La Cortina de la Niñera Lugton por Virgina Woolf - muestra HTML

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La cortina de la niñera Lugton

La niñera Lugton dormía. Había lanzado un gran ronquido. Había dejado caer la cabeza; se había puesto las gafas en la frente; y allí estaba, sentada junto al fuego, con un dedo levantado y un dedal puesto en él, y su aguja enhebrada con hilo de algodón colgando hacia abajo; y roncaba, roncaba; y en sus rodillas, cubriendo por completo el delantal, había un gran corte de tela azul con figuritas.

Los animales de la tela no se movieron hasta que la niñera Lugton roncó por quinta vez. Una, dos, tres, cuatro, cinco... ah, la anciana se había dormido al fin. El antílope saludó a la cebra con una inclinación de cabeza; la jirafa mordió la hoja en la copa del árbol; todos empezaron a revolverse y a patear, pues en el dibujo de la tela azul había rebaños de animales salvajes, y más allá un lago y un puente, un poblado de chozas redondas, hombres y mujeres

asomados a las ventanas y cabalgando sobre el puente a lomos de un caballo.

Pero cuando la vieja niñera roncó por quinta vez, la tela se convirtió en aire azul; los árboles se cimbrearon; se oyó romper el agua del lago; y se vio a la gente cruzar el puente y saludar con la manos desde las ventanas.

Los animales se pusieron en marcha. En primer lugar salieron el elefante y la cebra; a continuación la jirafa y el tigre; más tarde el avestruz, el mandril, doce marmotas y un grupo de mangostas; los pingüinos y los pelícanos

avanzaban contoneándose y picoteándose unos a otros. El dedal dorado de la niñera Lugton los iluminaba como un sol; y cuando la niñera Lugton roncaba, los animales oían el rugido del viento a través de la selva. Bajaron a beber y, a medida que andaban, la cortina azul (porque la niñera Lugton estaba haciendo una cortina para la sala de estar de la mujer de John Jasper Gingham) se convirtió en hierba y se cubrió de rosas y margaritas; quedó salpicada de piedras blancas y negras, de charcos y rodadas de carro, y de ranitas que saltaban veloces para huir de las patas de los elefantes. Iban colina abajo, a beber en el lago, y no tardaron en congregarse en la orilla, donde algunos se inclinaban y otros levantaban la cabeza. Era una visión muy hermosa... Y

pensar que todo eso reposaba sobre las rodillas de la vieja niñera Lugton mientras dormía, sentada en su sillón Windsor a la luz de la lámpara; pensar en su delantal cubierto de rosas y hierba, pisoteado por todos aquellos animales salvajes, cuando la niñera Lugton ¡se moría de miedo con sólo meter la punta de la sombrilla en las jaulas del zoo! Bastaba un pequeño escarabajo negro para que la niñera Lugton diera un salto. Pero en ese momento dormía; no veía nada.

Los elefantes bebieron, las jirafas mordisquearon las hojas de los

tulipaneros más altos y la gente que cruzaba los puentes les arrojaba plátanos y lanzaba piñas al aire, hermosos barriles dorados llenos de membrillos y pétalos de rosa que hacían las delicias de los monos. La anciana Reina pasó en su palanquín; lo mismo hizo el General del Ejército y también el Primer Ministro, el Almirante, el Verdugo y altos dignatarios de visita en la ciudad, que era un lugar muy bello llamado Millamarchmantopolis. Nadie hacía daño a los encantadores animales; muchos sentían lástima de ellos, pues era bien sabido que hasta el más pequeño de los monos estaba hechizado. Una gran ogresa los obligaba a trabajar sin tregua; la gente lo sabía. Y la gran ogresa se llamaba niñera Lugton. La veían desde las ventanas, alta como una torre, su rostro como la ladera de una montaña, con grandes precipicios y avalanchas,

abismos en lugar de ojos, pelo, nariz y dientes. Congelaba vivo a todo animal que se adentrara en su territorio, obligándolo a pasar el día pegado a sus rodillas; pero cuando se quedaba dormida, los animales recuperaban la

libertad, y al atardecer descendían hasta Millamarchmantopolis para beber en el lago.

De pronto la vieja niñera Lugton arrugó la cortina.

Una gran moscarda azul que zumbaba alrededor de la lámpara la había

despertado. Se incorporó en la silla y le clavó la aguja.

Los animales retrocedieron al instante. El aire se convirtió en tela azul. Y

la cortina quedó inmóvil sobre sus rodillas. La niñera Lugton cogió la aguja y continuó cosiendo la cortina para la sala de estar de la señora Gingham.

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