La Mirada. Un Viaje al Corazón Marroquí por Adolfo Moreno - muestra HTML

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©2012, del texto, Adolfo Moreno.

©2012, de la edición, Adolfo Moreno.

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Twitter: comenta con la etiqueta #novelaLaMirada y sigue al escritor @adolfo_mg

Facebook: tendrás todas las novedades, si das a “me gusta” en facebook.com/novelaLaMirada Esta novela está categorizada en el sistema IBIC como ‘5X’.

Es decir, “incluye material con contenido explícito”, tal como

el sexo, el uso de drogas, la violencia o el lenguaje malsonante.

Primera edición: julio de 2012. Tirada: 500 ejemplares.

Título: La mirada. Un viaje al corazón marroquí

Autor: Adolfo Moreno.

Edición: Adolfo Moreno. Calle Hydra, 5. Móstoles (Madrid)

Imprime: DiScript preimpresión, S.L.

Depósito legal: M-24276-2012

ISBN: 978-84-615-9541-9

Este código ISBN pertenece al libro en formato papel. El ebook

y la versión audiolibro no disponen de código ISBN propio al

ser formatos que el lector obtiene de forma gratuita.

Corrección ortotipográfica:

Noelia Valverde

Asesoramiento cultural:

Said El Farisi

Cubiertas:

Alejandro Cerezo

Maquetación:

Alejandro Cerezo

Miguel Álvarez

Booktrailer y foto de la contracubierta:

Mario Munera

Programación y diseño web:

Jorge Marcial Álvarez

Soporte técnico web:

Ángel Vinuesa

Mapa de la zona:

Gabriel Orgaz

Quiero mostrar públicamente mi más efusivo agradecimiento a las personas

aquí nombradas, por su apoyo desinteresado y su generosidad.

Gracias por ser así, amigos.

A.M.

Agradecimientos

Me es imposible dibujar una historia sin que se vean las pinceladas —y la brocha

gorda— de la gente que ha sido la guionista de mi vida, de Móstoles a Prádena, de la ribera del Tajo a la del Ebro. Tampoco he intentado lo contrario: veréis trazos que sentiréis cercanos, es mi forma de daros las gracias. Pero hay personas cuya

aportación directa a este proyecto no me perdonaría omitir. Lo haré cronológi-

camente.

A Toni, porque cambia una vida cuando contagia su pasión por la cultura. Al

Obama de Fez, por destapar el tarro marroquí de las esencias y dejarme olerlo. A

Lidia, por haber marcado los puntos. A Carlos, por ofrecer teoría a lo abstracto. A Iñaki, por su consejo: “No busques un atajo a través de una moda; la vida profesional es muy larga, sigue el camino que sientas como propio”. A Víctor, por aquella conversación imborrable. A Javi y a Charo: a él, por enseñarme lo impagable de

la independencia; a ella, por mostrarme que solo las buenas personas pueden ser

felices de verdad.

A Aziz, por traducirme la sonrisa del Atlas, y al resto de marroquíes con los

que me crucé en mis viajes y que, con más miradas que palabras, me mostraron

su alma. A Vane, porque sin un pilar la casa se te cae encima. A Jimena, por su

fiabilidad en las consultas médicas. A Jesús, de Cruz Roja, y a Nabil, de Acoge,

por alumbrar las sombras. Al Polako, a Celia y a Fito, que ayudaron a que estas

páginas tengan por himno el de una generación. A Vero y a Andrés, por abrirme

las puertas del rincón más idílico del mundo.

A Diego, al Chino, a Pedro y a Kike, porque las ideas que parecen más pertur-

badas son las que cambian las cosas. A Hernán, por hacer que me enamorase de

una forma nueva de crear. A Noe, por corregir mucho más que palabras. A Saïd El

Farisi y a Atta, por impregnarme con la deliciosa fragancia de la cultura amazigh.

A Soleman, por recordar la oscuridad para que otros no la olviden. A Mario, por

compartir su talento icónico. A Álex, por poner cara al cuerpo, y muy linda. A

Miki, por disponer el tipo idóneo para una década. A Marci, por su confianza

eterna. A Ángel y a Gabi, por confirmarme que hay amistades que no caducan. A

Jorge, por su idea del audiolibro. A Dani, por su oído para la guitarra. A José, de la Librería Andrómeda, por sus consejos. A mi mecenas “loco”, por su generosidad

en todas las situaciones. A Sara y Goro, de lanzanos.com, por su cariño. A Lucía, porque sentirse cómodo es indescriptible.

Y, por encima de todo, a los lectores, a los amigos y amigas que habéis sentido

el proyecto como vuestro —hacéis bien: lo es—. A ti: por prender una mecha,

una forma distinta de editar libros, por colaborar en una difusión modesta pero

sincera, por dar esa palmadita —muchas veces virtual— en la espalda que no

puedes imaginar lo que ayuda en la incertidumbre.

Ahora, espero no defraudaros: lo he intentado transcribiendo un “gracias” en

una historia que no olvidéis.

A.M.

Prólogo

Conocí a Adolfo Moreno poco antes de que la economía española entrara en

erupción y el magma de ese cráter que los sismólogos de las finanzas denomina-

ron “crisis” fundiera en su descenso, candente y cadencial, la traicionera ilusión de que nuestra generación se iba a comer el mundo. Antes del desastre nadie

quería creer que esa velada amenaza que anunciaba la constante actividad sís-

mica que agitaba el suelo que pisábamos acabaría cumpliéndose. Cuando final-

mente ocurrió, todos los sistemas de prevención fal aron estrepitosamente y aún

hoy esa masa ígnea sigue fuera de control, devorando insaciable cualquier atisbo

de esperanza. El presente es una sucesión de temblores que no somos capaces de

concluir si son réplicas del primer seísmo o más bien renovadas advertencias de

una catástrofe aún peor, porque el futuro está oculto detrás de una cortina de

ceniza volcánica. Y, a pesar de todo, la mirada de Adolfo continúa irradiando

el mismo brillo que el día que nos conocimos: un haz luminoso de optimismo

que es capaz de convencer a alguien como yo, un obstinado derrotista, de que

no todo está perdido.

La novela que tiene entre sus manos es el prisma que refracta y descompone

esa luz —constituida por partículas de conciencia, compromiso y tenacidad—

que este escritor propaga. La mirada es la materialización de un empeño que se antojaba quimérico: una ficción que surge de una aspiración romántica, se erige

sobre esforzados años de trabajo y se publica sin la necesidad de ajustarse a los anquilosados preceptos a los que se aferran las empresas editoriales. Si algo hemos aprendido de este maldito volcán que no cesa de escupir azufre es que hasta

el más sólido de los pilares que todavía sostienen este mundo que se derrumba

a nuestro alrededor puede acabar desmoronándose. Apuntalar la quejumbro-

sa industria editorial en medio del temblor es una tarea fútil, de modo que lo

que propone este autor, como muchos de los creadores que han surgido en esta

época, es volver a levantarla desde sus cimientos: “Sin lectores no hay novelas”, se repiten como un mantra. Y en este momento, usted, lector, está a punto de

hacer esta novela realidad.

Antonio Díaz

Periodista

A mi madre, a mi padre y a mi hermano

por enseñarme a soñar despierto.

« Este continente es demasiado grande para describirlo. […]

Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos “África”.

En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe».

Ryszard Kapuściński. Ébano

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Tierra

Saïd abrió los ojos. La luz tenue del sol de invierno se colaba entre las

rejas de la ventana. Una sonrisa se dibujaba en su rostro adolescente aun antes de haberse levantado de la cama. Raudo, se dirigió a la esquina de su habitación. Se miró en el espejo. Resopló nervioso, agachó la cabeza y volvió a elevarla: suspiro ansioso, mueca pícara. Se echó agua sobre la cara por tres veces, luego se refrescó la nuca. Se agitó los rizos del pelo; seguidamente intentó domarlos utilizando

la palma de la mano a modo de peine. Casi tropezándose, logró enfundarse una

gruesa y descolorida chilaba oscura. Después abrió la puerta y subió los escalo-

nes de dos en dos.

El cielo estaba despejado, lo que no impedía que el gélido viento provocase

un ligero escalofrío al recibirlo, de cara, en la azotea. Mustapha y Dalila toma-

ban café en el otro extremo de la kasba.

Sbah iker —saludó ella, en lengua tamazight, mientras se levantó de la

silla para dar un beso a Saïd.

—¡Sí que son buenos, sí! ¿No me habéis dejado dormir mucho hoy? —cues-

tionó el joven mientras recibía la carantoña de Dalila.

Salam aleikum —intervino el fornido hombre, sujetando el cigarrillo

con la boca mientras deseaba a Saïd, mediante el saludo, que la paz fuera con

él—. Hoy tendrás mucho trabajo, pequeño gran hombre, así que era mejor que

descansases.

Aleikum salam, Mustapha —enmendó Saïd, mirándolo al fin—. Enton-

ces hoy, ¿no tenemos clases de idiomas? ¿Ni debo hacer los deberes de Sidi Ab-

delkhalek?

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—Hoy y mañana tendrás descanso en tus estudios —confirmó Mustapha.

Dalila permanecía de pie, contemplando a Saïd a escasos centímetros. Cu-

bierto por un velo amarillo y marrón, su joven rostro, de trazos atractivos y

redondeados, se tornó riguroso mientras, tocando el cabello del joven, señalaba:

—Podías haberte secado la cara un poco y haberte peinado…

—¡Ay, mamá! ¿Qué más da? —protestó Saïd, intentando zafarse de las ma-

nos de su madre.

—Protestas demasiado a tu madre, jovencito —exclamó ella, dejando de

mirar a Saïd—. Te voy a traer el desayuno.

—Estemos tranquilos todos hoy, que es un día para celebrar —irrumpió

Mustapha, acompañando con la mirada a Dalila mientras ésta atravesaba la

azotea—. Pero sí que deberías acicalarte un poco —hizo un gesto con la mano

al muchacho para que se sentase a su lado—: hoy vas a ser el responsable de la

Kasbah Dades durante unas horas.

—¿Cómo es eso? —interpeló el joven con cara de asombro mientras apoya-

ba su trasero en el cojín de la silla.

—Ya tienes quince años —señaló Mustapha, sonriente—; nos gustaría que

hoy acompañases a los huéspedes a recorrer Skoura y atendieses las necesidades

que tengan. ¿Crees que estás preparado?

—¡Claro que sí! —respondió, con cierto aire de indignación—. Pero es que

justo hoy…

—Ya sé que vienen Mohamed y Amina y que quieres estar con ellos —soltó

una bocanada de humo—. Y pasarás todo el tiempo que quieras con mi herma-

no y mi cuñada, pero también llega una familia francesa a la kasba, y el trabajo

es lo primero —sonrió, buscando respuesta en Saïd.

—Lo sé, pero, ¿por qué no te vas a encargar hoy tú de ellos?

—Esta tarde, los mayores tenemos que irnos a…

—¡Yo también soy mayor! —interrumpió Saïd.

—Pues si de verdad lo eres, ¿por qué no lo demuestras haciendo caso a tu

jefe, encargándote de los clientes y siendo paciente para mañana poder estar

todo el día con Mohamed y Amina? —espetó Mustapha con rostro serio, para

después apagar el cigarro en un cenicero de barro.

—De acuerdo —masculló Saïd, agachando la cabeza.

—Así me gusta, un hombre debe saber priorizar la responsabilidad al placer

—finiquitó, sereno, mientras acercaba la mano al pelo de Saïd.

El joven retiró la cabeza bruscamente. Alzó la vista, fijándola en una inmensa

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palmera que apenas distaba veinte metros de sus grandes y almendrados ojos

oscuros. Mustapha se levantó, y tras intentar en vano conectar su mirada con la

del muchacho, apuntilló:

—Espero que cojas la sonrisa del cajón de tu habitación pronto, porque en

una hora llegará la familia Blanc.

—Tranquilo, lo haré. Es trabajo —replicó, sin mover un músculo—. Y me

daré una ducha —dijo girando la cabeza y mirando al dueño del hotel.

—Buen chico. Perdona si te lo he dicho de malas formas, pero prefería que

te cabreases conmigo a que lo hicieses con tu madre —argumentó Mustapha

antes de enfilar el camino de regreso a la escalera.

Tras algunos segundos, Saïd levantó el brazo derecho, dejando caer con des-

gana su mano sobre el muro de adobe, que establecía el punto más elevado de la

kasba. Acariciando la petrificada paja que daba consistencia al barro, contempla-

ba una palmera a la que miraba de frente, al estar ambos a unos cincuenta me-

tros del suelo. Las l uvias de los últimos días las habían coloreado de un verdor intenso; lo mismo ocurría con casi todo el terreno del colosal palmeral sobre el

que se levantaba, entre otras, la Kasbah Dades.

—¿Estas nervioso, pequeño? —preguntó la fina voz de Dalila mientras acer-

caba la bandeja con el desayuno a la mesa.

—Estoy bien, mamá —respondió girando el cuello para mirarla—. Shukran

—agradeció Saïd mientras cogía el azafate que le ofrecían las delgadas y curtidas manos de su madre.

—Es lógico estar nervioso: hoy vas a ser el guía de los turistas. Es toda una

responsabilidad. Aunque estoy segura que lo harás muy bien —continuó mien-

tras, ya sentada, posaba la mano en la rodilla izquierda de su hijo.

—Estoy tranquilo, pero no sé si es porque aún no lo he intentado asimilar.

La verdad es que, cuando me he levantado, solo pensaba en que hoy volvería a

ver a tío Mohamed y tía Amina —respondió Saïd, mirando los grisáceos ojos de su madre.

—Ya me imagino, cariño. Son muchos años sin verlos —comentó, para des-

pués acariciar el muslo de su hijo—. ¿Te acuerdas cuando jugabas de pequeño

con los regalos que te fabricaba la tía Amina?

—Sí —respiró profundamente—, que pena que los tuviéramos que dejar

en Agdz…

—Lo sé, fue una lástima que no los pudiésemos traer. Quizá el tío Mohamed

venga con algo…

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—¡Mamá!, ya no soy un niño, no quiero juguetes.

—Ya, perdona hijo, es que has crecido tan rápido —suspiró—…, y me acor-

daba de cuando corrías con la pelota por su patio. Bueno, ahora —dijo cambian-

do la entonación melancólica—, cómete este platito de chebakia, que pronto tienes que estar en la recepción —finiquitó, para después toquetear la cabellera

del muchacho antes de levantarse.

Saïd se despidió de su madre con una sonrisa y comenzó a alimentar su del-

gado cuerpo, bebiéndose un zumo de naranja y devorando los dulces. Cuando

hubo terminado, bajó la bandeja a la cocina y volvió a su habitación para darse

una ducha y ponerse una chilaba con menos remiendos.

Mustapha, sentado en una de las sillas que había bajo las coloridas lonas,

que formaban una especie de jaima en la que los huéspedes almorzaban cuan-

do llovía, vio a Saïd aparecer por la puerta de la recepción. El muchacho se

acomodó en un taburete de la mesa contigua. Durante un periodo de tiempo

que permitió a Mustapha amarillear un poco más su dentadura fumándose dos

cigarros consecutivos, Saïd recibió en silencio los consejos de última hora de

aquel hombre de rostro cuadrangular y cuello grueso.

La figura del grand taxi que portaba a los nuevos huéspedes emergió tras la puerta de la muralla que delimitaba los márgenes del complejo hotelero. Los

cuatro miembros de la familia Blanc se bajaron del coche. Marcel y Candice,

padre y madre, formaban una curiosa pareja. Ambos, de unos cuarenta años,

destacaban por su altura: ella, con su estilizada figura y rubia cabellera, llama-ba la atención por su modesta elegancia; él, de complexión maciza y rostro

bonachón, transmitía despiste en su mirada. Fréderic era el hijo mayor: vestía

una amplia camisa marroquí recién estrenada. Chloé era una adolescente que

no podía negar ser hija de sus padres: constituía el perfecto término medio

entre ambos. Su dorada melena y delicada silueta formaban un todo unifor-

me con sus gestos distraídos y su dulce rostro. Su mirada se cruzó con la Saïd

apenas bajó del coche. Ambos tuvieron la misma reacción: sus ojos buscaron

el suelo.

Bienvenus à la Kasbah Dades! —exclamó Mustapha.

Merci… —respondió Marcel, acercándose al gerente del hotel, pero sin

mirarlo, ya que concentraba sus esfuerzos en levantar una bolsa de viaje que

iba prácticamente arrastrando por el suelo.

—Espero —insistió en francés Mustapha, mientras giraba el cuello para

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conectar su mirada con la de un inmóvil Saïd—, disfruten en la que será su

casa durante la próxima semana. Permítannos que les ayudemos con su equi-

paje…

Mientras terminaba de hablar, tendía la mano a Marcel. Para entonces, Saïd

ya había agarrado la maleta del cliente y le había estrechado la mano, aunque los nervios le impidieron hacerlo con la firmeza que su jefe le había recomendado

para los saludos.

—Nos han hablado muy bien del Valle del Dades, señor Jamal —intervino

en la conversación Candice, con cortesía y suavidad—, seguro que disfrutamos

mucho estos días.

—Me alegra oír eso, madame. Puede llamarme Mustapha si lo prefiere. Este

amable muchacho es Saïd —señaló, mientras se acercaba a saludar a los otros

miembros de la familia—. Tanto él como yo estaremos a su disposición para todo

lo que necesiten.

Oui, ce sera un plaisir —ofreció, sonriendo, Saïd—. Si les parece, iré subiendo su equipaje a la habitación mientras completan el papeleo —propuso mientras

colocaba en su hombro la pesada bolsa—. ¿Le ayudo con su maleta? —inquirió

directamente a Chloé.

—Gracias, no te preocupes —improvisó la joven—, con que no te duela mu-

cho el hombro con todos los aparatos que lleva mi padre en ese bolsón, será sufi-

ciente —observó Chloé mientras, esta vez sí, cruzaba su mirada con la del joven

marroquí.

—Acompáñenme, entonces, a cumplimentar el registro de los pasaportes —

solicitó Mustapha mientras invitaba a los huéspedes a entrar en la recepción de la Kasbah Dades—. Si están cansados, pueden relajarse en sus habitaciones y, tras el almuerzo, Saïd les acompañará a dar un paseo por el palmeral y las kasbas. Forman un auténtico paraíso que…

Cuando Mustapha se disponía a exponer las bondades de Skoura, el incipiente

sonido del motor de un coche hizo girar a todos la cabeza. En seguida, el claxon

comenzó a sonar con vehemencia.

—¡Ya están aquí! —dijo Saïd mientras dejaba el enorme bulto de Marcel

Blanc en el suelo de la recepción.

Saïd recuperó, a la carrera, los pasos que había dado apenas unos segundos

antes.

Al hamdu lellah —agradecieron a Dios, a la par, los recién llegados.

—¡Tío Mohamed!

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—¡Pero qué grande estás, Saïd! —gritó sonriente el hombre, dejando a la vista

dos huecos en los que, anteriormente, había dientes.

El ritual de besos, abrazos y gestos no fue breve. Ni con Mohamed ni, pos-

teriormente, con Amina.

Mientras tanto, en el umbral de la puerta, Mustapha disculpó la abrupta

respuesta de Saïd y entró en la recepción para colocar la bolsa al lado del mos-

trador. Seguidamente, tras confirmar el cansancio de los huéspedes con un par

de preguntas, sugirió a la familia Blanc que se acomodara en las habitaciones,

informándolos de que se encargarían del papeleo y la organización del viaje

después de comer. Tras acompañar a los huéspedes a sus aposentos, entró en la

cocina para buscar a Dalila. La sala estaba vacía. Miró a través de la ventana: al í sí estaba. Mustapha, apoyado en el alféizar, contempló, durante unos instantes,

la emotiva escena de reencuentro que se estaba desarrol ando en el patio.

Los guisos de carne y verduras que Dalila había preparado colmaban dos de

las mesas de la azotea, saciando el olfato de los comensales. En una, los miem-

bros de la familia Blanc comían con toda la tranquilidad que Marruecos inspira,

mientras disfrutaban de la panorámica sumergidos en un silencio cautivador.

Las precipitaciones habían dado una mañana de tregua, y el sol recorría el cielo

sin tener apenas que esconderse tras las nubes. Aguzando la mirada, intuían un

desierto pedregoso. Éste se extendía desde las últimas palmeras, que rodeaban

la multitud de kasbas centenarias con distintas suertes en cuanto a su conserva-

ción, hasta las faldas de la vertiente sur de las montañas del Alto Atlas, de las que solo se distinguía una silueta oscura, inmensa y alargada en la línea del horizonte. En la otra mesa, con la distancia que aúna la intimidad de cada conversación

y la facilidad para que los clientes se hicieran notar ante cualquier necesidad,

comían y reían los hermanos Jamal, Amina, Dalila y Saïd. Comían, sí, pero lo

que más hacían era charlar:

—¿Cómo se está portando mi hermano contigo? —preguntó Mohamed a

Saïd, buscando detal es concretos más al á de las breves y genéricas conversacio-

nes que habían surgido hasta el momento.

He is very good, my friend! —sorprendió el adolescente con una perfecta

pronunciación.

—¡Alabado sea Dios! Si ahora pareces un cliente de la kasba —exclamó

Mustapha mientras chocó su mano a la de Saïd con vigorosidad juvenil.

—¿Y cómo has aprendido a hablar en… inglés? —curioseó Amina, con una

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pausa en la entonación para pensar una posible procedencia de ese desconocido

idioma extranjero.

—Durante varios años —intervino Mustapha—, él y yo jugábamos a dedi-

car cada semana a un idioma: al francés, al inglés o al español, los idiomas que

me enseñó mi antiguo jefe. Yo le traducía algunas conversaciones que teníamos

al inglés, por ejemplo, o le transcribía en un papel lo que decía el diario de las mañanas. O si el periódico era extranjero, se lo escribía en árabe para que fuera aprendiendo —tras la calmada explicación, miró a Saïd—. Él se esforzó y trabajó

mucho haciendo los deberes, y estudiando —volvió a mirar al matrimonio—.

Ahora ya no le gusta tanto jugar a seguir aprendiendo idiomas…

—¡Es que también me pone muchos deberes Sidi Abdelkhalek! —profirió el

joven—. Y también es porque ya trabajo mucho más en la kasba…

—¡Qué mayor te has hecho, pequeño! —reflexionó Amina—. Y pensar que

hace… ¿cuánto, ocho años?, todavía nos preguntabas que significaba “rebuznar”

en árabe —entonces ella miró a Dalila—... ¿Quién es Sidi Abdelkhalek?

—Es un amigo de Mustapha, que es profesor en Ouarzazate. Ha estado vi-

niendo durante años a enseñar a Saïd ciencias, literatura, geografía, historia…

—aclaró Dalila.

—¡Y como mi chaval es muy listo ha aprendido de todo! —observó, animo-

so, Mohamed, mientras hacía un gesto cómplice al muchacho.

El rostro de Dalila, cobijado por el velo amarillo y marrón, se tornó serio:

—Eso está bien, pero, si se esforzase un poco más, podría aprovechar la gran

oportunidad que tenemos de que un hombre tan inteligente como Sidi Abde-

lkhalek venga hasta aquí a hacerlo un hombre.

—¡Pues bien que esta tarde, como un hombre, voy a quedarme de encargado

del negocio! —alzó la voz Saïd, mientras gesticulaba ostensiblemente.

—Por eso no te preocupes, Dalila —intentó apaciguar Mustapha—, el maes-

tro es un gran amigo y, por mi familia, él lo hace encantado.

Un silencio incómodo se desplomó sobre la mesa durante unos segundos.

Amina concilió:

—Veo entonces que el hecho de que os vinierais de Agdz a Skoura, aunque

lo tuviésemos que improvisar, fue una gran elección.

—Nunca sabré cómo agradecer a Mustapha su hospitalidad desde el primer

momento, la verdad —articuló Dalila, mirando con dulzura al dueño de la kasba.

Mustapha no encontró las palabras adecuadas para responder. La ingenuidad

de Saïd, sí:

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—¿Por qué dices que lo tuvisteis que improvisar? Nunca me has explicado

por qué tuvimos que cambiar de casa, mamá.

Dalila estuvo ágil, como si hubiera tenido la respuesta a esa pregunta a buen

recaudo en su mente durante años, a la espera de tener que utilizarla:

—Ya te lo digo siempre: porque aquí había un trabajo mejor. Tía Amina se

refería a que tuvimos que adelantar el viaje porque Mustapha nos necesitaba en

la kasba antes de lo que nosotros teníamos pensado.

Los adultos asintieron. Saïd, al que la explicación pareció convencer, mur-

muró unas palabras de aceptación. Luego, centró sus esfuerzos en chuparse la

salsa del tajín de carne asada que se le había quedado en el índice y el pulgar.

—Veo que sigues siendo muy disciplinado con tu madre —intervino Mo-

hamed con una sonrisa guasona—…, y llevas a rajatabla su teoría de que el sabor

del buen guiso amazigh está en los dedos.

Todos rieron sonoramente, lo que provocó que los miembros de la familia

Blanc girasen la cabeza durante un instante. Entonces, Mustapha sugirió a Saïd

que fuese a ver si los huéspedes necesitaban de sus servicios y, de paso, les pro-pusiera un plan que les resultase atractivo para disfrutar de su primera tarde en Skoura. Mientras el muchacho se levantaba, Mohamed expuso:

—¿Vas a atender a los clientes porque ya han empezado tus funciones de

jefe… o por ver en qué puedes ayudar a esa chica francesa tan guapa?

—Tío Mohamed, ya no respetas con los comentarios en la mesa ni a tu

sagrada esposa —observó Saïd, improvisando una respuesta rápida—. Soy un

profesional —expuso con timidez, ya de pie.

—Ahora mismo, un profesional con la cara roja de vergüenza… —apuntilló

Mohamed.

El aprendiz de hotelero estuvo departiendo animadamente con los clientes

durante algunos minutos, en busca de la aceptación de la propuesta que les reali-

zó de cara a la ruta vespertina. Posteriormente, bandeja en mano, Saïd se esfumó

en dirección a la cocina.

A Saïd le gustaba preparar el té a la menta. Casi siempre le pedía a Mustapha,

aludiendo a la necesidad de perfeccionar su técnica para ser un futuro padre de

familia ejemplar, que le dejara este punto del servicio a él. Lo sentía como algo realmente marroquí, y le agradaba recibir los cumplidos que solía recoger cuando

los huéspedes lo probaban. Saïd colocó, cerca de él, el agua hirviendo, una cajita con el té verde y otra con terrones de azúcar. También dejó preparado, en la mesa 26

de al lado, un azafate con la tetera y cuatro vasos, con una ramita de menta fresca en cada uno de ellos. Mientras el agua hervía al calor del fogón, puso en la tetera dos cucharaditas de té verde: una por cada par de vasos, según había aprendido de pequeño. Durante el tiempo que tardaba el agua en alcanzar su punto de cocción,

cavilaba sobre cómo sorprender a ambas mesas, sin poder concretar cuál de los

dos reconocimientos le haría más ilusión. Finalmente, dispuso todo lo necesario

para que los huéspedes disfrutaran del suave sabor del humo de un narguile. El

agua ya había hervido, por lo que vertió un poco sobre el té, para después mover

la tetera buscando que se hinchase la infusión y eliminar las impurezas. Tras el o, separó esta mezcla en un vaso distinto. Tras repetir cuatro veces este proceso de forma casi mecánica, vertió el agua hirviendo sobre el té y puso la tetera sobre el fuego. Una vez ya tuvo hervido el té, retiró la tetera del fogón y añadió la menta y seis terrones de azúcar. El ritual ya estaba a punto de terminar. Solo faltaba

airearlo y los Blanc disfrutarían del auténtico whisky bereber. Para ello, sirvió té en un vaso y lo hizo regresar a la tetera. Tras repetirlo en varias ocasiones, siempre buscando la mayor altura posible para oxigenar la bebida, comprobó que estaba

suficientemente dulce y lo sirvió en los cuatro vasos que tenía preparados. Ter-

minó de preparar la cachimba y subió la escalera. Dejó la esbelta pipa de color

azul en el penúltimo escalón, y acudió a la mesa de los franceses para servirles

el té. Cuando hubo finalizado, regresó a por el narguile y lo portó, orgulloso,

atravesando nuevamente la azotea. Desvió ligeramente su mirada en busca de

un gesto de aprobación por parte de alguno de los cuatro bereberes. No lo hubo:

Mohamed, Amina y Mustapha escuchaban atentamente las gesticulantes expli-

caciones de Dalila.

—Esto es un regalo de la casa, espero que les guste —anunció Saïd, colocan-

do la cachimba en la mesa de la familia Blanc.

—¡Muchas gracias! —exclamaron, casi sincronizados, los cuatro.

—Gracias a vosotros por hospedaros aquí. Luego nos vemos para ir a dar el

paseo.

Saïd estaba iniciando el giro, cuando se tropezó con la pata de la silla sobre la que se sentaba Chloé. Antes de que el traspié permitiera pronosticar una probable caída, la muchacha lo sujetó del antebrazo:

—¡Cuidado! ¿Estás bien?

—Sí —le respondió Saïd, ruborizado.

—De nada—ofreció irónica, con una amplia sonrisa.

La reacción mecánica asociada al sentimiento de vergüenza le hizo tomar

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instintivamente la dirección que conducía a la escalera. Poco antes de alcanzar

la puerta, volvió a mirar a la mesa en la que, ahora, Amina acariciaba, con ambas manos, el brazo y la espalda de Dalila.

Retrasó las posibles mofas preparando cinco vasos más de té, y un narguile

para los hermanos Jamal. Luego, regresó a la azotea.

—Gracias por el té, hijo —agradeció Dalila.

—¿Qué tal con la familia Blanc? —preguntó Mustapha—. ¿Ya has hablado

con ellos para ver qué hacéis esta tarde?

—Sí, les he comentado la idea de acercarnos al zoco primero, así veremos el

atardecer en el palmeral —respondió Saïd mientras recogía algunos platos en

una bandeja—. Ahora vuelvo.

Saïd reapareció poco después. Posó sobre la mesa un narguile labrado con un

esmero solo apto para manos duchas en la materia, e informó:

—Esto es un regalo para los hermanos.

—¡Míralo, qué detal ista! —reconoció Mohamed.

Mustapha desvió la mirada para observar la mesa de los franceses y expuso:

—Veo que vas aprendiendo buenos trucos para agradar a los clientes. Eso

me gusta —apagó el cigarrillo y dio la primera calada a la pipa—. Pero para la

próxima vez, recuerda que no deberías utilizar la cachimba más cara que tenemos

para que fumemos nosotros, habiendo huéspedes delante.

—¿Siempre lo hago todo mal o qué, Mustapha? —masculló Saïd.

—No quería decir eso, pero… —respondió Mustapha.

—Además, no creo que se quejen, nadie lo hace con un regalo —lo interrum-

pió Saïd, con cierta soberbia, ya sentado en la silla.

—Si lo tienen gratis, no creo entonces que protesten, no —señaló Mustapha.

—¡Vale ya de niñerías! ¡Los dos! —exclamó Dalila.

Ambos agacharon la cabeza. Un silencio rígido se asentó en el ambiente. Mo-

hamed se encargó de relajarlo:

—Mira la parte positiva de todo, Saïd: podrías haberte caído al suelo y ha-

berte hecho muchísimo daño. En la hombría, me refiero —aclaró con una risa

pícara—. Menos mal que las chicas de hoy en día son muy rápidas para salvar a

los que suelen tropezar...

—Creí que no estabas mirando —respondió Saïd, de nuevo con las mejillas

enrojecidas.

—Los viejos somos capaces de tener ojos en todos los sitios. Tú también lo

serás algún día y sabrás de qué te hablo.

28

Un pequeño mutismo tomó la azotea aprovechando que los cinco comensales

prestaban atención a sus vasos, en los que la infusión aún escupía vapor a borbol ones. Amina se adelantó a Saïd, y fue la primera en iniciar una nueva conversación:

—Con todo lo que nos habéis contado, te tenemos que decir que estamos

muy orgullosos de ti, Saïd. Además, se te ve todo un hombre. Y estás muy guapo.

—Muchas gracias, tía Amina —comentó, sin saber muy bien qué más decir.

—Menos mal que Dios, en Su infinita sabiduría, no te ha dado también los

preciosos ojos de tu madre —observó Mohamed, despegando momentáneamente

la boquilla del narguile de sus labios—. Si no, pasarías más horas al día rechazando ofertas de matrimonio que rezando en la mezquita…

Una sonrisa que no permitía ver ningún diente fue la reacción del chico. Lue-

go, volvió a tomar la palabra, sin que esta vez nadie se le adelantase:

—¿Qué os pasaba antes… que os he visto como abrazadas? —preguntó miran-

do a las dos mujeres, intentando poner cara de desinterés.

—Cosas de señoras, pequeño —respondió su madre—. No te preocupes.

El diálogo se evaporó durante un minuto. Luego, Dalila se colocó ligeramente

un velo que no se había movido un ápice pese al viento, y expuso con sutileza:

—Cariño, tienes la cena para los señores ya preparada. Solo tienes que calen-

tarla un poco y ya se puede servir.

—¿Y dónde vais a estar vosotros a la hora de cenar?

—Es que esta tarde vamos a ir a Tinerhir. Queremos ir a agradecer a la tumba

donde está el alma aalem la fortuna que nos sonríe diariamente.

—¡Yo también quiero que el espíritu del santo me ayude!

—Por eso no te preocupes. Sabes que yo, siempre que rezo o me dirijo a los

espíritus, ruego por ti antes que por ningún otro ser en el mundo —contestó

Dalila, estirando su mano en busca de la complicidad de su hijo.

—Ya, pero quiero acompañaros y que sepan que hago méritos para ahuyentar

cualquier aain —rogó, intentando buscar en el repeler al mal de ojo una excusa para lograr un hueco en el coche, mientras acariciaba la mano que su madre le

había tendido.

—Cariño, tú no tienes que preocuparte por eso. ¡Nadie te quiere mal para

haberte echado un mal de ojo! —adujo Dalila.

—Bueno, pero si voy con vosotros puedo estar más tiempo con tío Mohamed

y tía Amina…

—Esta vez no puede ser, tenemos que ir los mayores solos —repuso Dalila,

con tibia firmeza.

29

Saïd soltó la mano de su madre, mientras su rostro era invadido por los ras-

gos propios de un niño enfurruñado. Mustapha intentó ayudar a Dalila:

—Ya habíamos hablado de esto, Saïd. Hoy te encargarás de los clientes. Es

bueno que vayas cogiendo experiencia —como el muchacho no contestaba,

Mustapha continuó, ya con más calma—. Tu madre quiere asegurarse de que

nunca, ni tú ni ella, vais a ser entregados a los espíritus que aparecen con el mal de ojo.

—¿Tenemos un aain sobre nosotros? —preguntó Saïd, con cara de preocu-

pación.

—¡No! —dijeron al unísono las dos mujeres y Mustapha.

—A nosotros nadie nos desea el mal, pequeño —prosiguió Dalila, intentan-

do resultar convincente—. Solo quiero baraka. Mostrar nuestra fe y conseguir

la protección de los espíritus sobre nuestras almas.

Saïd comenzó a beber el té, en pequeños sorbos. Con la mirada anclada en

el infinito, insistió:

—Nunca habías hecho un viaje para reforzar nuestro aislamiento de los yen-

num. ¿Qué ha cambiado ahora?

—No es que haya ninguna novedad, cariño, pero no está de más seguir mos-

trándonos fuertes ante esos espíritus que buscan desatar el mal.

—¿Ya no es suficiente para espantarlos el que rocíes con gotas de leche las

esquinas de la casa, y el resto de rituales que practicamos fielmente?

—Nunca se tiene demasiada fe —finiquitó Dalila.

Mustapha sacó su mejor sonrisa e intentó tranquilizar al muchacho con pa-

labras cuidadosamente medidas:

—No pasa nada, campeón, cuando regresemos esta noche, si sigues despier-

to, te contaremos cómo ha ido todo.

—Creo que debo ir a atender a los huéspedes —declaró Saïd con sequedad

mientras se levantaba.

La posición del sol, cada vez más oculto tras la multitud de nubes que, ahora,

trasladadas en cantidades industriales por el fuerte viento, gobernaban el cielo, marcaba, aproximadamente, las tres de la tarde. Mustapha tenía el todoterreno

ya preparado para partir hacia Tinerhir, pero no quería comenzar la marcha sin

antes haber hablado a la familia Blanc. Cuando éstos aparecieron en el jardín, el dueño del hotel corroboró que, hasta el momento, todo estaba siendo de su agrado. También les explicó que se debía marchar por un motivo importante, pero

30

que volvería esa misma noche. Apenas dio detalles sobre la ruta que realizarían

al día siguiente, pero sí les prometió que no los dejaría indiferentes. Por último, aprovechó para asegurarles que los dejaba en las mejores manos para disfrutar su

primer día: las de Saïd.

Así, todos partieron hacia sus destinos. Dalila, Amina y los hermanos Jamal

tenían varias decenas de kilómetros por recorrer a lo largo del Valle del Dades

hasta arribar a Tinerhir. Saïd y la familia Blanc, al contrario que ellos, no tenían ninguna prisa y caminaron hacia el zoco en un tranquilo paseo que les hizo

cruzar, en primera instancia, el extenso laberinto que formaban las palmeras.

La zona de Skoura en la que se encontraba la Kasbah Dades estaba dibujada en

ocre y verde: el color de las kasbas de arcilla tostada por el sol, y el del palmeral que da forma al lugar. Después, una explanada pedregosa y árida, atravesada por

un poco caudaloso riachuelo que serpenteaba la zona, los separaba del centro

de la población. Tras transitar el llano, la animosa y tranquila vida del lugar se iba exponiendo ante los ojos de los visitantes: los niños corrían a lo largo de las estrechas calles en busca del premio más ansiado, que no era otro que conseguir

marcar un gol; entretanto, grupos de mujeres, ataviadas con largos vestidos y

coloridos velos, charlaban en pequeños grupos, a la vez que tejían voluminosas

mantas o cortaban las verduras con las que alimentarían a su familia esa misma

noche. A medida que se adentraban en la villa, el ruido de las motos y el griterío de los llamamientos a las compras aportaban al oído lo que el té y el tabaco de

los cafés, así como los puestos de especias, hacían con el olfato: el regalo a los visitantes del sonido y el olor de Marruecos.

El modesto zoco no daba para más de treinta minutos. Pero los rituales de

las ventas por parte de los comerciantes ampliaban el tiempo de estancia en cada

puesto en tantas medias horas como productos se estuviese dispuesto a adquirir.

En el centro se hal aban frágiles estructuras formadas por barras de hierro que,

colocadas con gran destreza, sujetaban la lona que cubría, tanto del sol como de