La Gran Babilonia (Letras Prohibidas) por Usbaldo Volcán - muestra HTML

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LA GRAN BABILONIA

 

(LETRAS PROHIBIDAS)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

USBALDO VOLCÁN-O

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                           

 

 

 

                                                                                          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

LA GRAN BABILONIA

(LETRAS PROHIBIDAS)

Usbaldo Volcán-O

 

Ilustración y Diseño de la portada: Usbaldo Volcán-O

 

2014. Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin el consentimiento de su autor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“…cada ser humano lleva tatuado en su frente el número de la bestia. Quien tenga oídos que oiga y quien tenga ojos que vea…, el número es 666. ¿Será que todos llevamos la palabra SEXO en la frente y en las manos? Sex…sex…sex, ¡sexientos sexenta y xeis! Quizás en el futuro seamos seres asexuales…, ángeles o demonios viajando por el tiempo y visitando eras como las de Gog y Magog…”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Preludio

 

 

Cerca del altar mayor estaban dos señoras y un niño, rezando un rosario, pero a mí no me importó. ¡Dios mío, hazme instrumento de tu paz!, pensé. Bendice mis emociones, susurré. Y, como la mayor de las rameras, bajé el cierre de mi blusa, hice a un lado el sostén, y dejé al descubierto a uno de los dos ladrones turgentes que estaban alrededor de mi cristo de plata. Supongo que era el ladrón bueno, al que Jesús le dijo: “En verdad os digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”.

Tomás abrió mucho los ojos como a quien se le revela un gran secreto y, sin disimulos, se perdió entre mis carnes que se endurecían como el mármol. El ladrón bueno de mis pechos estaba en el paraíso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al Dios verdadero

(no al que inventaron para mentirme)

A ustedes, quienes me lo dieron todo

y me mostraron el camino.

Y también a ustedes,

quienes me cerraron las puertas

que nunca me conducirían a nada.

 

Gracias, porque “…el que tiene fe en sí mismo,

 no necesita que los demás crean en él”.

(Miguel de Unamuno)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

EL ANTIGUO TESTAMENTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            « ¿Quién es digno de abrir el libro y soltar sus sellos?» Nadie era capaz, ni en el cielo ni en la tierra ni bajo ella, de abrir el libro ni de leerlo. Y yo lloraba mucho porque no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro ni de leerlo. Pero uno de los Ancianos me dijo: «No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el retoño de David; él podrá abrir el libro y sus sellos.» (Ap. 5: 2-5)

 

 

 

Llovía torrencialmente sobre la ciudad, con la furia de un invierno en el que Dios lloraba por faltar a su promesa de no volver a castigar a la humanidad con un diluvio, sino con fuego. En el comienzo del nuevo siglo, mi país se hundió casi por completo bajo las aguas como una Atlántida sureña. Cuando queremos matar hormigas vertimos agua caliente sobre el hormiguero y millares de ellas mueren bajo un gran diluvio hirviente; quizás, Dios vertió agua sobre nuestro país y tanto buenos como malos, murieron como hormigas.

No soy quien para hablar mal de Dios ni de mis hermanos, pero él y yo tenemos nuestras diferencias y sé, que aunque soy un rebelde a ciertas normas del mundo y el tiempo en el que vivo, Dios, de existir en algún lado, me ama infinitamente y creo que es más que un señor de blancas vestiduras y de barba blanca; él debe ser un todo, en el todo. Está en la tierra, en el fuego, en el aire y hasta en los glóbulos rojos de la sangre roja… y hasta azul.

Yo, fui el heredero de las tablas sagradas de la Gran Babilonia, de una mujer que vivió en el corazón de esta ciudad enferma donde nadie es lo que parece ser y donde todo encaja perfectamente como un rompecabezas…

Podría decir que hay muchas personas a quienes les agradezco por su apoyo al hacer público estos documentos; pero en realidad, muchos me dieron la espalda por el “qué dirán”. Gracias a aquellos que siempre me han cerrado las puertas porque me han enseñado que si mantengo mis convicciones después de tanto caminar, es porque son verdaderas. Una puerta se cierra, se abren miles.

He tenido mucho miedo a la reacción de la gente, especialmente las de mi pueblo; muchas veces quise desistir por miedo a ofender a mi prójimo y por no ser consecuente con ellos, pero pensé: Y conmigo, ¿soy consecuente? ¿Acaso no me estaría faltando el respeto a mí mismo si no hablo de lo que me preocupa, por complacer a terceros?

Bienaventurados aquellos que no dejan de seguir sus sueños y metas, por complacer a los demás.

Estoy seguro que  muchos de los que lean estas letras de una joven que murió por sus pecados, se sentirán identificados porque son hechos que hoy, en estos días de perdición y pecado, son muy comunes.

Ningún libro puede huir de aquello que es más importante para un autor: la honestidad con la que escribe, señaló Paulo Coelho alguna vez, y yo, creo que he sido honesto conmigo mismo al darle forma a estos documentos que ya no son de su dueña, tampoco míos. Esto es ya una victoria.

Lo que referiré en este manuscrito, ha sido versionado, para omitir la carga explicita de las confesiones de ese ser maravilloso que la vida puso en mi camino… antes de su muerte.

Su historia, es mi historia… Tal vez, tú historia.