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[18] 126. Alusión al golpe de Estado de Luis Bonaparte efectuado el 2 de diciembre de 1851, con el que comienza el

régimen bonapartista del Segundo Imperio.- 191, 202, 229.

[*] Julio Favre. (N. de la Edit.)

[19] 133. "Le Réveil" («El Despertar»), periódico francés, órgano de los republicanos de izquierda, se publicó bajo la

redacción de C. Delécluse, en París, de julio de 1868 a enero de 1871. Insertaba documentos de la Internacional y del movimiento obrero.- 202, 277

[20] 134. "La Marseillaise" («La Marsellesa»), diario francés, órgano de los republicanos de izquierda, se publicó en París

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Marx: La guerra civil en Francia. Primer manifiesto del Consejo General da l...sociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana de diciembre de 1869 a setiembre de 1870. Insertaba documentos acerca de la actividad de la Internacional y del movimiento obrero.- 203, 277

[21] 135. Se alude a la Sociedad del 10 de diciembre, sociedad bonapartista secreta, formada principalmente por elementos desclasados, aventureros políticos, representantes de la camarilla militar, etc.; sus componentes contribuyeron a la elección de Luis Bonaparte para la Presidencia de la República Francesa el 10 de diciembre de 1848.- 203

[22] 104. La batalla de Sadowa tuvo lugar el 3 de julio de 1866 en Bohemia y decidió el desenlace de la guerra austro-prusiana de 1866, en favor de Prusia.- 172, 175, 203

Índice

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Marx: La guerra civil en Francia. Segundo manifiesto del Consejo General de...ociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana

Índice

[206]

SEGUNDO MANIFIESTO DEL CONSEJO GENERAL

DE LA ASOCIACION INTERNACIONAL

DE LOS TRABAJADORES SOBRE LA GUERRA

FRANCO-PRUSIANA

A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACION INTERNACIONAL DE LOS

TRABAJADORES EN EUROPA Y LOS ESTADOS UNIDOS

En nuestro primer manifiesto, del 23 de julio, decíamos:

«En París ya han doblado las campanas por el Segundo Imperio. Acabará como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que fueron los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes permitieron a Luis Bonaparte representar durante diez y ocho años la cruel farsa del Imperio restaurado»

[*].

Como se ve, ya antes de que comenzasen las hostilidades, nosotros dábamos por estallada la pompa de jabón bonapartista.

Y si no nos equivocábamos en cuanto a la vitalidad del Segundo Imperio, tampoco nos faltaba razón al temer que la guerra alemana «perdiese su carácter estrictamente defensivo y degenerase en una guerra contra el pueblo francés» [*]*. En realidad, la guerra defensiva terminó con la rendición de Luis Bonaparte, la capitulación de Sedán [23] y la proclamación de la república en París. Pero ya mucho antes

de que se produjesen estos acontecimientos, en el mismo momento en que se puso de manifiesto la total podredumbre de las armas bonapartistas, la camarilla militar prusiana optó por la guerra de conquista.

Cierto es que en su camino se alzaba un obstáculo desagradable: las propias declaraciones hechas por el rey Guillermo al comenzar la guerra. En su discurso de la corona ante el Reichstag de la Alemania del Notre, el rey había [207] declarado solemnemente que la guerra iba contra el emperador de Francia y no contra el pueblo francés. Y el 11 de agosto dirigió a la nación francesa un manifiesto en el que figuraban estas palabras:

«Debido a que el emperador Napoleón ha atacado por tierra y por mar a la nación alemana, que deseaba y sigue deseando vivir en paz con el pueblo francés; yo he tomado el mando de los ejércitos alemanes para repeler su agresión y me he visto obligado, por los acontecimientos militares, a cruzar las fronteras de Francia».

No contento con afirmar el «carácter puramente defensivo» de la guerra, declarando que solamente tomaba el mando de los ejércitos alemanes « para repeler la agresión», añadía que habían sido sólo los

«acontecimientos militares» los que le habían «obligado» a cruzar las fronteras de Francia. Y es indudable que una guerra defensiva no excluye la posibilidad de emprender operaciones ofensivas, cuando los «acontecimientos militares» lo impongan.

Como se ve, el pío monarca se había comprometido, ante Francia y ante el mundo, a mantener una guerra estrictamente defensiva. ¿Cómo eximirle de este compromiso solemne? Los directores de escena tenían http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/71gcf/3.htm (1 of 7) [27/12/2002 18:35:12]

Marx: La guerra civil en Francia. Segundo manifiesto del Consejo General de...ociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana que presentarlo como accediendo de mala gana a los mandatos irresistibles de la nación alemana.

Inmediatamente, apuntaron su papel a la clase media liberal alemana, con sus profesores, sus capitalistas, sus periodistas y sus concejales. Esta clase media, que, en sus luchas por la libertad civil, desde 1846

hasta 1870, había dado al mundo un espectáculo inigualado de indecisión, de incapacidad y de cobardía, se entusiasmó, naturalmente, ante la idea de pisar la escena de Europa como el león rugiente del patriotismo alemán. Se tomó el disfraz de independencia cívica, fingiendo obligar al Gobierno prusiano a aceptar los que eran, en realidad, designios secretos de este mismo Gobierno. Ahora, expiaba su larga y casi religiosa fe en la infalibilidad de Luis Bonaparte clamando por la desmembración de la República Francesa. Oigamos por un momento los argumentos plausibles de estos patriotas inconmovibles.

No se atreven a afirmar que ]a población de Alsacia y de Lorena suspire por el abrazo alemán. Todo lo contrario. Para castigar su patriotismo francés, una ciudad como Estrasburgo, a pesar de estar dominada por una ciudadela independiente, ha sido bombardeada de un modo bárbaro y sin necesidad, por espacio de seis días, con granadas explosivas «alemanas», que la han incendiado y han matado a un gran número de habitantes indefensos. Sí, el suelo de estas provincias perteneció en tiempos remotos al difunto hace muchísimo tiempo Imperio germánico [24]. De aquí que este suelo y los seres humanos que han crecido

en él deban [208] ser confiscados, al parecer, como propiedad imprescriptible de Alemania. Ahora bien, si se trata de rehacer el viejo mapa de Europa según los caprichos de los amantes de la antigüedad, no olvidemos en modo alguno que el Elector de Brandeburgo era, en cuanto a sus dominios prusianos, vasallo de la República Polaca [25].

Pero los patriotas astutos reclaman Alsacia y la parte de Lorena que habla alemán, como una «garantía material» contra las agresiones francesas. Como este vil pretexto ha hecho perder la cabeza a mucha gente de poco seso, nos creemos obligados a examinarlo un poco más a fondo.

No cabe duda que la configuración general de Alsacia en comparación con la orilla opuesta del Rin, y la existencia de una gran ciudad fortificada como Estrasburgo casi a mitad de camino entre Basilea y Germersheim, favorece mucho una invasión de la Alemania del Sur por los franceses, oponiendo en cambio especiales dificultades a la invasión de Francia desde el Sur de Alemania. Tampoco es dudoso que la anexión de Alsacia y de Lorena de habla alemana daría a la Alemania del Sur una frontera mucho más fuerte, puesto que pondría en sus manos la cresta de las montañas de los Vosgos en toda su longitud y los fuertes que cubren sus pasos septentrionales. Y si la anexión se hiciese extensiva a Metz, Francia quedaría privada indudablemente, por el momento, de sus dos principales bases de operaciones contra Alemania; pero esto no le impediría construir otra nueva en Nancy o en Verdún. Teniendo a Coblenza, Maguncia, Germersheim, Rastatt y Ulm, bases todas de operaciones contra Francia, de las que ha hecho uso abundante en esta guerra, ¿con qué sombra de justicia puede Alemania envidiar a Francia Estrasburgo y Metz, las dos únicas fortalezas de cierta importancia que posee por este lado? Además, Estrasburgo sólo es un peligro para la Alemania del Sur mientras ésta es una potencia separada de la Alemania del Norte. De 1792 a 1795, el Sur de Alemania no se vio nunca invadido por este lado, porque Prusia participaba en la guerra contra la revolución francesa; pero tan pronto como, en 1795, Prusia firmó una paz separada [26] dejando que el Sur se las arreglase como pudiera, comenzaron, continuando hasta

1809, las invasiones del Sur de Alemania, con Estrasburgo como base. Es indudable que una Alemania unificada podrá siempre neutralizar a Estrasburgo y a cualquier ejército francés en Alsacia concentrando todas sus tropas —como se hizo en esta guerra— entre Saarlouis y Landau, y avanzando o aceptando la batalla en la línea del camino que va de Maguncia a Metz. Con el núcleo principal de las tropas alemanas estacionado allí, cualquier ejército francés que avanzase de Estrashurgo hacia el Sur de Alemania se vería atacado de flanco [209] y en peligro de encontrarse con las comunicaciones cortadas. Si la campaña actual ha demostrado algo, es precisamente la facilidad de atacar a Francia desde Alemania.

Pero, hablando honradamente, ¿no es un completo absurdo y anacronismo tomar las razones militares como el principio que debe presidir el trazado de las fronteras entre las naciones? Si esta norma prevaleciese, Austria tendría aún derecho a pedir Venecia y la línea de Mincio, y Francia podría reclamar la línea del Rin para proteger a París, que indudablemente está más expuesto a ser atacado desde el Nordeste que Berlín desde el Sudoeste. Si las fronteras van a trazarse en consonancia con los intereses militares, las reclamaciones no acabarán nunca, pues toda línea militar es por fuerza defectuosa y http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/71gcf/3.htm (2 of 7) [27/12/2002 18:35:12]

Marx: La guerra civil en Francia. Segundo manifiesto del Consejo General de...ociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana susceptible de mejorarse con la anexión de nuevos territorios vecinos; además, estas líneas nunca pueden trazarse de un modo inapelable y justo, pues son siempre una imposición del vencedor sobre el vencido, y por consiguiente, llevan en su seno siempre el germen de nuevas guerras.

Así nos lo enseña la historia toda. Ocurre con las naciones lo mismo que con los individuos. Para privarles del poder de atacar, hay que quitarles todos los medios de defenderse. No basta echar las manos al cuello; hay que asesinar. Si alguna vez hubo un conquistador que tomase «garantías materiales» para

inutilizar a una nación, ése fue Napoleón I con el tratado de Tilsit [27] y con su modo de aplicarlo contra Prusia y el resto de Alemania. Y, sin embargo, pocos años después, su poder gigantesco se venía al suelo como una caña podrida ante el pueblo alemán. ¿Qué significan las «garantías materiales» que Prusia, en sus sueños más fantásticos, pueda o se atreva a imponer a Francia, comparadas con las que le arrancó a ella misma Napoleón I? El resultado no será menos desastroso. Y la historia no medirá su venganza por el número de millas cuadradas arrebatadas a Francia, sino por la magnitud del crimen que supone resucitar en la segunda mitad del siglo XIX la política de conquistas.

Pero es, dicen los portavoces del patriotismo teutónico, que no se debe confundir a los alemanes con los franceses. Lo que nosotros queremos no es gloria, sino seguridad. Los alemanes son un pueblo esencialmente pacífico. Bajo su prudente tutela, hasta las mismas conquistas dejan de ser un factor de guerras futuras para convertirse en una prenda de perpetua paz. Indudablemente, no fue Alemania la que invadió a Francia en 1792, con el sublime objetivo de acabar a bayonetazos con la revolución del siglo XVIII. No fue Alemania la que manchó sus manos con la esclavización de Italia, la opresión de Hungría y la desmembración de Polonia. Su actual sistema militar, que divide a toda la población [210] masculina sana en dos partes: un ejército permanente en activo y otro ejército permanente en reserva, ambos sujetos por igual a obediencia pasiva a sus gobernantes de derecho divino; semejante sistema militar es, evidentemente, una «garantía material» para la salvaguardia de la paz, y es, además, la cumbre suprema de la civilización... En Alemania, como en todas partes, los aduladores de los que están en el poder envenenan a la opinión pública con el incienso de alabanzas jactanciosas y mendaces.

Estos patriotas alemanes, que fingen indignarse a la vista de las fortificaciones francesas de Metz y Estrasburgo, no ven ningún mal en la vasta red de fortificaciones moscovitas de Varsovia, Modlin e Ivangórod. Tiemblan ante los horrores de una invasión bonapartista, pero cierran los ojos ante la ignominia de una tutela del zarismo.

Y así como en 1865 hubo un cambio de promesas entre Luis Bonaparte y Bismarck, en 1870 hubo otro cambio de promesas entre Bismarck y Gorchakov. Igual que Luis Bonaparte se ilusionaba pensando que la guerra de 1866, al producir el mutuo agotamiento de Austria y Prusia, le convertiría en el árbitro supremo de Alemania, Alejandro se ilusionaba también pensando que la guerra de 1870, al producir el agotamiento mutuo de Alemania y de Francia, lo erigiría en árbitro supremo del Occidente de Europa. Y

así como el Segundo Imperio reputaba la Confederación de la Alemania del Norte [28] incompatible con

su existencia, la Rusia autocrática tiene por fuerza que creerse amenazada por un Imperio alemán bajo la hegemonía de Prusia. Tal es la ley del viejo sistema político. Dentro de este sistema, lo que para un Estado es una ganancia representa para otro una pérdida. La influencia preponderante del zar en Europa tiene sus raíces en su tradicional dominación sobre Alemania. Y en un momento en que, dentro de la propia Rusia, fuerzas sociales volcánicas amenazan con estremecer los mismos fundamentos de la autocracia, ¿va el zar a permitir que se merme de ese modo su prestigio en el extranjero? Ya la prensa de Moscú se expresa en el mismo lenguaje que empleaban los periódicos bonapartistas después de la guerra de 1866. ¿Acaso los patriotas teutones creen realmente que el mejor modo de garantizar la libertad y la paz en Alemania es obligar a Francia a echarse en brazos de Rusia? Si la fortuna de las armns, la arrogancia de la victoria y las intrigas dinásticas llevan a Alemania a una expoliación del territorio francés, ante ella sólo se abrirán dos caminos: o convertirse a toda costa en un instrumento manifiesto del engrandecimiento de Rusia, o bien, tras una breve tregua, prepararse para otra guerra «defensiva», y no una de esas guerras «localizadas» de nuevo estilo, sino una [211] guerra de razas, una guerra contra las razas eslava y latina coligadas.

La clase obrera alemana ha apoyado enérgicamente la guerra, que no estaba en su mano impedir, como http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/71gcf/3.htm (3 of 7) [27/12/2002 18:35:12]

Marx: La guerra civil en Francia. Segundo manifiesto del Consejo General de...ociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana una guerra por la independencia de Alemania y por librar a Francia y a Europa del foco pestilente del Segundo Imperio. Fueron los obreros industriales alemanes los que, con los obreros agrícolas, dieron nervio y músculo a las heroicas huestes, dejando en la retaguardia a sus familias medio muertas de hambre. Diezmados por las batallas en el extranjero, volverán a verse diezmados por la miseria en sus hogares. Ellos a su vez reclaman ahora «garantías», garantías de que sus inmensos sacrificios no han sido hechos en vano, de que han conquistado la libertad, de que su victoria sobre los ejércitos imperiales no se

convertirá, como en 1815, en derrota del pueblo alemán [29] y, como primera de estas garantías, reclaman una paz honrosa para Francia y el reconocimiento de la República Francesa.

El Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania publicó el 5 de septiembre un manifiesto insistiendo enérgicamente en estas garantías.

«Protestamos contra la anexión de Alsacia y Lorena. Y tenemos la conciencia de hablar en nombre de la clase obrera de Alemania. En interés común de Francia y Alemania, en interés de la paz y de la libertad, en interés de la civilización occidental frente a la barbarie oriental, los obreros alemanes no tolerarán pacientemente la anexión de Alsacia y Lorena... ¡Apoyaremos fielmente a nuestros camaradas obreros de todos los países en la causa común internacional del proletariado!»

Desgraciadamente, no podemos confiar en que tengan un éxito inmediato. Si en tiempo de paz los obreros franceses no pudieron detener el brazo del agresor, ¿cómo van los obreros alemanes a detener el brazo del vencedor en medio del estrépito de las armas? El manifiesto de los obreros alemanes reclama la extradición de Luis Bonaparte como un delincuente común y su entrega a la República Francesa. Pero

sus gobernantes están haciendo ya cuanto pueden para volverlo a colocar en las Tullerías [30], como el hombre más indicado para hundir a Francia. Pase lo que pase, la historia nos enseñará que la clase obrera alemana no está hecha de la misma pasta maleable que la burguesía de este país. Los obreros de Alemania cumplirán con su deber.

Como ellos, celebramos el advenimiento de la república en Francia, pero al mismo tiempo, nos atormentan dudas que confiamos serán infundadas. Esta república no ha derribado el trono, sino que ha venido simplemente a ocupar su vacante. Ha sido proclamada, no como una conquista social, sino como una medida de defensa nacional. Se halla en manos de un Gobierno provisional [212] compuesto en parte

por notorios orleanistas [31] y en parte por republicanos burgueses, en algunos de los cuales dejó su

estigma indeleble la insurrección de Junio de 1848 [32]. El reparto de funciones entre los miembros de este Gobierno no augura nada bueno. Los orleanistas se han adueñado de las posiciones más fuertes: el ejército y la policía, dejando a los que se proclaman republicanos los departamentos puramente retóricos.

Algunos de sus primeros actos bastan para revelar que no han heredado del Imperio solamente un montón de ruinas, sino también su miedo a la clase obrera. Y si hoy, en nombre de la república y con fraseología desenfrenada se prometen cosas imposibles, ¿no será acaso para preparar el clamor que exija un gobierno «posible»? ¿No estará la república destinada, en la mente de los burgueses, que serían con gusto sus enterradores, a servir sólo de puente para una restauración orleanista?

Como vemos, la clase obrera de Francia tiene que hacer frente a condiciones dificilísimas. Cualquier intento de derribar al nuevo Gobierno en el trance actual, con el enemigo llamando casi a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con su deber de ciudadanos; pero, al mismo tiempo, no deben dejarse llevar por los recuerdos nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron engañar por los recuerdos nacionales del Primer Imperio. Su misión no es repetir el pasado, sino construir el futuro. Que aprovechen serena y resueltamente las oportunidades que les brinda la libertad republicana para trabajar más a fondo en la organización de su propia clase.

Esto les infundirá nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y para nuestra obra común: la emancipación del trabajo. De su fuerza y de su prudencia depende la suerte de la república.

Los obreros ingleses han dado ya pasos encaminados a vencer, mediante una saludable presión desde

fuera, la repugnancia de su Gobierno a reconocer a la República Francesa [33]. Con su actual táctica dilatoria, el Gobierno inglés pretende, probablemente, expiar el pecado de la guerra antijacobina de 1792

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Marx: La guerra civil en Francia. Segundo manifiesto del Consejo General de...ociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana y la precipitación indecorosa con que sancionó el coup d'état [34]. Los obreros ingleses exigen, además,

de su Gobierno que se oponga con todas sus fuerzas a la desmembración de Francia, que una parte de la prensa inglesa es lo suficientemente desvergonzada para pedir a gritos. Es la misma prensa que durante veinte años estuvo divinizando a Luis Bonaparte como la providencia de Europa y que jaleaba

frenéticamente la rebelión de los esclavistas norteamericanos [35]. Ahora, como entonces, trabaja sin descanso para los esclavistas.

Que las secciones de la Asociación Internacional de los [213] Trabajadores de cada país exhorten a la clase obrera a la acción. Si los obreros olvidan su deber, si permanecen pasivos, la horrible guerra actual no será más que ]a precursora de nuevas luchas internacionales todavía más espantosas y conducirá en cada país a nuevas derrotas de los obreros por los señores de la espada, de la tierra y del capital.

Vive la République!

256, High Holborn,

London, W. C.

9 de septiembre de 1870

Escrito por C. Marx entre el Se publica de acuerdo con el texto

6 y el 9 de septiembre de 1870. de la octavilla.

Publicado en forma de octavilla Traducido del alemán

en inglés el 11-13 de septiembre

de 1870, como también en forma

de octavilla en alemán y en la

prensa periódica en alemán y

francés en septiembre-diciembre

de 1870.

NOTAS

[*] Véase el presente tomo, pág. 203. (N. de la Edit.)

[**] Véase el presente tomo, pág. 204. (N. de la Edit.)

[23] 106. El 2 de setiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán, quedando prisioneras las tropas, con el mismo emperador. Del 5 de setiembre de 1870 al 19 de marzo de 1871, Napoleón III y el mando se hallaban en Wilhelmshöle (cerca de Kassel), castillo de los reyes de Prusia. La catástrofe de Sedán precipitó la caída del Segundo Imperio y desembocó el 4 de setiembre de 1870 en la proclamación de la república en Francia. Se formó un Gobierno nuevo, el llamado «Gobierno de la Defensa Nacional».- 175, 192, 206, 216, 273

[24] 136. Hasta agosto de 1806, Alemania formaba parte del llamado Sacro Imperio Romano germánico fundado en el

siglo X, al unirse varios principados feudales y ciudades libres que reconocían el poder supremo del emperador.- 207

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Marx: La guerra civil en Francia. Segundo manifiesto del Consejo General de...ociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana

[25] 137. En 1618, el electorado de Brandenburgo se unió al ducado de Prusia (Prusia Oriental) formado a principios del

siglo XVI sobre la base de las posesiones de la Orden Teutónica y vasallo de Rzeczpospolita (Polonia). El elector de Brandenburgo, en calidad de duque de Prusia, fue vasallo de Polonia hasta 1657, cuando, aprovechando las dificultades de este país en la guerra contra Suecia, consiguió que se reconociera su soberanía sobre las posesiones prusianas.- 208

[26] 138. Alusión al Tratado de paz de Basilea, concertado separadamente por Prusia, participante en la primera coalición antifrancesa de Estados europeos, con la República Francesa el 5 de abril de 1795.- 208

[27] 139. El tratado de Tilsit fue concertado el 7-9 de julio de 1807 entre la Francia napoleónica, de una parte, y, de otra, los participantes en la cuarta coalición antifrancesa, Rusia y Prusia, derrotadas en la contienda. Las condiciones del tratado eran extremadamente duras para Prusia, la cual se privaba de una parte considerable de su territorio. Rusia no sufrió pérdidas territoriales, pero tuvo que reconocer el reforzamiento de las posiciones de Francia en Europa y adherirse al bloqueo de Inglaterra (el llamado bloqueo continental). Impuesta por Napoleón I, la bandidesca paz de Tilsit despertó el hondo descontento entre la población de Alemania, preparando de este modo el terreno para el movimiento de liberación nacional de 1813 contra la dominación napoleónica.- 209

[28] 108. La Confederación de Alemania del Norte, encabezada por Prusia, comprendía 19 Estados y 3 ciudades libres de Alemania del Norte y Central. Fue constituida en 1867 a propuesta de Bismarck. La formación de la Confederación significó una de las etapas decisivas de la reunificación de Alemania bajo la hegemonía de Prusia. En enero de 1871, la Confederación dejó de existir debido a la constitución del Imperio alemán.- 176, 210

[29] 140. Marx se refiere al triunfo de la reacción feudal de Alemania después del hundimiento de la dominación

napoléonica; en Alemania se mantuvo el fraccionamiento feudal, en los Estados alemanes se consolidó el régimen feudal absolutista, se conservaron todos los privilegios de la nobleza y se reforzó la explotación de los campesinos.- 211

[30] 141. Trátase del Palacio de las Tullerías, de París, residencia de Napoleón III.- 211

[31] 125. Trátase de los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas.

Legitimistas, partidarios de la dinastía de los Borbones, derrocada en Francia en 1792; representaban los intereses de la gran aristocracia propietaria de tierras y del alto clero; constituyeron partido en 1830, después del segundo derrocamiento de la dinastía. En 1871, los legitimistas se incorporaron a la cruzada común de las fuerzas contrarrevolucionarias para combatir a la Comuna de París.

Orleanistas, partidarios de los duques de Orleáns, rama menor de la dinastía de los Borbones, que se mantuvo en el poder desde la revolución de julio de 1830 hasta la de 1848; representaban los intereses de la aristocracia financiera y la gran burguesía.- 191, 211, 221

[32] 19. La insurrección de Junio, heroica insurrección de los obreros de París el 23-26 de junio de 1848, reprimida con inaudita crueldad por la burguesía francesa, fue la primera gran guerra civil entre el proletariado y la burguesía.- 25, 172, 190, 212, 219, 331

[33] 142. Marx alude al movimiento de los obreros ingleses en pro del reconocimiento de la República Francesa instaurada

el 4 de setiembre de 1870. A partir del 5 de setiembre, en Londres y otras grandes ciudades se celebraron mítines y manifestaciones que adoptaron resoluciones y peticiones reivindicando el reconocimiento inmediato de la República Francesa por el Gobierno británico. El Consejo General de la Internacional tomó parte directa en la organización de este movimiento.- 212

[34] 143. Marx se refiere a la participación activa de Inglaterra en la organización de la coalición de Estados feudales

absolutistas que iniciaron en 1792 la guerra contra la Francia revolucionaria, como también a que la oligarquía gobernante inglesa fue la primera en Europa en reconocer el régimen bonapartista establecido en Francia con el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851.- 212

[35] 144. Durante la guerra civil en América (1861-1865) entre el Norte industrial y el Sur de los plantadores esclavistas,

la prensa burguesa de Inglaterra defendió el Sur, es decir, el régimen esclavista.- 212

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Marx: La guerra civil en Francia. I

Índice

[214]

LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA

MANIFIESTO DEL CONSEJO GENERAL DE LA

ASOCIACION INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES

A TODOS LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACION EN EUROPA

Y LOS ESTADOS UNIDOS

I

El 4 de septiembre de 1870, cuando los obreros de París proclamaron la república, casi instantáneamente aclamada de un extremo de otro de Francia sin una sola voz disidente, una cuadrilla de abogados arribistas, con Thiers como estadista y Trochu como general, se posesionaron del Hôtel de Ville. Por aquel entonces estaban imbuidos de una fe tan fanática en la misión de París para representar a Francia en todas las épocas de crisis históricas que, para legitimar sus títulos usurpados de gobernantes de Francia, consideraban suficiente exhibir sus actas ya caducas de diputados por París. En nuestro segundo manifiesto sobre la pasada guerra, cinco días después del encumbramiento de estos hombres, os

decíamos ya quiénes eran [*]. Sin embargo, en la confusión provocada por la sorpresa, con los

verdaderos jefes de la clase obrera encerrados todavía en las prisiones bonapartistas y los prusianos avanzando a toda marcha sobre París, la capital toleró que asumieran el poder bajo la expresa condición de que su solo objetivo sería la defensa nacional. Ahora bien, París no podía ser defendido sin armar a su clase obrera, organizándola como una fuerza efectiva y adiestrando a sus hombres en la guerra misma.

Pero París en armas era la revolución en armas. El triunfo de París sobre el agresor prusiano hubiera

[215] sido el triunfo del obrero francés sobre el capitalista francés y sus parásitos dentro del Estado. En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el gobierno de la defensa nacional no vaciló un instante en convertirse en un gobierno de la traición nacional.

Su primer paso consistió en enviar a Thiers a deambular por todas las Cortes de Europa para implorar su mediación, ofreciendo el trueque de la república por un rey. A los cuatro meses de comenzar el asedio de la capital, cuando se creyó llegado el momento oportuno para empezar a hablar de capitulación, Trochu, en presencia de Julio Favre y de otros colegas de ministerio, habló en los siguientes términos a los alcaldes de París reunidos:

«La primera cuestión que mis colegas me plantearon, la misma noche del 4 de septiembre, fue ésta:

¿Puede París resistir con alguna probabilidad de éxito un asedio de las tropas prusianas? No vacilé en contestar negativamente. Algunos de mis colegas, aquí presentes, certificarán la verdad de mis palabras y la persistencia de mi opinión. Les dije —en estos mismos términos— que, con el actual estado de cosas, el intento de París de afrontar un asedio del ejército prusiano, sería una locura. Una locura heroica

—añadía—, sin duda alguna; pero nada más... Los hechos» (dirigidos por él mismo) «no han dado un mentís a mis previsiones».

Este precioso y breve discurso de Trochu fue publicado más tarde por el señor Corbon, uno de los alcaldes allí presentes.

Así, pues, en la misma noche del día en que fue proclamada la república, los colegas de Trochu sabían ya que su «plan» era la capitulación de París. Si la defensa nacional hubiera sido algo más que un pretexto http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/71gcf/4.htm (1 of 8) [27/12/2002 18:36:52]

Marx: La guerra civil en Francia. I

para el gobierno personal de Thiers, Favre y Cía., los advenedizos del 4 de septiembre habrían abdicado el 5, habrían puesto al corriente al pueblo de París sobre el «plan» de Trochu y le habrían invitado a rendirse sin más o a tomar su destino en sus propias manos. En vez de hacerlo así, aquellos infames impostores optaron por curar la locura heroica de París con un tratamiento de hambre y de cabezas rotas, y engañarle mientras tanto con manifiestos grandilocuentes, en los que se decía, por ejemplo, que Trochu, «el gobernador de París, jamás capitularía» y que Julio Favre, ministro de Negocios Extranjeros,

«no cedería ni una pulgada de nuestro territorio ni una piedra de nuestras fortalezas». En una carta a Gambetta, este mismo Julio Favre confiesa que contra lo que ellos se «defendían» no era contra los soldados prusianos, sino contra los obreros de París. Durante todo el sitio, los matones bonapartistas a quienes Trochu, muy previsoramente, había confiado el mando del ejército de París, no cesaban de hacer chistes desvergonzados, en sus cartas íntimas, sobre la bien conocida burla de la defensa (véase, por ejemplo, [216] la correspondencia de Alfonso Simón Guiod, comandante en jefe de la artillería del ejército de París y Gran Cruz de la Legión de Honor, con Susane, general de división de artillería,

correspondencia publicada en el "Journal Officiel" [36] de la Comuna). Por fin, el 28 de enero de 1871

[37], los impostores se quitaron la careta. Con el verdadero heroísmo de la máxima abyección, el

Gobierno de la Defensa Nacional, al capitular, se convirtió en el gobierno de Francia integrado por

prisioneros de Bismarck, papel tan bajo, que el propio Luis Bonaparte, en Sedán [38], se arredró ante él.

Después de los acontecimiento del 18 de marzo, en su precipitada huida a Versalles, los capitulards [39]

dejaron en las manos de París las pruebas documentales de su traición, para destruir las cuales, como dice la Comuna en su proclama a las provincias,

«esos hombres no vacilarían en convertir a París en un montón de escombros bañado por un mar de sangre».

Además, algunos de los dirigentes del gobierno de la defensa tenían razones personales especialísimas para buscar ardientemente este desenlace.

Poco tiempo después de sellado el armisticio, el señor Millière, uno de los diputados por París en la Asamblea Nacional, fusilado más tarde por orden expresa de Julio Favre, publicó una serie de documentos judiciales auténticos demostrando que Favre, que vivía en concubinato con la mujer de un borracho residente en Argel, había logrado, por medio de las más descaradas falsificaciones cometidas a lo largo de muchos años, atrapar en nombre de los hijos de su adulterio una cuantiosa herencia, con la que se hizo rico; y que en un pleito entablado por los legítimos herederos, sólo pudo conseguir salvarse del escándalo gracias a la connivencia de los tribunales bonapartistas. Como estos escuetos documentos judiciales no podían descartarse fácilmente, por mucha energía retórica que se desplegase, Julio Favre, por primera vez en su vida, dejó la lengua quieta, aguardando en silencio a que estallase la guerra civil, para denunciar frenéticamente al pueblo de París como a una banda de criminales evadidos de presidio y amotinados abiertamente contra la familia, la religión, el orden y la propiedad. Y este mismo falsario, inmediatamente después del 4 de septiembre, apenas llegado al Poder, puso en libertad, por simpatía, a Pic y Taillefer, condenados por estafa bajo el propio Imperio, en el escandaloso asunto del periódico

"L'Étendard" [40]. Uno de estos caballeros, Taillefer, que tuvo la osadía de volver a París bajo la

Comuna, fue reintegrado inmediatamente a la prisión. Y entonces Julio Favre, desde la tribuna de la Asamblea Nacional, exclamó que París estaba poniendo en libertad a todos los presidiarios.

[217]

Ernesto Picard, el Joe Miller [*] del gobierno de la defensa nacional, que se nombró a sí mismo ministro de Hacienda de la república después de haberse esforzado en vano por ser ministro del Interior del Imperio, es hermano de un tal Arturo Picard, individuo expulsado de la Bolsa de París por tramposo (véase el informe de la Prefectura de Policía del 13 de julio de 1867) y convicto y confeso de un robo de 300.000 francos, cometido siendo gerente de una de las sucursales de la "Société Générale" [41], rue

Palestro, núm. 5 (véase el informe de la Prefectura de Policía del 11 de diciembre de 1868). Este Arturo Picard fue nombrado por Ernesto Picard redactor jefe de su periódico "L'Électeur Libre" [42]. Mientras

los especuladores vulgares eran despistados por las mentiras oficiales de esta hoja financiera ministerial, http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/71gcf/4.htm (2 of 8) [27/12/2002 18:36:52]

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Arturo Picard andaba en un constante ir y venir del Ministerio de Hacienda a la Bolsa, para negociar en ésta con los desastres del ejército francés. Toda la correspondencia financiera cruzada entre este par de dignísimos hermanitos cayó en manos de la Comuna.

Julio Ferry, que antes del 4 de septiembre era un abogado sin pleitos, consiguió, como alcalde de París durante el sitio, hacer una fortuna, amasada a costa del hambre de los demás. El día en que tenga que dar cuenta de sus malversaciones, será también el día de su sentencia.

Como se ve, estos hombres soló podían encontrar "tickets-of-leave"[*]* entre las ruinas de París.

Hombres así eran precisamente los que Bismarck necesitaba. Hubo un barajar de naipes y Thiers, hasta entonces inspirador secreto del gobierno, apareció ahora como su presidente, teniendo por ministros a

"ticket-of-leave-men".

Thiers, ese enano monstruoso, tuvo fascinada durante casi medio siglo a la burguesía francesa por ser la expresión intelectual más acabada de su propia corrupción como clase. Ya antes de hacerse estadista había revelado su talento para la mentira como historiador. La crónica de su vida pública es la historia de las desdichas de Francia. Unido a los republicanos antes de 1830, cazó una cartera bajo Luis Felipe, traicionando a Laffitte, su protector. Se congració con el rey a fuerza de atizar motines del populacho contra el clero —durante los cuales fueron saqueados la iglesia de Saint Germain L'Auxerrois y el palacio del arzobispo— [218] y actuando, como lo hizo contra la duquesa de Berry [43], a la par de espía

ministerial y de partero carcelario. La matanza de republicanos en la rue Transnonain y las leyes infames de septiembre contra la prensa y el derecho de asociación que la siguieron, fueron obra suya [44]. Al

reaparecer como jefe del gobierno en marzo de 1840, asombró a Francia con su plan de fortificar a París

[45]. A los republicanos, que denunciaron este plan como un complot siniestro contra la libertad de París,

les replicó desde la tribuna de la Cámara de Diputados:

«¡Cómo! ¿Suponéis que puede haber fortificaciones que sean una amenaza contra la libertad? En primer lugar, es calumniar a cualquier Gobierno, sea el que fuere, creyendo que puede tratar algún día de mantenerse en el Poder bombardeando la capital... Semejante Gobierno sería, después de su victoria, cien veces más imposible que antes».

En realidad, ningún gobierno se habría atrevido a bombardear París desde los fuertes más que el gobierno que antes había entregado estos mismos fuertes a los prusianos.

Cuando el rey Bomba[*], en enero de 1848 , probó sus fuerzas contra Palermo, Thiers, que entonces llevaba largo tiempo sin cartera, volvió a levantarse en la Cámara de los Diputados:

«Todos vosotros sabéis, señores diputados, lo que está pasando en Palermo. Todos vosotros os estremecéis de horror» (en el sentido parlamentario de la palabra) «al oír que una gran ciudad ha sido bombardeada durante cuarenta y ocho horas. ¿Y por quién? ¿Acaso por un enemigo exterior, que pone en práctica las leyes de la guerra? No, señores diputados, por su propio gobierno. ¿Y por qué? Porque esta ciudad infortunada exigía sus derechos. Y por exigir sus derechos, ha sufrido cuarenta y ocho horas de bombardeo.... Permitidme apelar a la opinión pública de Europa. Levantarse aquí y hacer resonar, desde la que tal vez es la tribuna más alta de Europa, algunas palabras» (sí, cierto, palabras) «de indignación contra actos tales, es prestar un servicio a la humanidad... Cuando el regente Espartero, que había prestado servicios a su país» (lo que nunca hizo Thiers), «intentó bombardear Barcelona para sofocar su insurrección, de todas partes del mundo se levantó un clamor general de indignación».

Diez y ocho meses más tarde, el señor Thiers se contaba entre los más furibundos defensores del bombardeo de Roma por un ejército francés [46]. La falta del rey Bomba debió consistir, por lo visto, en

no haber hecho durar el bombardeo más que cuarenta y ocho horas.

Pocos días antes de la revolución de Febrero, irritado por el largo destierro de cargos y pitanza a que le había condenado Guizot, y venteando la inminencia de una conmoción popular, Thiers, en aquel estilo http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/71gcf/4.htm (3 of 8) [27/12/2002 18:36:52]

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seudoheroico que le ha valido el apodo de « Mirabeau-mouche» [*]*, declaraba ante el parlamento:

[219]

«Pertenezco al partido de la revolución, no sólo en Francia, sino en Europa. Yo querría que el gobierno de la revolución no saliese de las manos de hombres moderados..., pero aunque el gobierno caiga en manos de espíritus exaltados, incluso en las de los radicales, no por ello abandonaré mi causa.

Perteneceré siempre al partido de la revolución».

Vino la revolución de Febrero. Pero, en vez de desplazar al ministerio Guizot para poner en su lugar un ministerio Thiers, como este hombrecillo había soñado, la revolución sustituyó a Luis Felipe por la república. Durante los primeros días del triunfo popular se mantuvo cuidadosamente oculto, sin darse cuenta de que el desprecio de los obreros le resguardaba de su odio. Sin embargo, con su proverbial valor, permaneció alejado de la escena pública, hasta que las matanzas de Junio [47] le dejaron el camino

expedito para su peculiar actuación. Entonces, Thiers se convirtió en la mente inspiradora del partido del

orden [48] y de su república parlamentaria, ese interregno anónimo en que todas las fracciones rivales de la clase dominante conspiraban juntas para aplastar al pueblo y las unas contra las otras en el empeño de restaurar cada cual su propia monarquía. Entonces como ahora, Thiers denunció a los republicanos como el único obstáculo para la consolidación de la república; entonces, como ahora, habló a la república como el verdugo a Don Carlos: «Tengo que asesinarte, pero es por tu bien». Ahora, como entonces, tendrá que exclamar al día siguiente de su triunfo: L'Empire est fait, el Imperio está hecho. Pese a sus prédicas hipócritas sobre las libertades necesarias y a su rencor personal contra Luis Bonaparte, que se sirvió de él como instrumento, dando una patada al parlamento (fuera de cuya atmósfera artificial nuestro hombrecillo queda, como él sabe muy bien, reducido a la nada), encontramos su mano en todas las infamias del Segundo Imperio: desde la ocupación de Roma por las tropas francesas hasta la guerra con Prusia, que él atizó arremetiendo ferozmente contra la unidad alemana, no por considerarla como un disfraz del despotismo prusiano, sino como una usurpación contra el derecho conferido a Francia de mantener desunida a Alemania. Aficionado a blandir a la faz de Europa, con sus brazos enanos, la espada del primer Napoleón, cuyo limpiabotas histórico era, su política exterior culminó siempre en las mayores

humillaciones de Francia, desde el tratado de Londres de 1840 [49] hasta la capitulación de París en 1871

y la actual guerra civil, en la que lanza contra París, con permiso especial de Bismarck, a los prisioneros de Sedán y Metz [50]. A pesar de la versatilidad de su talento y de la variabilidad de sus propósitos, este

hombre ha estado toda su vida encadenado a la rutina más fósil. Se comprende que las corrientes subterráneas más profundas de la sociedad moderna [220] permanecieran siempre ignoradas para él; pero hasta los cambios más palpables operados en su superficie repugnaban a aquel cerebro, cuya energía había ido a concentrarse toda en la lengua. Por eso, no se cansó nunca de denunciar como un sacrilegio toda desviación del viejo sistema proteccionista francés. Siendo ministro de Luis Felipe, se mofaba de los ferrocarriles como de una loca quimera; y desde la oposición, bajo Luis Bonaparte estigmatizaba como una profanación todo intento de reformar el podrido sistema militar de Francia. Jamás en su larga carrera política, tuvo que acusarse de la más insignificante medida de carácter práctico. Thiers sólo era consecuente en su codicia de riqueza y en su odio contra los hombres que la producen. Cogió su primera cartera, bajo Luis Felipe, más pobre que una rata y la dejó siendo millonario. Su último ministerio, bajo el mismo rey (el de 1 de marzo de 1840), le acarreó en la Cámara de los Diputados una acusación pública de malversación a la que se limitó a replicar con lágrimas, mercancía que maneja con tanta prodigalidad como Julio Favre u otro cocodrilo cualquiera. En Burdeos, su primera medida para salvar a Francia de la catástrofe financiera que la amenazaba fue asignarse a sí mismo un sueldo de tres millones al año, primera y última palabra de aquella «república ahorrativa», cuyas perspectivas había pintado a sus electores de París en 1869. El señor Beslay, uno de sus antiguos colegas del Parlamento de 1830, que, a pesar de ser un capitalista, fue un miembro abnegado de la Comuna de París, se dirigió últimamente a Thiers en un cartel mural:

«La esclavización del trabajo por el capital ha sido siempre la piedra angular de su política y, desde el día en que vio la República del Trabajo instalada en el Hôtel de Ville, no ha cesado un momento de gritar a Francia: ¡Esos son unos criminales!».

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Maestro en pequeñas granujadas gubernamentales, virtuoso del perjurio y de la traición, ducho en todas esas mezquinas estratagemas, maniobras arteras y bajas perfidias de la guerra parlamentaria de partidos; siempre sin escrúpulos para atizar una revolución cuando no está en el Poder y para ahogarla en sangre cuando empuña el timón del gobierno; lleno de prejuicios de clase en lugar de ideas y de vanidad en lugar de corazón; con una vida privada tan infame como odiosa en su vida pública, incluso hoy, en que representa el papel de un Sila francés, no puede por menos de subrayar lo abominable de sus actos con lo ridículo de su jactancia.

La capitulación de París, entregando a Prusia no sólo París, sino toda Francia, vino a cerrar la larga cadena de intrigas traidoras [221] con el enemigo que los usurpadores del 4 de septiembre habían empezado aquel mismo día, según dice el propio Trochu. De otra parte, esta capitulación inició la guerra civil, que ahora tenían que hacer con la ayuda de Prusia, contra la república y contra París. Ya en los mismos términos de la capitulación se contenía la encerrona. En aquel momento, más de una tercera parte del territorio estaba en manos del enemigo; la capital se hallaba aislada de las provincias y todas las comunicaciones desorganizadas. En estas circunstancias era imposible elegir una representación auténtica de Francia, a menos que se dispusiese de mucho tiempo para preparar las elecciones. He aquí por qué el pacto de capitulación estipulaba que habría de elegirse una Asamblea Nacional en el término de 8 días; así fue cómo la noticia de las elecciones que iban a celebrarse no llegó a muchos sitios de Francia hasta la víspera de éstas. Además, según una cláusula expresa del pacto de capitulación, esta Asamblea había de elegirse con el único objeto de votar por la paz o por la guerra, y para concluir en su caso un tratado de paz. La población no podía dejar de sentir que los términos del armisticio hacían imposible la continuación de la guerra y de que, para sancionar la paz impuesta por Bismarck, los peores hombres de Francia eran los mejores. Pero, no contento con estas precauciones, Thiers, ya antes de que el secreto del armisticio fuera comunicado a los parisinos, se puso en camino para una gira electoral por provincias, con objeto de galvanizar y resucitar el partido legitimista, que ahora, unido a los orleanistas, habría de ocupar la vacante de los bonapartistas, inaceptables por el momento. Thiers no tenía miedo a los legitimistas. Imposibilitados para gobernar a la moderna Francia y, por tanto, desdeñables como rivales, ¿qué partido podía servir mejor como instrumento de la contrarrevolución que aquel partido cuya actuación, para decirlo con palabras del mismo Thiers (Cámara de Diputados, 5 de enero de 1833),

«había estado siempre circunscrita a tres recursos: la invasión extranjera, la guerra civil y la anarquía»?

Ellos, por su parte, creían firmemente en el advenimiento de su reino milenario retrospectivo, tanto tiempo anhelado. Ahí estaban las botas de una invasión extranjera pisoteando a Francia; ahí estaban un Imperio caído y un Bonaparte prisionero; y ahí estaban ellos otra vez. Evidentemente, la rueda de la historia había marchado hacia atrás, hasta detenerse en la Chambre introuvable de 1816 [51]. En las

asambleas de la república, de 1848 a 1851, estos elementos habían estado representados por sus cultos y entrenados campeones parlamentarios; ahora irrumpían [222] en escena los soldados de filas del partido, todos los Pourceaugnacs [*] de Francia.

En cuanto esta asamblea de «rurales» [52] se congregó en Burdeos, Thiers expuso con claridad a sus

componentes, que había que aprobar inmediatamente los preliminares de paz, sin concederles siquiera los honores de un debate parlamentario, única condición bajo la cual Prusia les permitiría iniciar la guerra contra la república y contra París, su baluarte. En realidad, la contrarrevolución no tenía tiempo que perder. El Segundo Imperio había elevado a más del doble la deuda nacional y había sumido a todas las ciudades importantes en deudas municipales gravosísimas. La guerra había aumentado espantosamente las cargas de la nación y había devastado implacablemente sus recursos. Y para completar la ruina, allí

estaba el Shylock [*] prusiano, con su factura por el sustento de medio millón de soldados suyos en suelo

francés y con su indemnización de cinco mil millones [53], más el 5 por ciento de interés por los pagos

aplazados. ¿Quién iba a pagar esta cuenta? Sólo derribando violentamente la república podían los monopolizadores de la riqueza confiar en echar sobre los hombros de los productores de ésta las costas de una guerra que ellos, los monopolizadores, habían desencadenado. Y así, la incalculable ruina de Francia estimulaba a estos patrióticos representantes de la tierra y del capital a empalmar, ante los mismos ojos del invasor y bajo su alta tutela, la guerra exterior con una guerra civil, con una rebelión de los esclavistas.

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En el camino de esta conspiración se alzaba un gran obstáculo: París. El desarme de París era la primera condición para el éxito. Por eso, Thiers le conminó a que entregase las armas. París estaba, además, exasperado por las frenéticas manifestaciones antirrepublicanas de la Asamblea de los «rurales» y por las declaraciones equívocas del propio Thiers sobre el fundamento legal de la república; por la amenaza de decapitar y descapitalizar a París; por el nombramiento de embajadores orleanistas; por las leyes de

Dufaure sobre las letras y los alquileres vencidos [54], que suponían la ruina para el comercio y la industria de París; por el impuesto de dos céntimos creado por Pouyer-Quertier sobre cada ejemplar de todas las publicaciones imaginables; por las sentencias de muerte contra Blanqui y Flourens; por la supresión de los periódicos republicanos; por el traslado de la Asamblea Nacional a Versalles; por la prórroga del estado de sitio proclamado por Palikao y al que puso fin el 4 de septiembre; por el nombramiento de Vinoy, el décembriseur [55], para gobernador de París, de Valentin, el gendarme

bonapartista, para prefecto de policía y de d'Aurelle de Paladines, el general jesuita, para comandante en jefe de la Guardia Nacional parisina.

[223]

Y ahora vamos a hacer una pregunta al señor Thiers y a los caballeros de la defensa nacional, recaderos suyos. Es sabido que, por mediación de el señor Pouyer-Quertier, su ministro de Hacienda, Thiers contrató un empréstito de dos mil millones. Ahora bien, ¿es verdad o no:

1. que el negocio se estipuló asegurando una comisión de varios cientos de millones para los bolsillos particulares de Thiers, Julio Favre, Ernesto Picard, Pouyer-Quertier y Julio Simon y 2. que no habría que hacer ningún pago hasta después de la «pacificación» de París [56]?

En todo caso, debía haber algo muy urgente en el asunto, pues Thiers y Julio Favre pidieron sin el menor pudor, en nombre de la mayoría de la Asamblea de Burdeos, la inmediata ocupación de París por las tropas prusianas. Pero esto no encajaba en el juego de Bismarck, como, a su regreso a Alemania, lo declaró éste, irónicamente y sin tapujos, ante los asombrados filisteos de Francfort.

NOTAS

[*] Ver en "Obras Escogidas", Ed. Cartago, Bs. As., 1957, págs. 337-341. (N. de la Edit.)

[36] 145. El "Journal Officiel de la Repúblique Française" («Diario oficial de la República Francesa») se publicó en París

desde el 20 de marzo hasta el 24 de mayo de 1871 y era el órgano oficial de la Comuna de París, manteniendo el nombre del diario oficial del Gobierno de la República Francesa, que se publicaba en París desde el 5 de septiembre de 1870

(durante la Comuna de París se publicó con el mismo nombre en Versalles el periódico del Gobierno de Thiers). El número del 30 de marzo salió con el título "Journal Officiel de la Commune de Paris". La carta de Simon Guiod apareció en el periódico el 25 de abril de 1871.- 216

[37] 146. El 28 de enero de 1871, Bismarck y Favre, representante del Gobierno de la Defensa Nacional, suscribieron la

«Convención de armisticio y capitulación de París». La vergonzosa capitulación significaba la traición a los intereses nacionales de Francia. Al firmar la Convención, Favre aceptó las humillantes exigencias prusianas de pagar en dos semanas una contribución de 200 millones de francos y entregar la mayor parte de los fortines de París, la artillería de campaña y las municiones del ejército de París.- 216

[38] 106. El 2 de setiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán, quedando prisioneras las tropas, con el mismo emperador. Del 5 de setiembre de 1870 al 19 de marzo de 1871, Napoleón III y el mando se hallaban en Wilhelmshöle (cerca de Kassel), castillo de los reyes de Prusia. La catástrofe de Sedán precipitó la caída del Segundo Imperio y desembocó el 4 de setiembre de 1870 en la proclamación de la república en Francia. Se formó un Gobierno nuevo, el llamado «Gobierno de la Defensa Nacional».- 175, 192, 206, 216, 273

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[39] 147. Capitulards (capituladores), apodo que se daba a los partidarios de la capitulación de París durante el asedio de 1870-1871. Posteriormente, la palabra entró en el idioma francés para designar a todos los capituladores.- 216

[40] 148. "L'Étendard" («El Estandarte»), periódico francés de tendencia bonapartista, que se publicó en París desde 1866

hasta 1868. Dejó de aparecer al descubrirse las estafas que le servían de fuentes de ingresos.- 216

[*] En lugar de Joe Miller, la edición alemana dice Karl Vogt, y la edición francesa, Falstaff. Joe Miller: conocido actor

inglés del siglo XVIII. Karl Vogt: demócrata burgués alemán, que se convirtió en agente de Napoleón III. Falstaff: personaje fanfarrón y aventurero de las obras dramáticas de Shakespeare. (N. de la Edit.)

[41] 149. Trátase de la "Société Générale du Crédit Mobilier", gran banco francés (sociedad anónima), fundado en 1852.

"Crédit Mobilier" estaba estrechamente ligado a los medios gubernamentales del Segundo Imperio. En 1867, la Sociedad quedró, liquidándose en 1871.- 217

[42] 150. "L'Électeur Libre" («El Elector Libre»), periódico francés, órgano de los republicanos de derecha, se publicó en