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LLANA DE GATHOL

EDGAR RICE BURROUGHS

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Llana de Gathol

Edgar Rice Burroughs

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PRÓLOGO

Lanikai es un barrio residencial con una playa, una oficina de

correos y una tienda de embutidos. Se encuentra en la orilla de

la isla de Oahu, bastante lejos de Marte.

Sus aguas son azules, bellas y calmadas en sus bosques de

coral, y el viento que atraviesa sus abundantes cocoteros

parece por la noche el murmullo de voces de espíritus de reyes

y caciques que pensaban en sus tranquilas aguas mucho antes

de que los capitanes de mar trajeran nuevas creencias.

Recuerdos del pasado e imágenes vagas pasaban furtivamente

por mi mente una noche en la que no podía dormir y me

encontraba sentado bajo una palmera observando cómo los

níveos cargueros del mar navegaban hacia la playa bajo la luz

de la Luna. Vi a sus reyes gigantes de la vieja Hawai y a sus

poderosos jefes, vestidos con casco y capa de plumas. Llegó

Kamehameha, el gran conquistador, sobresaliendo entre ellos.

Venía de la parte baja de Nwanu Pali, pasó sobre campos de

cañas. El borde de su capa se enredó en la aguja de la iglesia y

la hizo caer al suelo, caminó sobre tierra baja y lisa, y cuando

levantó su pie, el agua de un lodazal llenó su huella, y allí hubo

un lago.

Estaba muy interesado en la llegada de Kamehameha, el rey,

porque siempre le había admirado, aunque nunca había

esperado verle, puesto que había muerto hacía unos cien años

más o menos y sus huesos estaban enterrados en un lugar

sagrado y secreto que ningún hombre conoce. Sin embargo, no

estaba en absoluto sorprendido de verle. Lo que me sorprendía

era el hecho de que no estaba asombrado. Recuerdo

especialmente esta reacción. También recuerdo que tenía la

esperanza de que me viera y no me arrollara.

Mientras pensaba estas cosas, Kamehameha se paró frente a

mí, me miró y dijo:

–Bien, bien, dormido en una bella noche como ésta. ¡Me

sorprendes!

Cerré los ojos con fuerza y miré de nuevo. Allí, frente a mí,

permanecía de pie un guerrero extrañamente ataviado pero no

era el rey Kamehameha. A la luz de la luna los ojos a veces te

juegan malas pasadas. Los cerré de nuevo, pero el guerrero no

desaparecía. Entonces lo supe. Dando un salto, extendí mi

mano.

–¡John Carter! –exclamé.

–Veamos –dijo–. ¿Dónde nos vimos por última vez? ¿En las

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aguas del Little Colorado o en Tarzana?

–En las aguas del Little Colorado en Arizona, creo –contesté

yo–. Eso fue hace mucho, nunca creí que volvería a verte. ¿Por

qué has vuelto? Debe ser algo importante.

–Nada cósmicamente importante –dijo sonriendo–, pero

importante para mí a pesar de todo. Quería verte.

–Aprecio eso –dije.

–Verás, tú eres el último de mis familiares en la Tierra a quien

conozco personalmente. Cada cierto tiempo siento necesidad

de verte y visitarte, y sólo después de largos intervalos soy

capaz de satisfacer esa necesidad, como ahora. Cuando hayas

muerto, y eso ocurrirá tarde o temprano, ya no tendré

contactos con la Tierra, y no habrá por tanto razón para volver

a los escenarios de mi antigua vida.

–Están mis hijos –le recordé–, siguen siendo parientes tuyos.

–Sí –aceptó–, lo sé; pero se asustarán de mí. Después de todo,

los terrestres pueden considerarme algo así como un fantasma.

–No para mis hijos –le aseguré–. Te conocen tan bien como yo.

Cuando yo ya no exista, ven a verlos de vez en cuando.

Él movió la cabeza.

–Quizá lo haga –prometió a medias.

–Y ahora –dije–, cuéntame algo sobre ti, sobre Marte, sobre

Dejah Thoris, sobre Carthoris y Thuvia y sobre Tara de Helium.

¡Vamos a ver! ¿Fue Gahan de Gathol, quien se casó con Tara de

Helium?

–Sí –replicó el guerrero–. Fue Gahan de la ciudad libre de

Gathol, y tuvieron una hija cuyo carácter y cuya belleza, como

las de ellas, hizo que naciones enteras entablaran guerras.

Quizás te gustaría oír la historia de Llana de Gathol.

Asentí, y ésta es la historia que él me contó aquella noche

bajo los cocoteros de Oahu.

LA VIEJA MUERTE

I

No importa cuan instintivamente gregario pueda uno llegar a

ser. Hay ocasiones en las que se desea la soledad. A mí me

gusta la gente y estar con mi familia, con mis amigos, con mis

soldados y, probablemente, por el mero hecho de ansiar

compañía, también a veces ansío estar solo. Y es precisamente

en esos momentos cuando puedo resolver mejor los

enrevesados problemas de gobierno en tiempos de guerra o de

paz. Es entonces cuando puedo meditar sobre los variados

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aspectos que acarrea una vida como la mía, y, por el mero

hecho de ser humano, cometo muchas faltas, sobre las que

debo reflexionar para poder tomar conciencia y tratar de

corregirlas.

Cuando siento que esa extraña necesidad de soledad me

invade, tengo por costumbre tomar una nave monoplaza y

recorrer los lechos del mar muerto y otros pasajes deshabitados

de este moribundo planeta; porque ciertamente ahí reina la

soledad. Hay vastas zonas en Marte que jamás ha hollado el pie

humano, y otras grandes áreas que durante miles de años sólo

han conocido a los gigantescos hombres verdes, los errantes

nómadas del desierto.

Algunas veces, estoy descansando fuera, durante semanas en

estas gloriosas aventuras en solitario. Gracias a ellas conozco

probablemente más de la geografía y topografía de Marte que

cualquier hombre porque éstas y mis otras aventuradas

excursiones por el planeta me han llevado desde el Mar Perdido

de Korus, en el Valle del Dor en el helado sur a Okar, tierra de

los hombres amarillos de negra barba del helado norte, y desde

Kaol a Bantoom; y sin embargo, hay muchas partes de Barsoom

que no he visitado, y que esto no te parezca tan extraño, pues

considera el hecho de que, aunque el área de Marte es más o

menos un cuarto del de nuestro planeta, su zona de tierra es

casi dieciséis millones de kilómetros mayor. Eso se debe a que

Barsoom carece de grandes masas de agua sobre su superficie;

su océano mayor conocido es totalmente subterráneo, y creo

que admitirás conmigo que ciento dieciséis millones de

kilómetros cuadrados es demasiado territorio para conocérselo

palmo a palmo. En la ocasión de la que estoy hablando volé

hacía el noroeste de Helium, que se encuentra a 30 grados al

sur del ecuador, el cual crucé más o menos a 3.000 kilómetros

al este de Exus, el Greenwich Barsoomiano. Al norte y oeste de

mi posición se extendía una vasta y apenas explorada región, y

allí pensaba encontrar la absoluta soledad que tanto ansiaba.

Había colocado mi compás direccional hacia Horz, la ya hace

tiempo abandonada ciudad de la antigua cultura Barsoomiana y

volado a ciento cincuenta kilómetros por hora a una altitud que

oscilaba entre los quinientos y mil pies. Había visto algunos

hombres verdes al noreste de Torquas y me había visto forzado

a escapar de sus disparos a los que no contesté ya que no

buscaba aventuras, y había cruzado dos franjas gemelas de

tierra de cultivo marciana rodeadas de los canales que traen las

ricas aguas procedentes del deshielo de las gélidas aguas de

los polos. Más tarde, no vi ningún signo de vida humana en los

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diez mil kilómetros que median entre Helium Menor y Horz.

Siempre me ha parecido un tanto triste mirar desde las

alturas un planeta moribundo, apreciar las ilimitadas

extensiones de vegetación ocre y mohosa que cubren vastas

extensiones donde una vez existieron grandes océanos en un

Marte más joven, y pensar que justo debajo mío cruzaron una

vez orgullosas flotas y barcos mercantes de una docena de

ricas y poderosas naciones, donde se extiende una seca

soledad cuyo silencio sólo es roto por los rugidos del

depredador, y los gritos agonizantes de la presa.

Por la noche dormía, seguro de que mi compás direccional

trazaría la dirección correcta hacia Horz y siempre a la altitud a

la que lo había dispuesto, mil pies, no sobre el nivel del mar

sino sobre el del terreno que sobrevolaba la nave. Estos

sorprendentes y pequeños instrumentos se pueden apuntar

hacia cualquier punto de Barsoom, y a cualquier altura sobre el

objetivo; El piloto de una nave equipada con uno de estos

compases direccionales no tiene ni que permanecer despierto,

y así viajar día y noche sin peligro.

Fue al anochecer del tercer día cuando avisté las torres de la

antigua Horz. La parte mas vieja de la ciudad se encuentra en

el borde de una vasta llanura; Las zonas nuevas, de incontables

milenios de antigüedad, están dispuestas en forma de tenazas

sobre el terreno de un gran golfo, que marca la línea hasta

donde llegaba el ya desaparecido mar. Las pobres y

desgastadas estructuras de una agonizante raza habían

desaparecido o se habían convertido en ruinas deformes con el

tiempo. Pero las espléndidas construcciones primitivas

permanecían todavía en el borde de la llanura, mudos pero

elocuentes recordatorios de su desaparecida grandeza,

perennes monumentos a la raza de piel blanca y rubios cabellos

extinguida para siempre.

Siempre me han interesado estas ciudades desiertas del

Marte antiguo. Poco se sabe de sus habitantes, únicamente lo

que puede extraerse de las historias narradas en los relieves

que decoran los exteriores de muchos edificios públicos así

como de los pocos murales que han soportado el paso del

tiempo y el vandalismo de las hordas verdes que han

deteriorado muchos de ellos. La extremadamente escasa

humedad ha ayudado a la conservación, pero sobre todo se ha

debido a la consistencia de su construcción. Estas magníficas

edificaciones fueron construidas no para que perduraran años,

sino en eternidades. Los secretos de sus morteros, sus

cementos, y sus pigmentos se han perdido hace mucho; y

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durante largo tiempo, mucho después de que la última vida

desaparezca de la faz de Barsoom, sus obras perdurarán

elevándose hacia el espacio durante toda una eternidad sobre

un planeta muerto y frío donde no existan ojos para observarlos

y sensibilidad para apreciarlos. Su contemplación es triste.

Al fin estaba sobre Horz. Hace tiempo me había prometido a

mí mismo que algún día debía viajar hasta allí porque ésta es

quizá la más antigua y grande de las ciudades muertas de

Barsoom. La abundancia de agua hizo posible su construcción y

su falta provocó su muerte. A menudo me pregunto si la gente

de la Tierra, que dispone de agua en abundancia, realmente

aprecia su valor. Me pregunto si los habitantes de Nueva York se

dan cuenta de lo que significaría para ellos si algún enemigo

estableciendo una base aérea sobre puntos clave de la principal

ciudad del nuevo mundo, bombardeara y destruyera

certeramente el sistema de aguas de Croton Dam y las Catskill.

Las carreteras y autopistas se llenarían de refugiados, morirían

millones de personas y durante años, o quizás para siempre,

Nueva York, sería una ciudad muerta.

Mientras flotaba perezosamente sobre la abandonada ciudad

vi figuras moviéndose en una plaza que tenía debajo.

¡Así que Horz no estaba completamente desierta! Mi

curiosidad aumentó; descendí un poco, y lo que vi borró los

pensamientos de soledad de mi mente: un solitario hombre rojo

se veía acosado por media docena de fieros guerreros verdes.

No buscaba aventuras, pero allí estaban, y ningún hombre

digno de sus armas abandonaría a alguien de su raza en un

caso tan extremo. Vi un lugar donde me era posible aterrizar,

en una plaza cercana, y rogando para que los hombres verdes

estuvieran demasiado ocupados con su acción para notar mi

presencia, me dirigí rápida y silenciosamente hacia el lugar de

mi aterrizaje.

II

Afortunadamente tomé tierra sin ser visto, oculto por una

gran torre que se elevaba junto a la plaza que había elegido.

Había observado que luchaban con espadas largas, así que

desenfundé la mía mientras corría hacia donde tenía lugar la

desigualdad pelea. El que el hombre rojo resistiera tan sólo

unos instantes ante tal desventaja era una muestra de su

habilidad con la espada, y esperaba que aguantase hasta que

yo llegara; porque entonces tendría al mejor espadachín de

todo Barsoom para ayudarle y la espada que había dado cuenta

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de miles de enemigos a lo largo y ancho de un mundo.

Encontré el camino desde la plaza en la que había aterrizado,

pero sólo para verme frenado por una pared de quince metros

en la que no se apreciaba abertura alguna. Indudablemente

había una, lo sabía, pero mientras perdía tiempo en encontrarla

mi hombre sería asesinado fácilmente.

El entrechocar de espadas, las imprecaciones, y los gruñidos

de los combatientes me llegaban nítidamente desde el otro lado

del muro que cortaba el paso.

Podía oír incluso la pesada respiración de los luchadores. Oí

cómo los hombres verdes exigían la rendición de su adversario,

y la desafiante respuesta de éste. Me gustó lo que dijo y la

manera en que lo expresó, justo en la cara de la muerte. Mi

conocimiento del comportamiento de los hombres verdes me

aseguró que intentarían su captura con propósitos de torturarle

mejor que matarle al instante, pero si iba a salvarle de tal

destino tenía que actuar con rapidez.

Sólo había una manera de llegar hasta él, sin perder tiempo, y

esa manera era practicable para mí gracias a la menor fuerza

de gravedad de Marte y a mi gran fuerza y agilidad adquiridas

en la Tierra. Simplemente saltaría espada larga en mano para

colocarme junto al hombre rojo.

Cuando me lo propongo, soy capaz de saltar alturas

increíbles. Quince metros no son nada para mí, pero esta vez

calculé mal. Me encontraba a varios metros de la pared cuando

tomé una corta carrerilla y salté. En lugar de caer en la parte

superior del muro, como había planeado, la rebasé por

completo pasando a unos cinco metros de altura sobre mi

supuesto lugar de caída.

Debajo mío se hallaban los combatientes y aparentemente

iba a aterrizar justo entre ellos. Estaban tan ocupados

manejando sus espadas que no notaron mi presencia, por

suerte para mí, ya que uno de los hombres verdes podría

fácilmente haberme atravesado con su espada cuando caía.

El hombre a quien deseaba socorrer se veía duramente

presionado. Resultaba evidente que los hombres verdes habían

desechado la idea de capturarle e intentaban acabar con él,

atravesándole con las espadas, cuando de pronto aparecí yo.

Por una casualidad caí justamente sobre la espalda del hombre

que iba a acabar con el guerrero rojo, y además caí con la punta

de mi acero precediendo a mi cuerpo. Se le clavó en el hombro

izquierdo y le atravesó hasta el corazón. Incluso antes de que

cayera ya había plantado yo mis pies sobre sus hombros y

tirando hacia arriba, desclavando mi espada de su espalda.

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Durante un momento, mi súbita llegada les hizo descuidar su

guardia, y en ese momento salté al lado del hombre rojo y

afronté a sus restantes enemigos con mi espada manchada de

la roja sangre del verde guerrero.

El hombre rojo me lanzó una rápida mirada, y al instante los

hombres verdes que quedaban cayeron sobre nosotros. No

hubo tiempo para pronunciar una sola palabra.

Uno de ellos lanzó una estocada hacia mí y falló. ¡Buen

espadazo! Si hubiera acertado, tendría menos cabeza que un

rykor. Fue una desgracia para él haber fallado, pues yo no lo

hice. Corté horizontalmente con toda mi fuerza terrestre, que es

grande en la Tierra e infinitamente mayor en Marte, su enorme

cabeza. Mi espada larga, con un filo tan agudo como una

cuchilla y de un acero que sólo Barsoom puede producir, pasó

de lado a lado a través del cuerpo de mi antagonista,

cortándole en dos partes.

–¡Bien hecho! –exclamó el hombre rojo, y de nuevo me

inspeccionó con una rápida ojeada.

Con el rabillo del ojo atrapé una imagen momentánea de mi

desconocido camarada, y en él vi a un experto espadachín. Me

sentía orgulloso de pelear al lado de tal hombre. Para entonces

habíamos reducido el número de nuestros antagonistas a tres.

Retrocedieron unos pasos bajando sus espadas para tomarse un

respiro. Yo ni necesitaba ni deseaba tomarme un descanso, pero

observando a mi compañero vi que estaba exhausto; así que

bajé mi espada yo también y esperé.

Fue entonces cuando pude fijarme bien en el hombre a quien

había ayudado; y me llevé también una sorpresa: no era un

hombre rojo, sino blanco, si es que alguna vez he visto alguno.

Su piel estaba bronceada debido a su exposición al sol, como la

mía, y eso al principio me confundió. Pero ahora veía que no

tenía nada de marciano rojo. Sus correajes, sus armas, todo en

él era diferente a lo que yo había visto en Marte.

Llevaba la cabeza cubierta, y eso es bastante raro en

Barsoom. Su casco consistía en una banda de cuero que le

recorría la cabeza de derecha a izquierda y una segunda que

iba de la cara hasta la nuca. Estas bandas estaban

detalladamente ornamentadas con bordados y joyas con

metales preciosos. En el centro de la pieza que cruzaba su

frente había añadido un macizo pedazo de oro con forma de

cabeza de lanza con la punta hacia arriba, bellamente tallado y

llevaba un extraño dispositivo rojo y negro.

Entre los atavíos de su cabeza se distinguía una melena de

pelo rubio, cosa aún más sorprendente de ver en Marte. Al

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principio llegué a la conclusión de que debía ser un thern de las

lejanas tierras polares; pero descarté ese pensamiento una vez

que pude darme cuenta de que el pelo era suyo. Los thern son

completamente calvos y llevan grandes pelucas amarillas.

También observé que mi compañero era extremadamente

apuesto, por no decir bello de no ser por la feminidad que dicha

palabra conlleva, y no había nada femenino en la forma de

luchar de aquel hombre o en los fuertes juramentos que

profería cuando le dirigía la palabra a un adversario. Nosotros,

los guerreros, no somos muy dados a charlar, pero cuando

sientes que tu sable parte un cráneo en dos pedazos o se

hunde en el corazón de un enemigo entonces, algunas veces,

no puedes evitar un juramento en tus labios.

Pero tenía poco tiempo para alabar a mi acompañante porque

nuestros tres enemigos nos encimaban de nuevo. Supongo que

luché ese día como siempre he luchado, tan bien como lo hice

en esa ocasión. No presumo de mi habilidad en el combate,

porque me parece que mi espada es inspirada por otra mente

ajena a mí; ningún hombre podría pensar tan deprisa como se

mueve mi acero, siempre al punto exacto y al tiempo exacto,

como anticipándose al próximo movimiento de un adversario.

Forma una red de metal a mi alrededor que pocos hombres han

atravesado. Llena los ojos del enemigo de desconcierto, de

dudas su mente y de miedo su corazón. Me imaginé que gran

parte de mi triunfo se debe al efecto psicológico que mi esgrima

ejerce sobre mis antagonistas.

Al mismo tiempo mi compañero y yo acabamos con sendos

adversarios, y el guerrero que quedaba optó por huir.

–¡No le dejes escapar! –gritó mi camarada de armas mientras

saltaba en su persecución al mismo que pedía ayuda en voz

alta, algo que no había hecho cuando había estado tan cerca de

la muerte ante las seis puntas de seis espadas.

Pero... ¿quién esperaba que respondiese a su llamada en esa

ciudad muerta y desierta?, ¿por qué pedía ayuda cuando el

último de sus enemigos huía desesperadamente? Yo estaba

hecho un lío, pero una vez inmerso en aquella extraña aventura

creí que lo menos que podía hacer era llegar a su final, así que

yo también salí en persecución del fugitivo hombre verde.

Cruzó el solar donde habíamos luchado y se metió por un

camino que describía un gran arco y que le condujo a una

ancha avenida. Le seguía de cerca, sin perderle de vista a él ni

al guerrero verde. Entré en la avenida donde vi por lo menos un

centenar de guerreros que salían de un edificio cercano. Eran

hombres blancos y de rubios cabellos y vestían como mi

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combativo compañero, a quien se unían en persecución del

hombre verde. Iban armados con arcos y flechas; enviaron una

andanada de proyectiles tras el fugitivo enemigo a quien no

podían dar caza quedando pronto fuera del alcance de sus

armas.

El espíritu de aventura es tan fuerte en mí que a menudo me

dejo llevar por él, a pesar de los dictados de mi sentido común.

Aquella situación no era asunto mío; había hecho ya todo, e

incluso más de lo que podría esperarse de mí, y sin embargo

salté a espaldas de uno de los thoats que quedaban y salí en

persecución del guerrero verde.

III

Hay dos especies de thoats en Marte: el pequeño; una raza

comparativamente dócil, empleada por los marcianos rojos que

bordean los grandes canales de irrigación; y las grandes e

indomables bestias que los guerreros verdes usan

exclusivamente como cabalgaduras de guerra.

Estas criaturas miden cinco metros de altura hasta el hombro,

tienen cuatro patas a cada lado y una cola ancha y aplanada,

más grande en su extremo que en su nacimiento, que llevan

erecta horizontalmente mientras corren. Sus bostezantes bocas

dividen sus cabezas desde el hocico hasta el largo y macizo

cuello. Sus cuerpos, cuya parte superior es de un color pizarra

oscuro y extremadamente lisa y brillante, están completamente

desprovistos de pelo. Sus vientres son blancos y sus patas

pasan gradualmente del color pizarra de sus cuerpos a un

amarillo vivo en los pies, que están abundantemente

acolchados y sin uñas.

El thoat del hombre verde tiene la más abominable tendencia

de todas las criaturas que he visto, sin exceptuar a los propios

hombres verdes. Pelean continuamente entre ellos y pobre del

jinete que pierda el control de su terrible montura; sin embargo,

y aunque pueda parecer paradójico, se les monta sin riendas o

brindas y sólo se les controla por medios telepáticos, lo cual,

para mi fortuna, aprendí hace años cuando era prisionero de

Lorquas Ptomel, jed de los tharcanos, una horda de marcianos

verdes.

La bestia a cuya espalda iba montado era un demonio

salvaje, creo que sentía aversión por mí, probablemente a

causa mi olor. Intentó desmontarme, y al no conseguirlo echó

hacia atrás sus enormes y abiertas fauces en un esfuerzo por

agarrarme.

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Hay, debo mencionar, un método auxiliar de control para

cuando estas horribles bestias se ponen insoportables; que

adopté en alguna ocasión, ganándome, con muy mala gana por

su parte, la aprobación de los fieros tharks verdes, por controlar

los thoats utilizando la paciencia y el cariño. Pero en aquellos

momentos tenía poco tiempo para practicar esos sistemas ya

que mi enemigo corría presuroso a través de la ancha avenida

que conducía a las antiguas puertas de Horz y a los vastos

fondos del mar muerto que quedaban más allá. De modo que

me puse a golpear con fuerza la cabeza y el morro de la bestia

con la empuñadura de mi espada hasta que la hice entrar en

razón; entonces obedeció mis órdenes telepáticas, y salimos en

su persecución a gran velocidad.

Era un thoat muy rápido, de los más rápidos que había

conducido, y además llevaba menos peso que la bestia a la que

queríamos alcanzar, así que pronto redujimos la distancia que

me separaba del huidizo hombre verde.

Le alcanzamos en el mismo borde de la llanura sobre la que

se construyó la ciudad; allí paró, giró su montura y se aprestó

para la batalla. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta

de la maravillosa inteligencia de mi cabalgadura: casi sin que

yo le dirigiera, se situó en la posición correcta para darme

ventaja en el salvaje duelo, y cuando al cabo yo había

conseguido una clara superioridad en la lucha, casi

desmontando a mi rival, mi thoat se lanzó como un diablo

enloquecido hacia la cabalgadura del guerrero verde,

mordiéndole el cuello con sus poderosas mandíbulas mientras

intentaba hacerla caer de rodillas con el peso de su salvaje

asalto.

En ese momento fue cuando di el golpe de gracia a mi

abatido y sangriento adversario, y, dejándole donde había

caído, regresé para recibir los aplausos y los parabienes de mis

nuevos amigos.

Rondarían la centena, y estaban esperándome en lo que en

apariencia había sido una vez un mercado de la milenaria

ciudad de Horz. No sonreían; parecían tristes y, mientras

desmontaba, se congregaron a mi alrededor.

–¿Ha escapado el hombre verde? –preguntó uno de ellos,

cuyos adornos y metales lo acreditaban como jefe.

–No –respondí–, está muerto.

Una gran exclamación de alivio salió de un centenar de

gargantas. No comprendía porqué sentían tanto consuelo

porque un simple hombre verde hubiera muerto.

Me dieron las gracias, formando un corro a mi alrededor

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mientras lo hacían, y sin embargo estaban serios y tristes. De

repente, me di cuenta de que aquellas personas no eran

amistosas, lo supe instintivamente, pero demasiado tarde. Se

apretaban contra mí desde todos los lados de manera que no

pudiera levantar ni siquiera un brazo y después, a una voz de

su jefe, fui desarmado.

–¿Qué significa esto? –pregunté–. Por mi propia voluntad

ayudé a uno de los vuestros que de otra manera habría sido

asesinado. ¿Así me lo agradecéis? Devolvedme mis armas y

dejadme marchar.

–Lo siento –dijo el que había hablado al principio–, pero no

podemos hacer otra cosa. Pan Dan Chee, a quien ayudaste, ha

implorado para que te permitiéramos seguir tu camino, pero

esa no es la ley de Horz. Debo llevarte ante Ho Ran Kim, el gran

jeddak de Horz. Allí todos suplicaremos por ti, pero nuestras

súplicas no tendrán valor. Al final serás destruido. La seguridad

de Horz es más importante que la vida de cualquier hombre.

–¡No estoy amenazando la seguridad de Horz! –repliqué–.

¿Porqué iba yo a ser un peligro para una ciudad muerta, que

por otro lado carece absolutamente de importancia para el

imperio de Helium, al servicio de cuyo jeddak, Tardors Mors

ostento los correajes de un guerrero?

–Lo siento –se lamentó Pan Dan Chee, que se había abierto

paso a empujones entre los opresivos guerreros para llegar

junto a mí–; te llamé cuando montaste el thoat y saliste en

persecución del guerrero verde y te dije que no volvieras, pero

evidentemente no me oíste. Por ello tal vez muera, pero moriré

orgulloso. Intenté persuadir a Lon Sohn Wen, quien capitanea

este utan, de que te dejara escapar, pero fue en vano.

Intercederé por ti ante Ho Ran Kim, el jeddak, pero me temo

que no hay esperanza.

–¡Ven! –dijo Lon Sohn Weng–. Ya hemos perdido bastante

tiempo aquí. Llevaremos al prisionero a presencia del jeddak. A

propósito ¿cuál es tu nombre?

–Soy John Carter, príncipe de Helium y guerrero de Barsoom –

respondí.

–Un orgulloso título, ese último –dijo–, pero nunca he oído

hablar de Helium.

–Si aquí se me infringe daño alguno –contesté–, oirás hablar

de Helium, si Helium lo averigua.

Fui escoltado a través de magníficas avenidas flanqueadas

por bellos edificios a pesar de su deterioro. Creo que nunca he

visto una arquitectura tan hermosa, ni construcciones tan

perdurables. No sabía la antigüedad de aquellos edificios, pero

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había oído a los sabios marcianos decir que la raza dominante,

los hombres de piel blanca y pelo amarillo, floreció plenamente

hará cosa de un millón de años. Parecía increíble que sus obras

existieran todavía, pero en Marte hay muchas cosas increíbles

para el escéptico hombre de nuestra querida bola de polvo.

Por fin nos detuvimos frente a una pequeña puerta abierta en

un colosal edificio con apariencia de fortaleza. No había más

entrada que esa, por debajo de los setenta metros de altura a

partir del suelo, donde había un balcón desde el que nos

observaba un centinela.

–¿Quién viene? –preguntó de modo autoritario, aunque sin

duda podía ver quiénes éramos y debía haber reconocido a Lon

Shon Weng.

–Soy Lon Shon Weng, dwar al mando del primer utan de la

guardia del jeddak, traigo un prisionero –respondió Lon Shon

Weng.

El centinela pareció enfurecerse.

–Tengo órdenes de no admitir extranjeros –dijo–, y de

matarlos inmediatamente.

–Llama al comandante de la guardia –ordenó Lon Shon Weng.

Al instante un oficial apareció en el balcón del centinela.

–¿Qué es esto? –dijo–. ¡Nunca se ha traído ningún prisionero!

–Esto es una emergencia –contestó Lon Son Weng–. Debo

llevar a este hombre a presencia del propio Ho Ran Kim. ¡Abrid

la puerta!

–Solamente si Ho Ran Kim lo ordena –repuso el comandante

de la guardia.

–Entonces ve y obten la orden –dijo Lon Sohn Weng–. Di al

jeddak que tenga la bondad de recibirnos cuanto antes a mí y a

mi prisionero. Éste no es como los otros prisioneros que han

caído en nuestras manos anteriormente.

El oficial penetró en la fortaleza, estuvo ausente durante unos

quince minutos y, finalmente, la pequeña puerta se abrió y el

propio comandante de la guardia les hizo pasar.

–El jeddak os recibirá –le dijo al uwar Lon Shon Weng.

La fortaleza era un enorme recinto amurallado en el interior

de la ciudad de Horz. Evidentemente era prácticamente

inexpugnable a cualquier ataque, a excepción de uno aéreo. En

su interior había agradables avenidas, casas, jardines y tiendas.

Gente alegre y ociosa se detenía para observarme con asombro

mientras era conducido a través de un ancho bulevar que

desembocaba ante un bello edificio. Era el palacio del jeddak

Ho Ran Kim. A cada lado del portalón había sendos centinelas,

sin un cuerpo de guardia aparente, y estos dos parecían más

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bien producto de una formalidad o mensajeros que una medida

de protección, porque una vez en el interior de las murallas de

la fortaleza ningún hombre necesitaba la protección de otro;

como yo ya empezaba a averiguar.

Nos detuvimos en una antesala durante unos minutos

mientras éramos anunciados. Después fuimos guiados a través

de un largo pasillo hasta una sala de tamaño medio donde un

hombre, solo, se hallaba sentado tras una mesa. Era Ho Ran

Kim, jeddak de Horz. Su piel no estaba tan bronceada como la

de sus guerreros, pero sus cabellos eran tan amarillos y sus ojos

tan azules como los de estos.

–Esto es muy poco usual –dijo con voz pausada y bien

modulada–. Sabes que otros horzanos han muerto por menos

que esto, ¿verdad?

–Lo sé, mi jeddak –respondió el dwar–, pero ésta es una

emergencia poco corriente.

–Explícate –dijo el Jeddak.

–Déjame explicarme a mí –interrumpió Pan Dan Chee–, pues

después de todo la responsabilidad es mía. Yo le supliqué a Lon

Shon Weng que se hiciera esto.

El Jeddak movió la cabeza.

–Habla –dijo.

IV

No acertaba a comprender el motivo por el que armaban todo

ese tinglado por traer a un simple prisionero, ni porqué había

hombres que habían muerto por menos, como Ho Ran Kim

había recordado a Lon Shon Weng. En Helium un guerrero

habría recibido al menos elogios por traer un prisionero. Por

traer a John Carter, Señor de la Guerra de Marte, un simple

soldado se vería fácilmente ennoblecido por un príncipe

enemigo.

–Mi Jeddak –comenzó Pan Dan Chee–, cuando me veía

amenazado por seis guerreros verdes, este hombre, quien dice

ser conocido como John Carter, Señor de la Guerra de Barsoom,

llegó voluntariamente a combatir a mi lado. Ignoro de dónde

vino, lo único que sé es que en un determinado momento

luchaba solo, una lucha desesperada, y que un momento

después luchaba junto a mí el más grande guerrero que Horz

jamás ha visto. Si no lo hubiera deseado, no habría participado

en la lucha y habría partido hacia cualquier lugar; pero no lo

hizo así, y, mientras yo estoy vivo, seis guerreros verdes yacen

muertos frente a la antigua fuente. Uno pudo haber escapado,

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pero John Carter saltó a la grupa de un zoat y le dio caza.

»Más tarde, pudo no haber regresado, y sin embargo lo hizo.

Luchó por un guerrero de Horz. Confió en los hombres de Horz...

¿Y éste es nuestro pago?

Pan Dan Chee, dejó de hablar, y Ho Ran Kim posó sus azules

ojos sobre mí.

–John Carter –dijo–. Lo que has hecho merece el respeto y las

simpatías de cualquier hombre de Horz y el agradecimiento de

su Jeddak, pero... –añadió, dudando–, tal vez si te cuento algo

de nuestra historia, comprenderás porqué debo condenarte a

muerte –hizo pausa durante un momento, como si meditara.

En esos instantes, yo me sentía un tanto anonadado. La

indiferencia con la que Ho Ran Kim me había sentenciado a

muerte casi me había cortado el aliento. Parecía un hombre tan

amistoso, que parecía imposible que sintiera alguna hostilidad

hacia mí, pero una mirada en sus fríos ojos azules me demostró

que no bromeaba en absoluto.

–Estoy seguro –dije– que la historia de Horz, debe ser

sumamente interesante, pero en este momento estoy más

interesado en saber por qué debo morir por ayudar a un

guerrero de Horz.

–Te explicaré eso –dijo.

–Vas a necesitar una explicación muy convincente, majestad –

aseguré.

No puso atención a mis palabras, sino que continuó hablando:

–Los habitantes de Horz son, que nosotros sepamos, el último

reducto existente de la, en otro tiempo, raza dominante de

Barsoom, los orovars. Hace un millón de años nuestras naves

recorrían los cinco grandes océanos, los cuales dominábamos.

La ciudad de Horz no fue sólo la capital de un gran imperio sino

también la base de la sabiduría y cultura de la raza más

gloriosa que los seres humanos de cualquier mundo han

conocido. Nuestro imperio se extendió de polo a polo. Había

otras razas en Barsoom, pero eran pocas en número y carentes

de importancia. Las considerábamos como criaturas inferiores.

Los orovars éramos los dueños de Barsoom, que estaba dividido

entre un conjunto de poderosos jeddaks. Eran gente próspera,

feliz y prudente. Las diferentes naciones rara vez peleaban

entre sí. Horz disfrutó de miles de años de paz.

»Habíamos alcanzado el último pináculo de civilización y

perfección cuando la primera sombra del amenazador destino

oscureció su horizonte. Los mares empezaron a retroceder, la

atmósfera se hizo más tenue. Lo que la ciencia había predicho

hacía tiempo iba a suceder, un mundo comenzaba a morir.

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»Durante años nuestras ciudades siguieron a las recesivas

aguas. Cañones, bahías, canales y lagos se secaron. Prósperos

puertos se convirtieron en desiertos. Llegó el hambre. Las

hambrientas hordas hicieron la guerra a las más prósperas. Las

crecientes tribus de los salvajes hombres verdes arrasaron lo

que una vez habían sido fértiles campos y cayeron sobre

nosotros.

»La atmósfera llegó a ser tan tenue que resultaba difícil

respirar. Los científicos trabajaban en una planta atmosférica,

pero antes de que estuviera acabada y operando con éxito, casi

todos los habitantes de Barsoom habían muerto. Sólo los más

fuertes sobrevivieron. Los hombres verdes, los hombres rojos y

unos cuantos orovars; después, la vida se convirtió en una

batalla por la supervivencia de los más aptos.

»Los hombres verdes nos daban caza como nosotros

habíamos cazado a las bestias de presa. No nos daban respiro,

ni mostraban piedad; nosotros éramos pocos, ellos muchos.

Horz se convirtió en nuestro último refugio, y nuestra única

esperanza de sobrevivir era evitar que el mundo exterior

supiera que existíamos; así que, durante siglos, hemos matado

a todo extraño que venía a Horz y veía un orovar, a fin de que

ningún hombre pudiera huir para delatar nuestra presencia ante

nuestros enemigos.

»Ahora comprenderás que no importa lo profundamente

apenados que nos sentimos al cumplir nuestra obligación, es

obvio que no podemos dejar que sigas viviendo.

–Puedo comprender –dije–, que consideréis necesario destruir

a un enemigo; pero no veo motivo para destruir a un amigo. Sin

embargo, eso lo tenéis que decidir vosotros.

–Ya está decidido, amigo mío –repuso el jeddak–, debes morir.

–¡Un momento, oh jeddak! –exclamó Pan Dan Chee–. Antes de

que pronuncies tu último juicio, considera esta posibilidad. Si se

queda aquí, en Horz, no podría decir nada a nuestros enemigos.

Le debemos un gesto de gratitud. Permítele entonces vivir, pero

siempre en el interior de las murallas de la fortaleza.

Hubo sonidos de aprobación por parte de los otros presentes,

y observé en sus rápidos y agudos ojos que Ho Ran Kim lo había

notado. Aclaró su garganta.

–Quizá debería meditar sobre ello –dijo–. Reservaré mi juicio

hasta mañana. Hago esto porque te aprecio, Pan Dan Chee, en

tanto que, se debió a tu imprudencia el que este hombre esté

aquí, debes sufrir el mismo destino que le sea impuesto.

Pan Dan Chee estaba realmente sorprendido, y no podía

ocultar este hecho, pero afrontó esas palabras como un

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hombre.

–Consideraré un honor, dijo, compartir cualquier destino que

se decida para John Carter, Señor de la Guerra de Barsoom.

–¡Bien dicho Pan Dan Chee! –exclamó el jeddak–. Mi

admiración hacia ti aumenta como lo hace la amargura de mi

pesar cuando contemplo la casi ineludible convicción de que

mañana morirás.

Pan Dan Chee se inclinó.

–Agradezco a su majestad la profunda pena que siente por mí

–dijo–, su recuerdo glorificará mis últimas horas.

El jeddak volvió sus ojos hacia Lon Shon Weng, y los fijó en él

durante lo que pareció un minuto completo. Habría apostado

diez contra uno a que Ho Ran Kim, estaba a punto de causarse

a sí mismo mayor dolor al condenar a muerte a Lon Shon Weng.

Creo que Lon Shon Weng pensó lo mismo. Parecía preocupado.

–Lon Shon Weng –dijo Ho Ran Kim–, conducirás a ambos a los

fosos y les dejarás allí durante la noche. Cuida de que tengan

buena comida y la máxima comodidad posible, porque son mis

invitados de honor.

–¡Pero los fosos, majestad! –exclamó Lon Shon Weng–. No se

han utilizado durante siglos. Ni siquiera sé si podré encontrar su

entrada.

–Eso es cierto –dijo Ho Ran Kim pensativamente–, y aunque la

encontraras, estarán muy sucios e incómodos, tal vez sería

mejor matar a John Carter y a Pan Dan Chee ahora mismo.

–¡Espera, majestad! –pidió Pan Dan Chee–. Yo sé dónde se

encuentra la entrada a los fosos. He estado en ellos y pueden

acomodarse fácilmente. No quiero alterar sus planes o causarle

inmediatamente el profundo pesar de lamentar las muertes de

John Carter y la mía. ¡Ven, Lon Shon Weng, te mostraré el

camino que lleva a los fosos de Horz!

V

Fue una suerte para mí el que Pan Dan Chee fuera rápido con

las palabras. Antes de que Ho Ran Kim pudiera formular

cualquier objeción ya habíamos abandonado la sala de

audiencias y emprendíamos el camino hacia los fosos de Horz y

debo confesar que me alegraba el dejar de ver la cara de aquel

amable y considerado tirano. Nadie podría decir cuándo algún

estímulo nuevo y humanitario le haría ordenar que nos cortaran

la cabeza al instante.

La entrada a los fosos de Horz se halla en un pequeño edificio

sin ventanas cercano a la muralla posterior de la fortaleza.

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Estaba cerrada por grandes portalones que rechinaban sobre

corroídos goznes mientras las abrían dos de los guerreros que

nos acompañaban.

–Está oscuro ahí dentro –dijo Pan Dan Chee–. Nos romperemos

la cabeza si entramos sin luces.

Lon Shon Weng, mostrándose amistoso, envió a uno de sus

hombres a por algunas antorchas y cuando volvió, Pan Dan

Chee y yo entramos en la lóbrega caverna.

Habíamos dado unos cuantos pasos por la superficie de una

rampa rocosa que descendía hacia las estigias tinieblas, cuando

Lon Shon Weng gritó:

–¡Esperad! ¿Dónde está la llave de estas puertas?

–El carcelero de algún gran jeddak que vivió hace miles de

años puede que lo sepa –replicó Pan Dan Chee–, pero yo no.

–¿Entonces cómo voy a encerraros? –preguntó Lon Shon

Weng.

–El jeddak no te dijo que nos encerraras –objetó Pan Dan

Chee–. Dijo que nos llevaras a los fosos y nos dejaras ahí,

durante la noche. Recuerdo perfectamente sus palabras.

Lon Shon Weng estaba hecho un lío, pero al fin encontró un

modo de salir del paso.

–¡Venid! –dijo–. Volveremos ante el jeddak y le explicaremos

que no hay llaves, entonces él decidirá.

–¡Ya sabes que es lo que hará! –dijo Pan Dan Chee.

–¿Qué? –preguntó Lon Shon Weng.

–Ordenará nuestra destrucción en el acto. Vamos Lon Shon

Weng, no nos condenes a una muerte inmediata. Sitúa una

guardia aquí, en las puertas con órdenes de matarnos si

intentamos escapar.

Lon Shon Weng, consideró esto durante un momento, y

finalmente movió la cabeza en consentimiento.

–Es un plan excelente –dijo, después señaló a dos guerreros y

les advirtió que permanecieran de guardia y tras situarlos nos

deseó buenas noches y se marchó con sus soldados.

Nunca he visto una gente tan cortés y considerada como los

orovars, hasta es posible que resulte agradable el que uno de

ellos te corte el pescuezo, creo que lo haría muy

educadamente. Son el polo opuesto de sus enemigos

hereditarios, los hombres verdes, porque éstos carecen de toda

cortesía, consideración o amabilidad. Son fríos, crueles y

despiadados brutos que no conocen el amor y cuyo único credo

es el odio.

A pesar de todo, los fosos de Horz, no eran un lugar

placentero. El polvo de los siglos yacía sobre una rampa por la

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que caminábamos. Desde su final, un corredor se extendía más

allá de donde llegaba la luz de nuestras antorchas. Era un

pasillo ancho, con puertas abiertas a ambos lados. Estos, me

supuse, eran los calabozos donde los antiguos jeddaks habían

confinado a sus enemigos, y así se lo pregunté a Pan Dan Chee.

–Probablemente –dijo–, aunque nuestros jeddaks nunca los

han usado.

–¿Nunca han tenido enemigos? –pregunté.

–Por supuesto, pero consideraban una crueldad el encerrar

hombres en agujeros tan oscuros como éste, así que los

mataban inmediatamente si sospechaban que eran enemigos.

–¿Entonces por qué hay fosos aquí? –le interrogué.

–Oh, fueron practicados cuando la ciudad se edificó, tal vez

hace un millón de años, quizá más. Dio la casualidad de que la

fortaleza se construyó alrededor de la entrada.

Eché una ojeada a uno de los calabozos. Un desmoronado

esqueleto yacía sobre el suelo, las enmohecidas cadenas que lo

habían sujetado a la pared se hallaban esparcidas entre los

huesos. En el siguiente calabozo había tres esqueletos y dos

cajas de metal magníficamente entalladas. Cuando Pan Dan

Chee levantó una de las tapas de las cajas, apenas pude

reprimir un gesto de asombro y admiración. La caja estaba llena

de magníficas gemas engarzadas con elaborada belleza;

muestras de artes olvidados, la obra de un maestro en su oficio

que había vivido hace miles de años. Creo que nada de lo que

había visto antes me había impresionado tanto. Y era

deprimente, porque estas joyas habían sido lucidas por bellas

mujeres y valientes hombres que habían desaparecido en un

olvido tan completo que ni siquiera quedaba memoria de ellos.

Mi abstracción se vio interrumpida por el ruido de evasivos

pies a mi espalda. Me di la vuelta e instintivamente mi mano se

dirigió hacia donde la empuñadura de una espada debería

haber estado pero que, de hecho, no estaba. Frente a mí y listo

para saltar, se encontraba el ulsio más grande que había visto

en mi vida.

Estas ratas marcianas son unas criaturas fieras y asquerosas.

Tienen numerosas patas, y carecen de pelo, su piel se parece

repulsivamente a la de un ratón recién nacido, sus ojos son

pequeños, están juntos, y se encuentran casi escondidos en

carnosas y profundas aberturas. Pero lo más temible y repulsivo

en ellos son sus fauces; cuando se abren dejan ver cinco

afilados y puntiagudos dientes en cada mandíbula, cuya

estructura ósea sobresale varias pulgadas de la carne

semejando una putrefacta cara de la que ha desaparecido la

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mayor parte del rostro. Normalmente tienen el tamaño de

terrier de Airdale, pero el bicho que saltaba hacia mí en los

fosos de Horz aquel día, era tan grande como un puma joven y

diez veces más feroz.

Cuando la criatura brincó hacia mi cuello, le di un fuerte golpe

en un lado de la cabeza y la hice caer de lado, pero pronto se

enderezó y se lanzó hacia mí de nuevo. Entonces Pan Dan Chee

entró en escena. No le habían desarmado y con su espada corta

cayó sobre el ulsio.

Fue una buena batalla. El ulsio era la bestia más feroz y

tozuda que jamás había visto, y ofreció a Pan Dan Chee la lucha

de su vida. Le había cortado dos de sus seis patas, una oreja, y

la mayor parte de sus dientes antes de que la ferocidad de sus

repetidos ataques se desvaneciera. El animal estaba casi hecho

pedazos y, sin embargo, todavía ofrecía pelea. Yo sólo podía

callar y observar, lo cual no me gusta hacer ante una lucha. Al

fin sin embargo, acabó: el ulsio estaba muerto y Pan Dan Chee

me miró y sonrió.

Buscaba a su alrededor algo con lo que poder limpiar su

ensangrentada espada.

–Quizás haya algo en la otra caja –sugerí, y llegando hasta

donde estaba, levanté la tapa.

La caja tenía unos dos metros y medio de largo, un metro y

medio de ancho y medio de profundidad. En su interior yacía el

cuerpo de un hombre, su elaborado correaje estaba incrustado

de joyas. Llevaba puesto un casco totalmente cubierto de

diamantes, uno de los pocos cascos que había visto en Marte.

Las fundas de su espada larga, cota y de su daga aparecían

decoradas de forma similar.

Había sido un hombre muy guapo y aún su cadáver lo era. Se

conservaba de tal modo que, aparentemente, podría seguir

estando vivo de no ser por la fina capa de polvo que cubría sus

facciones. Cuando soplé y desapareció parecía estar tan vivo

como tú o como yo.

–¿Enterráis a vuestros muertos aquí? –pregunté a Pan Dan

Chee, pero negó con la cabeza.

–¡No! –replicó–. Puede llevar aquí un millón de años.

–Tonterías –exclamé–. Se habría secado y convertido en

cenizas hace milenios.

–Eso lo ignoro –me respondió Pan Dan Chee–. Había montones

de cosas que los antiguos sabían y que hoy día son artes

perdidas. Sé que el del embalsamamiento era una de ellas.

Existe la leyenda de Lee Um Lo, el más famoso embalsamador

de todos los tiempos, que cuenta cómo su trabajo era tan

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perfecto que ni siquiera el mismo cadáver sabía que estaba

muerto; y en varias ocasiones se levantaban y caminaban

durante los servicios funerarios. El fin de Lee Um Lo llegó

cuando la esposa de un gran jeddak se dio cuenta de que no

estaba muerta y se reintegró a la vida junto al jeddak y su

nueva esposa. Al día siguiente Lee Um Lo perdió la cabeza.

–Es una buena historia –dije riéndome– pero espero que este

tipo esté muerto porque voy a desarmarle; me pregunto si hace

un millón de años, soñó alguna vez que algún día iba a ceder

sus armas a un guerrero de Barsoom.

Pan Dan Chee me ayudó a enderezar el cadáver y

desprenderle de sus cintos. Mientras lo hacíamos ambos

estábamos sorprendidos por lo lisa y flexible que era la textura

de la carne y de su temperatura normal.

–¿Supones que podemos habernos equivocado? –le

pregunté–. ¿Pudiera ser que no estuviera muerto?

Pan Dan Chee se encogió de hombros.

–El conocimiento de las artes de los antiguos quedan fuera

del alcance del hombre moderno –dijo.

–Eso no nos ayuda mucho –observé–. ¿Crees que este hombre

pueda estar vivo?

–Su cara estaba cubierta de polvo –repuso Pan Dan Chee– y

nadie ha estado en estos fosos durante miles y miles de años.

Si no está muerto, debería estarlo.

Le hice un gesto de asentimiento y me coloqué los fantásticos

cintos a mi alrededor con no poco trabajo. Desenfundé las

espadas y la daga y las examiné. Estaban tan brillantes y

relucientes como el día que las pulieron por vez primera, y sus

bordes estaban afilados. Una vez más, me sentía un hombre

entero, ya que la espada es parte de mí.

Mientras nos adentrábamos en el corredor, observé una luz

lejana. Desapareció, casi al instante.

–¿Viste eso? –pregunté a Pan Dan Chee.

–Lo vi –dijo, y su voz era indecisa–. No debería haber luces

aquí, ya que no hay gente.

Permanecimos con la mirada fija en el pasillo esperando que

la luz se repitiera. No lo hizo, pero en la lejanía se escuchó una

risotada cuyo eco recorrió el corredor.

VI

Pan Dan Chee me miró.

–¿Qué puede haber sido eso?

–A mí me pareció una carcajada –repliqué.

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Pan Dan Chee meneó la cabeza.

–Sí –asintió–. ¿Pero cómo puede haber risa donde no hay

nadie para reír?

Pan Dan Chee estaba perplejo.

–Quizás los ulsios de Horz hayan aprendido a reír –sugerí con

una sonrisa.

Pan Dan Chee hizo caso omiso de mi locuacidad.

–Vimos una luz y oímos una carcajada –dijo pensativamente–.

¿Qué significado tiene eso para ti?

–El mismo que para ti –dije–. Hay alguien aquí abajo, en los

fosos de Horz, además de nosotros.

–No veo cómo pueda ser eso posible –argüyó.

–Investiguémoslo –le sugerí.

Avanzamos con las espadas desenfundadas, porque no

conocíamos la naturaleza o el temperamento del propietario de

aquella risotada, y por otro lado siempre existía la posibilidad

de que un ulsio pudiera saltar desde uno de los calabozos y nos

atacara.

El corredor era recto durante un tramo, y después comenzaba

a curvarse. Había ramificaciones e intersecciones pero

continuamos por lo que creíamos que era el pasillo principal. No

volvimos a ver más luces ni a oír más carcajadas. No había otro

sonido en todo aquel vasto laberinto de pasajes que el débil

tintineo producido por nuestros metales, el ruido ocasional de

nuestros pies y los ligeros murmullos del roce de nuestros

correajes.

–Es inútil buscar más allá –dijo al fin Pan Dan Chee–, será

mejor que empecemos de nuevo.

En ese momento no tenía intención alguna de volver hacia mi

muerte; deduje que la luz y la risa indicaban la presencia del

hombre en estos fosos. Si los habitantes de Horz no sabían

nada sobre ellos es que entonces debían entrar a los fosos

desde el exterior de la fortaleza, lo cual significaba una vía de

escape para mí. Por consiguiente, no deseaba volver sobre

nuestros pasos; así que sugerí que descansáramos un rato y

discutiéramos nuestros futuros planes.

–Podemos descansar –dijo Pan Dan Chee–, pero no tenemos

nada que discutir. Ho Ran Kim ya ha trazado nuestro futuro.

Penetramos en una celda que no contenía ningún recuerdo de

alguna pasada tragedia, y, después de colocar una de nuestras

antorchas en una abertura de la pared, nos sentamos en el duro

suelo de piedra.

–Puede que tus planes hayan sido hechos en tu lugar por Ho

Ran Kim –le dije–, pero yo hago mis propios planes.

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–¿Y son...? –preguntó.

–No me seduce volver para ser asesinado. Voy a buscar la

manera de salir de estos fosos.

Pan Dan Chee movió su cabeza apenado:

–Lo siento –me dijo– pero vas a regresar para afrontar tu

destino conmigo.

–¿Qué te hace pensar eso?

–Porque yo tendré que llevarte. Sabes bien que no puedo

permitir que un extranjero escape de Horz.

–Eso significa que tendremos que luchar hasta que uno de los

dos muera, Pan Dan Chee –afirmé–, y no deseo matar a alguien

a cuyo lado he combatido y a quien he aprendido a admirar.

–Yo también siento lo mismo, John Carter –dijo Pan Dan Chee–.

Tampoco yo deseo matarte; pero debes comprender mi

situación: si no vienes conmigo voluntariamente, tendré que

acabar con tu vida.

Intenté disuadirle de su terca postura, pero continuaba firme

en sus ideas. Desde luego Pan Dan Chee me caía bien, y la idea

de matarle me estremecía, ya que sabía que debería hacerlo.

Era un espadachín excelente, pero ¿qué oportunidad tendría

contra un maestro en esgrima de dos mundos? Perdonadme si

eso parece vanidoso de mi parte, porque aborrezco la

presunción. Sólo expongo lo que es un hecho. Soy

indiscutiblemente, el mejor espadachín que ha existido.

–Bien –le dije–, no tenemos por qué matarnos ahora mismo,

así que disfrutemos de nuestra mutua compañía un poco más.

Pan Dan Chee esbozó una sonrisa.

–Será un gran placer –dijo.

–¿Qué te parece si jugamos al jetan? –le pregunté–. Nos

ayudará a pasar el tiempo entretenidos.

–¿Pero como vamos a jugar si no tenemos tablero ni piezas?

Abrí la bolsa de cuero que todos los marcianos suelen llevar, y

saqué un pequeño tablero plegable de Jetan con todas sus

piezas, un regalo de Dejah Thoris, mi incomparable compañera.

Pan Dan Chee se sentía intrigado por ello, ya que es una

maravillosa y bella obra hecha a mano. El más grande artista de

Helium había diseñado las piezas, talladas bajo sus directrices,

por dos de nuestros mejores escultores. Todas las piezas de

guerreros, padwars, dwars, panthans y jefes, estaban

modeladas con un gusto exquisito y mostraban con detalle las

características de los combatientes marcianos. Una de las

princesas era una bella miniatura magníficamente conseguida

de Tara de Helium, y la otra princesa era Llana de Gathol.

Estoy sumamente orgulloso de poseer este juego de jetan, y,

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como las figuras son tan diminutas, siempre llevo conmigo una

pequeña pero poderosa lupa, no sólo para mi personal disfrute,

sino también para el de otros. Se la ofrecí entonces a Pan Dan

Chee, quien examinó las figuras minuciosamente.

–Extraordinario –dijo–. Nunca he visto nada tan bonito.

Había examinado una figura mucho más tiempo que el resto y

la sostenía en su mano como si se resistiera a devolverla.

–Qué exquisita imaginación debió tener el artista que creó

esta figura, porque no debió haber tenido modelo de una

belleza tan fantástica; tal belleza es imposible que exista en

Barsoom.

–Todas esas figuras representan personas reales –le dije.

–Quizás las otras –repuso– pero no ésta. No es posible que

una mujer tan bella puede ser real.

–¿Cuál es? –le pregunté, y me la pasó.

»Ésta –le respondí– es Llana de Gathol, la hija de Tara de

Helium, mi hija. Vive de veras y ésta es una excelente imagen

suya. Por supuesto nunca podrá hacerla justicia ya que no es

capaz de reflejar ni el ánimo ni y el encanto de su personalidad.

Volvió a coger la figura y la observó durante un buen rato con

la lupa, después la colocó de nuevo en la caja.

–¿Jugamos? –le pregunté.

Movió la cabeza y dijo:

–Sería un sacrilegio jugar con la figura de una diosa.

Metí las piezas en la pequeña caja, que al mismo tiempo

hacía las veces de tablero, y la introduje en mi bolsa. Pan Dan

Chee guardaba silencio. La luz de la única antorcha proyectaba

nuestras largas y oscuras sombras sobre el suelo.

Las antorchas de Horz eran algo nuevo para mí. Son muy

ingeniosas. Tienen forma cilindrica y poseen un núcleo central

que reluce brillantemente con una luz fría cuando es expuesto

al aire, lo cual se consigue volviendo una tapa sujeta por medio

de bisagras y empujando hacia arriba; cuanta mayor es la

porción expuesta, más intensa es la luz.

Pan Dan Chee me contó que habían sido inventadas hacía

siglos y que la luz así producida llevaba consigo tan poca

pérdida de materia que eran prácticamente eternas. El arte de

obtener el núcleo central se perdió en la lejana antigüedad y

ningún científico desde entonces ha sido capaz de analizar su

composición.

Pasó un buen rato antes de que Pan Dan Chee hablara de

nuevo, entonces se levantó. Parecía cansado y triste.

–Venga –dijo– cuanto antes acabemos mejor. –Y desenfundó

su espada.

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–¿Por qué tenemos que pelear? –le pregunté–. Somos amigos.

Si logro salir de aquí, te doy mi palabra de honor de que no

traeré a nadie a Horz; por lo tanto, te ruego que me dejes en

paz. No quiero matarte. O mejor aún, vente conmigo. Hay

mucho que ver más allá de Horz, tienes todo un mundo exterior

que conocer.

–No me tientes –suplicó–. Quiero ir. Por primera vez en mi vida

deseo abandonar Horz. Pero no debo hacerlo. ¡Vamos, John

Carter, en guardia!, uno de los dos debe morir, a menos que

regreses voluntariamente conmigo.

–En cuyo caso ambos moriremos –le recordé–. Es una

estupidez, Pan Dan Chee.

–¡En guardia! –Fue su única respuesta.

No me quedaba otra cosa que hacer que desenfundar mi

espada y defenderme, y, la verdad, nunca me había costado

tanto trabajo desenfundar.

VII

Pan Dan Chee no quería tomar la ofensiva y ofrecía una débil

defensa. Pude haber acabado con él cuando hubiera querido,

desde el instante en que desenfundé mi arma. Casi

inmediatamente me di cuenta de que me estaba regalando mi

libertad a expensas de mi propia vida.

Al fin retrocedí unos pasos y solté mi acero.

–No soy ningún carnicero, Pan Dan Chee –dije–. ¡Vamos!

¡Ataca!

Movió su cabeza.

–No puedo matarte –dijo sencillamente.

–¿Por qué? –le pregunté.

–Porque soy un tonto –repuso–. La misma sangre corre por tus

venas y por las de ella. No podría derramar esa sangre. No

podría hacerla desgraciada.

–¿Qué quieres decir? –pregunté con tono imperioso–. ¿De qué

estás hablando?

–Estoy hablando de Llana de Gathol –contestó–. La mujer más

bella del mundo, la mujer a quien nunca veré, pero por quien

ofrezco gustoso mi vida.

Los guerreros marcianos se muestran absolutamente

caballerosos en lo que a amores se refiere, pero éste estaba

llevando su caballerosidad más lejos de lo que yo había visto en

mi vida.

–Muy bien –le dije– ya que no tengo intención de matarte, no

hay motivo para continuar con este tonto duelo.

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