VIP Membership

Juliette o las Prosperidades de la Vicio por Marques_de_Sade - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

index-1_1.jpg

«El vicio divierte y la virtud cansa», afirma Juliette, la protagonista de esta obra que el

marqués de Sade publicó en 1796 (y fue inútilmente prohibida). En ella, Juliette, que ha visto

el amargo final de su hermana Justine —la heroína de Justine o Los infortunios de la virtud—,

se entrega sin escrúpulos al vicio y al crimen, pues los considera, entre otras cosas, medios

para obtener placer.

Juliette se inicia en el exceso de la mano de la superiora Delbène, en el convento de

Panthemont, donde se desarrollan orgías en que participan clérigos, monjas y novícias en un

ambiente macabro. Tras dedicarse a la prostitución, Juliette, con diecisiete años, se acerca a

depravados como el libertino Noirceuil o el bello Saint-Fond, ministro de Estado. Sus

aventuras la llevan a Italia, donde conoce a célebres criminales de su época, como el caníbal

Minski, y a personajes como la princesa lesbiana Borghèse, la incestuosa Lady Clairwil o la

envenenadora Durand. Los crímenes y transgresiones se suceden hasta que, como afirma

Octavio Paz, «al final de su peregrinación, Juliette puede decir, como el monje budista: todo

es irreal».

En esta obra, singular entre las escritas por el «Divino Marqués» debido al papel

preponderante que en ella desempeñan las mujeres, y de manera destacada Juliette, el

autor se inspiró en hechos reales acaecidos en su época y aprovechó para arremeter contra

los que le habían arrebatado su libertad.

Donatien-Alphonse-François de Sade (París, 1740-Charenton, 1814) nació en el seno de

una familia aristocrática. En 1768 se convirtió ya en leyenda por sus escandalosas y

truculentas fiestas en el tristemente célebre castillo de Arcueil. Le tocó en suerte vivir una

época de cambios radicales en la Francia de la Revolución y del Terror, aunque pasó la

mayor parte de su existencia recluido en cárceles y manicomios. Todas sus obras están

impregnadas de una filosofía libertina que propugna la libertad absoluta, al margen de

cualquier religión, ley o moral.

Marqués de Sade

Juliette

o

Las prosperidades del vicio

Título original: Histoire de Juliette, ou les Prospérités du vice

Donatien Alphonse François de Sade, 1796

Traducción: Pilar Calvo, cedida por Editorial Fundamentos

Primera edición en Tusquets Editores: marzo de 2009

ISBN: 978-84-8383-110-6

PRIMERA PARTE

ustine y yo fuimos educadas en el convento de Panthemont. Ustedes ya conocen la celebridad de esta

J abadía, y saben que, desde hace muchos años, salen de ella las mujeres más bonitas y más libertinas

de París. Es este convento tuve como compañera a Euphrosine, esa joven cuyas huellas quiero seguir y

quien, viviendo cerca de la casa de mis padres, había abandonado la suya para arrojarse en brazos del

libertinaje; y como de ella y de una religiosa amiga suya fue de quienes recibí los primeros principios de

esta moral que han visto con asombro en mí, siendo tan joven, por los relatos de mi hermana, me parece

que, antes de nada, debo hablaros de la una y de la otra... contaros exactamente estos primeros momentos

de mi vida en los que, seducida, corrompida por estas dos sirenas, nació en el fondo de mi corazón el

germen de todos los vicios.

La religiosa en cuestión se llamaba Madame Delbène; era abadesa de la casa desde hacía cinco años,

y frisaba los treinta cuando la conocí. No podía ser más bella: digna de un retrato, una fisonomía dulce y

celeste, rubia, con unos grandes ojos azules llenos del más tierno interés, y el porte de las Gracias.

Víctima de la ambición, la joven Delbène fue encerrada en un convento a los doce años, con el fin de

hacer más rico a un hermano mayor al que ella detestaba. Encerrada a la edad en que comienzan a

desarrollarse las pasiones, aunque Delbène no hubiese elegido todavía, amando el mundo y los hombres

en general, sólo después de inmolarse a sí misma, después de triunfar en los más rudos combates, había

conseguido que naciese en ella la obediencia. Muy avanzada para su edad, habiendo leído a todos los

filósofos, habiendo reflexionado prodigiosamente, Delbène, al tiempo que se condenaba al retiro, había

conservado dos o tres amigas. Venían a verla, la consolaban; y como era muy rica, seguían

proporcionándole todos los libros y caprichos que pudiese desear, incluso aquéllos que debían excitar

más una imaginación... ya muy exaltada, y que no enfriaba el retiro.

En cuanto a Euphrosine, tenía quince años cuando me uní a ella.; llevaba ya dieciocho meses como

alumna de Madame Delbène cuando me propusieron ambas que entrase en su sociedad, el día en que yo

acababa de cumplir mis trece años. Euphrosine era morena, alta para su edad, muy delgada, con unos

ojos muy bonitos, mucha gracia y vivacidad, pero menos bonita, mucho menos interesante que nuestra

superiora.

No necesito deciros que la inclinación a la voluptuosidad es, en las mujeres recluidas, el único móvil

de su intimidad; no es la virtud lo que las une; es el vicio; gustas a la que se inclina hacia ti, te conviertes

en la amiga de la que te excita. Dotada del temperamento más vivo, desde la edad de nueve años había

acostumbrado a mis dedos a que respondiesen a los deseos de mi cabeza, y, desde esta edad, no aspiraba

más que a la felicidad de encontrar la oportunidad de instruirme y lanzarme a una carrera cuyas puertas

me abría ya con tanta complacencia la naturaleza precoz. Euphrosine y Delbène me ofrecieron pronto lo

que yo buscaba. La superiora, que quería hacerse cargo de mi educación, me invitó un día a comer...

Euphrosine se hallaba allí, hacía un calor insoportable, y este ardor excesivo del sol les sirvió de excusa

a ambas para el desorden en que las encontré: hasta tal punto era así que, excepto una blusa de gasa,

sujeta simplemente con un gran lazo rosa, estaban prácticamente desnudas.

—Desde que entrasteis en esta casa —me dice Madame Delbène, besándome negligentemente en la

frente— estoy deseando conoceros íntimamente. Sois muy bella, parecéis inteligente, y las jóvenes que se

parecen a vos tienen derechos seguros sobre mí... Enrojecéis, pequeño ángel; os lo prohíbo: el pudor es

una quimera, resultado únicamente de las costumbres y de la educación, es lo que se llama un hábito; si la

naturaleza ha creado al hombre y a la mujer desnudos, es imposible que al mismo tiempo les haya

infundido aversión o vergüenza por aparecer de tal forma. Si el hombre hubiese seguido siempre los

principios de la naturaleza, no conocería el pudor: verdad fatal que prueba, querida hija mía, que hay

virtudes cuya cuna no es otra que el olvido total de las leyes de la naturaleza. ¡En qué quedaría la moral

cristiana si escrutásemos de esta forma todos los principios que la componen! Pero ya charlaremos de

todo esto. Hablemos hoy de otra cosa, y desvestíos como nosotras.

Después, acercándose a mí, las dos bribonas, riéndose, me pusieron pronto en el mismo estado que

ellas. Entonces los besos de Madame Delbène tomaron un carácter muy diferente...

—¡Qué bonita es mi Juliette! —exclamó con admiración—; ¡cómo empieza a hincharse su delicioso y

pequeño seno! Euphrosine: lo tiene más grande que el tuyo... y, sin embargo, apenas tiene trece años.

Los dedos de nuestra encantadora superiora acariciaban los pezones de mi seno, y su lengua se

agitaba en mi boca. En seguida se dio cuenta de que sus caricias actuaban sobre mis sentidos con tal

ímpetu que casi me sentía mal.

—¡Oh, joder! —dijo, sin contenerse ya y sorprendiéndome por la energía de sus expresiones—.

¡Dios santo, qué temperamento! Amigas mías, dejemos de entorpecernos: ¡al diablo todo lo que todavía

vela a nuestros ojos atractivos que la naturaleza no creó para que estuviesen ocultos!

A continuación, tirando las gasas que la envolvían, apareció a nuestra vista bella como la Venus que

inmortalizaron los griegos. Imposible estar mejor hecha, tener una piel más blanca... más suave... unas

formas más hermosas y mejor pronunciadas. Euphrosine, que la imitó casi en seguida, no me ofreció

tantos encantos; no estaba tan rellena como Madame Delbène; un poco más morena, quizás debía gustar

menos en general; pero ¡qué ojos! ¡qué ingenio! Emocionada con tantos atractivos, muy solicitada por las

dos mujeres que los poseían a que renunciase, como ellas, a los frenos del pudor, podéis creer que me

rendí. Dentro de la más dulce embriaguez, la Delbène me lleva hasta su cama y me devora a besos.

—Un momento —dice, toda encendida—, un momento, mis buenas amigas, pongamos un poco de

orden en nuestros placeres, sólo se goza de ellos planeándolos.

Tras estas palabras, me estira las piernas separándolas, y, acostándose en la cama boca abajo, con su

cabeza entre mis muslos, me besa el sexo mientras que, ofreciendo a mi compañera las nalgas más

hermosas que puedan contemplarse, recibe de los dedos de esta bonita muchacha los mismos servicios

que me presta su lengua. Euphrosine, conocedora de los gustos de la Delbène, alternaba sus escarceos

con vigorosos golpes sobre el trasero, cuyo efecto me pareció seguro sobre el físico de nuestra amable

institutriz. Vivamente electrizada por el libertinaje, la puta devoraba el caudal que hacía brotar

constantemente de mi pequeño coño. Algunas veces se paraba para mirarme... para observarme en el

placer.

—¡Qué hermosa es! —exclamaba la zorra— ¡Oh! santo Dios, ¡qué interesante es! Sacúdeme,

Euphrosine, menéame, amor mío; quiero morir embriagada de su jugo! Cambiemos todo —exclamaba un

momento después—; querida Euphrosine, debes querer lo mismo de mí; no pienso devolverte todos los

placeres que tú me das... Esperad, mis pequeños ángeles, voy a masturbaros a ambas a la vez.

Nos pone en la cama, una junto a la otra; siguiendo sus consejos, nuestras manos se cruzan, nos

acariciamos mutuamente. Su lengua se introduce primero dentro de la coño de Euphrosine, y con sus

manos nos cosquillea el agujero del culo; de vez en cuando deja la coño de mi compañera para venir a

succionar la mía, y recibiendo cada una de esta forma tres placeres a la vez, podéis imaginar hasta qué

punto echábamos copiosamente. Al cabo de unos momentos, la bribona nos da la vuelta. Le

presentábamos nuestras nalgas, nos meneaba por debajo acariciándonos el ano. Alababa nuestros culos,

los estrujaba, y nos hacía morir de placer. Saliendo de allí como una bacante:

—Hacedme todo lo que yo os hago —decía—, meneadme las dos a la vez; estaré entre tus brazos,

Juliette, besaré tu boca, nuestras lenguas se juntarán... se apretarán... se chuparán. Me hundirás este

consolador en la matriz —prosigue mientras me da uno—; y tú, Euphrosine mía, tú te encargarás de mi

culo, me lo menearás con este pequeño instrumento; infinitamente más estrecho que mi coño, es todo lo

que le hace falta... Tú, putuela mía —continuó mientras me besaba— tú no abandonarás mi clítoris; éste

es la verdadera sede del placer en las mujeres: frótalo hasta que salte, soy dura... estoy agotada, necesito

cosas fuertes; quiero destilar mi flujo con vosotras, quiero descargar veinte veces seguidas, si puedo.

¡Oh Dios! ¡cómo le devolvimos lo que nos prestaba! Es imposible trabajar con más ardor para

proporcionar placer a una mujer... imposible encontrar otra que lo saborease mejor. Nos entregamos.

—Angel mío —me dice esta encantadora criatura—, no puedo expresarte el placer que tengo en

haberte conocido; eres una muchacha deliciosa; voy a asociarte a todos mis placeres, y verás que pueden

saborearse algunos muy fuertes, aunque estemos privadas de la sociedad de los hombres. Pregunta a

Euphrosine si está contenta conmigo.

—¡Oh, amor mío, mis besos te lo probarán! —dice nuestra joven amiga precipitándose sobre el seno

de Delbène—; a ti te debo el conocimiento de mi ser; tú has formado mi espíritu, lo has liberado de los

estúpidos prejuicios de la infancia: sólo por ti existo en el mundo; ¡ah! ¡cuán feliz será Juliette, si te

dignas tomarte las mismas molestias por ella.

—Sí —respondió Madame Delbène—, sí, quiero encargarme de su educación, quiero disipar en ella,

como lo hice en ti, esos infames vestigios religiosos que turban toda la felicidad de la vida, quiero

reducirle a los principios de la naturaleza, y hacerle ver que todas las fábulas con las que han fascinado

su alma no están hechas más que para ser despreciadas. Comamos, amigas mías, recuperémonos; cuando

se ha descargado mucho, hay que reponer lo que se ha perdido.

Una comida deliciosa, que hicimos desnudas, nos devolvió enseguida las fuerzas necesarias para

volver a empezar. Volvimos a masturbarnos... volvimos a sumergir nos las tres, mediante mil nuevas

posturas, en los últimos excesos de la lubricidad. Cambiando constantemente de papel, algunas veces

éramos las esposas de las que un momento después nos convertíamos en maridos, y, engañando de este

modo a la naturaleza, la forzamos un día entero a coronar con sus voluptuosidades más dulces todos los

ultrajes a los que la sometimos.

Pasó un mes de esta forma, al cabo del cual Euphrosine, enloquecida de libertinaje, dejó el convento

y su familia para lanzarse a todos los desórdenes del putanismo y de la crápula. Volvió a vernos, nos

pintó el cuadro de su situación y, demasiado corrompidas nosotras mismas para encontrar equivocado el

camino que había tomado, nos abstuvimos de compadecerla o de aconsejarla que cambiase de rumbo.

—Ha hecho bien —me decía Madame Delbène—; he querido cien veces lanzarme a esa misma

carrera, y lo hubiese hecho sin duda alguna si hubiese sentido dentro de mí que el gusto de los hombres

superaba el gran amor que tengo por las mujeres; pero, mi querida Juliette, el cielo, al destinarme a una

eterna clausura, me ha hecho muy feliz al no inspirarme más que un deseo muy mediocre por otro tipo de

placeres que no sean los que me permite este retiro; es tan delicioso el placer que se dan las mujeres

entre sí que no aspiro a casi nada más. Sin embargo, comprendo que pueda amarse a los hombres;

entiendo a las mil maravillas que se haga cualquier cosa para conseguirlos; lo concibo todo en lo que se

refiere al libertinaje... ¿Quién sabe si incluso no estaré por encima de lo que puede captar la

imaginación?

»Los primeros principios de mi filosofía, Juliette —continuó Madame Delbène, que estaba muy

apegada a mí desde la pérdida de Euphrosine— consisten en desafiar la opinión pública; no puedes

imaginarte, querida mía, hasta qué punto me burlo de todo lo que puedan decir de mí ¿Y, por favor, cómo

puede influir en la felicidad esta opinión del vulgo imbécil? Sólo nos afecta en razón de nuestra

sensibilidad; pero si, a fuerza de sabiduría y de reflexión, llegamos a embotar esta sensibilidad hasta el

punto de no sentir sus efectos, incluso en las cosas que nos afectan más directamente, será totalmente

imposible que la opinión buena o mala de los otros pueda influir en nuestra felicidad. Esta felicidad debe

estar dentro de nosotros mismos; no depende más que de nuestra conciencia, y quizás todavía un poco

más de nuestras opiniones, que son las únicas en las que deben apoyarse las inspiraciones más firmes de

la conciencia. Porque la conciencia —prosiguió esta mujer llena de inteligencia— no es algo uniforme;

casi siempre es el resultado de las costumbres y de la influencia de los climas, puesto que es evidente

que los chinos, por ejemplo, no sienten ninguna repugnancia por acciones que nos harían temblar en

Francia. Luego, si este órgano flexible puede llegar a tales extremos, sólo en razón del grado de latitud,

la verdadera sabiduría reside en adoptar un medio razonable entre extravagancias y quimeras, y en

formarse opiniones compatibles a la vez con las inclinaciones que hemos recibido de la naturaleza y con

las leyes del gobierno en que se vive; y tales opiniones deben crear nuestra conciencia. Por ello nunca es

demasiado pronto para adoptar la filosofía— que se quiere seguir, ya que sólo ella forma nuestra

conciencia, y a nuestra conciencia le corresponde regular todas las acciones de nuestra vida.

—¡Cómo! —digo a Madame Delbène—, ¿habéis llevado esta indiferencia al punto de burlaros de

vuestra reputación?

—Totalmente, querida mía; incluso confieso que interiormente gozo más con la convicción que tengo

de que esta reputación es mala, que si supiese que es buena. ¡Oh Juliette! grábate bien esto: la reputación

es un bien sin ningún valor, nunca nos compensa de los sacrificios que hacemos por ella. La que está

celosa de su gloria experimenta tantos tormentos como la que la descuida: una tiene constantemente el

temor de que se le escape, la otra tiembla por su despreocupación. Así pues, si hay tantas espinas en la

carrera de la virtud como en la del vicio, ¿a qué viene atormentarse tanto por la elección, y a qué viene

no entregarse plenamente a la naturaleza en lo que nos sugiere?

—Pero, al adoptar estas máximas —objeté yo a Madame Delbène—, yo tendría miedo de romper

demasiados frenos.

—En verdad, querida mía —me respondió—, ¡me gustaría tanto que me dijeras que tienes miedo de

obtener demasiados placeres! Y entonces ¿cuáles son esos frenos? Atrevámosnos a considerarlos con

sangre fría... Convenciones humanas, casi siempre promulgadas sin la sanción de los miembros de la

sociedad, detestadas por nuestro corazón... contradictorias con el buen sentido: convenciones absurdas,

que no tienen ninguna realidad más que para los tontos que quieren someterse a ellas, y que sólo son

objeto de desprecio a los ojos de la sabiduría y de la razón... Charlaremos sobre todo esto. Te lo dije,

querida mía: yo te educaré; tu candor e ingenuidad me demuestran que necesitas un guía en la espinosa

carrera de la vida, y soy yo quien te serviré de guía.

En efecto, no había nada más deteriorado que la reputación de Madame Delbène. Una religiosa a la

que yo estaba encomendada, disgustada por mis relaciones con la abadesa, me advirtió que era una mujer

perdida; había corrompido a casi todas las pensionistas del convento, y mas de quince o dieciséis habían

seguido, de acuerdo con su consejo, el mismo camino que Euphrosine. Me aseguraban que era una mujer

sin fe, ni ley, ni religión, que pregonaba impúdicamente sus principios, y habrían tomado represalias

contra ella de no ser por su dinero y su nacimiento. Yo me reía de estas exhortaciones; un sólo beso de la

Delbène, uno sólo de sus consejos ejercían más fuerza sobre mí que todas las armas que pudiesen

emplearse para separarme de ella. Aunque me llevase a un precipicio, me parecía que preferiría

perderme con ella a instruirme con otra. ¡Oh amigos míos! Es delicioso alimentar este tipo de

perversidad; arrastradas por la naturaleza hacia ella... si la razón fría nos aleja de ella por un instante, la

mano de la voluptuosidad nos devuelve a esa perversidad y ya no podemos abandonarla.

Pero nuestra amable superiora no tardó en hacerme ver que no era yo la única que atraía su atención,

y pronto me di cuenta de que había otras que compartían placeres en los que había más libertinaje que

delicadeza.

—Ven mañana a merendar conmigo —me dijo un día—; Elisabeth, Madame de Volmar y Sainte-Elme

estarán allí, seremos seis en total; quiero que hagamos cosas inconcebibles.

—¡Cómo! —digo yo—, ¿así que te diviertes con todas esas mujeres?

—Claro. ¡Y qué! ¿Acaso crees que me limito a esto? Hay treinta religiosas en esta casa; veintidós han

pasado por mis manos; hay diecinueve novicias: sólo una me es todavía desconocida; vosotras sois

sesenta pensionistas: solamente tres se me han resistido; las voy poseyendo a medida que llegan, y no les

doy más de ocho días para pensarlo. ¡Oh Juliette, Juliette!, mi libertinaje es una epidemia, ¡tiene que

corromper todo lo que me rodea! Y la sociedad tiene una gran suerte en que yo me limite a esta dulce

manera de hacer el mal; con mis inclinaciones y mis principios, quizás adoptase otra que sería mucho

más fatal para los hombres.

—¿Y qué harías tú, amada mía?

—¡Y yo qué sé! ¿Acaso ignoras que los efectos de una imaginación tan depravada como la mía son

como las riadas de un río que se desborda? La naturaleza quiere que provoquen desastres y lo hacen, no

importa de qué manera.

—¿No estarás atribuyendo —respondo a mi interlocutora— a la naturaleza lo que sólo es obra de la

depravación?

—Escúchame, ángel mío —me dice la superiora—, no es tarde y nuestras amigas no llegarán hasta

las seis; quiero responder a tus frívolas objeciones antes de que lleguen.

Nos sentamos.

—Como no conocemos las inspiraciones de la naturaleza —me dice Madame Delbène— más que por

este sentido interno que llamamos conciencia, sólo mediante el análisis de la conciencia podremos llegar

a profundizar con sabiduría en qué consisten los movimientos de la naturaleza que cansan, atormentan o

hacen gozar a tal conciencia.

»Se llama conciencia, mi querida Juliette, a esa especie de voz interior que se eleva en nosotros por

la infracción de algo prohibido, sea de la naturaleza que sea: definición muy simple y que, a primera

vista, ya demuestra que esta conciencia no es más que la obra del prejuicio recibido por la educación,

hasta tal punto que todo lo que se le prohíbe al niño le causa remordimientos en cuanto lo viola, y

conserva esos remordimientos hasta que el prejuicio vencido le haya demostrado que no existía ningún

mal real en la cosa prohibida.

»De la misma forma, la conciencia es pura y simplemente la obra de los prejuicios que nos infunden o

de los principios que nos creamos. Esto es hasta tal punto cierto que es posible formarse con principios

enérgicos una conciencia que nos atormentará, nos afligirá, siempre que no hayamos cumplido, en toda su

extensión, todos los proyectos de diversiones, incluso viciosas... incluso criminales que nos habíamos

prometido realizar para nuestra satisfacción. De aquí nace ese otro tipo de conciencia que, en un hombre

por encima de todos los prejuicios, se eleva contra él cuando, para llegar a la felicidad, ha tomado un

camino contrario al que debía conducirle a ella de una forma natural. Así, según los principios que nos

hayamos construido, podemos arrepentirnos igualmente o de haber hecho demasiado mal o de no haberlo

hecho en un grado suficiente. Pero tomemos la palabra en su acepción más simple y más común; en este

caso, el remordimiento, es decir, el órgano de esta voz interior que acabamos de llamar conciencia, es

una debilidad totalmente inútil, y cuya influencia debemos ahogar con toda la fuerza de que seamos

capaces; porque el remordimiento, una vez más, sólo es obra del prejuicio engendrado por el temor de lo

que puede sucedernos después de haber hecho algo prohibido, sea de la naturaleza que sea, sin examinar

si está bien o mal. Eliminad el castigo, cambiad la opinión, aniquilad la ley, eliminad la influencia del

clima en el sujeto, él crimen seguirá existiendo, pero el individuo no tendrá ya remordimientos. Así pues,

el remordimiento no es más que una reminiscencia fastidiosa, resultado de las leyes y de las costumbres

adoptadas, pero que de ninguna manera depende de la especie del delito. Y si no fuese así, ¿sería posible

apagarlo? Y, sin embargo, ¿no es muy cierto que se consigue esto, incluso con las cosas que pueden tener

las más graves consecuencias, en razón de los progresos del espíritu y de la forma en que se esfuerza uno

por la extinción de sus prejuicios; de suerte que, a medida que estos prejuicios desaparecen con la edad,

o que la costumbre de las acciones que nos hacían temblar llega a endurecer la conciencia, el

remordimiento, que era tan sólo el efecto de la debilidad de esta conciencia, se aniquila completamente,

y se llega así, en la medida que se desee, a los excesos más terribles? Pero quizás se me objete que la

clase de delito debe hacer más o menos fuerte el remordimiento. Sin duda, porque el prejuicio de un gran

crimen es más fuerte que el de uno pequeño... el castigo de la ley más severo; pero aprended a destruir

todos los prejuicios por igual, aprended a poner todos los crímenes al mismo nivel, y, al convenceros de

su igualdad, sabréis conformar el remordimiento a éstos, y, como habréis aprendido a hacer frente al más

pequeño remordimiento, pronto aprenderéis a vencer el arrepentimiento más fuerte y a cometer todos los

crímenes con igual sangre fría... Mi querida Juliette, el hecho de que estemos persuadidos del sistema de

la libertad y digamos: ¡qué desgraciado soy por no haber actuado de manera diferente!, es lo que hace

que sintamos remordimientos después de una mala acción. Pero si quisiésemos convencernos de que este

sistema de libertad es una quimera, y que una fuerza más poderosa que nosotros nos empuja a todo lo que

hacemos, si quisiésemos convencernos de que todo es útil en el mundo, y que el crimen del que nos

arrepentimos se ha hecho para la naturaleza tan necesario como la guerra, la peste o el hambre con las

que ella asola periódicamente los imperios, nos sentiríamos infinitamente más tranquilos acerca de todas

las acciones de nuestra vida, y ni siquiera concebiríamos el remordimiento; y mi querida Juliette no diría

que me equivoco atribuyendo a la naturaleza lo que sólo debe ser efecto de mi depravación.

»Todos los efectos morales —prosiguió Madame Delbène— responden a causas físicas. a las que

están encadenados irresistiblemente. Es el sonido que resulta del choque del palillo con la piel del

tambor: si no hay causa física, no hay choque, y, necesariamente, no hay efecto moral, es decir, no se

produce el sonido. Ciertas disposiciones de nuestros órganos, el fluido nervioso más o menos irritado

por la naturaleza de los átomos que respiramos... por el tipo o la cantidad de partículas nitrosas

contenidas en los alimentos que tomamos, por el curso de los humores, y por otras mil causas externas,

determinan a un hombre al crimen o la virtud y a ambos a la vez, con frecuencia en un mismo día: este es

el choque del palillo, el resultado del vicio o de la virtud; cien luises robados del bolsillo de mi vecino,

o dados del mío a un desgraciado, es el efecto del choque, o el sonido. ¿Somos dueños dé estos segundos

efectos, cuando los necesitan las primeras causas? ¿Puede ser tocado el tambor sin que resulte de aquí un

sonido? ¿Y podemos oponernos nosotros a este choque cuando él mismo es el resultado de cosas tan

extrañas a nosotros, y tan dependientes de nuestra organización? Así pues, es una locura, una

extravagancia, no hacer todo lo que nos apetece, y arrepentirnos de lo que hemos hecho. Según esto, el

remordimiento no es más que una pusilánime debilidad que debemos vencer, en la medida que dependa

de nosotros, por la reflexión, el razonamiento y la costumbre. Por otra parte, ¿qué cambio puede aportar

el remordimiento a lo que se ha hecho? No puede disminuir su daño, puesto que nunca llega más que una

vez cometida la acción; rara vez impide que se cometa de nuevo, y, por consiguiente, no sirve para nada.

Una vez que se ha hecho el daño, suceden necesariamente dos cosas: o es castigado o no lo es. En esta

segunda hipótesis, el remordimiento sería con toda seguridad una tontería vergonzosa: porque ¿de qué

serviría arrepentirse de una acción, fuese de la naturaleza que fuese, que nos haya aportado una

satisfacción muy intensa y que no haya tenido ninguna consecuencia enojosa? En un caso así, arrepentirse

del daño que esta acción haya podido causar al prójimo sería amarlo más que a uno mismo, y es

totalmente ridículo sentir lástima por la pena de los otros, cuando esta pena nos ha proporcionado placer,

cuando nos ha servido, agradado, deleitado, en el sentimiento que sea. Consiguientemente, en este caso,

el remordimiento no tiene razón de ser. Si la acción es descubierta y castigada, entonces, si queremos

realmente analizarnos, tendremos que reconocer que no nos arrepentimos del daño causado al prójimo

con nuestra acción, sino de la torpeza con que la hemos realizado para que haya sido descubierta; y

entonces, sin duda, nos entregamos a las reflexiones resultantes de la lamentación de esta torpeza... sólo

para aprender de ellas una mayor prudencia, si el castigo os deja vivir; pero estas reflexiones no son

remordimientos, porque el remordimiento real es el dolor producido por el que se ha ocasionado a los

otros, y las reflexiones de las que hablamos no son mas que los efectos del dolor producido por el daño

que se hace uno mismo: lo que hace ver la extrema diferencia que existe entre cada uno de estos

sentimientos, y, al mismo tiempo, la utilidad de uno y la ridiculez del otro.

»Cuando llevamos a cabo una mala acción, por muy atroz que pueda ser, ¡cómo nos compensa del

daño que ha producido sobre nuestro prójimo la satisfacción que nos proporciona, o el beneficio que

obtenemos de ella! Antes de cometer esta acción, ya habíamos previsto el daño que resultaría para los

otros; sin embargo, este pensamiento no nos ha detenido: al contrario, con frecuencia nos produce placer.

La mayor tontería que puede hacerse es insistir sobre este pensamiento una vez cometida la acción, o

dejarle que actúe dentro de nosotros de manera diferente. Si esta acción influye en que nuestra vida sea

desgraciada, porque ha sido descubierta, pongamos todo nuestro empeño en descubrir, en analizar las

causas que han permitido que fuese descubierta; y sin arrepentirnos de algo que no podíamos hacer de

otra forma, pongamos todo en práctica para que en el futuro no nos falte la prudencia, extraigamos de la

desgracia que ha podido sobrevenirnos por esta equivocación la experiencia necesaria para mejorar

nuestros medios, y asegurarnos en adelante la impunidad, corriendo un tupido velo sobre el involuntario

desorden de nuestra conducta. Pero nunca llegaremos a extirpar los principios por vanos e inútiles

remordimientos, porque ésta mala conducta, esta depravación, estos extravíos viciosos, criminales o

atroces, nos han complacido, nos han deleitado, y no debemos privarnos de algo agradable. Sería como

la locura de un hombre que porque un día le hubiese sentado mal la cena, quisiera dejar de cenar para

siempre.

»La verdadera sabiduría, mi querida Juliette, no consiste en reprimir los vicios, porque, siendo los

vicios casi la única felicidad de nuestra vida, sería un verdugo de sí mismo el que quisiera reprimirlos;

la sabiduría consiste en entregarse a ellos con tal misterio, con tan grandes precauciones, que nunca *nos

puedan sorprender. Y que nadie tema que esto disminuirá sus delicias: el misterio aumenta el placer. Por

otra parte, una conducta semejante asegura la impunidad, ¿y no es la impunidad el alimento más delicioso

de los libertinajes?

»Una vez que te he enseñado a dominar el remordimiento nacido del dolor de haber hecho el mal con

demasiada evidencia, es esencial, mi querida amiga, que ahora te indique la manera de extinguir

totalmente en uno esta voz confusa que, en los momentos de reposo de las pasiones, viene todavía algunas

veces a protestar contra los extravíos a 'os que nos condujeron aquéllas; ahora bien, esta manera es tan

segura como dulce, puesto que consiste en repetir tan a menudo lo que nos ha provocado los

remordimientos que la costumbre de cometer esta acción, o de combinarla, impida toda posibilidad de

lamentarse por ella. Esta costumbre, al aniquilar el prejuicio, al obligar a nuestra alma a moverse con

frecuencia en la forma y la situación que primitivamente le desagradaban, acaba por hacerle fácil el

nuevo estado adoptado, e incluso delicioso. El orgullo sirve de ayuda; no sólo hemos hecho algo que

nadie se atrevería a hacer, sino que además nos hemos acostumbrado de tal forma a ello que ya no

podemos existir sin esa cosa: éste es un primer goce. La acción cometida engendra otra; ¿y quién duda de

que esta multiplicación de placeres no acostumbra pronto al alma a plegarse a la forma de ser que debe

adquirir, por muy penoso que haya podido parecerle, al comenzar, la situación forzada en la que le ponía

esta acción?

»¿No sentimos lo que te digo en todos los pretendidos crímenes presididos por la voluptuosidad?

¿Por qué no nos arrepentimos nunca de un crimen de libertinaje? Porque el libertinaje pronto se convierte

en una costumbre. Lo mismo puede decirse de todos los otros extravíos; como la lubricidad, todos

pueden transformarse fácilmente en hábito, y, como la lujuria, todos pueden provocar en el sistema

nervioso una excitación que, muy semejante a esta pasión, puede llegar a ser tan deliciosa como ella, y

por consiguiente, como ella, metamorfosearse en necesidad.

»Oh Juliette; si quieres como yo vivir feliz en el crimen... y yo cometo muchos, querida mía... si

quieres, digo, encontrar en él la misma felicidad que yo, trata de conseguirte, con el tiempo, una

costumbre tan dulce que te sea imposible poder existir sin cometerlo; y que todas las convenciones

humanas te parezcan tan ridículas que tu alma flexible, y a pesar de eso enérgica, se vaya acostumbrando

imperceptiblemente a convertir en vicios todas las virtudes humanas y en virtudes todos los crímenes:

entonces te parecerá que ante tus ojos se abre un nuevo universo; se filtrará por tus nervios un fuego

devorador y delicioso, abrazará ese fluido, eléctrico donde reside el principio de la vida. Feliz por vivir

en un mundo al que me exila mi triste destino, cada día te trazarás nuevos proyectos, y cada día su

realización te colmará de una voluptuosidad que sólo será conocida por ti. Todos los seres que te rodean

te parecerán otras tantas víctimas entregadas por la suerte a la perversidad de tu corazón; ni lazos ni

cadenas, todo desaparecerá pronto bajo la llama de tus deseos, ya no se elevará ninguna voz en tu alma

para ahogar el eco de su impetuosidad, ningún prejuicio militará ya en su favor, todo habrá sido

suprimido por la sabiduría, y llegarás insensiblemente a los últimos excesos de la perversidad por un

camino cubierto de flores. Entonces será cuando reconozcas la debilidad de lo que en otro tiempo te

ofrecían como inspiraciones de la naturaleza; cuando te hayas burlado durante unos años de lo que los

estúpidos llaman sus leyes, cuando para familiarizarte con su infracción te hayas complacido en

pulverizarlas, entonces verás a la pícara naturaleza, encantada de haber sido violada, doblegarse bajo tus

deseos, llegar por sí misma a ofrecerse a tus cadenas... presentarte las manos para que la hagas tu

cautiva; convertida en tu esclava en lugar de ser tu soberana, enseñará delicadamente a tu corazón la

forma de ultrajarla mucho mejor, como si se complaciese en el envilecimiento, y como si te indicase que

el mejor modo de obedecer sus leyes es insultarla hasta el exceso. No te resistas nunca cuando hayas

llegado a este punto; insaciable en sus pretensiones sobre ti, en cuanto hayas encontrado el medio de

dominarla, te conducirá paso a paso de extravío en extravío; el último cometido no será mas que el

principio de otro por el que se someterá a ti de nuevo; como la prostituta de Sybaris, que se entregaba

bajo todas las formas y adoptaba todas las posturas para excitar los deseos del voluptuoso que la pagaba,

igualmente te enseñará cien formas de vencerla, y todo esto para, a su vez, encadenarte con más fuerza.

Pero una sola resistencia, te lo reverga, una sola te haría perder todo el fruto de las últimas caídas; no

conocerás nada si no lo conoces todo; pero si eres lo suficientemente tímida como para detenerte, se te

escapará para siempre. Abstente sobre todo de la religión, nada como sus peligrosas inspiraciones para

desviarte del buen camino: semejante a la hidra, cuyas cabezas renacen a medida que se las corta, te

importunará sin cesar si tú no te cuidas de aniquilar constantemente sus principios. Temo que las extrañas

ideas de ese Dios fantástico con que empozoñaron tu infancia vengan a perturbar tu imaginación en medio

de sus más divinos extravíos: ¡Oh Juliette, olvídala, desprecia la idea de ese Dios vano y ridículo!; su

existencia es una sombra que disipa en un momento el más débil esfuerzo del espíritu, y nunca estarás

tranquila mientras que esa odiosa quimera no haya perdido sobre tu alma todas las facultades que le dio

el error. Aliméntate constantemente de los grandes principios de Spinoza, de Vanini, del autor del

Sistema de la Naturaleza; los estudiaremos, los analizaremos juntas; te prometí discusiones profundas

sobre este tema, mantendré mi palabra: nos llenaremos las dos del espíritu de estos sabios principios. Si

todavía te surgen dudas, me las comunicarás, yo te tranquilizaré: siendo tan firme como yo, pronto me

imitarás, y como yo, nunca volverás a pronunciar el nombre de ese infame Dios más que para blasfemarlo

y odiarlo. Confieso que la idea de tal quimera es la única equivocación que no puedo perdonarle al

hombre; lo justifico en todos sus extravíos, lo compadezco en todas sus debilidades, pero no puedo

pasarle por alto el que haya erigido a semejante monstruo, no le perdono que se haya forjado él mismo

las cadenas religiosas que tan violentamente le han subyugado, y que él mismo haya presentado el cuello

bajo el vergonzoso yugo que había preparado su estupidez. No acabaría nunca, Juliette, si tuviese que

entregarme a todo el horror que me inspira el execrable sistema de la existencia de un Dios: mi sangre

hierve ante su solo nombre; cuando lo oigo pronunciar, me parece ver alrededor de mí las sombras

palpitantes de todos los desgraciados que esta abominable opinión ha destruido sobre la superficie del

globo; me invocan, me conjuran a que utilice todas las fuerzas o el talento que haya podido recibir, para

extirpar del alma de mis semejantes la idea del repugnante fantasma que les hizo perecer sobre la tierra.

Aquí, Madame Delbène me pregunta hasta dónde había llegado yo en estas cosas.

—Todavía no he hecho mi primera comunión —le digo.

—¡Ah!, mucho mejor —me respondió abrazándome—; ángel mío, yo te evitaré tal idolatría; respecto

a la confesión, cuando te hablen de ella, responde que no estás preparada. La madre de las novicias es

amiga mía, depende de mí, te recomendaré a ella y no te molestarán. En cuanto a la misa, tenemos que ir a

ella a pesar de todo; pero, toma: ¿ves esta bonita colección de libros? —me dice mostrándome unos

treinta volúmenes encuadernados en piel roja—; te prestaré estas obras, y su lectura, durante el

abominable sacrificio, te compensará de la obligación de ser testigo de él.

—¡Oh amiga mía! —digo a Madame Delbène—. ¡Cuántas cosas te debo! Mi corazón y mi espíritu ya

se habían adelantado a tus consejos... no respecto a la moral, puesto que acabas de decirme cosas

demasiado fuertes y demasiado nuevas como para que se me hubiesen ocurrido ya a mí; pero no te había

esperado para detestar, como tú, la religión, y cumplía los horribles deberes religiosos con la mayor

repugnancia. ¡Qué feliz me haces prometiéndome ampliar mis luces! ¡Ay de mí al no haber oído nada

sobre estos objetos supersticiosos!, el costo de mi pequeña impiedad no se debe todavía más que a la

naturaleza.

—¡Ah!, sigue sus inspiraciones, ángel mío... son las únicas que nunca te engañarán.

—Sabes —proseguí— que todo lo que acabas de enseñarme es muy fuerte, y que es extraño estar tan

instruida a tu edad. Permíteme que te diga, amada mía, que es difícil que la conciencia haya alcanzado el

grado que parece tener la tuya sin algunas acciones muy extraordinarias; y ¿cómo, perdona mi pregunta,

cómo, en tu interior, tuviste la ocasión de los delitos capaces de endurecerte hasta ese punto?

—Algún día sabrás todo eso —me respondió la superiora levantándose.

—¿Y por qué esta tardanza?... ¿Temes?