La Nanotecnología, Inquietudes Sociales 
y Problemas éticos Derivados por Domingo Fernandez Agis - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle
La nanotecnología, inquietudes sociales y

problemas éticos derivados

Domingo Fernández Agis Álvaro Fernández Castillo

Ante el presente económico y tecnológico de la nanotecnología

En su informe «The Big Down», fechado en junio de 2003, el Grupo

ETC (Group on Erosion, Technology and Concentration) exponía los

resultados de una detenida reflexión sobre el origen, realidad actual y futuro

previsible de la nanotecnología{1}. Ésta se define allí como la «manipulación

de la materia viva y no viva al nivel del nanómetro, una bil onésima parte de

un metro», añadiendo que se trata de la escala en la que se opera en la

física cuántica, un mundo al que no se puede acceder sin las armas teóricas

que se han ido diseñando a partir de los trabajos del físico alemán Max

Planck. En esa escala, una verdadera dimensión escondida de la realidad

pese a estar tan próxima a nosotros, que sin duda seguirá siendo durante

mucho tiempo capaz de ofrecernos incontables sorpresas, entramos en un

nivel en el que los elementos tienen un comportamiento no determinista. No

obstante, en «The Big Down» se realiza una apelación, imprecisa y quizá

algo sesgada, a la indeterminación cuántica, mediante la que se alude de

forma implícita a la vigencia del Principio de Incertidumbre en los

fenómenos que se producen a escala subatómica{2}. En todo caso, pese a

pasar injustamente por alto el esfuerzo que los físicos que trabajan en este

campo han realizado durante los últimos años para gestionar con eficiencia

la indeterminación cuántica, el documento contiene una exposición bastante

completa de los campos de aplicación y desarrollo actual de este tipo de

tecnología, lo que ya de suyo lo hace interesante, pese a los detalles que

indican desde su inicio una toma de posición crítica frente a la tecnociencia.

En él se establecen cuatro grados o niveles en el avance previsible de

la nanotecnología. Los dos primeros son ya una realidad, mientras que los

otros dos restantes constituyen derivaciones hechas por los autores del

documento, partiendo de una proyección que consideran entra dentro de lo

previsible de las orientaciones actuales de la investigación en el campo de

las nanotecnologías. Los primeros riesgos a los que se hace mención en el

documento se refieren a la fabricación y manejo de nanopartículas, terreno

en el que se ha pasado ya del ámbito de la investigación al de la producción

industrial, con empresas radicadas en EEUU, la Unión Europea o Japón. No

hay que olvidar a este respecto que, como ha indicado Kevin Kelleher, la

inversión de los países desarrollados en investigación nanotecnológica es

tan considerable que alcanza ya el nivel de lo gastado en todo el programa

espacial Apolo{3}.

En diferentes áreas de actividad, desde las telecomunicaciones, la

creación de tejidos con propiedades específicas, la alimentación, la

medicina o la industria farmacéutica, la nanotecnología supone ya una

revolución, real y efectiva, que se manifiesta por el número creciente de sus

aplicaciones, la inversión de capital industrial cada vez más importante en

su base científica y sus prometedoras aplicaciones tecnológicas.

En este ámbito, el gran problema ético que se plantea proviene del

desconocimiento de los riesgos para la salud de los seres humanos y para

la vida de las demás especies, que puedan conllevar los nuevos materiales.

La reflexión ética no puede obviar este asunto, toda vez que existe un

desconocimiento de los efectos que a largo plazo pueda tener el uso de los

nanomateriales, en particular en áreas de actividad, como la fabricación de

nuevos fármacos, en las que el nivel de riesgo que se puede asumir ha de

ser reducido al mínimo posible. Se añade a ello, la inexistencia de una

regulación legal apropiada, dados su carácter novedoso y la rápida

expansión de las investigaciones nanotecnológicas. En tal sentido se suele

utilizar, para hacer referencia a los riesgos de los que hablamos, la analogía

con = lo acaecido con otros materiales industriales –por ejemplo, los

asbestos– introducidos en algunos productos con los que tenemos contacto

directo en la vida cotidiana, sin haber realizado un contraste previo y

exhaustivo de sus posibles riesgos para la salud. Más tarde, al ponerse de

manifiesto éstos, han tenido que ser retirados del mercado y eliminados de

aquellas áreas de actividad humana donde se les había dado uso. Las

técnicas de producción de numerosos materiales que se han venido usando

en los últimos años, han ido incorporando sistemas que fabrican estructuras

a nanoescala sin pasar nuevos controles sanitarios. Hay que tener presente,

a este respecto, que tal como ha señalado Silvia Ribeiro, investigadora

vinculada al grupo ETC, mientras más pequeña es una partícula mayor es

su reactividad, por lo que una sustancia que es inerte en la escala micro o

macro, puede mostrar características dañinas en la nanoescala.

La mayoría de estas inquietudes se deben, sobre todo, a que en la

actualidad aún no se conocen aún en profundidad los procesos que rigen la

materia en el nivel de la nanoescala. Claro está que a esta desconfianza del

público sólo se puede hacer frente potenciando la investigación, no sólo –

como es obvio– por el interés práctico inmediato que ésta pueda tener. En

todo caso, el establecimiento de las necesarias prevenciones y cautelas no

debería servir de coartada para legitimar la renuncia a seguir avanzando en

el conocimiento de las nanoestructuras. Quizá l egar a comprender

fenómenos como la agrupación espontánea de nanopartículas nos ayude a

situarnos en una posición más adecuada para afrontar la búsqueda de

respuestas a cuestiones aún envueltas en las tinieblas de lo desconocido,

como son el origen de la materia o la complejidad de las estructuras básicas

de la vida.

Pese a las promesas que la nanotecnología conlleva, no es extraño que

la inquietud se extienda entre la población, sobre todo teniendo en cuenta

las malas prácticas que se han puesto de manifiesto en experiencias

anteriores, en las que parece haber primado el imperativo tecnológico que

nos dice que no han de ponerse límites a la posibilidad de investigar y que

todo lo que la ciencia nos permite hacer debe ser hecho{4}. Las experiencias

a las que aludimos muestran bien a las claras que el coste económico de

descartar los elementos nocivos ha sido importante, aunque es sin duda

mucho más relevante aún que su uso haya ocasionado enfermedades y

problemas de deterioro del medio natural que no deben ni pueden ser objeto

de una mera cuantificación en términos económicos. No es descabellado

pensar que el riesgo podría ser ahora aún mayor, dado que estamos

hablando de elementos cuya presencia es indetectable para quienes no

dispongan de los conocimientos y el instrumental técnico necesario. Éste

último, por lo demás, es de gran sofisticación y tan sólo está al alcance de

unos pocos. De tal forma que los daños producidos no tendrían únicamente

la gravedad que por sí mismos poseyesen en un primer momento, sino que

podrían l egar a adquirir unas proporciones imprevisibles, pues su impacto a

largo plazo no puede determinarse ni, en última instancia, medirse de forma

fehaciente. Pensemos, por ejemplo, en el uso de materiales fabricados a

nanoescala con el fin de elaborar materiales que actúan como

dispensadores de los principios activos en los medicamentos. Sabemos

que, en este campo, la nanotecnología está aportando sistemas inteligentes

que optimizan el proceso, liberando la cantidad adecuada de medicamento

en el momento preciso, y facilitando además, que éste alcance su destino

en el menor tiempo posible. El problema radica en que, las características –

tamaño y estructura– de dichos materiales, hacen sin duda más compleja la

tarea de establecer con plena certeza su inocuidad.

En todo caso, dejando a un lado de momento estas cuestiones, habría

que insistir en que los dos últimos estadios, que el informe cuya estela

estamos siguiendo en este trabajo sitúa en un futuro previsible, son los más

inquietantes. De ellos, el primero sigue teniendo cierta relación con lo que

se acaba de exponer, pues se refiere a la fabricación de elementos

indistinguibles o indiscernibles para nosotros, con cuya proliferación

convivirían sin tener un control sobre los mismos. A través de sus

aplicaciones en la medicina, en la alimentación, en la industria bélica, &c.,

podrían dispersarse este tipo de elementos, a medio camino entre la

materia viva y la inerte, con los que conviviríamos sin tener conocimiento de

su presencia ni capacidad para controlar sus efectos sobre nosotros y el

medio en que vivimos. Esta cuestión se está planteando ya, en la práctica,

pues las aplicaciones industriales de los nanoproductos son, como

señalábamos antes, una realidad, por reciente que haya sido el inicio de su

utilización. Así, en la Unión Europea, operan ya empresas nanotecnológicas

que suministran sus productos a otras, deseosas de aumentar con ello la

eficiencia y competitividad de su propia producción.

Por último, en el informe se alude, siguiendo las ideas de K. Eric

Drexler, a la posibilidad de un crecimiento incontrolado de alguno de dichos

organismos artificiales, una vez que éstos hayan adquirido la capacidad de

autoreplicarse. Podría entonces sobrevenir un crecimiento exponencial de

los mismos, capaz de provocar, en un tiempo relativamente breve según los

cálculos que propone Drexler, el colapso de la vida sobre el planeta.

La cuestión más importante que subyace a todo ello es, sin lugar a

dudas, la falta de control social sobre la ciencia y sus aplicaciones. En torno

a ella, surgen varios problemas, sobre los que es preciso y urgente

establecer una discusión pública. Lo l amativo es que hoy, tres años

después de la publicación del texto que comentamos, es muy poco lo que

se ha avanzado en ese sentido. Ante todo, es preciso establecer si es

suficiente la autorregulación de la comunidad científica. A propósito de ello

hay que señalar que, aunque para un buen número de miembros de la

comunidad científica esta solución es la ideal, esa no es razón suficiente

para darla por buena en términos generales. Por el contrario, cabe

preguntar, si es necesario exigir la aplicación del Principio de Precaución y,

en caso de serlo, determinar cómo l evar a cabo dicha aplicación.

Sin embargo, nos encontramos en este punto con una nueva dificultad

debida, como señalaba José Manuel De Cózar{5}, al hecho de meter a toda

la nanotecnología en el mismo saco, como si no fuera necesario establecer

distinciones entre sus distintas aplicaciones y desarrollos. Frente a ello, tal

vez sería preferible hablar de nanotecnologías, en plural, y analizar sus

riesgos y ventajas potenciales de una manera diferenciada.

Por otro lado, el informe hace alusión a un hecho de importancia

crucial: la ciencia se ha privatizado en las últimas décadas. Hoy depende en

gran medida del capital privado, empresarial o financiero. Partiendo de este

hecho, nos preguntamos cómo controlar el uso de la tecnología derivada de

los descubrimientos científicos, sumidos como están los grupos de

investigación en una incesante carrera por buscar rentabilidad a las

inversiones que las empresas hacen en ciencia y tecnología. A este

respecto, no hay más que echar un vistazo a las publicaciones de los

últimos años relativas a la nanotecnología y la nanociencia, para

percatarnos de que EEUU, Japón y Europa juegan un papel importantísimo

en este campo y que, cada vez más, empresas del resto del mundo se van

uniendo a la carrera para tomar posiciones de cara al futuro con sus propias

aportaciones, forjadas en gran parte gracias a un aumento del capital

destinado a los departamentos de I+D{6}.

Hay, no obstante, otro asunto asociado al que acabamos de enunciar

que no podemos pasar por alto. Se trata del peso que pueda tener, en el

control o ausencia de control sobre la ciencia, el factor nacional. En este

sentido, sería una ingenuidad pensar que ningún país vaya a someterse de

buen grado a un control externo cuya consecuencia inmediata puede ser un

frenazo en su progreso científico-tecnológico, que afectaría de inmediato a

su desarrollo económico.

En este complejo horizonte la única solución que se vislumbra es, en

realidad, una no-solución, pues consiste en ir poniendo en pie a través de

distintas

instancias

jurídico-políticas

un

conjunto

de

medidas

correlacionadas, nacionales, internacionales, provenientes de la comunidad

científica y externas a ésta última. Medidas que siempre dejarán huecos. En

cualquier caso, no es suficiente, a nuestro juicio, con apelar en exclusiva a

la autorregulación de la propia comunidad científica. La razón de ello es

clara y, por lo demás, ya se ha apuntado antes: la investigación científica

está demasiado ligada a intereses particulares –léase, de empresas y

grupos financieros– como para que pueda esperarse que la autorregulación

sea el camino adecuado para solucionar los problemas éticos que día a día

se van planteando al hilo del progreso de la investigación{7}.

Cierto es que, como tantas veces se ha dicho, no hay progreso sin

riesgos, pero es preciso encontrar el modo de minimizar éstos, siempre y

cuando se trate de riesgos que sean por principio asumibles. O lo que viene

a ser lo mismo, si detectamos riesgos no-asumibles desde el punto de vista

ético, lo único que cabe es exigir la aplicación inmediata del Principio de

Precaución. Ésta nos l evaría a suspender la investigación en ciertas áreas,

en tanto no se establezcan procedimientos eficaces para sortear las

consecuencias negativas que podrían derivarse.

No es realista, pese a todo, pensar que la investigación en este campo

pueda pararse sin una clara percepción social de la presencia de peligros

inminentes e imposibles de asumir. En efecto, como también se ha

apuntado ya, no parece sensato esperar que ninguno de los países

implicados acepte, fuera del contexto de un hipotético programa

internacional claramente vigilado y respetado por todos los demás países

implicados en este tipo de aplicaciones, el frenazo en la investigación

nanotecnológica. A esto contribuye, además de los incentivos económicos y

estratégicos que están en la mente de todos, que los riesgos percibidos,

pese al impacto de documentos como el que estamos comentando a lo

largo de estas páginas, no tienen quizá la suficiente fuerza de convicción

sobre la opinión pública como para conseguir efectos de esa magnitud. La

inercia que se viene manifestando, por ejemplo, en la utilización de los

combustibles fósiles puede proporcionarnos, en este sentido, un triste y

elocuente ejemplo. En efecto, ¿qué tiene que ocurrir para que nos tomemos

en serio el problema de la energía? ¿Estamos tan dominados por la

indolencia, o somos, simplemente, tan estúpidos que tenemos que esperar

al colapso del sistema de producción energética basado en el petróleo para

empezar a actuar de forma decidida? Por añadidura, fijémonos, también a

modo de ilustración, en lo que sucede con la administración de las reservas

de petróleo por parte de los países productores. Se trata de una cuestión

enfocada desde la perspectiva de los intereses nacionales, pese a las

interminables discusiones que puedan darse en el seno de la OPEP. Desde

luego, los países productores parecen tener claro que, mientras que la

demanda se mantenga en la coyuntura de crecimiento, a pesar de los

elevadísimos precios, hay que alargar todo lo posible el mantenimiento de

sus reservas petrolíferas. Esta situación no puede cambiar de forma

drástica, en tanto no se apliquen de forma eficiente y generalizada otras

tecnologías alternativas al petróleo. Todo el mundo sabe que dichas

tecnologías existen desde hace tiempo, sin embargo nadie ignora tampoco

que su aplicación está sujeta a este juego de los intereses privados, en el

que también los propios estados actúan como si fueran empresas buscando

el beneficio a corto plazo. Como decíamos, se trata tan sólo de un ejemplo,

pero elocuente a nuestro juicio, pues nos muestra el género de dificultades

con las que nos vamos a encontrar en la administración de estos nuevos

recursos que la tecnociencia actual ha puesto a nuestro alcance.

Entonces, ¿cómo aplicar el Principio de Precaución? Quizá aquí solo

quepa decir que tan sólo es viable hacerlo como lo que es, en última

instancia: una directriz para proceder de forma correcta y no una coartada

para el inmovilismo. Philippe Mongin lo ha expuesto bril antemente en su

trabajo, «Le développement durable contre le principe de précaution?» En

primer término, se trataría de determinar si una determinada decisión

conlleva o puede conllevar un daño de carácter irreversible. Bien es verdad

que la misma noción de irreversibilidad no siempre puede precisarse,

encontrándonos en ocasiones envueltos en un clima de incertidumbre en

relación a los efectos directos e indirectos de la tecnología en cuestión. Sea

como fuere, es cierto que, como señala este autor, será preciso comprender

mejor los fundamentos teóricos del principio antes de esperar una aplicación

práctica consecuente del mismo. Ello no ha impedido, sin embargo, que ya

se haya hecho alguna aplicación sonada del principio de precaución, como

cuando la Corte europea de justicia dio la razón a Francia frente a Gran

Bretaña, en el contencioso surgido con la aparición de la enfermedad

conocida como de las «vacas locas», la encefalopatía espongiforme. En esa

ocasión, hace notar Philippe Mongin, se prohibió el tránsito del ganado

bovino británico ante el temor a la expansión de la enfermedad y, por tanto,

a que se produjeran, en el caso de seguir prevaleciendo el principio de libre

tránsito de bienes de un país a otro, daños de carácter irreversible{8}.

Por lo demás, la aplicación de tal principio no debería nunca partir de

una demonización de la tecnociencia ni de una descalificación global de sus

resultados. Existen campos, como el de las telecomunicaciones, en el que

la aplicación de los materiales nanotecnológicos resulta muy prometedora.

Imaginemos, por citar tan sólo algún ejemplo, una de sus posibles

aplicaciones: las posibilidades del cableado molecular. En los proyectos de

tal índole, la base material de éste será fabricada a partir de nanopartículas

y tendrá la capacidad de transportar cantidades enormes de información a

velocidades de vértigo, sin que se produzcan pérdidas. Tal nivel de

eficiencia es posible merced a que la señal no sufre degradación alguna al

viajar por este medio, en virtud del principio de conductividad balística,

demostrado experimentalmente en la fabricación de nanotubos. En efecto,

toda señal que ataca la entrada de un nanotubo se presenta de forma casi

instantánea a la salida del mismo sin existir pérdida alguna de energía.

Se trata, además, del material más resistente que jamás haya existido,

elástico, ligero, económico, ecológico, con una altísima tolerancia a fallos y

que ocupa un espacio ínfimo, en relación a los que hoy están en uso. Por

ello parece inevitable que nanomateriales como estos acaben desbancando

a todos los sistemas de transmisión actualmente existentes. Lo relevante

es, en definitiva, exigir un control más riguroso que el actual sobre las

condiciones en las que se produce cada nueva aplicación de la

nanotecnología.

Bibliografía

CÓZAR ESCALANTE, J. M. de, «Nanotecnologías: promesas dudosas y

control social», Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología, Sociedad

e Innovación, 6 (2003).

DREXLER, K. E., Engines of Creation. The Coming Era of Nanotechnology,

Anchor Books, New York, 1986. (Hay versión en castellano, DREXLER,

K. E., La nanotecnología. El surgimiento de las máquinas de creación,

Gedisa, Barcelona 1993).

ECHEVERRÍA, J., Ciencia y valores, Destino, Barcelona 2002.

ECHEVERRÍA, J., «El principio de responsabilidad: Ensayo de una

axiología para la tecnociencia», Isegoría, 29 (2003).

ETC Group, «The Big Down», puede consultarse en la web del Grupo ETC:

www.etcgroup.org

GONZÁLEZ, R. & ARNAIZ, G., «Bioética: entre el imperativo tecnológico y

el imperativo ético», en GÓMEZ-HERAS, J. Mª. & VELAYOS, CASTELO,

C. (Edits.), Bioética. Perspectivas emergentes y nuevos problemas,

Madrid, Tecnos, 2005.

JASANOFF, S., «Biotechnology and Empire», Osiris, 21 (2006).

JONAS, H., El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la

civilización tecnológica, Herder, Barcelona 1994.

KEKKEHER,

K.,

«Nanoteh:

Money

Pit

or

Moneymaker?»

www.thestreet.com, 2.1.2006.

MONGIN, Ph., «Le développement durable contre le principe de

précaution?», Esprit, août-september, 2003.

Notas

{1} Grupo ETC , «The Big Down», www.etcgroup.org

{2} Grupo ETC , «The Big Down», p. 7

{3} KELLEHER, K., «Nanoteh: Money Pit or Moneymaker?»

www.thestreet.com, 2.1.2006, p. 1.

{4} GONZÁLEZ, R. & ARNAIZ, G., «Bioética: entre el imperativo tecnológico

y el imperativo ético», en GÓMEZ-HERAS, J. Mª. & VELAYOS,

CASTELO, C. (Edits.), Bioética. Perspectivas emergentes y nuevos

problemas, Tecnos, Madrid 2005, pág. 118.

{5} CÓZAR ESCALANTE, J. M. De, «Nanotecnologías: promesas dudosas y

control social», en «Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología,

Sociedad e Innovación», número 6, mayo-agosto, 2003.

{6} KELLEHER, K., Op. cit. , pág. 1.

{7} JASANOFF, S., «Biotechnology and Empire», Osiris, 21 (2006), pág.

275.

{8} MONGIN, Ph., «Le développement durable contre le principe de

précaution?», Esprit, août-september, 2003, págs. 169-171.

Le puede interesar...