Íntimos por Diamilton - muestra HTML

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Amigos muy íntimos

James Cartes estaba decidico a casarse, así que cuando su novia lo

abandonó, decidió proponerle matrimonio a Matilda Trent. Para esta suspuso una

tremenda sorpresa, pero amaba secretamente a James y aceptó, pretendiendo

demostrarle que podía ser para él más que una esposa de conveniencia. El

resultado fue un niño que nacería en Navidad. Pero antes de que Matilda pudiera

decirle a James que estaba embarazada, descubrió la razón por la que el había

roto con su ex novia, James nunca había querido ser padre...

Capítulo 1

ASÍ que estas van a ser tus habituales navidades tranquilas —dijo Dawn desde

las profundidades del sillón de orejas donde estaba sentada—. ¡Pobrecilla! Realmente

deberías aprender a divertirte, Matts. Nunca se sabe, es posible que hasta te guste.

Su suave y bonita boca hizo un mohín de disgusto mientras agitaba su atractivo

cuerpo con una excitación apenas contenida. Mattie miró a su mejor amiga y se

preguntó si su madre no la habría querido si fuera más como Dawn, bonita y atractiva,

animada y alegre en vez de..

Apartó ese pensamiento. Eso ya era pasado. Su madre había muerto hacía nueve

años, cuando Mattie tenía solo dieciséis años y no servía de nada seguir dándole

vueltas al pasado, nada lo traería de nuevo ni lo modificaría.

—Tu casa debe estar ya llena —dijo sonriendo.

Se daba cuenta de la excitación de su amiga y la entendía. Se puso sus gafas y

miró su libro de cocina. Sobre todo en Navidad, la Vieja Rectoría, al otro lado del

pueblo de Sussex, que siempre parecía una postal, era como un imán para la gran y

poco complicada familia que los padres de Dawn habían creado. La gran casa se llenaría de niños, risas y amor.

Y eso en contraste con la austera grandiosidad de la casa donde estaban, el

hogar que compartía con su padre viudo.

—Estará todo el mundo —dijo Dawn.

Luego levantó la mano izquierda y miró la brillante esmeralda que llevaba en él

dedo anular.

—Además de Frank y sus padres —añadió—. Llegarán mañana, la víspera de

Navidad, así que estás invitada a almorzar el día de Navidad. Tráete a tu padre, como

la señora Flax no está, así no tendrás que cocinar. Y no aceptaré un no por respuesta.

No puedo esperar a presentarle mi novio a mi mejor amiga.

—Lo siento. Pero James va a pasar las fiestas aquí, ha llamado esta mañana

para decirlo. El corazón se le retorció dolorosamente. James debía estar sintiéndose

fatal. Sus planes para la Navidad debían haber sido mucho más glamorosos, más

románticos que pasar unos días tranquilos allí.

—Ya sé que me vas a decir que lo lleve también, pero no creo que esté de humor

para fiestas, no, teniendo en cuenta las circunstancias.

Sabía que su amiga insistiría, así que siguió con la receta que estaba haciendo.

Pero lejos de insistir, Dawn dijo:

— ¡ Vaya! ¿Se aproxima una temporada de lágrimas?

—No creo que James Cárter sepa llorar.

En todos los años que lo conocía, primero como hijo del socio de su padre y luego

como sucesor del mismo cuando este murió hacía once años, ocupando ese puesto con

solo veinticinco años, nunca lo había visto mostrar ninguna emoción fuerte. Siempre se mostraba muy seguro de sí mismo; completamente controlado. Parecía vivir en un

mundo en el que nada lo podía tocar.

Pero en ese momento debía estar dolido. Ser públicamente rechazado por la

mujer con la que había pretendido casarse debía ser una experiencia dolorosa. Sin

embargo, conociéndolo tan bien como lo conocía, estaba segura de que no lo de-

mostraría.

—Bueno, él no mostrará sus sentimientos en público —admitió Dawn—. Pero

como sus padres están muertos, tu padre y tú sois lo más cercano a una familia que

tiene, así que os puede llorar en el hombro. Y supongo que su ego debe estar bastante

afectado. Quiero decir que, hace un par de meses, leíamos todos esos cotilleos acerca

de la boda del año, la suya con Fiona Campbell-Blair, la buena pareja que parecían ha-

cer y lo embelesados que parecían estar el uno con el otro, para que luego, hace menos de una semana, la chica anuncia que lo deja porque él no alcanza sus altas expectativas, eso debe haberlo dejado absolutamente destrozado.

—Probablemente —respondió Mattie deseando que su amiga lo dejara ya.

¡Odiaba pensar en James herido y deseaba agarrar por el elegante cuello a Fiona!

No se podía imaginar a ninguna mujer que no estuviera loca dejando a un hombre tan

masculino como James Cárter.

—Mira —dijo—. ¿Por qué no haces café?

Lo que fuera con tal de detener aquella conversación.

Miró de nuevo el libro de cocina y empezó a poner mantequilla en la harina.

—Estoy tratando de hacer unos bizcochos. ¡Me gustaría que la señora Flax no

hubiera decidido tomarse sus vacaciones anuales justo ahora!

Cuando su ama de llaves les había anunciado que quería pasar unas vacaciones de

invierno al sol con su hermana, no les había parecido mal.

Al padre de Mattie no le gustaban las navidades después de que su esposa, la

madre de Mattie,. los hubiera dejado hacía ya años, así que se tomaban esas fechas

como otras cualquiera. Pero como James estaría con ellos, ella iba a tener que hacer

todos los preparativos.

—Dalo por hecho.

Dawn se levantó y se acercó a la mesa donde estaba trabajando Mattie.

—La receta dice que tienes que añadirle agua, pero sale mucho mejor con huevo

batido. ¿Quieres que me ocupe yo? Llevo ayudando a mi madre en la cocina casi desde

que nací y tú no eres más que una académica. Con cerebro, pero completamente inútil

cuando se trata de llevar a cabo algo práctico.

—Entonces, ya es hora de que cambie —respondió Mattie.

Resistió el impulso de agarrar el recipiente y apretárselo contra el pecho. Tenía

el suficiente sentido común para darse cuenta de que lo que le decía su amiga era

cierto, pero con sus propias manos podía y le proporcionaría a James unas navidades

como estaban mandadas.

Mientras Dawn llenaba la cafetera, Mattie la miró. A pesar de que solo las

separaban en edad unas semanas, a veces ella se sentía mil años mayor que la alegre

Dawn, Algo que se vio reforzado cuando Dawn le dijo por encima del hombro:

—Juega bien tus cartas, Matts, y lo puedes atrapar al rebote.

Mattie sintió un fuerte dolor que la recorría, seguido por una ira que la hizo

decir:

— ¡Dawn, a veces hablas como una niña estúpida de diez años!

James Cárter no se molestaría en mirar dos veces a la plana e insignificante

Matilda Trent. A él le gustaban las hermosas y elegantes. Mujeres como su ex novia,

que destacaban entre una multitud, no las que pasaban desapercibidas. Dawn tenía que

saber eso, ¿cómo podía no saberlo?

—Si tú lo dices —dijo su amiga mientras servía el café—. Pero, piénsalo. Antes

de que yo me fuera a trabajar a Richmond, vosotros dos estabais muy unidos, lo que

significa, por supuesto, que yo lo vi casi tan a menudo como tú. Contigo él siempre

parecía protector, amable. Es difícil decirlo, pero había una gran cantidad de afecto. Y

después de ser dejado por esa cabeza hueca de clase alta, seguro que apreciará a al-

guien inteligente, leal, agradable y tranquila. Tú ya te enamoraste de él hace once

años, cuando tenías catorce, así que ve a por él, Matts.

¿Tranquila? ¡Estaba histérica! Dawn le había clavado un cuchillo en las costillas y

lo estaba retorciendo. Era demasiado insensible para darse cuenta del daño que le

estaba haciendo.

—Me enamoré de él al mismo tiempo que tú lo hiciste de nuestro profesor de

ciencias, ¿recuerdas? ¡Y lo olvidé antes de que tú cambiaras tu eterna devoción de un

cantante pop a otro! Así que déjalo, ¿quieres?

Pero el problema era que estaba mintiendo, ella no lo había olvidado en absoluto.

Lo había intentado, pero sus sentimientos por James, mantenidos en secreto, no

habían dejado de crecer y profundizarse.

James salió de su Jaguar y lo cerró. En el cielo había un millón de estrellas.

Respiró profundamente el frío aire de la noche invernal y empezó a relajarse. A pesar

del torbellino que era su vida, aún podía reconocer la magia de la víspera de Navidad.

Era curioso. .

Se veía luz en dos de las ventanas, pero el resto de Barrington House estaba a

oscuras. Durante el camino desde Londres se había preguntado si sería inteligente

pasar las fiestas con los Trent. Pero una vez allí, en medio del silencio, supo que había hecho bien en ir a pasar dos o tres días.

Después del drama de la semana anterior, eso era lo que necesitaba. Aún sentía

el sabor amargo de la escena final con la mujer con la que había decidido casarse. Y

por lo que había sucedido, podía entender por qué Fiona había hablado con la prensa,

aún cuando deplorara la forma en que había hecho pública su ruptura.

Necesitaba dejar atrás todo ese episodio humillante y doloroso, y allí lo podría

hacer.

Con los años, esa casa había sido como un segundo hogar para él, como antes lo

había sido para su padre, que prefería hablar de negocios durante una cena civilizada o en un largo fin de semana con Edward Trent, su socio en la que era ahora una gran

empresa constructora.

No era por la casa en sí misma, ya que era un poco demasiado sobria para su

gusto, más una especie de museo de la perfección tradicional que una casa para vivir.

Ni tampoco era por la compañía de su socio por lo que había ido esta vez.

Era por Mattie. Su presencia poco exigente era exactamente lo que necesitaba.

Frunció el ceño. Admitir eso no le hacía mucha gracia. Había aprendido a ser

autosuficiente desde muy joven. No quería necesitar lo que otro ser vivo le pudiera

dar.

Pero la gran inteligencia de ella lo estimulaba, su serenidad lo tranquilizaba, y sus

defectos, tales como su completa incapacidad para hacer cualquier cosa práctica, le

divertía. Ella había tardado meses en aprender a usar el procesador de textos que por

fin la había convencido de que instalara, y había aprobado el examen de conducir a la

novena. Incluso ella era la persona que conocía que peor conducía.

Estaba su refrescante falta de vanidad femenina, tenía que ser la mujer menos

consciente de su forma de vestir y de su sexualidad.

Y eso era lo que él necesitaba realmente, la compañía de una mujer que no se

dedicara a proponerle retos sexuales, que no lo atrajera físicamente y que no quisiera hacerlo.

Ratón. La dureza de sus labios se suavizó levemente. El querido y viejo ratón de

biblioteca.

Tomó su bolsa de viaje y se acercó a la puerta principal, preguntándose si ella

seguiría enfrascada en la traducción de ese libro técnico del italiano, alemán o lo que fuera, o si lo habría terminado ya.

Confiaba en que fuera lo último. Sabía que ella no necesitaba trabajar, ya que

tenía dinero más que suficiente, pero cuando tenía un proyecto entre manos, no lo

dejaba hasta que estuviera terminado. En cuanto le abriera la puerta, se lo

preguntaría.

Pero fue su socio el que le abrió. Para ser un hombre de sesenta años, casi no

tenía arrugas en la cara y solo su cabello gris y una cierta gordura delataban su edad.

Y sus ojos revelaban a su vez la vergüenza.

Edward Trent no se sentía cómodo con las emociones. Si tenía alguna la mantenía

firmemente oculta y esperaba que todo el mundo con quien estuviera en contacto

hiciera lo mismo. James era igual en ese aspecto y, seguramente, era por eso por lo

que se llevaban tan bien.

—Me alegro de que me des cobijo por uno o dos días —dijo James—. Siento la

necesidad de tranquilizarme por un tiempo. Pero no te voy a aburrir con todos los

detalles desagradables, así que sugiero que dejemos todo el tema de mi pública

ruptura a un lado y corramos un tupido velo.

—Es lo mejor —dijo Edward y suspiró aliviado—. Aunque antes de que lo dejemos,

he de decirte que estás mejor así. Como ya sabes, Mattie y yo la conocíamos solo de

una vez y ambos estuvimos de acuerdo en que no era lo bastante buena para ti. Es

cierto que era de buena familia. Y sería una buena anfitriona, cosa que ahora que te

has hecho con las riendas de la empresa, es algo que necesitas. Pero era egoísta y

dura. Nunca habría funcionado. Una vez dicho esto, ¿Quieres ir a refrescarte un poco

a tu habitación o te tomas algo conmigo antes de cenar?

—Prefiero tomarme algo.

Dejó su bolsa al pie de la gran escalera que daba al piso superior y siguió a

Edward hasta el salón.

¡Así que Mattie había pensado que Fiona no era suficientemente buena para él!

¿Y qué sabía ella al respecto? En su opinión, la hija de su socio no vivía en el mundo real. Su vida se limitaba a esa torre de marfil aislada, dedicada solo a su trabajo. Era completamente inocente, ignorante de lo que pasaba entre los hombres y mujeres

adultos y sexualmente activos.

No tenía ningún derecho a emitir juicios.

Por lo que él sabía, Mattie no tenía ninguna vida sexual, así que, ¿cómo podía

entender el ansia de un hombre por poseer a una mujer tan hermosa, tan provocativa

como era Fiona?

Se dio cuenta de que seguía con el ceño fruncido y se obligó a relajarse mientras

aceptaba el whisky de malta que le ofreció Edward. Luego ambos se sentaron y él

preguntó:

—¿Dónde está Mattie?

—En la cocina —respondió Edward—. Me temo que tenemos la mala suerte de que

la señora Flax haya decidido tomarse sus vacaciones precisamente ahora. Ya sabes

que, fuera de su trabajo, Matilda es tan organizada como una niña de dos años.

James le dio un trago a su whisky. ¡Pobre Mattie! Sabía muy bien que, si no fuera

por su presencia allí, ellos dos se habrían conformado con unos sandwiches o algunas

latas mientras que no volviera el ama de llaves. No iba a permitir que ella se estresara demasiado, así que, a partir del día siguiente, la ayudaría. Esa decisión lo sorprendió, pero siguió decidido a hacerlo.

Mattie no estaba en la cocina, sino en su dormitorio, mirándose al espejo. Cuando

oyó llegar a James, había sido muy consciente del mal aspecto que tenía con los

vaqueros y la sudadera que había llevado durante todo el día en la cocina y el jardín, donde había estado un buen rato cortando muérdago para decorar el salón.

Pero lo cierto era que tampoco le parecía estar muy atractiva con la falda

marrón y el jersey que se había puesto. Su cabello castaño seguía húmedo por la ducha

que acababa de darse y parecía casi negro mientras se hacía su moño habitual. Estaba

demasiado pálida y no podía hacer nada con el peculiar color amarillo de sus ojos.

Frunció el ceño, se volvió y recogió la ropa sucia. No serviría de nada maquillarse.

Sabía que era fea, lo había sabido siempre. Y por mucho que se mirara al espejo, no

alteraría una nariz muy corriente, una mandíbula demasiado ancha y una boca

demasiado carnosa.

James no se percataría si fuera a cenar vestida con un saco. Él la llamaba a

veces ratón. Y así era como la veía. Algo pequeño, tranquilo, gris. Insignificante. Lo sabía muy bien, ¿no? Había aceptado la dura realidad hacía años. Entonces, ¿a qué

venía ahora esa especie de autocrítica?

Tenía que controlarse. James no había hecho nada nunca para animarla a que

sintiera lo que sentía por él. Era, por suerte, completamente inconsciente de la

profundidad de sus sentimientos. Tan profundos eran que ella nunca le había prestado

atención a ningún otro hombre. Nunca se había visto tentada a seguir el ejemplo de

sus amigas de la universidad y jamás había ligado con nadie.

En vez de seguir allí, pensando en lo que nunca podría ser, debería estar abajo,

tratando de ser amable y comprensiva. Con un poco de suerte, eso serviría para calmar

el dolor de su corazón roto.

Así que, ignorando estoicamente su dolor, levantó la barbilla, echó atrás los

hombros y salió de su habitación.

—Por supuesto que te voy a ayudar a preparar el almuerzo —dijo James a la

mañana siguiente—. No tengo ninguna intención de permanecer ocioso. Además,

ninguno de los dos ha preparado nunca una auténtica comida de Navidad, así que el

resultado puede ser divertido.

Mattie se mordió el labio. ¿Por qué tenía él que ser tan atractivo? ¿Es que

siempre se le tenían que agitar las entrañas cada vez que estaba cerca de ella?

Él llevaba unos pantalones grises y un jersey negro de cachemira. Era la

perfección masculina en persona, con unos ojos grises que contrastaban con sus largas

pestañas y cejas tan negras como su cabello.

Tenía que pensar en cualquier otra cosa. En lo que fuera.

—Si te preocupa que vaya a repetir la actúación de la cena de anoche, no temas

—dijo ella, sabiendo que había sido un completo desastre—. Lo cierto es que eso no se

puede hacer peor.

Sacó de uno de los bolsillos del delantal las gafas que usaba para leer y se las

puso en la nariz.

—La verdad es que me entró el pánico — continuó—. Lo hice todo mal, ya que es

la señora Flax la que cocina siempre, y por eso yo no he tenido que aprender a hacerlo.

Pero eso no significa que no pueda. Todo tiene que ser cosa de lógica y planificación.

Así que anoche me senté e hice algunas listas y me leí algunos libros de cocina. Tengo todo planeado, hasta el último detalle.

Y por eso tenía ojeras, pero por lo menos había logrado quitarse de la cabeza que

estaban durmiendo bajo el mismo techo. Aunque ella había dormido más bien poco.

—Estoy segura de que podrías pasar mejor la mañana con papá. Sé que está

ansioso por hablar contigo de ese proyecto hotelero en España. ¿O era en Italia?

—En España —afirmó él—. Y puede esperar.

Ella tenía un aspecto muy hogareño, con el cabello recogido que dejaba ver

claramente su rostro, sus graciosas gafas que se le deslizaban por la pequeña nariz, y sus serios ojos dorados. Estaba dedicando toda su impresionante inteligencia a lo que

tenía entre manos.

¡Bravo, Mattie!

—De todas formas, te voy a ayudar. Si no en otra cosa, puedo pelar patatas,

darte café, limpiarte el sudor de la frente. . Te prometo que me lo pasaré bien. Me

gusta estar en tu compañía.

Y eso era cierto. Siempre había estado a gusto con ella. Y le gustaba verla

concentrada en su labor, con el ceño fruncido y la punta de la lengua asomándole de

entre los labios. Como cuando estaba tratando de comprender los misterios del

procesador de textos. Eso evitaría que él se pusiera a pensar en. . Otras cosas.

—Si eso es lo que quieres de verdad. .

No podía permitirse creer que, de verdad, a él le gustaba estar con ella. Pero lo

cierto era que James, tal y como se estaba comportando de amablemente con ella, era

un peligro para su paz mental.

Y lo siguió siendo durante todas las fiestas, con su encanto, haciéndola pensar a

veces que ese viejo dicho de que, si se desea algo con todas las fuerzas, acaba por

hacerse realidad. Solo a veces él pareció dejarse llevar por la oscuridad de sus

pensamientos y parecía profundamente pensativo. Estaba segura de que estaba

añorando su amor perdido. Aunque lo cierto fue que no mencionó a Fiona ni una sola

vez.

La mañana del día en que se suponía que James tenía que irse, Edward se fue a

dar un paseo para bajar la comida.

—Lo has hecho muy bien, Mattie —le dijo como sorprendido—. Pero claro, James

estaba ayudándote y cuidando de que no hicieras más estropicios.

A Mattie no le gustó eso. Había trabajado duramente para sacar alguna lógica de

los misterios de transformar unos elementos básicos crudos en algo que se pudiera

comer. Se merecía alguna alabanza, pensó mientras pasaba la aspiradora por la casa

con más pasión que eficacia.

La iba a guardar ya en la cocina cuando apareció James.

—¿Listo para marchar? —le preguntó tranquilamente aunque por dentro no lo

estaba en absoluto.

Lo iba a echar mucho de menos. Seguramente se pasaría meses sin volverlo a ver.

La noche anterior había oído a su padre decirle que se pasaría por las oficinas de

Londres en un día o dos para hablar del complejo hotelero en España, así que no lo

vería en un futuro cercano.

—Casi.

James cerró la puerta y se apoyó contra ella, con los brazos cruzados, como

tapándola la salida. Mattie lo miró. Estaba magnífico, aún con esos vaqueros gastados y la chaqueta de cuero-viejo.

Realmente tenía que dejar de pensar así. Durante años había logrado contener

sus emociones y lo podía hacer de nuevo. ¡Por supuesto que sí!

Cerró el armario donde había dejado la aspiradora y se volvió hacia él.

—¿Quieres un café antes de marcharte?

Eso estaba mejor. Había logrado tragarse el nudo que tenía en la garganta y, al

parecer, estaba recuperando la calma.

—Yo no —dijo él al tiempo que se acercaba mirándola fijamente—. Hay algo que

te quiero preguntar. Y antes de que me saltes al cuello, quiero que te lo pienses

cuidadosamente, que pongas a funcionar tu inteligencia habitual.

James se detuvo dejando un cierto espacio entre ellos. Sonrió cuando ella lo

miró extrañada. La idea se le había ocurrido de repente, y era bastante buena. Desde

que se le ocurrió la noche anterior, se lo había pensado mucho. Se le había ocurrido

después de hablar con Edward.

Tenía sentido. Y conocía a Mattie. Cuando se hiciera a la idea de tener que

desarraigarse, ella también lo vería así.

—Mattie —dijo—. ¿Quieres casarte conmigo?

Capítulo 2

MATTIE estuvo segura de que le había pasado algo en el cerebro. ¿Una embolia

quizás? Algo que la estaba haciendo oír cosas raras.

¿James proponiéndole matrimonio? ¿A ella?

—¿Mattie?

A pesar del temor de sufrir alguna afección mortal, fue capaz de detectar una

nota de diversión en la voz de él. Así que era eso. Una broma. Una broma sin gracia.

¿Cómo se atrevía? Se lo merecería si ella se lo tomara en serio, si se arrojara a

sus brazos y empezara a balbucear cosas acerca de vestidos de novia y de tener hijos.

Todos esos años de amar sin esperanzas a ese hombre no evitaban que quisiera

castigarlo.

Pero el sentido común se impuso. Hacer como si se lo tomara en serio solo le

provocaría más dolor. Rodearlo con sus brazos y cubrirlo a besos sería una tortura.

Se acercó a la pila para llenar la cafetera. Ella sí que necesitaba un café. Por lo

menos ahora estaba pensando claramente.

—Ten cuidado, James. Las bromas como esa te pueden salir mal. Puede que te

tomen en serio —dijo.

—Lo he dicho en serio, Matts.

Ella se quedó helada. Aquello no era posible. ¿Cómo podía decirlo en serio?

Él se acercó, le puso las manos en los hombros y la hizo volverse. Ese contacto

hizo que la recorriese una corriente eléctrica por todo el cuerpo y se apartó. James

nunca antes la había tocado así ni siquiera accidentalmente, y por mucho que ella lo

hubiera ansiado, no lo podía soportar, no ahora, no si iba a tener que descubrir cuáles eran sus propósitos.

— ¿Tiene esto algo que ver con que Fiona te haya dejado? —.le preguntó—. Ella

te deja, así que tú te comprometes inmediatamente con otra, solo para demostrar que

no es la unida, ¿verdad?

¿Tendría razón? ¿Podría él ser tan cruel? ¿La utilizaría de esa manera? ¿Le

regalaría un anillo, se aseguraría de que todo el mundo lo supiera para luego dejarla

discretamente cuando el público se hubiera olvidado de que Fiona lo había dejado?

— ¿Y bien? —insistió—. ¿No tienes respuesta por una vez en tu vida? ¿O es que,

de repente, te has enamorado locamente de mí?

James miró su reloj. Había pensado pasarse la tarde en su casa, trabajando.

Aquello iba a requerir más tiempo del que había creído.

—Te tienes en muy poco, Mattie. Deberías dejar de hacerlo. Y no, no estoy más

enamorado de ti que tú de mí: De hecho, no creo que el amor exista realmente.

James se resignó a perder toda una tarde de trabajo. Había sido muy optimista

cuando pensó que podía exponerle sus razones para el matrimonio en dos minutos y que

el cerebro de primera que tenía ella solo tardaría otros tres o cuatro en aceptar las

razones por las que eso era deseable y razonable. Lejos de parecer receptiva, la cara

de ella no mostraba nada más que ira contenida.

—Lo único que te pido es que escuches lo que te tengo que decir. .

Pero entonces oyeron a Edward llegar. No se había esperado que volviera tan

pronto. Había preparado eso como una conversación de negocios razonable y, en pocos

minutos, se estaba volviendo una farsa.

— ¿Así que has decidido quedarte a almorzar después de todo? —Preguntó Edward

—. Creía que ya estarías de camino a Londres. Y Mattie, si vas a cocinar, no me hagas

nada a mí. He tomado un tentempié.

—La verdad es que voy a invitar a comer a Matts —dijo James—. Y gracias a los

dos por las molestias que os he causado estos días. Ve a por tu chaqueta, Matts.

Su instinto le dijo que tenía que rechazarlo, no aceptar órdenes de él, no tolerar

que le hablara con esa voz autoritaria, como si fuera una empleada suya. Tenía que

decirle que se lo pidiera amablemente y que se lo pensaría. Pero llevaba demasiados

años controlando sus emociones en lo que se refería a James y sería una tontería que

en ese momento se pusiera a discutir con él.

Él se limitaría a marcharse de allí y ella nunca sabría el motivo por el que le había

hecho esa increíble propuesta de matrimonio.

—Vamos, Mattie. No tenemos todo el día.

Su voz era la de un hombre acostumbrado a mandar, al que nadie se atrevería a

desobedecer, pero en todo el tiempo que lo conocía, nunca lo había temido ni había

tenido la sensación de que estaba tomando el control de su vida.

Salió de la cocina casi tropezando, antes de que él pudiera hacer o decir nada

más.

Por supuesto, no le tenía miedo, se dijo a sí misma mientras se quitaba el delantal

y buscaba su chaqueta. De lo que tenía miedo era de lo que la hacía sentir.

Estaba desorientada.

Se puso unas botas.

— ¿Estás lista? —dijo él.

Estaba impaciente, pensó Mattie. Pero no con la impaciencia de un hombre

desesperado por conseguir a una mujer.

—Sí, lo estoy. Y tengo curiosidad por saber a qué viene todo esto.

—Te lo contaré mientras almorzamos. Ahora vamonos.

Fueron en coche al pub del pueblo. No estaba muy lejos y ella no tuvo tiempo

para pensar. James quería casarse con ella de verdad. Lo había dicho, pero a ella le

estaba costando trabajo entenderlo.

Hacía años, antes de que hubiera aprendido a controlar sus sueños, se lo había

imaginado proponiéndole matrimonio. De rodillas, a la luz de la luna y con un ramo de

rosas y todo lo demás, jurándole que siempre la amaría, que había esperado a que ella

creciera. .

La realidad era algo completamente diferente a los sueños de una adolescente.

El pub estaba casi desierto y acababan de encender la chimenea, por lo que hacía

frío en el comedor. Mattie no se quitó la chaqueta, pero James le quitó el gorro de

lana y luego miró la carta.

—Así está mejor —dijo sonriendo por fin. Parecía tener el control de todo y

ella deseó abofetearlo de repente. Mattie dejó la carta.

—No tengo hambre. Solo quiero que me cuentes qué hay detrás de esa propuesta

de matrimonio tan poco romántica.

El tono de su voz le indicó a él que seguía enfadada. Estaba claro que su

propuesta de matrimonio la había confundido, pero se lo estaba pensando. Esa era una

de las cosas que admiraba de ella, su capacidad para ver los problemas desde todos los ángulos y, en su momento, resolverlos.

—Te lo contaré mientras comemos, como gente civilizada. Pide algo ligero si no

tienes mucha hambre. Yo voy a pedir lasaña.

¿Civilizados? Bueno, suponía que podía hacerlo. Pidió un sandwich de gambas y,

dio un sorbo al vino tinto que él había pedido mientras esperaban.

Cuando les llevaron la comida, el estómago se le encogió al ver el tamaño de su

supuestamente ligero sandwich.

Tomó un poco más de vino y se comió una gamba. Una menos. Solo debían

quedarle unas quinientas más. ¿Cómo podía él comer con tantas ganas su lasaña? Fácil.

No tenía el estómago lleno de mariposas revoloteando y no le dolía el corazón como a

ella.

—Te lo advierto, James, si, como sospecho, quieres comprometerte tan aprisa

para devolvérsela a Fiona, ya te puedes olvidar de mí. Encuentra a otra.

—No recuerdo haber hablado de compromisos. ¿Para qué si podemos estar

casados en menos de tres semanas? Y deja a Fiona fuera de esto.

—No podemos hacer eso. Has dicho que no crees que el amor exista. Has estado

saliendo con mujeres hermosas desde que puedo recordar, pero solo con Fiona quisiste

sentar la cabeza y casarte. Debes amarla. Me puedo imaginar el dolor que sentiste

cuando te rechazó, pero precipitarte al matrimonio con otra no hará que ese dolor

desaparezca. Cuando superes lo de Fiona y recuperes el sentido te encontrarás atado

a una esposa a la que no podrás amar. Y yo no querría ir por la vida de segundo plato.

—No sabes de lo que estás hablando.

James se dio cuenta de que ella estaba pensando en un matrimonio normal y no

era eso lo que él había pensado. Si ella dejaba de hablar de Fiona durante cinco

segundos, podría explicárselo.

Le rellenó la copa de vino y le contó lo que consideraba necesario de su

compromiso roto.

—Eché un vistazo a mi estilo de vida y decidí que necesitaba una esposa. Fiona

estaba disponible, era guapa y una muy buena anfítriona. Algo esencial, ya que, como

sabes, con la casa heredé de mi padre a la señora Briggs. Está a punto de jubilarse y

lleva bien las cosas rutinarias de la casa, pero no le puedo pedir que organice una cena para media docena de invitados, colegas de negocios, y sus esposas. Bueno, debes

tener alguna idea de lo que te estoy hablando. Así que el matrimonio me pareció la

respuesta. Pero no funcionó. Así que, de acuerdo, tal vez la experiencia me haya

amargado y es por eso por lo que te estoy proponiendo un matrimonio de conveniencia.

Por supuesto, solo de nombre. Una esposa puede hacer de parapeto y mantener

apartadas a las demás aspirantes. Unas aspirantes que ya no me interesan.

Eso significaba que él seguía enamorado de Fiona y que su rechazo le había

dolido. Sin duda mucho, ya que era la primera vez que lo rechazaban. Estaba afectado,

y se le notaba en las ojeras y la sequedad de su boca. Quiso quitarle ese dolor, pero

sabía que no podía.

Entonces le dijo:

—Puedo entender por qué te sientes así en este momento. Pero créeme, no

durará. Las mujeres se arrojan a tus brazos y, en su momento, te sentirás tentado de

aceptarlas. Eras un hombre muy sexy, James Cárter.

El parpadeó y Mattie trató de no sonreír. Casi parecía como si supiera de lo que

estaba hablando. ¿Qué sabía ella de la lujuria? Nada.

—Mattie, si nos casamos, te prometo que dejaré de ligar. Tienes mi palabra.

Y lo decía muy en serio, las relaciones basadas en el sexo le habían causado más

problemas que otra cosa.

Una vez dada su palabra, él nunca se echaba atrás y ella lo sabía muy bien. Así

que, si se casaban, ella no tendría que preguntarse dónde estaba él o con quién si no

volvía a casa por la noche. Aunque no tenía la menor intención de aceptar su propuesta.

Era impensable.

Dio otro sorbo a su copa y dijo:

—No has pensado en esto. Vas a querer tener hijos.

Él le sirvió lo que quedaba del vino en su copa vacía.

—Yo tenía diez años cuando me di cuenta de que, para mis padres, no era más que

una molestia. Les pedía cosas que ellos eran incapaces de darme. Tiempo, cariño,

amor. . Me enviaron a un internado para quitarme de encima. Y durante las vacaciones

estaba siempre con niñeras para que me cuidaran ellas. Si yo tenía preocupaciones,

problemas, éxitos, mis padres no lo querían saber. Así que no, no quiero hijos. No

estoy seguro de ser capaz de comprometerme tanto como se merece un niño. Puede

que haya heredado de mis padres ese desinterés por ellos y no quisiera correr el

riesgo.

—Oh.

Eso fue lo único que pudo decir Mattie. Deseó estrangular a los padres de

James, pero no lo podía hacer porque ambos habían muerto hacía años en un accidente

de aviación. Y deseó poder decirle que ella amaría a cualquier hijo suyo como si fuera lo más precioso del mundo, pero no pudo. Deseó decirle que ella le podía dar todo el

amor y la devoción que sus padres le habían negado. Si él lo quería. Pero él no lo quería.

—No sabía eso. No sabía nada de tu infancia infeliz. Parecía como si tus padres y

tú os llevarais bien.

—Cuando estábamos juntos, lo que no sucedía muy a menudo, éramos educados.

Yo me adapté y aprendí a no mostrar mis sentimientos. De todas formas, no estamos

hablando de mí. Solo te estaba explicando por qué no siento el menor deseo de tener

hijos.

— ¿Ya Fiona eso le pareció bien? ¡Aunque supongo que no querría destruir su

fabulosa figura ni que un niño le vomitara encima de alguno de sus caros vestidos! ¿Y

yo qué sacaría de ese matrimonio? —preguntó sintiéndose ya un poco afectada por el

vino.

En cualquier momento se pondría sentimental y le soltaría cosas que podrían

revelar sus verdaderos sentimientos hacia él. Ya tenía un gran nudo en la garganta.

—Mattie créeme. He pensado mucho en esto.

Sería un acuerdo satisfactorio para los dos. Olvida lo de las fiestas, tú eres

suficientemente brillante como para no tener problemas con eso, siempre lo has sido.

Tengo un enorme respeto por tu inteligencia, por tu capacidad para el trabajo duro.

No eres una aprovechada ni me tomarás por idiota, Tienes demasiada integridad para

eso. Eras una compañía muy relajante y podemos hacer un gran equipo. Y con respecto

a lo que puedes ganar tú con esto, tendrás mi apellido, mi protección y la seguridad de que las exigencias de tu trabajo siempre estarán por delante de tus obligaciones como

mi esposa. Sé lo mucho que eso significa para tí. Tendrás una buena casa en una de las mejores zonas de Londres.

— ¡Haces que parezca un perro abandonado que necesite que cuiden de él!

James suspiró.

—Estás más cerca de la verdad de lo que te puedes imaginar. Puede que tu

padre no te lo haya dicho todavía, pero está decidido a vender la casa e irse a vivir a un piso en el pueblo. Y se va a llevar a la señora Flax. También anda diciendo que te va a pasar a ti sus acciones en la empresa para jubilarse por completo. Si nos casamos,

tendrás una casa y el negocio seguirá en la familia.

Ella era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de lo razonable

que era aquello.

—Afróntalo, Matts —continuó él—. Tienes veinticinco años y, por lo que yo sé,

nunca has tenido una relación. Si tus ambiciones hubieran sido tener un marido y una

familia, ya habrías hecho algo al respecto. Habrías salido más, cuidarías tu forma de

vestir, harías las cosas que suelen hacer las mujeres, ya sabes, ir a la peluquería y

maquillarse. Dicho eso, ¿qué tiene de malo que dos personas que se caen bien y se res-

petan hagan un equipo y formen una sociedad con éxito?

Mattie lo miró con los ojos muy abiertos. Se sentía como si, de repente, el suelo

se hubiera desvanecido bajo sus pies y el matrimonio con James fuera una roca a la

que se pudiera agarrar. Podía olvidarse de su astuto razonamiento que había tras el

deseo de él de controlar el cincuenta por ciento de la empresa que tenía su padre,

podía olvidar que él no la amaba y nunca lo haría. Eso lo podía soportar, tenía bastante práctica en ello.

Pero lo que no podía soportar era sentirse traicionada. Había creído que su

padre, por lo menos, se daba cuenta de su valía, que la valoraba. Pero ni se había

molestado en consultarla sobre su decisión de vender la casa de la familia y cederle

sus acciones.

Le dolía de verdad.

Ella se había dado cuenta muy pronto de que había sido una desilusión para su

madre. Era plana, fea y delgada. Y nada de lo que su madre le había hecho había

logrado arreglarla y hacerla parecer bonita. Y se lo había dicho bastante a menudo.

Cuando nació su precioso hermanito, su madre se olvidó de que ella existía. Y cuando él murió de meningitis, quedó destrozada y nunca se recuperó. Poco después los abandonó

a su padre y a ella.

Pero Mattie había descubierto como hacer que su padre se sintiera orgulloso de

ella. A base de buenas notas en el colegio. No solo buenas notas, sino las mejores.

Aunque no debía ser así. Si su padre tuviera una buena opinión de ella, habría

hablado primero con ella de esas cuestiones que iban a cambiar sus vidas. ¿O no?

Se puso en pie insegura. Al ver su sándwich apenas tocado se le revolvió el

estómago.

—Me casaré contigo, James. Solo hazme saber la fecha y el lugar y allí estaré.

Capítulo 3

M ATTIE se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de seda color ámbar,

Armani, ni más ni menos, y se estremeció. Más por .aprensión que por el frío de ese día de enero.

¿Qué pensaría su padre de cómo iba vestida? El tren llegaba tarde. Después de

una semana en Londres, la había llamado la noche anterior para que lo fuera a recoger

a la estación.

El viaje había sido una pesadilla. Odiaba conducir por la noche y, para empeorar

sus nervios, no dejaba de pensar en qué opinaría su padre de su nueva imagen.

¿Lamentable, quizás? ¿O simplemente de risa?

No era que la reacción de su padre la preocupara mucho, pero le daría una buena

indicación de lo que podría pensar James.

¡Y todo por culpa de Dawn!

A mitad de la semana había llegado a su casa y había llamado a golpes a la puerta

como si alguien la persiguiera.

—Me he tomado unos días libres para ayudarte, Matts. Tenemos que arreglarlo

todo. Quedan diez días para la boda y seguro que no has pensado todavía en lo que te

vas a poner. ¿Dónde está tu padre?

—En Londres para toda la semana.

—Muy bien. Es allí a donde vamos y, si él está fuera, no tendremos que perder

tiempo explicándole lo que estamos haciendo o, conociéndote, pidiéndole permiso para

hacerlo. Lo único que tienes que hacer es tomar las tarjetas de crédito y cerrar la

puerta.

— ¡Estás loca!

—No. Lo que soy es una especie de hada madrina. Te van a arreglar y seguro que

te va a gustar. Y aunque a tí no te guste, seguro que a James sí.

—Me ha propuesto matrimonio tal como soy. Ni más ni menos.

—Y todo por jugar bien tus cartas. ¿Recuerdas que te lo dije? —dijo Dawn

sonriendo—. Pero tu transformación será la guinda de la tarta para él. ¿No te he dicho siempre que podrías ser realmente preciosa si quisieras y dejaras de vestirte como tu

abuela? Ahora te voy a demostrar que tengo razón.

Los tres días que habían pasado en Londres la habían dejado con una mezcla de

emociones. Había vuelto a su casa el día anterior por la tarde, con un montón de ropa, cosméticos, el cabello mucho más corto y un buen agujero en su cuenta corriente.

Entonces había sido cuando empezó a tener serias dudas.

Sin el entusiasmo de su amiga estaba empezando a dudar de que hubiera hecho

bien.

Era cierto que se sentía mejor con el cabello cortado a la altura de la barbilla.

También tenía mejor aspecto. Era más brillante y su color era de un castaño más

acentuado.

Pero no estaba nada segura de la ropa que se había visto arrastrada a comprar.

Nada en absoluto.

No se sentía como ella misma. James quería una esposa tranquila y no molesta

para las reuniones de negocios, para que las demás mujeres dejaran de tratar de ligar

con él, ya que después del fiasco con Fiona, estaba harto de ellas. ¿Se arrepentiría de haberla propuesto matrimonio cuando la viera así?

Se miró los pantalones de cuero color crema, las botas de caña alta con tacón

que hacían que sus piernas parecieran más largas y elegantes de lo que eran realmente

y se estremeció.

Y si él ya no se quería casar, ¿sería eso tan malo?

Posiblemente se había pasado con su reacción a que su padre no le hubiera dicho

nada de sus planes para el futuro, pensó. Ella había puesto toda su futura felicidad en juego cuando había accedido a una relación tan estéril con un hombre que nunca podría

amarla.

Eso no sería tan malo si ella tampoco lo pudiera amar a él. Pero el caso era que lo

amaba.

Cuando el tren llegó por fin, los pasajeros salieron, al ver a su padre, echó atrás

los hombros y esperó. Habría pasado a su lado sin reconocerla si no le hubiera tocado

el brazo.

Entonces ella le dijo:

—Podías haberme llamado por el teléfono móvil para advertirme de que el tren

llevaba una hora de retraso. Y, a no ser que quieras formar parte de las estadísticas

de accidentes de carretera, es mejor que conduzcas tú de vuelta a casa.

Edward la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Mattie? Cielo santo. No te había reconocido. ¿Qué te has hecho? No es

propio de ti vestirte con colores así de alegres. ¡Pareces una desconocida! Y no te has comprado esa ropa en una tienda de por aquí. .

—Dawn y yo nos fuimos de compras a Londres.

Su padre estaba sonriendo ahora. ¿Es que parecía graciosa? Debía ser. Él nunca

antes había dicho nada de su ropa.

—Debería haberme dado cuenta de que ella estaba detrás de todo esto. ¿Y tu

cabello? Te lo has cortado un poco, ¿no?

Luego empezó a caminar.

—Vamos a movernos. Hace frío aquí.

— ¡Eso dímelo a mí!

La tenue confianza en sí misma que le había proporcionado Dawn se estaba

esfumando a toda prisa. Por suerte, su padre se puso al volante del coche. Él no

valoraba mucho su habilidad como conductora, como James. Mattie se sentó en el

asiento del pasajero y se sumergió en sus oscuros pensamientos.

Irse de compras a Londres había sido un desperdicio de tiempo y dinero. No

debería haber permitido que Dawn la convenciera de tratar de transformarse en algo

que no era. Lo único que podía hacer ahora era poner la ropa que se había comprado en

lo más recóndito de su armario y volver a llevar la de siempre, con la que se sentía

cómoda.

Y otra cosa que podía hacer era llamar a James. Esa misma noche. Y decirle que

se lo había pensado mejor y que ya no quería casarse.

Se dijo a sí misma que era lo único que podía hacer. No se podía imaginar qué era

lo que la había hecho aceptar esa proposición.

Pero sí que podía. Por supuesto que podía, pensó mientras esperaba a que su

padre metiera el coche en el garaje de la casa. Cuando su padre le había contado a

James sus planes de futuro, la había pasado por alto a ella por completo, como si ni

siquiera existiera.

Se había sentido abandonada y traicionada, como cuando su madre los dejó.

Eso había hecho que casarse con James, aunque fuera por conveniencia, le

hubiera parecido un paraíso de seguridad.

Un paraíso del que no iba a formar parte.

Podía mantenerse por sí misma. Podía viajar, dar clases. Con su curriculum podía

encontrar trabajo con facilidad como profesora de idiomas. Ella no era la criatura

poco práctica que todo el mundo parecía creer que era.

—Creo que tienes algo que decirme —le dijo a su padre cuando estuvieron dentro

de la casa.

— ¿Sí?

—Eso creo. Acerca de tu jubilación, de tu intención de dejarme las acciones de la

empresa, de comprarte un piso para ti y la señora Flax. ¿Te refresca eso la memoria?

Edward pareció sentirse incómodo.

—Ah —dijo—. Así que James te lo ha dicho. Te lo habría contado yo. .

— ¿Cuándo? ¿Cuándo vinieran los nuevos dueños y por fin te acordaras de que

existo? ¿Cuándo te dieras cuenta de que no me podías dejar aquí como un mueble

viejo?

Si fuera posible, él pareció más incrédulo que en la estación cuando la vio con su

nuevo aspecto. No estaba acostumbrado a que se le enfrentara de esa manera.

— ¡Nada de eso! Mira, vamos a hablar de esto mientras nos tomamos un

chocolate caliente. Me gustaría acostarme pronto y, mientras lo tomamos, te lo

explicaré todo.

Se dirigieron a la cocina y Mattié tomó una botella de vino blanco que les había

sobrado de las navidades. Le apetecía algo más fuerte que la ritual taza de chocolate

antes de acostarse.

Edward levantó una ceja, pero no dijo nada, solo se preparó el chocolate. Cuando

lo hubo hecho, vio que su hija lo estaba mirando casi agresivamente.

—Siéntate, Mattié. No quería que te sintieras como si te dejara fuera de mis

planes.

— ¿Entonces por qué me siento así?

Su padre parecía realmente cansado y, normalmente, ella no era muy dada a esa

clase de enfrentamientos.

Se sentó con él a la mesa y añadió:

— ¿Has llegado a una decisión firme con respecto a mudarte?

—Sí. Pero solo hace un par de días, cuando encontré el piso ideal. Dado que el

médico me ha dicho que me tome, las cosas con más calma... No, no es nada

preocupante —dijo él cuando vio la cara de Mattié—. Problemas con la tensión arterial, nada que no se pueda solucionar. Pero eso me hizo pensar. James es más que capaz de

llevar la empresa sin mi ayuda. Se la podría vender, pero prefiero que las acciones

sean tuyas para que permanezcan en la familia. Naturalmente, hablé con él de esto. Y

ya llevamos demasiado tiempo en esta casa tan grande. Se lo comenté a la señora Flax,

Emily. Nada definitivo, por supuesto. Un apartamento en Londres le facilitaría

bastante la vida a ella. Cerca de las cosas que hacen la vida más agradable. Emily y yo compartimos algunos intereses, la ópera, el teatro, visitar museos, los restaurantes

italianos, cosas como esas. Y eso significaría también más vida social para ti, pensé. Tú te pasas mucho tiempo sola aquí. Y luego James y tú dejasteis caer la bomba de

vuestra boda. Lo que hasta entonces habían sido solo vagas ideas, se transformaron en

algo más sólido. Así que me he pasado esta semana en Londres buscando un

apartamento, y reuniéndome con los abogados de la empresa para pasarte a ti mis

acciones y demás. No te había mencionado nada de esto, no porque me hubiera

olvidado de ti, sino porque no había nada definitivo. Tú no eres precisamente la

persona más práctica que conozco, sé que eres feliz cuando estás concentrada en tu

trabajo. No quería decirte nada que te afectara hasta que realmente estuviera

decidido.

—Creías que me pondría histérica o algo así, ¿no?