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Historia

del ojo

Georges Bataille

Traducido por Margo Glantz

Ediciones Coyoacán, México D.F., 1994

Segunda edición, 1995

Título original:

Histoire de l’oeil, 1928

Los números entre corchetes corresponden

a la paginación de la edición impresa

ADVERTENCIA

SOBRE LA TRADUCCIÓN

[23]

Existen cinco ediciones de este libro de Georges Bataille, La primera

fue publicada en 1928 con el pseudónimo de Lord Auch, y se tiraron

ciento treinta y cuatro ejemplares con ocho litografías de André

Masson, el pintor surrealista. La segunda se publicó en Burgos (!) en

1941 y la edición aumentó a quinientos ejemplares. En 1940 se editó

una reescritura de la novela ilustrada con grabados de Hans Belmer

(otro extraordinario pintor surrealista), en Sevilla, espacio geográfico

de uno de los episodios capitales del texto, ahora con el cabalístico

tiraje de ciento noventa y nueve ejemplares. La penúltima edición es la

única que lleva el nombre de Georges Bataille y fue publicada póstu-

mamente en 1967, por la editorial de Jean ]acques Pauvert, con el

facsímil de un Plan de una continuación de Historia del Ojo; su tiraje

fue de diez mil ejemplares. De esta versión se tradujo la que publicó en

español la editorial Ruedo Ibérico, en París, en 1977, [24] sin nombre

de traductor. Esta reescritura del texto se añade como apéndice en el

volumen I de las Obras Completas que la editorial Gallimard empezó a

publicar con una presentación de Michel Foucault desde 1970. Las

obras de Bataille se inician justamente con Historia del Ojo, primer

libro importante del escritor y que Denis Hollier editó. Escritura

original de la que yo traduje este texto.

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En la versión que propongo no aparece el Plan de una continuación:

creo que no añade nada especial al texto, al contrario, rompe el sus-

penso del final. En cambio, he traducido el artículo y las notas corres-

pondientes a “Ojo” del Diccionario crítico que Georges Bataille publicó

en la revista Documents, en 1929, después de la aparición de la famosa

película de Buñuel y Dalí, El perro andaluz. Esa revista contiene

algunos de los mejores textos de Bataille; reproducidos por la Editorial

Mercure de France, aparecieron en 1968 reunidos por Bernard Noël. El

artículo “Golosina caníbal” es la segunda parte de un texto dedicado a

“Ojo”. La primera parte la escribió Robert Desnos (“Image de l’oeil”–

”Imagen del ojo”) y la tercera parte Marcel Griaule (“Mauvais Oeil”–

“Mal del ojo”).

También incluyo, de Documents, el artículo “Metamorfosis”, porque

puede relacionarse muy bien con Historia del ojo.

M. G.

4

[27]

PRIMERA PARTE

I-EL OJO DEL GATO

Crecí muy solo y desde que tengo memoria sentí angustia frente a

todo lo sexual. Tenía cerca de 16 años cuando en la playa de X encontré

a una joven de mi edad, Simona. Nuestras relaciones se precipitaron

porque nuestras familias guardaban un parentesco lejano. Tres días

después de habernos conocido, Simona y yo nos encontramos solos en

su quinta. Vestía un delantal negro con cuello blanco almidonado.

Comencé a advertir que compartía conmigo la ansiedad que me

producía verla, ansiedad mucho mayor ese día porque intuía que se

encontraba completamente desnuda bajo su delantal.

Llevaba medias de seda negra que le subían por encima de las rodi-

llas; pero aún no había podido verle el culo (este nombre que Simona y

yo empleamos siempre, es para mí el más hermoso de los nombres del

sexo). Tenía la impresión de que si apartaba ligeramente su delantal

por atrás, vería sus partes impúdicas sin ningún reparo. [28]

En el rincón de un corredor había un plato con leche para el gato:

“Los platos están hechos para sentarse”, me dijo Simona. “¿Apuestas a

que me siento en el plato?” —”Apuesto a que no te atreves”, le respon-

dí, casi sin aliento.

Hacia muchísimo calor. Simona colocó el plato sobre un pequeño

banco, se instaló delante de mí y, sin separar sus ojos de los míos, se

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sentó sobre él sin que yo pudiera ver cómo empapaba sus nalgas

ardientes en la leche fresca. Me quedé delante de ella, inmóvil; la

sangre subía a mi cabeza y mientras ella fijaba la vista en mi verga que,

erecta, distendía mis pantalones, yo temblaba.

Me acosté a sus pies sin que ella se moviese y por primera vez vi su

carne “rosa y negra” que se refrescaba en la leche blanca. Permaneci-

mos largo tiempo sin movernos, tan conmovidos el uno como el otro.

De repente se levantó y vi escurrir la leche a lo largo de sus piernas,

sobre las medias. Se enjugó con un pañuelo, pausadamente, dejando

alzado el pie, apoyado en el banco, por encima de mi cabeza y yo me

froté vigorosamente la verga sobre la ropa, agitándome amorosamente

por el suelo. El orgasmo nos llegó casi en el mismo instante sin que nos

hubiésemos tocado; pero cuando su madre regresó, aproveché, mien-

tras yo permanecía sentado y ella se echaba tiernamente en sus brazos,

para levantarle por atrás el delantal sin que nadie lo notase y poner mi

mano en su culo, entre sus dos ardientes muslos. [29]

Regresé corriendo a mi casa, ávido de masturbarme de nuevo; y al

día siguiente por la noche estaba tan ojeroso que Simona, después de

haberme contemplado largo rato, escondió la cabeza en mi espalda y

me dijo seriamente “no quiero que te masturbes sin mí”.

Así empezaron entre la jovencita y yo relaciones tan cercanas y tan

obligatorias que nos era casi imposible pasar una semana sin vernos. Y

sin embargo, apenas hablábamos de ello. Comprendo que ella experi-

mente los mismos sentimientos que yo cuando nos vemos, pero me es

difícil describirlos. Recuerdo un día cuando viajábamos a toda veloci-

dad en auto y atropellamos a una ciclista que debió haber sido muy

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joven y muy bella: su cuello había quedado casi decapitado entre las

ruedas. Nos detuvimos mucho tiempo, algunos metros más adelante,

para contemplar a la muerta. La impresión de horror y de desespera-

ción que nos provocaba ese montón de carne ensangrentada, alternati-

vamente bella o nauseabunda, equivale en parte a la impresión que

resentíamos al mirarnos. Simona es grande y hermosa. Habitualmente

es muy sencilla: no tiene nada de angustiado ni en la mirada ni en la

voz. Sin embargo, en lo sexual se muestra tan bruscamente ávida de

todo lo que violenta el orden que basta el más imperceptible llamado

de los sentidos para que de un golpe su rostro adquiera un carácter que

sugiere directamente todo aquello que está ligado a la sexualidad

profunda, por ejemplo: la sangre, el terror súbito, el crimen, [30] el

ahogo, todo lo que destruye indefinidamente la beatitud y la honesti-

dad humanas. Vi por primera vez esa contracción muda y absoluta

(que yo compartía) el día en que se sentó sobre el plato de leche. Es

cierto que apenas nos mirábamos fijamente, excepto en momentos

parecidos. Pero no estamos satisfechos y sólo jugamos durante los

cortos momentos de distensión que siguen al orgasmo.

Debo advertir que nos mantuvimos largo tiempo sin acoplarnos.

Aprovechábamos todas las circunstancias para librarnos a actos poco

comunes. No sólo carecíamos totalmente de pudor, sino que por lo

contrario algo impreciso nos obligaba a desafiarlo juntos, tan impúdi-

camente como nos era posible. Es así que justo después de que ella me

pidió que no me masturbase solo (nos habíamos encontrado en lo alto

de un acantilado), me bajó el pantalón me hizo extenderme por tierra;

luego ella se alzó el vestido, se sentó sobre mi vientre dándome la

espalda y empezó a orinar mientras yo le metía un dedo por el culo,

7

que mi semen joven había vuelto untuoso. Luego se acostó, con la

cabeza bajo mi verga, entre mis piernas; su culo al aire hizo que su

cuerpo cayera sobre mí; yo levanté la cara lo bastante para mantenerla

a la altura de su culo: —sus rodillas acabaron apoyándose sobre mis

hombros—. “¿No puedes hacer pipí en el aire para que caiga en mi

culo?”, me dijo “—Sí, le respondí, pero como estás colocada, mi orín

caerá forzosamente sobre tus ropas y tu cara—.” “¡Qué importa!” me

contestó. [31]

Hice lo que me dijo, pero apenas lo había hecho la inundé de nuevo,

pero esta vez de hermoso y blanco semen.

El olor de la mar se mezclaba entretanto con el de la ropa mojada, el

de nuestros cuerpos desnudos y el del semen. Caía la tarde y permane-

cimos en esta extraordinaria posición sin movernos, hasta que escu-

chamos unos pasos que rozaban la hierba.

—”No te muevas, te lo suplico”, me pidió Simona. Los pasos se detu-

vieron pero nos era imposible ver quién se acercaba. Nuestras respira-

ciones se habían cortado al unísono. Levantado así por los aires, el culo

de Simona representaba en verdad una plegaria todopoderosa, a causa

de la extrema perfección de sus dos nalgas, angostas y delicadas,

profundamente tajadas; estaba seguro de que el hombre o la mujer

desconocidos que la vieran sucumbirían de inmediato a la necesidad de

masturbarse sin fin al mirarlas. Los pasos recomenzaron, precipitán-

dose, casi en carrera; luego vi aparecer de repente a una encantadora

joven rubia, Marcela, la más pura y conmovedora de nuestras amigas.

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Estábamos tan fuertemente arracimados en nuestras horribles acti-

tudes que no pudimos movernos ni siquiera un palmo y nuestra

desgraciada amiga cayó sobre la hierba sollozando. Sólo entonces

cambiamos nuestra extravagante posición para echarnos sobre el

cuerpo que se nos libraba en abandono. Simona le levantó la falda, le

arrancó el calzón y me mostró, embriagada, un nuevo culo, tan bello,

tan puro, co-[32]mo el suyo. La besé con rabia al tiempo que la mas-

turbaba: sus piernas se cerraron sobre los riñones de la extraña Marce-

la que ya no podía disimular los sollozos.

—Marcela —le dije—, te lo suplico, ya no llores. Quiero que me

beses en la boca...

Simona le acariciaba sus hermosos cabellos lisos y la besaba afectuo-

samente por todas partes.

Mientras tanto, el cielo se había puesto totalmente oscuro y, con la

noche, caían gruesas gotas de lluvia que provocaban la calma después

del agotamiento de una jornada tórrida y sin aire. El mar empezaba un

ruido enorme dominado por el fragor del trueno, y los relámpagos

dejaban ver bruscamente, como si fuera pleno día, los dos culos

masturbados de las muchachas que se habían quedado mudas. Un

frenesí brutal animaba nuestros cuerpos. Dos bocas juveniles se

disputaban mi culo, mis testículos y mi verga; pero yo no dejé de

apartar piernas de mujer, húmedas de saliva o de semen, como si

hubiese querido huir del abrazo de un monstruo, aunque ese monstruo

no fuera más que la extraordinaria violencia de mis movimientos. La

lluvia caliente caía por fin en torrentes y nos bañaba todo el cuerpo

enteramente expuesto a su furia. Grandes truenos nos quebrantaban y

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aumentaban cada vez más nuestra cólera, arrancándonos gritos de

rabia, redoblada cada vez que el relámpago dejaba ver nuestras partes

sexuales. Simona había caído en un charco de lodo y se embarraba el

cuerpo con furor: se masturbaba con la tierra y gozaba violentamen-

[33]te, golpeada por el aguacero, con mi cabeza abrazada entre sus

piernas sucias de tierra, su rostro enterrado en el charco donde agitaba

con brutalidad el culo de Marcela, que la tenía abrazada por detrás,

tirando de su muslo para abrírselo con fuerza. [34]

10

II-EL ARMARIO NORMANDO

A partir de esa época, Simona contrajo la manía de quebrar huevos

con su culo. Para hacerlo se colocaba sobre un sofá del salón, con la

cabeza sobre el asiento y la espalda contra el respaldo, las piernas

apuntando hacia mí, que me masturbaba para echarle mi esperma

sobre la cara. Colocaba entonces el huevo justo encima del agujero del

culo y se divertía haciéndolo entrar con agilidad en la división profun-

da de sus nalgas. En el momento en que el semen empezaba a caer y a

regarse por sus ojos, las nalgas se cerraban, cascaban el huevo y ella

gozaba mientras yo me ensuciaba el rostro con la abundante salpicadu-

ra que salía de su culo.

Muy pronto, como era lógico, su madre que podía entrar en el salón

de la casa en cualquier momento, sorprendió este manejo poco común;

esta mujer extraordinariamente buena, de vida ejemplar, se contentó

con asistir al juego sin decir palabra la primera vez que nos sorprendió

en el [35] acto, a tal punto que no nos dimos cuenta de su presencia.

Supongo que estaba demasiado aterrada para hablar. Pero cuando

terminamos y empezamos a ordenar un poco el desastre, la vimos

parada en el umbral de la puerta.

—Haz como si no hubiera nadie, me dijo Simona y continuó lim-

piándose el culo.

Y en efecto, salimos tan tranquilamente como si se hubiese reducido

a estado de retrato de familia.

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Algunos días más tarde, Simona hacía gimnasia conmigo en las vigas

de una cochera, y orinó sobre su madre, que había tenido la desgracia

de detenerse sin verla: la triste viuda se apartó de ese lugar y nos miró

con unos ojos tan tristes y una expresión tan desesperada que impulsó

nuestros juegos. Simona, muerta de risa y a cuatro patas sobre las

vigas, expuso su culo frente a mi rostro: se lo abrí totalmente y me

masturbé al mirarla.

Durante más de una semana dejamos de ver a Marcela, hasta que un

día la encontramos en la calle. Esta joven rubia, tímida e ingenuamente

piadosa, se sonrojó tan profundamente al vernos que Simona la besó

con ternura maravillosa.

—Le pido perdón, Marcela, le dijo en voz baja, lo que sucedió el otro

día fue absurdo, pero no debe impedir que seamos amigos. Le prometo

que ya no trataremos de tocarla.

Marcela carecía totalmente de voluntad; aceptó acompañarnos para

merendar con nosotros y algunos amigos. Pero en lugar [36] de té,

bebimos champaña helado en abundancia.

Ver a Marcela sonrojada nos había trastornado por completo. Nos

habíamos comprendido Simona y yo, y a partir de ese momento

supimos que nada nos haría detenernos sino hasta cumplir con nues-

tros planes. Además de Marcela estaban allí otras tres muchachas

hermosas y dos jóvenes el mayor de los ocho no tenía todavía diecisiete

años y la bebida había producido un cierto efecto pero aparte de mí y

de Simona nadie se había excitado como planeábamos. Un fonógrafo

nos sacó del problema. Simona empezó a bailar un chárleston frenético

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y mostró hasta el culo sus piernas, y las otras jóvenes invitadas a bailar

de la misma manera estaban demasiado excitadas para preocuparse.

Llevaban, claro, calzones, pero movían tanto el culo que no escondían

gran cosa. Sólo Marcela, ebria y silenciosa, se negó a danzar.

Finalmente, Simona, que pretendía estar absolutamente borracha,

tomó un mantel y levantándolo con la mano propuso una apuesta.

—Apuesto, dijo, a que hago pipí en el mantel frente a todo el mundo.

Se trataba, en principio, de una ridícula reunión de jovenzuelos por

lo general habladores y pretenciosos. Uno de los muchachos la desafió

y la apuesta se fijó a discreción... es evidente que Simona no dudó un

solo instante y empapó el mantel. Pero este acto alucinante la conmo-

vió visiblemente hasta la médula, tanto que todos los jovenzuelos

empezaron a jadear. [37]

—Puesto que es a discreción, dijo Simona al perdedor, voy a quitarte

el pantalón ante todo el mundo. Esto lo hizo sin ninguna dificultad.

Una vez que le quitó el pantalón, Simona le quitó también la camisa

(para evitar que hiciese el ridículo). Sin embargo no había pasado

todavía nada grave: Simona apenas había acariciado ligeramente a su

joven amigo totalmente embelesado, borracho y desnudo. Pero ella

sólo pensaba en Marcela que desde hacía algún rato me suplicaba que

la dejara partir. —Le prometimos que no la tocaríamos, Marcela, ¿por

qué se quiere ir?, le pregunté.

—Porque sí, respondía con obstinación, al tiempo que una violenta

cólera se apoderaba poco a poco de ella.

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De repente Simona cayó en el piso con gran terror de los demás. Una

convulsión cada vez más fuerte la agitaba, tenía las ropas en desorden,

el culo al aire, como si tuviese un ataque de epilepsia, y al rodar a los

pies del muchacho que había desvestido, pronunciaba palabras casi

desarticuladas: “méame encima... méame en el culo”... repetía como si

tuviera sed.

Marcela miraba este espectáculo con fijeza: se había puesto de color

carmesí. Entonces me dijo, sin siquiera mirarme, que quería quitarse el

vestido; yo se lo arranqué a medias, y luego su ropa interior; sólo

conservó sus medias y su liguero, y habiéndose dejado masturbar y

besar en la boca por mí, atravesó el cuarto como una sonámbula para

alcanzar un gran armario normando [38] donde se encerró después de

haber murmurado algunas palabras a la oreja de Simona.

Quería masturbarse en el armario y nos suplicaba que la dejáramos

tranquila.

Hay que advertir que todos estábamos muy borrachos y completa-

mente trastornados por lo que había pasado. El muchacho desnudo se

la hacía mamar por una joven. Simona, de pie, y con las faldas alzadas,

frotaba su culo desnudo contra el armario en movimiento en donde se

oía a la muchacha masturbarse con un jadeo brutal. Y de repente

sucedió una cosa increíble: un extraño ruido de agua seguido de la

aparición de un hilo y luego de un chorro de agua por debajo de la

puerta del armario: la desgraciada Marcela orinaba dentro, al tiempo

que se masturbaba. La carcajada absolutamente ebria que siguió

degeneró rápidamente en una orgía con caída de cuerpos, piernas y

culos al aire, faldas mojadas y semen. Las risas se producían como un

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hipo involuntario e imbécil, sin lograr interrumpir una oleada brutal

dirigida hacia los culos y las vergas. Marcela, solitaria y triste, encerra-

da en el orinal convertido en prisión, empezó a sollozar cada vez más

fuertemente.

Media hora después empezó a pasarme la borrachera y se me ocurrió

sacar a Marcela del armario: la desgraciada joven, totalmente desnuda,

había caído en un estado terrible. Temblaba y tiritaba de frío. Desde

que me vio manifestó un terror enfer-[39]mizo aunque violento. Por lo

demás, yo estaba pálido, más o menos ensangrentado y vestido estrafa-

lariamente. Atrás de mí, yacían, casi inertes y en un desorden inefable,

varios cuerpos escandalosamente desnudos y enfermos. Durante la

orgía se nos habían clavado pedazos de vidrio que nos habían ensan-

grentado a dos de nosotros; una muchacha vomitaba; además todos

caíamos de repente en espasmos de risa loca, tan desencadenada que

algunos habían mojado su ropa, otros su asiento y otros el suelo. De

allí salía un olor de sangre, de esperma, de orina y de vómito que casi

me hizo recular de terror; pero el grito inhumano que desgarró la

garganta de Marcela fue todavía más terrorífico. Debo decir sin embar-

go que, en ese mismo momento, Simona dormía tranquilamente, con el

vientre al aire, la mano detenida todavía sobre el vello del pubis y el

rostro apacible y casi sonriente.

Marcela, que se había precipitado a través del cuarto tambaleándose

y gritando como si gruñera, me miró de nuevo: retrocedió como si yo

fuera un espectro espantoso que apareciera en una pesadilla, y se

desplomó dejando oír una secuela de aullidos cada vez más inhuma-

nos.

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Cosa curiosa; ese incidente me devolvió el valor. Alguien iba a venir,

era inevitable; pero no pensé ni un instante en huir o en acallar el

escándalo. Al contrario, con resolución abrí la puerta. ¡Oh, espectáculo

y gozo inusitados! ¡Es fácil imaginar las exclamaciones de horror, los

gritos [40] desesperados, las amenazas desproporcionadas de los pa-

dres al entrar en la habitación! Con gritos incendiarios e imprecaciones

espasmódicas mencionaron la cárcel, el cadalso y los tribunales;

nuestros propios camaradas se habían puesto a gritar y a sollozar hasta

producir un ruido delirante de gritos y lágrimas: se diría que los habían

incendiado y que eran antorchas vivas. Simona gozaba conmigo.

Y sin embargo, ¡qué atrocidad! Nada podía dar fin al delirio tragicó-

mico de esos dementes; Marcela, que seguía desnuda, expresaba, a

medida que gesticulaba, y entre gritos de dolor, un sufrimiento moral y

un terror imposible de soportar; vimos cómo mordía a su madre en el

rostro y se movía entre los brazos que intentaban dominarla en vano.

En efecto, la irrupción de los padres había acabado de destruir lo que

le quedaba de razón; para terminar se llamó a la policía y todos los

vecinos fueron testigos del inaudito escándalo. [41]

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III-EL OLOR DE MARCELA

Mis propios padres no llegaron esa noche. Sin embargo, creí pruden-

te salir pitando en previsión de la cólera de un padre miserable,

arquetipo del general católico y chocho. Entré por detrás a la quinta.

Me apropié de una cantidad de dinero. Después, seguro de que jamás

me buscarían allí, me bañé en la alcoba de mi padre. Y hacia las diez de

la noche me fui al campo, pero antes dejé un recado sobre la mesa de

mi madre: “Ruego que no me hagan buscar por la policía porque llevo

un revólver y la primera bala será para el gendarme y la segunda para

mí”.

Jamás he tenido la posibilidad de adoptar una actitud y, en esta cir-

cunstancia en particular, mi único interés era hacer retroceder a mi

familia, enemiga irreductible del escándalo. Con todo, al escribir el

recado con la mayor ligereza y no sin reír un poco, me pareció oportu-

no meter en mi bolsillo el revólver de mi padre.

Caminé toda la noche por la orilla del [42] mar, pero sin alejarme

demasiado de X, tomando en cuenta los recovecos de la costa. Trataba

solamente de apaciguar una situación violenta, un extraño delirio

espectral en que los fantasmas de Simona y de Marcela se organizaban,

a pesar mío, con expresiones terroríficas. Poco a poco me vino la idea

de matarme, y al tomar el revólver en la mano acabaron de perder el

sentido palabras como esperanza y desesperación. Sentí por cansancio

que era necesario darle un sentido a mi vida: sólo la tendría en la

medida en que ciertos acontecimientos deseados y esperados se

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cumpliesen. Acepté finalmente la extraordinaria fascinación de los

nombres Simona y Marcela; podía reír, pero no obstante me excitaba

imaginar una composición fantástica que ligaba confusamente mis

pasos más desconcertantes a los suyos.

Dormí en un bosque durante el día y al caer la noche me dirigí a casa

de Simona; entré al jardín saltando por el muro. Al ver luz en la recá-

mara de mi amiga, arrojé guijarros a la ventana. Algunos instantes

después bajó y nos fuimos casi sin decir palabra en dirección a la orilla

del mar. Estábamos felices de volvernos a ver. Estaba oscuro y de vez

en cuando le levantaba el vestido y tomaba su culo entre mis manos,

pero no gozaba, al contrario. Ella se sentó y yo me acosté a sus pies. De

pronto me di cuenta de que no podría impedir estallar en sollozos y de

inmediato empecé a sollozar largamente sobre la arena.

—¿Qué te pasa? —me dijo Simona. [43]

Y me dio un puntapié para hacerme reír. Su pie tocó justamente el

revólver que estaba en mi bolsillo y una terrible detonación nos

arrancó un grito simultáneo. No estaba herido, pero de repente me

encontré de pie como si hubiese entrado en otro mundo. La misma

Simona estaba delante de mí, tan pálida que daba miedo.

Esa noche no se nos ocurrió la idea de masturbarnos, pero permane-

cimos infinitamente abrazados, unidas nuestras bocas, lo que jamás

antes nos había ocurrido.

Durante algunos días viví así: regresábamos Simona y yo, muy tarde

por la noche, y nos acostábamos en su recámara, donde me quedaba

encerrado hasta la noche siguiente. Simona me llevaba comida. Su

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madre no tenía la más mínima autoridad sobre ella y aceptaba la

situación sin siquiera intentar explicarse el misterio (apenas había oído

los gritos, el día del escándalo, salió a dar un paseo). En cuanto a los

criados, el dinero los mantenía fieles a Simona desde hacía mucho

tiempo.

Fue también por ellos que supimos las circunstancias del encierro de

Marcela y el nombre de la casa de salud donde estaba asilada. Desde el

primer día nuestra preocupación fue su locura, la soledad de su cuerpo,

las posibilidades de alcanzarla o de ayudarla a evadirse. Un día que

estaba yo en su cama y que quise forzar a Simona, ella se me escapó y

me dijo bruscamente: “pero, ¡querido mío, estás completamente loco!

¿Así en un lecho, como si fuera ma-[44]dre de familia?, no me interesa

en absoluto. Con Marcela solamente”.

—¿Qué es lo que quieres decir? le pregunté decepcionado, pero en el

fondo completamente de acuerdo con ella.

Se me acercó afectuosamente de nuevo y me dijo suavemente con

tono soñador; “mira, apenas nos vea no podrá evitar orinarse... hacer el

amor”.

Al mismo tiempo, sentí un líquido caliente y encantador que corría a

lo largo de mis piernas y, cuando hubo terminado, me levanté y regué a

mi vez su cuerpo que ella colocó complacientemente bajo el chorro

impúdico que ardía ligeramente sobre la piel. Después de haberle

inundado el culo también, le embarré el rostro de semen y así, sucia,

tuvo un orgasmo demente y liberador. Aspiraba profundamente

nuestro acre y feliz olor: “Hueles a Marcela”, me confió alegremente

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después que hubo terminado, acercando la nariz a mi culo todavía

mojado.

Es evidente que Simona y yo teníamos a veces ganas violentas de

hacer el amor. Pero no se nos ocurría siquiera que eso fuese posible sin

Marcela, cuyos gritos agudos violentaban continuamente las orejas,

gritos que para nosotros se ligaban siempre a nuestros deseos más

violentos. Por ello, nuestro deseo sexual se transformaba siempre en

pesadilla. La sonrisa de Marcela, su simpleza, sus sollozos, la vergüenza

que la sonrojaba y ese color rojo que la hacía sufrir al tiempo que ella

misma se quitaba la ropa para entregar de repente [45] sus bellas

nalgas rubias a manos y bocas impuras, y, sobre todo, el delirio trágico

que la había hecho encerrarse en el armario para poder masturbarse

con tanta aberración que no había podido evitar orinarse, deformaba y

hacía nuestros deseos insoportables, Simona, cuya conducta durante el

escándalo había sido más obscena que nunca —acostada, no se había

siquiera cubierto, sino que había abierto las piernas—, no podía

olvidar que el orgasmo imprevisto provocado por su propio impudor,

los gritos y la desnudez de los miembros torcidos de Marcela, habían

sobrepasado todo lo que había podido imaginar hasta entonces. Y su

culo no se abría delante de mí sin que apareciese el espectro de Marcela

furibunda, delirante y sonrojada, para otorgarle a su impudor un peso

agobiante, como si el sacrilegio debiese volverlo todo horrible e infame.

Por otra parte, las regiones pantanosas del culo —que sólo tienen

semejanza con los días tormentosos, con presagios de inundaciones o

con las emanaciones sofocantes de los volcanes y que, también como

los volcanes y las tempestades, inician su actividad entre augurios de

20

catástrofe— esas regiones desesperantes que Simona, en un abandono

que sólo presagiaba violencia, me dejaba mirar como hipnotizado—,

fueron para mí, desde entonces, el símbolo del imperio subterráneo y

profundo de una Marcela torturada en su prisión y entregada a las

pesadillas. Ya no me obsesionaba más que una cosa: la desintegración

[46] que el orgasmo provocaba en el rostro de la joven que sollozaba

entre gritos horribles.

Y Simona por su lado no podía mirar el semen ácido y cálido que

salía de mi verga sin imaginarse al instante la boca y el culo de Marcela

totalmente manchados.

“Podrías golpearle el rostro con tu semen”, me confiaba al tiempo

que se embarraba el culo, “para que estercole”. 1 [47]

1 “Fumer” puede significar humear o estercolar. He preferido el segundo sentido

porque se integra mejor al texto. (N. del T.)

21

IV-UNA MANCHA DE SOL

Las demás mujeres y los demás hombres no tenían ya ningún interés

para nosotros; no pensábamos más que en Marcela a la que puerilmen-

te imaginábamos en horca voluntaria, en entierro clandestino o en

apariciones fúnebres. Por fin, una noche, después de habernos infor-

mado bien, salimos en bicicleta hacia la casa de salud donde habían

encerrado a nuestra amiga. En menos de una hora recorrimos los

veinte kilómetros que nos separaban de una especie de castillo, rodea-

do por un parque amurallado y aislado por un acantilado que domina-

ba el mar. Sabíamos que Marcela ocupaba el cuarto número ocho; pero

hubiese sido necesario entrar al interior de la casa para encontrarla.

Quizá podríamos entrar a su cuarto por la ventana después de haber

limado los barrotes, pero no acertábamos a identificar su cuarto entre

tantos otros; de pronto nos llamó la atención una extraña figura.

Habíamos brincado el muro y estábamos en el parque, cu-[48]yos

árboles eran agitados por un fuerte viento, cuando vimos abrirse una

ventana del primer piso: una sombra llevaba una sabana y la ataba

fuertemente a uno de los barrotes. La sábana restalló de inmediato con

el viento y la ventana se cerró antes de que pudiéramos reconocer a la

figura.

Es difícil imaginar el desgarrador estrépito de esa inmensa sábana

blanca golpeada por la borrasca. El estruendo era superior al ruido del

mar y al del viento entre los árboles. Por primera vez veía a Simona

angustiada por algo diferente a su propio impudor: se apretaba contra

mí con el corazón palpitante y miraba con los ojos fijos al fantasma

22

que asolaba la noche como si la locura misma acabara de izar su

bandera sobre ese lúgubre castillo.

Nos quedamos inmóviles: Simona acurrucada entre mis brazos y yo a

medias asustado cuando de repente pareció que el viento rasgaba las

nubes y la luna aclaró bruscamente, con precisión reveladora, aquella

cosa tan extraña y desgarradora para nosotros: un sollozo violento

estranguló la garganta de Simona: la sábana que el viento extendía con

tanto estrépito estaba sucia en el centro y tenía una enorme mancha

mojada que se iluminaba, transparente, con la luz de la luna...

A los pocos instantes, otras nubes negras lo obscurecieron todo, y yo

me quedé de pie, sofocado, con los cabellos al viento y llorando como

un desgraciado; Simona había caído sobre la hierba y por primera vez

se dejaba sacudir por largos sollozos. [49]

Sin duda, era entonces nuestra pobre amiga, Marcela, la que había

abierto esa ventana sin luz, era ella la que acababa de fijar a los barro-

tes de su prisión la señal alucinante de su desamparo. Era también

evidente que había debido masturbarse en su lecho con tan gran

trastorno de los sentidos que se había mojado enteramente, por lo que

después la habíamos visto colgar la sábana en la ventana para que se

secara.

Ya no sabía qué hacer en ese parque, frente a ese falso castillo de

placer cuyas ventanas estaban espantosamente enrejadas. Di la vuelta,

dejando a Simona descompuesta y extendida sobre el pasto. No tenía

ninguna intención práctica y sólo deseaba respirar a solas por un

momento. Pero al advertir que en la planta baja del edificio había una

23

ventana entreabierta y sin enrejar, aseguré mi revólver en mi bolsillo y

entré con precaución: era un salón como cualquier otro. Una lámpara

eléctrica de bolsillo me permitió entrar en una recámara, subí luego

por una escalera donde no se distinguía nada, ni se llegaba a ninguna

parte porque los cuartos no estaban numerados. Por lo demás no

entendía nada, estaba como si me hubieran embrujado; inexplicable-

mente tuve la idea de quitarme el pantalón y seguir mi angustiosa

exploración vestido sólo con la camisa. Poco a poco fui quitándome

toda la ropa y la fui dejando sobre una silla; sólo conservé mis zapatos.

Caminaba al azar y sin sentido, con una lámpara en la mano izquierda

y el revólver en la mano derecha. Un ligero ruido [50] me hizo apagar

bruscamente la lámpara; inmóvil, me detuve a escuchar, mientras mi

respiración se volvía irregular. Pasaron largos minutos de angustia sin

oír ningún ruido, volví a encender la lámpara y un grito breve me hizo

huir con tanta precipitación que olvidé mis vestidos sobre la silla.

Sentí que me seguían; salté corriendo por la ventana y me fui a es-

conder a una avenida; apenas me había dado la vuelta para vigilar el

castillo, cuando vi que una mujer desnuda aparecía en el hueco de la

ventana: saltaba como yo al parque y huía corriendo hacia los matorra-

les de espinos.

Nada fue más extraño para mí, durante esos minutos de extraña

emoción, que mi desnudez al viento en la avenida del jardín descono-

cido; todo pasó como si no estuviese ya sobre la tierra; tanto más

cuanto que la borrasca proseguía en su furia, pero con bastante tibieza

como para insinuar un deseo brutal; no sabía qué hacer con el revólver

que llevaba todavía en la mano: ya no tenía bolsillos en donde meterlo

24

y, al perseguir a la mujer que había visto pasar, sin reconocerla, parecía

evidente que la buscaba para matarla. El ruido de los elementos en

cólera, el estruendo de los árboles y de la sábana me impedían discer-

nir nada definido en mi voluntad o en mis gestos.

Me detuve de repente y sin aliento: había llegado al arbusto donde

acababa de desaparecer la sombra. Exaltado por mi revólver, comencé

a mirar de un lado a otro y de repente me pareció que la realidad

entera se desgarraba: una mano llena de saliva [51] tomaba mi verga y

la agitaba; sentí un beso baboso y caliente en la raíz del culo; el pecho

desnudo y las piernas desnudas de una mujer se pegaban a mis piernas

con un sobresalto de orgasmo. Apenas tuve tiempo de darme vuelta

para escupir mi semen en el rostro de mi adorable Simona: con el

revólver en la mano sentí un estremecimiento que me recorría con la

misma violencia que la de la borrasca, mis dientes castañeteaban y

salía espuma de mis labios; con los brazos torcidos apreté compulsi-

vamente mi revólver y, a pesar mío, se dispararon tres balazos feroces

y ciegos en dirección al castillo.

Ebrios y aliviados, Simona y yo nos separamos uno del otro y de

inmediato nos lanzamos a través del parque como perros; la borrasca

batía con desenfreno, por lo que el ruido de las detonaciones no

despertó la atención de los habitantes que dormían en el interior del

castillo; cuando miramos instintivamente por encima nuestro la

sábana que golpeaba con el viento, hacia la ventana de Marcela,

advertimos con gran sorpresa que uno de los vidrios estaba estrellado

por una bala: y la ventana se sacudió, se abrió después y por segunda

vez apareció la sombra.

25

Aterrados, como si Marcela fuese a caer ensangrentada ante nuestros

ojos, en el umbral de la puerta, permanecimos de pie bajo la extraña

aparición, casi inmóvil, incapaces de hacernos oír debido al ruido del

viento.

—¿Qué has hecho de tu ropa?, le pregunté al cabo de un rato a Simo-

na. Me res-[52]pondió que me había buscado y al no encontrarme

había terminado, como yo, por entrar al castillo para explorarlo y que

se había desvestido antes de entrar por la ventana ‘creyendo que se

sentiría más libre’. Y al salir para seguirme, y asustada por mí, no había

encontrado su ropa porque el viento debió habérsela llevado; como

observaba a Marcela no pensó por su parte en preguntarme la causa de

mi desnudez.

La joven que estaba en la ventana desapareció. Transcurrió un ins-

tante que nos pareció inmenso: luego encendió la luz en su cuarto. Por

fin regresó para respirar al aire libre y mirar en dirección al mar. El

viento movía sus pálidos y lacios cabellos y podíamos advertir los

rasgos de su rostro; no había cambiado, pero en su cara había algo de

salvaje, de inquieto, que contrastaba con la simpleza todavía infantil de

sus facciones. Parecía tener más bien trece años que dieciséis. Recono-

cíamos bajo su camisón el cuerpo delgado y pleno, duro y sin brillo,

tan bello como la fija mirada.

Cuando por fin nos miró, la sorpresa pareció devolverle vida a su

rostro. Nos gritó, pero no escuchamos nada; le hicimos señas. Había

enrojecido hasta las orejas: Simona casi lloraba y yo le acariciaba

afectuosamente la frente mientras ella le enviaba besos que Marcela

respondía sin sonreír; Simona dejó caer su mano a lo largo del vientre

26

y se tocó el pubis. Marcela la imitó y subió al mismo tiempo su pie

sobre el borde de la ventana, descubriendo una pierna cuyas medias de

seda blanca llegaban casi hasta el rubio pelo. Cosa extraña: llevaba [53]

un liguero blanco y medias blancas mientras que la negra Simona, cuyo

culo llenaba mi mano, vestía un liguero negro y medias negras.

Las dos muchachas se masturbaban con un gesto corto y brusco, una

frente a la otra en la vociferante noche. Estaban casi inmóviles y tensas,

con una mirada que el gozo inmoderado había vuelto fija. De pronto,

como si un monstruo invisible arrancara a Marcela del barrote que su

mano izquierda asía con fuerza, cayó de espaldas por el delirio, dejan-

do el vacío frente a nosotros: sólo una ventana abierta e iluminada,

agujero rectangular que penetraba en la noche opaca, y abría ante

nuestros ojos rotos el día sobre un mundo compuesto de relámpagos y

de aurora. [54]

27

V-UN HILO DE SANGRE

Para mí, la orina se asocia profundamente al salitre y a los rayos y no

sé por qué a una bacinica antigua, de tierra porosa, abandonada un día

lluvioso de otoño sobre el techo de zinc de una lavandería de provincia.

Después de esa primera noche pasada en el sanatorio, esas representa-

ciones desesperantes se vinculan estrechamente, en lo más oscuro de

mi cerebro, con el coño y con el rostro taciturno y sombrío que a veces

ponía Marcela. No obstante, ese paisaje caótico de mi imaginación se

inundaba bruscamente de un hilo de luz y de sangre: Marcela no podía

gozar sin bañarse, no de sangre, sino de un chorro de orina clara y,

para mí, hasta luminosa, chorro primero violento y entrecortado como

el hipo, después abandonado libremente, al coincidir con un transporte

de goce sobrehumano; no es extraño que los aspectos más desérticos y

leprosos de un sueño sean apenas un ruego en ese sentido, una espera

obstinada del gozo total, como esa visión [55] del agujero luminoso de

la ventana vacía en el instante mismo en que Marcela, caída sobre el

piso, lo inundaba infinitamente.

Era necesario que ese día, en medio de la tempestad sin lluvia y de la

oscuridad hostil, Simona y yo abandonáramos el castillo y huyéramos

como animales, sin ropa, y con la imaginación perseguida por el

inmenso abatimiento que se apoderaría sin duda de nuevo de Marcela,

haciendo de la desgraciada prisionera una especie de encarnación de la

cólera y de los terrores que libraban incesantemente nuestros cuerpos

al libertinaje. Pronto encontramos nuestra bicicleta y pudimos ofrecer-

nos uno a otro el irritante espectáculo, teóricamente sucio, de un

28

cuerpo desnudo y calzado montado sobre una máquina; pedaleábamos

con rapidez sin reír y sin hablar, satisfechos recíprocamente de nues-

tras mutuas presencias, semejantes una a la otra, en el aislamiento

común del impudor, del cansancio y del absurdo.

Estábamos agotados literalmente de fatiga; a mitad de una cuesta,

Simona me detuvo diciéndome que tenía escalofríos: nuestras caras,

espaldas y piernas chorreaban de sudor y en vano movíamos las

manos, tocándonos con furor las distintas partes del cuerpo, mojadas y

ardientes; a pesar del masaje cada vez más vigoroso que le daba,

Simona tiritaba dando diente contra diente. Le quité una media para

secar su cuerpo: tenía un olor cálido que recordaba a la vez los lechos

de los enfermos y los lechos de la orgía. Poco a poco vol-[56]vió a sus

sentidos y finalmente me ofreció sus labios en señal de agradecimiento.

Me puse muy inquieto, estábamos todavía a diez kilómetros de X, y

debido al estado en que nos encontrábamos era evidente que teníamos

que llegar antes del alba. Apenas podía tenerme en pie y pensaba en la

dificultad de terminar el paseo a través de lo imposible. El tiempo

transcurrido desde que habíamos abandonado el mundo real, com-

puesto únicamente de personas vestidas, estaba tan lejos que parecía

fuera de nuestro alcance; nuestra alucinación particular crecía cada vez

más, apenas limitada por la global pesadilla de la sociedad humana,

con la tierra, la atmósfera y el cielo.

La silla de cuero de la bicicleta se pegaba al culo desnudo de Simona,

que se masturbaba fatalmente al pedalear. Además, la llanta trasera

desaparecía casi totalmente ante mis ojos, no solamente en la horquilla

sino en la hendidura del trasero desnudo de la ciclista: el movimiento

29

de rotación de la rueda polvorienta podía asimilarse a mi sed y a esa

erección que terminaría necesariamente por sepultarse en el abismo

del culo pegado a la silla; el viento se había calmado un poco y dejaba

ver una parte del cielo estrellado; me vino la idea de que la muerte era

la única salida para mi erección; muertos Simona y yo, el universo de

nuestra prisión personal, insoportable para nosotros, sería sustituido

necesariamente por el de las estrellas puras, desligadas de cualquier

relación con [57] la mirada ajena, y advertí con calma, sin la lentitud y

la torpeza humanas, lo que parecería ser el término de mis desenfrenos

sexuales: una incandescencia geométrica (entre otras cosas, el punto de

coincidencia de la vida y de la muerte, del ser y de la nada) y perfecta-

mente fulgurante.

Estas representaciones estaban por supuesto vinculadas a la contra-

dicción de un estado de agotamiento prolongado y a una absurda

erección del miembro viril; era muy difícil que Simona pudiera ver mi

erección, debido por una parte a la oscuridad y por otra a la elevación

rápida de mi pierna izquierda que continuamente la escondía cada vez

que pedaleaba. Me parecía sin embargo que sus ojos, brillando en la

oscuridad, se dirigían continuamente, a pesar de la fatiga, hacia el

punto de ruptura de mi cuerpo; me di cuenta que se masturbaba cada

vez con mayor violencia sobre la silla, que apretaba estrechamente

entre sus nalgas. Como yo, tampoco ella había dominado la borrasca

que representaba el impudor de su culo y dejaba escapar de repente

roncos gemidos; el gozo la arrancó literalmente y su cuerpo desnudo

fue proyectado sobre un talud, con un ruido terrible de acero que se

arrastró sobre los guijarros, aunado a un grito agudo.

30

La encontré inerte, con la cabeza caída y un delgado hilo de sangre

corriendo por la comisura del labio; mi angustia no tuvo límites;

levanté bruscamente uno de sus brazos que volvió a caer inerte. Me

precipité sobre su cuerpo inanimado, temblando de te-[58]rror y

mientras la tenía abrazada, sentí a pesar mío que me recorría un

espasmo de luz y de sangre y una mueca vil del labio inferior que

babeaba me apartaba los dientes como si fuese un idiota senil.

Simona regresaba lentamente a la vida: cuando uno de los movi-

mientos involuntarios de su brazo me alcanzó, salí bruscamente del

marasmo que me había abatido después de haber ultrajado lo que creí

ser un cadáver; ninguna herida, ningún moretón marcaba el cuerpo

que el liguero y una sola media continuaba vistiendo. La tomé en mis

brazos, y sin tener en cuenta la fatiga, la conduje por la carretera,

caminando tan rápido como me fue posible porque el día empezaba a

nacer; sólo un esfuerzo sobrehumano me permitió llegar a la quinta y

acostar sin problemas a mi maravillosa amiga, viva, sobre su propio

lecho.

El sudor ‘orinaba’ mi rostro y todo mi cuerpo, mis ojos estaban enro-

jecidos e hinchados, las orejas me zumbaban, los dientes me castañe-

teaban, mis sienes y mi corazón latían con desmesura; pero había

salvado a la persona que más amaba en el mundo y pensaba que

volveríamos a ver pronto a Marcela; me acosté como estaba, al lado del

cuerpo de Simona, cubierto de polvo y sudor coagulado, para entre-

garme en breve a pesadillas imprecisas. [59]

31

VI-SIMONA

Uno de los periodos más apacibles de mí vida tuvo lugar después del

ligero accidente de Simona; estuvo un tiempo enferma. Cada vez que su

madre aparecía, yo entraba al baño. Aprovechaba para orinar y hasta

para bañarme; la primera vez que esa mujer quiso entrar en el baño fue

detenida de inmediato por su hija. —‘No entres allí, le dijo, hay un

hombre desnudo.’

Simona no tardaba en correr a su madre y yo retomaba mi lugar en

una silla al lado del lecho de la enferma. Fumaba, leía los periódicos y

si encontraba entre las noticias historias de crímenes o historias

sangrientas, se las leía en voz alta. De vez en cuando tomaba en mis

brazos a Simona, que hervía de fiebre, para que orinara en el baño y

luego la lavaba con precaución en el bidé. Estaba muy débil y yo apenas

la tocaba. Pronto empezó a divertirse obligándome a tirar huevos en el

depósito del excusado, huevos duros que se [60] hundían y cascarones

casi vacíos, para observar diferentes grados de inmersión. Permanecía

durante largo tiempo sentada mirando los huevos; luego hacía que la

sentara en el asiento para poderlos ver bajo su culo, entre las piernas

abiertas, y por fin me hacía correr el agua.

Otro juego consistía en quebrar un huevo fresco en el borde del bidé

y vaciarlo bajo ella: a veces orinaba encima, otras me obligaba a

meterme desnudo y a tragarme el huevo crudo en el fondo del bidé; me

prometió que cuando estuviese sana haría lo mismo delante de mí y

también delante de Marcela.

32

Al mismo tiempo nos imaginábamos acostando un día a Marcela,

con la falda levantada, pero calzada y cubierta con su ropa, en una

bañera llena hasta la mitad de huevos frescos sobre los que orinaría

después de reventarlos. Simona imaginaba también que yo sostendría a

Marcela, esta vez sólo con el liguero y las medias, el culo en alto, las

piernas replegadas y la cabeza hacia abajo; Simona se vestiría con una

bata de baño empapada en agua caliente y por tanto pegada al cuerpo,

pero con los pechos al aire y montada sobre una silla blanca esmaltada

con asiento de corcho; yo podría excitarle los senos tocándole los

pezones con el cañón caliente de un largo revólver de ordenanza

cargado, recién disparado (lo que nos habría excitado y además le

hubiera dado al cañón el acre olor de la pólvora).

Entretanto haría caer desde lo alto, para hacerlo chorrear, un bote de

crema fresca, [61] de blancura resplandeciente, sobre el ano gris de

Marcela; y también ella se orinaría sobre su bata, y si se entreabría la

bata sobre la espalda o la cabeza de Marcela, yo también podría

orinarla del otro lado (habiendo ya, seguramente, orinado sus senos);

Marcela podría además, si ella quería, inundarme enteramente, puesto

que, sostenida por mí, tendría mi cuello abrazado entre sus muslos.

Podría también meter mi pinga en su boca, etc.

Después de esas ensoñaciones, Simona me rogaba que la acostase

sobre unas colchas dispuestas cerca del retrete, e inclinando la cabeza,

al tiempo que apoyaba sus brazos sobre el borde de la taza, podía mirar

fijamente los huevos con los ojos muy abiertos. Yo también me instala-

ba a su lado para que nuestras mejillas y nuestras sienes pudieran

tocarse. Acabábamos calmándonos después de contemplarlos largo

33

tiempo. El ruido de absorción que se producía al tirarse la cadena

divertía a Simona y le permitía escapar de su obsesión, de tal modo

que, a fin de cuentas, acabábamos poniéndonos de buen humor.

Un día, justo a la hora que el sol oblicuo de las seis de la tarde acla-

raba directamente el interior del baño, un huevo medio vacío fue

sorbido de repente por el agua y tras llenarse, haciendo un ruido

extraño, fue a naufragar frente a nuestros ojos; este incidente tuvo para

Simona un significado tan extraordinario que, tendiéndose, gozó

durante mucho tiempo mientras bebía, por decirlo así, mi ojo izquier-

do entre sus labios; después, sin dejar de [62] chupar este ojo tan

obstinadamente como si fuera un seno, se sentó, atrayendo mi cabeza

hacia ella, con fuerza sobre el asiento, y orinó ruidosamente sobre los

huevos que flotaban con satisfacción y vigor totales.

A partir de entonces pudimos considerarla curada, y manifestó su

alegría hablándome largo y tendido acerca de diversos temas íntimos,

aunque por lo general nunca hablaba ni de ella ni de mí. Me confesó

sonriendo, que durante el instante anterior había tenido grandes ganas

de satisfacerse plenamente; se había retenido para lograr un mayor

placer: en efecto, el deseo ponía tenso su vientre e hinchaba su culo

como un fruto maduro; además, mientras mi mano debajo de las

sábanas agarraba su culo con fuerza, ella me hizo notar que seguía en

el mismo estado y experimentaba una sensación muy agradable; y

cuando le pregunté qué pensaba cuando oía la palabra orinar me

respondió: burilar los ojos con una navaja, algo rojo, el sol. ¿Y el huevo?

Un ojo de buey, debido al color de la cabeza (la cabeza del buey), y

además porque la clara del huevo es el blanco del ojo y la yema de

34

huevo la pupila. La forma del ojo era, según ella, también la del huevo.

Me pidió que cuando pudiésemos salir, le prometiese romper huevos

en el aire y a pleno sol, a tiros. Le respondí que era imposible, y discu-

tió mucho tiempo conmigo para tratar de convencerme con razones.

Jugaba alegremente con las palabras, por lo que a veces decía que-

[63]brar un ojo o reventar un huevo manejando razonamientos insos-

tenibles.

Agregó todavía que, en este sentido, para ella el olor del culo era el

olor de la pólvora, un chorro de orina un ‘balazo visto como una luz’;

cada una de sus nalgas, un huevo duro pelado. Convinimos que nos

haríamos traer huevos tibios, sin cáscara y calientes, para el excusado;

me prometió que después de sentarse sobre la taza tendría un orgasmo

completo sobre los huevos. Con su culo siempre entre mis manos y en

el estado de ánimo que ella confesaba, crecía en mi interior una

tormenta; después de la promesa empecé a reflexionar con mayor

profundidad.

Es justo agregar que el cuarto de una enferma que no abandona el

lecho durante todo el día, es un lugar adecuado para retroceder paula-

tinamente hasta la obscenidad pueril: chupaba dulcemente el seno de

Simona esperando los huevos tibios y ella me acariciaba los cabellos.

Fue la madre la que nos trajo los huevos, pero yo ni siquiera volteé,

creyendo que era una criada y continué mamando el seno con felici-

dad; además ya no tenía el menor recato y no quería interrumpir mi

placer; por eso, y cuando por fin la reconocí por la voz, tuve la idea de

bajarme el pantalón como si fuese a satisfacer una necesidad, sin

ostentación, pero con el deseo de que se fuera y también con el gozo de

35

no tener en cuenta ningún límite. Cuando decidió irse para reflexionar

en vano sobre el horror que sentía, empezaba a [64] oscurecer: encen-

dimos la luz del baño. Simona estaba sentada sobre la taza y ambos

comíamos un huevo caliente con sal: sobraban tres, con ellos acaricié

dulcemente el cuerpo de mi amada, haciéndolos resbalar entre sus

nalgas y entre sus muslos; luego los dejé caer lentamente en el agua,

uno tras otro; después, Simona, que había observado largo rato cómo

se sumergían, blancos y calientes, pelados, es decir desnudos, ahogados

así bajo su bello culo, continuó la inmersión haciendo un ruido seme-

jante al de los huevos tibios cuando caían.

Debo advertir que nada semejante volvió a ocurrir después entre

nosotros, con una sola excepción: jamás volvimos a hablar de huevos,

pero si por azar veíamos uno o varios huevos, no podíamos mirarnos

sin sonrojarnos, con una interrogación muda y turbia en los ojos.

Al finalizar este relato se verá que esta interrogación hubiera podido

quedarse indefinidamente sin respuesta y, sobre todo, que esa respues-

ta inesperada era necesaria para medir la inmensidad del vacío que se

había abierto para nosotros, sin saberlo, durante esas curiosas diver-

siones con los huevos. [65]

36

VII-MARCELA

Por una especie de pudor evitábamos siempre hablar de los objetos

más simbólicos de nuestra obsesión. Así, la palabra huevo fue tachada

de nuestro vocabulario y nunca hablamos del interés que teníamos el

uno por el otro y aún menos de lo que representaba Marcela para

nosotros. Pasamos todo el tiempo de la enfermedad de Simona en una

recámara, esperando el día en que pudiésemos regresar con Marcela,

con la misma impaciencia que en la escuela esperábamos la salida de

clases y, sin embargo, nos contentábamos con hablar vagamente del

día en que pudiéramos regresar al castillo. Preparamos un cordel, una

soga con nudos y una sierra de metal que Simona examinó con el

mayor interés, mirando con atención cada uno de los nudos de la soga.

Encontré las bicicletas que había escondido bajo la maleza el día de la

caída y engrasé con todo cuidado las piezas, los cojinetes, las ruedeci-

llas dentadas, además coloqué un calzapiés sobre mi [66] bicicleta para

poder llevar a una de las muchachas detrás de mí. Nada sería más fácil,

al menos provisionalmente, que Marcela viviera como yo, secretamen-

te, en la recámara de Simona. Nos veríamos obligados a acostarnos los

tres en la misma cama (también usaríamos necesariamente la misma

tina, etc.).

Pasaron en total seis semanas antes de que Simona pudiera seguirme

en bicicleta hasta el sanatorio. Como la vez anterior, salimos durante la

noche: yo seguía sin dejarme ver durante el día y teníamos razones

suficientes para no desear atraer la atención. Tenía prisa por llegar al

lugar que, confusamente, consideraba como ‘castillo encantado’,

37

gracias a la asociación de las palabras casa de salud y castillo, el

recuerdo de la sábana fantasma y la impresión que producía una

mansión tan grande y silenciosa durante la noche, poblada de locos.

Cosa extraña: me parecía sobre todo que iba a mí casa, pues en ningu-

na otra parte me sentía cómodo. Esa fue la impresión que tuve cuando

salté la tapia del parque y el gran edificio apareció delante nuestro,

entre árboles muy grandes; sólo la ventana de Marcela estaba aún

encendida y abierta de par en par; con los guijarros de una avenida

golpeamos su ventana y la muchacha nos reconoció de inmediato

obedeciendo a la señal que le hicimos colocando un dedo sobre la boca;

le enseñamos también la soga con los nudos para que comprendiese lo

que pensábamos hacer. Le lancé el cordel lastra-[67]do con una piedra,

y ella me lo devolvió después de haberlo amarrado detrás de un

barrote. No hubo ninguna dificultad, pudimos izar la soga, Marcela la

ató a un barrote y logré trepar hasta la ventana.

Cuando la quise abrazar, Marcela retrocedió. Se contentó con mi-

rarme con atención infinita mientras yo limaba uno de los barrotes; le

dije en voz muy baja que se vistiera para seguirnos, porque no tenía

más vestido que una bata de baño. Me dio la espalda y se puso medias

de seda color carne sobre las piernas, las sujetó a un liguero con

listones carmesí, que realzaban su culo de una pureza de forma y de

una finura de piel excepcionales. Seguí limando, ya cubierto de sudor

por el esfuerzo y por lo que veía. Marcela, siempre de espaldas, cubrió

con una blusa sus lisas y alargadas espaldas, cuya línea recta terminaba

admirablemente en el culo cuando subía un pie sobre la silla. No se

puso calzones, sólo una falda de lana gris plisada y un suéter a cuadri-

tos negros, blancos y rojos. Así vestida, y calzada con zapatos de tacón

38

bajo, regresó a la ventana y se sentó muy cerca de mí, tanto que podía

acariciarme la cabeza, sus hermosos cabellos cortos, totalmente lacios

y tan rubios que parecían más bien pálidos; me veía con afecto y

parecía conmovida por la muda alegría con que yo la miraba.

—Podremos casarnos, ¿no es cierto?, me dijo por fin, amansándose

poco a poco; aquí se está muy mal, se sufre... [68]

Jamás se me hubiera entonces siquiera ocurrido que no dedicaría el

resto de mi vida a esa aparición tan irreal. Se dejó besar durante largo

tiempo en la frente y en los ojos, y una de sus manos resbaló por

casualidad sobre mi pierna y, mirándome con los ojos muy abiertos,

me acarició antes de retirarla, por encima del traje, con un gesto

ausente.

Después de mucho trabajar, logré limar el inmundo barrote; al ter-

minar, lo aparté con todas mis fuerzas, dejando un espacio suficiente

para que ella pudiera pasar. Pasó, en efecto, y la hice descender ayu-

dándola por abajo, lo que me obligaba a verle la parte superior del

muslo y hasta tocarla para sostenerla. Cuando llegó al suelo, se acurru-

có entre mis brazos y me besó en la boca con todas sus fuerzas, mien-

tras Simona, sentada a nuestros pies, con los ojos húmedos de lágri-

mas, le estrechó las piernas con las dos manos, le besó las corvas y los

muslos, limitándose primero a frotar su mejilla contra ella; pero sin

poder contener un gran sobresalto de gozo terminó abriéndole el

cuerpo y colocando sus labios en ese culo que devoró ávidamene.

Advertimos, sin embargo, que Marcela no comprendía absolutamen-

te nada de lo que le pasaba y que era incapaz de diferenciar una

39

situación de otra; sonreía imaginando la sorpresa del director del

‘castillo encantado’ cuando la viera pasearse en el jardín con su mari-

do. Apenas se daba cuenta de la existencia de Simona, a la [69] que a

veces tomaba riendo por un lobo, a causa de sus cabellos negros, de su

mutismo y también porque de repente encontró la cabeza de mi amiga

colocada dócilmente contra su muslo, como la de un perro que acabara

de reclinar el hocico sobre la pierna de su amo. Cuando le hablaba del

‘castillo encantado’, comprendía bien, sin pedirme explicaciones, que

se trataba de la casa donde por maldad la habrían encerrado y, cada

vez que pensaba en ella, el terror la apartaba de mí como si hubiera

visto pasar algo entre los árboles. Yo la miraba con inquietud y como

ya entonces tenía el rostro duro y sombrío, le causé miedo; casi de

inmediato me pidió que la protegiese cuando regresase el Cardenal.

Estábamos tendidos a la luz de la luna, a las orillas de un bosque,

deseando descansar un poco a mitad del viaje de regreso y, sobre todo,

besar y mirar a Marcela.

—¿Quién es el Cardenal?, le preguntó Simona.

—El que me encerró en el armario, dijo Marcela.

—¿Pero por qué es un Cardenal?, grité.

De inmediato respondió: porque es el cura de la guillotina.

Recordé entonces el miedo terrible que le causé a Marcela cuando

salió del armario y, en particular, dos cosas atroces: llevaba sobre la

cabeza un gorro frigio, accesorio de refajo de un rojo enceguecedor;

además, debido a las cortadas que me hizo una joven a la que había

40

violado, mi ros-[70]tro, mis ropas y mis manos estaban totalmente

manchadas de sangre.

El Cardenal, cura de la guillotina, se confundía en el terror de Marce-

la, con el verdugo manchado de sangre y tocado con el bonete frigio:

una extraña coincidencia de piedad y repugnancia por los sacerdotes

explicaba esta confusión que para mí permanece vinculada a mi dureza

real y al horror que siempre me inspira la necesidad de mis acciones.

[71]

41

VIII-LOS OJOS ABIERTOS DE LA MUERTA

Me quedé de pronto desamparado ante ese descubrimiento inespe-

rado. Simona también. Marcela se adormecía a medias entre mis

brazos; no sabíamos qué hacer. Tenía el vestido levantado y podíamos

ver su pelambre gris entre los listones rojos, al final de sus largos

muslos, a manera de extraordinaria alucinación en un mundo tan frágil

que parecía que de un soplo podía convertirnos en luz. No nos atre-

víamos a movernos y sólo deseábamos que esa inmovilidad irreal

durase el mayor tiempo posible y que Marcela se durmiese completa-

mente.

Me sentí recorrido por un deslumbramiento que me agotaba y no sé

cómo hubiese terminado todo si, de pronto, Simona no se hubiese

movido suavemente; su mirada turbia se detenía alternativamente

sobre mis ojos o sobre la desnudez de Marcela: abrió los muslos

diciendo en voz exhausta que no podía contenerse más.

Inundó su ropa con una grande convul-[72]sión que acabó de desnu-

darla e hizo brotar un chorro de semen entre mi pantalón.

Me extendí sobre la hierba, con el cráneo apoyado en una gran pie-

dra plana y los ojos abiertos a la Vía Láctea, extraño boquete de

esperma astral y de orina celeste, que atravesaba la bóveda craneana

formada por el círculo de las constelaciones; esta rajadura abierta en la