La Historia del ojo por George Bataille - muestra HTML

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cima del cielo y compuesta aparentemente de vapores de amoníaco,

brillantes a causa de la inmensidad, en el espacio vacío, se desgarraba

absurdamente como un canto de gallo en medio del silencio total; era

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un huevo, un ojo reventado o mi propio cráneo deslumbrado y pesa-

damente pegado a la piedra proyectando hacia el infinito imágenes

simétricas. El repugnante grito del gallo coincidía en particular con mi

propia vida: es decir, ahora con el Cardenal, debido a la rajadura, al

color rojo, a los gritos inarmónicos que habían sido provocados en el

armario y también porque a los gallos se les degüella.

A muchos el universo les parece honrado; las gentes honestas tienen

los ojos castrados. Por eso temen la obscenidad. No sienten ninguna

angustia cuando oyen el grito del gallo ni cuando se pasean bajo un

cielo estrellado. Cuando se entregan ‘a los placeres de la carne’, lo

hacen a condición de que sean insípidos.

Pero ya desde entonces no me cabía la menor duda: no amaba lo que

se llama ‘los placeres de la carne’ porque en general son siempre sosos;

sólo amaba aquello que se califica de ‘sucio’. No me satisfacía [73]

tampoco el libertinaje habitual, porque ensucia sólo el desenfreno y

deja intacto, de una manera u otra, algo muy elevado y perfectamente

puro. El libertinaje que yo conozco mancha no sólo mi cuerpo y mi

pensamiento, sino todo lo que es posible concebir, es decir, el gran

universo estrellado que juega apenas el papel de decorado.

Asocio la luna a la sangre de la vagina de las madres, de las herma-

nas, a las menstruaciones de repugnante olor...

Amé a Marcela sin llorar por ella. Si murió, murió por mi culpa. A

pesar de que he tenido pesadillas y a pesar de que he llegado a ence-

rrarme durante horas en una cueva, precisamente porque pienso en

Marcela, estaría siempre dispuesto a recomenzar, por ejemplo, a

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sumergirla boca abajo en la taza de un excusado, mojándole los

cabellos. Pero ha muerto y me veo reducido a ciertos hechos catastrófi-

cos que me acercan a ella en el momento en que menos lo espero. Si no

fuera por eso, me sería imposible percibir la más mínima relación

entre la muerta y yo, lo que me produce durante la mayor parte de mis

días un aburrimiento inevitable.

Me limitaré a consignar aquí que Marcela se colgó después de un

accidente fatal. Reconoció el gran armario normando y le castañetea-

ron los dientes: de inmediato comprendió al mirarme que el hombre a

quien llamaba el Cardenal era yo, y como se puso a dar alaridos, no

hubo otra manera de acallarlos que salir del cuarto. [74]

Cuando Simona y yo regresamos, se había ahorcado en el armario...

Corté la cuerda, pero ella estaba muerta. La instalamos sobre la al-

fombra, Simona vio que tenía una erección y empezó a masturbarme.

Me extendí también sobre la alfombra, pero era imposible no hacerlo.

Simona era aún virgen y le hice el amor por vez primera, cerca del

cadáver. Nos hizo mucho mal, pero estábamos contentos, justo porque

nos hacía daño. Simona se levantó y miró el cadáver. Marcela se había

vuelto totalmente una extraña, y en ese momento Simona también. Ya

no amaba a ninguna de las dos, ni a Simona ni a Marcela, y si me

hubieran dicho que era yo el que acababa de morir, no me hubiera

extrañado, tan lejanos me parecían esos acontecimientos. Miré a

Simona y recuerdo que lo único que me causó placer fue que empezara

a hacer porquerías; el cadáver la irritaba terriblemente, como si le fuese

insoportable constatar que ese ser parecido a ella ya no la sintiese; la

irritaban sobre todo los ojos. Era extraordinario que no se cerrasen

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cuando Simona inundaba su rostro. Los tres estábamos perfectamente

tranquilos y eso era lo más desesperante. Todo lo que significa aburri-

miento se liga para mí a esa ocasión, y sobre todo a ese obstáculo tan

ridículo que es la muerte. Y sin embargo, eso no impide que piense en

ella sin rebelarme y hasta con un sentimiento de complicidad. En el

fondo, la ausencia de exaltación lo volvía todo mucho más absurdo y

así, Marcela, muerta, estaba más cerca de mí que viva, en la medida en

[75] que, imagino, lo absurdo tiene todos los derechos.

Que Simona se haya atrevido a orinar sobre el cadáver por aburri-

miento o, en rigor, por irritación, prueba hasta qué punto nos era

imposible comprender lo que pasaba, aunque en realidad tampoco

ahora es más comprensible que entonces. Simona era incapaz de

concebir la muerte cotidiana, que se mira por costumbre; estaba

angustiada y furiosa, pero no le tenía ningún respeto. Marcela nos

pertenecía de tal modo en nuestro aislamiento que no podíamos ver en

ella una muerta como las demás. Nada de aquello podía reducirse al

rasero común, y los impulsos contradictorios que nos gobernaban

aquel día se neutralizaron cegándonos y, por decirlo de algún modo,

nos colocaron muy lejos de lo tangible, en un mundo donde los gestos

no tienen ya ningún peso, como voces en un espacio que careciese

totalmente de sonido. [76]

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IX-ANIMALES OBSCENOS

Para evitar las molestias de una investigación policíaca, nos fuimos

de inmediato a España, en donde Simona podía contar con el auxilio de

un riquísimo inglés que ya le había propuesto mantenerla y que, sin

lugar a dudas, era la persona más capaz de interesarse en nuestro caso.

Abandonamos la quinta a mitad de la noche. No fue difícil robar una

barca, llegar a un punto alejado de la costa española, quemarla allí

totalmente, mediante dos latas de gasolina que habíamos tenido la

precaución de tomar de la cochera de la quinta. Durante el día Simona

me dejó escondido en un bosque para encontrarse con el inglés en San

Sebastián. Regresó al caer la noche, conduciendo un magnífico coche

donde había valijas llenas de ropa y de vestidos lujosos.

Simona me dijo que Sir Edmond nos encontraría en Madrid; todo el

día le había hecho las más minuciosas preguntas [77] sobre la muerte

de Marcela, obligándola incluso a que dibujase planos y un croquis.

Acabó enviando a un criado a que comprase un maniquí de cera con

peluca rubia y le había pedido a Simona que orinara sobre la figura del

maniquí tirado en el suelo, sobre los ojos abiertos, en la misma posi-

ción en que ella había meado sobre los ojos del cadáver: Durante todo

ese tiempo Sir Edmond no había tocado siquiera a la muchacha.

Después del suicidio de Marcela, Simona había cambiado mucho;

miraba al vacío y se hubiera creído que pertenecía a otro mundo

distinto del terrestre, donde todo le aburría; sólo tenía apego a la vida

durante los orgasmos, mucho menos frecuentes, pero incomparable-

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mente más violentos que antes. Eran tan distintos de los goces corrien-

tes como podía ser la risa de los salvajes frente a la de los occidentales.

Los salvajes ríen tan moderadamente como los blancos, pero suelen

tener accesos de risa durante los cuales todo su cuerpo se libera con

violencia, haciéndolos dar vueltas, agitar en el aire los brazos, sacudir

el vientre, el cuello y el pecho, cacareando con un ruido terrible.

Simona empezaba por abrir los ojos, con inseguridad, ante alguna

escena obscena y triste...

Un día, Sir Edmond hizo arrojar y encerrar en un chiquero muy

angosto y sin ventanas, a una pequeña y deliciosa puta de Madrid, que

cayó en camisón corto en una charca de estiércol líquido bajo las

cochinas que gruñían. Una vez cerrada la puerta, Simona hizo que yo la

penetrara [78] largo rato, con el culo en el lodo, frente a la puerta,

cuando lloviznaba, mientras Sir Edmond se masturbaba.

Se me escapó hipando, se cogió el culo con ambos manos, golpeando

con la cabeza contra el suelo, boca arriba; estuvo así unos segundos sin

respirar, y con las manos se abría con fuerza el sexo, encajándose las

uñas; se desgarró de golpe y se desencadenó por tierra como un ave

degollada, hiriéndose con un ruido terrible contra los herrajes de la

puerta. Sir Edmond le ofreció su muñeca para que se la mordiera y

poder calmar el espasmo que seguía sacudiéndola; tenía el rostro

manchado de saliva y de sangre; después de esos accesos venía a

colocarse entre mis brazos; ponía su culo en mis grandes manos

abiertas y permanecía largo rato sin moverse, sin hablar, acurrucada

como una niña, pero siempre hosca.

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Frente a esos entremeses obscenos que Sir Edmond se ingeniaba en

procurarnos, Simona prefería las corridas de toros. Tres momentos le

cautivaban en las corridas: primero, cuando el animal sale del toril

como bólido, semejante a una enorme rata; segundo, cuando sus

cuernos se hunden hasta el cráneo en el lomo de una yegua; tercero,

cuando la absurda yegua desventrada galopa a través del ruedo co-

ceando a contratiempo, para desparramar entre las patas un paquete

de entrañas de inmundos colores pálidos blanco, rosa y gris nacarado.

Muy especialmente se conmovía cuando la vejiga reventada soltaba de

gol-[79] pe, sobre la arena, un charco de orina de yegua.

Durante toda la corrida permanecía angustiada, y su terror revelaba

en el fondo un irrefrenable deseo de ver al torero proyectado en el aire

por una de las monstruosas cornadas que el toro lanza a toda carrera,

ciegamente, al vacío de la capa de color. Hay que decir, además, que sin

detenerse, incansable, el toro pasa una y otra vez a través de la capa a

un palmo de la línea erecta del cuerpo, provocando la sensación de

lanzamiento total y repetido, característica del coito. La extrema

proximidad de la muerte se siente del mismo modo en ambos casos.

Esos pases prodigiosos son raros y desencadenan un verdadero delirio

en los ruedos; es bien sabido que en esos patéticos momentos de la

corrida, las mujeres se masturban con el simple frotamiento de los

muslos.

Hablando de corridas, Sir Edmond le contó un día a Simona que

hasta hacía muy poco era costumbre de los españoles viriles —por lo

general toreros aficionados si se presentaba la ocasión— pedirle al

conserje de la plaza los testículos asados del primer toro. Se los hacían

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llevar a su asiento, en la primera fila, y los comían mientras contem-

plaban morir a los siguientes toros. Simona se interesó enormemente

en el relato y, como al domingo siguiente íbamos a asistir a la primera

gran corrida de la temporada, pidió a Sir Edmond los testículos del

primer toro, exigiéndole que estuvieran crudos. [80]

—Pero, veamos, objetó Sir Edmond, ¿para qué los quiere crudos? ¿Se

los va a comer así?

—Los quiero tener delante de mí en un plato, contestó con determi-

nación Simona. [81]

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X-EL OJO DE GRANERO

El 7 de mayo de 1922, toreaban en la plaza de Madrid, La Rosa, La-

landa y Granero; en España, los dos últimos eran considerados como

los mejores matadores, y Granero como superior a Lalanda. Acababa

de cumplir veinte años y era ya muy popular: bello, grande y de una

simpleza todavía infantil. Simona se había interesado vivamente por él,

y excepcionalmente manifestó un verdadero placer cuando Sir Edmond

anunció que el célebre matador había aceptado cenar con nosotros

después de la corrida.

Granero se diferenciaba de los otros matadores en que no tenía as-

pecto de carnicero, sino de príncipe encantador, muy viril y de perfecta

esbeltez. En este sentido, el traje del torero destaca la línea recta,

erguida y tiesa como un chorro cada vez que el toro arremete junto al

cuerpo y porque, además, modela exactamente el culo. El trozo de

género encendido, la espada cen-[82]telleante el toro que agoniza, cuyo

pelaje humea a causa del sudor y de la sangre, producen la metamorfo-

sis al liberar el aspecto más fascinante del juego. Hay que añadir el

tórrido cielo, particular de España, que no es en absoluto coloreado y

duro como se imagina: apenas perfectamente solar, con una luminosi-

dad brillante, blanda, caliente y turbia, a veces irreal, a fuerza de

sugerir la libertad de los sentidos debido a la intensidad de la luz

aunada al calor. Esa irrealidad extrema del brillo solar se liga indisolu-

tamente a lo ocurrido el siete de mayo. Los únicos objetos que he

conservado en mi vida son un abanico de papel redondo, medio

amarillo y medio azul, que Simona llevaba ese día, y un pequeño folleto

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ilustrado que relata los acontecimientos con algunas fotografías. En un

embarque que hice años después, la pequeña valija que contenía esos

recuerdos cayó al mar, de donde la sacó un árabe con una pértiga, por

lo que están en mal estado, pero los necesito para poder vincular a un

lugar geográfico, a una fecha precisa, aquello que en mi imaginación es

sólo una simple alucinación causada por la delicuescencia solar.

El primer toro, cuyos testículos crudos esperaba Simona, era una

especie de monstruo negro cuya salida del toril fue tan fulminante que

a pesar de los esfuerzos y de los gritos destripó tres caballos antes de

que nadie pudiese poner orden en la lidia. Una de las veces, caballo y

caballero fueron levantados al aire y cayeron detrás [83] de los cuernos

con estrépito. Cuando Granero se acercó al toro, empezó el combate

con brío, entre un delirio de aclamaciones. El joven envolvía a la bestia

furiosa con su capa; cada vez que el toro se lanzaba contra su cuerpo,

se elevaba en una especie de espiral para evitar de cerca un horrible

choque. Por fin, mató al monstruo solar con limpieza: la bestia ence-

guecida por el rojo género, con la espada hundida profundamente en el

cuerpo ya ensangrentado; una ovación delirante se produjo cuando el

toro, con torpeza de borracho, se arrodilló, cayendo con las patas al

aire al tiempo que expiraba.

Simona, que había estado sentada junto a Sir Edmond y yo, contem-

pló la matanza con una exaltación por lo menos igual a la mía y no

quiso volverse a sentar cuando terminó la delirante ovación. Me tomó

de la mano sin decir palabra y me llevó a un patio exterior, al ruedo

que apestaba a orines de caballo y de hombre, debido al terrible calor.

Tomé a Simona por el culo, ella agarrando mi verga erecta debajo del

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pantalón. Entramos a los cagaderos hediondos, donde moscas sórdidas

revoloteaban en torno a un rayo de sol; allí, de pie, desnudando el culo

de la joven, metí primero mis dedos y luego el miembro viril en su

carne babosa y color de sangre; entré en esa caverna sanguinolenta

mientras le manoseaba el culo, penetrándoselo con mi huesoso dedo

medio. La furia de nuestras bocas se unió en una tempestad de saliva.

El orgasmo del toro no es superior al [84] que, quebrándonos los

riñones, nos desgarró: mi grueso miembro no retrocedió ni un palmo

fuera de esa vulva, llena hasta el fondo, saturada de semen,

La fuerza de los latidos del corazón no se calmó en nuestros pechos,

deseosos de desnudarnos y tocarnos con las manos mojadas y enfebre-

cidas; Simona, con el culo tan ávido como antes y yo, con la verga

obstinadamente erecta, regresamos juntos a la primera fila. Cuando

llegamos a nuestro lugar, cerca de Sir Edmond, a pleno sol y en el sitio

de mi amiga, encontramos un plato blanco con los testículos pelados;

aquellas glándulas de grosor y forma de un huevo y de blancura

nacarada, sonrosada apenas, eran idénticos al globo ocular: acababan

de quitárselos al primer toro, de pelaje negro y en cuyo cuerpo Granero

había hundido la espada.

—Son los testículos crudos, comentó Sir Edmond con ligero acento

inglés.

Simona se había arrodillado frente al plato y lo miraba con interés

pero con una turbación sin precedentes. Parecía saber lo que quería

pero no cómo hacerlo y eso la exasperaba; tomé el plato para que se

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sentase, pero ella me lo quitó bruscamente diciendo ‘no’ con un tono

categórico para volverlo a colocar en la grada.

Sir Edmond y yo empezamos a preocuparnos porque llamábamos la

atención de nuestros vecinos, justo en el momento en que la corrida

languidecía. Le pregunté al oído lo que le pasaba.

—¡Idiota!, me respondió, ¿no te das cuen-[85]ta que quiero sentarme

en el plato y que todos me miran?

—Pero es imposible, le repliqué ¡Siéntate!

Retiré el plato y la obligué a sentarse al tiempo que la miraba para

que comprendiese que yo recordaba el plato de leche y que su deseo

renovado me turbaba. A partir de ese momento no pudimos estarnos

quietos y nuestro malestar llegó a tal punto que contagiamos a Sir

Edmond. La corrida se ponía aburrida; toros flojos eran lidiados por

matadores que no sabían su oficio y, sobre todo, Simona había pedido

asientos de sol: estábamos envueltos en una neblina de luz y de calor

pegajoso que nos resecaba la garganta y nos oprimía.

Simona no podía alzarse el vestido y sentar su trasero desnudo en el

plato de los testículos crudos. Debía limitarse a conservar el plato

sobre las rodillas. Le dije que quería hacerle el amor antes que regresa-

se Granero, hasta el cuarto toro, pero se negó y permaneció vivamente

interesada: los destripamientos de los caballos, seguidos como ella

decía de ‘pérdida y estrépito’, es decir, de una catarata de tripas, la

embriagaban.

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Los rayos del sol nos sumían poco a poco en una irrealidad acorde

con nuestra desazón, es decir, a nuestro impotente deseo de estallar y

desnudarnos. Gesticulábamos por el sol, la sed y la exasperación de los

sentidos, incapaces de tranquilizarnos. Habíamos alcanzado los tres

esa delicuescencia morosa en la que ya no existe ninguna [86] concor-

dancia entre las diversas contracciones del cuerpo.

Ni la aparición de Granero logró sacarnos de este marasmo embrute-

cedor. El toro era desconfiado y parecía poco valiente: la corrida

continuaba sin ningún interés.

Lo que sucedió después se produjo sin transición y casi sin hilazón

aparente, no porque las cosas no estuviesen ligadas sino porque mi

atención ausente permaneció totalmente disociada. En pocos momen-

tos vi primero a Simona mordiendo, para mi espanto, uno de los

testículos crudos, luego, a Granero avanzar hasta el toro con un paño

escarlata, y, más o menos al mismo tiempo, a Simona, acalorada con

un impudor sofocante, descubrir sus largos muslos blancos hasta su

vulva húmeda en la que hizo entrar, lenta y seguramente el otro globo

pálido; a Granero, derribado, acosado contra la barrera, en la que los

cuernos lo tocaron tres veces a voleo: una cornada atravesó el ojo

derecho y toda la cabeza. El grito de terror inmenso coincidió con el

orgasmo breve de Simona que, levantándose del asiento fue lanzada

contra la baldosa, boca arriba, sangrando por la nariz y bajo un sol que

la enceguecía. Varios hombres se precipitaron para transportar el

cadáver de Granero, cuyo ojo derecho colgaba fuera de su órbita. [87]

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XI-BAJO EL SOL DE SEVILLA

Bruscamente animados por un movimiento a la vez simultáneo y

contrario se habían unido dos globos de consistencia y grosor semejan-

tes: uno, el testículo blanco del toro, había entrado en el culo ‘rosa y

negro’ de Simona, desnudado ante la muchedumbre; el otro, el ojo

humano, había saltado fuera del rostro de Granero con la misma fuerza

que sale del vientre el bulto de las entrañas. Esta coincidencia, ligada a

la muerte y a una especie de licuefacción urinaria del cielo, nos acercó

por vez primera a Marcela, desgraciadamente por un momento muy

corto y casi inconsistente, pero con un brillo tan turbio que me adelan-

té con paso sonámbulo como si fuese a tocarla a la altura de los ojos.

Al cabo de un momento todo volvió a su aspecto habitual, interrum-

pido, después de la muerte de Granero, por obsesiones encegadoras.

Simona estaba de tan mal humor que le dijo a Sir Edmond que no se

quedaría ni un día más en Madrid; le [88] interesaba mucho Sevilla, a

causa de su reputación de ciudad de placeres.

Sir Edmond, que se embriagaba de placer satisfaciendo los caprichos

del ‘ser más angélico y simple que haya existido en la tierra’, nos

acompañó a Sevilla al día siguiente. Allí tuvimos una luz y un calor aún

más delicuescentes que en Madrid; además, una excesiva abundancia

de flores en las calles, geranios y adelfas, que acababan de enervar los

sentidos.

Simona se paseaba desnuda bajo un vestido blanco, tan ligero que

podía adivinarse su liguero rojo bajo la tela y hasta, en determinadas

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posiciones, su pelambre. Hay que agregar también que en esta ciudad

todo contribuía a darle brillo a su sensualidad, al grado que cuando

pasábamos por las tórridas calles, veía a menudo cómo las vergas

tensaban los pantalones.

En realidad no dejábamos de hacer el amor. Evitábamos el orgasmo y

visitábamos la ciudad, única forma de no tener mi miembro sumergido

interminablemente dentro de su ‘estuche’. Solamente aprovechábamos

las ocasiones propicias durante los paseos. Dejábamos un lugar propi-

cio con el único objetivo de buscar otro. Una sala vacía de museo, una

escalera, una avenida de jardín rodeada de altos arbustos, una iglesia

abierta —en la noche, en las calles desiertas—. Caminábamos hasta no

encontrar algo semejante y apenas veíamos el lugar, yo abría el cuerpo

de la joven, levantándole una pierna y de un solo golpe hacía entrar

como dardo mi verga hasta el fondo de su culo. Unos momentos

después [89] sacaba, todo humeante, mi miembro de su ‘establo’ y

reiniciábamos el paseo. Por lo general, Sir Edmond nos seguía de cerca

con el propósito de sorprendernos: se ponía color de púrpura, pero

nunca se aproximaba. Si se masturbaba lo hacía discretamente, no por

reserva, es verdad, sino porque todo lo hacía aislado, de pie y en una

rigidez casi absoluta, y contrayendo terriblemente los músculos.

—Esto es muy interesante, nos dijo un día, mostrándonos una igle-

sia. Es la iglesia de Don Juan.

—¿Y qué?, contestó Simona.

—Usted quédese aquí, conmigo, respondió Sir Edmond dirigiéndose

primero a mí; usted, Simona, debería entrar a la iglesia sola.

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—¿Por qué?

Fuera o no comprensible, la curiosidad la hizo entrar y nosotros la

esperamos en la calle.

Cinco minutos después, Simona reapareció en el umbral de la iglesia.

Nos quedamos como estúpidos: no sólo se moría de risa, sino que no

podía ni hablar, ni dejar de reír, tanto, que mitad por contagio y mitad

por la violencia de la luz, yo comencé a reír como ella y, hasta cierto

punto, Sir Edmond.

—Bloody girl, dijo este último. ¿No puede usted explicarnos por qué

ríe? Estábamos justo sobre la tumba de Don Juan.

Y riendo con todas sus ganas, nos mostró, bajo nuestros pies, una

gran placa funeraria de cobre. Era la tumba del funda-[90]dor de la

iglesia, de quien se dice que era el propio Don Juan: arrepentido, se

había hecho enterrar junto al umbral para ser hollado por los fieles que

entran o salen de la iglesia.

Pronto la crisis de risa redobló: a fuerza de reír, Simona había orina-

do ligeramente y un pequeño hilo de orina había recorrido sus piernas

y caído sobre la placa de cobre.

Constatamos otro efecto de este accidente: la ligera tela del vestido se

había mojado y adherido al cuerpo totalmente transparente, dejando

ver el hermoso vientre y los muslos de Simona de manera particular-

mente impúdica; negro entre los listones rojos del liguero.

—Entremos a la iglesia, dijo Simona con un poco más de calma. Ya

se secará.

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Entramos de repente en una gran sala donde Sir Edmond y yo bus-

camos en vano el cómico espectáculo que la muchacha no había

podido explicar.

La sala era relativamente fresca y estaba iluminada por unas venta-

nas cubiertas de cortinas de cretona rojo vivo y transparente. El techo

era de madera artesonada y labrada, los muros encalados pero ornados

de diferentes objetos sacros más o menos dorados. El fondo estaba

ocupado, desde el piso al techo, por un altar y por un gigantesco

remate de altar de estilo barroco en madera dorada. A fuerza de

ornamentos retorcidos y complicados, este altar, que evocaba a la

India, con sus sombreados profundos y sus resplandores de oro, me

pareció misterioso y destinado para el amor. A la derecha e izquierda

de la [91] puerta estaban colgados dos célebres cuadros de Valdés Leal

que representaban cadáveres en descomposición: cosa notable, en la

órbita ocular de uno de ellos se veía entrar una rata. Pero nada en el

conjunto parecía cómico.

Al contrario era suntuoso y sensual: el juego de sombras y la luz de

las cortinas rojas, la frescura y un fuerte olor especiado de las adelfas

en flor, junto al vestido pegado al pelambre de Simona, todo me

excitaba a desnudar el culo de Simona sobre las baldosas, cuando,

cerca de un confesionario, descubrí los pies calzados de seda negra de

una penitente.

—Quiero verlos salir, dijo Simona.

Se sentó cerca de mí, no lejos del confesionario, y me tuve que con-

tentar con acariciarle el cuello, la nuca y la espalda con mi verga. Se

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excitó tanto que me dijo que si no me guardaba el miembro en el

pantalón, me masturbaría hasta hacerlo descargar.

Tuve que sentarme y contentarme con mirar la desnudez de Simona

a través de la tela mojada, y en ocasiones al natural porque secaba sus

muslos mojados, levantándose el vestido.

—Ya verás, me dijo.

Esperé pacientemente el final del enigma. Tras una larga espera, una

mujer morena, muy bella y joven, salió del confesionario con las manos

unidas y con el rostro pálido y extático: con la cabeza echada hacia

atrás y los ojos en blanco, atravesó la sala con pasos lentos, como

espectro de ópera. Era tan inesperado que tuve que [92] apretar las

piernas con violencia para no reír; la puerta del confesionario se abrió

y entonces apareció un nuevo personaje, un sacerdote rubio, muy

joven, muy bello, con un largo rostro enjuto y los pálidos ojos de un

santo; mantenía los brazos cruzados sobre el pecho y permanecía de

pie junto al umbral del armario, con la mirada alzada al techo como si

una aparición celeste pudiera hacerlo levitar.

El sacerdote avanzó como la joven y hubiera desaparecido también

sin decir nada si Simona, para mi gran sorpresa, no lo hubiese detenido

bruscamente. Una idea increíble se le había ocurrido: saludó al visiona-

rio y le pidió confesión.

El sacerdote, inmerso en un éxtasis, señaló apenas el confesionario

con aire distante, entró en el armario y cerró la puerta dulcemente, tras

él, sin decir palabra. [93]

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XII-LA CONFESIÓN DE SIMONA Y LA MISA DE SIR EDMOND

No es difícil imaginar mi estupor cuando vi que Simona se instalaba,

arrodillándose, en la guarida del lúgubre confesor. Mientras ella se

confesaba, yo esperaba con interés extraordinario lo que resultaría de

un gesto tan imprevisto. Supuse que el sórdido personaje se precipita-

ría de su caja para flagelar a la impía. Me dispuse a tirar y golpear al

horrible fantasma, pero no sucedió nada: el confesionario permaneció

cerrado y Simona no cesaba de hablar frente a la ventana enrejada.

Empecé a cambiar miradas interrogantes con Sir Edmond, pero las

cosas empezaron a aclararse poco a poco. Simona empezó a tocarse los

muslos, a mover las piernas; mantenía una rodilla sobre el reclinatorio,

avanzaba un pie delante, mientras continuaba en voz baja su confesión.

Me pareció que se masturbaba.

Me acerqué suavemente a su lado para descubrir lo que pasaba; en

efecto, Simona se estaba masturbando con el rostro pe-[94]gado a la

reja, cerca de la cabeza del sacerdote, con los miembros tensos, los

muslos separados, los dedos metidos dentro de la vagina; podía tocarla

y le agarré el culo un instante. Entonces oí que decía claramente:

—Padre, aún no le he dicho lo más grave.

Siguió un momento de silencio.

—Lo más grave, padre, es que me estoy masturbando mientras me

confieso.

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Nuevos murmullos en el interior, y por fin y en voz alta:

—Si no lo crees, te lo muestro.

Se levantó, abrió un muslo frente al ojo de la garita, masturbándose

con mano rápida y segura.

—Entonces, cura, gritó Simona, golpeando con fuerza el confesiona-

rio, ¿qué haces en la barraca?, ¿también te masturbas?

Pero del confesionario no salió ningún ruido.

—¿Abro entonces?

Y Simona abrió la puerta.

En el interior, el visionario de pie, con la cabeza baja y secándose una

frente perlada, repugnantemente perlada de sudor. La joven hurgó por

debajo de la sotana, el cura no se movió. Levantó la inmunda falda

negra y sacó la larga verga rosada y dura: el cura sólo echó la cabeza

hacia atrás con un gesto y un silbido. No impidió que Simona se

metiera esa bestialidad en la boca y la mamara con furor. [95]

Sir Edmond y yo, estupefactos, permanecimos inmóviles. La admira-

ción me clavaba en mi sitio; no supe qué hacer sino hasta que el

enigmático inglés se adelantó con resolución al confesionario y con

delicadeza, apartó a Simona de allí; tomó a la larva de la mano y la sacó

de su agujero extendiéndola brutalmente sobre las baldosas, a nuestros

pies: el inmundo sacerdote yacía como cadáver, con los dientes contra

el suelo, sin gritar. Lo llevamos a cuestas hasta la sacristía.

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Permanecía desbraguetado, con la pinga colgando, el rostro lívido y

cubierto de sudor, sin resistir, y respirando con trabajo: lo instalamos

en un gran sillón de madera de formas arquitectónicas.

—Señores, balbuceaba lacrimoso el miserable, no soy un hipócrita.

—No, contestó Sir Edmond, con un tono categórico.

Simona le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Don Aminado, respondió el cura.

Simona abofeteó a la carroña sacerdotal, haciéndola tambalear. Lue-

go la despojó totalmente de sus vestiduras, sobre las que Simona,

acuclillada, orinó como perra. Luego lo masturbó y se la mamó,

mientras que yo orinaba sobre su nariz. Al llegar al colmo de la excita-

ción, a sangre fría enculé a Simona que mamaba con furor.

Sir Edmond contemplaba la escena con su característica expresión de

hard labour (sic); inspeccionó con cuidado la habitación donde nos

habíamos refugiado. Descubrió una llavecita colgada de un clavo. [96]

—¿De dónde es esta llave?, le preguntó a Don Aminado.

Por la expresión de terror que contrajo el rostro del sacerdote, Sir

Edmond reconoció la llave del Tabernáculo.

Al cabo de un instante regresó, trayendo un copón de oro, de estilo

recargado, con muchos angelotes desnudos como amorcillos. El infeliz

sacerdote miraba fijamente el receptáculo de las hostias consagradas

en el suelo y su hermoso rostro de idiota, alterado por las dentelladas y

62

los lengüetazos con que Simona flagelaba su verga, se había puesto a

jadear.

Sir Edmond había atrancado la puerta; buscando en los armarios

acabó por encontrar un gran cáliz. Nos pidió que le dejáramos por un

momento al miserable.

—Mire, le dijo Simona, las hostias están en el copón y en el cáliz se

echa vino blanco.

—Huele a semen, dijo ella, olisqueando las hostias.

—Así es, asintió Sir Edmond, como ves, las hostias no son otra cosa

que la esperma de Cristo bajo la forma de galletitas blancas. En cuanto

al vino que se pone en el cáliz, los eclesiásticos dicen que es la sangre

de Cristo, pero es evidente que se equivocan. Si de verdad fuera la

sangre, beberían vino tinto, pero como sólo beben vino blanco, de-

muestran que en el fondo de su corazón saben bien que es orina.

La lucidez de esta demostración era convincente: Simona, sin más

explicaciones, agarró el cáliz y yo el copón, y nos dirigimos a Don

Aminado que, inerte, en su [97] sillón, se agitaba apenas por un ligero

temblor que le recorría el cuerpo.

Simona le asestó un gran golpe en el cráneo con la base del cáliz,

sacudiéndolo y acabando de atontarlo. Luego volvió a mamársela, lo

que le produjo siniestros estertores. Habiéndolo llevado al colmo de la

excitación de los sentidos, lo movió fuertemente, ayudada por noso-

tros, y dijo con un tono que no admitía réplica:

—Ahora, ¡a mear!

63

Volvió a golpearlo con el cáliz en el rostro; al tiempo que se desnu-

daba delante de él y yo la masturbaba.

La mirada de Sir Edmond, fija con dureza en los ojos imbecilizados

del joven sacerdote, produjo el resultado esperado; Don Aminado llenó

ruidosamente con su orina el cáliz que Simona sostenía bajo su gruesa

verga.

—Y ahora, ¡bebe!, exigió Sir Edmond.

El miserable bebió con éxtasis inmundo un solo trago goloso. [98]

64

XIII-LAS PATAS DE MOSCA

Dejamos caer la carroña: se abatió con ruido sobre el piso. Sir Ed-

mond, Simona y yo estábamos animados por la misma determinación

tomada a sangre fría, unida a una exaltación y ligereza de espíritu

increíbles. El sacerdote había descargado y yacía, apretando los dien-

tes, contra el piso, rabioso y avergonzado: con los testículos vacíos su

abominable situación era aún más terrible.

Decía gimiendo: ¡Miserables sacrílegos!, y otras quejas incomprensi-

bles.

Sir Edmond lo sacudió con el pie; el monstruo se sobresaltó y reculó,

sonrojándose de rabia, de manera tan ridícula que empezamos a reír.

—Levántate, ordenó Sir Edmond, vas a cogerte a esta girl.

—Miserables, amenazaba Don Aminado con voz estrangulada, la

justicia española... la cárcel, el garrote.. .

Pero olvidas que es tu semen, observó Sir Edmond. [99]

Una mueca feroz, un estremecimiento de bestia acorralada fue la

respuesta... después. El garrote también para mí... Pero primero para

ustedes tres...

—Pobre idiota, repitió con sorna Sir Edmond: ¡Primero! ¿Crees que

voy a dejarte esperar tanto tiempo? ¡Primero!

El imbécil miró a Sir Edmond con estupor: una expresión zafia se

dibujó en su hermoso rostro. Un gozo absurdo le abrió la boca, cruzó

65

los brazos sobre su pecho y nos miró con expresión extática: ...el

mártir. Un extraño deseo de purificación lo visitaba y sus ojos estaban

como iluminados.

—Antes te voy a contar una historia, le dijo entonces con calma Sir

Edmond. Es sabido que los agarrotados y los ahorcados tienen una

erección tan grande que cuando les cortan el aire eyaculan. Tendrás el

placer del martirio mientras le haces el amor a la muchacha.

Y como el sacerdote, aterrorizado de nuevo, se levantara para defen-

derse, el inglés lo arrojó brutalmente sobre el suelo, torciéndole un

brazo.

En seguida, Sir Edmond pasó sobre el cuerpo de su víctima, le ama-

rró los brazos detrás de la espalda, mientras que yo le detenía las

piernas y se las ataba con un cinturón. El inglés mantuvo sus brazos

apretados al tiempo que le inmovilizaba las piernas atenazándolas

entre las suyas. Arrodillado, detrás, yo lo sujetaba entre los muslos.

—Y ahora, le dijo Sir Edmond a Simo-[100]na, monta a caballo sobre

esta rata de iglesia.

Simona se quitó el vestido y se sentó sobre el vientre del curioso

mártir, acercando su culo a la verga vacía.

—Bueno, continuó Sir Edmond, apriétale la garganta, el conducto

que está detrás de la nuez, con una presión fuerte y graduada.

Simona apretó y un terrible temblor recorrió el cuerpo totalmente

inmovilizado y mudo: la verga se puso erecta. La tomé entre mis manos

66

y la introduje sin dificultad en la vulva de Simona, que mantenía la

presión en la garganta.

La joven, totalmente ebria, hacía entrar y salir con violencia la gran

verga erecta entre sus nalgas, por encima del cuerpo, cuyos músculos

crujieron entre nuestros formidables tornillos.

Simona apretó entonces con tanta fuerza que una sacudida aún más

violenta distendió el cuerpo de su víctima; sintió el semen chorrear en

el interior de su culo. Soltó su presa y cayó postrada por el tormentoso

gozo.

Simona permanecía extendida en el piso con el vientre al aire y el

muslo manchado con la esperma que había salido de su vulva. Me

acosté a su lado para violarla a mi vez, pero no pude mas que besarla

en la boca y estrecharla entre mis brazos a causa de una extraña

parálisis interior, causada por el exceso de amor y por la muerte del

innombrable. Nunca había sido tan feliz.

No pude impedirle siquiera que se apar-[101]tara de mí para exami-

nar su obra. Volvió a montar sobre el cadáver desnudo y examinó con

gran interés su rostro violáceo. Secó el sudor que le perlaba la frente y

espantó obstinadamente una mosca que zumbaba alrededor de un rayo

de sol y que regresaba a posarse una y otra vez sobre el rostro del

muerto1. De repente, Simona dejó escapar un grito breve; sucedía algo

extraño que la ponía confusa: la mosca se había posado esta vez sobre

el ojo del muerto y agitaba sus largas patas de pesadilla sobre el

1 Ver el apéndice: ‘Metamorfosis’. (N. del T.)

67

extraño globo. La joven meneó la cabeza entre las manos y se estreme-

ció. Luego quedó absorta en sus reflexiones.

Por extraño que parezca, no nos preocupaba lo que pudiera suceder.

Supongo que si hubiese llegado alguien, Sir Edmond y yo no le hubié-

ramos dado tiempo de escandalizarse. Simona salió poco a poco de su

estupor y buscó la protección de Sir Edmond, que permanecía inmóvil

junto al muro; se oía volar a la mosca por encima del cadáver.

Sir Edmond, le dijo dulcemente, apoyando su mejilla en su hombro,

quiero que me haga un favor.

—Haré lo que quieras, le respondió.

—Me hizo acercarme al cuerpo, se arrodilló y, abriendo completa-

mente el ojo donde se había posado la mosca, me pregunto:

—¿Ves el ojo? —¿Y qué? [102]

—Es un huevo, concluyó con absoluta simpleza.

—Pero, insistí muy turbado, ¿adónde quieres llegar?

—Quiero jugar con el ojo.

—Explícate.

—Escuche, Sir Edmond, dijo ella, me tiene que dar ese ojo ahora

mismo, quiero que se lo arranque.

Nunca nos fue posible advertir ninguna emoción en la cara del in-

glés, excepto su enrojecimiento. Esta vez ni siquiera se inmutó, sólo se

le acaloró el rostro; tomó de su cartera unas tijeras finas, se arrodilló y

68

recortó delicadamente la carne, metiendo con habilidad dos dedos de

la mano izquierda en la órbita; sacó el ojo, cortando con la mano

derecha los ligamentos que destendía con fuerza. Le entregó a Simona

el pequeño globo blancuzco, con una mano tinta en sangre.

Simona miró el extraño objeto y lo tomó con la mano, completamen-

te descompuesta, pero sin duda empezó a divertirse de inmediato,

acariciándose el interior de las piernas y haciendo resbalar el objeto

que parecía elástico. Cuando la piel es acariciada por el ojo se produce

una dulzura exorbitante, aumentada por la horrible y extraña sensa-

ción del grito de gallo.

Simona se divertía haciendo entrar el ojo en la profunda tajadura de

su culo y acostada boca arriba, levantó las nalgas y trató de mantenerlo

allí por simple presión del trasero, pero el ojo salió disparado, como un

hueso de cereza entre los dedos, [103] yendo a caer sobre el vientre del

muerto, a pocos centímetros de la verga.

Durante ese tiempo me dejé desvestir por Sir Edmond y pude tirarme

totalmente desnudo sobre el cuerpo de la joven y mi verga desapareció,

entera y de golpe, en la hendija velluda: le hice el amor con violencia

mientras Sir Edmond se divertía haciendo rodar el ojo entre las contor-

siones de los cuerpos, sobre la piel del vientre y de los senos. Una vez,

el ojo se perdió totalmente entre nuestros ombligos.

—Métamelo en el culo, Sir Edmond, gritó Simona. Y con delicadeza

Sir Edmond hizo entrar el ojo entre las nalgas. Finalmente, Simona se

apartó de mí, arrancó el bello globo de las manos del inglés y,

presionando con calma y regularidad con las dos manos, lo hizo entrar

en su carne babosa, entre el pelambre. Luego me acercó a ella, me

69

carne babosa, entre el pelambre. Luego me acercó a ella, me abrazó el

cuello con los dos brazos y puso sus labios en los míos con tanto ardor

que el orgasmo me llegó sin tocarla y mi semen se descargó sobre su

pubis.

Me levanté, separé los muslos de Simona, que se había acostado de

lado, y me encontré cara a cara con lo que, así me lo figuro, me estaba

esperando desde siempre, de la misma manera que una guillotina

espera el cuello que va a decapitar. Me parecía que mis ojos salían de

sus órbitas, como si estuviesen erectos de tanto espanto; vi, en la vulva

velluda de Simona, el ojo azul pálido de Marcela que miraba llorando

lágrimas de orín. Regueros de semen en el humeante vello completa-

ban [104] esa visión lunar, dándole un aspecto de tristeza desastrosa.

Mantuve abierto los muslos de Simona, contraídos por el espasmo

urinario: la ardiente orina corría debajo del ojo, por el muslo que

quedaba más abajo...

Dos horas más tarde Sir Edmond y yo nos decoramos con falsas

barbas negras, y Simona se cubrió con un ridículo sombrero negro a

flores amarillas y un vestido negro de género, parecida a una joven

noble de provincia; abandonamos Sevilla en un coche de alquiler.

Grandes maletas nos permitieron cambiar de personalidad a cada

etapa y evitar las encuestas policíacas. Sir Edmond desplegaba siempre

un ingenio humorístico; por eso recorrimos la gran avenida de la

pequeña ciudad de Ronda vestidos como curas españoles tocados con

pequeños sombreros de fieltro aterciopelado y envueltos en una capa

drapeada, fumando virilmente gruesos puros; Simona caminaba entre

70

nosotros vestida de seminarista sevillano, tan angelical como nunca.

Así desaparecimos de Andalucía, amarillo país de tierra y cielo, infinito

orinal inundado de luz solar donde, cada día, como nuevo personaje,

violaba yo a una Simona igualmente transformada, sobre todo durante

el mediodía, a pleno sol, en el suelo y ante la mirada a medias ensan-

grentada de Sir Edmond.

Al cuarto día, el inglés compró un yate en Gibraltar y nos lanzamos

hacia nuevas aventuras con una tripulación de negros.

71

[107]

SEGUNDA PARTE

COINCIDENCIAS

Mientras escribía este relato, en parte imaginario, me asombraron

algunas coincidencias; me parece que muestran indirectamente el

sentido de lo que he escrito y me interesa exponerlas:

Empecé a escribir sin ninguna idea precisa, incitado sobre todo por

el deseo de olvidar, por lo menos provisionalmente, mi identidad

personal. Al principio creí que el personaje que narraba en primera

persona no tenía ninguna conexión conmigo. Hojeando un día una

revista americana ilustrada con fotografías de países europeos, me

llamaron la atención dos imágenes que encontré por casualidad: la

primera mostraba una calle del pueblecillo casi desconocido de donde

procede mi familia. La otra, las ruinas vecinas de un castillo de la Edad

Media, situado en la montaña, en la cima de una roca. Recordé de

inmediato un episodio de mi vida vinculado a esas ruinas. Tenía yo

veintiún años y estaba de vacaciones en el pueblo menciona-[108]do;

un día resolví visitar las ruinas durante la noche, seguido de algunas

muchachas perfectamente castas y, a causa de ellas, de mi madre.

Estaba enamorado de una de las muchachas que compartía mis senti-

mientos, pero nunca habíamos hablado de ellos porque la joven

pensaba seguir una vocación religiosa que quería examinar con

libertad. Después de caminar alrededor de hora y media, llegamos al

pie del castillo, hacia las diez o las once de una noche muy oscura.

72

Habíamos empezado a subir la montaña rocosa, coronada por unas

murallas totalmente románticas, cuando de una hendidura rocosa salió

un fantasma blanco, muy luminoso, cerrándonos el paso. Esta visión

prodigiosa hizo que mi madre y una de las muchachas se desmayaran

mientras las demás gritaban. Yo mismo experimenté un terror súbito

que me hizo enmudecer, y tuve que esperar algunos segundos antes de

pronunciar algunas amenazas, por lo demás ininteligibles, al fantasma,

aunque desde el primer momento sabía que se trataba de una simple

comedia. El fantasma huyó cuando vio que lo seguía y no lo dejé irse

hasta que reconocí a mi hermano mayor, que había venido en bicicleta

con otro amigo y que nos había asustado apareciendo de improviso,

envuelto en una sábana, a la luz de una lámpara de acetileno. El día en

que encontré la fotografía en la revista acababa de escribir el episodio

de la sábana y advertí que siempre veía la sábana a la izquierda y que el

fantasma ensabanado también aparecía a la izquierda: una perfecta

sobreposición de imágenes [109] vinculadas a sobresaltos análogos se

producían. Casi nunca me ha impresionado tanto algo como la apari-

ción del falso fantasma.

Me sorprendió sobremanera haber substituido, en perfecta incon-

ciencia, una imagen totalmente obscena con una visión desprovista de

toda significación sexual. Con todo, pronto tendría mayores motivos de

asombro.

Ya había imaginado con todo detalle la escena de la sacristía de Sevi-

lla, y en particular la incisión practicada en la órbita ocular del sacer-

dote al que se le arranca un ojo. Pensando encontrar una relación entre

el relato y mi propia vida, me divertí describiendo una corrida trágica a

73

la que en realidad asistí. Cosa curiosa, no relacioné los dos episodios

antes de describir con precisión la herida que el toro le causó a Manuel

Granero (personaje real), pero en el momento mismo en que llegaba a

la escena de la muerte caí en un gran estupor. La extracción del ojo del

sacerdote no era, como había creído, una pura invención, sino la

trasposición a otro personaje de una imagen que sin duda había

conservado una vida muy profunda. Si había inventado que se le

arrancaba un ojo al sacerdote muerto, era porque había visto que de

una cornada un toro le arrancaba el ojo al matador. De lo más oscuro

de mi memoria surgían las dos imágenes más llamativas que mayor

huella habían dejado en mí, desfigurándose en cuanto me ponía a

imaginar obscenidades.

Cuando hice la segunda constatación [110] acababa de terminar la

descripción de la corrida del siete de mayo; por ello fui a visitar a uno

de mis amigos que era médico. Le leí la descripción, diferente de la

actual: Como nunca había visto los testículos despellejados de un toro,

supuse que debían tener el mismo color rojo encendido que el miem-

bro del animal en erección y en mi primera redacción lo describía así.

Aunque toda la Historia del ojo había sido engendrada en mi espíritu

sobre dos obsesiones ya viejas y muy ligadas entre sí, la de los huevos y

la de los ojos, los testículos del toro me parecían ajenos a ese ciclo.

Pero cuando terminó mi lectura, mi amigo me demostró que no tenía

ninguna idea de lo que eran realmente las glándulas que había reseña-

do y me leyó de inmediato una descripción minuciosa en un manual de

anatomía: descubrí que los testículos humanos o animales son ovoides

y tienen el aspecto del globo ocular. Esta vez corrí el riesgo de explicar

estas relaciones tan extraordinarias suponiendo que en una región

74

profunda de mi espíritu coincidieran imágenes primitivas completa-

mente obscenas, es decir las más escandalosas, precisamente aquellas

en las que la conciencia no se detiene, incapaz de soportarlas sin

violencia o sin aberración.

Precisando este punto de ruptura de la conciencia, o si se quiere el

lugar de elección de la separación sexual, ciertos recuerdos personales

de otro tipo vinieron a asociarse con las imágenes desgarradoras que

ya habían surgido en el transcurso de una composición obscena. [111]

Nací de un padre sifilítico, que me concibió cuando ya era ciego, y

que poco tiempo después de mi nacimiento quedó paralizado por su

siniestra enfermedad. A diferencia justamente de la mayor parte de los

niños varones que se enamoran de su madre, yo estaba enamorado de

mi padre. A su ceguera y a su parálisis estaba ligado otro hecho: no

podía orinar como los demás en el excusado, orinaba en su sillón, en

un pequeño recipiente y, debido a la frecuente urgencia, no le importa-

ba hacerlo delante de mí, bajo una colcha: como era ciego, la ponía casi

siempre al revés. Lo más extraño, sin lugar a dudas, era ciertamente su

forma de ‘mirar’ cuando orinaba. Como no veía nada, su pupila se

alzaba hacia el vacío, bajo el párpado, y eso le sucedía en particular

cuando meaba. Tenía los ojos muy grandes, siempre muy abiertos, en

un rostro aquilino, y sus grandes ojos se ponían casi blancos cuando

orinaba, con una expresión idiota de abandono y de extravío frente a

un mundo que sólo él podía ver y que le producía una risa sardónica y

ausente (me gustaría recordar también, por ejemplo, el carácter

errático de la risa desolada de un ciego, etc., etc.). En todo caso, es la

imagen de esos ojos blancos en esos momentos precisos, la que para mí

75

está vinculada directamente a la de los huevos, explicando la aparición

casi regular de la orina cada vez que aparecen el huevo o los ojos en el

relato.1 [112]

Después de haber descubierto esta relación entre dos elementos

diferentes, pude descubrir una nueva, no menos esencial, entre el

carácter general de mi relato y un hecho particular.

Tenía catorce años cuando mi afecto por mi padre se transformó en

odio profundo e inconsciente. Empecé entonces a gozar obscuramente

con los gritos que le arrancaban los dolores continuos y fulgurantes de

los tabes, clasificados entre los más terribles. El estado de inmundicia y

hediondez a que lo reducía su enfermedad total (a veces se cagaba en

los calzones), no me producía el desagrado que puede imaginarse. Por

lo demás, adoptaba frente a todas las cosas, actitudes y creencias

radicalmente opuestas a las de ese ser nauseabundo por naturaleza.

Una noche nos despertamos mi madre y yo por los discursos vehe-

mentes que el lacerado aullaba —literalmente— en su alcoba. Se había

vuelto loco súbitamente. Fui a buscar al doctor y vino en seguida. Mi

padre imaginaba con elocuencia los acontecimientos más inusitados y

felices. Habiéndose retirado mi madre a la habitación del lado con el

médico, el ciego loco empezó a gritar, delante mío y con voz estentórea:

¡Doctor, avísame cuando dejes de metérsela a mi mujer! Esa frase, que

destruyó por completo los efectos desmoralizadores de una educación

severa, me [113] dejó una obligación constante, inconscientemente

1 Estos hechos que Bataille cuenta como si fueran ciertos, son negados por el

hermano del novelista, Martial. Lo que parece ser verdadero es el tratamiento

analítico que Bataille seguía durante esa época. Además, también es cierto que el

autor de esta novela estaba en Madrid el siete de mayo de 1922. (N. del T.)

76

soportada hasta entonces y no deseada: la necesidad de encontrar

siempre su equivalente en todas las situaciones en que me encuentre.

Eso explica en gran parte la Historia del ojo.

Pronto acabaré de enumerar estas cumbres de mi obscenidad perso-

nal, añadiendo el último eslabón, uno de los más desconcertantes, y

que descubrí hasta el final: se refiere a Marcela.

Me es imposible asociar definitivamente a Marcela con mi madre.

Afirmarlo sería si no falso al menos exagerado. Marcela es también una

joven de catorce años que estuvo frente a mí durante un cuarto de

hora, en París, en el Café de Deux Magots. Contaré sin embargo algu-

nos recuerdos más, destinados a definir algunos episodios a partir de

hechos reales.

Unas semanas después del ataque de locura de mi padre, mi madre,

después de una escena odiosa que le hizo mi abuela materna, perdió

también y súbitamente la razón. Durante algunos meses pasó por una

crisis de locura maníaco-depresiva (melancolía). Las absurdas ideas de

catástrofe y de condena que la dominaron por entonces me irritaban

sobre todo porque tenía que vigilarla continuamente. Su estado me

inquietaba tanto que una noche saqué de mi cuarto unos candelabros

muy pesados con base de mármol, por miedo a que me matase durante

el sueño. Llegué a golpearla por impaciencia y a torcerle las muñecas

para que razonara con cordura.

Un día que la descuidamos, mi madre [114] desapareció; la buscamos

durante largo tiempo y terminamos por encontrarla colgada en el

granero. Pudimos reanimarla y devolverla a la vida.

77

Al poco tiempo volvió a desaparecer, esta vez durante la noche. La

busqué interminablemente a lo largo de un riachuelo donde podía

haber intentado ahogarse. Corrí sin detenerme, en la oscuridad,

atravesando pantanos y terminé por encontrarme frente a ella: estaba

mojada hasta la cintura y su falda ‘orinaba’ el agua del arroyo; había

salido por su propio pie del agua poco profunda y helada (estábamos

en pleno invierno).

No me detengo más en estos recuerdos porque han perdido para mí,

desde hace tiempo, su carácter afectivo. Sólo pudieron revivir cuando

los transformé a tal grado que se volvieron irreconocibles para revestir,

después de su deformación, el sentido más obsceno.

78

[117]

APÉNDICES

OJO

Golosina caníbal: Es bien sabido que el hombre civilizado se caracte-

riza por una hipersensibilidad al horror, a veces poco explicable. El

temor a los insectos es, sin lugar a dudas, una de las más singulares y

extendidas; además, es sorprendente encontrar, entre ellas, al ojo. No

parece haber mejor palabra para calificar al ojo que la seducción; nada

es más atractivo en el cuerpo de los animales y de los hombres. La

extrema seducción colinda, probablemente, con el horror.

En este aspecto, el ojo podría vincularse con lo cortante, cuyo aspec-

to provoca también reacciones agudas y contradictorias: es lo que

debieron haber experimentado, con terror y oscuramente, los autores

de El perro andaluz1 cuando decidie-[118]ron, durante las primeras

imágenes de la película, los amores sangrientos de dos seres. Una

1 Esta extraordinaria película es obra de dos jóvenes catalanes, el pintor Salvador

Dalí... y el director de cine Luis Buñuel. Este film se diferencia de las produccio-

nes banales de vanguardia con las que se tendría la tentación de confundirlo,

porque el escenario es lo que predomina. Algunos hechos, poco explícitos, se

suceden sin lógica, pero penetrando tan profundamente en el horror que los

espectadores se meten en el espectáculo tan directamente como en las películas

de aventuras. Agarrados aparte, por el pescuezo y sin artificio, ¿saben en efecto,

esos espectadores, adónde llegarán los autores de la película u otros seres

semejantes? El mismo Buñuel estuvo ocho días enfermo después de la toma del

ojo cortado (además, para filmar la escena de los cadáveres de los asnos, tuvo

que soportar una atmósfera pestilencial). ¿Cómo no ver, entonces, hasta qué

punto el horror fascina y cómo su fuerza bruta puede romper con lo que

asfixia?

79

navaja que corta en vivo el deslumbrante ojo de una mujer joven y

hermosa, produciría la admiración lunática de un hombre joven que,

teniendo una cucharita en la mano y acostado al lado de un gatito,

tuviese de repente el deseo de poner un ojo dentro de ella.

Deseo curioso entre los blancos, quienes apartan los ojos de los bue-

yes, corderos y puercos cuya carne comen con placer. El ojo, golosina

caníbal, según la exquisita expresión de Stevenson, es objeto de tanta

inquietud entre nosotros que nunca lo morderemos. El ojo ocupa un

lugar extremadamente importante en el horror, pues entre otras cosas

es el ojo de la conciencia. En el célebre poema de Víctor Hugo aparece

el ojo obsesivo y lúgubre, vivo y espantosamente soñado por Grandville

durante una pesadilla que precedió a su muerte1: el criminal ‘sueña que

acaba de gol-[119]pear a un hombre en un oscuro bosque... Ha derra-

mado sangre humana y, utilizando una expresión que evoca en el

espíritu una imagen feroz, ha hecho sudar a un roble. No es un hom-

bre, en efecto, sino un tronco de árbol... ensangrentado… que se agita y

se debate... bajo el arma mortífera. Las manos de la víctima se levantan

suplicantes, pero en vano. La sangre sigue corriendo’. Entonces aparece

el ojo enorme que se abre en un negro cielo, persiguiendo al criminal a

través del espacio, hasta el fondo de los mares, donde lo devora des-

pués de transformarse en pez. Innúmeros ojos se multiplican entre las

olas.

1 Víctor Hugo, lector del ‘Magazin pittores que’, utilizó el admirable sueño

relatado en ‘Crimen y castigo’ y el inaudito dibujo de Grandvllle, publicados en

1847, para un relato de un ojo obstinado que persigue a un criminal: casi

parece inútil añadir que sólo puede explicar esa relación una obscura y siniestra

obsesión y no un frío recuerdo. Debemos a la erudición y al cuidado de Pierre

d'Espezel, el dato de ese curioso documento, probablemente una de las más

bellas composiciones de Grandville.

80

Grandville escribe en este sentido: ‘¿Serán los mil ojos de la muche-

dumbre atraída por el espectáculo del suplicio que se prepara? ¿Por qué

otra cosa se verían atraídos esos ojos absurdos, como nube de moscas,

sino por algo repugnante? Y ¿por qué uno de nuestros semanarios

ilustrados, perfectamente sádico, aparecido en París de 1907 a 1924,

ostenta en primer lugar un ojo, que figura regularmente sobre un

fondo encarnado encabezando los espectáculos sanguinolentos? ¿Qué

otra cosa es el [120] ojo de la policía, semejante al ojo de la justicia

humana de la pesadilla de Grandville, sino la expresión de una ciega

sed de sangre? ¿No es parecido, también, el ojo de Crampon, condena-

do a muerte y que, un instante antes del hachazo que pedía el capellán,

se mutiló regalando con jovialidad el miembro así cercenado, porque

su ojo era de vidrio?’1 [121]

1 Es notable que Bataille no haga ninguna referencia al ‘Corazón delator’ de Poe,

relato donde un ojo juega un papel semejante al del ojo de Grandville y que,

unido al corazón, se parece a la pareja ojos-huevos de ‘Historia del Ojo’. Es

notable porque existe una relación de afinidades electivas entre Poe y Bataille. (N.

del T.)

81

METAMORFOSIS

Animales salvajes. Los sentimientos equívocos de los seres humanos

alcanzan su máximo de derisión frente a los animales salvajes. Si existe

la dignidad humana (por encima de toda sospecha, aparentemente), no

hay que ir al zoológico: cuando los animales ven aparecer la muche-

dumbre de niños seguidos por sus papá-hombres y sus mamá-mujeres.

En contra de lo que se supone, ni la costumbre puede impedirle a un

hombre sabio que mienta como un perro cuando habla de la dignidad

humana entre los animales. Pues en presencia de seres ilegales e

intrínsecamente libres, los únicos seres verdaderamente outlaws (sic.),

el deseo más turbio vence hasta el sentimiento estúpido de superiori-

dad práctica deseo que se confiesa entre los salvajes mediante el tótem

y se disimula cómicamente bajo los sombreros de plumas de nuestras

abuelas de familia). Tantos animales en el mundo y todo lo que hemos

perdido: la inocente crueldad, la monstruo-[122]sidad opaca de los ojos

—apenas diferentes de las pequeñas burbujas que se forman en la

superficie del lodo—, el horror ligado a la vida como un árbol a la luz.

Quedan todavía las oficinas, los documentos de identidad, una existen-

cia de criados biliosos y, a pesar de todo, una locura estridente que, en

el curso de ciertos descarríos, alcanza la metamorfosis.

Se puede definir la obsesión de la metamorfosis como una necesidad

violenta que se confunde con cada una de nuestras necesidades anima-

les, excitando al hombre a abandonar de repente gestos y actitudes

exigidos por la naturaleza humana: por ejemplo, un hombre en medio

de los demás, en un departamento, tirándose por el suelo para devorar

la papilla del perro. Hay en cada hombre un animal encerrado en una

82

prisión, como un forzado, y hay una puerta: si la entreabrimos, el

animal se precipita fuera, como el forzado, encontrando su camino;

entonces, y, provisionalmente, muere el hombre; la bestia se conduce

como bestia, sin ningún cuidado de provocar la admiración poética del

muerto. 1 Es en este sentido que puede verse al hombre como una

prisión de apariencia burocrática.

1 Un relato que organiza estas palabras de Bataille sería ‘Las ratas’ de Lovecraft.

(N. del T.)

83