La Derrota de los Pedantes por Leandro Fernández de Moratín - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle
index-1_1.png

index-1_2.png

La derrota de los pedantes

Leandro Fernández de Moratín

http://www.librodot.co

Neminem specialiter meus sermo pulsabit. Generalis de vitiis disputatio est. Qui mihi

irasci voluerit, prius ipse de se, quod talis sit, confitebitur.

S. HIERONYM., Epist. ad Nepofianum.

Esta obra no necesita prólogo; por eso no le tiene.

Necesitaba notas, pero el autor no ha querido ponérselas.

Estábase Apolo durmiendo la siesta a más y mejor en un mullido catre de pluma. Un

mosquitero verde le defendía de pelusa y moscas; la alcoba tenebrosa y fresca, el palacio en

profundo silencio, y el dios bien comido, mejor bebido y nada cuidadoso. Roncaba, pues, su

reluciente majestad, haciendo retumbar las bóvedas; y Mercurio, que se había quedado

traspuesto en un chiribitil cercano, dábase a Plutón, por no darse al diablo, viendo que los

bufidos de su hermano no le dejaban pegar los ojos.

En esto se ocupaban las referidas deidades, cuando de repente se levantó tal estruendo en

los patios, corredores y portalón del palacio que parecía hundirse aquella soberbia máquina.

Alterose Mercurio, dio un salto de la cama al suelo, y hubo de perder el juicio hallándose a

pie, esto es, sin talares, porque madama Terpsícore, la más juguetona y revoltosa de todas las

nueve, había ido poco antes a la cama, pasito a pasito, y se los había quitado por hacerle

rabiar. Afligiose sobremanera, y a tientas se puso los gregüescos, la chupa y la camisa; porque

es fama que el tal dios no puede dormir en verano si no depone todos los trastos, quedándose

a la ligera, como su madre le parió.

Ya que se halló decente el correveidile de los dioses, salió en pernetas con su caduceo en

la mano y en la cabeza el acostumbrado sombrerillo. Iba corriendo a averiguar la causa del

alboroto; y al atravesar un corredor vio venir un burujón de gente que luego conoció ser de los

de casa. Bernardo de Balbuena y el buen Ercilla conducían a Clío desmayada y casi

moribunda, el peinado deshecho, el brial roto, y las narices hinchadas y sangrientas.

-¿Qué es esto? -dijo el dios al ver aquel lastimoso espectáculo-; ¿qué es esto?

-¿Qué ha de ser? -respondió Juan de la Cueva, que venía haciendo aire a la desmayada

con un cuaderno de minuetes-; ¿qué ha de ser? sino que toda la comarca está en arma, el

palacio lleno de enemigos, las musas cual más cual menos estropeadas, y Apolo, nuestro

señor, muy a pique de quedar por puertas si duerme cuatro minutos más.

-¿Pero no sabremos?...

-No hay más que saber -añadió Ercilla-, sino buscar a Apolo, darle parte de lo que pasa, y

acudir todos a la defensa, sin andarse en aquí me la puse, ni en tú te la tienes, Pedro.

-¡Cáspita -dijo Mercurio-, y en qué lindo día me he venido a comer a esta maldita casa!

Bien hacía yo en no querer admitir el convite, por más que mi hermano me molía a recados

todos los domingos. Mi padre come mucho mejor que él, y más me gustan dos tragos de

néctar que tres pucheros de agua fresca de Aganipe. No, si yo no fuera tonto, no me sucedería

esto. ¡Majadero de mí, que podría estar ahora en el Olimpo, mientras mi madrastra duerme la

siesta, jugando con Hebe a la pizpirigaña y al salta tú, y no que ahora el diantre sabe lo que

me aguarda! ¡Voto va mi fortuna!

Esto decía Mercurio, lleno de indignación; y mientras unos llevaban a acostarse a la triste

Clío, y otros buscaban a Esculapio, que estaba herborizando en un tejado húmedo, y otros

corrían desatinados, de una parte a otra, él marchó en diligencia a la alcoba de Apolo, que

muy ajeno de lo que pasaba, roncaba todavía como un provincial.

Diole un pellizco, y otro, y otro, y ni por ésas podía despertarle; de manera que, irritado

de la poltronería, alzó el palitroque de las serpientes y le dio con él tan desmesurado

masculillo que a darle otro no lo hubiera contado por gracia el Sr. Timbreo. Desenvolviose de

las colchas medio aturdido, y a pocas razones que entre los dos pasaron, los interrumpieron

Erato y Polimnia, que entraron en el dormitorio dando alaridos y remesándose los pelos como

unas desesperadas.

-¿Qué haces, hermano? -le decían a Apolo-; aprisa, corre, vuela, vete por la puerta de la

bodega, que ya las Horas han ensillado y enfrenado a Flegón para que montes en él y escapes.

Corre, y avisa a nuestro padre Júpiter para que, a fuerza de rayos, centellas y tempestades de

azufre, alquitrán y ruedas de molino, ataje, si puede, nuestra desgracia. ¡Ay!, y dirasle que no

se descuide, que no es ésta como la de antaño; que no son gigantillos de por ahí los que tiene

que despachurrar y hacer gigote, sino un ejército el más formidable que se habrá visto desde

que, para oprobio de la humanidad, se estilan ejércitos en el mundo.

-Vamos -dijo Apolo-, vamos a ver qué es ello, que ni yo os entiendo, ni puedo adivinar a

qué viene toda esta bulla, y a buena cuenta ya estoy medio descalabrado, y cuanto he comido

se me ha revuelto en el estómago con el susto.

-Ay, hijo mío, ¿descalabrado estás? -dijo Erato-. Pues, ¿qué?, ¿te has hallado ya en la

refriega? ¿Te ha herido alguno de aquellos poetas descomunales?

-No sé quién me ha herido -dijo Apolo-; pero ¿qué dices de poetas?, ¿qué? Los que

asisten en palacio, y son mis cortesanos y amigos, ¿han podido mover alguna sedición?

-No son ésos -replicó Polimnia-, ni ¿cómo era posible caber en ellos tal iniquidad? Ni son

los que conocemos, ni son poetas, ni sabios, ni cosa que lo valga. Son unas cuantas docenas

de docenas de pedantones, copleros ridículos, literatos presumidos, críticos ignorantes,

autores de tanta traducción galicada, tanto compendio superficial, tantos versecillos infelices

que ni hemos inspirado ni hemos visto. Son de aquellos que de todo tratan y todo lo

embrollan, para quienes no hay conocimiento ni facultad peregrina: unos, que hacen tráfico

del talento ajeno, y le machacan, y le filtran, y le revuelven, y le venden al público dividido en

tomas; otros que no habiendo saludado jamás los preceptos de las artes, y careciendo de

aquella sensibilidad, don del cielo, que es sola capaz de dar el gusto fino y exacto que se

necesita para juzgarlas, se atreven a decidir con aire magistral de todo lo que no es suyo.

Persiguen y ahogan los mejores ingenios con sátiras tan mordaces como desatinadas, y

aspiran por medios viles a levantar su gloria sobre la ruina de los demás. Otros, y éstos, éstos

son los más en número y los más insolentes, que pasan la vida atando en insufribles versos

una polilla asquerosa, que embadurnan y apestan el teatro con unas cosas que llaman

comedias, compuestas de retazos mal arrancados de aquí y de allá, atestadas de más defectos

que los originales que copian, y sin ninguna de aquellas perfecciones que disculpan o hacen

olvidar los errores de las antiguas. Estos son los que por tanto tiempo han tenido y tienen

tiranizado el teatro español; éstos los que empuercan diariamente los papeles públicos, y

éstos, en fin, los que haciéndose intérpretes de la nación que los tolera, se han atrevido, al son

de zambombas, chiflatos y cencerros, a llorar las desgracias de la patria en la pérdida de sus

amados príncipes, y a interrumpir con desapacibles graznidos el común quebranto cuando la

muerte arrebató al cielo al más piadoso de sus reyes, para levantar sobre el trono español al

más grande de todos ellos. Estos son los que acaudillan y dan atrevimiento a los demás. Pero

¿qué me detengo? ¡Mísera! Corre, y verás por ti mismo lo que es ocioso referir. El riesgo es

inminente; y si tu presencia no le aparta, se perdió el Parnaso; tu soberanía y el esplendor de

las musas castellanas se perdieron para siempre.

En efecto, Apolo echó a correr como un gamo, y Mercurio jadeando detrás de él se

despepitaba por la pérdida de sus talares. De esta manera iban que volaban a puto el postre, y

el estruendo militar crecía por instantes. Abrió Apolo una ventana que daba al patio del

alcázar, y vio el más tremendo espectáculo que pudiera creerse. Dos ejércitos (porque según

su número no parecían otra cosa) se combatían furiosamente al pie de la escalera principal, el

uno defendiendo el paso de ella, y el otro, que ocupaba todo el portalón y gran parte de las

galerías bajas, obstinado en abrirse camino y ganar los puestos que se le defendían.

El ejército amigo se componía de las guardias y dependientes del palacio y de los poetas

comensales de Apolo, que capitaneaban las tropas y resistían con vigor los ataques del

enemigo, en tanto que las Musas, esto es, siete de las nueve, porque Calíope y Clío estaban ya

a componer, acompañadas de varias ninfas subalternas y de las criadas, se ocupaban en

conducir al puesto armas y pertrechos para los que combatían en defensa de su titubeante

honor.

El ejército contrario era una turba confusa de diversas gentes que había unido por

casualidad el furor, y peleaban sin orden ni disciplina, ni jefes que los gobernasen, pero con

tal ímpetu y desesperado arrojo que entrambos dioses recelaron mucho del éxito que podría

tener aquella tremenda pelea.

Apolo se rebujó en una capa astrosa que al paso le prestó un proyectista, y se caló hasta

las cejas un bonete de doctor, para no ser de nadie conocido. Echó a andar, siguiéndole su

hermano, y a breve rato se hallaron en lo alto de la escalera. Mercurio quiso informarse del

estado de las cosas, y volvió diciendo que por parte de los suyos se hacían prodigios de valor,

pero que era tal la fuerza contraria que temían verse precisados a retirarse a las eminencias

para desde allí ofender con más ventaja, aunque en menos terreno, a los sitiadores.

Malas nuevas fueron éstas para el dios de los tabardillos; tanto, que al escucharlas

comenzó a temblar de pie y de mano, como los que tienen mucho miedo; el cual miedo se le

aumentó sobremanera viendo subir a Terpsícore, muy llorosa y cariacontecida, con un diente

en la mano, y apretándose con toda su fuerza un chichón que llevaba en la frente, tamaño

como un huevo; y entre suspiros y sollozos y gemidos tristísimos:

-¡Ay, hermanos! -dijo-, que esto va de mal en peor. Los nuestros ya desfallecen. Quevedo

y Cervantes ¡mi querido Cervantes! están heridos, y se han retirado de los puestos que

guardaban; los enemigos se aumentan sucesivamente; no hay remedio, cedamos a tanta

desventura.

-¿Y mis zapatos? -dijo Mercurio-; ¿qué hiciste de ellos?, ¿en dónde me los has puesto,

picarona?

-Ahí los tienes -respondió la musa, sacándolos de la faltriquera-. Póntelos aprisa, que

para escaparte son que ni pintados.

-¿Qué es eso de escapar? -replicó Mercurio, puesto ya en cuclillas y atándose a toda prisa

las correhuelas de los escarpines alígeros-; ¿yo escapar? No en mis días; ahora sí, escapar:

dejadme a mí, y veréis quién es Calleja.

Dicho esto, se disparó por los aires adelante como un cohete, y encaramándose a las

bovedillas sobre el campo de batalla, empezó a gritar con voz de trueno o estampido de

cañonazo a aquellos desesperados combatientes:

-¡Ah, de abajo! -decía-, ¿qué tremolina es ésta? ¿Qué locura se os ha metido en los

cascos? ¿Así se profana el alcázar de mi hermano? ¿Estamos en algún bodegón? Canalla soez,

¿qué es esto?

Oyendo tan halagüeñas razones, paró algún tanto la pelea; alzaron todos la vista, y

viendo en el aire aquel espantajo voceador, no pudieron menos de maravillarse; y él,

valiéndose de la turbación que su presencia les había causado, prosiguió diciendo:

-Mi hermano Apolo quiere que dejéis las armas por una y otra parte; y a vosotros,

quienquiera que seáis, hombres desconocidos y revoltosos, os ordena que si alguna pretensión

tuviereis, me la digáis al instante sin andaros en ambages ni tranquillas; que como ella sea

justa, desde luego quedaréis servidos; porque de no hacerlo así, por el alma de mi madre os

juro que yo os daré a conocer del modo con que se debe tratar a los dioses.

Separáronse en efecto las dos cuadrillas. Los de casa volvieron a ocupar su escalera, y los

intrusos, recogiendo algunos heridos, se hicieron un pelotón. Mercurio entonces volvió a

preguntar la causa de aquella barahúnda; pero como no había entre los contrarios caudillo

alguno que llevara la voz, fueron tantas las que dieron por querer responderle todos a la par,

que aunque se desgañitaba diciéndoles que callasen y uno solo hablara por ellos, no lo pudo

conseguir en manera alguna.

Irritado, pues, de ver que nada podía lograrse de bien a bien con aquella gente vocinglera

y atolondrada, batió los talones, echose encima de la turba, y agarrando del pescuezo al

primero que le vino a mano, voló con él otra vez al techo, y desde allí les dijo:

-Puesto que no es posible haya unión en vosotros para que un comisionado vaya a dar

cuenta a mi hermano de lo que solicitáis, he pillado a éste para que hable por todos y nos

informe de lo que hasta ahora no habéis querido decir; pero entretanto que le llevo y os le

traigo, haya un armisticio general, para que no pasen los estragos adelante y se componga

todo a pedir de boca. Los nuestros no saldrán un solo dedo del último escalón de esa escalera,

ni vosotros pasaréis tampoco de la línea de estos arcos. Nadie se atreva a insultar a otro; no

hagan gestos ni se tiren chinarritos, ni se escupan, ni se oiga una pulla ni mala razón, y cuenta

con ella; porque si hasta ahora he usado de medios suaves para conteneros, si llegáis a

enfadarme, vibraré contra vosotros los rayos de mi padre Júpiter, que los tenemos apilados en

la armería, muchos en número, recién buidos, y todos ellos sin estrenar.

Esto decía el dios del babeo únicamente para atemorizarlos, porque, según se supo

después, no había en toda la casa más instrumentos bélicos que un puñal sin punta y mohoso

de la señora Melpómene.

Lo cierto es que con esta diligencia cesó el combate. Las tropas se retiraron a los parajes

señalados, y el dios, satisfecho de aquella obediencia, marchó con el perillán que había

pescado, asiéndole fuertemente de las agallas, que no le dejaba gañir.

Quiso ante todas cosas dar cuenta a Apolo de lo ocurrido, y abriendo un camaranchón

sucio que había servido muchos años de carbonera, metió en él su presa. Torció la llave,

colgósela del dedo meñique, y en un santiamén buscó a su hermano, que estaba hojeando a

toda prisa El arte de la guerra del filósofo de Sans-Souci y disponiendo un plan de

fortificación y defensa. Le dio buenas esperanzas y le contó ni más ni menos cuanto se acaba

de referir.

Holgose en extremo el dios intonso con las noticias que le dio Mercurio. Tratose de lo

que en el caso convenía, y resolvieron que Apolo recibiese la embajada con toda ceremonia,

para dar a la pompa y aparato un remusguillo de amenaza; que se oyese con benignidad al

enviado o, por mejor decir, al traído, y que aunque fuese necesario ceder un poco a las

circunstancias, se procurase no exasperar a unas gentes demasiado dispuestas a cometer

cualquier exceso; y en fin, que mientras durase la grave escena, Mercurio desgastara los

talares en ir y venir, y volver y tornar para lo que ocurriese en una y otra parte.

Hecho esto, mientras Apolo se fue a vestir de gala y alheñarse la cabellera, su hermano

marchó a buscar el preso. Asomose de camino a un agujero que caía al portalón, y vio que

estaban todos quietecitos como unos muertos, sin chistar ni mistar, ni decirse los unos a los

otros una mala desvergüenza.

Alegrose mucho de ver aquella tranquilidad, y se fue en derechura a la carbonera donde

estaba su hombre. Escuchó un poco por la cerradura, y pareciole que estaba recitando versos,

y así era la verdad, porque en menos de un cuarto de hora que llevaba de encierro había ya

compuesto dos ovillejos, un madrigal y tres sonetos caudatos quejándose de su mala suerte, y

llorando su prisión como pudiera el mismo Macías.

-¡Cuerpo de tal conmigo -dijo Mercurio-, y qué pájaro tenemos en la jaula! Para mis

barbas, si no es éste el peor de su rebaño. ¡Haya picaruelo! ¿No ha nada que entró en cisquero,

y ya tenemos coplillas de pie quebrado, y estrambotes, y «mariposilla incauta», y «arroyuelo

murmurador»? Por mi vida, que el tal improvisante debe de tener manejo y vena.

En esto le abrió la puerta del cuchitril, diciéndole halagüeño:

-Salga acá fuera, señor galán, salga acá fuera, que ya he llegado a entender su habilidad.

Salga y véngase conmigo, que mi hermano Apolo está deseoso de conocerle.

-¡Oh, favor! -exclamó el de los ovillejos-, ¡oh, favor!

Y tendiéndose en el suelo cuan largo era, agarró de las piernas a Mercurio y le besó los

pies una y muchas veces. El dios se resistía, pero no lo pudo evitar. Levantole con mucho

agasajo, y el poeta, sin curarse de limpiar el cisco y telarañas que tenía en el rostro, manos y

vestido, siguió a Mercurio haciéndole mil reverencias, quitándole con ridícula oficiosidad las

pelusitas que llevaba en la ropa, y adelantándose a espantar con un pañuelo asqueroso las

moscas, para que no ofendiesen a la deidad, que al ver aquellos obsequios apenas podía

contener la risa.

-¡Qué, es posible -decía arqueando las cejas y dándose palmadas en la frente-, qué, es

posible que Apolo, el rubicundo Delio, el claro Cintio, el patáreo numen desea verme, solicita

conocerme y tratarme! ¡Oh, favor! Pero, ¿es cierto, soberano alípede, es verdad o ilusión

dulce de mi deseo? ¿Es realidad física o extravío de la imaginación férvida? ¿Es soporoso

nocturno rapto, que en la atezada calígine...?

-No es calígine, ni rapto atezado, ni cosa alguna de las que habéis dicho -replicó

Mercurio-. Mi hermano os quiere ver, y a eso vamos allá; pero os advierto en caridad que

tratéis de no hablarle en culto, ni le juguéis del vocablo, ni le digáis quisicosas ni

garambainas, porque os mandará tirar de un balcón y le obedecerán al punto.

-¿Qué decís, ínclito nuncio del Tonante? -replicó el del cisco-. ¿Tanta cólera podrá caber

en los celestes númenes? No, facundo nieto de Atlante, no lo hallo posible.

-Si es posible o no -añadió Mercurio-, vereislo después, y vuelvo a avisaros que si no

dejáis esas gallardías de estilo, lo habréis de pasar muy mal, señor repentista.

-Sileo libenter -dijo el poeta, y en estas y otras razones se hallaron en una pieza inmediata

al salón de audiencia. Asomose Mercurio, y vio que aún no había venido Apolo; y no

hallando a quién poder confiar la guardia del coplero, tuvo que detenerse con él, mal de su

grado.

El otro se paseaba por la sala a grandes trancos, haciendo una reverencia profundísima

siempre que atravesaba delante de Mercurio, y esto lo repetía tantas veces que el dios le

encargó que no lo hiciera, porque no gustaba de cumplimientos.

-¡Qué variedad!, ¡qué diferencia!, ¡qué opuestos polos! -exclamó entonces con voz

recalcada y nasal-. Aquí desprecia un dios lo que en el mundo, en las cortes, en los palacios

exigen los hombres de los otros hombres. ¡Qué variedad! Y si fuera decir que por esto se

consigue alguna cosa, vaya con mil demonios, transeat, todo pudiera tolerarse; pero ¿quién

dirá que un hombre como yo, de tan exquisito mérito, de tan gigantes prendas, se ve

menospreciado, burlado, desamparado, hambriento y oscurecido entre el vulgo, profanum

vulgus, sin que un Maecenas atavis, magnánimo y liberal, le haga surgir del abismo de

miserias en que desgraciadamente yace? Yo he tratado con próceres, potentados, ministros y

magnates de primera magnitud; ¿y qué he conseguido? ¡Ánimas benditas!, ¿qué he

conseguido? Díganlo tantos preciosos opúsculos que existen arratonados en mi guardilla que

jamás verán la luz pública. ¿Y por qué? Por la pobreza de su autor. ¡Oh, pobreza! Pauperiem

pati, que dijo el anónimo; esto es, pauperiem, la pobreza, pati, sea para ti, que yo no la quiero.

Tan odiosa es la pobreza que aun de los varones más doctos es abominada.

»¿Y qué obras son estas que conservo? ¿Qué felices partos? ¡Ahí es nada! ¡Ahí es un

grano de anís lo que tengo escrito! Figúrese vuestra serenidad: de primera entrada veinte y

tres comedias, nueve follas, cinco tragedias, dos loas, cincuenta y dos sainetes tabernarios.

¿Qué tal? digo, ¿quid tibi videtur? Y esto únicamente por lo que toca al género bucólico.

Vamos ahora por lo lírico, épico, dramático, elegíaco, satírico, epigramático, didascálico y

mixto. Primeramente tres epopeyas concluidas y puestas en limpio, con su dedicatoria hecha a

prevención, de a veinte y cuatro cantos por barba; esto es, las epopeyas, no las dedicatorias,

que juro por el nombre que tengo que cada una, esto es, no las dedicatorias, sino las epopeyas,

se puede reputar por una enciclopedia metódica, porque de todo tratan usque ad satietatem, y

nada dejan al lector amantísimo que desear. ¿Y qué diré de mis piezas fugitivas? ¿Qué diré,

sino que pasan de cuatrocientos mis sonetos, sin contar algunos que se me han escabullido por

mor de no estar siempre mis faltriqueras bien acondicionadas, ni incluir tampoco los que

acabo de hacer alusivos a mi prisión, a la oscuridad de la carbonera, y a los cendales arácneos

que me cubrían? Pero, ¡qué sonetos! ¡Qué madrigales! ¡Qué romances! ¡Qué estrambotes!

¡Qué enigmas amorosos! Todos ellos o la mayor parte, ya se ve, era preciso, son alabanzas,

quejas, favores, celos, de mi Nise; y esta Nise, bendígala Dios, es una dama ideal, compuesta

de retazos, en la cual he querido epilogar y unir cuantas perfecciones repartió en las demás la

naturaleza.

»¡Ay, mi dulce Nise! ¡Ay, idolatrada señora mía! Esta, pues, Nise predilecta (de la cual

ya tengo sucesión, según consta en el madrigal doscientos y cuatro de mi colección

manuscrita), ésta es la que encendió mi numen tímido, la que me ha inspirado, la que ha

dictado modulaciones a mi ebúrnea cítara por espacio de cuarenta y cinco años, porque yo

tendría diez y ocho y la mamada cuando resolví enamorarme de ella, y si mal no me acuerdo,

voy a cumplir sesenta y cuatro para las vendimias.

»Pero no siempre amarrado a la coyunda de amor, del crudo amor que, como llevo dicho,

vulneró mi corazón en los adolescentes años, he llorado desvíos, he manifestado inquietudes,

he cantado sus breves y apetecidas victorias; no, que tal vez levantando mi voz a mayores

objetos, al pulsar la acorde lira, alma del viento, me atreví a interrumpir la siempre acorde

revolución de los orbes celestes, causando universal trastorno en la naturaleza; y ved aquí, si

queréis la prueba: unos cuatrocientos endecasílabos que compuse a la proclamación de

nuestro soberano. Dicen así ni más ni menos, favete linguis:

El día diez y siete del corriente,

a cosa de las nueve o nueve y cuarto

de la mañana, se juntaron todos

los señores que estaban convidados.

Y como era preciso, cada uno

llevó a la fiesta su mejor caballo;

de manera que cosa más lucida

ni se ha visto jamás ni se ha pensado.

Todos iban de gala, como digo,

con vestidos muy ricos, bien cortados,

los más con bordadura, y los restantes

a cada cual mejor, si no me engaño.

Pues como llevo dicho, se dispuso

la cabalgata, y luego muy despacio

cogieron y se fueron a la villa,

según estaba ya determinado.

Y al llegar a la puerta...

-Basta, basta -dijo Mercurio-, no me recitéis más versos, que esos pocos me han parecido

detestables, y me sospecho que los demás no serán mejores. Callad, por Dios, que tengo ya

atolondrada la cabeza de oíros.

-Atolondrado me vea yo a garrotazos -prosiguió el poeta-, si esta composición pindárica

no es la más acabada pieza que ha salido jamás de cabeza humana; pero ni el público la ha

gozado hasta ahora, proh dolor, ni sé cuándo me veré con dinero para imprimirla. ¡Oh livor!,

¡oh ignorancia!, ¡oh siglo calamitoso y fatal a los alumnos de las Musas! ¡Yo sin capa! ¡Yo

sin haber almorzado todavía! ¡Yo debiendo cincuenta reales al padre procurador del Carmen

por los alquileres de mi desván! ¡Yo que he puesto en verso el Flor Sanctorum de Villegas, el

Roselli, y el Sánchez De Matrimonio! ¡Yo, que he escrito un curso completo de artes y

ciencias que puede ir en carta! ¡Yo, que he comentado los Comentarios de Góngora, y he

traducido al castellano los prólogos de Huerta, y me muero de necesidad! ¿Quién ha sido el

coco de Madrid y sus literatos de muchos años a esta parte? ¿Quién ha hecho callar a tanto

hombrón erudito, a tanto sonoro cisne, a tanto Anfión armónico? Sí, señor, debajo de mi cama

tengo muchas obras de crítica que aun manuscritas han dado terror al orbe. ¿Qué sería, oh

Cilenio raudo, si hubieran sudado los tórculos para publicarlas? Pero ¿qué me canso en

manifestar mi suficiencia exótica, si el mismo Apolo...?

-El mismo infierno con todas sus furias desatadas debéis de tener en esa boca, hermano -

dijo Mercurio-. ¿Qué es esto? ¿No os he dicho ya que calléis? ¿Os estaréis hablando hasta

mañana, parlanchín ridículo? Por vida de Júpiter, que si descoséis los labios para decirme una

sola palabra, os desuello vivo a latigazos. ¡Cáscaras, y qué pesado es el pedantón, y qué

insolente!

-Parce domine -respondió el coplero; y no bien había abierto la boca para decirlo cuando

el alípede alzó el puño en ademán de descargar sobre su coronilla tal cachete que él solo

hubiera dado fin a tantas locuras, pero lo estorbó un guardia que salió a dar la noticia de que

ya Apolo esperaba al embajador.

Entraron, pues, en un salón magnífico y espacioso. El pavimento y las paredes eran de

exquisitos mármoles, la decoración corintia, las basas y capiteles de sus columnas de oro

purísimo, como también los adornos del cornisamento y zócalo, y en las bóvedas apuró la

pintura todos los encantos de la ficción.

Allí se veían los orígenes de las artes y los progresos del talento humano: muda historia,

capaz de encender el ánimo y arrebatarle a la contemplación de los objetos más sublimes. En

una parte se veía a los hombres fabricar chozas de troncos y ramas, de donde la arquitectura

tomó las formas que dio después a materias más durables, variando, según la mayor o menor

consistencia de ellas, la proporción de sus edificios. A otro lado los egipcios daban principio a

la geometría, señalando sus campos con términos de piedras hacinadas para que el Nilo en sus

inundaciones no alterase los conocidos límites. Otros señalaban en el suelo los contornos de la

sombra, de donde tomó su origen la pintura, perfeccionándose después lentamente con la

invención casual de los colores y la perspectiva, que apenas conoció la antigüedad. Otros

cortaban la corriente de un río, fiados a un tronco mal seguro. Una gran multitud admiraba

desde la opuesta orilla el temerario atrevimiento, y las madres tímidas apretaban al pecho sus

pequeñuelos hijos. Los árabes y caldeos observaban el aparente giro del sol, y en las serenas

noches al planeta que recibe su luz y los demás astros que la distancia nos amenora o nos

oculta.

La escultura en otra parte ponía sobre las aras bultos informes que adoraba supersticioso

el temor, y más allá los Fidias, Lisipos y Praxíteles daban a los mármoles y bronces tan

elegante forma que en algún modo parece que el arte disculpaba la idolatría. Allí Orfeo

reducía a los hombres en vida social, les daba leyes, y les persuadía la necesidad de un culto

religioso. Confucio enseñaba virtudes morales a los remotos chinos. Eaco, Radamanto,

Minos, Solón, Licurgo y Numa establecían leyes gobernando en justicia y paz nuevas

repúblicas; y a más distancia se veían florecer las ciencias y las artes a la sombra de la

libertad. Allí estaba representado el padre Homero, a quien rodeaban con admiración los

poetas de todas las naciones y todos los siglos. Píndaro, al son de la tira, celebraba con

sublime verso las victorias istmias y olímpicas, y eternizaba el nombre de Hierón. Simónides

cantaba tiernas elegías. Alceo de Lesbos, añadiendo nuevos sonidos a las cuerdas griegas,

hacía aborrecible entre los hombres el despotismo de los tiranos. Safo, desgraciada en amor,

se precipitaba del promontorio de Léucate al mar, y repetía muriendo el nombre de su ingrato

Faón; en tanto que Anacreón de Teos, coronado de pámpanos, con la copa en la mano,

danzaba alegre al son de las flautas entre las Gracias y los Amores.

Allí acudía la juventud de Grecia a escuchar en las academias, el liceo y el pórtico las

austeras lecciones de la moral, y no muy lejos se levantaban teatros magníficos para declamar,

con el auxilio de la música, las grandes obras de Esquilo, Sófocles y Eurípedes, que

alternaban con las del atrevido Aristófanes, a quien Menandro siguió después para oscurecer

la gloria de cuantos le habían precedido. En otra parte, Demócrito y el divino Hipócrates,

reclinados junto a un sepulcro ya destruido, conversaban profundamente a la sombra de unos

cipreses mustios sobre la física del cuerpo animal, la brevedad de la vida, los acerbos males

que la rodean, y los cortos y falaces medios que ofrece el arte para dilatar su fin; y más allá,

Demóstenes, desde la tribuna de las arengas, conmovía al pueblo ateniense; le persuadía por

algunos instantes a sacudir el yugo macedónico; excitaba en él estímulos de valor,

recordándole las épocas gloriosas de sus triunfos, los nombres santos de Milcíades, Conón,

Cimón y el justo Arístides; y oponiéndose, por una parte, a todo el poder de Filipo, y por otra,

a la envidia, la calumnia atroz y la inconstancia de un vulgo corrompido e ingrato, veía, a

pesar de su elocuencia irresistible, perecer para siempre la libertad de su país, y perecía con

ella.

En el testero del salón había un trono riquísimo, y en él estaba Apolo. Siete de las musas

le acompañaban inmediatas al solio; y los más célebres poetas españoles según la edad en que

florecieron, así ocupaban por su orden las sillas.

Si mucho se admiró el coplero de aquel aparato y magnificencia, no menos se admiraron

todos los demás al ver su figura ridícula, porque era el hombre la más triste visión que

imaginarse puede: reviejuelo, arrugadito, moreno, remellado, tuerto de un ojo, romo, calvo,

algo tiñoso, chiquirritillo y contrahecho; si bien es verdad que lo desfiguraban en parte las

barbas, el sudor negro, el polvo, el cisco y las telarañas que le cubrían el rostro. Revolvíase en

unas bayetas pardas, raídas y llenas de chorreaduras de aceite y caldo, con un ribete de

arambeles por las orillas, a modo de randas o cucharetero. Sus movimientos eran más vivos de

lo que su edad prometía, la acción teatral, y la voz gangosa, chillona y desapacible.

-Este es -dijo Mercurio a su hermano- el que he podido agarrar entre aquella turba. Él te

dirá lo que deseas saber.

Y acercándose a él, le dijo al oído:

-Mirad, señor, que aquí no os sufrirán disparates. Decid claramente quiénes son los del

portal, y a qué es su venida, sin andarnos en más repulgos; porque si así no lo hiciereis,

témome mucho que mi hermano os mande freír y echar a los perros según le he visto de mal

humor esta tarde.

Y habiendo dicho esto, se fue volando a observar lo que pasaba en la escalera.

El poetastro, encarándose con Apolo, le hizo tres grandes cortesías, y quedó aguardando

el permiso de hablar. Dióselo Apolo, y él comenzó a delirar de esta manera:

«Reverberante Numen, que del Istro

al Marañón sublimas con tu zurda

al que en ritmo dulcísono te urda

elogio al son del címbalo y del sistro.

Si la alígera prole de Caístro

blandos ministra acentos a mi burda

armónica pasión, ¡ay! no te aturda

ver rompo de tu tímpano el teristro.

La nubígena dea en alto plaustro

ungiendo el nervio de oloroso electro,

me lleva en alas del Ouest y el Austro,

y hurtando a las Memnósides el plectro

hoy me intromito en el fulgente claustro,

obstupefacto, a venerar tu espectro.»

Reventaba Apolo entre la indignación y la risa. Las Musas se tendían por los suelos,

dando exorbitantes carcajadas. Los poetas se miraban unos a otros, sin saber lo que les

sucedía. Y el badulaque, muy satisfecho, se disponía a proseguir disparatando en culto; pero

Francisco de Rioja, que estaba inmediato, le dijo:

-Ved, señor enviado, que Apolo nuestro amo no os llama aquí para que le declaméis

versos tenebrosos. Lo que únicamente quiere es...

-¡Ah! -dijo el de las sopalandas-, ya sé lo que quiere. No hay para que decírmelo, que ya

lo he comprendido. Lo que quiere es otro soneto con los mismos consonantes. Pues allá va,

hijo de Latona; escuchadme benévolo:

Dios rutilante, que del Ebro al Istro

proteges, honras al que versos urda,

rauca mi lira atiende tosca y burda,

símil no mucho a resonante sistro,

que si tal vez alado el de Caístro

pájaro dulce en la ribera zurda,

hace canoro que fugaz aturda

su voz rompiendo el diáfano teristro

no ya disímil yo, si el indio electro

prestarme gustas, que veloz al Austro

sones encarga de curvado plectro,

métricos mucho al eminente claustro

llevaré ritmos ¡oh divino espectro!

Que el cenit giras en ebúrneo plaustro.

-¡Hola, ministros! -dijo Apolo-, al instante coged a ese hombre; atadle y enviádsele a

Plutón con un recado mío, para que se le entregue a los ingenios tartáreos y le atormenten con

los suplicios más atroces. ¡Qué desvergüenza, venir a hacer burla de mí! Llevadle, digo; no

quiero verle.

Esto decía el dios bermejo con tales ademanes que manifestaban demasiado su cólera.

Pero las Musas, compadecidas de aquel infeliz, o sintiendo se malograse el fin a que era

traído, o deseosas de divertirse oyendo sus desbarros, intercedieron por él con el mayor

empeño.

Costó mucha dificultad aplacar a Apolo; pero al fin se moderó algún tanto habiéndole

prometido todos, en nombre del tuerto, que no volvería a decir más versos sino que en prosa

llana y pedestre relataría cuanto era menester. Y él, mientras esto sucedía, estaba abocinado

en el suelo hecho un ovillo, sin rebullirse ni alentar siquiera, imaginándose ya arrebatado a los

infiernos y dando hervores en las calderas de pez, alcrebite y plomo, donde se rehogan los

comerciantes por amor, las viejecitas que azuzan y los administradores que desuellan. Ya

llevaba compuestas dos estancias de una canción estigia que pensaba recitar a Tesífone luego

que llegase, en que la alababa de linda, y de la más jovencita y agraciada de todas las Furias.

Pero a este tiempo le levantaron entre Figueroa y D. Juan de Jáuregui, los cuales volvieron a

predicarle de nuevo lo que debía hacer para no incurrir en la indignación de Apolo.

-Haré cuanto me decís -respondió después de haberse compuesto los hábitos-; haré

cuanto Febo ordena, y omitiré los episodios y partes de adorno, usando en mi narración un

estilo medio, ya que el sublime ha merecido tan equívoco aplauso. Soberano Delio, Titán

radiante, prodigio délfico, deidad esmíntea, el suceso es éste:

»Yo, aunque indigno, y mis compañeros los del zaguán, somos alumnos vuestros. La

divina poesis fue nuestra delicia desde los años infantes. Hemos elaborado opúsculos

admirables, tremendos, hijos al fin de vuestra sacra inspiración. Basta esto, sufficit, para

noticia preliminar; pero reflexionemos.

»¿Qué es poética? El arte de hacer coplas. ¿Qué son coplas? Unos montoncitos de líneas

desiguales, llamadas versos. ¿Qué es un verso? Un número determinado de sílabas. ¿Qué

dificultad ofrece su composición? Los consonantes. ¿Cómo se adquieren estos consonantes?

Comprando un Rengifo por tres pesetas. ¿Qué otra cosa es necesaria además de esto para

hacer cualquiera obra poética digna de la luz pública? Un poco de práctica, y otro poco de

poca vergüenza.

»Pues ahora bien: supuesto que nosotros sabemos hacer coplas en verso aconsonantado,

que tenemos cada cual nuestro Rengifo, que hemos pasado toda la vida en esta ocupación, y

que, altamente persuadidos del mérito de nuestras obras, no dudaremos ofrecerlas por modelo

al orbe que las admira, y a las generaciones futuras que han de anonadarse al verlas, ¿qué nos

falta para llamarnos alumnos vuestros? ¿Quién nos disputará este honor? Dicite Pierides, en

tanto que yo prosigo hilvanando premisas y consecuencias.

»Siendo poetas, como lo somos sin remedio, ¿cuál debe ser nuestro ejercicio? ¿Tejer

esteras? ¿Coser zapatos? ¿Alquilar camas? ¿Vender achicorias? Claro es que no; claro es que

son indignas ocupaciones de los grandes genios aquellas que por útiles y honestas están

reservadas al ignorante vulgo. Así, pues, siendo poetas, debemos poetizar, y no otra cosa.

Debemos ilustrar a la nación, y ella debe coronar nuestras fatigas con premio digno, dándonos

la mitad en aplausos, y la mitad en pesos duros.

»Pero esta nación ingrata ni nos da de comer ni nos aplaude, mientras nosotros,

procurando su felicidad y su gloria, la enriquecemos diariamente, semanalmente,

mensualmente, continuamente, de conocimientos profundos, sin los cuales la racionalidad

hubiera dado en España un estallido, según la hemos visto decadente y malparada.

»Nosotros, en fin, hemos sostenido el honor de la lira ( barbitos polycordos, que dijo el

griego), cantando y llorando (canentes et flentes, que hubiera dicho el latino) en todas las

ocasiones en que el hado, ya favorable, ya protervo, envió a la patria prosperidades o

desdichas.

»Se ajustó la paz, coplas a la paz. Nacen los gemelos, coplas a los gemelos. Nace nuestro

príncipe Fernando, coplas a D. Fernando. Se hace el bombardeo de Argel, coplas a las

bombas. En una palabra, casamientos, nacimientos, muertes, entierros, proclamaciones, paces,

guerras, todo, todo ha sido asunto digno de nuestra cítara.

»Pero ¡con qué novedad, con qué acierto lo hemos sabido desempeñar! ¡Qué felices

invenciones las nuestras! ¡Oh qué felices! ¡Oh huevos de Leda, huevos benéficos y de

inestimable valor! ¡Oh Jacob y Esaú! ¡Oh Rómulo y Remo! ¡Con qué oportunidad la

providencia os hizo nacer de una ventregada! ¡Y con qué gracia nosotros, sin reparar en

frioleras, parangonizamos mellizos a mellizos, haciendo saber al mundo que nuestra princesa

había dado a luz un Esaú brutal, un Rómulo fratricida, y lo que es más lindo (porque al fin

todo iba dentro del par de huevos mitológicos), una Clitemnestra y una Elena disolutas,

pérfidas y crueles, que todo esto dijimos, muy arropados con nuestra licencia poética, en

elogio de los dos malogrados infantes, infandum regina jubes, como dijo allá el filósofo.

»¿Y qué diré del sutil arbitrio que discurrimos para formar las fábulas de nuestros

poemitas? Arbitrio que pareció tan cómodo, que todo poeta de bien y timorato le ha escogido

para sí y trazas llevan de no soltarle hasta la consumación de los siglos. ¡Soberano arbitrio que

ahorra mucho tiempo, y muchos polvos de tabaco, y mucha torcida al candil! Arbitrio con el

cual se forma en un guiñar de ojos cualquier poema, pues a todos viene como llovido. ¿Se

trata, por ejemplo, de alabar algo, de profetizar algo, de llorar algo, de referir algo? El poeta

no tiene más que acostarse y apagar la luz. A media noche se le aparece un trasgo, una ninfa,

o cualquiera otro personaje alegórico, con gran concurso de geniezuelos alrededor, y este tal

personaje reprende al vate su modorra y su pigricia, le manda que se levante inmediatamente

y que escriba esto y aquello y lo de más allá, y de este modo le informa de cuanto hay que

saber en el caso; de suerte que desaparecer la fantasma, despedirse el poeta del lector pío, y

acabarse el poema, todo es a un tiempo. Sobre este molde de aparición hemos compuesto de

once años a esta parte cuantas obras se han necesitado para el surtido de las esquinas, con la

sola diferencia de que a un poeta le pilló la visión acostado y sin cenar, al otro paseándose a la

orilla del río, al otro cogiendo el sol en un cerro; pero siendo el fondo de la ficción el mismo,

siempre es el mérito igual y el artificio de la fábula siempre maravilloso y sutil.

»¿Y el estilo? ¿Y la versificación? ¿Y el estro poético que resplandece en aquellas

composiciones? ¿No es particular? ¿No es admirable? Desde el ovillejo más diminuto y vil a

las octavas retumbantes y pomposas, ¿no se descubren bellezas incomparables que darán fama

inmortal a las recalientes seseras que las produjeron? ¿No es cierto, señor, que con esta

irrupción de copias, con este chorroborro perenne de versos hemos llevado al más alto punto

de perfección el buen gusto y la elegancia poética, dando cordelejo a los más célebres autores

de la edad vetusta, y revolviendo el Parnaso castellano patas arriba? ¿No es cierto?

»Así nos lo persuadíamos. Con este fin trabajamos, con el fin de asegurarnos un taburete

en el templo de la inmortalidad y ganar el pan por medios honrados en esta vida transitoria.

Pan curat oves, oviumque magistros, como dijo Gronovio muy a mi intento.

»Pero ¿qué sucedió? ¡Oh iniquidad! ¡Oh livor! ¡Oh influjo adverso! ¿Qué sucedió? Que