Humedad y orín. por Albert Sans - muestra HTML

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Albert Sans.

Humedad y orín.

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Joaquín César Plana Alcaraz. Texto.

Albert Sans.

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Frente a ella, no tardaría en lograr pausa en la respiración. Habría

dormido. La mano, a un lado, encontraba tibia la piedra. Observó

el muro sobre el cual resbalaban las gotas. Ella estaba tendida

junto al cuenco de barro que usaba para recogerlas. Humedad y

orín, podrida la paja. Sobre él, golpes metálicos y voces. Pasos

tras el portón, la sonoridad de un cráneo arrastrado sobre piedra.

Saliva en el mentón, en el vello del antebrazo. Lo percibió

entonces. Las primeras hogueras habían sido prendidas. Húmeda,

aún, la madera que quemaban. De día, comenzaban de día. No

habían desnudado los cuerpos; carne desgarrada envuelta en tela,

amontonada un momento frente al fuego. Un único humo.

Moscas y astillas. Dejaron de recorrer la oscuridad del corredor.

Lejos, dentro, un rumor y su eco. Ladridos. Otras bestias le

habían acechado. La serpiente velaba, no obstante, ya acomodada

alrededor del cuenco de barro. Calma tras haberle hallado,

amparada por su presencia, desde su sueño.

No había sabido de las cadenas sobre la cava. Se frotó con

inquietud la rodilla lastimada; el costado curaría. Fue la última

vez. Les esperaba despierto, formalizándoles la rutina de su

elección, escuchando a los otros. Sólo después dormía,

ensordecido en el dolor. Memoria de los cerrojos al final de la

escalera que no había vuelto a ver.

Arena sucia bajo el portón entreabierto que un viento hacía

oscilar. Hollada. Los goznes que no podían ser oídos. El olor ya

no perdería su propiedad, vacilante su constancia. A la vista de los

torreones, el hollín habría de alearse a la rezumante tierra. Medida

del carbón.

Lluvia o presencia. Melífica.

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Tocó el portón con el dorso de la mano. Fuera. Muros, hachas

apagadas, rejas que no veía, ante él. Apoyó un hombro sobre la

piedra y comenzó a avanzar, extendido uno de los brazos.

Adelantaba cada pie, tanteando. El paño que los ceñía se

humedecía.

Se detuvo. Su hombro halló un vacío, breve, que hubo de ser

tronera o ventana, ahora tapiadas. Un pie hallaba después otro

vacío. Escalera, caja estrecha pero alta, peldaños carcomidos.

Desde abajo, un aire leve trajo un olor dulzón. Quiso descender.

No supo dónde tropezó con el bulto que, blando, no podía

apartarse. Y un giro trajo la luz. En ella, en su primera levedad,

bajó la mirada a las uñas. Piel manchada en heridas. Cerró la

mano del daño, apoyando el puño contra los herrajes. Dejaría de

escuchar el tintineo de los eslabones cuando alcanzó el último

peldaño. Las brechas iban a reproducirse. Los ladridos los oía

entonces. Crujió la madera cuando el pie la dejó atrás. Sabía que

no pisaba agua, aunque su reflejo negado. Corredor, aristas. Firme

nitidez empañada.

Reparó en que había separado el hombro de la piedra cuando

distinguió la puerta claveteada a un lado. Y el gruñido le fue

familiar. Alejado, les oiría sacudirse, como en llamada o respuesta

a llamada, después, el fascinante sonido de los lamentos iba a

confundirse en aquel que el viento arrastraba desde los pozos. No

se acercó a los montones que encontrara, fingiéndoles

movimiento en la luz flava. Varias arcas abiertas, vacías, junto a

los muros ennegrecidos; una viga se había desplomado sobre la

última y, cruzada, ocultaba las pocas saeteras de uno de los lados.

Se agachó y rozó el ya lodo con la yema de los dedos; el gesto

quiso ser proyecto de convicción. Más lejos, había sido removido,

apenas húmedo.

Se sentó cuando los perros aullaron. Había deambulado,

magnético, asido a presunción. Desde la pertenencia. La rodilla se

significó en un latido. Desconocía hacia qué puente estaba

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dirigiéndose, malgastando una impaciencia. Ajustó el paño en los

pies. El hueco ante él señalaba un calabozo; se permanecía

encogido, y encogido se retiraba el loco o el muerto. Dos puntos

brillaban en el fondo, su intensidad diversa; pero paralelos se

alzaron. No estaba sujeto y no se movería; intimidado, protegía

los restos entre sus patas, los que no habían podido llevarse. Pero

por los que no temían. Acaso arañaba la piedra.

Distinguía la mesa; su inclinación le significó la proximidad de la

estancia hípetra. No intentó erguirse sin usar el muro; por ello, la

mano halló varas, lanzas, dispuestas firmemente para ser tomadas

en orden, en precipitación. Alcanzó la mesa. Acarició las muescas

del borde frente a la galería en claridad. El agua había resbalado

hasta las columnas primeras, sólida la espuma en aquella

distancia. Lo que observaba allí eran dedos. Ardidos, un ámbar

aleteo destacándolos. Tras ellos se oscurecía la entrada, la otra, la

que no recordaba haber soñado. Sobre su marco, parcialmente

desprendido, ningún texto adherido sería ya legible. Pero alargó la

mano hasta ellos y en ellos la demoró. El temblor era suyo. Igual

que el silencio. Alcanzaba el frío. Bajo sí, sobre carne sobre agua,

titilaba una llama. Movió el cuello para el ojo sin daño. El hábito

había perdido su escrúpulo; y, con él, su afecto.

Y entonces el paso que habría sido vago. Descubrió color sobre

la roca. Pintura. Simetría en abandono. Y pan. Sobre un cúmulo

de tierra descuidado, cerca de las gradas. Aún no había cedido al

umbral; las estrías en el suelo convergían, inclinadas, deslizando

las gotas delgadas venidas a través de la abertura. Estrechó

blandamente lo que destacándose recogiera. Rubor, donde

dichoso, rendido porque ignorado en la diferencia que iba

forzando. Hacia el arco, las cuerdas no eran visibles; arriba, el

ademán sosegado, un rostro celaba un balanceo próximo. La

mandíbula se encajaba en un saliente; la torsión del cuerpo, y su

peso, habían acabado de desgarrar el cuello. Su escabel era el

único derribado. Intocable, de honesto. Los tapices aparecían

ensombrecidos tras el incendio, duro su tacto. Uno de ellos se

descolgaba hasta las losas, sucio, sucias, de escombros; un cieno

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compacto se derramaba desde el agujero sobre los cabellos del

anciano, calmo, promoviendo una regular oscilación,

depositándose en mancha bajo él.

Un brillo discreto en la falsa bruma solo; filo y óxido. Las manos

de la mujer se habían agarrotado en la tensión de la certeza de

sostener la daga. No sabría que cayó. Violácea la superficie de

piel presionada por el nudo. Pero, suspensa, no agotó su cuidado.

Se inclinó, usando el codo para apartar el libro miniado. Halló un

espacio y a él, en recelo, confió el pan. El tejido del tapiz

atenuaría el impacto al dejarse caer, inmóvil la rodilla. Una pierna

cruzada bajo la otra, la curva de la espalda. Agrado. Por el sudor

en las sienes. Por las ráfagas sobre las páginas combadas. Por la

sangre que no había vuelto a escupir.

Un brazo hacia el pan. En entrega lo tomaba, en entrega lo

mantuvo. Cada cuerpo. Alguna vez pudo nombrar una voz en un

atardecer. Cedía al aliento, en la aversión a la traición, dando

imagen, sólo, a la desvinculación de la espera. Íntima lejanía en

talla de ojos. Estricta materia del cobijo.

Libro. Las figuras se disputaban la semblanza. Su columna no

podía destacar. Cada verso mostraba alteraciones, pronunciadas

así a fidelidad primeriza. Tamo sobre un margen fijado. Iris

porque láminas.

Comía, ante las niñas descalzadas. Paños apenas, también, desde

los tobillos, que no pudieron cubrir los ropajes, lustrosos donde

debieron apoyar los haces. Los brazos habían sido más frágiles,

cuando, en avidez atemporal, obedecieron a resolución. Briznas.

Más escasas en el paso donde las madres se habían situado,

estorbando el acceso mientras bajo el artesonado morían.

Intercesión. Crear la entidad de la deuda en su identidad con la

acción que la justifica. Los árboles y su fragor, arriba. Defensa del

estertor en labios firme. Para separarse después, en violencia

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desvaídas. Pero en autoridad descendieron y en ella se dejaron

sujetar.

Tampoco él se volvería cuando llegó al término del vano. Los

árboles y su fragor, arriba.

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El puente sobre la pendiente que no pudieron compensar. Varios

tablones se elevaban, con un estremecimiento, por cada pisada. La

muralla exhalaba su pausa en vehemente o exangüe respuesta,

quieta de nuevo el agua que al río perteneciera. Sobre ella, un

contorno talar - medida aún distinta y ya opaca - motivó lo que

fue una quiebra. Evidenciaba privación, imposibilidad de desvío,

un gesto. Lo ínsito, continuo. Mentida su ausencia, o su cálculo.

Las brasas se alejaban. No habían surgido del emplazamiento de

las estacas, sin embargo. Abiertos los hornos, contra su murmullo

insistían una frecuencia los chasquidos. Todo el humo ya había

sido, sobre el llano erizado. Rastro de que no hubo desobediencia,

pues no hubo forja.

En la arcilla reciente, se alinearon las vasijas en flexión de matiz;

mester nominal cuya disciplina no intencionaba aguardar. O

sostener. Apenas vaciadas, habrían comenzado pronto a hundirse,

medida dando a aquel vasto silente. El resplandor se acababa tras

las ramas, su unidad más pálida esbozándose las hojas. Una

vaharada agria ensalzada en el crepúsculo, cuyo origen aquellos

sacos no habían contenido. Afín, llevaba una mano hasta los

dientes, avanzando, lento, donde las yeguas habían sido

empujadas, entre el adorno ciego de las charcas de orina. La

soledad resultaba de los gritos que no fueron, a sí atrapándose en

las trochas. Su pudor sin ancla parido.

Evitaba la ribera, aunque la música provenía del claro. Decidía

aguardar, a la vista el declive. Noche. Fueron aullidos, de nuevo.

No saldrían, sin embargo, hoscos a las horrísonas cañas

enceradas. Quieto lienzo, allá abajo, sobre cuantos se sumergieran

sin ojos.

Decidía esperar.

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Dejaba de temblar, recogiendo los brazos sobre el pecho. En pie.

Antes, había conseguido palpar el corte sobre un lado de la

cabeza. Donde los cabellos estaban arrancados. Latía, ahora.

Otra noche fue. Acudió cuando le llamó. Solos. No llevaría el

arma consigo. Sin fuego, las velas junto a un muro, el aposento

aparecía lívido. En pie, cruzando los brazos sobre el pecho,

observó al hombre sentado que anheló escucharle ascender por la

escalera, su arma sobre la mesa, sin coraza. Vacías todas las

copas. No le habían convocado. En los patios se reproducían los

golpes, las carreras. El hombre sentado no había bebido; sereno y

leal, su mirada eludía la figura que se recortaba en el marco de la

puerta que abierta se dejara. No duró. Giró hacia él los ojos y, en

una mano, le tendió su daga, la hoja sosteniendo. Quien se

ocultaba en el espacio tras la puerta abierta le habría atacado

entonces. Lo desconocía; también que hubo de morir, el cuello

seccionado por la daga. La sangre de ambos se mezclaba,

concluyente, sobre los ladrillos; él se ocuparía de abandonar al

hombre vivo en la celda, de quemar al muerto con otros cuerpos.

De comunicar, resuelto, un fin.

Alteraría su atuendo y tajó su rostro. No podía permanecer allí.

Las mejillas, los labios, los párpados aún tardarían en exponerse

tumefactos. Salió y cerró el portón, sonriente. Febril, acaso.

Abajo, solo, anotó un nombre en el escrito de registro y fue otra la

contingencia.

Inhábiles al descuido, al olvido, no regresaron. Serían por su celo

los elegidos. Admirados cuando fueron llamados a presencia. Ni

llorar pudieron. Chillaron, rugieron, cuando la prensa les aplastó

las costillas, el cuello lisiado forzándose en una bestial sacudida

de búsqueda.

Respiraban aún cuando fueron entregados a los animales.

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Reconoció súbitamente el alba sobre las aguas estancadas.

Algunos peces apenas comenzaban a comerse la piel de las caras,

de las manos sujetas. Tosió y la sangre que escupió cayó sobre

una tierra que crujió en el movimiento. Creyéndose erguido, quiso

ajustar el paño en los pies, vacilando en la calina, hacia el claro

vuelto.

Aterido en la proximidad del calor creciente de la luz.

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