Historia de las Indias por Francisco López de Gomara - muestra HTML

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Historia General de las Indias

Francisco López de Gómara

[3]

A los leyentes

Toda historia, aunque no sea bien escrita, deleita. Por ende, no hay que recomendar la nuestra, sino avisar cómo es tan apacible cuanto nueva por la variedad de cosas, y tan notable como deleitosa por sus muchas extrañezas. El romance que lleva es llano y cual ahora usan; la orden, concertada e igual; los capítulos, cortos para ahorrar palabras; las sentencias, claras, aunque breves. He trabajado por decir las cosas como pasan. Si algún error o falta hubiere, suplidlo vos por cortesía, y si aspereza o blandura, disimulad, considerando las reglas de la historia; que os certifico no ser por malicia. Contar cuándo, dónde y quién hizo una cosa, bien se acierta; empero, decir cómo es dificultoso; y así, siempre suele haber en esto diferencia. Por tanto, se debe contentar quien lee historias de saber lo que desea en suma y verdadero; teniendo por cierto que particularizar las cosas es engañoso y aun muy odioso; lo general ofende poco si es público, aunque toque a cualquiera; la brevedad a todos place; solamente descontenta a los curiosos, que son pocos, y a los ociosos, que son pesados. Por lo cual he tenido en esta mi obra dos estilos, ca soy breve en la historia y prolijo en la conquista de Méjico. Cuanto a las entradas y conquistas que muchos han hecho a grandes gastos, y yo no trato de ellas, digo que dejo algunas por ser de poca importancia y porque las más de ellas son de una misma manera, y algunas por no las saber, que sabiéndolas no las dejaría. En lo demás, ningún historiador humano contenta jamás a todos; porque si uno merece alguna loa, no se contenta con ninguna y la paga con ingratitud; y el que hizo lo que no querría oír, luego lo reprehende todo; con que se condena de veras. [5]

A los trasladores

Algunos por ventura querrán trasladar esta historia en otra lengua, para que los de su nación entiendan las maravillas y grandezas de las Indias y conozcan que las obras igualan, y aun sobrepujan, a la fama que de ellas anda por todo el mundo. Yo ruego mucho a los tales, por el amor que tienen a las historias, que guarden mucho la sentencia, mirando bien la propiedad de nuestro romance, que muchas veces ataja grandes razones con pocas palabras. Y que no quiten ni añadan ni muden letra a los nombres propios de indios, ni a los sobrenombres de españoles, si quieren hacer oficio de fieles traducidores; que de otra manera, es certísimo que se corromperán los apellidos de los linajes. También los aviso cómo compongo estas historias en latín para que no tomen trabajo en ello. [7]

A don Carlos

Emperador de romanos, Rey de España, señor de las Indias y nuevo mundo, Francisco López de Gómara, clérigo

Muy soberano Señor: La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de Indias; y así las llaman Nuevo Mundo. Y no tanto te dicen nuevo por ser nuevamente hallado, cuanto por ser grandísimo y casi tan grande como el viejo, que contiene a Europa, África y Asia. También se puede llamar nuevo por ser todas sus cosas diferentísimas de las del nuestro. Los animales en general, aunque son pocos en especie, son de otra manera; los peces del agua, las aves del aire, los árboles, frutas, hierbas y grano de la tierra, que no es pequeña consideración del Criador, siendo los elementos una misma cosa allá y acá. Empero los hombres son como nosotros, fuera del color, que de otra manera bestias y monstruos serían y no vendrían, como vienen de Adán. Mas no tienen letras, ni moneda, ni bestias de carga; cosas principalísimas para la policía y vivienda del hombre; que ir desnudos, siendo la tierra caliente y falta de lana y lino, no es novedad. Y

como no conocen al verdadero Dios y Señor, están en grandísimos pecados de idolatría, sacrificios de hombres vivos, comida de carne humana, habla con el diablo, sodomía, muchedumbre de mujeres y otros así. Aunque todos los indios que son vuestros subjectos son ya cristianos por la misericordia y bondad de Dios, y por la vuestra merced y de vuestros padres y abuelos, que habéis procurado su conversión y cristiandad. El trabajo y peligro vuestros españoles lo toman alegremente, así en predicar y convertir como en descubrir y conquistar. Nunca nación extendió tanto como la española sus costumbres, su lenguaje y armas, ni caminó tan lejos por mar y tierra, las armas a cuestas. [8] Pues mucho más hubieran descubierto, subjectado y convertido si vuestra majestad no hubiera estado tan ocupado en otras guerras; aunque para la conquista de las Indias no es menester vuestra persona, sino vuestra palabra. Quiso Dios descubrir las Indias en vuestro tiempo y a vuestros vasallos, para que los convirtiésedes a su santa ley, como dicen muchos hombres sabios y cristianos. Comenzaron las conquistas de los indios acabadas la de moros, por que siempre guerreasen españoles contra infieles; otorgó la conquista y conversión el papa; tomaste por letra Plus ultra , dando a entender el señorío de Nuevo Mundo. Justo es, pues, que vuestra majestad favorezca la conquista y los conquistadores, mirando mucho por los conquistados. Y también es razón que todos ayuden y ennoblezcan las Indias, unos con santa predicación, otros con buenos consejos, otros con provechosas granjerías, otros con loables costumbres y policía. Por lo cual he yo escrito la historia: obra, ya lo conozco, para mejor ingenio y lengua que la mía; pero quise ver para cuánto era.

Publícola tan presto porque, no tratando del Rey, no hay qué aguardar. Intitúlola a vuestra majestad, no por que no sabe las cosas de Indias mejor que yo, sino por que las vea juntas, con algunas particularidades tan apacibles como nuevas y verdaderas. Y aun por que vaya más segura y autorizada so el amparo de vuestro imperial nombre; que la gracia y la perpetuidad la misma historia se la dará o quitará. Hágola de presente en castellano por que gocen de ella luego todos nuestros españoles. Quedo haciéndola en latín de más espacio, y acabaréla presto. Dios mediante, si vuestra majestad lo manda y favorece. Y allí diré muchas cosas que aquí se callan, pues el lenguaje lo sufre y lo requiere; que así hago en las guerras de mar de nuestro tiempo, que compongo; donde vuestra majestad, a quien Dios nuestro Señor dé mucha vida y victoria contra los enemigos, tiene gran parte. [9]

Historia general de las Indias

Es el mundo tan grande y hermoso, y tiene tanta diversidad de cosas tan diferentes unas de otras, que pone admiración a quien bien lo piensa y contempla. Pocos hombres hay, si ya no viven como brutos animales, que no se pongan alguna vez a considerar sus maravillas, porque natural es a cada uno el deseo de saber. Empero unos tienen este deseo mayor que otros, a causa de haber juntado industria y arte a la inclinación natural; y estos tales alcanzan muy mejor los secretos y causas de las cosas que naturaleza obra; aunque, a la verdad, por agudos y curiosos que son, no pueden llegar con su ingenio ni propio entendimiento a las obras maravillosas que la Sabiduría divina misteriosamente hizo y siempre hace; en lo cual se cumple lo del Eclesiástico, que dice: "Puso Dios al mundo en disputa de los hombres, con que ninguno de ellos pueda hallar las obras que él mismo obró y obra". Y aunque esto sea así verdad, según que también lo afirma Salomón, diciendo: "Con dificultad juzgamos las cosas de la tierra y con trabajo hallamos lo que vemos y tenemos delante", no por eso es el hombre incapaz o indigno de entender al mundo y sus secretos; ca Dios crió al mundo por causa del hombre, y se lo entregó en su poder, e puso debajo los pies, y, como Esdrás dice, los que moran en la tierra pueden entender lo que hay en ella; así que, pues Dios puso el mundo en nuestra disputa y nos hizo capaces y merecedores de lo poder entender, y nos dio inclinación voluntaria y natural de saber, no perdamos nuestros privilegios y mercedes. [10]

- I -

El mundo es uno, y no muchos, como algunos filósofos pensaron

Opinión y tema fue de muchos y grandes filósofos, hombres en su tiempo tenidos por muy sabios, que había muchos mundos. Leucipo, Demócrito, Epicuro, Anaximandro y los otros, porfiados en que todas las cosas se engendran y crían del tamo y átomos, que son unos pedacitos de nada como los que vemos al rayo del sol, dijeron que había muchos mundos; y que así como de solas veinte y tantas letras se componen infinitos libros, así, ni más ni menos, de aquellos pocos y chicos átomos y menudencias se hacen muchos y diversos mundos. Esto afirmaban, creyendo que todo era infinito. Y así a Metrodoro le parecía cosa fea y desproporcionada no haber en este infinito más de un solo mundo, como sería si en una muy gran viña no hubiese sino una cepa, o en una gran pieza una sola espiga. Orfeo tuvo que cada estrella era un mundo, a lo que Galeno escribe de historia filosófica. Y lo mismo dijeron Heráclides y otros pitagóricos, según refiere Teodorito, De materia y mundo. Seleuco, filósofo, según escribe Plutarco, no se contentó con decir que había infinitos mundos, sino que también dijo ser el mundo infinible, como quien dijese que no puede tener cabo donde fenezca su fin. Creo que de aquí le tomó ansia al gran Alejandro de conquistar el universo; pues claramente, a lo que Plutarco cuenta, lloró oyendo un día disputar esta cuestión a Anaxarco. El cual, preguntada la causa de lágrimas tan fuera de tiempo, respondió que lloraba con justa y gran razón, pues habiendo tantos mundos como Anaxarco decía, no era él aún señor de ninguno. Y así, después, cuando emprendió la conquista de este nuestro mundo, imaginaba otros muchos y pretendía señorearlos todos. Mas atajóle la muerte los pasos antes que pudiese sujetar medio. También dice Plinio: "Creer que hay infinitos mundos procedió de querer medir el mundo a pies"; lo cual tiene por atrevimiento, aunque dice llevar tan sutil y buena cuenta que sería vergüenza no creerlo. De la opinión de estos filósofos salió el refrán que cuando uno se halla nuevo en alguna cosa dice que le parece estar en otro mundo. Poco estimáramos el dicho de estos gentiles, pues como dice San Agustín, se revolcaron por infinitos mundos con su vano pensamiento; ni el de los herejes dichos ocios, ni el de los talmudistas, que afirman decinueve mil mundos, pues escriben contra los Evangelios, si no hubiese teólogos que hagan mención de más mundos. Baruch habló de siete mundos, como dice Orígenes; y Clemente, discípulo de los apóstoles, dijo en una su epístola, según Orígenes lo acota en el Periarcón: "No es navegable el mar Océano; y aquellos mundos que detrás de él están se gobiernan por providencia del mismo Dios." También San Jerónimo alega esta misma autoridad sobre la epístola de San Pablo a los efesios, donde [11] dice: "Todo el mundo está puesto en malignidad." En muchas partes del Testamento Nuevo está hecha mención de otro mundo; y Cristo, que es la misma verdad, dijo que su reino no era de este mundo, y llamó al diablo príncipe de este mundo.

Diciendo éste, parece que hay otros, a lo menos otro; y por eso erraron los herejes ocios, que, no entendiendo bien la Escritura Sagrada, inferían ser innumerables los mundos; y quien creyese que hay muchos mundos como el nuestro, erraría malamente como ellos. Mundo es todo lo que Dios crió: cielo, tierra, agua y las cosas visibles, y que, como dice San Agustín contra los académicos, nos mantienen; lo cual afirman todos los filósofos cristianos, y aun los gentiles, si no es Aristóteles con sus discípulos, que hace al cielo diferente del mundo, en el tratado que de ellos compuso. Este, pues, es el mundo que Dios hizo, según lo certifican San Juan Evangelista y más largamente Moisen: que si hubiera más mundos como él, no los callaran. El reino de Cristo, que no era de este mundo, porque respondamos a ellos, es espiritual y no material; y así decimos el otro mundo, como la otra vida y como el otro siglo; lo cual declara muy bien Esdrás, diciendo: "Hizo el Altísimo este siglo para muchos; y el otro, que es la gloria, para pocos"; y San Bernardo llama inferior a este mundo en respecto del cielo. Cuanto a los mundos que pone Clemente detrás del Océano, digo que se han de entender y tomar por orbes y partes de la tierra; que así llama Plinio y otros escritores a Escandinavia, tierra de Godos, y a la isla Taprobana, que agora dicen Zamora. Y

Epicuro, según Plutarco refiere, tenía por mundos a semejantes orbes y bolas de tierra, apartados de la Tierra-Firme como islas. Y por ventura estos tales pedazos de tierra son el orbe y redondez que la Escritura llama de tierras, y la que llama de tierra ser todo el mundo terrenal. Yo, aunque creo que no hay más de un solo mundo, nombraré muchas veces dos aquí en esta mi obra, por variar de vocablos en una misma cosa, y por entenderme mejor llamando nuevo mundo a las Indias, de las cuales escribimos.

- II -

Que el mundo es redondo, y no llano

Muchas razones hay para probar ser el mundo redondo y no llano. Empero la más clara y más a ojos vistas es la vuelta redonda que con increíble presteza le da el Sol cada día. Siendo, pues, redondo todo el cuerpo del mundo, de necesidad han de ser redondas todas sus partes, especial los elementos, que son tierra, agua, aire, fuego. La Tierra, que es el centro del mundo, según lo muestran los equinoccios, está fija, fuerte, y tan recia [12] y bien fundada sobre sí misma, que nunca faltará ni flaqueará; y sin esto, tira y atrae para sí los extremos. La mar, aunque es más alta que la tierra, y muy mayor, guarda su redondez en medio y sobre la tierra, sin derramarse ni sin cubrirla, por no quebrantar el mandamiento y término que le fue dado; antes ciñe de tal manera, ataja y hiende la tierra por muchas partes, sin mezclarse con ella, que parece milagro. Muchos pensaron ser como huevo o pifia o pera, y Demócrito, redondo como plato; empero, cóncavo. Mas Anaximandro y Anaxímenes y Lactancio, y los que niegan los antípodes, afirman ser llano este cuerpo redondo, que hacen agua y tierra. Llaman llano en comparación de redondo, aunque veían muchas sierras y valles en él. Cualquiera hombre de razón, aunque no tenga letras, caerá luego en cuanto los tales tropezaban en llanura de su mundo; y así, no es menester más declaración.

- III -

Que no solamente es el mundo habitable, mas que también es habitado No se harta la curiosidad humana así como quiera, o que lo hagan los hombres por saber más, o por no estar ociosos, o porque (como dice Salomón) quieren meterse en honduras y trabajos, pudiendo vivir descansados. Bastaríales saber que Dios hizo el mundo redondo y apartó la tierra de las aguas para vivienda de los hombres, sino que también quieren saber si se habita o no toda ella. Thales, Pitágoras, Aristóteles, y tras él casi todas las escuelas griegas y latinas, afirman que la tierra en ninguna manera se puede toda morar, en una parte de muy caliente, y en otras de muy fría. Otros, que reparten la tierra en dos partes, a quien llaman hemisferios, dicen que no hay hombres en la una ni los puede haber, sino que de pura necesidad han de vivir en la otra, que es donde nosotros estamos, y aun de ella quitan tres tercios, de cinco que le ponen; de suerte que, según ellos, solas dos partes, de cinco que tiene la tierra, son habitables.

Para que mejor entiendan esto los romancistas, que los doctos ya se lo saben, quiero alargar un poco la plática. Queriendo probar cómo la mayor parte de la tierra es inhabitable, fingen cinco fajas, que llaman zonas, en el cielo, por las cuales reglan el orbe de la tierra. Las dos son frías, las dos templadas y la otra caliente. Si queréis saber cómo son estas cinco zonas, poned vuestra mano izquierda entre la cara y el sol cuando se pone, con la palma hacia vos, que así lo enseñó Probo, gramático; tened los dedos abiertos y extendidos, y mirando al sol por entre ellos haced cuenta que cada uno [13] es una zona: el dedo pulgar es la zona fría de hacia el norte, que por su demasiada frialdad es inhabitable; el otro dedo es la zona templada y habitable, do está el trópico de Cáncer; el dedo de medio es la tórrida zona, que por tostar y quemar los hombres la llaman así, y es inhabitable; el dedo del corazón es la otra zona templada, donde está el trópico de Capricornio; el dedo menor es la otra zona fría e inhabitable, que cae al sur. Sabiendo, pues, esta regla, es entendido lo habitable o inhabitable de la tierra, que dicen éstos. Y aun Plinio, disminuyendo lo habitado, escribe que de cinco partes, que llaman zonas, quita las tres el cielo a la tierra, que son lo señalado por los dedos pulgar y menor y el de medio, y que también le hurta algo el Océano; y aun en otro lugar dice que no hay hombres sino en el Zodíaco. La causa que ponen para no poder vivir hombres en la región de los polos, y el excesivo calor que hay debajo de la tórrida zona por la vecindad y continua presencia del Sol. Lo mismo afirman Durando, Scoto y casi todos los teólogos modernos; y Juan Pico de la Mirándola, caballero doctísimo, sustentó en las conclusiones que tuvo en Roma delante el papa Alejandro VI cómo era imposible vivir hombre ninguno debajo la tórrida zona. Pruébase lo contrario con dichos de los mismos escritores y con autoridades de sabios antiguos y modernos, con sentencia de la divina Escritura y con la experiencia. Strabón, Mela y Plinio, que afirman lo de las zonas, dicen cómo hay hombres en Etiopía, en la Aurea Chersoneso y en Taprobana, que son Guinea, Malaca y Zamotra, las cuales caen debajo de su tórrida; y que Escandinavia, los montes hiperbóreos y otras tierras que caen al Norte, en lo que señala el dedo pulgar, están pobladas de gente. Estos hiperbóreos están debajo el Norte, según dicen Herodoto en su Melpóneme, y Solino, en el Polihistor; mas Ptolomeo no los pone tan vecinos al polo, sino en algo más de setenta grados de la Equinoccial, y Matías de Micoy los niega; por lo cual se maravillan de Plinio (autor gravísimo) que mostrase contradicción en lo de las zonas, y descuido o poco saber en geografía y matemática. El primero que afirmó ser habitable la tierra de esa parte de las zonas templadas fue Parménides, según cuenta Plutarco. Solino, refiriendo escritores viejos, pone los hiperbóreos donde un día dura medio año y una noche otro medio, por estar de ochenta grados arriba, viviendo muy sanos, y tanto tiempo, que, hartos de mucho vivir, se matan ellos mismos. También dice cómo los arinfeos, que moran en aquellas partes, andan sin cabello ni caperuza. Abravio, historiador godo, dice cómo los adogitas, que tienen día de cuarenta días nuestros y noche de cuarenta noches, por estar de setenta grados arriba, viven sin morirse de frío. Galeoto de Narni afirma, en el libro de Cosas incógnitas al vulgo, cómo hay muchas gentes en la tierra que cae cerca y bajo del norte. Sajo, gramático, y Olao, godo, arzobispo de Upsala (a quien yo conversé mucho tiempo en Bolonia y en Venecia), ponen por tierra muy poblada la Escandinavia, que agora llaman Suecia, la cual es septentrionalísima. Alberto Magno, que tiene por mala vivienda la tierra de cincuenta y seis grados arriba, cree por imposible [14] la habitación debajo el norte, pues donde la noche dura un mes es insoportable. Y así dice Antonio Bonfin, en la Historia de húngaros y bohemios, que a los lobos se les saltan los ojos de puro frío en las islas del mar Helado. Que la tierra de la tórrida zona esté poblada y se pueda morar, muchos lo dijeron, y aun Aberuiz lo afirma por Aristóteles, en el cuarto libro de Cielo y mundo. Avicena, en su Doctrina segunda, y Alberto Magno, en el capítulo seis de La natura de lugares, quieren probar por razones naturales cómo la tórrida zona es habitable y aun más templada para vivienda del hombre que las zonas de los trópicos. Heráclides y muchos pitagóricos (según Teodorito cuenta) pensaron que cada estrella fuese un mundo, con hombres que moraban en ella.

Xenofanes (como refiere Lactancio) dijo que moraban hombres en el seno y concavidad de la Luna.

Anaxágoras y Demócrito dijeron que tenía montes, valles y campos; y los pitagóricos, que tenía árboles y animales quince veces mayores que la Tierra, y que era de color de tierra, porque estaba poblada y llena de gente como esta nuestra Tierra; de donde nacieron las consejas que tras el fuego cuentan de ella las viejas.

También hubo algunos estoicos (según dice el mismo Lactancio acotando con Séneca) que dudaron si había o no había gente y pueblos en el Sol; porque penséis a cuánto se desmandan los pensamientos y lengua del hombre cuando libremente puede hablar lo que se le antoja. No crió el Señor (dice Isaías a los cuarenta y cinco capítulos) la tierra en balde ni en vacío, sino para que se more y pueble. Y Zacarías dice al principio de su profecía, que anduvieron la tierra, y toda ella estaba poblada y llena de gente. Ni es de creer que la mar esté llena de peces en todos los cabos así fríos y calientes como templados; y que la tierra esté vacía y baldía: sin tener hombres en las zonas que fingen destempladas, ni tampoco impiden los fríos, por más enemigos que son a la vida humana, que no vivan mucho y se anden la cabeza al aire los hiperbóreos y arinfeos, La costumbre y natural vivienda se conservan en lugares pestíferos, cuanto más en fríos. Mejor vivienda es en la tórrida zona, por ser el calor más amigable al cuerpo humano; y así, no hay tierra despoblada por mucho calor ni por mucho frío, sino por falta de agua y pan. El hombre también, allende lo sobredicho, que fue hecho de tierra, podrá y sé que sabrá vivir en cualquiera parte de ella, por fría o calurosa que sea, especialmente mandando Dios a Adán y Eva que criasen, multiplicasen e hinchiesen la tierra. La experiencia, que nos certifica por entero de cuanto hay, es tanta y tan continua en navegar la mar y andar la tierra, que sabemos cómo es habitable toda la tierra y cómo está habitada y llena de gente. Gloria sea de Dios y honra de españoles, que han descubierto las Indias, tierra de los antípodas; los cuales, descubriendo y conquistándolas, corten el gran mar Océano, atraviesan la tórrida zona, y pasan del círculo Artico, espantajos de los antiguos. [15]

- IV -

Que hay antípodas, y por que se dicen así

Llaman antípodas a los hombres que pisan en la bola y redondez de la tierra al contrario de nosotros, o al contrario unos de otros. Los cuales, al parecer, aunque no de cierto, tienen las cabezas bajas y los pies altos, Sobre lo cual hay, como dice Plinio, gran batalla de letrados. Unos los niegan, otros los aprueban, y otros, afirmando que los hay, juran que no se pueden ver ni hallar; y así andan ellos vacilando, y hacen titubear a otros. Strabón, y otros antes y después, niegan a pies juntillas los antípodas, diciendo ser imposible que haya hombres en el hemisferio inferior; donde los ponen. Dejando aparte autores gentiles, digo que también hay cristianos que niegan haber antípodas. Los que tenían a la tierra por llana los negaron, y Lactancio Firmiano los contradice gentilmente, pensando que no había hombres que afirmasen los pies en tierra al contrario que nosotros; que si tal fuese, andarían contra natura, los pies altos y la cabeza baja; cosa, a su juicio, fingida y para reír. Y por eso burlaba mucho de los que creían ser el mundo redondo y haber antípodas. San Agustín niega también los antípodas en el libro décimo sexto de la Ciudad de Dios, a los nueve capítulos. Nególos, según yo pienso, por no hallar hecha memoria de antípodas en toda la Sagrada Escritura; y también por quitarse de ruido, a lo que dicen. Casi confesara que los había, no pudiera probar que descendían de Adán y Eva, como todos los demás hombres de este nuestro medio mundo y hemisferio, a quien hacía ciudadanos y vecinos de aquella su ciudad de Dios, pues la antigua y común opinión de filósofos y teólogos de aquel tiempo era que, aunque los había, no se podían comunicar con nosotros, a causa de estar en el otro hemisferio y media bola de la tierra, donde era imposible ir y venir, por estar entre medio muy grande y no navegable mar, y la tórrida zona, que atajaban el paso. Y

nuestro San Isidro dijo en sus Etimologías, no haber razón para crear que hubiese antípodas; ca ni lo sufre la tierra ni se prueba por historias; sino que poetas, por tener qué hablar, lo fingían. Lactancio e Isidro no tuvieron causa para negarlos. San Agustín tuvo las que dije, aunque no haber memoria ni nombre de antípodas en la Biblia no es argumento que obligue para creer que no los hay. Pues en ella está cómo es redonda la tierra, y cómo la rodea el cielo y el sol; y siendo así, todos los hombres del mundo tienen las cabezas derechas al cielo, y los pies al centro de la tierra, en cualquiera parte de ella que vivan; y son o se han en ella como los rayos de la rueda de una carreta. Que si el cubo donde hincados están estuviese quedo cuando anda la carreta, ninguno de ellos estaría más derecho a la rueda que el otro, ni más alto, ni al revés.

Casi todos los filósofos antiguos tuvieron por cierto que había antípodas, según lo cuenta Plutarco en los libros del parecer de los filósofos, y Macrobio, [16] Sobre el sueño de Scipión, y es tan común este nombre antípodas, que debe haber pocos que no lo hayan oído o leído; y pienso que siempre lo hubo del diluvio acá. Quien primero hizo mención de antípodas entre teólogos cristianos, a lo que yo sé, fue Clemente, discípulo de San Pedro, según Orígenes y San Jerónimo dicen: así que es cierto que los hay.

- V -

Dónde, quién y cuáles son antípodas

El elemento de la tierra un solo cuerpo es, aunque haya muchas islas en agua; y redondo en proporción, aunque nos parezca llano, según atrás que da dicho; y así lo tuvo Thales Milesio, uno de los siete sabios de Grecia, y otros muchos filósofos, como lo escribe Plutarco. Mas Oecetes, otro gran filósofo pitagórico, puso dos tierras, esta nuestra y la de los antípodas. Teopompo, historiador, dijo, según Tertuliano contra Hermógenes, que Sileno afirmaba al rey Midas cómo había otro orbe y bola de tierra, sin esta nuestra; y Macrobio, por acortar de autores, trata largo de estos dos hemisferios y tierras. Empero, es de saber que, si bien todos ponen dos pedazos de tierra, que no está cada uno de ellos por sí, como diferentes tierras, pues no hay más que un solo elemento de ella, sino que están atajados con la mar, conforme a lo que Solino dice hablando de los hiperbóreos; y quien mirare a la imagen del mundo en un globo o mapa, verá claramente cómo la mar parte la tierra en dos partes casi iguales, que son los dos hemisferios y orbes arriba dichos.

Asia, África y Europa son la una parte, y las Indias la otra, en la cual están los que llaman antípodas; y es certísimo que los del Perú, que viven en Lima, en el Cuzco y Arequipa, son antípodas de los que viven a la boca del río Indo, Calicut y Ceilán, isla y tierras de Asia. Los Malucos, islas de la especiería, son asimismo antípodas de la Etiopía, que ahora llaman Guinea; y Plinio dijo muy bien que la Taprobana era de antípodas ca ciertamente los de aquella isla son antípodas de los etíopes, que están a la ribera del Nilo, entre su nacimiento y Meroe. También, aunque no enteramente, son los mexicanos antípodas de los de Arabia Felice, y aun de los que viven en el cabo de Buena Esperanza. Sin los antípodas hay otros que llaman parecos y antecos, ca en estos tres apellidos se incluyen todos los vecinos del mundo. Antípodas son porque pisan la tierra al contrario por el derecho unos de otros, como los de Guinea y del Perú.

Antecos de los españoles y alemanes son los del Río de la Plata y los patagones, que moran en el estrecho de Magallanes. No tenemos vivienda en tierra contraria como antípodas, sino en diversa. Parecos de nosotros los españoles son los de la [17] Nueva España, que viven en Sibola y por aquellas partes, y los de Chile. No moramos en contraria tierra como antípodas, ni en diversas como antecos, sino en una misma zona. Empero, aunque propiamente los antecos ni los parecos no son antípodas, se puede llamar y se llaman, y así se confunden unos con otros; y por tanto señalé por antípodas de los del Cabo de Buena Esperanza, que también son antecos nuestros a los de la Nueva-España.

- VI -

Que hay paso de nosotros a los antípodas, contra la común opinión de filósofos Niegan todos los antiguos filósofos de la gentilidad el paso de nuestro hemisferio al de los antípodas, por razón de estar en medio la tórrida zona y el océano, que impiden el camino, según que más largamente lo trata y porfía Macrobio, Sobre el sueño de Scipión, que compuso Tulio. De los filósofos cristianos, Clemente dice que no se puede pasar el Océano de hombre ninguno; y Alberto, que es muy moderno, lo confirma. Bien creo que nunca jamás se supiera el camino por ellos, pues no tenían los indios a quien llamarnos antípodas, navíos bastantes para tan larga y recia navegación como hacen españoles por el mar Océano. Empero está ya tan andado y sabido, que cada día van allá nuestros españoles a ojos (como dicen) cerrados; y así, está la experiencia en contrario de la filosofía. Quiero dejar las muchas naos que ordinariamente van de España a las Indias, y decir de una sola, dicha la Victoria, que dio vuelta redonda a toda la redondez de la tierra, y tocando en tierras de unos y otros antípodas, declaró la ignorancia de la sabia antigüedad y se tornó a España dentro de tres años que partió, según que muy largamente diremos cuando tratemos del estrecho de Magallanes.

- VII -

El sitio de la tierra

Parecerá vanidad querer situar la grandeza de la tierra, y es fácil cosa, pues su sitio está en medio del mundo. Sus aledaños es la mar que la rodea. No lo sé decir más breve ni más verdadero. Mela dice que son oriente y poniente, [18] septentrión y mediodía, y aun David apunta lo mismo en el salmo ciento y seis.

Notabilísimas señales y mojones son estas cuatro para el cielo, donde están, aunque también señalan la tierra maravillosamente; y así, regimos la cuenta y caminos de ella por ellas. Eratóstenes no puso sino los polos norte y sur aledaños, partiendo la tierra con el camino del sol; y Marco Varrón loa mucho esta repartición, por muy conforme a razón. Ca están aquellos polos fijos y quedos como ejes, donde se mueve y sostiene el cielo; allende que las cuatro señales susodichas, y a todos manifiestas, sirven para saber hacia cuál parte del cielo estamos, aprovecha también para entender a cuánto. El estrecho de Gibraltar, poniendo a España por ejemplo, está hacia el norte y a cincuenta y cuatro grados; o, mejor hablando, del punto de la tierra que está o puede estar debajo del mismo norte, que son novecientas y ochenta leguas, según común cuenta de cosmógrafos y matemáticos, y a treinta y seis grados de la Equinoccial, que es nuestra cuenta. Y

por ser entendido de quien no sabe qué cosa es grados, quiero decir qué son.

- VIII -

Qué cosa son grados

Antiguamente contaban y medían la tierra y el mundo por estadios y pasos y pies, según en Plinio, Strabón y otros escritores se lee. Empero, después que Ptolomeo inventó los grados, a ciento y cincuenta años que Cristo murió, se dejó aquella cuenta. Repartió Ptolomeo todo el cuerpo y bulto que hacen la tierra y la mar en trescientos y sesenta grados de largura y en otros tantos de anchura, que, como es redondo, es tan ancho cuanto largo; y dio a cada grado setenta millas, que hacen diez y siete leguas y media castellanas; de manera que boja el orbe de la tierra camino derecho, por cualquiera de las cuatro partes que lo midan, seis mil y doscientas leguas. Es tan cierta esta cuenta y medida, que todos lo usan y alaban. Y

tanto es más de loar quien la inventó, cuanto tuvieron por dificultoso Job y el Eclesiástico que nadie hallase la medida y anchura de la tierra. Llaman grados de longura a los que se cuentan de sol a sol, que es por la Equinoccial, que va de Oriente a Poniente por medio del orbe y bola de la tierra; los cuales no se puede bien tomar, por no haber en el cielo señal estante y fija por aquella parte a que tener ojo; ca el sol, aunque es clarísima señal, muda cada día, como dicen, hitos, y nunca jamás va por el camino que otra vez anduvo, según el parecer de muchos astrólogos; ni hay número de los que se han desvelado y gastado en buscar ingenios y manera de tomar los grados de longitud sin errar, como se toman los de la anchura y altura, empero aun [19] ninguno la ha hallado. Grados de altura o anchura dicen a los que se toman y cuentan del norte, los cuales salen cierta y puntualmente, por razón de estar quedo el mismo norte, que es el blanco a quien encaran. Por estos grados, pues, señalaré yo la tierra, que son verdaderos y que se reparten en cuatro partes iguales. Del norte a la Equinoccial hay noventa; de la Equinoccial al sur hay otros noventa; del sur a la Equinoccial hay otros noventa grados, y de ella al norte, otros tantos. Empero, ninguna relación ni claridad tenemos de las tierras que hay en tan grandísimas distancias de mundo y tierra, como debe haber debajo del sur, que es el otro eje del cielo de cuya vista carecemos; ca sí hay hiperbóreos, habrá también hipernocios, como dijo Herodoto, que serán vecinos del sur, y quizá son los que viven en la tierra del estrecho de Magallanes, que sigue la vía del otro polo, la cual aún no se sabe. Y así, digo que hasta que alguno rodee la tierra por bajo de ambos polos, como la rodeó Juan Sebastián del Cano por debajo la Equinoccial, no quedará enteramente sabida ni andada su redondez y grandeza.

- IX -

Quién fue el inventor de la aguja de marear

Antes de comenzar la descripción y cosmografía, quiero decir algo de la navegación, porque sin ella no se pudiera saber; que por tierra no se camina tanto, digo tan lejos, como por agua, ni tan presto; y sin naos nunca las Indias se hallaran, y las naos se perderían en el Océano si aguja no llevasen; de suerte que la aguja es principalísima parte del navío para bien navegar. El primero, según escriben Blondo y Mafeo Girardof, que halló la aguja de marear y la usó fue Flavio de Malfa, ciudad en el reino de Nápoles, donde aun hoy día se glorían de ello, y tienen mucha razón, pues un vecino suyo inventó cosa de tanto provecho y primor, cuyo secreto no alcanzaron los antiguos, aunque tenían hierro y piedra imán, que son sus materiales. Quien más a Flavio debe somos españoles, que navegamos mucho; el cual debió ser ciento y cincuenta años ha, o cuando mucho doscientos. Ninguno sabe la causa por la cual el hierro tocado con piedra imán mira siempre al norte. Todos lo atribuyen a propiedad oculta unos del norte, y otros de la mezcla que hacen el hierro y la piedra. Si fuese propiedad del norte, ni la aguja, según pilotos cuentan, haría mudanza nordesteando o noroestando fuera de la isla Tercera, que es una de los Azores, y doscientas leguas de España hacia poniente este a oeste; ni perdería su oficio, como Olao dice, en pasando de la isla de Magnete, que está debajo o por muy cerca del norte. Mas, como quiera que ello sea, siempre la aguja mira al norte, [20] aunque naveguen cerca del sur. La piedra imán tiene pies y cabeza, y aun dicen que brazos. El hierro que ceban con la cabeza nunca para hasta quedar mirando derechamente al norte; que así hacen los relojes de aguja y sol. La cebadura de los pies sirve para el sur, y así lo demás es para los otros cabos del cielo.

- X -

Opinión que Asia, África y Europa son islas

Repartían los antiguos este nuestro orbe en Asia y Europa por el Tanais, según Isócrates refiere en su Panegírico. Después dividieron de Asia a África por vertientes del Nilo, y fuera mejor por el mar Bermejo, que casi atraviesa la tierra desde el mar Océano hasta el Mediterráneo. Mas el que llaman Beroso dice que Noé puso nombre a África, Asia y Europa, y las dio a sus tres hijos, Cam, Sem y Jafet, y que navegó por el mar Mediterráneo diez años. En fin, decimos agora que las sobredichas tres provincias ocupan esta media tierra del mundo. Todos en general dicen que Asia es mayor que ninguna de las otras, y aun que entrambas.

Empero Herodoto burla en su Melpómene de los que hacen igual de Europa a Asia, diciendo que iguala Europa en largura a Asia y África, y las pasa en anchura; que no va fuera de tino. Mas dejando esto aparte, que no es para ahora, digo que Homero, escritor antiquísimo, dijo que era isla el orbe que se divide en Asia, África y Europa, como relata Pomponio Mela en su tercero libro. Strabón dice, en el primero de su Geografía, que la tierra que se habita es isla cercada toda del Océano. Higinio y Solino confirman esta sentencia; aunque yerra Solino en poner los nombres de la mar, creyendo que el mar Caspio era parte del Océano, y es Mediterráneo, sin participación del gran mar. Cuenta Strabón cómo en tiempo del rey Tolomeo, Evergete navegó tres o cuatro veces de Cáliz a la India, que se nombra del río, un Eudoxo. Y que las guardas del mar arábigo, que es el Bermejo, trajeron al mismo rey Tolomeo un indio presentado que había aportado allí. Comprueba también esta navegación de Cáliz a la India el rey Juda, según dice Solino, y siempre fue tan celebrada como notable, aunque no tanto como al presente; y como se hace por tierra caliente, no es muy trabajosa. Navegar de la India a Cáliz por la otra parte del norte, que hay grandísimos fríos, es el trabajo y peligro. Y así, no hay memoria entre antiguos que haya venido por allí más de una nave, que, según Mela y Plinio escriben, refiriendo a Népos Cornelio, vino a parar en Alemania, y el rey de los suevos, que algunos llaman sajones, presentó ciertos indios de ella a Quinto Mete o Celer, que a la sazón gobernaba en Francia por el pueblo romano. Si ya no fuesen de [21] Tierra del Labrador y los tuviesen por indianos, engañados en el color; ca también dicen cómo en tiempo del emperador Federico Barbarroja aportaron a Lubec ciertos indios en una canoa. El papa Eneas Silvio dice que tan cierto hay mar sarmático y scítico, como germánico y índico. Ahora hay mucha noticia y experiencia cómo se navega de Noruega hasta pasar por debajo del mismo norte, y continuar la costa hacia el sur, la vuelta de la China.

Olao Godo me contaba muchas cosas de aquella tierra y navegación.

- XI -

Mojones de las Indias por hacia el norte

La tierra que Indias llamamos es también isla como esta nuestra. Comenzaré su sitio por el norte, que es muy cierta señal. Y contaré por grados, que es lo mejor y usado. No mido ni costeo la Europa, África y Asia, por que lo han hecho muchos. Los mojones o aledaños que más cerca y más señalados tienen por esta parte septentrional son Islandia y Gruntlandia. Islandia es una isla de casi cien leguas, puesta en setenta y tres grados de altura, y aun, según quieren algunos, en más, diciendo durar allí un día casi dos meses de los nuestros. Islandia suena isla o tierra helada; y no solamente se hiela el mar alrededor de ella, empero cargan dentro de la isla tantas heladas y tan recias, que brama el suelo y parece que gimen hombres; y así piensan los isleños estar allí el purgatorio o que atormentan algunas almas. Hay tres montes extraños, que lanzan fuego por el pie, estando siempre nevada la cumbre; y cerca de uno de ellos, que se dice Hecla, sale un fuego que no quema la estopa y arde sobre agua, consumiéndola. Hay también dos fuentes notables, una que mana cierto licor como cera, y otra de agua hirviendo, que convierte en piedra lo que dentro echan, quedándose en su propia figura. Son blancos los osos, raposos, liebres, alcones, cuervos y aves y animales así. Crece tanto la yerba, que la rozan para que pazca bien el ganado, y aun lo sacan del pasto por que no reviente de gordo. La lana es grosera, y la manteca buena y mucha. La cual, y el pescado, son principal mantenimiento de la gente. Andan por allí muchas ballenas, y tan endiabladas, que ponen las naos en rebato. Tienen hecha una iglesia de costillas y huesos de ellas y de otros grandes peces. Los islandeses son muy altos y tragones. Algunos piensan que Islandia es la Thile, isla final de lo que romanos supieron, hacia el norte; mas no es, que Islandia ha poco tiempo que se descubrió, y es mayor y más setentrional. Thile propiamente es una isleta que cae entre las Orcades y Fare, algo salida al occidente, y en setenta y siete grados, bien que Tolomeo no la sitúa [22] tan alto. Está Islandia cuarenta leguas de Fare, setenta de Thile y más de ciento de las Orcades. A la parte setentrional de Islandia está Gruntlandia, isla muy grande, la cual está cuarenta leguas de Laponia, y pocas más de Finmarchia, tierra de Escandinavia, en Europa. Son valientes los grutlandeses, y lindos hombres; navegan con navíos cerrados por arriba, de cuero, por temor del frío y de peces. Está Gruntlandia, según dicen algunos, cincuenta leguas de las Indias, por la tierra que llaman del Labrador. No se sabe aún si aquella tierra se continúa con Gruntlandia, o si hay en medio estrecho. Si toda es una tierra, vienen a estar juntos los dos orbes del mundo por cerca del norte o por bajo, pues no hay más de cuarenta o cincuenta leguas de Finmarchia a Gruntlandia; y aunque haya estrecho son harto vecinos, pues de Tierra del Labrador no hay, según común dicho de navegantes, sino cuatrocientas leguas al Fayal, isla de los Azores, y quinientas a Irlanda y seiscientas a España.

- XII -

El sitio de las Indias

Lo más setentrional de las Indias está en par de Gruntlandia y de Islandia. Corre doscientas leguas de costa, aún no está bien andada, hasta río Nevado. De río Nevado, que cae a sesenta grados, hay otras doscientas leguas hasta la bahía de Malvas; y toda esta costa casi está en los mismos sesenta grados, y es lo que llaman Tierra del Labrador, y tiene al sur la isla de los Demonios. De Malvas a cabo de Marzo, que está en cincuenta y seis grados, hay sesenta leguas. De allí a cabo Delgado hay cincuenta leguas. Desde cabo Delgado, que cae en cincuenta y cuatro grados, sigue la costa doscientas leguas por derecho de poniente, hasta un gran río dicho San Lorenzo, que algunos lo tienen por brazo de mar, y lo han navegado más de doscientas leguas arriba; por lo cual muchos lo llamaron el estrecho de los Tres Hermanos. Aquí se hace un golfo como cuadrado, y boja de San Lorenzo hasta la punta de Bucallaos harto más de doscientas leguas. Entre aquesta punta y cabo Delgado están muchas islas bien pobladas, que llaman Cortes Reales, y que cierran y encubren el golfo Cuadrado, lugar en esta costa muy notable para señal y descanso. Desde la punta de Bacallaos ponen ochocientas y setenta leguas a la Florida, contando así: de la punta de Bacallaos, que cae a cuarenta y ocho grados y medio, hay setenta leguas de costa a la bahía del río. De aquesta bahía, que está algo más de cuarenta y cinco grados, hay otras setenta leguas a otra bahía que llaman de los Isleos, y que está en menos de cuarenta y cuatro grados. De la bahía de Isleos a río Fondo hay setenta leguas, y de él a otro río, que dicen de las Gamas, hay [23] otras setenta leguas, y están ambos ríos en cuarenta y tres grados. Del río de Gamas hay cincuenta leguas al cabo de Santa María, del cual hay cerca de cuarenta leguas al cabo Bajo, y de allí al río de San Antón cuentan otras más de cien leguas. Del río de San Antón hay ochenta leguas por la costa de una ensenada hasta el cabo de Arenas, que está en casi treinta y nueve grados. De Arenas al puerto del Príncipe hay más de cien leguas, y de él al río Jordán, setenta, y de allí al cabo de Santa Elena, que cae en treinta y dos grados, hay cuarenta. De Santa Elena a río Seco hay otras cuarenta. De río Seco, que está en treinta y un grados, hay veinte leguas a la Cruz; y de allí al Cañaveral, cuarenta; y de la punta del Cañaveral, que cae a veinte y ocho grados, hay otras cuarenta hasta la punta de la Florida. Es lo Florida una lengua de tierra metida en la mar cien leguas, y derecha al sur. Tiene de cara, y a veinte y cinco leguas, la isla de Cuba y puerto de la Habana, y hacía levante las islas Bahama y Lucaya, y por ser parte muy señalada, descansamos en ella. La punta de la Florida, que cae en veinte y cinco grados, tiene veinte leguas de largo, y de ella hay cien leguas o más hasta el ancón Bajo, que cae cincuenta leguas de río Seco este a oeste, que son la anchura de la Florida. Del ancón Bajo ponen cien leguas al río de Nieves, y de él a otro río de Flores, más de veinte. Del río de Flores hay setenta leguas a la bahía del Espíritu Santo, a quien llaman por otro nombre la Culata, que boja treinta leguas. De esta bahía, que está en veinte y nueve grados, hay más de setenta leguas al río de Pescadores. De Pescadores, que cae a veinte y ocho grados y medio, hay cien leguas hasta el río de las Palmas, por cerca del cual atraviesa el trópico de Cáncer. Del río de Palmas al río Pánuco hay más de treinta leguas. Queda en este espacio Almería. De la Veracruz, que cae en diez y nueve grados, hay más de treinta leguas al río de Albarado, que los indios llaman Papaloapán. Del río de Albarado al de Coazacoalco ponen cincuenta leguas; de allí al río de Grijalva hay más de cuarenta, y están los dos ríos en poco menos de diez y ocho grados. Del río Grijalva al cabo Redondo hay ochenta leguas de costa, y están en ella Champotón y Lázaro. De cabo Redondo al cabo de Cotoche o Yucatán cuentan noventa leguas, y está en cerca de veinte y un grados. De manera que hay novecientas leguas de costa desde la Florida a Yucatán, que es otro promontorio que sale de tierra hacia el norte, y cuanto más se mete al agua, tanto más ensancha y retuerce. Tiene a sesenta leguas la isla de Cuba, que le cae al oriente, la cual casi cierra el golfo que hay entre la Florida y Yucatán, a quien unos llaman golfo Mexicano, otros Florido, y otros Cortés. Entra la mar en este golfo por entre Yucatán y Cuba con muy grande corriente, y sale por entre Cuba y la Florida, y nunca es al contrario. De Cotoche o Yucatán hay ciento y diez leguas al río Grande, y quedan en el camino la punta de las Mujeres y la bahía de la Ascensión. De río Grande, que cae a diez y seis grados y medio, hay cien y cincuenta leguas hasta cabo del Camarón, contadas de esta manera: treinta del río a puerto de Higueras; de Higueras al puerto de Caballos, otras treinta, y [24] otras treinta de Caballos al puerto del Triunfo de la Cruz, y de él al puerto de Honduras otras treinta, y de allí al cabo del Camarón, veinte, de donde ponen setenta al cabo de Gracias a Dios, que está en catorce grados. Queda en medio de esta costa Cartago. De Gracias a Dios hay setenta leguas al desaguadero que viene de la laguna de Nicaragua. De allí a Zorobaro hay cuarenta leguas, y más de cincuenta de Zorobaro al Nombre de Dios, y está en medio Veragua. Estas noventa leguas están en nueve grados y medio. Tenemos quinientas menos diez leguas desde Yucatán al Nombre de Dios, que por la poca tierra que hay allí a la mar del sur es cosa muy notable. Del Nombre de Dios hay setenta leguas hasta los farallones del Darién, que cae a ocho grados, y están por la costa Acla y puerto de Misas. El golfo de Urava tiene seis leguas de boca y catorce de largo. Del golfo de Urava cuentan setenta leguas hasta Cartagena. Está en medio el río de Zenu y Caribana, de donde se nombran los caribes; de Cartagena ponen cincuenta leguas a Santa Marta, que cae en algo más de once grados, y quedan en la costa puerto de Zambra y río Grande. Hay cincuenta leguas de Santa Marta al cabo de la Vela, que está en doce grados, y a cien leguas de Santo Domingo. Del cabo de la Vela hay cuarenta leguas hasta Coquibacoa, que es otro cabo de su misma altura, tras el cual comienza el golfo de Venezuela, que boja ochenta leguas hasta el cabo de San Román. De San Román al golfo Triste hay cincuenta leguas, en que cae Curiana. Del golfo Triste al golfo de Cariari hay cien leguas de costa, puesta en diez grados, y que tiene a puerto de Cañafístola, Chiribichi y río de Cumaná y punta de Araya. Cuatro leguas de Araya está Cubagua, que llaman isla de Perlas, y ponen de aquella punta a la de Salinas sesenta leguas. De la punta de Salinas a cabo Anegado hay más de setenta leguas de costa por el golfo de Paria, que hace la tierra con la isla Trinidad.

Del Anegado, que cae a ocho grados, hay cincuenta leguas al río Dulce, que está en seis grados. De río Dulce al río de Orellana, que también dicen río de las Amazonas, hay ciento y diez leguas. Así que cuenta ochocientas leguas de costa desde Nombre de Dios al río de Orellana, el cual entra en la mar, según dicen, por cincuenta leguas de boca que tiene debajo de la Equinoccial, donde, por caer en tal parte y ser tan grande como dicen, hacemos parada, y otra tal haremos de él al cabo de San Agustín. Del río de Orellana ponen cien leguas al río Marañón, el cual tiene quince de boca y está en cuatro grados de la Equinoccial al sur. Del Marañón a tierra de Humos, por do pasa la raya de la repartición, hay otras cien leguas. De allí al Angla de San Lucas hay otras ciento. De la Angla al cabo Primero hay otras ciento, y de él al cabo de San Agustín, que cae en casi ocho grados y medio más allá de la Equinoccial, hay setenta leguas. Y a esta cuenta son quinientas y veinte y cinco leguas las que hay en este trecho de tierra. El cabo de San Agustín es lo más cerca del África y de España por aquella parte de Indias, ca no hay más de quinientas leguas de Cabo Verde allá, según cuenta común de mareantes, aunque otros la disminuyen. Del cabo de San Agustín hacen cien leguas [25] hasta la bahía de Todos Santos, que está en trece grados, y que va la costa siguiendo al sur. Quedan entre medias el río de San Francisco y el río Real. De Todos Santos ponen otras cien leguas a cabo de Abre-los-ojos, que cae algo más de diez y ocho grados. De este cabo al que llaman Frío cuentan cien leguas; es cabo Frío como isla, y hay cien leguas de él a la punta de Buenabrigo, por la cual pasa el trópico de Capricornio y la raya de la participación, que son dos señalados puntos. De Buenabrigo hay cincuenta leguas a la bahía de San Miguel; y de allí al río de San Francisco, que cae en veinte y seis grados, hay sesenta. De San Francisco al río Tibiquiri hay cien leguas, donde quedan puerto de Patos, puerto del Faraiol y otros. De Tibiquiri al río de la Plata ponen más de cincuenta y así las seiscientas y setenta leguas del cabo de San Agustín al río de la Plata, donde paramos, el cual cae en treinta y cinco grados más allá de la Equinoccial. Hay de él, con lo que tiene de boca, hasta la punta de Santa Elena, sesenta y cinco leguas. De Santa Elena a las Arenas-gordas hay treinta, y de ella a los Bajos-anegados, cuarenta, y de allí a Tierra-baja cincuenta. De Tierra-baja a la bahía Sin-fondo hay sesenta y cinco leguas.

De esta bahía, que cae a cuarenta y un grados, ponen cuarenta leguas a los arrecifes. De Lobos, que tiene de altura cuarenta y cuatro grados, hay cuarenta y cinco leguas al cabo de Santo Domingo. De este cabo a otro que llaman Blanco hacen veinte leguas. De cabo Blanco hay sesenta leguas hasta el río de Juan Serrano, que cae en cuarenta y nueve grados, y que otros llaman río de Trabajos, del cual hacen ochenta leguas al promontorio de las Once mil Vírgenes, que está en cincuenta y dos grados y medio, y en el embocadero del estrecho de Magallanes, el cual dura ciento y diez leguas por una misma altura y derecho de este a oeste, y mil doscientas leguas de Venezuela sur a norte. De cabo Deseado, que está a la boca del estrecho de Magallanes, en la mar que llaman del Sur y Pacífico, hay setenta leguas a cabo Primero, que cae en cuarenta y nueve grados. De cabo Primero al río de Salinas, que está en cuarenta y cuatro grados, ponen más de ciento y cincuenta y cinco leguas. Del río de Salinas cuentan ciento y diez leguas a cabo Hermoso, que cae cuarenta y cuatro grados y medio de la Equinoccial al sur. De cabo Hermoso al río de San Francisco hay sesenta leguas de costa. Del río de San Francisco, que está en cuarenta grados al río Santo, que está en treinta y tres, hay ciento y veinte leguas. De río Santo hay poco a Chirimara, que algunos llaman puerto Deseado de Chile. Hay de Chirimara, que cae a treinta y un grado y casi de este a oeste con el río de la Plata, doscientas leguas hasta Chincha y río Despoblado, que está en veinte y dos grados. Del río Despoblado hay noventa leguas a Arequipa, que está en diez y ocho grados. De Arequipa hay ciento y cuarenta leguas a Lima, que cae a doce grados. De Lima cuentan más de cien leguas hasta el cabo de la Enguila, que cae en seis grados y medio. Están en esta costa Trujillo y otros puertos. Del Enguila hay cuarenta a cabo Blanco, de él a cabo de Santa Elena sesenta leguas. Están en medio Túmbez y Tumepumpa y la [26] isla Puna. De Santa Elena, que cae a dos grados de la Equinoccial, hay setenta leguas a Quegemis, por do atraviesa. Quedan en la costa el cabo de San Lorencio y Pasao. Miden desde esta costa hasta el cabo de San Agustín mil leguas de tierra, que por caer debajo y cerca de la tórrida zona es riquísima, según lo han mostrado el Collao y el Quito, como después diremos. De Quegemis hay cien leguas al puerto y río del Perú, del cual tomó nombre la famosa y rica provincia del Perú. Están en este trecho de costa la bahía de San Mateo, río de Santiago y río de San Juan. Del Perú, que cae a dos grados de esta parte de la Equinoccial, hay más de setenta leguas al golfo de San Miguel, que está seis grados de la Equinoccial y que boja cincuenta leguas, y que dista veinte y cinco del golfo de Urava. De San Miguel a Panamá ponen cincuenta y cinco leguas. Está Panamá ocho grados y medio de la Equinoccial acá; hay diez y siete leguas del Nombre de Dios, por las cuales deja de ser isla el Perú, que, como dije, tiene de ancho mil leguas, mil y doscientas de largo, y boja cuatro mil y sesenta y cinco. De Panamá, que tomamos por paradero, hacen seiscientas y cincuenta leguas a Tecoantepec, midiendo setenta leguas de costa desde Panamá a la punta de Guera, que cae a poco más de seis grados; quedan en aquel espacio París y Natán. De Guera a Borica, que es una punta de tierra puesta en ocho grados, hay cien leguas costa a costa. De Borica cuentan otras ciento hasta cabo Blanco, donde está el puerto de la Herradura, del cual hay cien leguas al puerto de la Posesión de Nicaragua, que cae acerca de doce grados de la Equinoccial. De la Posesión a la bahía de Fonseca hay quince leguas; de allí a Chorotega, veinte; de Chorotega al río Grande, treinta, y de él al río de Guatemala, cuarenta y cinco; de Guatemala a Cirula hay cincuenta leguas, y luego está la laguna de Cortés, que tiene veinticinco leguas en largo y ocho en ancho. Hay de ella cien leguas a Puerto Cerrado, y de allí cuarenta a Tecoantepec, que está norte sur con el río Coazacoalco, y en algo más de trece grados.

Así que se cumplen las seiscientas y cincuenta leguas en que hacemos parada. Todo el trecho de esta tierra es angosto de una mar a otra, que parece que se va comiendo para juntarla; y así, tiene muestra y aparejo para abrir paso de la una a la otra por muchos cabos, según en otra parte se trata. De Tecoantepec a Colima ponen cien leguas, donde quedan Acapulco y Zacatula. De Colima hacen otras ciento hasta cabo de Corrientes, que está en veinte grados, y queda allí puerto de Navidad. De Corrientes hay sesenta leguas al puerto de Chiametlán, por el cual pasa el trópico de Cáncer, y están en esta costa puerto de Xalisco y puerto de Banderas. De Chiametlán hay doscientas y cincuenta leguas hasta el estero Hondo o río de Miraflores, que cae en treinta y tres grados. Están en estas doscientas y cincuenta leguas río de San Miguel, el Guayaval, puerto del Remedio, cabo Bermejo, puerto de Puertos y puerto del Paisaje. De Miraflores hay otras doscientas y veinte leguas hasta la punta de Ballenas, que otros llaman California, yendo a puerto Escondido, Belén, puerto de Fuegos, y la bahía de Canoas y la isla de Perlas. Punta de Ballenas está debajo del [27] trópico y ochenta leguas del cabo de Corrientes, por las cuales entra este mar de Cortés, que parece al Adriático y es algo bermejo, y por ser cosa tan señalada paramos aquí. De la punta de Ballenas hay cien leguas de costa a la bahía del Abad, y de ella otras tantas al cabo del Engaño, que cae lejos de la Equinoccial treinta grados y medio. Algunos ponen más leguas del Abad al Engaño, empero yo sigo lo común. Del cabo del Engaño al cabo de Cruz hay casi cincuenta leguas. De cabo de Cruz hay ciento y diez leguas de costa al puerto de Sardinas, que está en treinta y seis grados. Caen en esta costa el ancón de San Miguel, bahía de los Fuegos y costa Blanca. De las Sardinas a Sierras-Nevadas hacen ciento y cincuenta leguas yendo a puerto de Todos Santos, cabo de Galera, cabo Nevado y bahía de los Primeros. Sierras-Nevadas están en cuarenta grados y son la postrera tierra que por aquella parte está señalada y graduada, aunque la costa todavía sigue al norte para llegar a cerrar la tierra en isla con el Labrador o con Gruntlandia. Hay en este postrer remate de tierra quinientas y diez leguas, y costean las Indias tierra a tierra, en lo que hay descubierto y aquí va notado, nueve mil y trescientas y más leguas, las tres mil y trescientas y setenta y cinco por la mar del Sur, y las cinco mil y novecientas y sesenta por nuestro mar, que llaman del Norte; y es de saber que toda la mar del Sur crece y mengua mucho, y en algunos cabos dos leguas hasta perder de vista la surgente y descrecencia; y la mar del Norte casi no crece, si no es de Paria al estrecho de Magallanes y en algunas otras partes. Nadie hasta hoy ha podido alcanzar el secreto ni causas del crecer y menguar la mar, y mucho menos de que crezca en unas partes y en otras no crezca; y así, es superfluo tratar de ello. La cuenta que yo llevo en las leguas y grados va según las cartas de los cosmógrafos del Rey, y ellos no reciben ni asientan relación de ningún piloto sin juramento y testigos.