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ellos con su rastrillo, volvió a las sombrillas.

-Los dos jóvenes están leyendo juntos el Libro de Etiqueta -anunció en voz baja.

-Se propondrán alternar con la crema -dijo Abe.

Mary North, la joven bronceadísima que Rosemary había visto el primer día en la

balsa, volvía del agua y dijo con una sonrisa que era un destello lascivo:

-Veo que han llegado el señor y la señora Nunca tiemblo.

-Son amigos de este hombre -le recordó Nicole señalando a Abe-. ¿Por qué no irá

a hablar con ellos? ¿Es que no te parecen atractivos?

-Me parecen muy atractivos -dijo Abe-. Lo único que pasa es que no me parecen

atractivos.

-T enía el presentimiento de que iba a haber demasiada gente en la playa este

verano -observó Nicole-. Nuestra playa, que Dick creó de un montón de guijarros.

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Se puso a pensar y luego, bajando la voz para que no la oyera el trío de niñeras

inglesas sentadas debajo de otra sombrilla, dijo:

-Con todo, son preferibles a aquellos ingleses del verano pasado, que se pasaban la

vida gritando: «¡Mira qué mar tan azul! ¡Mira qué cielo tan blanco! ¡Mira qué colorada

tiene la naricita Nellie!».

Rosemary pensó que no le gustaría tener a Nicole de enemiga.

-Pero se perdió usted la pelea -continuó Nicole-. El día antes de que usted llegara,

el hombre casado, ese que tiene un apellido que suena a sucedáneo de gasolina o

mantequilla...

-¿McKisco?

-Sí. Bueno. Estaban discutiendo y ella le arrojó arena a la cara. Entonces él se

sentó encima de ella y le restregó la cara en la arena. Nos quedamos... sin palabra. Yo

quería que Dick interviniera.

-Creo -dijo Dick Diver, mirando ensimismado la de paja- que me voy a acercar y

les voy a invitar a cenar. -Ni se te ocurra -se apresuró a decirle Nicole.

-Creo que estaría bien. Puesto que están aquí, vamos a adaptarnos a las

circunstancias.

-Estamos perfectamente adaptados -insistió Nicole, riendo-. No tengo el menor

interés en que me restrieguen la nariz en la arena. Soy dura y mezquina -le explicó a

Rosemary. Y luego, elevando la voz-: ¡Niños, poneos los bañadores!

Rosemary tenía la sensación de que aquél iba a ser el baño más importante de su

vida, el que le iba a venir a la memoria cada vez que alguien hablara de ir a la playa.

Todos los del grupo se dirigieron al mismo tiempo al agua, más que dispuestos después

de la prolongada y forzosa inactividad, y pasaron del calor al fresco con la glotonería

con que se come un curry picante con vino blanco muy frío. Las jornadas de los Diver

estaban programadas al modo de las jornadas de las antiguas civilizaciones para sacar el

máximo provecho de lo que se ofrecía y dar a las transiciones toda su importancia, y

Rosemary no sabía que después de la total dedicación al momento del baño iba a haber

otro periodo de transición hasta llegar a la locuacidad de la hora del almuerzo

provenzal. Pero volvía a tener la sensación de que Dick estaba cuidando de ella y se

complació en responder al cambio subsiguiente como si hubiera sido una orden.

Nicole tendió a su marido la curiosa vestimenta que había estado confeccionando.

Dick se metió en el vestidor portátil y causó una conmoción al volver a aparecer al mo-

mento vestido con unos calzoncillos transparentes de encaje negro. Al examinarlos de

cerca pudieron ver que en realidad estaban forrados de tela color carne.

-¡Vaya mariconada! -exclamó el señor McKisco desdeñosamente. Y volviéndose

rápidamente hacia el señor Dumphry y el señor Campion, añadió-: ¡Oh, disculpen!

A Rosemary le encantó aquello de los calzoncillos. Era lo bastante ingenua como

para responder sinceramente a la sencillez elegante de los Diver, sin darse cuenta de su

complejidad y su falta de inocencia, sin darse cuenta de que se trataba de una selección

de calidad, y no de cantidad, en el bazar del mundo, ni de que también aquella sencillez,

aquella paz y aquella buena voluntad propias de una guardería infantil, aquel resaltar las

virtudes más simples, formaban parte de un pacto desesperado con los dioses

conseguido a base de luchas que no podía ni imaginar. En aquel momento los Diver

representaban en apariencia el estadio más perfecto de la evolución de una determinada

clase, y por eso la mayoría de la gente parecía deslucida a su lado. En realidad, había

sobrevenido ya un cambio cualitativo que Rosemary no notaba en absoluto.

Se quedó con ellos mientras bebían jerez y comían galletas saladas. Dick la miró

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con la frialdad de sus ojos azules, y su boca fuerte y amable dijo reflexivamente y con

intención:

-Desde hace mucho tiempo es usted la única muchacha que he visto que de verdad

parece en flor.

Rosemary lloraba desconsoladamente en el regazo de su madre.

-Le quiero, mamá. Estoy locamente enamorada de él. Nunca pensé que podría

sentir esto por nadie. Y está casado y su mujer también me parece muy agradable. Es un

amor sin esperanza. ¡Le quiero tanto!

-Tengo curiosidad por conocerle.

-Su mujer nos ha invitado a cenar el viernes.

-Si estás enamorada deberías sentirte feliz. Deberías reír.

Rosemary alzó la vista y, con un encantador temblor de su rostro, se echó a reír.

Su madre siempre tenía una gran influencia sobre ella.

V

Rosemary salió para Montecarlo con un aire tan mohíno como era posible en ella.

Subió en coche la cuesta escarpada hasta La Turbie, donde había unos viejos estudios de

Gaumont en reconstrucción, y, de pie ante la verja de la entrada, mientras esperaba una

respuesta al mensaje que había escrito en su tarjeta, tuvo la impresión de que aquello

podía ser Hollywood. Los extraños restos de alguna película reciente, el decorado en

ruinas de una calle de la India, una gran ballena de cartón y un árbol monstruoso que

daba unas cerezas tan grandes que parecían balones de baloncesto florecían allí por

designio exótico, y parecían tan parte del paisaje como el pálido amaranto, la mimosa,

el alcornoque o el pino enano. Había un puesto de bocadillos y dos escenarios que

parecían graneros y, por todas partes, rostros maquillados que esperaban ansiosos.

Pasados diez minutos, se acercó a la verja con paso apresurado un joven que tenía

el pelo color canario.

-Pase, señorita Hoyt. El señor Brady está en el plató, pero tiene mucho interés en

verla. Disculpe la espera, pero tiene que comprender: algunas de estas señoronas

francesas se ponen pesadísimas con que tienen que entrar.

El gerente abrió una portezuela en la pared ciega de los estudios y, con repentina

satisfacción al encontrarse en terreno conocido, Rosemary le siguió en la penumbra.

Surgían de cualquier parte figuras iluminadas, rostros cenicientos que la miraban como

almas del purgatorio que vieran pasar a algún mortal. Se oían murmullos y voces quedas

y parecía llegar desde lejos el suave trémolo de un pequeño órgano. Al doblar el ángulo

formado por unos decorados, se encontraron con el resplandor blanco y crepitante de un

plató, donde un actor francés -con la pechera, el cuello y los puños de la camisa teñidos

de rosa brillante- y una actriz americana se enfrentaban inmóviles. Se miraban con

insistencia, como si llevaran horas en la misma posición, y durante mucho tiempo siguió

sin pasar nada, no se movió un alma. Se apagó una batería de focos con un feroz silbido

y volvió a encenderse. A lo lejos, el golpeteo lastimero de un martillo parecía pedir

permiso para entrar no se sabía dónde. De entre las luces cegadoras de arriba surgió un

rostro azul y gritó algo ininteligible a la oscuridad. Luego, rompió el silencio una voz

que salía de delante de donde estaba Rosemary.

-Nena, no te quites las medias. Puedes estropear otros diez pares. Ese vestido

cuesta quince libras.

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Al retroceder, el que había hablado tropezó con Rosemary, en vista de lo cual, el

gerente de los estudios dijo: -Eh, Earl. La señorita Hoyt.

Era la primera vez que se veían. Brady era un hombre de ademanes rápidos y

enérgicos. Rosemary vio que, al tomar su mano, la examinaba de pies a cabeza. Era un

gesto que reconocía y que la hacía sentirse en casa, pero que a la vez la hacía sentirse

siempre ligeramente superior a quienquiera que fuera el que la miraba así. Si su persona

era un objeto, podría hacer uso de cualquier ventaja implícita en su propiedad.

Sabía que iba a venir un día de éstos -dijo Brady, en un tono quizá demasiado

apremiante para una conversación privada y que arrastraba un dejo cockney vagamente

desafiante-. ¿Qué tal el viaje?

-Muy bien, pero tenemos ya ganas de volver a casa.

-¡No no! -protestó-. Quédese un tiempo más. Tengo que hablar con usted. Tengo

que decirle que una película suya... La niña de papá. La vi en París. Puse un telegrama a

Hollywood inmediatamente para saber si estaba usted bajo contrato.

-Acababa de firmarlo. Lo siento.

-¡Dios, qué película!

Para no asentir estúpidamente con una sonrisa, Rosemary frunció el ceño.

-A nadie le gusta que le recuerden siempre por una sola película -dijo.

-Claro. Tiene razón. ¿Cuáles son sus planes?

-Mi madre pensó que necesitaba un descanso. Cuando regrese, probablemente

firmaremos un contrato con la First National, o si no, seguiremos con la Famous.

-¿Seguiremos? ¿Por qué habla en plural?

-Me refiero a mi madre. Es la que decide todo lo relativo a los contratos. Si no

fuera por ella...

La volvió a mirar de pies a cabeza y, mientras lo hacía, Rosemary se sintió de

algún modo atraída hacia él. No era que le gustara. No, nada tenía que ver aquello con la

admiración espontánea que había sentido esa mañana hacia el hombre de la playa. Era

como el chasquido de un resorte. Aquel hombre la deseaba y, en la medida en que su

falta de experiencia amorosa se lo permitía, consideró con ecuanimidad la posibilidad

de entregarse a él. No obstante, sabía que lo olvidaría media hora después de haberse

separado de él, igual que a un actor al que tuviera que besar en una película.

-¿Dónde se alojan? -preguntó Brady-. Ah, sí, en el hotel de Gausse. Bueno, ya

tengo hechos mis planes para este año, pero la carta que le escribí sigue en pie. Desde

Connie Talmadge no ha habido otra chica con la que tuviera tantas ganas de hacer una

película como con usted.

-A mí también me gustaría. ¿Por qué no vuelve a Hollywood?

-No puedo soportar ese maldito lugar. Estoy muy bien aquí. Espere a que acabe

esta toma y le enseñaré esto.

De vuelta en el plató le empezó a hablar al actor francés en voz baja y queda.

Pasaron cinco minutos. Brady seguía hablando, y el francés cambiaba de vez en

cuando un pie de sitio y asentía. De pronto, Brady dejó de hablar con él y les gritó algo

a los de los focos, que deslumbraron a todos con un intenso resplandor. A Rosemary le

pareció como si se encontrara de nuevo en Los Ángeles. Se movía una vez más,

imperturbable, por la ciudad de las particiones livianas, y deseaba estar allí de vuelta.

Pero no quería ver a Brady, porque sabía de qué humor iba a estar después de la toma, y

se marchó de los estudios aún medio hechizada. El mundo mediterráneo le parecía

menos silencioso ahora que sabía que los estudios estaban allí. Miraba con simpatía a la

gente que se encontraba por las calles y camino de la estación se compró un par de

alpargatas.

Su madre se alegró de saber que había hecho exactamente lo que se le había dicho

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que hiciera, pero no dejaba de pensar que ya había llegado el momento de que se

lanzara sola al mundo. La señora Speers tenía un aspecto lozano, pero estaba cansada.

Qué duda cabe que los lechos de muerte fatigan a la gente, y ella había velado junto a

dos de ellos.

VI

Nicole Diver se sentía a gusto después del vino rosado que había tomado en la

comida: estiró los brazos hasta que la camelia artificial que llevaba en el hombro le rozó

la mejilla y luego salió a su encantador jardín sin césped. El jardín lindaba en uno de sus

lados con la casa, de la que partía y a la que iba a dar, en otros dos con el pueblo viejo,

y, en el último, con el acantilado, que bajaba hasta el mar formando salientes.

Todo estaba polvoriento a lo largo de los muros que daban al pueblo: las viñas

tortuosas, los limoneros y los eucaliptos, y la carretilla ocasional, abandonada sólo por

un momento, pero que ya formaba parte del sendero, atrofiada y medio podrida. A

Nicole siempre le sorprendía que, al ir en la otra dirección, pasado un macizo de

peonías, se entrara en una zona tan verde y tan fresca que las hojas y los pétalos se

enroscaban con la suave humedad.

Llevaba anudado a la garganta un pañuelo lila y su color, incluso con aquel sol

acromático, se reflejaba en su rostro y en la sombra de sus pies al moverlos. Su

expresión era dura, severa incluso, sólo suavizada por un destello de duda angustiada en

sus ojos verdes. Su cabello, en otro tiempo rubio, se había oscurecido, pero era más

bonita ahora a los veinticuatro años de lo que lo había sido a los dieciocho, cuando su

pelo era más brillante que ella misma.

Siguió un camino marcado por una intangible bruma de florescencia a lo largo de

los blancos márgenes de piedra y llegó a un espacio que daba al mar, donde, en torno a

un enorme pino, el árbol más grande del jardín, había farolillos dormidos en las

higueras, una mesa grande y sillas de mimbre y un amplio toldo comprado en Siena. Se

detuvo allí un momento, mirando con aire ausente las capuchinas y los lirios que crecían

enmarañados a sus pies, como si hubieran brotado de un puñado de semillas azarosas, y

escuchando las protestas y acusaciones que llegaban del cuarto de los niños, que debían

de estar riñendo. Cuando el sonido de aquéllas se apagó en el aire estival, siguió

caminando entre las peonías caleidoscópicas que se agrupaban formando nubes rosadas,

los tulipanes negros y marrones y las frágiles rosas de tallo malva, transparentes como

flores de azúcar en el escaparate de una pastelería, hasta un punto en que el scherzo de

color, como si ya no pudiera alcanzar más intensidad, se desvanecía súbitamente en el

aire y unos escalones musgosos comunicaban con otro nivel que se encontraba un metro

y medio más abajo.

Allí había un pozo con el brocal húmedo y resbaladizo hasta en los días más

soleados. Nicole subió las escaleras que había al otro lado y entró en el huerto.

Caminaba a paso más bien rápido. Le gustaba ser activa aunque a veces diera la

impresión de reposo, estático y evocador al mismo tiempo. Ello se debía a que conocía

pocas palabras y no creía en ninguna, y en sociedad estaba casi siempre callada y sólo

de vez en cuando aportaba su grano de humor civilizado con una precisión que rayaba

en la austeridad. Pero en cuanto notaba que la gente que no la conocía bien empezaba a

sentirse incómoda ante tal economía de palabras, se adueñaba del tema de conversación

y se disparaba con él, febrilmente maravillada consigo misma, y luego lo dejaba

interrumpiéndose bruscamente, casi con timidez, como un obediente perro perdiguero,

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con la sensación de haber hecho incluso un poco más de lo que se esperaba de ella.

Seguía allí, en la confusa luz verdosa del huerto, cuando cruzó Dick el sendero

que tenía delante de ella, camino de la casita que utilizaba como estudio. Nicole aguardó

en silencio a que hubiera pasado y luego avanzó entre hileras de futuras ensaladas hasta

llegar a una especie de zoológico en miniatura, donde fue recibida con un popurrí de

ruidos insolentes de palomos, conejos y un loro. Descendió a otro nivel y llegó hasta un

muro bajo y curvado desde donde miró el Mediterráneo, que estaba allí abajo, a

doscientos metros.

Estaba en el viejo pueblo de Tarmes, sobre la colina. En lo que ahora era la villa y

los terrenos que la rodeaban había habido antes una hilera de viviendas de campesinos

que daban al acantilado. Se habían combinado cinco casitas para hacer la casa y se

habían derribado otras cuatro para el jardín. Los muros exteriores se habían conservado,

de modo que desde la carretera, situada mucho más abajo, no se distinguía la villa de la

masa gris y violeta del pueblo.

Nicole siguió mirando por un momento el Mediterráneo, pero aquello no era una

ocupación para ella, con sus manos incansables. Dick salió de su casita de una ha-

bitación con un telescopio en las manos y se puso a mirar en dirección este, hacia

Cannes. Enseguida entró Nicole en su campo de visión, así que desapareció dentro de la

casa y volvió a salir con un megáfono. Tenía muchos artefactos mecánicos ligeros.

-Nicole -gritó-. Olvidé decirte que, para llevar mi apostolado hasta el final, he

invitado también a la señora Abrams, la del pelo blanco.

-Me lo temía. Es intolerable.

La claridad con que le llegó la respuesta de su mujer hizo que el megáfono

pareciera ridículo. Nicóle alzó entonces la voz para preguntarle:

-¿Me oyes bien?

-Sí.

Bajó el megáfono y luego lo volvió a levantar con obstinación.

-Voy a invitar también a otras personas. A los dos hombres jóvenes.

-Está bien -dijo ella con calma.

-Quiero que sea una cena realmente horrenda. En serio. Quiero que haya riñas y

seducciones y que la gente se marche ofendida y las mujeres se desmayen en el cuarto

de baño. Ya verás.

Y se volvió a meter en su casita. Nicole reconocía aquel estado de ánimo, uno de

los más típicos suyos, aquella excitación que quería contagiar a todo el mundo y que,

inevitablemente, iría seguida de uno de sus accesos de melancolía que siempre trataba

de disimular pero que ella notaba. Era una excitación que llegaba a alcanzar una

intensidad que no guardaba la menor proporción con la importancia de su objeto y que

generaba en él un virtuosismo realmente extraordinario con la gente.- Tenía la facultad

de provocar una fascinación sin reservas, salvo entre los más duros y los eternamente

suspicaces. La reacción venía cuando se daba cuenta del derroche y los excesos que

aquello le había supuesto.

A veces recordaba con horror los carnavales de afecto que había prodigado, igual

que un general contemplaría la matanza ordenada por él para satisfacer una sed de

sangre impersonal.

Pero ser incluido, aunque fuera un momento, en el mundo de Dick Diver era una

experiencia notable: cada persona se quedaba convencida de que la estaba tratando de

una manera especial porque había reconocido la incomparable grandeza de su destino a

pesar de que había quedado oculta por los muchos años de tener que transigir. Se

conquistaba a todos enseguida con una consideración exquisita y una cortesía que

funcionaban de una manera tan rápida e intuitiva que sólo se podían examinar sus

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efectos.

Luego, sin tomar ninguna precaución, no fuera que se marchitara la primera flor

de la relación, abría las puertas de su divertido mundo. Si lo abrazaban sin ninguna

reserva, él se encargaba de hacerlos felices. Pero si le entraba la menor duda de que

realmente estuvieran entregados completamente, se evaporaba ante sus ojos, dejando

apenas un recuerdo transmisible de lo que había dicho o hecho.

A las ocho y media de aquella tarde salió a recibir a sus primeros invitados;

llevaba la chaqueta en la mano en forma más bien ceremoniosa, más bien prometedora,

como la capa de un torero. Fue un detalle característico que, tras saludar a Rosemary y

su madre, aguardara a que ellas hablaran primero, como para infundirles más confianza

al oír sus propias voces en un ambiente nuevo.

Volviendo al punto de vista de Rosemary, habría que señalar que, bajo el influjo

de la subida a Tarmes y del aire más fresco que allí hacía, tanto ella como su madre

miraron

en torno suyo con aire apreciativo. Del mismo modo que se pueden poner de

manifiesto los atributos personales de la gente fuera de lo común con un inusitado

cambio de expresión, toda la perfección intensamente calculada de Villa Diana se

revelaba de pronto en fallos tan aparentemente insignificantes como la inesperada

aparición de una doncella al fondo o la perversidad del corcho de una botella. Mientras

llegaban los primeros invitados, trayendo consigo la excitación de esa noche, se iba

apagando suavemente ante ellos la actividad doméstica del día, simbolizada por los

hijos de los Diver y su institutriz, que todavía no habían terminado de cenar en la

terraza.

-¡Qué jardín tan hermoso! -exclamó la señora Speers.

-Es el jardín de Nicole -dijo Dick-. No lo deja en paz ni un momento. Se pasa el

tiempo regañando a las plantas y se preocupa cuando tienen alguna enfermedad. Cual-

quier día va a caer enferma ella misma con mildiu o añublo o alguna plaga tardía.

Apuntó hacia Rosemary con el dedo índice y, con aire decidido y una naturalidad

que parecía ocultar un interés paternal, dijo:

-Le voy a salvar la cabeza. Le voy a dar un sombrero para que se lo ponga en la

playa.

Hizo que pasaran del jardín a la terraza, donde les sirvió un cóctel. Llegó Earl

Brady y se sorprendió al ver a Rosemary. Sus modales eran más suaves que en los estu-

dios, como si se hubiera puesto el nuevo disfraz antes de entrar, y Rosemary,

comparándolo al instante con Dick Di-ver, inclinó claramente la balanza a favor de este

último. En comparación, Earl Brady parecía ligeramente burdo

y maleducado. Pero, a pesar de todo, volvió a sentir la misma atracción física

hacia su persona.

Earl habló con familiaridad a los niños, que se estaban levantando una vez

terminada su cena en la terraza.

-Hola, Lanier. Cántame una canción. ¿Por qué no me cantáis tú y Topsy una

canción?

-¿Qué quieres que cantemos? -asintió el niño, con el peculiar acento cantarín de

los niños norteamericanos educados en Francia.

-La canción esa de Mon ami Pierrot.

Hermano y hermana se pusieron a cantar juntos sin la menor turbación y sus voces

se elevaron dulcemente en el aire vespertino.

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Au clair de la lune

Mon ami Pierrot

Préte-moi ta plume

Pour écrire un mot

Ma chandelle est monte

Je n'ai plus de feu

Ouvre-moi ta porte

Pour l'amour de Dieu.

Terminó la canción, y los niños, con los rostros encendidos por los últimos rayos

de sol, saborearon sonrientes y con calma su triunfo. Rosemary estaba pensando que

Villa Diana era el centro del universo. En un escenario así tenía que ocurrir alguna cosa

memorable. Se le iluminó más la cara al oír que se abría la verja de la entrada: había

llegado el resto de los invitados como una sola persona. Los McKisco, la señora

Abrams, el señor Dumphry y el señor Campion se acercaban a la terraza.

Rosemary tuvo una profunda sensación de desencanto: se volvió rápidamente

hacia Dick como para pedirle una explicación por aquella absurda mezcolanza. Pero no

notó nada anormal en su expresión. Saludó a los recién llegados con orgullo y un

evidente respeto hacia sus infinitas posibilidades, aún desconocidas. Rosemary creía en

él hasta tal punto que pasó a aceptar la presencia de los McKisco con toda naturalidad,

como si hubiera esperado encontrarlos allí todo el tiempo.

-Nos conocimos en París -le dijo McKisco a Abe North, que había llegado con su

mujer pisándoles los talones-. En realidad, hemos coincidido en un par de ocasiones.

-Sí, ya recuerdo -dijo Abe.

-¿Dónde fue? -inquirió McKisco, que no se conformaba con dejar las cosas como

estaban.

-Creo que...

Abe se cansó del juego.

-No me puedo acordar.

Ese intercambio sirvió para llenar una pausa y Rosemary instintivamente pensó

que alguien debía salvar la situación, pero Dick no hizo el menor intento de romper el

grupo formado por los últimos en llegar y ni siquiera trató de hacer perder a la señora

McKisco su aire entre burlón y desdeñoso. No trató de resolver ese problema social

porque sabía que no tenía importancia de momento y se iba a resolver solo. Se estaba

reservando para un esfuerzo más importante y esperaba un momento más significativo

para que sus invitados se dieran cuenta de que lo estaban pasando bien.

Rosemary estaba junto a Tommy Barban, que tenía un aire particularmente

despectivo y parecía obrar bajo el impulso de algún estímulo especial. Se marchaba a la

mañana siguiente.

-¿Vuelve a casa?

-¿A casa? Yo no tengo casa. Me voy a una guerra. -¿Qué guerra?

-¿Qué guerra? Cualquier guerra. Hace días que no leo los periódicos, pero me

imagino que habrá alguna guerra. Siempre la hay.

-¿Le tiene sin cuidado luchar por una causa o por otra?

-Absolutamente. Con tal de que me traten bien... Cuando me canso de mi rutina,

vengo a ver a los Diver porque sé que a las pocas semanas me entrarán ganas de volver

a la guerra.

Rosemary se puso rígida.

-Pero usted aprecia a los Diver -le recordó. -Claro. Sobre todo a ella. Pero me

hacen sentir ganas de irme a la guerra.

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Rosemary trató de reflexionar sobre aquello, pero no llegó a ninguna conclusión.

Lo único que sabía era que los Diver le hacían sentir ganas de permanecer junto a ellos

el resto de su vida.

-Usted es mitad norteamericano -dijo, como si ahí estuviera la solución del

problema.

-También soy mitad francés y me eduqué en Inglaterra y desde los dieciocho años

he llevado el uniforme de ocho países. Pero espero no haberle dado la impresión de que

no les tengo afecto a los Diver. Sí se lo tengo, sobre todo a Nicole.

-Sería imposible no tenérselo -se limitó a decir ella.

Se sentía muy alejada de él. La intención que adivinaba en sus palabras le repelía

y se guardó para sí la adoración que sentía por los Diver para que él no la profanara con

su rencor. Se alegró de no estar sentada a su lado en la cena y seguía pensando en sus

palabras, «sobre todo a ella», mientras se dirigían a la mesa que habían colocado en el

jardín.

Por un momento se vio caminando al lado de Dick Diver. Con su inteligencia tan

clara y tan sólida todo se desvanecía en la certeza de que lo sabía todo. Desde hacía un

año, que parecía una eternidad, Rosemary tenía dinero y cierta fama y había entrado en

contacto con los famosos, pero éstos no habían resultado ser más que poderosas

ampliaciones de la gente con la que la viuda del médico y su hija se habían relacionado

en un hotel-pensión de París. Rosemary era una romántica y su profesión no le había

ofrecido muchas oportunidades satisfactorias en ese campo. Su madre, que quería que

hiciera carrera, no toleraba sucedáneos espurios como las emociones vulgares que aquel

mundo le brindaba, y, en realidad, Rosemary ya había superado aquello: vivía del cine

pero en absoluto para el cine. Por eso, cuando leyó en el rostro de su madre que le

parecía bien Dick Diver, comprendió que aquello significaba que lo consideraba un

hombre «de verdad» y que le daba permiso para llegar hasta donde pudiera.

-La he estado observando -dijo él, y sabía que le estaba diciendo la verdad-. La

hemos tomado mucho cariño.

-Yo me enamoré de usted la primera vez que le vi -dijo ella en voz baja.

Hizo como que no la había oído, como si se tratara simplemente de un cumplido.

-Muchas veces, los amigos nuevos -dijo él, como si estuviera haciendo una

observación importante- lo pasan mejor juntos que los viejos amigos.

Tras ese comentario, cuyo significado exacto no entendió, se encontró sentada a la

mesa, que unas luces que fueron apareciendo lentamente hicieron resaltar en el oscuro

atardecer. Se sintió muy feliz al ver que Dick había sentado a su madre a su derecha. En

cuanto a ella, estaba sentada entre Luis Campion y Brady.

Estaba tan emocionada que se volvió hacia Brady con la intención de hacerle

confidencias, pero a la primera mención que hizo de Dick, la chispa de dureza que vio

en sus ojos le hizo comprender que se negaba a hacer de padre. Ella a su vez se mostró

igualmente firme cuando él trató de monopolizar su mano, de modo que hablaron de

cosas de la profesión; o, más bien, ella fingía escuchar mientras él hablaba de cosas de

la profesión, sin apartar, por cortesía, la mirada de su rostro ni una sola vez, pero tenía

el pensamiento tan en otra cosa que tuvo la sensación de que se debía estar dando cuenta

de ello. De vez en cuando captaba la esencia de lo que él decía y su subconsciente ponía

el resto, igual que percibimos que un reloj está dando la hora cuando ya va por la mitad,

pero perdura en nuestra mente el ritmo de las primeras campanadas que no habíamos

contado.

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VII

Aprovechando una pausa, Rosemary miró hacia el lugar en que estaba sentada

Nicole, entre Tommy Barban y Abe North, con su pelo de perro chow que parecía

espuma a la luz de las velas. Se puso a escuchar lo que decía, atraída irresistiblemente

por aquella voz modulada y recortada que tan poco se prodigaba.

-¡Pobrecito! -exclamó Nicole-. ¿Por qué querías abrirlo por la mitad?

-Pues porque quería ver lo que hay dentro de un camarero, naturalmente. ¿No te

gustaría a ti saber lo que hay dentro de un camarero?

-Menús viejos -sugirió Nicole con una risita-. Pedacitos de vajillas rotas, propinas

y puntas de lápices.

-Exacto. Pero había que probarlo científicamente. Y, por supuesto, al hacerlo con

aquella sierra musical se hubiera eliminado todo elemento sórdido.

-¿Es que pensabais tocar la sierra mientras realizabais la operación? -preguntó

Tommy.

-No llegamos tan lejos. Los gritos nos alarmaron. Pensamos que se le podía

romper algo.

-Me suena todo rarísimo -dijo Nicole-. Un músico que utiliza la sierra de otro

músico para...

En la media hora que llevaban sentados a la mesa se había producido un cambio

perceptible en todos ellos: cada uno había dejado de lado algo, una preocupación, una

inquietud, una sospecha, y habían pasado a estar en su elemento como invitados de Dick

Diver. Si no se hubieran mostrado cordiales e interesados, habría parecido que trataban

de desprestigiar a los Diver, así que todos se estaban esmerando, y al darse cuenta de

ello, Rosemary sintió una súbita simpatía hacia todos, con excepción de McKisco, que

se las había arreglado para ser la única persona que no se había integrado con el resto.

Más que a mala voluntad por su parte, aquello se debía a su decisión de mantener con

vino el excelente humor de que había dado muestras a su llegada. Recostado en su

asiento entre Earl Brady, al que había hecho varios comentarios mordaces sobre el cine,

y la señora Abrams, a la que no dirigía la palabra, miraba a Dick Diver con ironía

devastadora cuyo efecto se interrumpía de vez en cuando con sus intentos de mantener

con Dick una dificultosa conversación de un extremo a otro de la mesa.

-¿No es usted amigo de Van Buren Denby? -decía, por ejemplo.

-Me parece que no le conozco.

-Yo creía que era amigo suyo -insistía irritado.

Cuando el tema del señor Denby se cayó por su propio peso, intentó otros temas

de conversación igualmente inconexos, pero cada vez, la deferencia misma que le

mostraba Dick prestándole atención parecía dejarlo paralizado, y después de una pausa

un poco violenta, la conversación que había interrumpido continuaba sin él. Trató de

meterse en otras conversaciones, pero era como darle la mano continuamente a un

guante del que se hubiera retirado la mano, por lo que, al fin, poniendo aire resignado

como si se encontrara entre niños, dedicó toda su atención exclusivamente al champán.

Rosemary paseaba a intervalos la mirada por la mesa, deseosa de que los demás

disfrutasen, como si se tratara de sus futuros hijastros. Una favorecedora luz de mesa,

que emanaba de un búcaro de clavellinas aromáticas, le daba al rostro de la señora

Abrams, ya encendido por el Veuve Cliquot, una expresión vigorosa, llena de tolerancia

y buena voluntad juveniles. Junto a ella estaba sentado Royal Dumphry, cuyos aires de

muchachita resultaban menos chocantes en aquel ambiente de placer nocturno. A

continuación, Violet McKisco, cuyos encantos habían aflorado a la superficie y ya no

hacía ningún esfuerzo por tomarse en serio su fantasmagórica condición de mujer de un

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arribista que no había llegado a ninguna parte.

Luego venía Dick, manejando los hilos para que no volvieran a caer en la inercia

de la que había conseguido sacarlos, totalmente inmerso en su papel de anfitrión.

Luego su madre, perfecta como siempre.

Luego Barban, sumamente atento con su madre, con la que mantenía una

conversación, lo cual hizo que volviera a sentir simpatía hacia él. Luego Nicole.

Rosemary la vio de pronto con nuevos ojos y decidió que era una de las personas más

hermosas que había conocido nunca. Su rostro, que era el rostro de una santa, de una

virgen vikinga, resplandecía entre las débiles partículas que flotaban como pequeños

copos de nieve en torno a la luz de las velas y recibía su fulgor de los farolillos de color

tinto que colgaban del pino. Seguía igual de inmóvil.

Abe North le estaba hablando de su código moral:

-Por supuesto que lo tengo -insistía-. Un hombre no puede vivir sin un código

moral. El mío consiste en que estoy en contra de la quema de brujas. Cada vez que

queman a una, siento que me arde el cuerpo.

Rosemary sabía por Brady que era un músico que, tras unos comienzos brillantes

y precoces, llevaba siete años I sin componer nada.

A continuación estaba Campion, que había logrado I controlar hasta cierto punto

sus ademanes escandalosamente I afeminados e incluso mostraba hacia los que estaban

junto a él una cierta solicitud maternal. A su lado, Mary North, con una expresión tan

alegre que resultaba difícil no responder con otra sonrisa al espejo blanco de sus dientes:

toda la zona que rodeaba sus labios entreabiertos era un delicioso círculo de gozo.

Por último, Brady, cuya campechanía pasaba a ser, cada vez más, una virtud

social, en lugar de una vulgar afirmación y reafirmación de su propia salud mental y una

manera de conservar ésta manteniéndola a distancia de las debilidades de los demás.

Rosemary, tan pura en su fe como una de las criaturas de los nocivos folletines de

la señora Burnett, tenía la sensación de haber llegado a casa, de haber regresado de las

improvisaciones ridículas y obscenas de la frontera. Las luciérnagas iban y venían por el

aire oscuro y un perro aullaba

en algún saliente bajo y lejano del acantilado. Parecía que la mesa se hubiera

alzado ligeramente hacia el cielo como una pista de baile mecánica y hubiera creado en

cada uno de los que se encontraban alrededor de ella la sensación de encontrarse solo

con los demás comensales en el oscuro universo, alimentándose de su único alimento,

calentándose con sus únicas luces. Y, como si la extraña risita contenida de la señora

McKisco hubiera sido la señal de que ya habían logrado separarse del mundo, los dos

Diver se volvieron súbitamente más cálidos, más luminosos, más expansivos, como

para compensar a sus invitados, a los que tan sutilmente habían logrado convencer de

que eran importantes y que tan halagados se sentían con todos los detalles que habían

tenido con ellos, de la pérdida de cualquier cosa de aquel país ya lejano que habían

dejado atrás que pudieran seguir echando de menos. Durante un instante pareció que

hablaban a la vez a cada persona que se encontraba a la mesa, a todos juntos y por

separado, para que se sintieran seguros de su amistad y de su afecto. Y por un instante,

los rostros que se volvían hacia ellos eran como rostros de niños pobres mirando un

árbol de Navidad. Pero, de pronto, había que levantarse de la mesa. El breve instante

durante el cual los invitados se habían atrevido a ir más allá de la simple sensación de

encontrarse bien juntos para adentrarse en las zonas más oscuras del sentimiento había

pasado antes de que hubieran podido gozar de él con libertad, antes incluso de que se

dieran realmente cuenta de que había llegado.

Pero la magia difusa del sur dulce y cálido había penetrado en ellos, se había

separado de la suave zarpa de la noche y el flujo espectral del Mediterráneo allá abajo

para ir a fundirse con los Diver y formar parte de ellos. Rosemary vio cómo Nicole

obligaba a su madre a aceptar como regalo un bolso amarillo de noche que le había

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alabado, diciéndole: «Las cosas deben ser de la gente que las sabe apreciar», y luego

metía en el bolso todos los objetos de color amarillo que pudo encontrar «porque todos

hacen juego».

Nicole desapareció y al momento Rosemary observó que Dick ya no estaba allí.

Los invitados se repartieron por el jardín o siguieron hacia la terraza.

-¿Quiere ir al baño? -preguntó Violet McKisco a Rosemary.

No en aquel preciso instante.

-Pues yo quiero ir al baño -insistió la señora McKisco.

Como la mujer franca y abierta que era, se fue hacia la casa arrastrando su secreto

con ella, mientras Rosemary la miraba con reprobación. Earl Brady le propuso ir

paseando hasta el pretil del acantilado, pero ella pensaba que le tocaba ahora disfrutar

un poco de la presencia de Dick Diver cuando volviera a aparecer, de modo que se

disculpó y se quedó escuchando una discusión entre McKisco y Barban.

-¿Por qué quiere usted luchar contra los soviéticos? -decía McKisco-. ¡El

experimento más grandioso que nunca haya hecho la humanidad! ¿Y el Rif? Me parece

a mí que sería más heroico luchar del bando que tiene la razón.

-¿Y cómo sabe usted cuál es? -preguntó Barban secamente.

-Bueno, las personas inteligentes lo suelen saber.

-¿Es usted comunista?

-Soy socialista -dijo McKisco-. Me solidarizo con Rusia.

-Pues yo soy un soldado -repuso Barban afablemente-. Mi trabajo consiste en

matar gente. Luché contra

d Rif porque soy europeo, y he luchado contra los comunistas porque quieren

arrebatarme lo que me pertenece.

-En mi vida he oído un pretexto más reaccionario.

McKisco miró en torno a sí buscando la complicidad burlona de alguien, pero no

tuvo ningún éxito. No tenía idea de la clase de contrincante que era Barban, ni tampoco

de

lo

simples que eran sus ideas y lo compleja que era su formación. McKisco sabía lo que

eran las ideas y, a medida que se desarrollaba su intelecto, se sentía capaz de reconocer

y clasificar un número cada vez mayor de ellas, pero enfrentado

a un hombre al que consideraba «estúpido» y en el que no encontraba ninguna

idea que pudiera reconocer como tal y ante el que, sin embargo, no podía sentirse

superior, llegó a la conclusión de que Barban era el producto final de un mundo caduco

y, por tanto, sin ningún valor. De los contactos que McKisco había tenido con gente de

la alta sociedad norteamericana se le habían quedado grabados su esnobismo indeciso y

desmañado, su complacencia en su propia ignorancia y su grosería deliberada, todo ello

plagiado de los ingleses sin tener en cuenta factores que dan un sentido al prosaísmo

complaciente y la grosería de los ingleses, y aplicado a un país en el que con un mínimo

de conocimientos y educación se consigue más que en cualquier otro. Era una actitud

que llegaba a su apogeo con el «estilo de Harvard» de hacia 1900. McKisco pensaba

que aquel Barban era de ese tipo, y, como estaba borracho, había cometido la

imprudencia de no acordarse de que le imponía respeto, y por eso se veía metido en

aquel lío.

Sintiendo cierta vergüenza ajena por McKisco, Rosemary aguardaba,

plácidamente en apariencia pero en realidad con gran ansiedad, a que regresara Dick

Diver. Aparte de ella sólo seguían sentados en torno a la mesa Barban, McKisco y Abe.

Se puso a observar el camino bordeado de mirtos y helechos en sombras que llevaba a la

terraza y, fascinada al ver la figura de su madre recortada contra una puerta iluminada,

se levantó para dirigirse hacia allí, pero en ese mismo momento la señora McKisco salía

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precipitadamente de la casa.

Rezumaba excitación. Por el hecho mismo de que guardara silencio mientras

echaba mano de una silla y se sentaba, con la mirada fija y la boca temblándole un poco,

todos comprendieron que estaba deseando darles una noticia y el «¿ Qué te pasa, Vi?»

de su marido sonó natural, con todos los ojos fijos en ella.

-Resulta... -dijo al fin, y luego, dirigiéndose a Rosemary-: Resulta... No, no es

nada. Realmente no debería decir nada.

-Está usted entre amigos -dijo Abe.

-Bueno. Acabo de presenciar una escena en el piso de arriba que... 1

Movió la cabeza en forma misteriosa y se interrumpió a tiempo, porque Tommy se

puso en pie y le dijo, cortésmente pero con firmeza:

-No le aconsejo que haga ningún comentario sobre lo que ocurre en esta casa.

VIII

Violet respiró hondo y, haciendo un esfuerzo, logró cambiar de expresión.

Por fin apareció Dick y, con su instinto infalible, separó a Barban de los McKisco

y se puso a hablar de literatura con McKisco, fingiendo una ignorancia y una curiosidad

desmedidas en la materia, con lo que brindó a aquél el momento de superioridad que

necesitaba. Los demás le ayudaron a llevar lámparas a la casa (¡a quién no le iba a

agradar la idea de mostrarse servicial llevando lámparas en la oscuridad!). Rosemary

también ayudó, a la vez que trataba de satisfacer pacientemente la insaciable curiosidad

de Royal Dumphry con respecto a Hollywood.

Pensaba: Ya me he ganado un momento a solas con él. Debe de saberlo, puesto

que sus leyes son las mismas que mi madre me inculcó.

Rosemary acertó. Enseguida la separó del resto del grupo que había en la terraza

y, al encontrarse los dos solos, se dejaron llevar de un impulso que les hizo dejar la casa

y caminar hacia el pretil del acantilado, más que a pasos a intervalos irregularmente

espaciados, en algunos de los cuales Rosemary se dejaba arrastrar y en otros se sentía

flotar.

Contemplaron el Mediterráneo. Allá abajo, la última lancha de excursionistas de

las islas de Lerins flotaba en la bahía como un globo del Cuatro de Julio suelto en los

cielos. Flotaba entre las islas negras, partiendo suavemente la oscura marea.

-Ya he comprendido por qué habla de su madre como lo hace -dijo él-. La actitud

que tiene con usted es excelente, me parece a mí. Tiene un tipo de sabiduría muy poco

frecuente en América.

-Mamá es perfecta -dijo ella con devoción.

-Le he estado hablando de un plan que tengo. Me dijo que el tiempo que fueran a

quedarse en Francia dependía de usted.

De usted, estuvo a punto de decir en voz alta Rosemary.

-Así que, como las cosas han llegado a su fin aquí...

-¿A su fin? -se extrañó ella.

-Bueno, esta parte del verano ha llegado a su fin. La semana pasada se marchó la

hermana de Nicole, mañana se va Tommy Barban, el lunes Abe y Mary North. Puede

que sigamos divirtiéndonos este verano, pero el tipo de diversión que hemos tenido

hasta ahora ya se ha acabado. Quiero que termine violentamente, en lugar de irse

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apagando de una manera sentimental. Por eso he dado esta cena. En fin, lo que quería

decirle es que Nicole y yo nos vamos a París a despedir a Abe North que regresa a

América. ¿Le gustaría venir con nosotros?

-¿Qué le dijo mi madre?

-Le pareció bien, aunque ella no quiere venir. Quiere que venga usted sola.

-No he estado en París desde niña -dijo Rosemary-. Me encantaría volver a verlo

con ustedes.

-Me alegra oírlo.

¿Era imaginación suya o la voz de él sonaba de pronto metálica?

-Desde luego, usted despertó nuestro interés desde el momento en que la vimos

aparecer en la playa. Estábamos convencidos, sobre todo Nicole, de que esa vitalidad

suya era profesional y que nunca se iba a gastar con ninguna persona o grupo.

El instinto le decía a gritos a Rosemary que estaba tratando de llevarla poco a poco

hacia Nicole, así que puso sus propios frenos y le dijo, con la misma dureza:

-Yo también quería conocerlos a todos ustedes, sobre todo a usted. Ya le dije que

me enamoré de usted la primera vez que le vi.

Hacía bien en abordar el asunto de aquel modo, pero el espacio que había entre el