La Nave Fugitiva por Carlos Maza Gómez - muestra HTML

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         Sólo quería que las cosas siguieran como hasta entonces. Yo era el hermano pequeño. Mi hermana ejercía de segunda madre pero se había ido. Mi hermano era el joven al que admiraba, lejos de pensar en cuán distintos éramos. Era mi referencia, mi ancla al mundo familiar. Y ahora se había ido también.

         Me volví a mi madre y ésta se hundió en una sima profunda de la que tardó algunos años en recuperarse. El mundo familiar, drásticamente reducido ahora, se transformó en algo desagradable, espeso, difícil de compartir. Mi padre se había encerrado en un silencio hosco. Durante la comida ya no contaba nada, todo era silencio, un silencio que me golpeaba por dentro sin saber de dónde venía ni por qué había aparecido de repente.

         Mi madre, tras la comida y fregar los cacharros, se acostaba y permanecía horas en la oscuridad. Decía que le dolía la cabeza, el hígado, que algo iba mal. Me encerraba en mi cuarto, el que había compartido con mi hermano, en el que ahora podía soñar solo, de nuevo con el silencio por compañero. A media tarde escuchaba el quejido de mi madre, su llamada. Entonces iba a verla. “Hazme una manzanilla. Dame una pastilla” era su cantinela sempiterna. Y yo ponía a hervir agua esperando los minutos necesarios para soltar dentro la bolsita de infusión, buscar la pastilla en el cajoncito de las medicinas, una contra el dolor, adormecedora, algo que le permitiese mantener la ficción de que ese otro tan íntimo, había dejado de golpear. Finalmente, le llevaba todo en un platito, se lo dejaba al lado de la cama y ella decía: “Hoy me encuentro un poco peor”, como si no fueran las mismas palabras repetidas tarde tras tarde.

         Nada me había preparado para esto. No vemos la bala que nos matará, el golpe que torcerá nuestro destino. Recuerdo aquellas tardes interminables, mi padre de nuevo en el trabajo, cada vez hasta más tarde; mi madre acostada durante horas; yo mismo encerrado en mi cuarto, como si la puerta me protegiera, como si esa habitación fuera un claustro materno, un lugar donde imaginar que la vida no había cambiado, que todo seguía igual. Donde podía soñar en un mundo distinto del que estaba viviendo, algo que crecía dentro de mí como un sueño, una ilusión: ser feliz, alcanzar todas mis metas, que alguien me quisiera tanto, tanto… Que me escucharan, ahora que casi nadie me dirigía la palabra, que me regalaran una sonrisa diciéndome: “Muy bien, lo estás haciendo muy bien”. Lo que fuera, los estudios, los pequeños cuentos que empecé a escribir y de los que, pocos años después, me avergonzaría tanto como para romperlos.

         Ahora que lo pienso, cuando trato de describir ese sentimiento de orfandad, el silencio y el dolor y la angustia que me rodeaban, me doy cuenta de cuán poco he cambiado en realidad. Sigo esperando que me escuchen, que me sonrían. Sigo aguardando una palabra de ánimo, un gesto de cariño. Escuchar un “te quiero” independiente de lo que he llegado a ser, del hombre maduro que aún sueña, pero mucho menos, del que ahora es consciente de sus derrotas, del egocentrismo, todas sus limitaciones como hombre. No, escuchar esas dos palabras de verdad, hondas como una piedra arrojada a un estanque, sentir las ondas del agua atrapándome, saber que soy importante para alguien porque existo, porque soy, porque he vivido y he sufrido y también he querido y me han golpeado. Aunque continúe sin saber cómo vivir.

         Sigo siendo aquel niño encerrado en su cuarto, molesto por la llamada de su madre, atrapada en su propio dolor, porque le distraía de su mundo imaginado, ése donde era importante, fuerte y admirado. Con el tiempo he vuelto al punto de partida. La casa es más grande pero está igualmente solitaria y en ella sólo tengo el silencio, ahora deseado, conquista y condena, y mis sueños para poder vivir. Pero ya no son los de ser importante y admirado. Todos esos se desvanecieron con el tiempo y los fracasos. Ahora sólo puedo soñar con la conformidad y la resignación, con el final de las ilusiones. Nada fue como quise, nada es como deseamos, los sueños siempre van más allá del camino que recorremos. Al final, todo es pérdida pero, al menos, el dolor deja de serlo porque comprendemos que vamos caminando hacia la nada, que es descanso.

         Finalmente, sólo queda el recuerdo y la luna, que muchas noches aparece frente a mi balcón, magnífica pese a estar rodeada de nubes, reflejándose en el mar. Me dice: “Recuerda otros momentos, piensa en ellos, esos instantes de belleza que también tuvo tu vida”. Sí, al menos ellos palian el insomnio, la desazón y este rebuscar dentro de mí preguntándome: ¿Es que no hay más? ¿Es que todo, finalmente se derrumba? ¿Es que ya no puedo construir nada que sepa distinto? Y no, no lo hay, pero echo la vista atrás y quedan algunas cosas: comprender qué fue lo que pasó, por qué lo sufrí así, qué me hizo cambiar. Saber que también hubo momentos de amor, incluso entreverados de fracaso, que hubo palabras rompiendo el silencio. Que la vida nunca tuvo más sentido que el de navegar por un mar a veces calmo, en ocasiones embravecido, tratando de guiar una nave sin timón, sujeta al soplo del viento cambiante. Que es y siempre será, una nave fugitiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

 

         Llegamos a C. en los últimos días de julio. Mi padre había alquilado un piso por una quincena en la costa mediterránea. Era la primera vez en su vida que veraneaban y querían hacerlo solos. Dado que otros veranos posteriores les acompañé, deduzco que las cosas entre ellos iban mal, que mi padre deseaba estar a solas con mi madre para recomponer un matrimonio que zozobraba. No sé qué habría de verdad en ello, es una suposición, pero resulta extraño que me dejaran en casa de un tío al que no conocía durante dos semanas.

         Por entonces yo me acomodaba fácilmente a todo, era obediente además, me decían que fuera por aquí y marchaba por aquí, que caminara para allá y para allá iba. No cuestionaba nada. Sólo quería mis libros, posibilidad de escribir alguno de mis tontos cuentos llenos de fantasía, tener la comida en la mesa, dormir a mis horas, que me dejaran en paz, en otras palabras. Estaba creando mi propio mundo lleno de sueños y fantasías, me encontraba a gusto en él. De todos modos, como luego se demostraría, deseaba también hablar, tener un contacto humano, sentirme acogido.

         Llegamos a C. aquel viernes. El viaje fue relativamente largo pero estaba acostumbrado. A falta de veraneos habíamos viajado mucho. Mi padre era buen conductor, no le importaba hacer mil kilómetros si hacía falta, siempre que pudiera echarse un rato después de comer en el camino. Fue entonces cuando me acostumbré a leer mientras el coche estaba en marcha y dábamos algún bote de vez en cuando por las malas carreteras españolas de entonces. Mi hermana no podía hacerlo y se ponía a cantar. En ocasiones los tres lo hacíamos con gran entusiasmo mío, que cantaba más fuerte que nadie. También me gustaba llevar en una libretita la relación de pueblos por los que pasábamos, a qué hora, cuántos kilómetros habíamos recorrido. Calculaba distancias, velocidades, lo anunciaba en voz alta para aburrimiento de mi hermano, que no se explicaba esa manía tan rara de contarlo todo.

         Ahora ellos no estaban y tenía todo el asiento trasero para mí. Antes colocaba mi cabeza en el regazo de mi hermana y la escuchaba cantar o comentar algo mientras me acariciaba el pelo. Ahora me tendía sobre el plástico del asiento y miraba el cielo que pasaba, las nubes sobre los campos de Castilla que atravesábamos, siempre en dirección al norte.

         Al llegar al pueblo de mi tío, había una gran explanada de tierra a la derecha. Allí aparcó mi padre el coche y nos bajamos. Conté cuatro camiones en ese momento, casi la hora de comer. Junto al aparcamiento una casa de dos pisos, un letrero grande: Bar C. Repetía el nombre del pueblo, no parecía muy original, recuerdo que pensé. Cargamos las maletas hasta la puerta. Al entrar con tantos avíos la gente que se acodaba en una barra, a la izquierda, se volvió a mirarnos.

- ¡Ya habéis llegado! –dijo un hombre gordo y reluciente, fuerte sin embargo, desde detrás de la barra.

         Salió por el lado más alejado para abrazar a mi padre. Aquel era el tío Manolo. Había escuchado algunas historias sobre él. La que más me fascinaba era la de su escondite. Durante la guerra civil, mi familia había permanecido en Madrid, a pesar de sus inclinaciones católicas, que les acercaban a los desafectos al régimen republicano. Abandonando la casita donde vivía mi abuela paterna con algunos de sus hijos, se alojaron en la de otra hija, que disfrutaba de una morada amplia, tras su matrimonio con un ingeniero de caminos.

         Allí permanecieron durante los tres años en que las fuerzas franquistas asediaron la capital. Mi tío era el mayor de los que allí se encontraban. No tenía valor para pasarse al bando contrario, desde luego no para salir a la calle donde le habrían reclutado los milicianos para el frente. De manera que, de acuerdo con todos, se escondió. Clausuraron una pequeña habitación de servicio, colocaron un armario enorme delante y sólo se atrevía a salir para estar con la familia por la noche.

         Era mi padre el que iba hasta el mercado, donde un viejo, por un módico precio, le cambiaba las historietas que le llevaba por otras que mi tío no había leído. De manera que estuvo medio preso durante esos tres años, con el miedo de que alguien supiera de él, algún vecino denunciara su presencia. De hecho, algo de eso hubo porque los milicianos llamaron una noche a la puerta de la casa. Tras asegurarse de que su hijo se había escondido de nuevo, mi abuela abrió la puerta y hubo de permitir que aquellos soldados la interrogaran sobre cuántos vivían allí y recorrieran la casa, afortunadamente sin revisar apenas nada, para comprobar que les decían la verdad.

         Cuando la guerra terminó, Manolo se había transformado en un hombre violento. Se incorporó inmediatamente a las filas franquistas, hizo una larga mili en San Sebastián, participó en algunas acciones militares persiguiendo maquis por aquellos montes del norte. Le cogió gusto a la zona cuando conoció a una muchacha. Dijo que se casaría con ella, que no volvería a Madrid. Desde entonces, con la ayuda de sus suegros, una pareja propietaria de varios terrenos, montó este bar. Ahora, más de veinte años después, en él permanecía como un verdadero guardián del pueblo en el que se había afincado.

         Yo lo miraba todo. Los hombres acodados en la barra seguían mirándonos a su vez. Mi tío los conocía a todos. Me encontré sentado en una mesa con un refresco delante. Es imposible hilvanar en una secuencia reconocible todo lo que me pasó en aquellas dos semanas, pero debo pensar que me vieron fatigado y se les ocurrió que una coca-cola siempre gustaba a un muchacho como yo.

         Bajó una mujer bajita, como encogida, pero bien dispuesta aparentemente hacia nosotros. Se daban abrazos, besos, a mí me cayó alguno que yo devolvía automáticamente. Enfrente de mí, sentado en una silla y encarado a la pared, había alguien muy raro. Estaba solo, apartado de todos, yo le veía de costado pero lo hacía de reojo, daba algo de miedo porque hacía gestos inusuales. Se frotaba las manos una y otra vez, hacía como que se reía con carcajadas inesperadas y breves. A veces musitaba palabras que yo no entendía. Más que miedo, sentí extrañeza.

         Era mi primo Juan. Me habían alertado sobre él, tal vez para que no me sintiera especialmente confundido.

- Es un anormal -dijo algo cruel mi madre antes de venir.

- Mujer, no digas eso –terció mi padre-. Tuvo dificultades al nacer, parece que utilizaron mal los fórceps y le dañaron la cabeza –añadió mirándome.

- ¿No me dijiste otra vez que le había faltado oxígeno?

- No sé muy bien qué fue, pero el parto resultó muy complicado.

- Mira, conociendo a tu hermana Rosa, no me extraña lo que pasa. Todos en la familia estáis un poco locos.

- Es raro –me aclaró mi padre-, habla muy poco y hace gestos extraños. Estuvieron en Madrid para que le tratara el doctor Vallejo Nájera, una eminencia. Le dio una medicación y se ha calmado mucho, hace tareas sencillas. Eso dijo el médico, que le pusieran a trabajar en mandados que pudiera hacer.

- Lo que dijo el doctor es que estaba esquizofrénico –terció mi madre.

         Ella resultaba a menudo brusca pero luego fue la primera que saludó a aquel muchacho extraño al que yo no me atrevía a decir nada. Él rio mientras mi madre le daba un abrazo y un beso. Por un momento la vi a ella más recuperada que en los últimos meses. Empezaba a parecer otra, tal vez el proyectado viaje al Mediterráneo la animaba, como pensaba mi padre que sucedería.

         De repente, una muchacha de la edad de mi hermana salió por una puertecilla que luego supe que daba a la cocina. La recuerdo con un pañuelo en la cabeza, facciones algo toscas que la juventud embellecía, unas formas femeninas bien rotundas. No es que me fijara en ello entonces pero puedo deducirlo viendo viejas fotos familiares de aquel tiempo. No tengo ninguna de aquel veraneo, ni una sola. Pero de algún otro encuentro familiar sí, la volvería a ver unos años después en Madrid.

         Cuando vuelvo a examinar esas fotos aprecio el carácter rústico que había heredado de su madre. No era guapa precisamente, no tenía una belleza fina ni delicada. Por el contrario, resultaba grande como el padre, con el gesto inicialmente algo hosco de su madre que su sonrisa dulcificaba por completo. Lo que sí aprecio ahora, que entonces no, son sus acusados caracteres femeninos: era una mujer llena de curvas allá donde mirases. Si además le añades juventud y lozanía, inevitablemente habría de atraer a los hombres.

         Carmen vino derecha hacia mí o yo al menos lo recuerdo así. Debió saludar primero a mis padres pero en mi memoria eso se ha borrado y queda el abrazo fuerte que me dio, al que respondí sorprendido y agradecido, y dos besos sonoros en las mejillas que me dejaron algo confundido.

- No te preocupes por él –me dijo al verme mirar a su hermano-. Es un buen chico ¿verdad Juan que eres un buen chico?

- Sí, sí –decía contento mi primo mientras seguía frotándose una mano con la otra.

         El tiempo secciona los recuerdos, los cubre con una espesa niebla de la que sólo emergen islotes apenas relacionados entre sí, pequeños chispazos de lo que fue una secuencia ordenada de instantes. En la memoria ya no queda un orden ni una relación, tan sólo flotan momentos especiales, distintos, imborrables. Pero escribir de aquello obliga a fabular, inventar los pasos entre uno de esos momentos y otro que debió ser el siguiente.

         Así me veo ante un plato de comida, muy hambriento del viaje. Los mayores habían ido no sé dónde, tal vez a subir las maletas a los dos cuartos, uno donde dormirían mis padres ese fin de semana y otro donde lo haría yo durante dos semanas. Mi prima me traía pan, una sopa, no recuerdo qué. A mí todo me sabía a gloria. Me preguntaba por los estudios, que había aprobado a duras penas.

- Me dicen que vas para escritor –sonrió.

- Leo mucho –respondí- y escribo cosas.

- ¿Qué cosas?

- Cuentos.

- Me gustan los cuentos. Dime cuál has escrito el último.

         En realidad no había hecho tanto pero alguna idea sí empezaba a tener.

- Pues el protagonista es un ingeniero que vive en una central eléctrica junto a un lago. Entonces, una noche –me entusiasmaba mientras sorbía la sopa-, el lago se desecó por completo. En el fondo apareció una extraña estructura que él supuso era un platillo volante, de manera que fue a explorarlo.

- Carmen, ponte en la barra –dijo su padre-, tengo que subir.

- ¡Ay! –dijo ella-. Luego me tienes que contar el final, que está emocionante.

         Me cayó simpática desde ese mismo momento. Nunca me habían preguntado por mis ideas, nadie sabía qué hacía con mis horas solitarias encerrado en el cuarto que había compartido con mi hermano. De repente, alguien me escuchaba a mí y hasta le parecía emocionante lo que estaba contando. Seguí tomando la sopa mientras trataba de imaginar un final para mi cuento a la altura de las expectativas de mi prima. Lo cierto es que aquella era una idea que me rondaba pero no había escrito una sola línea sobre ella y desconocía el final que podría darle.

- Tu hermana es simpática –le dije a mi primo.

- ¡Simpática, simpática! –se reía mientras comprobé que se le caía la baba. Pero no me repugnó, ni siquiera le presté atención. Trataba de imaginar qué haría el ingeniero al escalar aquella extraña estructura, cómo podría acceder al interior, qué encontraría allí.

- Marcianos –me dije-, sólo puede encontrar marcianos, dueños de una máquina infernal que puede destruir el mundo.

         Naturalmente, el ingeniero habría de impedirlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

 

         Desde el primer momento tomé posesión de la barra del bar. Debí ofrecerme yo mismo porque recuerdo la sorpresa de todos al verme servir copas con una destreza impensable, pidiendo explicaciones a mi prima sobre cómo se usaba aquella cafetera reluciente. Aún siento aquel placer de llenar el cuenco metálico de café recién molido, colocarlo en la cafetera ajustándolo con un movimiento de rotación y poner las tazas debajo al tiempo que le daba al botón y se encendía el piloto correspondiente.

         Ni siquiera atendía debidamente al cliente que se acomodaba al otro lado, sobre un taburete. Me quedaba mirando la cafetera que empezaba a hacer ruidos para, al cabo de poco tiempo, verter el denso líquido negro en las tazas. Mientras esto sucedía y yo no perdía ojo, venía la parte más gloriosa, aquella que primero me atrajo hacia aquel invento: calentar la leche.

         La vertía desde una botella en un recipiente e introducía una especie de extremidad metálica en el contenido, dando una vuelta a un mando a continuación. Sonaba entonces un chirrido prolongado tanto como yo quisiera. Me pareció el sonido más bello del mundo, y la leche, en cuestión de segundos, ya estaba caliente. Aquello parecía pura magia, un suceso inaudito.

         Desde pequeño había contemplado a mi madre hirviendo una gran cacerola de leche. Ella se iba a hacer algún recado y me encargaba que me quedara allí, sin distraerme, para apagar el fuego antes de que rebosara el recipiente. De manera que me quedaba absorto, tanto a veces que me distraía, pero tantas otras esperando el segundo exacto en que pudiera apagarse de manera que el proceso de matar esos gérmenes estuviera completo.

         Luego la leche se quedaba enfriando antes de verterla en botellas para que terminara en la nevera. Pero, justo en ese momento, mi madre retiraba con un cazo la nata formada en la superficie. Luego la ponía en una taza para que yo, goloso, añadiera azúcar y me la tomara con una satisfacción difícil de repetir. Ahora la leche ya viene pasteurizada, desinfectada y hasta desnatada, y yo mismo tengo que eludir la nata de pastelería, tan indigesta.

         Pero la fascinación por esa forma de calentar la leche, tan rápida y eficaz, estaba ahí. Mi prima me susurraba que no llenara tanto las copas de anís. Los clientes, todos ellos viejos conocidos, fueran del pueblo o camioneros que hacían siempre la misma ruta, se reían. Decían:

- ¡Manolo! ¿Es que ahora tienes otro ayudante?

         Y otro, más atrevido, terciaba:

- ¿Es que vas a casar a la hija y estás entrenando al sustituto?

         Él empezaba a dar explicaciones sobre los parientes venidos de fuera. Algunos señalaban su copa y me decían:

- ¡Chaval! Echa un poco más, como al principio, no hagas caso de tu tío, que no se va a arruinar.

         Tengo fotos mías de entonces. Carita redondeada, grandes gafas, un bigotillo apenas señalado que durante un tiempo no sabía ni cómo afeitarme, ausentes los consejos de mi hermano. Puse todo mi empeño, desde aquel mismo viernes, en saber servir las copas de anís. Aquellos hombres lo trasegaban de manera continuada. Imagino que también pedirían vino o cualquier otra bebida pero yo sólo recuerdo el anís a granel (el de marca era más caro y nadie lo quería) y los cafés que pedían los camioneros para mantenerse despiertos en el viaje.

         Los hombres pronto dejaron de hacerme caso. Charlaban de sus cosas, rutas, la familia, pagos, encargos, no sé. No les atendía, deseando siempre que me pidieran un café para poner aquella máquina extraordinaria en funcionamiento. Los precios eran uniformes. De todos modos la clientela parecía pedir siempre lo mismo de manera que, en un solo día, ya sabía qué debía cobrar. Mi prima siempre andaba cerca, nunca me dejó solo y así estaba tranquilo ante cualquier incidencia.

         Mi padre no salía de su asombro. Mi tío, que no me conocía habitualmente, reía. “Este chico ha salido comerciante, ya verás”. Pero se equivocaba. A mí me fascinaba la dichosa cafetera y llevar las cuentas exactas del precio de todo lo que pedían. Sumaba, multiplicaba de cabeza, empleando todos los recursos que me gustaba utilizar en las cuentas del colegio. Le decía el precio a los clientes, ellos me entregaban unas monedas y yo las contaba con rapidez comprobando si tenía que dar cambio. Era tan sencillo. Parecía un juego de los que yo mismo inventaba, pero con el aliciente de ser real.

         A mi propio tío le dio apuro que permaneciese tanto tiempo junto a mi prima, tras la barra. Me atreví a protestar, se me veía tan entusiasmado que todos me dejaron en paz, con la simple advertencia de que lo dejara cuando me cansara.

         En cierta ocasión, varios años después, varios miembros de la familia paterna estábamos visitando a una tía que vivía en una finca cerca de Badajoz. Desde antes de enviudar ya estaba loca, hacía rarezas, hablaba sola por las calles. Con la muerte de su marido justo frente a la finca, atropellado en la carretera, la locura ya manifiesta. Nadie en la familia se fiaba de que viviera sola y por eso fuimos a verla, a que sus hermanos valoraran si debía ingresar en alguna residencia. A mí siempre me pareció, además de loca, muy lista, y que utilizaba la locura cuando le convenía para eximirse de las responsabilidades consiguiendo hacer lo que le venía en gana. Pero ésa es otra cuestión.

         El caso es que, el día en que nos íbamos, ya cargado aquel enorme Dodge Dart negro que le había prestado su hermana la rica, mi padre comprobó que íbamos con una rueda pinchada. Sin embargo, no disponía de herramienta para cambiarla por la de repuesto, así que salimos los dos a la carretera para parar algún coche que pudiera ayudarnos. Entonces no había asistencia en carretera ni móviles ni otro medio que ése ante una situación semejante.

         Un coche paró y nos ayudó prestándonos su gato, una llave para tuercas grandes, todo lo demás. Apenas intervine, mi padre lo hizo todo él solo. Una vez terminada la tarea el hombre recuperó sus herramientas y se despidió.

         Hubo que llamar al resto de la familia, que se había retirado a la finca. Nuevamente cargamos el coche con las maletas, los viajeros y emprendimos el camino. No habíamos atravesado por completo el sendero de tierra por el que se salía de la propiedad cuando notamos que otra rueda se había pinchado. Entonces pude ver a mi padre desalentado, confuso, con un completo desánimo. Ni siquiera teníamos ya una rueda de repuesto dado que la que estaba en el maletero era la pinchada anteriormente.

- No te preocupes, papá –le dije-, voy a buscar un coche que nos ayude.

         Sin mirar hacía él recorrí los pocos metros que me separaban de la carretera y allí estuve hasta que un coche paró.

- Oiga, señor –ni siquiera le di las gracias-, hemos pinchado dos veces, no tenemos nada para sacar la rueda y además tenemos que llevar las dos pinchadas a un taller de Badajoz para arreglarlas. ¿Nos puede ayudar?

- A ver –respondió aquel hombre joven- ¿dónde está vuestro coche?

         Después de eso no tuve que intervenir más. El hombre llegó hasta nuestro pinchado Dodge, habló con mi padre. Éste me miraba de un modo extraño. Aquel muchacho nos prestó una ayuda inigualable. Proporcionó la herramienta para sacar la rueda y, con el coche sobre el gato, marchamos hacia la ciudad cercana, yo con las dos ruedas pinchadas en el asiento trasero, hasta un taller que el chico conocía.

- Nunca pensé que me ayudaras así –dijo mi padre aquella noche.

         Ésas fueron sus únicas palabras, pero me hicieron sentir muy orgulloso. Aún hoy las recuerdo. Yo era para él el hijo pequeño, el mimado por todos, el preferido de su madre por desvalido cuando los otros ya eran suficientemente mayores. Había tanta diferencia de edad con mi hermano que casi nunca competimos realmente por nada. Mi hermana fue, como dije, una segunda madre para mí hasta su partida. Si había que repartir pasteles, un helado, juguetes en los Reyes Magos, lo mejor era para mí, el querido por todos. No puedo imaginar una infancia mejor. Para mi madre debí de ser un regalo. Cuando mi hermana marchó a Granada a estudiar, cuando mi hermano mostraba los primeros síntomas de no aceptar el autoritarismo paterno, ahí estaba yo, que no molestaba a nadie, pequeño, imaginativo, tranquilo siempre que se le dejara en su mundo de juegos inventados. Las exigencias que mi padre tenía para mi hermano, mal estudiante frente al ejemplo de mi hermana, a mí no me tocaban. Es cierto que me obligaba a hacer los deberes antes de irme a jugar con mis amigos, pero yo iba sacando los aprobados oportunos sin sobresaltos, siempre obediente a todos: padres, profesores, siempre comportándome bien, sin apenas gamberradas.

         De repente, ese chico que había crecido querido, entre algodones, que cuando las cosas fueron mal se encerraba en el cuarto a hacer quién sabe qué, el que parecía vivir en su propia burbuja, era capaz de salir a atender clientes de un bar, tomar la iniciativa que un padre derrotado apenas era capaz de tomar. Ni yo mismo conocía lo que era capaz de hacer.

Sí sabía que en mi propia casa, donde había sido siempre tan feliz y tan querido, me tenía que defender de la angustia, la tristeza y la derrota. No fue algo elegido ni consciente. Simplemente, me entregué a aquello que aún podía hacerme sentir importante, protagonista: mi propio mundo. Uno que yo mismo inventé dentro de mí, una vida diferente donde todo lo que había perdido aún se mantenía. Las personas me querían, los amigos me admiraban, yo era alguien importante para ellos. No el niño que se encerraba en su cuarto oyendo la televisión que ponían sus padres tan alta por las noches, no el que hacía una manzanilla para una madre caída en las profundidades de su depresión, no el que comía en silencio sin siquiera ya escuchar los comentarios de su padre. Ése no era yo. Lo era el que bajaba a un lago reseco para descubrir el misterio que encerraba aquel platillo volante, el que seguía las peripecias del protagonista de Libreville en los “Quinientos millones de la Begum”, el que se asomaba a un ojo de buey (terrible imagen que me perseguiría mucho tiempo) para comprobar que su enemigo, el sabio malvado, se había quedado congelado en su mesa de trabajo para siempre cuando una de sus terribles armas le explotó en las manos. Yo era el que construía vueltas ciclistas con fichas y dados, el que disfrutaba contando los tiempos de cada uno para llegar a la clasificación general tras cada etapa. Era el que resultaba capaz de crear mundos donde todo se moviera al compás de mi interés, no obedeciéndome sino de forma aleatoria y libre, pero bajo mi cuidado. El que empezaba a escribir resúmenes sobre la guerra de Vietnam, sobre la aventura espacial, que tanto me apasionaba. El que jugaba a ser hombre en un mundo donde no recibiría daño, en que el fracaso no existiría, ni la derrota ni la desilusión. El que soñaba al acostarse en que conocía a una chica, no sabía quién ni cómo, y ésta le quería, le necesitaba. Y en vez de balbucear, como habitualmente, ni siquiera le haría falta hablar para entenderse. Porque le querrían de un modo que nunca tendría fin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

 

         Durante años viviría mis mejores y peores momentos en un cuarto pequeño de la casa de Madrid. Tenía la cama a la izquierda, una mesita a la derecha con una radio y en medio otra mesa no muy grande con su silla, a la que me sentaba. Para que no pareciera enteramente una cárcel (seguro que hay celdas más espaciosas que esta habitación) disfrutaba de una ventana frente a mí. Cuando me cansaba de leer o de escribir, mis aficiones favoritas durante ese tiempo, descansaba la vista contemplando hasta el más mínimo detalle del bloque de viviendas que se levantaba enfrente, justo al lado de las cocheras del metro. Los trenes del mismo, en superficie, pasaban con regularidad en un sentido u otro. Había personas que caminaban por el pasillo de acceso a ese bloque, mujeres arrastrando sus carritos de la compra por la mañana, niños jugando por la tarde, hombres que iban y venían. Ése era todo mi espectáculo y distracción.

         Ciertamente, iba al colegio, quedaba alguna tarde allí mismo para jugar un partido de fútbol, quedar en los futbolines. Con un amigo acudía a un centro deportivo y jugábamos al tenis, le visitaba en su casa (más espaciosa que la mía) para echarnos una partida de ajedrez. No me quedaba encerrado en aquel cuarto. Sin embargo, los mejores momentos que recuerdo de mi adolescencia se encontraron allí, envuelto en mis primeras lecturas de libros extraños sobre psicología, historia, filosofía… Deseaba entenderme y entender a los demás, ese mundo fascinante que atisbaba y ante el que conjugaba el temor y la curiosidad.

         Pero eso sería después de aquel verano. Entonces empezaba ese camino de soledad, que no era completa, aunque lo recuerde así. Tal vez pesa en mi memoria el hecho de que el puente hacia mis padres, que habían sido mis hermanos, desapareció en rápida sucesión. Al tiempo, mi puente y colchón hacia mi padre, que fue siempre mi madre, estaba inutilizado, envuelta ella misma en sus propias derrotas supuestas o reales. Cuando fui al norte empezaba ese largo, muy largo camino de mi adolescencia y juventud, con el abrigo de la soledad como único testigo de mis miedos e intereses, de mis tristezas y algunas alegrías.

         ¿Las cosas pudieron ser de otro modo? Lo he pensado alguna vez. Aquellos años fueron decisivos para configurar mi personalidad, establecer las limitaciones de carácter con las que he tenido que convivir toda mi vida. Si mi infancia fue querida y feliz, no puedo decir lo mismo del período que le siguió, cuando con nadie podía hablar de mis cosas, cuando no recibía atención de mis padres, envueltos en sus propias soledades, como ahora me doy cuenta.

         La fuerza y la convicción de mi padre en la representación de su papel se había agotado con la marcha de mi hermano. La demostración la tuve años después, cuando me rebelé en un detalle menor (pasar la noche estudiando en casa de unas amigas) y él no se opuso apenas, lo admitió con un gesto de tristeza y un aire de derrota. Lejos estaba el tiempo en que establecía normas de hierro que mis hermanos no podían traspasar.

         Me encerré cada vez más en un círculo de lecturas y pensamientos, una construcción intelectual que me permitía comprender el mundo pero también defenderme de él. Mis teorías sobre la vida y sus creencias, que fui construyendo febrilmente como si fueran una vuelta ciclista más, resultaban edificios imaginados a los que me agarraba y defendía a capa y espada frente a la tozuda realidad, que mostraba que eran construcciones con pies de barro. En la confrontación con las relaciones verdaderas siempre salía perdiendo, pero seguía agarrándome a mis teorías por temor a no tener nada. Así, imaginaba cómo sería Dios, alguien que cuidaba de los hombres y los sostenía, magnánimo y de una lógica que coincidía sospechosamente con la mía. Imaginaba cómo había sido la evolución humana y cómo crecieron las distintas culturas, qué papel cumplía la sexualidad, etc. Teorizaba sobre ese tema, por ejemplo, y era incapaz de hablar con una chica que me gustase sin sonrojarme.

         Con mis hermanos en casa ¿hubiera podido ser distinto? Posiblemente los bordes más ásperos de mi convivencia diaria se habrían suavizado notablemente. Aún tendiendo, como lo he hecho siempre, a sumergirme en mi vida interior, para bien o para mal, la realidad hubiera estado más presente, su cercanía habría impedido ese recuerdo de frío y soledad que presidieron adolescencia y juventud. Del mismo modo que ser el pequeño me supuso notables ventajas en mi infancia, me acarreó soledades posteriormente. Ellos eran mucho mayores y debían vivir su vida lejos de casa cuando a mí aún me aguardaban muchos años de estar en ella.

         Pero, como digo, aquel verano apenas nacía esa sensación. Todavía no estudiaba libros eruditos sobre cómo era el hombre y su historia, cómo pensábamos y en qué, dónde estaba la verdad, cómo se movían los grupos humanos, cuál era la base económica de la sociedad. Eso estaba lejos, cada vez menos, pero no era una experiencia todavía.

         Así que aquel domingo fue un día de fiesta. Antes de que mis padres se fueran marchamos en coche a una localidad llamada Potes y luego hasta los Picos de Europa. Íbamos todos apiñados. Mi tía Guillermina, la mujer de mi tío Manolo, se había quedado en el bar, que ese día no abría tan temprano por no pasar camiones. De todos modos, no sé cómo pudimos caber todos allí, tal vez lleváramos dos coches porque sí recuerdo que éramos seis personas: mis padres y yo, por una parte, Manolo y mis dos primos por la otra.

         Llegamos al famoso teleférico de Fuente Dé. Mi tío nos explicaba que subía hasta los mil quinientos metros más o menos. Más de ochocientos salvados por un solo salto, sin postes intermedios. Aquello lo recuerdo impresionante. La base inferior se encuentra en una especie de valle y luego hay una auténtica montaña casi a pico que lleva, según tengo entendido, hasta el Naranco de Bulnes. El cable del teleférico subía y subía de forma vertiginosa hacia arriba en una curva dada por su propio peso y el tremendo desnivel entre las dos bases del mismo. Las cabinas se perdían de vista transformándose en puntitos indistinguibles al cabo de un rato.

         Los mayores empezaron a recular.

- Yo no me subo ahí –dijo mi madre-. A mí me da miedo.

- Mujer… -contestó mi padre, dubitativo-. Ya que hemos venido… -pero no las tenía todas consigo.

- Ya he subido una vez –añadió mi tío-, a mí me da igual, no tengo mayor interés.

- Yo sí quiero subir –dije impertérrito, fascinado por aquella altura infinita.

         La cosa se arregló enseguida. No era barata la subida tampoco, de manera que los jóvenes nos alineamos con otros excursionistas, dispuestos a montarnos en la cabina que nos asignasen. Cuando fuimos subiendo, les decía adiós a mis padres, como si me hubiera embarcado en una aventura de incierto futuro.

         El viaje fue bien durante un rato. Me pareció mucho tiempo aquel en que contemplaba el valle que relucía al sol, pero debieron ser minutos nada más. Resultaba fantástica la visión de todo aquello, la roca que se iba acercando en las alturas. De repente, el señor que manejaba la cabina, anunció:

- Una nube de tormenta está envolviendo la base donde vamos. No se preocupen si nos detenemos, lo haremos por seguridad.

         En efecto, la roca que se veía un minuto antes bien nítida al final del viaje, había dejado de verse. Una nube negra negrísima nos cubrió en un santiamén. La cabina se detuvo.

- Es por seguridad –insistió aquel hombre-. En cuanto se normalice la situación seguimos.

         Empezamos a bambolearnos suavemente, allí colgados, a varios cientos de metros de altura. Un trueno nos envolvió. Algunas pasajeras gritaron un poco. Mirábamos con inquietud a nuestro alrededor. No se veía absolutamente nada, ni el origen ni el destino de aquel viaje. De repente se escuchó la voz de mi primo Juan:

- Vamos a morir todos. Nos caeremos y nos estrellaremos contra el suelo.

- ¡Señor! –le interpeló ásperamente el encargado.

         Todos le miraban, asombrados, algunas mujeres con el susto en el cuerpo.

- Disculpen –dijo mi prima, muy apurada-. Mi hermano no está bien…

         Era evidente en su gesto contraído, sus muecas extrañas. Los que allí se apiñaban le miraban con clara aprensión.

- ¡Que se calle por lo menos! –dijo uno.

         Mi prima se puso a cuchichearle que guardase silencio. Juan continuó su cantinela, apenas un susurro pero fácilmente entendible. A fin de cuentas, debo agradecerle que fuera la anécdota más reseñable de aquel viaje, sus augurios no cumplidos.

         Lo cierto es que no pasé ningún miedo. Toda la situación me parecía emocionante. Cuando regresamos, el temor en la cara de los mayores aún no se había borrado. Mi madre, al parecer, había estado nerviosísima.

- Os vimos desaparecer en medio de esa nube –explicó mi padre-. No sabíamos qué hacer. Preguntamos y nos dijeron que habían detenido el funicular.

- Os imaginamos en medio de esa tormenta y a mí me daba algo –terció mi madre.

- Pues ha sido un viaje estupendo –me limité a contestar.

         Lo que más lamenté es no poder explorar la parte superior del teleférico. Apenas pude atisbar una superficie con partes de nieve, incluso en verano como era. Me hubiera gustado caminar por allí, llegar hasta la base del Naranco, imitar a ese alpinista que admiraba, Walter Bonatti. Imaginar que esos sueños que tenía en mi cuarto al leer sus aventuras, se hacían realidad por un momento y todo, realidad y sueño, se mezclaban de tal manera que se hacían uno solo.