La Peluca Morada por G.K. Chesterton - muestra HTML

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Mr. Edward Nutt, el industrioso editor del Daily Reformer estaba sentado a su mesa, abriendo cartas

y dictando al ritmo alegre de una máquina de escribir, empleada por una joven vigorosa.

Era un hombre robusto y rubio, en mangas de camisa; sus movimientos eran resueltos, su boca

firme y su tono rotundo; pero sus infantiles ojos azules tenían un aspecto ausente, incluso

melancólico, que parecía contradecir todo lo anterior. En general, la impresión que daba era

engañosa. Se puede decir de él, como de la mayoría de los periodistas con autoridad, que su

emoción más familiar era la del miedo continuo, miedo a las difamaciones, miedo a los anuncios

perdidos, miedo a las erratas, miedo al despido.

Su vida no consistía más que en una serie de aturullados compromisos entre el propietario del

periódico (y también su propietario), que era un botarate senil con tres errores inextirpables en su

mente, y el competente equipo que había reunido, en el cual había algunos miembros brillantes,

expertos y, lo que es peor, entusiastas sinceros de la política del periódico.

La carta de uno de ellos estaba precisamente ante él, y por muy resuelto y rápido que fuese, parecía

dudar en abrirla. En vez de hacerlo, se decidió por corregir un papel con un lápiz azul y cambió el

término «adulterio» por el de «impropiedad», y la palabra «judío» por «extranjero». Tocó un timbre

y ordenó que se llevaran el artículo.

A continuación, y con mirada reflexiva, abrió la carta de su más distinguido colaborador, que

llevaba un sello de Devonshire, y leyó lo siguiente:

Estimado Nutt:

Como puedo comprobar, está trabajando en las cosas más variadas, ¿qué le parece un artículo sobre

ese extraño asunto en que están involucrados los Eyre de Exmoor, o como lo llaman aquí las viejas

del lugar, la oreja del demonio de Eyre?. El cabeza de familia, ya sabe, es el duque de Exmoor, uno

de los pocos aristócratas tories de un linaje realmente antiguo, ese robusto y viejo tirano se ha

puesto en nuestra línea de fuego. Creo que estoy tras las huellas de una historia que traerá cola.

Desde luego que no creo en la vieja leyenda sobre Jaime I, y en lo que a usted respecta, usted no

cree en nada, ni siquiera en el periodismo. La leyenda, como probablemente recordará, se refiere a

uno de los asuntos más oscuros en la historia de Inglaterra: el envenenamiento de Overbury por ese

gato demoníaco, Francés Howard, y el terror misterioso que forzó al rey a perdonar a los asesinos.

Hubo alegaciones de brujería en el asunto, y la historia continúa con que un criado oyó por el ojo de

una cerradura la verdad en una conversación entre el rey y Carr, y la oreja con la que escuchó creció

y adquirió unas proporciones monstruosas como por encanto, tan terrible era el secreto. Y aunque

adquirió tierras y oro y se convirtió en un ancestro de duques, la oreja de elfo sigue siendo

recurrente en la familia. Bien, usted no cree en la magia negra, y si creyese, no la podría utilizar

para la imprenta. Si ocurriese un milagro en su oficina, lo tendría que acallar, hay tantos obispos

ahora que son agnósticos. Pero ése no es el punto. El punto es que hay algo realmente extraño en

Exmoor y su familia, algo bastante natural, diría yo, aunque completamente anormal. Y la oreja

forma parte del asunto, según creo. Otra tradición cuenta que los caballeros después de Jaime I

comenzaron a llevar el pelo largo sólo para cubrir la oreja del primer Lord Exmoor. Esto, no hay

duda, es pura fantasía.

La razón por la que le cuento esto, es la siguiente. Me parece que cometemos un error en atacar a la

aristocracia por el champaña y los diamantes. La mayoría de las personas admiran a los nobles

porque se lo pasan bien, pero creo que renunciamos a mucho cuando admitimos que la aristocracia

La peluca morada

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es lo que ha hecho felices a los aristócratas. Sugiero una serie de artículos que muestren lo

deprimente, lo inhumana, lo diabólica que es la atmósfera en alguna de esas grandes casas. Hay

multitud de ejemplos, pero no podría comenzar con uno mejor que el de la oreja de los Eyre. Creo

que el fin de semana podría contarle la verdad del asunto.

Un cordial saludo, Francis Finn.

Mr. Nutt reflexionó un momento, mirando fijamente su bota izquierda; poco después llamó con un

grito largo, poderoso y sin vida, marcando cada sílaba con la misma intensidad:

—¡Señora Barlow, copie una carta dirigida a Mr. Finn, por favor!. «Estimado Finn: Creo que

podría hacerse. Su artículo deberá estar aquí el sábado con el segundo correo».

Esta elaborada epístola fue articulada como si fuera una sola palabra, y la señora Barlow la

mecanografió como si fuera una sola palabra. Luego cogió otro lápiz azul y otra prueba, cambiando

la palabra «sobrenatural» por la de «maravilloso», y la expresión «matar a tiros» por la de

«reprimir».

Mr. Nutt pasaba el tiempo con ese tipo de actividades felices y saludables, hasta que el sábado

siguiente lo encontró en la misma mesa, dictando a la misma secretaria, usando el mismo lápiz azul

sobre la primera entrega de las revelaciones de Finn. El inicio era una pieza saludable de invectivas

contra los perversos secretos de los príncipes y una descripción de la desesperación en los lugares

más elevados de la tierra. Aunque escrito con violencia, estaba redactado en un inglés excelente,

pero el editor, como era habitual, le dio a alguien la tarea de romper el estilo en subtitulares de esta

especie: «Pares y venenos», «la oreja de Eyre» etc., además de otros cientos de felices cambios. A

continuación, seguía la leyenda de la oreja, amplificada según la carta de Finn, y luego la sustancia

de sus últimos descubrimientos, que fueron los siguientes:

Se que la práctica en el periodismo aconseja poner el fin de la historia al principio y llamarlo titular.

Se que el periodismo consiste desde hace mucho tiempo en decir «la muerte de Lord Jones» a gente

que jamás supo que Lord Jones estaba vivo. Este corresponsal piensa que esta costumbre, como

otras muchas en este gremio, es mal periodismo, y que el Daily Reformer tiene que dar un mejor

ejemplo en este aspecto. Asique se propone contar la historia como ocurrió, paso a paso. Empleará

los nombres reales de los involucrados, que en la mayoría de los casos están dispuestos a confirmar

sus testimonios. En lo que concierne a los titulares, a las proclamaciones sensacionales, vendrán al

final del relato.

Estaba caminando por un sendero público que conducía a través de un huerto privado de Devonshire

y que parecía llevar a los lagares de esta población, cuando de repente llegué a uno de esos lugares

que sugiere el paisaje. Era una posada baja y larga, que en realidad consistía en una casa de campo y

dos establos; todo estaba techado con esa paja que parece pelo castaño y gris, crecido en tiempos

prehistóricos. Pero al lado de la puerta, en el exterior, había un rótulo que designaba la casa como

«El dragón azul», y bajo el rótulo había una de esas mesas largas y rústicas que suelen estar fuera en

la mayoría de las posadas inglesas, antes de que los abstemios y cerveceros destruyeran entre ellos

la libertad. Y a esa mesa estaban sentados tres caballeros, que podrían haber vivido hace cien años.

Ahora que los conozco mejor, no hay dificultad alguna en desenmarañar las impresiones, pero en

aquel entonces me parecieron tres sólidos fantasmas. La figura dominante, no sólo porque era la

más grande en las tres dimensiones, sino porque se sentaba en la parte central de la mesa, frente a

mi, era un hombre alto, gordo y vestido completamente de negro, con un rostro rubicundo, casi

apoplético, pero con una frente despejada y preocupada. Al mirarle de nuevo, con más

detenimiento, no pude decir con exactitud lo que me producía la sensación de antigüedad, a no ser el

corte antiguo de su corbata blanca y clerical y las arrugas que surcaban su frente.

Más difícil resultaba incluso fijar la impresión producida por el hombre sentado al final de la mesa,

en la parte derecha, quien, para decir la verdad, era un tipo de lo más común, con una cabeza

redonda y pelo castaño, así como con una nariz arrogante, que también vestía un traje negro clerical,

de corte ascético. Sólo cuando vi su amplio sombrero sobre la mesa me di cuenta de por qué le

había conectado con algo anticuado: era un sacerdote católico.

Quizá el tercer hombre en la otra esquina de la mesa tenía algo más que ver con ello que el resto,

aunque era más ligero en su presencia física y más inconsiderado en su forma de vestir. Sus

delgados miembros estaban cubiertos, o mejor podría decir aprisionados, por unas mangas y unos

pantalones ajustados y grises; tenía un rostro largo, cetrino y aquilino, que daba una sensación

taciturna, ya que sus quijadas largas y delgadas estaban aprisionadas por el cuello y la corbata, a la

moda de los antiguos linajes; y su cabello (que debía de haber sido castaño oscuro) tenía un tinte

opaco, un color bermejo, que, en conjunción con su rostro amarillento, parecía más morado que

rojo. Ese color inusual llamaba más la atención porque su cabello aparecía asombrosamente sano,

rizado y espeso. Pero, al terminar mi análisis, me incliné por creer que lo que me produjo esa

primera impresión de antigüedad fue el juego de copas de vino altas y anticuadas, uno o dos limones

y dos pipas largas de barro. Y quizá, también, el motivo que me había llevado hasta allí.

Al ser un reportero experimentado, y al ser en apariencia aquello una posada abierta al público, no

dudé en sentarme a la larga mesa y en pedir un vaso de sidra. El hombre vestido de negro parecía

muy instruido, sobre todo acerca de las antigüedades locales; el pequeño hombre de negro, aunque

hablaba mucho menos, me sorprendió con una cultura aún más vasta. Asique nos caímos bien; pero

el tercer hombre, el viejo caballero con los pantalones apretados, parecía distante y altivo, y

chupando a intervalos su larga pipa de barro, procedió a contarme las historias más horribles que he

oído en mi vida, cómo uno de los Eyre, en tiempos pasados, había colgado a su propio padre, y otro

había azotado a su esposa en una carreta mientras pasaba por el pueblo, y otro había prendido fuego

a una iglesia llena de niños, etcétera.

Muchas de esas historias no son aptas para una publicación, como el relato sobre la monja escarlata

o la abominable historia del perro moteado o lo que se hizo en la cantera. Y toda esa serie de

impiedades salía de sus labios finos y corteses con decoro, mientras permanecía sentado, bebiendo

vino de su copa anticuada.

Pude ver que el hombre sentado enfrente estaba intentando detenerlo, pero era evidente que tenía

demasiado respeto al viejo «gentleman» como para interrumpirlo bruscamente. Y el pequeño

sacerdote, al otro lado de la mesa, aunque libre de cualquier signo de confusión, se limitaba a mirar

fijamente la mesa y parecía escuchar el recital con muestras de dolor, al menos ésa era la impresión.

—No parece sentir mucho afecto por el pedigrí de los Exmoor —le dije al narrador.

Me miró un momento, con sus labios aún decorosos, pero pálidos y rígidos, y a continuación rompió

deliberadamente su pipa y su copa de vino en la mesa y se levantó, el vivo retrato de un perfecto

caballero con el temperamento ardiente de un demente.

—Estos caballeros —dijo— le dirán si tengo motivos para sentir simpatía por ellos. La maldición de

los Eyre ha pesado desde hace largo tiempo sobre este condado, y muchos han sufrido por ello.

Ellos saben que no hay nadie que haya sufrido tanto como yo.

Y dicho esto pisó un trozo de cristal con su suela y se alejó cubierto por el resplandor verde de los

manzanos.

—Es un caballero extraordinario —les dije a los otros dos—, ¿saben qué le hizo la familia

Exmoor?. ¿Quién es?.

El hombre corpulento me miraba fijamente con el aire salvaje de un toro desconcertado. Al

principio no pareció comprender mi pregunta. Pero al poco tiempo dijo:

—¿No sabe quién es?.

Yo afirmé mi ignorancia, y se produjo otro silencio. A continuación, el pequeño sacerdote, aún

mirando a la mesa, dijo:

—Es el duque de Exmoor.

Cuando logré recuperarme de la conmoción, añadió con la misma tranquilidad, pero con un tono

tranquilizador:

—Mi amigo es el doctor Mull, el bibliotecario del duque. Mi nombre es Brown.

—Pero —tartamudeé—, si era el duque, ¿por qué condena de esa manera a toda su estirpe?.

—Parece creer sinceramente que le han cargado con una maldición.

Poco después, añadió con una entonación tranquilizante:

—Por eso lleva una peluca.

Transcurrió un instante antes de darme cuenta.

—¿No se referirá a esa fábula de la oreja fantástica? —pregunté—. He oído acerca de ello, desde

luego, pero estoy seguro de que no es más que una superstición hilada a partir de algún suceso

bastante simple. A veces he pensado que era una versión infundada de esas historias de

mutilaciones. En el siglo XVI solían cortar las orejas a los criminales.

—No creo que se trate de eso —respondió reflexivamente el hombre bajito—, y tampoco resulta

nada extraordinario para la ciencia o para la ley de la naturaleza que una deformidad aparezca

regularmente en una familia, como una oreja más grande que la otra.

El enorme bibliotecario había enterrado su amplia frente en sus gigantescas manos coloradas, como

un hombre que intenta pensar sin estar acostumbrado a ello.

—No —gruñó—, creo que se equivocan. Lo sé, no tengo razón alguna para defenderlo o para

mantener mi lealtad hacia él. Conmigo ha sido un tirano, como para los demás. No crean que porque

le han visto sentado aquí no es un gran Lord en el peor sentido de la palabra. Haría que viniese un

hombre desde una milla de distancia para tocar un timbre situado a una yarda, y haría que fuese a

llamar a otro hombre situado a tres millas para traer una caja de cerillas situada a tres yardas. Podría

tener a un criado para llevarle el bastón y a otro para mantenerle los gemelos en la ópera.

—Pero no un criado para cepillarle la ropa —le interrumpió el sacerdote con una curiosa

sequedad—, pues también tendría que cepillarle la peluca.

El bibliotecario se volvió hacia él y pareció olvidar mi presencia, estaba algo agitado y, según creo,

acalorado por el vino.

—No sé cómo lo ha averiguado, padre Brown —dijo—, pero está en lo cierto. Obliga a todo el

mundo a que haga las cosas por él, excepto vestirle. Y, además, insiste en que lo dejen hacerlo en

completa soledad, como en un desierto. Expulsa a todos de la casa, sin fijarse en si están cerca o no

de su cuarto de vestir.

—Parece un tipo agradable —resalté yo.

—No —replicó con simpleza el doctor Mull—, y a esto me refería cuando les dije que, después de

todo, eran injustos. Caballeros, el duque siente realmente la amargura de la maldición que nos acaba

de revelar. Bajo esa peluca morada esconde, con sincera vergüenza y terror, algo que asombraría a

los hijos de los hombres si lo pudieran ver. Se que es así. Se que no es una deformidad natural,

como la mutilación de un criminal, o una desproporción hereditaria en sus rasgos. Se que es algo

peor, pues un hombre me dijo que presenció una escena que no se puede inventar, en la que un

hombre más fuerte que cualquiera de nosotros intentó desvelar el secreto y quedó aterrorizado.

Yo abrí la boca para hablar, pero Mull continuó sin prestarme atención, hablando desde la caverna

que formaban sus manos.

—No me importa decírselo, padre, pues lo digo más en defensa del pobre duque que en su perjuicio.

¿No ha oído hablar de la vez en que estuvo a punto de perder todas sus propiedades?.

El sacerdote negó con la cabeza, y el bibliotecario procedió a contarle el relato de los hechos como

los había oído de su predecesor en el cargo, que había sido su patrón e instructor, en el que confiaba

a ciegas. Hasta cierto punto no era más que la historia del declive de una gran fortuna familiar, el

relato del abogado de la familia. Este abogado, sin embargo, poseía el sentido de estafar

honestamente, si se puede expresar así. En vez de emplear los fondos con honradez, se aprovechó de

los descuidos del duque para llevar a la familia a una crisis financiera, en la cual el duque tuvo la

necesidad de confiar en él para afrontar la realidad.

El nombre del abogado era Isaac Green, pero el duque siempre le llamaba Elisha, presumiblemente

en referencia al hecho de que estaba completamente calvo, aunque no superaba los treinta años de

edad. Había ascendido rápidamente, pero de unos inicios oscuros; al principio fue un informante,

luego se hizo prestamista. Pero como abogado de los Eyre tuvo la habilidad de llevarlo todo de una

forma técnicamente correcta hasta que estuvo en disposición de dar el gran golpe final. Dio el golpe

en la cena, y el viejo bibliotecario me dijo que nunca olvidaría el aspecto de las pantallas de las

lámparas y de las botellas de los licores, cuando el pequeño abogado, con una sonrisa fija, propuso

al gran Lord que debían compartir los bienes. Lo que dijo no pasó precisamente inadvertido, pues el

duque, en un silencio mortal, rompió una botella de licor en la cabeza calva del hombre y con tanta

rapidez, como le he visto romper la copa aquí. Dejó una cicatriz triangular en la calva, y los ojos del

abogado se alteraron, pero no su sonrisa.

Se levantó tartamudeando y devolvió el golpe como lo suelen hacer ese tipo de hombres.

—Me alegro de lo que ha hecho, porque ahora me podré apoderar de todo. La ley me lo dará.

Exmoor, al parecer, estaba pálido como la ceniza, pero sus ojos aún brillaban.

—La ley se lo dará —dijo—, pero usted no lo tomará... ¿Por qué no?. ¿Por qué?. En primer lugar,

porque eso significaría el fin de la maldición que pesa sobre mi, y si usted la quiere para usted,

entonces yo me quitaré la peluca. Y, en segundo lugar, porque todos pueden ver su cabeza calva,

pero nadie puede ver la mía y seguir vivo.

Bien, ustedes dirán lo que quieran y pensarán lo que quieran, pero Mull juró solemnemente que el

abogado, después de agitar los puños en el aire, salió corriendo de la habitación y no volvió a

aparecer en el condado, y desde entonces Exmoor ha sido temido más como un brujo que como un

terrateniente o un magistrado.

El doctor Mull contó su historia con gestos teatrales y con una pasión a mi parecer algo desbordada.

Yo era completamente consciente de la posibilidad de que todo no fuese más que una extravagancia

de un viejo fanfarrón y charlatán. Pero antes de que termine esta parte de mis descubrimientos, creo

que le debo a Mr. Mull mencionar el hecho de que mis dos primeras diligencias han confirmado su

historia. Supe a través de un viejo farmacéutico del pueblo que hubo un hombre calvo con traje de

etiqueta que se presentó con el nombre de Green y que fue una noche para que le curasen una herida

en la cabeza. Y supe por los archivos judiciales y por viejos periódicos que hubo un pleito

emprendido por un tal Green contra el duque de Exmoor.

Mr. Nutt, del Daily Reformer, escribió algunas palabras incongruentes en la cabecera de la copia,

hizo una serie de marcas misteriosas en la parte inferior, y llamó a la señora Barlow con la misma

voz alta y monótona:

—Escriba una carta para el señor Finn.

Estimado Finn:

He tenido que fragmentar un poco su texto y ponerle titulares, y nuestro público jamás soportará a

un sacerdote católico en la historia: piense siempre en los suburbios. Lo he cambiado por un tal Mr.

Brown, un espiritista.

Un cordial saludo. E. Nutt.

Uno o dos días después, el activo y juicioso editor se encontraba examinando con sus ojos azules,

que iban aumentando paulatinamente de tamaño, la segunda entrega escrita por Mr. Finn acerca de

los misterios de la alta sociedad. Comenzaba con estas palabras:

He realizado un descubrimiento extraordinario. Confieso abiertamente que es algo completamente

diferente a lo que esperaba descubrir, y resultará una conmoción para el público. Me atrevo a decir,

sin ninguna vanidad, que las palabras que estoy escribiendo serán leídas en toda Europa y, con toda

seguridad, en toda América y las colonias. Escuché todo lo que tengo que decir antes de abandonar

la pequeña mesa de madera cerca del manzanar. Todo se lo debo al pequeño sacerdote Brown, un

hombre extraordinario. El enorme bibliotecario había abandonado la mesa, quizá avergonzado por

su largo monólogo, quizá ansioso por la salida tormentosa de su misterioso señor. Siguió

pesadamente los pasos del duque a través de los árboles. El padre Brown había cogido uno de los

limones y lo observaba con un extraño placer.

—¡Qué hermoso color tiene el limón! —dijo—. Hay una cosa que no me agrada de la peluca del

duque: el color. —Me parece que no le comprendo —respondí. —Diría que tiene una buena razón

para esconder sus orejas, como el rey Midas —continuó el sacerdote con alegre simplicidad, y que

parecía algo impertinente en esas circunstancias—. Puedo comprender perfectamente que sea más

agradable cubrirlas con pelo que con orejeras de piel o placas de metal. Pero ya que quiere usar

pelo, ¿por qué no intenta que lo parezca de verdad?. Jamás hubo pelo de ese color en este mundo.

Parece más una nube crepuscular que se cierne sobre un bosque. ¿Por qué no oculta mejor la

maldición familiar, ya que se avergüenza tanto de ella?. ¿Quiere que se lo diga?. Porque no se

avergüenza de ella, todo lo contrario, está orgulloso de ella.

—Es una peluca horrible para estar orgulloso de ella, y también es una historia horrible —dije yo.

—Considere —dijo aquel curioso hombrecillo— cómo piensa realmente acerca de esas cosas. No

sugiero que sea más esnob o más morboso que el resto de nosotros, pero ¿no siente de algún modo

que la maldición genuina de una vieja familia es algo original?. ¿Se avergonzaría usted?. ¿Acaso no

estaría un poco orgulloso si el heredero del horror de Glamis le llamara su amigo?. ¿O si la familia

Byron le hubiese confiado sólo a usted las perversas aventuras de su raza?. No sea demasiado duro

con los aristócratas si sus cabezas son tan débiles como las nuestras y son esnobs con sus propias

desgracias.

—¡Por Dios que tiene razón! —exclamé—. La familia de mi madre tiene un fantasma y ahora que

lo dice me ha confortado en más de una hora triste.

—Y piense —continuó— en ese reguero de sangre y veneno que expulsó por sus finos labios en el

momento en que mencionó a sus ancestros. ¿Por qué tendría que mostrar ante cualquier desconocido

esa cámara de los horrores a menos que estuviese orgulloso de ella?. No oculta su peluca, ni su

sangre, ni la maldición familiar, no quiere ocultar los crímenes de la familia, pero...

La voz del hombrecillo cambió tan repentinamente, cerró las manos con tal tensión y sus ojos se

tornaron tan redondos y brillantes —como los de un búho—, que ese cambio anímico tan abrupto

pareció sacudir la mesa con una pequeña explosión.

—Pero —finalizó— le interesa ocultar su aseo.

Terminó por ponerme los nervios de punta el hecho de que en ese instante apareciese

silenciosamente el duque entre los brillantes árboles, con su paso ligero y su cabello crepuscular,

que llegaba desde la esquina de la casa, acompañado de su bibliotecario. Antes de que estuviese al

alcance del oído, el padre Brown añadió con sosiego:

—¿Por qué esconde el secreto de lo que hace con la peluca?. Seguro que porque no es el tipo de

secreto que suponemos.

El duque rodeó la mesa y volvió a ocupar su sitio de preferencia con toda su nativa dignidad. La

turbación del bibliotecario le hacía parecer un oso levantado sobre sus patas traseras. El duque se

dirigió con gran seriedad al sacerdote.

—Padre Brown —dijo—, el doctor Mull me ha informado de que ha venido aquí para realizar una

investigación. Yo ya no profeso la religión de mis padres, pero por respeto a ellos y en honor a

nuestros encuentros anteriores, estoy dispuesto a escucharle, aunque me imagino que preferirá

hacerlo en privado.

Lo que yo tenía de caballero me impulsaba a levantarme, lo que tenía de periodista me impulsaba a

quedarme sentado y en silencio. Antes de que se resolviese esta parálisis, el sacerdote había hecho

un gesto de atención.

—Si vuecencia me permite solicitarle algo, o si tengo algún derecho a aconsejarle, preferiría que

estuviese presente la mayor cantidad posible de personas. Por todo este país he encontrado a cientos,

incluso de mi propia fe y de mi rebaño, cuyas imaginaciones están envenenadas con el secreto que

yo le imploro que rompa. Me gustaría que estuviese aquí todo Devonshire para ver cómo lo hace.

—¿Para verme hacer qué? —preguntó el duque arqueando las cejas.

—Para ver cómo se quita la peluca —dijo el padre Brown,

El rostro del duque permaneció inalterado, pero miró al peticionario con una fijeza glacial,

componiendo la expresión más horrible que he visto en una cara humana. Las largas piernas del

bibliotecario comenzaron a temblar y daban la sensación de ser los reflejos de las ramas en el agua,

y no podía expulsar de mi propia mente la idea de que los árboles que nos rodeaban con su silencio

estaban llenos de diablos en vez de pájaros.

—Se lo ahorraré —dijo el duque con una voz de compasión inhumana—; rechazo su petición. Si le

doy la mínima indicación del horror que tengo que soportar a solas, yacería aterrorizado a mis pies

suplicando que no le revelase nada más. Le voy a ahorrar esa indicación. No conocerá la primera

letra de lo que está escrito en el altar del dios desconocido.

—Yo conozco a ese dios desconocido —dijo el pequeño sacerdote con una inconsciente

certidumbre que se elevó como una torre de granito—, se su nombre, se llama Satán. El verdadero

Dios fue hecho carne y permaneció entre nosotros. Y yo le digo, dondequiera que encuentre

hombres gobernados por el misterio, es el misterio de iniquidad. Si el diablo le dice que no mire

algo, mírelo; si le dice que algo es demasiado terrible para oírlo, óigalo. Si cree que una verdad es

insoportable, sopórtela. Yo le ruego que finalice esta pesadilla ahora, en esta mesa.

—Si lo hiciese —dijo el duque en voz baja—, todo lo que usted cree, y todo por lo que vive, sería lo

primero en marchitarse y perecer. Tendría un instante para conocer la gran Nada antes de morir.

—Que la cruz de Cristo esté entre el mal y yo —dijo el padre Brown—. Quítese la peluca.

Yo estaba inclinado sobre la mesa, preso de una excitación insoportable; mientras escuchaba ese

extraordinario duelo, un pensamiento vino a mi mente.

—Señor —exclamé—, creo que lo suyo es una estafa. Quítese esa peluca o se la quitaré yo de un

golpe.

Supongo que puedo ser acusado de asalto, pero estoy contento de haberlo hecho. Cuando dijo con la

misma voz de piedra «me niego», salté sobre él. Por un instante se resistió como si todo el infierno

hubiese acudido a ayudarle, pero logré echar hacia atrás su cabeza hasta que la peluca cayó. Debo

reconocer que cuando luchaba cerré los ojos para no ver cómo caía.

Mull, que en ese momento se encontraba junto al duque, lanzó un grito que me estremeció. Su

cabeza y la mía estaban inclinadas sobre la cabeza calva del despelucado duque. A continuación, el

silencio fue roto por el bibliotecario, quien exclamó:

—¿Qué significa esto?. Este hombre no tiene nada que ocultar. Sus orejas son como las de cualquier

otro.

—Si —dijo el padre Brown—, eso es lo que tenía que esconder.

El sacerdote caminó directamente hacia él, pero extrañamente no miró sus orejas. Se quedó mirando

fijamente, con una seriedad casi cómica, su calva frente, y señaló una cicatriz triangular, largamente

curada, pero aún discernible.

—Señor Green, supongo —dijo con cortesía—, al final y después de todo consiguió apoderarse de

los bienes.

Y ahora permítanme contarle a los lectores del Daily Reformer lo que pienso que es la cosa más

sorprendente de todo este asunto. Esa escena de transformación les parecerá tan fantasiosa como un

cuento persa —excepto por mi asalto técnico—, pero ha sido estrictamente legal y constitucional

desde sus comienzos. Ese hombre con la extraña cicatriz y las orejas comunes no es un impostor.

Aunque —en un sentido— lleva la peluca de otro hombre, no ha robado su corona. Realmente se

trata del único y legítimo duque de Exmoor. Lo que ocurrió fue lo siguiente. El viejo duque tenía en

realidad una ligera malformación en la oreja, que también era más o menos hereditaria. Por esta

razón se sentía ofuscado, y es muy probable que la invocase como una suerte de maldición en la

violenta escena —que sin duda ocurrió— en la que golpeó a Green con la botella de licor. Pero el

asunto terminó de un modo muy diferente. Green continuó con sus pretensiones y se apoderó de

todos los bienes; el noble desposeído se pegó un tiro y murió sin sucesión. Después de un intervalo

decente, el gobierno inglés revivió la extinguida dignidad de par y se la otorgó, como es normal, a la

persona más importante, en este caso en quien había recaído la propiedad.

Ese hombre volvió a contar todas esas viejas fábulas; probablemente, en su alma esnob, realmente

admiraba y envidiaba a esos nobles. Así, miles de pobres ingleses temblaron ante un misterioso

cacique con un destino legendario y una diadema de estrellas del mal, cuando en verdad temblaban

ante un rufián que hace doce años no era más que un rábula y un prestamista. Creo que esto es muy

típico del caso real contra nuestra aristocracia tal y como es y como será hasta que Dios nos envíe

hombres valientes y esforzados.

Mr. Nutt dejó el manuscrito y llamó con una agudeza inusual: ¡Señora Barlow, por favor copie una

carta para Mr. Finn!.

Estimado Finn:

Usted ha debido de volverse loco, no podemos publicar esto. Yo quería vampiros y aristocracia,

todo junto, mezclado con superstición, eso es lo que gusta. Pero los Exmoor jamás nos perdonarán

este artículo. ¡Y me gustaría saber lo que diría nuestra gente!. Pues Sir Simón es uno de los mejores

amigos de Exmoor. Y arruinaríamos a la prima de los Eyre que trabaja para nosotros en Bradford.

Además, el viejo botarate se amargó porque no pudo recibir la dignidad de par el año pasado, me

despediría si le pierdo con un disparate como éste. Y, ¿qué pensaría Duffey?. Nos está escribiendo

unos vigorosos artículos sobre las huellas de los normandos. ¿Cómo podría escribir sobre los

normandos si el hombre no es más que un peticionario?. Sea razonable.

Un cordial saludo, E. Nutt

Cuando la señora Barlow se alejaba alegremente, Nutt arrugó la copia y la arrojó a la papelera, pero

no sin antes haber cambiado, automáticamente y más por la fuerza del hábito, la palabra «Dios» por

«circunstancias».

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    Intraculación Miasis Clásicos: Novelas y Cuentos por Juan Luque
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    May 2020

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