Kiev por KV - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

index-1_1.jpg

Annotation

Cuando las tropas soviéticas se vieron obligadas a abandonar la feraz Ucrania a

las ávidas manos de los nazis, cuando el Ejército Rojo fue derrotado y retrocedió

hacia Moscú, cuando las botas del invasor resonaron por las calles y plazas de Kiev,

la Era de Terror empezó.Todavía no se había apagado el eco de los disparos; apenas

habían desaparecido los uniformes feldgrau de los infantes alemanes, cuando

llegaron las criaturas diabólicas de Himmler, el SS Reichführer: la SS, la

Feldgendarmerie, las Waffen-SS, la Gestapo, el SD y los terribles y sanguinarios

«Einsatzgruppen», encargados de aniquilar farozmente a todo el que se opusiera a la

política colonialista del Tercer Reich.Aparecieron las primeras horcas, se levantaron

los primeros patíbulos. Hombres de todas las clases sociales, campesinos, técnicos,

intelectuales, fueron ahorcados, fusilados o eliminados por el sencillo procedimiento

del tiro en la nuca.También cayeron las mujeres bajo las balas de los «grupos

especiales». Pero no todas. Las jóvenes, solteras o casadas, fueron destinadas a las

Soldatenhausen, los burdeles para oficiales y soldados.Llegaron después los

enviados del Partido, los sátrapas del siglo XX orgullosos miembros de la Raza de

Señores, que se apoderaron de las mejores residencias, creyéndose definitivamente

instalados en un país que deseaban convertir en un mundo de esclavos.

Karl von Vereiter

Primera Parte

CAPÍTULO PRIMERO

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

Segunda Parte

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XV

CAPÍTULO XVI

CAPÍTULO XVII

CAPÍTULO XVIII

CAPÍTULO XIX

CAPÍTULO XX

CAPÍTULO XXI

CAPÍTULO XXII

CAPÍTULO XXIII

CAPÍTULO XXIV

Terceira Parte

CAPÍTULO XXV

CAPÍTULO XXVI

CAPÍTULO XXVII

CAPÍTULO XXVIII

CAPÍTULO XXIX

Epilogo

notes

Karl von Vereiter

Las vírgenes de Kiev

Versión:

E Sánchez Pascual

© Producciones Editoriales 1976

I.S.B.N. 84-365-0311-2

Depósito Legal: B. 42.612 — 1976

printed in Spain Impreso en España

Gráficas BIS A N I Mora la Nueva, 11 Barcelona (6)

Primera Parte

I draw youcióse to me, you womert

I cannot let you go, I woutd do you good,

I am for you, and you are for me, not only for our own saice

but for others sakes,

Envelop’d in you sleep greater heroes and bards, They rejuse to awake at the

touch of any man but me [1] .

Walt Whitman

CAPÍTULO PRIMERO

La vieja lanzó un alarido desde el rincón. Lanzaba miradas hurañas a su

alrededor, tapándose las orejas con las manos.

La casa, que había temblado durante el bombardeo, seguía estremeciéndose con

el paso de los blindados que traqueteaban de lo lindo en las calles estrechas del

pueblo.

Sentado cerca de la mesa, el viejo ruso, el dueño de la casa, con la pipa apagada

en los labios, tenía una mirada vacía, y sus ojos globulosos, que el vodka había

enrojecido, permanecían quietos bajo las zarzosas cejas.

Por su parte, la chica, que estaba junto a la vieja, no decía nada. Ni gritaba, ni

lloraba. Pero sus hermosos ojos azules lanzaban miradas de espanto y su cuerpo

magnífico era recorrido por continuos estremecimientos.

Con la pistola en la mano, el teniente Tumeriev que estaba al lado de la escalera

que conducía al granero, apenas se movía, permaneciendo alerta, escuchando con

atención el espantoso estrépito de la artillería enemiga al abrir fuego contra el

pueblo.

Se había mordido los labios hasta hacerse sangre cuando los aviones nazis

cayeron en picado desde lo alto del cielo, soltando sus bombas mortales sobre las

isbas.

Por fortuna la casa de Piotr Lochakovno se encontraba bastante alejada del

pueblo y ningún proyectil ninguna bomba la alcanzó.

Ilya Tumeriev había llegado al pueblo pocas horas antes de que se

desencadenase la gran ofensiva alemana. Portador de órdenes sumamente secretas,

pasó revista a las fuerzas que defendían aquella tierra soviética, muy cerca de la

frontera de la Polonia oriental que la URSS se había anexionado en setiembre de

1939.

Durante sus entrevistas con los jefes de las unidades, les había explicado la

situación: por el momento resistir a cualquier precio. Pero en el caso más que

probable de que tuvieran que retroceder, dejar cierto número de soldados ocultos en

los pueblos, soldados que estaban destinados a formar más tarde las unidades de la

Resistencia cuyo mando había sido confiado al comandante Pavlovich.

«Debo reunirme con el mayor, en cuanto me sea posible hacerlo —pensó Ilya

—. Pero por el momento espero que los nazis no visiten todas las casas... Cuento con

que tienen prisa para proseguir su marcha hacia el Este...»

El ruido de los tanques se extinguió.

El oficial ruso se dijo que después de los blindados, las oleadas de soldados

iban a invadir la zona que los Panzers habían recorrido, y cabía la posibilidad de que

la infantería inspeccionara las isbas...

Se acercó al viejo y apoyó una de sus manos poderosas sobre su hombro.

—Di a tu mujer que deje de chillar, y adviértele que no quiero que cometa

estupideces...

Los ojos globulosos del ruso se animaron.

—No te preocupes, padrecito —dijo con una voz muy dulce—. Mamuska se

estará quieta... Ten confianza en mí, camarada...

—¿Y tu hija? —insistió Tumeriev.

—No dirá nada. Puedes subir al granero...

—¡Bueno, está bien!

Lanzó una mirada a las dos mujeres y luego subió ágilmente hacia el pequeño

orificio que perforaba el techo.

El viejo se llevó la escalera que fue a ocultar al fondo de la ancha pieza.

En lo alto, en el estrecho espacio medio ocupado por los sacos de grano, Ilya

retrocedió a rastras y se acostó sobre el vientre, con el rostro pegado a las tablas que

constituían el techo» unas tablas desajustadas que le permitían ver a su través lo que

pasaba abajo.

—No tardarán en venir —murmuró, apretando la pistola en la mano.

Se preguntaba la pinta que iban a mostrarle, porque la verdad es que no los

conocía muy bien. Estaba claro que los nazis que había encontrado en España habían

evolucionado mucho.

Durante un momento una sonrisa se pintó en sus delgados labios.

Los recuerdos atravesaron su cabeza, y se vio en la sierra» muy cerca de

Madrid, combatiendo a los fascistas que intentaban en vano apoderarse de la capital.

A la cabeza de un centenar de milicianos, actuando como consejero político

enviado directamente desde Moscú, enseñó a los españoles el modo de hacer aquella

guerra de sombras, implacable como ninguna otra.

Rostros que creía borrados de su recuerdo desfilaron ante él; hombres a los que

había apreciado... Pedro, Remigio... ¡y tantos otros!

No había tardado en descubrir la fuerza del odio que se ocultaba en el corazón

de los españoles, y había asistido a escenas de una crueldad inaudita...

Como aquella vez en que capturaron un aviador alemán cuyo aparato fue

abatido por la DCA de Madrid.

Los guerrilleros de ‘la sierra no lo dudaron ni por un momento. Y aquella vez ni

siquiera sirvió de algo la autoridad del camarada ruso. Querían castigar al nazi a su

manera.

Empezaron por castrarlo.

Ilya Tumeriev no tardó en percatarse de que para un español la virilidad y los

órganos que la representan tienen gran importancia. Si uno quiere armarla con un

español le basta con poner en duda su potencia sexual.

La sonrisa se extendió por la boca del ruso.

Siguieron trabajando al prisionero, torturándole lentamente, con una paciencia

infinita, arrancándole la carne a pedacitos, reventándole los ojos...

¡Los alemanes! Se habían fortalecido mucho desde aquel lejano año de 1936.

Tras aplastar a Polonia, vencieron a franceses e ingleses en un tiempo record. Y

ahora, golosamente, se lanzaban sobre el pedazo más grande de aquella Europa de la

que sin duda alguna querían convertirse en los dueños absolutos.

—No... —farfulló con la frente surcada de profundas arrugas—. No va a ser

fácil. Olvida a España, con sus pequeñas tropas y sus medios tan limitados. Aquí,

amigo, vas a luchar contra un ejército de una potencia formidable... y contra gente

que no se anda con chiquitas...

* * *

Los golpes en la puerta resonaron tan bruscamente que no pudo por menos de

sobresaltarse.

En realidad, el silencio que les había precedido le había proyectado a una

especie de paréntesis, lo que le permitió viajar hacia el pasado, olvidando casi por

completo el presente.

Pegó el rostro a una de las fisuras de las tablas.

El viejo acababa de levantarse y, al otro lado de la habitación, Ja joven se había

acercado más a su madre. La vieja mamuska miraba la puerta como hipnotizada.

«Con tal de que esa guarra no flojee», se dijo el oficial.

Una lluvia de golpes rabiosos se abatió sobre la puerta. El viejo, tras una breve

vacilación, se dirigió con paso cansado hacia la entrada, tiró del cerrojo y abrió la

puerta.

Detrás de las tablas desajustadas, Ilya Tumeriev apretó los dientes.

Cuatro hombres penetraron en la isba.

El ruso reconoció al momento que eran SS. En aquella época todavía llevaban

sus siniestros uniformes negros, porque aún no pertenecían a las Waffen-SS, sino a

las fuerzas policíacas que su dueño, Himmler, lanzaba como una jauría de perros

rabiosos sobre los territorios que el ejército alemán iba ocupando.

El oficial era un Obersturmführer —un teniente—, los otros no eran sino

Sturmann; es decir, simples soldados.

El viejo ruso retrocedió. Se pegó al muro, junto a la clásica chimenea que se

suele encontrar en todas las isbas.

El último alemán cerró la puerta tras de sí. Se estableció un largo silencio.

Desde lo alto Ilya podía ver las miradas de los cuatro hombres que convergían

sobre las formas del a chica.

—¿No hay soldados aquí? —preguntó bruscamente el oficial.

Empleaba un ruso muy malo, pero que a pesar de todo se comprendía.

El viejo meneó la cabeza.

—No —dijo con voz débil—, no hay soldados en la casa.

El oficial dio un paso hacia el viejo.

—Eres un sucio comunista —escupió con desprecio—. Andate con ojo porque

vamos a registrar tu barraca a fondo... Y si nos has mentido, te cortaremos en

rodajas...

—No he mentido...

Entonces el Obersturmführer se volvió hacia los soldados que esperaban sus

órdenes.

—Creo que este gusano nos dice la verdad —dijo en alemán—.

La verdad es que, según hemos visto en el pueblo, todos los tipos armados han

salido corriendo como liebres ...

Sé pasó la lengua por los ¡labios que tenía muy gruesos.

—Vais a sacarme de aquí a esos dos viejos. Es posible que el Hauptsturmführer

quiera interrogarles... Yo regresaré dentro de poco.

Una sonrisa canallesca se dibujó en los labios de los SS. Uno de ellos,

apuntando con la «Schmeisser» al viejo, le hizo una señal para que saliera. Los otros

dos se acercaron a las mujeres y separaron bruscamente la madre de la hija.

Empujaron a la Mamuska hacia la salida, pero antes de cerrar la puerta tras de

sí, el último de los soldados dijo al oficial:

—¡Tómese el tiempo que guste, Obersturmführer!

Conteniendo la respiración, Ilya observó desde su escondite al SS que se había

acercado lentamente a Sonia, da hija de la casa.

—Me gustas mucho, chiquita... —empezó a decir—. Lo siento pero no puedo

perder mucho tiempo contigo... Y eso que me gustaría enormemente. Así que

empieza a quitarte los trapos... ¡y corriendo!

Pegada a la pared, la chica le miraba con espanto en sus ojos de un azul muy

puro.

El hombre la miró y dejó transcurrir tranquilamente unos pocos minutos.

Luego, con voz aguijoneada por la impaciencia:

—¡¡Desnúdate, idiota! ¿O prefieres que ordene a mis hombres que disparen un

tiro en la nuca a tus viejos?

La joven comprendió la amenaza y empezó a desnudarse. Desabotonó la blusa;

bajo ella, los senos agresivos, completamente libres de trabas, apuntaron hacia el

hombre.

El alemán tragó saliva con dificultad.

La rusa dejó caer su larga falda. Unas piernas ahusadas se dibujaron a través del

tejido semi-transparente del camisón. Las líneas del slip señalaba unas caderas

bastante fuertes.

El nazi empezó a respirar entrecortadamente.

Desde su escondite, Ilya sentía que el sudor le recorría la espalda. Un gusto

amargo le subió a la boca.

El SS empezó a desvestirse. Había dejado la pistola sobre la mesa, y se quitó

rápidamente la chaqueta, después de lo cual se sentó para desatarse las altas botas.

—¡Eres hermosa! —dijo a la joven con una voz ronca.

Se desprendió de una bota, y luego de la otra. Levantándose, dejó caer su

pantalón. Hizo lo mismo con la camiseta y> con el calzoncillo.

Completamente desnudo se dirigió hacia la chica que conservaba su largo

camisón.

El alemán tenía un buen tipo; unos músculos poderosos se asomaban a la piel

que el sol y el aire habían bronceado. Sólo llevaba su placa de matriculación

alrededor del cuello. Ilya vio también, en el pecho amplio del nazi, un tatuaje que

representaba una gran cruz gamada.

—Quítate eso...

La joven tuvo que inclinarse para recoger el camisón y quitárselo por la cabeza.

De pronto apareció, magníficamente desnuda, estremeciéndose, ofreciendo un

espectáculo de peregrina belleza.

El hombre la observó largo rato, maravillado. Con la boca ligeramente

entreabierta, paseó una mirada lúbrica por el cuerpo de la joven rusa.

Finalmente tendió una mano, la izquierda. Lo hizo con lentitud, como los

ciegos cuando tantean delante de ellos, Los dedos del alemán rozaron uno de los

senos; luego, bruscamente, apretaron el pezón esbozando al mismo tiempo un rápido

movimiento de torsión.

La chica gritó.

Pero el nazi estaba lanzado. Avanzó más y la golpeó. Salvajemente, en el pecho.

Sonia aulló.

En el granero, Ilya se mordió los labios hasta sentir en la boca él gusto dulzón

de la sangre.

«¡Tienes que matar a ese cerdo! —se dijo— ¡Mátale»

Pero el sentido común se salió con la suya. ¡Por nada del mundo podía

permitirse estropear aquella misión de la que dependían tantas cosas!

Sin embargo, no podía dejar de mirar la escena que se desarrollaba debajo de él.

El alemán siguió golpeando a la chica. Parecía sentir gran placer, y Tumeriev

dedujo que debía tratarse sin duda de un vicioso del tipo sádico que no gozaba sino

haciendo sufrir a su compañera.

Sonia terminó por caer de rodillas. Intentaba inútilmente protegerse con los

brazos. Inclinado sobre su víctima, el SS escogía el Jugar donde debía golpear, y lo

hacía cada vez con mayor violencia.

De pronto ocurrió algo inesperado.

Enloquecida por el dolor, 3a joven rusa devolvió un golpe» y luego otro.

Encantado, el alemán retrocedió, con una sonrisa de felicidad en sus gruesos labios.

No la golpeaba más, limitándose a gritarle que lo hiciera ella, más de prisa, más

fuerte.

En su magnífica desnudez, la rusa, con su cuerpo marcado por los golpes

recibidos, se metamorfoseó en una diosa vengativa. Golpeó al hombre y con sus uñas

labró el pecho ancho, arañando la imagen odiada de la cruz gamada, como si

también quisiera mostrar su repugnancia hacia aquel símbolo de desgracia que

amenazaba a su pueblo...

Ilya no pudo por menos de sonreír. El cambio brusco que había tomado la

situación le divertía. De haber podido habría bajando a gusto para ayudar a Sonia a

golpear el rostro abyecto de aquel vicioso asqueroso.

Un grito atrajo su atención hacia lo que pasaba en la isba.

Bruscamente, alcanzando el colmo de la excitación, el SS se había echado

encima de la rusa. La empujó hasta la gran cama familiar y cayó pesadamente sobre

la joven.

Cuando minutos más tarde el ruso escuchó con claridad los suspiros de la joven,

sintió que la bilis le subía a la boca y tuvo que hacer un esfuerzo terrible para no

vomitar.

CAPÍTULO II

—Nos vamos dentro de dos horas, Obergruppenführer. Todos los preparativos

están listos. Al llegar encontrará todo en perfecto orden.

Konrad von Sleiter asintió con la cabeza. No podía responder porque tenía la

boca llena. ¡El salmón ahumado que el Unterscharführer Hammers había preparado

era realmente delicioso! Le felicitaría luego. Por el momento miró al coronel-SS

Erwin Teiseen que seguía hablando.

—A la cabeza he enviado los vehículos blindados. No es que crea en un peligro

allí. Pero creo haber actuado correctamente...

«¡Qué tipo más pesado!», se dijo Konrad von Sleiter tendiendo la mano hacia la

copa donde centelleaba un vino dorado como ámbar,

—La división ocupará puntos estratégicos en la gran llanura ucraniana —

prosiguió el coronel con su voz doctoral—. Sin embargo, dos batallones serán

destinados a Kiev, uno de ellos asegurará el servicio de guardia y de seguridad en los

alrededores del palacio donde va a instalarse el gobernador...

—¿Se sabe ya la identidad de ese gobernador? —le preguntó el general-SS.

—¡Todavía no! Pero puede contar con mis hombres. Dentro de unas horas todo

estará listo, y en cuanto llegue usted a Kiev...

Sin poder aguantar más y temiendo que el coronel le repitiera lo que ya le había

dicho diez veces, Konrad le cortó secamente con un gesto de su mano gordezuela.

—¡Usted merece toda mi confianza, ya lo sabe, mi querido Erwin! ¡Vaya

tranquilo! Sé muy bien que es como si mandara mis propias tropas. ¡Le quieren y le

obedecen ciegamente! ¡Buen trabajo, coronel!

Erwin Teissen se levantó, enrojecido de gozo, mientras su orgullo aceleraba los

latidos de su corazón. Lanzó un suspiro de satisfacción y luego levantó el brazo

derecho:

—Heil Hitler!

— Heil! —respondió él jefe de la división, con un suspiro de alivio.

Una vez que Teissen se fue, Konrad dirigió un gesto al Sturmann que servía la

mesa. El SS volvió a llenar la copa de vino dorado.

—¡Póngame en contacto con el Hauptsturmführer Niedenhoff, muchacho!

— Jawohl!

Minutos más tarde, Hugo Niedenhoff penetraba en la pieza. Detrás de la mesa,

una ventana amplia daba al Vístula, del que la Kommandantur estaba separada por

una zona verde donde florecían unos pocos árboles.

El capitán-SS Hugo Niedenhoff era un hombre alto, muy apuesto: rasgos

agradables, nariz aquilina, boca sensual y pelo color miel tan rizado que se veía

obligado a cortarlo muy corto para no parecer mía chica.

Konrad conocía perfectamente la historia de Hugo.

Se decía que había ejercido como proxeneta en el barrio recóndito de

Hamburgo. Su dureza con las mujeres que trabajaban para él le había valido el apodo

de «Messer» —el cuchillo— porque marcaba con la hoja a las que se apartaban un

solo milímetro de su camino.

También se decía que poco antes de su entrada en el NSDAP —El Partido

Nacional-Socialista Alemán— fue sorprendido en fragante delito de pederastia.

Había pasado dos meses en prisión, pero había salido sin más contratiempos. Por lo

que parecía, su «amigo» era jefe de distrito de las SA, y eso lo había arreglado todo.

Sin embargo, el SA no quiso volver a jugar con fuego y envió a su protegido a las

SS.

A pesar de todo el jefe de la división admiraba al apuesto oficial. Cuando se

trataba de «mujeres», Hugo demostraba rápidamente y sin pegas un profundo

conocimiento profesional del asunto.

Desde la entrada de los alemanes en Varsovia, fue él quien organizó a las mil

maravillas las «casas de soldados», tanto las reservadas a la tropa como aquellas en

que no se podía entrar, a menos de tener el grado de suboficial.

Lo mismo ocurría con las fiestas que se organizaban en la Kommandantur, y el

Obergruppenführer se preguntaba, no sin admiración, de dónde sacaba Hugo unas

chicas tan sensacionales, en un país en el que las mujeres se habían convertido,

desde 1939, en la presa fácil y preferida de todos los ejércitos, desde los soldados de

la Wehrmacht hasta los Feldgendarmes de collar de perro colgándoles del cuello.

—¿Quiere probar este salmón? —le preguntó el jefe de división, invitándole a

sentarse a la mesa.

—Gracias, pero no tengo apetito-respondió el otro con amabilidad—. La verdad

es que he cenado pronto hoy... Creí que íbamos a ponemos en marcha en seguida...

—¡No tan de prisa, querido amigo! —rió Von Sleiter—. El grueso de la

división sale esta noche, es cierto... pero nosotros no. Precisamente pensaba que una

fiesta de despedida no nos vendría mal...

—¿Esta noche? —inquirió Hugo, cuyas cejas pintadas como las de las mujeres

se alzaron.

—¿No es posible?

—No hay nada imposible, y usted lo sabe muy bien —respondió el capitán-SS

con un ligero encogimiento de hombros—. Todo depende de lo que haya pensado...

Konrad no respondió en seguida. Guiñó los ojos y se pasó la punta de la lengua

por los labios. Era muy alto, casi medía un metro noventa, pero empezaba a

engordar, y cuando estaba en cueros, exhibía alrededor de las caderas un rodete

abultado y grasiento, grande como una boya de salvamento. También sus senos eran

enormes, y le caían, mostrando en los lados cientos de arrugas en una piel blanca y

enfermiza.

Su cabeza cuadrada era clásicamente prusiana. Cejas espesas, barbicanas como

el pelo cortado muy corto y que limitaba una frente estrecha. La nariz ligeramente

ancha, dominando una boca golosa de labios espesos y eternamente respingados, lo

que le proporcionaba un aspecto gesticulador y desagradable.

Había pensado mucho en aquella última velada pasada en Varsovia, la ciudad

en la que vivía desde octubre de 1939, dueño absoluto de las tropas de ocupación tras

la égida de Gobernador General...

Ahora que los ejércitos del Reich se dirigían victoriosamente hacia Moscú, a

donde llegarían sin duda alguna antes del fin de año, he aquí que el Reichführer le

confiaba una de las regiones más ricas de aquel país inmenso que iba a convertirse

fatalmente en «la colonia alemana más grande del mundo».

Una región sumamente próspera, no sólo por su agricultura,, sino también por

su industria...

Durante un momento, el Obergruppenführer apartó sus pensamientos del reino

imaginario que tanto le complacía y pensó en el documento que Berlín le había

enviado, lleno de consejos e instrucciones.

Pero puesto que había sabido ordeñar a la Polonia alemana» vaciándola

materialmente de su jugo, en hombres, en mujeres, en esfuerzo y en producción, no

temía absolutamente nada de lo» que concernía a su futuro.

—Creo que voy a aceptarle ese vino...

La voz melodiosa del Hauptsturmführer obligó a Konrad a regresar del mundo

de sueños en el que se había perdido momentáneamente. Hizo un gesto al Sturmann

que se apresuró a llenar las copas.

—Dispénseme, Niedenhoff —sonrió Von Sleiter—. Estaba distraído.

—Me he dado cuenta, mi general.

—¡Bueno! Cate este vino. Viene directamente de nuestra querida Mosela... En

cuanto al salmón ahumado, tiene gracia pensar que es al coronel ruso, a ese gran

bruto de Volinsky, que— recordará... a quien se lo debemos.

—Sí. Vino a devolvernos la visita que le hicimos en mayo...

—¡Exacto! ¡Un poco más y no regresa! —rió Von Sleiter— Es tan idiota que no

se apercibió que las carreteras próximas a la frontera entre las dos Polonias estaban

atiborradas de tropas y de material...

Vació la copa, dejándola sobre el mantel de una blancura de nieve.

—Es él quien me trajo este salmón y también un poco de caviar. ¡Estoy seguro

que a estas horas lamenta no haber envenenado lo uno y lo otro!

Se rieron durante un momento; luego, todavía riente, el jefe de la división

enfocó al oficial con la mirada húmeda de sus ojos porcinos.

—¿Ha perdido la pista de ese marimacho...? Sakramen! No consigo recordar su

nombre...

—Amia Walewsky —dijo el oficial, saliendo en ayuda de su superior.

—¡Eso es! ¡Anna Walewsky! Himmélgot! ¡Vaya número, la pájara! ¿Por dónde

anda ahora?

—¿No lo sabe? —se sorprendió Hugo—. Pero si fue usted quien me ordenó que

la pusiera a la cabeza de una casa para oficiales... aquí mismo, en Varsovia.

—¡Es cierto! Si seré tonto... ¡Diablo! ¡Lo que me divirtió aquella noche! Estaba

aquella polaca chiquita, aquella mosquita muerta que no quería venirse conmigo...

¡Y entonces Anna le dio una soba de órdago! ¡Se lo juro, Niedenhoff! Hasta entonces

nunca había visto a una mujer golpear a otra con tanta saña...

—Sí, lo recuerdo. A punto estuvo de matar a la chica...

— Bitte! ¡No! Supo detenerse a tiempo. Y la chica aprendió bien la lección.

Hice con ella lo que quise... ¡se tomó obediente como un perro amaestrado!

Encendió un cigarrillo, sin molestarse en ofrecer otro a su interlocutor. Sabía

que Hugo no fumaba.

—Estaba pensando que Anna podría venir esta noche...

—Seguro que vendrá —replicó el capitán frunciendo las cejas—. Pero es que

usted...

—¡No estoy loco, muchacho! ¡Esa salvaje me mataría! Nein! Escuche... Voy a

explicarle lo que quisiera ver antes de abandonar esta puñetera ciudad...

Se inclinó sobre la mesa y se lió a hablar.

* * *

Ilya Tumeriev cerró los ojos. Y los puños. Hasta que las junturas de los dedos

emblanquecieron. También apretó los dientes. Todo su cuerpo, contraído, se había

convertido en un bloque sólido. Recogido sobre sí mismo, impedía que la cólera le

filtrara por los poros...

Así se quedó largo rato, quieto, inmóvil, irguiendo entre la realidad de lo que

ocurría abajo y su propio espíritu una barrera de odio que corría por sus venas como

lava ardiente.

Poco a poco, a pesar de la actitud defensiva que había adoptado, escuchó unos

ruidos, y dedujo que el alemán se vestía, satisfecho ya de su deseo.

Una vez más Ilya se preguntó si no debía matar al nazi. El odio que

experimentaba le empujaba a la violencia, pero de nuevo se impuso él sentido

común, y se dijo que seria una locura atacar al «SS», teniendo en cuenta que los

otros le esperaban afuera.

Movido por la curiosidad se arrastró hacia el tragaluz que iluminaba el granero;

el cristal estaba tan sucio que el ruso se vio obligado a pegar el rostro contra el

vidrio. Entonces vio a los soldados SS que se encontraban al otro lado de la calle,

junto al viejo y a la mamuska, apoyados éstos al muro de la casa de enfrente.

Abajo restalló la puerta y el ruso no tardó en distinguir la alta silueta del oficial

que atravesaba la calle. Sus botas, relucientes como espejos, hacían crujir la grava de

la calzada.

El hombre marchaba hinchado como un pavo, e Ilya comprendió que debía

sentirse satisfecho de su aventura con la joven rusa. Cuando atravesó la calle,

Tumeriev oyó reír a carcajadas a los alemanes, uno de ellos golpeándose los muslos

con las manos.

«Sin duda que ese cerdo está contándoles el asunto con todos los detalles...» se

dijo el joven teniente.

De pronto el oficial tendió el brazo hacia los dos viejos rusos. Sus hombres

asintieron con la cabeza, y antes de que Ilya comprendiera lo que tramaban, una

ráfaga reventó el silencio y los dos ancianos se deslizaron lentamente a lo largo del

muro, mientras que una mancha roja se formaba a sus pies.

Todo pasó tan rápidamente que cuando Tumeriev se apercibió de la

monstruosidad de la que había sido testigo, el grupo de SS se alejaba al fondo de la

calle con paso acompasado, con el oficial a su cabeza.

Un gran cansancio se apoderó del ruso.

Se quedó un largo rato inmóvil, con el rostro pegado al vidrio sucio que le

proporcionaba una imagen difuminada desde el exterior.

Luego, lentamente, retrocedió, arrastrándose, rozando con la cabeza el techo

indinado. Al llegar junto a la trampilla, agarró el anillo y lo levantó con gesto

brusco.

El viejo había retirado la escalera, pero la altura no dio miedo a Ilya que, tras

breve vacilación, apoyó las manos en los bordes de la obertura por donde introdujo

el cuerpo, y luego soltó la presa, encogiéndose al atravesar el espacio como un rayo

para aterrizar con las piernas replegadas, sin hacerse daño.

Incorporándose, lanzó un suspiro que intentaba alejar las ideas que incendiaban

su espíritu. Fue entonces cuando vio a la joven en pie junto a la gran cama familiar

en donde había sido forzada.

La penumbra que reinaba en el fondo de la sala ocultaba al ruso gran parte de

Sonia, de la que sólo apercibía el rostro, iluminado por los haces luminosos del sol

que penetraban a través de la ventana.

La miró sin interés, dando vueltas todavía en su alma al re— cuerpo de los

suspiros de satisfacción que había lanzado. Le importaba poco la chica, convencido

de que la olvidaría por completo en cuanto atravesara la puerta...

Pero cuando se disponía a salir, ella avanzó hacia él, saliendo de la zona de

sombra y entrando en la iluminada, donde él la podía ver perfectamente.

La mano del ruso se inmovilizó a medio camino, entre ella y el pomo de la

puerta; se tensaron sus músculos y se quedó estupefacto, con la boca llena

bruscamente de una saliva espesa que intentaba tragar en vano.

Completamente desnuda permaneció delante de él, con los brazos ligeramente

abiertos, en una actitud de ofrecimiento que sublevó al oficial soviético.

Prohibiéndose a rajatabla el deseo de contemplarla, se fijó únicamente en su

rostro, y fue entonces cuando observó, no sin admiración, el profundo cambio que se

había operado en ella.

Estaba claro que no era la misma chica del principio, sentaba junto al fuego,

humilde, tan joven que no le había llamado la atención. Ahora, tuvo que

confesárselo, se habría dicho que había cambiado de una manera sorprendente, y

tuvo que convencerse que la mujer que tenía ante sí era otra.

Una sorprendente madurez proporcionaba a su rostro una expresión maliciosa, y

en el fondo de los ojos había un brillo que no podía engañar a un hambre como

Tumeriev.

Sólo entonces, acaso para escapar a aquella mirada que buscaba la suya sin

vergüenza, Ilya bajó los ojos y pudo contemplar el cuerpo de la joven.

Una hora antes, mientras charlaba con el viejo ruso, le habría dado doce o trece

años como más. Ahora, aunque parcialmente esbozado, el cuerpo que miraba con

ojos ávidos podría ser el de una chica de dieciocho años.

La joven dio otro paso hacia él.

Con los brazos ligeramente apartados se ofrecía sin la menor sombra de pudor.

El cuerpo era esbelto, de caderas apenas dibujadas, un vientre liso y pequeños

senos de puntas agresivas y un ligero vello ensombreciendo el pubis.

«¡Pero... si no es más que una niña!», pensó Ilya apartando la mirada con

rapidez.

Agarró con fuerza el pomo de la puerta.

—Tovarich!

Se inmovilizó, pero sin volverse. Se encontraba a disgusto y hubiera querido

encontrar el valor suficiente como para huir rápidamente de la isba.

—Tovarich!

Se volvió, a medias, lanzando una mirada furiosa a la joven, preguntó con voz

áspera:

—¿Qué quieres? Han fusilado a tus padres, pero no puedo quedarme para

ayudarte a enterrarlos... Ya lo hará la gente del pueblo...

La chica se encogió de hombros, y luego se estremeció y sus pequeños senos se

irguieron más, las aureolas más oscuras que nunca, parecidas a pequeñas fresas.

—¡Mis viejos me importan un comino! —dijo con voz sosegada, pero luego el

tono cambió, adquiriendo inflexiones cálidas—: ¡Ven conmigo, camarada!

—¡Estás loca!

Ella no prestó atención a la ofensa, ofreciendo una sonrisa animadora en sus

labios jugosos.

—¡Ven conmigo! —insistió con voz zalamera—. ¡Hagamos el amor! ¡No sabía

que era tan agradable...!

Tumeriev se estremeció. Un gusto amargo le subió a la boca y todo su deseo —

que sólo un penoso esfuerzo había rechazado al fondo de su consciencia—

desapareció.

Miró con asco a la joven. Ahora la veía con frialdad, con calma, como quien

contempla una perra en celo. Más aún, adivinaba en lo que iba a convertirse,

ofreciéndose al primer venido, con su deseo violentamente despierto, nunca

satisfecho.

Abrió la puerta sin dejar de mirarla fríamente. Luego lanzó con voz sorda:

— Suina! [2]

Viéndole decidido a partir, la chica olvidó toda reserva y se le echó en los

brazos. El hombre tuvo que sostenerla para no perder el equilibrio. A través de la

tela del uniforme sintió la presión de sus senos mientras los largos brazos de la chica

le rodeaban él cuello.

—¡No te vayas! ¡Te convertiré en el más feliz de 'los hombres. Ese sucio nazi

no me ha esperado... Sólo se ha preocupado de su placer... ¡Pero tú, camarada,

querido, tú puedes proporcionarme toda la felicidad que deseo! ¡No me abandones y

no lo lamentarás!

El hombre la rechazó con cierta rudeza.

—¡Déjame tranquilo, guarra! ¡Si tienes tantas ganas aguarda a que acudan otros

fascistas y tendrás tantos como quieras!

La chica le lanzó una mirada enfebrecida.

—¡No me dejes! ¡El deseo me vuelve loca! ¡Enloqueceré si te vas!

Ilya la observó durante un instante, compartido en el asco y la conmiseración.

Tenía ganas de marcharse cuanto antes. Mientras la joven estuvo pegada a él, había

oído el crujido de los papeles que debía entregar al comandante Pavlovich. La idea

del deber que tenía que llevar a cabo barrió sus últimas vacilaciones.

Abrió más la puerta y la franqueó, sin cerrarla. Una vez fuera envió una mirada

a los cadáveres de los viejos, y a continuación, rasando las paredes, se dirigió hacia

la otra extremidad de la calle.

La voz arisca de Sonía la alcanzó.

— Sbrod! [3] ¡Esta me la pagarás! ¡Te lo juro! ¡Marica! ¡Impotente! ¡Si un día

te encuentro te arrancaré los ojos! ¡Diré a los alemanes por donde te has ido y te

cogerán!

Convencido de que las palabras de la joven respondían al despecho, el teniente

esbozó una sonrisa. Pero si hubiera podido leer el futuro no se habría ido del pueblo

sin dejar otro cadáver en la calle...

CAPÍTULO III

Dulcemente amodorrado, el Obergruppenführer Konrad von Sleiter enarbolaba

una expresión de íntima satisfacción, apoyado su doble mentón en él pecho y un

hilillo de saliva escapando del labio inferior.

Silencioso, el Sturmann de servicio había quitado la mesa, pasado un

recogemigas por el mantel, alejándose luego, no sin echar una mirada divertida, en

la que traslucía un deje de odio, hacia el hombre gordo que roncaba ruidosamente.

Una hora más tarde, el ruido de frenos de un vehículo despertó a este último. Se

sobresaltó, abriendo los ojos todavía pesados por el sueño e intentó, como le sucedía

siempre, reconocer el lugar donde se encontraba.

Después de unas miradas vagas, hizo el inventario del comedor y suspiró de

gozo, recobrando la tranquilidad. Como de costumbre, cuando se dormía tras haber

comido, sufría espantosas pesadillas y al despertarse tardaba en ponerse al tanto de

la realidad circundante.

Incorporándose, eructó ruidosamente, buscando luego con sus manazas el vaso

de vino. La vista de la mesa vacía puso una lucecilla furiosa en su mirada.

—¡Sturmann! —gritó, enfurecido, inclinando ligeramente la cabeza hacia la

puerta del comedor.

El ordenanza apareció en la puerta, sumiso, con una expresión fatalista,

acostumbrado desde hacía tiempo a los movimientos de cólera de su superior.

—Ja, Obergruppenführer?

Sleiter le envió una mirada asesina.

—¡Te he dicho mil veces que quiero ver mi vaso lleno al despertar!

—¡Perdón! Pero creí, señor que iba a acostarse...

—¡Trae la botella, imbécil!

Y el Sturmann desapareció.

—¡Empieza a hartarme ese cretino! Uno de estos días va a encontrarse con un

fusil en las manos en cualquier parte del frente...

—Su vino.

El ordenanza acababa de dejar el vaso en la mesa, escanciando generosamente

el vino dorado.

Konrad vació el vaso de un trago, y el otro volvió a llenarlo. Un ruido de pasos

llegó hasta ellos procedentes de la planta baja. Segundos más tarde, enarbolando una

sonrisa de triunfo, el Hauptsturmführer Hugo Niedenhoff penetraba en la pieza. A la

vista de su colaborador —mejor sería decir su proveedor—, el rostro de Konrad se

iluminó.

—¿Y bien? —preguntó acercando el vaso a sus labios que la curiosidad hacía

temblar.

—¡Todo arreglado, Von Sleiter! He seguido sus instrucciones al pie de la letra...

—¿Y la muy burra?

—Está aquí. Y también los seis tipos. Les he explicado el asunto. Los Ruskis se

han carcajeado, seguros de salir victoriosos de la prueba...

—¿Y la mujer?

—¡Ya sabe usted cómo es, Herr Obergruppenführer! ¡Esa polaca es única! Se

rió como una loca cuando le expliqué el plan de usted, y me preguntó por qué

habíamos escogido seis hombres solamente...

—¡No!

—Sí, es lo que dijo, y le juro que era sincera... Pero puede que exagere su

resistencia... Ya se dará cuenta cuando vea usted los hombrones que he seleccionado

entre los prisioneros.

Von Sleiter se frotó las manos.

—¡Magnífico, amigo mío! Ardo en deseos de asistir al espectáculo... ¿Dónde

tendrá lugar? ¿Aquí?

—No. No es prudente, Herr Obergruppenführer. He pensado que el sótano,

iluminado como lo está, iría mucho mejor. ¿No es también esa vuestra opinión?

Konrad retiró su asiento, pero no consiguió desaposentarse. El Sturmann acudió

y le ayudó, junto a Hugo, a la penosa maniobra.

—¡Vamos allá! —dijo el obeso, echando a andar hacia la puerta.

* * *

—¡ Oh, mierda! ¡La guaira! ¡La asquerosa!

Con los nervios a flor de piel, el teniente Tumeriev prestaba menos atención al

peligro que le amenazaba por todas partes que si aquella especie de irritación que le

ponía, incluso entonces, la carne de gallina.

Después de haber abandonado la calle principal, Ilya tomó una calleja estrecha,

bordeada de muros sin puertas ni ventanas que, una vez atravesada, desembocaba en

pleno campo, con la mancha verde y tranquilizadora del bosque a menos de cien

metros.

Se introdujo por un camino, todavía turbado por los acontecimientos a los que

había asistido en el pueblo.

—¡Pero bueno, tú no eres precisamente un monaguillo! —silbó entre dientes—.

Contando ésta ya con dos las guerras... ¡de modo, so idiota, que no deberías

sorprenderte de nada!

Pero a pesar de sus razonamientos, el malestar persistía. Era, se decía, como un

gusto anticipado de que aquella guerra sería más monstruosa que la guerra civil de

España, más cruel todavía...

Le había sorprendido desagradablemente la furia con que los nazis se habían

liado a matar y a violar, y se preguntó, no sin un deje de angustia, si aquella

incomprensible táctica no estaba dictada por Berlín para marcar así el frente del Este

con una violencia y una ferocidad intencionada!

Los alemanes no se habían mostrado tan despiadados durante las campañas del

Oeste, y si Holanda, Bélgica y Francia habían conocido el terror de la guerra, no

habían aplicado allí, como en Rusia, una política inhumana.

Como no hacía mucho en España, pensó, los fascistas querían sembrar el odio,

y como allí, la reacción del pueblo ruso sería terrible: ¡cuanto más violen, cuanto

más maten, más fuerte, dura e implacable será la venganza!

Apresuró el paso. Un zumbido ensordecido le llegó desde el cielo. Segundos

más tarde, con un rugido espantoso, un grupo de aviones alemanes pasó sobre los

árboles, cuyos hojas se agitaron como mariposas asustadas.

* * *

—¿Dónde está ella?

Hugo sonrió.

—Está ahí dentro, señor. Preparándose...

—¿Y los hombres?

—En la otra sala. ¿Quiere que los haga venir?

—No, antes prefiero ver a Anna...

—Aquí llega, mi general.

Konrad se volvió prestamente hacia la puerta situada a la derecha del sótano

espacioso. Al ver aparecer a la mujer, no pudo por menos de manifestar su

entusiasmo y lanzó un silbido de admiración.

— Himmelgott! —exclamó.

Anna Walewsky avanzó hacia la zona iluminada. Al principio, la mirada del SS

se clavó en sus senos enormes, gruesos como melones, estribados por venitas azules,

colgando sobre el vientre, descansando sobre él, con pezones del tamaño del pulgar,

en el centro de círculos de un color de tinta oscura.

El vientre prominente, agresivo, con un ombligo deformado y torcido como un

higo seco ofrecía el aspecto de un balón hinchado, y ocultaba en su parte inferior el

bajo vientre, atrapado entre muslos monstruosos.

Los enormes brazos se terminaban en manos pequeñas como las de un niño. La

mano derecha se cerraba sobre un garrote nudoso y largo.

Anna se acercó con timidez a los SS. Se había pintado su rostro de vieja

prostituta, y su aspecto canalla se adivinaba a través del colorete con que se había

compuesto. En el centro de las manchas oscuras del polvo para las pestañas, se

agitaban los ojos como bestias inquietas.

Observando el cuerpo reluciente de la arpía, el Obergruppenführer preguntó a

su compañero:

—¿Qué se ha puesto en la piel?

—Se ha cubierto de grasa. Es lo menos que podíamos concederle. No olvide que

los tipos son muy fuertes... y que además saben lo que les espera si no hacen lo que

se les manda...

Konrad asintió, riendo. Lanzó una mirada amistosa a la masa de carne.

—Quieres ganar esos mil marcos, ¿no es cierto, Anna?

—¡Es como si ya los tuviera en el bolsillo, mein Herr! —respondió ella sin

pestañear.

La mirada lasciva y viciosa de la mujer hizo retroceder al SS que no pudo por

menos de estremecerse. Recordó la última vez en que vio a Anna liarse a palos con

una joven prostituta y sintió la mano helada del miedo que le corría por la espalda.

— Gut! También yo deseo que ganes... ¡Niedenhoff!

—Ja!

—Que entren los hombres. Quiero hablarles antes de que empiece la fiesta...

Tú, mujer, regresa a la sala...

Escoltados por dos Sturmann, seis hombres, en cueros, ocultando sus sexos con

las manos, fueron a colocarse delante de los SS. Su timidez y su pudor hicieron

sonreír a Konrad, que recordaba la desenvoltura de Anna.

Los examinó. Habían sido seleccionados entre los detenidos de la prisión de

Varsovia.

—Esos cuatro de ahí —explicó el Hauptsturmführer— son polacos. Este —

añadió, indicando con el dedo un joven de rostro brutal —es letón, y el último ruso...

—¿Por qué los encerraron?

—Violación, violencia contra las campesinas... El ruso ha matado a otro

detenido, en el campo donde se encontraba con los prisioneros de guerra. Esperaba el

juicio... ¡y seguramente deberíamos colgarle!

—¡No pierde nada por esperar! —bromeó Von Sleiter, que añadió tras un corto

silencio—. ¿Les ha explicado el asunto?

— Ja. Saben que van a entrar ahí, uno por uno y que deben intentar poseer a la

gorda Anna. El que consiga derribarla recobrará la libertad... Los vencidos serán

colgados mañana por la mañana.

—¡Magnífico! Que se vayan todos menos el primero... ¿Quién empieza, Hugo?

—Podemos empezar por los polacos, si no ve inconveniente...

—De acuerdo.

Hugo se dirigió a uno de los hombres que asintió con la cabeza sin demasiado

entusiasmo. Escoltados por los SS, los otros se retiraron,

Al fondo del sótano habían instalado una mesa, detrás de la cual se encontraba

el Obergruppenführer. Su ordenanza no tardó en descender del piso, acarreando una

gran bandeja llena de golosinas y de una botella de vino dorado, junto con dos copas.

Apenas acababa de dejar sobre la mesa los platillos, los vasos y la botella que la

puerta se abrió y la masa enorme de Anna Walewsky apareció.

Espantado, el polaco retrocedió. Los alemanes de la prisión le habían hablado

de una mujer, pero al ver a ésta, dilatando los ojos, se dijo que nunca habría

adivinado la realidad, porque le costaba concebir que semejantes criaturas pudieron

existir.

Viéndola avanzar hacia él, observándola con espanto, el polaco se preguntó qué

venía a hacer aquel garrote que ella empuñaba con su brazo monstruoso, más grueso

que el muslo del— hombre más fuerte...

Supo, con un escalofrío, que nunca podría vencer a aquella, masa de carne fofa,

y que perecería si la mujer le estrujaba entre sus brazos.

—¡Qué! —le gritó ella en polaco—. ¿A qué esperas, querido? ¡Soy toda tuya!

El hombre retrocedió más, hasta que su espalda fue a chocar contra el muro

húmedo del sótano. Lanzó una mirada desamparada a los dos SS que se encontraban

junto a la puerta por la que había salido aquella visión de espanto.

Detrás de la mesa, con la boca llena de dulces, Konrad von Sleiter emitió un

gruñido desaprobador.

—¡Ese pobre imbécil tiene miedo! ¿Son éstos los tiarros de los que me hablaba,

Hauptsturmführer?

Bruno ocultó su aprensión detrás de una sonrisa hipócrita...

—¡Lo he hecho adrede, Von Sleiter! —murmuró inclinándose hacia Konrad—.

Para empezar he escogido al más débil de los polacos... ¡así servirá de entremés a

Anna!

— Gut! —eructó el otro—. ¡Pero que empiecen ya, mierda! ¡Haga algo!

¡Empiezo a aburrirme!

La voz de Bruno restalló como un látigo de cuero:

—¡Reisner! —lanzó a uno de los SS que se encontraban junto a la puerta—.

¡Muestra la cuerda a ese cerdo!

El Sturmann levantó la cuerda por encima de su cabeza, haciéndola voltear

como un lazo.

—¡Mira esto, idiota! —gritó entonces Bruno observando al polaco—. Si no

quieres sentirla alrededor del cuello, ve a por la mujer... ¡es tuya!

Una luz alocada brincó en los ojos del desgraciado. Y de sopetón saltó sobre

Anna.

Sin turbarse la mujerona se plantó sobre sus piernas enormes, blandió el garrote

y detuvo el ataque del hombre propinándole un golpe formidable en la cabeza. Se

escuchó un siniestro crujido y el polaco, bruscamente detenido en su carrera, se

desmoronó sobre el suelo, agitándose unos instantes antes de inmovilizarse

definitivamente.

Con una cruel sonrisa en la boca, Anna se volvió hacia la mesa.

—¡A éste no vale la pena colgarle!

El rostro de Konrad se ensombreció. Lanzó a Niedenhoff una mirada en la que

resplandecía la cólera.

—¡Estoy harto de esta comedia! —gruñó—. ¡Voy a largarme inmediatamente!

—¡Oh, no, señor! ¡Espere un segundo! —y bajando la voz—. Le aseguro que las

cosas van a cambiar... Voy a hacer venir al ruso y verá como será diferente...

Konrad asintió, molesto.

—De acuerdo —gruñó—, pero espero que no sea la misma historia.

El ruso entró.

Era alto, de constitución vigorosa. Una pelambrera negra que recubría su cuerpo

casi por entero le proporcionaba el aspecto de mi oso.

Lanzó una breve mirada al cadáver del polaco y luego sus ojos atentos se

fijaron en la enorme mujer. Espero unos segundos, con los puños apretados, mientras

Anna se acercaba lentamente a él, paseando su monstruosa anatomía.

—¡Este tipo me gusta! —dijo, empleando un alemán bastante correcto—. Me

gusta de verdad... ¡pero no tengo ni para empezar, como con el otro desgraciado!

Entonces abrió los brazos, sin soltar el garrote, y gritó al ruso:

—¡Acércate, hermoso! Antes de aplastarle contra mis tetas te besaré en la

boca... Ya verás, es lo mejor que has conocido en tu vida... ¡Muchos hombres se han

peleado a muerte por un beso de Anna Walewsky!

El ruso no dijo nada, inmóvil como una estatua. Sin embargo, se le adivinaba en

tensión, formando un bloque sólido. Ciertas zonas de su cuerpo velloso se

ensombrecieron más, marcando los lugares donde los músculos poderosos se tendían

como la cuerda de un arco.

—¿También tú tienes miedo? —bromeó la gorda Anna—. ¡No! No tienes

miedo, lo siento... ¡Tú eres un macho de verdad! ¡Ven!

Fue en ese momento cuando el ruso dio un paso hacia adelante. Anna se

inmovilizó y, engañada acerca de las intenciones del hombre, avanzó su brazo

armado.

La pierna izquierda del ruso se tendió como un resorte. Un pie nudoso de dedos

gruesos y armados de uñas largas y sucias golpeó con violencia la mano de la mujer.

Esta creyó durante un momento que había sido arañada por una bestia feroz. Un grito

le escapó de la boca que el dolor convirtió en una repugnante mueca, y el garrote se

le escapó de la mano que chorreaba sangre.

—¡Cerdo!

Pero el ruso no se picó por el insulto. Saltó, esta vez con decisión, sobre el

cuerpo enorme de la mujer. El choque fue tan violento que Anna, después de intentar

retroceder inútilmente, aterrizó sobre sus gruesos muslos, con el hombre pegado a su

cuerpo.

Alocada, la mujer golpeaba con los puños la cabeza y la espalda del ruso que

había conseguido pasar una mano detrás de la nuca de la alcahueta.

—¡Formidable! ¡Fantástico! —gritó Konrad que hasta olvidó su comida—. ¡Ese

tipo va a vencerla! ¡Adelante! ¡Ya es tuya!

No era tan fácil como él pensaba.

A base de monstruosos golpes de riñones, Anna hacía saltar al hombre que

estaba sobre ella. El ruso saltaba como un cowboy en pleno rodeo. Afortunadamente

su mano derecha había hecho presa detrás de la nuca de la mujer, pero el resto del

cuerpo se desprendía brutalmente del de la polaca que no dejaba de golpearle,

martilleándole la cabeza y el cuello con golpes rápidos.

Repentinamente se agitó con formidable fuerza, girando sobre ella misma de tal

modo que se situó encima.

Un silbido agudo llegó hasta Konrad.

—¡Maravillosa mujer! ¡Fíjate; Hugo! ¡Va a aplastarle con todo su peso!

En efecto, el cuerpo del hombre había desaparecido por completo bajo la masa

enorme de carne fofa. Sólo se veía a la mujer: sus brazos, sus senos, sus muslos que

parecían desparramarse por el suelo del sótano.

Sólo el puño derecho del ruso seguía pegado a la nuca de Anna. Pero nadie

prestó atención a aquel detalle. De repente un grito salvaje restalló en el silencio del

sótano. Un grito terrible que heló la sangre en las venas de los dos oficiales de las

SS.

— Sakrament! —juró el Obergruppenführer, levantándose.

Acababa de ver el gran charco de sangre que escapaba por la nuca de la polaca.

El ruso, luchando desesperadamente para salir de debajo del cuerpo gelatinoso, había

liberado la mano y los dos SS miraron con incredulidad el pequeño objeto hundido

en el cuello de la mujer.

—¡Ve a ver! —gritó Konrad.

Nidenhoff se precipitó hacia Anna. El ruso había conseguido empujar hacia un

lado la masa pesada de la polaca. Se levantó, jadeando, con los ojos desorbitados. La

mano derecha llena de sangre.

Hugo se inclinó y consideró durante un momento el objeto que había causado la

muerte de la prostituta. Sin embargo no se atrevió a tocarlo.

—¡Es una cuchara! —anunció, irguiéndose—. ¡Una cuchara afilada como un

cuchillo!

—¡Perro sarnoso! —aulló Konrad enviando una mirada llena de odio al ruso—.

¡Te habían dicho que debías venir con las manos vacías!

—No le entiende, Von Steiler —intervino Niedenhoff que no deseaba que la

culpa recayera sobre sus espaldas.

Y añadió con tono meloso:

—Le ha divertido la muy bestia, ¿no es cierto? ¡Yo tengo todavía la carne de

gallina!

La cólera de Konrad se esfumó y saltó una risa histérica.

—¡Es verdad! ¡Me he divertido como un loco! ¡Además, que sin la cuchara, no

sé cómo el ruso hubiera podido con esa ballena! ¡Diablos! ¡Cuando le cayó encima

creí que no saldría vivo!

Se quedó unos segundos en silencio, rascándose pensativamente el doble

mentón.

—No obstante deberíamos colgarle, por no haber respetado las reglas del

juego... Pero todavía tiene una oportunidad para salvar la vida. ¡Para ello es preciso

que concluya la tarea! ¡Las reglas son las reglas!

Se volvió a sentar, tendiendo la mano hacia el vaso que el Sturmann acababa de

llenar.

—¡Ordénele que la joda!

CAPÍTULO IV

Levantando la cabeza, Ilya Tumeriev observó con inquietud la lenta marcha de

las nubes que se amontonaban por encima de su cabeza.

Nadie habría reconocido al teniente soviético que ahora ofrecía el aspecto

miserable de un mujik. Había encontrado aquellos harapos en una isba abandonada,

tirando en el pozo su uniforme, ya que al abandonar el pueblo de Sonia Luchakovna,

la tigresa, se había dado cuenta de que aquella Ucrania en la que había nacido se

había convertido bruscamente en un mundo hostil y peligroso.

Había permanecido tres días oculto en el bosque, desde donde había podido

observar la llegada de miles de alemanes, de cientos de vehículos, toda una marea

poderosa que se desparramaba por las llanuras, ocupaba ciudades y burgos, poniendo

una nota verde-gris e insólita en el paisaje.

¡Fue entonces cuando la verdadera dificultad de su misión le apareció bien

clara!

En principio había pensado que tras la avalancha de las tropas de vanguardia,

los nazis iban a limitarse a dejar exiguas guarniciones en los pueblos.

Pero comprobó en seguida, con decepción, que se había engañado, y que el

adversario no iba a limitarse a conquistar Rusia, sino que deseaba ocuparla,

explotándola sin pérdida de tiempo.

Ante él desfilaron todos los uniformes de la Wehrmacht, sobre todo los

especialistas, y también civiles que se desplazaban en coche, hurgando en os

koljoses, mientras los Feldgendarmes desalojaban a culatazos a los campesinos,

hombres y mujeres, a los que se obligaba a trabajar inmediatamente.

El hambre, la sed y la desesperación empujaron al ruso fuera del bosque. Se

desplazó durante la noche, metiéndose por pequeños caminos vecinales, lejos de las

carreteras cuyo asfalto vibraba bajo las ruedas y las cadenas.

Así llegó hasta la región de Krasnaia, y fue allí, en una isba aislada, sin

ventanas y cuya chamiza pendía en manojos podridos, donde cambió su uniforme

por los harapos que allí encontró.

Tan sólo guardó las botas, casi enteramente ocultas por el bajo del pantalón,

que le venía demasiado grande.

Incluso disfrazado así no se aventuró nunca por los pueblos, y cuando llegó,

siguiendo de lejos la vía férrea, a la pequeña ciudad de Obukhov, al sur de Kiev,

vagabundeó por los alrededores de la aglomeración como un lobo hambriento, sin

osar acercarse.

Sin embargo, como debió hacer en Krasnaia, tenía que ponerse en contacto en

todos los pueblos y ciudades con los agentes que el ejército había dejado y que

esperaban sin duda su visita y sus instrucciones para empezar a organizar el núcleo

de las fuerzas de la Resistencia.

Precisamente por eso Ilya observaba el cielo nublado con una inquietud en la

que se mezclaba la esperanza. Una buena tormenta de verano podría, con un poco de

suerte, permitirle el acceso de la ciudad para encontrar los contactos...

Suspiró, pensando en el aspecto estúpido que presentaría en el momento en que

encontrara, en Desna, al norte de Kiev, al comandante Alexandre Pavlovich.

—¡Va a tomarme por el idiota más grande que se ha echado a la cara! —gruñó

entre dientes.

Debía haber visitado cuatro pueblos, pero no había hecho nada. Los alemanes

pululaban por ellos, cierto, y seguramente le habrían detenido, pero esas

consideraciones, por muy lógicas que fueran, no iban a convencer a un hombre como

el camarada Pavlovich.

Antes de abandonar la división de la Guardia en la que mandaba una compañía,

el coronel Vassiliovich le había explicado con mucha claridad el asunto:

—Pavlovich es un especialista de la guerrilla. Como usted, estuvo en España, y

también en China y en América del Sur. ¡Es un hombre despiadado, pero un

excelente camarada!

«Un hombre despiadado...»

Tumeriev se rascó el mentón pensativamente. Le había crecido mucho la barba,

comiéndole las mejillas. Todos los sacrificios que habían hecho al atravesar una

parte de Ucrania se le antojaban ridículos ante las exigencias de aquel comandante

que no conocía.

¿Qué iba a ¡decirle?

«Camarada Kombat: había fascistas por todos lados. Pululaban y hormigueaban

en los pueblos e incluso en los caseríos. ¡Había tantos Feldgendarmes y tantos SS

que se diría que Hitler había vaciado los cuarteles de Alemania! ¡Si hubiera

cometido la torpeza de meterme en uno de esos sitios, incluso durante la noche, no

habría salido con vida!»

La boca del oficial se torció en una mueca sardónica.

—¡Y un cuerno! ¡Tenías miedo, eso es todo! ¡Lo demás sólo es un pretexto! ¡Si

hubieras cumplido tu deber no estarías aquí ahora, lloriqueando como una mamuska!

El cielo se ensombrecía por momentos. Tintes lívidos resaltaban en una especie

de claridad irreal los muros de las casas de Obukhov.

De pronto un latigazo de viento azotó los árboles. La ráfaga corría a ras del

suelo, levantando un velo de polvo rojo. Luego, de súbito, un gigantesco relámpago

fraccionó el cielo de arriba abajo.

El fulgor plateado se ramificó en una arborescencia resplandeciente,

desparramándose con una lluvia deslumbrante...

Y a continuación fue el diluvio.

Caía el agua con una fuerza formidable, golpeando el suelo como miles de

martillazos, y ese ruido repercutió bajo los pies del ruso que, empapado, esbozó una

sonrisa de satisfacción.

Inclinado, se aventuró en aquel mundo líquido y movedizo que le envolvía

como una vaina resbaladiza. Avanzaba, lentamente, con los harapos pegados al

cuerpo, pero todavía sin sentir el frío.

Ante él, el agua rompía a las líneas rectas de las casas como un espejo

deformante.

Tumeriev luchó valientemente contra la fuerza poderosa del agua y del viento

asociados. Hundió la cabeza en los hombros y sé franqueó un camino por entre la

densa cortina de lluvia.

Sabía que bajo aquella tromba de agua, nadie permanecería a descubierto, ni

siquiera los soldados alemanes, más disciplinados. Pero no ignoraba que aquellas

tormentas de verano eran de corta duración, y apresuró el paso, consciente del poco

tiempo que tenía para meterse en la ciudad.

La tormenta crujió de nuevo con un ruido de rocas desprendidas.

Por fin penetró por una calle estrecha, y entonces avanzó rasando los muros,

cegado por el agua que el viento lanzaba en malignas bofetadas contra su rostro.

Seguía lloviendo muy fuerte. Largas centellas líquidas surgían a ras de la acera.

Los canalones inflados vomitaban flecos de agua que se desparramaban, en charcos

espumeantes.

Mientras avanzaba, el ruso llevó la mano derecha a la cintura, apretando con

sus dedos mojados la culata de su pistola reglamentaría.

Afortunadamente conocía aquella ciudad como la palma de su mano. Y no

solamente Obukhon, sin también las otras ciudades y pueblos. Aquella tierra era la

suya, y la había recorrido en todas las direcciones decenas de veces...

Aquí, el hombre que le esperaba debía encontrarse en la casa del zapatero

Poparov, antiguo miembro del Partido que había trabajado en el seno del comité

político de Kiev. Pero ahora, con ochenta años encima, había regresado a su viejo

taller, esperando tranquilamente la muerte.

Tumeriev atravesó una placita, metiéndose luego por una calle donde se

encontraba la casa del zapatero. Al llegar ante la puerta, golpeó cinco veces

seguidas, como había sido convenido.

En la calle desierta, unos postigos se agitaron con un ruido seco de detonación.

Ilya esperó unos segundos. La angustia le mordía las entrañas y se preguntaba si

no se equivocaba de casa. Levantó la cabeza, recibiendo en el rostro un chorro de

agua de un canalón, pero tuvo tiempo, antes de refugiarse de nuevo en el quicio de la

puerta, de comprobar que se trataba de la casa que debía visitar.

Fue entonces cuando, retrocediendo un poco, empujó la puerta que se abrió

suavemente, con un gemido agudo de goznes mal aceitados.

Sorprendido, el ruso empuñó la pistola y apuntó con ella al interior de la pieza.

Aguardó unos segundos más y luego se decidió, empujando la puerta y abriéndola

por completo.

Una oscuridad completa reinaba en la casa. Tumeriev se quedó en el dintel sin

saber qué partido tomar. Detrás de él, la lluvia se apaciguó un tanto y al cabo, sin

llegar a ser completa, una luminosidad gris vino del cielo.