Historias de Vida y Muerte por Carlos Maza - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

 

 

 

Historias

de vida y muerte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2012

       Todos los derechos reservados

 

 

 

 

 

 

Índice

 

Prólogo ………………………..

9

Hilario …………………………

11

Gregoria ……………………….

27

Mi abuelo Juan ………………..

41

Una tumba olvidada …………..

59

Teodora ………………………..

71

Rosa …………………………...

89

Felipe ………………………….

113

Raquel …………………………

131

Juan y Germana ……………….

151

Marisol ………………………..

173

Julia ……………………………

183

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A todos los que se fueron

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Te he visto envejecer entre mis manos,

mis caricias –tus manos me abrazaban

un día y otro día- sin poder detenerte,

detenernos.

 

Tus ojos querían para mí

las cosas dulces, suaves,

aunque tú ya sabías lo violenta,

dura y desolada,

que está la vida. Y una vez,

y otra vez, me hablabas del camino.

 

Y ya hoy

-Ana y Ángela, mis hijas,

te recuerdan- te veo como nunca lo hice:

Agobiada por años y más años,

por palabras y ausencias,

por dolores.

 

Quisiera para ti

toda la paz del mundo. Toda la paz

que no pudimos darte.

 

 

José Antonio Labordeta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

         Cuando voy al cementerio a visitar la tumba de mis padres u otros familiares cuyos restos se encuentran allí, me tropiezo con muchas flores esparcidas por el suelo. Los días anteriores hubo tormenta, un fuerte viento. La consecuencia es verlas caídas, repartidas por doquier. Tras permanecer unos minutos frente a la lápida que he venido a visitar, paseo sin rumbo recogiendo algunas de esas flores sin origen preciso, colocándolas en floreros que permanecen vacíos, sobre lápidas antiguas que ya no conocen visitantes.

         A medida que paseo voy fijándome en nombres olvidados, deseos expresados de forma estereotipada, adornos, cruces, ángeles de piedra, entradas francas a mausoleos de los que hace tiempo nadie abre sus puertas.

         Hay muchas personas a las que no les gusta visitar un cementerio, que prefieren alejarse de este lugar de muerte, aprensivos. A mí, en cambio, estas tumbas no me hablan de muerte, sino de vida. Cada una de ellas encierra una historia que desea ser contada antes de que el olvido más completo caiga sobre ella, sobre este torpe narrador, sobre sus eventuales lectores, todos los que quedamos aún en pie, depositantes de una vida que encierra a todas las existentes, las que hubo y las que vendrán.

 

image002.jpg

 

Porque el olvido sí es la muerte. El recuerdo, en cambio, es capaz de volver al presente aquella risa de otro tiempo, las lágrimas, la lucha por ser feliz, por afrontar la desgracia, por querer y odiar. Porque los muertos que allí permanecen son nuestra memoria, porque vivieron nuestros mismos sueños, desearon idénticas cosas, sufrieron las mismas decepciones y perdieron todas las batallas en las que nosotros ahora estamos sumidos.

 

Hilario

 

         No sé muy bien dónde comienza esta historia. Quizá fuera en la casa del párroco de Dueñas, ese pueblo palentino, donde hablé con el titular pidiéndole el libro de bautismos en su parroquia de ciento cincuenta años atrás. Me atendió muy amable, llevándome hasta su propia sala de estar donde me senté ante una gran mesa situada junto al televisor.

         Tras una pequeña espera, llegó de nuevo portando un inmenso libro cuyas primeras páginas casi se deshacían al tocarlas. Busqué el índice en su parte final con mucho cuidado y fui pasando el dedo por los nombres que allí aparecían. No tardé mucho en dar con un escrito donde se decía:

 

“En la villa de Dueñas, prov. y Obispado de Palencia a diez y ocho de Enero de mil ochocientos sesenta y tres, yo Dn Franco Martínez Manco, Cura propio de la única iglesia parroquial de esta villa bauticé solemnemente un niño, que nació a las siete de la tarde del día catorce del referido mes y año: es hijo legítimo de primer matrimonio de Antonio Ruiz González y de Josefa Gutiérrez Rodríguez naturales y vecinos de la misma … Le puse por nombre Hilario y por abogado se le dio a San Lorenzo”.

 

         Por primera vez, aquella figura cuyo recuerdo me había llegado a través de mi padre, cobraba forma, se materializaba. Mi bisabuelo había tenido padres a su vez, Antonio y Josefa, fue un niño recién nacido cuando recibió el sacramento del bautismo, ahora sabía incluso la hora en que había nacido, quiénes fueron sus padrinos.

         ¿Empezó su historia en ese momento? No creo. Me tomé una cerveza en la plaza de España, junto al Ayuntamiento, teniendo frente a mí la blanca casa del párroco, justo delante del arruinado palacio de los Buendía. Cuando aquel niño naciera, ese edificio noble no tendría los techos caídos, el viento no atravesaría sus habitaciones, lo que ha quedado de ellas. La vecina iglesia de San Agustín no sería el cascarón vacío que ahora se levanta como una mole entre esta plaza y la anterior. El tiempo ha pasado inclemente para este pueblo pero no para aquel niño, que permanece intacto en la memoria tras su prematura muerte.

         Estuve en la iglesia de Santa María, donde él asistiría a misa y vería nacer su vocación religiosa, un camino bien trazado. Sería un niño lleno de sensibilidad, aficionado quizá al estudio (su prosa era culta, elaborado su discurso), que miraría como yo lo hacía tanto tiempo después aquel lugar a los pies de la nave principal que acoge el coro. Estuve hablando con Álvaro, un muchacho cortés y servicial que escuchó mi historia, me vio mirar hacia aquel órgano donde quizá (ahora sí) empezara la historia de Hilario.

         Me dijo que subiéramos, que me enseñaría el lugar. Ascendí por unas escaleras rotas en su centro. “La iglesia se asentó sobre un mal terreno, sobre todo la nave de la Epístola” me dijo. “Se ha cementado e intentado de todo, pero los cimientos siguen cediendo y por eso los escalones han terminado por romperse”. De nuevo el tiempo, que va socavando realidades, esfumando recuerdos allá donde estos ceden y se pierden.

         Pasé por una pequeña habitación, ahora cubierta de restos de ángeles rotos, unos bancos de madera, otras figuras religiosas, una cruz sencilla y de regular tamaño. Iba pensando: “Por aquí subía cada día de su juventud, atravesaría esta habitación como hago yo”. Lo observaba todo con interés y curiosidad. Resulta extraño ir persiguiendo pistas de un hombre siglo y medio después de su paso por los mismos lugares. Esa habitación no tendría el mismo significado para él que para mí, nada es igual y, sin embargo, recorrer sus lugares me daba una intensa sensación de cercanía.

 

image004.jpg

Órgano en la iglesia de Santa María de Dueñas

 

         Llegamos hasta el lugar desde donde se contemplaban en toda su extensión las tres naves de la iglesia. Aquel muchacho me hizo observar el órgano, pasé incluso por detrás de él para que me señalara la parte trasera de los tubos, comentándome cómo se limpiaban periódicamente para garantizar un buen sonido.

         “Desde los tiempos de su bisabuelo esto ha cambiado bastante” me aclaró. “Los tubos no estaban verticales como ahora, sino horizontales, y desde luego el teclado no era éste, que es eléctrico”. Aún así lo descubrí, levantando el paño que lo cubría. No me atreví a pulsarlo como él había hecho tantas tardes, cuando aprendía a tocarlo, cuando los sonidos envolvían la misa del sábado o el domingo.

         Fue en otra iglesia, a varias decenas de kilómetros, donde realmente empezó su historia, quiero pensar. Estaba cerca ya de pronunciar los votos en su carrera sacerdotal, tocaba habitualmente en la iglesia de su pueblo natal, aunque no fuera el titular de ese puesto. Era apenas un joven de veintitrés años cuando le llamaron para que hiciera lo propio en una pequeña parroquia palentina, al otro lado del río Carrión.

         Nuestra Señora de Allende el Río se levantaba entonces solitaria en medio de una fila interminable de huertas que cubrían todo el margen derecho del río. De nuevo encaminé mis pasos hasta allí una mañana de julio con la certeza de que vería, casi al mismo tiempo, el principio y el final de la historia de mi bisabuelo.

         El cura párroco, con el que me había citado por teléfono, me saludó sonriente. Estaba rodeado de algunos feligreses y me indicó que fuera visitando la pequeña iglesia antes de que pudiéramos hablar. Así lo hice. El edificio era modesto y, como me explicaría otro día, apenas disponían de medios para tapar las humedades y limpiar el bonito retablo que luce en su altar mayor.

         Pero mi curiosidad me llevaba hacia otro lugar. Otra vez me fijé en el coro, en su barandilla de madera, la ausencia de un órgano que aquel día de 1886 sí estaba y ante el cual se sentó el futuro sacerdote. Miró frente a sí y vio a las muchachas del barrio, que componían el coro de la parroquia, como era tradicional. Su mirada se cruzó con una mujer algo mayor que él, veintiséis años por entonces, y así empezó la verdadera historia de Hilario, la aventura que le haría hombre de un modo muy distinto al que imaginó, que le haría conocer la ansiedad de un futuro por construir, el amor arrasador que ensalza y ennoblece, la dicha de la paternidad, la ruptura de los sueños, y la muerte, todo en el breve plazo de apenas tres años.

 

image006.jpg

Coro en la iglesia de Allende el Río

 

         Por aquel entonces, Gregoria vivía en una gran casa construida en el Huerto del Corro, como era conocido en el barrio. Allí estaba su padre Félix, ya de sesenta años, su hermano Mateo, que habría de morir soltero mucho después y algunas hermanas que no encontrarían marido: Petra, Rosalía, Eladia. Entre ellas estaba mi bisabuela, para la que ya iban pasando los años sin encontrar un hortelano vecino que se fijara en ella, como le sucedía a sus hermanas, o un pequeño comerciante del barrio de San Miguel o del más humilde de Santa Marina.

         Seguramente aceptaba resignada su suerte, como aceptaría del mismo modo su temprana viudez, la pobreza sobrevenida y tantas fatigas como habría de pasar hasta morir una noche en que los obuses hacían sonar sus explosiones en el barrio madrileño donde se había refugiado la familia durante la guerra. Por una vez, sin embargo, nada pudo evitar que se fijara en aquel hombre, apenas un muchacho, que tocaba como los ángeles pese a lo cual parecía distraído, sin poder separar la vista de ella.

         Algo debió estremecerse en los dos, esa dulce música que no se escucha con los oídos sino con el corazón. ¿Fueron torpes sus primeras palabras? Hilario debió de darse prisa porque su estancia en aquella iglesia no se podía prolongar mucho tiempo antes de volver a su pueblo.