La Hija de la Noche por Laura Gallego - muestra HTML

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ARGUMENTO:

Francia del siglo XIX. En el tranquilo pueblecito de Beaufort empiezan a suceder

cosas extrañas.

Todo ello coincide con el regreso a Beaufort de Isabelle, una lavandera que se

marchó tiempo atrás en pos de su amor, un joven noble. Ahora ella está muy cambiada; a pesar de que parece que ha hecho fortuna, viste de luto y apenas sale de su casa. Parece que su única ventana al mundo es Mijaíl, un enorme y extraño criado mudo que la sirve con

gran fidelidad.

Queriendo resolver el misterio de Isabelle, Max, el joven gendarme del pueblo,

empieza a investigar. Pero él es un hombre tranquilo y pacífico, y puede que no esté

preparado para afrontar la verdad…

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Laura Gallego

La hija de la noche

edebé

© Laura Gallego, 2004

El amor nos da fuerzas para tareas imposibles.

PAULO COELHO,

A orillas del río Piedra me senté y lloré

Índice

Capítulo uno ……………………………………………….….. 9

Capítulo dos………………………………………………..….. 21

Capítulo tres………………………………………………….... 33

Capítulo cuatro………………………………………………... 44

Capítulo cinco……………………………………………….… 56

Capítulo seis…………………………………………………... 66

Capítulo siete………………………………………………….. 78

Capítulo ocho……………………………………………….…. 87

Capítulo nueve…………………………………………………100

Capítulo diez…………………………………………………...113

Capítulo once…………………………………………………..126

Capítulo doce……………………………………………..........142

Capítulo trece…………………………………………………..161

Capítulo catorce………………………………………………..179

Epílogo………………………………………………………….193

Capítulo uno

La señora Bonnard se detuvo un momento para recuperar el aliento. Venía corriendo

desde la plaza y su cuerpo rechoncho no estaba acostumbrado a semejante ritmo. Se disponía a reanudar su apresurada carrera cuando oyó una voz tras ella:

—¡Régine! ¡Régine!

La señora Bonnard, algo contrariada, esperó a que la señora Lavoine llegara a su

altura.

—¿Dónde vas tan deprisa, Régine? ¿No vienes hoy al mercado?

—Cómo, Marie... ¿Aún no lo sabes? —la señora Bonnard fingió sorpresa—. ¿No has

oído la noticia?

La señora Lavoine negó tímidamente. Sabía, como la que más, que la señora Bonnard

siempre era la primera en enterarse de todos los chismes. Pero la pequeña y sumisa señora Lavoine era demasiado ingenua como para darse cuenta de que, además, su amiga disfrutaba dejando patente la ignorancia de sus vecinas en materia de novedades, y que le encantaba ser la fuente de información de todas las comadres de Beaufort. Por eso aceptó su papel en el juego de la señora Bonnard, por eso y porque también ella quería saber qué era aquello tan importante que hacía correr y resoplar a su obesa compañera.

—No, ¿de qué se trata?

—No lo adivinarías...

La señora Bonnard miró a la señora Lavoine, saboreando el momento.

—Cuenta, cuenta...

—¿Te doy una pista?

—¡Oh, Regine, no seas mala! ¡Sabes que no se me dan bien los acertijos! Por favor,

me muero de curiosidad...

La señora Bonnard pareció darse por satisfecha. Se llevaba bien con la señora Lavoine

porque ésta no solía cuestionar su autoridad. En su lugar, la señorita Dubois, e incluso la señora Buquet, le habrían respondido con un desplante. Pero la señora Lavoine era la

confidente perfecta: sabía escuchar sin interrumpir, y por lo general, creía todo lo que le contaban.

La señora Bonnard sonrió. Reanudó la marcha calle arriba, a un ritmo más calmado, y la señora Lavoine se apresuró a colocarse a su lado. La señora Bonnard apoyó la mano en el brazo de su compañera, en señal de confianza.

—Marie, no vas a creerlo —comenzó, en un tono altamente apropiado para compartir

chismes; hizo una pausa muy teatral y la señora Lavoine la miró, expectante, pero finalmente lo soltó—: ¡Isabelle ha vuelto a Beaufort!

La noticia no causó el efecto que la señora Bonnard había esperado. Su amiga se

mantuvo con el semblante inexpresivo.

—¿Isabelle? —repitió.

—Marie, por Dios, no me digas que no recuerdas a Isabelle, la lavandera... ¡Si fue un

escándalo! —la señora Bonnard pronunció esta última palabra con fruición, como quien

saborea un delicioso manjar.

Comenzó a hacerse la luz en la mente de la señora Lavoine.

—Isabelle... ¿La huerfanita?

—Aquella desvergonzada que se fue del pueblo persiguiendo al señor Latour.

—¡Ah, ya recuerdo! Él la abandonó...

—¿Qué esperaba? —dijo la señora Bonnard desdeñosamente—. ¡Un joven de tan

buena familia no iba a comprometerse con una hija de nadie como ella!

—Era muy joven, pobre criatura. Se hizo ilusiones...

—Era lo bastante mayor como para saber lo que es la decencia —zanjó la señora

Bonnard, dispuesta a arrancar de raíz cualquier sentimiento de conmiseración que la recién llegada pudiese inspirar en su compañera—. Y en lugar de reconocer humildemente su error y tratar de enmendarse... ¡La muy golfa se fue tras él, como una buscona cualquiera! ¿Habrías hecho tú algo así, Marie?

—Bueno..., no. Tienes razón, Regine —reconoció la señora Lavoine.

—Y ahora, ella ha vuelto. Jean-Michel la ha visto en la oficina de correos hace un

momento...

—¿De veras? ¿Y cómo está?

—Oh, Jean-Michel no me ha dado más detalles. Ya sabes que los hombres nunca se

fijan en las cosas importantes. Pero imagino que vendrá vestida como una andrajosa, igual que cuando se marchó, y andará por ahí suplicando asilo —dijo la señora Bonnard.

—Isabelle... Quién lo diría. Han pasado...

—.. .Cinco años, amiga mía. Ella tendría dieciséis o diecisiete cuando se fue. No sé

dónde va a encontrar trabajo, la verdad. Después de lo que hizo, y del disgusto que le dio al pobre padre Rougier, y del asunto de la medalla de Nicole...

—Pero dijeron que no había sido ella...

—¡Bah, bah, la gente habla mucho y no sabe lo que dice! Una bribona como Isabelle,

que deja la casa de su protector para perseguir a un joven noble, es muy capaz de robar una medalla..., y dos también. Es lo que yo digo —prosiguió, recogiéndose las faldas para subir afanosamente una cuesta—, nadie querrá emplearla después de todo. Yo no la admitiría

como lavandera, ni mucho menos como criada. Esa golfa... ¿Y si intenta seducir a mi

Jerome?

—Pero si Jerome es un chiquillo.

—También Isabelle era una chiquilla cuando engatusó al señor Latour. ¿Cómo se

habrá atrevido a volver a Beaufort? No me imagino...

No llegó a terminar la frase, porque entonces, súbitamente, la puerta de una casa

particular se abrió junto a las dos comadres, y de ella salió una figura menuda y delgada, vestida de negro. Las dos se volvieron a la vez y retrocedieron un poco, instintivamente.

Era una mujer joven, pero parecía un fantasma. Su severo traje negro, complementado

con un sombrero y un velo que le cubría la parte superior del rostro, le daba la apariencia de una mujer de mayor edad. O tal vez no fuera eso, sino la extrema palidez que se adivinaba en su semblante.

—¿I... Isabelle? —preguntó la señora Lavoine, vacilante.

Ella apenas sonrió.

—Señora Lavoine. Señora Bonnard. Me alegro de volver a verlas —dijo

delicadamente.

Pero no había alegría en su voz. Tampoco ironía. Era, simplemente, una voz neutra,

demasiado indiferente para la orgullosa señora Bonnard, que no estaba acostumbrada a que la ignorasen.

—Isabelle, querida. Qué maravilloso que te halles de nuevo entre nosotros. Ha

pasado mucho tiempo, ¿cómo te ha ido? ¿Encontraste lo que habías ido a buscar? —dijo con tono empalagoso.

Isabelle palideció aún más, si es que ello era posible. Cuando respondió, sin

embargo, lo hizo suavemente, sin alzar la voz:

—Eso es cosa del pasado, señora Bonnard, y yo he vuelto a Beaufort con la intención

de iniciar una nueva vida.

—Por supuesto, por supuesto —se apresuró a decir la señora Bonnard; echó un vistazo

a la casa de donde acababa de salir Isabelle—. Y... ¿vas a trabajar para el señor Chancel, el notario?

Isabelle esbozó una media sonrisa indulgente que no gustó a la señora Bonnard.

Aquella criatura parecía dulce y frágil, pero tras el velo negro se distinguía claramente la llama de determinación y carácter que ardía en sus ojos.

—Los asuntos que me traen a casa del señor Chancel son más burocráticos, me

temo. Acabo de adquirir una pequeña propiedad a las afueras del pueblo, y se requieren muchos documentos... Y ahora, si me disculpan..., ha sido un placer volver a verlas, pero tengo todavía mucho por hacer.

Se separó de las dos consternadas comadres con un elegante movimiento. Ninguna de

las dos pudo decir nada. La señora Lavoine tenía los ojos abiertos como platos, y la señora Bonnard había olvidado cerrar la boca hacía rato. Isabelle se volvió un momento hacia ellas y comentó, como de forma casual:

—¡Ah, lo olvidaba! Señora Bonnard, dele recuerdos a Jerome de mi parte, ¿lo hará?

Las dos mujeres se quedaron plantadas un buen rato junto a la casa del notario, incluso después de que la negra figura de Isabelle hubiese desaparecido tras una esquina. Sólo las sacó de su estupor el chasquido de una puerta al abrirse, la misma que momentos antes había dejado salir a la joven Isabelle.

—¡Régine, Marie! —susurró una voz apremiante—. ¿La habéis visto?

Ambas reaccionaron y se volvieron hacia la puerta, donde se asomaba una mujer de

mediana edad, alta y huesuda, cuyos ojos brillaban desde detrás de unas lentes redondas, que le daban una cierta apariencia de búho. Se trataba de Elaine Chancel, la esposa del notario.

—Era Isabelle, ¿verdad? —pudo decir la señora Lavoine—. La huerfanita, la

lavandera. La hija de Christine y no-se-sabe-quién.

—La misma —confirmó la señora Chancel, con un enérgico asentimiento—. Sólo que

no creo que vuelva a lavar un trapo en su vida.

—No —reconoció la señora Bonnard, algo confusa—. ¿Habéis visto qué traje

llevaba? ¡Era soso, pero de terciopelo puro! ¡Debe de haberle costado una fortuna!

La señora Chancel negó con la cabeza.

—No para ella —dijo—. Puede permitirse eso y mucho más, y lo extraño es que no

vaya vestida a la última moda de París.

Las dos comadres se volvieron hacia Elaine, interesadas.

—¿Por qué dices eso?

—Pues porque acaba de comprar, como si nada, la mansión Grisard.

Esta última revelación fue demasiado para la señora Bonnard. Abrió y cerró la boca

varias veces y en sus mejillas aparecieron dos brillantes rosetones.

—¿Y para qué querrá ese viejo caserón? —se preguntó la señora Lavoine en voz alta.

—¡Pero si...! —pudo decir la señora Bonnard—. ¡Pero no es posible!

—Eso mismo pensé yo. Pero mi esposo dice que están todos los papeles en regla.

Hubo un breve y tenso silencio.

—¿Creéis que ella...? —empezó la señora Lavoine.

—¿.. .Logró cazar al fin al joven Latour? —completó la señora Bonnard.

—Por lo que sé, la señorita Isabelle sigue soltera —informó la señora Chancel—. No

se sabe de dónde procede su cuantiosa fortuna. Tal vez una herencia...

—¡Pero ella no tenía a nadie! ¡Su madre murió al darle a luz!

La señora Chancel se encogió de hombros.

—No sabemos más, Régine.

—Pero, ¿por qué querría comprar la mansión Grisard? —insistió la señora

Lavoine—. Es elegante, sí, y fue lujosa en su día, pero lleva décadas deshabitada. Y está tan lejos del pueblo, tan aislada...

—Siempre fue una moza rara —gruñó la señora Bonnard.

—En cualquier caso, Régine, ahora ya no es una «moza», sino «la señorita Isabelle».

Dios sabe cómo habrá hecho fortuna... —dijo la señora Chancel.

—Ni Dios querrá saberlo, te lo garantizo. No era más que una mujerzuela, y siempre

será una mujerzuela, por muy señorita que se considere y muchos trapos finos que gaste —

rezongó su amiga.

—¿Por qué vestirá de luto? —se preguntó la señora Lavoine, más interesada en el

misterio que envolvía el retorno de Isabelle que en unirse a las murmuraciones de su amiga.

De nuevo, la señora Chancel se encogió de hombros.

Mucho tiempo después de que la señorita Isabelle se hubiese retirado a su nuevo

hogar en la mansión Grisard, las comadres seguían hablando de ella, preguntándose por qué la antigua lavandera había vuelto del pasado, como un oscuro pájaro de mal agüero, para alterar la tranquila y aburrida rutina de Beaufort.

Efectivamente, durante los siguientes días hubo novedades en el pueblo. Isabelle hizo

rehabilitar la mansión Grisard, pero no contrató para ello operarios de la zona, sino que, por lo que se decía, los había traído de París. Cuando se instaló en su nueva casa, lo hizo sola, a excepción de un enorme criado que nunca hablaba. Sus bruscos modos, su gesto adusto y su extraño aspecto (su cabello era completamente blanco, a pesar de su juventud) inspiraron al principio no pocas suspicacias entre los habitantes de Beaufort, pero terminaron por

acostumbrarse a él, porque lo veían todos los días en el pueblo, haciendo la compra para la señorita Isabelle. Todos los tenderos y comerciantes del lugar acabaron por conocerle y por entenderle cuando gesticulaba y señalaba el género para pedir lo que quería comprar. Tampoco sabía escribir. Lo único que era capaz de trazar en un papel eran las seis letras de su nombre: Mijaíl, nombre que las gentes de Beaufort no habían oído nunca, y por tanto, no sabían pronunciar. De todos modos, al enorme criado no parecía molestarle oír su nombre

chapurreado a la francesa, y enseguida se habituó a ello.

Así, mientras en Beaufort comenzaban a conocer y apreciar a Mijaíl, su ama, la

señorita Isabelle, permanecía en la sombra. Desde el día de su llegada nadie más la había visto. Y como resultaba inútil preguntar por ella a Mijaíl, fue inevitable que volviesen a correr rumores.

—¿Qué clase de señorita no tiene ni siquiera una doncella en casa? —comentó la

señora Chancel una tarde que tomaban el té con la señora Lavoine.

—Es una nueva rica —sentenció la señora Bonnard, sin lograr ocultar su envidia—.

La fortuna le viene grande.

—Pero los nuevos ricos siempre alardean de su fortuna. Ellos son los primeros en

buscarse no una, sino cuatro o cinco doncellas, un ejército de criados y hasta carruaje particular.

—Pues a mí me parece que comprar la mansión Grisard es un buen alarde de nuevo

rico —intervino la señora Buquet, quien, a pesar de ser la esposa del alcalde, no podía permitirse tener más que una cocinera y una doncella.

—Pero, ¿no os parece raro que no salga nunca de esa vieja mansión? Y ese extraño

criado que no habla. .. —añadió tímidamente la señora Lavoine.

—¿Qué quieres decir, Marie?

—Veréis. Yo creo que está enferma —la señora Lavoine bajó la voz—. Por eso se

pasa el día encerrada. Seguro que ha contraído tuberculosis o...

—Tonterías —cortó autoritariamente la señora Bonnard—. Si estuviese tísica, se

habría buscado un hotel en la costa. Es lo que hacen todos. O en la montaña. Hay buenos sanatorios en Suiza.

Hubo un breve silencio, durante el cual sólo se escuchó el tintineo de las cucharillas removiendo el té. Las cuatro comadres se habían dado cuenta de que la quinta mujer

asistente a la reunión todavía no había dicho nada, cosa que no era habitual en ella. Esta quinta mujer era la señorita Dubois, una anciana de fuerte carácter que, aunque no se había casado nunca, gozaba de una gran autoridad en Beaufort.

—Escuchad, os propongo una cosa: ¿por qué no vamos a hacerle una visita? —dijo

entonces la señorita Dubois, rompiendo su silencio.

Cuatro pares de ojos la miraron con estupor.

—¿A quién? ¿A Isabelle? —bufó la señora Bonnard.

—Claro, Régine, ¿a quién si no? —replicó la señorita Dubois, cáusticamente—. Se

trata de darle la bienvenida al pueblo. Podemos llevarle obsequios. Yo he pensado en regalarle una cesta de manzanas de mi huerto. Marie puede hacer uno de esos pasteles suyos tan

deliciosos. Elaine, las rosas de tu jardín están...

—Pero, ¿para qué vamos a hacerle regalos a esa fulana?

—¡Ah, Régine, sé más perspicaz! —la riñó la señora Chancel, la esposa del notario—

. Se trata de una excusa para ir a ver la casa, ¿entiendes?

Pero miró a la señorita Dubois de reojo, para ver si había acertado con la intención de su propuesta.

—Evidentemente —asintió ella, para alivio de la señora Chancel—. Isabelle no será

tan descortés como para dejarnos en la puerta. Así veremos cómo vive y podremos

comprobar si, en efecto, está enferma o es sólo una jovencita extravagante.

—Lo malo es que la mansión Grisard está muy lejos —se quejó la señora Lavoine,

que era pequeña y frágil—. Será una larga caminata...

—Sin embargo, Sophie tiene razón, deberíamos ir —dijo la señora Buquet, llena de

remordimientos; se tomaba muy en serio su papel de esposa del alcalde, y se consideraba responsable de las relaciones sociales de la alcaldía con todos los habitantes de Beaufort, o al menos, con los más influyentes—. Deberíamos haberle dado la bienvenida hace tiempo...

La señorita Dubois asintió enérgicamente:

—Entonces Martine y yo iremos a ver a Isabelle. A mí no me asusta caminar.

—Tampoco a mí, Sophie —se rebeló la señora Bonnard—. Os acompañaré.

Los ojos de la señora Chancel brillaron tras sus lentes.

—¡Ah, no penséis que vais a divertiros sin mí! No me perdería por nada del mundo la

oportunidad de averiguar qué esconde la pequeña Isabelle.

Las cuatro se volvieron entonces hacia la señora Lavoine.

—¿Qué dices, Marie?

Ella suspiró.

—De acuerdo, iré con vosotras. Y podéis contar con ese pastel.

Capítulo dos

Días después, las cinco mujeres enfilaron por el camino que conducía a la mansión

Grisard, hablando animadamente. La señora Lavoine tenía razón: era un largo recorrido. La incansable señorita Dubois iba en cabeza, a pesar de su avanzada edad, y la señora Lavoine cerraba la marcha. Caminaba en silencio, sujetándose el chal, que le resbalaba sobre los hombros, porque había olvidado ponerse un broche antes de salir de casa. Junto a ella

avanzaba la señora Bonnard, sudando y resoplando como una locomotora; sin embargo,

todavía le quedaba aliento para contar con todo lujo de detalles a la señora Lavoine, la única que parecía dispuesta a escucharla, que había descubierto que la hija del carnicero se veía a escondidas con el chico de la herrería.

Delante de ellas caminaban la señora Chancel y la señora Buquet. La primera

portaba una cesta con un ramo de rosas recién cortadas de variados colores; la segunda llevaba un juego de pañuelos bordados primorosamente con motivos florales y la «I» de Isabelle.

La señorita Dubois no se detuvo hasta que la mansión Grisard apareció ante sus

ojos al doblar un recodo. Entonces hizo un alto en el camino para contemplarla, con gran alivio de la señora Bonnard. Las cinco contemplaron el viejo caserón.

—No parece que hayan hecho muchas mejoras, ¿verdad? —comentó la señora

Buquet, expresando en voz alta los pensamientos de todas—. Al menos podrían haber pintado la fachada...

—Tal vez no sea tan rica después de todo —rezongó la señora Bonnard.

—O quizá se haya quedado sin dinero después de comprar la casa —apuntó la señora

Buquet.

—Pues a mí esa casa me da mala espina —comentó la señora Lavoine en voz baja.

—Tonterías —zanjó la señorita Dubois—. Si a mí me dieran miedo las cosas viejas,

saldría huyendo cada mañana al mirarme al espejo. ¡Andando, señoras!

Y las cinco reemprendieron la marcha hacia la mansión Grisard.

No tardaron en llegar a su destino, pero el panorama con que se encontraron no

resultaba muy alentador. Descubrieron que el jardín parecía tan abandonado como el

resto de la casa, y la señora Chancel, cuyas rosas eran envidiadas por todo Beaufort, contempló apenada el magnífico ramo que le llevaba a aquella joven que, aparentemente, no apreciaba lo más mínimo la jardinería.

El terreno que rodeaba la casa estaba invadido por matojos y malas hierbas, y la

esposa del notario descubrió con desagrado algunas matas de plantas tan poco ornamentales como cicuta, matalobos, ajenjo y especies peores. Se paró a examinar los raquíticos rosales silvestres que crecían junto a la puerta y bajo las ventanas, y movió la cabeza tristemente.

Aquel jardín parecía una selva salvaje.

Fue la señora Bonnard quien, con autoridad, descargó la aldaba sobre la puerta.

Esperaron un buen rato.

—Mejor vámonos —susurró la señora Lavoine, temerosa.

—Tiene que estar en casa —murmuró la señora Buquet.

La señora Bonnard llamó de nuevo.

En esta ocasión oyeron pasos; sólo la señora Lavoine advirtió que se trataba de

pasos demasiado pesados para pertenecer a Isabelle, pero no se atrevió a hablar. Las otras cuatro prepararon sus sonrisas y mostraron sus cestas mientras la puerta se abría...

La luz bañó una figura enorme, imponente y sombría. La señora Lavoine no pudo

evitarlo y gritó.

Enseguida se dio cuenta de su error. Se trataba de Mijaíl, el criado mudo de la

señorita Isabelle. Y aunque todas ellas lo habían visto alguna vez en el pueblo, el gigantón presentaba un aspecto bastante más tétrico a la lánguida luz de la tarde.

La señora Buquet consideró que ella, como esposa del alcalde, era la representante de

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aquella comitiva, de modo que se armó de valor y dijo:

—Buenas tardes, Mijaíl, ¿está la señorita Isabelle en casa? Hemos venido de visita.

El mayordomo, que no iba vestido como tal, observó a la señora Buquet y se la quedó

mirando un momentó. Después emitió un sonido que podría interpretarse como un gruñido

de asentimiento y cerró la puerta de golpe.

Cuando las cinco se hubieron recuperado de la sorpresa, la señora Buquet exclamó,

disgustadísima:

—¡ Pero... pero... qué grosero!

La señorita Dubois, muy pálida, asentía solemnemente, y la señora Chancel se había

quedado sin habla.

—Vámonos —sugirió la señora Lavoine.

—Desde luego —convino la señora Buquet—. ¡Cuando se lo cuente a mi

marido...!

Las cinco dieron la espalda a la casa y se recogieron las faldas para bajar las

escaleras; pero entonces oyeron tras ellas el chasquido de la puerta al abrirse, y una voz femenina, suave y educada, les preguntó:

—¿Puedo ayudarles en algo?

Se volvieron las cinco a una, y vieron a Isabelle contemplándolas desde la entrada.

La joven llevaba un sencillo vestido oscuro; en esta ocasión pudieron verle el rostro, hermoso, como ellas lo recordaban, pero marcado por la huella de muchas penalidades. La piel de Isabelle estaba extremadamente pálida, y sus labios parecían resecos y agrietados.

Profundas ojeras enmarcaban sus ojos, iluminados por un extraño brillo febril.

La señora Bonnard no se dejó conmover.

—¡Señorita Isabelle! ¡Su... su... bruto criado nos ha cerrado la puerta en las narices!

—Les pido disculpas —dijo ella suavemente—. Mijaíl no sabe todavía cómo tratar

a las visitas, pero no pretendía echarlas. Simplemente, subió a avisarme. Les ruego

perdonen sus rudos modales. Les aseguro que hablaré con él al respecto.

Ya más calmada, la señora Bonnard fue a añadir algo más; pero la señora Buquet no

estaba dispuesta a que su amiga le robase el protagonismo que ella merecía por ser la

esposa del alcalde, de modo que se apresuró a hablar:

—Señorita Isabelle, hace tiempo que deseábamos darle la bienvenida al pueblo que la

vio nacer, pero no hemos tenido la oportunidad, ya que nunca se la ve por el mercado, ni tampoco por la iglesia —dijo esto en tono más bajo, como si no se atreviera a pensarlo siquiera—. Nos preguntábamos si no estaría usted enferma, y nos hemos tomado la libertad de venir a visitarla, puesto que su... Mijaíl... no podía contarnos nada acerca de usted.

—Se lo agradezco, señora Buquet, pero me encuentro perfectamente —su aspecto

desmentía sus palabras, y la señora Lavoine y la señorita Dubois cruzaron una mirada

significativa—. Y lamento que hayan hecho ustedes el viaje en vano; en estos momentos, no puedo recibirlas.

—¡Pero, señorita Isabelle, hemos hecho una larga caminata desde el pueblo!

—Lo sé, y no saben ustedes cuánto lo lamento; pero la casa apenas tiene muebles, y no

podría ofrecerles asiento a todas. Compréndanlo: nunca viene nadie a visitarme.

—Le hemos traído regalos de bienvenida —dijo la señora Lavoine con timidez,

mostrándole la cesta en la que traía el pastel, cubierto por un paño.

Un destello de calor iluminó brevemente los ojos cansados de Isabelle.

—¡Oh, qué amables! Pero no puedo aceptarlos, no después de lo mal que me he

portado con ustedes... Si no puedo ofrecerles ni una silla, ¿cómo voy a quedarme con sus regalos? ¡No los merezco!

—Ande, niña, no sea usted ridícula —zanjó la señorita Dubois—. Si no quiere

recibirnos, dígalo claramente, pero no ponga excusas tontas, que no nací precisamente ayer.

—No es una excusa, señorita Dubois, es la verdad. Soy una mujer sencilla, como

todas ustedes saben, y poco dada a la vida social. La casa apenas está amueblada porque no lo consideré necesario, ya que yo me arreglo con poca cosa. Además, no la compré para alardear de ella, sino porque se trataba de un lugar tranquilo y aislado, donde podría disfrutar de la soledad que necesito. Pero si no me creen, adelante, pasen —se hizo a un lado para

franquearles la entrada—. Y si encuentran en toda la casa un lugar apropiado para celebrar una reunión social, estaré encantada de atenderlas.

Como una solemne procesión, las cinco señoras recorrieron la mansión Grisard,

guiadas por Isabelle. Descubrieron que el interior de la casa había sido empapelado

recientemente, que no había una sola mota de polvo, que las ventanas eran nuevas y que habían cambiado la madera del suelo. Por lo demás, todo era como Isabeíle les había dicho: las habitaciones estaban vacías y las paredes desnudas, y todo presentaba tal aspecto de desolación y abandono que la señorita Dubois se dijo que, para una mujer joven como

Isabelle, vivir allí era como encerrarse en una tumba prematuramente.

Tan sólo hallaron dos habitaciones amuebladas, pero tan espartanas que parecían las

celdas de un monasterio. Una de ellas era la de Isabelle; la otra, la de Mijaíl. Ambas estaban lo suficientemente alejadas la una de la otra como para que la señora Bonnard no concibiese ideas maliciosas al respecto, pero ni siquiera ella podría haber adivinado cuál de las dos era la del hombre y cuál la de la joven.

El salón también estaba completamente desnudo, a excepción de un pequeño sofá,

viejo y deslucido, frente a la chimenea. Tan sólo había una mesita y dos taburetes en la cocina, que sí estaba convenientemente equipada.

—¿Comen los dos en la cocina? —se espantó la señora Buquet.

—Sí, pero por separado, ya que nunca coincidimos. Verán, yo padezco de insomnio, y

si logro conciliar el sueño suele ser durante el día. Mijaíl, en cambio, duerme por la noche —

sonrió débilmente—. Si no lo tuviese conmigo, me temo que no tendría qué comer, puesto que todos los días llegaría al mercado demasiado tarde para hacer la compra. Me temo que soy una criatura un tanto noctámbula.

Ninguna de las comadres correspondió a su sonrisa. Apesadumbradas, se dirigieron

de nuevo hacia la puerta.

—Lo lamento —se disculpó otra vez Isabelle—. Creo que no soy una vecina al uso.

—No se preocupe —decidió la señora Buquet, resueltamente—. Le damos la

bienvenida igualmente, con regalos incluidos.

La señora Bonnard gruñó por lo bajo, pero dejó su cesto de magdalenas junto con los

demás obsequios (en el suelo, porque no hallaron otro lugar), sin hacer comentarios.

—Son ustedes muy amables —dijo Isabelle—. Mijaíl lo llevará todo a la cocina. Si

lo desean, él puede acompañarlas en el camino de vuelta.

—No es necesario —replicó la señorita Dubois—. Sabremos regresar solas.

Una tras otra, las comadres salieron de la casa. La señorita Dubois fue la última.

Antes de bajar las escaleras de la entrada, sin embargo, se volvió de nuevo hacia Isabelle y la miró a los ojos.

—Es usted una mujer extraña, ¿lo sabía?

Isabelle no dijo nada, pero sostuvo su mirada sin pestañear, y la anciana se preguntó

cómo podían irradiar tanta fuerza los ojos de una mujer de cuerpo tan frágil y delicado.

—Cuídese —concluyó la señorita Dubois—, y no haga tonterías.

Tampoco esta vez respondió Isabelle, pero asintió. La señorita Dubois se unió a sus

compañeras, y las cinco abandonaron el jardín de la mansión Grisard presas de un extraño abatimiento. Ninguna de ellas volvió a hablar hasta que torcieron por el recodo y la casa ya no fue visible a sus espaldas.

—Está loca —dijo por fin la señora Bonnard, rompiendo el silencio.

—Pues yo creo que está enferma, diga lo que diga —la contradijo la señorita

Dubois—. Puede que incluso haya venido a Beaufort a morir. Entonces todo tendría sentido.

Si no espera vivir más que unas semanas, o unos meses..., ¿para qué molestarse en amueblar la casa? ¡Mejor ahorrar para el entierro!

—Pues, si yo estuviese en su lugar y tuviese mucho dinero —opinó la señora

Chancel—, viviría a lo grande mis últimos días. No me encerraría en un caserón vacío...

—Cuando uno está muy enfermo no tiene ganas de diversiones. Puede que sufra

horribles dolores...

—¡Y por eso no puede dormir! —comprendió la señora Lavoine, conmovida—.

¡Pobrecilla!

—¡Bah, bah! —resopló la señora Bonnard—. ¡Yo sigo pensando que está

completamente loca!

Una brisa helada recorrió el camino. La señora Lavoine se estremeció, y fue

entonces cuando se dio cuenta de que había perdido el chal.

Las cinco mujeres se miraron unas a otras, indecisas.

—Vosotras seguid hacia el pueblo —dijo la señorita Dubois, enérgicamente—. Marie

y yo volveremos a buscar el chal.

—Pero, Sophie... —quiso protestar la señora Buquet—. Se os hará de noche...

—Todavía no estamos muy lejos. Si volvemos mañana, tal vez ya no lo encontremos.

Caminaremos deprisa.

De modo que la señora Lavoine y la señorita Dubois regresaron sobre sus pasos hasta la mansión Grisard.

Hallaron el chal enredado en los matorrales del salvaje jardín. Mientras la señora

Lavoine lo sacudía para volver a colocárselo sobre los hombros, su amiga se giró para

contemplar la sombra de la casa que se alzaba ante ellas. No había luces en las ventanas, pero un resplandor parpadeante se filtraba por un ventanuco a ras de suelo. «Debe de ser la despensa», se dijo la señorita Dubois, sin caer en la cuenta de que Isabelle no les había enseñado aquella parte de la casa.

La señora Lavoine ya estaba lista para marcharse. Las dos dieron, de nuevo, la

espalda a la mansión Grisard.

Y entonces un grito rasgó el silencio del crepúsculo, un aullido inhumano que les heló hasta el tuétano de los huesos, un alarido que parecía haber sido lanzado por un condenado al tormento perpetuo en el infierno. Aquel escalofriante sonido, que no se parecía a nada que las dos mujeres hubiesen escuchado antes, se expandió hacia el páramo, buscando quizá luz en las tinieblas, o tal vez un alma humana en la que instalarse para poblar sus peores pesadillas por toda la eternidad, y quedó flotando en el aire durante un largo y estremecedor segundo antes de extinguirse por completo.

La señorita Dubois se volvió hacia la casa como movida por un resorte, pero su

amiga se había quedado clavada en el sitio, aterrorizada y tan pálida que, por un momento, su rostro rivalizó en blancura con el de la dueña de la mansión Grisard.

—¿Qué ha sido eso? —murmuró la señorita Dubois, estremeciéndose.

—Por el amor de Dios, Sophie, ¡vámonos de aquí! —la voz de la señora Lavoine sonó

extraña, como el chillido de un ratón.

A pesar de su avanzada edad, la señorita Dubois era valiente, enérgica y decidida.

—Pero, ¿y si alguien ha entrado en la casa de Isabelle?

La señora Lavoine palideció aún más, si es que eso era posible. Se arrebujó en su chal y fue a decir algo, pero no le salieron las palabras. Inspiró profundamente, dio media vuelta y echó a correr.

—¡Marie, espera, no te vayas sola!

La señorita Dubois no tuvo más remedio que seguir a su amiga.

Ninguna de las dos vio el rostro que las espiaba desde una de las ventanas del caserón de Isabelle.

La sombra de la mansión Grisard las persiguió durante un buen trecho, pero aquel

espeluznante grito no volvió a repetirse.

Capítulo tres

Maximilien Grillet observó atentamente a las dos mujeres que se habían sentado

frente a él en su despacho. Las conocía desde que era niño. La señora Lavoine era tímida, pequeña y asustadiza. Más de una vez, Max había tenido que acudir a su casa en plena noche, porque ella creía haber oído a un ladrón en el jardín, cuando en realidad se trataba de un gato, o del viento sacudiendo las ramas de los árboles. Y no ayudaba el hecho de que su marido, que era comerciante, hiciese frecuentes viajes a París, dejándola sola en casa con una criada que era casi tan miedosa como ella. A la señora Lavoine raramente se la veía sin su gran amiga, la señora Bonnard. Max dudaba que fueran realmente amigas, pero la señora

Bonnard era muy autoritaria, y tal vez eso inspiraba seguridad a la señora Lavoine, quien, por su parte, constituía una oyente paciente y abnegada para todos los chismes que la maliciosa señora Bonnard tenía para contar.

Pero aquel día la señora Lavoine venía acompañada por otra mujer enérgica, la

señorita Dubois. Max había oído decir que la señorita Dubois había rechazado a cuantos hombres la habían pretendido desde que tenía quince años. Su fuerte carácter nunca había sentido la necesidad de compañía masculina, o al menos eso parecía. La señorita Dubois seguía soltera a sus más de sesenta y cinco años, pero se movía con la energía de una

jovencita, hablaba con la autoridad de una matrona y gobernaba su casa con la

incuestionable potestad de una viuda, ya que había sobrevivido a todos sus familiares y no tenía marido ni hijos que pudiesen disputarle el mando.

A Max no le habría sorprendido oír de labios de la señora Lavoine una historia

como la que le acababan de contar, pero no era propia de la sensata señorita Dubois.

—¿Es que no nos cree, señor gendarme? —preguntó la señora Lavoine, abriendo al

máximo sus ojos azules.

Lo cierto era que Max dudaba.

—Mira, Max —la señorita Dubois no se andaba con rodeos, y no veía por qué debía

tratar de usted a un joven al que, por muy gendarme que fuera, había visto crecer desde la cuna—. Tengo mis años, pero aún no estoy sorda, gracias a Dios. Y te digo que oímos un grito en esa casa. Bueno, más que un grito..., un aullido, o algo así. ¡Jesús!, me puso los pelos de punta. No sé quién podría ser capaz de chillar así. Y lo oímos...

—…Cuando fueron a recoger el chal —completó Max—. Sí, ya me lo han contado.

Pero comprendan ustedes que se hallaban en una situación extraña. Habían ido

caminando hasta esa tétrica mansión, y el comportamiento de Isabelle no fue el que

esperaban. En esas circunstancias, no es extraño que creyeran oír...

—¡Yo no «creí oír» nada, Max! ¡Yo oí!

—No le discuto, señorita Dubois, que usted oyó algo. Pero esa historia del aullido que no parecía de este mundo... Comprenda que ustedes dos estaban alteradas y...

—No me digas cómo estaba, jovencito. Lo sé perfectamente, y tengo la cabeza mejor

que tú.

—De acuerdo, de acuerdo. Resumiendo: ustedes temen que haya podido ocurrirle

algo a la señorita Isabelle, ¿no es así? Pero esta misma mañana he visto a Mijaíl en la plaza, y estaba tan tranquilo como en otras ocasiones.

—¡Tal vez ese grandullón haya atacado a la señorita Isabelle para quedarse con su

dinero! —exclamó la señora Lavoine.

Pero Max negó con la cabeza.

—No, señora. Mijaíl será extraño, pero es un buen hombre.

Recordó cómo lo había visto una tarde jugando con los niños, permitiendo

pacientemente que ellos trepasen por su enorme cuerpo como si escalaran una montaña.

—Puede que sea algo rudo, pero yo creo que se debe a que es extranjero y, además, un

hombre sencillo. ¿Se han fijado en sus manos? Son manos grandes, morenas y callosas, manos acostumbradas a trabajar duro.

La señorita Dubois esbozó una media sonrisa. No ignoraba que, desde niño, Max había

tenido fijación con las manos de la gente. Nunca le había preguntado qué opinaba de sus manos, pero Max ya las había catalogado tiempo atrás. Las manos de la señorita Dubois eran pequeñas y de ademanes suaves. Se cerraban con firmeza en pocas ocasiones; sin embargo, cuando lo hacían, rara vez soltaban lo que habían atrapado. En cambio, las manos regordetas de la señora Lavoine se abrían y cerraban a menudo, buscando algo a lo que aferrarse.

—Tienes razón. No creo que Mijaíl sea un criminal —dijo finalmente la señorita

Dubois.

Se levantó de su asiento, y la señora Lavoine la imitó, algo desilusionada.

Max las acompañó hasta la puerta de la gendarmería.

—De todos modos harías bien en pasarte por la mansión Grisard. Esa muchacha

está gravemente enferma, y que yo sepa no la visita ningún médico —añadió la señorita Dubois, ajustándose el sombrero antes de salir.

—¿Quién, Isabelle?

—Muy agudo, señor gendarme —replicó la señorita Dubois ácidamente—. Y ahora,

si nos disculpa, llegamos tarde a una reunión de la junta parroquial.

Las dos mujeres salieron de la gendarmería, y Max se quedó solo de nuevo. Se puso a

revisar el trabajo pendiente, pero pronto tuvo que reconocer que no era mucho. En Beaufort nunca pasaba nada, y sólo las falsas alarmas de la señora Lavoine le daban algo que hacer de vez en cuando.

En realidad, la última vez que había sucedido un hecho destacable en el pueblo

había sido, también, a causa de Isabelle.

Entonces Max no estaba todavía a cargo de la gendarmería, sino que era el ayudante

del viejo señor Gallois, el antiguo gendarme. Él había sido el encargado de investigar la huida de Isabelle.

Max tenía sólo un par de años más que Isabelle y, como todos los jóvenes del

pueblo, se había fijado en ella alguna vez. Pero la muchacha era descarada y altiva, y aquello era escandaloso, sobre todo tratándose de una hija de nadie como ella. Mujeres como la señora Bonnard, o incluso la misma señorita Dubois, habían criticado duramente su modo de actuar, pero Isabelle pareció ser insensible a sus observaciones.

Para evitar que se descarriara, el párroco de Beaufort, el anciano señor Rougier, la

había empleado en su casa como asistenta del ama de llaves. Le había enseñado a leer y a escribir y la había iniciado en la lectura de obras piadosas.

Fue entonces cuando ella conoció al joven Philippe de Latour.

Max no sabía dónde ni cómo habían entrado en contacto, puesto que procedían de

clases muy distintas. Philippe era hijo de un noble que veraneaba en Beaufort, que hasta no hacía mucho había sido la localidad elegida por un par de familias ilustres para pasar la época estival.

Cuando el idilio salió a la luz, el marqués de Latour envió a su hijo a estudiar lejos, e Isabelle, simplemente, abandonó aquella misma noche la casa del párroco, sin decir nada a nadie. Junto con Isabelle desapareció la medalla de plata del ama de llaves, y por ese motivo, Max y el señor Gallois habían tenido que intervenir.

Isabelle había sido una muchacha insolente y temeraria, pero nunca una ladrona. Sin

embargo, los habitantes de Beaufort la habrían tachado de cosas peores porque les parecía que no era una mujer decente.

Finalmente, la medalla apareció. Se había desprendido del cuello del ama de llaves y

había ido a caer en una hendidura entre dos de las tablas del suelo. Probablemente se habría perdido mucho antes de que Isabelle se marchara, pero el señor Gallois se abstuvo de comentar esto último con nadie más que con su ayudante.

No, Isabelle no era una ladrona, pero no pudo evitarse que su nombre quedara

empañado por un suceso con el que, en el fondo, ella no había tenido nada que ver. La

señora Bonnard habría dicho al respecto que se lo tenía bien merecido y que, si ella no había robado la medalla, era porque no había tenido la oportunidad. ¿Qué muchacha decente, que viviese de la caridad de un protector, huiría de su casa para ir tras el hijo de un noble?

Max suspiró y se preguntó, por primera vez, si Isabelle habría cambiado mucho.

Hacía ya varias semanas que ella se había instalado en la mansión Grisard, pero él no la había visto aún.

Se dio cuenta de que en realidad no tenía nada que hacer aquella tarde. Se encogió de

hombros y salió de la gendarmería.

Lo que para las cinco comadres había sido una larga caminata el día anterior, fue

para Max Grillet un agradable paseo. Con todo, entendió enseguida la consternación de las mujeres al ver la mansión Grisard en el estado en que se hallaba. Recordó los peones venidos de París y se preguntó qué trabajo habían hecho allí.

Cuando llamó a la puerta, fue Mijaíl quien abrió. Max esperaba que le cerrase la

puerta, pero Isabelle debía de haber hablado con él, porque el hombretón lo invitó a pasar a una habitación en la que sólo había una silla, vieja y desvencijada.

Max se sentó con precaución. Mientras esperaba, le llegó un delicioso aroma a café

recién hecho. Apenas unos momentos después, Isabelle apareció en la puerta.

Max comprendió de inmediato la preocupación de la señorita Dubois. La joven estaba

muy blanca, y parecía tan frágil como una muñeca de porcelana. Max reprimió el impulso de correr hasta ella para sostenerla, porque parecía a punto de caer al suelo.

Pero Isabelle no cayó. Avanzó hacia él, segura y sonriente, y en sus ojos todavía

latía aquel fuego interior que, cinco años atrás, había desafiado a todo Beaufort.

—Max Grillet —dijo ella; y él se sorprendió de que recordara su nombre—. ¿O debería

decir «señor gendarme»?

Max sintió que enrojecía, a su pesar.

—Max, si no le molesta —farfulló—. Encantado de verla de nuevo, señorita Isabelle.

Ella sonrió con cierta amargura, y Max comprendio perfectamente a qué se debía.

Hasta su llegada, respaldada por su nueva fortuna, Isabelle había sido tenida en Beaufort por poco más que una furcia.

—También yo me alegro de verle, Max. ¿A qué debo su visita?

—Bien, la... señorita Dubois y compañía estuvieron ayer aquí.

—Sí, eso es cierto.

—No se llevaron muy buena impresión.

—Tampoco lo pretendía. Sé exactamente lo que habían venido a hacer a mi casa.

La joven se volvió hacia él, con los ojos llenos de un nuevo brillo:

—¿Le apetece un café?

—Sí, gracias —aceptó Max, consciente de que aquello era más de lo que las cinco

señoras habían obtenido de Isabelle el día anterior.

La siguió hasta la cocina y ocupó una de las sillas. Observó a Isabelle en silencio

mientras preparaba el café. De manera inconsciente, se fijó en sus manos; pero llevaba un vestido de mangas muy largas que sólo dejaban ver los dedos, unos dedos largos y finos, pero de grandes nudillos, fruto sin duda de los años en los que la joven había trabajado como lavandera.

—¿Por qué no contrata a una doncella para que le haga este tipo de trabajo?

—Porque yo, a diferencia de otras, sé hacer las cosas sola —fue la respuesta; Isabelle le ofreció una taza de café y después se sentó a su lado—. Y, dígame, ¿la señorita Dubois y compañía han visto algo sospechoso en mi casa? Porque debo decirle que, si no tengo

muebles, es porque no los quiero. Y fíjese, si hubiese dispuesto de un salón como Dios manda, habría tenido que aguantar a esas cinco chismosas toda la tarde, y no es algo que me seduzca especialmente, ¿sabe?

Max no pudo reprimir una sonrisa.

—No, no creo que haya nada sospechoso en su casa, señorita Isabelle. Supongo que les

llamaría mucho la atención la... eh... sencilla decoración de su nuevo hogar, pero aún no han llegado al extremo de llamar al gendarme por eso.

—Oh, no se preocupe; tratándose de ellas, todo se andará, no lo dude. Así pues,

¿usted ha venido sólo para hacer una visita de cortesía?

—Tampoco —confesó Max, avergonzado—. La señora Lavoine perdió el chal en el

jardín de su casa, y ella y la señorita Dubois volvieron atrás para recuperarlo —miró a Isabelle, pero ella lo observaba impasible, con la taza de café entre las manos—. Dicen que oyeron un grito.

—¿Un... grito? —repitió Isabelle en voz baja.

—O un aullido. La verdad es que no se ponían de acuerdo en esa cuestión. No han

sabido decirme si era humano o pertenecía a algún tipo de animal. Lo que sí han afirmado es que era: «escalofriante», «espeluznante», «estremecedor»... Y se lo digo literalmente.

Max notó que las manos de Isabelle temblaban. La joven dejó la taza sobre la mesa y

lo miró.

—No me asuste, Max. No hay animales salvajes por los alrededores. ¿Qué se

supone que...?

—Dicen que venía de su casa.

—¿De esta casa?

La joven frunció el ceño; entonces (¿fue la imaginación de Max, o se trataba de un

gesto poco natural, casi como ensayado?), ella sonrió ampliamente y se dio un golpecito en la frente.

—¡Oh, ya recuerdo! Fue Mijaíl. Al pobre, se le cayó un martillo en el pie.

—¿De verdad? Lo he visto esta mañana y hace un momento, y no cojeaba.

—Porque es un hombre duro, Max —replicó Isabelle, impertérrita—. Si llega a

saber que esas dos señoras estaban en el jardín, seguro que ni siquiera habría gritado. Así que, ya ve. Todo es distinto a la luz del día.

—Sí, claro —murmuró Max; apuró su taza de café y se levantó—. Siento haberla

molestado, Isabelle.

—No lo ha hecho.

Pero la joven se movió ágilmente hacia la puerta, y el gendarme advirtió que, pese a

sus palabras, ella estaba deseando quedarse a solas otra vez. Ya en la entrada, Max se volvió hacia ella.

—La señorita Dubois también me pidió que me interesase por su salud.

—¿Por mi... salud?

—Ella opina que está usted enferma. Y a mí me da la sensación de que tiene razón.

Dígame, ¿ha ido usted al médico?

—No estoy enferma, sólo cansada. Ya se lo expliqué a la señorita Dubois. No

duermo bien por las noches.

Max le dirigió una mirada penetrante.

—Y si continúa usted tomando café al anochecer, seguirá sin lograr conciliar el

sueño.

—¡Oh! —dijo solamente Isabelle, como una niña cogida en falta—. Lo recordaré.

Max se alejó de la mansión Grisard, no del todo convencido de las explicaciones de

Isabelle. Aunque seguía adivinándose en ella aquella energía que la había caracterizado en su adolescencia, el pálido fantasma que lo observaba desde la entrada de la casa poco tenía que ver con la chiquilla resuelta y vivaz que había abandonado Beaufort en pos de su amado, cinco años atrás.

Capítulo cuatro

Max esperaba ver a Isabelle aquel domingo en la iglesia, sufrió una decepción.

Aunque ella había faltado a la misa los tres domingos que habían transcurrido desde su llegada a Beaufort, aquélla era la primera vez que el joven gendarme notaba su ausencia.

Al terminar los oficios, Max se quedó un rato más en la iglesia. La señora Bonnard

pasó junto a él, comentándole a la señora Lavoine:

—¿Qué te dije? Hoy tampoco ha venido. ¡Y nos dijo que no estaba enferma, luego no

tiene ninguna excusa para dejar de asistir a misa!

A Max no le cupo la menor duda de que ambas hablaban de Isabelle.

Esperó un poco más hasta que juzgó que era buen momento, y entonces se dirigió a la

sacristía.

—Padre Rougier... —dijo desde la puerta, carraspeando.

El párroco se volvió hacia él, todavía con la casulla entre las manos.

—Buenos días, Max... Pasa.

Hablaron de asuntos intrascendentes durante unos minutos, hasta que un largo silencio

obligó a cambiar de tema.

—Padre Rougier... —dijo entonces Max, algo incómodo—. En realidad lo que yo

quería era preguntarle acerca de alguien.

El viejo vicario rió por lo bajo.

—¿Te ha llamado la atención alguna jovencita? Bien, me alegro de que hayas

venido a consultarme —añadió al ver que Max parecía azorado—, porque eso significa que va en serio. A tu edad, ya deberías ir pensando en sentar la cabeza...

—Mi interés es simple curiosidad, padre. Siento decepcionarle, pero lo cierto es que

vengo a hablar con usted porque la mujer que me intriga no le es precisamente desconocida.

El párroco fijó en él unos ojillos inquisitivos.

—Ahora eres tú el que me deja intrigado... ¿De quién estamos hablando

exactamente?

—De Isabelle... —de pronto, Max se dio cuenta de que no conocía su apellido, y trató

de subsanarlo facilitando otros datos—. Ya sabe, la muchacha huérfana que usted...

—No conozco a ninguna Isabelle —cortó el padre Rougier bruscamente.

Max lo miró, perplejo. Iba a dar más detalles al párroco para refrescarle la memoria,

pero entonces se dio cuenta de que, en realidad, el padre Rougier no quería volver a saber nada de la joven que había huido de su casa cinco años atrás y a la que, con toda seguridad, recordaba muy bien.

No pudo evitar sentirse indignado. Sabía que el padre Rougier era un hombre muy

estricto, y comprendía que Isabelle había ido demasiado lejos fugándose tras el joven Latour.

Pero, ¿por qué debía alguien quedar marcado para siempre por un error de juventud?

Había captado perfectamente que el párroco no quería seguir hablando del tema, pero

aun así insistió:

—¿Sabía usted que ha vuelto a Beaufort, y que ahora reside en la mansión Grisard?

El padre Rougier alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.

—No conozco a esa joven —repitió, despacio—. Y ahora, si me disculpas, tengo

asuntos que atender.

Max hizo una última tentativa:

—Tengo razones para pensar que está enferma y...

Un carraspeo nervioso lo interrumpió. Los dos hombres se volvieron hacia la

puerta y descubrieron allí a un tercero. Vestía una camisa vieja y unos pantalones que habían perdido su auténtico color mucho tiempo atrás. Tenía la vista clavada en el suelo y sus manos jugueteaban nerviosamente con su gorra.

—No quería interrumpir...

—No lo haces, Henri —le aseguró el párroco—. El señor Grillet ya se iba. ¿Has venido

a disculparte por no haber podido asistir al oficio? Comprendo que...

—No es por eso, señor cura, pero dispense usted. Es que he tenido un problema en la

granja y... —sus ojos se alzaron para clavarse en Max—. En realidad, venía buscándole a usted, señor gendarme.

Momentos después, ambos salían de la iglesia en dirección a las afueras de Beaufort,

montados en el carro del granjero. Henri Morillon era un hombre de pocas palabras, pero Max había captado lo fundamental, y estuvo dándole vueltas mientras los dos hombres se dirigían en silencio hacia la granja.

Henri Morillon no era el granjero más rico ni el más viejo de la comarca, pero sí el más respetado. Ningún otro se aplicaba con tanta pasión a su trabajo ni conocía las reses tan bien como él. Por eso, Henri era solicitado a menudo por otros hacendados cuando sus animales caían enfermos. Y aunque él apenas sabía leer ni escribir, los otros granjeros confiaban más en su criterio que en las apreciaciones de cualquier veterinario de la ciudad.

Como todos los habitantes de Beaufort, Max sabía todo esto. Y por ello no dejaba de

preguntarse qué habría sucedido para que Henri corriese a buscarlo con tanta prisa, a causa de, según había entendido, una vaca muerta.

El carro se desvió por un camino particular hasta llegar a la granja, y se detuvo junto al establo. Henri bajó de un salto, y Max lo imitó.

—Anoche oímos ruidos —explicó el granjero—. Los animales estaban muy

asustados, y el perro..., bueno, en lugar de correr a ver qué pasaba, se volvió como loco y quería entrar en la casa, como si estuviese muerto de miedo, ¿me entiende? Yo sabía que había algo en el establo...

—¿Algo? ¿El qué?

—No lo sé —su rostro se endureció—. Mi mujer estaba muy asustada y no quiso

que abriera la puerta.

No añadió nada más.

Entraron en el establo. Había cuatro vacas y un caballo percheeron, que se giró para

olisquearlo con curiosidad. Cuando los ojos de Max se acostumbraron a la penumbra, vio dos figuras al fondo del establo, junto a una ventana que parecía haber sido arrancada de cuajo de su marco.

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Eran la res muerta y un muchacho de unos once o doce años, que contemplaba el

cadáver, acuclillado en el sucio suelo del establo. Se trataba de Fabrice, uno de los hijos de Henri.

El granjero gruñó, y el chico se apresuró a salir de allí.

—Entró por aquí —dijo Henri, señalando la ventana destrozada.

No hizo más comentarios, pero Max apreció que, fuera lo que fuese, poseía una

fuerza sobrehumana, porque ni tres hombres robustos habrían podido causar aquellos daños.

Entonces Henri se apartó para que Max pudiese ver el cuerpo de la vaca, y él avanzó,

algo inseguro, para echar un vistazo.

Deseó enseguida no haberlo hecho.

Muchos años después, el cadáver de aquella vaca todavía seguiría poblando sus

peores pesadillas.

Aquella tarde, aún alterado por lo que había visto en la granja de Henri Morillon,

acudió a visitar al señor Chancel, el notario, que era aficionado a la ciencia y a la historia natural. Por el momento, quería ser discreto con respecto al caso, para que no cundiese el pánico entre los granjeros y los ganaderos de la zona; por ello no dio muchos detalles al notario, aunque era inevitable que éste se mostrase intrigado.

—De manera que usted, señor Grillet —dijo, mirándolo con el ceño fruncido—,

desea saber si existe algún tipo de animal capaz de matar a una vaca sin dejar huellas.

Max no pudo reprimir un estremecimiento. De nuevo acudió a su mente el extraño

aspecto de la res muerta, que no mostraba señales de violencia, pero estaba anormalmente delgada y con la piel tirante, y recordaba vagamente a un animal disecado.

—No exactamente: dejando dos marcas pequeñas, rojas y redondas, como de

colmillos.

Morillon le había mostrado las marcas en el cuello de la vaca. A Max le había costado

creer que una herida tan pequeña pudiese haber resultado tan letal.

—¿Colmillos? —repitió el notario, alzando una ceja—. Entonces no es tan difícil. Me

está usted hablando de algún tipo de víbora.

Max hizo una pausa antes de responder, lentamente:

—Podría ser. Pero, señor Chancel, ¿podría una víbora dejar sin sangre a la vaca en

cuestión?

—¿Quiere decir, hacer que se desangrase?

—No. Hacer desaparecer su sangre. Como... si se la hubiese bebido.

Max habría dado lo que fuera por poder olvidar el momento en que Morillon le había

rebanado el cuello al cadáver para mostrarle que por dentro estaba seco, completamente seco; y no había una sola gota de sangre en el suelo.

El señor Chancel parpadeó, perplejo.

—¿Como los mosquitos, quiere decir?

Max apartó la mirada. Pero aún veía ante sí los ojos sin vida de la vaca muerta, ojos

que todavía mostraban una expresión tan humana de absoluto terror que producía

escalofríos. Ningún mosquito habría podido hacer aquello. Ni aunque tuviese el tamaño de un halcón.

—Supongo que sí.

El notario miró un momento al gendarme, y luego se echó a reír.

—Por el amor de Dios, señor Grillet, ¿a qué viene todo esto?

—Simple interés científico —replicó Max, encogiéndose de hombros; esperaba que el

señor Chancel no se diese cuenta de que estaba más alterado de lo habitual—. Cuentan que en una ocasión sucedió algo así cerca de Nimes —mintió—. Supongo que se trata de una

simple patraña, pero sentía curiosidad. Le estaría muy agradecido si lo averiguase por mí.

El notario tardó un poco en contestar.

—Bien—dijo finalmente—, personalmente creo que es una patraña, pero lo

investigaré de todos modos. Tengo un primo en Chartres que estudia en la universidad, y se está especializando en Ciencia Natural. Le escribiré.

—Se lo agradezco, señor Chancel.

Aquella conversación había sido privada, pero, naturalmente, la señora Chancel se

enteró, ya que había estado espiando desde el otro lado de la puerta cerrada, habilidad ésta en la que ella era singularmente diestra. Le faltó tiempo para relatarlo todo en la reunión que aquella tarde tuvo lugar en casa de la señorita Dubois, donde el grupo de amigas había acudido, como era su costumbre, para tomar el té.

—¿Y qué tiene eso de particular, Elaine? —preguntó la señorita Dubois, frunciendo

el ceño—. ¿Por qué habrían de interesarnos a nosotras las vacas?

—O los mosquitos —colaboró la señora Lavoine.

—Porque le interesan al gendarme, Sophie —replicó la señora Chancel, con los ojos

brillantes tras sus lentes—. Ha venido expresamente a mi casa para preguntar a mi marido por un animal capaz de beberse la sangre de una vaca. ¿Sabes lo que eso significa?