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La Esclava de su Amante por María de Zayas y Sotomayor - muestra HTML

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La esclava de su amante

María de Zayas y Sotomayor

http://www.librodot.com

Mi nombre es doña Isabel Fajardo, no Zelima, ni mora, como pensáis, sino cristiana, y hija de

padres católicos, y de los más principales de la ciudad de Murcia; que estos hierros que veis

en mi rostro no son sino sombras de los que ha puesto en mi calidad y fama la ingratitud de un

hombre; y para que deis más crédito, veislos aquí quitados; así pudiera quitar los que han

puesto en mi alma mis desventuras y poca cordura. Y diciendo esto, se los quitó y arrojó lejos

de sí, quedando el claro cristal de su divino rostro sin mancha, sombra ni oscuridad,

descubriendo aquel sol los esplendores de su hermosura sin nube. Y todos los que colgados de

lo que intimaba su hermosa boca, casi sin sentido, que apenas osaban apartar la vista por no

perderla, pareciéndoles que como ángel se les podía esconder. Y por fin, los galanes más

enamorados, y las damas más envidiosas, y todos compitiendo en la imaginación sobre si

estaba mejor con hierros o sin hierros, y casi se determinaban a sentir viéndola sin ellos, por

parecerles más fácil la empresa; y más Lisis, que como la quería con tanta ternura, dejó caer

por sus ojos unos desperdicios; mas, por no estorbarla, los recogió con sus hermosas manos.

Con esto, la hermosa doña Isabel prosiguió su discurso, viendo que todos callaban, notando la

suspensión de cada uno, y no de todos juntos.

-Nací en la casa de mis padres sola, para que fuese sola la perdición de ella: hermosa, ya lo

veis; noble, ya lo he dicho; rica, lo que bastara, a ser yo cuerda, o a no ser desgraciada, a

darme un noble marido. Criéme hasta llegar a los doce años entre las caricias y regalos de mis

padres; que, claro es que no habiendo tenido otro de su matrimonio, serían muchos,

enseñándome entre ellos las cosas más importantes a mi calidad. Ya se entenderá, tras las

virtudes que forman una persona virtuosamente cristiana, los ejercicios honestos de leer,

escribir, tañer y danzar, con todo lo demás competentes a una persona de mis prendas, y de

todas aquellas que los padres desean ver enriquecidas a sus hijas; y más los míos, que, como

no tenían otra, se afinaban en estos extremos; salí única en todo, y perdonadme que me alabe,

que, como no tengo otro testigo, en tal ocasión no es justo pasen por desvanecimiento mis

alabanzas; bien se lo pagué, pero más bien lo he pagado. Yo fui en todo extremada, y más en

hacer versos, que era el espanto de aquel reino, y la envidia de muchos no tan peritos en esta

facultad; que hay algunos ignorantes que, como si las mujeres les quitaran el entendimiento

por tenerle, se consumen de los aciertos ajenos. ¡Bárbaro, ignorante! si lo sabes hacer, hazlos,

que no te roba nadie tu caudal; si son buenos los que no son tuyos, y más si son de dama,

adóralos y alábalos; y si malos, discúlpala, considerando que no tiene más caudal, y que es

digna de más aplauso en una mujer que en un hombre, por adornarlos con menos arte.

Cuando llegué a los catorce años, ya tenía mi padre tantos pretensores para mis bodas, que

ya, enfadado, respondía que me dejasen ser mujer; mas como, según decían ellos, idolatraban

en mi belleza, no se podían excusar de importunalle. Entre los más rendidos se mostró

apasionadísimo un caballero, cuyo nombre es don Felipe, de pocos más años que yo, tan

dotado de partes, de gentileza y nobleza, cuanto desposeído de los de fortuna, que parecía que,

envidiosa de las gracias que le había dado el cielo, le había quitado los suyos. Era, en fin,

pobre; y tanto, que en la ciudad era desconocido, desdicha que padecen muchos. Éste era el

que más a fuerza de suspiros y lágrimas procuraba granjear mi voluntad; mas yo seguía la

opinión de todos; y como los criados de mi casa me veían a él poco afecta, jamás le oyó

ninguno, ni fue mirado de mí, pues bastó esto para ser poco conocido en otra ocasión;

pluviera el Cielo le miraba yo bien, o fuera parte para que no me hubieran sucedido las

desdichas que lloro; hubiera sabido excusar algunas; mas, siendo pobre, ¿cómo le había de

mirar mi desvanecimiento, pues tenía yo hacienda para él y para mí; mas mirábale de modo

que jamás pude dar señas de su rostro, hasta que me vi engolfada en mis desventuras.

Sucedió en este tiempo el levantamiento de Cataluña, para castigo de nuestros pecados, o

sólo de los míos, que aunque han sido las pérdidas grandes, la mía es la mayor: que los

muertos en esta ocasión ganaron eterna fama, y yo, que quedé viva, ignominiosa infamia.

Súpose en Murcia cómo Su Majestad (Dios le guarde) iba al ilustre y leal reino de Aragón,

para hallarse presente en estas civiles guerras; y mi padre, como quien había gastado lo mejor

de su mocedad en servicio de su rey, conoció lo que le importaban a Su Majestad los hombres

de su valor; se determinó a irle a servir, para que en tal ocasión le premiase los servicios

pasados y presentes, como católico y agradecido rey; y con esto trató de su jornada, que

sentimos mi madre y yo ternísimamente, y mi padre de la misma suerte; tanto, que a

importunidades de mi madre y mías, trató llevarnos en su compañía, con que volvió nuestra

pena en gozo, y más a mí, que, como niña, deseosa de ver tierras, o por mejor sentir mi

desdichada suerte, que me guiaba a mi perdición, me llevaba contenta. Prevínose la partida, y

aderezado lo que se había de llevar, que fuese lo más importante, para, aunque a la ligera,

mostrar mi padre quién era, y que era descendiente de los antiguos Fajardos de aquel reino.

Partimos de Murcia, dejando con mi ausencia común y particular tristeza en aquel reino,

solemnizando en versos y prosas todos los más divinos entendimientos la falta que hacía a

aquel reino.

Llegamos a la nobilísima y suntuosa ciudad de Zaragoza, y aposentados en una de sus

principales casas, ya descansada del camino salí a ver, y vi y fui vista. Mas no estuvo en esto

mi pérdida, que dentro en mi casa estaba el incendio, pues sin salir me había ya visto mi

desventura; y como si careciera esta noble ciudad de hermosuras, pues hay tantas que apenas

hay plumas ni elocuencias que basten a alabarlas, pues son tantas que dan envidia a otros

reinos, se empezó a exagerar la mía, como si no hubieran visto otra. No sé si es tanta como

decían; sólo sé que fue la que bastó a perderme; mas, como dice el vulgar, «lo nuevo aplace».

¡Oh, quien no la hubiera tenido para excusar tantas fortunas! Habló mi padre a Su Majestad,

que, informado de que había sido en la guerra tan gran soldado, y que aún no estaban

amortiguados sus bríos y valor, y la buena cuenta que siempre había dado de lo que tenía a su

cargo, le mandó asistiese al gobierno de un tercio de caballos, con título de maese de campo,

honrando primero sus pechos con un hábito de Calatrava; y así fue fuerza, viendo serlo el

asistir allí, y enviar a Murcia por toda la hacienda que se podía traer, dejando la demás a

cuenta de deudos nobles que tenía allá.

Era dueña de la casa en que vivíamos una señora viuda, muy principal y medianamente

rica, que tenía un hijo y una hija; él mozo y galán y de buen discurso, así no fuera falso

traidor, llamado don Manuel; no quiero decir su apellido, que mejor es callarle, pues no supo

darle lo que merecía. ¡Ay, qué a costa mía he hecho experiencia de todo! ¡Ay, mujeres fáciles,

y si supiésedes una por una, y todas juntas, a lo que os ponéis el día que os dejáis rendir a las

falsas caricias de los hombres, y cómo quisiérades más haber nacido sin oídos y sin ojos; o si

os desengañásedes en mí, de que más vais a perder, que a ganar! Era la hija moza, y

medianamente hermosa, y concertada de casar con un primo, que estaba en las Indias y le

aguardaban para celebrar sus bodas en la primera flota, cuyo nombre era doña Eufrasia. Ésta y

yo nos tomamos tanto amor, como su madre y la mía, que de día ni de noche nos dividíamos,

que, si no era para ir a dar el común reposo a los ojos, jamás nos apartábamos, o yo en su

cuarto, o ella en el mío. No hay más que encarecerlo, sino que ya la ciudad nos celebraba con

el nombre de «las dos amigas»; y de la misma suerte don Manuel dio en quererme, o en

engañarme, que todo viene a ser uno. A los principios empecé a extrañar y resistir sus

pretensiones y porfías, teniéndolos por atrevimientos contra mi autoridad y honestidad; tanto,

que por atajarlos me excusaba y negaba a la amistad de su hermana, dejando de asistirla en su

cuarto, todas las veces que sin nota podía hacerlo; de que don Manuel hacía tantos

sentimientos, mostrando andar muy melancólico y desesperado, que tal vez me obligaba a

lástima, por ver que ya mis rigores se atrevían a su salud. No miraba yo mal (las veces que

podía sin dárselo a entender) a don Manuel, y bien gustara, pues era fuerza tener dueño, fuera

él a quien tocara la suerte; mas, ¡ay!, que él iba con otro intento, pues con haber tantos que

pretendían este lugar jamás se opuso a tal pretensión; y estaba mi padre tan desvanecido en mi

amor, que aunque lo intentara, no fuera admitido, por haber otros de más partes que él,

aunque don Manuel tenía muchas, ni yo me apartara del gusto de mi padre por cuanto vale el

mundo. No había hasta entonces llegado amor a hacer suerte en mi libertad; antes imagino

que, ofendido de ella, hizo el estrago que tantas penas me cuesta. No había tenido don Manuel

lugar de decirme, más de con los ojos y descansos de su corazón su voluntad, porque yo no se

le daba; hasta que una tarde, estando yo con su hermana en su cuarto, salió de su aposento,

que estaba a la entrada de él, con un instrumento, y sentándose en el mismo estrado con

nosotras, le rogó doña Eufrasia cantase alguna cosa, y él extrañándolo, se lo supliqué también

por no parecer grosera; y él, que no deseaba otra cosa, cantó un soneto, que si no os cansa mi

larga historia, diré con los demás que se ofrecieren en el discurso de ella.

Lisis, por todos, le rogó lo hiciese así, que les daría notable gusto, diciendo:

-¿Qué podréis decir, señora doña Isabel, que no sea de mucho agrado a los que

escuchamos? Y así, en nombre de estas damas y caballeros, os suplico no excuséis nada de lo

que os sucedió en vuestro prodigioso suceso, porque, de lo contrario, recibiremos gran pena.

-Pues con esa licencia -replicó doña Isabel-, digo que don Manuel cantó este soneto;

advirtiendo que él a mí y yo a él nos nombrábamos por Belisa y Salicio.

A un diluvio la tierra condenada,

que toda se anegaba en sus enojos,

ríos fuera de madre eran sus ojos,

porque ya son las nubes mar airada.

La dulce Filomena retirada,

como no ve del sol los rayos rojos,

no le rinde canciones en despojos,

por verse sin su luz desconsolada.

Progne lamenta, el ruiseñor no canta,

sin belleza y olor están las flores,

y estando todo triste de este modo,

con tanta luz, que al mismo sol espanta,

toda donaire, discreción y amores,

salió Belisa, y serenóse todo.

Arrojó, acabando de cantar, el instrumento en el estrado, diciendo:

-¿Qué me importa a mí que salga el sol de Belisa en el oriente a dar alegría a cuantos la

ven, si para mí está siempre convertida en triste ocaso?

Dióle, diciendo esto, un modo de desmayo, con que, alborotadas su madre, hermana y

criadas, fue fuerza llevarle a su cama, y yo retraerme a mi cuarto, no sé si triste o alegre; sólo

sabré asegurar que me conocí confusa, y determiné no ponerme más en ocasión de sus

atrevimientos. Si me durara este propósito, acertara; mas ya empezaba en mi corazón a hacer

suertes amor, alentando yo misma mi ingratitud, y más cuando supe, de allí a dos días, que

don Manuel estaba con un accidente, que a los médicos había puesto en cuidado. Con todo

eso, estuve sin ver a doña Eufrasia hasta otro día, no dándome por entendida, y fingiendo

precisa ocupación con la estafeta de mi tierra; hasta que doña Eufrasia, que hasta entonces no

había tenido lugar asistiendo a su hermano, le dejó reposando y pasó a mi aposento, dándome

muchas quejas de mi descuido y sospechosa amistad, de que me disculpé, haciéndome de

nuevas y muy pesarosa de su disgusto. Al fin, acompañando a mi madre, hube de pasar

aquella tarde a verle; y como estaba cierta que su mal procedía de mis desdenes, procuré, más

cariñosa y agradable, darle la salud que le había quitado con ellos, hablando donaires y burlas,

que en don Manuel causaban varios efectos, ya de alegría, y ya de tristeza, que yo notaba con

más cuidado que antes, si bien lo encubría con cauta disimulación. Llegó la hora de

despedirnos, y llegando con mi madre a hacer la debida cortesía, y esforzarle con las

esperanzas de la salud, que siempre se dan a los enfermos, me puso tan impensadamente en la

mano un papel, que, o fuese la turbación del atrevimiento, o recato de mi madre y de la suya,

que estaban cerca, que no pude hacer otra cosa más de encubrirle. Y como llegué a mi cuarto,

me entré en mi aposento, y sentándome sobre mi cama, saqué el engañoso papel para hacerle

pedazos sin leerle, y al punto que lo iba a conseguir, me llamaron, porque había venido mi

padre y hube de suspender por entonces su castigo, y no hubo lugar de dársele hasta que me

fui a acostar, que habiéndome desnudado una doncella que me vestía y desnudaba, a quien yo

quería mucho por habernos criado desde niñas, me acordé del papel y se le pedí, y que me

llegase de camino la luz para abrasarle en ella.

Me dijo la cautelosa Claudia, que éste era su nombre, y bien le puedo dar también el de

cautelosa, pues también estaba prevenida contra mí, y en favor del ingrato y desconocido don

Manuel:

-¿Y acaso, señora mía, ha cometido este desdichado algún delito contra la fe, que le

quieres dar tan riguroso castigo? Porque si es así, no será por malicia, sino con inocencia;

porque antes entiendo que le sobra fe y no que le falta.

-Con todo mi honor le está cometiendo -dije yo-, y porque no haya más cómplices, será

bien que éste muera.

-¿Pues a quién se condena sin oírle? -replicó Claudia-. Porque, a lo que miro, entero está

como el día en que nació. Óyele, por tu vida, y luego, si mereciere pena, se la darás, y más si

es tan poco venturoso como su dueño.

-¿Sabes tú cúyo es?- le torné a replicar.

-¿De quién puede ser, si no es admitido, sino del mal correspondido don Manuel, que por

causa tuya está como está, sin gusto y salud, dos males que, a no ser desdichado, ya le

hubieran muerto? Mas hasta la muerte huye de los que lo son.

-Sobornada parece que estás, pues abogas con tanta piedad por él.

-No estoy, por cierto -respondió Claudia-, sino enternecida, y aun, si dijera lastimada,

acertara mejor.

-¿Pues de qué sabes tú que todas esas penas de que te lastimas tanto son por mí?

-Yo te lo diré -dijo la astuta Claudia-. Esta mañana me envió tu madre a saber cómo

estaba, y el triste caballero vio los cielos abiertos en verme; contóme sus penas, dando de

todas la culpa a tus desdenes, y esto con tantas lágrimas y suspiros, que me obligó a sentirlas

como propias, solemnizando con suspiros los suyos y acompañando con lágrimas las suyas.

-Muy tierna eres, Claudia -repliqué yo-; presto crees a los hombres. Si fueras tú la querida,

presto le consolaras.

-Y tan presto -dijo Claudia-, que ya estuviera sano y contento. Díjome más, que en estando

para poderse levantar, se ha de ir donde a tus crueles ojos y ingratos oídos no lleguen nuevas

de él.

-Ya quisiera que estuviera bueno, para que lo cumpliera- dije yo.

-¡Ay, señora mía! -respondió Claudia-, ¿es posible que en cuerpo tan lindo como el tuyo se

aposenta alma tan cruel? No seas así, por Dios, que ya se pasó el tiempo de las damas

andariegas que con corazones de diamantes dejaban morir los caballeros, sin tener piedad de

ellos. Casada has de ser, que tus padres para ese estado te guardan; pues si es así, ¿qué

desmerece don Manuel para que no gustes que sea tu esposo?

-Claudia -dije yo-, si don Manuel estuviera tan enamorado como dices, y tuviera tan castos

pensamientos, ya me hubiera pedido a mi padre. Y pues no trata de eso, sino de que le

corresponda, o por burlarme, o ver mi flaqueza, no me hables más en él, que me das notable

enojo.

-Lo mismo que tú dices- volvió a replicar Claudia- le dije yo, y me respondió que cómo se

había de atrever a pedirte por esposa incierto de tu voluntad; pues podrá ser que aunque tu

padre lo acepte, no gustes tú de ello.

-El gusto de mi padre se hará el mío- dije yo.

-Ahora, señora -tornó a decir Claudia-, veamos ahora el papel, pues ni hace ni deshace el

leerle, que pues lo demás corre por cuenta del cielo.

Estaba ya mi corazón más blando que cera, pues mientras Claudia me decía lo referido,

había entre mí hecho varios discursos, y todos en abono de lo que me decía mi doncella, y en

favor de don Manuel; mas, por no darla más atrevimientos, pues ya la juzgaba más de la parte

contraria que de la mía, después de haberle mandado no hablase más en ello, ni fuese adonde

don Manuel estaba, porfié a quemar el papel y ella a defenderle, hasta que, deseando yo lo

mismo que ella quería, le abrí, amonestándola primero que no supiese don Manuel sino que le

había rompido sin leerle, y ella prometídolo, vi que decía así:

«No sé, ingrata señora mía, de qué tienes hecho el corazón, pues a ser de diamante, ya le

hubieran enternecido mis lágrimas; antes, sin mirar los riesgos que me vienen, le tienes cada

día más endurecido; si yo te quisiera menos que para dueño de mí y de cuanto poseo, ya

parece que se hallara disculpa a tu crueldad; mas, pues gustas que muera sin remedio, yo te

prometo darte gusto, ausentándome del mundo y de tus ingratos ojos, como lo verás en

levantándome de esta cama, y quizá entonces te pesará de no haber admitido mi voluntad.»

No decía más que esto el papel. Mas ¿qué más había de decir? Dios nos libre de un papel

escrito a tiempo; saca fruto donde no le hay, y engendra voluntad aun sin ser visto. Mirad qué

sería de mí, que ya no sólo había mirado, mas miraba los méritos de don Manuel todos juntos

y cada uno por sí. ¡Ay, engañoso amante, ay, falso caballero, ay, verdugo de mi inocencia! ¡Y,

ay, mujeres fáciles y mal aconsejadas, y cómo os dejáis vencer de mentiras bien afeitadas, y

que no les dura el oro con que van cubiertas más de mientras dura el apetito! ¡Ay, desengaño,

que visto, no se podrá engañar ninguna! ¡Ay, hombres!, y ¿por qué siendo hechos de la misma

masa y trabazón que nosotras, no teniendo más nuestra alma que vuestra alma, nos tratáis

como si fuéramos hechas de otra pasta, sin que os obliguen los beneficios que desde el nacer

al morir os hacemos? Pues si agradecierais los que recibís de vuestras madres, por ellas

estimarais y reverenciarais a las demás; ya, ya lo tengo conocido a costa mía, que no lleváis

otro designio sino perseguir nuestra inocencia, aviltar nuestro entendimiento, derribar nuestra

fortaleza, y haciéndonos viles y comunes, alzaros con el imperio de la inmortal fama. Abran

las damas los ojos del entendimiento y no se dejen vencer de quien pueden temer el mal pago

que a mí se me dio, para que dijesen en esta ocasión y tiempo estos desengaños, para ver si

por mi causa cobrasen las mujeres la opinión perdida y no diesen lugar a los hombres para

alabarse, ni hacer burla de ellas, ni sentir mal de sus flaquezas y malditos intereses, por los

cuales hacen tantas, que, en lugar de ser amadas, son aborrecidas, aviltadas y vituperadas.

Volví de nuevo a mandar a Claudia y de camino rogarle no supiese don Manuel que había

leído el papel, ni lo que había pasado entre las dos, y ella a prometerlo, y con esto se fue,

dejándome divertida en tantos y tan confusos pensamientos, que yo misma me aborrecía de

tenerlos. Ya amaba, ya me arrepentía; ya me repetía piadosa, ya me hallaba mejor. Airada y

final, me determiné a no favorecer a don Manuel, de suerte que le diese lugar a atrevimientos;

mas tampoco desdeñarle, de suerte que le obligase a algún desesperado suceso. Volví con esta

determinación a continuar la amistad de doña Eufrasia, y a comunicarnos con la frecuencia

que antes hacía gala. Si ella me llamaba cuñada, si bien no me pesaba de oírlo, escuchaba a

don Manuel más apacible, y si no le respondía a su gusto, a lo menos no le afeaba el decirme

su amor sin rebozo; y con lo que más le favorecía era decirle que me pidiese a mi padre por

esposa, que le aseguraba de mi voluntad; mas como el traidor llevaba otros intentos, jamás lo

puso en ejecución.

Llegóse en este tiempo el alegre de las carnestolendas, tan solemnizado en todas partes, y

más en aquella ciudad, que se dice, por ponderarlo más, «carnestolendas de Zaragoza.»

Andábamos todos de fiesta y regocijo, sin reparar los unos en los desaciertos ni aciertos de los

otros.

Pues fue así, que pasando sobre tarde al cuarto de doña Eufrasia a vestirme con ella de

disfraz para una máscara que teníamos prevenida, y ella y sus criadas y otras amigas ocupadas

adentro en prevenir lo necesario, su traidor hermano, que debía de estar aguardando esta

ocasión, me detuvo a la puerta de su aposento, que, como he dicho, era a la entrada de los de

su madre, dándome la bienvenida, como hacía en toda cortesía otras veces; yo, descuidada, o,

por mejor, incierta de que pasaría a más atrevimientos, si bien ya habían llegado a tenerme

asida por una mano, y viéndome divertida, tiró de mí, y sin poder ser parte a hacerme fuerte,

me entró dentro, cerrando la puerta con llave. Yo no sé lo que me sucedió, porque del susto

me privó el sentido un mortal desmayo.

¡Ah, flaqueza femenil de las mujeres, acobardadas desde la infancia y aviltadas las fuerzas

con enseñarlas primero a hacer vainicas que a jugar las armas! ¡Oh, si no volviera jamás en

mí, sino que de los brazos del mal caballero me traspasaran a la sepultura! Mas guardábame

mi mala suerte para más desdichas, si puede haberlas mayores. Pues pasada poco más de

media hora, volví en mí, y me hallé, mal digo, no me hallé, pues me hallé perdida, y tan

perdida, que no me supe ni pude volver ni podré ganarme jamás y infundiendo en mí mi

agravio una mortífera rabia, lo que en otra mujer pudiera causar lágrimas y desesperaciones,

en mí fue un furor diabólico, con el cual, desasiéndome de sus infames lazos, arremetí a la

espada que tenía a la cabecera de la cama, y sacándola de la vaina, se la fui a envainar en el

cuerpo; hurtóle al golpe, y no fue milagro, que estaba diestro en hurtar, y abrazándose

conmigo, me quitó la espada, que me la iba a entrar por el cuerpo por haber errado el del

infame, diciendo de esta suerte: «Traidor, me vengo en mí, pues no he podido en ti, que las

mujeres como yo así vengan sus agravios.»

Procuró el cauteloso amante amansarme y satisfacerme, temeroso de que no diera fin a mi

vida; disculpó su atrevimiento con decir que lo había hecho por tenerme segura; y ya con

caricias, ya con enojos mezclados con halagos, me dio palabra de ser mi esposo. En fin, a su

parecer más quieta, aunque no al mío, que estaba hecha una pisada serpiente, me dejó volver a

mi aposento tan ahogada en lágrimas, que apenas tenía aliento para vivir. Este suceso dio

conmigo en la cama, de una peligrosa enfermedad, que fomentada de mis ahogos y tristezas,

me vino a poner a punto de muerte; estando de verme así tan penados mis padres, que

lastimaban a quien los veía.

Lo que granjeó don Manuel con este atrevimiento fue que si antes me causaba algún

agrado, ya aborrecía hasta su sombra. Y aunque Claudia hacía instancia por saber de mí la

causa de este pesar que había en mí, no lo consiguió, ni jamás la quise escuchar palabra que

de don Manuel procurase decirme, y las veces que su hermana me veía era para mí la misma

muerte. En fin, yo estaba tan aborrecida, que si no me la di yo misma, fue por no perder el

alma. Bien conocía Claudia mi mal en mis sentimientos, y por asegurarse más, habló a don

Manuel, de quien supo todo lo sucedido. Pidióle me aquietase y procurase desenojar,

prometiéndole a ella lo que a mí, que no sería otra su esposa.

Permitió el Cielo que me mejorase de mi mal, porque aun me faltaban por pasar otros

mayores. Y un día que estaba Claudia sola conmigo, que mi madre ni las demás criadas

estaban en casa, me dijo estas razones:

-No me espanto, señora mía, que tu sentimiento sea de la calidad que has mostrado y

muestras; mas a los casos que la fortuna encamina y el Cielo permite para secretos suyos, que

a nosotros no nos toca el saberlo, no se han de tomar tan a pechos y por el cabo, que se

aventure a perder la vida y con ella el alma. Confieso que el atrevimiento del señor don

Manuel fue el mayor que se puede imaginar; mas tu temeridad es más terrible, y supuesto que

en este suceso, aunque has aventurado mucho, no has perdido nada, pues en siento tu esposo

queda puesto el reparo, si tu pérdida se pudiera remediar con esos sentimientos y

desesperaciones, fuera razón tenerlas. Ya no sirven desvíos para quien posee y es dueño de tu

honor, pues con ellos das motivo para que, arrepentido y enfadado de tus sequedades, te deje

burlada; pues no son las partes de tu ofensor de tan pocos méritos que no podrá conquistar

con ellas cualquier hermosura de su patria. Puesto que más acertado es que se acuda al

remedio, y no que cuando le busques no le halles, hoy me ha pedido que te amanse y te diga

cuán mal lo haces con él y contigo misma, y que está con mucha pena de tu mal; que te

alientes y procures cobrar salud, que tu voluntad es la suya, y no saldrá en esto y en todo lo

que ordenares de tu gusto. Mira, señora, que esto es lo que te está bien, y que se pongan

medios con tus padres para que sea tu esposo, con que la quiebra de tu honor quedará soldada

y satisfecha, y todo lo demás es locura y acabar de perderte.

Bien conocí que Claudia me aconsejaba lo cierto, supuesto que ya no se podía hallar otro

remedio; mas estaba tan aborrecida de mí misma, que en muchos días no llevó de mí buena

respuesta. Y aunque ya me empezaba a levantar, en más de dos meses no me dejé ver de mi

atrevido amante, ni recado que me enviaba quería recibir, ni papel que llegaba a mis manos

llevaba otra respuesta que hacerle pedazos. Tanto, que don Manuel, o fuese que en aquella

ocasión me tenía alguna voluntad, o porque picado de mis desdenes quería llevar adelante sus

traiciones, se descubrió a su hermana, y le contó lo que conmigo le había pasado y pasaba, de

que doña Eufrasia, admirada y pesarosa, después de haberle afeado facción tan grosera y mal

hecha, tomó por su cuenta quitarme el enojo. Finalmente ella y Claudia trabajaron tanto

conmigo, que me rindieron. Y como sobre las pesadumbres entre amantes las paces aumentan

el gusto, todo el aborrecimiento que tenía a don Manuel se volvió en amor, y en él el amor

aborrecimiento: que los hombres, en estando en posesión, la voluntad se desvanece como

humo. Un año pasé en estos desvanecimientos, sin poder acabar con don Manuel pusiese

terceros con mi padre para que se efectuasen nuestras bodas; y otras muchas que a mi padre le

trataban no llegaban a efecto, por conocer la poca voluntad que tenía de casarme. Mi amante

me entretenía diciendo que en haciéndole Su Majestad merced de un hábito de Santiago que le

había pedido, para que más justamente mi padre le admitiese por hijo, se cumplirían mis

deseos y los suyos. Si bien yo sentía mucho estas dilaciones, y casi temía mal de ellas, por no

disgustarle, no apretaba más la dificultad.

En este tiempo, en lugar de un criado que mi padre había despedido, entró a servir en casa

un mancebo, que, como después supe, era aquel caballero pobre que jamás había sido bien

visto de mis ojos. Mas ¿quién mira bien a un pobre? El cual, no pudiendo vivir sin mi

presencia, mudado hábito y nombre, hizo esta transformación. Parecióme cuando le vi la

primera vez que era el mismo que era; mas no hice reparo en ello, por parecerme imposible.

Bien conoció Luis, que así dijo llamarse, a los primeros lances, la voluntad que yo y don

Manuel nos teníamos, y no creyendo de la entereza de mi condición que pasaba a más de

honestos y recatados deseos, dirigidos al conyugal lazo. Y él estaba cierto que en esto no

había de alcanzar, aunque fuera conocido por don Felipe, mas que los despegos que siempre

callaba, por que no le privase de verme, sufriendo como amante aborrecido y desestimado,

dándose por premiado en su amor con poderme hablar y ver a todas horas. De esta manera

pasé algunos meses, que aunque don Manuel, según conocí después, no era su amor

verdadero, sabía tan bien las artes de fingir, que yo me daba por contenta y pagada de mi

voluntad. Así me duraran estos engaños. Mas ¿cómo puede la mentira pasar por verdad sin

que al cabo se descubra? Acuérdome que una tarde que estábamos en el estrado de su

hermana, burlando y diciendo burlas y entretenidos acentos como otras veces, le llamaron, y

él, al levantarse del asiento, me dejó caer la daga en las faldas, que se la había quitado por el

estorbo que le hacía para estar sentado en bajo. A cuyo asunto hice este soneto:

Toma tu acero cortador, no seas

causa de algún exceso inadvertido,

que puede ser, Salicio, que sea Dido,

si por mi mal quisieses ser Eneas.

Cualquiera atrevimiento es bien que creas

de un pecho amante a tu valor rendido,

muy cerca está de ingrato el que es querido;

llévale, ingrato, si mi bien deseas.

Si a cualquiera rigor de aquesos ojos

te lloro Eneas y me temo Elisa,

quítame la ocasión de darme muerte,

Que quieres la vida por despojos,

que me mates de amor, mi amor te avisa;

tú ganarás honor, yo dulce suerte.

Alabaron doña Eufrasia y su hermano más la presteza de hacerle que el soneto, si bien don

Manuel, tibiamente; ya parecía que andaba su voluntad achacosa, y la mía temerosa de algún

mal suceso en los míos, y a mis solas daban mis ojos muestra de mis temores, quejábame de

mi mal pagado amor, dando al Cielo quejas de mi desdicha. Y cuando don Manuel, viéndome

triste y los ojos con las señales de haberles dado el castigo que no merecían, pues no tuvieron

culpa en mi tragedia, me preguntaba la causa, por no perder el decoro a mi gravedad,

desmentía con él los sentimientos de ellos, que eran tantos, que apenas los podía disimular.

Enamoréme, rogué, rendíme; vayan, vengan penas, alcáncense unas a otras. Mas por una

violencia estar sujeta a tantas desventuras, ¿a quién le ha sucedido sino a mí? ¡Ay, damas,

hermosas y avisadas, y qué desengaño éste, si lo contempláis! Y ¡ay, hombres, y qué afrenta

para vuestros engaños! ¡Quién pensara que don Manuel hiciera burla de una mujer como yo,

supuesto que, aunque era noble y rico, aun para escudero de mi casa no le admitieran mis

padres!, que éste es el mayor sentimiento que tengo, pues estaba segura de que no me merecía

y conocía que me desestimaba.

Fue el caso que había más de diez años que don Manuel hablaba una dama de la ciudad, ni

la más hermosa, ni la más honesta, y aunque casada, no hacía ascos de ningún galanteo,

porque su marido tenía buena condición: comía sin traerlo, y por no estorbar, se iba fuera

cuando era menester; que aun aquí había reprensión para los hombres; mas los comunes y

bajos que viven de esto no son hombres, sino bestias. Cuando más engolfada estaba

Alejandra, que así tenía nombre esta dama, en la amistad de don Manuel, quiso el Cielo, para

castigarla, o para destruirme, darle una peligrosa enfermedad, de quien, viéndose en peligro

de muerte, prometió a Dios apartarse de tan ilícito trato, haciendo voto de cumplirlo. Sustentó

esta devota promesa, viéndose con la deseada salud, año y medio, que fue el tiempo en que

don Manuel buscó mi perdición, viéndose despedido de Alejandra; bien que, como después

supe, la visitaba en toda cortesía, y la regalaba por la obligación pasada. ¡Ah, mal hayan estas

correspondencias corteses, que tan caras cuestan a muchas! Y entretenido en mi galanteo,

faltó a la asistencia de Alejandra, conociendo el poco fruto que sacaba de ella; pues esta

mujer, en faltar de su casa, como solía mi ingrato dueño, conoció que era la ocasión otro

empleo, y buscando la causa, o que de criadas pagadas de la casa de don Manuel, o mi

desventura que se lo debió de decir, supo cómo don Manuel trataba su casamiento conmigo.

Entró aquí alabarle mi hermosura y su rendimiento, y como jamás se apartaba de idolatrar en

mi imagen, que cuando se cuentan los sucesos, y más si han de dañar, con menos ponderación

son suficientes. En fin, Alejandra, celosa y envidiosa de mis dichas, faltó a Dios lo que había

prometido, para sobrarme a mí en penas; que si faltó a Dios, ¿cómo no me había de sobrar a

mí? Era atrevida y resuelta, y lo primero a que se atrevió fue a verme. Pasemos adelante, que

fuera hacer este desengaño eterno, y no es tan corto el tormento que padezco en referirle que

me saboree tan despacio en él. Acarició a don Manuel, solicitó volviese a su amistad,

consiguió lo que deseó, y volvió de nuevo a reiterar la ofensa, faltando en lo que a Dios había

prometido de poner enmienda. Parecerá, señores, que me deleito en nombrar a menudo el

nombre de este ingrato, pues no es sino que como ya para mí es veneno, quisiera que

trayéndole en mis labios, me acabara de quitar la vida. Volvióse, en fin, a adormecer y

transportar en los engañosos encantos de esta Circe. Como una división causa mayores deseos

entre los que se aman, fue con tanta puntualidad el asistencia en su casa, que fue fuerza

hiciese falta en la mía. Tanto, que ni en los perezosos días de verano, ni en las cansadas

noches del invierno no había una hora para mí. Y con esto empecé a sentir las penas que una

desvalida y mal pagada mujer puede sentir, porque si a fuerza de quejas y sentimientos había

un instante para estar conmigo, era con tanta frialdad y tibieza, que se apagaban en ella los

encendidos fuegos de mi voluntad, no para apartarme de tenerla, sino para darle las sazones

que merecía. Y últimamente empecé a temer; del temer nace el celar, y del celar buscar las

desdichas y hallarlas. No le quiero prometer a un corazón amante más perdición que venir a

tropezar en celos, que es cierto que la caída será para no levantarse más; porque si calla los

agravios, juzgando que los ignora, no se recatan de hacerlos; y si habla más descubiertamente,

pierden el respeto, como me sucedió a mí, que no pudiendo ya disimular las sinrazones de don

Manuel, empecé a desenfadarme y reprenderlas y de esto pasar a reñirle, con que me califiqué

por enfadosa y de mala condición, y a pocos pasos que di, me hallé en los lances de

aborrecida. Ofréceseme a la memoria un soneto que hice, hallándome un día muy apasionada,

que, aunque os canse, le he de decir:

No vivas, no, dichosa, muy segura

de que has de ser toda la vida amada;

llegará el tiempo que la nieve helada

agote de tu dicha la hermosura.

Yo, como tú, gocé también ventura,

ya soy, como me ves, bien desdichada;

querida fui, rogada y estimada

del que tu gusto y mi dolor procura.

Consuela mi pasión, que el dueño mío,

que ahora es tuyo, fue conmigo ingrato

también contigo lo será, dichosa.

Pagarásme el agravio en su desvío;

no pienses que has feriado muy barato,

que te has de ver, como yo estoy, celosa.

Admitía estas finezas don Manuel, como quien ya no las estimaba; antes con enojos quería

desvanecer mis sospechas, afirmándolas por falsas. Y dándose más cada día a sus desaciertos,

venimos él y yo a tener tantos disgustos y desasosiegos, que más era muerte que amor el que

había entre los dos; y con esto me dispuse a averiguar la verdad de todo, porque no me

desmintiese, y de camino, por si podía hallar remedio a tan manifiesto daño, mandé a Claudia

seguirle, con que se acabó de perder todo. Porque una tarde que le vi algo inquieto, y que ni

por ruegos ni lágrimas mías, ni pedírselo su hermana, no se pudo estorbar que no saliese de

casa, mandé a Claudia viese dónde iba, la cual le siguió hasta verle entrar en casa de

Alejandra. Y aguardando a ver en lo que resultaba, vio que ella con otras amigas y don

Manuel se entraron en un coche y se fueron a un jardín. Y no pudiendo ya la fiel Claudia

sufrir tantas libertades cometidas en ofensa mía, se fue tras ellos, y al entrar en el vergel,

dejándose ver, le dijo lo que fue justo, si, como fue bien dicho, fuera bien admitido. Porque

don Manuel, si bien corrido de ser descubierto, afeó y trató mal a Claudia, riñéndola más

como dueño que como amante mío; con lo cual la atrevida Alejandra, tomándose la licencia

de valida, se atrevió a Claudia con palabras y obras, dándose por sabidora de quién era yo,

cómo me llamaba y, en fin, cuanto por mi había pasado, mezclando entre estas libertades las

amenazas de que daría cuenta a mi padre de todo. Y aunque no cumplió esto, hizo otros

atrevimientos tan grandes o mayores, como era venir a la posada de don Manuel a todas

horas. Entraba atropellándolo todo, y diciendo mil

libertades; tanto, que en diversas ocasiones se puso Claudia con ella a mil riesgos. En fin, para

no cansaros, lo diré de una vez. Ella era mujer que no temía a Dios, ni a su marido, pues llegó

su atrevimiento a tratar quitarme la vida con sus propias manos. De todos estos atrevimientos

no daba don Manuel la culpa a Alejandra, sino a mí, y tenía razón, pues yo, por mis peligros,

debía sufrir más; estaba ya tan precipitada, que ninguno se me hacía áspero, ni peligroso, pues

me entraba por todos sin temor de ningún riesgo. Todo era afligirme, todo llorar y todo dar a

don Manuel quejas; unas veces, con caricias, y otras con despegos, determinándome tal vez a

dejarle y no tratar más de esto, aunque me quedase perdida, y otras pidiéndole hablase a mis

padres, para que siendo su mujer cesasen estas revoluciones. Mas como ya no quería, todas

estas desdichas sentía y temía doña Eufrasia, porque había de venir a parar en peligro de su

hermano; mas no hallaba remedio, aunque le buscaba. A todas estas desventuras hice unas

décimas, que os quiero referir, porque en ellas veréis mis sentimientos mejor pintados, y con

más finos colores, que dicen así:

Ya de mi dolor rendida,

con los sentidos en calma,

estoy deteniendo el alma,

que anda buscando salida;

ya parece que la vida,

como la candela que arde

y en verse morir cobarde

vuelve otra vez a vivir,

porque aunque desea morir,

procura que sea más tarde.

Llorando noches y días,

doy a mis ojos enojos,

como si fueran mis ojos

causa de las ansias mías.

¿Adónde estáis, alegrías?

Decidme, ¿dónde os perdí?

Responded, ¿qué causa os di?

Mas ¿qué causa puede haber

mayor que no merecer

el bien que se fue de mí?

Sol fui de algún cielo ingrato,

si acaso hay ingrato cielo;

fuego fue, volvióse hielo;

sol fui, luna me retrato,

mi menguante fue su trato,

mas si la deidad mayor

está en mí, que es el amor,

y éste no puede menguar,

difícil será alcanzar

lo que intenta su rigor.

Celos tuve, mas, querida,

de los celos me burlaba:

antes en ellos hallaba

sainetes para la vida;

ya, sola y aborrecida,

Tanta en sus glorias soy;

rabiando de sed estoy,

¡ay, qué penas! ¡ay, qué agravios!,

pues con el agua a los labios,

mayor tormento me doy.

¿Qué mujer habrá tan loca,

que viéndose aborrecer,

no le canse el padecer

y esté como firme roca?

Yo sola, porque no toca

a mí la ley de olvidar,

venga pesar a pesar,

a un rigor otro rigor,

que ha de conocer amor

que sé cómo se ha de amar.

Ingrato, que al hielo excedes;

nieve, que a la nieve hielas,

si mi muerte no recelas,

desde hoy más temerla puedes,

regatea las mercedes,

aprieta más el cordel,

mata esta vida con él,

sigue tu ingrata porfía;

que te pesará algún día

de haber sido tan cruel.

Sigue, cruel, el encanto

de esa engañosa sirena

que por llevarte a su pena,

te adormece con su canto;

huye mi amoroso llanto,

no te obligues de mi fe,

porque así yo esperaré

que has de ser como deseo

de aquella arpía Fineo

para que vengada esté.

Préciate de tu tibieza,

no te obliguen mis enojos,

pon más capote a los ojos,

cánsate de mi firmeza;

ultraja más mi nobleza,

ni sigas a la razón;

que yo, que en mi corazón

amor carácter ha sido,

pelearé con tu olvido,

muriendo por tu ocasión,

Bien sé que tu confianza

es de mi desdicha parte,

y fuera mejor matarte

a pura desconfianza;

todo cruel se me alcanza,

que como te ves querido,

tratas mi amor con olvido,

porque una noble mujer,

o no llegar a querer,

o ser lo que siempre ha sido.

Ojos, llorad, pues no tiene

ya remedio vuestro mal;

ya vuelve el dolor fatal,

ya el alma a la boca viene;

ya sólo morir conviene,

porque triunfe el que me mata;

ya la vida se desata

del lazo que al alma dio,

y con ver que me mató,

no olvido al que me maltrata.

Alma, buscad dónde estar,

que mi palabra os empeño,

que en vuestra posada hay dueño

que quiere en todo mandar.

Ya, ¿qué tenéis que aguardar,

si vuestro dueño os despide,

y en vuestro lugar recibe

otra alma que más estima?

¿No veis que en ella se anima

y con más contento vive?

¡Oh cuántas glorias perdidas

en esa casa dejáis!

¿Cómo ninguna sacáis?

Pues no por mal adquiridas,

mal premiadas, bien servidas,

que en eso ninguna os gana;

pero si es tan inhumana

la impiedad del que os arroja,

pues veis que en veros se enoja,

¡dos vos de buena gana.