bastante en la virtud de mis espejos. Alrededor de mi caja yo había izado una vela pequeña, fácil de manejar, con una escota cuyo chicote tenía yo en mis manos y que pasaba por la boca de la vasija; hice esto porque pensaba que con tal arte, cuando estuviese en el aire, podría aprovechar todo el viento que me fuese necesario para llegar a Colignac; pero en un abrir y cerrar de ojos, el Sol, que daba de lleno y oblicuamente sobre los espejos del icosaedro, me elevó a tal altura que perdí de vista Tolosa. Esto me obligó a abandonar mi escota; poco tiempo después advertí, mirando por una de las ventanillas que había practicado en los cuatro costados de la máquina, que mi pequeña vela, arrancada por el viento, volaba a la merced de un torbellino que dentro de ella hacía el aire. Recuerdo que en menos de una hora me encontré por encima de la región media. De esto me di cuenta fácilmente porque vi llover y granizar por debajo de mí. Acaso se me preguntará que de dónde procedía entonces el viento necesario para que mi máquina pudiera elevarse, ya que estaba en una parte del Cielo exenta de meteoros. Pero si se tiene buena voluntad para escucharme, pronto daré yo satisfactoria respuesta a esa objeción. Ya os he dicho que el Sol, que daba vigorosamente con sus rayos sobre los cristales cóncavos, uniendo sus rayos en el centro de la vasija, repelía el aire con su ardor, expulsándolo por el tubo alto de que ésta estaba llena; de tal modo, que al producirse el vacío en la vasija, como la Naturaleza aborrece a éste, la llenaba de otro aire por la parte baja; así, tanto perdía como recuperaba; por esto no hay que asombrarse de que en una región situada sobre la región media en que se forman los vientos yo siguiese elevándome, pues el éter se convertía en viento por la frenética velocidad con que se adentraba en mi máquina para impedir su vacío, con lo cual y como consecuencia debía empujar sin tregua a mi máquina.

Casi no me molestó nunca el hambre, si se exceptúan los momentos en que atravesaba esta región media; porque, verdaderamente, la frialdad del clima me la hizo ver desde lejos; y digo desde lejos porque una botella de licor que siempre yo llevaba conmigo, y de la cual bebí algunos sorbos, impidió que el hambre se me acercase.

Durante el resto de mi viaje no me sentí alcanzado por ella; antes bien, cuanto más avanzaba hacia el Sol, ese mundo inflamado, más robusto me encontraba. Sentía mi rostro más caliente y alegre que de costumbre, mis manos se me teñían con un color bermejo y agradable, y no sé qué alegría filtraba por mi sangre que me hacía estar como fuera de mí.

Me acuerdo de que reflexionando acerca de esta aventura alguna vez pensé de esta manera: «El hambre, sin duda, no ha podido alcanzarme porque como su dolor no es más que un intento de la Naturaleza, que obliga a los animales a reparar con la alimentación lo que de su substancia pierden, y hoy siento que el Sol, con su cura constante y cercana irradiación, me hace reparar todo el calor radical que voy perdiendo, ya con ello no siento los deseos de un hambre que en este caso sería vana». A estas razones mías yo mismo me objetaba que puesto que el temperamento, que es lo que constituye la vida, no sólo consistía en ese calor natural, sino también en esa humedad sobre la que el fuego debe prenderse como la llama en el aceite de una lámpara, los rayos de ese brasero vital no podrían alimentarnos el alma si no encontraban alguna materia untuosa que los atrajese hacia sí. Pero muy luego vencí esta dificultad, reparando en que en nuestros cuerpos la humedad radical y el calor natural no son más que una misma cosa; pues lo que se llama húmedo, sea en los animales, sea en el Sol, esa grande alma del mundo, no es más que una fluxión de chispas, más continuas a causa de su movilidad, y lo que se llama calor es una confusión de átomos de fuego que parecen menos sueltos a causa de su interrupción.

Pero aun cuando el calor y la humedad radical fuesen dos cosas distintas, es desde luego cierto que la humedad no sería necesaria para vivir cerca del Sol, porque puesto que esta humedad no sirve entre los vivos sino para detener el calor que de otro modo se exhalaría demasiado rápidamente y no se repararía con suficiente prontitud, no habría que temer su falta en una región en la cual se reunían muchos más corpúsculos llameantes constitutivos de la vida que los que de mi cuerpo se desprendían.

Otra cosa puede también asombrar; es a saber: que las cercanías de este globo ardiente no me consumieron, puesto que yo casi habla alcanzado la plena actividad de su esfera; pero he aquí la razón de ello. Hablando con exactitud, no es precisamente el fuego el que quema, sino una materia más densa a la que el fuego empuja aquí y allá merced a los impulsos de su naturaleza movediza. Y el polvo de chispas que yo llamo fuego, al moverse, ejerce seguramente su acción merced a la redondez de esos átomos, pues ellos entibian, calientan o queman según la naturaleza de los cuerpos que arrastran consigo.

Así, la paja no produce una llama tan ardiente como la madera; la madera se quema con menos violencia que el hierro, y esto por la razón de que el fuego del hierro, de la paja y de la madera, aunque en realidad sean el mismo fuego, obran sin embargo distintamente, según la diversidad de los cuerpos quemados. Por esto en el caso de la paja, el fuego, ese polvo casi espiritual, como no está estorbado sino por un cuerpo blando, es menos corrosivo; en la madera, cuya substancia es más compacta, entra con más dificultad, y en el hierro, cuya masa es casi totalmente sólida y bien trabada por parte angulares, penetra y consume en un periquete todo lo que se le opone. Como estas observaciones son tan familiares, no creo ya que extrañe a nadie que aun aproximándome al Sol no me quemase; pues lo que quema no es el fuego, sino la materia en que éste se fija, y como el fuego del Sol no puede mezclarse a ninguna materia, no puede quemar. ¿Nosotros mismos no sentimos que la alegría, que en realidad no es más que un fuego, porque sólo actúa sobre una sangre aérea, cuyas partículas muy libres resbalan suavemente sobre las membranas de nuestra carne, nos consuela con tibieza y hace nacer en nuestro cuerpo no sé qué ciega voluptuosidad? ¿Y esa voluptuosidad o, mejor dicho, este primer progreso del dolor, no llegan a veces hasta amenazar con la muerte y hacernos sentir que el deseo causa un movimiento en nuestros espíritus que nosotros llamamos alegría? Por esto la fiebre, aunque produzca muy distintos efectos, no es otra cosa que un fuego como lo es el de la alegría; pero está envuelto por un cuerpo cuyos átomos son cornudos, como la bilis negra o la melancolía, que dando pinchazos, con sus puntas encorvadas, por allí donde su naturaleza movible le arrastra, taladra, corta, desuella y produce con toda esta violenta agitación lo que se llama ardor de fiebre.

Pero toda esta trabazón de pruebas no sirve para nada; en cambio las más vulgares experiencias bastan para convencer a los obstinados. Yo no tengo tiempo que desperdiciar y he de pensar en mí. Como Faetón, estoy en medio de un camino del que ya no podría retroceder y en el cual, si diese un paso en falso, ni todas las fuerzas de la Naturaleza unidas podrían salvarme.