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SUAVE ES LA NOCHE

FRANCIS SCOTT FITZGERALD

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Nota de los editores

La historia editorial de Tender is the night ilustraría por sí misma un extenso

capítulo de la teoría de la transmisión textual.

El libro fue publicado originariamente en Nueva York en 1934 por Charles

Scribner's Sons. En 1951 apareció una versión revisada a cargo de Malcolm Cowley en

la que el prestigioso crítico incorporaba ciertas modificaciones que el propio Fitzgerald

había comenzado a hacer en un ejemplar de la novela publicada. La idea básica de

Fitzgerald consistía en reconstruir la novela en orden cronológico, colocando los lla-

mados capítulos en flashback (del I al X del Libro Segundo) al comienzo.

Lo malo es que el propio autor terminó por desestimar su proyecto y que Cowley

se extralimitó en sus correcciones. El libro, sin embargo, fue profusamente leído en esa

versión. Desde hace algunos años la crítica más seria ha considerado las modificaciones

de la edición «revisada» como ajenas al espíritu de Fitzgerald. La edición que ahora

proponemos a nuestros lectores restituye el texto de la de Scribner's y devuelve a la

novela la frescura de un relato que no siempre ha sido comprendido como merecía.

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Para Gerald y Sara Muchas fiestas

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¡Ya estoy contigo! Suave es la noche... ... Pero aquí no hay luz,

Salvo la que del cielo trae la brisa Entre tinieblas de verdor y caminos

[de musgo tortuosos.

JOHN KEATS, Oda a un ruiseñor

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Libro Primero

I

En la apacible costa de la Riviera francesa, a mitad de camino aproximadamente

entre Marsella y la frontera con Italia, se alza orgulloso un gran hotel de color rosado.

Unas amables palmeras refrescan su fachada ruborosa y ante él se extiende una playa

corta y deslumbrante. Últimamente se ha convertido en lugar de veraneo de gente

distinguida y de buen tono, pero hace una década se quedaba casi desierto una vez que

su clientela inglesa regresaba al norte al llegar abril. Hoy día se amontonan los chalés en

los alrededores, pero en la época en que comienza esta historia sólo se podían ver las

cúpulas de una docena de villas vetustas pudriéndose como nenúfares entre los

frondosos pinares que se extienden desde el Hótel des Étrangers, propiedad de Gausse,

hasta Cannes, a ocho kilómetros de distancia.

El hotel y la brillante alfombra tostada que era su playa formaban un todo. Al

amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa y el crema de las viejas fortificaciones y

los Alpes púrpuras lindantes con Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los

rizos y anillos que enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de

poca profundidad. Antes de las ocho bajó a la playa un hombre envuelto en un albornoz

azul y, tras largos preliminares dándose aplicaciones del agua helada y emitiendo una

serie de gruñidos y jadeos, avanzó torpemente en el mar durante un minuto. Cuando se

fue, la playa y la ensenada quedaron en calma por una hora. Unos barcos mercantes se

arrastraban por el horizonte con rumbo oeste, se oía gritar a los ayudantes de camarero

en el patio del hotel, y el rocío se secaba en los pinos. Una hora más tarde, empezaron a

sonar las bocinas de los automóviles que bajaban por la tortuosa carretera que va a lo

largo de la cordillera inferior de los Maures, que separa el litoral de la auténtica Francia

provenzal.

A dos kilómetros del mar, en un punto en que los pinos dejan paso a los álamos

polvorientos, hay un apeadero de ferrocarril aislado desde el cual una mañana de junio

de 1925 una victoria condujo a una mujer y a su hija hasta el hotel de Gausse. La madre

tenía un rostro de lindas facciones, ya algo marchito, que pronto iba a estar tocado de

manchitas rosáceas; su expresión era a la vez serena y despierta, de una manera que

resultaba agradable. Sin embargo, la mirada se desviaba rápidamente hacia la hija, que

tenía algo mágico en sus palmas rosadas y sus mejillas iluminadas por un tierno fulgor,

tan emocionante como el color sonrojado que toman los niños pequeños tras ser

bañados con agua fría al anochecer. Su hermosa frente se abombaba suavemente hasta

una línea en que el cabello, que la bordeaba como un escudo heráldico, rompía en

caracoles, ondas y volutas de un color rubio ceniza y dorado. Tenía los ojos grandes,

expresivos, claros y húmedos, y el color resplandeciente de sus mejillas era auténtico,

afloraba a la superficie impulsado por su corazón joven y fuerte. Su cuerpo vacilaba

delicadamente en el último límite de la infancia: tenía cerca de dieciocho años y estaba

casi desarrollada del todo, pero seguía conservando la frescura de la primera edad.

Al surgir por debajo de ellas el mar y el cielo como una línea fina y cálida, la

madre dijo:

-Tengo el presentimiento de que no nos va a gustar este sitio.

-De todos modos, lo que yo quiero es volver a casa -replicó la muchacha.

Hablaban las dos animadamente, pero era evidente iban sin rumbo y ello les

fastidiaba. Además, tampoco se trataba de tomar un rumbo cualquiera. Querían grandes

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emociones, no porque necesitaran reavivar unos nervios agota-los, sino con una avidez

de colegialas que por haber sacado buenas notas se hubieran ganado las vacaciones.

-Vamos a quedarnos tres días y luego regresamos. Voy a poner un telegrama

inmediatamente para que nos reserven pasajes en el vapor.

Una vez en el hotel, la muchacha hizo las reservas en un francés correcto pero sin

inflexiones, como recordado de tiempo atrás. En cuanto estuvieron instaladas en la

planta baja, se acercó a las puertas-ventanas, por las que entraba una luz muy intensa, y

bajó unos escalones hasta la terraza de piedra que se extendía a lo largo del hotel. Al

andar se movía como una bailarina de ballet, apoyándose en la región lumbar en lugar

de dejar caer el peso sobre las caderas. Afuera la luz era tan excesiva que creyó tropezar

con su propia sombra y tuvo que retroceder: el sol la deslumbraba y no podía ver nada.

A cincuenta metros de distancia, el Mediterráneo iba cediendo sus pigmentos al sol

implacable; en el paseo del hotel, bajo la balaustrada, se achicharraba un Buick

descolorido.

De hecho, en el único lugar en que había animación era en la playa. Tres ayas

inglesas estaban sentadas haciendo punto al lento ritmo de la Inglaterra victoriana, la de

los años cuarenta, sesenta y ochenta; confeccionaban suéteres y calcetines con arreglo a

ese patrón y se acompañaban de un chismorreo tan ritualizado como un encantamiento.

Más cerca de la orilla había unas diez o doce personas instaladas bajo sombrillas a ra-

yas, mientras sus diez o doce hijos trataban de atrapar peces indiferentes en las partes

donde había poca profundidad o yacían desnudos al sol brillantes de aceite de coco.

Cuando Rosemary llegó a la playa, un niño de unos doce años pasó corriendo por

su lado y se lanzó al mar entre gritos de júbilo. Al sentirse observada por rostros

desconocidos, se quitó el albornoz e imitó al muchacho. Flotó cabeza abajo unos

cuantos metros y, al ver que había poca profundidad, se puso en pie tambaleándose y

avanzó cuidadosamente, arrastrando como pesos sus piernas esbeltas para vencer la

resistencia del agua. Cuando el agua le llegaba más o menos a la altura del pecho, se

volvió a mirar hacia la playa: un hombre calvo en traje de baño que llevaba un

monóculo la estaba observando atentamente y, mientras lo hacía, sacaba el pecho ve-

lludo y encogía el ombligo impúdico. Al devolverle Rosemary la mirada, se quitó el

monóculo, que quedó oculto en la cómica pelambrera de su pecho, y se sirvió una copa

de alguna bebida de una botella que tenía en la mano.

Rosemary metió la cabeza en el agua e hizo una especie de crol desigual de cuatro

tiempos hasta la balsa. El agua iba a su encuentro, la arrancaba dulcemente del calor, se

filtraba en su pelo y se metía por todos los rincones de su cuerpo. Se recreó girando una

y otra vez en ella, abrazándola.

É1 llegó jadeante a la balsa, pero al notar que la estaba mirando una mujer de piel

bronceada que tenía unos dientes muy blancos, Rosemary, consciente de pronto de la

excesiva blancura de su cuerpo, se dio la vuelta y se dejó llevar por el agua hasta la

orilla. Cuando salía, le habló el hombre velludo de la botella.

-Oiga, ¿sabe que hay tiburones al otro lado de la balsa?

Era de nacionalidad imprecisa, pero hablaba inglés con un pausado acento de

Oxford.

-Ayer devoraron a dos marineros ingleses de la flota que está en Golfe-Juan.

-¡Dios mío! -exclamó Rosemary.

-Vienen atraídos por los desechos de los barcos.

Puso los ojos vidriosos como para indicar que su única intención era ponerla en

guardia, se alejó unos pasos con afectación y se sirvió otro trago.

Al advertir, sin que realmente le desagradara, que en el curso de esa conversación

habían pasado a centrarse en ella algunas miradas, Rosemary fue a buscar un lugar

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donde sentarse. Era evidente que a cada familia le pertenecía el espacio de playa que

había justo delante de su sombrilla; por otra parte, habla mucho visiteo y mucha charla

de sombrilla a sombrilla: un ambiente de comunidad en el que habría pecado de

presuntuoso el que hubiera intentado meterse. Algo más lejos, en una zona donde la

playa se cubría de guijarros y algas secas, había un grupo de personas que tenían la piel

tan blanca como ella. Estaban tumbadas bajo quitasoles de mano en lugar de sombrillas

de playa y era evidente que no se sentían tan parte del lugar como el resto. Rosemary

encontró un sitio entre la gente bronceada y la que no lo estaba y extendió su albornoz

sobre la arena.

Así tendida, oyó al principio voces indistintas y sintió pies que le pasaban casi

rozando el cuerpo y siluetas que se interponían entre el sol y ella. Notó en el cuello el

aliento templado y nervioso de un perro fisgón; sentía que se le tostaba la piel

ligeramente al calor del sol y hasta ella llegaba el apagado lamento de las olas que

morían. Luego empezó a distinguir unas voces de otras y se enteró de que alguien a

quien se llamaba despreciativamente «ese tipo, North» había secuestrado a un camarero

de un café de Cannes la noche anterior con el propósito de partirlo en dos. La que ava-

laba esa historia era una mujer de pelo blanco que iba en traje de noche, claramente uno

de los restos que habían quedado de la noche anterior, pues seguía llevando en la cabeza

una diadema y en su hombro agonizaba una orquídea desanimada. A Rosemary le entró

una vaga aversión hacia esa mujer y sus acompañantes y se dio la vuelta.

Al otro lado, muy cerca de ella, una mujer joven tendida bajo un dosel de

sombrillas estaba confeccionando una lista a partir de un libro que tenía abierto sobre la

arena. Se había bajado los tirantes del bañador y su espalda, que había adquirido un tono

marrón rojizo tirando a anaranjado, brillaba al sol realzada por una sarta de perlas color

crema. Tenía un rostro encantador, pero su expresión era dura y había algo en ella que

movía a compasión. Cruzó la mirada con Rosemary sin verla. A su lado estaba un

hombre bien parecido con gorra de jockey y un traje de baño a rayas rojas. También

estaba la mujer que había visto en la balsa, que le devolvió la mirada y la reconoció, y

un hombre de rostro alargado y cabellera aleonada y dorada, con un bañador azul y sin

sombrero, que hablaba en tono muy serio con un joven de aspecto inconfundiblemente

latino que llevaba un bañador negro; mientras hablaban, los dos recogían puñaditos de

algas de la arena. Rosemary llegó a la conclusión de que casi todos eran americanos, si

bien había algo en ellos que los hacía diferentes de los americanos que había conocido

últimamente.

Pasado un momento se dio cuenta de que el hombre de la gorra de jockey estaba

improvisando una pequeña representación para aquel grupo. Manejaba un rastrillo con

aire solemne y removía la arena ostensiblemente en una especie de parodia esotérica

que la gravedad de su expresión desmentía. La mínima derivación de la parodia

producía hilaridad, hasta que llegó un momento en que cualquier cosa que dijera

provocaba una carcajada. Todo el mundo, incluso los que, como ella, estaban demasiado

lejos para entender lo que decía, había aguzado los oídos; la única persona en toda la

playa que parecía indiferente era la joven del collar de perlas. Tal vez por el pudor del

que se sabe propietario de algo que despierta la atención, respondía a cada nueva salva

de risas agachándose más sobre la lista que estaba confeccionando.

De pronto le llegó a Rosemary desde el cielo la voz del hombre del monóculo y la

botella.

-Es usted una nadadora excelente.

Ella rechazó el cumplido

-Sí, magnífica. Me llamo Campion. Una señora que está conmigo me ha dicho que

la vio la semana pasada en Sorrento, sabe quién es usted y le gustaría mucho conocerla.

Tratando de disimular su fastidio, Rosemary miró a su alrededor y vio que los no

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bronceados estaban expectantes. Se puso en pie de mala gana y fue a reunirse con ellos.

-La señora Abrams... la señora McKisco... el señor McKisco... el señor

Dumphry...

-Sabemos quién es usted -dijo la mujer del traje de noche-. Es Rosemary Hoyt. La

reconocí en Sorrento y le pregunté al recepcionista del hotel. Todos pensamos que es

usted una absoluta maravilla y queremos saber por qué no está ya en América rodando

otra de sus maravillosas películas.

Le hicieron sitio entre ellos con gestos exagerados. La mujer que la había

reconocido no era judía, a pesar de su nombre. Era una de esas personas de edad

«alegres y despreocupadas» que, bien conservadas a fuerza de hacer bien la digestión y

no dejar que nada les afecte, se integran en la siguiente generación.

-Queríamos advertirle del peligro de que se queme el primer día de playa -

continuó en tono animado-, porque su piel es importante, pero parece haber tanta

estúpida etiqueta en esta playa que no sabíamos si se iba usted a molestar.

II

-Pensamos que a lo mejor formaba usted parte de la intriga -dijo la señora

McKisco.

Era joven y bonita, de mirada maliciosa y una intensidad que causaba rechazo.

-No sabemos quién forma parte de la intriga y quién no. Un hombre con el que mi

marido había sido especialmente amable resultó ser uno de los personajes principales,

prácticamente el segundo protagonista masculino.

-¿La intriga? -preguntó Rosemary, entendiendo a medias-. ¿Es que hay una

intriga?

-Querida, no lo sabemos -dijo la señora Abrams soltando una risita convulsiva de

mujer robusta-. No participamos en ella. Lo vemos todo desde la galería.

El señor Dumphry, un joven afeminado que tenía pelo de estopa, observó:

-Mamá Abrams es ya de por sí toda una intriga.

Y Campion le amenazó con el monóculo, diciendo:

-Royal, no empieces con tus bromas de mal gusto.

Rosemary miraba incómoda a unos y otros y pensaba que su madre debía de haber

bajado a la playa con ella. Aquella gente no le gustaba nada, sobre todo si la comparaba

con el grupo del otro extremo de la playa que había despertado su interés. Las dotes

modestas pero sólidas que tenía su madre para el trato social la sacaban siempre de si-

tuaciones embarazosas con firmeza y rapidez. Pero sólo hacía diez meses que Rosemary

era famosa y a veces se armaba un lío entre la educación francesa que había recibido en

su infancia y los modales más desenfadados que luego había adquirido en América, y

quedaba expuesta a situaciones como aquélla.

Al señor McKisco, un pelirrojo flacucho y pecoso de unos treinta años, no le

parecía divertido aquello de la «intriga» como tema de conversación. Había estado

mirando el mar fijamente y, de pronto, tras echar una mirada rápida a su mujer, se

volvió hacia Rosemary y le preguntó en tono agresivo:

-¿Lleva mucho tiempo aquí?

-Un día sólo.

-Ah.

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Evidentemente convencido de que había logrado cambiar de tema radicalmente,

pasó a mirar a los demás.

-¿Se va a quedar todo el verano? -preguntó la señora McKisco en tono inocente-.

Si se queda podrá ver cómo se desarrolla la intriga.

-¡Por el amor de Dios, Violet, cambia de tema! -estalló su marido-. ¡A ver si se te

ocurre una nueva broma!

La señora McKisco se inclinó hacia la señora Abrams y le susurró en forma

perfectamente audible:

-Está nervioso.

-No estoy nervioso -protestó el señor McKisco-. Da la casualidad de que no estoy

nada nervioso.

Estaba visiblemente alterado; se había extendido sobre su rostro un rubor grisáceo

que le daba un aire de total ineficacia. Vagamente consciente de pronto de cuál era su

estado, se puso en pie para ir al agua, seguido de su mujer, y Rosemary, aprovechando

la oportunidad, les siguió.

El señor McKisco aspiró profundamente, se lanzó al agua donde no cubría y

comenzó a golpear el Mediterráneo con brazos rígidos, queriendo dar a entender sin

duda que nadaba a crol. Cuando se quedó sin aliento, se puso en pie y miró en torno

suyo como sorprendido de encontrarse todavía tan cerca de la orilla.

-Aún no he aprendido a respirar. Nunca he en-tendido del todo cómo hay que

respirar.

Dirigió a Rosemary una mirada interrogante.

-Creo que se suelta el aire debajo del agua -explicó ella-, y cada cuatro brazadas se

saca la cabeza para tomar más aire.

-Respirar es lo que me resulta más difícil. ¿Vamos nadando hasta la balsa?

. El hombre de la cabeza aleonada estaba tumbado todo lo largo que era sobre la

balsa, que se ladeaba con cada movimiento del agua. En uno de esos bruscos meneos

recibió un golpetazo en el brazo la señora McKisco, que trataba de subirse. El hombre

se incorporó y la ayudó a subir.

-Me temía que la iba a golpear.

Hablaba pausadamente y con timidez, y la expresión de su rostro era de las más

tristes que Rosemary había visto nunca. Tenía los pómulos salientes de los indios, el

labio superior alargado y unos ojos enormes y hundidos de un tono dorado oscuro.

Había hablado entre dientes, como si esperara que sus palabras llegaran hasta la señora

McKisco por una ruta indirecta y discreta. En un instante se había lanzado al agua y su

largo cuerpo flotaba en dirección a la orilla.

Rosemary y la señora McKisco le observaron. Cuando se le agotó el impulso se

dobló bruscamente, se elevaron sus muslos flacos por encima del agua y desapareció

totalmente dejando tras sí apenas un rastro de espuma.

-Es un buen nadador -dijo Rosemary.

A lo que replicó la señora McKisco con una vehemencia inesperada:

-¡Pero es un músico pésimo!

Y se volvió hacia su marido, el cual, tras dos intentos infructuosos, había logrado

subirse a la balsa y, una vez que había conseguido mantener el equilibrio, trataba de ha-

cer alguna floritura como para compensar, sin otro resultado que tambalearse una vez

más.

-Estaba diciendo que Abe North podrá ser un buen nadador, pero es un músico

pésimo.

-Sí -reconoció a regañadientes el señor McKisco. Era evidente que era él el que

había creado el mundo de su mujer y le permitía muy pocas libertades dentro de ese

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mundo.

-A mí que me den a Antheil -dijo la señora McKisco volviéndose hacia Rosemary

con aire desafiante-. A Antheil y a Joyce. Me imagino que en Hollywood no se oirá

hablar mucho de ese tipo de gente, pero mi marido escribió la primera crítica del Ulises

que apareció en América.

-Ojalá tuviera un cigarrillo -dijo el señor McKisco con voz calmosa-. Es lo único

que me parece importante en este momento.

-Es de lo más profundo. ¿Verdad que sí, Albert?

Su voz se apagó de pronto. La mujer de las perlas se había juntado en el agua con

sus dos hijos y Abe North surgió de repente por debajo de uno de ellos como una isla

volcánica y se lo subió a los hombros. El niño gritaba de miedo y placer, y la mujer

contemplaba la escena con dulce calma, sin una sonrisa.

-¿Es ésa su mujer? -preguntó Rosemary.

-No, ésa es la señora Diver. Ésos no están en el hotel.

Sus ojos no se apartaban del rostro de la mujer, como si estuviera fotografiándola.

Pasado un momento se volvió bruscamente hacia Rosemary.

-¿Había estado usted antes en el extranjero? -Sí. Fui al colegio en París.

-Ah, bien. Entonces probablemente sabrá que si quiere divertirse aquí lo que tiene

que hacer es conocer a una familia francesa de verdad. Me pregunto qué es lo que saca-

rá toda esa gente.

Señaló la playa con el hombro izquierdo.

-Se pasan la vida en pequeñas camarillas, sin despegarse los unos de los otros.

Nosotros, por supuesto, teníamos cartas de presentación y hemos conocido en París a

los mejores artistas y escritores franceses. Así que fue estupendo.

-No me cabe la menor duda.

-Bueno, es que mi marido está acabando su primera novela.

-¡No me diga! -exclamó Rosemary. No estaba pensando en nada en particular;

únicamente se preguntaba si su madre habría conseguido dormirse con aquel calor.

-Es la misma idea de Ulises -continuó la señora McKisco-. Pero en lugar de pasar

en veinticuatro horas, la de mi marido se desarrolla a lo largo de cien años. Saca a un

viejo aristócrata francés decadente y lo pone en contraste con la era de las máquinas.

-¡Por el amor de Dios, Violet! No le vayas contando la idea a todo el mundo -

protestó el señor McKisco-. No quiero que se entere todo el mundo antes de que se haya

publicado el libro.

Rosemary regresó nadando a la playa, en donde se puso el albornoz sobre los

hombros que ya empezaban a picarle y se volvió a tender al sol. El hombre de la gorra

de jockey iba ahora de una sombrilla a otra con una botella y varios vasitos; tanto él

como sus amigos se iban animando y se acercaban cada vez más los unos a los otros,

hasta que acabaron juntándose todos bajo un único ensamblaje de sombrillas. Rosemary

supuso que alguno de ellos se marchaba y estaban tomando la última copa en la playa.

Hasta los niños notaban la animación que se estaba creando debajo de aquella gran

sombrilla y se volvían a mirar. Rosemary tenía la impresión de que todo nacía del

hombre de la gorra de jockey.

El sol de mediodía pasó a dominar cielo y mar. Hasta la blanca línea de Cannes, a

ocho kilómetros de distancia, se había convertido en un espejismo de frescor. Un velero

con la proa pintada de rojo arrastraba tras sí un hilo del mar más lejano y oscuro. No

parecía haber vida en toda aquella extensión de costa, salvo a la luz del sol que se

filtraba por aquellas sombrillas en donde estaba pasando algo entre colores y

murmullos.

Campion se acercó a ella y se detuvo a unos pasos de distancia. Rosemary cerró

los ojos y se hizo la dormida; luego los entreabrió y vio dos columnas borrosas que eran

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unas piernas. El hombre intentó abrirse camino a través de una nube color de arena,

pero la nube se escapó flotando hacia el cielo vasto y cálido. Rosemary se quedó

dormida de verdad.

Se despertó empapada de sudor y se encontró con que la playa se había quedado

desierta; al único que vio fue al hombre de la gorra de jockey que estaba plegando la

última sombrilla. Seguía allí tendida, parpadeando, cuando se acercó él y le dijo:

-Pensaba despertarla antes de marcharme. No es bueno tomar tanto el sol el primer

día.

-Gracias.

Rosemary se miró las piernas y vio que las tenía enrojecidas.

-¡Dios mío!

Se rió muy divertida, animándole a que siguiera hablando, pero Dick Diver se

alejaba ya llevando un toldo y una sombrilla a un coche que estaba esperándole, de

modo que se metió en el agua para limpiarse el sudor. Él regresó, recogió un rastrillo,

una pala y un tamiz y los colocó en la grieta de una roca. Luego miró a su alrededor

para ver si había olvidado algo.

-¿Sabe qué hora es? -preguntó Rosemary.

-Alrededor de la una y media.

Por un momento miraron los dos hacia el horizonte. -No es una hora mala -dijo

Dick Diver-. No es de los peores momentos del día.

La miró, y por un instante ella vivió en el mundo azul brillante de sus ojos, con

avidez y confianza. Pero él se cargó al hombro el último trasto y se fue hacia el coche, y

Rosemary salió del agua, sacudió el albornoz y se fue andando a su hotel.

III

Eran casi las dos cuando entraron en el comedor. Las ramas de los pinos que se

balanceaban afuera creaban sobre las mesas desiertas un tupido diseño de luces y som-

bras oscilantes. Dos camareros que estaban apilando platos y hablaban en italiano en

voz muy alta se quedaron callados al verlas entrar y fueron a servirles una versión

fatigada del plato del día.

-Me he enamorado en la playa -dijo Rosemary. -¿De quién?

-Primero de un grupo de gente que parecía muy agradable y luego de un hombre.

-¿Hablaste con él?

-Sólo un poco. Es guapísimo. Pelirrojo.

Estaba comiendo con un apetito voraz.

-Pero está casado. Como siempre.

Su madre era su mejor amiga, y había renunciado a sus últimas posibilidades

personales para servirle de guía en su carrera, algo no tan infrecuente en el ambiente del

teatro pero más bien extraordinario en este caso, ya que Elsie Speers no estaba tratando

de resarcirse de su propio fracaso. Personalmente, la vida no le había creado amarguras

ni resentimientos. Había estado felizmente casada dos veces, había enviudado las dos

veces y su estoicismo jovial se había hecho cada vez más profundo. Uno de sus maridos

había sido oficial de caballería y el otro médico militar, y los dos le habían dejado algo

que pretendía entregar intacto a Rosemary. Al no ser condescendiente con ella la había

hecho fuerte, y al no escatimar por su parte ni el esfuerzo ni el cariño, había cultivado

un idealismo en Rosemary cuyo objeto, de momento, era ella misma, pues veía el

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mundo a través de sus ojos. De modo que, aunque Rosemary era una muchacha

«sencilla», estaba protegida por una doble coraza, la de su madre y la suya propia, y

sentía una desconfianza impropia de su edad hacia todo lo que resultara trivial, fácil o

vulgar. Sin embargo, la señora Speers consideraba que, en vista del éxito repentino que

había tenido Rosemary en el mundo cinematográfico, había llegado ya el momento de

destetarla espiritualmente. No le disgustaba, sino más bien le agradaba la idea de que

aquel idealismo vigoroso, exigente y en cierto modo excesivo se centrara en algo que no

fuera ella misma.

-Entonces, ¿te gusta esto? -le preguntó.

-Podría ser divertido si conociéramos a esa gente. Había otras personas, pero no

me resultaron simpáticas. Me reconocieron. Vayamos a donde vayamos todo el mundo

ha visto La niña de papá.

La señora Speers esperó a que se esfumara aquel pequeño brote de egocentrismo.

Luego, como sin darle importancia, dijo:

-Ahora que me acuerdo. ¿Cuándo vas a ir a ver a Earl Brady?

-He pensado que podíamos ir esta tarde, si ya no te sientes cansada.

-Ve tú sola. Yo no quiero ir.

-Bueno, entonces lo dejamos para mañana.

-Quiero que vayas tú sola. Está a un paso. Y además, ni que tú no supieras francés.

-Oh, mamá. No me hablas más que de cosas que tengo que hacer.

-Está bien, ya irás otro día. Pero tienes que ir antes de que nos marchemos.

-De acuerdo, mamá.

Después de comer se sintieron las dos abatidas con el súbito aplanamiento que les

entra a los viajeros norteamericanos en lugares apacibles del extranjero. No sentían

ningún estímulo, no oían voces que las llamaran del exterior, ni les llegaban de pronto,

de otras mentes, fragmentos de sus propios pensamientos. Tanto echaban de menos el

clamor del Imperio que tenían la sensación de que en aquel lugar la vida se había

detenido.

-Vamos a quedarnos sólo tres días, mamá -dijo Rosemary cuando ya estaban de

vuelta en sus habitaciones. Afuera soplaba un viento ligero que esparcía el calor, lo fil-

traba por los árboles y enviaba pequeñas ráfagas calientes a través de los postigos.

-¿Y el hombre de la playa del que te has enamorado?

-Yo sólo te quiero a ti, mamá querida.

Rosemary se detuvo en el vestíbulo y le preguntó algo a Gausse padre relacionado

con los trenes. El conserje, que haraganeaba junto al mostrador en su uniforme caqui

claro, se quedó mirándola fijamente, pero enseguida recordó los modales que

correspondían a su función. Ella subió al autobús y viajó hasta la estación con un par de

camareros obsequiosos, incómoda ante su respetuoso silencio. Tenía ganas de decirles:

«Venga, hablen, diviértanse, que a mí no me molesta».

En el compartimiento de primera hacía un calor sofocante; los anuncios llenos de

colorido de las compañías de ferrocarriles -el puente del Gard en Arlés, el anfiteatro de

Orange, los deportes de invierno en Chamonix- resultaban más refrescantes que el largo

mar inmóvil de afuera. A diferencia de los trenes americanos, que, absortos en su propio

destino lleno de intensidad, desdeñaban a los que vivían en otro mundo menos veloz y

jadeante, aquel tren formaba parte de la comarca por la que pasaba. Su soplo removía el

polvo de las palmeras y sus chispas iban a mezclarse con el mantillo de los jardines.

Rosemary estaba segura de que podría coger flores con la mano si se asomaba por

la ventana.

Delante de la estación de Cannes una docena de taxistas dormían en sus coches.

Más allá, en el paseo, el casino, las tiendas elegantes y los grandes hoteles volvían sus

máscaras de hierro sin expresión hacia el mar estival. Parecía increíble que alguna vez

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pudiera haber sido la «temporada» y Rosemary, a medias esclava de la moda, se sintió

un poco incómoda, como si estuviera dando muestras de un gusto malsano por los

moribundos, como si la gente se preguntara que qué estaba haciendo en medio de

aquella calma pasajera entre la alegría del invierno anterior y del siguiente, mientras al

norte bullía el mundo de verdad.

Cuando salía de la droguería con una botella de aceite de coco, se cruzó con ella

una mujer con los brazos cargados de cojines, a la que reconoció como la señora Diver,

que se dirigía hacia un coche aparcado algo más abajo. Un perro negro, pequeño y de

forma alargada, ladró al verla llegar, y el chófer, que dormitaba, se despertó

sobresaltado.

La mujer se acomodó en el coche, con su lindo rostro compuesto e inmóvil, su

mirada decidida y alerta que no se fijaba en nada en particular. Llevaba un vestido de un

rojo muy vivo y las piernas bronceadas sin medias. Tenía el pelo grueso, de un color

dorado oscuro, como el de un perro chow.

Como le quedaba media hora hasta la salida del tren, Rosemary se sentó en el Café

des Alliés, en la Croisette, donde los árboles creaban un verde atardecer sobre las mesas

y una orquesta arrullaba a un imaginario público cosmopolita con la Canción del

Carnaval de Niza y la melodía americana que estaba de moda el año anterior. Había

comprado Le Temps y, para su madre, The Saturday Evening Post y, mientras se bebía

una limonada, abrió este último en las memorias de una princesa rusa y todas aquellas

oscuras convenciones de los años noventa le parecieron más reales y próximas que los

titulares del periódico francés. Era la misma sensación que le había oprimido en el hotel.

Acostumbrada al modo excesivo en que se resaltaban los aspectos más grotescos de un

continente como comedia o tragedia, y poco preparada para la tarea de separar para sí

misma lo que era esencial de lo que no lo era, empezaba a tener la sensación de que la

vida francesa era vacía y caduca. A hacer esa sensación más intensa contribuían las tris-

tes melodías de la orquesta, que recordaban la música melancólica que acompañaba a

los acróbatas en los teatros de variedades. Se alegró de regresar al hotel de Gausse.

Al día siguiente tenía los hombros demasiado quemados para poder ir a bañarse,

así que alquiló un coche con su madre -después de mucho regatear, pues Rosemary se

había hecho su propia idea del valor del dinero en Francia- y se pasearon por la Riviera,

delta de muchos ríos. El chófer, que era como un zar ruso de la época de Iván el

Terrible, se las daba también de guía, y los nombres esplendorosos -Cannes, Niza,

Montecarlo- comenzaron a brillar a través de su entumecido camuflaje, hablando en

susurros de viejos reyes que habían ido allí a cenar o a morir, de rajás que lanzaban mi-

radas de Buda a bailarinas inglesas, de príncipes rusos que convertían las semanas en

atardeceres bálticos de los días del caviar perdidos. Más que ninguna otra cosa, se

notaban en toda la costa las huellas de los rusos, el olor de sus librerías y colmados

cerrados. Diez años antes, al terminar la temporada, en abril, se habían cerrado las

puertas de la iglesia ortodoxa y se habían guardado las botellas de champán dulce, que

era el que preferían, hasta su regreso. «Volveremos el año que viene», dijeron. Pero se

habían precipitado al hacer esa promesa, porque nunca más iban a volver.

Resultaba agradable volver en coche al hotel a la caída de la tarde, con aquel mar

de colores tan misteriosos como las ágatas y cornalinas de la niñez, verde como leche

verde, azul como agua de lavar, oscuro como el vino. Resultaba agradable pasar ante la

gente que comía al aire libre, ante la puerta de su casa, y oír las potentes pianolas

ocultas tras las parras de los merenderos. Cuando doblaron la Corniche d'Or y llegaron

al hotel de Gausse entre las hileras de árboles que se sucedían, en la creciente oscuridad,

en múltiples tonalidades de verde, ya la luna asomaba tras las ruinas de los acueductos.

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Allá en las colinas al otro lado del hotel había un baile, y su música, que le llegaba

a Rosemary envuelta en la fantasmal luz de luna que se filtraba por la mosquitera, le

hizo reconocer que también allí podía reinar la alegría, y se puso a pensar en la

agradable gente de la playa. Tal vez se encontrara con ellos a la mañana siguiente, pero

era evidente que formaban un grupito autosuficiente y, una vez que sombrillas, esteras,

perros y niños estaban en su sitio, su rincón de la playa quedaba literalmente cercado.

Decidió que, en todo caso, no iba a pasar las dos mañanas que le quedaban con los

otros.

IV

La cuestión se resolvió sola. Los McKisco no habían bajado aún, y apenas había

extendido Rosemary la bata sobre la arena cuando dos hombres, el de la gorra de jockey

y el rubio alto dado a partir camareros en dos, dejaron el grupo y se acercaron a ella.

-Buenos días -dijo Dick Diver.

Hizo una breve pausa.

-Una cosa: estuviera quemada o no, ¿por qué no bajó ayer a la playa? Nos tuvo

preocupados.

Ella se incorporó y con una risita les dio a entender que acogía feliz su intrusión.

-Queríamos saber si le gustaría sumarse a nosotros -dijo Dick Diver-. Le hacemos

un sitio y tenemos comida y bebida, así que es una invitación en toda la regla.

Parecía amable y encantador, y en su tono de voz había una promesa de que se iba

a ocupar de ella y de que, algo más adelante, le iba a abrir nuevos mundos, le iba a des-

cubrir una serie interminable de magníficas posibilidades. Se las arregló para presentarla

sin mencionar su nombre y luego le hizo saber con naturalidad que todos sabían quién

era, pero iban a respetar la integridad de su vida privada; era ése un gesto de atención

hacia ella que no había tenido nadie, salvo otra gente de la profesión, desde que era

famosa.

Nicole Diver, cuya espalda bronceada parecía colgar del collar de perlas, estaba

buscando en un libro de cocina la receta del pollo al estilo de Maryland. Rosemary le

calculaba unos veinticuatro años. Aunque se la podía considerar bonita en sentido

convencional, su rostro hacía el efecto de haber sido tallado primero en una escala

heroica, con una sólida estructura de rasgos marcados, como si las facciones y el brillo

del semblante y la tez, todo lo que relacionamos con el temperamento y el carácter

hubiera sido moldeado con intención rodiniana y luego suavizado hasta un punto en el

que el más leve error podría haber menoscabado su fuerza y su calidad. Con la boca, el

escultor se había aventurado peligrosamente: tenía la forma de corazón que se veía en

las portadas de las revistas y, sin embargo, no desentonaba del resto.

-¿Se piensa quedar mucho tiempo? -preguntó Nicole. Tenía la voz grave, casi

áspera.

Rosemary se vio de pronto considerando la posibilidad de quedarse una semana

más.

-Mucho tiempo no -contestó con vaguedad-. Llevamos ya mucho tiempo fuera.

Desembarcamos en Sicilia en marzo y hemos ido subiendo al norte sin prisas. Pillé una

pulmonía rodando una película en enero y me he estado restableciendo.

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-¡Santo cielo! ¿Cómo ocurrió?

-Fue por meterme en el agua.

Rosemary se sentía más bien reacia a hacer ninguna revelación de tipo personal.

-Un día que tenía la gripe y no lo sabía, tenía que rodar una escena en la que me

lanzaba a un canal en Venecia. Como era un decorado muy caro, tuve que lanzarme al

agua una y otra vez a lo largo de la mañana. Mamá hizo venir a un médico, pero no

sirvió de nada. Cogí una pulmonía.

Cambió resueltamente de tema antes de que ellos pudieran decir nada.

-¿Les gusta esto... este sitio?

-Les tiene que gustar -dijo Abe North con parsimonia-. Lo inventaron ellos.

Volvió la noble cabeza lentamente hasta que sus ojos se posaron con ternura y

afecto en el matrimonio Diver.

-¿De verdad?

-Ésta es sólo la segunda temporada que se abre el hotel en verano -explicó Nicole-.

Convencimos a Gausse para que se quedara con un cocinero, un camarero y un portero.

Le resultó rentable y este año le está yendo incluso mejor.

-Pero ustedes no están en el hotel.

-Nos hicimos construir una casa en Tarmes.

-El caso es -dijo Dick mientras arreglaba una sombrilla para que a Rosemary no le

quedara un hombro expuesto al sol- que los rusos y los ingleses, a los que el frío no les

importa, escogieron los lugares del norte, como Deauville, mientras que nosotros los

americanos, como la mitad procedemos de climas tropicales, hemos empezado a venir

aquí.

El joven de aspecto latino estaba hojeando The New York Herald.

-¿De qué nacionalidad será toda esta gente? -preguntó de pronto. Y se puso a leer

en voz alta con un ligero acento francés-: Se registraron en el Hotel Palace, en Vevey, el

señor Pandely Vlasco, la señora Bonneasse (no me estoy inventando nada), Corinna

Medonca, la señora Pasche, Seraphim Tullio, Maria Amalia Roto Mais, Moises

Teubel, la señora Paragoris, Apostle Alexandre, Yolanda Yosfuglu y... ¡Geneveva

de Momus! Ésta es mi favorita. Geneveva de Momus. Casi vale la pena ir hasta Vevey

para ver cómo es Geneveva de Momus.

Se puso en pie, súbitamente inquieto, y se estiró con un rápido movimiento. Tenía

unos años menos que Diver o North. Era alto y tenía el cuerpo duro pero excesivamente

enjuto, con excepción de la musculatura acumulada en los hombros y la parte superior

de los brazos. A primera vista parecía apuesto en sentido clásico, pero su rostro tenía

siempre una leve expresión de fastidio que empañaba el fulgor de sus ojos castaños. Sin

embargo, eran unos ojos que se recordaban después, cuando uno ya había olvidado la

mueca de aquella boca incapaz de soportar el tedio y la frente joven arrugada por la

angustia estéril.

-Encontramos algunos nombres magníficos en la información sobre americanos la

semana pasada -dijo Nicole-. La señora Evelyn Oyster y... ¿Cuáles eran los otros?

-Uno era el señor S. Flesh -dijo Diver, poniéndose también en pie. Agarró su

rastrillo y se puso a sacar piedrecitas de la arena concienzudamente.

-Ah, sí. S. Flesh... ¿No os da grima el nombre?

Se sentía una gran tranquilidad a solas con Nicole; Rosemary pensó que mayor

incluso de la que se sentía con su madre. Abe North y Barban, el francés, estaban

hablando de Marruecos, y Nicole, que ya había copiado la receta, cogió una labor.

Rosemary se puso a examinar sus pertenencias: cuatro grandes sombrillas que formaban

un toldo, una caseta portátil para cambiarse, un caballo neumático y otras cosas nuevas

que ella no había visto nunca, que procedían de la primera avalancha de artículos de lujo

fabricados al terminar la guerra y que probablemente estaban en manos de los primeros

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compradores. Se había dado cuenta de que eran gente del gran mundo, pero, aunque su

madre le había inculcado un recelo contra esa clase de gente, a la que consideraba

parásitos sociales, no era ésa la impresión que estas personas le daban. Hasta en su ab-

soluta inmovilidad, tan total como la de la propia mañana, veía un propósito, un

empeño, un rumbo, un acto de creación diferente a todos los que ella había conocido. Su

mente inmadura no se planteaba qué relaciones podrían tener entre sí: sólo le interesaba

la actitud que tenían con respecto a ella. Pero sí percibía el entramado de una agradable

relación entre todos ellos, lo cual expresó en su mente con la idea de que parecían estar

pasándoselo muy bien.

Estudió uno por uno a los tres hombres, tratando por un momento de ser objetiva.

Los tres eran bien parecidos, cada uno en su estilo. Los tres tenían modales muy

distinguidos que se notaba que eran parte integrante de ellos, de sus vidas pasadas y

futuras, no eran de circunstancias y, por tanto, nada tenían que ver con los modales

afectados de los actores. También detectaba en ellos una gran delicadeza que era dife-

rente de la camaradería agradable pero más bien tosca de los directores de cine, que

representaban el elemento intelectual en su vida. Actores y directores. Ésos eran los

únicos tipos de hombre que había conocido, aparte de la masa heterogénea y confusa de

chicos universitarios interesados sólo en el flechazo que había conocido en la fiesta de

Yak el otoño anterior.

Estos tres eran diferentes. Barban era menos civilizado, más escéptico y burlón, y

sus modales eran tan rígidos e impecables que daban impresión de superficialidad.

Abe North tenía, bajo su aparente timidez, un sentido del humor desesperado que

a Rosemary le divertía pero a la vez le parecía incomprensible. Siendo de natural sería,

no creía que pudiera causarle una gran impresión.

Pero Dick Diver... era perfecto. Le admiró en silencio. Tenía la piel rubicunda y

curtida por el sol, del mismo tono que el pelo, que llevaba corto, y el vello que le cubría

ligeramente los brazos y el dorso de las manos. Los ojos eran de un azul brillante y

metálico. La nariz era ligeramente puntiaguda y nunca cabía ninguna duda de a quién

miraba o con quién estaba hablando, lo cual es una atención que siempre halaga, porque

¿quién nos mira? Caen sobre nosotros las miradas, curiosas o indiferentes, y eso es todo.

Su voz, que tenía inflexiones del melodioso acento irlandés, parecía cortejar al mundo

entero. Y, sin embargo, Rosemary percibía en él una capa de firmeza, dominio de sí

mismo y autodisciplina, virtudes que ella también poseía. Oh, sí. Era a él al que escogía,

y Nicole, que levantaba la cabeza en ese momento, vio que lo escogía y oyó el leve

suspiro con el que reconocía que ya pertenecía a otra.

Hacia el mediodía bajaron a la playa los McKisco, la señora Abrams, el señor

Dumphry y el señor Campion. Traían una sombrilla nueva que colocaron mirando de

reojo a los Diver y se instalaron debajo de ella con expresión satisfecha, todos menos el

señor McKisco, que se quedó afuera en actitud burlona. Dick, que había pasado cerca de