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Homosexualidad femenina en Grecia y Roma por Juan Francisco Martos Montiel - muestra HTML

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HOMOSEXUALIDAD FEMENINA EN GRECIA Y ROMA

Juan Francisco Martos Montiel

Universidad de M·laga

Comparada con el ingente volumen de publicaciones cientÌficas acumulado en los

˙ltimos veinticinco o treinta aÒos sobre el tema general de la mujer y la sexualidad en el

mundo antiguo, la bibliografÌa especÌfica acerca de la homosexualidad femenina en este

·mbito de estudios es, sin duda, todavÌa escasa1. Con anterioridad a esas fechas, y quitando

alg˙n lejano precedente como el capÌtulo VI (ìSobre las trÌbadasî) del Manual de erotolo-

gÌa cl·sica de Forberg, publicado en 1824, o el artÌculo de Kroll (ìLesbische Liebeî) para

la Realencyclop‰die der classischen Altertumswissenschaft, aparecido justo cien aÒos des-

puÈs, m·s alguna que otra honrosa excepciÛn, la cuestiÛn del homoerotismo femenino en la

Antig¸edad ha sido (mal)tratada por los estudiosos b·sicamente de dos modos.

Uno de estos modos, probablemente el m·s extendido, encontraba su fundamento en

un pudor hipÛcrita e intransigente que llevaba simplemente a evitar la cuestiÛn o incluso a

tratar de ocultarla omitiendo o tergiversando los textos. Recordemos, por no citar m·s que

un par de ejemplos, la larga serie de enmiendas, conjeturas y otras filigranas filolÛgicas

soportadas durante todo el siglo XIX y una buena porciÛn del XX por gran parte de los

fragmentos de Safo, y especialmente por su conocida Oda a Afrodita (frag. 1), sobre todo

por el participio final ( ethÈloisa) de su pen˙ltima estrofa, ˙nico elemento del poema que

explicita el gÈnero femenino del destinatario del amor de la poetisa:

øA quiÈn he de persuadir esta vez a sujetarse a tu cariÒo? ñpregunta Afrodita a la

poetisa, que le implora ayuda en sus cuitas amorosasñ , Safo, øquiÈn te agravia?

Porque si te rehuye, pronto te perseguir·, y si no acepta regalos, los dar·, y si no

te ama, pronto te amar·, aunque no quiera ella.

Recordemos tambiÈn, por citar un ejemplo patrio, el pudoroso escamoteo, en el vo-

lumen correspondiente de la ediciÛn agustiniana de la Biblioteca de autores cristianos (vol.

III, pp. 247 ss., Madrid, 1949), de un inocente p·rrafo, dentro de una epÌstola dirigida a una

1 Sobre el tema general de la mujer y la sexualidad en el mundo antiguo, el repertorio bibliogr·fico m·s com-

pleto que conozco es el ofrecido por las r˙bricas correspondientes del Gnomon Bibliographische Daten-

bank (la versiÛn electrÛnica, obra de J. Malitz, del banco de datos de la prestigiosa revista Gnomon, desde

1925 hasta la actualidad; aparte de la versiÛn en CD, existe otra m·s reducida que se puede consultar gra-

tuitamente en internet: http://gnomon.ku-eichstaett.de/Gnomon/Gnomon.html), donde pueden encontrarse

centenares de referencias con una clasificaciÛn tem·tica bastante detallada. Respecto al tema especÌfico

que aquÌ nos ocupa, al final de este artÌculo hallar· el lector una breve selecciÛn bibliogr·fica. A ella remi-

timos para las obras cuyas referencias completas no demos en el texto o en la nota correspondiente.

comunidad de mujeres cristianas, en el que el obispo de Hipona aconsejaba a las fieles abs-

tenerse de los ìtorpes juegosî de unas con otras en que suelen incurrir las mujeres ( EpÌsto-

las, 211.14).

El otro modo de acercamiento a la cuestiÛn del homoerotismo femenino en la Anti-

g¸edad, relacionado en cierta forma con el primero y extraÒamente presente a˙n en algunos

estudios recientes2, consiste precisamente en no acercarse en absoluto a la cuestiÛn, sino

m·s bien despacharla de un plumazo alegando la pretendida escasez de fuentes antiguas

que tratan de la sexualidad femenina en general y de la homosexualidad en particular. Es

cierto que, en comparaciÛn con la sexualidad (y la homosexualidad) del varÛn, la de la mu-

jer cuenta con un n˙mero mucho menor de testimonios, la mayorÌa de ellos, adem·s, escri-

tos y concebidos por y para hombres, y a menudo imprecisos y confusos. Pero una serie de

trabajos, aparecidos casi todos, como decÌamos, en el ˙ltimo cuarto de siglo, han sabido

indagar e interpretar con buen juicio las fuentes antiguas, tanto literarias como iconogr·fi-

cas, para demostrar, entre otras cosas, que, por muy parciales y oscuros que sean los testi-

monios conservados, no son en absoluto desdeÒables ni in˙tiles para el investigador, y tam-

biÈn que, pese a todo, no son tan escasos como a menudo se afirma. Me refiero a trabajos

como los de Calame y Gentili, o los de Cantarella, Hallet o Krenkel, y en especial al exten-

so y documentado estudio de Brooten, por no citar m·s que unos pocos de los que recoge-

mos en nuestra bibliografÌa final. El acopio y an·lisis de fuentes llevado a cabo por estos

trabajos, asÌ como la mayorÌa de sus conclusiones, nos permite tener hoy una visiÛn de lo

que fue la homosexualidad femenina en la antig¸edad mucho m·s firme y nÌtida que la que

se tenÌa hace tan sÛlo unas dÈcadas.

Hoy sabemos, por ejemplo, o al menos es una opiniÛn mayoritariamente aceptada,

que la homosexualidad de Safo se manifiesta con claridad en sus poemas, y que, como de-

muestran tambiÈn los partenios de Alcm·n (especialmente los frags. 1 y 3) y algunas refe-

rencias posteriores3, debemos encuadrarla en el contexto de antiguas instituciones femeni-

nas (existentes no sÛlo en Lesbos, tambiÈn en Esparta y probablemente en otras zonas) en

cuyo seno las relaciones homoerÛticas tenÌan un car·cter propedÈutico y de iniciaciÛn, si-

milar en muchos aspectos al que encontramos en la homosexualidad masculina.

2 Por ejemplo en A. Dierichs, Erotik in der Kunst Griechenlands, Mainz, 1993, quien omite toda referencia a

la homosexualidad femenina bas·ndose en la idea de que las fuentes antiguas que tratan de la sexualidad de

la mujer en general ìson extremadamente reducidasî (p·g. 94).

3 VÈanse, por ejemplo, Plutarco, Licurgo, 18.9: ìTan bien considerado estaba el amor entre ellos ( i. e. , los

habitantes de Esparta) que hasta las mujeres distinguidas y respetables amaban a las muchachasî; Ateneo,

Banquete de los eruditos, 13.602e, quien incide, aunque de manera algo m·s ambigua, en la misma idea; o

tambiÈn M·ximo de Tiro, quien en uno de sus Discursos (XVIII 9) compara la pedagogÌa erÛtica de Safo

con la de SÛcrates.

2

Conocemos tambiÈn mucho mejor la larga tradiciÛn que durante toda la antig¸edad

y todavÌa bastante despuÈs hacÌa de Safo una hetera homosexual (una tradiciÛn que remonta

probablemente a la Atenas del siglo V a. C., donde se representaron ya algunas comedias

tituladas con su nombre), y sabemos que la mala fama que tuvieron en general las mujeres

de Lesbos se basaba al principio en su promiscuidad sexual (y especialmente en su virtuo-

sismo en el sexo oral: ìhacer el lesbioî ñ lesbi·zeinñ equivalÌa a lo que nosotros llamamos

hoy ìhacer el francÈsî)4, y sÛlo luego especÌficamente en su homosexualidad, en gran me-

dida a resultas de la mala reputaciÛn de Safo: de hecho, el adjetivo lesbia siempre tuvo en

la Antig¸edad el sentido gentilicio, ìde Lesbosî, y no el de ìlesbianaî (es decir, ìhomo-

sexual femeninaî), sentido que no se documenta hasta el siglo X, en un texto que luego

comentaremos.

Se ha avanzado mucho, asÌmismo, en el an·lisis del material mitolÛgico, logrando

desterrar la idea, sostenida hasta hace relativamente poco por bastantes estudiosos, de que

no existÌan mitos cl·sicos que se refirieran a relaciones homosexuales femeninas: la reali-

dad es que noticias como las de CalÌmaco sobre las relaciones de especial afectuosidad en-

tre ¡rtemis o Atenea y algunas ninfas de su sÈquito, o determinadas versiones de los mitos

de Zeus y Calisto o de Leucipo y Dafne, en las que el travestismo del personaje masculino

es el medio empleado para la seducciÛn del personaje femenino, o episodios como el de las

DionisÌacas de Nono de PanÛpolis, cuando Aura, una de las compaÒeras de ¡rtemis, acari-

cia los pechos de la diosa y alaba su belleza, o como la historia ovidiana de los amores de

Ifis y Yante, en la que se describe perfectamente la pasiÛn homosexual que abrasa a una de

las protagonistas, apuntan m·s bien en la direcciÛn contraria5.

Hemos asistido, en fin, en los ˙ltimos aÒos a una exhaustiva recopilaciÛn de fuentes

y a su estudio y an·lisis pormenorizado6, desde la poesÌa de Safo, de AristÛfanes, de Mar-

cial o Juvenal, desde la prosa de PlatÛn (donde encontramos las primeras menciones total-

mente explÌcitas a la homosexualidad femenina)7, de SÈneca, de Plutarco o de Luciano,

4 Cf. las p·ginas 37-43 de nuestro libro de 1996, citado en la bibliografÌa final. En general, sobre sexo oral en

la Antig¸edad cl·sica son fundamentales los artÌculos de Werner A. Krenkel, ìFellatio and irrumatioî,

WZRostock, 29.5 (1980) 77-88, y ìTonguingî, WZRostock, 30.5 (1981) 37-54.

5 Las referencias de los pasajes aludidos son, respectivamente, las siguientes: CalÌmaco, Himnos, 3.184 ss. y

5.57 ss. EratÛstenes, Catasterismos, 1; Higino, Astronomica, 2.1; Partenio de Nicia, Sufrimientos de amor,

15; Pausanias, DescripciÛn de Grecia, VIII 20.2-4. Nono de PanÛpolis, DionisÌacas, 48.349 ss. Ovidio,

Metamorfosis, 9.666 ss.

6 En este sentido, el estudio general m·s completo y documentado es hoy por hoy el de Brooten, a pesar de

algunas crÌticas puntuales que se le puedan hacer, entre ellas precisamente la de pasar por alto algunos tes-

timonios interesantes: puede verse nuestra reseÒa en Tempus, citada tambiÈn en la bibliografÌa final.

7 Se trata de Leyes, 636c: ìmachos con machos y hembras con hembrasî, y sobre todo del conocido pasaje de

Banquete, 191e: ì(Las hetairÌstriai [tÈrmino que literalmente serÌa algo asÌ como ìputonasî, aunque en los

3

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pasando por un buen n˙mero de textos de magia, onirocrÌtica, astrologÌa o medicina, hasta

los abundantes textos cristianos (entre los cuales, a pesar del rechazo sin paliativos que me-

rece esta pr·ctica sexual, encontramos, paradÛjicamente, algunos de los testimonios m·s

explÌcitos).

Y no podemos olvidarnos de las fuentes iconogr·ficas, que cada vez aportan m·s

im·genes interpretadas verosÌmilmente tambiÈn como testimonios de la existencia de rela-

ciones homoerÛticas entre mujeres en la Antig¸edad. Sin ir m·s lejos, ahÌ tenemos el im-

portante hallazgo de las pinturas murales sacadas a la luz recientemente en las Termas Sub-

urbanas de Pompeya8. En uno de esos frescos, a pesar de su deteriorado estado, puede iden-

tificarse a˙n un grupo erÛtico formado por cuatro personas desnudas, dos hombres y dos

mujeres (fig. 1). El interÈs de la escena estriba para nosotros en que una de las mujeres,

mientras practica la felaciÛn a uno de los hombres, est· siendo a su vez estimulada oral-

mente por la otra: se trata, por tanto, de un cunnilingus lÈsbico, y es adem·s la ˙nica repre-

sentaciÛn de esta pr·ctica que, hasta el momento, nos ha legado la Antig¸edad. Debemos

tener en cuenta, sin embargo, que, aunque la escena no admite objetivamente otras interpre-

taciones (como es el caso de otra escena de la misma serie de pinturas, que luego veremos),

la relaciÛn entre las mujeres participantes puede enfocarse desde un punto de vista porno-

gr·fico m·s que homoerÛtico, pues la finalidad de la escena no parece ser otra que la de

excitar la libido del espectador. Sobre esto volveremos m·s adelante.

Fig. 1: Pintura mural de las termas suburbanas de Pompeya, escena VII, c. 65

pocos casos en que aparece documentado se emplea siempre con el sentido moderno de ìlesbianasî]) no

prestan mucha atenciÛn a los hombres, sino que se inclinan m·s por las mujeresî.

8 Las excavaciones se realizaron entre 1985 y 1987, aunque los resultados, al menos por lo que respecta a las

pinturas, no se publicaron hasta mediados de los noventa: cf. L. Jacobelli, Le pitture erotiche delle Terme

Suburbane di Pompei, Roma, 1995, y John R. Clarke, Looking at lovemaking. Constructions of sexuality in

Roman art (100 BC-AD 250), Berkeley, 1998, pp. 212-240.

4

Sin embargo, a pesar de todos esos avances en la investigaciÛn que venimos expo-

niendo, y aunque ya nadie pueda poner en duda o tratar de eludir la existencia de pr·cticas

homosexuales femeninas en la Antig¸edad, quedan a˙n algunos puntos oscuros o no lo su-

ficientemente aclarados: cÛmo fue real y objetivamente la pr·ctica del lesbianismo, cu·les

eran sus motivaciones y sus consecuencias sociales, si hubo relaciones homoerÛticas esta-

bles entre mujeres, si se puede hablar de matrimonios lÈsbicos9, quÈ papel desempeÒaban

las iniciaciones, ritos y celebraciones entre las jÛvenes en el desarrollo de lazos homoerÛti-

cos duraderos, si estas relaciones se establecÌan entre mujeres de la misma edad o diferente,

del mismo nivel socioeconÛmico y cultural o diferente, etc. A continuaciÛn vamos a cen-

trarnos en uno de esos puntos, el de las pr·cticas sexuales propiamente dichas entre muje-

res, y en concreto en la cuestiÛn de la existencia o no de pr·cticas de coito lÈsbico artificial.

Seg˙n el citado Manual de erotologÌa cl·sica, las pr·cticas homosexuales entre mu-

jeres sÛlo pueden darse bajo la forma del tribadismo. Para Forberg, en efecto, las trÌbadas

propiamente dichas son ìaquellas mujeres cuyo clÌtoris [Ö] crece hasta alcanzar un tamaÒo

tan grande que les permite usarlo a modo de verga, tanto para la fornicaciÛn como para la

pedicaciÛnî (p·g. 108); este exceso de clÌtoris, debido, seg˙n Forberg, ìya a un capricho de

la naturaleza, ya a un uso frecuenteî, impide que tales mujeres puedan ser penetradas, ìde

modo que, cuando sienten deseo sexual, apenas pueden satisfacerse de otro modo que no

sea comport·ndose como trÌbadasî (p·g. 118, n. 30).

Algunos de los ejemplos m·s claros de estas pr·cticas trib·dicas los encuentra For-

berg entre los epigramas de Marcial. En uno de ellos, en efecto, se nos presenta a la casta

Basa10, una mujer de cuya honestidad nadie habrÌa osado sospechar, a la que nadie atribuÌa

amante alguno, pues nunca se dejaba ver con hombres y siempre estaba rodeada de muje-

res. Pero el poeta descubre la verdad: Basa es homosexual, y mantiene relaciones con sus

amigas como si fuera un hombre ( fututor). Ante esto, Marcial concluye diciÈndole que ´has

inventado una monstruosidad digna del enigma tebano: que donde no hay hombre, haya

adulterioª.

9 Sobre este tema ha arrojado bastante luz el reciente artÌculo de Cameron citado en la bibliografÌa final.

10 Marcial, Epigramas, I 90: ìComo nunca te veÌa, Basa, junto a los tÌos y como ning˙n chismorreo te atribuÌa

un querido, sino que a tu alrededor siempre estaba a tu completo servicio una cuadrilla de tu propio sexo,

me parecÌa que eras, lo confieso, una Lucrecia. Pero t˙, Basa, °horror!, eras el follador. Te atreves a acoplar

dos coÒos idÈnticos y tu øprodigioso clÌtoris? ( prodigiosa Venus) simula al hombre. Has inventado una

monstruosidad digna del enigma tebano: allÌ donde no hay hombre, que haya adulterioî. Salvo ligeras mo-

dificaciones, las traducciones de los epigramas de Marcial son las de A. RamÌrez de Verger y J. Fern·ndez

Valverde para la Biblioteca Cl·sica Gredos (vols. 236-7, Madrid, 1997).

5

Tanto a esta Basa como a la tribas Philaenis mencionada tambiÈn por Marcial en

otros epigramas11 se le atribuyen actos que implican penetraciÛn. En la relaciÛn sexual con

sus compaÒeras, Basa suplanta al varÛn con su prodigiosa Venus y se convierte, como de-

cimos, en el jodedor ( fututor); FilÈnide, por su parte, ìtrÌbada entre las trÌbadasî, jode ( fu-

tuis) a su amiga, ìsodomiza ( pedicat) a chavales (Ö) y, m·s rabiosa que un marido empal-

mado, se cepilla ( dolat) once chavalas al dÌaî.

La mayorÌa de los traductores de Marcial suelen entender la expresiÛn prodigiosa

Venus referida a un clÌtoris anormalmente desarrollado, en la lÌnea de la mencionada defini-

ciÛn trib·dica de Forberg. No obstante, el propio erudito alem·n advierte de que ìha habido

interpretes, en absoluto desdeÒables, que un pasaje tan f·cil como Èste lo han entendido de

forma tan pÈsima que han imaginado que Basa excitaba las verg¸enzas de las otras mujeres

con un pene de cuero, un Ûlisbosî o consolador (p·g. 130). Sin embargo, a pesar de que

Forberg niega vehementemente que Èste fuera el caso de Basa y de FilÈnide, veremos a

continuaciÛn que la cuestiÛn no est· tan clara.

FijÈmonos, por ejemplo, en el quinto de los Di·logos de cortesanas de Luciano. Al

comienzo, la cortesana Clonario pregunta a su compaÒera Leena si es cierto el rumor que

ha oÌdo acerca de sus relaciones con la lesbia Megila, que la ama ìcomo un hombreî. Leena

reconoce que es verdad, pero muestra su verg¸enza por lo ìanormalî de su relaciÛn con una

mujer que es, seg˙n confiesa, ìterriblemente varonilî. Ante esto interviene de nuevo Clona-

rio:

No entiendo quÈ quieres decir, a menos que se trate de una invertida ( hetairÌs-

tria). Dicen que en Lesbos, en efecto, hay mujeres semejantes, de aspecto viril, que

no quieren hacerlo con hombres y, en cambio, tienen trato con mujeres como si

fueran hombres.

Luciano describe a continuaciÛn las explicaciones que, sobre su condiciÛn homo-

sexual, da la lesbia Megila ante las preguntas de Leena, a quien intenta seducir ayudada por

su compaÒera Demonasa:

11 Cf. Marcial, Epigramas, VII 67 (ìSodomiza a chavales la trÌbada FilÈnide, y m·s rabiosa que un marido

empalmado se cepilla a once chavalas al dÌa. TambiÈn juega arremangada a la pelota y se pone amarilla de

arena, y levanta con brazo ·gil pesadas halteras para atletas, y embarrada de la hedionda palestra se somete

a los golpes del untoso entrenador; y no come ni se tumba antes de vomitar siete chatos de vino, a los que

piensa que puede volver cuando se ha comido diecisÈis albÛndigas. DespuÈs de todo esto, cuando se pone

cachonda, no la mama ñesto le parece poco virilñ sino que devora con ansia la entrepierna de las chavalas.

°Que los dioses te den, FilÈnide, la mentalidad que te corresponde, a ti que crees viril lamer un coÒo!î) y

VII 70 (ìFilÈnide, trÌbada de las propias trÌbadas, con razÛn, a la que te follas, la llamas amiga.î). Este ˙l-

timo epigrama juega con el doble sentido (amiga, amante) de la palabra amica.

6

Primero me besaban como hombres, sin limitarse a juntar sus labios a los mÌos, si-

no entreabriendo la boca, y me abrazaban y oprimÌan mis senos; Demonasa incluso

mordÌa mientras besaba, y yo no podÌa figurarme quÈ era aquello. M·s tarde Megi-

la, que estaba entrando ya en calor, se quitÛ de la cabeza la peluca, que llevaba

puesta de modo muy aparente y con aspecto natural, y se dejÛ ver rapada hasta la

piel, como los atletas muy viriles, y yo me quedÈ cortada. ìLeenaî, me dijo, ìøhas

visto alguna vez a un joven tan hermoso?î ìNo veo aquÌ a ning˙n joven, Megilaî,

le respondÌ. ìNo me conviertas en hembraî, replicÛ, ìporque yo me llamo Megilo,

y llevo mucho tiempo casado con Demonasa, y ella es mi mujerî. Aquello, Clona-

rio, me causÛ risa, y le dije: ìEntonces, øt˙, Megilo, nos has ocultado que eres un

varÛn, como cuentan de Aquiles cuando se escondiÛ entre las doncellas, y tienes el

miembro ese del hombre y haces a Demonasa lo que los hombres?î ìEso no lo

tengo, Leenaî, respondiÛ, ìpero no lo necesito en absoluto, y vas a ver que tengo

relaciones de un modo especial y mucho m·s gratoî. ìøNo ser·s un hermafroditaî,

preguntÈ, ìcomo muchos que dicen que hay, que tienen lo uno y lo otro?î [Ö]

ìNoî, contestÛ, ìyo soy completamente varÛnî. ìA Ismenodoraî, le dije, ìla flau-

tista beocia, en una ocasiÛn en que referÌa cosas de su tierra, la oÌ contar que en

Tebas una mujer se transformÛ en hombre, y fue un excelente adivino, creo, de

nombre Tiresias. øNo ser·, entonces, que a ti te ha ocurrido algo parecido?î ìNo,

quÈ va, Leenaî, respondiÛ, ìyo nacÌ igual que el resto de vosotras, pero mi forma

de pensar, mis deseos y todo lo dem·s son de hombreî. ìøTe basta entonces con

tus deseos?î, le preguntÈ. ìEntrÈgate pues, Leena, si no lo creesî, me respondiÛ, ìy

te dar·s cuenta de que no me falta nada que tengan los hombres, porque tengo una

cosa en lugar de miembro viril. Conque entrÈgate y lo ver·sî. Me entreguÈ, Clona-

rio [Ö]. Y luego, mientras yo la abrazaba como a un hombre, ella hacÌa, besaba,

jadeaba, y me parecÌa que gozaba en extremo.

La lesbia Megila, pues, no es un travestido, ni un hermafrodita, ni tampoco una de

esas raras personas que han experimentado un cambio de sexo por obra divina; ella naciÛ

mujer, pero piensa, siente y desea como un hombre. Y para actuar como tal en las relacio-

nes sexuales con las mujeres a las que desea, se sirve de ìuna cosaî ( ti) que palÌa su caren-

cia meramente fÌsica y le permite tener una relaciÛn, al parecer, plenamente satisfactoria.

Por desgracia, cuando, despuÈs de su narraciÛn, Clonario pide a Leena que le aclare quÈ era

lo que hacÌa Megila, de quÈ modo ìactuabaî ( epoÌei), Leena excusa contar esos detalles,

porque son, dice, ìcosas suciasî ( aischr·).

Nos quedamos, pues, sin conocer detalles m·s precisos, y se nos plantea aquÌ, por

tanto, con esa ìcosaî de Megila, el mismo problema que en el caso de Basa y su prodigiosa

Venus: øse trata de un clÌtoris anormalmente desarrollado, o bien de un pene artificial, como

apuntan algunos autores?12. La verdad es que muchos de los traductores y comentaristas de

los pasajes que venimos viendo creen que en ellos se alude a un clÌtoris de anormales di-

mensiones, capaz de ejercer como un verdadero pene, en la lÌnea de lo establecido por For-

12 Cf., por ejemplo, G. Vorberg, Glossarium eroticum, Stuttgart, 1928, p·g. 654, en el caso de Megila, y, en el

caso de Basa y de FilÈnide, M. Citroni en su comentario al libro I de los Epigramas de Marcial (Florencia,

1975, p·g. 284), o H. D. Jocelyn, ìDifficulties in Martial, book Iî, Papers of the Liverpool Latin Seminar,

3 (1981) 277-284, en pp. 280-281.

7

berg. EstarÌamos entonces ante casos de megaloclÌtoris, una variante bien documentada del

sÌndrome de Morris (malformaciÛn, normalmente hipertrÛfica, de los genitales, causante de

la mayorÌa de los casos de hermafroditismo o m·s bien pseudohermafroditismo). Para mu-

chos tratadistas mÈdicos de la antig¸edad, el remedio en tales casos era una expeditiva ope-

raciÛn quir˙rgica que, seg˙n Èstos, eliminaba en la paciente el pretendido ardor viril que las

llevaba a desear penetrar a otras mujeres. Acudamos, por ejemplo, a Pablo de Egina, un

tratadista de medicina del siglo VII que escribiÛ una Enciclopedia del saber mÈdico en la

que resumÌa los trabajos de Galeno y Oribasio. En esta obra, Pablo de Egina constata el

hecho de que algunas mujeres tienen un clÌtoris excesivamente grande, lo que, seg˙n Èl,

constituye una ìvergonzosa indecenciaî, pues pueden llegar a tener erecciones y a mante-

ner relaciones sexuales como los hombres. El tratamiento preceptivo en estos casos es la

clitoridectomÌa o ablaciÛn del clÌtoris, una aberrante pr·ctica, viva a˙n entre algunos pue-

blos africanos y ·rabes, cuya descripciÛn, a pesar de la frÌa asepsia con que la expone este

autor, no puede dejar de perturbarnos13.

Esta relaciÛn entre la afecciÛn conocida como megalocrÌtoris, por un lado, y el les-

bianismo, por otro, tomÛ carta de naturaleza en los tratados mÈdicos posteriores y ha llega-

do como tÛpico tradicional casi hasta nuestros dÌas. De hecho, en bastantes diccionarios y

enciclopedias de finales del XIX y comienzos del XX se sigue definiendo a la trÌbada como

ìMujer cuyo clÌtoris est· muy desarrollado y que abusa de su sexoî.

Pero, como hemos apuntado, cada vez se va extendiendo m·s la sospecha de que

nos hallamos en realidad ante casos de utilizaciÛn de instrumentos f·licos para el coito lÈs-

bico artificial. Como es sabido, las referencias a falos artificiales ( Ûlisboi) no son escasas en

las fuentes antiguas, especialmente en las pinturas vasculares14. En efecto, encontramos

13 Pablo de Egina, Enciclopedia del saber mÈdico, VI 70 ( perÏ nymphotomÌas): ìAlgunas mujeres tienen el

clÌtoris tan grande que resulta de una indecencia vergonzosa. Seg˙n refieren ciertos tratadistas, algunas tie-

nen erecciones como los hombres y sienten deseos de copular. En tales casos, colocada la mujer boca arri-

ba, sujÈtese con la pinza la parte sobrante del clÌtoris y cÛrtese con el escalpelo, procurando extirparlo de

raÌz para que no se produzca hemorragiaî. Es mucho m·s detallada la descripciÛn conservada por Aecio,

mÈdico del siglo VI d. C. que escribiÛ un compendio de las obras de Oribasio, Galeno, Sorano y otros mÈ-

dicos de renombre, aunque en el pasaje (XVI 115.3-8), extractado del mÈdico del s. II Fil˙meno, no se

hace ninguna alusiÛn a la homosexualidad: tras describir la naturaleza y localizaciÛn del clÌtoris, se dice

que en algunas mujeres crece en exceso, lo que constituye una indecencia y una verg¸enza (como dirá

también Pablo de Egina), y que esta anomalía genital, con el roce continuo de la ropa, produce excitación y

despierta el apetito sexual, por lo que los egipcios acostumbran a extirparlo a las muchachas justo antes de

entregarlas en matrimonio; el resto del capítulo explica con detalle el desarrollo de la intervención quirúr-

gica.

14 Para los testimonios, tanto literarios como vasculares, sobre el uso del Ûlisbos en la Grecia antigua, pueden

verse Werner A. Krenkel, ìMasturbation in der Antikeî, WZRostock, 28.3 (1979) 159-178, St. Santelia,

ìDa Sofrone a Eronda: tradizione di un motivo letterarioî, CL, 5 (1989) 73-78, J. Henderson, The Maculate

Muse, Nueva York-Oxford, 19912, p·gs. 221-222, Eva C. Keuls, The Reign of the Phallus, Berkeley-

8

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bastantes im·genes de mujeres que manejan o directamente se masturban con instrumentos

f·licos, algunas en grupo (fig. 2 A), otras solas (fig. 3), o que son estimuladas con el Ûlisbos

por un hombre (fig. 4); algunos de estos Ûlisboi son de doble falo (llamados amphÌsbainai,

como el que vemos colgado en la parte superior derecha de la fig. 4), similares a esos arte-

factos compuestos por dos falos unidos por su base, de modo que un glande apunta en di-

recciÛn opuesta a la del otro, y utilizados con frecuencia en los ìn˙meros lÈsbicosî de la

moderna pornografÌa, al estar diseÒados para ser utilizados simult·neamente por dos muje-

res. Estos consoladores dobles sugieren a Pomeroy la idea de que las prostitutas en Atenas

recurrÌan tambiÈn a diversiones homosexuales, aunque en seguida advierte que tal compor-

tamiento no se debe extender a todas las ciudadanas atenienses: en efecto, de la constata-

ciÛn de que la vida sexual de estas mujeres era poco satisfactoria y las referencias, tanto en

el arte como en la literatura, a la masturbaciÛn no se puede concluir de forma v·lida que

debieran recurrir a las relaciones homosexuales para calmar su represiÛn15. TÈngase en

cuenta, adem·s, que la mayorÌa de las escenas erÛticas de la ceramografÌa griega son pro-

bablemente fantasÌas masculinas, m·s que reflejo de las actividades sexuales preferidas por

las mujeres.

Fig. 2 A y B: Copa de Epicteto, c. 520-490 a. C.; olim ColecciÛn Castellani, Roma, hoy perdida.

Londres, 19932, p·gs. 82-86, y Martin F. Kilmer, Greek Erotica, Londres, 1993, p·gs. 98-102. Sobre la

etimologÌa del tÈrmino Ûlisbos y su posible procedencia minorasi·tica, cf. M. G. Tibiletti Bruno, "Un con-

fronto greco-anatolico", Athenaeum, 47 (1969) 303-312.

15 Sara B. Pomeroy, Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la antig¸edad cl·sica, trad. espaÒola,

Madrid, 1987 (ed. inglesa original: Nueva York, 1975), p·gs. 106-107.

9

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Fig. 3: Copa de Epicteto, c. 520-490 a. C.; Museo Ermitage, San Petersburgo.

Fig. 4: Kantharos del Pintor de NicÛstenes, c. 525-510 a. C.; Museum of Fine Arts, Boston.

Parece razonable, no obstante, pensar que desde muy pronto se asociara la

autoestimulaciÛn sexual con el lesbianismo, si tenemos en cuenta que el tÈrmino usual

desde Època romana para designar a la homosexual femenina, trib·s, proviene del verbo

trÌbein, "frotar, restregar", que a menudo alude a la masturbaciÛn16. Y es muy probable

tambiÈn que desde muy pronto se asociara con la homosexualidad femenina el uso de

instrumentos f·licos no sÛlo para la autoestimulaciÛn, sino tambiÈn para la pr·ctica del

coito artificial entre mujeres, como corroboran algunos textos en los que se alude a

artilugios similares al Ûlisbos, probablemente penes postizos, con los que ciertas mujeres se

penetraban mutuamente.

Veamos a este respecto un pasaje de los Amores del Pseudo-Luciano. La obra con-

siste en una discusiÛn, presentada en forma de di·logo, sobre quÈ tipo de amor, el hetero-

sexual o el homosexual (por supuesto en su modalidad peder·stica), es el mejor para un

hombre. En una de sus intervenciones, el corintio Caricles, valedor del amor heterosexual,

16 Vid. referencias en Henderson, o. c. , p·g. 176, y J. N. Adams, The Latin sexual vocabulary, Baltimore,

1982, p·g. 183. Cf. el calco latino frictrix, muy poco usado frente al prestamo tribas, y tambiÈn la explica-

ciÛn etimolÛgica que ofrece Aretas ( sch. ad Luciano, Di·logos de cortesanas, 5.2) del tÈrmino griego tri-

b·das: ìquiz·s por el hecho de que se masturban mutuamenteî ( aischrÙs allÈ! lais syntrÌbesthai). El tes-

timonio del lÈxico Suda, s. v. Ûlisbos, es igualmente claro respecto a la asociaciÛn de las homosexuales con

estos artefactos: ìPene de cuero que usaban las mujeres de Mileto, como trÌbadas y rameras; lo usaban

tambiÈn las viudasî.

10

hace en tono irÛnico la siguiente argumentaciÛn: si los hombres ven convenientes las rela-

ciones con los hombres, øpor quÈ las mujeres no van a tener la misma libertad para amarse

entre sÌ? Pero a continuaciÛn presenta una terrible imagen de todo lo que de pernicioso y

rechazable tiene, en su opiniÛn, la homosexualidad femenina, que le servir· luego para ata-

car con m·s fuerza la masculina:

°Que se sometan al artificio de lascivos instrumentos, misteriosa monstruosidad es-

tÈril, y se acueste mujer con mujer como si fuera un hombre! °Que aquel nombre

que raramente llega a los oÌdos ñel sÛlo nombrarlo me averg¸enzañ de la lascivia

trib·dica se pasee triunfalmente! °Que nuestros gineceos imiten a FilÈnide envile-

ciÈndose con amores lÈsbicos ( androgynous Èro! tas)!17

Aunque el tÈrmino trib·s est· ausente de las fuentes griegas hasta el siglo II d. C.,

sin embargo la lengua latina, a pesar de que dispuso tambiÈn del calco sem·ntico frictrix 18,

usÛ casi siempre el prÈstamo directo tribas (procedente con toda probabilidad del habla

coloquial), cuyas primeras apariciones est·n documentadas en autores latinos del siglo I. El

primero de Èstos es SÈneca el Viejo, en cuyas Controversias, una especie de manual de

oratoria judicial, encontramos el caso de un marido que sorprendiÛ a su esposa con otra

mujer y las matÛ ( tribadas deprehendit et occidit)19. El interÈs de SÈneca por este suceso no

es m·s que el de mostrar a sus lectores la conveniencia de que un rÈtor evite en sus discur-

sos frases indecorosas, como la que pronunciÛ el sofista griego HÌbreas cuando, en su de-

clamaciÛn sobre el caso, exponÌa la actitud del marido burlado, quien dijo: ìYo observÈ

primero al hombre, por si era natural o artificialî ( engegÈne! tai Ö Ë! prosÈrraptai"#

øQuÈ quieren decir estas oscuras palabras? øNo ser· que el supuesto ad˙ltero utilizÛ alg˙n

instrumento f·lico en su relaciÛn homosexual? AsÌ lo entendÌa Kroll, quien, tras constatar

lo inseguro del texto, tradujo la oraciÛn condicional griega al latÌn como ì utrum penem

natura habeat an adsueritî. Si fuera asÌ, podrÌa entenderse que el marido creyÛ en un pri-

mer momento que se trataba de un ad˙ltero, lo matÛ, cegado por la ira, y luego, quiz· sor-

prendido por su aspecto femenino, comprobÛ si el pene era natural o no.

17 Pseudo-Luciano, Amores, 28. Aunque el tÈrmino griego andrÛgynos se refiere normalmente a hombres con

el sentido de ìafeminado, maricaî, tambiÈn puede tener el significado de ìlÈsbicoî, seg˙n nuestra traduc-

ciÛn, si va referido, como aquÌ, a amores femeninos, o el de ìlesbianaî, cuando se aplica directamente a

una mujer (cf. Artemidoro, OnirocrÌtica, II 12: gynaÓka andrÛgynon).

18 Aunque ya Marcial, XI 29, 8, utiliza el verbo fricare en sentido obsceno, la primera apariciÛn de frictrix no

se documenta hasta Tertuliano, De resurrectione carnis, 16, y De pallio, 4.

19 SÈneca el Viejo, Controversias, I 2.23: ìHÌbreas (Ö), cuando pronunciaba su alegato sobre aquÈl que sor-

prendiÛ a unas trÌbadas y las matÛ, comenzÛ por describir los sentimientos del marido, algo en lo que no se

deberÌa exponer una averiguaciÛn tan indecorosa: ´Yo mirÈ primero al hombre, para ver si era natural o ar-

tificialªî.

11

Podemos pensar, pues, que tanto la prodigiosa Venus con que Basa penetra a sus

amigas, como la ìcosaî que tiene la lesbia Megila en lugar de miembro viril, o esos ìlasci-

vos instrumentos artificiales, misteriosa monstruosidad estÈrilî de los que habla el corintio

Caricles, pueden ser muy bien alg˙n tipo de artilugios f·licos, probablemente de cuero,

como los conocidos Ûlisboi, que usarÌan algunas mujeres en sus relaciones homosexuales,

de forma similar a esos penes artificiales, utilizados con frecuencia en los ìn˙meros lÈsbi-

cosî de la moderna pornografÌa, que disponen de un sistema de correas que permiten suje-

tarlos al cuerpo en la zona del pubis (su nombre tÈcnico es ìpene con arnÈsî, aunque a ve-

ces puede tratarse tambiÈn de una pequeÒa faja con pene incorporado).

Aunque estos testimonios, y otros que veremos en seguida, han sido estudiados, ob-

viamente, por Brooten y otros autores, creo sin embargo que no se ha profundizado lo bas-

tante en este aspecto que acabo de mencionar, suficientemente atestiguado en mi opiniÛn, y

adem·s se suele pasar por alto un texto que me parece particularmente revelador. Se trata

de un pasaje del sexto Mimiambo de Herodas que confirma de modo indirecto el uso oca-

sional entre algunas mujeres del Ûlisbos como pene postizo. Como es sabido, el mimiambo

gira en torno a las confidencias de dos amigas respecto a sus gustos sexuales y en concreto

respecto a un consolador que una le prestÛ a la otra; pues bien, la alusiÛn de Corito, una de

las protagonistas, a la ìsuavidad de ensueÒoî de un par de hermosos Ûlisboi ìcuyas correÌ-

tas son de lana y no de cueroî no puede significar, en mi opiniÛn, m·s que los consolado-

res, al menos los m·s sofisticados y de mayor calidad, como parecen ser Èstos, incorpora-

ban en ocasiÛnes un accesorio indispensable para tales pr·cticas homosexuales20.

Como prueba gr·fica de esto ˙ltimo, aparte de las representaciones de Ûlisboi de

doble falo que ya vimos, contamos con el testimonio de una copa ·tica de finales del siglo

VI a. C. (fig. 2 B), estudiada hace pocos aÒos por Kilmer, en la que vemos a una mujer des-

nuda que, apoyada en unos cojines, se inclina hacia delante con las piernas semiflexionadas

(posiciÛn tÌpica en las representaciones de coito heterosexual a tergo), mientras que otra

mujer, de pechos prominentes y pezones erectos, se le acerca por detr·s con lo que parece

ser un Ûlisbos ceÒido a su pelvis21. M·s que la imagen de un hermafrodita, como pretende

Brooten (p·g. 58), creo que aquÌ es evidente la representaciÛn de un inminente coito lÈsbico

con penetraciÛn artificial. Es cierto, sin embargo, y asÌ lo ha advertido el propio Kilmer,

20 Herodas, Mimiambos, VI 67-72: ìLa verdad es que a mÌ, al verlos (porque vino con dos, MetrÛ), se me

saltaban los ojos de ganas; a los hombres (aprovechando que estamos solas las dos) no se les pone tan tiesa

la pilila. Y no sÛlo eso: una suavidad de ensueÒo, correÌtas de lana y no de cueroÖî. La misma interpreta-

ciÛn sostienen G. Koch-Harnack, Erotische Symbole. Lotosbl¸te und gemeinsamer Mantel auf antiken

Vasen, BerlÌn, 1989, p·g. 133, y A. Rist, ìThat Herodean diptich againî, CQ, 43 (1993) 440-444.

21 Martin F. Kilmer, o. c. , p·g. 30 y fig. R141.3, B.

12

que esta copa, ˙nica en su gÈnero por las escenas tanto de su cara A como de su cara B, se

ha conservado sÛlo en ilustraciones como la del Glossarium eroticum de Vorberg22, y que

Beazley, aunque debÌa conocerla a travÈs de esta obra, no la incluyÛ en su conocida recopi-

laciÛn de vasos de figuras rojas con atribuciÛn de autor23, porque no aceptaba la atribuciÛn

a Epicteto y quiz·s tambiÈn, y sobre todo, por sospechar que se tratase de una falsificaciÛn,

lo cual, unido al hecho de que actualmente la copa ha desaparecido de la ColecciÛn Caste-

llani, en Roma, que la albergÛ hasta la dÈcada de los 40, podrÌa suscitar dudas sobre la vali-

dez y autenticidad de este testimonio24.

Pero de lo que no cabe dudar es de que existieron pr·cticas de coito artificial entre

mujeres, como corroboran los textos que hemos visto hasta ahora. Y a˙n hay otros textos,

asÌ como otras im·genes, que pueden interpretarse en este sentido y reforzar a˙n m·s esta

idea. Comencemos por las im·genes.

Una de ellas es una pintura al fresco procedente de los baÒos suburbanos de Pompe-

ya (fig. 5), aunque debemos reconocer que su interpretaciÛn es insegura por lo que respecta

a la identificaciÛn del sexo de una de las dos figuras representadas. En efecto, Jacobelli ( o.

c. , p·g. 47) la interpreta como una escena de coito heterosexual (el hombre de pie sobre el

suelo y la mujer tumbada en la cama, apoy·ndose en su codo izquierdo y con su pierna de-

recha descansando en el hombro izquierdo del hombre) mientras que Clarke ( o. c. , p·g.

227) sugiere, creo que con razÛn, que ìpodrÌa ser una escena de coito entre mujeres imitan-

do una postura heterosexual bien conocidaî y que ìes probable que los antiguos romanos

que vieran la imagen asumirÌan inmediatamente que la mujer que est· en pie llevarÌa un

consolador sujeto con correas a sus partes genitalesî

22 G. Vorberg, o. c. , p·g. 409.

23 J. D. Beazley, Attic Red-Figure Vase-Painters, Oxford, 19632; tampoco la incluyÛ en sus Paralipomena,

Oxford, 19712.

24 Martin F. Kilmer, o. c. , p·g. 29. Sin embargo, en la p·gina citada del Glosarium de Vorberg sÛlo aparece la

cara A de la copa en cuestiÛn, y Kilmer nada dice respecto a la cara B; de hecho, de esta cara B sÛlo tene-

mos el breve comentario de Kilmer y su ilustraciÛn, pero ninguna otra referencia, lo cual la hace a˙n m·s

sospechosa. En un principio, yo pensÈ que la explicaciÛn de esta ìimagen fantasmaî estarÌa en que Kilmer

habrÌa citado el libro de Vorberg refiriÈndose no a la reimpresiÛn publicada en Roma en 1965, que es la

que yo manejaba, sino a la reimpresiÛn hecha en Hanau el mismo aÒo, que tiene, seg˙n Kilmer, ìsustancia-

les diferencias en las ilustracionesî. Sin embargo, tras haber examinado con detenimiento la reimpresiÛn de

Hanau, no he encontrado por ning˙n lado reproducciÛn alguna de esa cara B, por lo que pienso que la ˙ni-

ca posibilidad es que el dibujo completo apareciera en la ediciÛn original de la obra de Vorberg (1932) y

fuera luego parcialmente suprimido en ambas reediciones.

13

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Fig. 5: Pintura mural de las termas suburbanas de Pompeya, escena V, c. 65.

Deteng·monos tambiÈn en una curiosa imagen que nos ofrece un kylix ·tico de figu-

ras rojas procedente de Corinto y datado a finales del siglo V a. C. (fig. 6). En ella vemos a

Dioniso que, vestido sÛlo con una t˙nica que le cubre las piernas y el sexo y tocado con una

especie de diadema, est· sentado cÛmodamente en una silla con respaldo, en el que apoya

su brazo izquierdo, y empuÒa el tirso en su mano derecha; frente a Èl, de pie, en gesto de

danza (seg˙n sugieren la posiciÛn de los pies, el gesto de las manos y dedos y el escorzo

hacia atr·s del tronco), una mujer que viste el taparrabo tÌpico en las representaciones cÛ-

micas de s·tiros, con falo y cola equina. La imagen, interpretada como una adoradora de

Dioniso que ejecuta una danza ritual ante el dios, confirma la existencia de elementos de

travestismo en los rituales dionisÌacos25. Pero, que sepamos, las interpretaciones no se han

detenido en dilucidar la significaciÛn sexual que puede tener el falo postizo; todo lo m·s, se

ha dicho, aunque de forma poco explÌcita, que, en el ·mbito de los misterios de Dioniso, en

los que ŕelaciones extraÒas se establecen entre los sexos y subvierten las normas de la ciu-

dadª, el falo postizo de la danzarina ńo deja de suscitar otras cuestionesª26. En mi opiniÛn,

entre esas ìotras cuestionesî estarÌa el hecho de que tal prenda f·lica podÌa usarse perfec-

tamente para el coito lÈsbico artificial.

25 Cf. A. Kossatz-Deiflmann, ìZur Herkunft des Perizoma im Satyrspielî, JDAI, 97 (1982) 65-90, especial-

mente pp. 84-88, quien cita otra escena similar en un fragmento de vaso hallado en Mileto y aporta abun-

dante bibliografÌa; vÈase tambiÈn el comentario de Eva C. Keuls, o. c. , p·g. 392.

26 C. BÈrard - C. Bron, ìLe jeu du satyreî, en el vol. colectivo La citÈ des images. Religion et sociÈtÈ en

GrËce antique, Lausana, 1984, pp. 127-146, en pp. 139-41.

14

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Fig. 6: Copa ·tica, c. finales del siglo V a. C.; Museo ArqueolÛgico, Corinto.

Volvamos ahora a los textos, pero no sin hacer antes una pequeÒa reflexiÛn sobre su

naturaleza. Es cierto que la mayorÌa de los textos que hemos visto hasta ahora son abierta-

mente misÛginos, y que en ellos, quiz· buscando un elemento de f·cil comicidad, casi de

caricatura, como vemos en Marcial, se exagera bastante una pr·ctica cuyo proceso efectivo

debiÛ de ser ampliamente ignorado. Las descripciones nunca son precisas, y esa falta de

claridad podrÌa deberse, tanto o m·s que a la intenciÛn del autor de no herir la sensibilidad

de sus lectores, a un verdadero desconocimiento del detalle de tales pr·cticas. Con toda

probabilidad, en este tema se vieron plasmadas las fantasÌas sexuales del varÛn y, sobre

todo, los prejuicios machistas que asociaban necesariamente el goce de la mujer con el falo.

En efecto, aunque en los siglos arcaicos pudiera haber sido de otra manera, en la imagina-

ciÛn de griegos y romanos de Època imperial la homosexualidad femenina no podÌa conce-

birse m·s que como ìel intento de una mujer de sustituir a un hombre, y de otra mujer de

obtener de la relaciÛn homosexual, de modo completamente antinatural, el placer que sÛlo

los hombres podÌan proporcionarî27. Sin embargo, aun siendo ciertas, como digo, todas

estas consideraciones, objetivamente no podemos descartar, a la vista de los numerosos

testimonios tanto textuales como iconogr·ficos, la existencia efectiva de tales pr·cticas con

instrumentos f·licos entre mujeres, sobre todo en los primeros siglos de nuestra era, aunque

sin generalizar, desde luego, su posible uso a todas y cada una de las relaciones de homofi-

lia femenina, sino centr·ndolo sobre todo en el ·mbito del libre amor ejercido por algunas

cortesanas y prostitutas.

Como decÌamos, podemos encontrar otros textos en los que, con mayor o menor

claridad, parece aludirse a tales pr·cticas de coito lÈsbico artificial. Veamos, por ejemplo, la

conocida clasificaciÛn de los sueÒos erÛticos de Artemidoro de …feso ( OnirocrÌtica I 78-

27 E. Cantarella, p·g. 220; cf. G. Pastre, p·g. 19, citada tambiÈn en nuestra bibliografÌa final.

15

80), que divide los actos sexuales ( synousÌas) en: 1) seg˙n la naturaleza, la ley y la costum-

bre, donde incluir· la homosexualidad masculina; 2) contra la ley, y 3) contra natura. En

esta ˙ltima categorÌa, Artemidoro incluye el lesbianismo, pero, como es habitual en los tex-

tos que venimos analizando, visto desde la Ûptica masculina, siempre con penetraciÛn (la

relaciÛn sexual entre dos mujeres es descrita con el verbo peraÌno!, usado en su sentido de

"traspasar, penetrar")28 y con claros tintes negativos (soÒar con ello tiene invariablemente

consecuencias desagradables)29.

Veamos otro texto que puede interpretarse en el sentido que estamos investigando.

Pertenece a Celio Aureliano, mÈdico y escritor romano del siglo V, traductor y divulgador

de la obra principal del famoso mÈdico griego del siglo II Sorano de …feso: el tratado Sobre

las enfermedades agudas y crÛnicas. La compilaciÛn de Celio Aureliano dedica un capÌtulo

(titulado De mollibus sive subactis, quos Graeci malthacos vocant) a tratar las caracterÌsti-

cas y etiologÌa de la homosexualidad masculina, ofreciendo de paso una breve fenomenolo-

gÌa de la actividad lÈsbica. La alusiÛn a la homosexualidad femenina constituye en realidad

una comparaciÛn, un ejemplo para mostrar que tal afecciÛn es propia de una mente perversa

y depravada ( malignae ac foedissimae mentis passio). En efecto, este autor encuentra la

causa de la homosexualidad, tanto masculina como femenina, en una perturbaciÛn de las

facultades mentales originada por un defecto congÈnito (la mezcla inadecuada del esperma

del varÛn y el Ûvulo femenino) o bien por una enfermedad heredada. En las mujeres que la

padecen (ìlas mujeres llamadas trÌbadas, porque practican ambos tipos de amorî), la en-

fermedad se manifiesta en que

corren a unirse con mujeres antes que con hombres, y las persiguen con concupis-

cencia casi masculina ( invidentia paene virili); y aunque hayan abandonado su pa-

siÛn o estÈn temporalmente aliviadas, [Ö] como alteradas por una ebriedad peren-

ne, se precipitan hacia nuevas formas de placer y, alimentadas por esa torpe cos-

tumbre, gozan con los desafueros de su sexo.

La ediciÛn de Amman (Amsterdam, 1755, p·g. 544) lee pene virili, lectura que,

aunque con menor fuerza desde el punto de vista sint·ctico y estilÌstico, es no obstante de

sentido perfectamente admisible, a la vista del buen n˙mero de testimonios que apuntan al

28 John J. Winkler, The constrains of desire. The anthropology of sex and gender in ancient Greece, Nueva

York-Londres, 1990, p·gs. 8 y 39, piensa que en esta referencia de Artemidoro no puede hablarse de les-

bianismo stricto sensu, dado su falocentrismo: ìlas relaciones sexuales entre mujeres est·n pr·cticamente

desprovistas de significado en la clasificaciÛn de Artemidoroî, y su formulaciÛn en palabras sÛlo es facti-

ble usando el lenguaje de la actividad masculina.

29 En un libro egipcio de onirocrÌtica para mujeres se dice tambiÈn que, si una mujer sueÒa que tiene relacio-

nes con otra, acabar· mal: cf. L. Manniche, Sexual Life in Ancient Egypt, Londres, 1987, p·g. 22.

16

uso de instrumentos f·licos entre lesbianas, seg˙n venimos viendo. De hecho, asÌ lo entien-

de tambiÈn Dalla, quien traduce la expresiÛn como ìprovistas de un Ûrgano virilî30.

Veamos ahora otro texto al que ya aludimos antes y que, a su importancia como

nuevo apoyo de nuestra tesis, aÒade la de ser el primero donde el gentilicio lesbia aparece

usado en el sentido de homosexual femenina, tal como se entiende en la actualidad. Se trata

de una nota escrita por el filÛlogo bizantino Aretas (del siglo IX-X) en su propia copia del

Pedagogo de Clemente de AlejandrÌa: en un pasaje en que el teÛlogo se lamenta de la per-

versiÛn a que han llevado a sus contempor·neos el exceso y la relajaciÛn en las costum-

bres31, junto a la frase ìlos hombres se dejan hacer lo de las mujeres y las mujeres se com-

portan como hombres ( andrÌzontai), dej·ndose poseer ( gamo˙menai) contra natura y pose-

yendo ( gamo˚sai) a mujeresî, Aretas escribe al margen que Clemente ìse refiere a las in-

fames trÌbadas, a las que llaman tambiÈn invertidas y lesbianasî ( hetairistrÌas kaÏ lesbÌas).

El sentido del verbo gamÙ, y m·s teniendo como complemento a ìmujeresî ( gunaÓkas), es,

creo, evidente: se alude al coito lÈsbico, presumiblemente artificial, en la lÌnea de los textos

anteriormente analizados.

De entre el n˙mero no pequeÒo de otros textos en los que podrÌa verse una alusiÛn a

pr·cticas de coito lÈsbico artificial, procedentes en su mayorÌa de diversos tratados astrolÛ-

gicos32, vamos a fijarnos, para terminar, en un texto de SÈneca que puede conectarse con

uno de los epigramas de Marcial que veÌamos al comienzo de este artÌculo (VII 67: pedicat

pueros tribas Philaenis) y alumbrar asÌ un aspecto colateral de la cuestiÛn: el de la mujer

como sujeto de la pedicaciÛn. En efecto, al constatar este autor en una de sus cartas que las

mujeres de su Època tienen enfermedades que antes no tenÌan, lo atribuye a que han iguala-

do a los hombres en libertinaje, y, por tanto, tambiÈn en enfermedades corporales. Las mu-

jeres de ahora, dice, trasnochan, beben y se emborrachan; incluso en el sexo han trastocado

los papeles:

Ni siquiera en el deseo sexual les van a la zaga a los machos: destinadas por natu-

raleza a la pasividad del acto, han discurrido (°maldÌganlas los dioses y las diosas!)

30 D. Dalla, Ubi Venus mutatur. Omosessualit‡ e diritto nel mondo romano, Mil·n, 1987, p·g. 216, n. 7.

31 Clemente de AlejandrÌa, Pedagogo, III 3.21, 3: ìLa molicie lo ha trastornado todo. El exceso de vida rega-

lada ha deshonrado al gÈnero humano: todo lo busca, todo lo violenta, confunde la naturaleza, los hombres

se dejan hacer lo de las mujeres y las mujeres se comportan como hombres contra natura dej·ndose poseer

y poseyendo a mujeresî.

32 Por ejemplo FÌrmico Materno, Mathesis, VII 25.1; Ptolomeo, Tetrabiblos, III 15.8-9; Vecio Valente, 73.8-

10; Pseudo ManetÛn, I (V) 31-33 y IV 358.

17

una forma tan perversa de desverg¸enza que son ellas las que montan a los hom-

bres ( viros ineunt)33.

Forberg es meridianamente claro al comentar este pasaje: seg˙n Èl, SÈneca se refiere

a que ìlas trÌbadas pueden dar por el culoî. No obstante, algunos autores han tratado de

enmendar el texto o bien han entendido que SÈneca se referÌa a que las mujeres fomentaban

las perversiones sexuales al introducir variantes en las posturas del coito, en concreto la de

la mujer sentada a horcajadas sobre el hombre tumbado, postura conocida en la Antig¸edad

como la Venus pendula. Pero creo que la irritaciÛn de SÈneca no serÌa tanta si se tratara sÛlo

de esto, pues esa postura no era ni mucho menos novedosa, obviamente, y numerosos auto-

res, anteriores o posteriores a SÈneca, aluden a ella sin mayores crÌticas o en todo caso con

ironÌa o en tono de burla.

Debemos poner ya punto final a nuestro trabajo. Espero que, a pesar de la dispersiÛn

de los testimonios que hemos comentado y de lo oscuro e inseguro de algunos de ellos,

hayamos conseguido nuestro objetivo: demostrar que existieron en la antig¸edad pr·cticas

de coito lÈsbico artificial; quiz· no haya ning˙n testimonio concluyente por sÌ solo, pero si

se toman en conjunto creo que la hipÛtesis puede sostenerse de manera convincente. Aun-

que no debemos desesperar de encontrar pruebas concluyentes: tampoco habÌa im·genes de

cunnilingus lÈsbico (testimoniado solamente por alg˙n epigrama de Marcial y poco m·s), y

hace pocos aÒos los trabajos en las termas suburbanas de Pompeya sacaron a la luz un tes-

timonio irrefutable, como hemos visto. La verdad es que, por lo que sÈ, las primeras repre-

sentaciones de coito lÈsbico artificial no se encuentran hasta finales del siglo XVIII, en al-

gunos grabados de novelas erÛticas francesas. En cuanto a textos, el primero totalmente

explÌcito que conozco a este respecto lo contiene el penitencial de Burchard de Worms, de

principios del siglo XI. Este penitencial, conocido como Decretum y que tuvo una gran

difusiÛn en su Època, no es un epigrama picante o un di·logo divertido, por supuesto, sino

una obra frÌa y calculada que no se enreda con perÌfrasis; el obispo de Worms utiliza las

palabras justas y va directamente al grano, distinguiendo entre la autoestimulaciÛn con ins-

trumentos f·licos, el coito lÈsbico artificial, y la estimulaciÛn por fricciÛn entre ambos

sexos:

33 SÈneca, EpÌstolas, 95.21. En sentido obsceno, el verbo inire significa ìpenetrarî o ìcopularî, pero su utili-

zaciÛn en el lenguaje ganadero para referirse a los animales le da el matiz irÛnico y despectivo de ìmon-

tarî, ìcubrirî: cf. E. Montero Cartelle, El latÌn erÛtico. Aspectos lÈxicos y literarios, Sevilla, 1991, p·g.

126, n. 3. ObsÈrvese, por otra parte, que SÈneca utiliza aquÌ para referirse a la nueva perversiÛn ideada por

la corrupciÛn femenina la misma forma verbal ( commentae) que emplear· Marcial, I 90, para referirse a la

enigm·tica relaciÛn de la trÌbada Basa con sus compaÒeras ( commenta): cf. M. Citroni, o. c. , p·g. 284.

18

øHas hecho lo que algunas mujeres suelen hacer, has fabricado alg˙n aparato o ar-

tilugio a modo de miembro viril a tu medida, lo has atado con algunas ligaduras en

tus partes pudendas o en las de una compaÒera y has fornicado con otras mujerzue-

las u otras contigo, con el mismo instrumento o con otro? Si lo has hecho, cumpli-

r·s penitencia todas las fiestas de guardar durante cinco aÒos.

øHas hecho lo que algunas mujeres suelen hacer, has utilizado el antedicho aparato

o alg˙n otro artilugio para fornicar contigo misma a solas? Si lo has hecho, cumpli-

r·s penitencia todas las fiestas de guardar durante un aÒo.

øHas hecho lo que algunas mujeres suelen hacer, que, cuando quieren apagar el de-

seo que las atormenta, se juntan como si pudieran y debieran unirse, y juntan am-

bas sus sexos y frot·ndose asÌ la una con la otra desean apagar su ardor? Si lo has

hecho, debes cumplir penitencia todas las fiestas de guardar durante cuatro me-

ses.34

En la Antig¸edad, sin embargo, ning˙n texto es tan explÌcito, como hemos visto. Es

m·s, en numerosas ocasiones la referencia al lesbianismo viene rodeada de un halo de mis-

terio, de prodigio. RecuÈrdese, por ejemplo, el Thebano aenigmate con el que compara

Marcial, I 90.9, la relaciÛn lÈsbica de Basa con sus compaÒeras, o aquella ìmisteriosa mon-

truosidad estÈrilî ( aspÛro! n ter·stion aÌnigma) a la que se refiere el Pseudo-Luciano, o la

calificaciÛn de antinatural y prodigiosa que le merece a Ovidio la pasiÛn de Ifis por Yan-

te35. Como subraya Citroni ( o. c. , p·gs. 281-282), ìla condiciÛn de monstrum que tenÌa la

relaciÛn lÈsbica, a diferencia de la peder·stica, no se debÌa sÛlo a su menor difusiÛn (ligada

naturalmente a la diferente posiciÛn social de la mujer) sino tambiÈn al hecho de que pare-

cÌan inexplicables (o en cualquier caso contrarios a la naturaleza) los modos en que esta

relaciÛn podÌa realizarseî. Uno de esos modos debiÛ ser, sin duda, el empleo de artilugios

f·licos, probablemente de cuero, como los conocidos Ûlisboi o consoladores, que usarÌan

algunas mujeres en sus relaciones homosexuales, de forma similar a esos penes postizos,

ajustables a la cintura mediante correas, que podemos ver hoy dÌa en cualquier sex shop.

BIBLIOGRAFÕA SELECTA

(las abreviaturas en los nombres de revistas son las de LíAnnÈe Philologique)

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C. Calame, ìLíamore omosessuale nei cori di fanciulleî, en Id. (cur.), Líamore in Grecia, Roma, 1988, pp.

73-85.

34 Burchard de Worms, Decretum, XIX 5 (= Migne, Patrologia Latina, vol. 140, 971D-972B).

35 VÈase tambiÈn, por citar otro ejemplo al que no nos hemos referido anteriormente, la expresiÛn mÈga tha˙-

ma (ìgran prodigioî, ìgran maravillaî), con que se refiere el Pseudo ManetÛn, I (V) 32, a la homosexuali-

dad femenina.

19

A. Cameron, ìLove (and marriage) between womenî, GRBS, 39 (1998) 137-156.

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F.-K. Forberg, Manual of Classical Erotology, trad. ingl. biling¸e, Manchester, 1884 (reimpr. Nueva York,

1966; ed. original en latÌn, Coburgo, 1824), concretamente cap. VI (ìSobre las trÌbadasî), pp. 108-