VIP Membership

Historia de los Tiempos Venideros por G. H. Wells - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

I La cura de amor.

El excelente Mr. Morris era un inglés que vivió en la época de la buena reina Victoria. Era, un hombre próspero y muy sensato; leía el Times e iba a la iglesia. Al llegar a la edad madura, se fijó en su rostro una expresión de desdén tranquilo y satisfecho por todo lo que no era como él. Era Mr. Morris una de esas personas que hacen con una inevitable regularidad todo lo que está bien, lo que es formal y racional. Llevaba siempre vestidos correctos y decentes, justo medio entre, lo elegante y lo mezquino. Contribuía regularmente a las obras caritativas de buen tono, transacción jui-ciosa entre la ostentación y la tacañería, y nunca dejaba de hacerse cortar los cabellos de un largo que denotara una exacta decencia.

Todo cuanto era correcto y decente que poseyera un hombre de su posición, lo poseía él, y lodo lo que no era ni 5

H . G . W E L L S

correcto ni decente para un hombre de su posición, no lo poseía.

Entre esas posesiones correctas y decentes, el tal Mr.

Morris tenía una esposa y varios hijos. Naturalmente, la esposa que tenía era del género decente, y los hijos eran del género decente, y en número decente : nada de fantástico o de aturdido en ninguno de ellos, en cuanto Mr. Morris alcanzaba a ver. Llevaban vestidos perfectamente correctos, ni elegantes, ni higiénicos, ni raídos, sino justamente como la decencia los exigía. Vivían en una casa bonita y decente, de arquitectura Victoriana, al estilo de reina Ana, que ostentaba en el frontis falsos cabriolés de yeso pintados color de cho-colate ; en el interior, tableros imitación encina esculpida, de Lincrusta Walton ; un terrado de barro cocido que imitaba la piedra, y falsos vitreaux en la puerta principal. Sus hijos fueron a escuelas buenas y sólidas, Y abrazaron respetables profesiones; Sus hijas, no obstante una o dos veleidades fantásticas, se unieron en matrimonio con partidos adecua-dos, personas de orden, avejentadas y «con esperanzas.» Y

cuando le llegó el momento decente y oportuno, Mr. Morris murió. Su tumba fue de mármol, sin inscripciones laudato-rias ni insulseces artísticas, tranquilamente imponente, porque esa era la moda de aquella época.

Sufrió diversos cambios, según la costumbre en tales casos, y mucho tiempo antes de que esta historia comenzara, sus mismos huesos estaban reducidos a polvo y esparcidos a los cuatro vientos. Sus hijos, sus nietos, sus biznietos y los hijos de éstos, no eran ya, ellos también, otra cosa que polvo y cenizas, las cuales habían sido igualmente desparramadas.

6

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

Era cosa que él no habría podido nunca imaginarse, el que llegaría el día en que hasta los restos de sus tataranietos fueran esparcidos a los cuatro vientos. Si alguien hubiera emiti-do semejante idea en su presencia, él habría sentido una grave ofuscación, pues era una de esas dignas personas que Do tienen interés alguno por el porvenir de la humanidad. A decir verdad, tenía serias dudas en cuanto a que tocara a la humanidad un porvenir cualquiera después de que él hubiera muerto.

Le parecía completamente imposible y absolutamente desnudo de interés el imaginarse que hubiera algo después de su muerte. Sin embargo, así era, y cuando hasta los hijos de sus biznietos estuvieron muertos, podridos -y olvidados, cuando la casa de falsas vigas hubo sufrido la suerte de todas las cosas ficticias, cuando el Times no apareció más, cuando el sombrero de copa pasó a ser una antigüedad ridícula, y la piedra tumular, modesta e imponente, que había sido consagrada a Mr. Morris, había sido quemada para hacer cal y ar-gamasa, y cuando todo lo que Mr. Morris había juzgado importante y real se había desecado y estaba muerto, el mundo existía aún y había en él personas qu miraban el porvenir, o más bien dicho, todo lo que no era su persona o su propiedad, con tanta indiferencia como lo había mirado Mr.

Morris Cosa extraña de observar, y que habría causado a Mr.

Morris un gran enojo si alguien se lo hubiera predicho : por todo el mundo vivía esparcida una incertidumbre de personas que respiraban la vida y por cuyas venas corría la sangre de Mr. Morris, así como, un día por venir, la vida que está hoy concentrada en el lector de la presente historia, podrá 7

H . G . W E L L S

estar igualmente esparcida por todos los extremos de este mundo y mezclada en millares de razas extranjeras, más allá de todo pensamiento y de todo rastro.

Entre los descendientes de este Mr. Morris había uno tan sensato y de espíritu tan claro como su antepasado. Te-nía exactamente la misma armazón sólida y corta del antiguo hombre del siglo XIX, cuyo nombre de Morris, llevaba aun

- pero con esta ortografía : Mwres; -tenía en el rostro la misma expresión medio desdeñosa. Era también un personaje próspero para su época, lleno de aversión hacia lo nuevo, y para todas las cuestiones concernientes a lo porvenir y al mejoramiento de las clases inferiores, como lo había sido su antepasado Mr. Morris. No leía el Times (para decir, la verdad, ignoraba que alguna vez hubiera habido un Times) ; esta institución había naufragado en alguna parte, en los abismos de los años transcurridos. Pero el fonógrafo que le hablaba por la mañana, mientras se vestía, reproducía la voz de alguna reencarnación de Blowitz1 que se entrometía en los asuntos del mundo. Esa máquina fonográfica tenía las dimensiones y la forma de un reloj holandés, y en la parte delantera unos indicadores barométricos movidos por electricidad, un reloj y un calendario eléctricos, un memento automático para las citas, y en el sitio de la esfera se abría la boca de una trompeta. Cuando tenía noticias, la trompeta graznaba como un pavo : «¡ galú! ¡ galú !» después de lo cual voceaba su mensaje, como una trompeta puede vocear.

Mientras Mwres so vestía, le cantaba, en tonos sonoros, amplios y guturales, los accidentes sobrevenidos la víspera a 1 El famoso corresponsal que el Times tiene en París.

8

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

los ómnibus volantes que circulaban en torno del globo, los nombres de las últimas personas llegadas a los balnearios a la moda recientemente fundados en el Thibet, las reuniones de las grandes compañías monopolizadoras celebradas la víspera. Si lo que la trompeta decía fastidiaba a Mwres, éste no tenía más que tocar un botón, y la máquina, después de una corta sofocación, hablaba, de otra cosa.

Naturalmente, su vestir difería mucho del de su antepasado. Sería difícil decir cuál (lo los dos habría sentido mayor asombro y habría sufrido más al encontrarse dentro de las ropas del otro.

Mwres habría preferido ciertamente ir desnudo por completo, a, ponerse el sombrero de felpa, la levita, el pantalón gris perla y la cadena de reloj que en los tiempos pasados habían llenado a Mr. Morris de un sombrío respeto por sí mismo. Para Mwres no existía ya el fastidio de afeitarse : un hábil operador había desde tiempo atrás hecho desaparecer hasta el último pelo de su cara. Sus piernas estaban encerradas en un agradable vestido de color rosado y ambarino, y tejido de una materia impermeable para el aire : él lo hin-chaba con una ingeniosa bombita, de manera de sugerir la idea de músculos enormes. Por encima de eso, llevaba también vestidos neumáticos, y sobre éstos una túnica de seda color ámbar, de suerte que estaba vestido de aire y admira-blemente protegido contra los cambios repentinos de temperatura. Encima de todo se echaba un manto escarlata, de bordes fantásticamente recortados. En su cabeza, que había sido hábilmente despojada hasta de los más pequeños cabellos, ajustaba una gorrita de color rojo vivo, mantenida recta 9

H . G . W E L L S

por inspiración, llena de hidrógeno y con un parecido curioso a la cresta de un gallo. As¡ completo su atavío, y cons-ciente de hallarse vestido sobriamente y con corrección, estaba dispuesto a afrontar, con mirada tranquila, a sus Contemporáneos.

Éste Mwres -el tratamiento de «señor» había desaparecido desde épocas atrasadas- era, uno de los funcionarios del Sindicato de las Máquinas de Viento y de las Caídas de Agua, gran compañía que poseía las ruedas de viento y las caídas de agua del mundo entero, monopolizaba el agua y proveía de fuerza eléctrica necesaria para la gente en esos días avanza-dos. Ocupaba en un vasto hotel, cerca de la parte de Londres llamada la Séptima Vía, un espacioso y cómodo departamento situado en el décimo séptimo piso. -Las casas particulares y la vida de familia habían desaparecido desde tiempo atrás, con el refinamiento progresivo de las costumbres, y, a decir verdad, la constante alza de los intereses y del valor de los terrenos, la desaparición necesaria de los sirvientes, la complicación de la cocina hablan hecho imposible el domicilio privado del siglo XIX, aun para aquel que hubiera deseado vivir en tan salvaje reclusión.

Cuando hubo acabado de vestirse, Mwres se dirigió hacia una de las puertas de la habitación (en cada extremo ha-bía puertas, indicadas por dos enormes flechas que se dirigían en sentidos opuestos) ; tocó un botón para abrirla, y salió a un ancho pasadizo cuyo centro, provisto de asientos, se dirigía hacia la izquierda, con un movimiento regular de avance. En algunos de esos asientos estaban sentados hombres y mujeres, vestidos con elegancia. Mwres saludó con un 10

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

movimiento de la cabeza a una persona conocida suya que pasaba (en esa época era de etiqueta el no conversar antes del almuerzo), ocupó, uno de los asientos, y en pocos segundos el pasadizo lo transportó a la entrada de un ascensor por el cual descendió a la sala grande y espléndida en la cual se-camente el desayuno.

Este era muy diferente del desayuno que se servía en el siglo XIX. Las duras tajadas que entonces había que cortar y untar de grasa animal para que pudieran ser agradables al paladar; los fragmentos todavía reconocibles de animales recientemente sacrificados, horriblemente carbonizados y destrozados; los huevos quitados sin compasión a alguna gallina indignada, todos esos alimentos que constituían el menú ordinario del siglo XIX, habrían sublevado el horror y el asco en el espíritu refinado de la gente de esta época, avanzada. En vez de aquellos alimentos, había pastas y pas-teles, de cortes agradables y variados, que en nada recorda-ban la forma ni el color de los infortunados animales de que se sacaba para ellos la substancia y el jugo. Aparecían los alimentos en fuentecillas que salían deslizándose por sobre unos rieles, de una pequeña caja puesta a uno de los lados de la mesa. La superficie sobre la cual comía la gente, habría parecido a un hombre del siglo XIX, que juzgara, por la vista y el tacto, como si estuviera cubierta de un fino y adamasca-do mantel blanco, pero era en realidad una superficie de metal oxidado que se podía limpiar instantáneamente después de cada comida. Había en la sala centenares de esas pequeñas mesas, y delante de la mayor parte de ellas estaban sentados, solos o en grupos, los ciudadanos de esa época.

11

H . G . W E L L S

En el momento en que Mwres se instalaba delante de su elegante desayuno, una orquesta invisible, que se había detenido un instante, empezó nuevamente a, tocar, y llenó de música el aire.

Pero Mwres no pareció interesarse mucho por su desayuno ni por la música : sus miradas vagaban incesantemente a través de la sala, como si esperara a algún comensal atrasado. Por fin se levantó precipitadamente, hizo una seña y si-multáneamente, apareció al otro extremo de la sala una forma alta y sombría, vestida con un .traje de color amarillo y verde aceituna. A medida que se acercaba esa persona, andando con paso mesurado por entre las mesas¡ la expresión enérgica de su cara pálida y la extraordinaria intensidad de sus ojos se hacían visibles. Mwres se sentó, señalando al re-cién venido un asiento a su lado.

-Temía que no pudiera usted venir- dijo.

A pesar del espacio de tiempo transcurrido, la lengua que Mwres hablaba era todavía casi exactamente la misma que se usaba en el siglo XIX. La invención del fonógrafo y otros medios semejantes para fijar el sonido, así como la substitución progresiva de los libros por instrumentos de ese género, no habían solamente detenido la debilitación de la vista humana, sino también, al establecer reglas seguras, ha-bía contenido los cambios graduales de pronunciación, hasta, entonces inevitables.

-Me ha hecho venir con atraso un caso interesante - dijo el hombre del traje amarillo y verde. -Un político importante.... ¿comprende usted?... que sufría del exceso de trabajo.

Echó una ojeada al desayuno y se sentó.

12

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

¡Eh, querido! - dijo, Mwres. -Ustedes los hipnotizadores no carecen de trabajo.

El hipnotizador se sirvió una jalea color de ámbar muy apetitosa.

-Sucede que a mi se me solicita mucho dijo modesta-mente.

-¿Quién sabe lo que sería de nosotros sin ustedes?

-¡Oh! ¡No somos tan indispensables el hipnotizador, saboreando el gusto de su jalea. El mundo ha vivido muy bien sin nosotros durante algunos miles de años. Hace apenas doscientos años... ¡ no había ni un hipnotista! Quiero decir, uno que ejerciera la profesión. Médicos a millares, cierto, en su mayoría terriblemente torpes, e imitadores los unos de los otros como carneros, pero médicos del espíritu, ni uno, aparte de algunos charlatanes empíricos.

Y concentró su espíritu en la jalea.

Pero, entonces, ¿era tan sana la gente que ?... -comenzó Mwres.

El hipnotista meneó la cabeza.

-Poco importaba que fueran idiotas o desequilibrados : ¡

la vida era entonces tan cómoda! nada de competencias dignas de este calificativo... nada de opresión. Se necesitaba que un ser humano fuera lindamente desequilibrado para que alguien se ocupara (le él, y entonces, como usted sabe, era para meterlo en lo que se llamaba un asilo de alienados.

-Lo sé - dijo Mwres :-en esas malditas no. velas históricas que todo el mundo escucha, alguien libra siempre a una hermosa joven encerrada en un asilo o en algún lugar de ese género. Ahora me pregunto si esas tonterías le interesan a 13

H . G . W E L L S

usted. -Debo confesar que sí- dijo el hipnotista es un cierto cambio eso de trasladarse a aquellos días extraños, venturo-sos y medio civilizados del siglo XIX, cuando los hombres eran osados y las mujeres sencillas. Yo prefiero toda una historia de corta-montañas. Era una época muy curiosa aquélla, con sus locomotoras jadeantes, sus vagones que en-suciaban, sus curiosas caritas y sus coches de caballos. ¿Supongo que usted no lee libros?

-¡ Seguro que no! - dijo Mwres :-he estudiado en una escuela moderna y en ella no he aprendido ninguna de esas necedades añejas. Los fonógrafos me bastan.

-¡Naturalmente! - dijo el hipnotista, y echó una ojeada, a la mesa para escoger un nuevo manjar. -En esos tiempos

-añadió, sirviéndose una mezcla de color azul obscuro y aspecto apetitoso; -en esos tiempos se pensaba poco en nuestra ciencia. Creo hasta que si alguien hubiera dicho que antes de doscientos años habría una clase entera de hombres ex-clusivamente ocupada en imprimir cosas en la memoria, en borrar las ideas desagradables, en dominar y apagar los impulsos instintivos pero enojosos, por medio del hipnotismo, todo el mundo se habría negado a creerlo, Pocas personas sabían que una orden dada en el sueño hipnótico, aun cuando fuera una orden de olvidar o de desear, pudiera ser for-mulada de manera que fuera obedecida después del sueño.

Sin embargo, entonces existían personas que habrían podido afirmar que era tan cierto que llegaría a suceder la cosa, co-mo el paso de Venus.

-¿Conocían el hipnotismo en aquellos tiempos?

14

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

-¡Oh, sí seguramente! ¡ Se servían dé él para extraer los dientes sin dolor y para otros usos por el estilo!... ¡Cáspita!

¡Qué buena es esta mixtura azul! ¿Qué es?

-No tengo la menor idea- dijo Mwresí- pero confieso que es excelente. Tome usted un poco más.

El hipnotista repitió sus elogios y luego siguió una pausa apreciativa.

-Con relación a esas novelas históricas- dijo Mwres procurando aparentar cierta. despreocupación, -desearía hablar a usted... ¡ hum!... de la cosa que... ¡ hum!... tenia ... en el espí-

ritu... cuando preguntó por usted ... cuando expresé el deseo de ver a usted.

Se detuvo y respiró ruidosamente. El hipnotista le dirigió una mirada atenta y siguió comiendo.

-El hecho es- dijo Mwres, - que tengo una... ¡ una hija!

Pues bien, usted sabe que le he dado... ¡ hum! ... todas las ventajas de la educación. Cursos, no por un profesor capaz y único, sino que también ha tenido un teléfono directo para la danza, las maneras, la conversación, la filosofía, la crítica dé arte...

Indicó con un ademán, una cultura universal.

-Tenía la intención de casarla con un buen amigo mío, Bindon, de la comisión de alumbrado, un hombre muy sencillo, que no siempre tiene maneras agradables, pero verda-deramente es un buen muchacho... un excelente muchacho.

-Bien, siga usted- dijo el hipnotista. -¿Qué edad tiene la joven?

-Dieciocho años.

-Edad peligrosa.

15

H . G . W E L L S

-Pues bien, parece que se ha dejado... influir- por esas novelas históricas... de una manera excesiva... sí, de una manera excesiva ; hasta el punto de descuidar su filosofía. Se ha llenado el espíritu de insípidas tonterías a propósito de sol-dados que se baten... no sé qué son... ¿etruscos?

Egipcios.

-Egipcios probablemente. Cortan y hieren sin cesar con espadas, revólveres y cosas... sangre por todas partes... horrible y también .hay jóvenes en torpederas que saltan... es-pañoles supongo... y toda clase de aventureros. Se la ha puesto en la cabeza casarse por amor y el pobre Bindon...

-He visto casos semejantes- dijo, el hipnotista. -¿Quién es el otro joven?

Mwres conservó una apariencia de calma resignada.

-Puede usted preguntarlo- y bajó la voz como avergonzado- es un simple empleado de la plataforma donde des-cienden las máquinas volantes que vienen de París. Tiene buena catadura, como dicen en las novelas... es joven y muy excéntrico. Afecta lo antiguo... ¡ sabe leer y escribir!... Ella también... y en vez de comunicarse por el teléfono, como hace la gente sensata, se escriben y cambian... ¿cómo se llama eso?

-Esquelas.

-No, no son esquelas... ¡Ah! ... ¡ poemas!

El hipnotista, sorprendido, alzó los ojos. ¿Cómo lo conoció?

-Tropezó al bajar de la máquina volante de París y cayó en los brazos del joven. El daño sobrevino en un instante.

-¿De veras?

16

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

-Sí, ya lo sabe usted todo. Es necesario poner remedio.

Para eso he venido a consultar a usted. ¿Qué se debe hacer?

¿Qué. se puede hacer? No soy hipnotista ; mi ciencia no va lejos... ¡ pero usted!...

-El hipnotismo no es magia- dijo el hombre vestido de verde, colocando los codos en la mesa.

-¡Oh! precisamente... pero sin embargo...

-No se puede hipnotizar a las personas sin su consenti-miento. Si la joven es capaz de resistirse al proyecto de matrimonio con Bindon, probablemente no consentirá en dejarse hipnotizar. Pero si llega a ser hipnotizada, aunque sea por otro, la cosa está hecha.

-¿Usted podría?...

-¡Oh! seguramente. Tan pronto como la tengamos la sugeriremos que es necesario que se case con Bindon, que ese es su destino, o si no, que el joven a quien ama es repugnante ; que, cuando ella le vea debe sentir náuseas y vértigo o cualquier otra cosa por el estilo... o si podemos su-mergirla en un sueño suficientemente profundo, sugerirle que lo olvide por completo.

-Precisamente.

-Pero la cuestión es hipnotizarla. Naturalmente, ninguna proposición o seducción de, ese genero debe prevenir de usted, porque, sin duda, ella debe desconfiar.

El hipnotista posó la cabeza en sus manos y se puso a reflexionar.

-Es duro para un hombre no poder disponer de su hija-dijo Mwres intempestivamente.

17

H . G . W E L L S

-Es necesario que usted me dé el nombre y la dirección de la joven- dijo el hipnotista, -con todos los detalles que conciernen al caso, y entre paréntesis, ¿hay algún dinero en el asunto? Mwres titubeó.

-Hay una suma... una suma considerable. puesta en la Sociedad de las Vías Privilegiadas la fortuna de su madre.

Esto es lo exasperante del caso.

-Perfectamente- dijo el hipnotista, y se puso a interrogar a Mwres. El interrogatorio fue largo.

Mientras tanto, Elizebes Mwres, como ortografiaba ella su nombre, o Elisabeth Morris, como lo habría escrito una persona del siglo XIX, estaba sentada en una tranquila sala de espera., bajo la gran plataforma donde descendía la má-

quina volante de París. Al lado de la joven estaba su enamorado esbelto y agraciado, leyéndole el poema que había escrito aquella mañana, mientras se hallaba de servicio en la plataforma. Cuando terminó la lectura, permanecieron un instante silenciosos; luego, como si hubiera sido para su diversión especial, apareció en el cielo la gran máquina que llegaba de América a todo andar.

Al principio no era más que un pequeño objeto oblongo, confuso y azul a la distancia, entre las nubes coposas, luego creció rápidamente, más vasto y más blanco, hasta que pudieron ver las hileras de velas separadas, de un centenar de pies de ancho cada una, y el frágil marco, que soportaban, y por fin hasta los asientos movibles de los pasajeros como líneas punteadas. Aun que la máquina descendía, a ellos les parecía que subía al cielo, y abajo, sobre la extensión de los techos de la ciudad, su sombra los envolvía rápidamente.

18

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

Oyeron el silbido del aire y los llamados de la sirena, estridentes y vibrantes, para anunciar su llegada a los empleados de la plataforma, de recalada. Bruscamente, la nota bajó un par de octavas y la máquina desapareció ; el cielo estaba claro y libre, y la joven volvió sus ojos hacia Denton, quien estaba sentado a su lado.

Rompieron el silencio, y Denton, hablando una especie de idioma entrecortado que era, según parece, posesión particular de ellos, aunque desde que el mundo es mundo todos los amantes hayan hablado esa lengua, Denton le dijo que un buen día ellos también tomarían el vuelo para dirigirse hacia una ciudad maravillosa que él conocía en el Japón, a medio camino alrededor del mundo.

A ella le gustaba la idea, pero el esfuerzo la atemorizaba

; oponía un perpetuo: «Ya veremos, amigo mío, ya veremos»

a todas sus instancias para que fuese muy pronto. Hubo un conflicto estridente de silbatos y el joven tuvo que volver a su servicio en la plataforma : se separaron como se han separado siempre los enamorados desde miles de años atrás.

Ella siguió por un pasaje hasta un ascensor y llegó así a una de las calles de Londres de esa época, toda cubierta de vidrios gruesos con plataformas movibles que iban continuamente a todos los barrios de la ciudad. Por una de aquellas plataformas regresó a su departamento, en el Hotel de las Mujeres, donde habitaba y que estaba en comunicación telefónica con todos los mejores profesores del mundo. Pero llevaba en su corazón todo el sol que los había bañado de luz, a ella, y a Denton, y a esa claridad la sabiduría de los mejores profesores del mundo parecía locura, Elisabeth pa-19

H . G . W E L L S

só una parte de la tarde en el gimnasio y comió con otras dos jóvenes y su chaperón común, pues todavía se acos-tumbraba tener chaperones para las jóvenes de las clases elevadas que habían perdido a su madre. El cheperón tenía ese día una visita, un hombre vestido de verde y de amarillo, que hablaba de una manera asombrosa. Entre otras cosas hizo el elogio de una nueva novela histórica, que uno de los grandes narradores populares acababa de publicar. El tema, naturalmente, había sido tomado de la época de la reina Victoria, y el autor, entre agradables innovaciones había colocado un pequeño argumento antes de cada sección de su historia, imitando los títulos de capítulos de los libros del tiempo antiguo ; por ejemplo : «De cómo los cocheros de Pimlico detuvieron el ómnibus de Victoria, y del gran pugilato que siguió en el patio del Palacio», o bien : «De cómo el guardia de Piccadilly fue víctima de su deber». El hombre verde y amarillo no cesaba de hacer elogios.

-Esas frases enérgicas- decía -son admirables. Hacen ver de una ojeada esas épocas tumultuosas y frenéticas, en que, los hombres y los animales se codeaban en las calles sucias donde la muerte lo esperaba a uno a cada vuelta. ¡La vida era la vida, entonces! ¡Qué grande debía parecer el mundo!

¡Qué maravilloso! Había entonces partes del globo absolutamente inexploradas; hoy, casi hemos anulado el asombro, llevamos una existencia tan ordenada que el valor, la paciencia, la fe, todas las nobles virtudes parece que desaparecieran de la tierra.

Continuó en ese tono cautivando los pensamientos de la joven, de tal modo que la vida que llevaban, la vida del 20

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

siglo XXII, en Londres vasto e inextricable, vida entremez-clada de vuelos hacia todos los puntos del globo, le parecía una monótona miseria al lado de ese dédalo del pasado.

Al principio Elisabeth no tomó parte en la conversación

; sin embargo, al cabo de un rato el tema se hizo tan interesante, que emitió algunas tímidas observaciones. Pero él apenas pareció fijarse en ella y prosiguió describiendo un nuevo método para divertir a la gente. Se hacía uno hipnotizar y entonces le sugestionaban A uno de tal modo que era lo más fácil figurarse que se vivía en los tiempos antiguos. Se podía actuar en pequeñas novelas -del pasado tan claramente como si fuese la realidad, y cuando al fin uno se despertaba, recordaba todo lo que uno se imaginaba haber experimentado como si hubiese sido real.

-Es una cosa que hemos buscado desde hace años y años- decía el hipnotista. - Prácticamente, es un sueño artificial y al fin hemos encontrado el medio de producirlo. Pien-sen ustedes en todo lo que eso nos permite. ¡Nuestra experiencia enriquecida, las aventuras posibles de nuevo, un refugio que se ofrece contra esta vida sórdida y difícil! ¡

Imagínense ustedes! .

-¡Y usted puede hacer eso! - dijo con curiosidad la chaperón.

-Al fin la cosa es posible- respondíó el hipnotista.

-Pueden ustedes pedir un sueño a su gusto.

La chaperón fue la primera en hacerse hipnotizar, y al despertar declaró que había tenido un sueño maravilloso.

Las dos jóvenes animadas por su entusiasmo se aban-donaron también entro las manos del hipnotista para hacer 21

H . G . W E L L S

una excursión por el romántico pasado. Nadie obligó a Elisabeth a ensayar esa nueva distracción y al fin por su propio deseo fue llevada a ese país de los sueños, donde no hay libertad de elección ni voluntad...

Así fue hecho el mal.

Un día, Denton bajó a la pequeña sala tranquila bajo la plataforma de las máquinas volantes y Elisabeth no estaba en su lugar habitual. Se sintió contrariado y algo enojado. Al día siguiente su amada no vino, ni al otro tampoco. Tuvo miedo; para poder disimular sus propios temores se puso con ardor a componer sonetos para cuando volviese...

Durante tres días por medio de esta distracción, luchó contra su aprensión, luego la verdad se le presentó, fría y clara, sin duda posible. Podía estar enferma, pero no quería creer que le hubiese engañado. Entonces pasó una semana de penas; comprendió que ella era el único bien en la tierra, digno de la posesión, y que necesitaba buscarla hasta que la hubiese encontrado, por más desesperada que fuese la pes-quisa.

Tenía algunos recursos personales, lo que le permitió abandonar su empleo para buscar a la joven que se había hecho para él más preciosa que el mundo.

No sabía dónde vivía e ignoraba todo lo que se relacio-naba con ella, pues la joven había exigido para aumentar el encanto de su romántico amor, que, él no conociese nada de ella... nada de su diferencia de situación. Las calles de la ciudad se abrían delante. de él, al Este y al Oeste, al Norte y al Sur. En la época de la reina Victoria, Londres, pequeña ciudad de cuatro pobres millones de habitantes, era ya un labe-22

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

rinto, pero el Londres que Denton iba a explorar, el Londres del siglo XXII, era una ciudad de treinta millones de almas. Al principio fue enérgico e infatigable, tomaba apenas el tiempo necesario para comer y beber. Buscó duramente semanas y meses, pasando por todas las fases imaginables de la fatiga y de la desesperación de la sobrexcitación y de la cólera. Mucho tiempo después de que todas sus esperanzas hubieran muerto, por la simple inercia de su deseo, vagaba todavía de un lado a otro, examinando las caras, mirando a derecha e izquierda en las calles, los ascensores y los pasadizos incesantemente animados por el movimiento de esa gigantesca columna humana. Por fin, el azar se compadeció de él y le permitió verla.

Era un día de fiesta. Tenía hambre, y habla pagado el derecho de entrada única para penetrar en uno de los inmensos refectorios, de la ciudad. Se abría paso por entre las mesas y examinaba por la sola fuerza de la costumbre cada grupo junto al cual pasaba. De repente, se detuvo estupefacto, con los ojos fijos y la boca abierta, sin fuerzas para avanzar. Elisabeth estaba sentada apenas a veinte metros de él, mirándole de frente a la cara, con unos ojos tan duros, tan exentos de expresión corno los de una estatua, unos ojos que parecían no reconocerle : lo miró así un momento, y su mirada pasó luego a otra cosa.

Si Denton no hubiera tenido sus ojos para convencerle, habría podido dudar de que fuera realmente Elisabeth.

Pero la reconoció en el ademán, en la gracia de un pequeño rizo rebelde que se balanceaba sobre la oreja cuando la cabeza se movía. Alguien le habló, y ella se dio vuelta, con 23

H . G . W E L L S

una sonrisa indulgente hacia el hombre que estaba cerca de ella, un hombrecillo ridículamente vestido, erizada la cabeza de cuernos neumáticos, como un raro reptil : el Bindon es-cogido por su padre.

Durante un momento se quedó Denton inmóvil, pálido y con la vista extraviada : en seguida presa de una debilidad, se sentó delante dé una de las mesitas. Daba las espaldas a Elisabeth, y por un largo rato, no se atrevió a mirarla. Por fin, tuvo el valor de hacerlo, y la vio de pie, lista para partir con Bindon y otras dos personas : éstas eran su padre y la chaperón. El se quedó en su sitio corno incapaz de hacer nada hasta que las cuatro personas estuvieron lejos y apenas se les veía : entonces se levantó, poseído por la idea única de seguirlos. Durante un rato temió haberlos perdido, pero en una de las calles de plataformas móviles que recorrían la ciudad, cayó de nuevo sobre Elisabeth y su chaperón: Bindon y Mwres habían desaparecido.

Ya no le fue posible conservar por más tiempo la paciencia. Sentía el deseo irresistible de hablar a Elisabeth o de morir. Se dirigió vivamente al lugar en que estaban sentadas y se sentó junto a las dos. Su cara pálida estaba convulsionada por su sobreexcitación nerviosa.

Posó su mano sobre la de la joven.

-¡ Elisabeth! - dijo.

Ella se volvió con un asombro sincero y su rostro no indicaba más que su temor por ese desconocido.

-¡ Elisabeth! -gritó, y su voz le pareció a él mismo extra-

ña. -¡ Mi muy amada! ... ¿Me reconoce usted?

24

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

El rostro de Elisabeth no dejó ver otra cosa que un po-co de alarma y de perplejidad.

La joven se apartó de él. La chaperón, una mujercita de cabellos grises y facciones móviles, se inclinó hacia adelante para intervenir. Sus ojos claros y resueltos examinaron a Denton.

-¿Qué quiere usted? - le preguntó.

-Esta señorita... ¡me conoce! -afirmó Denton.

-¿Le conoce usted, querida?

-¡No! - dijo Elisabeth con voz extraña, llevándose la mano a la frente y hablando como quien repite una lección.

-¡No! ¡No le conozco! Sé que no le conozco.

-¡Cómo!... ¡Cómo!... ¡No me conoce usted! ¡ Soy yo!

¡ Denton, Denton! ... Con quien iba -usted a conversar...

¿No se acuerda usted ya... La plataforma de las máquinas voladoras, el banco... al aire libre los versos... -¡No! - replicó Elisabeth. - ¡No! ¡No lo conozco! ¡No lo conozco! ... Algo hay... pero ya no lo sé.. . Todo lo que sé es que no lo conozco.

Sus facciones expresaban un desconsuelo infinito. Los vivos ojos de la chaperón iban de la joven al joven.

-Ya ve usted- dijo, con una sombra de sonrisa. -No le conoce a usted.

-¡No le conozco a usted ! -repitió Elisabeth. -Estoy segura de ello.

-Pero, mi amada... los sonetos... los pequeños poemas...

-No le conoce a usted- ¡ insistió la chaperón. –No se empeñe usted... ¡Está usted engañado!... No continúe usted 25

H . G . W E L L S

hablándonos... Desista usted de molestar a la gente en la vía pública.

-Pero- dijo Denton, y su rostro desconsolado y lívido pareció un momento apelar contra el destino.

-No hay que persistir, joven, - protestó la chaperón.

-¡ Elisabeth! -gritó él.

El rostro de la joven expresaba tormentos intolerables.

-¡No le conozco a usted! -exclamó, con la mano en la frente. -¡Oh! ¡Pero no le conozco a usted!

Denton se desplomó en su asiento, aturdido... Después se enderezó y exhaló un gemido. Hizo un extraño ademán de llamamiento hacia el techo de vidrio de la vía pública, luego se dio vuelta y pasó con saltos febriles de una plataforma móvil a otra, y desapareció entre el hormigueo de los transeuntes. La chaperón le siguió con los ojos, después de lo cual afrentó atrevidamente las miradas de los curiosos que las rodeaban.

-Querida mía- preguntó Elisabeth retorciéndose las manos y demasiado profundamente conmovida para hacer caso de los que la observaban. - ¿Quién es ese hombre?... ¿Quién es ese hombre?...

La chaperón abrió los ojos desmesuradamente y contestó con voz clara y de manera que la oyeran todos:

-Algún pobre ser medio idiota, ¡ esta es la primera vez que lo veo!

-¿Nunca le hemos visto antes?

-Nunca, querida mía: no se atormente usted la imaginación por tan poco.

26

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

Algún tiempo después de esto, el célebre hipnotisa, en el momento en que se vestía de verde y amarillo, recibió una visita. El nuevo parroquiano, un joven, atravesó la sala de consultas, pálido y con las facciones desencajadas. -¡Quiero olvidar! -gritaba. -Necesito olvidar.

El hipnotista lo observó con mirada tranquila, estudian-do su cara, su vestir y sus ademanes.

- Olvidar algo, placer o pena, es disminuirse en igual proporción ; pero ese es asunto de usted. Nuestros honora-rios son elevados.

-Con tal de que me fuera posible olvidar...

-A usted le será fácil, puesto que lo desea. He conseguido curaciones más difíciles. No hace aún mucho... he tenido un caso en que no esperaba un resultado tan bueno. La cosa se. hizo contra la voluntad de la persona hipnotizada... Un asunto de amor también, como el de usted... -Una joven...

Pero no se asuste usted.

El joven fue a sentarse cerca del hipnotista. Sus ademanes revelaban que su calma era forzada. Fijó los ojos en los del operador. , -Es necesario que le diga a usted... Naturalmente, conviene que usted sepa de quién se trata. Es una joven llamada Elisabeth Mwres. ¿Qué hay?...

Se calló porque en las facciones del hipnotista había observado una repentina sorpresa.

-En el mismo instante comprendió. Levantándose y dominando al personaje sentado a su lado y que estaba vestido de verde y oro, lo tomó del hombro. Durante un momento no pudo encontrar las palabras.

27

H . G . W E L L S

¡Devuélvamela usted! ¡Devuélvamela usted -¿Qué quiere usted decir? -balbuceó el hipnotista.

-¡Devuélvamela usted!

-Que le devuelva... ¿a quién?...

A Elisaheth Mwres... la joven...

El hipnotista trató de desasirse , pero la mano de Denton le oprimía con mayor fuerza.

-¡ Suélteme usted! -gritó el hipnotista, lanzando su puño contra el pecho de Denton.

En el mismo instante, los dos hombres se enlanzaron en una torpe lucha. -Ni el uno ni el otro estaban ejercitados, porque el atletismo, salvo cuando se le preparaba como espectáculo y como ocasión para apuestas, había desaparecido de la tierra. Sin embargo, Denton era no solamente el más joven sino también el más fuerte de los dos. Se empujaron el uno al otro a través de la habitación, después el hipnotista cedió bajo el peso de su antagonista, y los dos cayeron...

De un salto, Denton se puso en pie, espantado de su fu-ria. Pero el hipnotista quedaba tendido en tierra, y de repente, de una pequeña señal blanca que le había hecho en la frente el ángulo de un taburete, brotó un hilo de sangre. Un momento se quedó Denton inclinado sobre él, irresoluto y tembloroso. Un temor de las consecuencias posibles entró en su espíritu de educación tranquila. Se volvió hacia la puerta.

-¡No! - dijo en voz alta, y regresó al centro de la habitación.

Dominando la instintiva repugnancia del que, en toda su vida, no ha sido testigo de un acto de violencia, se arrodilló 28

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

al lado de su antagonista para escuchar si el corazón latía, y después examinó la herida. Se volvió a poner en pie, sin hacer ruido, y paseando la vista en torno suyo, empezó a ver la situación bajo mejores auspicios.

Al recuperar el sentido, el hipnotista se encontró con la espalda apoyada en las rodillas de Denton, el cual le pasaba por el rostro una esponja mojada, y el pobre hombre sentía violentos dolores de cabeza. Sin decir una palabra, indicó con un ademán, que en su opinión ya se le había mojado bastante.

-Déjeme usted levantarme.

-Todavía no- dijo Denton.

-¡Ustedme ha atacado, bribón!

-Estamos solos- dijo Denton- y la puerta bien cerrada.

A esto siguió un momento de reflexión.

-Si no me deja usted mojarle la frente- añadió Denton-va usted a tener allí un chichón enorme.

-Siga usted mojándome contestó el hipnotista, en tono gruñón.

Hubo otra pausa.

-Se creería uno en la edad de piedra- declaró el hipnotista. -¡Violencias!... ¡Una lucha! ...

-En la edad de piedra- dijo Denton- nadie se habría atrevido a interponerse entre un hombre y -una mujer.

El hipnotista reflexionó de nuevo.

-¿Qué tiene usted la intención de hacer? preguntó.

-Mientras estaba usted desmayado, he encontrado en sus tabletas la dirección de la joven. Hasta ahora lo ignoraba.

He telefoneado, y en breve estará aquí. Entonces ...

29

H . G . W E L L S

-Vendrá con su chaperón...

-Lo que será excelente.

-Pero ¿qué?... No veo bien ... ¿Qué quiere usted hacer?

-He buscado un arma. Es admirable cuán pocas armas hay en nuestros días, si se piensa que en la edad de piedra los hombres no poseían casi nada más que armas. Por fin, he encontrado esta lámpara. Le he arrancado los hilos con-ductores y los accesorios, y la tengo así...

Y la blandió por sobre los hombros del hipnotista.

-Conesta maza puedo fácilmente abrirle a usted el crá-

neo, y lo haré... a no ser que consienta usted en lo que voy a pedirle.

-La violencia no es un remedio- dijo el hipnotista, tomando su cita del Libro de las máximas morales del hombre.

-Es una enfermedad desagradable - dijo Denton.

-¿ Qué debo hacer?

-Dirá usted a esa señora chaperón que va usted a orde-nar a la joven que se case con ese animalucho contrahecho, de cabellos rojos y ojos de zorro. ¿Supongo que las cosas están en ese estado ?

-Sí; en ese estado se hallan.

-Y fingiendo hacer eso, la devolverá a usted los recuerdos de mi persona.

-Eso no es de mi profesión.

-Escuche usted bien. Preferiría morir a no poseer a esa joven, y no tengo la intención de respetar las pequeñas fantasías de usted : si todo no va en línea recta, no vivirá usted cinco minutos más. Tengo aquí un rudo remedo de arma que puede, de manera muy concebible, ser suficientemente 30

UNA HISTORIA DE LOS TIEMPOS VENIDEROS

peligrosa para matarle a usted. Y así lo haré. Bien sé que es una cosa insólita en nuestros días el proceder as¡ ... sobre todo, porque hay tan pocas cosas en la vida que merezcan que uno cometa violencias por ellas.

-La chaperón de la joven lo verá a usted al entrar.

-Me ocultaré en este rincón, detrás de usted.

El hipnotista reflexionó.

-Es usted un joven muy resuelto- dijo- y civilizado sólo a medias. Yo he procurado cumplir mi deber para con mi parroquiano, pero en este asunto parece probable que usted alcanzará los fines que persigue...

-Entonces ¿obrará usted francamente?

-¡ Pardiez! No quiero correr el riesgo de que me -rompa usted la cabeza por una cosa tan insignificante como esta.

-¿Y después?

-Nada hay que un hipnotista o un médico deteste tanto como el escándalo. Yo, por lo menos, no soy un salvaje.

Ciertamente, estoy muy contrariado... pero dentro de un día o dos ya no le tendrá rencor a usted... -Muchas gracias. Ahora que nos entendeos, no veo la necesidad de dejarle a usted por más tiempo en el suelo.