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La Mujer en la Medicina. Una Historia Clínica de Misoginia por Salvador Rosales y de Gante, José Gaspar Rodol - muestra HTML

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La mujer en la medicina. Una historia clínica

de misoginia

Salvador Rosales y de Gante,1

José Gaspar Rodolfo Cortés Riveroll,

Domingo Pérez González

Introducción

La mujer generalmente ha sido excluida de la práctica médica a través de la historia de la medicina. Este artículo intenta recuperar la memoria histórica de las mujeres en la medicina, donde se descubre que ésta no es objeto pasivo, sino que aparece como un sujeto histórico en la medicina; muestra, las determinaciones irracionales de una sociedad misógina, sexista y explotadora, donde el poder dependía de la representación de la masculinidad al mismo tiempo que reprimía y marginaba a la mujer. Se recuerdan también, algunas mujeres ejemplares como Agnodice en la Grecia clásica, o como Elizabeth Garret Anderson de finales del siglo XIX, que para ser reconocidas como médicas enfrentaron valientemente los prejuicios misóginos de la sociedad en que vivieron.

Este artículo está dirigido a recuperar desde la memoria histórica a la mujer dentro de la medicina. La recuperación debe vincularse con la búsqueda de una nueva historia, no la que nos dice únicamente quiénes fueron los privilegiados hombres que fundaron en la razón y la tekhne una nueva disciplina de curación, sino de aquella que busque las causas y las determinaciones de por qué la mujer quedó excluida de la vida social, cultural, política y académica. Esta "nueva historia" no favorece al hombre como sujeto pensante y racional; por el contrario, muestra las determinaciones irracionales de una sociedad misógina, sexista y antidemocrática, donde el kratos (poder) dependía de la representación de la masculinidad al tiempo que reprimía y marginaba socialmente a la mujer.

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1 Profesores e investigadores del Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina, Facultad de Medicina - Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

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Las aportaciones de las mujeres a la medicina, desde su concepción mágico-religiosa hasta la constituida a la manera del arte y la ciencia, han sufrido altibajos a lo largo de la historia. No es fácil desenterrar un pasado que parece inexistente, cuya tumba no está prevista en la arqueología de la ciencia, pues para muchos siempre fue evadida esta parte de la invención de la historia de la medicina que descubre que la mujer no sólo no es objeto pasivo, sino que puede aparecer también como un sujeto histórico de la salud y la enfermedad, en la modulación de la construcción de la tekhne iatriké.

La mujer en la medicina primitiva

Hablar de la medicina primitiva es diferente, pues aunque también aquí encontramos manifestaciones de exclusión de la mujer, existen algunos ejemplos de participación importante de las sacerdotisas, magas y hechiceras como sanadoras y encargadas de cultos de diverso tipo relacionados con la salud, la enfermedad y la curación. En las primitivas sociedades la forma de producción basada en la esclavitud se manifestó de manera distinta en Oriente y en Occidente.2 En el Oriente, el sistema de esclavitud se desarrolló dentro del marco de grandes Estados que se expandían sobre enormes superficies, junto a fecundos valles fluviales. Este entorno natural impulsó las labores del campo como rama principal de la economía que se fundaba en la dura explotación del trabajo de los esclavos. Para asegurar la brutal explotación era necesaria la presencia de un Estado centralista, despótico y teocrático, con monarcas identificados como dioses con severas reglas prescritas por éstos, respetadas como voluntad divina.

Las difíciles circunstancias de la vida cotidiana y la configuración social tan atrasada, dificultaron al máximo la posibilidad de una reflexión teórica y filosófica en todos los órdenes del pensamiento, pero principalmente del pensamiento sobre la sociedad. En estas sociedades las relaciones e instituciones fueron implementadas como instrumentos prácticos para asegurar la conducta y la ejecución de determinadas actividades, con preceptos de tipo pragmático y didáctico. Entonces las relaciones sociales eran presentadas como eternas y la presencia de algún cambio eventual se interpretaba como fruto del destino, completamente independiente de la voluntad del hombre. En estas circunstancias no existió un claro enfrentamiento por el poder social entre géneros, pues la mujer participaba en la producción social, en igualdad de

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2 Markovic Mira, Sociología, México, EDAMEX, 1999, p. 43.

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circunstancias con su esfuerzo, lo que puede explicar que no tuviera impedimentos para ejercer algunas actividades como la medicina.

Las tradiciones orales de las primeras sociedades hablan de la mujer como recolectora y descubridora de las propiedades medicinales de las plantas, y se dice que ya en el año 3000 antes de nuestra era las mujeres estudiaron y trabajaron como médicas y cirujanas. Por ejemplo, en la antigua civilización egipcia, el ejercicio de la medicina correspondía sobre todo a los sacerdotes, pero también existía una clase médica laica y, más aún, algunas de las escuelas de medicina estuvieron dirigidas por mujeres, en ellas se enseñaba esta práctica a alumnas de todo el mundo antiguo cercano a esa milenaria cultura. El papiro médico Kahoun,3 compuesto hacia 1850 antes de nuestra era, que trata de ginecología médica, obstetricia, veterinaria y aritmética, indica que había mujeres especialistas en ginecología, cirugía y enfermedades de los huesos y en él se refiere que en el templo de Sais puede leerse la siguiente inscripción:

“Vengo de la escuela de medicina de Heliópolis y estudié en la escuela de mujeres de Sais, donde las divinas madres me enseñaron a curar las enfermedades”.

La mujer en la medicina Clásica

Por otro lado, recordemos que la antigua Grecia contaba por primera vez con las condiciones indispensables para el estudio sistemático y profundo de la sociedad.

Tales condiciones se refieren en primer término a la organización política de la sociedad griega en polis,4 bajo la premisa de que la participación en todos los asuntos de la polis era un deber de cada individuo para la comunidad y para consigo mismo. La principal característica de la vida política era el debate, tenía lugar en la plaza (el ágora), donde se celebraban asambleas a las que asistían todos los ciudadanos libres. Se comprende que para que existiera esta posibilidad se necesitaba de la existencia de esclavos, de cuyo trabajo se sostuvo la primera sociedad democrática de la humanidad.

El trabajo de los esclavos de la antigua Grecia era mucho más productivo que el de los esclavos de los estados de Oriente.5 El nivel más elevado de las fuerzas productivas condujo a la aparición de nuevas actividades económicas y políticas para los hombres –es decir, los hombres libres– y también originó una nueva estructura de la sociedad en donde las mujeres, por su condición de

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3 Pedro Laín Entralgo, Historia de la Medicina, Barcelona, Salvat Editores, 1982, p. 17.

4 La palabra polis significaba ciudad, ciudad-estado, país natal, pero también comunidad, principio político, institución y pueblo.

5 Mira, Sociología, p. 45.

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género y después de clase, fueron marginadas de las actividades sociales, económicas, políticas y culturales de la polis. Sin entrar en detalles, solamente recordaremos que en esta cultura se iniciaron los estudios sobre los problemas de la sociedad. Sobresale al respecto la obra de Platón y posteriormente la de Aristóteles, cuyo trabajo teórico se orientó hacia la investigación de la sociedad en la cual vivió. Después de Aristóteles surgieron varias escuelas, como la epicúrea, la cínica y la estoica, que igualmente encararon la realidad social y encontraron en ella cada vez más argumentos para justificar la desigualdad en la sociedad y entre las personas, así como entre los géneros.

En los años anteriores a la antigüedad clásica, los griegos transformaron algunos templos en hospitales y en los cultos a Asclepio las mujeres participaban realizando y apoyando prácticas médicas.6 Posteriormente, en lo que se ha denominado el Siglo de Oro, de Pericles, por motivos políticos relacionados con la representación del poder, a la mujer helénica se le prohibió ejercer la medicina que se desarrollaba dentro del concepto de la tekhne iatriké, aunque las prácticas medicas en los asclepiones conservaron a las sacerdotisas, y los oráculos a las pitonisas.

En la antigua Atenas existió por muchos años una ley que prohibía a toda mujer el ejercicio de la medicina e inclusive prácticas como la obstetricia le fueron vedadas al género que traía a este mundo a los nuevos griegos. Esta situación provocó grandes inconvenientes a las futuras madres antes y durante el parto, ya que frecuentemente no querían ser auxiliadas por los hombres, que en muchas ocasiones provocaban la pérdida del producto de la concepción, e inclusive, con frecuencia, la muerte de la madre. Higinio, historiador romano, escribió sobre este hecho y de cómo las mujeres se unieron para luchar en una causa común. Este historiador refiere que Agnodice, mujer ateniense, hacia el año 300 antes de nuestra era se vistió de hombre y fue a estudiar como varón medicina y obstetricia con Herófilo de Calcedonia, famoso médico y anatomista de Alejandría. Cuando volvió a Atenas, todavía disfrazada de hombre, ejerció la medicina con éxito entre las mujeres de la aristocracia.

Algunos médicos atenienses se sintieron celosos de sus éxitos y la acusaron

“como hombre”, de ser “uno que corrompe a las esposas de los hombres”.

Contra todo pronóstico, Agnodice siguió atendiendo a sus pacientes, con falsa

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6 Principalmente participaban personificando a Epiona, Hygyeia y Panakeia; la primera controlando el dolor, la segunda dando normas higiénicas y dietéticas y la tercera preparando medicamentos. Posiblemente la participación de la mujer fue más extensa, vigilando y cuidando a los pacientes convalecientes. J. G. Rodolfo Cortés Riveroll, “Asclepio dios de la medicina”, en Ciencia e Investigación en Salud, vol. III, núm. 3, 1999, p. 331.

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identidad de travestido masculino, confesando en secreto a sus enfermas su verdadero género, generando confianza entre su consulta.

Los médicos, a quienes Agnodice con la curación de las mujeres quitaba una considerable parte de sus ganancias, se confabularon nuevamente en su contra acusándola en el Areópago7 de ilícitas intimidades con el otro sexo. Al comparecer ante la autoridad de esa época, Agnodice reveló entonces a los jueces que era mujer, desnudándose públicamente con el fin de demostrar la falsedad de las acusaciones y de que eran calumnias los señalamientos contra ella de abuso sexual hacia las mujeres que atendía. Sin embargo, estos hechos motivaron que el juicio fuera ahora por otra causa, se enfocaron a la violación de la ley que prohibía a las mujeres ejercer la medicina; por consiguiente, fue encontrada culpable y condenada a la pena de muerte. Las mujeres de la ciudad presentándose ante los jueces amenazaron morir con ella si era ejecutada y la resistencia organizada funcionó: Agnodice obtuvo el respeto público y se le permitió por la asamblea seguir ejerciendo la medicina vestida y peinada como quisiera. Entre el mito y la realidad, la vida de Agnodice revela cómo fue que esta mujer ateniense, ferviente estudiante de la ciencia superó con valentía y tenacidad las reglas de su tiempo, al disfrazarse de hombre para poder estudiar y ejercer la medicina.8

Otro espacio meritorio de la visión reivindicatoria de la mujer en la historia de la ciencia y la medicina lo merece María la Judía, que firmaba sus obras como “Mirian la Profetisa” – aludiendo a la hermana de Moisés– lo que provocó que algunos historiadores asegurasen que la Mirian bíblica era alquimista. En realidad, María la Judía vivió en Alejandría entre los siglos I y II de nuestra era. Fue inventora de complicados aparatos de laboratorio para la destilación y sublimación de materias químicas y aportó elementos importantes para sustentar, desde su época, las bases teóricas y prácticas de lo que en siglos posteriores constituiría la química moderna.

La influencia de sus invenciones trascendió épocas y lugares, y aún hoy día, en los albores del siglo XXI, en plena etapa de la ciencia tecnológica, su célebre balneum Marie sigue siendo una pieza esencial para el laboratorio científico técnico y también para el laboratorio doméstico que constituye la actual cocina. El baño María se usó desde tiempos de su inventora como se usa actualmente: para calentar humedeciendo. Se sabe que esta extraordinaria

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7 Tribunal Superior en Atenas.

8 Pedro Laín Entralgo, Historia Universal de la Medicina, tomo II, Antigüedad Clásica, Barcelona, Salvat Editores, 1972, p. 169.

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inventora también fue la creadora del alambique y el xerotakis,9 que según los especialistas es su mayor aporte a la alquimia occidental.

La civilización romana no dejó tras de sí huellas importantes en la historia del pensamiento social, que en general se respaldó en la concepción de la sociedad nacida en la antigua Grecia. El ingenio romano se ocupó más bien de problemas relacionados con la organización, sobre todo con el orden jurídico de su gran Estado. El resultado de este esfuerzo fue un extraordinario sistema jurídico que la sociedad romana legó a la humanidad como herencia perdurable. La circunstancia anterior puede explicar el hecho de que la mujer romana gozara de una mayor consideración social que la mujer griega. En esta época fueron reconocidos, con limitaciones, algunos derechos de la mujer, como la posibilidad de hacer estudios y practicar algunas profesiones, como la medicina.

En Roma, siglos después de Pericles, las mujeres fueron aceptadas como médicas, algunas incluso lograron alcanzar un gran prestigio y es posible que la medicina fuera la única profesión en la que tuvieron cabida las mujeres romanas; muchas de ellas escribieron tratados fundamentales, como Filista y Lais que fueron especialistas en obstetricia. Salpe de Lemmos escribió sobre las enfermedades de los ojos y Metodora sobre las del útero, estómago y riñones.

Los tratados de Aspasia –médica especializada en obstetricia, ginecología y cirugía que vivió en el siglo II– fueron los escritos femeninos sobre anticonceptivos y abortifacientes más importantes hasta el siglo XI. Aunque la mayoría de sus obras se perdieron, éstas se conocen por las referencias de otros médicos que posteriormente hicieron alusión a los tratados de Aspasia, particularmente Aetius, que en sus trabajos elogia a esta médica por sus conocimientos y procedimientos diagnósticos sobre la posición fetal y también por sus tratamientos de la dismenorrea. Aetius describió el método de Aspasia que se caracterizaba por la aplicación de lociones calientes hechas con preparados naturales, usualmente de hierbas. Además de recomendaciones postoperatorias, también prevenía del embarazo a mujeres para quienes hubiese constituido un gran riesgo, y descubrió métodos para inducir abortos, además de sugerir tratamientos para las malas posiciones del útero. Por último, creó y dio instrucciones sobre una variedad de operaciones quirúrgicas para prevenir las várices del útero y las hernias.

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9 Aparato usado para secar rápidamente.

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La mujer en la medicina medieval

En los años siguientes a la caída del Imperio Romano se recrudeció el ya difícil panorama para la mujer como sujeto social. La medicina técnica se convirtió paulatinamente en una práctica empírica y religiosa hasta desaparecer del contexto cotidiano de los médicos la noción paulatinamente suprimida de la physis griega y ser suplantada por la idea de que la enfermedad es pecado, y de que finalmente el único médico es el propio Dios, en donde los clínicos solamente son, en el mejor de los casos, instrumentos de la divinidad. La medicina y toda la actividad intelectual europea de esta etapa se revisten de oscuridad, dando lugar a la aparición de la Edad Media, con su modelo social representado por el feudalismo.

Durante el tiempo que duró el feudalismo, la religión representó el factor dominante del pensamiento, de modo que los estudios sobre la sociedad y también sobre la medicina tuvieron un profundo carácter religioso. El feudalismo constituye el periodo en que la sociedad se vincula a fuerzas ajenas al hombre, sobrenaturales y omnipotentes, que desde el cielo regulan la vida de la tierra; la institución dominante es la Iglesia, interlocutora entre el cielo y la tierra. Si la educación médica dejó de tener la cualidad de ser laica, los interesados en la práctica médica por lo general debían tomar los hábitos monásticos y seguir las reglas de estas congregaciones como la de San Benito de Nursia,10 haciendo su práctica y formación más difícil aún para los hombres, mientras que para las mujeres las posibilidades de estudio de la medicina se volvieron imposibles.

Hay sin embargo una notable excepción: La monja benedictina Hildegarda de Bingen (1098-1179), conocida como la Sibila del Rin y canonizada poco tiempo después de su muerte. Es la primera mujer de ciencia cuyas obras nos han llegado intactas. Aunque no enseñó cátedra alguna, produjo varios tratados filosóficos y médicos. Sus obras son consideradas un monumento de la medicina monástica, donde señala que el fenómeno de la enfemedad se basa en la interacción psíquica del organismo.11 Aunque existe la certeza sobre la autenticidad de sus escritos visionarios, no están aclaradas aún las fuentes de su vasto saber. Su obra Physica (1140) consta de 9 libros con 513 capítulos; entre 1150 y 1160 redactó varios textos como Liber

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10 La regla benedictina ( Regula Benedicti) se basa en la oración y el trabajo. Exigía a los monjes no sólo su retiro de la vida mundana, sino también aspirar a la moralidad, preocupándose en cuerpo y alma de los sanos y los enfermos.

11 Heinz Schott, Crónica de la medicina, 3ª edición, México, Intersistemas SA de CV, 2003, pp. 92-93.

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subtitlitatum diversorum naturarum creatorum, Liber simplicis medicinae, De naura Verum, Liber compositae medicinae y en 1163 escribió Causae et curae. El contenido de sus textos presenta una visión religioso-mística del cosmos y del hombre, combinando de una manera anticipatoria para su tiempo, ciertos conceptos de la cosmogonía antigua y un amplio conocimiento empírico de la naturaleza que la rodeaba, en donde el hombre y el mundo forman un conjunto unitario en el que todo está relacionado. Para Hildegarda, como para muchos místicos de la época, el hombre perdió su inmortalidad con el pecado original y desde entonces está obligado a luchar contra las enfermedades y la muerte para mantener su salud, pero, a diferencia de otros místicos, para ella, el mundo no es despreciable, sino que en él hizo Dios una obra maravillosa.12 Consideraba que el ethos de un médico no reside en sanar, sino en la misericordia que para otros tiene. La obra de Santa Hildegarda, que tuvo fama pero no continuación, es algo así como un canto de cisne del pensamiento alegórico de la alta Edad Media.13

En la baja Edad Media, hacia los siglos XII y XIII, la medicina se convirtió en una disciplina que necesitaban, para su ejercicio, que el profesional tuviera una educación universitaria. A excepción de algunas de las universidades italianas, todas las demás universidades europeas estaban vedadas para las mujeres. En medicina hubo un campo en que la mujer siempre fue aceptada e incluso preferida a través de la historia: la obstetricia. Sin embargo, su exclusión de la vida académica produjo como consecuencia directa que las mujeres fueran relegadas de la práctica de la ciencia médica galénica medieval, dejando de ser médicas y transformándose de obstetras en comadronas.

La mujer en la medicina moderna

Sin embargo existen algunas singularidades en la práctica médica, como la de quince mujeres médicos autorizadas para ejercer la profesión en el siglo XIV en Alemania, número que se incrementó considerablemente en el siglo XV, pero exclusivamente porque el emperador de entonces había contratado a las mujeres médicas para que atendieran a los enfermos pobres, evitando así recurrir a los hombres, cuyos servicios eran más costosos.

En realidad, la cultura misógina (anti-femenina) fue el motivo fundamental de proscribir a la mujer no solamente de la práctica médica, sino

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12 Alberto García Valdés , Historia de la Medicina, Madrid, Interamericana – McGraw-Hill, 1987, p. 140.

13 Juan R. Zaragoza, La medicina en la Edad Media latina, en Laín Entralgo, Historia Universal…, tomo III, pp. 181-240.

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en general de todas las actividades profesionales y de manera directa de las disciplinas científicas. Para la mujer formada como practicante de la medicina no valieron los estudios realizados, ni la calidad de su práctica profesional; la condición de mujer se antepuso a cualquier otra razón, como la de sus conocimientos, que frecuentemente se mostraron superiores a los de sus análogos masculinos.

Un personaje relevante en la medicina es sin lugar a duda William Hunter (1718-1783), médico y cirujano inglés, gran anatomista y precursor de la moderna tocología, pues la explicación del embarazo que realizó después de una larga vida profesional, publicada algunos años antes de su muerte, dio pie al nacimiento de la obstetricia como una rama completa de la medicina.14

Hoy sorprende que para su época –finales del siglo XVIII– Hunter haya logrado hacer correlaciones entre anatomía y función, que aparentemente no tenían antecedentes en la medicina. Este hecho convierte en relevantes los trabajos que muchos años antes, incluso siglos, hicieron las comadronas sobre estos temas. Trabajos de aquellas mujeres a quienes se les había limitado la posibilidad de estudiar medicina, que ejercieron el arte de partear y que a pesar de las restricciones académicas a las que se les sometió, fueron capaces de lograr importantes aportes, que se muestran en sus obras, hoy rescatadas y cada vez más conocidas, pero que en su momento generalmente fueron menospreciadas por varias generaciones de médicos “formados académicamente”, porque estos conocimientos habían sido obtenidos por mujeres que además no contaban con los títulos universitarios. Veamos quiénes fueron algunas de ellas:

Luoyse Bourgeois (1563-1636) asoció la mala alimentación como factor de la anemia y fue la primera en tratar con hierro la clorosis o anemia de los adolescentes. Su determinación de tratar la causa de la enfermedad antes que los síntomas y divulgar sus descubrimientos la convirtieron en una de las autoras de tratados médicos en su época.

Marguerite de Terte, quien en 1677 registró sus experimentos sobre el líquido amniótico y el suero sanguíneo.

Mari Anne Victorine Boivin, que en 1773 hizo descubrimientos anatómicos originales relacionados con el embarazo, fue quien por primera vez utilizó un estetoscopio para escuchar el corazón del feto. Su obra sobre las

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14 William Hunter, “Descripción anatómica del útero grávido y su contenido”, en J. G.

Rodolfo Cortés Riveroll, Domingo Pérez González y Salvador Rosales de Gante, Lectio et disputatio, Puebla, BUAP, 2003, pp. 190-203.

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enfermedades del útero fue durante muchos años libro de texto primordial para el estudio de la ginecología.

Charlotte von Sichold Heidenreich, que en 1817, fecha posterior a la muerte de Hunter, publicó sus trabajos donde comunica avances sobre el tratamiento de los embarazos extrauterinos.

Otro hito de la historia de la medicina que toma relevancia para este trabajo está relacionado con la vida y obra del científico Ignaz Phillip Semmelweis (1818-1865), que a los 26 años de edad ocupó el cargo de ayudante médico en la primera clínica obstétrica en Viena. Cuando inició su trabajo, la fiebre puerperal se consideraba como una secuencia nefasta y frecuentemente compañera del parto, causante de numerosos fallecimientos de mujeres atendidas en las salas de partos de los hospitales. Las parturientas que eran atendidas en el Hospital General de Viena provenían de los estratos bajos de la sociedad, eran indigentes. Las mujeres de familias pudientes se atendían en sus hogares. En su trabajo inicial Semmelweis observó que de 208 ingresos en el primer mes que se hizo cargo de su puesto murieron 36 parturientas atendidas en las salas de obstetricia. Su investigación señalaba que en las salas de parto atendidas por parteras (comadronas) la mortalidad materna no pasaba del uno por ciento, no así las salas atendidas por médicos o por estudiantes de medicina, donde los fallecimientos de las parturientas llegaban a más del 10

por ciento. Al continuar su investigación concluyó que la causa de la elevada mortalidad eran los propios médicos o estudiantes, que procedían del anfiteatro de autopsias y después atendían partos sin lavar instrumentos ni sus manos adecuadamente. Concluyó que el material putrefacto de los cadáveres transmitido por los médicos era el causante de la fiebre puerperal. A partir de entonces emprendió una lucha infatigable por obligar a los médicos a lavarse las manos y el instrumental con agua clorada antes de atender un parto.15

Su conciencia le impone acabar con lo que considera un asesinato cometido por ignorancia del personal médico en el trato de sus pacientes y a partir de sus onservaciones inició una cruzada sin éxito, pues los médicos y las autoridades sanitarias vienesas de aquel entonces menospreciaron sus descubrimientos por varios motivos posibles, dos de los cuales son interesantes para este trabajo: primero, porque sufrió la marginación por el hecho de ser extranjero en Viena, y segundo, porque su trabajo puso de relieve que la práctica de la obstetricia realizada por las parteras en esa época era superior a la de los médicos. Ante la indiferencia médica hacia su trabajo, Semmelweis

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15 Ignaz Philipp Semmelweis, “Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal”, en Lectio et disputatio, pp. 222-238.

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enloquece y al ser internando en el manicomio de Budapest sufre una herida que le produce una sepsis por la cual muere.

Otro hecho irrefutable fue que en el mundo moderno en general, las escuelas de medicina estuvieron cerradas para las mujeres hasta la segunda mitad del siglo XIX. Si alguna estudió medicina lo hizo clandestinamente; el caso más ejemplar de esta circunstancia corresponde a James Barry (1797-1865), un oficial médico del ejército británico que gozó de notable reputación como cirujano por 50 años, quien al morir la autopsia reveló que era mujer; el departamento de guerra inglés y la asociación médica quedaron tan confusos que el hallazgo no se divulgó y el doctor Barry fue enterrado oficialmente como hombre.16

Después de la revolución francesa, la modernidad legó a la humanidad muchas sorpresas, una de las más importantes fue la proclamación de los derechos del hombre, que por supuesto incluyó a los derechos de la mujer. El resultado, al paso del tiempo y de las diferencias socioculturales, políticas, económicas y muchas más, fue el paulatino reconocimiento de los derechos civiles de las mujeres, como la educación, incluidos los estudios de medicina.

A finales del siglo XIX las universidades de varios países del mundo admitieron a las mujeres como estudiantes e incluso como profesoras o practicantes de la medicina, ocho países europeos y tres latinoamericanos –México, Brasil y Chile– lo hicieron; sin embargo, este hecho enfrentó muchas resistencias como podemos ejemplificar en los siguientes casos:

Harriet Hunt (1805-1875) intentó asistir a clases en la ameritada Harvard Medical Scholl; en un principio fue aceptada por la facultad, pero a petición del decano de esta escuela, los estudiantes (todos hombres), rechazaron su ingreso con argumentos francamente misóginos. Finalmente Mrs. Hunt, sorteando toda clase de dificultades, obtuvo un doctorado en Siracusa como médico homeópata. Llegó a ser profesora de obstetricia y enfermedades de la mujer y los niños en el Rochester College. Más tarde emigró a Londres donde se dedicó a la frenología.

Elizabeth Garret Anderson (1836-1917), enfermera del Middlesex Teaching Hospital, estudió con maestros particulares y asistió a todas las clases de química y anatomía que pudo. Al obtener certificado de honor en todos sus exámenes, le rogaron que mantuviera en secreto sus éxitos. En 1866, cuando un renombrado médico visitó la clase y formuló una pregunta que sólo ella pudo contestar, los estudiantes varones pidieron su expulsión. Como no fue

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16 Alberts Lyons y R. Joseph Petrucelli, Historia de la medicina, Barcelona, Ediciones Doyma, 1980, pp. 565-571.

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admitida en las universidades inglesas, estudió francés y se inscribió en la Universidad de París, que empezaba a admitir mujeres en los cursos de medicina. Fue la primera mujer en presentarse a los exámenes para obtener el título de médico, que recibió en 1870, pero el Registro Médico Británico se negó a reconocer el título expedido en Francia. No obstante, inició con éxito su carrera de cirujana y fundó una clínica para mujeres. Posteriormente llegó a ser presidenta de la London School of Medicine for Women y durante 19 años fue la única mujer miembro de la British Medical Association.

Matilde Montoya (1852-1938) fue la primera mujer médica graduada en México. Después de estudiar en las ciudades de México y Puebla, recibe en 1873 el título de Obstetra, mas no satisfecha decide continuar con los estudios preparatorios y después pide su ingreso en la Escuela Nacional de Medicina, hasta convertirse en la primera mujer mexicana que recibió el título de médico cirujano, en 1887. Una nota periodística de la época auguraba: "...el ejemplo dado por la señorita Montoya, asegura la llegada de una nueva era en la que la mujer, querida como hija, santificada como esposa y adorada como madre, vendrá a ser por su genio, virtudes e ilustración, la generadora de la idea y la protagonista de la nueva civilización".17

Como la criba educacional para la mujer resultó un tamiz muy efectivo, una salida para cumplir con el derecho a la educación médica de las mujeres fue la creación de facultades femeninas, tal es el caso de la Facultad de Medicina para Mujeres de Pensilvania, la primera en su género legalizada en el mundo moderno, en donde los hombres ocupaban todos los puestos académicos ya que prácticamente no había mujeres con esta profesión. Fue hasta la última década del siglo XIX que la existencia de escuelas de medicina exclusivas para mujeres se hizo innecesaria, debido a que muchas universidades cambiaron su actitud de rechazo a recibir estudiantes del sexo femenino. A pesar de este hecho, en muchos países las sociedades médicas locales, estatales y nacionales siguieron oponiéndose a admitir mujeres como miembros de estas agrupaciones.

La mujer y la medicina contemporánea

En el siglo XX los cambios económicos, políticos y sociales, posteriores a la Primera Guerra Mundial originaron nuevos horizontes en la distribución de la fuerza de trabajo. El cambio más elocuente se presentó en la Unión Soviética, cuando al poco tiempo del triunfo de la Revolución de Octubre la incorporación

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17 Ana María Dolores Huerta Jaramillo, Salus et Solatium, Puebla, BUAP, 2001, pp. 104-105.

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al trabajo involucró a casi la totalidad de los habitantes de esa región, incluyendo por supuesto a las mujeres. La intención de lograr la realización del primer sistema nacional de salud, al servicio de todos los soviéticos, fue el detonante para que la mujer se añadiera en gran escala a la medicina, tanto como profesionales como profesoras en las universidades y desde luego en todas las profesiones auxiliares de la medicina.

En el resto del mundo también existieron cambios importantes, aunque de menor grado, pero que derivaron paulatinamente en la afiliación de la mujer al mercado laboral, principalmente en trabajos poco remunerados; sin embargo, la creciente política del Estado benefactor estimuló el crecimiento de los servicios médicos, que se hicieron públicos y esta situación propició que la mujer se incorporara al trabajo médico en todas sus variedades y niveles. A pesar de que el número de mujeres que ingresan y egresan de las facultades de medicina es creciente, al grado de alcanzar o rebasar el mismo porcentaje que el de los hombres, son pocos los casos de directoras de servicios nacionales de salud, de hospitales, de centros de atención primaria de salud, de escuelas o facultades de medicina. Indudablemente, el estatus de la mujer en la medicina ha mejorado, pero la sociedad aún tiene muchos perfiles misóginos que superar.

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    Mar 2019

    En este ebook de seducción desdcubrirás si tu eres un maestro de la seduccion. Compruébalo con estos indicadores y cualidades que te muestran si estas en esto...

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