La Casa con Olor a Viejo por Marcia Pagani - muestra HTML

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LA CASA CON OLOR A VIEJO

 

 

Pocos eran los días en que no salía a caminar. Saltaba la cerca frente a mi casa y entraba a ese campo que hacía años solo recibía la visita de mis propios pies, encerrados siempre en las mismas zapatillas blancas de suela fina que probablemente debieron ser lavadas más a menudo.

Cuando el camino de piedras terminaba, desataba los cordones de las zapatillas y comenzaba a correr descalza por el brillante y verde pasto que me hacía cosquillas en los pies. Pasaba horas caminando hasta llegar a aquel árbol, ese que había descubierto hacía ya varios años, para sentarme en su sombra a descansar.

Me sentaba en el pasto apoyada en el tronco a leer el libro de tapa amarilla y dura que mi abuela me había regalado. Me sentía totalmente atrapada por aquella historia llena de mares, barcos y héroes que daban su vida por la de los demás.

Cuando me desperté el sol ya había bajado lo suficiente como para permitir que el fresco me hiciera estornudar.

Mientras intentaba calcular cuantas horas había estado dormida, fui interrumpida por un fuerte sonido proveniente de mi estómago. Tenía que comer algo, así que me dirigí hasta los manzanos esperando conseguir algún fruto.

Al llegar vi varias manzanas que me hicieron agua la boca con tan solo mostrarse ante mis ojos; estaban altas, pero necesitaba conseguirlas para calmar mi apetito.

Sacudí el árbol todo lo que mi fuerza me permitió, y una gran manzana golpeó mi cabeza. La fruta tenía un hoyo, pero no era momento para ponerme exigente; la mordí y me di cuenta de que las apariencias en verdad engañan. No recuerdo haber vuelto a probar alguna manzana tan rica como aquella, ¡era tan crujiente, y dulce, y perfumada!

Cuando ya me la estaba acabando, vi pasar a un gato que enseguida me recordó a Vicente, el felino de mi casa. ¿Qué podría estar haciendo un gato doméstico en el medio de la nada? La curiosidad me invadió y comencé a seguirlo.

Sabía que mi mamá y la abuela me esperaban en casa, pero nada me apasionaba más que caminar durante horas en busca de una buena aventura.

El gato corría muy rápido, y yo, intentando seguir su ritmo, me tropezaba, chocaba con los árboles, e incluso el viento jugaba a hacer bailar mi vestido.

Tenía sed, frío y estaba ya muy cansada, pero seguía persiguiendo al gato gris que aparentaba no comer mucho y sin embargo tenía una energía extraordinaria.

Estaba decidida a seguir al gato hasta que se detuviera, tanto que tropecé con una gran piedra que me lastimó la pierna. Cuando intentaba pararme, un trueno me paró el corazón por un segundo. No me había dado cuenta de lo tarde que se había hecho y de lo frío que estaba. Para colmo, perdí de vista al gato; supongo que se asustó por el trueno.

Debía volver a casa aunque, sinceramente, había olvidado el camino. Los nervios se apoderaron de mí, estaba asustada, pensaba en lo preocupada que estaría la abuela, y llegué a notar algunas lágrimas deslizándose en mis mejillas.

No quería moverme del lugar en el que estaba, sentía miedo de alejarme aún más. Me quedé sentada llorando un largo rato hasta que llegué a la conclusión de que de nada servía estar así, inmóvil. Me trepé a un árbol e intenté ver a lo lejos.

La lluvia me molestaba, no me dejaba ver muy bien, pero pude llegar a distinguir algo de humo saliendo de una chimenea, hasta ese momento desconocida por mí.

Al llegar a la casa, enseguida reconocí al gato que estaba acurrucado junto al fuego. Alcé mi vista y vi a una anciana sentada en un viejo sofá, con bastante polvo, debo decir.

Con miedo y timidez golpee a la puerta esperando ser atendida lo más rápido posible, pues la tormenta había comenzado. Enseguida fui atendida

por la anciana que dijo llamarse Clara, al igual que yo.

Le expliqué lo sucedido y amablemente me invitó a quedarme a cenar. Nunca fui fanática de la sopa, pero es que tenía tanta hambre y frío que no pude negarme cuando se ofreció a servirme un poco más. Cuando terminamos de tomar la sopa con el delicioso pan casero, la anciana me preguntó que pensaba hacer.

Quería irme a casa en vez de seguir abusando de la amabilidad de la señora, pero, ¿Qué se suponía que hiciera?, ¿caminar en la oscuridad hasta milagrosamente toparme con mi casa? No, por supuesto que no.

La amable anciana se dio cuenta de que no sabía responder esa pregunta, a si que añadió:

-         Tengo una cama muy cómoda si la quieres; era de mi hija pero hace años que ya no está en casa - dijo.

-         Gracias pero no lo sé, en casa deben estar preocupadas – contesté.

-         Bueno, no puedes irte ahora, está oscuro y te puedes enfermar – me dijo como cualquier persona coherente lo haría.

-         Gracias, es muy amable – le dije sonriendo.

Nunca se me habría ocurrido aceptar quedarme en la casa de un extraño, pero es que esta anciana me hacía sentir confiada, segura. Conversamos un rato sentadas junto a la mesa; le hablé sobre mi familia y ella sobre la suya mientras acariciaba al gato que no paraba de ronronear.

Después de haber charlado un buen rato, Clara me guió hacia la habitación que tan amablemente me había ofrecido. La habitación no era muy amplia, pero era hermosa. Un empapelado con flores amarillas la hacían ver acogedora y femenina. La cama estaba contra una pared, había una mesita de noche y un enorme ropero. La ventana dejaba ver el hermoso campo que en esos momentos se hallaba mojado y con un aspecto siniestro.

Clara abrió el ropero y sacó algo de ropa:

-         Ponte esto, quítate esa ropa mojada, debes estar helándote – me dijo.

-         Gracias – contesté.

 

Una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro, estaba tan agradecida. Clara respondió con otra sonrisa.

Cuando quedé sola en la habitación me cambié de ropa e inmediatamente me acosté en la cama. Bostezaba una y otra vez mientras pensaba en la abuela y mamá, seguro estaban muy preocupadas.

Al día siguiente me desperté y estuve sorprendida por un momento, había olvidado que me encontraba lejos de casa. Salí de la habitación y me dirigí hacia el comedor donde estaba la anciana.

Había preparado el desayuno para ambas. Había té, leche, jugo de naranja, pan casero y mermelada de higo. Me invitó a sentarme con ella y luego de agradecerle comencé a comer. Mientras desayunábamos comenzamos a charlar.

El clima había mejorado, la temperatura era muy agradable y el cielo estaba despejado.

-         ¿Por qué vive sola y tan lejos de los demás? – le pregunté invadida por la curiosidad.

-         Siempre me gustó el campo, y al perder mi antigua casa me vine aquí junto a mi madre. Tengo una chacra con frutas y verduras que yo misma cultivo, y animales que me dan de todo. Mi esposo tenía un caballo, si algo nos faltaba el iba al pueblo a buscarlo. Siempre fue tan bueno conmigo – dijo Clara sin disimular la nostalgia – a veces siento un poco de miedo, se que estoy vieja y que en cualquier momento necesitaré de otros, pero es que no puedo siquiera pensar en abandonar este lugar.

Entre lágrimas y sonrisas nostálgicas me contó como el cáncer se fue apoderando de su hija, quitándole la fuerza, hasta que un día le quitó la vida.

Decidí que era momento de hablar de otra cosa. Los recuerdos muchas veces nos hacen sufrir. Hablamos de las tantas cosas que teníamos en común hasta que se paró de su silla y se fue a buscar un álbum de fotos.

 

En ese momento recorrí con mi vista la sala hasta que mis ojos se toparon con una foto en la pared que llamó mi atención de inmediato. Enseguida me dirigí hacia ella y al verla quedé helada.

-         Trece años tenía en aquel entonces – escuché decir a la anciana que estaba detrás de mi.

Un grito de espanto salió de mis adentros sin que pudiera controlarlo, y no fue solo producto del susto ocasionado por mi compañía. Me giré hacia Clara y la miré a los ojos con dificultad, mi vista estaba empañada.

-         No es posible – le dije con la voz temblorosa.

La niña de la foto era yo; podía recordar perfectamente el momento en que había sido tomada, hacía solo unas pocas semanas, sin embargo la fotografía se veía muy vieja y deteriorada.

Sentí ganas de salir corriendo, pero también necesitaba una explicación; sentía que me estaba volviendo loca.

Decidí entonces que lo mejor era hablar conmigo, digo, con ella. Nos  sentamos en la sala y tomándome de la mano comenzó a contarme todo sobre su vida. Hablaba sobre como fue vivir en el pueblo, las aventuras que disfrutaba acompañada de su gato, los paseos en el campo frente a su casa… era tan extraño escuchar la historia de mi vida.

También me contó que un día, al llegar a su casa, su madre la recibió con una mala noticia: “hija, tengo algo que decirte…”, y le contó que su abuela había partido al cielo y que ya no podían vivir en esa casa. Sentí tanta tristeza al escuchar eso.

Cuando me intentó explicar como todo esto era posible un fuerte ruido nos interrumpió: era un trueno proveniente de una gran tormenta.

En ese momento desperté y me di cuenta de que había quedado dormida bajo el árbol por horas. La tormenta se acercaba y había oscurecido; corriendo me fui a casa.

Al llegar vi a mamá con Vicente entre sus manos y los ojos colorados, y con la voz temblorosa articuló: “hija, tengo algo que decirte…”

 

 

Marcia Emilia Pagani Jure

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