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LA PESADILLA

YOLANDA PINTO

Ahora recordaba con nostalgia la vida que llevaba cuando estaba en

libertad, siempre uno piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero

en este caso era un pensamiento real, lo que más echaba de menos eran

las siestas que se tomaba después de haber bebido algunos vasos de vino

tinto con la comida, aunque en aquellos momentos pensaba que su

ansiedad lo incitaba a consumir alcohol, sin embargo después podía

descansar y disfrutar de un sueño reparador y profundo.

Todo esto cambió desde que entró en prisión, aquí ya no conocía lo

que era dormir sin pesadillas, y las siestas ya habían desaparecido de su

habitualidad, la tortura psicológica que sufría al verse encerrado como un

animal y encima injustamente, hacían girar sin descanso todos los

engranajes de su cerebro como si de la maquinaria de un gran reloj de

pared se tratase.

La fuerte lluvia que azotaba la ventana de su celda no le permitía

relajarse lo suficiente para dejar de pensar en todo, prefería los días

soleados en los que al menos salía al patio y fumaba con los demás

presos. Se consoló porque al menos no hacía levante, el viento irritaba aún

más su sistema nervioso que ya de por sí estaba bastante mermado con

las circunstancias.

Dobló el papel de la carta y la metió en un sobre, le puso un sello y

rellenó los datos del destinatario y el remitente, y la dejó encima de la

pequeña mesa del chavolo para dársela al funcionario cuando saliera de la

celda.

A pesar de su decaimiento, albergaba alguna esperanza de que se se

hiciese con él la justicia que él se merecía.

El no era un asesino, sólo un aspirante a actor, aunque sí es cierto

que en los últimos meses antes de los hechos atesoró en su mente una

sed de venganza.

Ahora recordándolo todo, no estaba seguro de que hubiese sido su

intención la de matar de Ronald, si hubiese sido así lo hubiera tenido fácil,

sólo estaba a cinco metros de distancia de él cuando le disparó, no hubiera

sido complicado fallar el tiro, pero sin embargo el atestado de la policía no

reflejaba las mismas conjeturas sobre el hecho en sí.

Su compañero de celda, Diego, dormía profundamente en la cama

bajera de la litera, tenía un brazo que le sobresalía quedando al aire, y la

cabeza la tenía pegada como con pegamento contra la almohada, al

menos no roncaba como otras veces, lo que en parte le facilitó a Freddy la

redacción de la carta.

Una vez que terminó la carta, se levantó de la silla y se dirigió a una

de las repisas de obra que había frente a él, para tomar su pastilla de

Prozac, los médicos de la cárcel se la habían recetado entre otros

tranquilizantes para superar la depresión, la tristeza y la ansiedad, sabía

que este medicamento era un inhibidor de la serotonina y que los efectos

comenzaban a surgir efecto a las dos o tres semanas de su ingesta, sin

embargo ya había notado alguna mejoría aunque llevaba sólo 13 días

tomándola.

No era muy partidario de tomar medicamentos y más el Prozac que

había leído estudios científicos de EEUU donde decían que en los

adolescentes que lo tomaban se había producido una aumento del suicidio,

no era una noticia nada alentadora sobre este medicamento pero el

médico de la enfermería no quiso cambiarle el antidepresivo por otro.

Cogió la caja, la abrió y vio que no quedaba ninguna pastilla, se

sorprendió porque él recordaba haber dejado una para hoy, sin embargo

fue consciente que se la abría tomado su compañero de celda a falta de

otra cosa.

Vaciló ante la ausencia de pastillas en la caja, la tiró a la papelera

y cogió de la repisa una lata de Cocacola abierta que tenía aún, le dio un

fuerte trago y luego otro más hasta que la terminó.

---¡¡Ufff al manos con esto me relajaré¡¡ pensó mientras liquidaba

todo el líquido de la lata. Pero no era Cocacola lo que la lata contenía, sino

alcohol que él mismo se había fabricado destilando fruta con agua y lo

introducía en latas de Cocacola o Fanta para disimular de los funcionarios.

Decidió subirse a su cama e intentar descansar, subió las escaleras

de la litera y se tumbó en ella, estiró los brazos y cruzó sus manos por

debajo de la nuca mirando el techo de hito en hito, se percató de que había

una araña de largas patas en uno de los rincones del techo pero el

amodorramiento que sentía con el Tranxilium no le dejaron aflorar sus

instintos primogénios que hubiese tenido cuando estaba en libertad de ir a

cazarla, de manera que la dejó vivir donde estaba.

Era consciente del cambio de personalidad que había sufrido con los

fármacos que le daban aquí en prisión, de hecho ya no recordaba cuando

fue la última vez que Terminator se le empalmaba, cuando estaba en

libertad le respondía en un santiamén al mínimo estímulo sexual que

tuviera, pero aquí en prisión los médicos ya le advirtieron que el Tranxilium

y el Prozac le inhibían su libido sexual.

Recordaba con nostalgia pero dando ahora un verdadero y aleccionador

significado al proverbio chino que su abuela le recordaba siempre que las

cosas se ponían difíciles:

Hijo, le decía la abuela cariñosamente: “No te lamentes de tu desgracia,

porque aún puede ser peor”.

Freddy reflexionó sobre la frase y admiró por un momento la filosofía y

la sabiduría de los chinos, aunque también era consciente de que por uno

de ellos se encontraba aquí ahora en prisión.

El era un hombre, no quería delatar a nadie si no era necesario, por eso

confiaba por ahora plenamente en que la justicia hiciera su trabajo, pero si

pasaban los meses o la investigación no tomaba el cariz que el esperaba,

no tendría otro remedio que tirar de la manta aunque su vida pudiera estar

en juego, pero aún no quería usar ese as que tenía bajo la manga.

En cuanto al proverbio chino pensó que si bien era una frase real en

casi todas las situaciones, sin embargo en la que él se encontraba quizás

no podía ser aplicada, ya que él era de la opinión, que donde se

encontraba ahora había tocado fondo. ¿Que podría pasarle ya peor?

Quizás para algunos podría ser peor que te comunicase el médico que

tenías un cáncer mortal y sólo la quimioterapia te alargaría la vida, pero

que con suerte aguantarías vivo cuatro meses de vida, sin embargo Freddy

ya en estos extremos veía la muerte como el descanso y la ausencia de

dolor, mientras que mantenerlo aquí en una celda como un perro dentro de

una jaula asfixiaba su paciencia y desbordaba su ansiedad hasta la locura.

Con tantos pensamientos, su mente se sentía agotada, pensó que

quizás era mejor intentar dormir, pero la lluvia acechaba en el exterior de la

prisión con la misma fuerza demoníaca que antes, golpes espasmódicos

se producían contra el cristal de la celda que no daban pie al descanso.

Escuchó un fuerte ronquido ahogado que prorrumpió Diego, se giró

para mirarlo y vio como encogió el brazo y lo introdujo dentro de la cama al

tiempo que se giraba hacia la pared para proseguir con su profunda siesta.

A pesar del susto que se llevó con el ronquido, lo oyó con recelo y envidia

de que podía descansar en sus sueños plácidos.

Sin embargo Freddy tenía pavor a quedarse dormido, su

subconsciente onírico lo traicionaba aún más que la realidad que vivía en

esta mísera celda, soñaba a menudo los mismos sueños a cual más

aterrador, pero sobre todo se le repetían constantemente dos en particular.

En uno de ellos se veía entrando en un túnel umbrío, la penumbra del

comienzo del mismo se tornaba casi en total oscuridad cuando te

adentrabas más en él, dejando entrever únicamente una luz púrpura en lo

que parecía el final del mismo que era lo que te alentaba a seguir andando

para salir de él. Pero todo era un espejismo, Freddy se pasaba todo el

sueño andando y andando a través de la oscuridad del túnel, los músculos

de las piernas le dolían, el cansancio casi le hacía desfallecer .

presionándole a sentarse y no seguir en el camino sin salida.

Gritaba a veces por si alguien pudiera escucharlo:

---Hola, ¿hay alguien ahí?, pero escuchaba retumbar el eco de su

voz en aquel tenebroso y lúgubre túnel de la muerte, sin respuesta alguna.

El túnel a medida que te adentrabas en él iba

bajando su temperatura hasta el extremo de que sentías una humedad que

perforaba tus huesos, agarrotaba tus manos, enrojecía tu nariz y tus orejas

al tiempo que las entumecía. En ocasiones goterones de agua helada

prorrumpían contra su cuero cabelludo, sus piernas, sus brazos o su nuca,

las cuales caían por filtraciones que tenía el techo abovedado del túnel

Su instinto de supervivencia le aconsejaba en ocasiones a

volver en dirección contraria para salir por donde entró pero andar en

dirección opuesta aún era peor porque la oscuridad y negritud del túnel era

absoluta en esa dirección y la temperatura aún volviendo atrás no

aumentaba sino que permanecía igual de gélida y helada, el tenue destello

púrpura únicamente se divisaba en la dirección que te hacía ahondar más

y más en el túnel sin salida y perderte dentro de él.

Sin embargo se veía a sí mismo a veces andando en la

penumbra del túnel divisando únicamente focos esporádicos del destello

de la luz púrpura, al tiempo que a veces se veía sumergido en la más

terrible oscuridad, iba intercalando las visiones pero sin llegar a salir nunca

el túnel.

Cuando despertaba de este sueño a mitad de la

noche tenía miedo de volver a dormirse y hasta prefería pasar la noche en

vela escuchando la radio con los auriculares conectados a un pequeño

transistor.

Pero mucho peor era el otro sueño que se le aparecía con

gran asiduidad.

Se veía conduciendo un Austin A40 Farina de tres puertas azul,

el camino lo recordaba con gran detalle, era la subida a la colina de San

Nicolás, veinte km de carretera abrupta desde el desvío de la A-381 en

dirección a la colina.

Conducía sin prisas, porque el frío que hacía fuera empañaba

con el vaho en ocasiones el cristal delantero del Austin, así que llevaba

conectada la calefacción a 24 grados. El maletero del coche iba totalmente

vacío, sólo portaba una estaca de madera.

Se dirigía a la sepultura que sabía que había cercana al árbol

tamarindo.

Una vez que llegaba al lugar, aparcaba el coche, salía de él y se

dirigía a la tumba. Posteriormente sin ninguna pala que pudiese ayudarle ni

otra herramienta, se arrodillaba removiendo la tierra con las manos de lado

a lado para cavar un surco que le llevase hasta el gran fardo humano que

se encontraba debajo de toda esa tierra.

Después de no cejar en su actividad y exhausto de tanto cavar

con sus propios brazos, llegaba a divisar por fin la gran lazada de cuerda

que acordonaba el saco de arpillera marrón donde estaba el cadáver.

Uffffffffff, pensaba una y otra vez en sus sueños.

--¡¡Aquí está, nadie lo encontró, ni se lo llevó¡¡¡

Seguía escarbando para separar y apartar los restos de tierra

que aún quedaba sobre el saco y una vez limpio, desenlazaba el cordón

que había en la parte alta, bajaba la tela de esparto y se encontraba con la

cara de Ronald, la piel la tenía hecha jirones seguramente por las alimañas

que ya habían comenzado a alimentarse de su carne, pero esbozaba una

sonrisa exagerada como transmitiéndole a Freddy:

---¡¡Gracias por haberme matado¡¡

En el sueño Freddy podía incluso discernir el agujero de la bala

que le perforó el hombro izquierdo.

--¡¡Menudo cabrón, pensaba Freddy en su sueño, ahora

estás donde te merecías¡¡

Incluso pensaba cínicamente que mucha gente más se lo

agradecería. ¡¡Este bastardo no merecía vivir, he hecho una aportación a la

sociedad¡¡ Pensaba de manera ególatra y con profundo convencimiento.

Freddy en su sueño sentía golpear como un puño contra

sus fosas nasales el fuerte hedor a putrefacción que emanaba del cadáver

de Ronald.

---¡¡Ufff pensó¡¡ ¡¡Ay que ver lo mal que huele este cerdo¡¡ se

decía para sus adentros mientras apartaba por segundos la cabeza de su

víctima, incluso en algunas recreaciones de su sueño aguantaba el vómito

que le subía desde sus entrañas por el esófago y en otras vomitaba de lado

a lado sin poder evitarlo. (estos pequeños matices en los que varíaba su

sueño debía de tratarse a lo que en la vida real Freddy había cenado esa

noche y que le removían más o menos el estómago).

Una vez que Freddy se reponía del impacto del olor y con

el semblante de Ronald fuera de la tela de esparto del saco de arpillera, se

dirigía parsimoniosamente al maletero del Austin, cogía la estaca de

madera, volvía a la fosa, se ponía frente al cadáver que yacía en el surco y

la levantaba con los dos brazos para coger la presión suficiente antes de

clavársela en el corazón.

Freddy con la estaca entre las manos, miró la luna, estaba

rechoncha, llena y embrujadora, su reflejo iluminaba la cara de Ronald, al

momento que vio como el cadáver abrió los ojos mirándole fijamente y con

consternación, pareciendo gritarle:

--¡¡No, por favor, no lo hagas¡¡

Freddy se quedó perplejo aunque impávido, sopesó la

idea de que quizás se estaba reanimando y volviendo del más allá, es más

conjeturó sobre el hecho de que quizás las rasgaduras que tenía la tela del

saco no era de la voracidad de los gusanos y alimañas que destejían la tela

para nutrirse de su carne, sino que podría haber sido de los arañazos que él

podría haber dado con sus uñas y dedos para intentar salir del foso que lo

sepultaba.

La yugular de Ronald comenzó a palpitar de manera

rápida y rítmica mientras Freddy sujetaba la estaca con ambos brazos en

alto apuntando a la dirección de su pecho. Si aún sigue vivo, pensaba

Freddy hoy será rematado, no importa, de aquí no sale más.

Pero no, no estaba vivo, el siseo de una pequeña

culebra comenzó a silbar en la noche mientras asomaba su cabeza entre la

tierra y la nuca de Ronald.

¡¡Ah esta ha sido la culpable de los espasmos

yugulares¡¡ ¡¡Ya decía yo¡¡ se decía a sí mismo convencido de que estaba

completamente muerto.

Antes de hincar la estaca en el corazón de Ronald, miró

por última vez la luna, ésta con su impasibilidad y arrogancia parecía dibujar

en el interior de su perfecta circunferencia unos ojos y el esbozo de una

sonrisa placentera algodonada.

Freddy pensó en la de secretos que guardaría la luna

habiendo sido testigo de tantos crímenes nocturnos.

---¿Y entonces qué más da uno más? Se preguntó

mientras se regocijaba embriagado y extasiado de la situación que vivía en

su sueño.

. Finalmente clavaba la estaca con gran fiereza en el

tórax del cadáver de Ronald, un golpe certero, posteriormente se escuchaba

un sonido sordo proveniente parece ser de la traquea, como un gorgoteo y

los ojos se le abrían a Ronald aún más como dos platos llanos.

----¡¡Ay joder¡¡ exclamaba Freddy, se miraba la mano y la

tenía ensangrentada, la sangre provenía de una herida prominente y

profunda que se hacía en su sueño con una astilla puntiaguda y

protuberante que tenía la estaca, se la miraba y veía como la estaca había

desgarrado la piel y parte de membrana del dedo meñique hasta llegar a

verse el hueso.

---¡¡Uff duele¡¡ decía mientras se lamía con su ardiente lengua

su propia sangre y deslizaba la punta de su lengua sobre su labio superior ,

al tiempo que pensaba:

---Pero no pasa nada, ésto no es más que un aperitivo para lo

que me espera ahora.

Después con firmeza y redoblando sus fuerzas desenclavaba del

pecho de Ronald la estaca, se arrodillaba para romper con sus manos más

de lo que estaba la caja torácica de aquel bastardo, como lo consideraba él.

Las metía profundamente dentro de su pecho y arrancaba de

cuajo su rojo corazón al tiempo que lo mordía con la desesperación de un

lobo hambriento, escupiendo parte del sabroso y sangriento manjar en la

cara de Ronald, algunos coágulos de sangre provenientes de su pecho se

habían posado ya anteriormente en su terrorífica mirada, la escena era

dantesca pero de gran satisfacción para Freddy que la celebraba frotándose

después las manos ensangrentadas por sus mejillas y su cuello, las gotas de

sangre le resbalaban por la cara al tiempo que caían de su barbilla mientras

se reía con fuertes carcajadas sardónicas en el silencio y la oscuridad de la

noche, arrodillado frente a la fosa y mirando a la luna confabulándose con

ella mientras ésta parecía decirle con voz socarrona:

---¡Vamos Freddy, no seas egoísta, no te comas tú todo, dame a

mí también de probar¡.

La ira, el rencor y el sentimiento de venganza que sentía antes

de clavarle la estaca en el esternón a Ronald, se convertían en placidez, paz

y sosiego una vez que había finalizado su trabajo.

Era un sueño horrible, espeluznante, siempre que llegaba a este punto del

sueño, se despertaba sudoroso, despavorido, y jadeando compulsivamente.

Intentaba ordenar sus ideas y cerciorarse donde estaba. Cuando escrutaba el

decorado de su pordiosera celda, le parecía de un lujo más parecido a un Hotel Sheraton,

comparado con la escalofriante escena de la sepultura de Ronald.

---¡¡Uuffffff¡¡ ¡¡Todo ha sido un sueño¡¡ se decía interiormente al ver la

realidad. ¡¡Yo no he matado a nadie, Ronald está vivo¡¡.

Llegados ya a este extremo, Freddy era consciente de que ni metiendo

polvo de hadas en el cajón de sus sueños, lograba ahuyentar la tenebrosidad que

poblaban sus pesadillas. Se convenció malhumorado de que tenía que acostumbrarse a

vivir con este calvario que lo martirizaba noche tras noche.

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