La Nave Fugitiva por Carlos Maza Gómez - muestra HTML

TOME EN CUENTA: Esta es una vista previa en HTML y algunos elementos como enlaces o números de página pueden ser incorrectos.
Para la versión completa, descargue el libro en PDF, ePub, Kindle

 

 

 

 

 

 

La nave fugitiva

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

Obras de Joseph M.W. Turner

Portada: Barcos holandeses en una galerna

Contraportada: Tempestad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2012

       Todos los derechos reservados

 

 

 

 

 

 

 

Un compañero literario me dijo hace poco: “Carlos, si dejas de escribir y publicar tus cosas estoy convencido de que se van a morir un montón de hadas”. Aquello fue el empujón que me llevó a redactar estas pobres páginas entre el recuerdo y la fabulación. Porque no podemos dejar que se mueran las hadas, ésas que me han llevado de la mano hasta aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

         Reflexiono sobre mi vida, cerca ya de los sesenta años. Los sentimientos y sensaciones son fluctuantes, los pensamientos se suceden. Hay una palabra que me viene repetidamente a los labios: decepción. La vida no ha sido como la deseé, pero eso es inevitable, ya lo he admitido hace tiempo. Tampoco ha sido como la soñé y eso es más doloroso. Los sueños son el tejido de la esperanza, elemento esencial para vencer los obstáculos y contrariedades, el dolor y el fracaso. Sin esperanza no podemos levantarnos cada día ni encararlo con un mínimo de alegría y dignidad.

         Una vez que sueñas, que tienes la capacidad de hacerlo, viene la parte más difícil, aquella donde muchos tropezamos: adaptar esos sueños a la realidad y sus limitaciones. Si lo haces corres el riesgo de perder lo soñado, de transformar tus valores en otros comunes, de naturaleza social. Dependes de una elección. Eliges luchar por tus sueños, conservando en gran medida su pureza, o bien optas por la vida social y sus propios valores: ganar dinero, tener una posición, un status, alcanzar un poder, triunfar en tu trabajo, etc. En el segundo caso, vas transformando esos sueños originales que pudieras haber tenido en otros, los adoptas como propios, luchas por ellos buscando un mayor poder, una posición más acomodada, doblegar a otros, triunfar en tu profesión a costa de lo que sea.

         Naturalmente, la mayoría vive en una situación de compromiso: se adapta a la vida y sus valores intentando preservar los suyos propios, su propia interpretación y adaptación de los segundos a los primeros.

         Fue en esa adaptación donde yo he fallado. Tal vez tuve la cabeza repleta de sueños, quizá fueron demasiado ambiciosos, sin duda no quise adaptarme a otros, no fui dócil, no acepté el poder de los demás, su posibilidad de apartarme, hacerme descabalgar. Luché siempre por lo que soñaba sin importarme nada, casi nada. Exigí, traté de imponerme a las limitaciones que me marcaban, a las conveniencias, a una estructura de poder que me era ajena. Luché, me hice fama de arisco, rebelde, traté de imponer mi forma de ver las cosas en todo aquello que me afectaba.

         Finalmente llego a este punto, un paso intermedio entre la madurez y la vejez. La palabra que me llega a los labios es: decepción. Sé que es injusto decirlo siquiera para cualquier persona que lea esto. He llevado una vida tranquila, con mis triunfos y mis reveses, pero sosegada, segura. Tengo en mi haber muchos logros realizados, destaqué modestamente en mi campo de trabajo, tanto al menos como mi capacidad permitió. He tenido una curiosidad insaciable por el mundo y la vida ajena, he luchado por saber más y más, tratar de comprender cómo eran las cosas, esta vida fascinante que encierra tantos misterios dignos de ser conocidos. Tuve la capacidad hasta ahora de superar la decepción buscando nuevos caminos, reinventándome. En lo que tuve de mí, estoy orgulloso de mi trabajo, del esfuerzo realizado, de los logros que alcancé. Precisamente, fueron tantos mis sueños que puedo hablar de satisfacción habiendo conseguido la mitad de la mitad de aquello que soñé. Pero siempre me queda la sensación: pude hacer más, pude conseguir más, hubo tantas cosas a las que no pude llegar, fueron tantos mis tropiezos y errores, mi obcecación, mis fracasos.

         Desde hace tiempo los movimientos cotidianos de la vida me son, en gran parte, ajenos. Nadie cuenta conmigo realmente, para los demás he dejado de ser un elemento a considerar dentro de la estructura de poder. Soy, como se dice habitualmente, una vieja reliquia. Estoy conforme con ello. Ya no aspiro a cambiar nada, no tengo energías ni ilusión para ello. El empuje y la fuerza de la juventud, de la primera madurez, han desaparecido.

         Observo a los jóvenes reinventando el mundo. Descubren ideas, sentimientos, afán de cambio, como si fueran nuevos. En rigor, lo son para ellos. Pero los veo sin poder evitar un pensamiento: yo viví todo eso, luché por cosas semejantes, me enfrenté como ellos, caí en los mismos errores e ingenuidades.

Ahora soy una reliquia y casi no me escuchan. Cuando lo hacen afirman que sé muchas cosas pero que soy un desconfiado, creen que ellos lo harán de otro modo y vuelven a incidir en los mismos pasos, en idénticas luchas e ilusiones frágiles. Les contemplo y me digo: así es la vida, cuando se renueva. Apartar lo viejo, reaprender una y otra vez las mismas cosas, caer en idénticos empeños, negociar con el fracaso y la desilusión, tratar de conservar alguno de tus sueños, que ellos te alimenten cuando ya no queda nada.

         De manera que me digo: la vida era esto. Era soñar y luchar, pelearte por realizar tus propias quimeras, negociar con la realidad, su mezquindad y los intereses ajenos, tratar de sobrevivir, aceptar todas las derrotas, tratar de conservar jirones de tus sueños que alimenten una esperanza, asistir a la desaparición del futuro, tratar de sobrevivir por mera inercia, por costumbre, por un afán último de dignidad. Observar la vida repetida siempre, idénticos balbuceos, pasos firmes, tropiezos, saber que tus hijos llegarán tal vez al mismo punto cuando sea tarde para cambiar las cosas. Encogerte de hombros y saber que el juego está terminado, que nada realmente importa ya, los hilos de la vida se te escaparon poco a poco, tiendes las manos y no consigues asir nada. Nada.

         Entonces miras hacia atrás porque, al menos, te queda el pasado. Te observas en la distancia como si fueras alguien ajeno, irreconocible. ¿Quién era ese adulto desorientado, luchando sin saber dónde terminaría? ¿Quién era el joven ilusionado, capaz de comerse el mundo? ¿Quién fue el niño que abría los ojos a la vida como si éste fuera un mundo lleno de maravillas por descubrir? ¿Quiénes eran que ya no los reconozco, que no los entiendo, con los que ya no me identifico? Aún aceptando cada paso que di, me pregunto: ¿por qué tomé esas decisiones, por qué no supe protegerme ante los golpes? ¿Por qué esta sensación de decepción que me llena de amargura la boca?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 

         La llamo de vez en cuando, no mucho. De aquella familia tan numerosa, de la proliferación de tíos y primos que pobló mis años infantiles, casi no queda nadie. Todos han ido cayendo poco a poco, vencidos por el tiempo y las enfermedades. Mis padres murieron también. Por eso me digo que soy de la próxima generación en caer. Pero aún no, reflexiono, todavía queda tiempo para hacer no sé qué, nada realmente nuevo, sobrevivir simplemente, disfrutar de algún momento bueno, llamar a mi hermano y escucharle, saber que está ahí, que aún nos mantenemos en el camino.

         La llamo una, tal vez dos veces al año. Durante mucho tiempo no lo hice. Supe de ella por mi madre, que servía de vínculo entre sus hijos y el resto de la familia dispersa. También conocí lo que era de ambos, ella y su hermano, a través del mío, que les visitó hace algunos años. Lo que me dijo me trastornó. No mucho, ciertamente, porque sabía cuál había sido el rumbo de su vida, podía deducir adónde la había conducido. Pero, envuelto en el tráfago de mis propios proyectos y problemas, me había olvidado, no había estado atento. Mi hermano me lo dijo, en qué situación penosa la había encontrado y me conmoví.

         Luego ha muerto mi madre, la última de su generación en abandonarnos, y el contacto con ella se ha reanudado, esporádico y superficial. La llamé para comunicarle esta pérdida. Yo sé que mi prima la quería a su manera. Mi madre siempre fue cariñosa con todos, incluso con su familia política. Carmen, hija de un hermano de su marido, no tenía relación directa con ella pero mi madre siempre quiso saber cómo estaba, cómo le iba la vida. La llamaba, le contaba de mí, de mis hermanos, charlaban. Mi prima siempre lo agradecía a su manera. Le mandaba libros que le regalaba su banco, calcetines hechos por ella misma, una bufanda, cualquier detalle. Algunos terminaría por heredarlos yo mismo y ahora me pongo unos calcetines que tejió mi prima. Lo hago en mi casa porque son rosas y no me atrevería a salir con ellos a la calle, pero son muy abrigados y además son suyos.

         La llamo y no sé cómo la encontraré. Las primeras veces le contaba cosas de mi vida, ésta tan rutinaria y sin interés. Adornaba los detalles, hacía un acontecimiento de cualquier minucia, por el temor a que ambos nos quedásemos callados y entonces sólo supiera balbucear: ¿cómo te encuentras? y saliese a la luz su amargura, su falta de horizontes.

         En ocasiones la encontraba feliz de escucharme. ¡Somos tan pocos los que quedamos! A ella sólo la visita una prima por parte de su madre. Es su tutora legal, al menos lo era hace tiempo, no sé cuál es la situación ahora y no me atrevo a preguntar. En otras llamadas su voz es anodina, monótona, se le nota que desea terminar la conversación, y eso que mi última llamada data de seis meses antes. Aprovecho las Navidades para desear un feliz año a ambos hermanos. Yo mismo me pregunto si tales deseos tienen sentido en su caso. Otras veces ha sido el cumpleaños, no me atrevo a llamar más por no aburrirla.

         En cierta ocasión le mencioné aquel verano. Le recordé cuando me enseñó a atrapar cangrejos, aquella visita al funicular de la montaña. Su voz era cansina cuando dijo: “Ah, sí, eso pasó hace mucho tiempo”. Parecía no recordar nada, como si aquellas semanas se hubieran esfumado de su memoria. Me hubiera gustado decirle: “¿No recuerdas a aquel muchacho? ¿el del accidente? ¿Has olvidado cuando te echaste a llorar y me abrazaste? ¿Es que aquello dejó de tener sentido?”.

         Hoy, casi cincuenta años después de aquello, me digo: ¿por qué recordar aquel tiempo? ¿qué sentido tiene en mi vida si estoy tan alejado del niño que era por entonces? Si ella misma ha olvidado, envuelta su mente en tinieblas de angustia y temor y desánimo, ¿por qué recordarlo yo? No sé dar respuesta a eso. Sin embargo, cuando la decepción se enseñorea de mi vida y aún tengo fuerza y ganas de superarla (sabiendo que no podré, que nunca se puede), vuelvo mi vista atrás y contemplo aquel verano. Es extraño darse cuenta de que un mismo hecho, tan importante para ti, es casi olvidado por otra persona que también lo vivió.

         No creo que sea por su edad, diez años más que la mía, sino por ese rumbo que la llevó de un lado a otro hasta enloquecerla. Al menos ése fue el dictamen oficial, el que justificó que fuera su prima la tutora legal, la única que se preocupó de su futuro cuando regalaba el dinero a manos llenas. Pero hablo con ella por teléfono y no me doy cuenta de su estado. Para mí sigue siendo mi prima, aquella que me ayudó aquel verano, mientras ella misma empezaba a romperse por dentro. Sigue siendo la de mi recuerdo, congelada su imagen que aún conservo en fotos, su voz que, salvo por la ausencia de viveza, es la misma que entonces. Así se lo dije: “Carmen, sigues teniendo una voz juvenil”. Ella se reía ante el piropo, tan valorado cuando se reciben pocos. Por supuesto, protestó porque decía acercarse casi a los setenta años. “Soy una vieja” afirmaba, aún un recuerdo de cascabel en su voz. Es posible que tenga razón pero no tengo imágenes suyas desde hace mucho, mucho tiempo, y escuchándola puedo imaginar que aún es aquella chica sencilla, de pueblo, que decía no estar enamorada de ese muchacho que luego la haría llorar. Aquella de cuerpo fuerte, recio y hermoso que me llevaba de la mano por la playa para enseñarme cómo conseguir que los cangrejos salieran a la superficie.

         Sí, puedo imaginar que ella no es la anciana enferma de cabeza y corazón, vencida por el tiempo y los fracasos, que ahora es. Que yo no soy el hombre mayor invadido por la desilusión que he llegado a ser, el que trabaja en soledad y empieza a recordar más de lo que quisiera otros tiempos distintos, cuando yo no era yo sino un niño que encontró su primer amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3

 

         Cuando llegó aquel verano habían sucedido tantas cosas en la vida familiar que nada pudo ser como antes. Dos años antes habíamos llegado a Madrid. Para mis padres era la culminación de un deseo sostenido a lo largo de muchos años, cuando tuvieron que vivir muy lejos de la ciudad que los vio nacer. La posguerra había sido dura; las circunstancias de su matrimonio, precipitadas; la necesidad de salir adelante, apremiante. Les ofrecieron la oportunidad de trabajar lejos y se vieron obligados a tomarla. Veinte años después volvían a una ciudad que ya era distinta pero que conservaba el aroma de los recuerdos en muchos de sus rincones.

         Me costó adaptarme, pero yo era muy pequeño por entonces, apenas once años, y abría los ojos con curiosidad a todo lo que me rodeaba. La casa familiar en la que nos alojamos los primeros meses, el nuevo piso que inauguramos poco después… Tantas veces había escuchado a mi madre, sobre todo, hablar del Madrid de su tiempo, que casi me lo sabía de memoria. La realidad, sin embargo, fue diferente. Llegamos con los ahorros intactos para la adquisición de un nuevo hogar, que habría de ser humilde, un piso en ese extrarradio por donde caminamos al llegar: campos abandonados, eriales y en medio, unos bloques de pisos.

         Pero todo esto no tenía demasiada importancia. Yo tenía un mundo propio y una intensa curiosidad por todo lo que me rodeaba. Absorbía como una esponja todo aquello que me decían, incluso lo que he llegado a detestar con el tiempo: latines, sermones y amenazas del infierno por la comisión de pecados desconocidos. No era extraño que los colegios de curas  llegaran a ser así. También podían ser más laxos en el cumplimiento de las obligaciones religiosas pero el que a mí me tocó era bastante estricto.

         El problema, durante ese tiempo, no estaba en mí. Era obediente, buen estudiante, aplicado como se decía entonces. Empezaba a tener conciencia de un mundo interior cada vez más amplio, la sensación de ser distinto de los otros. Sin embargo, a los compañeros les resultaba imaginativo. De mí se podía esperar cualquier idea distinta, la invención de un nuevo juego, el contar historias inesperadas extraídas de cualquier lectura inhabitual. Formé parte de un grupo de amigos, ciertamente no los líderes de la clase, pero sí de un grupo de raros que, al compás de mis ideas, jugaban a cosas diferentes en un rincón del patio, sin molestar a nadie.

         El problema no era yo, sino mis hermanos en relación a mi padre. Debí ser un fruto muy tardío en el matrimonio, un descuido, simplemente. Mi hermano era nueve años mayor que yo y mi hermana me superaba en trece. Ambos eran tan distintos entre sí, yo era tan diferente a ellos, que es difícil describir nuestras personalidades en todos sus matices. Me conformaré con trazarlas a grandes rasgos.

         Mi hermana siempre fue inteligente, muy volcada en sus estudios, en los que siempre destacó. Tiene una voluntad firme, es capaz de aceptar cualquier responsabilidad y responder plenamente a ella, como ha demostrado a lo largo de su vida. Al mismo tiempo, trabajadora incansable, necesita controlar su entorno, manejar los hilos, prever el comportamiento ajeno y determinarlo. Eso provocó tiranteces en la familia nada más llegar a Madrid.

         Como vivíamos fuera de la Península, sus estudios universitarios hubieron de transcurrir lejos del hogar familiar. En una ciudad de estudiantes como siempre ha sido Granada, fue cumpliendo inexorablemente con su destino de ser una de las alumnas más destacadas. Concluía cuarto curso cuando tuvo lugar nuestro traslado a Madrid, algo que la situó en una incómoda posición. Luchó por permanecer en la ciudad andaluza hasta completar el último año de su carrera pero mi padre dijo que no, que ya no podían permitirse un gasto semejante cuando estaban ahorrando hasta la última peseta para comprar aquel piso de las afueras.

         La razón era evidente, pero ella volvió de muy mala gana al hogar familiar. Perdía a los amigos, el ambiente en el que había desarrollado sus estudios. Perdía el control sobre parte de su vida, ahora en manos de un padre autoritario que se había mantenido en la lejanía hasta ese momento. De repente tenía que dar cuenta de dónde iba y con quién, sujetarse a unas horas de regreso precisas e innegociables.

         Conmigo siempre fue la mejor de las hermanas. Me ayudaba en los estudios, me daba consejos, incluso en cierta ocasión me enseñó a bailar entre bromas. Recuerdo que cantaba con una voz bajita pero muy bien modulada, o a mí me lo parecía. Me gustaba oírla cantar aunque lo hacía raras veces. Siempre podía entrar en su cuarto, charlar de lo que me preocupaba, incluso llegaba a interesarse por mis juegos solitarios. Recuerdo cierta tarde en que quedamos solos en casa y tuvo la idea de que hiciéramos una merienda especial. Cogimos unos chorizos, los pelamos, los frio en una sartén y luego nos hicimos unos bocadillos que rezumaban aceite rojizo, riéndonos como tontos porque me resbalaba desde la boca hasta la camisa.

         La vida nos ha cambiado. Crecí y detesté que nadie controlara mi vida, sus confidencias fueron apagándose con la distancia, la vida tan distinta que nos esperaba, las experiencias no compartidas. Pero aún recuerdo con qué cuidado la ayudaba a construir un hermoso belén en la mesa de dibujo de mi padre, cómo buscábamos musgo por los campos cercanos, el espolvorear harina y colocar soldados junto al castillo de Herodes, siempre amenazante en lo alto de una montaña hecha de libros y papel de embalar.

         Mi hermana tenía un novio en Granada. Siguieron escribiéndose regularmente, el muchacho incluso escapaba de vez en cuando a verla. Aunque mis padres lo aceptaron, las condiciones estrictas de la vida familiar no se alteraron. Aunque estuviera con él debía volver a su hora, decir dónde irían, qué harían. El muchacho se alojaba en una pensión cerca de Atocha cuando venía a verla. Mi padre incluso llamó a la dueña de la misma para saber si había algo irregular. En el fondo, ante el temor de que ambos terminaran en la habitación del muchacho.

         Mi madre no podía aducir nada contra el chico, ingeniero recién licenciado, en busca de su primer trabajo. Pero le molestaba que no viviera en Madrid y le presionaba, todas las veces que éste pisaba la casa, para que buscara trabajo allí. Sin embargo, había un negocio familiar en tierras granadinas, resultaba inconveniente su marcha siendo él el primogénito de su familia. De manera que mi madre gruñía y se lamentaba, protestaba porque la dejarían sola frente a las obligaciones del hogar. Empezó a decir que era muy joven para casarse, que tendría que esperar unos años a que ese chico asentase la cabeza. A mi hermana se la llevaban los demonios.

         Me tomaba por confidente, siquiera para desahogar su frustración. Me hablaba de aquel novio, de sus dos hermanas con las que se llevaba bien, una de ellas compañera de estudios. A través suyo precisamente conoció a Javier, el hermano, un chico de buena percha, guapo se podría decir, aunque yo no era el mejor para evaluarlo en ese sentido. Conmigo se portó siempre bien, aún ahora lo hacemos cuando nos vemos. Me trajo algunos regalos para congraciarse conmigo y, desde entonces, estuve incondicionalmente a su lado: unas botas como las de los cowboys, una maqueta de un cohete espacial con el que yo soñaba por entonces.

         El invierno anterior a aquel verano de mi viaje al norte, se casaron. Ella había estado casi sin hablar a nuestros padres durante meses, haciendo las cosas de mala gana, aguantando denuestos de mi madre, gestos hoscos de mi padre. Finalmente, fue ella quien ganó ese pulso silencioso y terminaron por consentir una boda que tildaron siempre de precipitada. Mi hermana estaba guapa aquel día, radiante como dicen que deben estar las novias. Con su vestido blanco, pisando con cuidado sobre los restos de la pequeña nevada que cayó sobre Madrid el día anterior, algo tan extraño hoy.

         Se fue y con ella la complicidad, las confidencias suyas y mías, el calor de su presencia, su ayuda inapreciable en unos estudios que me aburrían. Desde su partida mis notas se resentirían, empezando a cosechar aprobados donde antes había notables y sobresalientes. A mí la geografía me interesaba poco, el latín mucho menos, para el dibujo era muy torpe. Sólo me gustaba leer novelas de aventuras, seguir los pasos de Dick Turpin, Edmundo Dantés buscando su venganza contra Morrell, Emilio Salgari, Julio Verne y lecturas incluso inapropiadas a mi sexo como Mujercitas. Leía todo lo que caía en mis manos con una fruición que no he vuelto a sentir. Descubría un mundo distinto, insospechado, algo que dejaba volar mi imaginación lejos de los curas y sus latines, del ambiente enrarecido de mi familia.

         Cuando mi hermana se fue de casa el problema con mi hermano ya no pudo enmascararse. Era por entonces un chico rebelde, desorientado, con un afán de libertad que tropezaba frontalmente con la autoridad y las normas de nuestro padre. Éste era el centro, el pater familias, como no se cansaba de recordar con cierta sorna. La vida giraba alrededor de su trabajo de delineante, sus preocupaciones, las tensiones derivadas de la escasez de dinero.

         Mi hermano no tenía la salida del matrimonio. De hecho no conseguía avanzar en sus estudios aunque llegaría a terminar una diplomatura con mucho esfuerzo. Lo que él quería era vivir, tener amigos, emprender algún negocio, trabajar allí donde decidiera hacerlo. Quería algo imposible en aquella familia: libertad.

         Cuando él aún era un adolescente tuvimos bastante relación. Dormíamos en camas paralelas, bromeábamos con ese humor negro, algo entre el terror y lo lúgubre, que me transmitió, y que luego sería gesto de complicidad. Me contaba historias de fantasmas y terribles asesinatos resueltos por un héroe que desvelaba todos los misterios y los interrogantes del caso. Tal vez de ahí provenga mi gusto por la novela negra, ahora que lo pienso.

         Con el tiempo fuimos distanciándonos, compartiendo menos. Él empezaba a vivir una gran tensión que nos transmitía a todos. Sabía lo que no quería hacer, seguir los pasos de nuestro padre, obedecer sus mandatos, pero no acertaba con la alternativa. Como el tiempo demostró, necesitaba encontrar su propio camino lejos del hogar y la presión paterna, pero ni él mismo se daba cuenta cabal de esto. Por ello se rebelaba constantemente.

         La tensión subió en casa cuando se supo que no asistía a la academia que mi padre le pagaba para que aprobara sus malhadados estudios. A mi hermano le gustaba salir cada fin de semana con sus amigos. Siempre fue un chico atractivo, aunque no guapo. Tenía amigos, amigas, gustaba a todo el mundo. Como luego he sabido, resulta un tipo encantador, algo inapreciable en su trabajo. Porque si te venden o gestionan algo y lo hace, no un gestor al uso, sino un amigo que cuida de lo tuyo, la situación es diferente. Es un hombre leal a tus intereses, los toma como parte de su trabajo, honesto en lo suyo, genera confianza.

         Nada de esto sabíamos entonces, ni siquiera él lo podía sospechar cabalmente, envuelto en la lucha permanente con mi padre, empeñado en trazarle otro camino. A través de un familiar le colocó en una bodega sirviendo vinos, en un despacho de loterías. Él decía que aquello no le interesaba. El familiar se quejó de que no prestaba atención al negocio. Es cierto que se ponía a departir con los clientes y estos lo pasaban estupendamente con él pero descuidaba venderles el producto que fuera, no parecía que encajara en esos negocios.

         Mi padre se desesperaba, mi madre sufría la situación inclinándose del lado de su marido. Mi hermano debió sentirse muy solo y agobiado, máxime cuando mi hermana se fue y la atención de nuestros progenitores se enfocó hacia él. Pretendían atarle corto y él no quería ataduras, querían marcarle el camino de los estudios y él no deseaba ir más allá, imponerle un trabajo y él no lo admitía. Mi hermano no acertaba con una alternativa creíble para mis padres, algo que ambas partes pudieran negociar, al modo de la boda de mi hermana.

         Recuerdo un enfrentamiento muy fuerte entre ellos. Voces airadas de mi padre, negativas de mi hermano, amenazas del primero: “¡Harás lo que yo te diga!”. Incluso, el recuerdo es vago e impreciso, un forcejeo entre ambos, con mi padre empujándole o pegándole, no sé, mi hermano sin defenderse siquiera.

         Él acababa de cumplir veintiún años sólo dos meses después de la boda de nuestra hermana. Al día siguiente me encontraba leyendo una historia muy interesante sobre unos corsarios piratas. Mi padre trabajaba, mi madre había salido al mercado. Debía ser sábado porque yo no tenía colegio y me encontraba allí, en el sofá, leyendo en el silencio de la mañana. Mi hermano apareció con una maleta. Yo apenas le presté atención, envuelto en aquella historia tan apasionante. Dejó caer unas llaves sobre la mesa y levanté la vista. “Dale estas llaves a mamá” me dijo. Luego se quedó un momento callado mientras yo hacía un gesto de aquiescencia y volvía a la lectura. "Adiós” murmuró. Creo que ni siquiera le respondí o lo hice con un gruñido.

         No sabía que toda la vida que había conocido hasta ese momento se derrumbaba con un estrépito silencioso que era incapaz de escuchar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

 

         Nunca estamos realmente preparados para lo impensable, lo no previsto, aquello que hunde nuestro mundo y nos deja náufragos, a merced de cualquier ola, del viento que arrastra nuestra forma de vivir hasta ese momento. Ni siquiera cuando he sido adulto y se ha desmoronado mi mundo he podido sostenerlo, enmendarlo, recuperarlo. Nunca hay preparación para ello, incluso si somos nosotros los que provocamos la ruptura, y ni aún entonces, ni siquiera en esas circunstancias podemos preverlo todo.

         Me dicen que lo que escribo a veces destila sabiduría. No es cierto. Mis palabras son derrotas, fracasos, saber que hemos perdido de antemano, que nada es como quisimos y deseamos, que los sueños se rompen privándonos de ilusión e inocencia. Todo en la vida es una pérdida. No ganamos nada, no recuperamos lo que fuimos, no podemos sostener las situaciones que acaban. Saber que estamos derrotados ¿es sabiduría? Puede ser ¡qué más dará!

         Observo a los jóvenes envueltos en sus proyectos personales, luchando con denuedo en ocasiones por llevarlos adelante peleando ante las circunstancias adversas. Les admiro. Yo fui así también en otro tiempo, durante muchos años, pero ya no. Ahora solo trato de sobrevivir, soñar con que todo quede igual, que no surjan nuevos dolores, limitaciones, enfermedades, vejez, impotencia. Siento que la vida se escapa, que tal vez lo haga por muchos años aún, y no tengo medio de sostenerla en su lugar.

         En cambio, la vida de los jóvenes es lucha y esfuerzo, esperanza e ilusión, pese a los tropiezos que salpican su camino. Contra quien pese, creen que no morirán nunca, que la vida está ahí para ser conquistada y no para ser sufrida.

         Ahora comprendo algunas de las cosas que me pasaron. Es un saber inútil, pero me consuela. Nada pude cambiar. Hay personas que controlan su vida y la construyen según sus propósitos. Nunca fui de esos. Siempre he sufrido los avatares de unos y otros. Me faltó espíritu de conquista. Tal vez sí tuve ese espíritu, pero no hacia la vida de mi alrededor sino a la que hay dentro de mí. Lo de fuera, las circunstancias que señalaba Ortega, ésas no pude hacer sino sufrirlas y ni siquiera dispuse de una actitud adecuada frente a ellas: adaptarme a lo que me rodeaba, al cambio, a nuevas exigencias, sacar un provecho, flotar sobre las olas.

         Todo el mundo familiar se vino abajo aquella mañana. Estaba a punto de cumplir los trece años. Mis intereses eran tan pocos, tan infantiles: leer imaginándome un héroe frente a unos piratas, un descubridor de nuevas tierras, un deportista admirable. Soñaba con hacer algo que me ganara el afecto de todos, la admiración de muchos, la atención, el amor de alguna chica. Sí, pensaba vagamente en chicas con una mezcla de deseo y temor. Yo estaba en un colegio de niños, vigilado exteriormente por los curas y mis padres, por dentro por esa conciencia escrupulosa, la noción de pecado que me iban inculcando.

         El cuerpo es el templo del espíritu, me decían, ten cuidado no llegue el Espíritu Santo y te encuentre en pecado, con ese templo lleno de suciedad. Temblaba las primeras noches, cuando a veces me tocaba mezclándose el placer solitario con el miedo y la culpa. No conocía apenas a ninguna niña, no tenía relación con ellas. Escuchaba opiniones de mis compañeros de colegio, algunos eran realmente atrevidos según me parecía, risibles las historias que contaban según puedo recordar ahora.