La Mano Encantada de Nerval por Gerard de Nerval - muestra HTML

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LA MANO ENCANTADA

GÉRARD DE NERVAL

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La mano encantada Gérard de Nerval 2

I

LA PLAZA DE LA DELFINA

Nada hay tan hermoso como esos caserones del siglo XVII que la plaza Real

nos ofrece en majestuoso conjunto. Cuando sus fachadas de ladrillos bien trabados y

enmarcados por molduras y cantos de piedra, y sus ventanas altas se encienden con los

resplandores espléndidos del sol del atardecer, siente uno al contemplarlas la misma

veneración que ante un tribunal de magistrados vestidos con togas rojas forradas de

armiño; y si no fuese una pueril comparación, podría decirse que la larga mesa verde

alrededor de la cual esos temibles magistrados se sientan formando un cuadrado se

parece un poco a esa diadema de tilos que bordea las cuatro caras de la plaza Real,

completando su austera armonía.

Hay otra plaza en París que no es menos agradable por su regular y normal

estilo; así como la plaza Real tiene la forma de un cuadrado, ésta, aproximadamente,

ofrece la de un triángulo. Fue construida en el reinado de Enrique el Grande, que la

llamó plaza de la Delfina; admiró a las gentes de entonces el tiempo escaso que

precisaron sus edificios para cubrir todo el terreno inculto de la isla de la Gourdaine.

Fue un dolor cruel la invasión de este terreno para los curiales, que iban allí a

divertirse ruidosamente, y para los abogados, que meditaban en él sus alegatos: ¡un

paseo tan verde y florido al salir de la infecta audiencia del palacio!

Apenas se edificaron esas tres hileras de casas erguidas sobre sus pórticos

pesados llenos de almohadillas y surcados de frisos; apenas fueron revestidas de sus

ladrillos y se les abrieron sus ventanas con balaustres y se las tocó con sus techumbres

macizas, aquel pueblo de gentes curiales invadió toda la plaza, estableciéndose cada

uno en ella según su categoría y sus medios, es decir, en razón inversa a la altura de los

pisos. La plaza se convirtió en una especie de Corte de los Milagros de alto prestigio,

una guarida de ladrones privilegiados y de gentes picapleiteras edificada con ladrillo y

piedra, mientras eran de barro y madera las moradas de los rateros.

En una de esas casas de la plaza de la Delfina vivía hacia los últimos años del

reinado de Enrique el Grande un personaje bastante importante que se llamaba

Godinot Chevassut, teniente civil del preboste de París, cargo muy lucrativo y penoso

a la vez en un siglo en que los ladrones eran mucho más numerosos que hoy día -¡tal

es la decadencia de la probidad desde aquellos tiempos en nuestra Francia!- y en el que

el número de las mujeres de alegre vivir era mucho más considerable -¡tal es la

degeneración de nuestras costumbres! Como la humanidad, desde luego, no cambia, se

puede decir, como un antiguo autor, que cuantos más pícaros hay en galera muchos

menos hay fuera.

También hay que advertir que los ladrones de entonces eran menos

caballerescos que los de hoy, y que este miserable oficio era en aquellos tiempos una

especie de arte que hasta los buenos hijos de familia se dignaban ejercer. Muchas

buenas capacidades, arrojadas a los pies de una sociedad llena de barreras y de

privilegios, rechazadas por ella se educaban devotamente en aquel oficio; enemigos

mucho más peligrosos para los particulares que para el Estado, cuya máquina quizá

hubiese estallado sin esta válvula de escape. Además, sin duda alguna la justicia de

entonces daba un trato cortés a los ladrones distinguidos, y nadie como el magistrado

de la plaza de la Delfina ejerció tan gustosamente esa tolerancia, y ello por razones que

ya conoceréis. En cambio, ninguno tan severo como él con los torpes: éstos pagaban