La Huella de tu Ausencia por Carlos Maza - muestra HTML

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La huella de tu ausencia

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2009

      Todos los derechos reservados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

 

 

“Ausencia”, de Jorge Luis Borges

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

 

            Luisa desapareció en el mes de marzo, ahora hace cuatro años. En el primer momento pensé: “Ya está, lo ha hecho”. Luego surgió la inquietud: “¿Por qué así? ¿Qué sentido tiene este arranque, el impulso imprevisto, el decirse hasta aquí he llegado, ahora desaparezco de vuestra vida?”. No cuadraba con su carácter decidido, lo vivido a sus treinta y cinco años no era anodino sino repleto de experiencias, sobresaltos, cambios de rumbo. No le hacía falta dar una patada serrana, vaya expresión indescifrable, una patada de esta clase. Liarse la manta a la cabeza se dice también del que toma una repentina decisión, quien se arroja a la vida sin pensarlo mucho, el que dice: “Es esto lo que quiero hacer y deseo hacerlo ahora”.

            En cierta ocasión caminé por las calles de un pueblo hasta que salí de él por un sendero que discurría entre terraplenes de tierra reseca, algunos arbustos. Me orienté siguiendo un plano y finalmente, tras algunas dudas, conseguí dar con una necrópolis al aire libre. Sólo una barandilla la separaba del sendero, no existía vigilancia, tal vez no tuviera mucho sentido para lo que allí encontré. En una serie de cuevas abiertas el suelo mostraba huecos de tumbas iberas, turdetanas, no sé, de alguna población anterior a los fenicios. Caminé con cuidado para no estropear nada, aunque todo estaba hollado mil veces, imaginé.

            No fue hasta que estaba de vuelta en el pueblo, ya descansando en la habitación de un hostal, cuando esas imágenes volvieron a mi recuerdo más inmediato. Huecos como ausencias, me dije, no sé por qué me vino a la mente esa frase que resumía mi experiencia en la necrópolis. Cuando la repetí dos, tres veces, me di cuenta de hasta qué punto era cierto. No eran las tumbas en piedra lo que sobresalía en el recuerdo, tampoco las formas antropomorfas de esos enterramientos. La presencia más palpable, la que atraía la atención, no era lo que se veía sino lo que no estaba a la vista: el cuerpo que contuvo cada tumba, lo que albergó esa piedra, los restos de aquel hombre, mujer o niño que un día lejano estuvo allí, frente a sus familiares, sus deudos.

            Ese hueco que hablaba del ausente, del que dejó su huella sobre la piedra, me vino a la memoria con el tiempo, cuando la desaparición de mi sobrina se fue haciendo extraña, inesperada e inexplicable. De pronto su menuda presencia, el rostro anguloso, la viveza de su mirada, el movimiento de sus manos, a veces agitado como sucedía en su padre, mi hermano, sobresalía sobre la huella que había dejado a nuestro alrededor. Empecé a esperar absurdamente que el timbre volviera a sonar, que sus puños impacientes en ocasiones golpearan la puerta para decirme: “Vamos ¿qué haces que no me abres? Tengo cosas que contarte, quiero que me digas qué opinas de lo que me pasa”. Pasaba las tardes intentando leer un libro, mi vista fija en la misma página durante mucho rato, la mente dispersa en un sinfín de especulaciones.

            Tengo más de setenta años. Los llevo bien, incluso a la soledad me fui acostumbrando, salpicando de rutinas cada uno de mis pasos cuando bajo a la calle, al recorrer el mercado de puesto en puesto charlando con los dependientes o aquellos que esperan su turno. A veces me saludan y no sé quién es, tan fácil es charlar, contar la vida de uno a grandes rasgos, lo que se puede contar. “Está usted muy bien, Juan” me dice una señora a la que no recuerdo. Respondo que sí, que no tengo muchos achaques para mi edad, me mantengo en forma paseando mucho, aún viajo, en coche si no es muy lejos, en autocar dentro de viajes organizados. La vida no se acaba a mi edad. Lo peor es la soledad y ese sentido de dignidad que uno mantiene para no estar mendigando la compañía de nadie.

            Tenía un buen amigo. Nos conocíamos desde jóvenes. Aún tengo una foto de ambos como miembros de un equipo de fútbol que aquí formamos. Estamos separados por Fede, un buen chico al que perdí la pista hace mucho, pero se nos ve a los dos allí de pie, los brazos cruzados, yo más delgado, él hecho un toro de imponente aspecto, qué gran defensa era. A mí me gustaba más crear juego, repartir, sin desdeñar el marcar algún gol. Decían que era un buen medio centro. Sí, tengo la foto delante, la he encontrado en la caja de fotos antiguas, no me gusta verlas alineadas en un álbum sino que estén desordenadas en la caja cuando la abro, que se mezclen para que yo pueda extraer alguna sin saber qué voy a encontrar, de qué año y en qué circunstancias veré mi rostro reflejado o el de Clara, también el suyo, o los de mi hermano Alberto, Luisa la chiquitina jugando en la playa con su hermano Berto, levantando una pala, haciendo un agujero como un hueco, como una huella que el mar habría de cubrir poco después.

            Con mi amigo tuve una larga relación, salpicada de separaciones fruto de la vida que llevamos cada uno. Él se casó con una chica de un pueblo lejano, se fueron a vivir allí, montó un hogar, un pequeño taller de arreglo de electrodomésticos que fue prosperando, convirtiéndose en tienda con el tiempo. Mientras tanto yo iba de un lado a otro como maestro compartiendo destinos y azares hasta que la vida y el oportuno traslado me devolvió a un colegio cerca de mi barrio, pude situarme en las calles conocidas, visitar a la familia, presentarles a aquella muchacha con la que dije, pensaba casarme.

            A mi amigo le llamaba por teléfono, charlábamos, nos contábamos novedades. Trabajaba mucho, fue levantando una empresa de regular tamaño con casi veinte operarios a sus órdenes. En uno de mis viajes, cuando Clara ya era un recuerdo, otra ausencia, pasé por aquel pueblo y, siguiendo su ofrecimiento, me alojé en su casa. Me acuerdo que charlamos aquella noche largo rato en torno a unas copas, a los dos nos gustaba un buen licor después de la cena. Le pregunté por su trabajo, me contó extensamente sus proyectos, la posibilidad de montar por fin una buena tienda en la ciudad, ya le tenía echado el ojo a un local.

            Con las copas empezó a cambiar de tono. Recordamos nuestros tiempos juveniles, cuando nos emborrachamos juntos, las chicas que entonces conocimos, nos dimos noticias de unos y de otros, en la medida en que las teníamos. Cuando el cansancio y la hora iban avanzando nos quedamos callados en uno de esos momentos de confianza en que el silencio es bálsamo y unión. Luego me dijo: “Tengo una buena empresa, Juan, me produce, sí, mis hijos no sé si seguirán mis pasos pero al menos no les faltará de nada”. Meneó el último resto de licor en la copa. “Pero no sé si ahora soy más feliz que cuando tenía muy poco dinero y unas ganas enormes de comerme el mundo. Ahora tengo más dinero, Juan, no me puedo quejar, pero no sé si soy más feliz que entonces”.

            No supe qué responder, yo también estaba cansado, era una hora tardía y habíamos bebido más de la cuenta. Se me vino a la mente el nombre de Clara, pero lo deseché inmediatamente, no quería dejarme caer en la nostalgia como él. “Me acuerdo de ti entonces”, hablé finalmente, “eras bueno ya entonces arreglando cosas. Pero te recuerdo haciendo planes, teniendo sueños, muchos los has realizado, incluso más de los que pensabas. No sé si entonces eras más feliz que ahora”. Me miró pensativo, como valorando algo, mis palabras o las suyas. “Puede que tengas razón”, musitó, “cualquier tiempo pasado fue mejor ¿no?”.

            Le veo en la foto, el brazo extendido sobre los hombros de Fede, entrecruzados con los míos, era el tiempo en que empezó a descubrir para qué servía, qué le daría el sustento más adelante aunque no pudiera casi ni imaginarlo. Tuvo un infarto masivo dos o tres meses después de aquella conversación. Fui a su entierro, besé a la viuda, sus hijos estaban en otra habitación, creo. Me acerqué al ataúd para verle. La misma cara, idéntico corpachón, debía tener una caja bien robusta. Alguien hablaba de la tensión alta, de los disgustos que tenía con sus operarios, los bancos, no sé qué. Me quedé mirándolo sin ver de mi amigo más que la apariencia, como si lo fundamental, la sonrisa, la mirada, el movimiento, el gesto, la palabra, hubieran marchado para siempre y aquello que se encontraba frente a mí fuera una huella, un gran caparazón sin sentido, una foto, la imagen desvaída de quien fue mi amigo.

            Me senté en una silla, desalentado y sin ganas de hablar. Al cabo de un rato se acercó una de sus hermanas, la conocía desde hace mucho aunque no coincidíamos habitualmente. Me agradeció que hubiera venido. Le dije que no estaba lejos y que no podía dejar de darle el último adiós. “Tenía tanta vitalidad”, comentó, “ya de pequeño era un poco polvorilla, llenaba el lugar donde estuviera”. Afirmé con la cabeza, la mirada baja. “Ahora deja todo más vacío, el mundo como descolocado, fuera de lugar. No sé cómo Carmen saldrá adelante, los chicos aún no están en edad de hacerse cargo del negocio, son demasiado jóvenes”.

Sí, pensé, para ella también el ausente habrá dejado un hueco, una huella en su vida. Mirará alrededor tratando de encontrarlo, recomponer el espacio y el tiempo en que entraba por la puerta, cuando se sentaba a comer a la mesa, al acostarse hundiendo el somier, sus caricias, las conversaciones, el amor, la atención. Cuántas cosas se pierden cuando alguien se ausenta, cuando nos deja. Pero aún haciéndolo, si suponemos que volverá poco después, guardamos su ausencia, el hueco, la huella en nuestra vida.

Qué difícil es asumir que quedarán para siempre sin ocupar, que la desaparición es definitiva, que nada volverá a ser como antes, hemos de recomponerlo todo, reestructurar espacios y tiempos, es entonces cuando la pérdida se hace más dura. Hay personas que nunca lo consiguen, que ni siquiera lo intentan con convencimiento, saben que serán derrotadas antes de empezar a intentarlo porque es eso lo que deben hacer, así se lo piden los que le rodean. Hagamos que nada ha pasado, recordemos pero dejando que el dolor sea leve, que conforte su memoria, que no lastre nuestra vida. El vivo al bollo, el muerto al hoyo, dice crudamente el refrán. Pero para Carmen, para su hermana o para mí, la muerte de aquel amigo abría un hueco, dejaba los bordes para que recordásemos su ausencia.

            Por eso esperaba, frente a toda lógica, que mi sobrina volviera a entrar por la puerta golpeando con los nudillos presa de la impaciencia. Sus palabras, el saludo, los dos besos que siempre me daba. Y aún ahora sigo esperando, pese a lo absurdo de mi actitud. Mi cabeza me dice que no pero yo sigo mirando la puerta a la hora en que venía, media tarde, y sirvo el té y debo forzarme para no servir dos tazas, colocar las pastas que compraba a granel en una tienda cercana. Pasan las tardes así y aunque me esfuerzo en seguir viajando, caminar todos los días como ha prescrito el médico, charlar con la chica de la farmacia, gastar una broma al del estanco cuando me detengo ante su puerta, hay huecos que son ausencias, huellas en mi interior que han ido quedando, tantas ya, voy sobreviviendo a los que quise, qué terrible tarea, hacer que uno vive y camina y habla cuando recuerda la vida, el camino y las palabras de otros que ya no están.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 

 

            Construimos la vida sobre supuestos, meras disposiciones mentales que arrastran la inercia de lo que creemos que se mantiene en pie, aunque haya desaparecido sin nosotros saberlo. Es extraño averiguar que alguien querido ha sufrido un accidente, o un trastorno intenso, quizá la muerte, sin que nuestra vida se altere lo más mínimo hasta el momento de saberlo. Se dice “No puedo vivir sin ti” pero el ser amado puede haber desaparecido sin que veamos nuestras rutinas alterarse lo más mínimo hasta que la noticia se hace presente. Por eso decimos adiós con tanto sentimiento al verlo marchar, el corazón nos duele, levantamos la mano agitándola sin descanso, adiós, adiós, ve con Dios, que Él te guarde, que nada te pase ahora que dejaré de verte, cuando no sabré si vives o mueres, si caes, sucumbes, si tu vida se rompe sin remedio arrastrando la mía. La despedida es tanto más dolorosa cuanto la incertidumbre se apodera de nosotros. Qué sucederá en tu ausencia, qué será de ti, tropezarás quizá, te asaltarán, alguien te tapará la boca asfixiándote, morirás tal vez mientras yo estoy caminando por la calle, comiendo, charlando alegremente con un compañero de trabajo, un vecino de escalera. Tal vez alguien pregunte por ti y yo diga que estás bien con el vago presentimiento de que puede no ser así, podrías haber muerto en un accidente, de un infarto fulminante, una cuchillada por resistirte a un atracador. Adiós, decimos, deseando que la ausencia sea breve, la incertidumbre llegue a terminar pronto, llámame al llegar, que yo sepa que estás bien, que mi vida contigo sólo se ha suspendido brevemente, eso decimos, eso pensamos.

            Durante varios días después de la desaparición de Luisa no supe nada de ella, me mantuve ignorante de que ya no iba a entrar por la puerta, sus nudillos golpeando la madera, ábreme, abre, que tengo que contarte. Sus llegadas eran irregulares, casi a impulsos de una necesidad que nunca llegamos verdaderamente a comprender, qué nos acercó de esa manera a tío y sobrina, qué dolorosas ausencias latían dentro de nosotros, el padre desaparecido, la hija que nunca tuve. Si un acuerdo tácito se alcanzó entre ambos fue que nuestros encuentros nunca serían el fruto de una obligación. Recordaba demasiado bien esa carga moral que me adjudiqué yo mismo pensando en mi madre fallecida: “Juan, Juanito, no dejes de venir, ya sé que tu padre y tú casi no os habláis, que has llegado a ser lo que nunca deseó que fueras. También sé que tu hermano y tú tenéis tan poco en común pero estoy yo, Juan, tu madre, la que siempre te sostuvo frente a los designios de tu padre, la que estuvo a tu lado como el hijo más pequeño, también el más querido ¿por qué no decirlo? El más débil, el que habría de romperse frente a la disciplina y las órdenes, las exigencias de tu padre, los desprecios de tu hermano. No dejes de venir, ven siempre, no rompamos la familia, no me abandones frente a ellos, tan fuertes e inquebrantables, si lo haces será como si matases mi recuerdo, por aquello que viví y luché”.

            Siempre tuve cuidado de no preguntar a mi sobrina por qué no venía con más frecuencia, cuándo habría de volver a verme. En cambio me despedía con un “hasta pronto” que era un adiós, un vuelve pronto musitado en voz baja. Tenía un gimnasio cercano al que ella iba con cierta frecuencia y, tras hacer sus ejercicios, solía acercarse en dos pasos hasta mi pequeño piso, relativamente cercano al suyo. En ocasiones me decía que fuera a comer a su casa pero yo me sentía más cómodo charlando con ella a solas en mi sala, los dos sentados en distintos sillones en invierno, la estufa de aceite caldeando la atmósfera, el sol que se iba poniendo y oscureciendo tan pronto.

            Me hablaba inconteniblemente de sus clases en el instituto, las reuniones de profesores, las rencillas de unos con otros, los pequeños actos de generosidad también, los problemas que en ocasiones le daban sus alumnos. La escuchaba con atención, veía el mundo tan cambiado respecto de mis tiempos, esa indisciplina de los jóvenes, esas modas grotescas según me parecía, los mismos chicos estudiosos, otros de los que no se haría nunca carrera. A veces no podía evitar hablar de algunas historias propias de mi tiempo de maestro por distintos pueblos hasta llegar a la ciudad donde terminé por jubilarme, la que me vio nacer, tan cerca de la casa de mis padres que se vendió tras la muerte de mi hermano y por la que pasaba en ocasiones dando un paseo, recordando cuando yo mismo era un chiquillo que corría por las aceras en los años duros de una posguerra que nunca parecía acabar.

            En ocasiones había algo, una chispa que saltaba en mi memoria, una palabra que se atravesaba exigiendo darle un significado, una explicación (Italia, padre, muerte) y ella quedaba en silencio, recordando, el pasado que vuelve y atrapa, su eco resonando por dentro y configurando lo desaparecido y aún latente. Entonces, tal vez con la taza de té en la mano, con un refresco, mirando en ocasiones por la ventana de la sala el tráfico que circulaba por debajo, su voz se hacía más lenta para contarme lo que podía decir, a veces era más lo que yo adivinaba que lo que se atrevía a mencionar. Debía suponer qué había detrás de algunas palabras sueltas, aquello que duele aún y mata la inocencia, la quemadura que acaba con otras posibilidades, lo que pudo ser y no llegó a serlo, la infinita distancia entre lo soñado y lo real, lo imaginado y lo vivido.

            Como carecíamos de obligaciones, como yo insistía en que las palabras no las crearan (¿cuándo vuelves? ¿por qué no viniste?), no pude extrañarme de que pasaran varios días sin saber de ella, sin una llamada telefónica ni un aviso, sin que supiera que fuera a hacer un viaje o ausentarse una temporada. Tuvo que ser una de sus cuñadas, hermana de Jaime, su marido, quien me alertara. Su llamada aquella tarde ya era inusual y me hizo ponerme alerta. No creía haber hablado nunca con ella por teléfono, de hecho ni siquiera sabía que conociera el mío. “Se lo he pedido a mi hermano”, me dijo, “casi no me lo quería dar”.

- Pero ¿qué es? ¿pasa algo? –dije yo con todos mis sentidos atentos.

- Bueno, serán imaginaciones mías pero Jaime está tan raro, no quiere decir nada... –y luego lo soltó-. ¿Sabes dónde está Luisa? ¿Ha pasado algo?

- No entiendo qué quieres decir, ¿cómo si ha pasado algo? ¿con ella? ¿por qué no se lo preguntas directamente?

- A eso me refiero –dijo algo dubitativa-. He estado en su casa, Jaime dice que está de viaje pero le noto extraño, casi ni me miraba al responderme, como si no quisiera darme explicaciones. El caso es que yo había quedado con Luisa el otro día, unas compras que teníamos que hacer, tonterías, ya sabes, y no se presentó. La llamé al móvil y está apagado, todo el tiempo lo tiene así desde hace días. Por eso fui a su casa y mi hermano casi no me contesta, que está de viaje, dice. Le pregunto dónde ha ido y no me responde, se hace el loco, se encoge de hombros como si él mismo no lo supiera. ¿Tú sabes algo?

            Me la imaginé tal como la conocía, una chica alta, morena, algo rellenita, la cara agradable, ahora quizá con el ceño fruncido.

- ¿Cuándo quedaste con ella, qué día fue el que faltó?

- El martes, teníamos que ir a buscar un regalo para mi hermana, su cumpleaños es dentro de poco, le dije que me ayudara a escoger y de paso dábamos una vuelta y tomábamos un café. El caso es que no ha habido forma de comunicar con ella desde entonces, en casa veo todo manga por hombro, tuve que limpiar la cacharrería que había en el fregadero, adecentar al niño. Le pregunté a mi hermano y nada, no soltaba prenda, estoy preocupada. ¿Es que han reñido o algo?

            Pensé: “Lo ha hecho, al fin lo hizo, se atrevió a dar el paso, se lió la manta a la cabeza y tiró por el camino de en medio”.

- No sé nada de ella desde el sábado pasado, estuvo aquí a la salida de su gimnasio, ya sabes que lo tiene cercano. Dijo que no podía detenerse mucho. No me anunció ningún viaje, no me dijo nada de que fuera a marchar.

            Se quedó en silencio, como no sabiendo o no atreviéndose a continuar.

- Aquí hay algo raro, Juan. A mí Luisa me dijo más de una vez que confiaba completamente en ti, que si alguna vez tenía un apuro recurriría a ti antes que a nadie. Por eso creí..., ¿tú crees que ha podido irse de casa?

- No sé, nada me dijo sobre eso, estoy tan ignorante como tú -pero no era del todo cierto, pensé-. También sé que os lleváis bien, que salís juntas por vuestra cuenta, supongo que te habrá hecho confidencias, planes, incluso a lo mejor hasta ponéis verdes a los maridos cuando no están.

- Eso siempre –y rió con cierta alegría-, aunque Jaime sea mi hermano sé lo que pesado que es el hombre. Pero esto es nuevo –volvió su voz tensa, preocupada-, no he conseguido sacarle nada y estoy preocupada.

            Fue aquella tarde cuando supe que algo andaba mal. No era propio de ella esa forma de desaparecer como si la hubiera tragado la tierra. “Si alguna vez me voy” me había dicho, “lo sabrás, lo hablaré contigo y desde luego”, rubricó lo que venía a decir con un gesto terminante, “me iría con mi hijo, a él no pienso dejarle”. Por eso, tras intentar llamarla infructuosamente al móvil, me puse en contacto con Jaime, pregunté por ella.

- No está –dijo escueto.

- Pero ¿sabes cuándo volverá?

            Se mantuvo en silencio durante muchos segundos, pensé incluso que la comunicación se había cortado.

- No, no lo sé.

- Jaime –dije con firmeza-, ¿está el niño contigo?

- Sí, claro.