La Hoja por Luis Cabello Muñoz - muestra HTML

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HOY

Llegó el otoño, llegó la muerte, por doquier esparcidas, las hojas, bañaban

el húmedo suelo, mezcladas con la hierba aún tierna y virgen, cubriéndola,

tiñéndola de muerte gris y amarillenta.

En alguna rama, sola, una hoja esperaba su caída. La mayoría de sus

compañeras habían caído. La muerte estaba en su cuerpo.

Los últimos reflejos de un sol tímido de otoño, bañaban sin fuerza su piel

reseca, arrugada, muerta.

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El sol se había puesto, sus poros, sus resecos poros, se humedecieron un

momento, y hasta su punta; rodó perezosa una gota de agua, tal vez una lagrima.

El sol, su fuente, su razón de ser, su vida, se había puesto por última vez

para el a, sintió la noche, sintió la muerte.

El día finalizaba, la noche imponía su color; oscuro manto que cubría el

suelo lleno de muerte.

Recuerdos de una vida l enaron sus últimos instantes, recuerdos de

aquellos días de vida, de trabajos, de dulces sueños en cálidas noches de verano.

Recordó la hoja su nacimiento.

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EL NACIMIENTO, ALLÁ POR PRIMAVERA

Verde, pequeña, tierna, una entre los varios miles de mil ones que

nacieron en esos días.

Nació Como todas, cuando nacen las hojas; igual, de la misma forma. En

el mismo lugar, nacieron también otras pequeñas hojas, dulces como el a; pero

no sé, quizás otra clase, tal vez no es la palabra; podríamos decir diferentes, ¿qué

más da? Otras pequeñas que luego serán flor, o serán Yema. Han nacido del

mismo ramo e inspiran quizás los mismos sentimientos.

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Amanecía, frescos airecillos l enos de esperanzas, de luminosas mañanas,

rayitos de sol y suaves caricias de una brisa helada, gotas blancas y perezosas,

que orgullosas reflejan un rayo de sol y luego desaparecen dejando una fría

caricia.

El árbol despertaba, despertaba la vida.

Sus delicadas pieles recibían la primera mañana. En nuestro árbol, las

pequeñas hojas despertaban a la vida, su primera sensación fue de inmovilidad,

pero como esta sensación se hallaba grabada en su ser, en su esencia, no

pasaba de ser un contacto con la realidad, su realidad.

Estaban, eran, existían. Detrás de aquellas dulces y blandas pieles, se

ocultaban unos cuerpos que se preparaban para desarrol ar su trabajo, su tarea

en la vida, cada cual la suya, con los suyos y entre los suyos.

En esos días, todo andaba revuelto, los pajarillos buscaban el amor, las

abejas y demás insectos, trabajaban con su mariposeo saltarín de flor en flor, y le

daban un bullicioso encanto a la naciente estación.

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Nuestra hoja no tenía tiempo de fijarse en su propio ser, en su propia

existencia, como si esta hubiese sido siempre, y fuera a durar para toda la

eternidad, solemos considerarnos eternos, como si siempre hubiéramos existido y

la eternidad fuera nuestro fin. No daba importancia a su propio nacimiento. Las

sensaciones la invadían, la penetraban, la saciaban.

Es más fácil conocer lo exterior, palpar lo demás y a los demás, el mundo

que nos rodea; los demás son temporales, por el contrario, nosotros somos

eternos; incluso hay quien nunca l ega a tener conciencia de su propio existir. Lo

que no sé, es si hay alguna religión que contemple el que todos los seres,

incluidas las hojas, sean también hijas de Dios.

Lo que es evidente, es que cada ser vivo, tiende a considerarse hijo del

creador, semejantes al divino, dando por supuesto que haya un divino, un ser

supremo, claro que cada uno arrima el ascua a su sardina, y considera a este ser

de su misma naturaleza, para ser más exacto, “ A su imagen y semejanza”

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VUELTA A LA REALIDAD

La muerte había l egado, la caída era inminente, su pié, la sólida unión a su

árbol, su realidad, su seguridad, todo se quebraba, todo se rompía, el cansancio,

el desconcierto, los recuerdos y las ideas se amontonaban. No solo su pié

flaqueaba, con él flaqueaba también toda su estructura mental, todo lo que había

dado solidez a su vida.

¿Cómo explicárselo a alguien que no ha muerto? ¿Cómo explicárselo a

alguien que puede hablar de porvenir, de mañana, de seguridades?

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Su pié se rompía, su árbol ya no lo era, ya no estaba, su trabajo, ¿para

qué? Su porvenir, su futuro, ¿qué futuro? Sus formalidades, sus

responsabilidades ¿dónde? ¿Para quién?

El vértigo, la angustia, su mente flaqueaba, su realidad había estado

siempre basada en el trabajo, en sus diarias monotonías, en su inmortalidad de

cada día.

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