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Sinopsis

Para Nora Grey, el romance no era parte del plan. Ella nunca se había sentido

particularmente atraída hacia los chicos de su escuela, sin importar lo mucho que su mejor

amiga, Vee, los empujara hacia ella. No hasta que Patch llegó a su vida. Con su sonrisa fácil y ojos que parecen ver dentro de ella, Nora se siente atraída hacia él, en contra de todos sus instintos.

Pero después de una serie de aterradores encuentros, Nora no sabe en quien confiar. Patch

parece estar donde quiera que esté ella, y saber más sobre ella que sus amigos más cercanos.

Ella no sabe si correr hacia sus brazos o correr y esconderse. Y cuando intenta encontrar

algunas respuestas, se acerca a una verdad que es mucho más incomoda que todo lo que

Patch la hace sentir.

Nora esta justo en medio de una antigua batalla entre los inmortales y aquellos que han

caído- y cuando tiene que escoger un bando, la elección equivocada le costará su vida.

TRADUCIDO Y CORREGIDO EN EL FORO DE PURPLE ROSE,

GRACIAS A LA COLABORACIÓN DE:

ILIMARI CIPRIANO, LIZETH, TUTSI, CATY, ALE, XHIAMARA, DARK HEAVEN, EVELIN, ROMI.I,

SUMBOAT, MANDY, RANIA BELIKOV, TIBARI, CAROL Y EMMA.

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Prólogo

Valle Del Loira, Francia

Noviembre 1565

Chauncey estaba con la hija de un granjero en los bancos de hierba del río Loira cuando

llegó la tormenta, y habiendo dejado que su montura vagara por la pradera, no tenía más

que sus pies para que lo llevaran de vuelta al castillo. Arrancó una hebilla de plata de su

zapato, la colocó sobre la palma de la chica y la vio marcharse, escurridiza, el barro

manchándole las faldas. Después se colocó bien las botas y salió de camino a casa.

Llovía a cántaros en la campiña oscura que rodeaba el castillo de Langeais. Chauncey

caminaba con facilidad sobre las tumbas hundidas y el humus del cementerio; incluso en

la niebla más espesa podía encontrar su camino de vuelta a casa desde aquí sin perderse.

Esa noche no había niebla, pero la oscuridad y la arremetida de la lluvia engañaban lo

suficiente.

Chauncey percibió movimiento por el rabillo del ojo, y giró de repente la cabeza a la

izquierda. Lo que a simple vista parecía ser un gran ángel coronando un monumento

cercano se irguió hasta alcanzar plena altura. Ni de piedra ni de mármol, el chico tenía

brazos y piernas. Su torso estaba desnudo, sus pies también, y pantalones de campesino

colgaban bajos de su cintura. Saltó del monumento, su pelo negro goteando lluvia. Ésta

corría por su cara, que era oscura como la de un español. La mano de Chauncey reptó

lentamente hasta la empuñadura de su espada.

- ¿Quién anda ahí?

La boca del chico dibujó una leve sonrisa.

- No juguéis con el Duque de Langeais. - Advirtió Chauncey - He preguntado vuestro

nombre. Dadlo.

- ¿Duque? - El chico se apoyó contra un álamo retorcido - ¿O bastardo?

Chauncey desenvainó su espada.

- ¡Retiradlo! Mi padre era el Duque de Langeais. Yo soy el Duque de Langeais ahora. -

Añadió torpemente, y se maldijo por ello.

El chico sacudió la cabeza perezosamente.

- Tu padre no era el antiguo duque.

Chauncey bulló de furia ante el escandaloso insulto.

- ¿Y tu padre? - Exigió extendiendo la espada. Todavía no conocía a todos sus vasallos,

pero estaba aprendiendo. Se grabaría el nombre de la familia de este chico en la

memoria - Lo preguntaré una vez más. - Dijo en voz baja, restregándose una mano contra

el rostro para apartar la lluvia - ¿Quién eres?

El chico se adelantó y apartó el filo a un lado. De pronto parecía mayor de lo que

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Chauncey había presupuesto, tal vez incluso un año o dos mayor que Chauncey.

- Uno de la prole del Diablo. - Respondió.

Chauncey sintió un vuelco de miedo en el estómago.

- Eres un maldito lunático. - Dijo entre dientes - Sal de mi camino.

El suelo debajo de Chauncey tembló. Explosiones de oro y grana aparecieron detrás de

sus ojos. Encorvado, con sus uñas clavándose en sus muslos, alzó la vista al chico,

parpadeando y jadeando, intentando comprender lo que estaba pasando. La cabeza le

daba vueltas como si ya no estuviera a sus órdenes.

El chico se agachó para ponerse a la altura de sus ojos.

- Escucha con atención. Necesito algo de ti. No me iré hasta que lo tenga. ¿Entiendes?

Apretando con fuerza los dientes, Chauncey sacudió la cabeza para expresar su

incredulidad ―su desafío. Intentó escupirle al chico, pero la saliva le corrió por la

barbilla, su lengua negándose a obedecerle.

El chico apretó sus manos en torno a las de Chauncey; su calor le abrasó y gritó.

- Necesito tu juramento de lealtad. - Dijo el chico - Póstrate sobre una rodilla y júralo.

Chauncey ordenó a su garganta reírse ásperamente, pero su garganta se constriñó y se

ahogó en el sonido. Su rodilla derecha cedió como si le hubieran dado una patada desde

atrás, aunque allí no había nadie, y cayó hacia delante sobre el barro. Se cayó de lado e

hizo arcadas.

- Júralo. - Repitió el chico.

El calor subió por el cuello de Chauncey; hizo falta toda su energía para doblar sus manos

en dos débiles puños. Se rió de sí mismo, pero allí no había humor. No tenía ni idea de

cómo, pero el chico estaba infligiendo la náusea y la debilidad en su interior. No se irían

hasta que hiciera el juramento. Diría lo que tenía que decir, pero en su corazón juró que

destruiría al chico por esta humillación.

- Señor, me convierto en vuestro hombre. - Dijo Chauncey con voz envenenada.

El chico puso de pie a Chauncey.

- Encuéntrate conmigo aquí al comienzo del mes hebreo de Cheshvan. Durante dos

semanas entre las lunas nueva y llena, necesitaré tu servicio.

- ¿Una... quincena? - Todo Chauncey tembló ante el peso de su furia - ¡Yo soy el Duque

de Langeais!

- Eres un Nephil. - Dijo el chico con un atisbo de sonrisa.

Chauncey tenía una réplica profana en la punta de la lengua, pero se la tragó. Sus

siguientes palabras fueron dichas con un veneno helado.

- ¿Qué has dicho?

- Perteneces a la raza bíblica de los Nephilim. Tu verdadero padre era un ángel que cayó

del paraíso. Eres medio mortal. - Los ojos oscuros del chico se alzaron, encontrándose

con los de Chauncey - Medio ángel caído.

La voz del tutor de Chauncey llegó desde los más recónditos recovecos de su mente,

leyendo pasajes de la Biblia, hablándole de una raza desviada creada cuando ángeles

expulsados del paraíso se aparearon con mujeres mortales. Una raza terrible y poderosa.

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Un escalofrió que no era exactamente de repulsión se extendió a través de Chauncey.

- ¿Quién eres?

El chico se dio la vuelta, marchándose, y, aunque Chauncey quería ir detrás de él, no era

capaz de hacer que sus piernas sostuvieran su peso. Arrodillado allí, parpadeando a

través de la lluvia, vio dos gruesas cicatrices en la espalda del torso desnudo del chico. Se estrechaban para formar una V al revés.

- ¿Eres... caído? - Le gritó - Tus alas han sido arrancadas, ¿verdad?

El chico ―ángel― quienquiera que fuera, no se dio la vuelta. Chauncey no necesitaba la

confirmación.

- Este servicio que voy a proporcionar. - Gritó - ¡Exijo saber lo que es!

El aire resonó con la risa grave del chico.

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Capítulo 1

Coldwater, Maine

Día presente

Entré en Biología y me quedé con la boca abierta. Misteriosamente adherida a la pizarra

estaba una muñeca Barbie, con Ken a su lado. Habían sido obligados a unir los brazos y

estaban desnudos excepto por hojas artificiales situadas en algunas zonas estratégicas.

Garabateado sobre sus cabezas en gruesas letras rosas de tiza estaba la invitación:

BIENVENIDOS A LA REPRODUCCIÓN HUMANA (SEXO)

A mi lado, Vee Sky dijo:

- Ésta es exactamente la razón por la que el instituto prohíbe móviles con cámara. Fotos

de esto en eZine serían toda la prueba que necesito para hacer que la cámara de

educación cortara por lo sano con la Biología. Y entonces tendríamos esta hora para

hacer algo productivo... como recibir tutorías individuales de chicos mayores monos.

- ¿Cómo, Vee? - Dije. - Habría jurado que estabas esperando con ansias esta unidad todo

el semestre.

Vee bajó las pestañas y sonrió torvamente.

- Esta clase no va a enseñarme nada que no sepa ya.

- ¿Vee? ¿No eres virgen?

- No tan alto. - Guiñó el ojo justo cuando sonó el timbre, enviándonos a las dos a

nuestros asientos, que estaban al lado en nuestra mesa compartida.

El Entrenador McConaughy cogió el silbato que colgaba de una cadena de su cuello y

sopló.

- ¡A vuestros asientos, equipo! - El Entrenador consideraba enseñar Biología de décimo

curso un deber secundario a su trabajo como entrenador del equipo de baloncesto, y

todos lo sabíamos - Tal vez no se os haya ocurrido, chicos, que el sexo es más que un

viaje de quince minutos al asiento trasero de un coche. Es ciencia. ¿Y qué es la ciencia?

- Aburrida. - Gritó un chico del fondo de la clase.

- La única clase que suspendo. - Dijo otro.

Los ojos del Entrenador rastrearon la primera fila, deteniéndose sobre mí.

- ¿Nora?

- El estudio de algo. - Dije.

Se acercó y golpeó el dedo índice sobre la mesa delante de mí.

- ¿Qué más?

- Conocimiento adquirido a través de la experimentación y la observación. - Encantador.

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Sonaba como si estuviera en una audición para el audiolibro de nuestro libro de texto.

- Con tus propias palabras.

Toqué mi labio superior con la punta de la lengua y busqué un sinónimo.

- La ciencia es una investigación. - Sonaba como una pregunta.

- La ciencia es una investigación. - Dijo el Entrenador, frotándose las manos - La ciencia

requiere que nos transformemos en espías.

Dicho así, la ciencia casi sonaba divertida. Pero había estado en clase del Entrenador lo

suficiente como para no albergar esperanzas.

- Ser buenos sabuesos requiere practica. - Prosiguió.

- También el sexo. - Vino otro comentario del fondo de la sala.

Todos ahogamos la risa mientras el Entrenador apuntaba al ofensor con un dedo

acusatorio.

- Eso no va a ser parte de los deberes de hoy. - El Entrenador me devolvió su atención -

Nora, has estado sentada al lado de Vee desde el comienzo del curso.

Asentí, pero tenía un mal presentimiento de a dónde nos estaba llevando esto.

- Ambas estáis juntas en el eZine del instituto. - Una vez más, asentí – Me apuesto a que

sabéis bastante la una de la otra.

Vee me dio una patada por debajo de nuestra mesa. Sabía lo que estaba pensando. Que

él no tenía ni idea de hasta qué punto sabíamos cosas la una de la otra. Y no me refiero

solo a los secretos que enterramos en nuestros diarios. Vee es mi no-gemela. Tiene ojos

verdes, pelo rubio platino y está unos kilos por encima de “con curvas”. Yo soy una

morena de ojos gris humo con montones de pelo ondulado que se mantiene en sus trece

incluso con la mejor plancha. Y soy todo piernas, como el taburete de un bar. Pero sí hay

un hilo invisible que nos une; las dos juramos que el vínculo empezó mucho antes del

nacimiento. Las dos juramos que continuará en su sitio durante el resto de nuestras

vidas.

El Entrenador alzó la vista a la clase.

- De hecho, me apuesto a que cada uno de vosotros conoce lo bastante bien a la persona

al lado de la cual se sienta. Escogísteis los asientos que escogísteis por una razón,

¿verdad? Familiaridad. Qué mal que los mejores sabuesos eviten la familiaridad. Anula el

instinto investigador. Que es la razón por la que hoy vamos a crear una nueva asignación

de asientos.

Abrí la boca para protestar, pero Vee se me adelantó.

- ¿Qué demonios? Es Abril. Es decir, es casi fin de curso. No puede sacar este tipo de

cosas ahora.

El Entrenador mostró un atisbo de sonrisa.

- Puedo sacar este tipo de cosas hasta el último día del semestre. Y si suspendéis mi

clase, estaréis de vuelta aquí el año que viene, donde estaré sacando este tipo de cosas

otra vez.

Vee lo fulminó con la mirada. Es famosa por esa mirada. Es una expresión que lo hace

todo salvo sisear audiblemente. Aparentemente inmune a ella, él Entrenador se trajo el

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silbato a los labios y captamos la idea.

- Cada compañero sentado en el lado izquierdo de la mesa..., es decir, vuestra

izquierda..., que se mueva un asiento hacia adelante. Esos en la fila de adelante..., sí,

incluida tú, Vee..., id al fondo.

Vee metió su libreta dentro de la mochila y cerró la cremallera. Yo me mordí el labio y le

dediqué un breve adiós con la mano. Después me volví levemente, revisando la sala

detrás de mí. Sabía los nombres de todos mis compañeros... excepto de uno. El

transferido. El Entrenador nunca lo llamaba en clase, y él parecía preferirlo así. Estaba

sentado apoltronado una mesa detrás, los fríos ojos negros mirando siempre hacia

delante. Justo como siempre. Ni por un momento me creí que simplemente se sentara

ahí, día tras día, mirando al vacío. Estaba pensando en algo, pero el instinto me decía que

probablemente no quería saber en qué.

Dejó su libro de Biología sobre la mesa y se deslizó en la antigua silla de Vee. Sonreí.

- Hola. Soy Nora.

Sus ojos negros cortaron a través de mí, y las comisuras de sus labios se elevaron. Mi

corazón dio un pequeño salto y en esa pausa, la sensación de una oscuridad sombría

pareció deslizarse como una sombra sobre mí. Se desvaneció en un instante, pero

todavía estaba mirándolo. Su sonrisa no era amistosa. Era una sonrisa que anunciaba

problemas. Como una promesa.

Me concentré en el encerado. Barbie y Ken me devolvieron la mirada con unas sonrisas

extrañamente alegres.

El Entrenador dijo:

- La reproducción humana puede ser un asunto pegajoso...

- ¡Agh! - Gruñó un coro de alumnos.

- Requiere manejarla con madurez. Y como toda ciencia, la mejor aproximación es

aprender siendo sabuesos. Durante el resto de la clase, practicad esta técnica a base de

averiguar tanto como podáis sobre vuestro nuevo compañero. Mañana, traed por escrito

vuestros descubrimientos, y creedme, voy a revisar su autenticidad. Esto es Biología, no

lengua, así que ni se os ocurra trabajar con la ficción en vuestras respuestas. Quiero ver

intención de verdad y trabajo en equipo. - Había un “o si no” implícito.

Me senté perfectamente quieta. La pelota estaba en su campo ―yo había sonreído, y

mira lo bien que eso había resultado. Arrugué la nariz, intentando averiguar a qué olía.

Cigarrillos no. Algo más intenso, más apestoso. Puros.

Encontré el reloj en la pared y di golpecitos con mi lápiz a tiempo con el segundero.

Planté mi codo en la mesa y apoyé la barbilla sobre el puño. Solté un suspiro.

Genial. A este ritmo iba a suspender.

Tenía los ojos clavados delante, pero oí el suave deslizamiento de su bolígrafo. Estaba

escribiendo, y quería saber qué. Diez minutos de sentarnos juntos no lo cualificaba para

asumir nada sobre mí. Lanzando una mirada de reojo, vi que en su papel había varias

líneas, y creciendo.

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- ¿Qué estás escribiendo? - Pregunté.

- Y habla. - Dijo mientras lo garabateaba, cada movimiento de su mano al mismo tiempo

suave y descuidado.

Me incliné tan cerca de él como pude, intentando leer lo que había escrito, pero dobló el

papel por la mitad ocultando la lista.

- ¿Qué has escrito? - Exigí.

Estiró la mano hacia mi papel sin usar, deslizándolo a través de la mesa hacia él. Lo

arrugó formando una bola. Antes de que pudiera protestar, lo lanzó a la papelera al lado

del escritorio del Entrenador. El tiro entró de lleno. Me quedé mirando a la papelera un

momento, dividida entre la incredulidad y el enfado. Después abrí mi libreta en una

página en blanco.

- ¿Cómo te llamas? - Pregunté, el lápiz preparado para escribir.

Alcé la vista a tiempo para ver otra sonrisa oscura. Ésta parecía retarme a sonsacarle

algo.

- ¿Tu nombre? - Repetí con la esperanza de que fueran imaginaciones mías el que mi voz

temblara.

- Llámame Patch. Lo digo en serio. Llámame.

Me guiñó el ojo al decirlo, y estaba bastante segura de que se estaba riendo de mí.

- ¿Qué haces en tu tiempo libre? - Pregunté.

- No tengo tiempo libre.

- Asumo que este trabajo es para nota, ¿así que me haces el favor?

Se inclinó hacia atrás en su asiento, doblando los brazos detrás de la cabeza.

- ¿Qué clase de favor?

Estaba bastante segura de que era una insinuación, y busqué desesperadamente la forma

de cambiar de tema.

- Tiempo libre. - Repitió, pensativo - Hago fotos.

Escribí Fotografía en mi folio.

- No había terminado. - Dijo - Tengo toda una colección sobre una columnista de eZine

que cree que hay una verdad en comer orgánico, que escribe poesía en secreto, y que se

echa a temblar ante la idea de tener que escoger entre Stanford, Yale y... ¿cuál es esa

grande con la H?

Me quedé mirándolo un momento, sacudida por lo acertado que estaba. No tenía la

sensación de que fuera una suposición afortunada. Lo sabía. Y yo quería saber cómo

―justo ahora.

- Pero al final no irás a ninguna de ellas.

- ¿Ah, no? - Pregunté sin pensar.

Enganchó los dedos bajo el asiento de mi silla, arrastrándome más cerca de él. No muy

segura de si debería apartarme y mostrar miedo, o no hacer nada y fingir aburrimiento,

escogí la última. Dijo:

- Incluso aunque triunfarías en las tres escuelas, las desprecias por ser un cliché del éxito.

Juzgar es tu tercera gran debilidad.

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- ¿Y mi segunda? - Dije con rabia muda.

¿Quién era este tio? ¿Era esto algún tipo de chiste perturbador?

- No sabes cómo confiar. Retiro eso. Confias... solo que en toda la gente equivocada.

- ¿Y mi primera? - Exigí.

- Mantienes a la vida atada muy corto.

- ¿Qué se supone que significa eso?

- Tienes miedo de lo que no puedes controlar.

Se me puso de punta el pelo de la nuca, y la temperatura de la clase pareció bajar.

Normalmente habría ido derecha al escritorio del Entrenador a solicitar una nueva

asignación de asientos, pero me negaba a dejar que Patch pensara que podía

intimidarme o asustarme. Sentía una necesidad irracional de defenderme y decidí en ese

mismo momento y lugar que no me echaría atrás hasta que lo hiciera él.

- ¿Duermes desnuda? - Preguntó.

Mi mandíbula amenazaba con caerse, pero la mantuve en su sitio.

- Difícilmente eres la persona a la que se lo diría.

- ¿Alguna vez has ido al psiquiatra?

- No. - Mentí.

La verdad es que estaba yendo a sesiones con el psicólogo del instituto, el Dr.

Hendrickson. No era elección mía, y no era algo sobre lo que me gustara hablar.

- ¿Has hecho algo ilegal?

- No. - Saltarme ocasionalmente el límite de velocidad no contaría. No con él - ¿Por qué

no me preguntas algo normal? Como... ¿mi música favorita?

- No voy a preguntar lo que puedo adivinar.

- Tú no sabes el tipo de música que escucho.

- Barroco. Contigo, es todo sobre el orden, el control. Me apuesto a que tocas... ¿el cello?

- Lo dijo como si lo hubiera adivinado de la nada.

- Incorrecto. - Otra mentira, pero ésta envió un escalofrío por mi piel que me dejó los

dedos temblando.

¿Quién era él en realidad? Si sabía que tocaba el cello, ¿qué más sabía?

- ¿Qué es eso? - Patch dio un toquecito con su bolígrafo en la parte interna de mi

muñeca.

Me aparté instintivamente.

- Una marca de nacimiento.

- Parece una cicatriz. ¿Eres suicida, Nora? - Sus ojos conectaron con los míos, y podía

sentirlo riéndose - ¿Padres casados o divorciados?

- Vivo con mi madre.

- ¿Dónde está tu padre?

- Mi padre falleció el año pasado.

- ¿Cómo murió?

Me encogí.

- Fue... asesinado. Esto es territorio personal, si no te importa.

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Hubo un momento de silencio y la acidez de los ojos de Patch pareció suavizarse un poco.

- Eso debe de ser duro. - Sonaba como si lo dijera en serio.

Sonó el timbre y Patch estaba en pie, de camino a la puerta.

- Espera. - Grité. No se giró - ¡Disculpa! - Salió por la puerta - ¡Patch! No conseguí nada de ti.

Se dio la vuelta y caminó hacia mí. Tomando mi mano, garabateó algo en ella antes de

que se me ocurriera apartarme.

Bajé la vista a los siete números en tinta roja sobre mi palma e hice un puño a su

alrededor. Quería decirle que de ningún modo iba a sonar su teléfono esta noche. Quería

decirle que era culpa suya por gastar todo el tiempo interrogándome a mí. Quería un

montón de cosas, pero me limité a quedarme allí de pie como si no supiera cómo abrir la

boca. Al final dije:

- Esta noche estoy ocupada.

- Yo también. - Sonrió de oreja a oreja y se fue.

Me quedé clavada en el sitio, digiriendo lo que acababa de pasar. ¿Se comió todo el

tiempo interrogándome a propósito? ¿Para que yo suspendiera? ¿Creía que una sonrisa

brillante lo redimiría? Sí, pensé. Sí, lo creía.

- ¡No llamaré! - Grité detrás de él - ¡Nunca!

- ¿Has terminado tu columna para el plazo de entrega de mañana? - Era Vee. Vino a mi

lado, apuntando notas en la libretita que llevaba a todas partes - Estoy pensando en

escribir la mía sobre la injusticia de las asignaciones de asientos. Estoy de pareja con una chica que dijo que acabó el tratamiento contra los piojos esta misma mañana.

- Mi nuevo compañero. - Dije, apuntando al pasillo, a la espalda de Patch.

Tenía una forma de andar irritantemente confiada, del tipo que encuentras acompañada

de camisetas gastadas y un sombrero de cowboy. Patch no llevaba ni la una ni el otro. Era

más bien un chico de Levi’s oscuros, cazadora oscura, botas oscuras.

- ¿El transferido de último curso? Supongo que no estudió lo bastante la primera vez. O la

segunda. - Me lanzó una mirada cómplice - A la tercera va la vencida.

- Me da escalofríos. Sabía mi música. Sin ninguna pista en absoluto, dijo “Barroco”. -

Imité bastante mal su voz grave.

- ¿Suposición afortunada?

- Sabía... otras cosas.

- ¿Cómo qué?

Solté un suspiro. Sabía más de lo que quería contemplar cómodamente.

- Cómo meterse debajo de mi piel. - Dije al fin - Voy a decirle al Entrenador que tiene que

volver a cambiarnos.

- Ve a por ello. Podría usar un gancho para mi próximo artículo del eZine. “Alumna de

décimo devuelve el golpe.” Aún mejor, “Asignación de asientos recibe una bofetada en la

cara.” Mmm. Me gusta.

Al final del día, fui yo la que recibió una bofetada en la cara. El Entrenador rechazó mi

súplica de volver a pensarse la asignación de asientos. Parecía que estaba atascada con

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Patch.

Por ahora.

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Capítulo 2

Mi madre y yo vivimos en una granja del siglo XVIII llena de corrientes de aire a las

afueras de Coldwater. Es la única casa en Hawthorne Lane, y los vecinos más cercanos

están a más de un kilómetro de distancia. A veces me pregunto si el constructor original

se dio cuenta de que de todos los solares disponibles, eligió construir la casa en medio de

una misteriosa inversión atmosférica que parece aspirar toda la niebla de la costa de

Maine y trasplantarla a nuestro jardín. La casa estaba en este momento velada en unas

sombras que parecían espíritus escapados y merodedores.

Me pasé la tarde plantada en un taburete de bar en la cocina en compañía de los deberes

de álgebra y Dorothea, nuestra ama de llaves. Mi madre trabaja para la Compañía de

Subastas Hugo Renaldi, coordinando subastas de propiedades y antigüedades a lo largo

de toda la Costa Este. Esta semana estaba en Charleston, Carolina del Sur. Su trabajo

requería muchos viajes, y pagaba a Dorothea para cocinar y limpiar, pero yo estaba

bastante segura de que el contrato de Dorothea incluía el mantener un ojo atento y

parental pendiente de mí.

- ¿Qué tal el colegio? - Preguntó Dorothea con un ligero acento alemán.

Estaba en el fregadero, frotando una lasaña de una cacerola.

- Cambiamos de compañero en Biología.

- ¿Esto es algo bueno, o algo malo?

- Vee era mi antigua compañera.

- Hum. - Restregó con más vigor, y la carne de la parte superior del brazo de Dorothea

tembló - Algo malo, entonces - Suspiré, de acuerdo - Háblame de la nueva compañera.

¿Cómo es esta chica?

- Es alto, moreno e irritante. - E inquietantemente cerrado.

Los ojos de Patch eran esferas negras. Absorbiéndolo todo y no ofreciendo nada. No es

que yo quisiera saber más sobre Patch. Ya que no me había gustado lo que había visto en

la superficie, dudaba que me fuera a gustar lo que se escondía en la profundidad.

Solo que esto no era exactamente cierto. Me gustaba mucho de lo que había visto.

Músculos largos y esbeltos a lo largo de sus brazos, hombros anchos pero relajados, y

una sonrisa que era en parte juguetona y en parte seductora. Estaba en una alianza

insegura conmigo misma, intentando ignorar lo que había empezado a encontrar

irresistible.

A las nueve en punto Dorothea terminó su tarde y cerró con llave al salir. Como adiós,

encendí y apagué las luces del porche dos veces; debieron de penetrar en la niebla,

porque ella respondió con un bocinazo. Estaba sola.

Hice inventario de los sentimientos en mi interior. No tenía hambre. No estaba cansada.

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Ni siquiera estaba tan sola. Pero sí estaba un poco nerviosa por mis deberes de Biología.

Le había dicho a Patch que no iba a llamar, y seis horas atrás lo decía en serio. Todo en lo que podía pensar ahora era que no quería suspender. La Biología era mi asignatura más

dura. Mi nota vacilaba problemáticamente entre un sobresaliente y un notable. En mi

mente, ésa era la diferencia entre una beca parcial y una completa en mi futuro.

Fui a la cocina y descolgué el teléfono. Miré lo que quedaba de los siete dígitos todavía

tatuados en mi mano. Secretamente, esperaba que Patch no respondiera a mi llamada. Si

no estaba disponible o cooperador con los trabajos, eran pruebas que podía usar en su

contra para convencer al Entrenador para que deshiciera la asignación de asientos.

Sintiéndome con esperanzas, tecleé su número.

Patch respondió al tercer toque.

- ¿Qué pasa?

En un tono práctico dije:

- Estoy llamando para ver si podemos vernos esta noche. Sé que dijiste

que estabas ocupado, pero...

- Nora. - Patch dijo mi nombre como si fuera el broche final de un chiste - Crei que no

ibas a llamar. Nunca.

Odiaba estar tragándome mis palabras. Odiaba a Patch por restregármelo. Odiaba al

Entrenador y a sus locos trabajos. Abrí la boca, con la esperanza de que saliera algo

inteligente.

- Bueno. ¿Podemos vernos o no?

- Resulta que no puedo.

- ¿No puedes, o no quieres?

- Estoy en medio de una partida de billar. - Oí la sonrisa en su voz – Una partida de billar importante.

Por los ruidos de fondo que oía de su lado, creía que estaba diciendo la

verdad ―sobre la partida de billar. El si era o no más importante que mi trabajo era un

tema para debate.

- ¿Dónde estás? - Pregunté.

- El Arcade de Bo. No es tu tipo de sitio.

- Entonces hagamos la entrevista por teléfono. Tengo una lista de preguntas justo...

Me colgó.

Me quedé mirando al teléfono con incredulidad, después arranqué de mi libreta una hoja

de papel en blanco. Garabateé Cretino en la primera línea. En la línea debajo de ésa

añadí, Fuma puros. Morirá de cáncer de pulmón. Ojalá que pronto. Excelente forma

física. Inmediatamente taché la última observación hasta que fue ilegible.

El reloj del microondas pasó a anunciar las 9:05. Tal y como yo lo veía, tenía dos

opciones. O bien inventaba mi entrevista con Patch, o bien conducía hasta el Arcade de

Bo. La primera opción tal vez fuera tentadora, si tan solo pudiera bloquear la voz del

Entrenador advirtiendo que revisaría todas las respuestas en busca de autenticidad. No

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sabía lo suficiente sobre Patch como para lanzarme el farol de una entrevista completa.

¿Y la segunda opción? Nada tentadora, ni en lo más mínimo.

Retrasé el tomar una decisión lo bastante como para llamar a mi madre. Parte de nuestro

acuerdo para que ella trabajara y viajara tanto era que actuara con responsabilidad y no

fuera el tipo de hija que requiere supervisión constante. Me gustaba mi libertad, y no

quería hacer nada para darle a mi madre una razón para aceptar una reducción de sueldo

y tomar un trabajo local para mantenerme un ojo encima.

En el cuarto toque, su buzón de voz cogió la llamada.

- Soy yo. - Dije - Solo llamaba para ver qué tal. Tengo unos deberes de Biología que

terminar, después me voy a la cama. Llámame mañana en la comida, si quieres. Te

quiero.

Después de colgar, encontré una moneda de veinticinco centavos en el cajón de la

cocina. Mejor dejarle al destino las decisiones complicadas.

- Si es cara voy. - Le dije al perfil de George Washington - Si es cruz me quedo.

Lancé la moneda al aire, la paré contra el dorso de mi mano y osé echarle un vistazo. Mi

corazón estrujó un latido extra, y me dije a mí misma que no estaba segura de lo que eso

significaba.

- Ahora no está en mis manos. - Dije.

Decidida a acabar con esto tan rápido como fuera posible, agarré un mapa de la nevera,

cogi mis llaves, y eché atrás mi Fiat Spider por el camino que llevaba a la carretera. El

coche probablemente había sido una monada en 1979, pero no me entusiasmaba

demasiado la pintura marrón chocolate, el óxido extendiéndose sin control por el

parachoques trasero, y los asientos blancos de cuero agrietado.

El Arcade de Bo resultó estar más lejos de lo que me habría gustado, situado cerca de la

costa, a treinta minutos en coche. Con el mapa estirado contra el volante, metí el Fiat en

el aparcamiento detrás de un edificio de bloques grises con una señal eléctrica

centelleando “EL ARCADE DE BO, LOCO PAINTBALL NEGRO Y LA SALA DE BILLAR DE OZZ”.

Grafitis salpicaban las paredes, y había colillas por todo el suelo. Claramente el local de

Bo no estaba lleno de futuros alumnos de las mejores universidades y ciudadanos

modelo. Intenté mantener mis pensamientos altaneros y despreocupados, pero mi

estómago se sentía un poco incómodo. Revisando que hubiera cerrado todas las puertas,

entré.

Me coloqué en la fila, esperando a pasar las cuerdas. Mientras el grupo delante de mí

pagaba, me escurrí por en medio andando hacia el laberinto de sirenas a todo volumen y

luces centelleantes.

- ¿Crees que te mereces una entrada gratuita? - Aulló una voz endurecida por el humo.

Me di la vuelta y parpadeé al cajero sobre-tatuado. Dije:

- No estoy aquí para jugar. Estoy buscando a alguien.

Gruñó.

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- Si quieres pasar por delante de mí, pagas. - Puso las palmas sobre el mostrador, donde

una tabla de precios había sido pegada con celo, mostrando que debía quince dólares.

Solo efectivo.

No tenía efectivo. E incluso si tuviera, no lo habría gastado para pasar unos pocos

minutos interrogando a Patch sobre su vida personal. Sentí cómo me enfadaba al pensar

en la asignación de asientos y por tener que estar aquí, en primer lugar. Solo tenía que

encontrar a Patch, después podríamos mantener la entrevista fuera. No había conducido

hasta aquí para volver con las manos vacías.

- Si no estoy de vuelta en dos minutos, pagaré los quince dolares. - Dije.

Antes de poder ejercitar un mejor juicio o reunir un poco más de paciencia, hice algo

totalmente fuera de sitio y me colé entre las cuerdas. No me detuve ahí. Me apresuré a

través del arcade, manteniendo los ojos bien abiertos en busca de Patch. Me dije a mí

misma que no me podía creer que estuviera haciendo esto, pero era como una bola de

nieve, ganando velocidad y fuerza. Llegados a este punto sólo quería encontrar a Patch y

salir de allí.

El cajero me siguió, gritando:

- !Eh!

Segura de que Patch no estaba en el piso principal, corrí abajo, siguiendo señales para la

Sala de Billar de Ozz. Al final de las escaleras, una luz tenue iluminaba varias mesas de

poker, todas en uso. Humo de puro casi tan espeso como la niebla envolviendo mi casa

nublaba el techo bajo. Situadas entre las mesas de poker y el bar había una fila de mesas

de billar. Patch estaba estirado a través de la que estaba más lejos de mí, intentando un

tiro complicado.

- !Patch! - Grité.

Justo cuando hablé, disparó hacia delante su palo de billar clavándolo en el tapete. Su

cabeza se levantó de repente. Se me quedó mirando con una mezcla de sorpresa y

curiosidad.

El cajero bajó ruidosamente por las escaleras, detrás de mí, atrapando mi hombro en su

mano.

- Arriba. Ahora.

La boca de Patch se movió formando otra sonrisa que apenas estaba ahí. Difícil decir si

era burlona o amistosa.

- Ella está conmigo.

Esto pareció tener algún poder con el cajero, que aflojó su agarre. Antes de que pudiera

cambiar de idea, me sacudí su mano y zigzagueé entre las mesas hacia Patch. Di los

primeros pasos amplios y seguros, pero encontré que mi confianza desaparecía a medida

que me acercaba a él.

Fui consciente de inmediato de que había algo diferente en él. No podía captar

exactamente qué, pero podía sentirlo como electricidad. ¿Más animosidad?

Más confianza.

Más libertad para ser él mismo. Y esos ojos negros me estaban llegando. Eran como

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imanes aferrándose a cada movimiento mío. Tragué saliva discretamente e intenté

ignorar la danza nerviosa de mi estómago. No podía captar exactamente qué, pero algo

en Patch no estaba bien. Algo en él no era normal. Algo no era... seguro.

- Perdón por colgar. - Dijo Patch viniendo a mi lado - La cobertura no es genial aquí abajo.

Sí, claro.

Con un giro de cabeza, Patch les indicó a los demás que se fueran. Hubo un silencio

incómodo antes de que nadie se moviera. El primer tío en marcharse me golpeó el

hombro al pasar. Retrocedí un paso para recuperar el equilibrio y alcé la vista justo a

tiempo para recibir las frías miradas de los otros dos jugadores mientras se iban.

Genial. No era culpa mía el que Patch fuera mi compañero.

- ¿Bola ocho? - Le pregunté alzando las cejas e intentando sonar completamente segura

de mí misma, de mi entorno. Tal vez él tuviera razón y el Arcade de Bo no fuera mi tipo

de sitio. Eso no quería decir que fuera a salir disparada hacia las puertas - ¿Cómo están

de altas las apuestas?

Su sonrisa se amplió. Esta vez estaba bastante segura de que se estaba burlando de mí.

- No jugamos por dinero.

Dejé mi bolso en el borde de la mesa.

- Qué mal. Iba a apostar todo lo que tengo en tu contra. - Levanté mi trabajo, dos líneas

ya completas - Unas pocas preguntas rápidas y me voy.

- ¿Cretino? - Patch leyó en voz alta, apoyándose en su palo de billar - ¿Cáncer de

pulmón? ¿Se supone que eso es profético?

Abaniqué el trabajo en el aire.

- Asumo que contribuyes a la atmósfera. ¿Cuántos puros por noche? ¿Uno? ¿Dos?

- No fumo. - Sonaba sincero, pero no me lo tragué.

- Mm-hmm. - Dije colocando el papel entre la bola ocho y la morada lisa.

Empujé accidentalmente la morada lisa al escribir Definitivamente puros en la línea tres.

- Estás estropeando el juego. - Dijo Patch, todavía sonriendo.

Lo miré a los ojos y no pude evitar igualar su sonrisa ―brevemente.

- Espero que no en tu favor. ¿Tu mayor sueño?

Estaba orgullosa de ésa porque sabía que le bajaría los humos. Requería reflexionar.

- Besarte.

- Eso no es gracioso. - Dije, sosteniéndole la mirada, agradecida por no haber

tartamudeado.