La Bruja de Guasumurdi por Arnoldo Alfaro Morales - muestra HTML

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LA BRUJA DE GUASUMURDI

Zugarramurdi era una pequeña aldea en la montaña navarra colindante con el país de Labort en el país vasco francés. En este pequeño poblado, se dio el caso más famoso de la brujería vasca en 1616. Guasumurdi, en Nicaragua, es el nombre escogido en mi cuento, donde ocurrieron los siguientes hechos, los cuales son reales, tan reales que los contaban mis antepasados, y éstos no conocían la mentira, porque, de acuerdo con nuestros profundos y arraigados principios cristianos, la mentira es obra del mismísimo Satanás. Se han omitido los nombres reales de lugares y personas por respeto a algunos que ya están difuntos.

Aquel día llovía torrencialmente. Cántaros de agua se desprendían del cielo ennegrecido por aquellos densos nubarrones que de paso daban la apariencia de una noche obscura aunque apenas comenzaba la tarde, solo iluminada por los relámpagos que de manera seguida se observaban mientras los truenos se hacían oír dejando ver la furia de las fuerzas de la naturaleza.

Entonces, por la vueltecita del camino abajo, más allá de la casa de don Emilio, surgió la Cupertina, bañada por la tormenta, iluminada por los relámpagos mientras los truenos festejaban su llegada con carga cerradas que desprendían aquel olor a azufre.

Por cada casa que pasaba, los perros aullaban lúgubremente mientras corrían a esconderse gimiendo lastimeramente debajo de cualquier mueble a la vista.

Nadie supo nunca de donde venía ni ella lo comentó. Con aquel pelo blanco, desgreñado; su tez morena curtida por el Sol; miraba fijamente, pero no se sabía a quién miraba: si estabas acompañado de alguien frente a ella, observabas que te miraba…pero tu compañero también juraba que era a él a quien miraba…Y si había tres personas…las tres sentían sobre cada quien su mirada; algunos juraban que era bizca…su nariz muy fina semejaba el perfil de un águila real a punto de caer sobre su presa; delgadita, muy delgadita, pero con una fortaleza inimaginable, capaz de levantar cien libras con asombrosa facilidad.

El hecho de su llegada al valle era narrado por Cipriano, quien decía haberlo oído por boca de su abuelo Toribio, muchos…pero muchos años atrás…quizá unos setenta años hace… respecto a su edad, tratamos de descifrarla comparándola con la de Cipriano de 45 años…pero entonces resultaban aproximadamente ciento quince años…entonces dejamos su edad como un elemento indescifrable.

Un día de tantos apareció Bembenuto e hicieron pareja. Construyeron una choza con varas y paja…ya tenían su hogar…Bembenuto era alto, fornido; vestía caites de cuero crudo, pantalón y camisa hechos de manta; de tez morena; con una mirada fría, ausente, parecida a la mirada del zanate, que escudriña el ambiente sin un objetivo determinado; su voz entrecortada repetía la primera sílaba de cada palabra una o dos veces antes de pronunciarla.

Y comenzaron a ocurrir hechos extraños…La luna llena iluminaba el ambiente con nitidez espectacular; los objetos, los árboles, las casas, proyectaban su sombra dando la apariencia de una doblez de todo lo existente…Marcos bajaba por el caminito bordeado de maderos cuyas flores desprendían su olor característico; silbaba una vieja canción para darse valor, aunque en verdad desconocía el miedo; a esa misma hora había hecho el mismo recorrido cientos de veces y sólo el cadejo era su compañía, pero el cadejo blanco, que, en todo caso, era el cadejo bueno y ahuyentaba al cadejo negro…pero esa noche las cosas eran diferentes…algo anormal flotaba en el ambiente…el cadejo no hizo su aparición, no le acompañó como habitualmente lo hacía; un viento helado se sintió de repente; cercano se dejó escuchar un silbido agudo y penetrante que le heló la sangre…propiamente cuando llegaba a la sombra de aquel viejo árbol de Pacón, se dejó escuchar una aleteo que le pasó rozando la cabeza, pasó raudo sobre él mientras silbaba agudamente como si estuviera riendo a carcajadas y se posó en las ramas bajas del Pacón…Marcos sintió (más que vio) aquella mirada fría sobre sí…aquellos grandes ojos que le querían hipnotizar a la luz clarita de la luna…rápidamente pronunció el nombre de Cristo y desvió la mirada hacia el suelo…así permaneció unos segundos mientras decía: ¡!Ay!!

…Qué fuerte venís; más fuerte viene mi Dios; la Sangre de Cristo me libre de vos!...Luego levantó la mirada esperando ver a aquel animalejo infernal…pero…nada…había desaparecido.

Poco a poco el alma le volvió al cuerpo y se repuso un poco…remprendió el camino hacia su casa dejando atrás el viejo Pacón. Al pasar por la casa de aquel viejo maestro que se casó con la Esmeralda, vio salir por el alero de la casa raudo al animalejo mismo con un racimo de guineos colgando de sus garras, mientras silbaba lúgubremente y se alejaba camino arriba…

Las apariciones continuaron incontables por las noches y de todas las casas se perdieron frutas, pollos, gallinas…algunas veces hasta perros y gatos. Mientras, la Cupertina paseaba por el caserío, con su andar contoneado, silencioso, con sus pies descalzos, no se oía cuando llegaba furtiva a las casas, escudriñaba todo, por todos los rincones, algunas veces acompañada por Bembenuto.

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Eufemio y su hermano Hildebrando vivían en aquella gran casona pero de manera independiente: una sola pero separados por un gran corredor entre las dos habitaciones. Al fondo del corredor estaba la cocina de Eufemio quien vivía con la Carminda, comadrona del lugar. En la cocina estaba, al fondo, aquel gran horno con la puerta de entrada dentro de la cocina y la de salida que daba al corral donde pacían las vacas, terneros, bueyes, caballos y mulas. Precisamente por el horno, encontró su punto de entrada a la casa aquel animalejo. Todas las mañanas amanecían esparcidos por la cocina todo tipo de utensilios y desaparecían frijoles, azúcar y todo cuanto se podría imaginar.

De manera secreta, Eufemio consultó con Rudecio, aquel doctor naturista de la comarca cercana quien le proporcionó una buena dosis de tiros curados con mostaza, ruda y otras especies sólo por él conocidas. Y estaban listos para esperar el espanto.

El plan era muy sencillo: nadie debería dormir esa noche.

Eufemio esperaría en el interior de la cocina, escondido dentro de aquel gran cajón de madera al que llamaban bunque, armado con el fusil y su respectiva munición con la cura correspondiente.

Sus hijos, Constancio y Evelio esperarían afuera, subidos entre los manojos del guate arriba del tabanco del corral.

Las primeras horas de la noche transcurrieron sólo interrumpidas por el silbar de los pocoyos y el ladrido de los perros aullando a la luna, pero ya muy entrada la noche se dejó sentir un viento helado; los perros gimieron lastimeramente corriendo a esconderse debajo del primer mueble a su alcance; un silbido agudo heló la sangre en las venas a quienes esperaban despiertos.

Raudo descendió de aquel viejo árbol de carao una especie de mico iluminado por la luna y penetró por la puerta del horno; poco después estaba dentro de la cocina.

Armados de valor, Constancio y Evelio cumplieron su misión cerrando con tablas previamente preparadas la puerta del horno, mientras, adentro, Eufemio disparaba sin parar esperando acertar aunque fuera un solo disparo.

El animalejo saltaba frenético dentro de la cocina; subía por las paredes, buscaba inútilmente la salida por el horno, cuando Eufemio le atacó por la puerta de entrada. En ese momento aquel vicho infernal se arrojó sobre su atacante silbando agudamente arañando su cara, haciéndole retroceder asustado.

Poco después se alejaba saliendo por un hueco del techo; sus silbidos se escucharon hasta varios minutos después; en la cocina reinaba el desconcierto mientras Constancio y Evelio asistían a su progenitor, frotándole con ajo machacado según les había indicado el naturista Rudecio. También se podían apreciar manchas de sangre en el piso, lo que evidenciaba que el animalejo estaba herido.

Aquel capítulo marcó un alto a las incursiones sobrenaturales, mejor dicho, una tregua. Por semanas enteras la Cupertina desapareció del panorama; sólo Bembenuto era visto consiguiendo el café, la taza de leche, la libra de frijoles o el puchito de azúcar. Según sus declaraciones, la Cupertina estaba enferma, con una pierna herida al caerse de un árbol mientras bajaba mangos.

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Días después reapareció…cojeaba un poco de su pierna derecha… su primera visita fue donde Eufemio quien tejía una pealera en compañía de Constancio y Evelio…les miró fijamente…los tres, al mismo tiempo, sintieron aquella mirada helada, carente de sentimiento, de significado…después dio media vuelta y se alejó hacia la Carminda para pedirle un poco de frijoles cocidos. Ésta se los dio mientras preguntaba: -Y… ¿Qué te pasó en la pierna?...Mejor dicho…en la pata…

-Me caí de un palo…contestó…mientras miraba a Eufemio, Constancio y Evelio, con una mirada indescifrable.

Después dio media vuelta y se alejó camino a las casas vecinas.

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Varios meses después, Bembenuto enfermó gravemente…nadie le visitó en su camastro de enfermo, nadie le vio mientras supuestamente yacía enfermo, pero un día murió; se colectaron las tablas para su ataúd y se procedió a darle sepultura en el pueblo vecino.

Mientras, la cupertina apareció cargando una bebé a quien llamó con el nombre de Concepción, Concha, como toda la gente le llamó. Dijo ser hija del difunto Bembenuto.

Del pequeño arroyito en la parte norte del valle, las mujeres acarreaban el agua de uso en las casas; cada familia hacía un pequeño pozo del cual extraían su agua. La Cupertina inspeccionó el lugar y poco después escogió el pie de un árbol de aguacate para construir su pozo; con asombro se observó la abundancia de agua del pozo, hasta una pequeña fuente había en la parte superior, la cual emanaba desde las raíces del aguacate…Desde entonces se vio a la Cupertina, acompañada de la pequeña Concha, acarrear su agua, lavar su maíz y algunas raras veces, bañarse en aquel pozo, al cual cuidaba con uñas y dientes.

Pasaron meses y años y la pequeña Concha creció, con un parecido asombroso con la Cupertina con quien deambulaba de arriba para abajo en el valle…a la vista aparecía como una doble visión.

Un día de tantos la Concha se juntó con Lencho con quien tuvieron una hija, la Teresa, con un extraño parecido a sus madre y abuela respectivamente…Lencho murió en las mismas circunstancias que Bembenuto y, años después, murió la Cupertina, dejando tras sí una serie de especulaciones: que fue bruja, que ahora su hija es su reencarnación, que vivió más de doscientos años…

Sólo hay una verdad en toda esta historia: que la Cupertina fue un personaje pintoresco en la historia de Gusumurdi…

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